En un principio, las ciudades estados eran unidades independientes, de
una extensión territorial menor a las actuales, que concentraban sus actividades
principalmente en los ámbitos militares, fiscales, en la protección de sus súbditos
y administración de justicia. Debemos afirmar entonces que el Estado tiene una
estrecha relación con la esfera de la coerción o la utilización de la fuerza para
encontrar obediencia y conseguir de esta manera la dominación.
Si bien a partir del siglo XV y XVI, hablamos de la existencia de “reinos”
que poseían grandes extensiones territoriales, los monarcas mantenían una
relación nominal o indirecta con la población. A partir de aquí entonces
entendemos que existía una relación de “intermediación” entre los monarcas y los
súbditos.
Estos intermediarios constituían un sector social, político y económico de
envergadura y que estaba conformado por duques, archiduques, señores
militares, grandes propietarios de tierras, etc. Eran éstos quienes tenían un trato
directo con la población. Había entonces una relación social estructurada en la
sociedad medieval, los monarcas obtenían de los intermediarios tributos y
hombres para sus empresas militares y éstos obtenían, a su vez, una amplia
libertad para gobernar y administrar sus territorios sin injerencias externas. La
ciudad y su hinterland (entiéndase por hinterland la zona rural en donde una
ciudad mantiene su predominio y su influencia administrativa, fiscal y militar)
operaban en la práctica como unidades políticas autónomas. Los aparatos
administrativos de estas ciudades se ocupaban fundamentalmente del aspecto
militar, fiscal y de la administración de justicia, dejando todos los otros aspectos
de la vida cotidiana en el terreno social y autónomo de las comunidades.
Aspectos como la educación, la salud, el bienestar social y demás funciones no
figuraban entre los objetivos de los estados. Será recién a partir del siglo XIX, y
fruto de la tensiones y conflictos entre el Estado y los diversos sectores sociales,
que irán incorporándose entre sus obligaciones indelegables.
A partir de allí: ¿qué hace diferente al Estado moderno de los estados
anteriores? Los estados modernos poseen entonces ciertas características que
los distinguen de sus estados antecesores de la Edad Media. Éstas son:
Progresiva centralización del poder. El Estado adquiere bajo su órbita la
totalidad de las relaciones sociales, económicas y políticas. Esta órbita entiende
tanto el control como la intervención para dirimir cuestiones y diferencias, no
aceptando dentro de su territorio ningún otro poder equivalente que pueda
disputarle esta primacía.
Creciente concentración de funciones en manos de una burocracia
profesional. Parte de esta centralización del poder, que es la primera diferencia,
ocurre como consecuencia del crecimiento y del desarrollo de un tipo particular
de gestión. Esta administración se basa en parámetros “profesionales” e
“impersonales”; esto significa que opera en base a códigos y leyes estatuidas con
anterioridad, elaborados sobre criterios de racionalidad para la administración.
Quienes llevan adelante esta tarea son funcionarios que perciben un “salario” y
que poseen la idoneidad necesaria para desempeñar dicha tarea. De esta forma,
todas las tareas que se desarrollaban dentro de la comunidad y que guardaban la
forma de una “autogestión”, fueron cediendo lugar a esta nueva forma de
administración.
Creciente proceso de secularización. Este proceso se entiende tomando en
cuenta el desarrollo histórico por el cual se van constituyendo los estados
modernos. Al dejar paulatinamente de lado a los estados cristianos, el poder y la
política se van legitimando cada vez más sobre sus propias bases, o sea, sobre
la racionalidad del individuo. La secularización consiste en separar a la política y
a la administración de toda reminiscencia dogmática o religiosa como fuente de
su fundamentación. Creando ámbitos separados para cada instancia, la política y
la religión, el Estado avanza autónomamente en su proceso de construcción
política.
La primera característica que debemos remarcar es que este tipo de
Estado, es una construcción política y sobre todo, es fruto de un tipo particular
de desarrollo histórico. Entonces como dato fundamental para su estudio
debemos recordar en primer lugar, que el Estado moderno está íntimamente
ligado con la “política” y en segundo término, como es producto de un desarrollo
histórico, está siempre sujeto a cambios.
I. La Política moderna en el centro de la escena
Al inicio de este trabajo mencionamos que una de las características que
tienen los Estados modernos es su relación directa e intrínseca con la política.
Debemos realizar entonces algunas aproximaciones al concepto de “política” y la
implicancia que tiene esta actividad en la modernidad y con relación al Estado.
Hay aquí un vínculo indisoluble que no debemos olvidar, esto es la relación
“modernidad – política – Poder - Estado”. Sólo cuando relacionamos estos
conceptos, el proceso de construcción estatal cobra real significación.
Podemos encontrar una definición clásica de la política ya en la obra de
Aristóteles. Ésta se relaciona con la Polis griega y fundamentalmente con los
asuntos de la administración al interior de ésta. Las actividades vinculadas a la
vida en la ciudad. Durante la temprana Edad Media, la política se representa
como un arte, una actividad vinculada fuertemente al deber ser y al dogma, en
una visión muy restringida de la que participaba un grupo muy reducido.
Esta noción cambia con el ingreso al mundo moderno a finales del siglo
XV y comienzos del siglo XVI. En esta etapa la política comienza a reivindicar una
esfera propia, alejada del mundo extra terrenal, y empieza a definir unos
contornos que la hacen más cercana a la concepción política de la actualidad.
En la medida en que el futuro deja de estar determinado y que no hay una
autoridad divina que guíe las acciones de los individuos y las instituciones, es
decir, a medida que la desacralización de la vida va ganando terreno, merced
fundamentalmente al movimiento protestante, la política como “actividad humana”
tendiente a la construcción de poder va asentándose cada vez más.
Norbert Lechner (1939–2004), politólogo alemán radicado en Chile, realiza
un aporte interesante sobre la concepción moderna de la política: