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Textos PL

El documento explora la complejidad del concepto de América Latina, destacando su diversidad cultural y la influencia histórica de la colonización europea. Se analiza la dependencia económica y política de la región respecto a Estados Unidos, así como las similitudes y diferencias entre los países latinoamericanos. Además, se menciona la singularidad de las sociedades latinoamericanas y su evolución histórica, marcada por contrastes socioeconómicos y estructuras agrarias desiguales.

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El documento explora la complejidad del concepto de América Latina, destacando su diversidad cultural y la influencia histórica de la colonización europea. Se analiza la dependencia económica y política de la región respecto a Estados Unidos, así como las similitudes y diferencias entre los países latinoamericanos. Además, se menciona la singularidad de las sociedades latinoamericanas y su evolución histórica, marcada por contrastes socioeconómicos y estructuras agrarias desiguales.

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Introducción

● ¿Qué es América Latina?


Se considera que el concepto es un problema.
A primera vista se trata de un concepto cultural, que cubre
exclusivamente las naciones de cultura latina de América.
Se puede pensar en descubrir una identidad subcontinental fuerte, tejida
de diversas solidaridades. Sin embargo, la diversidad misma de las
naciones latinoamericanas amenaza con menospreciar esta justificación.
● ¿Por qué latina?
El epíteto latina aparece en Francia bajo Napoleón III, vinculado al gran
designio de “ayudar” a las naciones “latinas” de América a detener la
expansión de EEUU. Esta latinidad fue combatida por Madrid en nombre
de la hispanidad y de los derechos de la madre patria, donde el término
América Latina sigue sin tener derecho de ciudadanía. EEUU, por su
parte, opuso el panamericanismo a esa máquina de guerra europea antes
de adoptar esa denominación vertical conforme a sus propósitos y que
contribuyó a propagar.
Esa América conquistada por los españoles y los portugueses, es
bastante latina en la formación de sus élites donde la cultura francesa
reina exclusivamente. De hecho, muchos intelectuales consideraban que
esa América sólo es latina por sus “preponderantes” y sus oligarquías.
Haya de la Torre propuso una nueva denominación regional:
“Indoamérica”. Sin embargo, el indio no tiene mucho éxito en América
ante las clases dirigentes. Marginado y excluido de la sociedad nacional,
es culturalmente minoritario en todos los grandes estados e incluso en
los de viejas civilizaciones precolombinas y de fuerte presencia indígena.
No obstante, incluso en los países más “blancos” la trama indígena jamás
está totalmente ausente y participa claramente en la conformación de la
fisonomía nacional. Ésta es la América “indolatina”.
Si bien la definición latina del subcontinente no abarca integral ni
adecuadamente realidades multiformes y en evolución, no por ello
podemos abandonar una etiqueta evocadora retomada hoy por todos y
particularmente por los propios interesados (nosotros). El concepto
América Latina no es ni plenamente cultural ni solamente geográfico.
América Latina existe, pero sólo por oposición y desde afuera, lo que
significa que los “latinoamericanos” en cuanto a categoría no
representan ninguna realidad tangible más allá de vagas extrapolaciones
o de generalizaciones cobardes.
● Una América periférica
A primera vista, nos hallamos frente a una América marcada por la
colonización española y portuguesa (incluso francesa), que se define por
contraste con la América anglosajona. Así pues, allí se habla español y
portugués en lo esencial. Sin embargo la ausencia de Canadá en ese
conjunto y el hecho de que algunos organismos internacionales incluyan
entre los estados latinoamericanos a Trinidad y Tobago, las Bahamas y
Guyana dan al perfil de la "otra América” una innegable coloración
socioeconómica y hasta geopolítica.
Todas esas naciones ocupan el mismo lugar en la discrepancia Norte-sur.
Esos países se inscriben entre los estados de la “periferia” del mundo
industrial.
Todos dependen históricamente del mercado mundial como productores
de materias primas y de bienes alimentarios, pero igualmente del
“centro”, que determina las fluctuaciones de precios, les proporciona
tecnología civil y militar, los capitales y los modelos culturales.
La famosa "cortina de tortillas” que fascina a millones de mexicanos
candidatos a la in migración clandestina en el país más rico del planeta,
forma una línea de demarcación a la vez cultural y socioeconómica
excesivamente cargada de valor simbólico.
Quizá podríamos clasificar entre las naciones latinoamericanas a todos
los países del continente americano en vías de desarrollo tan cierto es
que a nadie se le ocurriría incluir en la opu lenta América anglosajona a
las Antillas anglohablantes o a Guyana. Tan cierto es también que en esa
zona la política domina mucho más que la geografía.
● …que pertenece culturalmente a Occidente
Con relación al resto del mundo en desarrollo, la singularidad del
subcontinente "latino” también es flagrante. Forma parte, para emplear
la frase de Valéry, de un mundo "deducido”: una "invención” de Europa
que por la conquista entró a la esfera cultural occidental. Las
civilizaciones precolombinas no resistieron en efecto a los invasores que
impusieron sus lenguas pero también sus valores y religión. Los propios
indígenas y los africanos llevados como esclavos a ese “Nuevo Mundo”
adoptaron bajo diversas formas sincréticas la religión cristiana. Brasil es
hoy la primera nación católica del mundo. Todo ello da a la región un
lugar aparte en el mundo subdesarrollado. Por ello América Latina
aparece como el Tercer Mundo de Occidente o el occidente del Tercer
Mundo. Lugar ambiguo si así puede decirse en el que el colonizado se
identifica con el colonizador.
Ese carácter “europeo” de las sociedades de América La tina tiene
consecuencias evidentes sobre el desarrollo socioeconómico de los países
involucrados. La fluidez de las corrientes migratorias del Viejo Mundo al
Nuevo ha multiplicado las transferencias de conocimientos y capitales.
Asimismo las naciones de América Laltina aparecen en la estratificación
internacional como una especie de “clase media”, o sea en una situación
intermedia.
La mayoría de los grandes países de América Latina tienen economías
semiindustriales y los 3 grandes (Brasil, México y Argentina) se sitúan
entre los nuevos países industrializados. Los indicadores de
modernización colocan a Bra, Mex, Chi, Col, Cub y Ven por encima de los
países africanos y de la mayoría de las naciones de Asia. A este respecto,
Arg y Uru se hallan entre los países avanzados.
Más allá de esos grandes rasgos nos damos cuenta de que casi todos
proceden del exterior del subcontinente.
● Paralelismo de las evoluciones históricas
A partir de la independencia, los estados del subcontinente recorren a
grosso modo trayectorias paralelas en las cuales aparecen períodos
claramente discernibles.
Primeramente comienza para los estados recién emancipados lo que el
historiador Tulio Halperín Donghi ha llamado la “larga espera”, durante
la cual la destrucción del Estado colonial no permite aún la instauración
de un nuevo orden. Mientras a esas 'balbucientes’ naciones les es difícil
hallar un papel a su medida, las repúblicas hispanas atraviesan largos
períodos de turbulencias anárquicas donde se despliega el desorden
depredador de señores de la guerra, y el Brasil independiente parece
prolongar sin sobresaltos, bajo la égida de la monarquía unitaria de los
Braganza y del emperador Pedro I, el statu quo colonial.
Entre 1850 y 1880, con raras excepciones concernientes a algunas
pequeñas repúblicas de América Central o del Cari be, las naciones del
subcontinente entran en la “edad econó mica”, que algunos han
bautizado como “orden neocolonial”; se integran al mercado
internacional. Producen y exportan materias primas. Importan bienes
manufacturados. Mecanismo esencial de la nueva división internacional
del trabajo que se efectúa bajo la égida de Gran Bretaña, cada país se
especializa en algunos productos, y a veces en uno solo.
Entre 1880 y 1930 ese nuevo orden alcanza su punto máximo. Sin
embargo, la crisis de 1929 pondría fin a la euforia de esa “bella época”.
El final del mundo liberal es también el de la hegemonía británica.
El período que comienza es determinado por las relaciones de América
del Norte con los países de la región o, más precisamente, por los tipos
de políticas latinoamericanas que Washington pone en práctica
sucesivamente.
● Semejanzas de las obligaciones y las estructuras
1. La concentración de la propiedad de la tierra: La distribución
desigual de la propiedad territorial es una característica común de
los países de la región. Es independiente de la conciencia que de
ella tienen los actores y no siempre aparece como una fuente de
tensiones sociales o de debate político. No obstante el predominio
de la gran propiedad agraria tiene consecuencias evidentes sobre
la modernización de la agricultura, así como sobre la creación de
un sector industrial eficaz. Afecta directamente la influencia social
y por tanto el sistema político. Esta tendencia no ha cesado hasta
nuestros días; la conquista patrimonial continuada aparece como
un elemento/situación permanente a escala continental a la cual
sólo escapan las revoluciones agrarias radicales (Cuba).
2. La antigüedad de la independencia así como los modelos de
desarrollo adoptados han determinado la singularidad de los
procesos de modernización: a una industrialización tardía y
escasamente autónoma correspondió una urbanización fuerte,
anterior al nacimiento de la industria. El excesivo desarrollo del
sector terciario de las economías es el efecto más aparente de una
urbanización refugio, vinculada a los factores de expulsión del
campo debidos a la concentración territorial.
3. La amplitud de los contrastes regionales es también resultado de la
urbanización concentrada, de las particularidades de las
estructuras agrarias y de la industrialización. Dentro de cada país
se reproduce el esquema planetario que opone un centro opulento
a periferias miserables. Los contrastes internos son más flagrantes
que en la mayoría de los países en vías de desarrollo.
El término América Latina, si se le da un contenido ampliamente
extracultural, designa pues una realidad discernible y específica.
Sin embargo esta especificidad fuerte, innegable, rebasa las
peripecias socioeconómicas. Se inscribe en el tiempo y el espacio
regionales. Esta América posee su tiempo propio, un "tiempo
americano” “más denso, más cargado de modificación, por lo tanto
que corre más rápido que el nuestro”, producto de una "historia
acelerada” hecha de una "gigantesca recuperación” que comienza
con la prehistoria del continente, tardíamente poblado,
probablemente por migraciones. Las sociedades latinoamericanas
aparecen como verdaderos conservatorios de formas sociales
superadas en el resto del mundo occidental, incluso como "museos
políticos” donde las sustituciones de élites se efectúan por
yuxtaposición más que por eliminación.
● Diversidad de las sociedades, singularidad de las naciones
Un destino colectivo forjado por evoluciones paralelas, una misma
pertenencia cultural a Occidente y una dependencia multiforme en
relación con un centro único situado en el mismo continente: los factores
de unidad rebasan fortaleciendo la sorprendente continuidad lingüística
de la América de habla portuguesa y, a fortiori, de la América española.
Sin embargo a esta homogeneidad responde una no menos grande
heterogeneidad de naciones contiguas. Las disparidades entre países
saltan a la vista. Su tamaño ante todo.
● “Tan cerca de EEUU”: potencias emergentes y “repúblicas
bananeras”
La dominación de Estados Unidos es hoy particularmente notoria en el
“Mediterráneo americano” que forman, entre el istmo centroamericano y
el arco de las Antillas, el golfo de México y el mar Caribe. Supuestamente
todo lo que afecta a esta zona afecta directamente la seguridad del país
"líder del mundo libre". El control de los estrechos y del canal inter
oceánico, así como de los posibles trazados de nuevos pasos del Atlántico
al Pacífico, es considerado vital para Estados Unidos: la comunicación
marítima entre las costas este y oeste transforma el canal de Panamá en
una vía de agua doméstica, mientras las líneas de comunicación con los
aliados europeos serían puestas en peligro por una presencia hostil en el
conjunto de las Grandes Antillas.
La soberanía de las naciones bañadas por el "lago americano” está
limitada por los intereses nacionales de la metrópoli septentrional. En
Panamá EEUU impuso (1903) el enclave colonial del canal, Nicaragua
fue ocupada militarmente de 1912 a 1925, y luego nuevamente de 1926 a
1933, Haití de 1915 a 1934, la República Dominicana de 1916 a 1924.
Finalmente, Cuba sólo se liberó del yugo español en 1898 para
convertirse en semiprotectorado.
Esta puntillosa hegemonía no cambió ni sus métodos ni sus objetivos a la
hora de los misiles intercontinentales. Las tropas estadunidenses
intervinieron en la República Dominicana en 1965 para evitar una "nueva
Cuba", y en octubre de 1983 en la pequeña isla de Granada par a echar a
un gobierno de tipo castrista.
La exasperación neocolonial estadounidense ha conducido a Estados
Unidos a apoyar en la zona a cualquier régimen con tal de que fuera
claramente proestadunidense y a derrocar a cualquier gobierno que
intentaba sacudirse la tutela del hermano mayor, o afectaba sus intereses
privados y más generalmente el modo de producción capitalista.
Es evidente que las posibilidades económicas de esos estados entre los
cuales se hallan los más pobres y atrasados del subcontinente, no
compensan ni su exigüidad ni su infortunio geopolítico.
Los estados de la América meridional son a la vez que lejanos de Estados
Unidos, más grandes y más ricos: los dos más extensos de la región,
Brasil y Argentina, son también los dos países más industrializados del
subcontinente. Su voz cuenta, su autonomía política es antigua. Las
naciones de América del Sur jamás han padecido alguna intervención
militar directa de Estados Unidos, quien para con ellos utiliza estrategias
más sutiles o por lo menos más indirectas. Pero también la fascinación
del American way of lije se da en menor medida.
Estos se desprenden estados capaces de individualizarse en la escena
internacional y cuyo perfil propio se destaca claramente sobre un
conjunto latinoamericano condenado todavía ayer a la imitación y aún
hoy en mucho al anonimato bajo una tutela paternal y condescendiente.
La presencia de un recurso valorizado en el mercado mundial o una
coyuntura favorable pueden elevar a un país modesto a la categoría de
los “grandes” del subcontinente: recientemente ése fue el caso de
Venezuela, promovida por el boom petrolero. La ruptura con la
metrópoli, una inversión de alianza o de sujeción pudieron dar a un
pequeño país una situación sin relación con su importancia específica:
fue el caso de la Cuba castrista y la Nicaragua sandinista.
● Clima, población y sociedad
En América del Sur generalmente se distingue una América templada
que ocupa el "cono sur” del continente y que comprende a Argentina,
Uruguay y Chile, que por su clima, sus cultivos y su población es la parte
más cercana al Viejo Mundo, y una América tropical, en donde
generalmente se clasifica a los países andinos, Paraguay y Brasil.
Podemos pensar que la población es un indicador mejor y más manejable
para una tipología, rigurosa. Es cierto que se encuentra cierta
correspondencia entre climas y poblaciones, en conexión sobre todo con
los tipos de culturas históricamente privilegiadas. En efecto, la
distribución regional de los tres componentes de la población americana
dibuja zonas de dominante identificable. Las naciones mestizas son las
más numerosas y, a menudo, en sociedades de población compleja, se
yuxtaponen espacios étnicamente homogéneos.
Podemos distinguir: una zona de densa población india que abarca la
América media y el noroeste de América del Sur, donde florecieron las
grandes civilizaciones; de las Américas negras al noreste en el perímetro
caribeño, Antillas y Brasil, ligadas a la gran especulación azucarera de la
época colonial sobre todo; y finalmente un sur, pero sobre todo un
sureste “blanco”, tierra templada que recibió a la mano de obra libre
europea, que se diseminó allí a partir del último cuarto del siglo XIX.
Darcy Ribeiro distingue 3 categorías de sociedades:
a) Los pueblos testigos: son los descendientes de las grandes
civilizaciones azteca, maya e inca. Corresponden pues a esos países
donde la proporción de indígenas es relativamente elevada.
b) Los pueblos trasplantados: forman la América blanca. Simétricos
de los angloamericanos del norte, son los rioplatenses de Uruguay
y Argentina. En esas tierras de población reciente donde indígenas
nómadas de escaso nivel cultural fueron despiadadamente
eliminados antes de la oleada migratoria, nació una especie de
Europa austral. Sin embargo, presentan características sociales
diferentes, lo cual explica su evolución posterior. Su singularidad
es fuerte. Los argentinos se enorgullecían a principios de siglo de
ser el “único país blanco al sur de Canadá”.
c) Los pueblos nuevos: se coloca a Brasil, Colombia, Venezuela, Chile
y las Antillas. Son producto del mestizaje biológico y cultural. Allí
está la “verdadera” América, donde se forja la “raza cósmica” del
futuro.
También se puede considerar otra clasificación, basada en la
homogeneidad cultural y la importancia del sector tradicional de la
sociedad.
Si se toma como indicador la más o menos grande homogeneidad
cultural, estimándosela en función del grado de integración social y de la
existencia de una o varias culturas en el seno de la sociedad nacional, es
posible discernir tres grupos:
★ Homogéneos: Argentina, Chile, Uruguay; en un menor grado Haití,
El Salvador y Venezuela.
★ Heterogéneos: Guatemala, Ecuador, Bolivia, Perú.
★ En vías de homogeneización: Brasil, México, Colombia. Los
criterios de semejante clasificación pueden ser considerados
eminentemente subjetivos.
La multiplicación de las tipologías permite circunscribir cierta cantidad
de países en los dos extremos de la cadena; da una idea aproximativa,
grosera, es verdad, pero útil, de las diferencias y, por consiguiente, del
abanico de realidades sociales heterogéneas que se ocultan bajo la
etiqueta abarca todo de América Latina, sin por ello ceder a los
espejismos del particularismo nacional y de la singularidad histórica.

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