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Descartes, 2024-25

René Descartes, considerado el 'padre' de la filosofía moderna, rechaza la escolástica medieval y propone un nuevo enfoque basado en la razón. Su obra surge en un contexto de crisis religiosa y científica, donde la nueva ciencia desafía las creencias tradicionales, y busca establecer un método riguroso para el conocimiento que imite la certeza de las matemáticas. Descartes enfatiza la importancia de la razón como única fuente de conocimiento y la existencia de ideas innatas, sentando las bases del racionalismo del siglo XVII.

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Descartes, 2024-25

René Descartes, considerado el 'padre' de la filosofía moderna, rechaza la escolástica medieval y propone un nuevo enfoque basado en la razón. Su obra surge en un contexto de crisis religiosa y científica, donde la nueva ciencia desafía las creencias tradicionales, y busca establecer un método riguroso para el conocimiento que imite la certeza de las matemáticas. Descartes enfatiza la importancia de la razón como única fuente de conocimiento y la existencia de ideas innatas, sentando las bases del racionalismo del siglo XVII.

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DESCARTES

-1) CONTEXTO FILOSÓFICO-CULTURAL

René Descartes (1596 - 1650) es considerado como el "padre" de la filosofía moderna. Por un
lado, porque rechaza la concepción escolástica medieval que él mismo estudió en el colegio jesuita de La
Flèche. Por otro, porque plantea una nueva filosofía diferente basada en su propia razón.

La Filosofía Escolástica
La Escolástica fue un movimiento filosófico y teológico cristiano que intentó utilizar la razón, en
particular la filosofía de Aristóteles, para comprender el contenido sobrenatural de la revelación cristiana.
Fue el principal movimiento filosófico en las escuelas y universidades medievales de Europa, desde
mediados del siglo XI hasta el siglo XVI, y se caracterizaba por la dependencia de la razón respecto a la
fe y la defensa de la concepción aristotélica del mundo, que había sido reinterpretada en clave
cristiana por autores como Santo Tomás de Aquino, constituyendo la base de la filosofía cristiana.
Descartes, a pesar de recoger de ella algunos conceptos claves como 'Dios' o 'sustancia', persigue la
autonomía de la razón, la sencillez y la producción de nuevas verdades. Esta oposición se constata en la
disputa entre cartesianos y escolásticos que se dará en la Francia del s. XVII.

La Contrarreforma
El tiempo en que vivió nuestro autor fue una época de crisis. Una de las rupturas más
importantes es la que se da en el seno de la religión cristiana. La corrupción dentro de la Iglesia y
escándalos como el de las indulgencias motivaron a Lutero para iniciar una escisión dentro del
cristianismo conocida como la Reforma Protestante. La Iglesia católica reaccionó convocando el Concilio
de Trento (1543-63) y poniendo en marcha la Contrarreforma, clima en el cual se crea la Compañía de
Jesús (que gestionará el colegio de La Fleche en el que estudia Descartes). Las consecuencias de esta
ruptura son, por un lado, una fuerte Inquisición que, bajo la coartada de defender la fe limita la
libertad del pensamiento que había prosperado desde el Renacimiento. Recordemos que la condena a
Galileo en 1633 previene a Descartes de publicar su Tratado del Mundo. Por otro lado, la disputa religiosa
aviva la llamada Guerra de los Treinta Años, en la que el propio Descartes participa primero con
Mauricio de Nassau y después con Maximiliano de Baviera.

La nueva ciencia
El surgimiento de la filosofía moderna está en íntima relación con el triunfo de la ciencia
moderna, que a partir del Renacimiento dio lugar a la que se conoce como la Revolución Científica. El
modelo aristotélico-ptolemaico vigente con la escolástica que Descartes supera filosóficamente, es
destronado en el ámbito científico por nuevos planteamientos (Copérnico, Kepler, Galileo, método
experimental, rechazo del criterio de autoridad, etc). En astronomía, el geocentrismo deja paso al
heliocentrismo de Copérnico y las órbitas circulares de Aristóteles a las elípticas de Kepler.

Galileo será quizá el mayor emblema de este fenómeno: su propuesta del método hipotético-
deductivo (ante un problema, plantear hipótesis y contrastarlas experimentalmente) todavía inspira
hoy el proceder científico. El método hipotético-deductivo (también llamado método físico-matemático, o
simplemente método científico) halló con Galileo su formulación estricta y fue aplicado con éxito a multitud
de campos, logrando lo que no habían logrado prácticamente nunca las teorías filosóficas habidas hasta el
momento: resultados patentes ante los que no cabía prácticamente duda alguna.

En el método propuesto por Galileo hay tres fases principales:

1) Intuición o resolución (fase resolutiva), por la que aislamos los elementos simples de un
fenómeno observable, seleccionando aquellos capaces de medida (aquí juega su papel la
abstracción).
2) Demostración o composición (fase compositiva), por la que se ordenan los elementos
según un orden racional, expresándose las fórmulas matemáticas que se dan en las
relaciones entre los elementos, deduciéndose consecuencias no incluidas en los datos
inicialmente utilizados.

3) Experiencia (comprobación mediante la observación), con la cual puede verificarse la


exactitud del cálculo.

La intersubjetividad de los resultados científicos, la capacidad de ser probados y demostrados a


cualquier individuo dotado de un mínimo de inteligencia y de conocimientos, independientemente de los
logros alcanzados por este método, fue su principal carta de triunfo. Los más importantes logros, y los
que mayor repercusión tuvieron, en cuanto que mostraron la insuficiencia de la cosmovisión imperante en el
medievo, se dieron en la Astronomía y en la Física, aunque también se dieron en prácticamente todas las
disciplinas científicas.

Por otro lado, se da un importante desarrollo de las matemáticas, hasta el punto de que los
racionalistas las tomarán como modelo para la filosofía (recordemos la "Ética geométrica" de Spinoza o las
aportaciones al cálculo de Leibniz). A este desarrollo contribuyen Descartes con la geometría analítica y las
célebres coordenadas que hoy llevan su nombre. Las matemáticas se convierten en modelo a imitar, por
su rigurosidad, exactitud y fecundidad deductiva. Los filósofos racionalistas se afanan en conseguir
para la filosofía un método que permita a ésta asemejarse a las matemáticas en exactitud y solidez.

Finalmente, no podemos olvidar que esta nueva cosmovisión del mundo tropezará con la férrea
Inquisición arriba mencionada, que persiguió entre otros a Giordano Bruno, Miguel Servet o el mismo
Galileo.

El Racionalismo
Suele llamarse “Racionalismo” a la orientación filosófica que defiende el uso exclusivo o
predominante de la razón y de lo racional en la interpretación de la realidad. En cualquier caso, este
concepto alude a una concepción del mundo y del hombre basada en una total confianza en la razón humana
y en la creencia de la eficacia más o menos absoluta de los poderes cognoscitivos del hombre. O sea: el
racionalismo defiende la autosuficiencia de la razón como fuente de conocimiento.

Para el Racionalismo, toda realidad tiene en sí misma o en el principio del que deriva una razón
de ser suficiente. O sea, que se mantiene que toda la realidad es explicable por sí misma (racionalidad de
lo real). Estas tesis son propias de un Racionalismo metafísico, que se hace pleno cuando se acompaña de
un Racionalismo gnoseológico o epistemológico: cuando se sostiene que la racionalidad de lo real es
plenamente abarcable por la mente humana, siendo la razón la única fuente válida de conocimiento.

Características principales del Racionalismo del XVII


-Confianza total en el conocimiento racional.

-Minusvaloración del conocimiento sensible. Los sentidos nos engañan y nos conducen con
facilidad al error si nos fiamos sin más de ellos. El conocimiento sensible no es universal (sólo vale para los
casos observados) ni necesario (no nos muestra por qué las cosas son así, ni si son siempre así). El
conocimiento racional sí alcanza verdades universales y necesarias y, por tanto, es superior al conocimiento
sensible.

-Afirmación de la existencia de ideas innatas. El ser humano nace con unas nociones e ideas
enterradas en lo profundo de la mente, ideas puestas por Dios en el alma. Tales ideas son recuperables
mediante el uso de la Razón.

-Afirmación de la posibilidad de una Ciencia universal y necesaria, alcanzable mediante el uso


riguroso y metódico de la razón.
-Racionalidad del mundo: todo tiene una razón, nada es casual ni fortuito.

-Cognoscibilidad de lo real: esta racionalidad de lo real es cognoscible por el ser humano.

2) LA TEORIA CARTESIANA DEL CONOCIMIENTO

Dudas sobre el saber anterior y necesidad para la fª de un método tan riguroso como el
matemático
Como ya hemos visto, la época de Descartes (1596-1650), principal filósofo del Racionalismo junto
con Spinoza y Leibniz, es una época de gigantescos cambios: cae la Escolástica como rectora del
pensamiento, cae la visión geocéntrica, se dan las luchas de religión, la escisión cristiana en católicos y
protestantes, la conquista del nuevo mundo, etc. Además de todos estos cambios, un factor cultural
importantísimo es el desarrollo de la nueva ciencia, impulsada por científicos como Kepler y Galileo.
Desde el principio, la nueva ciencia descubre y divulga los errores de muchas de las teorías escolásticas
acerca de la naturaleza.

Como consecuencia de tan graves cambios, las dudas acerca de la validez del saber heredado
proliferan. La crítica generalizada en la época hacia el saber adquirido por la tradición, fundamentalmente
escolástico, cala en Descartes, quien, como algunos de sus más destacados contemporáneos (Galileo, Francis
Bacon, etc ) duda de su validez. Aunque Descartes fue educado en el saber escolástico, duda, tras tomar
contacto con la nueva ciencia, de todas sus creencias y opiniones anteriores. El argumento de
autoridad, tan al uso en la sociedad de los siglos anteriores, no cuenta ya para él, y dedica sus esfuerzos a
hallar un nuevo modo de fundamentar el conocimiento cierto. Descartes ve claro que lo que hay que hacer
es hallar un método para usar correctamente la razón, un método tan certero como el de las
matemáticas, pero para la filosofía. Es necesario, pues, asegurar una sabiduría cierta, y, para ello, lo más
importante es encontrar un método que impida el error. Aquí, Descartes emprende la misma labor que
autores como Francis Bacon o Galileo, si bien que con otras miras. Dirá Descartes: "Por método entiendo
las reglas ciertas y fáciles que hacen imposible tomar por verdadero lo que es falso, y... sin malgastar
inútilmente las fuerzas de la razón, hacen avanzar progresivamente la ciencia para llegar al
conocimiento." En este sentido, el método que establecerá Descartes vendrá a ser algo así como las reglas
para el recto uso de la razón, o las reglas que permiten sacarle a la razón su máximo partido.

Evidentemente, su ideal metodológico es el de las matemáticas. Admira el rigor y la solidez de las


construcciones matemáticas, y aspira a conseguirlos en la filosofía. Ve su superioridad en el hecho de que
trata un objeto tan puro y simple que no incluye nada que pueda hacer inciertos los resultados de sus
conclusiones. Tienen las matemáticas dos virtudes que admira Descartes: ausencia de incertidumbre y
construcción progresiva en forma deductiva. Pero tiene un defecto que la hace inhábil para fundamentar
la sabiduría que busca conseguir: la vaciedad existencial de sus contenidos (no explica cómo es nuestra
existencia y porqué es así, si tenemos o no alma, qué caracteriza a los seres vivos, etc). Descartes también
admira el rigor de la lógica, pero ve que mediante ella es absolutamente imposible descubrir nuevas
verdades, sino sólo indicar cuando un razonamiento está bien formulado y cuando no.

Así, Descartes se decide a evitar las carencias que ambas disciplinas tienen, desde la perspectiva del
establecimiento de un método para lograr la sabiduría acerca de todo tipo de cuestiones, y escoge las
características positivas de tales disciplinas. Y es importante hacer ver que Descartes no consideraba que
cada ciencia debería tener un método adecuado a su objeto, sino que pensaba que todas las diversas
ciencias son ramas de una única ciencia: la sabiduría humana, la cual debe tener un sólo método
válido, aunque múltiples aplicaciones.

El a priori racionalista
El pensamiento científico, que se basaba en las matemáticas y en la observación y la experimentación,
había comenzado ya su propio camino. La filosofía comienza a recorrer con Descartes un nuevo camino. La
Razón busca un método para avanzar en el conocimiento de la realidad, un método que le evite los continuos
extravíos que hasta entonces había tenido. Lo mismo que Galileo y Kepler partían del supuesto de que el
universo estaba ordenado matemáticamente, Descartes parte del supuesto de que el universo está
ordenado "racionalmente". Así, sólo hay que hallar un método que se adecue a las características y
requisitos de la razón y que potencie al máximo sus posibilidades, las cuales considera Descartes
inmensísimas, habida cuenta de su creencia acerca de la rotunda cognoscibilidad del mundo. Descartes no
sólo cree en nuestra capacidad de conocer, sino en la que tiene el mundo de ser conocido. El método
será el facilitador de esta labor, a la que, a priori, considera factible.

Unidad de la Razón humana


Este método no habrá de ser uno para cada tipo de realidad a estudiar, sino uno para todas,
debido a un hecho fundamental, que a Descartes le parece indudable: la unidad de la Razón humana. El
mismo nos dice que no buscó sino resolver su propio problema, pero estaba convencido de que la solución
que había encontrado no solamente servía para él, sino para todos los hombres, porque la Razón es igual en
todos ellos. Este principio de la unidad de la Razón fue su primera gran inspiración, la de 1619. En las
"Reglas para la dirección de la mente" dice: "Todas las diversas ciencias no son otra cosa que la sabiduría
humana, la cual permanece siempre una e idéntica, aunque se aplique a diferentes objetos”.

La única sabiduría humana es llamada por Descartes "bona mens", y es la prudencia por la cual
el hombre se orienta en la vida y la razón por la cual distingue lo verdadero de lo falso. Adquirir esta
capacidad de usar rectamente la razón es el objetivo de Descartes, y considera que nada es más apreciable
que esta virtud de la capacidad de juzgar, mucho más relevante, filosóficamente hablando, que la mera
posesión de conocimientos sobre historia de la filosofía o sobre teología, por ejemplo.

El recto uso de la razón


Para Descartes, la razón es una facultad específicamente humana, puesta en los hombres por Dios, que
es el garante de los resultados de su aplicación. Ahora bien, es obvio que el uso de la razón no implica por
sí mismo que se lleguen a resultados verdaderos, como prueban los múltiples desvaríos en los que cayeron
multitud de filósofos. Es por esto que el problema que se le aparece como prioritario a Descartes es el de
hallar el modo de usar correctamente la razón, para poder llegar a la comprensión de las verdades que
mediante su buen uso pueden alcanzarse. Ello supone la tarea de formular el método del correcto uso de la
razón.

Este método deberá cumplir dos funciones: hacer avanzar lo más rápidamente posible a la
razón, para conseguir el máximo posible de conocimientos ciertos, y, a la vez, evitar los errores y los falsos
juicios, que tantísimas veces se han infiltrado en la historia de la filosofía. Los excesos especulativos
escolásticos son la causa principal de este miedo a las equivocaciones.

Búsqueda de un cimiento sólido para la filosofía


Así pues, el objetivo principal de Descartes es hallar un método que nos permita usar rectamente la
razón y llegar a resultados verdaderos por medio de su uso. Su ideal es hallar un método tan riguroso
como el matemático, pero para la filosofía. Para ello, se fija sobre todo en el hecho de que las verdades
matemáticas son intuitivamente evidentes y no cabe dudar de ellas. Se propone entonces Descartes
buscar en el ámbito de la filosofía, a ver si encuentra verdades tan indudables e intuitivamente evidentes
como las de las matemáticas. Quiere construir un edificio sólido, y por eso quiere que sus cimientos sean
fuertes e inamovibles, igual que ocurre con las matemáticas. Ahora bien, ¿por donde empezar? ¿qué
verdades están más allá de toda duda y pueden servirnos para cimentar una nueva filosofía libre de las
incertidumbres de las anteriores? Esta será su primera labor: hallar alguna verdad indudable a partir
de la cual empezar a construir un sistema filosófico sólido. Para ello, someterá a la duda a todo el saber
que ha recibido a través de su educación, para ver si es capaz de encontrar en alguna parte alguna
verdad que sobreviva a la duda y se muestre como evidente en sí misma y por encima de todo
cuestionamiento. Es por esto que se dice que la duda de Descartes es una duda metódica, no una duda
escéptica: se somete todo a duda con la esperanza de encontrar una verdad que sea inmune a la duda.

Punto de partida: la duda


El método cartesiano tiene dos partes perfectamente delimitadas: en primer lugar, tiene la función
de deshacerse de todo el cúmulo de errores y prejuicios existentes en la mente, que son fortalecidos por
la labor de la memoria, que hace que muchas veces demos sin más por válido lo que se nos inculcó en el
pasado. En segundo lugar, es una reglamentación sobre el modo de utilizar rectamente la razón. Por un
lado es una higiene, una propedeútica, una medicina mentis, y por otro lado es un conjunto de reglas
positivas. El primer paso muestra el deseo de acceder a la verdad, y el segundo muestra el camino.

No le servirán a Descartes como fundamento de la sabiduría que pretende alcanzar las verdades
que la tradición o el consenso general han establecido. Hay que empezar desde cero, comenzando por
aquellas verdades de las que nuestra mente no pueda en absoluto dudar. Las cuestiones apoyadas en
razones históricas o de autoridad no suelen cumplir estos requisitos.

La labor de duda dijo Descartes realizarla poniendo en suspenso todas sus creencias, sus ideas, sus
recuerdos, incluso las informaciones de sus sentidos, para no dar nada por supuesto y avanzar partiendo
desde cero procurando encontrar fundamentos que nadie pudiera negar o poner en duda, por muy crítico o
escéptico que fuera. Quiere Descartes encontrar alguna verdad que pueda incluso escaparse de los
ataques de quienes afirman que en este mundo todo es ficticio (como si fuera todo el sueño de un dios,
o el efecto de algún genio maléfico que nos hiciera tomar por verdadero lo falso, y viceversa). Por ello,
Descartes parte de una duda radical. Duda de todo aquello de lo que no pueda estar absolutamente seguro,
buscando encontrar alguna verdad que sea indudable aunque el mundo entero sea sólo una ficción o un
espejismo. Y los datos de los sentidos no consiguen superar la duda radical. Muchas veces estamos
seguros de haber percibido cosas que luego no son como creímos percibirlas. Cuando estamos dormidos,
creemos que lo que estamos viendo es real, y sin embargo luego se muestra falso. ¿Quien nos dice que no
ocurre lo mismo en la vigilia, cuando creemos que lo que vemos es cierto? Aparte, una misma cosa unos la
perciben como bonita y otros como fea, unos como salada y otros como dulce, unos como grande y otros
como pequeña, luego no hay fiabilidad en los sentidos para encontrar verdades indudables. Así pues, la
duda de Descartes se extiende incluso a las cosas que con más claridad parecen mostrarnos nuestros sentidos.

Características de la duda cartesiana


-Origen: desengaño de los estudios realizados (excepto de las matemáticas).
-Duda universal y metódica (no escéptica y negativa, sino constructiva, que busca superar el
escepticismo).
-Duda de los sentidos.
-Duda del mundo exterior (indistinción con respecto a muchos sueños)
-Duda de los propios razonamientos: quizás Dios quiera que nos equivoquemos al sumar dos y dos;
aparte, existe la posibilidad de que exista un duende o genio maléfico que se entretenga en engañarnos
en nuestras percepciones, haciéndonos aparecer lo verdadero como falso y viceversa.
-Duda de sí mismo: se pregunta Descartes si puede estar seguro respecto a su propia existencia. ¿No
será esta también producto de una ilusión?

El cógito
Pero, y este es el punto clave de sus reflexiones, aunque todo pueda someterse a duda y aunque
entra dentro de lo posible que no podamos dejar de engañarnos (hipótesis del genio maléfico), no puede
dudarse de que al pensar somos ("Cógito, ergo sum": Pienso, luego existo), por mucho que lo que
pensemos sea algo erróneo. Esta certeza es una intuición, algo no explicable, sólo vivenciable. La
simultaneidad del pensamiento y la existencia es algo intuitivamente evidente. No puedo dudar de que
estoy dudando. Puedo pensar que no existe nada, pero no que no existo yo, que lo estoy pensando.

Así pues, Descartes, en un primer momento, pretende haber descubierto con el "cógito" el
fundamento inamovible para construir todo el edificio de la filosofía. La idea inamovible, indudable e
inmune a todas las críticas ya ha sido encontrada. Resta pues construir el edificio filosófico que se asiente
sobre ella. Pero veremos que la cosa no será tan fácil.

Características del cógito: claridad y distinción


El cógito no es un razonamiento: es una intuición mental; intuyo la conexión necesaria entre pensar y
existir. El problema es que el cógito, aunque intuitivamente evidente, es esteril deductivamente: no se
extraen deductivamente de él nuevas verdades. Para no quedarse en un punto muerto, Descartes recurre
a analizar las características de esta intuición: el cógito es una idea clara (se presenta con evidencia) y
distinta (no está mezclada con otras, ni depende de ninguna otra para que se capte su evidencia). Tras
señalar esto, Descartes da un paso más, y asegura que todas las verdades desde las cuales han de partir los
razonamientos, si queremos que estos sean correctos e inmunes a las críticas, habrán de poseer estas
características de la claridad y la distinción.

Así pues, como vemos, Descartes, siguiendo su objetivo de conseguir establecer una disciplina que,
con método matemático, derive de una serie de principios todos los conocimientos que puede lograr el
hombre, igual que en Matemáticas de un número reducido de axiomas se deduce la totalidad de los teoremas,
analizando las características de la intuición del cógito, establece la claridad y la distinción como el
requisito de todo conocimiento riguroso: "Debemos ocuparnos sólo de aquellos objetos acerca de los
cuales nuestro espíritu puede presentarnos un conocimiento cierto e indudable".

La intuición
El conocimiento cierto e indudable se funda en la intuición, que es la certeza intelectual acerca
de algo, la captación de la evidencia, sin que esta certeza pueda ser explicada ni referida a algo anterior: la
intuición es algo primario, el primer ladrillo en el conocimiento cierto. Es un acto único y simple, a
diferencia del discurso, que consiste en una serie o sucesión de razonamientos. "La intuición no es el
testimonio inestable de los sentidos, ni el juicio engañoso de la imaginación, sino una representación que
es asunto de la inteligencia pura y atenta, representada de modo tan claro y distinto que es imposible negar
su evidencia". El resultado de la intuición es siempre una verdad inmune a la duda. Eso, al menos, cree
Descartes.

Garantizar que el conocimiento se fundamenta en intuiciones, y que se opera de modo correcto


con ellas, es la función del método, que ha de conseguir que en la actividad de la razón no interfieran
errores ni prejuicios desviatorios. Y es que Descartes confía ciegamente en lo que él llama la luz de la razón,
a la que considera infalible, siempre que se la deje obrar según su propia naturaleza. Denomina "prejuicios"
a todo aquello que pueda pervertir a la razón, haciendo que se considere falso lo verdadero o viceversa.
Los prejuicios pueden venir de la aceptación acrítica de pseudoconocimientos formados por los sentidos,
por la imaginación, por el análisis acrítico o por la aceptación del criterio de autoridad (memoria
suplantando a la intuición).

Intuición y deducción
Para evitarlos es para lo que se requiere el conjunto de reglas que establece Descartes con su
método. Estas reglas posibilitarán que de las intuiciones puedan formarse deducciones correctas
(Descartes llega a denominar a las deducciones bien realizadas "cadenas de intuiciones"). La deducción es el
paso razonado de verdades simples a verdades más complejas y generales que se extraen de aquellas.
Deducción e intuición son las dos operaciones cognoscitivas de la mente. La deducción se diferencia de la
intuición porque lleva consigo un cierto movimiento o sucesión. Veamos cuales son las reglas para el recto
uso de la razón.

Las reglas
Las reglas nos las presenta Descartes en dos libros: el "Discurso del método" y las "Reglas para la
dirección de la mente". Son las siguientes:

-1) La evidencia: no aceptar nada más que lo que se le presente clara y distintamente, sin que sea
posible dudar de ello. Esta regla supone la adopción de la duda metódica.

-2) Dividir las cuestiones a estudiar en tantas partes como sea posible, resolviéndolas en ideas
simples (análisis), más fácilmente abarcables por la mente.

-3) Proceder paso a paso y con orden de los elementos más simples a los más complejos (síntesis),
cuidando de no cometer errores, y asegurándonos de que cada nuevo paso es realmente consecuencia del
anterior. Esto viene a ser algo así como conseguir intuiciones acerca de los eslabones causales de la serie de
hechos estudiada, o la intuición de cada paso de la deducción.

-4) Recuentos y enumeraciones, para asegurarnos que no nos hemos dejado atrás ningún elemento, ni
nos hemos equivocado en ningún paso. Los recuentos están para revisar la síntesis, y las enumeraciones para
revisar el análisis.

Las tres primeras reglas son las reglas del recto uso de la razón. La cuarta regla está para suplir las
deficiencias de esta, remediando la lentitud del espíritu, así como los fallos de la memoria y del juicio.

Es patente la similitud de estas reglas, especialmente la segunda y la tercera, con respecto al método
preconizado por Galileo: resolución (análisis), composición (síntesis), y verificación por la experiencia. Es
en este tercer punto en el que se da la radical diferencia entre el pensamiento cartesiano y el galileano, siendo
este último empirista.

3) CLASES DE IDEAS: ADQUIRIDAS, ARTIFICIALES E INNATAS

Descartes estaba convencido de que las ideas de las cuales podemos tener intuiciones son innatas.
Están en nuestro interior, sin que se hayan introducido en él por el curso de la experiencia. Son
verdaderamente a priori, previas a toda experiencia. Así, ese cúmulo de ideas simples que han de
fundamentar las ciencias particulares, las tenemos en nuestro interior, donde existen como en germen, de
forma un tanto difusa, aclarándose cuando las cosas externas nos hacen dirigir la Razón hace esas ideas
innatas (Descartes enlaza así con la tradición platónico-Agustiniana). A veces dice que esas ideas innatas
son puestas en nosotros por la naturaleza, otras veces, más numerosas, que son puestas en nosotros por
Dios. Lo cierto es que considera seriamente que todas las ideas claras y distintas son innatas, y que todo
conocimiento riguroso ha de estar construido sobre estas. Estas ideas innatas no son algo que esté ya presente
de modo consciente en la mente del hombre desde que nace, sino que la mente las hace aflorar, por así
decirlo, a partir de sí misma, en ocasión de alguna experiencia. No es que se deriven de la experiencia
sensible: es que la experiencia sensible las suscita. Descartes no es empirista, sino que cree que la
experiencia sensible hace que tengamos un conocimiento consciente de nuestras ideas innatas. La
experiencia sólo proporciona la ocasión para que las conozcamos.

Descartes habla de tres clases de ideas:

-a) Adquiridas: vienen de la experiencia sensible (por ejemplo, la idea de barco, o de caballo).
Descartes no prescinde de los sentidos, pero desconfía de ellos, por no parecerle fiables del todo.

-b) Artificiales, elaboradas por nosotros (centauro, sirena, etc).

-c) Innatas, puestas en nosotros por Dios. Son evidentes, intuitivas y verdaderas (por ejemplo: idea de
Dios, idea de Infinito, idea de alma, etc). Considera que nuestra mente limitada e imperfecta no ha
podido inventar conceptos como los de infinito o Dios, que nos rebasan por completo, no siendo tampoco
ideas adquiridas derivadas de la experiencia. Sin embargo, Descartes afirma que tenemos esos conceptos
en nuestra mente y los entendemos, luego cree que no hay otra posibilidad que la de que han sido puestos en
nuestra mente de forma innata por Dios.

Dios como garantizador del conocimiento


Cómo veremos más adelante, las doctrinas cartesianas con respecto a la realidad constituyen la parte
más débil de la filosofía cartesiana. Se debería esperar, por todo lo visto antes, que a partir de su método
construyera un gran edificio filosófico, pero no lo hace. Descartes ha encontrado un criterio mental para
distinguir lo verdadero de lo falso (claridad y distinción). Ha encontrado una intuición primaria (la de la
propia existencia), que lleva directamente a la afirmación de que existe al menos una sustancia cuya
naturaleza consiste en pensar. El problema es que, si nos seguimos ateniendo a los parámetros de la
duda, no se puede llegar más allá de la existencia del yo.
Ocurre que de la única verdad en verdad evidente, la existencia del yo, no puede deducirse nada
más. Es, por tanto, una idea infértil deductivamente, una base muy poco válida para ir deduciendo de ella los
principios en los que había de cimentarse la filosofía. Descartes ha hallado lo que buscaba, pero este algo no
parece en principio que vaya a servirle para mucho.

Sin embargo, gracias al conocidísimo recurso de considerar probada la existencia de Dios mediante el
rebuscado análisis de la idea de infinito, Descartes creerá solucionar el problema: Dios es el garantizador de
la verdad de nuestras ideas claras y distintas. Veamos en que consiste esta afirmación de la existencia de
Dios a partir de la idea de infinito.

Analizando los diferentes tipos de ideas, Descartes ve que es cuestión central determinar cuales tienen
un correlato en la existencia y cuales tienen sólo existencia en nuestra mente. Las ideas que representan a
otros hombres o cosas naturales no contienen nada tan perfecto que no pueda ser producido por mí o
ser producto de la experiencia, la cual puede equivocarse. Pero por lo que se refiere a la idea de Dios,
esto es, a una sustancia infinita, eterna y todopoderosa, es difícil suponer que pueda haberla creado yo
mismo o provenir de la experiencia (no es, por tanto, ni una idea artificial ni una idea adquirida). La
idea de Dios es una idea en la cual hay algo que no ha podido venir de mí mismo, en cuanto yo no poseo
ninguna de las perfecciones que están representadas en esta idea. Descartes afirma que la causa de una
idea debe siempre tener al menos tanta perfección como la representada por la idea. Por esto, la causa
de la idea de una sustancia infinita sólo puede ser una sustancia infinita. Por otro lado, yo no puedo tener
experiencia del infinito, no lo he podido haber observado, luego no cabe otra solución, piensa Descartes, que
considerar que esa idea ha sido puesta en mi por Dios mismo. Así, la simple presencia en mí de la idea de
Dios demuestra la existencia de Dios.

Una vez reconocida la existencia de Dios, el criterio de la evidencia encuentra su última garantía.
Dios, por su perfección, no puede engañarme: la facultad de juicio que he recibido de El no puede ser
tal que me induzca a error, si se emplea rectamente. "Las cosas que concebimos muy clara y
distintamente son todas verdaderas, recibiendo su certeza de que Dios existe y es un ser perfecto".
"Habiéndome dado Dios una poderosa inclinación a creer que las ideas parten de las cosas corporales, no
veo cómo podría disculparse el engaño si, en efecto, esas ideas partieran de otro punto o fueren producto de
otras causas y no de las cosas corporales". O sea, que Descartes cree que, puesto que Dios existe, no es
posible que él, que nos ha dado la razón, nos deje engañarnos cuando usamos con toda corrección
dicha facultad. Con estos supuestos, Descartes fundamentará todo tipo de tesis que a la posteridad no le
parecerán para nada "claras y distintas". Estas ideas eran ya conocidas desde Agustín de Hipona y desde
Platón, y, como han señalado numerosos estudiosos, son punto menos que inconcebibles en una mente
medianamente enterada de la revolución científica llevada a cabo en el Renacimiento. Por otro lado, hay que
señalar que, cómo muchos autores han denunciado, Descartes cae en cierto círculo vicioso, pues señala
como criterio de todo conocimiento cierto el de la evidencia (claridad y distinción), pero luego tiene que
fundamentar la verdad de lo que captamos con evidencia en el hecho de la existencia de dios y la veracidad
divina.

4) LA REALIDAD EN DESCARTES

Las tres ideas y las tres sustancias principales


La filosofía de Descartes puede dividirse, grosso modo, en dos grandes apartados: una serie de
investigaciones metodológicas acerca del conocimiento humano (que son las que hemos resumido arriba),
y una serie de teorías metafísicas acerca de la realidad y sus niveles. Pues bien, Descartes dedicó mucho
más espacio a estas ultimas, estando convencido de que sus más importantes ideas se encuadraban en este
apartado. Pero el caso es que, para la posteridad, las tesis metafísicas de Descartes tuvieron bastante
menos interés que sus indagaciones sobre metodología, las cuales centraron el interés de los filósofos
posteriores.

A partir de la garantía que da Dios con respecto a nuestras ideas claras y distintas, Descartes
establecerá una famosa distinción en cuanto a los tipos de sustancia que existen en el mundo, que son tres:
sustancia pensante (el alma), sustancia extensa (las cosas físicas, cuya característica principal es ser
extensas, ocupar espacio) y sustancia infinita (Dios). Sobre la primera edificará su psicología, sobre la
segunda su física, y sobre la tercera su teología. La primera surge de la experiencia del cógito, la segunda
del análisis de la noción de materia (de la cual puede abstraerse todo menos la extensión, quitada la cual se
elimina el concepto de materia), y la tercera del análisis de la noción de infinito.

Antropología cartesiana: separación de alma y cuerpo


Según Descartes, no hay la misma certeza con respecto a la existencia de mi cuerpo que con respecto a
la existencia de mi pensamiento. Así pues, aquello de lo que dudo (mi cuerpo), no puede ser lo mismo
que aquello de lo que no dudo (mi pensamiento). Pensamiento y cuerpo son, por tanto, cosas distintas.
Por otro lado, decía Descartes que aquello que puedo pensar distinta y claramente de forma separada, existe
separado en la realidad.

Además, el pensamiento existe con independencia del cuerpo: del cuerpo dudo, y por ello a lo
mejor no existe, pero mi pensamiento si existe sin que pueda dudar de él (como vimos en el
razonamiento del cógito); es decir, mi pensamiento no necesita del cuerpo para existir.

La independencia del alma respecto al cuerpo la defiende Descartes para salvar la libertad del
hombre, ya que la conexión mecanicista del mundo material no deja lugar para la libertad. Así, para
salvar los valores espirituales, hay que desligar al alma de la conexión mecanicista del mundo. Se afirma así
que el alma está en una esfera independiente de la material, lo cual es una de las ideas básicas de la
filosofía cartesiana. Cuerpo y alma son dos sustancias separadas (unión accidental) que pueden existir
la una sin la otra: el alma es una sustancia que piensa; el cuerpo es una sustancia extensa. Pero, sin
embargo, están unidas. Dada la independencia de ambas sustancias, está unión ha de ser accidental, no
sustancial.

¿Como explica Descartes la unión entre el alma y el cuerpo? Pues mediante la glándula pineal,
situada en el cerebro, donde se da una doble circulación: hacia el alma y hacia el cuerpo (el cuerpo manda los
datos al alma para que los procese, y el alma manda al cuerpo las órdenes, para que las ejecute). Con mucha
razón, Spinoza le echará en cara a Descartes respecto a esta idea el haberse saltado a la torera su pregonado
principio de la claridad y la distinción.

En resumen: el hombre es un compuesto de dos sustancias distintas: alma (res pensante) y cuerpo (res
extensa); el pensamiento no necesita del cuerpo ni de los sentidos, pues es independiente de la materia. La
coordinación entre estas dos sustancias se da en la glándula pineal.

La res extensa
Descartes trató ampliamente el mundo corpóreo en el libro el "Tratado del mundo", que dejó sin
publicar por miedo a la condena que podía caerle. Desarrolla en este libro una interpretación mecanicista,
propia de la época, según la cual se veía a la naturaleza y sus elementos como una gran maquinaria de
precisión que funciona según estrictas leyes físicas, mecánicas. Aquí coincide Descartes con las tesis
básicas de la física de la época: todo se reduce en el mundo físico a materia y movimiento. Pero aunque
sus ideas básicas son científicas, no lo son las tesis que desarrollará partiendo de ellas.

Sostiene que el mundo fue creado por Dios. Afirma que él es el


primer impulsor del movimiento: dios es la primera causa del movimiento, y preserva siempre la misma
cantidad (ley de la conservación del movimiento). Defendió el principio de inercia, y la tesis de que el
movimiento natural es rectilíneo.

El mundo, como dijimos, es para él una gran maquinaria. Incluso los animales son interpretados
según el esquema mecanicista: son como máquinas que están diseñadas para responder cómo lo hacen ante
los estímulos que presenta el medio, y no requieren alma.

Es esta una física puramente deductiva, que prescinde casi totalmente de la experiencia. Parte de
lo general hacia lo individual, y no al revés. Por ejemplo, deduce la existencia del mundo de la de Dios:
Dios existe, y es perfecto, luego no me puede engañar, luego mis percepciones son ciertas, luego existe
el mundo externo. Dios es la garantía de la veracidad de todas esas cosas que respecto al mundo percibo
clara y distintamente. Así pues, las propiedades de la extensión (altura, anchura, etc), no las hemos
inventado nosotros, sino que son atributos reales de las cosas.

La res infinita
Por último, un tercer tipo de sustancia (las otras dos son la res -o “cosa”- pensante y la res extensa)
es la infinita, Dios, que para Descartes, como vimos, existe necesariamente, tal como muestra el análisis de
la idea de infinito visto más arriba. Las cualidades que Descartes adjudica a Dios vienen a ser las mismas que
le adjudica la teología tradicional: eterno, omnisciente, omnipotente, infinitamente bueno y justo, creador del
mundo a partir de la nada, etc. Para Descartes, Dios es el garantizador de nuestro conocimiento, pues al
no ser un Dios falaz, es el garante de la veracidad de las ideas que captamos clara y distintamente.

CONCLUSIONES

La filosofía cartesiana supone un histórico cambio de perspectiva. En la época medieval se tenía la


certeza de la existencia de Dios, y se llegaba a través de él a la certeza de uno mismo. Ahora se llega a Dios a
través de la certeza de la existencia del yo. Esto supone un giro de 180 grados: en lugar del teocentrismo
tenemos el antropocentrismo.

El Racionalismo entrona a la Razón. La ciencia y la filosofía no se sostendrán más por la fe. Todo gira
en torno a la Razón, de tal modo que el Racionalismo se abre paso hasta desembocar en la Ilustración, en la
que imperará la diosa Razón.

Con Descartes empieza la era de la primacía del sujeto sobre el objeto, de la epistemología
(teoría del conocimiento) sobre la ontología. Pero Descartes queda encerrado en su cógito y no sabe salir
de él: saltándose su propio discurso para acudir a la idea de infinito y alcanzar mediante él la idea de Dios,
que es el justificador de todas nuestras ideas claras y distintas. La perspectiva de originalidad y la
autonomía del pensamiento de Descartes queda así sofocada por la teología; seguimos en gran medida
igual que antes: nuestras ideas y conocimientos son reales porque vienen de Dios, autor de todo lo
creado.

A pesar de todo, a Descartes debemos agradecer el nuevo rumbo que tomará la filosofía: desde él se
va a valorar más al sujeto que al objeto, se valorará más la autonomía del pensamiento del hombre.
Quizás desde nuestra óptica pueda parecernos que su mayor aportación, las reglas del método, no son nada
del otro mundo, pero sabremos valorarlas mejor si nos damos cuenta de que con ellas Descartes está
defendiendo un método para que el hombre reflexione por sí mismo de la mejor manera, alejándose así del
criterio de conocimiento generalizado en su época: el recurso al criterio de autoridad, a lo que ha dicho la
iglesia, la biblia, los profetas o los teólogos oficiales. En esa época y en ese contexto mental, la aportación
de Descartes supuso toda una revolución y un incentivo extraordinario para que los hombres se
atrevieran a utilizar sus propias capacidades para establecer qué debían creer o no, sin tener que
resignarse a aceptar sumisamente lo que establecieran las autoridades eclesiásticas. En este sentido, su
aportación fue valiosísima.

Sin embargo, no será con Descartes con quien la nueva perspectiva surgida con la nueva ciencia y el
método científico pasará a la filosofía. Esto ocurrirá con el Empirismo Inglés, que surgirá en oposición al
Racionalismo mantenido por Descartes, planteando una metodología muy distinta a la cartesiana y mucho
más cercana a los principios del nuevo método experimental que tan buenos resultados estaba dando en
distintas ciencias.

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