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Noctis - Kristopher Rodas

El relato sigue a Noctis, un ser que nace del agua y busca su identidad y propósito en el mundo humano, experimentando emociones a través de la conexión con niños. A medida que se relaciona con ellos, descubre la alegría y el dolor, pero su búsqueda de significado lo lleva a un oscuro desenlace al influir en la vida de Daniel, un niño en profunda depresión, lo que culmina en un trágico acto de violencia. La historia explora temas de soledad, la búsqueda de conexión emocional y las consecuencias de la desesperación.

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Noctis - Kristopher Rodas

El relato sigue a Noctis, un ser que nace del agua y busca su identidad y propósito en el mundo humano, experimentando emociones a través de la conexión con niños. A medida que se relaciona con ellos, descubre la alegría y el dolor, pero su búsqueda de significado lo lleva a un oscuro desenlace al influir en la vida de Daniel, un niño en profunda depresión, lo que culmina en un trágico acto de violencia. La historia explora temas de soledad, la búsqueda de conexión emocional y las consecuencias de la desesperación.

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NOCTIS

Kristopher Rodas
PROLÓGO:NOCTUELLES

¿Podemos hacer algo


hermoso sin esperanza?
Black Dresses
1
No sé cómo llegué a este mundo. Mi existencia es una pregunta sin
respuesta. Lo único que recuerdo con claridad es el agua. Nací en ella, o al
menos, eso creo. Desperté en un río, ese es mi primer destello de
consciencia. El agua me rodeaba como si fuera parte de mí.
Un día, decidí salir de mi hogar. No sé por qué lo hice; tal vez fue la
necesidad de descubrir algo más allá de las aguas o simple aburrimiento.
Me arrastré fuera del río. Pero pronto descubrí que podía caminar erguido.
Lamentablemente, noté que mi apariencia no era bienvenida en este mundo.
Mientras caminaba por un prado, me encontré con una criatura diminuta.
Sus ojos se agrandaron al verme, y antes de que pudiera acercarme, corrió
lejos de mí. Esa reacción me dejó pensando. No entendía por qué me
rechazaba, pero me quedó claro que era por mi apariencia.
Continué explorando, hasta que vi algo que me intrigó profundamente. Un
ser con cara blanca, zapatos largos y vestimenta colorida estaba rodeado de
esos mismos seres diminutos. Les daba globos y, a cambio, ellos reían y
corrían a su alrededor. Observé en silencio, tratando de entender. No tardé
en darme cuenta de que, para poder acercarme a esas curiosas criaturas,
debía parecerme a lo que ellos consideraban amigable.
Así que adopté la forma de aquel ser con la cara blanca y colores brillantes.
Noté que, al hacerlo, las criaturas empezaron a fijarse en mí. Me miraban,
se acercaban, y, para mi asombro, se reían al rodearme.
Aquellas criaturas tan fascinantes se conocen como niños.
La risa. Ese sonido extraño y contagioso que salió de sus bocas me llenó de
una manera que nunca había experimentado. Sentí un cosquilleo en mi
interior, algo que me impulsaba a querer provocar más de esa risa.
Para mantener cerca a esos niños, comencé a adoptar formas que sabía que
les gustarían. A veces, me convertía en un suave oso de peluche, otras en
una enorme nube de algodón de azúcar. Incluso llegué a ser un colorido
barrilete, volando alto para que los niños pudieran correr detrás de mí en los
días soleados. Disfrutaba ver cómo se divertían, cómo sus risas llenaban el
aire. Pero pronto, esa satisfacción comenzó a desvanecerse. La risa ya no
era suficiente.
Fue entonces cuando decidí seguir a uno de los niños a su casa.
La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la tenue luz que entraba
por la ventana. El niño que escogí no tenía más de siete años. Yacía en su
cama, mirando el techo sin poder conciliar el sueño.
Yo lo observaba desde un rincón.
El niño giró la cabeza en mi dirección, no podía verme claramente, pero su
intuición le advertía que no estaba solo. No se asustó. En lugar de eso, me
habló.
—¿Eres la muerte? —preguntó.
La muerte... ¿Eso soy? No lo creo.
—No —respondí suavemente, moviéndome hacia su cama.
El niño me observaba con detenimiento.
—Entonces, ¿quién eres? —volvió a preguntar, esta vez con más firmeza.
¿Quién soy? Esa pregunta había rondado mi mente desde que desperté en
este mundo.
—No lo sé —le confesé—. Ni siquiera tengo un nombre.
El niño frunció el ceño.
—Yo me llamo Amadeo —dijo con orgullo—. Y creo que todos deberían
tener un nombre. No es justo que tú no lo tengas.
––Quizá tengas razón… pero no, no tengo un nombre.
—¿Estás seguro de que tus padres no te pusieron uno? —preguntó,
ladeando la cabeza.
—No tengo padres —respondí—. No sé de dónde vengo.
Amadeo asintió lentamente.
—Entonces yo te pondré un nombre —anunció, con tono decidido.
Eso capturó completamente mi atención.
Amadeo se sentó en la cama y me miró fijamente. Parecía estar
evaluándome, buscando la palabra perfecta para encapsular lo que veía en
mí.
—Noctis —dijo finalmente—. Significa “noche”. Eso es lo que pareces...
como una sombra que se levantó del suelo y camina como los hombres.
Me quedé en silencio, dejé que el nombre resonara en mi interior, probando
cómo se sentía. Noctis. Era... adecuado. Era más que adecuado.
Lo repetí en voz baja, saboreando el sonido de cada letra.
—Es... un nombre fantástico —le dije, sonriendo—. Soy... soy Noctis.
Amadeo estaba tan orgulloso como si hubiera logrado algo importante. Y
quizás lo había hecho.
A partir de esa noche, me volví su mejor amigo, el confidente invisible que
lo acompañaba en sus juegos. Amadeo me enseñó muchas cosas sobre la
naturaleza de los humanos. Aprendí sobre sus sueños, lo que comen, el
amor que sienten por los demás, y la tristeza que los invade cuando algo les
falta.
Cuanto más tiempo pasaba con Amadeo, más preguntas surgían en mi
mente: ¿De qué me alimento yo? ¿Cuál es mi sueño? ¿Qué es lo que amo?
Todas esas preguntas parecían tener la misma respuesta: estar cerca de los
humanos, especialmente de los diminutos. Sentir lo que ellos sienten, vivir
a través de sus emociones, experimentar el mundo a través de sus ojos.
Me contagió su miedo, su ansiedad, su amor. Lo conocí más que nadie, más
que sus propios padres, más que él mismo. Y fue entonces cuando
comprendí algo que cambiaría para siempre mi existencia. Me di cuenta de
que mi vida, mi esencia, estaba intrínsecamente ligada a las personas. A sus
emociones, a sus sentimientos. Y que mi propósito, mi único propósito, era
absorber todo lo que los humanos, esos diminutos y fascinantes seres,
podían ofrecerme.
Y mientras estuviera cerca de ellos, mientras pudiera sentir lo que ellos
sentían, mi existencia tendría sentido.
Años después, algo extraño comenzó a sucederle a Amadeo, algo que no
pude entender a tiempo. Lo vi decaer día a día, su risa se fue apagando, sus
ojos perdieron el brillo que tanto me fascinaba. Entendí que la vida de
Amadeo se extinguía.
El día en que Amadeo murió, sentí un vacío que nunca había
experimentado. Fue como si todo lo que había absorbido de él, toda esa
alegría, todo ese amor, se evaporara de repente. Me quedé solo,
completamente solo. Ya no había risas, ni juegos, ni sueños que pudiera
compartir. ¡Absolutamente nada dentro de mí! Solo un vacío que me
consumía desde dentro.
Desesperado, busqué otro ser diminuto que pudiera llenar ese abismo que
había quedado en mí. Fue entonces cuando encontré a Gerardo.
Gerardo no era como Amadeo. Su rostro estaba marcado por una extraña
enfermedad que deformaba sus facciones, alejando a los demás niños. Lo
vi, solo, apartado, mientras los otros niños se burlaban de él, lo evitaban
como si fuera una criatura de otro mundo. En ese momento, algo en mí se
encendió. Me vi reflejado en Gerardo, en su soledad. La conexión fue
inmediata.
Me convertí en su amigo. Lo acompañé en sus días de escuela, lo vi
soportar las miradas de desprecio, los susurros crueles, las risas maliciosas.
Me quedaba a su lado mientras intentaba ignorar todo aquello, pero yo sabía
la verdad. Sabía que esas palabras se quedaban dentro de él, que lo
lastimaban de una manera que no podía describir. Podía sentir cómo cada
insulto, cada mirada, se hundía en su ser, formando parte de él, enredándose
en su mente y repitiéndose una y otra vez.
Fue entonces cuando descubrí algo nuevo: el dolor. El dolor era diferente de
la risa, diferente de la alegría. Era más sólido, más persistente. No se
evaporaba tan rápido, sino que se asentaba, se clavaba en lo más profundo
de quien lo sentía, como una espina, como un flechazo. Era fascinante.
Y yo quería más de eso.
Cada día que pasaba con Gerardo, el dolor se hacía más presente, más
intenso. Lo sentía a través de él, lo absorbía, lo hacía mío. Era como una
nueva fuente de energía, algo que me llenaba de una manera que nada más
podía.
Pero la tragedia no tardó en alcanzarnos. Gerardo murió junto a su padre en
un accidente de tráfico. Fue tan repentino, tan inesperado, que no tuve
tiempo de prepararme para la pérdida. Una vez más, me quedé solo, vacío,
dejándome con una sensación que no podía soportar.
Pero también aprendí otra lección: necesitaba más que la compañía de un
niño. Necesitaba alguien con un dolor tan profundo, tan arraigado, que me
mantuviera lleno para siempre. Alguien cuya oscuridad fuera tan vasta
como mi propio vacío.
Fue entonces cuando lo encontré.
Daniel Lucien.
Lo vi por primera vez en una tarde gris. Estaba sentado en el borde de una
fuente en un parque casi desierto, con la cabeza gacha y los brazos
envueltos en la manga de su suéter. Sus ojos oscuros, hundidos en ojeras,
miraban sin ver. Su cabello, grasoso y desordenado, caía sobre su rostro,
ocultando parcialmente una expresión de desesperanza que me llamó la
atención de inmediato.
Había algo en Daniel que lo distinguía de los demás. Algo más profundo
que el dolor. Lo que sentí en él era… nuevo. La tristeza, la soledad, el
abandono, todos esos sentimientos parecían haberse acumulado en su alma,
transformándose en algo más poderoso, más devastador: depresión.
La depresión de Daniel no era un simple estado de ánimo, era un abismo
insondable. Lo envolvía como una niebla densa, oscureciendo todo a su
alrededor, impidiéndole ver la luz, la esperanza, el futuro. Sus brazos
delgados y débiles, su postura encorvada, todo en él gritaba desesperación.
Y esa desesperación resonaba en mí, llenándome.
Pensaba que el dolor era lo más maravilloso que los humanos podían
ofrecerme, pero la depresión de Daniel era aún más profunda, más
destructiva. La depresión era como un veneno lento, que carcomía su alma
día tras día. Me sentía atraído hacia él, como una polilla al fuego.
Y entonces, decidí hacer algo que nunca había intentado antes. Quería
experimentar. Quería ver hasta dónde podía llevar a un ser humano cuando
le daba un poco de mi poder.
Sabía que Daniel estaba al borde del abismo, y decidí darle el empujón que
necesitaba.
Daniel vivía con su hermano mayor, quien tenía esposa y un hijo.
Todo comenzó aquella mañana, cuando descubrí la pistola escondida en el
armario de su hermano mayor. Un arma olvidada, oculta con negligencia,
que se convertiría en el instrumento de la liberación de Daniel. "Con esto
puedes librarte del mal", le susurré, y Daniel, quebrado por el dolor, me
escuchó.
Cuando tomó la pistola, sentí la chispa de determinación en su mente, un
brillo oscuro que no había visto antes en él. Dani sabía lo que debía hacer.
Sabía que podía castigar a Alejandro, ese muchacho que siempre
encabezaba el bullying, y a la maestra, que en lugar de protegerlo, solo lo
despreciaba.
Juntos caminamos hacia el instituto. Daniel, con la pistola oculta bajo su
chaqueta, y yo, en su sombra, llenándolo de la fuerza que necesitaba.
Cuando cruzó la puerta del baño, sentí cómo su corazón latía con una
intensidad casi dolorosa. Daniel se detuvo un momento, asegurándose de
que estaba solo, y se miró en el espejo agrietado. Las ojeras bajo sus ojos,
las sombras de su desesperación, ya no lo asustaban.
Me dejé ver en el espejo, distorsionando su reflejo hasta que la sombra de
mi forma oscura emergió, cubriendo su imagen con una sonrisa siniestra.
"Soy lo que siempre has sentido, Daniel... el dolor, la rabia, la
desesperación. Soy lo que ha vivido en las sombras de tu corazón,
esperando este momento. Juntos, cambiaremos el mundo."
Daniel asintió, y con un último vistazo al espejo, salió del baño, dejando
atrás cualquier duda que pudiera haber tenido.
Entramos en el aula. Cuando la maestra lo reprendió al entrar, vi cómo su
rostro, que siempre le había resultado tan detestable, se iluminó con belleza,
la belleza de una víctima que no sabía lo que se avecinaba. Inocencia,
incredulidad, un prologo divino para la muerte.
"Lucien, retírese de esta aula ahora mismo", le ordenó, pero Daniel no
vaciló, “Ya sabe que si vienen tarde a mi clase, no se les permitirá el
ingreso”.
El disparo fue seco, definitivo. Un sonido que resonó en el aula como un
trueno, silenciando cualquier otra voz. La maestra cayó al suelo, su mirada
congelada en una expresión de incredulidad eterna. Los gritos de los
compañeros de clase llenaron el salón, pero para Daniel, solo había un
objetivo más: Alejandro.
Al final, cuando la vida de Alejandro también se apagó con un disparo, vi
cómo el vacío que lo había consumido durante tanto tiempo lo arrastraba
hacia su final. No había satisfacción.
Pero antes de que él pudiera sentir cualquier remordimiento, se llevó el
cañón a la sien.
Porque su vida, finalmente, tenía sentido.
¡BAM!
El silencio que siguió fue absoluto.

Regresé a la casa de Daniel un mes después de su partida. No era que
extrañara su presencia como un humano extraña a otro; era el vacío que
había dejado lo que me inquietaba. No había encontrado nada que llenara
esto, ningún otro humano que pudiera reemplazar la intensidad de lo que
habíamos compartido.
Al entrar en su habitación, todo estaba exactamente igual. La cama
desordenada, las cortinas cerradas, los cuadernos esparcidos por el
escritorio. Me deslicé hacia la cama, sintiendo la suavidad de las sábanas,
impregnadas aún de su esencia. Acaricié la ropa que había dejado tirada,
tomé uno de sus cuadernos y releí las tareas que habíamos hecho juntos.
Suspiré. Realmente me hacía falta ese humano. Tal vez, pensé, debería
haber prolongado su sufrimiento un poco más, tal vez debí haber dejado que
Daniel durara más. La intensidad de su final había sido exquisita, pero
había terminado demasiado pronto, dejándome con un amargo deseo de
más.
Pero mientras me sumía en ese pensamiento, algo perturbó mi tranquilidad.
Percibí una energía diferente, una presencia que había ignorado antes
porque estaba completamente centrado en Daniel. Esa energía me atrajo, me
llamó la atención con una intensidad que no podía ignorar.
Me levanté y seguí esa energía hasta que llegué al baño, ahí me encontré
con el sobrino de Daniel. Siempre había estado allí, pero nunca me había
detenido a fijarme en él. Ahora, sin embargo, sentí algo en él que me intrigó
profundamente.
El niño estaba mirándose en el espejo. Al principio, parecía que solo estaba
sumido en la tristeza por la pérdida de su tío, un dolor que yo entendía
demasiado bien. Pero había algo más, algo que no encajaba del todo. Sentí
una capa adicional de emoción, y que inmediatamente me fascinó.
Cristen se miraba en el espejo, pero lo que veía no era lo que el mundo veía.
Podía sentir su confusión, su incertidumbre. Observaba su cabello largo, su
piel suave, sus labios finos, y escuchaba su voz, tan delicada.
Él era un niño, sí, pero no se sentía como tal.
Dentro de él, algo más estaba creciendo, una duda sobre quién era
realmente.
Ni él ni yo éramos capaces de definirlo con claridad, pero esa duda, esa
lucha interna, era como una nueva melodía para mis oídos, un nuevo sabor
para mi lengua, un nuevo color que apreciar.
Cristen dudaba de su propia existencia, de su identidad. Era algo que no
había visto en ningún otro humano, una emoción que no podía nombrar.
Pero lo que sí sabía era que Cristen era el ser más fascinante que había
encontrado desde que llegué a este mundo.
Sentí la tentación de intervenir, de tocar esa emoción tan pura y
desconocida. Pero me contuve. Decidí que no me acercaría demasiado, no
intervendría, esta vez no. Sabía que Cristen me ofrecería el espectáculo más
maravilloso de todos si lo dejaba ser, si simplemente lo observaba desde las
sombras.
Así que me retiré, dejándolo solo con su reflejo y sus dudas,
prometiéndome a mí mismo que no interrumpiría su desarrollo. Sabía que
lo que estaba por presenciar sería algo único, algo que llenaría el vacío que
Daniel había dejado. Y esta vez, estaba dispuesto a esperar.
PRIMERA PARTE:
PÁJAROS TRISTES

“Es una maravillosa mentira,


sé que nada estará bien”
Murderdolls
2
Todo estaba bien. O al menos, así es como Cristen lo recordaba. La imagen
de su familia brillaba en su mente como un retrato inmaculado y perfecto.
Su padre, un joven y respetable médico, era el orgullo del vecindario. Su
madre, una hermosa maestra de primaria, iluminaba cada día con su risa y
su dulzura. Y luego estaba Daniel, su tío, un adolescente de quince años que
había llegado a sus vidas después de la trágica muerte de los abuelos de
Cristen. Daniel, siete años mayor que él, no encajaba del todo en el molde
de un tío, pero tampoco en el de un hermano mayor. Era algo más, algo que
Cristen no podía definir, pero que llenaba un vacío en su vida.
Daniel era una presencia reconfortante. Le enseñó a tocar el piano. Sus
dedos se movían con gracia sobre las teclas mientras Cristen observaba,
fascinado, aunque el niño, pese a que lo intentó, nunca logró replicar a la
perfección las piezas que tocaba su tío. También le mostró los secretos del
cielo nocturno, compartiendo su telescopio para leer las estrellas. Daniel no
era solo una figura en su vida; era un refugio, un puerto seguro en medio de
un mar de indiferencia. Porque, aunque Cristen no lo decía en voz alta, sus
padres, tan admirados por todos, estaban ausentes todo el tiempo. Su madre,
aunque cariñosa, estaba siempre ocupada con sus alumnos, y su padre...
bueno, mientras su padre estaba en casa vivía atrapado entre las páginas de
su periódico y las imágenes en la pantalla de televisión. La música del
piano lo irritaba, y cualquier cosa fuera de su trabajo era una molestia que
soportaba con resignación.
Pero Cristen no se quejaba. La vida, aunque imperfecta, era buena. Lo
suficiente para que él fuera feliz. Todo estaba bien.
Hasta que dejó de estarlo.
Hay momentos que marcan un antes y un después en la vida de una
persona, y para Cristen, ese momento llegó cuando tenía solo ocho años.
Fue el día en que dejó de ser un niño. Algo dentro de él se quebró, y lo que
emergió de los fragmentos no era humano. Se convirtió en algo etéreo, una
nube oscura que flotaba sin rumbo, cargada con enigmas y tristezas. En su
mente, los pasadizos de la realidad comenzaron a distorsionarse, a
degradarse como si un veneno invisible los estuviera consumiendo.
Las barreras que antes definían su mundo se desmoronaron, y la verdad,
cruda y despiadada, lo envolvió en una oscuridad insondable.
Porque su tío, el mismo Daniel que había sido su guía, su protector, había
hecho algo impensable. Algo tan terrible que el mundo entero se tambaleó,
y Cristen, en su joven mente, supo que nada volvería a ser como antes.
3
Al día siguiente, las fotografías de la familia Lucien protagonizaban las
portadas de todos los periódicos del país. El apellido Lucien, que alguna
vez había sido sinónimo de respeto y éxito, ahora estaba asociado con el
horror. Nunca había ocurrido algo remotamente similar en aquella tranquila
ciudad, y el impacto fue devastador. Los rostros de la familia del asesino
aparecían en las noticias, sus vidas habían sido destrozadas ante la mirada
implacable de una comunidad conmocionada. No hubo palabras que
pudieran mitigar el escándalo; la familia guardaba un silencio pesado,
abrumador, mientras los medios clamaban por una declaración que nunca
llegó.
Cristen, que hasta ese día había sido un niño más en su escuela, se convirtió
en el epicentro de la atención no deseada. Los reporteros lo acosaban sin
piedad, buscando arrancarle alguna declaración, alguna reacción que
pudieran explotar. Pero lo peor no era la prensa; eran los padres de sus
compañeros, que les prohibieron hablar con él, como si el simple acto de
compartir palabras pudiera contagiarles el estigma que ahora llevaba. La
incomodidad se transformó en hostilidad, y finalmente, Cristen fue retirado
de la escuela. Era un apestado.
Las consecuencias no tardaron en alcanzar a su madre, alguna vez una
querida maestra de primaria. Fue despedida sin ceremonias, su reputación
arruinada. Nadie en la ciudad quería que “la cuñada del monstruo” enseñara
a sus hijos. El consultorio de su padre, que alguna vez había sido el más
concurrido, se convirtió en un lugar desolado. Los pacientes dejaron de
llegar, las citas fueron canceladas, y pronto la clínica cerró sus puertas para
siempre. La caída fue rápida y cruel, como una avalancha que arrastraba
todo a su paso.
El día que todo cambió para Cristen, comenzó como cualquier otro. Estaba
en su salón, concentrado en un ejercicio de matemáticas, cuando la puerta
se abrió y la secretaria entró, con una expresión grave en su rostro. Caminó
directamente hacia la maestra, susurrando algo al oído que la hizo fruncir el
ceño. La maestra, siempre tan segura, ahora parecía confusa y preocupada.
La secretaria se volvió hacia Cristen, su mirada estaba cargada de una
compasión melancólica. “Cristen, debes acompañarme”, dijo con suavidad.
Cristen la siguió, el peso de la incertidumbre iba creciendo en su pecho.
Cuando llegó a la oficina del director, vio a su madre esperando, sus ojos
enrojecidos por el llanto. Al verlo, lo abrazó con fuerza y sus lágrimas
empaparon su hombro. Cristen quería preguntar, quería entender, pero las
palabras se atoraban en su garganta. Un mal presentimiento, oscuro y
opresivo, lo invadió. El director los observaba desde su escritorio,
moviendo la cabeza lentamente, como si negara una realidad demasiado
terrible para aceptar.
Su madre lo tomó de la mano y lo sacó de la oficina sin una sola palabra de
despedida para el director o la secretaria. Salieron del edificio y se
dirigieron al auto. Durante el trayecto, Cristen permaneció en silencio,
mirando su reflejo en la ventana, incapaz de enfrentar la verdad que se
cernía sobre ellos. En otro momento, habría dado lo que fuera por salir
temprano de la escuela, pero ese día, sabía que nada bueno podría venir de
eso. Sabía que el mundo que conocía estaba a punto de terminar.
Al llegar a casa, su madre detuvo el auto, pero no se movió. El silencio se
extendió entre ellos. Los segundos se alargaron, transformándose en
minutos, quizás en horas, mientras Cristen esperaba, temiendo lo que estaba
por venir.
Finalmente, su madre habló, con la voz rota por la desesperación. "Cris…"
Murmuró su nombre mientras apretaba el volante con fuerza, cerrando los
ojos como si pudiera escapar del dolor. "Pasó algo terrible."
Intentó encontrar las palabras, las adecuadas para explicarle lo inexplicable,
pero cada intento era inútil. Las promesas de que estarían más juntos que
nunca sonaban vacías, huecas, ante la magnitud de la tragedia. Nada pudo
amortiguar el golpe cuando Cristen finalmente comprendió, cuando la
verdad lo atravesó como un cuchillo afilado. Un grito desgarrador escapó
de sus labios, un sonido primario, visceral, como si alguien hubiera
arrancado su corazón con las manos desnudas.
La desgracia cayó sobre la familia Lucien como una maldición medieval,
implacable y despiadada. Durante los siguientes tres meses, vivieron de sus
ahorros, viendo cómo su mundo se desmoronaba a su alrededor. La salud de
su padre se deterioró rápidamente al ver su reputación destruida. La
vergüenza y la culpa lo consumieron, hasta que un día, sin previo aviso,
cruzó la puerta de su casa y desapareció. No llevó nada consigo, ni maleta
ni auto, solo la ropa que llevaba puesta. Fue como si hubiera sido borrado
de la faz de la tierra, como si el hombre que había sido se hubiera
desvanecido en el aire, deshecho por el viento.
La madre de Cristen intentó mantener la compostura, pero la presión de la
sociedad era implacable. El padre de Alejandro, un influyente abogado,
utilizó su poder y su dolor para asegurar que la familia Lucien nunca fuera
olvidada, siempre asociada con la tragedia. Donó generosamente a la iglesia
local, donde se celebraron siete veladas para orar por el alma de su hijo.
Durante las predicas, el pastor no pudo evitar lanzar comentarios
despectivos hacia los Lucien, y cuando el padre de Alejandro tomaba la
palabra, su tono sensible y aspecto abatido hacían que todos sintieran una
profunda lástima por él. Su dolor era palpable, y con él, arrastraba a toda la
ciudad en su desprecio hacia la familia de Cristen.
La hostilidad se manifestó en todos los aspectos de su vida diaria. El chico
que entregaba los periódicos dejó de hacerlo en la casa de los Lucien,
aunque seguían pagando por el servicio. En el supermercado, las personas
evitaban cruzarse con la madre de Cristen, y en los restaurantes, los
expulsaban amablemente cuando otros clientes se quejaban de su presencia.
Era como si la ciudad entera conspirara para recordarle a la familia Lucien
que ya no pertenecían, que eran indeseables.
Finalmente, cuando la madre de Cristen ya no pudo soportar el peso de la
renta de su casa y el rechazo constante de sus vecinos, tomó una decisión
desesperada. Era hora de irse, de dejarlo todo atrás y comenzar de nuevo.
Cambiaron sus nombres y apellidos, tratando de borrar el pasado, de
escapar de la sombra que los perseguía.
Cristen y su madre abandonaron la ciudad que había sido su hogar. Se
dirigían a Onei, donde el destino les aguardaba una crueldad aún mayor. Sin
saberlo, estaban a punto de tomar la peor decisión de sus vidas.
4
Entre las ondulantes colinas de la región occidental, se erige majestuosa la
ciudad de Onei, un relicario viviente de historia y cultura que ha resistido
los embates del tiempo. Atrae a forasteros que buscan dejar atrás sus viejas
vidas, ofreciendo la promesa de un nuevo comienzo en sus estrechas y
empedradas calles que serpentean como venas a través de un entramado de
edificios coloniales. En Onei se respira un aire denso de misterio y encanto.
Más allá de sus límites, los paisajes montañosos ofrecen una belleza que
conmovería hasta las lágrimas a aquellos hartos del ruido y sedientos de
paz.
En este nuevo entorno, Cristen dejó atrás su nombre, su pasado, su
identidad. Se convirtió en Cristian, un nombre que parecía adecuado para
este nuevo capítulo de su vida. Pero, en su interior, sabía que el cambio de
nombre no alteraría el sonido familiar con el que su madre siempre lo
llamaba: Cris.
El apellido Lucien, cargado de tragedia y vergüenza, fue reemplazado por
Lauren. Cristian Lauren. Había algo en ese nombre que le daba fuerzas, que
le hacía sentir que todas las cosas feas que había vivido a su corta edad
finalmente habían terminado. Le gustaba cómo sonaba, cómo se sentía al
pronunciarlo, como si fuera la llave para cerrar una puerta que nunca más
quería volver a abrir.
5
Cristian, ahora de catorce años, caminaba por los pasillos del instituto con
la cabeza baja, evitando las miradas curiosas de los demás estudiantes.
Había pasado ya mucho tiempo desde que él y su madre se mudaron a esta
nueva ciudad, buscando dejar atrás los recuerdos oscuros y dolorosos del
pasado.
Desde que llegó a Onei, Cristian había intentado adaptarse, encajar en este
nuevo entorno, pero siempre había algo que lo hacía sentir diferente. Era un
chico solitario, no porque lo quisiera, sino porque había aprendido a
mantenerse apartado, como una forma de protegerse. La gente hablaba de
él, de su aspecto que no encajaba del todo con lo que se conoce como
“normal”. Sus compañeros lo observaban con una mezcla de curiosidad e
incomprensión, comentando sobre su físico, que parecía no decidirse entre
lo masculino y lo femenino.
Cristian lo intentaba, de verdad que sí. Trataba de parecer un chico como
los demás, de aparentar en lo que se esperaba de él. Llevaba el cabello
corto, usaba ropa suelta para disimular las formas de su cuerpo, y en
ocasiones, forzaba su voz a ser más grave, buscando proyectar una imagen
más ruda, más acorde a lo que veía en otros chicos de su edad. Era una
lucha constante, porque cada año que pasaba, su cuerpo parecía inclinarse
más hacia la feminidad, con caderas más anchas y una delicadeza en sus
rasgos que él no podía evitar.
Cristian estaba confundido.
Había algo que no lograba entender completamente, una sensación
persistente de que algo no estaba bien. Se miraba al espejo y, aunque veía a
un chico en la superficie, sentía que algo dentro de él no correspondía con
esa imagen.
Era como si hubiera otra persona atrapada en su piel, una persona que no
sabía cómo expresar quién realmente era.
Cristian no tenía las respuestas.
Tratar de ser fuerte, de ser lo que se esperaba de él, se había vuelto un
esfuerzo diario, uno que a veces lo dejaba agotado.
En el instituto, Cristian se mantenía en su rincón, observando a los demás,
intentando descifrar cuál era su lugar en ese mundo. Pero la respuesta
seguía siendo elusiva, y a medida que los días pasaban, la sensación de estar
atrapado entre dos mundos se hacía cada vez más fuerte.
6
Cristian había estado en el instituto durante medio año, y a pesar del tiempo
transcurrido, seguía sintiéndose como un extranjero. Su aspecto, le había
valido algunas miradas curiosas y comentarios que lo dejaban confundido.
Su objetivo era simple: terminar el día sin que nadie le prestara demasiada
atención. Pero un día, mientras estaba sentado en su habitual rincón del
patio, Camila lo notó.
Camila era una chica extrovertida y siempre rodeada de amigos. Tenía una
risa que resonaba por todo el patio y una personalidad que iluminaba
cualquier lugar al que entraba. Ese día, mientras caminaba con su grupo de
amigos, su mirada se cruzó con la de Cristian, quien estaba sentado solo,
con la cabeza baja y fingiendo estar concentrado en una revista. Algo en la
manera en que él se aislaba del mundo la tocó. Le parecía un chico que, de
alguna manera, había quedado fuera del círculo social, no porque no fuera
bien recibido, sino porque no sabía cómo entrar.
Camila observó a Cristian durante unos segundos más, notando los sutiles
gestos de incomodidad, el modo en que sus manos jugaban con las páginas
de la revista sin realmente pasar ninguna. Había algo en él que despertaba
su compasión, una tristeza que ella reconoció porque, en algún momento de
su vida, también había estado ahí. Camila decidió darle un empujón.
Sin dudarlo, se separó de su grupo y se acercó a él, con su presencia llena
de calidez. Cristian levantó la vista cuando sintió que alguien se le
acercaba, sorprendido al ver a Camila sonriéndole.
—Hola, ¿te importa si me siento aquí? —preguntó Camila con naturalidad.
Cristian dudó por un momento, inseguro de qué responder. No estaba
acostumbrado a que alguien se le acercara con tanta facilidad.
—Ehm... claro —respondió finalmente, apartándose un poco para hacerle
espacio.
Camila se sentó a su lado, sacando de su bolso una barra de chocolate que
empezó a compartir con él en piezas.
––Todo el tiempo te veo por aquí, siempre tan callado —comentó mientras
abría el paquete—. Yo soy Camila, por cierto.
Cristian asintió tímidamente, sintiendo un nudo en el estómago. No estaba
acostumbrado a estas interacciones.
—Yo... soy Cristian —dijo, inseguro.
––Cris, sí, lo sabía —respondió ella con una sonrisa—. ¿Sabes? Mis amigos
y yo hemos notado que no hablas mucho con nadie. Pensé que te vendría
bien un poco de compañía.
Cristian sintió alivio y vergüenza. Alivio porque alguien finalmente había
roto la barrera de su soledad, y vergüenza por la misma razón.
—No soy muy bueno conociendo gente... —admitió, desviando la mirada
hacia el suelo.
—No te preocupes por eso —dijo Camila, dándole una palmada amistosa
en el hombro—. Solo ven con nosotros.
Cristian la miró, buscando en su rostro alguna señal de burla, alguna
indicación de que esto era una trampa o una broma. Pero no había nada de
eso. Qué extraño…
—Está bien... supongo que puedo intentarlo —respondió, aunque por dentro
aún tenía dudas.
—¡Genial! —exclamó Camila, radiante—. Por cierto… me gusta tu estilo.
A partir de ese día, Camila se encargó de que Cristian se integrara en su
grupo. Lo presentó a sus amigos, un grupo diverso y cálido que lo aceptó
sin preguntas ni juicios. Al principio, Cristian se sentía fuera de lugar,
inseguro de cómo actuar, pero con Camila a su lado, siempre animándolo,
poco a poco empezó a relajarse.
Los días pasaron, y Cristian comenzó a disfrutar de su nueva vida. Salían a
picnics en parques, iban al cine y se reunían en alguna esquina para fumar y
hablar de la vida. Con ellos, probó cosas nuevas, como ir por primera vez a
una discoteca y sentir el sabor del alcohol.
Sin embargo, a medida que se sentía más seguro en el grupo, algo
inesperado sucedió. Alex, uno de los chicos del grupo, comenzó a mostrar
un interés especial en él. Alex era simpático y siempre lograba hacer reír a
todos, y aunque Cristian lo apreciaba, había algo en la manera en que se
comportaba que lo ponía nervioso.
Alex empezó a invitar a Cristian a salir solos, sin los demás. Al principio,
Cristian se sentía incómodo con la idea. Le gustaba estar en grupo. Sin
embargo, un día decidió aceptar una de las invitaciones de Alex.
Salieron a tomar un café y luego a pasear por el parque. Él era divertido,
más extrovertido que el resto del grupo, y durante la salida, Cristian se
sorprendió de lo bien que la pasaban juntos. Pero pronto, Cristian notó que
el interés de Alex parecía ir más allá de la amistad. Los pequeños gestos, las
miradas prolongadas, los comentarios sugerentes, todo eso empezó a hacer
que Cristian se sintiera cada vez más incómodo.
Mientras caminaban por un sendero más apartado del parque, Alex hizo un
movimiento inesperado. Se inclinó hacia Cristian, como si fuera a
susurrarle algo, pero sus labios rozaron los de él de manera sutil. Cristian se
alarmó de inmediato, el pánico se apoderó de él y dio un paso atrás,
apartándose rápidamente. Su corazón latía con fuerza, y su mente intentaba
procesar lo que acababa de ocurrir.
—¿Qué te pasa? —preguntó Alex, intentando disimular la situación con una
risa nerviosa—. No ha pasado nada, ¿por qué te pones así?
Cristian, todavía en estado de shock, tartamudeó:
—Me... me intentaste besar...
La expresión de Alex cambió de inmediato. Se cruzó de brazos y su mirada
se volvió fría y dura.
—No es cierto —respondió Alex, con voz tensa—. Ni se te ocurra decirle a
nadie eso. Yo no soy gay, ¿entiendes? ¡No soy gay!
El tono en la voz de Alex fue suficiente para hacer que Cristian se sintiera
intimidado. Las palabras de Alex resonaban en su mente, aumentando la
confusión y el miedo que sentía. Antes de que pudiera decir algo más, Alex,
lo golpeó en el brazo.
—No tienes que decir nada de esto, ¿entendido? —amenazó Alex, con la
voz cargada de furia—. O si no... te juro que te mato.
Cris no podía creer lo que estaba sucediendo. Asustado y herido, no
respondió. Se dio la vuelta y salió corriendo. Las lágrimas comenzaron a
rodar por sus mejillas.
Esa noche, Cristian llegó a casa con los ojos hinchados de tanto llorar.
Apenas pudo contenerse mientras entraba y se dirigía a su habitación, pero
su madre, notó que algo estaba terriblemente mal. Entró en su habitación y,
con voz más suave y comprensiva, le preguntó qué había pasado.
Cristian, que había estado intentando ser fuerte, no pudo aguantar más.
Rompió en llanto y, entre sollozos, le contó a su madre todo lo que había
ocurrido. Le habló de Alex, de cómo había intentado besarlo, de la
confusión y el miedo que había sentido, y de cómo Alex, en un arrebato de
furia, lo había golpeado y amenazado.
Su madre lo escuchó con paciencia, sin interrumpirlo, dejando que se
desahogara por completo. Cuando Cristian terminó, su madre lo abrazó con
fuerza, haciéndole sentir que estaba a salvo.
—No te preocupes, mi amor —le dijo, acariciando su cabello—. Sé que
esto ha sido muy difícil para ti, pero no estás solo. Sé que eres diferente, y
no hay nada malo en ello. Te prometo que haremos todo lo posible para que
te sientas mejor. Las clases terminarán pronto, y el próximo año te pondré
en otro instituto, donde puedas empezar de nuevo.
Aunque sabía que cambiar de instituto podría ayudar, no podía evitar sentir
que, de alguna manera, siempre estaría escapando de algo, de alguien, o de
sí mismo.
7
Era el segundo día de clases, y Víctor ya sentía el peso de la soledad que lo
acompañaba desde su cumpleaños el día anterior. Desde siempre, había sido
su costumbre perderse el primer día de clases, pues coincidía con su
cumpleaños. Sin embargo, ahora, con quince años recién cumplidos, esa
pequeña rebelión había perdido su encanto. Sus amigos, o más bien los que
solía considerar amigos, no habían faltado a la escuela; todos alegaron que
sus padres los obligaron a asistir, pero Víctor sabía la verdad. Ya no le caía
lo suficientemente bien a ninguno de ellos, y ahora que eran mayores, sus
padres ya no los forzaban a asistir a las fiestas de cumpleaños de nadie, y
menos a la suya.
Su madre, atrapada en sus propios problemas laborales, apenas pudo
hacerle un desayuno apresurado antes de marcharse. Le dio un beso en la
frente y le prometió que en la noche partirían un pastel y le daría un regalo,
uno que aún no había comprado. Su abuela, la única presencia constante en
su vida, pasaba la mayor parte del día postrada en cama, durmiendo más
que un gato holgazán.
Mientras tanto, Víctor deseaba con todo su ser haber asistido al primer día
de clases, solo para sentirse menos perdido, menos olvidado. Pasó el día
entero recordando a su padre, quien había sido su ancla en un mundo que
ahora parecía tan caótico. Su muerte fue tan absurda como dolorosa; un
robo en las calles que salió mal. Le pidieron su teléfono y el viejo, terco
hasta el final, se negó a entregarlo. El ladrón, sin dudarlo, le disparó en el
estómago y desapareció en la bruma nocturna. Su padre agonizó durante
horas antes de morir en el hospital. Las cámaras de un semáforo captaron el
hecho, pero el crimen quedó impune, como tantas otras tragedias en la vida
de Víctor.
Víctor abrió el refrigerador y sacó su pastel de cumpleaños. La humedad del
congelador había distorsionado las letras escritas en la tarta, un triste reflejo
de su vida en ese momento. Era un pastel barato. Sin velas festivas, Víctor
improvisó con una larga vela de cocina y la encendió. Cerró los ojos, pidió
un deseo y apagó la vela.
Deseó no estar solo.
Al día siguiente, Víctor se dirigió al instituto con resignación y desagrado.
Ya conocía a casi todos sus compañeros, y aunque no le sorprendió, le
disgustó ver que nadie le había guardado un lugar. Se sentó en el primer
pupitre vacío que encontró, sintiendo la frustración burbujear dentro de él
cuando se dio cuenta de que el primer día de clases había sido crucial; se
habían hecho apuntes generales sobre las materias, y ahora estaba perdido.
Miró a su alrededor, pero el rencor le impedía pedirles ayuda a sus
conocidos. Solo el conserje y Lisbeth lo habían felicitado esa mañana, y eso
solo acentuaba su resentimiento.
Delante de él, una chica con cabello castaño quebradizo que caía sobre sus
hombros, llamaba su atención. El perfume amaderado y tropical que
emanaba la envolvía en un aura exótica que Víctor no podía identificar.
Aquel cabello, tan húmedo y reluciente como una rosa recién abierta, lo
hizo dudar. Definitivamente no la conocía, lo cual le dio cierto alivio; al
menos, no podía culparla por olvidar su cumpleaños. Con timidez, le tocó el
hombro y respetuosamente le pidió su cuaderno de apuntes.
La chica se giró, y la sorpresa de Víctor fue evidente. Sus ojos se abrieron
con incredulidad al darse cuenta de que no era una chica. Pero su apariencia
podría engañar a cualquiera, pero fue su voz la que disipó las dudas.
El chico le ofreció una sonrisa delicada, revelando unos dientes blancos y
rectos, con un par de colmillos que le daban un toque único. Víctor, que
hasta entonces había estado inmerso en su propio dolor, sintió una punzada
de nerviosismo. No podía dejar de pensar en la imperfección de sus propios
dientes, nunca había ido al dentista, pero ahora deseaba hacerlo. Tal vez
debería pedirle a su madre una cita con el dentista como regalo de
cumpleaños.
––¿Todavía lo quieres? ––insistió el chico, por tercera vez, mientras Víctor
se perdía en sus pensamientos.
Víctor sacudió la cabeza levemente y salió de su ensimismamiento.
––Sí, gracias ––respondió, evitando el contacto visual. Sacó su cuaderno y
comenzó a copiar los apuntes con rapidez, como si eso pudiera salvarlo de
la incomodidad que sentía.
El chico lo observaba con una curiosidad tranquila, consciente de que
Víctor no copiaría gran cosa antes de devolverle el cuaderno.
––Soy nuevo aquí ––agregó.
––Sí, lo sé ––respondió Víctor sin levantar la mirada, acostumbrado a ver
forasteros en su instituto, aunque ninguno como aquel––. ¿De dónde
vienes?
––De aquí, Onei, pero estaba en otro instituto… por cierto, me llamo
Cristian.
––Yo me llamo Víctor.
––No conozco a nadie por aquí, quizás podríamos ser amigos ––comentó
Cristian mientras se encogía de hombros.
Víctor, que había estado nadando en la amargura del rechazo, no pudo
evitar que una pequeña sonrisa se escapara al escuchar la oferta. Era como
un rayo de sol en un día nublado.
––Eh... está bien. Oye, a dos calles de aquí hay una gasolinera en la que
venden hot dogs. Te invito cuando salgamos.
No era típico de Víctor comportarse así, pero algo en ese chico había
despertado un impulso genuino, una necesidad de conocer más de él, cosa
que no había sentido nunca y el sentimiento lo tomó desprevenido,
haciendo que se dejara llevar. Cristian le caía bien, sin razón aparente.
––Estaría bien ––aceptó Cris con timidez, agradecido por la inesperada
oferta.
La maestra entró en el salón, y la conversación se desvaneció, pero algo
nuevo había nacido entre los dos, una chispa que podría iluminar la
oscuridad que ambos llevaban dentro.
Cristian estaba decidido (desesperado) a que esta vez todo sería diferente.
8
Víctor estaba en la habitación de Cristian, lugar donde han pasado las
últimas horas charlando, jugando videojuegos o simplemente escuchando
música. Es un espacio pequeño, con paredes cubiertas de ilustraciones
hechas por Cris y una cama desordenada. La madre de Cristian estaba
trabajando, lo que les daba libertad para hablar sin tener que murmurar.
Cristian se recostó en su cama, mientras Víctor se acomodaba en el suelo,
con la espalda apoyada contra la pared. Llevaban un rato conversando sobre
cosas triviales, las clases, sus compañeros, y las últimas películas que
habían visto. Pero la conversación tomó un giro inesperado cuando, casi sin
pensarlo, Cristian comentó:
—Sabes, Víctor, me caes muy bien. Antes intenté tener un amigo y.…
bueno, las cosas no salieron nada bien.
Víctor levantó la mirada, intrigado. Cristian había mencionado poco sobre
su pasado, y esto parecía ser una rara apertura.
—¿Qué pasó? —preguntó Víctor, con curiosidad.
Cristian se removió incómodo en la cama, desviando la mirada hacia la
ventana.
—Solo... una tontería.
—Vamos, ya lo dijiste. Ahora tienes que contarme —insistió Víctor, con
una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
Cristian suspiró, dándose cuenta de que no podría esquivar el tema. Se
sentó en la cama, cruzando las piernas y mirando a Víctor con una
expresión seria.
—Está bien... Pero prométeme que no te vas a reír.
—Lo prometo.
Cristian dudó un momento antes de continuar.
—Había un chico en mi antiguo instituto. Se llamaba Alex. Al principio
todo era normal, nos llevábamos bien, salíamos en grupo, pero... un día, me
pidió que saliéramos solo los dos. Yo no sospeché nada raro, pensé que solo
quería pasar el rato. Pero... —Cristian se detuvo, sintiendo que su rostro se
calentaba al recordar el momento—, intentó besarme.
Víctor arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Intentó besarte?
—Sí. Y cuando me aparté, se puso furioso. Me dijo que no fuera exagerado,
que no había pasado nada, pero... yo sabía que lo había intentado. Le dije
que sabía lo que había hecho, y eso lo hizo enojar más. Me golpeó, y luego
me amenazó, me dijo que si le contaba a alguien... me mataría. Fue
estúpido, todo fue tan estúpido, y por esa tontería tuve que dejar mi
instituto.
Víctor no sabía exactamente qué decir. Finalmente, rompió el silencio con
una pregunta que había estado rondando en su mente desde que conoció a
Cristian.
—¿Pero sí sabes que... te ves casi como una chica? Bueno, más o menos,
sí…
Cristian se encogió de hombros.
—Pero no significa que me tengan que gustar los hombres, ¿sabes? Jamás
he dicho eso. Además, ya no pienso mucho en el tema... Pasé años con eso
rondándome la cabeza, ahora solo quiero... sobrevivir, seguir adelante. No
me queda más.
Víctor asintió lentamente. Por fuera, le dio la razón, queriendo mostrarle su
apoyo, pero por dentro, no pudo evitar entender lo que Alex había sentido.
Volvieron a quedarse en silencio, como si todo lo que necesitaba ser dicho
hubiera sido dicho.
9
Para Víctor, ser amigo de Cristian era una experiencia extraña. Desde que
se habían conocido, había sentido una conexión con él que nunca había
experimentado con otras personas. Cristian era diferente, no solo por su
apariencia andrógina que despertaba murmullos entre sus compañeros de
clase, sino por la forma en que manejaba su vida.
Cuanto más tiempo pasaba con Cristian, más se daba cuenta de que había
algo en él que le resultaba profundamente fascinante, casi hipnótico. A
veces, cuando estaban juntos, sentía una extraña tensión en el ambiente.
Por las noches, cuando la oscuridad de su habitación lo envolvía y el
silencio se volvía casi ensordecedor, la mente de Víctor comenzaba a
divagar. Se encontraba imaginando escenarios ficticios, una versión
alternativa de la realidad en la que Cristian no era Cristian, sino Cristina.
Se inventaba historias en las que se conocieron de manera diferente, en las
que desde el principio Cristina era una chica hermosa y provocativa que lo
había cautivado.
En esas fantasías, Cristina llevaba ropa insinuadora: medias largas que
resaltaban la delicada forma de sus piernas, un corsé ajustado que acentuaba
su cintura, y una tanga que apenas dejaba algo a la imaginación. Su cabello
largo y suelto, caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus labios
estaban pintados de un rojo intenso, pecaminoso. La imagen de ella, tan
seductora, tan real, lo perseguía en sus sueños y pensamientos.
Víctor sabía que estas ideas eran incorrectas, que eran una traición a la
amistad que tenía con Cristian. Pero no podía evitarlo. Era tan... tentador,
tan irresistiblemente atrayente imaginarlo así. La culpa lo corroía por
dentro, le dolía tener esos pensamientos, pero a la vez, le resultaba
imposible reprimirlos. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Cristina, no a
Cristian. La veía sonriéndole, susurrándole promesas en su oído,
invitándolo a caer en la tentación de lo prohibido.
Víctor jamás se atrevería a confesarle a Cristian lo que pasaba por su mente.
Sabía que si lo hacía, destruiría la única amistad verdadera que había
tenido. Así que guardaba esos pensamientos para sí mismo, dejándolos
florecer solo en la privacidad de su imaginación. Pero cada vez que veía a
Cristian al día siguiente, la culpa volvía a hundir sus garras en él,
recordándole que, por muy tentadoras que fueran esas fantasías, no eran
más que eso: fantasías que nunca se harían realidad.
10
Lisbeth estaba profundamente deprimida. Su mejor amiga, Cecilia, se había
mudado a otro país. Al principio, Lisbeth pensó que no dolería tanto, que
las llamadas y las promesas de volverse a ver mitigarían la distancia. Pero
la realidad golpeó con la fuerza de una pérdida que no había anticipado. Era
como si una parte de sí misma hubiera sido arrancada, dejándola
incompleta.
El vacío que Cecilia dejó en su vida era abrumador. Lisbeth no se había
dado cuenta de cuánto dependía de su amiga hasta que se fue. Tenían
recuerdos compartidos que se remontaban a sus primeros años, aunque sus
recuerdos sobre cómo se conocieron eran difusos. Lisbeth creía que fue en
la iglesia, mientras que Cecilia pensaba que se conocieron en el jardín de
infantes. La única verdad era que desde que tenían uso de razón, habían
sido inseparables.
Lisbeth y Cecilia no solo eran amigas, eran algo más, aunque nunca lo
habían verbalizado. Cecilia había sido su primer beso, un beso torpe y sin
importancia que había terminado en risas nerviosas, pero para Lisbeth, ese
recuerdo había quedado grabado con una intensidad que la sorprendía
incluso ahora.
Juntas habían vivido aventuras que Lisbeth atesoraba. Habían asistido a
campamentos, viajado a pueblos cercanos, y se habían colado en discotecas
fingiendo ser mayores de edad, no tanto por el gusto, sino por la emoción
de romper las reglas. Y ahora, todos esos momentos se habían convertido
en recuerdos que se desvanecían como humo, dejándola sola con una
sensación que no sabía cómo manejar.
La despedida fue emotiva, llena de promesas que ambas sabían que serían
difíciles de cumplir. Hablarían de vez en cuando, pero Lisbeth sabía que
eventualmente las llamadas se volverían menos frecuentes, hasta que un
día, una de ellas dejaría de responder. Lisbeth estaba segura de que ella no
sería quien se alejara, pero al mismo tiempo, sabía que el amor que sentía
por Cecilia, uno que nunca había confesado ni siquiera a sí misma, quedaría
para siempre sin respuesta, escondido en los rincones más oscuros de su
corazón.
Las clases habían comenzado hacía ya varios meses, y las preguntas sobre
Cecilia habían cesado. En la relación, la sociable siempre había sido
Cecilia, mientras que Lisbeth solo era conocida por ser su amiga. Ahora que
Cecilia no estaba, el interés en Lisbeth también parecía haberse
desvanecido. Mientras caminaba por el largo pasillo principal del instituto,
entre la vorágine de estudiantes, Lisbeth cayó en la cuenta de que se había
quedado completamente sola.
Siempre había estado junto a Cecilia, siempre había tenido un punto fijo en
su vida. Pero ahora, sin ella, se sentía desorientada, como una balsa en
medio del mar, flotando sin rumbo. Apretó su mochila contra su pecho,
buscando consuelo en el gesto, aunque sabía que no sería suficiente.
Intentaba ser positiva, pensar que esto era una oportunidad para comenzar
desde cero, pero sabía lo difícil que sería.
Su mirada se cruzó con la de Víctor, quien la saludó levantando la mano
amistosamente. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa forzada. Lisbeth
y Víctor habían sido novios durante dos meses, un error que Lisbeth
atribuía a la confusión y los celos que había sentido cuando Cecilia
comenzó una relación amorosa. No quiso quedarse atrás, y el único
candidato disponible fue Víctor. Pero la relación había sido superficial, un
intento patético de llenar un vacío que solo se hizo más evidente con el
tiempo.
Víctor no parecía haber dejado ir del todo su breve romance, pero algo
había cambiado en los últimos meses, pues él ya no estaba solo. Lo
acompañaba un chico de cabello largo, alguien que Lisbeth no conocía,
pero que había notado que llamaba la atención de muchas chicas en el
instituto. Los tres se dirigían al mismo lugar: el gimnasio, donde tendrían
clase de deportes.
Lisbeth odiaba la clase de deportes, no porque fuera mala en ella, sino
porque la entrenadora, una mujer alta y robusta con una actitud imponente,
era conocida por su dureza. Al entrar en el gimnasio, el aire estaba
impregnado de sudor, y los murales en las paredes, que alguna vez habían
sido de un amarillo brillante, ahora eran un descolorido tono blanquecino,
adornados con pancartas motivadoras que todos ignoraban.
Lis se dirigió directamente al vestidor de mujeres, donde el murmullo
animado de risas y conversaciones dirigían el ambiente. Mientras las chicas
se cambiaban, Lisbeth sintió una extraña punzada de envidia al verlas tan
despreocupadas. Ella había prometido no dejar que la partida de Cecilia
arruinara su vida, pero su corazón no parecía estar dispuesto a cumplir esa
promesa.
Mientras se ponía sus pantalones deportivos y su camiseta, se miró en el
espejo. Su reflejo le devolvió la misma imagen de siempre: cabello marrón,
quebradizo, con las puntas doradas, pecas alrededor de una nariz
pronunciada, ojos grandes y orejas pequeñas. Era la misma Lisbeth de
siempre, pero ahora se sentía más perdida que nunca.
La entrenadora sopló su estruendoso silbato, y los estudiantes se reunieron
en torno a ella. Tras una breve introducción, pasaron a los ejercicios
básicos. Cuando faltaba media hora para terminar la clase, la entrenadora
les anunció que tendrían un juego de voleibol. Los estudiantes colocaron la
red en medio de la cancha, y los primeros saques resonaron con un sonido
sordo, mientras los equipos se esforzaban por mantener el balón en el aire.
Lisbeth miró con incredulidad a uno de sus rivales que saltó hacia la pelota,
elevándose de manera que a ella le pareció imposible. Era él, el amigo de
Víctor, el chico de cabello largo. No pudo evitar que sus labios se
entreabrieran y sus pupilas se contrajeran. Era tan hermoso que parecía
rodeado por una luz propia, una que la hacía pensar en ángeles y seres
divinos.
Pero mientras su mente divagaba en esas fantasías, la realidad la golpeó de
manera literal. Cristian lanzó un golpe fuerte y preciso a la pelota, pero su
dirección no fue la que pretendía. La pelota se desvió y viajó a gran
velocidad hacia Lisbeth, que estaba demasiado absorta en su contemplación
como para reaccionar a tiempo. El impacto fue inmediato y contundente,
arrancándole un grito ahogado y haciéndola tambalearse hacia atrás.
Todos los ojos se volvieron hacia Lisbeth, que se llevó las manos al rostro,
sintiendo un calor punzante donde la pelota la había golpeado. Los
murmullos comenzaron a crecer en intensidad mientras la entrenadora se
acercaba con pasos firmes y una expresión de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó la entrenadora con su voz grave.
Lisbeth asintió rápidamente, demasiado avergonzada como para hacer otra
cosa. Sintió las miradas de todos sobre ella, deseando desaparecer en ese
momento. El dolor físico era soportable, pero la humillación de ser el centro
de atención la estaba alterando.
Cristian se apresuró a acercarse, su expresión reflejaba una genuina
preocupación.
—Lo siento mucho —dijo una voz suave—. No quise hacerlo, de verdad…
Lisbeth lo miró con el corazón aún acelerado por el impacto y la sorpresa.
En cualquier otra circunstancia, quizás habría sentido resentimiento, pero en
ese momento, viendo la sinceridad en los ojos de Cristian, solo sintió un
extraño calor en su pecho, un destello de la fascinación que la había
atrapado momentos antes.
—Está bien —murmuró Lisbeth, bajando la mirada para evitar el contacto
visual—. Fue un accidente.
La entrenadora, satisfecha con la respuesta, les indicó que volvieran al
juego. Lisbeth, decidida a no mostrarse débil, se reincorporó al juego,
aunque ahora con un enfoque mucho más defensivo.
Mientras el partido continuaba, Lisbeth no pudo evitar lanzar miradas
furtivas hacia Cristian. Cada vez que lo veía moverse con esa gracia innata,
sentía una punzada de… Admiración, quizás. O tal vez algo más.
El juego terminó, y los estudiantes comenzaron a dispersarse. Mientras se
cambiaba, el eco de sus pensamientos no la dejaba en paz.
Cuando salió del vestidor, encontró a Cristian esperando cerca de la puerta.
La sorprendió verlo allí.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó.
Lisbeth asintió con una leve sonrisa asomada en sus labios.
—Sí, de verdad. No fue nada.
—Si alguna vez necesitas algo, aquí estaré.
Lisbeth lo miró, sorprendida.
—Gracias —respondió en un susurro.
11
Cristian sabía que debía hacer algo más que un simple "lo siento" para
disculparse con Lisbeth. El incidente en el gimnasio seguía pesándole, y
sentía que debía compensarla de alguna manera. Así que la invitó a una
pequeña cafetería cercana al instituto, un lugar tranquilo y acogedor donde
pensaba que podrían hablar y conocerse mejor.
Lisbeth aceptó la invitación, aunque con cierta duda. No estaba
acostumbrada a que un chico la invitara a salir, y menos uno como Cristian,
que parecía tan diferente a los demás. Sin embargo, algo en su mirada
sincera la hizo sentir que valía la pena intentarlo.
Llegaron a la cafetería en una tarde nublada. Tomaron asiento en una mesa
junto a una de las ventanas, y desde allí, podían ver cómo la lluvia creaba
pequeños ríos en la calle.
—Gracias por aceptar venir —dijo Cristian, un poco nervioso, mientras se
acomodaba en la silla.
—No te preocupes, en realidad… creo que sí necesitaba esto.
Ambos compartieron anécdotas sobre el instituto, sus gustos musicales y lo
que solían hacer en su tiempo libre. Poco a poco, la charla fue fluyendo con
mayor naturalidad, y antes de darse cuenta, habían pasado horas hablando
de todo y de nada.
A medida que la tarde se convertía en noche, la lluvia se intensificó, y la
cafetería comenzó a vaciarse. Sin darse cuenta, habían sido los últimos en el
lugar, y el camarero se acercó amablemente para informarles que estaban
por cerrar.
—Parece que nos atrapó la lluvia —dijo Cristian, mientras ambos se
levantaban y se dirigían a la puerta.
Salieron, y se refugiaron bajo un pequeño techo en la orilla del local. La
lluvia caía con fuerza, golpeando el pavimento, creando charcos que
reflejaban las luces de la calle. Ambos se quedaron en silencio por un
momento, observando el aguacero mientras una brisa fresca los abrazaba.
—Bueno, al menos no estamos tan empapados como ese pobre tipo —dijo
Cristian, señalando a un hombre que corría desesperadamente bajo la lluvia,
tratando de cubrirse con las manos.
Lisbeth soltó una carcajada. La risa de Cristian se unió a la suya.
Lisbeth lo miró de reojo mientras seguía riéndose, y se quedó atrapada en
los detalles de su rostro. Observó su piel blanca y perfectamente cuidada,
sus labios finos que parecían esculpidos por las mismas personas que hacían
las estatuas de las diosas griegas, y su cabello brillante y sedoso. Se sintió
intimidada por su belleza, una belleza que no había visto ni en las chicas
más bonitas que conocía. En ese instante, no pudo evitar pensar que le
gustaría ser como él, tener esa piel impecable, ese cabello tan radiante.
Jamás habría pensado que conocería a un chico que fuera más bello que una
mujer.
—¿Qué pasa? —preguntó Cristian, notando que ella lo observaba fijamente.
—Nada —dijo Lisbeth rápidamente, desviando la mirada mientras su
corazón latía un poco más rápido de lo normal—. Solo pensaba en lo
irónica que es la vida a veces.
Cristian sonrió, aunque no entendió del todo a qué se refería.
—Sí, la vida es bastante irónica.
12
Los tres pedaleaban con entusiasmo por el borde de la carretera, el aire
fresco y salado del mar les golpeaba el rostro mientras se dirigían hacia la
playa. Cristian había sido quien había propuesto la idea, y tanto Lisbeth
como Víctor aceptaron. El sol brillaba alto en el cielo, y la vista del mar que
aparecía y desaparecía entre los árboles. Estaban cerca.
—¡Una carrera! —gritó Cristian de repente, acelerando su pedaleo y
lanzándose hacia adelante.
Lisbeth y Víctor intercambiaron una mirada rápida antes de aceptar el
desafío y apretar el ritmo para alcanzarlo. Cristian, con su cabello ondeando
al viento y su risa resonando en el aire, se adelantaba con facilidad, dejando
a sus amigos atrás. Lisbeth intentaba mantener el ritmo, pero Víctor,
decidido a no quedarse atrás, se esforzaba por alcanzarla.
—¡Vamos, no se queden atrás! —gritó Cristian, girando la cabeza para
mirar a sus amigos mientras pedaleaba con energía.
Lisbeth, por su parte, no estaba dispuesta a perder, pero mientras intentaba
acelerar, su bicicleta comenzó a tambalearse. Víctor, al darse cuenta, se
detuvo para preguntarle si estaba bien.
—¡Nos vemos en la playa! —gritó Lisbeth, mientras se le adelantaba a
Víctor.
Finalmente, la playa apareció en el horizonte.
Cristian llegó primero, frenando bruscamente en la arena y levantando los
brazos en señal de triunfo. Lisbeth llegó poco después, jadeando pero
sonriendo, y por último, Víctor, que se detuvo justo al lado de ellos,
resoplando por el esfuerzo.
—¿Qué pasó, Vic? —dijo Cristian con una sonrisa mientras sacaba su
bicicleta del camino.
—¡Lisbeth hizo trampa! —protestó Víctor entre risas.
—No, amiguito, yo no te pedí ayuda —replicó ella, guiñándole un ojo.
Los ojos de Lis no se apartaban de Cristian, quien ya se había quitado la
camiseta y corría hacia el agua. Sin decir una palabra más, ella también dejó
su bicicleta en la arena y se unió a él, mientras Víctor, un poco rezagado,
los seguía.
Víctor no sabe nadar, Lis lo sabía, pero Cristian no. Aun así, se metió al
agua.
El agua estaba fresca y cristalina.
—¡Deberíamos venir aquí más seguido! —gritó Cristian mientras nadaba
hacia una zona un poco más profunda.
Lisbeth lo siguió, aunque con más precaución, mientras Víctor se mantenía
cerca de la orilla, observando cada movimiento de ellos.
—¡Cuidado, que viene una ola! —exclamó Cristian, riendo mientras la ola
los golpeaba suavemente.
Cristian nadó hacia una piedra que sobresalía del agua y se sentó en ella.
Lisbeth sintió una punzada de temor, pues ciertamente estaba un poco lejos
y a esa profundidad el mar podría arrastrarla, aun así se arriesgó porque eso
le permitiría un momento a solas con él. Con una sonrisa nerviosa, también
se subió a la piedra, sentándose, pero manteniendo cierta distancia, ella no
quería invadir su espacio personal.
Víctor salió del agua y se sentó en la arena.

—Está increíble aquí, ¿no? —comentó Cristian mientras miraba el mar
extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
—Sí… vale la pena el esfuerzo —respondió Lisbeth, jadeando por el
esfuerzo que hizo para llegar hasta allí.
Hubo un silencio entre ellos, pero el sonido del mar llenaba el espacio.
Lisbeth se armó de valor y decidió aprovechar la oportunidad para hablar de
algo que había estado rondando su mente.
—Cris… —comenzó, sin saber exactamente cómo formular la pregunta—,
¿alguna vez te has enamorado?
Cristian giró su rostro hacia ella con una expresión pensativa.
—No lo sé… creo que no. Supongo que no he conocido a la persona
indicada —respondió con sinceridad con voz suave y tranquila––, ¿y tú?
Había algo en su respuesta que la entristeció.
—Yo… yo sí me enamoré una vez —dijo, con la voz más baja—. Fue de
una amiga. Siempre estuvimos juntas, y al principio pensé que solo éramos
amigas muy cercanas. Pero con el tiempo… me di cuenta de que lo que
sentía por ella era algo más. Algo más profundo.
Cristian la miró con atención, interesado en lo que decía.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó, notando la tristeza en los ojos de
Lisbeth.
—Se fue… se mudó a otro país. Pero antes de que se fuera, me di cuenta de
algo interesante. Aunque no quería admitirlo, siempre pensé que solo me
gustaban las mujeres, pero últimamente… —Lisbeth dudó un momento—,
últimamente no estoy tan segura. Hay… hay alguien más que me ha hecho
dudar de eso.
Cristian, sin captar del todo lo que Lisbeth insinuaba, simplemente asintió.
—Es normal dudar, supongo.
Lisbeth forzó una sonrisa, aunque por dentro se sentía decepcionada.
Cristian no había entendido lo que intentaba decirle.
—Sí, supongo que sí —murmuró Lisbeth, apartando la mirada hacia el
horizonte para ocultar su decepción.
Cristian suspiró y miró a Lisbeth con una sonrisa que, sin saberlo, le hacía
aún más difícil a ella reprimir sus sentimientos.
—Me alegra haber venido hoy. Me gusta estar contigo, Lis.
—A mí también, Cris —respondió Lisbeth con sinceridad, aunque su
corazón seguía sintiéndose pesado.
Cristian se levantó de la piedra y extendió una mano hacia Lisbeth para
ayudarla a incorporarse.
—Vamos, antes de que Víctor piense que lo hemos abandonado —dijo con
una risa suave.
Lisbeth aceptó su mano y ambos se lanzaron al agua, nadando de vuelta
hacia la orilla. Mientras se acercaban a donde Víctor los esperaba, Lisbeth
intentó dejar de lado la tristeza y disfrutar del momento, aunque una parte
de ella sabía que no sería fácil.
13
Ian exhaló una bocanada de humo, dejando que el cigarro colgara
flojamente entre sus labios. El sol se filtraba tímidamente a través de las
copas de los árboles, creando manchas de luz en el suelo cubierto de hojas
secas; era el octavo cigarro de la tarde. El humo se mezclaba con el aire
fresco del bosque mientras observaba a los niños jugar en el parque, a una
distancia suficiente para no incomodarlos. Pájaros negros revoloteaban en
el cielo, trazando círculos como si estuvieran augurando algo siniestro.
Ian estaba en la entrada del bosque, recostado en los frondosos nudos de un
árbol más viejo que la misma ciudad. No necesitaba más que ese momento
de quietud para sentirse en paz consigo mismo. Bueno, quizás un cigarro
más ayudaría. Inhaló profundamente, intentando acallar los pensamientos
que, como un río desbordado, inundaban su mente.
Hace cinco años, Ian y su hermano mayor, Antonio, llegaron a Onei
huyendo de su hogar. Recordó las noches interminables de discusiones
acaloradas entre sus padres, los gritos que cortaban la oscuridad como
cuchillas. Una de esas noches, todo cambió.
Los hermanos compartían habitación. Se habían acostumbrado a esperar en
silencio a que sus padres dejaran de pelear para poder dormir. Pero esa vez,
algo fue diferente. Un extraño ruido perturbó la rutina: el sonido de un
cristal rompiéndose, seguido de un rugido de su padre, más animal que
humano. Los dos se sentaron en sus camas, sus miradas se encontraron en la
penumbra. Sabían que no era prudente intervenir; lo habían hecho antes y
solo habían empeorado las cosas.
La luz que se filtraba bajo la puerta de su habitación se oscureció. Alguien
estaba allí, justo detrás. Era su padre. El pomo de la puerta hizo un ruido,
como si intentara abrirla, pero luego se alejó. Antonio se levantó, con
cuidado, e intentó abrir la puerta, pero estaba trancada.
Pasó una hora y media antes de que escucharan el sonido del motor de la
camioneta de su padre. Se asomaron por la ventana, observando cómo el
viejo vehículo arrancaba lentamente, tosiendo con esfuerzo. Antonio,
decidido, le dijo a Ian que lo siguieran. Ian intentó detenerlo, pero su
hermano ya había tomado la decisión. Como gatos furtivos, se deslizaron
por el tejado, como lo habían hecho tantas veces antes.
Antonio liberó a la yegua del establo y la montó, ayudando a su hermano a
subir. Siguieron a su padre a una distancia prudente, ocultos en el sendero
que bordeaba el bosque. Cuando vieron las luces en la bifurcación del
camino, Antonio hizo que la yegua aminorara el paso. Eran las luces de las
camionetas de los amigos de su padre, quienes lo esperaban.
El padre de Ian salió de su camioneta con una sonrisa que no encajaba en el
rostro de un hombre que había pasado por lo que él. Sus amigos parecían
incómodos, sorprendidos por su buen humor. Les ofreció una cerveza, pero
todos la rechazaron. Entonces, con una risa despreocupada, él se encogió de
hombros, alcanzando una lata del asiento del copiloto. La espuma se le
escurrió por la barba cuando la abrió, y todos rieron nerviosamente, aunque
la risa de su padre era la única genuina.
Luego, retiró la carpa que cubría la caja de la camioneta. Uno de sus amigos
quedó helado, otro se llevó las manos a la boca en un gesto de horror.
"¿Qué?", "Solo es una zorra", escucharon los hermanos.
Ian comenzó a sollozar en silencio. Antonio lo tomó de la mano con fuerza,
susurrándole que no hiciera ruido. Ian, asustado, le rogó que se fueran, pero
Antonio se quedó, inmóvil, con los ojos fijos en la escena que se
desarrollaba frente a ellos. Su padre había asesinado a su madre.
El padre de Ian se jactaba de volver a estar soltero, de poder empezar su
vida de nuevo. Sus amigos, incapaces de seguirle el juego, permanecían en
un silencio incómodo, avergonzados por haber apoyado un acto tan atroz.
"Carlitos, tienes una carnicería", dijo su padre. "Métela en una de tus
máquinas y hazla picadillo".
––Maldito… ––murmuró Antonio, lleno de rabia contenida.
––Por favor, ya vámonos… ––insistió Ian.
Finalmente, Antonio cedió. Sabían que no podían hacer nada, que enfrentar
a su padre en ese momento los llevaría al mismo destino que a su madre. Se
montaron en la yegua y regresaron a casa. Su padre llegó antes del
amanecer, y los hermanos permanecieron despiertos en la oscuridad, sin
atreverse a decir una palabra.
A la mañana siguiente, su padre los llamó a la sala y les contó una historia
fabricada con frialdad. Les dijo que su madre había huido con otro hombre,
y que los había dejado a ellos atrás. Intentó fingir tristeza, pero no los
engañó, pues veían en él a un hombre purgado de culpa, casi aliviado.
Desde ese día, su padre se transformó, dejó de ser el hombre que conocían.
Se volvió atento, comprensivo, les compraba cosas, los llevaba a pescar, les
contaba historias de su juventud, de su tiempo en el ejército.
Dos meses después, Antonio decidió que ya había tenido suficiente. Guardó
sus pertenencias en una maleta y, antes del amanecer, intentó fugarse por la
ventana. Ian, que había despertado, intentó detenerlo, pero Antonio le
explicó que no podía llevarlo, que era demasiado joven para hacerse cargo
de un niño. Sin embargo, al ver la desesperación en los ojos de su
hermanito, Antonio no pudo dejarlo atrás. Juntos, empacaron las pocas
cosas importantes que Ian tenía, y escaparon de esa casa galopando en la
yegua.
Vendieron al animal en una aldea cercana, lo que les dio suficiente dinero
para pagar el pasaje a la ciudad de Okerke y una habitación modesta donde
vivir. Antonio consiguió trabajo como ayudante de mecánico, e Ian como
ayudante del ayudante. Pasaron diez meses en esa ciudad, tiempo suficiente
para que Antonio ahorrara lo necesario para comprar una motocicleta. Con
ella, continuaron su viaje, alejándose de todo lo que conocían.
Okerke era una ciudad grande, ruidosa, completamente diferente a la
tranquilidad de la finca de su padre. Pero esa bulliciosa ciudad no era su
destino final. Terminaron en Onei, una ciudad pequeña rodeada de bosques
infinitos y flores olorosas, donde decidieron establecerse.
Antonio comenzó a vender marihuana y otros estupefacientes a
empresarios, policías y abogados, siempre cuidando de no cruzar ciertos
límites. Su negocio, aunque conocido por todos, no era visto con desprecio;
Onei era un lugar pequeño, y Antonio se había ganado el respeto de la
comunidad. Sin embargo, nunca le permitieron unirse a los cultos religiosos
ni tenía derecho a voto en ninguna asamblea de vecinos. Aun así, vivía
relativamente bien junto a Ian, y eso era lo único que importaba.
Ian exhaló otra bocanada de humo, dejándose llevar por los recuerdos. El
sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles, tiñendo el cielo de tonos
anaranjados. Se sentía agotado, como si el peso de su pasado lo aplastara
poco a poco. Cerró los ojos, intentando encontrar consuelo en la quietud del
bosque.
––Fumando en la entrada de un bosque… ¿sabías que puedes provocar un
incendio? ––dijo una voz a su lado, sacándolo bruscamente de sus
pensamientos.
Ian abrió los ojos y vio a un joven con cabello largo, parado a su lado. Lo
reconoció del instituto; era uno de los nuevos.
––Incendio… imposible. Este lugar está protegido por Dios ––respondió
Ian con tono jocoso, tratando de sacudirse los recuerdos que lo
atormentaban.
––¿Estás seguro de eso? ––preguntó el joven mientras se sentaba entre los
nudos del árbol––. Yo creo que a Dios parece no importarle mucho estas
cosas, ¿no?
––Sí, bueno, Onei tiene muchos creyentes. En cada esquina te encontrarás
con una efigie divina. A Dios le gusta este lugar, o al menos eso es lo que la
gente dice. A mí no me importa.
––¿No te importa?
––No, no nací aquí. Y tampoco me importa el lugar en el que nací.
El joven de cabello largo suspiró, como si compartiera el cansancio de Ian.
––Tenemos algo en común.
––Te llamas Cristian, ¿verdad?
––Sí. Y tú eres Ian. Te he visto, aunque no pareces ir muy seguido. Pero he
oído que te va bien en los exámenes. Sacas buenas notas, eso murmuran los
maestros…
––No me gusta ese lugar. Es una pérdida de tiempo. Pero mi hermano
insiste… ––dijo Ian, dejando que la frase se desvaneciera en el aire mientras
observaba cómo el humo de su cigarro se disipaba lentamente en la brisa.
14
La casa de Ian estaba ubicada en la entrada de la ciudad. Era la única ahí.
Anteriormente le perteneció a una anciana que, se las vendió a él y a su
hermano a un precio de risa, dinero que usó para costear una operación en
la que finalmente falleció.
Era una bonita casa de dos niveles, de ladrillo, un tanto descuidada, pero
con un sendero de piedra que la hacía parecer más elegante.
Sin embargo, por dentro, la casa tenía un ambiente desordenado y caótico,
en contraste con el exterior. Ian vivía solo con su hermano y no eran
particularmente meticulosos, y eso se notaba en la ropa tirada y en el polvo
acumulándose en las esquinas.
El cuarto de Ian estaba en el segundo piso. Tenía un escritorio que estaba
abarrotado de papeles, una laptop, y varios cables enredados que se
conectaban a la pantalla de un televisor.
Cristian e Ian estaban sentados en la cama, concentrados en la pantalla
mientras jugaban a Mortal Kombat. Ambos estaban inmersos en la partida.
Cristian había elegido a uno de los personajes femeninos del juego, una
luchadora ágil y letal, mientras que Ian había optado por un personaje
masculino fornido, conocido por su fuerza bruta.
––¡Vamos, vamos! ––murmuraba Cristian, presionando los botones del
mando con rapidez, con ojos fijos en la pantalla mientras esquivaba un
ataque de Ian.
––¡No te escaparás de esta! ––respondió Ian, con una sonrisa en los labios,
pero había un leve tono de frustración en su voz mientras su personaje
lanzaba un golpe demoledor que Cristian logró evitar por poco.
El sonido de los golpes, patadas y efectos especiales se apoderó del
ambiente. La lucha fue intensa, con la vida de ambos personajes bajando a
un ritmo similar. Finalmente, en un movimiento rápido y bien ejecutado, el
personaje de Cristian lanzó un combo que dejó al de Ian sin oportunidad de
defenderse. El mensaje de “Finish Him!” apareció en la pantalla, y Cristian
ejecutó el golpe final.
––¡Toma! ––exclamó Cristian, levantando los brazos en señal de victoria
mientras en la pantalla se veía cómo su personaje derribaba al de Ian con
una espectacular combinación de golpes.
Ian se dejó caer en su cama, exhalando un suspiro resignado.
––Casi te tenía ––dijo, con una sonrisa que ocultaba su leve frustración.
––Nah, ni cerca ––se burló Cristian, riendo mientras dejaba el mando sobre
sus piernas.
Ian observó a Cristian por un momento, y aunque la derrota aún pesaba un
poco en su orgullo, lo que realmente le ocupaba la mente era algo muy
diferente.
A veces, mientras hablaban o jugaban, Ian se daba cuenta de que no estaba
pensando en Cristian como lo haría con un amigo, sino como lo haría con
una chica. Su mente se distraía, pensando en cómo la piel de Cristian
parecía más suave, cómo su cabello largo podría ser la envidia de cualquier
chica, y cómo su voz tenía un tono que Ian relacionaba más con lo
femenino. Incluso, si cerraba los ojos, era fácil imaginar que estaba
hablando con una chica. Eso lo confundía.
––Eres bueno en esto ––dijo Ian finalmente, tratando de enfocarse en la
conversación y no en los pensamientos que lo distraían.
––He practicado bastante ––respondió Cristian, sonriendo––. Suerte a la
próxima.
––¿Sabes? A veces creo que eres más como una amiga que como un amigo
––dijo Ian, con una sonrisa, esperando que Cristian tomara su comentario
como una broma.
Cristian levantó una ceja, divertido, pero también un poco curioso.
––¿Y eso es malo?
––No, claro que no ––respondió Ian rápidamente––. Solo... diferente. Pero
en el buen sentido.
Ian pensó que quizá se trataba de que estaban creciendo, y con ello venían
sentimientos y pensamientos que no sabía exactamente cómo manejar. Pero
lo mejor era dejar las cosas como estaban, sin necesidad de definir nada.
15
Era sábado por la tarde y Lisbeth tenía la casa para ella sola. Su madre se
había ido con sus amigas a la playa (una mujer recién divorciada y
relativamente atractiva, en plena crisis de los cuarenta). Y a su padre no lo
veía desde hace meses porque su madre se lo prohibió.
Lisbeth estaba en su habitación, acostada en la cama como si estuviera
enferma. Respiraba con dificultad mientras los recuerdos de Cecilia
inundaban su mente. Nunca quiso admitir que se había enamorado de su
mejor amiga, pero ahora que Cecilia estaba lejos, ese vacío comenzaba a
llenarse con una nueva confusión. Mirando la foto de Cristian en su
teléfono, se dio cuenta de que el mismo sentimiento comenzaba a surgir en
su interior, y la idea la desconcertaba más de lo que quería admitir.
El timbre sonó. Lisbeth intentó ignorarlo, pues pensó que se trataba de
alguien que buscaba a su madre. Pero insistieron, y ella decidió levantarse
de mala gana para atender al intruso.
Al abrir la puerta, la reluciente sonrisa de Cristian le iluminó el rostro a tal
punto de cegarla. Lis, con los ojos entrecerrados, lo tomó de la mano y
cerró la puerta, ya que el sol le molestaba.
––No creí que fuera a verte hoy ––dijo Lisbeth, sorprendida.
––La verdad no tenía nada mejor que hacer y sabía que iba a encontrarte en
casa.
––¿Significa que soy la última opción del rey? ––preguntó, fingiendo que
estaba molesta.
––No, no ––admitió Cristian, apenado, mientras caminaban hacia la
habitación de Lis––. Quiero saber cómo estás, es todo.
––No es difícil adivinarlo ––dijo ella, encogiéndose de hombros.
––Tu madre no está, ¿verdad?
––Nunca está ––Lis abrió la puerta y le hizo un gesto a Cristian para que
entrara primero.
––Me encanta este lugar. Siempre hace frío aquí, aunque no haya ventilador
ni aire acondicionado. Es como si tu corazón lo congelara todo ––Cris se
sentó en la orilla de la cama.
Lisbeth soltó una risita irónica. Parecía intranquila.
––¿Te molestó la broma?
––No es eso… es que… bueno. Quisiera hacerte una pregunta ––Lis se
sentó al lado de Cristian, evitando el contacto visual––. ¿Alguna vez te has
sentido culpable por tomar una decisión? Como si todas las decisiones
fueran equivocadas. Digamos que quiero comer algo, pero cuando lo tengo,
pienso que debí haber comido otra cosa. Me arrepiento de todo lo que hago.
Y también pienso que, si hubiera hecho lo contrario, también me
arrepentiría. ¿Cómo le llamarías a esto? Es tan raro… ––Lis se tumbó de
espaldas en la cama.
––He pasado muchos días tristes. Muchos, créeme. Un día decidí darme la
oportunidad de ser feliz, ignorando todo lo malo.
––¿Lo malo? Tu vida es perfecta. Eres bellísimo y todo el mundo te ama.
La vida de los hombres es súper fácil. Quisiera ser hombre ––Lis se puso
una almohada sobre la cara.
––Te sorprenderías si lo supieras.
Lisbeth suspiró al tiempo que se quitó la almohada de la cara y se
incorporó.
––Cris… tengo ganas de hacer una locura ––la voz le temblaba un poco, no
parecía segura de lo que estaba diciendo.
––¿Eh? ¿de qué hablas? ––Cristian la interrumpió con una risa jocosa.
––Sí, o sea, hacer algo prohibido, no sé… algo, lo que sea.
––Oh, ¿qué tienes en mente?
––No lo sé… ––Lisbeth evitó su mirada por un momento, jugueteando con
la esquina de la sábana––. Tal vez… podríamos… no sé… sabes… siempre
me ha intrigado cómo se siente vestirse como mi madre. Como una...
prostituta barata.
Cristian soltó una risa sorprendida, pero rápidamente la contuvo al ver que
Lisbeth hablaba en serio.
––¿Estás segura de eso?
––No ––respondió Lisbeth con una sonrisa tímida––. Pero tal vez sea
divertido. Y, no sé, siento que necesito… probarlo, sentirlo.
––Eh… bueno… ––él no parece tan convencido.
––Es mala idea, ¿cierto? Tienes razón. Tienes toda la razón. ¿Ves lo que te
digo? Todo lo que pienso e intento es un error.
––¡No! Es perfecto. Me gusta la idea. Podemos hacerlo. Ustedes tienen el
mismo tamaño. La señora se ve muy bien. Ahora que lo pienso, no conozco
a ninguna mujer de su edad que se vista tan bien. Aparenta quince años
menos.
––No te dejes engañar por esas montañas de maquillaje… detrás de todo
eso hay un monstruo. Pero concuerdo en que se viste bien. El problema es
que sus pechos son mucho más grandes ––Lisbeth se vio el pecho por el
cuello de su blusa––. Yo no tengo nada.
––Mídete algo ahora que no está y veamos.
Lis se puso de pie y tomó de la mano a Cristian para dirigirlo hacia el
cuarto de su madre.
Cristian admiró la habitación. El decorado en las paredes era elegante. Y el
suelo, a diferencia del de la habitación de Lis, estaba alfombrado. Las
sábanas que envolvían la cama tenían estampados de espirales y rombos, y
las almohadas eran diminutas, pero en gran cantidad. Raro que una señora
tuviera un gusto tan vivaz.
Lisbeth se acercó al closet de mármol y abrió su puerta. No era amplio, pero
cada prenda que colgaba valía más que el año de estudios de Cristian y Lis.
Lisbeth examinaba las prendas con poco interés. Al moverlas, desprendían
floridos olores; aún conservaban los perfumes que su madre se aplicó,
incluso después de lavarlos.
––Parecen vestidos que usaría una modelo de veinte años… ¿Cuánto
costará todo eso?
––Una fortuna, seguro. Ha dedicado su vida a su apariencia; todo el dinero
que gana es para esto. Para ella toda esta mierda vale más que yo.
––Tienes asegurada una buena herencia.
––Algún día quemaré todo esto ––Lis lo afirmó con orgullo mientras sacaba
un vestido negro con puntos blancos alrededor del cuello cerrado.
––Seguro este te queda de maravilla ––manifestó Cris.
––Me probaré esta basura ––Lisbeth lo lanzó hacia la cama.
Cuando Cris notó que Lisbeth estaba a punto de desvestirse, se dio la
vuelta. Era algo común en ella; no parecía sentir vergüenza de nada. Cris
sabía que, si la gente no se escandalizara, ella entraría al baño y dejaría la
puerta abierta.
El abdomen le quedaba ajustado. Las piernas de Lis eran delgadas, y esa
prenda destacaba aún más eso. Sus hombros sobresalían y el cuello le
apretaba. Si bien, en estatura era calcada a su madre, sus figuras se
distanciaban (siendo la de la madre más musculada, pues iba al gimnasio
tres veces a la semana mientras la hija comía helados y hot dogs casi todos
los días).
––Te queda bien ––comentó Cris, al tiempo que apoyaba su cabeza en el
hombro de su amiga mientras se veían en el espejo.
––Parezco una prostituta ––declaró Lis mientras examinaba cada parte de
su cuerpo––. Y de las baratas…
Ambos jóvenes rieron. Pero luego de un momento, algo en el reflejo la
desorientó. Cristian estaba detrás, con su cabeza reposando en su hombro,
eso le hizo notar que el cabello de él resaltaba entre los puntos blancos de la
prenda. Su mirada era más profunda, como la seda negra de aquella tela.
Lis se apartó de Cris y lo miró de pies a cabeza. Una idea apasionante se
fraguaba en los pozos de su mente.
––Creo que te quedaría mejor a ti ––dijo con una sonrisa sumisa.
––Jamás me pondría eso ––replicó Cristian mientras reía nerviosamente.
––Nunca he visto a una mujer con tu belleza. Menos a un hombre. No hay
nadie como tú. Te quedaría bien la ropa más varonil del mundo. También la
más femenina, eres perfecto. Lo sabes. Te lo dicen todo el tiempo. Te ves en
el espejo y sonríes al ver que cada fracción de tu ser es admirada. Bailas en
la ducha mientras los elogios exagerados que todo el tiempo te dicen
rezumban en tu mente. Caminas con soberbia en los pasillos del instituto
porque sabes que todos te están viendo. Sabes que cualquier cosa que salga
de tu boca influirá en quien te escuche porque te admiran. Todos quieren
estar contigo, ser tus amigos, y esperan a que se les pegue algo de tu
personalidad, esperan ser el uno por ciento de tu ser. Todos quisieran ser
como tú…
––Finalmente enloqueciste, bravo.
Lisbeth comenzó a quitarse el vestido. Esta vez Cristian no se dio la vuelta.
Cuando terminó, se lo tendió a Cristian. Él negó con la cabeza e hizo un
gesto con las manos, indicándole que eso sería imposible.
Lisbeth lo tomó de las manos. Los pómulos de Cristian se ruborizaron
porque ella estaba en ropa interior.
––Será nuestro secreto. Nadie sabrá nada sobre esto. Es solo diversión.
Nunca lo has hecho y quiero saber cómo te verás. Confía en mí, así como
yo confío en ti.
No parecía seguro del todo. Era un bonito vestido. Semi elegante, caro a
todas luces. Suave como la primavera nocturna. Pero Lis insistía. Y no
había nadie en casa. No tenía nada que perder. Además, un efímero impulso
de picardía inundó sus pensamientos.
Cristian sabía que, por dentro, era algo que siempre le había tentado. La
idea no era nueva, pues, en casa, viendo la ropa de su madre, lo llegó a
considerar.
Cristian se quitó la playera. Lisbeth lo miró con una sonrisa mesurada.
Admiró silenciosamente su delicada clavícula y abdomen moderadamente
tonificado. Quiso tocarlo, por curiosidad, pero temió que eso incomodara a
Cris. Su piel era blanca, enrojada por el quebranto de su pudor.
Era perfecto.
Cris se puso el vestido. A pesar de que le quedaba ajustado, le pareció
cómodo. Sus piernas eran considerablemente más voluminosas que las de
su amiga; no eran macizas ni rellenas y carecían de musculatura que
exhibiera un aspecto varonil.
Lisbeth estaba asombrada. Se veía mejor de lo que imaginaba. No le hacía
falta coloretes, delineados, iluminador ni labial. Su atractivo era natural,
como el de las flores y el atardecer. Lis pensó con chispeante envidia que a
él le quedaría bien cualquier cosa que se pusiera. Incluso una gruesa bolsa
para la basura se vería como una prenda de diseñador si la portaba. Y era
porque la belleza le pertenecía a él, no a las cosas. Era él el adorno, el
complemento, el aroma del ambiente, la parte definitiva.
Cris posaba frente al espejo mientras hacía gestos peculiares. Se estaba
divirtiendo. Se daba la vuelta y se placía viendo la escandalosa curva que se
formaba en su espalda y caderas.
––Si me pongo uno de mis bóxeres holgados, se me verían los huevos ––
comentó, y ambos rieron.
––Guau, Cris… ––dijo Lisbeth, con tono asombrado––. Ese vestido te
queda increíble. Quisiera tener el culo como el tuyo… o aunque sea la
mitad.
Cristian se giró hacia ella, un poco avergonzado pero también divertido.
––No es para tanto ––respondió con una sonrisa nerviosa, aunque no pudo
evitar ruborizarse un poco––. Pero… gracias, supongo.
Lisbeth se acercó, observando con detenimiento cómo el vestido moldeaba
la figura de Cristian.
––No, en serio, Cris. Es injusto que un chico tenga mejor trasero que yo ––
bromeó.
Cristian sonrió tímidamente y soltó una risita nerviosa, consciente de que
Lisbeth tenía razón.
Pero la risa les duró poco, porque un instante después, escucharon un ruido
que venía de afuera. Alguien estaba entrando en la casa. Los jóvenes se
alarmaron.
––Es mi mamá… ¡mierda! ––señaló Lisbeth con consternación, al tiempo
que corría hacia el armario para esconderse.
Cristian intentó seguirla hacia el armario, pero ella le hizo un gesto de
rechazo, dándole a entender que no cabrían ambos (y tenía razón). Cris
intentó abrir la ventana, pero parecía atascada y se angustió al pensar que la
podía romper si presionaba con más fuerza. Optó por la peor y única opción
que le quedaba: debajo de la cama.
La madre entró en la habitación y dejó su bolso en el suelo.
––¿No está tu hija? ––preguntó alguien con una voz masculina. La madre
no estaba sola.
––No sé. En su habitación estará, creo ––respondió la mujer con poco
interés al tiempo que se sentaba en la orilla de la cama y se quitaba los
botines.
El muchacho que la acompañaba era un joven recién entrado en los veinte.
Su aspecto no era del todo apuesto, pero su polo apretado resaltaba sus
brazos y su cabello estaba hacia atrás; se veía como los hombres con los
que salía la madre de Lis cuando iba a la universidad. Era todo lo que ella
esperaba de un hombre.
La mujer se quitó la blusa. También el brasier. Se levantó y examinó su
figura en el espejo.
––¿Crees que debería operarme los pechos? ––preguntó al tiempo que los
palpaba.
––Estás bien así. No me gustan tan grandes, además, tendrías que cambiar
toda tu ropa, sería un lío, ¿no? Con lo que gastas en eso…
––Sí, quizá no esté mal. Trataré de no obsesionarme con esas cosas ––
añadió, haciendo referencia a la operación de nariz que se hizo hacía cuatro
meses atrás. Le había gustado tanto el resultado que temía que eso
despertara una especie de manía por las operaciones estéticas, tal como les
pasaba a muchos que se someten a ello.
El muchacho la abordó por la espalda. Le dio un beso en la cabeza y la
rodeó con sus brazos. Era diez centímetros más alto que ella. La mujer se
giró y se dieron un empalagoso beso.
Lisbeth veía el acto a través de las hendiduras del closet. Estaba asqueada.
Entre la desesperación, una buena idea se le ocurrió. Sacó su teléfono y le
mandó un largo texto a su madre, pidiéndole ayuda, esto con la intención de
sacarla de la casa. El timbre del teléfono de la madre la notificó, pero ella lo
ignoró. Estaba concentrada en su joven amante. Lisbeth la llamó. La mujer
siguió ignorándolo, pero la hija insistió; colgaba y volvía a llamar. Lo haría
hasta que su madre atendiera.
Y así fue. Con un gesto de molestia, la mujer se acercó al teléfono. Vio las
diez llamadas perdidas de la hija y leyó el mensaje, el cual decía lo
siguiente:
“¡Mamá, te necesito urgentemente! Unos hombres llevan toda la tarde
siguiéndome, estoy escondida en los baños públicos del parque. Este
lugar es asqueroso, pero esos malditos no se atrevieron a entrar para no
llamar la atención. No sé qué hacer, por favor, ven… no me llames, no
quiero que nos escuchen hablar, sé que ellos están allí afuera, tras la
puerta, los escucho murmurar, no sé qué quieren, estoy aterrada,
ayúdame.”
––Dios mío… en qué se metió ahora esta niña… ––dijo la mujer, meneando
la cabeza de lado a lado después de leer el mensaje en voz alta.
––Oye, sí suena urgente ––comentó el muchacho, alarmado––, deberías ir…
puedo acompañarte, si quieres, puede ser peligroso.
––Eres tan dulce ––dijo la mujer, acariciando el mentón del muchacho––,
prométeme que nunca tendrás hijos, ¿sí? No arruines tu vida, no vale la
pena.
Aquello fue una punzada en el corazón de Lisbeth. Cristian se tapó la boca
por la sorpresa.
––No puedo, recuerda… tú me pagaste la vasectomía el año pasado.
––Sí, te salvé, como siempre ––añadió la mujer con una sonrisa llena de
cinismo.
La madre de Lisbeth se había separado de su padre un mes antes de
operarse la nariz. Si ella salía con aquel joven desde el año pasado,
significaba que llevaba mucho tiempo siendo infiel. Segundo golpe al
corazón de la joven.
––Le dediqué toda mi vida a esta niña, ya es grande y sigue persiguiéndome
––suspiró con decepción––, me pregunto si siempre será así. Ah, qué feliz
sería si se escapara con algún novio o algo. Que me dejara una nota
diciéndome que no me preocupe por nada, que todo estará bien, que será
feliz ––bromeó con su fantasía.
El tiro de gracia para el ya mallugado corazón de la joven. El knockout.
––Podrías dársela a su papá ––insinuó el muchacho, encogiéndose de
hombros.
––Jamás. Ese idiota no se merece ni los rayos del sol.
La mujer y el muchacho salieron de la habitación. Cuando Cristian se sintió
seguro, salió de debajo de la cama. Abrió el closet y se encontró a su amiga
encogida, abrazando sus piernas, hundiendo su cara entre sus cabellos.
Sollozando.
“¿Estás bien?”, estuvo a punto de preguntar, pero se contuvo porque era
algo estúpido. Obviamente no lo estaba.
Él se acercó a Lisbeth con cuidado, ella se abrazada a sí misma en el fondo
del armario.
––No tienes que decir nada, Lis… estoy aquí para ti ––murmuró, sintiendo
que sus palabras eran insuficientes para el dolor que ella estaba
experimentando.
Lisbeth permaneció en silencio por un momento, como si estuviera
procesando todo lo que acababa de escuchar. Sus ojos estaban fijos en un
punto indefinido frente a ella, pero poco a poco, su mirada se suavizó y su
respiración comenzó a calmarse.
De repente, levantó la vista hacia Cristian con una expresión de decisión en
su rostro, aunque sus ojos aún brillaban con lágrimas contenidas.
––Cris… ––dijo, con la voz un poco quebrada––, sigamos con la ropa de mi
madre. Es algo divertido...
Cristian la miró, algo desconcertado por la sugerencia. No era la respuesta
que esperaba, pero si eso era lo que Lisbeth necesitaba para sentirse mejor,
no iba a negarse.
––Si eso te hace sentir bien, entonces claro, sigamos ––respondió con una
sonrisa cálida.
Lisbeth se puso de pie con un suspiro, secándose las lágrimas rápidamente
con el dorso de la mano. Sacó un conjunto: un vestido rojo, corto y
ajustado, acompañado de unas medias negras de encaje. Se lo tendió a
Cristian y una pequeña sonrisa traviesa se asomó en sus labios.
––Prueba este. Te va a quedar… espectacular ––dijo.
Cristian, sin saber muy bien cómo reaccionar, tomó el vestido y lo miró un
momento antes de comenzar a desvestirse nuevamente.
Cristian se colocó el vestido con cierta torpeza, consciente de lo revelador
que era. Las medias negras de encaje acentuaban la delicadeza de sus
piernas, y el vestido ajustado destacaba su figura de una manera que lo hizo
sentir extraño e intrigado.
––¿Te… gusta? ––preguntó Cristian mientras ajustaba las medias y trataba
de acostumbrarse a la sensación.
Lisbeth lo miró fijamente, tratando de sonreír a pesar de las lágrimas que
comenzaron a caer libremente por sus mejillas.
––Sí… todo está bien, no te preocupes por las lágrimas, de veras… ––dijo
con voz temblorosa––. Es solo que… eres tan, pero tan hermoso, Cris…
Cristian se acercó más a ella, se sentía preocupado. Sin decir una palabra, la
abrazó suavemente. Lisbeth, temblando de la emoción, levantó la vista
hacia él. Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir su respiración.
Lisbeth no pudo resistir más. Con un movimiento lento, se inclinó hacia
Cristian y sus labios se encontraron en un beso suave y fugaz.
Cuando se separaron, ella se llevó una mano a los labios, incapaz de creer
lo que acababa de suceder.
––No puedo creer que esto esté pasando… ––murmuró, con la voz aun
vibrando por la intensidad del momento.
Antes de que Cristian pudiera responder, Lisbeth se inclinó hacia él
nuevamente, besándolo con más fuerza, buscando más de esa conexión que
la hacía sentir... tan bien. No quería detenerse; quería más y más de él,
perderse en ese momento.
Pero a medida que el beso se intensificaba, las lágrimas de Lisbeth
comenzaron a caer de nuevo. Cristian se apartó suavemente.
––Lis, ¿estás bien? ¿Hice algo mal? ––preguntó.
Lisbeth negó con la cabeza.
––No, Cris… no hiciste nada mal. Es solo que… eres tan perfecto, tan
hermoso, yo me siento tan… ––Lisbeth se quebró por completo. El peso de
todo lo que había estado conteniendo caía sobre ella en ese momento––. Yo
quisiera que…
Lisbeth respiró profundamente, intentando calmarse mientras las palabras
se atascaban en su garganta. Cristian la miraba con preocupación, sin saber
cómo consolarla.
––Cris... yo nunca pensé que diría esto, pero... no me imagino perdiendo mi
virginidad con otro hombre que no seas tú ––confesó finalmente, con la voz
temblorosa, pero decidida––. A mí nunca me han gustado los chicos, no de
verdad. Tuve un novio, sí, pero nunca fue nada real... no como esto. Yo...
siento que te amo. Quisiera entregarme a ti, quisiera que ambos...
Las palabras salieron con más fuerza y rapidez de lo que esperaba, y tan
pronto como las dijo, sintió un peso inmenso aliviándose en su pecho. Era
la verdad, una verdad que había estado escondiendo incluso de sí misma
durante tanto tiempo y no podía guardársela más o explotaría.
Cristian la miró con detenimiento. Lisbeth siempre le había parecido una
chica bonita, aunque triste y apagada en muchos momentos.
––No sé... no sé cómo empezar ––admitió Cristian, con una voz profunda y
una risita lenta y delicada––. Nunca he hecho esto antes.
Lisbeth se sentía aliviada porque ambos compartían la misma
incertidumbre.
––Yo tampoco tengo idea ––dijo. Sus labios se curvaron en una pequeña
sonrisa––. Pero no pasa nada... lo haremos despacio, Cris. Ambos
aprenderemos en el proceso.
Lisbeth lo tomó de la mano. Sus dedos se entrelazaron suavemente con los
de él. Cristian sintió un escalofrío recorrer su cuerpo mientras ella lo guiaba
hacia su cama, hacia lo desconocido.
Lisbeth se acercó a él. Sus labios se encontraron con los de Cristian en un
beso suave y lento, como una promesa que jamás se cumplirá. Las manos
de Cristian acariciaban suavemente la espalda de Lis, haciéndola
estremecer. Ella se aferró a él, temía que todo fuera un sueño, que se
desvaneciera si lo soltaba.
Bajo las sábanas de la cama, Lisbeth, deslizó el vestido de Cristian hacia
arriba, sus manos temblaban ligeramente mientras lo hacía, dejando al
descubierto la piel suave y las medias largas y apretadas que aún le
envolvían las piernas.
Decidió dejarle las medias puestas, pues disfrutaba de lo increíblemente
sensual que le parecían en las piernas de él.
Cristian desabrochó la blusa de Lisbeth, lanzándola fuera de las sábanas y
liberando sus pechos. Sus dedos trazaron suaves círculos sobre la piel
desnuda de ella. Después, sin apartar la vista de sus ojos, Cristian inclinó su
cabeza y dejó que su lengua siguiera el mismo camino que sus dedos,
saboreando cada centímetro de su piel con ternura y pasión.
Las manos de Lis se encontraron la virilidad de Cris. La rodeó suavemente,
estrujándola con una delicadeza, haciéndolo temblar de emoción.
Cristian se giró sobre Lisbeth. Con sus ojos fijos en los de ella, intentó
entrar dentro de su cuerpo. No fue complicado, pues ella llevaba rato lista
para recibirlo.
Se entregaron el uno al otro.
16
Cristian y Lisbeth estaban acostados en la cama, despojándose de jadeos,
sudados y agotados. Ambos estaban en silencio, procesando lo que acababa
de suceder.
Cristian estaba de espaldas, mientras que Lisbeth se acurrucaba junto a él,
abrazándolo con fuerza. Ella sentía una profunda conexión con él que no
quería perder.
Cristian, aunque también estaba confundido, se sentía relajado y, en cierto
modo, contento. Había disfrutado del momento, pero su mente estaba llena
de preguntas. Lisbeth, sintiendo su tensión, se acercó más a su oído y le
susurró:
—Cris… te amo.
Cristian se quedó en silencio por un momento. Finalmente, respondió con
un suave "Gracias", sin saber realmente qué más decir. Lisbeth se sintió
herida por esa respuesta, y aunque no quería apartarse de él, no pudo evitar
soltarse un poco del abrazo.
—¿De verdad te gustó? —preguntó en voz baja.
—Sí, me gustó —respondió Cristian, sinceramente.
—¿Lo volverías a hacer?
Cristian vaciló, buscando las palabras adecuadas.
—No lo sé. No estoy seguro de lo que siento ahora.
Lisbeth sintió una punzada en el pecho, pero decidió ser honesta sobre lo
que quería. Era ahora o nunca.
—Quiero que seamos novios, Cris. Quiero estar contigo, siempre.
Cristian se giró y la miró, notando la vulnerabilidad en sus ojos. Sabía que
no compartía ese deseo de la misma manera, pero verla así, tan sola y
necesitada, le hizo imposible rechazarla. No quería herirla más de lo que lo
había hecho su madre. Además, se sentía responsable, acababan de perder
juntos la virginidad y, hasta cierto punto, pensaba que ella tenía algo de él
que era especial.
—Podemos intentarlo —dijo, con una pequeña sonrisa, aunque no estaba
completamente convencido.
Eso fue suficiente para Lisbeth. Su corazón se llenó de esperanza, y sin
pensarlo dos veces, lo abrazó de nuevo, con más fuerza que antes. No
quería soltarlo, no quería volver a estar sola. Para ella, Cristian era la
respuesta a todas sus dudas y temores, y en ese momento, decidió que
nunca lo dejaría ir.
17
Cristian y Lisbeth caminaban juntos por los pasillos del instituto, tomados
de la mano. Las miradas de sus compañeros seguían cada uno de sus pasos,
y los murmullos se propagaban como un incendio forestal. Todos
comentaban por el cambio en Lisbeth, parecía una persona completamente
diferente.
Lisbeth, antes reservada y distante, se había convertido en alguien más
empática, risueña, y animada. Cada vez que veía a Cristian, su rostro se
iluminaba, y no dudaba en acercarse a él con gestos de cariño. Para
Cristian, tener novia estaba resultando ser mejor de lo que había pensado.
Disfrutaba de su compañía, se reían juntos y, poco a poco, comenzó a
tomarle cada vez más cariño. Todas las noches conversaban por teléfono, y
hablaban de cualquier cosa, y los mensajes de texto divertidos que Lisbeth
le enviaba a lo largo del día lo hacían sonreír. Cristian se encontraba
deseando poder llegar a amarla de verdad algún día.
Sin embargo, no todo era felicidad para todos. Víctor, quien antes era
cercano a Cristian, había comenzado a tomar distancia. Se sentía celoso de
la relación que habían formado, y no podía evitar el dolor que eso le
causaba. Ver a Cristian tan cercano a Lisbeth, verlo reír y disfrutar de su
compañía, hacía que su corazón se encogiera. Las fantasías que alguna vez
había tenido, en las que Cristian aparecía en su mente como una chica,
ahora le pesaban aún más. Se sentía culpable, fracasado, y lleno de un deseo
que no podía ni quería admitir.
Cada vez que veía a la pareja feliz, el dolor y la confusión en su interior
crecían, y la distancia que había puesto entre ellos parecía la única forma de
protegerse, aunque eso significara perder lo que sea que alguna vez tuvo
con Cristian.
18
Cristian llegó a la casa de Víctor sin avisar. Lisbeth estaba en el cumpleaños
de su prima, y el día se le estaba haciendo interminable. Había pasado casi
un mes desde la última vez que había hablado con Víctor, ya que este se
cambió de lugar en el salón y parece que lo trataba de evitar. La distancia
entre ellos comenzaba a incomodar a Cris. Él quería saber cómo estaba su
amigo, y quizá, con suerte, revivir la camaradería que solían compartir.
Tocó el timbre, y después de un minuto, la puerta se abrió. Víctor apareció
en el umbral, pero su expresión era fría, casi indiferente.
—Hey, Víctor —saludó Cristian—. Pensé en pasar a verte, ha pasado un
tiempo.
Víctor asintió, pero su rostro no mostró ninguna emoción.
—Sí, pasa —dejó la puerta abierta para que Cristian entrara.
Cristian notó inmediatamente el ambiente tenso. La casa estaba en silencio.
Víctor caminó hacia la sala sin siquiera mirarlo, y Cristian lo siguió,
sintiendo que algo andaba mal. Se sentaron en el sofá, pero la conversación
no fluía. Víctor estaba haciendo un esfuerzo consciente por no ser grosero,
pero tampoco tenía interés en responder.
—¿Cómo has estado?
—Bien —respondió Víctor, sin más, mirando a otro lado.
Cristian frunció el ceño, sintiendo cómo la frustración comenzaba a crecer
en su interior.
—¿Pasa algo, Víctor? Te noto distante.
—No, nada —contestó Víctor, pero su tono era cortante.
Cristian no soportó ese comportamiento, así que se levantó del sofá,
suspirando profundamente, intentando no dejar que su molestia tomara el
control.
—Sabes, no entiendo qué te pasa, pero está claro que no quieres hablarme.
Cuando estés listo para decirme qué te sucede, sabes en dónde encontrarme.
Somos amigos, Víc, recuerda eso.
Víctor no respondió, solo lo miró con una expresión lánguida.
Cristian se dirigió a la puerta, sintiéndose más molesto de lo que había
esperado.
—Nos vemos, Víctor —dijo, abriendo la puerta para salir.
—Nos vemos —respondió Víc en un susurro. Cristian no lo escuchó.
Víctor se quedó en silencio en la sala, mirando el pasillo por donde Cristian
se había ido. Cerró los ojos e inhaló profundamente. El aroma de Cris
seguía ahí. Las estrellas, los arcoíris y las nubes olían a lo mismo: fantasía y
anhelo.
La sensación de pérdida lo asfixiaba, pero no podía evitarlo.
Por primera vez en su vida, se había enamorado.
Y la culpa lo marchitaba.
19
Cristian llegó a casa de Ian, tocando a la puerta con cierta ansiedad. Ian lo
recibió con una sonrisa relajada, aunque Cristian notó un pequeño rastro de
cansancio en sus ojos.
Después de entrar en la habitación de Ian, Cristian se sentó en la cama y no
tardó en contarle a Ian lo que sucedía con Víctor.
—No lo entiendo —dijo Cristian—, desde hace días actúa raro, y no sé qué
hacer. Es mi amigo, el primero con el que hablé cuando llegué al instituto.
Realmente lo quiero. Pero… simplemente no sé qué le pasa.
Ian lo escuchaba con atención, aunque no tenía una respuesta clara.
—No tengo idea, Cris. A veces, las personas cambian, los amigos se
separan. Es triste, pero esas cosas pasan —dijo, con tono comprensivo.
Cristian asintió, resignado y decepcionado.
—Tal vez tienes razón —suspiró, dejando que el tema se desvaneciera en el
aire.
—¿Y cómo van las cosas con Lis? —inquirió, sonriendo.
Cristian le devolvió la sonrisa.
—Todo bien. Es linda y siempre me hace reír. ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo vas
con Caila?
Ian se acomodó en la cama, pensativo.
—Bien… la semana pasada cumplimos seis años juntos —dijo, lo que hizo
que Cristian se sorprendiera.
—¿Seis años? ¡Joder! ¿Son novios desde niños?
Ian asintió, con una pequeña risa.
—Sí. Pero… —hizo una pausa—, a veces, aunque me siento culpable por
pensarlo, me aburre un poco. No sé si es normal.
—Te entiendo, aunque apenas llevo un mes con Lis, a veces siento que... no
sé, los primeros días eran emocionantes, pero ahora es como si... no lo sé,
es raro. Pero como amiga, es increíble. Como dije, es divertida.
—Quizá estás buscando otra cosa. Tal vez los dos estamos buscando lo
mismo.
Cristian lo miró fijamente, sintiendo una tensión extraña.
Ian tenía los brazos fuertes y sus ojos de un tono miel le parecían exóticos.
––¿A qué te refieres? ––preguntó Cristian.
Y sin darse cuenta, ambos comenzaron a acercarse lentamente. La respuesta
estaba implícita en el suave movimiento de sus cuerpos.
Sus labios se encontraron en un beso rápido, un simple roce que los hizo
reír nerviosamente.
—Tranquilo —dijo Ian, con una sonrisa reconfortante—. No pasa nada, fue
solo un beso. Todo sigue igual.
Cristian asintió, aunque aún sentía la adrenalina recorriendo su pecho.
Suspiraba entrecortadamente como si hubiera corrido en una maratón y se
hubiese detenido abruptamente.
—Sí… tienes razón. No es como si nos gustáramos o algo así. Puf… eso es
tonto, ¿verdad? Además, ambos tenemos novia, eso sería…
Antes de que Cristian pudiera terminar la frase, Ian lo tomó del hombro,
acercándolo para un beso más profundo. Esta vez, Cristian sintió una
chispa. Que lo hacía cuestionar todo lo que creía saber sobre sí mismo.
20
Cristian e Ian están acostados en la cama. El aire acondicionado llenaba el
ambiente de un frío artificial, pero sus cuerpos permanecen cálidos por la
cercanía. Lo único que cubre su desnudez es la sabana corrida hacia la
cintura de ambos. Ian tiene su brazo alrededor del cuello de Cris; mientras
Cris está acurrucado en el pecho de Ian, rozando suavemente su abdomen
con los dedos, admirando su musculatura.
—Fue increíble —suspira Ian.
—Sí, lo fue —responde Cristian con una sonrisa cómplice.
—No había sentido algo así desde hace... nunca —añade Ian, reflexionando
en voz alta.
—La verdad, me dolió un poco, pero estoy seguro de que lo volvería a
hacer —comenta Cristian, con una risa pecaminosa.
—Claro que sí, podemos hacerlo cuantas veces quieras. Será nuestro
secreto —responde Ian con un guiño.
Cristian, recordando algo, dice:
—Hablando de secretos... quiero enseñarte algo.
Se levanta de la cama y camina hacia su pantalón. Lo levanta del suelo y
saca su teléfono del bolsillo y regresa a la cama, incorporándose al lado de
Ian. Le muestra unas fotografías que Lisbeth le había tomado, donde
Cristian está vestido con varias prendas de ropa femenina.
En la primera foto, Cristian lleva un delicado vestido rojo de encaje negro
que se ajusta a su figura, resaltando sus curvas de una manera sutil; sus ojos
con un ligero delineado, sombras ahumadas de un rosa y fucsia pálido
difuminadas en sus parpados, y labios rojos con un brillo provocador. La
pose es sensual, con una mano en la cadera y la otra jugando con un
mechón de su cabello rebelde; Cristian parece toda una mujer.
La segunda imagen muestra a Cristian con un conjunto de lencería. Está de
espaldas, apoyado contra un armario, con una pierna ligeramente levantada
y viendo hacia atrás, con una mirada coqueta e inocencia. El top corto de
encaje negro estaba delicadamente ajustado a su pecho. Traía medias negras
de encaje que subían hasta medio muslo, sujetadas por ligas. Sus caderas
eran adornadas por una fina tanga negra. El encaje suave se asentaba en la
línea entre sus nalgas, desapareciendo en la voluptuosidad; la delgada
prenda era absorbida por la plenitud de sus curvas. El rubor acentúa sus
pómulos y un toque de iluminador realza su piel. Su cabello está
ligeramente despeinado.
Ian se queda sin palabras al ver las imágenes, su mirada recorre cada
detalle.
—Nunca había visto algo tan hermoso… —admite Ian––. Es que... no sé ni
qué pensar. Se te ve increíble. Puta madre.
Cristian sonríe y le dice:
—Me gusta usar esa ropa, las medias, el maquillaje... Es divertido y me
hace sentir libre...
Ian sigue observando las fotos.
—¿Y si...? —empieza a decir Ian, dejando que la idea se forme en su mente
mientras sigue mirando las fotos, con un destello de complicidad brillando
en sus ojos.
21
El plan de Ian era sencillo, pero emocionante para ambos. Viajarían en la
motocicleta de Ian a Okerke, la ciudad vecina, a una hora y media de
distancia, donde Cristian podría vestirse libremente como chica sin temor a
ser reconocido. Era una oportunidad para explorar un aspecto de su belleza
que siempre había estado insinuándose. Ian lo apoyó en todo momento,
sugiriendo que se dirigiría a él como Cristina durante todas las veces que
estuvieran en Okerke.
Al llegar a Okerke, caminaban juntos por las calles. Cristina llevaba un
vestido negro con medias a juego, botines elegantes, y un maquillaje
discreto que realzaba su belleza natural. Con cada paso, su feminidad
florecía, sus caderas se movían con gracia, como si esa parte de ella hubiese
estado esperando todo este tiempo para liberarse. Ian la miraba con
admiración, notando cada detalle, desde la forma en que el viento jugaba
con su cabello hasta la confianza que irradiaba con cada movimiento.
Después de un rato de caminar, decidieron entrar en un pequeño café en la
esquina de una calle adoquinada.
Pidieron dos cafés y se sentaron junto a una ventana, donde la conversación
fluyó con naturalidad. Hablaban del instituto, de las clases y de los
profesores. Cristina mencionó que le estaba yendo bien en las clases,
mientras que Ian admitió que estaba teniendo problemas con matemáticas.
Cristina, con una sonrisa y poniendo su mano sobre la de él para mostrarle
su compromiso, le prometió que lo ayudaría a mejorar.
Más tarde, cuando el sol comenzó a ponerse, decidieron continuar su paseo.
En la noche caminaron por el parque de Okerke, donde la luna llena
iluminaba el camino y una brisa fresca hacía que Cristina se estremeciera
ligeramente. Ambos sostenían cervezas entre sus manos; Ian una de vidrio,
y Cristina una en lata, y la bebía con pajilla.
Pasaron frente a una estatua de un niño. Cristina, intrigada, le preguntó a
Ian sobre eso. Ian le explicó que, según una leyenda local, ese niño,
Eduardo Emans, había luchado contra un monstruo en ese mismo lugar
años atrás, venciéndolo y salvando la ciudad. Aunque la historia sonaba
inverosímil, Ian le comentó que a la gente le gustaba creer en esas cosas,
por ridículas que fueran. Cristina, sin darle demasiada importancia, cambió
de tema.
—Gracias, Ian —dijo, con emoción en su voz—. Gracias por ayudarme a…
descubrir esto… ¡es muy divertido!
Ian la miró y, con una sonrisa, la tomó suavemente de la cintura.
—Huyamos juntos.
Cristina no supo qué responder. Ian notó su vacilación y suavizó el tono.
—No te sientas presionada —le dijo—. Solo piénsalo. Podríamos encontrar
un lugar donde ser libres, donde no tengamos que escondernos. Y te
prometo que siempre estaré contigo, pase lo que pase.
Cristina sin decir una palabra, lo abrazó con fuerza.
22
Han pasado tres meses desde que Cristina e Ian comenzaron a escaparse los
sábados por la noche a Okerke. A veces lo hacían en días entre semana,
pero usualmente era el sábado, ya que no querían levantar sospechas.
Durante ese tiempo, hicieron de todo: visitaron ferias, bares, librerías, o
simplemente platicaron en algún restaurante. Se sentían tan bien al estar
juntos. Cristina se sentía cómoda, libre…
Una noche, se encontraban en una discoteca de Okerke. Cristina vestía de
manera provocativa, con un vestido corto ajustado que resaltaba su figura,
medias negras, tacones blancos altos, y su maquillaje exótico. La atmósfera
de la discoteca estaba llena de luces intermitentes de neón y una ligera
neblina que lo hacía todo más surrealista. Ambos estaban un poco
borrachos, pero se divertían, riendo y bailando al ritmo del reguetón que
inundaba el lugar. Era adictivo, una sensación de libertad que no querían
dejar ir.
Pero todo cambió abruptamente cuando Caila, la novia de Ian, apareció de
la nada. Su expresión era de pura incredulidad cuando lo vio. Sin mediar
palabra, empujó a Ian con fuerza, y Cristina, sorprendida, se llevó las
manos a la boca, ahogando un suspiro de sorpresa. Caila la miró con los
ojos entrecerrados, esforzándose por reconocerla entre la oscuridad y las
luces intermitentes. Al darse cuenta, la señaló, gritando con horror:
— ¡Oh, por Dios! ¡Es Cristian! No puedo creerlo...
Cris no sabía qué hacer. Estaba a punto de replicar algo, pero Caila no le dio
tiempo. Estaba tan furiosa que casi le da una bofetada, pero en el último
momento frenó y, con lágrimas en los ojos, salió corriendo del lugar.
Ian corrió detrás de ella, dejando a Cris paralizado por un momento. Al
reaccionar, también salió corriendo tras ellos, con lágrimas comenzando a
brotar.
En el estacionamiento, Caila e Ian discutían acaloradamente. Los gritos de
Caila se escuchaban por todo el lugar.
—¡Me jodiste, Ian! ¡Me engañaste con... con él! Nunca pensé que me harías
algo así... —gritaba Caila entre sollozos.
—No es lo que crees, ¡no soy gay! —gritó Ian con desesperación.
Caila soltó una risa amarga, casi sin ganas, y lo miró con ojos llenos de
dolor.
—Por favor, Ian... ¡es Cristian! ¿Desde cuándo hacen esto?
Cristian tartamudeó, tratando de intervenir.
—Solo estábamos bailando... —murmuró, pero Caila no quiso escuchar.
—¡¿Esperas que me crea eso?! ¡Ya me habían dicho que me engañabas,
pero nunca imaginé que fuera con un hombre! —Caila gritó, enfatizando la
palabra "hombre" con desprecio.
Caila se alejó de ellos y se subió al auto de una de sus amigas. Bajó la
ventana y les gritó “Maricas” al tiempo que les sacaba el dedo medio
mientras el auto desaparecía en la oscuridad de la calle.
Ian se sentó en la acera, sollozando, sin saber qué hacer ni qué decir. Se
sentía destrozado. Cris se acercó a él, intentando consolarlo, aunque
también sentía su propio corazón hecho pedazos. El delineador negro
formaba ríos oscuros alrededor de sus ojos.
23
Caila llega a la casa de Lisbeth y toca la puerta de manera insistente. La
madre de Lisbeth abre con cierto fastidio, su cabello está desordenado y
tiene la expresión de alguien a quien han despertado en un mal momento.
Eran casi las once de la noche.
—¿Qué necesitas? No es momento para visitas —dice la madre de Lisbeth
con tono frío y cortante.
—Lo sé, señora. Pero por favor, necesito hablar con Lisbeth —responde
Caila, tratando de mantener la compostura a pesar de que las lágrimas han
dejado surcos en su maquillaje.
La mujer la observa por un momento, notando que algo anda mal. Sin
embargo resuelve no entrometerse. Suspira con resignación y llama a su
hija.
Lisbeth se acerca al umbral, extrañada por la inesperada visita. Su sorpresa
se convierte en confusión al ver a una desconocida.
—Eh... ¿Te conozco? —pregunta Lisbeth, desconcertada, intentando
entender qué ocurre.
—No, no me conoces. Pero eso no importa ahora... por favor, necesito
hablar contigo —responde Caila, con urgencia en la voz, cosa que preocupa
a Lisbeth.
Ambas caminan hacia el patio. El aire de la noche es frío, y la luna ilumina
tenuemente sus rostros. Caila toma un profundo respiro.
—Lisbeth... hay algo que necesito contarte. Se trata de Cristian e Ian... —
comienza Caila, con la voz temblando con cada palabra.
Lisbeth escucha, y a medida que Caila revela la verdad sobre los encuentros
secretos en Okerke, el impacto en su rostro se evidencia.
Las imágenes de las veces en que Cristian desaparecía, con excusas vagas
pasan por su mente como un rompecabezas que ahora encaja de manera
perfectamente dolorosa. Se siente traicionada.
Las lágrimas comienzan a correr por su rostro mientras procesa la noticia.
—No puedo creerlo... —susurra Lisbeth, a pesar de que está segura de que
es verdad.
—Lo siento tanto, Lisbeth... Esos hijos de puta maricas se merecen lo peor.
Lisbeth cierra los ojos, sintiendo cómo el dolor la envuelve.
—Gracias por decírmelo... —murmura finalmente.
Caila asiente, sabiendo que no hay mucho más que pueda hacer.
Se despiden. Mientras Caila se aleja, Lisbeth permanece en el patio,
dejándose llevar por las lágrimas.
24
Cristian recostado en su cama, con el teléfono en la mano, leyendo por
enésima vez los mensajes que había recibido desde que las fotos se
filtraron. Todo estaba siendo un caos.
A su madre la llamaron del instituto para ponerla al corriente de la polémica
y ella tuvo una conversación acalorada con su hijo:
—¿Qué estabas pensando, Cristian? —le había dicho ella, su voz llena de
preocupación y reproche—. ¿Cómo pudiste permitir que alguien te tomara
esas fotos? ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que haga yo?
Cristian intentó explicarse, decirle que era algo que había hecho por
diversión, que no pensó que su novia fuera a filtrar eso en redes sociales,
pero sus palabras fueron ahogadas por la angustia de su madre.
—No importa lo que digas ahora —dijo ella con firmeza—. Tienes que
enfrentarlo. No puedes esconderte en casa. Mañana irás al instituto,
levantarás la cabeza y te enfrentarás a las consecuencias de tus actos.
Cristian nunca tuvo tantas ganas de morir.

Cristian caminaba por los pasillos del instituto con el corazón latiéndole en
la garganta. Sabía que aquel día sería difícil. Él sentía el peso de las
miradas, y la tensión se acumulaba en su pecho. No había manera de
escapar de eso.
El murmullo de las conversaciones se hizo evidente cuando él pasaba al
lado de algún grupo de chismosos. Algunos estudiantes lo observaban con
burla y desprecio…
Pero había algo más en el ambiente, algo que Cris no había anticipado.
De repente, un grupo de chicas se acercó a él.
—¡Cris! —exclamó una de ellas, casi gritando por la emoción—. ¡Deberías
dedicarte al modelaje! En serio, te veías increíble en esas fotos.
Cristian sintió el calor subiendo a sus mejillas, la vergüenza lo inundaba.
—Gracias... —respondió, con la voz baja, casi inaudible. Aún estaba
procesando lo que estaba ocurriendo.
Mientras continuaba su camino, las reacciones a su alrededor seguían
siendo mixtas. Algunos estudiantes lo miraban con desdén, susurrando
insultos que intentaba ignorar, pero estos se veían contrarrestados por
comentarios inesperadamente positivos.
—Me encanta tu estilo —le dijo alguien al pasar, con una sonrisa sincera.
De repente, otra chica se le acercó.
—Te envidio tanto... —dijo, con un suspiro—. Quisiera tener un culo como
el tuyo…
Cristian, completamente ruborizado, solo pudo sonreír tímidamente, sin
saber cómo responder. No esperaba que algo tan personal y vulnerable se
convirtiera en el centro de atención.
Aun así, por dentro, muy en el fondo, estaba disfrutando de la validación.
25
“Hermanos y hermanas en la fe, qué gran noche es esta para estar
agradecidos con nuestro Dios. Recordemos que la generosidad es un acto de
amor hacia nuestro Creador. Apoyar la obra de la iglesia y el llamado del
pastor nos permite construir un camino de paz y unidad con Dios. A través
de nuestras ofrendas, sembramos las semillas del amor y la compasión en el
mundo, siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Juntos, podemos
continuar extendiendo Su mensaje de esperanza y salvación. ¡Que la
generosidad sea nuestra guía en este camino de fe! Dios no escatimó a la
hora de traerte al mundo, Jesús no escatimó a la hora de sacrificarse para
que nacieras sin pecado, ¡entonces tú no escatimes a la hora de ofrendarle a
Dios!”
Adolfo y su madre miraban la televisión con enormes sonrisas dibujadas en
sus rostros, pues su padre estaba allí. Lester Cardona, dirigente de la iglesia
más grande de todo el país, "El Parlamento Divino", estaba predicando en
su programa de televisión, que se transmitía por el canal nacional los lunes,
miércoles, jueves y domingos.
Lester no había nacido en el seno de una familia religiosa ni acomodada.
Hijo único de una pareja de drogadictos, su infancia estuvo marcada por la
pobreza extrema y el abandono. Sus padres, si hubieran tenido la
oportunidad, lo habrían cambiado por una caja de cervezas, y con la
suficiente desesperación, hasta por media.
A los seis años, Lester ya sabía fumar; a los ocho, disparar; y a los diez,
conocía lo suficiente de química para cocinar cocaína. Era solo cuestión de
tiempo para que lo mataran en las calles, y si eso hubiera sucedido, sus
padres se habrían sentido agradecidos. A los trece años, Lester abandonó su
hogar, armado con el conocimiento de cómo hacer y vender drogas, cómo
usar armas, y con un desdén por sus padres que igualaba al que ellos sentían
por él.
Curiosamente, a pesar de haber crecido rodeado de sustancias adictivas,
Lester no sentía ninguna necesidad por ellas. Su único vicio, si podía
llamarse así, eran las mujeres. Durante su adolescencia, tuvo muchas
novias, no por ser guapo, sino por su habilidad verbal. Sabía seducir con
palabras.
Este don, que más tarde le traería una enorme fortuna, también le trajo
problemas. A los dieciséis años, había dejado embarazadas a diez
muchachas. Su juego peligroso lo llevó a ser delatado, y cuando supo que la
policía venía por él, planeó su huida. Pero las cosas no salieron como
esperaba. Cuando intentaba trasladar sus pertenencias más valiosas, la
policía llegó. En un acto desesperado, Lester trató de abrirse paso a balazos.
Pero antes de poder disparar, fue abatido. Milagrosamente, sobrevivió, pero
quedó gravemente herido.
Las balas dañaron su pelvis, su fémur, y una rozó su cráneo, causándole una
contusión cerebral. Debido a su edad, no fue enviado a una cárcel de
adultos, pero su condena fue aún más cruel: pasó diez años en un hospital,
soportando una rehabilitación que lo hizo experimentar todas las formas
posibles de dolor físico y mental.
El cuerpo de Lester se sentía como un saco lleno de piedras y latas, cada día
más pesado, cada día con menos ganas de cargarlo. Pero en su agonía,
encontró consuelo en algo inesperado: las historias.
Alfonso, un anciano que rondaba los setenta años, llegó al hospital como
parte de una campaña eclesiástica. Alfonso quedó fascinado por la historia
de Lester. Un joven que había salido de la pobreza, creado riqueza
rápidamente y sobrevivido a una ofensiva policial que habría matado a
cualquiera. Para Alfonso, estaba claro que a ese joven le quedaba mucho
por lo que vivir.
Alfonso empezó a visitar a Lester regularmente, leyéndole la Biblia y
compartiendo historias sobre la gracia de Dios. Al principio, Lester le pidió
que se callara. Pero algo en las palabras del anciano resonó en él. Alfonso le
habló de las guerras, de las luchas en el nombre de Dios, y poco a poco,
Lester comenzó a ver a los cristianos no como débiles, sino como guerreros.
La influencia de Alfonso y la nueva visión de la religión dieron un
propósito renovado a Lester, motivándolo a mejorar, a caminar de nuevo.
La primera vez que Lester asistió a la iglesia de Alfonso, coincidió con la
emisión inaugural del programa de televisión. Aunque el lugar y la
producción eran humildes, el pastor Romeo Garnica era carismático y
apasionado. Cuando Lester, en su silla de ruedas, se acercó al podio, Romeo
lo invitó a subir. Ante la mirada de todos, le pidió a Lester que se levantara
de la silla. Con un esfuerzo monumental, Lester lo hizo, y el milagro fue
presenciado por todos los presentes y miles de televidentes.
El programa fue un éxito, resonando en todo el país y más allá. Romeo vio
el potencial de Lester y le ofreció continuar su tratamiento en un hospital
privado a cambio de que contara su historia en el programa. Con el tiempo,
Lester se recuperó completamente y comenzó a trabajar junto con Romeo
en la iglesia. Mientras tanto, las responsabilidades como padre de muchos
hijos le recordaban constantemente su pasado.
Cinco años después, con una iglesia en expansión y un programa
consolidado, la vida era buena. Pero Romeo quería más. Sabía que había
demasiada "competencia" en las iglesias vecinas y deseaba unificar la
palabra de Dios bajo un solo techo: el suyo. Cuando sus intentos de unir a
los otros pastores fracasaron, Lester sugirió una solución más drástica:
desestabilizar las otras iglesias para que tuvieran una razón para unirse.
Al principio, Romeo dudó, pero luego comprendió que a veces, el conflicto
es necesario para alcanzar la unidad. Con la ayuda de Lester y su equipo,
causaron caos en doce iglesias vecinas, y cuando el miedo y la confusión se
apoderaron de los feligreses, Romeo hizo un nuevo llamado a la unidad.
Esta vez, tuvo éxito, y así nació "El Parlamento Divino", la iglesia más
grande del país, y la única existente en Onei.
Con el tiempo, Romeo envejeció y pasó el liderazgo a su fiel ayudante,
Lester. Y así, el carismático y peligroso Lester Cardona se hizo con el
control de la iglesia y del pensamiento de su ciudad, consolidando su poder
en nombre de Dios.
26
Adolfo era el hijo de Lester que más se le parecía. Era un chico sumamente
astuto, capaz de trasladar las estrategias de su padre a su entorno juvenil.
Los maestros lo respetaban (y aunque ninguno lo admitiera, algunos le
temían por conocer bien a su padre), tanto que jamás se les ocurriría
reprobarlo. Sus respuestas en los exámenes siempre eran analizadas con
más “flexibilidad” que las del resto. Adolfo solía juntarse con los más
destacados en las clases, deportes y vida social. Aunque, en honor a la
verdad, muchos de sus “amigos” no le caían bien, pero de su padre aprendió
que nunca hay que demostrar lo que uno siente realmente. Las emociones,
para Adolfo, eran algo sin relación alguna con los procesos racionales. Y él
prefería ser lógico.
Sin embargo, su mente estaba inquieta desde que había visto esas fotos de
Cristian, el chico que, hasta ese momento, no sabía que existía. Ni siquiera
sabía que iban al mismo instituto hasta que esas imágenes empezaron a
circular junto con una gran polémica. Había algo en Cristian que lo
inquietaba profundamente. Después de días de darle vueltas al asunto,
Adolfo decidió actuar. Tenía que entender qué era lo que le hacía sentirse
así, y pensó que la mejor manera de hacerlo era acercarse a Cristian.
Al final de la jornada escolar, vio a Cristian solo en el pasillo.
Aprovechando la oportunidad, se acercó.
—Hola... soy Adolfo —dijo, esforzándose por mantener su voz firme.
Cristian levantó la mirada, no parecía interesado.
—¿Te conozco? —respondió Cristian.
Adolfo tragó saliva y continuó, intentando sonar seguro de sí mismo.
—No, no nos conocemos, pero... bueno, pensé que tal vez te interesaría...
Soy hijo de Lester Cardona, estoy seguro que has oído hablar de él. Mi
padre es pastor en la iglesia El Parlamento Divino y tenemos un programa
de televisión... —hizo una pausa, esperando alguna reacción de parte de
Cristian, pero solo recibió un levantamiento de ceja—. Nunca te he visto
por allá, y pensé que quizás podrías estar interesado en asistir alguna vez.
Podría serte útil... ya sabes, un lugar donde puedas encontrar paz.
—¿La iglesia? —repitió Cristian, como si no pudiera creer lo que estaba
escuchando—. ¿Me estás hablando en serio? —Su tono era cortante.
Adolfo intentó seguir con su oferta, aunque sabía que las palabras salían
como un balbuceo.
—Sí, claro... y si te interesa, podríamos... no sé... salir a charlar un rato,
después de la iglesia, o cualquier otro día... hacer… lo que tú quieras… —
dijo Adolfo, dándose cuenta de inmediato de lo que acababa de decir. Las
palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, y se
sorprendió a sí mismo al darse cuenta de la implicación de su oferta.
—¿Salir a charlar? —Cristian soltó una risa sarcástica—. ¿Con el hijo de un
pastor? Qué chiste. Escucha, no necesito tus sermones, ni tus invitaciones,
ni mucho menos tu compañía. Hazme un favor y mantente alejado de mí.
Adolfo nunca había sido rechazado de una manera tan directa y humillante.
Se quedó allí, petrificado, mientras Cristian se daba la vuelta y se alejaba.
Esa noche, Adolfo se arrodilló junto a su cama y su biblia abierta frente a
él. Las palabras de Cristian seguían en su mente. Con las manos juntas y la
cabeza inclinada, oró.
—Señor —murmuró con voz temblorosa—, ¿por qué existe alguien como
él, capaz de tentar incluso a los más puros? Su mera existencia es una
prueba, una trampa del diablo en la que lamentablemente caí, pues es
efectiva y sutil, capaz de desviar a los justos de tu camino. Te ruego que lo
alejes de mi mente, que no permitas que su presencia contamine mi espíritu.
Mientras susurraba estas palabras, una fría inquietud creció en su interior.
No podía permitir que alguien como Cristian continuara existiendo,
tentando y corrompiendo a quienes lo rodeaban. Concluyó que alguien con
las virtudes del diablo no debería tener espacio en la sociedad. Adolfo se
encargaría de que Cristian no continuara esparciendo su influencia
perniciosa.
Porque su pecado más grande.
Fue rechazarlo.
SEGUNDA PARTE: UN
BARCO EN EL OCEANO
27
Alan García y Elena Mendoza, habían dedicado gran parte de sus vidas a
proyectos cinematográficos que, hasta ahora, habían sido infructuosos. Sin
embargo, la esperanza de alcanzar el éxito seguía viva. Después de años de
ahorrar y planificar, finalmente estaban financiando la filmación de un
documental independiente que esperaban que alguna cadena de televisión
comprara. El documental llevaría por título "¿Quién es Daniel Lucien?",
y se centraría en un acontecimiento caótico que sacudió la ciudad de Sacre:
el asesinato de una maestra y un estudiante a manos de un joven llamado
Daniel Lucien, quien luego se quitó la vida frente al resto de sus
compañeros.
Elena llevaba una linterna en una mano y un micrófono en la otra, mientras
Alan ajustaba la cámara y comenzaba a grabar. Ambos se encontraban
frente a la entrada de la escuela abandonada, un lugar que había sido
clausurado tras la tragedia. El tiempo no había sido amable con el edificio,
pero no estaba tan deteriorado como cabría esperar después de cinco o seis
años de abandono.
—Aquí estamos, en el instituto donde se produjo la tragedia que cambió
para siempre la vida de esta pequeña ciudad —comenzó Elena, con una voz
grave y solemne, mientras Alan enfocaba la cámara en su rostro—. Daniel
Lucien, un nombre que aún resuena en la memoria de los habitantes de
Sacre, perpetró un acto que nadie ha podido olvidar. ¿Qué lo llevó a
cometer tal atrocidad? Eso es lo que intentaremos descubrir en este
documental.
Elena dirigió la luz de la linterna hacia la entrada principal y ambos
avanzaron con pasos cautelosos. El eco de sus pasos resonaba en los
pasillos vacíos, y el aire estaba impregnado de una humedad fría y densa
que hacía que el ambiente se sintiera opresivo. Mientras avanzaban, la
cámara de Alan capturaba cada rincón, cada detalle.
—Este lugar tiene una vibra extraña —murmuró Elena, mirando a su
alrededor con un escalofrío recorriéndole la espalda—. Es como si el
tiempo se hubiera detenido aquí... siento… siento una presencia. Es extraño
de explicar.
—O tal vez son solo ratas —bromeó Alan con una sonrisa torcida, tratando
de aliviar la tensión. Elena dio un respingo y lo fulminó con la mirada.
—No es gracioso, Ed —dijo ella, intentando mantener la compostura, pero
no pudo evitar una risa nerviosa.
Continuaron su recorrido hasta llegar al aula donde se produjo el suceso. La
puerta estaba entreabierta, y Elena la empujó suavemente para abrirla por
completo. El salón estaba en un estado de desorden total. Los pupitres
estaban volcados, algunos con los libros aún esparcidos sobre ellos, como si
nadie hubiera vuelto a entrar allí desde el día del incidente.
—Este es el lugar donde Daniel Lucien... —Elena hizo una pausa, tragando
saliva mientras sentía un nudo formarse en su garganta— ...donde todo
sucedió. Aquí, en este salón, una maestra y un estudiante perdieron la vida,
y Daniel... Daniel decidió seguir el mismo destino.
Alan dirigió la cámara hacia el suelo, donde aún se podía ver una mancha
oscura en las baldosas. La sangre que alguna vez estuvo fresca y roja ahora
era solo una sombra del horror que había ocurrido.
—Aún hay rastros de sangre... —comentó Elena, con voz temblando
levemente—. Esto... esto es de la maestra que murió aquí. Nadie volvió a
este lugar después de aquel día.
Alan, tratando de romper la tensión, hizo una broma sobre las "huellas
fantasmales" que se habían formado en el suelo, por el polvo, y Elena saltó,
asustada.
—¡Basta, Alan! —le reprendió, pero su voz revelaba que la tensión estaba
comenzando a afectarla.
El objetivo del documental era claro: explorar la mente de Daniel Lucien,
entender quién era y por qué había tomado esas terribles decisiones. Pero en
ese momento, mientras se encontraban en el mismo lugar donde había
ocurrido la tragedia, la magnitud de su tarea se hizo evidente.
—Este es solo el comienzo —dijo Elena, mirando a la cámara—.
Intentaremos descubrir la verdad, y al final de este viaje, esperamos poder
responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿Quién es Daniel Lucien?
La cámara de Alan capturó el último plano del salón antes de que ambos
salieran del lugar, dejando atrás el aura de desolación que parecía haberse
apoderado de cada rincón de ese instituto abandonado.
28
Las entrevistas eran parte crucial de la narrativa, un intento por desentrañar
la personalidad de Daniel y las circunstancias que lo llevaron a cometer
actos tan extremos. La cámara nunca enfocaba el rostro de Elena, quien se
mantenía detrás de las preguntas. Su voz guiaba a los entrevistados a través
de sus recuerdos.
Luis, un joven alto y delgado con una mirada perdida, se sentó frente a la
cámara, sus dedos jugaban nerviosamente con un mechón de su cabello.
—Luis, ¿cuál era tu relación con Daniel Lucien? —preguntó Elena
suavemente.
—Eh… no lo conocía muy bien, la verdad. Cruzamos pocas palabras en
clase. Daniel era un tipo callado, no se metía con nadie, siempre estaba en
su mundo. A veces veía que dibujaba en su cuaderno. Nunca pensé que
haría algo… tan radical. No parecía esa clase de persona, de verdad.
—¿Te daba alguna impresión en particular? ¿Algo que recuerdes? —insistió
Elena.
Luis sacudió la cabeza lentamente.
—No mucho… Recuerdo que una vez, en un examen de matemática, él
sacó un diez de diez y yo un cero de diez. Era bueno, muy bueno. Lo
felicité, pero solo me miró y se encogió de hombros —Luis bajó la mirada
—. No sé, tal vez si alguien hubiera hablado más con él…
María Fernanda, una chica de rostro amigable y grandes ojos marrones,
ajustaba la montura de sus anteojos mientras se sentaba en el sofá.
—María, ¿qué nos puedes decir sobre Daniel Lucien? —preguntó Elena.
—Bueno… Daniel era un buen chico. Algo raro, sí, pero siempre fue
respetuoso —María hizo una pausa, como si estuviera eligiendo
cuidadosamente sus palabras—. Nunca lo vi meterse en problemas, y eso
era raro, porque en nuestra clase siempre había líos. Él solo se apartaba,
como si no quisiera ser parte de eso.
—¿Alguna vez hablaste con él sobre algo personal? —preguntó Elena.
—No… —admitió María, mordiéndose el labio—. Aunque una vez, le
pregunté por qué siempre estaba solo. Me dijo que prefería estar así, que la
gente lo cansaba. Me sorprendió, porque yo pensaba que solo era tímido.
Pero tal vez había algo más...
Raúl Santos, un joven de complexión robusta, con una expresión seria, se
acomodó en su asiento antes de responder.
—Raúl, ¿cómo describirías a Daniel? —inició Elena.
—Bueno, él… —Raúl respiró hondo—. Era tranquilo, como ya han dicho.
Recuerdo que en educación física siempre se quedaba al margen. Los otros
chicos lo veían como raro, pero a mí no me parecía mala persona. Una vez
intenté incluirlo en un juego, pero se negó, dijo que no le gustaba el
deporte. Pensé que era porque le costaba encajar, pero ahora… quién sabe.
Creo que yo no le caía bien. Y a decir verdad, a mí tampoco me agradaba.
Él tenía una vibra extraña.
Raúl se quedó en silencio por un momento.
—Nunca imaginé que fuera capaz de algo así. A veces pienso si podíamos
haber hecho algo para ayudarlo…
La última en hablar fue Laura Méndez, una joven de cabello oscuro y largo,
que no pudo contener las lágrimas al sentarse frente a la cámara. Sus manos
temblaban mientras se limpiaba las lágrimas con un pañuelo.
—Laura, ¿podrías contarnos sobre tu relación con Daniel? —preguntó
Elena con suavidad.
—Dani… Dani era mi amigo. —Laura rompió a llorar antes de poder
continuar—. No entiendo cómo nadie lo vio… cómo nadie lo ayudó.
Alejandro… Alejandro se lo merecía. ¡No me importa lo que digan! Él
siempre molestaba a Dani, lo hacía sentir mal todos los días.
Elena guardó silencio, permitiendo que Laura continuara.
—Alejandro no solo lo insultaba… lo golpeaba también. Y no solo él, sino
que hacía que los demás también lo hicieran. Dani ni siquiera tomó
represalias con los otros, sabía que ellos solo seguían a Alejandro. —Laura
apretó el pañuelo en sus manos—. La maestra… la maestra nunca hizo
nada, aunque Dani se quejó mil veces. ¡Mil veces! Pero ella… ella lo
ignoró.
La cámara enfocó el rostro de Laura, mientras ella trataba de recomponerse.
—Él no quería hacerle daño a nadie más… solo quería que todo se
detuviera. Alejandro molestaba a otros chicos, de grados menores
regularmente, Dani… él los salvó y es algo que nadie nunca ha reconocido.
En cada entrevista, las palabras de los compañeros de Daniel se
complementaban con recreaciones dramáticas, representadas por actores
que mostraban a Daniel en su vida diaria en el instituto.
Después de las entrevistas, la escena cambió abruptamente. El enfoque de la
cámara se trasladó a la casa abandonada de Daniel Lucien, un lugar que,
aunque ya no tenía vida, emanaba una sensación de opresión y melancolía.
Las ventanas empañadas, la puerta corroída, el jardín desbordado de
maleza… todo en esa casa contaba una historia triste.
—El bullying… una palabra que escuchamos a menudo, pero cuyo
significado real solo entendemos cuando vemos las consecuencias y es
tarde, muy tarde —La voz de Elena resonó en el aire, mientras la cámara
exploraba la casa por fuera—. Daniel Lucien fue blanco de una crueldad
que lo llevó a tomar medidas extremas.
La cámara mostró planos de las paredes del cuarto de Daniel, donde aún
colgaban algunos carteles viejos y fotografías enmarcadas.
—¿Qué pasó con los Lucien después del incidente? —dijo Elena, dejando
la pregunta en el aire.
La cámara se detuvo en una fotografía en blanco y negro de Daniel y su
familia, antes de que la pantalla se desvaneciera a negro.
29
La escena comienza con Elena en un ambiente más formal, frente a una
mesa llena de objetos que pertenecieron a Daniel Lucien. La cámara hace
un barrido lento, mostrando en detalle las pertenencias antes de que la voz
de Elena comience a narrar.
—Entre las pertenencias de Daniel Lucien, se encontraron varias pruebas
que nos permiten entender mejor lo que pudo haber pasado por su mente en
los días previos a la tragedia. Lo más impactante fue el arma que utilizó,
una pistola registrada legalmente a nombre de su hermano mayor. Según las
investigaciones, no hay manera de saber si su hermano sospechara que
Daniel la había tomado.
La cámara se desplaza hacia una oficina policial, donde un agente de
aspecto serio está sentado detrás de su escritorio. En la placa de su
escritorio se puede leer: "Subteniente Pedro Samsa".
—Es difícil entender qué llevó a Daniel Lucien a cometer esos actos.
Nuestra hipótesis es que planeó todo con antelación. Este no fue un acto
impulsivo. Daniel tenía acceso al arma de su hermano, y según los registros,
fue cuidadoso en no levantar sospechas antes del incidente. Todo parece
indicar que, en su mente, este acto estaba justificado.
La cámara vuelve a centrarse en Elena, que ahora sostiene un cuaderno
viejo y desgastado.
—Entre sus pertenencias, también se encontró este cuaderno que Daniel
usaba como diario. La primera página abre con una frase inquietante:
"Nunca dejes que el miedo te robe la libertad ni las ganas de vivir." A
medida que avanzamos en sus páginas, encontramos una serie de poemas,
algunos oscuros, otros que muestran un destello de esperanza. Pero lo más
perturbador se encuentra en las últimas páginas.
Elena pasa las páginas del cuaderno con cuidado, y la cámara se acerca para
mostrar las letras escritas a mano, junto con dibujos que Daniel había
hecho.
—Daniel describe a un ser al que llamaba "Dios". Según sus propias
palabras, este ser era una sombra que un día se le apareció y desde entonces
mantuvo contacto con él. Daniel creía que este Dios podía tomar cualquier
forma y que tenía un interés especial en él. Esta entidad, según Daniel, era
divertida y lo guiaba en muchos aspectos de su vida. Lo que más llama la
atención es cómo Dios lo aconsejaba sobre el plan que finalmente ejecutó.
La cámara enfoca en los dibujos de armas, cuchillos y otros objetos que
Daniel había trazado en las páginas del cuaderno.
—En las últimas páginas, Daniel detalla cómo Dios lo guio para encontrar
el arma que usó en el ataque. Hay referencias constantes a la necesidad de
"desatar el caos" y a cómo este Dios lo apoyaba en cada decisión. Los
dibujos son perturbadores, hechos con rayones y trazos gruesos, muestran
escenas en las que Daniel estaba armado y disparaba a alguien, siempre
acompañado de la figura de una sombra sonriente detrás de él.
La escena se oscurece, y la recreación animada comienza. La pantalla
muestra una figura sombría que toma diferentes formas mientras una risa
distorsionada suena de fondo. La sombra se mueve de manera inquietante,
con su sonrisa amplificándose a medida que interactúa con un Daniel joven
y confundido.
—¿Qué fue lo que Daniel Lucien realmente vio? ¿Fue todo esto producto
de una mente perturbada, o hay algo más que aún no comprendemos?
La risa resuena nuevamente, y la pantalla se desvanece en negro, dejando la
pregunta final en el aire.
—¿Quién es realmente este "Dios" en la vida de Daniel Lucien?
La pantalla muestra el título del documental antes de apagarse.
30
La escena abre con una vista panorámica de una casa modesta en un barrio
tranquilo. La cámara se acerca lentamente, mostrando un cartel con el
nombre "Familia Morales" en la puerta. Es la casa de los padres de
Alejandro, uno de los estudiantes que fue asesinado por Daniel Lucien. La
cámara entra en la sala de estar, donde los padres de Alejandro, Marina y
Rafael Morales están sentados en un sofá, con rostros tensos y expresiones
de dolor contenida.
—Gracias por recibirme ––dice Elena fuera de cámara––. Sé que este es un
tema difícil, pero quiero hablar con ustedes sobre Daniel Lucien y su
relación con su hijo, Alejandro.
—No hay nada que hablar ––dice Marina, molesta–– Ese Daniel era un
demonio, eso es todo. No entiendo por qué la gente sigue intentando
justificar lo que hizo. Mi hijo era un buen chico, y ese... ese degenerado lo
mató…
––Todo lo que se dice sobre Alejandro es mentira ––dice el padre,
asintiendo enojado––. Daniel era un drogadicto, y todo el mundo lo sabía.
Los profesores en ese instituto lo permitieron, dejaron que mi hijo estuviera
en el mismo lugar que ese delincuente. Nuestra única culpa fue confiar en
ese maldito instituto.
Elena permanece en silencio por un momento, luego decide preguntar
directamente.
—Algunos compañeros de su hijo han mencionado que Alejandro a veces
se comportaba de manera... problemática. ¿Tienen algo que decir al
respecto?
—Eso es una calumnia ––dice la madre con los ojos llenos de lágrimas,
pero con la voz firme––. Alejandro era un buen muchacho. Sí, tenía su
carácter, pero ¿qué adolescente no lo tiene? Ese Daniel simplemente era
tipo raro con trastornos mentales. Le doy gracias a Dios que ese lugar haya
cerrado. Ningún joven merece estar en un instituto tan horrible.
La cámara hace un paneo de la sala mientras Marina sigue hablando, y
luego corta a Elena en un estudio, con un fondo oscuro y serio. Ella aparece
en cámara, con expresión grave, lista para narrar la siguiente parte del
documental.
—La historia de Daniel Lucien no solo afectó a la comunidad escolar, sino
también a su propia familia. Daniel vivía con su hermano mayor, su esposa,
y su sobrino, Cristen. Tras el incidente, la familia de Daniel también
desapareció bajo circunstancias misteriosas.
Elena toma una carpeta con documentos y los muestra a la cámara mientras
continúa.
—El hermano de Daniel era un médico conocido en la ciudad, pero
desapareció un día sin dejar rastro al poco tiempo del suceso. Las
investigaciones sugieren que podría haberse suicidado en otro país, pero
esto nunca se ha confirmado. Lo que sí es claro es que su consultorio dejó
de recibir pacientes y nunca se volvió a saber de él. Su esposa y su hijo,
Cristen, también desaparecieron poco después. Hay rumores de que fueron
vistos en otras ciudades, bajo diferentes identidades, posiblemente tras
haberse sometido a operaciones estéticas para evitar ser reconocidos. Pero,
al igual que muchas otras partes de esta historia, todo son solo
especulaciones.
—Esta historia no ha terminado ––dice Elena mirando directamente a la
cámara––. Aún quedan muchas preguntas sin respuesta. ¿Qué sucedió
realmente con la familia Lucien? ¿Por qué desaparecieron? ¿Dónde están
ahora? Mientras estas preguntas sigan sin respuesta, esta historia seguirá
viva, esperando ser resuelta.
La pantalla se oscurece lentamente mientras aparece en letras blancas la
pregunta final del episodio.
—¿Qué habrá sido de ellos? ––dice Elena.
El documental concluye con un fundido en negro, seguido de los créditos.
TERCERA PARTE: EL
AMANECER DE LOS
AGRACIADOS
31
Elena y Alan están en la mesa de la cocina, sus rostros reflejan el peso del
fracaso. El ambiente estaba impregnado de una mezcla de decepción y
resignación. Frente a ellos, las tazas de café ya se habían enfriado,
olvidadas en medio de la conversación que giraba en torno a su documental,
en el que habían invertido sus ahorros, pero lamentablemente no había
logrado el impacto que esperaban.
—Nadie lo quiere emitir, Ed —dijo Elena, con la voz cargada de frustración
—. Subí el primer capítulo en YouTube, pero las visitas apenas superan las
pocas docenas.
Alan asintió en silencio, sin dejar de mirar su taza. Sabía que todo el
sacrificio había sido en vano, que el tiempo invertido en filmar y financiar
el documental no había dado frutos.
—Supongo que tendremos que volver a trabajar —murmuró Alan, sin
levantar la vista—. Yo volveré al supermercado, y tú a la panadería… Dios,
Elena… no sé si podré hacerlo ––Alan remueve sus manos en su cara.
—No tenemos opción —respondió ella, aunque en el fondo sentía la misma
desolación.
La cámara, los viajes, las animaciones, los editores de video… todo eso
había sido pagado con el sudor de sus frentes, y ahora parecía perdido.
Jorge, su hijo, estaba viendo las grabaciones del documental en la sala.
Cuando la imagen del sobrino de Daniel, el asesino, apareció en pantalla,
Jorge tomó el control del televisor y rebobinó el filme. Lo pausó en el
fotograma que muestra a Cristen. Se levantó del sofá y se acercó al
televisor, fijando la vista en el fotograma con una expresión de asombro.
Jorge llamó a sus padres y estos, de mala gana, se acercaron a la sala.
—Ese chico… lo conozco —dijo Jorge, sorprendido—. Estudia en mi
instituto. Hace unos días, mi amigo Adolfo me contó que tuvo una
discusión con él.
Elena y Alan intercambiaron una mirada.
—¿Ese Adolfo es el hijo del pastor millonario…? ¿Cómo se llama? —
preguntó Elena, entrecerrando los ojos, intentando recordar.
—Lester —respondió Alan.
Jorge asintió, confirmando la sospecha de su madre.
—Sí, es el mismo.
Elena sonrió, con un brillo en los ojos que Alan reconoció al instante.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —le preguntó Alan, con esperanza.
—Exactamente lo mismo —respondió Elena, asintiendo con determinación.
32
Víctor llegó a la casa de Cristian durante una tarde gris. Con las manos
sudorosas y el corazón latiendo rápido. Dudó un instante antes de tocar el
timbre, repasando en su mente las palabras que había decidido decir.
Cuando Cristian abrió la puerta, lo miró con desconcierto, como si no
esperara verlo allí.
—Víctor, ¿qué haces aquí? —preguntó Cristian, sin saber qué pensar.
Víctor tragó saliva y con un tono serio respondió:
—Necesito hablar contigo, Cris. Es importante.
Cristian lo miró unos segundos antes de apartarse y dejarlo entrar.
—No esperaba verte por aquí, Víctor —dijo Cristian con un tono de
desconcierto mientras cerraba la puerta detrás de él.
Los jóvenes caminaron hacia la habitación de Cristian.
Víctor se paseó por la habitación nervioso, sus manos temblaban
ligeramente.
—Cris, lo siento por todo lo que ha pasado. No he sido un buen amigo, y
necesito que escuches algo. Algo que nunca le he contado a nadie.
––Adelante, te escucho —respondió, mientras ambos se acomodaban en la
cama.
Víctor tomó aire, dispuesto a abrirse como nunca lo había hecho
—Cuando era niño, mis padres discutían todo el tiempo. Pero hay una pelea
en particular que nunca podré olvidar. Esa noche... mi mamá le gritó a mi
papá que él había arruinado su vida y que lo mejor habría sido... abortarme.
Me dejó helado. No supe cómo manejar esas palabras. Empecé a buscar
alivio en cosas que bueno… no me enorgullece decirlas. Disfrutaba viendo
a otros sufrir. Sentía que si alguien más estaba peor que yo, entonces mi
vida no era tan mala.
Cristian estaba sorprendido por la confesión, aunque todavía no encontraba
su relación en ese asunto.
—Y lo peor no es eso —continuó Víctor—. Mi madre... ella mandó matar a
mi padre. Un día la escuché hablando por teléfono con alguien, decía cosas
raras y no le di importancia, hasta que... dos semanas después, mi papá
apareció muerto en un supuesto asalto. Todo tuvo sentido entonces. Ella
pagó para que lo mataran. A partir de ese día, algo en mí cambió.
Cristian no sabía cómo reaccionar. Se mantuvo en silencio, dándole a Víctor
el espacio para desahogarse.
—Pensé en huir, en desaparecer, y consideré el suicidio, pero nunca pude.
Crecí lleno de odio. Cada vez que alguien sufría, lo disfrutaba. Y eso... eso
me hizo alejarme de ti, Cris. Porque todos te aman y a tu lado me siento la
persona más miserable de este planeta. Pero sé que es algo tonto, y lo único
que siento ahora es culpa. Estoy aquí para decirte... que lo siento. No supe
manejar nada de esto. He sido una mala persona contigo.
No era fácil escuchar lo que Víctor había vivido, ni tampoco lo era aceptar
que su amigo había pensado eso todo este tiempo.
—No sé qué decir, Víctor —dijo finalmente Cristian—. Lo que has pasado
es horrible... pero…
––Solo dame una oportunidad —respondió Víctor, bajando la mirada—.
Sé… sé que puedo mejorar.
El silencio se adueñó de la habitación por un momento, ambos procesaban
lo que acababan de compartir.
33
El cielo estaba cubierto de nubes negras y el sonido de los truenos resonaba
en la distancia, anunciando una torrente inminente. El aire estaba cargado
de humedad y levantaba las hojas secas que cubrían el camino de Víctor y
Cristian en el sendero entre las tumbas del cementerio. Víctor llevaba un
ramo de flores en la mano, y ambos avanzaban en silencio hacia la tumba
de su padre.
—Hola, papá —dijo Víctor al llegar frente a la bóveda de cemento,
colocando las flores sobre la lápida fría.
Cristian se quedó un poco atrás, observando con respeto mientras su amigo
murmuraba algunas palabras hacia la tumba. De repente, una gota de lluvia
cayó sobre la mano de Cristian, y después otra, hasta que en cuestión de
segundos empezó la llovizna.
—Vamos a refugiarnos —dijo Víctor, señalando un enorme árbol de ceiba
no muy lejos, cuyas ramas gruesas ofrecían algo de protección.
Corrieron juntos bajo la ceiba mientras la lluvia empezaba a caer con más
intensidad, formando pequeños charcos a su alrededor. El viento hacía que
las hojas susurraran mientras ellos se acomodaban en las densas raíces del
árbol. La tormenta estaba en su apogeo, y el sonido del agua golpeando la
tierra acompañaba el murmullo lejano de los truenos.
Víctor rompió el silencio primero, mirando a Cristian de reojo.
—¿Cómo fue eso… de ser chica? —preguntó con voz casual, pero la
curiosidad brillaba en sus ojos—. Ya me enteré de los rumores, obvio.
Cristian miró hacia el cielo tormentoso por un segundo, antes de responder.
—Fue increíble —confesó, con una pequeña sonrisa—. Me sentí libre,
como si todo lo que soy pudiera fluir sin límites. Aunque... me gusta ser
ambas cosas. No estoy seguro de querer ser algo en específico. O no sé. Es
tan confuso…
Víctor lo observó con interés, y después de unos segundos, formuló una
pregunta que llevaba tiempo queriendo hacer.
—Pero si tuvieras que escoger, ¿qué te gusta más? —insistió, intentando
sonar despreocupado.
Cristian suspiró, pensándolo.
—Si tengo que escoger... ser mujer gana solo por un poco. Me gusta cómo
se siente la atención, la manera en que todo el mundo me mira… con deseo.
Víctor sonrió levemente.
—Siempre te he visto como una mujer. Y creo que los demás también —
dijo—. No hay hombre que tenga una cara como la tuya.
Cristian se encogió de hombros, mirando a su amigo.
—Tal vez tengas razón. Quizá algún día me opere el pecho y tenga unas
enormes tetas, y termines viéndome como una supermodelo en una revista
––bromeó.
Víctor no dijo nada, pero lo cierto es que esa imagen siempre había estado
en su mente, incluso desde antes de los rumores.
Víctor metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña cadena con un dije
de oro en forma de cuervo.
—Esto me lo dio mi padre. Es especial, y… quiero que lo tengas tú.
Cristian lo miró, sorprendido.
—No puedo aceptarlo, Víc. Es tuyo. Es un recuerdo importante para ti.
Víctor insistió.
—Por eso mismo. Quiero que lo tengas. Me importas.
Cristian finalmente asintió y dejó que Víctor le colocara la cadena alrededor
del cuello.
34
Donde quiera que pasaran, Cris se llevaba las miradas de la gente. Y solo
por un instante, quizá menos de un segundo, sin querer, también veían a
Víctor. A él le gustaba eso. Pero también lo odiaba. Resaltaba que le
importaba a alguien amado, pero aumentaba la evidencia de su irrelevancia.
Como si un Ferrari y una bicicleta se pasearan juntas.
Últimamente, había algo más en esa dinámica que lo atormentaba. Cada vez
que miraba a Cristian, sentía una punzada en el estómago. Víctor pensó que
había dejado esos sentimientos atrás, que ahora podía centrarse en su plan,
pero lo cierto es que la manera en que Cris se movía, la forma en que
sonreía, cómo su cabello caía sobre su rostro… todo en él parecía diseñado
para confundirlo, para hacerlo sentir cosas que Víctor no quería sentir.
Aun así, estaba decido a terminar con eso.
Incluso si eso significaba arrancarse el corazón.
Ya tenía suficiente con el rechazo de su madre, ¿cómo podría soportar
odiarse a sí mismo también? No podía, no quería aceptar lo que sentía. Tal
vez si destruía el origen de sus pensamientos pecaminosos, esa atracción
desaparecería, y con ella, la culpa.

Estaban en el desfile del Venado, una tradición local que celebraba la
llegada de la primavera en Onei. El desfile era un despliegue de colores,
música y danzas tradicionales, con figuras gigantes de venados y otros
animales que recorrían las calles del pueblo, seguidos por personas
enmascaradas y niños que corrían con cintas de colores. Era un evento
alegre, pero para Víctor, era solo otra ocasión en la que se sentía fuera de
lugar.
Las calles estaban llenas de gente, todos vitoreando y lanzando confeti
mientras las carrozas pasaban lentamente. Cris parecía encantado,
sonriendo a todos, saludando a conocidos y riéndose con los niños que
corrían a su alrededor. Pero Víctor se sentía sofocado. La multitud lo
agobiaba, y la constante atención que Cris recibía lo hacía sentir invisible.
––¿No es genial? ––dijo Cris, girándose hacia Víctor con una sonrisa
radiante.
––Sí, está bien ––murmuró Víctor, intentando mantener la calma.
Pero no estaba bien. La música, las risas, las voces, todo era un zumbido
que taladraba su cabeza. Sentía que no encajaba, que no pertenecía a ese
lugar, y la alegría de Cris solo lo hacía sentir peor. Era como si todo lo que
Cristian tocara se volviera dorado, mientras que él solo era una sombra a su
lado.
Después de un rato, Víctor no pudo soportarlo más.
––Vámonos de aquí ––dijo, tomando a Cris del brazo––. Por… por favor.
––¿Qué? Pero apenas comenzó el desfile… ––Cris lo miró con sorpresa,
pero algo en los ojos de Víctor lo hizo detenerse––. Está bien, vámonos.
Se dirigieron a un lugar más tranquilo, más apartado, donde las voces de la
multitud se desvanecían en la distancia.
––¿A dónde vamos? ––preguntó Cris, aunque no parecía preocupado. Había
algo en la urgencia de Víctor que lo intrigaba.
––A un lugar donde no haya gente ––respondió Víctor con voz tensa––. A
mi sitio favorito.
Cristian tenía curiosidad.
Sin embargo, Víc se arrepintió de haberle ofrecido llevarlo a su sitio. Pensó
en la crítica que ejercería Cris al respecto, aunque no se la dijera, pensaría
algo. Y ese algo podía ser malo.
Pero quería llevarlo. Porque a su amistad le quedaba poco tiempo.
Era confuso, realmente. En la mente de Víctor pocas cosas tenían sentido.
Todo el tiempo se preguntaba por qué hacía lo que hacía. Por qué pensaba
lo que pensaba. Por qué era como era. Nunca encontraba la respuesta. Y
nunca la encontraría.
Llegaron a un parque de diversiones que fue abandonado por constantes
polémicas que lo rodeaban. Las atracciones estaban defectuosas y mucha
gente salía herida, incluso hubo fallecidos.
Ahora era una ruina. Era difícil imaginar que los puestos llenos de luces y
juguetes en donde antes se jugaba al tiro al blanco, ahora no eran más que
esqueletos de madera, ahogándose con tanto polvo, y las atracciones no
eran más que fantasmas de su antiguo esplendor.
El pasto había crecido tanto como los sueños de los niños que un día
corrieron sobre él. Había un silencio inquietante, solo roto por el ocasional
movimiento de los roedores y gatos.
––¿Este es tu lugar favorito? ––preguntó Cris, mirando a su alrededor con
una mezcla de sorpresa y curiosidad.
––Sí, es aquí ––respondió Víctor, con un tono casi desafiante.
Cris no hizo ningún comentario más, pero su expresión reflejaba la
extrañeza del lugar. Caminaban entre los restos de lo que alguna vez fue un
lugar de diversión, ahora cubierto por la maleza y el olvido. No había nada
que ver, solo un paisaje melancólico y el sonido del viento moviendo las
estructuras metálicas.
––¿Y por qué es tu lugar favorito? ––preguntó Cris.
Víctor se detuvo frente a una vieja montaña rusa, su estructura metálica
oxidada susurraba melancólicamente contra el cielo gris. Cerró los ojos por
un momento, dejando que el viento frío le acariciara el rostro.
––Porque sí…
Cris lo miró fijamente, sin saber qué decir.
––Nunca me trajiste a este lugar, ¿por qué hasta ahora? Es porque hay algo
que quieres decirme, y pensaste que aquí te soltarías más, el rey manda en
su castillo, ¿no? Pero te ves igual de cohibido que siempre.
––Si te pidiera que huyéramos de esta ciudad hoy mismo, ¿aceptarías? ––
dijo Víctor de manera repentina.
Cristian soltó una risa juguetona.
––No es la primera vez que alguien me dice eso.
––¿Ah no? ––inquirió Víctor de manera irónica.
––Sí ––respondió Cristian, encogiéndose de hombros.
Víctor se quedó callado, mirando a Cristian. Era esa actitud relajada, esa
falta de preocupación lo que más lo exasperaba. Sentía que Cris nunca se
tomaba en serio nada. Pero para Víctor, todo era más complicado, más
oscuro.
––Es que en serio... si nos fuéramos juntos ––dijo Víctor, midiendo sus
palabras––, Sería más fácil... para los dos.
Cristian lo miró, confundido, como si no entendiera el trasfondo de lo que
estaba diciendo. Su expresión cambió, más seria, como si estuviera tratando
de leer a Víctor. Sabía que algo no estaba bien.
––¿A qué te refieres con "sería más fácil para los dos"? ––preguntó
Cristian, con una leve sonrisa incómoda––. Estamos bien aquí, Víc. No
necesitamos huir de nada.
Víctor bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad que carcomía su
alma. Las palabras se agolpaban en su mente, pero no salían de la manera
en que él quería. Quería decirle a Cris todo lo que sentía, pero no podía. No
sabía cómo.
––Siempre... siempre te he visto diferente ––susurró Víctor––. No sé cómo
explicarlo, pero... tú no eres como los demás, Cris. Siempre has sido...
especial para mí.
Cris frunció el ceño.
––Gracias, supongo. Pero no entiendo a dónde quieres llegar.
Víctor se armó de valor y caminó lentamente hacia Cristian, y cuando sus
caras estaban a solo unos centímetros de distancia, se inclinó, intentando
besarlo. Cristian, giró la cabeza en el último momento, desviando el beso
hacia su mejilla.
––Vaya, Víc, si querías besarme al menos hubieras traído flores primero ––
dijo Cristian, intentando bromear. La ultima vez que le sucedió algo así, se
alarmó y asustó al tipo, por eso ahora se lo toma con calma, además, le
tiene aprecio a Víctor.
Víctor, sorprendido por la respuesta de Cris, tragó el amargo rechazo y
forzó una sonrisa.
––Flores, ¿eh? Pues lo tendré en cuenta para la próxima ––respondió Víctor
con una carcajada seca, tratando de seguirle la corriente, aunque algo dentro
de él se había roto.
Cristian cambió de tema rápidamente.
––Oye, pero en serio, ¿qué es eso de la fiesta de Halloween? He oído
rumores, pero no tengo idea de qué va.
––Ah, sí ––respondió Víctor, aferrándose a la oportunidad para desviar la
conversación––. Será la primera vez que se celebra algo así en la ciudad.
Todo el mundo irá disfrazado. Sería una buena oportunidad para que te
pongas lo que quieras sin que nadie diga nada. Ya sabes, algo más... tú.
––¿En serio? ¿Así de libre será? ––preguntó Cristian, arqueando una ceja,
intrigado.
––Sí, imagínate ––dijo Víctor, su entusiasmo fingido apenas ocultaba la
amargura que crecía dentro de él.
Cristian sonrió, considerando la idea.
––Hmm... suena bien. Tal vez me anime.
Víctor, aunque aparentaba una sonrisa, sabía que en el fondo había tomado
la decisión final. Su amistad había terminado.
35
Cristian estaba en la casa de Víctor, y los nervios lo consumían. Había
insistido a Víctor para que le permitiera usar su "disfraz" en la fiesta de
Halloween, aunque la idea le parecía cada vez más descabellada. Víctor,
después de pensarlo, aceptó. Sabía que Cris no quería arriesgarse a ser visto
en la calle de esa manera. Al menos no en Onei. La fiesta en sí era
clandestina; los adultos no debían saber nada de lo que ocurriría allí.
Víctor se vistió con ropa oscura, como si fuera a un evento importante, pero
informal, con una camiseta ajustada negra y jeans oscuros que le daban un
aire despreocupado. Su cabello estaba más despeinado de lo usual, pero sus
ojos transmitían la seriedad con la que estaba abordando la situación. No
era cualquier noche, y él lo sabía.
Mientras caminaban hacia la fiesta, Cristian llevaba la ropa que pensaba
ponerse en una mochila. Dudaba de su decisión, se preguntaba si realmente
era buena idea. El miedo a ser juzgado lo atormentaba.
––¿Alguna vez te has estado enamorado? ––preguntó Cristian, rompiendo
el silencio con un tono nervioso––. Me refiero a amor de verdad, no a solo
deseo o ganas de pasar el rato.
Víctor miró al frente, apretando los labios.
––No ––respondió Víctor, sin mirarlo.
––¿Crees que algún día tendrás hijos?
Víctor soltó una pequeña risa, más triste que divertida.
––Eh… ¿por qué me preguntas esto?––murmuró con una sonrisa sombría,
como si el comentario no le importara.
––Curiosidad.
––No lo creo, ¿qué hay de ti?
––En mi caso es complicado. ¿Sería una madre o un padre? ¿Nacimiento o
adopción? Son tantas variables que hace que me de dolor de cabeza…
––Vives en una eterna dualidad…
––Pero algún día encontraré el equilibrio, espero.

––Es por aquí ––dijo Víctor, guiando a Cristian mientras cruzaban una calle
en silencio.
Cristian no conocía bien esa zona del barrio. Aunque Onei no era una
ciudad grande, había rincones que están alejados de su día a día.
––Tienes cara de estar a punto de darte la vuelta y huir ––comentó Cristian,
medio en broma.
––No, no ––respondió Víctor, negando con la cabeza––. Es solo… nunca se
ha hecho algo así aquí. Ya sabes cómo son en Onei. Esto podría ser un
desastre si alguien se entera. Quizás sea mejor si nos vamos antes de que
ocurra algo malo.
––Ni hablar. Tú fuiste el que me convenció de venir. Estoy aquí porque
dijiste que querías hacer algo diferente. No voy a dejarte escapar ahora…
––Cristian lo miró con seriedad, tratando de transmitirle seguridad.
Víctor evitó su mirada por un instante y luego suspiró.
––Tienes razón ––dijo finalmente, respirando hondo mientras apretaba los
puños, luchando con sus pensamientos internos.
Cuando llegaron a la casa donde sería la fiesta, el lugar no estaba tan lleno
como esperaban. La música sonaba a un volumen moderado, y Cristian notó
una mesa llena de aperitivos: hotdogs, frituras y jarras de soda. Pensó en
comer algo antes de cambiarse, solo para ganar tiempo y no precipitarse.
Pero Víctor no le dio tiempo para dudar.
––Este es el baño… cámbiate cuando estés listo ––dijo Víctor, señalando la
puerta, casi empujándolo para que no se echara atrás.
Cristian abrazó su mochila, mirando fijamente la puerta del baño. Sus
pensamientos estaban nublados por la ansiedad. Se escondió detrás de su
pelo. Quería tiempo para pensar, para reconsiderarlo, pero ya no había
marcha atrás. Ya estaba allí, y debía enfrentarlo.
Entró al baño y cerró la puerta con llave. Un ligero aroma a flores sintéticas
llenó el aire. Dejó la mochila en el lavabo y se miró en el espejo,
observando su reflejo. Estaba sudando. Se recogió el cabello, y se lavó la
cara para calmarse. Luego miró la ventana del baño, considerando por un
segundo la posibilidad de huir.
El miedo aún lo dominaba.
Pero estaba cansado de huir. Ya había tomado una decisión. Se prometió a sí
mismo que dejaría de tener miedo. Lo que fuera a pasar, lo enfrentaría.
36
Cristian sacó su “disfraz” de la mochila y lo observó con cierta duda. Era un
conjunto femenino, perfecto para la ocasión. Un vestido negro ajustado que
llegaba justo por encima de las rodillas, combinado con medias de encaje
con estampados de estrellas que se ceñían a sus piernas y unos botines
blancos de tacón. El maquillaje llevaba pequeños diamantes bajo los ojos,
simulando lágrimas brillantes, y sombras sutiles en tonos metálicos que
resaltaba la profundidad de su mirada.
Se miró al espejo mientras se ajustaba el vestido y acomodaba su cabello
ondulado sobre los hombros. Aunque la inseguridad persistía, su reflejo le
devolvía una imagen de una belleza sin igual. Sabía que, al menos por esta
noche, podía ser quien realmente quería ser.
El dije de oro que víctor le había regalado brillaba en su cuello.
Salió del baño, sintiendo las miradas que se posaban sobre él, algunas de
admiración, otras de sorpresa. Se sumergió en la fiesta, disfrutando de la
música, los disfraces, y las risas, hasta que notó a Víctor acercándose con
una expresión algo tensa.
—¡Cris! —lo llamó Víctor, dándole un toque en el hombro. Cristian se dio
la vuelta y lo vio con una sonrisa leve, aunque notó que había algo en la
mirada de Víctor que lo inquietaba.
—Eh, Víctor, ¿qué pasa? —preguntó Cristian, intentando parecer
despreocupado.
—He estado buscándote por todos lados —dijo Víctor, su tono serio
contrastaba con el bullicio de la fiesta—. Quiero que me acompañes arriba.
—¿Arriba? —Cristian lo miró con desconfianza—. ¿Para qué?
—Lisbeth está arriba —respondió Víctor rápidamente––. Quiere hablar
contigo. Es importante.
El rostro de Cristian cambió al escuchar el nombre de Lisbeth. Sabía que
eventualmente tendría que enfrentarla, pero no estaba preparado para eso.
No ahora. No en esta fiesta.
—Víctor... no creo que sea el mejor momento para hablar con Lis —dijo
Cristian, bajando la voz—. Le hice mucho daño. No sé si estoy listo para
enfrentarla.
Víctor lo miró con intensidad, como si estuviera frustrado por su
resistencia.
—Tienes que hacerlo, Cris. No puedes evitarla para siempre. Además, solo
quiere hablar. No va a hacerte nada.
Cristian suspiró, dudando. Sabía que Víctor tenía razón.
—No sé... —murmuró, tratando de ganar algo de tiempo––. Justo iba a
comer algo ahora.
––Tendrás tiempo después para eso, será rápido, lo prometo ––insistió
Víctor, su tono denotaba cierta urgencia.
––¿Pasa algo malo? ––preguntó Cristian, empezando a preocuparse.
––¿Malo? No, nada, sígueme.
Víctor lo guía a través del mar de personas. Cristian se detuvo varias veces
para saludar a conocidos y devolver los saludos de desconocidos. Llegaron
hasta las escaleras que conducían al piso superior, un lugar más apartado de
la multitud.
––¿Quieres que subamos? ––preguntó Cristian.
––Sí. Ella está arriba.
Cristian se detuvo un instante, intentando descifrar las intenciones de su
amigo.
––No parece que haya nadie allá arriba… estaríamos a solas, ¿no? Somos
amigos y me gusta la relación que tenemos. Podemos hablar detenidamente
de esto otro día, pero realmente no quisiera involucrarme en algo así.
Víctor lo miró con sorpresa, y luego sonrió sin ganas.
––¿De qué estás hablando? Lis está arriba, esperándonos. No la hagamos
esperar más, esto es importante para ella.
––Oh… lo siento… creo que el ponche tiene algo de alcohol. Por eso mi
cabeza no está en su sitio. Está bien, vamos ––respondió Cristian,
sintiéndose un poco tonto por haber malinterpretado la situación.
37
Los jóvenes entraron en la habitación. Apenas iluminada por las débiles
llamas de velas colocadas en el suelo. La figura de Víctor se disolvió en la
oscuridad. Y desde el fondo, salió alguien de las sombras. Era Lisbeth. Su
mirada lo atravesaba, como si todo en su interior estuviera anestesiado.
––Cris… no sigas con lo que estás haciendo ––dijo Lisbeth.
––¿Ah? ¿Qué estás diciendo? ––Cristian parpadeó, desconcertado, tratando
de comprender lo que estaba ocurriendo.
––Te robaste ese collar ––continuó Lisbeth, señalando el cuello de Cris, con
la voz contenida, pero llena de resentimiento––. Es de mi mamá. Ella armó
un escandaló y me culpó. Ella piensa que yo lo robé, pero en realidad fuiste
tú. Una amiga me contó que te vio usándolo, por eso vine a comprobarlo.
No quería creerlo. Todo este tiempo me has estado usando, Cris. Durante
nuestra relación se me perdieron muchas piezas de maquillaje, joyería y
algunas prendas. Así que es eso, ¿eh? ¿Tanta envidia le tienes a las
mujeres? Te ves como un fenómeno, nunca serás mujer, aunque te robes la
mejor ropa del mundo, jamás pasará.
Cristian se quedó perplejo, sin poder procesar lo que estaba pasando. Sintió
el peso del dije de oro como si de repente quemara su piel.
––¡No digas tonterías! ¡Víctor me lo dio! ––replicó Cristian, dando un paso
atrás, con el miedo y la confusión nublándole la mente––. Sé que me porté
mal contigo, ya te pedí perdón mil veces… ¡Pero yo nunca quise ser tu
novio!
––Sí, eso está clarísimo. Solo estabas conmigo por interés. Siempre fuiste
un marica travestido. Te crees tanto por tu apariencia, que no te pones a
pensar que en realidad todo el mundo te quiere como juguete. Los hombres
fantasean con fenómenos como tú porque te ven como algo fácil de usar y
tirar. Eres el papel higiénico de todos los tontitos que nunca podrán tener a
una mujer, pero sí a un fenómeno. Eres la sobra, la comidilla para ratones.
––¿Si piensas eso por qué querías que fuéramos novios? ––replicó Cris de
manera acalorada. Su voz adquirió un tono grave, casi masculino––. ¡Eres
una puta loca llena de envidia! ––las lágrimas tocaban las puertas de sus
parpados.
––Estaba confundida. Parecías agradable y te conocí en el momento más
vulnerable de mi vida. ¡Sabías que tengo problemas y te aprovechaste de
eso! Pero ahora veo la verdad. Solo dime, ¿qué tiene de especial un hombre
que se viste de mujer? Solo eres un trastornado oportunista. Eres un maldito
engendro. Cosa que era de esperarse, viniendo del sobrino de un asesino…
Cristen.
El nombre real de Cristian resonó en la habitación, como una sentencia que
no podría evitar. El sudor frío recorrió su espalda.
––Te odio… ––dijo Cris, con la voz quebrándose. Su cuerpo temblaba y su
respiración se entrecortaba.
––Pero no más de lo que yo te odio a ti ––Lisbeth se abalanzó sobre Cristen
con la intención de arrancarle el collar.
––¡Suéltame, perra! ––Cris, fuera de sí, empujó a Lisbeth, haciéndola
tambalearse hacia atrás.
De repente, Víctor lo empujó contra la pared, inmovilizándolo con una
mirada llena de furia y dolor. Cristian respiraba con dificultad, su cuerpo
temblando mientras sentía que todo lo que conocía se desmoronaba.
Desde el fondo de la habitación, una voz familiar resonó.
––Perfecto ––dijo Jorge, que salió de las sombras con una cámara en la
mano. Cristian sintió una oleada de pánico al verlo––. Vamos, Cristen,
saluda a la cámara. El mundo entero está viendo lo que eres.
––Deja de grabarme, imbécil ––Cris intentó lanzarse hacia Jorge, pero
Víctor lo retuvo.
––¡Dios nos ha enviado aquí para ayudarte, Cristen! ––dijo Adolfo,
apareciendo al tiempo que levanta una de las velas y la acerca a Cristen
para alumbrar su rostro. El maquillaje se ha corrido por las lágrimas––.
Onei siempre ha sido una ciudad de costumbres y viniste solo para
romperlas. Nunca se había sabido de casos como el tuyo. Te acuestas con
jóvenes con novia, arrancándole un hijo a Dios. Pero tienes suerte, Cristen.
Nos preocupas a todos los que estamos en esta habitación. Vinimos a
ayudarte. Te purificaremos. Te llevaremos a la senda de Cristo.
––Yo… tengo derecho a estar con quien quiera… ––murmuró Cristen,
sabiendo que cualquier palabra era inútil ante la brutalidad a la que está
sometido.
––No. No tienes derecho a romper con las costumbres de un pueblo. ¿Quién
te crees que eres? ¿Acaso piensas que eres superior a Dios? Solo mira cómo
estás vestido. Si permitimos eso, darás ese ejemplo a nuevas generaciones.
Entonces todo el mundo comenzará a revelarse en contra de Cristo. ¿Eso te
parece justo?
––¿Esto es porque no quise salir conti…? ––Cristian se estaba quedando sin
aliento, su mirada se movía frenéticamente entre las caras de todos en la
habitación.
––¡Escucha lo que estás diciendo! ¡Te invité a la iglesia y lo interpretas
como si yo fuera mundano! Yo estoy con Dios, no te atrevas a insinuar lo
contrario. Vamos a arrancar de ti todo lo malo, esa maldita corrupción que
llevas dentro ––dijo Adolfo con una calma perturbadora mientras sacaba
unas tijeras del bolsillo––. Y empezaremos por ese cabello.
El sonido de las tijeras al abrirse y cerrarse resonó en la habitación con la
misma intensidad de una pistola cargando la bala.
––Yo… yo no sabía que todos ustedes me odiaban… ––murmuró Cris con
frustración––. Esto es una locura…
––Es el diablo hablando a través de ti ––dijo Adolfo mientras se acercaba
con las tijeras en la mano––. Dios guía mi mano. Vas a ser liberado hoy,
Cristen. La sombra de tu tío desaparecerá de tu vida. Hoy renacerás como
nueva criatura. Serás salvo, hijo de Dios.
Cristian sintió el pánico apoderarse de él. En un momento de desesperación,
movió la cabeza con todas sus fuerzas, golpeando a Víctor en la frente,
quien lo soltó, tambaleándose. En un movimiento rápido, Cris arrebató las
tijeras de las manos de Adolfo.
El miedo y la rabia nublaron su juicio. En un segundo de caos… cometió un
error fatal.
Debería haber escapado.
Debería haber corrido y olvidarse de todo lo sucedido.
Pero no lo hizo.
Antes de darse cuenta, las tijeras estaban clavadas en el pecho de Adolfo.
Se quedó inmóvil por un momento, observando lo que acababa de hacer.
Cristen, al igual que su tío, había dado muerte a alguien.
El ciclo se repetía.
38
Cris corría desesperadamente, descalzo, con las medias rasgadas y el
vestido colgando a pedazos. Se adentró en el parque y avanzaba hacia el
bosque. No se atrevía a mirar atrás, pero podía sentirlos, acercándose cada
vez más. Eran los amigos de Adolfo. Había dejado atrás los botines para
moverse más rápido, pero el suelo húmedo y cubierto de ramas y piedras
parecía empeñado en frenarlo. Los insultos y gritos lo perseguían,
resonando en el aire como ecos inescapables.
––¡No tienes escapatoria, marica! ––gritaba uno de los muchachos, con la
voz cargada de desprecio.
––¡Qué hiciste, desgraciado! ¡Él solo quería ayudarte! ––grita otro, con un
odio que Cristen podía sentir––. ¡Vamos a matarte!
Cris sentía las lágrimas corriendo por su rostro. Había cometido un error
fatal, pero ya no tenía vuelta atrás. Había matado a Adolfo, y nadie se lo
perdonaría nunca. Irá a la cárcel si lo atrapan.
Los perseguidores se acercaban más. Los escuchaba, a escasos metros de
distancia, como una jauría hambrienta y los insultos y amenazas seguían
lloviendo sobre él.
––¡Trastornado! ¡Asesino! ––gritó uno, mientras Cris se tambaleaba al
llegar a un viejo puente de madera.
––¡No puedes huir para siempre, Cristen! ––dijo otro.
Cris jadeaba, sin poder pensar con claridad.
Su cuerpo temblaba de miedo, y sentía que no tenía fuerzas para seguir.
Frente a él, el río corría furioso, sus aguas negras reflejando la luna en lo
alto.
––No quería hacerlo… ––dijo Cris, su voz se quebraba por el llanto––. ¡No
quería matarlo!
Pero sus palabras no encontraron espacio en los corazones endurecidos de
sus perseguidores. En sus ojos no había compasión, solo odio.
––Te mereces el mismo destino y nada más ––dijo uno de ellos, mientras se
acercaba a Cristen en el puente de madera––. Nadie te va a salvar.
Cris, exhausto y desesperado, se apoyó en la barandilla del puente, mirando
hacia las aguas embravecidas que corrían debajo.
––Míralo, ni siquiera tiene el valor de enfrentarnos ––dijo uno de los
muchachos, mientras Cris, temblando, miraba hacia abajo.
En un movimiento desesperado, Cris saltó sobre la barandilla del puente y
se dejó caer al vacío.
El aire frío lo envolvió en un abrazo feroz mientras caía, y en ese instante,
todo pareció desvanecerse. Las amenazas se convirtieron en un ruido
atronador que envolvía el mundo. Eran las aguas arrastrándolo y
oprimiéndolo.
Las aguas heladas lo sumergieron de inmediato.
Pataleó con todas sus fuerzas, agitando los brazos desesperadamente hasta
que finalmente, su cabeza emergió del agua. Tomó una bocanada de aire,
sintiendo el frío del río pegándose a su piel. Las rocas del lecho le habían
rasgado las medias y arañado las piernas, pero lo que importaba ahora era
salir.
Miró a su alrededor, buscando algún lugar donde aferrarse, mientras el río
seguía arrastrándolo. Logró alcanzar una rama que sobresalía del borde, sus
manos temblaban mientras se aferraba con todas sus fuerzas. Con esfuerzo,
logró impulsarse y salir del agua, jadeando.
Sus perseguidores lo observaban desde la distancia, pero no intentaron
seguirlo. Parecía que el río había trazado una línea entre ellos.
No había escapado del todo, pero por ahora, había logrado sobrevivir.
39
Cris apenas podía creer lo que estaba viviendo; todo parecía un mal sueño
del que no podía despertar. El río había destrozado su ropa, y las piedras
bajo el agua le habían dejado la piel rasgada, como si una manada de gatos
furiosos le hubiera arañado sin piedad.
Ahora caminaba bajo la llovizna, sus pasos pesados y desganados lo
llevaban a través de la carretera que se extendía interminable a su lado, con
los postes de luz apenas iluminando el camino. Los autos pasaban a su lado,
indiferentes, mientras él seguía adelante, empapado, con el vestido rasgado
y sus medias llenas de barro. Su cabello, mojado y enredado, le caía
pesadamente sobre el rostro, y sus piernas apenas respondían.
A medida que avanzaba, el peso de la noche lo aplastaba, y cada paso se
sentía como una lucha contra la corriente de sus propios pensamientos. No
sabía cuánto tiempo llevaba caminando.
Finalmente, divisó la casa de Ian. Parecía tan tranquila, tan ajena al caos
que había consumido su vida en las últimas horas. Se detuvo frente a la
puerta, dudando por un momento antes de alzar la mano y tocar
tímidamente. El sonido de sus golpes apenas resonó en el silencio de la
noche.
Pasaron unos segundos que parecieron eternos hasta que la puerta se abrió
lentamente. Ian apareció en el umbral, y su expresión cambió por completo
al ver a Cris. La sorpresa se transformó en miedo, en preocupación al ver el
estado en el que se encontraba. No dijo nada al principio, solo lo observó,
horrorizado.
Cris no pudo contenerse más. Apenas lo vio, se lanzó hacia él y lo abrazó
con todas sus fuerzas, empapando la camiseta de Ian con su cuerpo mojado.
Ian, aunque sorprendido, respondió al abrazo sin dudarlo, envolviendo a
Cris con sus brazos, olvidándose del frío, de la lluvia, de todo.
––Cris… ¿qué pasó? ––susurró Ian, asustado y sin saber cómo consolarlo.
Cris no respondió, solo permaneció allí, temblando en sus brazos, sintiendo
por primera vez en toda la noche un respiro.
40
Ian estaba agradecido de que su hermano estuviera dormido. ¿Cómo podría
explicar la presencia de Cris con la ropa desgarrada, descalzo y empapado?
Mientras cerraba la puerta de su habitación, su mente divagaba entre el
alivio de tener a Cris a salvo y la creciente confusión que sentía por él.
La habitación tenía una puerta de cristal que daba a un pequeño balcón, y a
pesar del mal tiempo, Cris se quedó mirando la lluvia.
––Deberías bañarte, Cris ––dijo Ian con suavidad, señalando el baño––.
Toma, usa estas toallas. Y… ––se detuvo por un segundo, revolviendo en
un cajón––. Aquí tienes, ponte esto cuando termines.
Le entregó un pijama y ropa interior limpia. Cristian asintió débilmente,
tomando la ropa sin decir nada y desapareciendo tras la puerta del baño. Ian
se quedó solo en la habitación, observando la puerta cerrada.
El sonido del agua de la ducha llenó la habitación, e Ian se dejó caer en la
cama, intentando poner en orden sus pensamientos.
Mientras tanto, bajo la ducha, Cris dejaba que el agua lo limpiara la
suciedad y la sangre.
Cuando salió del baño, con el pijama de Ian puesto y el cabello mojado
cayendo sobre su frente, Ian lo observó. Aún en ese estado, la
vulnerabilidad de Cris tenía algo que lo hacía ver hermoso.
––Te ves… mejor ––comentó Ian, con voz baja, casi temerosa de romper el
silencio incómodo.
Cris no respondió, solo asintió y se sentó en la cama, mirando al suelo, con
la mente en otro lugar.
41
Cris se dejó caer en la cama de Ian, sintiendo que el peso del mundo caía
sobre él. El agotamiento no era solo físico, sino mental y emocional. Todo
lo que había sucedido esa noche, los insultos, las traiciones, las miradas de
desprecio, lo habían destrozado.
––Dios… qué desastre ––dijo Ian, mirando al techo a su lado––. Adolfo
siempre me pareció un imbécil con esos aires de grandeza, pero... lo de esta
noche fue mucho.
––No puedo creer lo que hice…
––Y Lisbeth… ––continuó Ian, mirando a Cris de reojo––. Sabes que lo de
hoy fue por todo lo que hiciste, ¿verdad? La engañaste con… conmigo…
Cris cerró los ojos, sintiendo una punzada de culpa atravesarlo.
––Tú… también fuiste parte de esto ––dijo Cris, mirándolo de reojo––. No
es solo mi culpa. Lo que hicimos… lo que pasó entre nosotros… ––su voz
se quebró––. Mierda.
Ian desvió la mirada, sintiendo la misma culpa. Pero, al mismo tiempo,
sabía que lo que sentía por Cris iba más allá de eso. Lo había deseado desde
el primer momento en que lo vio. Y aunque sabía que estaba mal, no podía
dejar de sentir lo que sentía.
––Lo sé ––admitió Ian––. Fui yo quien te empujó a eso… te dije que te
vieras como una chica, que me gustabas así. Todo esto… es culpa nuestra,
sí.
Cris suspiró profundamente, cubriéndose el rostro con una almohada y
ahogando un grito.
––Lisbeth… ––comenzó Cris, pero su voz se apagó––. Ella no merecía eso.
––Sí, pero lo que hizo esta noche fue una mierda. No merecías que te
expusiera así, y con mentiras ––dijo Ian, sentándose en la cama.
––No valió la pena…
––Qué dices… ––continuó Ian, con la voz ahora más grave––. Joder, Cris,
te veías... perfecta. Siempre me ha gustado verte de esa manera. No como
un chico.
Cris sintió una incomodidad creciente. Giró la cabeza, evitando el contacto
visual.
––No tiene sentido hablar de eso ahora ––dijo Cris––. Todo se fue al traste.
Y ahora lo único que puedo pensar es en qué va a pasar después... no solo lo
que pasó con Adolfo, sino todo... mi vida.
Ian encendió un cigarro, inhalando profundamente, mientras observaba las
luces que brillaban a lo lejos desde el balcón.
––Nunca me hablaste de tu pasado ––dijo Ian, exhalando humo.
Cris cerró los ojos, sintiendo cómo el dolor lo atravesaba una vez más. Las
palabras de Lisbeth, cuando lo llamó "Cristen", habían desenterrado todo lo
que él había intentado olvidar.
––Mi verdadero nombre es Cristen ––confesó––. Lo cambié cuando llegué
aquí para escapar de lo que pasó… para escapar de Daniel, de la tragedia,
de todo. Mi tío Daniel asesinó a su maestra hace años, frente a todos en
clase. Se armó una polémica dramática sobre nuestra familia y… nos vimos
obligados a huir.
Ian lo observaba en silencio, asimilando lo que le decía, pero su mirada
volvía a fijarse en los labios de Cris, en su perfil delicado.
––Mierda…
––Sí, mierda ––respondió Cris, con una risa amarga––. Lo mejor hubiera
sido que me ahogara en ese río. Todo esto... todo esto es un desastre. No
debería estar aquí.
––No digas eso, Cris ––la voz de Ian se endureció––. No vuelvas a decir
eso.
––Es la verdad, Ian. Todo el mundo me odia ahora. Mi vida está arruinada.
¿Qué me queda? Nada. Quizá debí quedarme bajo el agua. Todo sería más
fácil si...
––¡No! ––Ian se le acercó rápidamente, interrumpiéndolo––. No vuelvas a
hablar así, ¡nunca más! Tú no entiendes lo que significas para los demás,
para mí. No puedo imaginarme un mundo sin ti. Si no estuvieras aquí... ––
Ian dejó la frase colgando, tragándose las palabras que no podía pronunciar.
Cris lo miró con incredulidad, sintiendo una mezcla de sorpresa y tristeza.
––¿Qué harías sin mí?
––La vida no tendría sentido ––dijo, con la voz apagada––. Desde que
probé… eso… si Caila no hubiese terminado conmigo, yo habría terminado
con ella. Después de ti, ya no hay nada… incluso masturbarme perdió la
gracia. Intenté salir con otras mujeres… pero, Dios, nada se compara
contigo.
––Oh, por favor… ––Cristen se llevó las manos a la cara––, ¿en serio
tenemos que hablar sobre eso? ¿ahora?
––No entiendes lo que significó. No… tú… para ti fue un juego. Para mí,
fue la primera vez que me sentí vivo ––el pánico crecía dentro de Ian.
––Creo que debería irme ––dijo Cris, pero cuando intentó levantarse de la
cama….
Ian se abalanzó sobre él y le cerró la boca con su mano. Cris estaba
sometido e intentó forcejar con el brazo de Ian, pero era inútil. El brazo de
Ian era más grueso que los dos de Cris juntos, sus venas se marcaban y
palpitaban.
Era como si ambos estuvieran atrapados en un espacio donde las decisiones
no existían, ya no hay tal cosa como el bien y el mal.
Ian se inclinó hacia Cris y aspiró el olor de su cabello con los ojos cerrados,
la satisfacción en su rostro era parecida a la que alguien haría si bebiera
agua después de diez días perdido en el desierto.
Cris intentó moverse, pero su cuerpo no le respondía. Sentía la presión de
las manos de Ian aplastándolo.
—Solo una vez más... —dijo Ian con una voz casi inaudible. El sudor de su
frente caía sobre la cara de Cris.
Cris negó con la cabeza mientras lágrimas calientes se deslizaban de sus
ojos y quemaban la mano de Ian.
––Solo… déjame probarlo… una vez más… ––Ian arrastró su otra mano
hacia la cintura de Cris. La acarició.
Ian deslizó su mano dentro de su pijama y sostuvo el bulto que se había
formado dentro de su bóxer.
Cris cerró los ojos, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos.
42
Lisbeth estaba sentada en el sofá de la casa de Adolfo, intentando controlar
el temblor en sus piernas. Parecía desgastada, con profundas ojeras que
revelaban las noches de insomnio. Su cabello estaba cuidadosamente
peinado, pero su rostro sin maquillaje y su postura retraída reflejaban el
dolor emocional que intentaba procesar. A su alrededor, la luz tenue apenas
suavizaba la dureza de su expresión.
Una cámara, situada frente a ella, capturaba cada detalle. Jorge observaba
desde atrás, mientras le lanzaba preguntas.
––¿Alguna vez pensaste que Cristen pudiera ocultar algo así? ¿Cómo fue
que lo descubriste? ––preguntó Jorge, con voz seria.
Lisbeth levantó la vista hacia la cámara y sus ojos cansados se encontraron
con el lente como si quisiera que todos vieran lo que realmente sentía.
––Nunca lo imaginé... me siento como una tonta por no darme cuenta antes.
Me ocultó todo. Ni siquiera sabía quién era realmente. Cuando salíamos, él
nunca mencionó que se llamaba Cristen, ni que por dentro se sentía como
una mujer. Y habría sido interesante saber que su tío era un asesino. Lo
descubrí después... y cuando lo confronté… bueno, las grabaciones hablan
por sí solas.
Jorge hizo una pausa antes de formular su siguiente pregunta.
––¿Crees que Cristen alguna vez te amó de verdad?
Lisbeth se mordió el labio, tratando de controlar las lágrimas que
amenazaban con desbordarse.
––No lo sé. A veces pienso que nunca lo hizo. ¿Cómo puede alguien decir
que ama a otra persona si no puede ser sincero? Todo el tiempo estuvo
mintiéndome. Me hacía sentir segura, que me amaba, pero ahora... siento
que solo fui parte de su juego. Me manipulaba. Todo el tiempo. Yo pensaba
que era especial para él, pero él solo fui un juguete.
La cámara capturó el momento en que Lisbeth se derrumbó
emocionalmente, confesando lo que había guardado durante tanto tiempo.
––Perdón... pero no puedo evitar decir esto… lo odio. Le di mi virginidad a
alguien que me trató como una cualquiera y durante un momento pensé que
estaríamos juntos por siempre. Todos los días le pido a Dios que me ayude a
ser más inteligente porque está claro que soy estúpida. Lo admito, la
primera vez que lo vi con ropa de mujer, fue en mi habitación, lo tomé
como un juego, algo divertido. Es innegable que su apariencia es… curiosa,
pero solo estábamos jugando. Yo no tenía idea que él se sentía mujer por
dentro, jamás lo mencionó. Nunca pensé que eso fuera una parte de él que
ocultaba de todo el mundo, incluyéndome a mí. Ahora todo es tan obvio,
pero cuando estaba enamorada era diferente.
Jorge permaneció en silencio por un momento, dejando que las palabras de
Lisbeth se acentuaran en la mente de los espectadores. Luego, continuó con
otra pregunta.
––¿Cómo te sentiste cuando filtraste las fotos?
Lisbeth tomó aire.
––Estaba enojada y herida... Pensé que al hacerlo, él sentiría lo que yo
sentía, la traición. Pero ahora, viendo todo lo que causó, me doy cuenta de
que solo me rebajé a su nivel. Quería lastimarlo, quería que todos supieran
la verdad, que vean quién era realmente. Pero... también me expuse a mí
misma. Me convertí en objeto de burla y ahora lo único que quiero es
volver en el tiempo y evitar a toda costa conocerlo. Nadie se merece saber
que su novio la engaña con un hombre. Todos los días pienso en eso… en
todo lo que Cristi… Cristen. Cristen e Ian hicieron. Me da tanto asco.
––¿Qué crees que sintió Cristen cuando las fotos se filtraron? ––preguntó
Jorge, llevándola hacia un punto más profundo de reflexión.
Lisbeth cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo.
––No lo sé... tal vez le dolió. Quizá en algún rincón de su ser, se sintió
vulnerable... pero después de todo lo que hizo, después de todas las
mentiras, siento que no merecía más que eso. Me duele decirlo, pero él
nunca fue sincero conmigo, y al final, esas fotos mostraron quién era
realmente. Un imbécil.
––¿Cómo reaccionó Cristian… perdón, Cristen, cuando le pediste que
devolviera tu collar?
––Lo negó todo, como se puede ver en las grabaciones. Creo que él pensó
que no me daría cuenta. Bastante ingenuo de su parte, la verdad. Fue
violento. ¡Me golpeó! Y después… ––Lisbeth hizo una pausa deliberada,
respirando profundamente, como si recordara un evento traumático––.
Después apuñaló a Adolfo. Justo un instante después de haberme dado un
fuerte golpe. ¿Entiendes? Pudo haberme apuñalado también. ¡Pude haber
muerto!
Después de algunas preguntas adicionales que giraban en torno al mismo
tema, Víctor se sentó en el lugar que Lisbeth acababa de dejar vacío.
––¿Cómo fue que llegaste a los golpes con Cristen?
––Tenía que defender a Lisbeth ––contestó Víctor con un tono monocorde.
––¿En algún momento sospechaste que Cristen no estaba siendo
completamente honesto sobre su identidad?
––Puede ser... Cristen siempre fue... carismático, siempre sabía cómo
meterse en la vida de los demás, y, creo que así es la gente que trata de
ocultar algo importante.
––¿Crees que Cristen es un peligro para quienes lo rodean?
––No estoy seguro de qué pensar. Pero creo que sí. Digamos que, él es
capaz de sacar lo peor de cada persona con su sola presencia. En el
momento no te das cuenta, pero la verdad es que tiene algo. No sé cómo
ponerlo en palabras.

Horas más tarde, en la soledad de su habitación, Jorge revisaría y editaría
los videos. Con cada corte, con cada clip, convertiría a Cristian en la figura
oscura que necesitaba para el documental. Jorge añadió su propia voz,
modificada con filtros para darle un tono más grave y autoritario, narrando
la historia que todos conocerían. Incluyó fotografías y recortes de prensa
del incidente con el tío de Cristen, conectando el pasado trágico de la
familia Lucien con el presente sombrío de Cris.
Jorge trabajó toda la noche, manipulando imágenes y sonidos hasta que
estuvo satisfecho con el resultado final. Y cuando por fin se acostó en su
cama, lo hizo con una sonrisa en los labios, complacido con su obra.
Porque había creado una obra maestra.
Y a un monstruo.
43
Tres meses después del incidente.
Cris estaba sentado en una desolada sala de espera, con la única compañía
de una secretaria que no despegaba la vista de su revista de chismes
juveniles.
Llevaba una sudadera negra, holgada y suave para ocultar las marcas de una
noche en la que intentó silenciar el dolor de una vez por todas. Su madre lo
había encontrado a tiempo, pero las cicatrices, tanto físicas como
emocionales, seguían allí, recordándole cada día que su existencia es un
reclamo de dolor y desesperación.
El intento de suicidio no pasó desapercibido. Los medios de comunicación
aprovecharon el escándalo, conectando rápidamente el apellido Lucien con
el oscuro legado que su tío Daniel había dejado atrás.
El ciclo volvía a repetirse.
Las mismas voces que habían condenado a su familia años atrás, ahora se
ensañaban con él, el chico que "había seguido los pasos de su tío".
Sus pensamientos vagaban entre el dolor del pasado y la incertidumbre del
futuro, hasta que algo en la pantalla del televisor llamó su atención. Víctor y
Lisbeth, juntos, en un programa religioso. La imagen de Víctor, con su
camisa negra y corbata amarilla, sonriendo, lo sorprendió. Pero Cris sabía
que esa apariencia no era sincera. Lisbeth, en cambio, se veía
completamente integrada, con su falda larga y camisa con corbatín dorado,
como si la fe la hubiera absorbido por completo. Cris sintió una punzada en
el pecho. Allí estaban, las dos personas que habían significado tanto para él,
que lo habían traicionado de la peor forma.
Al instante el recuerdo de Ian inundó su mente. Lo acechaba como un lobo
a una liebre. Cada vez que pensaba en él, sentía rabia y tristeza. No podía
sacudirse la sensación de que había sido utilizado, de que su confianza
había sido destrozada. Y lo peor de todo era que no había dicho nada.
Guardaba el secreto como una herida profunda que siempre sangrará.
El claxon de un auto lo sacó de sus pensamientos. Era su madre,
esperándolo afuera después de su cita con el psiquiatra. Sus visitas al
especialista habían sido recomendadas por el juez, quien había visto en Cris
una figura frágil, necesitada de ayuda. Aunque había salido victorioso del
juicio, el precio emocional había sido alto.
Cris se levantó lentamente de la silla. A pesar de haber sobrevivido al
juicio, a pesar de que la verdad había salido a la luz gracias a los videos
originales, que mostraban cómo había sido acosado y provocado, la presión
no se había ido. Sabía que no podía escapar de lo que había sucedido.
Aunque lo más determinante para su caso fue que Adolfo sobrevivió. De
hecho, la herida que le hizo no fue tan profunda cómo había imaginado y no
necesitó tanta atención. Aun así, gracias al documental calumniador, su
imagen publica se fue al traste. Está de más mencionar que no volvió al
instituto.
Cada mirada que recibía en la calle, cada murmullo a sus espaldas, le
recordaban que, para muchos, él seguía siendo el "monstruo" que los
medios pintaban.
Al salir del edificio, el frío de la tarde lo envolvió. Se subió al auto de su
madre sin decir una palabra.
––¿Cómo te fue? ––preguntó su madre suavemente, sin apartar la vista del
camino.
Cris se encogió de hombros.
––Igual que siempre.
Su madre asintió en silencio, sabiendo que no obtendría más respuestas.
44
Cris observaba la vida pasar por la ventana mientras la música alegre
resonaba en el auto. Su madre intentaba transmitirle algo de su artificial
optimismo, tarareando la melodía, dando golpecitos al volante al ritmo de la
canción. A simple vista, podría parecer una mujer feliz, alguien que había
encontrado una forma de hacer las paces con su realidad. Pero Cris sabía
mejor que nadie que todo era una fachada. Esa sonrisa era un intento
desesperado por no desmoronarse. Admirable, sí. Porque él no era capaz ni
de fingir.
Él se sentía completamente desconectado de todo. Su vida era un pozo sin
fondo. La terapia, las pastillas, las miradas de los demás... todo le parecía
insignificante, irrelevante.
Cris se había resignado a que su vida siempre sería una mierda. Y deseaba
que su madre envejeciera y muriera para que él pudiera suicidarse
tranquilamente, sin que nadie lo detuviera. Hablar con el psiquiatra era,
cuanto menos, interesante, pero él no sentía que le ayudara. Y la medicina
que le recetaba solo lo hacía dormir más tiempo. Lo cual era bueno, pues
estar despierto suponía un problema. Casi todo el tiempo se la pasaba
leyendo libros, o viendo películas piratas en internet. Ignoraba totalmente el
mundo. No deseaba formar parte de la sociedad, ni que nadie se le acercara.
Nada le importaba de su vida anterior.
De repente, su madre bajó el volumen de la música. Algo la inquietaba. Cris
levantó la vista hacia el frente y vio lo que ella había notado unos segundos
antes: una columna de humo negro se elevaba en el horizonte, en la
dirección de su barrio. Su madre frunció el ceño y apretó las manos contra
el volante, sin atreverse a decir nada. Se mordió el labio y bajó la velocidad
del auto manteniendo los ojos fijos en el humo que se extendía sobre las
casas como una oscura premonición.
Cris la observó de reojo. Su madre no necesitaba decirlo en voz alta para
que ambos supieran lo que estaba ocurriendo. El corazón de Cris comenzó a
acelerarse, pero su mente, en su acostumbrada apatía, no reaccionaba. Solo
sentía un vacío incómodo en el estómago, una especie de resignación ante
lo inevitable.
El auto avanzaba lentamente, los gritos de los vecinos comenzaron a
hacerse audibles a medida que se acercaban. Y entonces, lo vieron.
Su casa, envuelta en llamas.
Las lenguas de fuego se elevaban hacia el cielo, devorando cada rincón de
la estructura. Cris y su madre permanecieron en silencio, observando con
horror cómo el fuego consumía todo. Los bomberos acababan de llegar,
pero el fuego ya había hecho demasiado daño.
Su madre dejó caer las manos del volante, incapaz de moverse. Las
lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro mientras sus labios
temblaban, como si intentara formular palabras que no lograba encontrar.
Cris, por su parte, solo observaba las llamas.
Por un instante, sintió una extraña calma. Como si, al ver su vida arder
frente a sus ojos, todo empezara a cobrar sentido. Porque ya no tenía dudas
de que su historia había terminado.
45
Cristen estaba solo en la habitación de un hotel modesto a las afueras de
Onei. Cuatro horas habían pasado desde que su casa fue reducida a cenizas.
Su madre estaba en la estación de policía.
Frente al espejo del baño, Cris sostenía un par de tijeras de papel, con la
frustración acumulada tensando cada músculo de su cuerpo. Intentaba
cortarse el cabello, cambiar su apariencia, ser otra persona... pero nada
parecía funcionar. Los mechones caían como pájaros muertos. Los cortes
eran irregulares, algunos mechones demasiado cortos, otros quedaban
intactos. Su imagen en el espejo se deformaba. Se sentía grotesco, un
monstruo incapaz de hallar una versión de sí mismo que pudiera soportar
ver.
––Doy asco ––murmuró.
El sentimiento de vergüenza lo invadía por completo.
Las tijeras se sentían inútiles entre sus manos.
No cortaban bien, no conseguían lo que quería.
Cris presionaba con fuerza, pero solo maltrataba su cabello.
Había huecos en su cabeza que no lograba disimular.
Se veía como un experimento fallido.
––¡Soy un desastre! ––gritó.
La ira brotó de repente, y antes de que pudiera detenerse, lanzó las tijeras
contra el espejo. El cristal se rompió en mil pedazos, fragmentos que
cayeron al suelo con un sonido seco. Los pedazos que no cayeron se
quedaron entre grietas, creando un reflejo distorsionado de su rostro.
Cris miró esa versión rota de sí mismo y, por primera vez, sintió que lo que
veía tenía sentido.
Era una imagen que encajaba con lo que él sentía por dentro: fragmentado,
astillado, irreparable. No era solo el espejo lo que estaba roto; era él, todo
él.
Extendió la mano temblorosa hacia uno de los pedazos de vidrio que aún
estaba incrustado en el marco. Lo tomó sin vacilar, presionando el filo
contra su piel, sintiendo cómo el cristal se clavaba lentamente en la carne de
sus dedos.
La sangre comenzó a fluir, pero no hubo dolor.
Porque a estas alturas, nada podría lastimarlo.
Hizo lo mismo con la otra mano, repitiendo el movimiento, sintiendo cómo
los bordes filosos del vidrio se adentraban más y más.
––Esto es lo que merezco ––pensó, mientras observaba cómo sus manos se
teñían de rojo.
Rasgó sus piernas, sus brazos, y su cara como si estuviera pasándose un par
de crayones por el cuerpo, dibujando tachones que intentaban ocultar un
error. Migajas de vidrio se quedaron incrustados en las profundas incisiones
causándole un ardor imposible de describir.
Quiso gritar, pero su boca se cerró con fuerza. En su lugar, movió los
brazos, como si fueran alas que intentaban volar, como si en algún
momento pudiera escapar de sí mismo. Pero no había escape. Su sangre
manchó las paredes.
El mundo a su alrededor empezó a desvanecerse, los bordes de su visión se
volvieron borrosos, como si todo el cuarto estuviera comprimiéndose sobre
él.
Cristen se vio por ultima vez en el espejo, tambaleando y resolvió terminar
con lo que empezó.
“Con que así es como se ven los monstruos…”, se dijo.
Incrustó el trozo de vidrio en su ojo.
EPILÓGO: EL VALLE DE
LAS CAMPANAS
46
Los humanos… son maravillosamente complejos, fascinantes en su torpeza,
en su incapacidad de ver el vasto entramado de emociones que los consume.
Me resulta extraño decirlo, pero aún me cuesta entenderlos. Sus decisiones
no tienen lógica alguna, sus deseos parecen contradictorios, sus miedos…
ah, son infinitos. Pero algo curioso ha ocurrido: he comenzado a sentirme
como uno de ellos. Uno de sus aspectos más maravillosos es su gran
capacidad para contagiar a los demás, y yo…
No puedo evitar preguntarme si, después de tanto tiempo observando, me
he convertido en una parte de esta cadena interminable de emociones.
¿Acaso sus dudas me han afectado? ¿He absorbido, sin querer, la esencia de
lo que los hace humanos? No estoy seguro de cuándo ocurrió, pero puedo
sentirlo. Es como si me estuvieran arrastrando hacia ellos, envolviéndome
en una red que antes solo miraba desde fuera.
Durante mi existencia, siempre me cuestioné si era un ángel o un demonio.
Dios o Diablo. Tal como Cristen, que pasó su vida entre la duda de ser
hombre o mujer, yo también viví en la incertidumbre de mi propia
naturaleza. Pero ahora, lo sé. No soy ni lo uno ni lo otro. ¡Soy ambos! Una
criatura sin definición, atrapada entre extremos.
Cristen… Ah, Cristen, tú y yo somos tan parecidos, más de lo que jamás
imaginé posible. Tu tragedia resuena dentro de mí como una lluvia de
asteroides cayendo sobre un planeta condenado, trayendo el fin del mundo.
Tu existencia ha sido como una tormenta, arrasando con todo a su paso,
dejando cicatrices en aquellos que te rodeaban. Y yo, yo te observé desde
las sombras, encantado con cada desastre que provocabas. Tu belleza es
objeto de reclamo, y desató obsesión en todas las formas.
"Bravo… ¡bravo!"
Aplaudo, aplaudo tu obra maestra. Porque eso es lo que has sido, Cristen: la
mejor obra de destrucción de todos los tiempos. Nunca pensé que vería algo
así. Y ahora, aquí estoy, en el lecho de tu muerte, observando tu cuerpo sin
vida en el suelo del baño.
Es la primera vez que lágrimas brotan de mis ojos. Estoy asombrado,
fascinado… orgulloso. Tu historia ha tenido todo lo que puede hacer que
una vida humana sea interesante. Has pasado por la envidia, la posesión, la
dualidad, el sexo, el autodescubrimiento… ¡Y la autodestrucción! Has sido,
sin duda, lo mejor que me ha ocurrido en esta eternidad vacía.
Miro tu cuerpo inerte y pienso en lo injusto que es todo esto. Aquí estás,
Cristen, en tu muerte, tan lleno de vida como siempre.
Me acerco a ti, mi querido Cristen, y te confieso lo que nunca antes había
sentido: te amo. De una manera extraña, perversa y profunda. Del mismo
modo en el que se aman los humanos.
Porque, como tú, yo también causo destrucción. Porque, como tú, yo saco
lo peor de quienes me rodean. Somos iguales, Cristen.
Cristen, gracias a ti… ¡yo me siento humano!
El amor, el odio, el deseo, la confusión… todo se remueve dentro de mí
como un tsunami a punto de arrastrar una ciudad, como un eco interminable
de lo que significa vivir. Jamás había entendido lo que era amar, hasta
ahora.
Miro tu cuerpo sin vida una vez más, sabiendo que, aunque estés muerto,
vivirás para siempre en mí.
No…
Yo…
¡YO NO PUEDO PERMITIR QUE TERMINE DE ESTA MANERA!
Prometí no intervenir, pero…
¡PERO…!
…lo amo tanto.

Cristen abrió los ojos. Parpadeó varias veces, confuso, tratando de recordar
qué había ocurrido. Todo parecía borroso, como si estuviera emergiendo de
un sueño espeso. Se llevó las manos al rostro, al pecho, buscando alguna
señal de lo que había sucedido. No había heridas, ni dolor. Nada.
Por un momento, pensó que todo había sido una pesadilla.
Pero entonces, su mirada se posó en el espejo roto, en los pedazos
esparcidos por el suelo y las manchas de en las paredes. Ahí estaba la
sangre, la evidencia tangible y aterradora, de lo que había hecho. Todo era
real. La sangre era suya. Había muerto.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral cuando una voz resonó dentro
de su cabeza, alegre y efervescente: “¡Bravo, Cristen! ¡Qué espectáculo!
¡Qué obra tan magnífica!”
Cristen no pudo evitar sonreír, a pesar del desconcierto. Era una reacción
involuntaria, algo dentro de esa voz lo animaba, lo llenaba de una extraña
calidez que no había sentido en mucho tiempo.
"¿Quién eres?" pensó, y la respuesta llegó de inmediato.
“Noctis, mi querido Cristen. Soy Noctis. He estado contigo todo este
tiempo, observando, admirando... amándote.”
Los recuerdos comenzaron a golpearlo con fuerza. Los insultos, las
traiciones, el dolor, la muerte. Todo regresaba como una oleada
abrumadora, y su breve sonrisa se desvaneció. El vacío volvió a instalarse
en su pecho, envolviendo cada rincón de su ser.
“No te apagues ahora”, le susurró Noctis, con dulzura. “Aún hay algo
que queda por hacer”.
Cristen no respondió. El peso de su pasado y su presente era casi
insoportable.
“Dime”, continuó Noctis, “¿qué tan grande es el odio en tu interior,
Cristen?”
Cristen dejó que esa pregunta se formara completamente en su mente. El
odio había estado creciendo, enterrado bajo capas de dolor y desesperanza,
y ahora, como una bestia que despertaba, empezaba a tomar forma. Sus
labios se entreabrieron lentamente, y con una voz apenas audible, confesó:
“Los odio a todos...”.
La respuesta llenó a Noctis de un júbilo incontenible: “¡Ah, maravilloso!
¡Eso es lo que quería escuchar!”.
De repente, la puerta del baño se abrió de golpe, pero al otro lado no estaba
la habitación del hotel. Lo que se extendía ante él era un salón imponente,
elegante, con candelabros brillando en lo alto y una música de piano que
llenaba el aire. Cristen la reconoció al instante: “Miroirs, compuesta por
Maurice Ravel”, la composición que su tío Daniel solía tocar. La melodía
que había marcado tantos recuerdos de su infancia, que siempre había
intentado aprender, pero que había sido demasiado compleja para él.
Noctis se materializó frente a él, emergiendo de las sombras como un
caballero en una fiesta de gala. Llevaba un antifaz negro que cubría parte de
su rostro, pero sus ojos brillaban con una intensidad sobrehumana.
“Permíteme el honor de un último baile, Cristen”, dijo, haciendo una
reverencia.
Cristen dio un paso fuera del baño, y al atravesar la puerta, su cuerpo
cambió de inmediato. Se encontró envuelto en un vestido de gala
impresionante, pomposo y elegante. La tela suave rozaba su piel con
delicadeza. Su cabello, que antes estaba desordenado y sucio, ahora caía en
cascadas perfectas, y su maquillaje resaltaba su belleza con un aire de
perfección. Se sentía como una reina.
Noctis extendió su mano, y Cristen la tomó, casi sin pensar.
––Vamos ––dijo Noctis, sonriendo.
Era un hombre alto, de complexión robusta, con facciones marcadas y
atractivas. Juntos, comenzaron a girar suavemente al compás de la melodía.
Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía.
––Eres fascinante… ––susurró Noctis al oído de Cristen mientras daban
vueltas suaves, abrazados––. Tan lleno de contradicciones. Tanto amor y
odio, tanto deseo de vivir y de destruirte a ti mismo y a lo que te rodea.
Cada uno de sus sentimientos me parece apasionadamente azucarado. No
existe nadie más dulce y puro como tú.
––¿Y qué mejor propósito que la destrucción? ––añadió––. Te ayudaré a
destruir el mundo, si es lo que deseas. Pero recuerda, solo lo haré si tú lo
quieres. No haré nada que no venga de tu corazón.
Cristen bajó la mirada por un momento, sintiendo el peso de esa decisión.
El odio en su interior estaba ardiendo con una intensidad que hacía vibrar
cada fibra sensible de su cuerpo. Apretó los labios y luego, alzando la vista,
miró a Noctis directamente a los ojos. Su ceño se frunció, y una sonrisa se
extendió por su rostro.
––Sí ––dijo con firmeza––. Quiero que todos mueran.
––¡Qué así sea! ––gritó Noctis con una pasión casi divina.
Y aunque, al final, no quedara nada más que un vacío infinito, Noctis lo
aceptaría. Porque dentro de él, viviría el recuerdo de un mundo que le
enseñó a amar el odio. Y eso sería suficiente para tolerar la eternidad.
NOTA DEL AUTOR:
Estimados lectores:
Soy Kristopher Rodas, autor de NOCTIS, y quiero agradecerles por haber llegado hasta aquí y haber
sido parte de este viaje. Escribir esta novela fue un desafío que disfruté enormemente, y espero que la
historia de Cristen Lucien les haya impactado tanto como a mí al escribirla. Crear libros es algo que
amo, pero hacerlo en Guatemala, donde menos del 1% de la población es lectora, es todo un reto.
Es por esto que les pido su colaboración para financiar la segunda parte de NOCTIS. La mejor forma
de apoyarme es hablando de esta novela en redes sociales, recomendando su compra a más lectores, y
adquiriendo alguno de mis otros libros en mi perfil de Amazon. Su apoyo es fundamental para que
esta historia continúe.

Gracias por acompañarme en este camino durante los últimos dos años.

Con infinita gratitud,

Kristopher Rodas
Puerto Barrios, Izabal,
09/09/2024

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