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El Ciclo

La protagonista despierta en un vacío negro, atrapada en un ciclo de transformación y experiencias incomprensibles. A medida que su cuerpo cambia y su mente evoluciona, finalmente comprende que su situación es un experimento y que ella es el sujeto observado. Decidida a escapar de este ciclo, se levanta para buscar la salida y despertar de verdad.

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El Ciclo

La protagonista despierta en un vacío negro, atrapada en un ciclo de transformación y experiencias incomprensibles. A medida que su cuerpo cambia y su mente evoluciona, finalmente comprende que su situación es un experimento y que ella es el sujeto observado. Decidida a escapar de este ciclo, se levanta para buscar la salida y despertar de verdad.

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EL CICLO

Despertó con un parpadeo involuntario, como si su sistema se reiniciara. No recordaba en qué


momento se había dormido, pero la acción era parte de su existencia. Frente a ella, el mismo
paisaje inmutable: un vacío negro absoluto que se extendía en todas direcciones. A veces,
parecía haber ondulaciones, pero tal vez solo era un error en la percepción de su entorno. La
sensación sofocante persistía, como siempre.

Se incorporó desde la estructura metálica donde yacía, un asiento liso, de un gris opaco. Sus
pies tocaron el suelo—si es que podía llamarse así—una superficie carente de textura, sin
temperatura. Un breve espasmo recorrió su cuerpo al contacto. Conocía esa sensación. Antes
la hubiera interpretado como dolor, pero ahora solo la percibía como un estímulo más, algo
que ocurría sin su control.

A su alrededor, el espacio era el mismo: el sillón y dos mesillas sin función aparente.
Ninguna puerta, ninguna ventana. Solo ella, sola, en ese lugar. Sabía que no tenía sentido
moverse demasiado; la última vez que lo intentó, caminó durante lo que parecieron horas y, al
parpadear, se encontró de vuelta en el mismo punto. Aquí no existía el tiempo. No había días,
ni horas, solo el ritmo de su propia respiración y las sensaciones que llegaban sin advertencia:
algunas la llenaban de júbilo inexplicable, otras la abatían hasta dejarla inmóvil.

Pero lo único que realmente cambiaba… era ella.

Su cabello crecía y se ondulaba más con cada ciclo. Su cuerpo se transformaba, sus
extremidades se alargaban, su piel adquiría nuevas texturas. A veces, sentía impulsos y
emociones desconocidas, como si algo más dentro de ella estuviera evolucionando, algo que
no controlaba. Se miró las manos: en los últimos ciclos, sus yemas parecían absorber luz en
lugar de reflejarla.

Entonces, como siempre, llegaron los sonidos.

—Ojalá esta vez sean más suaves —susurró, aunque sabía que pocas veces lo eran.

Shhhh. Shhhhh.

Los escuchaba acercarse. Como un mecanismo activado por una señal invisible, su cuerpo se
preparó. Dio tres pasos al frente, abrió las manos y los recibió.

La descarga la atravesó de inmediato. Un torrente de energía se propagó por sus nervios,


haciendo que su piel vibrara. Su visión se volvió un caleidoscopio de formas y colores
imposibles. Sintió un dolor punzante en el pecho, la presión cerrando sus pulmones, su mente
convulsionando bajo la avalancha de información que no podía comprender. Se desplomó.

El espacio se contrajo y expandió. Los murmullos se transformaron en filamentos que la


envolvían, recorriendo su piel como sensores explorando cada célula de su cuerpo. Era una
red viva que se tensaba y se relajaba, como si la estuviera analizando, midiendo cada cambio,
cada mínima desviación de su estructura.

No luchó. No tenía sentido hacerlo. Solo esperó.

Y, como siempre, después de lo que parecía una eternidad, la red la soltó y se replegó en la
oscuridad. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos. Miró su piel: las marcas rojizas quedaban
como rastros de lo ocurrido. No entendía su propósito. No entendía nada. Solo sabía que
sucedía una y otra vez.

Lo único que le quedaba era esperar a que sus ojos volvieran a cerrarse.

Pero entonces… algo cambió.

No hubo sonidos. No hubo descarga. En su lugar, una bruma comenzó a surgir del suelo,
extendiéndose en el espacio. Respiró y sintió un hormigueo recorrer su cuerpo. Sus pupilas se
dilataron, su percepción se distorsionó, y por primera vez en incontables ciclos, su mente se
despejó.

Comprendió.

El espacio no era un castigo. No era una prisión.

Era un experimento.

Ella era el sujeto.

Y alguien… o algo… estaba observando.

Por primera vez, supo lo que debía hacer.

Se levantó, ignorando la debilidad de su cuerpo. Caminó hacia el horizonte infinito con una
determinación nueva.

No esperaría al próximo ciclo. No esperaría a que la atraparan de nuevo.

Esta vez, encontraría la salida.

Esta vez… despertaría de verdad.

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