INSTITUTO TECNOLOGICO
DE LA CHONTALPA
MATERIA:
TALLER DE LIDERASGO
ACTIVIDAD:
LIDERES DE MÉXICO
ALUMNA:
ROSY JUDITH GARCÍA VARGAS
SEMESTRE: 2RO GRUPO: A
CARRERA:
ING.INDUSTRIAL
AGUSTÍN DE
ITURBIDE
Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu nació Valladolid,
actual Morelia, el 27 de septiembre de 1783. Su padre fue José
Joaquín de Iturbide Arregui, un acaudalado terrateniente español.
Su madre, María Josefa de Aramburu y Carrillo de Figueroa, era una
criolla de origen noble. En 1795 ingresó en el seminario de su
población natal. Pero al cumplir los 14 años abandonó los estudios
para enrolarse en el ejército realista del Virreinato de Nueva
España. A los 22 se casó con Ana María Huarte, con quien tendría
seis hijos. En 1810 se negó a participar en la insurrección contra los
españoles dirigida por el cura Miguel Hidalgo, y defendió la ciudad
de Valladolid contra las fuerzas revolucionarias; su notable
actuación le valió el ascenso a capitán.
Con este nuevo grado, Agustín de Iturbide combatió a las guerrillas
independentistas, y acabó por capturar a Albino Licéaga y
posteriormente al líder que, tras la muerte de Hidalgo en 1811, había
tomado las riendas de la insurgencia: Ignacio López Rayón.
Este logro le valió el ascenso a coronel. Posteriormente fue nombrado comandante general de la
provincia de Guanajuato, donde se distinguió por su implacable persecución de los rebeldes.
Con la captura y ejecución en 1815 del sucesor de López Rayón, José María Morelos, la sublevación
independentista pareció definitivamente sofocada; quedaba únicamente como cabeza visible
Vicente Guerrero, que se replegó hacia el sur. En 1821 se unió al bando independentista: acordó con
Guerrero el Plan de Iguala y, tras la rápida victoria de su Ejército Trigarante, puso fin a tres siglos de
dominación española. Proclamado emperador con el nombre de Agustín I con gran júbilo de la
población, en 1823 se vio obligado a abdicar y al año siguiente fue fusilado por los republicanos.
De realista a patriota, de emperador a traidor: naturalmente, las vueltas y revueltas de tan tortuoso
camino no se deben únicamente a las circunstancias históricas. Carismático y de temperamento
conservador, pero sin ninguna ideología concreta, Iturbide tendió siempre a adherirse a la opción
que juzgaba ganadora, encarnando el paradigma del político excesivamente pragmático y
oportunista. Pero, pese a no ser tan admirado como otras figuras de la emancipación, México le
debe la independencia efectiva: Iturbide triunfó donde Hidalgo y Morelos habían fracasado.
El Plan de Iguala
En el virreinato, la oligarquía absolutista veía peligrar sus privilegios; los conspiradores del llamado
Plan de la Profesa querían impedir a toda costa la deriva liberal, llegando a plantearse el
establecimiento en México de una monarquía independiente, cuyo cetro sería ofrecido a un príncipe
borbón. El virrey Juan Ruiz de Apodaca nombró a Agustín de Iturbide comandante general del
Ejército del Sur y le encomendó la tarea de someter o ganar para su causa a las tropas de Vicente
Guerrero.
Al comprender que no conseguiría derrotar fácilmente a Guerrero, Iturbide se sumó a la causa
independentista, sabedor de que las élites del virreinato, antes que aceptar un régimen liberal,
preferirían la independencia como modo de perpetuar el absolutismo en el país. Iturbide se reunió
con Guerrero y, juntos, presentaron el llamado Plan de Iguala (24 de febrero de 1821), un programa
político cuyos objetivos se basaban en tres principios irrenunciables: la independencia de México, la
igualdad de derechos para españoles y criollos y la supremacía de la Iglesia Católica en el nuevo
estado. Los tres puntos del Plan facilitaron la adhesión de amplias capas y estamentos sociales: el
clero, los antiguos revolucionarios independentistas (que volvieron a tomar las armas), los
comerciantes y terratenientes conservadores e incluso los realistas, por las razones indicadas. El
Ejército Trigarante de Iturbide (así llamado por sustentar las tres garantías del Plan) engrosó
rápidamente sus filas y pasó a dominar todo el país. En vista de ello, el nuevo virrey de España, Juan
O'Donojú, firmó el tratado de Córdoba (24 de agosto de 1821), por el que se reconocía la
independencia de México.
Emperador de México
En medio de la alegría general, los republicanos hubieron de sufrir, además, que el Congreso
declarase hereditaria la sucesión al trono. Durante los apenas diez meses que duró su reinado, la falta
de apoyos más allá del de sus partidarios incondicionales y las impopulares medidas encaminadas a
resolver los graves problemas financieros fueron debilitando su posición. Muy pronto hubo de
enfrentarse a una conspiración de carácter republicano. Iturbide decidió entonces disolver el
Congreso (octubre de 1822) y nombró una Junta Nacional Instituyente que actuaba por completo a
su servicio. La detención y persecución de muchos miembros del Congreso, sin embargo, no hizo
más que unir a la oposición republicana y borbónica. Por otra parte, el giro absolutista de Iturbide no
contribuía a mejorar las relaciones con España, cuyo gobierno liberal había desautorizado la
actuación del virrey O'Donojú y se negaba a reconocer la independencia; en noviembre, las Cortes
españolas declararon nulo el tratado de Córdoba, agitando el fantasma de la involución.
En esa tesitura, el gobernador de Veracruz, Antonio López de Santa Anna, intentó infructuosamente
apoderarse del castillo de San Juan de Ulúa, último reducto español. Iturbide cesó en sus funciones a
Santa Anna por este fracaso, y la reacción no se hizo esperar: Santa Anna proclamó la República
(diciembre de 1822), e inmediatamente recibió el apoyo de otros generales, e incluso de las tropas
que en principio debían acabar con la revuelta. En 1824 tuvo noticias de que España, con la ayuda de
la Santa Alianza, preparaba una expedición para reconquistar México. Decidió entonces regresar a su
país para ponerse al servicio del Gobierno, ignorando que el Congreso mexicano lo había declarado
traidor a la Patria. Desembarcó en el puerto de Soto la Marina, donde fue detenido y remitido a la
localidad de Padilla, en Tamaulipas, donde el Congreso local ordenó que se cumpliera el decreto
federal que lo condenaba a muerte.
El 19 de julio enfrentó a un pelotón de fusilamiento, entre cuyos soldados repartió las onzas de oro
que llevaba consigo. Antes de morir declaró que no era traidor y pidió que le vendaran los ojos.
Luego recibió varios disparos en el pecho y en la cabeza. Tenía tan solo 40 años y esperaba la llegada
de su décimo hijo.
Tras varios años de olvido y repudio, en 1838 sus restos fueron trasladados a Ciudad de México e
inhumados en la Capilla de San Felipe de Jesús de la Catedral Metropolitana. En varias oportunidades
se habló de depositar sus restos en el Ángel de la Independencia, para que descansaran junto a los
Hidalgo, Morelos, Guerrero, Guadalupe Victoria y otros héroes del proceso emancipador, pero esas
iniciativas nunca se concretaron.
EMILIANO
ZAPATA
“Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”, dijo Emiliano Zapata, un
líder campesino que desempeñó un papel destacado en la
Revolución Mexicana. Zapata nació el 8 de agosto en 1879 en
Anenecuilco, Morelos. Durante su infancia, Zapata estuvo rodeado
de caballos y de la agricultura, lo que proporcionó una base para
su enfoque de toda la vida en la reforma agraria y la difícil situación
de los campesinos pobres. Zapata quedó huérfano a la edad de 17
años y se convirtió en el jefe de su familia. Zapata tuvo su primer
encuentro con el gobierno cuando fue arrestado por protestar por
la apropiación de tierras campesinas en 1897. Sin inmutarse,
Zapata continuó su actividad política hasta que fue reclutado por
el ejército. Las experiencias de la infancia de Zapata, su actividad
política y su experiencia en el ejército le proporcionarían la
motivación y las herramientas que necesitaría más tarde como
revolucionario. Como líder de un poderoso movimiento agrario en
su estado natal, Morelos, Zapata se convirtió en una pieza clave y
un símbolo para derribar la dictadura y las prácticas elitistas de gobierno de la época. Situado en el
pequeño pero significativo estado de Morelos, al sur de Ciudad de México, Anenecuilco desempeñó
un papel crucial en las grandes convulsiones que vivió México en el siglo XIX: la guerra de
independencia contra España, los conflictos internos entre liberales y conservadores, y la
intervención francesa de la década de 1860, cuando el ejército invasor de Napoleón III fue derrotado
por los liberales, liderados por Benito Juárez, que más tarde se convertiría en presidente de México.
Fue en Morelos donde Hernán Cortés, el conquistador español que derrotó al imperio azteca, recibió
una encomienda del rey Carlos V: el derecho a exigir trabajos forzados a los nativos.
Tras la abolición de la esclavitud en México en 1829, los hacendados ya no explotaban a los
africanos esclavizados, sino que recurrían a la población de Morelos en busca de mano de obra.
Durante generaciones, las relaciones entre las haciendas y las comunidades habían mantenido un
frágil equilibrio. A las comunidades locales se les permitía conservar las tierras que necesitaban para
la agricultura de subsistencia, al tiempo que trabajaban para los hacendados. A estos últimos no les
interesaba despojar a los campesinos, que ya habían demostrado su capacidad de resistencia en el
pasado.
La lucha del zapatismo hasta el final
Esta inestable situación se resolvió violentamente en 1913, cuando el ejército derrocó y asesinó a
Madero, sustituyéndolo por el general Victoriano Huerta, que había dirigido una brutal campaña
contra los zapatistas en Morelos. Al convertirse en dictador militar, empleó los mismos métodos del
Porfiriato en todo el país.
Estallaron rebeliones en el norte del país, donde Venustiano Carranza, un moderado que había
apoyado a Madero, encabezaba una vaga coalición constitucionalista. En el centro, el zapatismo
ganaba fuerza en Morelos y los estados vecinos. Esta guerra civil fue más larga y destructiva que la
que había derrocado a Díaz. Pero terminó con la derrota definitiva del ejército federal y de lo que
quedaba del antiguo régimen del Porfiriato. Mientras tanto, los rebeldes reclutaban grandes
ejércitos convencionales, como la enorme División del Norte dirigida por Pancho Villa, el otro gran
caudillo popular de la revolución. Villa luchaba en las vastas llanuras del norte, comprando armas al
por mayor en Estados Unidos, país limítrofe con el territorio que dominaban los villistas. Zapata, al
sur de la capital, no tenía esta ventaja y, tanto por preferencia como por necesidad, dirigió un
ejército genuinamente campesino. El número de fuerzas zapatistas fluctuaba según las necesidades
de las campañas militares y las exigencias del calendario agrícola.
Mientras que el ejército villista era casi profesional y emprendía largas y lejanas campañas, los
zapatistas mantuvieron un estrecho contacto con los pueblos y limitaron sus acciones a Morelos y
sus alrededores, donde llevaron a cabo una amplia reforma agraria. Esta fue a la vez su fuerza y su
debilidad. En Morelos gozaron de un profundo apoyo popular y pudieron resistir con fuerza, pero a
nivel nacional fueron más débiles. Desconfiando de otros revolucionarios, los zapatistas se negaron a
seguir colaborando y carecían de un proyecto nacional coherente. Por ello, en 1914 se negaron a
negociar con Carranza.
Aunque los representantes zapatistas participaron en reuniones nacionales, como la Convención de
Aguascalientes de 1914, Zapata y sus jefes militares estuvieron ausentes. Dejaron las negociaciones
en manos de intelectuales urbanos inexpertos, que irritaron a los demás asistentes al insistir en que
el Plan de Ayala debía ser aceptado como el texto sagrado de la revolución nacional. Zapata, por su
parte, desconfiaba de la politiquería y los grandes gestos. Prefirió quedarse en Morelos disfrutando
de la vida en el campo como un caudillo patriarcal. La suya fue una vida de fiestas y corridas de
toros, de aguardiente y puros caseros, y de engendrar 17 hijos. Cuando las fuerzas de Villa entraron
en Ciudad de México a finales de 1914, los zapatistas también desfilaron por la capital, portando
estandartes de la Virgen de Guadalupe. Los dos líderes populares se reunieron breve y
amistosamente. Los zapatistas tenían poco interés en la gran ciudad y en la política nacional, pero se
mostraron amables. Esto acabó con los estereotipos sensacionalistas de la prensa sobre Zapata,
apodado Atila del Sur, y sus violentos seguidores. El caudillo se alojó en un modesto hotel cerca de la
estación de tren, y al cabo de unos días regresó a Morelos, a su casa, a su familia y a la vida del
campo.
La muerte de Emiliano Zapata y el triunfo de la
Revolución
Aunque teóricamente Villa y Zapata eran aliados, su alianza carecía de organización y compromiso.
Esto sería clave cuando la revolución entró en su etapa final, una contienda entre dos coaliciones
revolucionarias rivales: los carrancistas y los villistas. El ejército villista, superior en número y
reputación militar, se enfrentó a los carrancistas de Álvaro Obregón en tres grandes batallas libradas
en Celaya y León durante 1915. Zapata no participó en ellas y permaneció en Morelos lejos de la
acción. No atacó las largas y vulnerables líneas de suministro de Carranza. Obregón triunfó, Villa
sufrió una derrota decisiva y los zapatistas se encontraron de nuevo en el papel de rebeldes contra
el gobierno central.
Pero ahora se trataba de un gobierno surgido de un movimiento popular. Contaba con un
ejército y un ambicioso proyecto reformista plasmado en la Constitución de 1917, la primera
de la historia mexicana en incluir los derechos sociales. Los zapatistas resistieron cuatro
largos años mientras Morelos sufría la guerra y la represión. El gobierno revolucionario
desgastó a los rebeldes, pero no pudo eliminarlos, y aunque Zapata fue asesinado en 1919
(traicionado y muerto a tiros en una emboscada) la rebelión continuó. Finalmente, cuando
la rueda política volvió a girar, los zapatistas supervivientes vieron los frutos de su larga y
amarga lucha.
En 1920, Obregón tomó el poder e inició la construcción de un nuevo Estado nacionalista y
reformista. Obregón, que había sido un general eficaz, era también un político astuto. Forjó
un acuerdo con el nuevo líder zapatista Gildardo Magaña, un político pragmático, por el que
los rebeldes zapatistas aceptaban el nuevo Estado mexicano a cambio de puestos en el
gobierno local. También propuso una amplia reforma agraria oficial que eliminaba las
haciendas azucareras y beneficiaba a los pueblos. Las autoridades militares que habían
ordenado el asesinato encargaron a Mora que tomara la foto, para disipar las dudas de que
Zapata estaba muerto. Aunque la fecha que se lee allí es el 10 de abril, día de la muerte de
Zapata, la imagen no apareció en la prensa hasta el 12 de abril. Las demás personas que se
observan en la foto no han sido identificadas.
El sueño de Zapata se había cumplido, al menos en parte. Morelos desempeñó un papel
pionero en el gran proyecto de reparto de tierras que, durante las décadas de 1920 y 1930,
transformaría el campo mexicano. Las grandes haciendas fueron sustituidas por ejidos
(propiedades comunales surgidas de la reforma agraria). Los veteranos zapatistas
desempeñaron papeles clave en la política local: algunos siguieron los viejos objetivos del
movimiento, mientras que otros, como el hijo mayor de Zapata, Nicolás, se convirtieron en
los caciques del nuevo orden.