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Doctrinas Básicas

El documento detalla las doctrinas básicas del Evangelio que deben enseñarse en seminarios e institutos, enfatizando la importancia de reconocer, entender y aplicar estas verdades para fortalecer el testimonio de los alumnos. Se abordan conceptos clave como la Trinidad, el Plan de Salvación, la vida preterrenal, la Creación, la Caída, la vida terrenal, la vida después de la muerte, la Expiación de Jesucristo, la fe, y el arrepentimiento, todos interrelacionados en el contexto del evangelio restaurado. Además, se incluyen referencias de las Escrituras para profundizar en cada doctrina y su aplicación en la vida de los creyentes.

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Doctrinas Básicas

El documento detalla las doctrinas básicas del Evangelio que deben enseñarse en seminarios e institutos, enfatizando la importancia de reconocer, entender y aplicar estas verdades para fortalecer el testimonio de los alumnos. Se abordan conceptos clave como la Trinidad, el Plan de Salvación, la vida preterrenal, la Creación, la Caída, la vida terrenal, la vida después de la muerte, la Expiación de Jesucristo, la fe, y el arrepentimiento, todos interrelacionados en el contexto del evangelio restaurado. Además, se incluyen referencias de las Escrituras para profundizar en cada doctrina y su aplicación en la vida de los creyentes.

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Doctrinas básicas

Las doctrinas básicas se deben recalcar tanto en las clases de seminario


como de instituto. Los maestros deben ayudar a los alumnos a
reconocer, entender, creer, explicar y aplicar esas doctrinas del
Evangelio. Eso ayudará a los alumnos a fortalecer su testimonio y a
aumentar su agradecimiento por el evangelio restaurado de Jesucristo.
El estudiar esas doctrinas también contribuirá a que los alumnos estén
mejor preparados para enseñar esas importantes verdades a otras
personas.

La mayoría de los 100 pasajes de dominio de las Escrituras fueron


seleccionados por Seminarios e Institutos de Religión con el fin de que
los alumnos comprendan mejor las doctrinas básicas. Casi todas las
referencias de las Escrituras que figuran en este documento son pasajes
de dominio y se han incluido para mostrar su relación con las doctrinas
básicas.

1. La Trinidad
La Trinidad se compone de tres personajes diferentes: Dios el Eterno
Padre, Su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo (véase José Smith—
Historia 1:15–20). El Padre y el Hijo tienen cuerpos tangibles de carne y
huesos, y el Espíritu Santo es un personaje de espíritu (véase D. y C.
130:22–23). Ellos son uno en propósito y doctrina, y están
perfectamente unidos para llevar a cabo el divino plan de salvación del
Padre Celestial.

Dios el Padre
Dios el Padre es el Gobernante Supremo del universo, y es el Padre de
nuestro espíritu (véase Hebreos 12:9). Es perfecto, tiene todo poder y
sabe todas las cosas. También es un Dios de misericordia, bondad y
caridad perfectas.

Jesucristo
Jesucristo es el Primogénito del Padre en el espíritu y el Unigénito del
Padre en la carne; es Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del
Nuevo Testamento.

Vivió una vida sin pecado y llevó a cabo una expiación perfecta por los
pecados de toda la humanidad (véase Alma 7:11–13). Su vida es el
ejemplo perfecto de la forma en que deben vivir todos los seres
humanos (véase Juan 14:6; 3 Nefi 12:48). Él fue la primera persona de la
Tierra que resucitó (véase 1 Corintios 15:20–22). Él vendrá de nuevo
con poder y gloria, y reinará sobre la tierra durante el Milenio.

Toda oración, bendición y ordenanza del sacerdocio debe efectuarse en


el nombre de Jesucristo (véase 3 Nefi 18:15, 20–21).

Referencias afines: Helamán 5:12; D. y C. 19:23; D. y C. 76:22–24

El Espíritu Santo
El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Es un personaje
de espíritu, sin un cuerpo de carne y huesos. A menudo se hace
referencia a Él como el Espíritu, el Santo Espíritu, el Espíritu de Dios,
el Espíritu del Señor y el Consolador.

El Espíritu Santo da testimonio del Padre y del Hijo, revela la verdad de


todas las cosas y santifica a quienes se arrepienten y se bautizan (véase
Moroni 10:4–5).

Referencias afines: Gálatas 5:22–23; D. y C. 8:2–3

2. Plan de Salvación
En la existencia preterrenal, el Padre Celestial presentó un plan para
permitirnos llegar a ser como Él y obtener la inmortalidad y la vida
eterna (véase Moisés 1:39). En las Escrituras se hace referencia a ese
plan como el Plan de Salvación, el gran plan de felicidad, el plan de
redención y el plan de misericordia.

El Plan de Salvación comprende la Creación, la Caída, la expiación de


Jesucristo y todas las leyes, ordenanzas y doctrinas del Evangelio. El
albedrío moral, que es la capacidad de escoger y actuar por nosotros
mismos, es también esencial en el plan de nuestro Padre Celestial (véase
2 Nefi 2:27). Gracias a ese plan, podemos ser perfeccionados por medio
de la Expiación, recibir una plenitud de gozo y vivir para siempre en la
presencia de Dios (véase 3 Nefi 12:48). Nuestros vínculos familiares
pueden perdurar por las eternidades.

Referencias afines: Juan 17:3; D. y C. 58:27

La vida preterrenal
Antes de nacer en la tierra, vivíamos en la presencia de nuestro Padre
Celestial por ser Sus hijos procreados como espíritus (véase Abraham
3:22–23). En esa existencia preterrenal, participamos en un concilio
junto con los demás hijos del Padre Celestial procreados en espíritu. En
ese concilio, el Padre Celestial presentó Su plan y Jesucristo hizo
convenio en la vida preterrenal de ser el Salvador.
Nosotros usamos nuestro albedrío para seguir el plan del Padre
Celestial, y nos preparamos para venir a la tierra, donde podríamos
seguir progresando.

A los que siguieron a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo se les


permitió venir a la tierra para experimentar la condición de seres
mortales y progresar hacia la vida eterna. Lucifer, otro hijo de Dios
procreado en espíritu, se rebeló contra el plan y llegó a ser Satanás. Él y
sus seguidores fueron expulsados del cielo y se les negaron los
privilegios de recibir un cuerpo físico y de experimentar la vida
terrenal.

Referencias afines: Jeremías 1:4–5

La Creación
Jesucristo creó los cielos y la Tierra bajo la dirección del Padre. La
Tierra no se creó de la nada, sino que fue organizada de materia que ya
existía. Jesucristo ha creado incontables mundos (véase D. y C. 76:22–
24).

La creación de la Tierra fue una parte esencial del plan de Dios, ya que
proporcionó un lugar en el que podríamos obtener un cuerpo físico, ser
probados y desarrollar atributos divinos.

Debemos usar los recursos de la Tierra con sabiduría, juicio y gratitud


(véase D. y C. 78:19).

Adán fue el primer hombre creado sobre la Tierra. Dios creó a Adán y a
Eva a Su propia imagen. Todos los seres humanos, hombres y mujeres,
son creados a imagen de Dios (véase Génesis 1:26–27).

La Caída
En el Jardín de Edén, Dios mandó a Adán y a Eva que no comieran del
fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; la consecuencia de
hacerlo sería la muerte espiritual y física. La muerte espiritual es estar
separados de Dios. La muerte física es la separación del espíritu y el
cuerpo mortal. Debido a que Adán y Eva transgredieron el mandato de
Dios, fueron expulsados de Su presencia y llegaron a ser mortales. A la
transgresión de Adán y Eva y a los cambios consiguientes que ellos
experimentaron, incluidas la muerte espiritual y física, se les llama la
Caída.

Como resultado de la Caída, Adán y Eva y su posteridad podrían saber


lo que era el gozo y el pesar, conocer el bien y el mal, y tener hijos
(véase 2 Nefi 2:25). Como descendientes de Adán y Eva, heredamos un
estado caído en la vida terrenal, Quedamos separados de la presencia
del Señor y sujetos a la muerte física. También se nos prueba con las
dificultades de la vida y las tentaciones del adversario. (Véase Mosíah
3:19.)

La Caída es una parte esencial del Plan de Salvación de nuestro Padre


Celestial y tiene una dirección doble: hacia abajo y también hacia
delante. Además de introducir la muerte física y espiritual, nos dio la
oportunidad de nacer en la Tierra, y de aprender y progresar.

La vida terrenal
La vida terrenal o mortal es un tiempo de aprendizaje en el que
podemos prepararnos para la vida eterna, y demostrar que usaremos
nuestro albedrío para hacer todo lo que el Señor ha mandado. En esta
vida terrenal, debemos amar y servir a los demás (véase Mosíah 2:17;
Moroni 7:45, 47–48).

En la vida terrenal, nuestro espíritu está unido a nuestro cuerpo físico,


lo cual nos da oportunidades de progresar y desarrollarnos de modos
que no eran posibles en la vida preterrenal. Nuestro cuerpo es una parte
importante del Plan de Salvación y debe respetarse como un don de
nuestro Padre Celestial (véase 1 Corintios 6:19–20).

Referencias afines: Josué 24:15; Mateo 22:36–39; 2 Nefi 28:7–9; Alma


41:10; D. y C. 58:27

La vida después de la muerte


Cuando morimos, nuestro espíritu entra en el mundo de los espíritus y
espera la resurrección. A los espíritus de los justos se les recibe en un
estado de felicidad que se llama paraíso. Muchos de los fieles predicarán
el Evangelio a quienes se encuentran en la prisión espiritual.

La prisión espiritual es un lugar provisional en el mundo después de la


muerte para quienes fallezcan sin el conocimiento de la verdad y para
los que sean desobedientes en la vida terrenal. Allí se les enseña el
Evangelio a los espíritus, y tienen la oportunidad de arrepentirse y
aceptar las ordenanzas de salvación que se realizan a favor de ellos en
los templos (véase 1 Pedro 4:6). Quienes acepten el Evangelio podrán
morar en el paraíso hasta la resurrección.

La resurrección es la reunión del cuerpo espiritual con el cuerpo físico


de carne y huesos (véase Lucas 24:36–39). Después de la resurrección, el
espíritu y el cuerpo nunca más se separarán, y seremos inmortales. Toda
persona que haya nacido en la Tierra resucitará gracias a que Jesucristo
venció la muerte (véase 1 Corintios 15:20–22). Los justos resucitarán
antes que los inicuos, y saldrán en la Primera Resurrección.

El Juicio final será después de la resurrección y Jesucristo juzgará a cada


persona para decidir la gloria eterna que recibirá. Este juicio se basará
en la obediencia de cada persona a los mandamientos de Dios (véase
Apocalipsis 20:12; Mosíah 4:30).

Hay tres reinos de gloria (véase 1 Corintios 15:40–42); el más alto de


todos es el reino celestial. Los que sean valientes en el testimonio de
Jesús y obedientes a los principios del Evangelio morarán en el reino
celestial en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo (véase
D. y C. 131:1–4).

El segundo de los tres reinos de gloria es el reino terrestre; los que


morarán en ese reino serán los hombres y las mujeres honorables de la
tierra que no fueron valientes en el testimonio de Jesús.

El reino telestial es el más bajo de los tres reinos de gloria; heredarán


ese reino los que hayan elegido la iniquidad en vez de la rectitud
durante la vida terrenal. Esas personas recibirán su gloria después de
haber sido redimidos de la prisión espiritual.

Referencias afines: Juan 17:3

3. Expiación de Jesucristo
Expiar significa sufrir el castigo por el pecado, y de ese modo, se quitan
los efectos del pecado del pecador arrepentido y se le permite
reconciliarse con Dios. Jesucristo fue el único ser capaz de realizar una
expiación perfecta por toda la humanidad. Su expiación incluyó el
sufrimiento que Él padeció por los pecados de la humanidad en el
jardín de Getsemaní, el derramamiento de Su sangre, el sufrimiento y la
muerte que padeció en la cruz, y Su resurrección de la tumba (véase
Lucas 24:36–39; D. y C. 19:16–19). El Salvador fue capaz de realizar la
Expiación porque se mantuvo libre del pecado y porque tenía poder
sobre la muerte. Heredó de Su madre terrenal la capacidad para morir,
y de Su Padre inmortal heredó el poder para volver a tomar Su vida.

Por medio de la gracia, que el sacrificio expiatorio de Jesucristo hizo


posible, todos resucitarán y recibirán la inmortalidad. La expiación de
Jesucristo también hace posible que recibamos la vida eterna (véase
Moroni 7:41). Para recibir ese don, debemos vivir el evangelio de
Jesucristo, el cual incluye tener fe en Él, arrepentirnos de nuestros
pecados, ser bautizados, recibir el don del Espíritu Santo y perseverar
fielmente hasta el fin (véase Juan 3:5).

Como parte de Su expiación, Jesucristo no sólo padeció por nuestros


pecados sino que también tomó sobre Sí los dolores y las enfermedades
de todas las personas (véase Alma 7:11–13). Él comprende nuestro
sufrimiento porque lo ha experimentado. Su gracia, o poder
habilitador, nos fortalece para soportar las cargas y llevar a cabo tareas
que no podríamos realizar solos (véase Mateo 11:28–30; Filipenses 4:13;
Éter 12:27).

Referencias afines: Juan 3:5; Hechos 3:19–21

La fe en Jesucristo
La fe es la “esperanza en cosas que no se ven, y que son verdaderas”
(Alma 32:21; véase también Éter 12:6). La fe es un don de Dios.

Las personas deben centrar su fe en Jesucristo para que las lleve a la


salvación. Tener fe en Jesucristo significa confiar completamente en Él,
así como en Su expiación, poder y amor infinitos; ello incluye creer en
Sus enseñanzas y aceptar que, aunque nosotros no comprendemos
todas las cosas, Él sí las comprende (véase Proverbios 3:5–6; D. y C.
6:36).

La fe es algo más que una creencia pasiva; la fe se expresa mediante la


forma en que vivimos (véase Santiago 2:17–18). La fe aumenta a medida
que oramos, estudiamos las Escrituras y obedecemos los mandamientos
de Dios.

Los Santos de los Últimos Días también tienen fe en Dios el Padre, en el


Espíritu Santo, en el poder del sacerdocio y en otros aspectos
importantes del Evangelio restaurado. La fe nos ayuda a sanar tanto
espiritual como físicamente, y a recibir fuerza para seguir adelante,
hacer frente a las dificultades y vencer la tentación (véase 2 Nefi 31:19–
20). El Señor obrará grandes milagros en nuestra vida de acuerdo con
nuestra fe.

Por medio de la fe en Jesucristo, la persona obtiene la remisión de los


pecados, y con el tiempo puede morar en la presencia de Dios.

Referencias afines: Mateo 11:28–30

Arrepentimiento
El arrepentimiento es un cambio en la mente y en el corazón que nos da
una nueva perspectiva en cuanto a Dios, a nosotros mismos y al mundo.
Implica apartarse del pecado y volverse a Dios en busca del perdón. Lo
motiva el amor de Dios y el deseo sincero de obedecer Sus
mandamientos.

Los pecados nos vuelven impuros, es decir, indignos de regresar y


morar en la presencia de nuestro Padre Celestial. Por medio de la
expiación de Jesucristo, nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado
la única forma de recibir el perdón de nuestros pecados (véase Isaías
1:18).

El arrepentimiento incluye sentir pesar por haber cometido pecado;


confesar a nuestro Padre Celestial y, si fuera necesario, a otras personas;
abandonar el pecado; procurar restituir hasta donde sea posible todo el
daño ocasionado por nuestros pecados, y llevar una vida de obediencia
a los mandamientos de Dios (véase D. y C. 58:42–43).

Referencias afines: Isaías 53:3–5; Juan 14:6; 2 Nefi 25:23, 26; D. y C.


18:10–11; D. y C. 19:23; D. y C. 76:40–41

4. Dispensación, apostasía y restauración


Dispensación
Una dispensación es un lapso de tiempo en el que el Señor revela Sus
doctrinas, Sus ordenanzas y Su sacerdocio. Es un período en el que el
Señor tiene por lo menos un siervo autorizado sobre la tierra que posee
el santo sacerdocio y que tiene la comisión divina de declarar el
Evangelio y administrar sus ordenanzas. Hoy vivimos en la última
dispensación, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, que
comenzó cuando se reveló el Evangelio a José Smith.

Las dispensaciones anteriores son las de Adán, Enoc, Noé, Abraham,


Moisés y Jesucristo. También ha habido otras dispensaciones, entre ellas
las que hubo entre los nefitas y los jareditas. El Plan de Salvación y el
evangelio de Jesucristo se han revelado y enseñado en todas las
dispensaciones.

Apostasía
Cuando las personas se apartan de los principios del Evangelio y no
cuentan con las llaves del sacerdocio, se encuentran en un estado de
apostasía.

Los periodos de apostasía general han ocurrido a lo largo de la historia


del mundo. Un ejemplo es la Gran Apostasía que tuvo lugar después de
que el Salvador estableció Su Iglesia (véase 2 Tesalonicenses 2:1–3).
Tras la muerte de los Apóstoles del Salvador, los hombres corrompieron
los principios del Evangelio e hicieron cambios no autorizados en la
organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio. Debido a
esa iniquidad generalizada, el Señor quitó de la tierra la autoridad y las
llaves del sacerdocio.

Durante la Gran Apostasía, a las personas les faltaba la orientación


divina de los profetas vivientes; se establecieron muchas iglesias, pero
no tenían la autoridad para conferir el don del Espíritu Santo ni para
llevar a cabo otras ordenanzas del sacerdocio. Se corrompieron o se
perdieron algunas partes de las Santas Escrituras, y las personas ya no
tenían un conocimiento cabal de Dios.
Esa apostasía se prolongó hasta que el Padre Celestial y Su Hijo Amado
se aparecieron a José Smith e iniciaron la restauración de la plenitud del
Evangelio.

Restauración
La restauración es la restitución que Dios hace de las verdades y
ordenanzas de Su evangelio entre Sus hijos en la tierra (véase Hechos
3:19–21).

Como preparación para la Restauración, el Señor escogió hombres


nobles durante lo que se denomina la Reforma. Ellos intentaron
restituir la doctrina, las prácticas y la organización religiosa a la forma
en que el Señor las había establecido. Sin embargo, no tenían el
sacerdocio ni la plenitud del Evangelio.

La Restauración se inició en 1820 cuando Dios el Padre y Su Hijo


Jesucristo se aparecieron a José Smith en respuesta a su oración (véase
José Smith—Historia 1:15–20). Algunos de los acontecimientos clave de
la Restauración fueron la traducción del Libro de Mormón, la
restauración del Sacerdocio Aarónico y del Sacerdocio de Melquisedec,
y la organización de la Iglesia el 6 de abril de 1830.

Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico a José Smith y a Oliver


Cowdery el 15 de mayo de 1829. El Sacerdocio de Melquisedec y las
llaves del reino también se restauraron en 1829, cuando los Apóstoles
Pedro, Santiago y Juan lo confirieron a José Smith y a Oliver Cowdery.

Se ha restaurado la plenitud del Evangelio y La Iglesia de Jesucristo de


los Santos de los Últimos Días es “la única iglesia verdadera y viviente
sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30). A su tiempo, la Iglesia
llenará toda la tierra y permanecerá para siempre.

Referencias afines: Isaías 29:13–14; Ezequiel 37:15–17; Efesios 4:11–14;


Santiago 1:5–6

5. Los profetas y la revelación


Un profeta es una persona que ha sido llamada por Dios para hablar en
Su nombre (véase Amós 3:7). Los profetas testifican de Jesucristo y
enseñan Su evangelio. Dan a conocer la voluntad de Dios y Su
verdadera naturaleza; y condenan el pecado y advierten sobre sus
consecuencias. En ciertas ocasiones profetizan acontecimientos futuros
(véase D. y C. 1:37–38). Muchas de las enseñanzas de los profetas se
encuentran en las Escrituras. Al estudiar las palabras de los profetas,
aprendemos la verdad y recibimos orientación (véase 2 Nefi 32:3).
Sostenemos al Presidente de la Iglesia como profeta, vidente y
revelador, y como la única persona sobre la tierra que recibe revelación
para dirigir a toda la Iglesia. También apoyamos a los consejeros de la
Primera Presidencia y a los miembros del Quórum de los Doce
Apóstoles como profetas, videntes y reveladores.

La revelación es la comunicación de Dios con Sus hijos. Cuando el


Señor revela Su voluntad a la Iglesia, Él habla por intermedio de Su
profeta. Las Escrituras (la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y
Convenios y la Perla de Gran Precio) contienen revelaciones dadas por
profetas de la antigüedad y de los últimos días. El Presidente de La
Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el profeta de
Dios sobre la tierra en la actualidad.

Las personas pueden recibir revelación para atender sus necesidades y


responsabilidades específicas, resolver dudas particulares y fortalecer su
testimonio. La mayoría de las revelaciones a los líderes y miembros de la
Iglesia se reciben por medio de pensamientos e impresiones del Espíritu
Santo. El Espíritu Santo habla a nuestra mente y a nuestro corazón con
una voz suave y apacible (véase D. y C. 8:2–3). La revelación también se
puede recibir por medio de visiones, sueños y visitas de ángeles.

Referencias afines: Salmos 119:105; Efesios 4:11–14; 2 Timoteo 3:15–17;


Santiago 1:5–6; Moroni 10:4–5

6. El sacerdocio y las llaves del sacerdocio


El sacerdocio es el poder y la autoridad eternos de Dios. Por medio del
sacerdocio, Dios creó y gobierna los cielos y la Tierra. Por medio de ese
poder, redime y exalta a Sus hijos, llevando a cabo “la inmortalidad y la
vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Dios concede la autoridad del sacerdocio a hombres dignos que sean


miembros de la Iglesia, para que actúen en Su nombre en la salvación
de Sus hijos. Las llaves del sacerdocio constituyen el derecho de
presidir, o sea, el poder que Dios da al hombre para gobernar y dirigir
el reino de Dios sobre la tierra (véase Mateo 16:15–19). Mediante esas
llaves se puede autorizar a los poseedores del sacerdocio para que
prediquen el Evangelio y administren las ordenanzas de salvación.
Todos los que prestan servicio en la Iglesia son llamados bajo la
dirección de alguien que posee las llaves del sacerdocio; por lo tanto,
tienen derecho al poder necesario para servir y cumplir con las
responsabilidades de sus llamamientos.

Referencias afines: D. y C. 121:36, 41–42

Sacerdocio Aarónico
Se suele llamar sacerdocio preparatorio al Sacerdocio Aarónico. Los
oficios del Sacerdocio Aarónico son diácono, maestro, presbítero y
obispo. Actualmente, en la Iglesia, los varones dignos miembros de la
Iglesia pueden recibir el Sacerdocio Aarónico a partir de los 12 años.

El Sacerdocio Aarónico “tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del


evangelio de arrepentimiento, y del bautismo” (D. y C. 13:1).

Sacerdocio de Melquisedec
El Sacerdocio de Melquisedec es el sacerdocio más alto, es decir, el
mayor, y se encarga de administrar los asuntos espirituales (véase D. y
C. 107:8). Adán recibió ese sacerdocio mayor, el cual ha estado en la
Tierra siempre que el Señor ha revelado Su Evangelio.

Primeramente se llamó “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de


Dios” (D. y C. 107:3), pero después llegó a conocerse como el
Sacerdocio de Melquisedec, llamado así en honor a un gran sumo
sacerdote que vivió en la época del profeta Abraham.

Los oficios del Sacerdocio de Melquisedec son: élder, sumo sacerdote,


patriarca, Setenta y Apóstol. El presidente del Sacerdocio de
Melquisedec es el Presidente de la Iglesia.

Referencias afines: Efesios 4:11–14

7. Las ordenanzas y los convenios


Ordenanzas
En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una
ordenanza es un acto sagrado y formal que tiene un significado
espiritual. Cada ordenanza fue diseñada por Dios a fin de enseñar
verdades espirituales. Las ordenanzas de salvación se efectúan por
medio de la autoridad del sacerdocio y bajo la dirección de quienes
poseen las llaves de ese sacerdocio. Algunas ordenanzas son esenciales
para la exaltación y se llaman ordenanzas de salvación.

La primera ordenanza de salvación del Evangelio es el bautismo por


inmersión en agua, efectuado por alguien que tenga la autoridad. El
bautismo es necesario para que una persona sea miembro de la Iglesia y
para entrar en el reino celestial (véase Juan 3:5).

La palabra bautismo se deriva de una palabra griega que significa meter


en un líquido o sumergir. La inmersión es un símbolo de la muerte de la
vida pecaminosa de la persona y del renacimiento a una vida espiritual,
dedicada al servicio de Dios y a Sus hijos; también simboliza la muerte
y la resurrección.
Después del bautismo, uno o más varones que poseen el Sacerdocio de
Melquisedec, colocan las manos sobre la cabeza de la persona bautizada
y la confirman miembro de la Iglesia. Como parte de esa ordenanza
llamada confirmación, a la persona se le otorga el don del Espíritu
Santo.

El don del Espíritu Santo no es lo mismo que la influencia del Espíritu


Santo. Antes del bautismo, una persona puede sentir la influencia del
Espíritu Santo de vez en cuando y, mediante esa influencia, recibir un
testimonio de la verdad (véase Moroni 10:4–5). Después de recibir el
don del Espíritu Santo, la persona tiene derecho a la compañía
constante del Espíritu Santo, siempre y cuando cumpla los
mandamientos.

Otras ordenanzas de salvación incluyen la ordenación al Sacerdocio de


Melquisedec (para los varones), la investidura del templo y el
sellamiento del matrimonio (véase D. y C. 131:1–4). Todas las
ordenanzas necesarias para la salvación van acompañadas de convenios.
Esas ordenanzas de salvación también pueden efectuarse de forma
vicaria en el templo a favor de personas fallecidas. Las ordenanzas
vicarias entran en vigor sólo cuando las personas fallecidas las aceptan
en el mundo de los espíritus y honran los convenios relacionados con
dichas ordenanzas.

Otras ordenanzas, como la bendición de los enfermos y la bendición de


los niños, también son importantes para nuestro progreso espiritual.

Referencias afines: Hechos 2:36–38

Convenios
Un convenio es un acuerdo sagrado entre Dios y el hombre. Dios
establece las condiciones del convenio y nosotros nos comprometemos a
hacer lo que Él nos pide. Dios, a su vez, nos promete ciertas
bendiciones por nuestra obediencia (véase D. y C. 82:10).

Todas las ordenanzas salvadoras del sacerdocio van acompañadas de


convenios. Cuando nos bautizamos, hacemos un convenio con el Señor,
que renovamos al participar de la Santa Cena. Los hermanos varones
que reciben el Sacerdocio de Melquisedec efectúan el juramento y
convenio del sacerdocio. También se efectúan convenios adicionales en
el templo.

Referencias afines: Éxodo 19:5–6; Salmos 24:3–4; 2 Nefi 31:19–20; D. y


C. 25:13

8. El matrimonio y la familia
El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios, y la
familia es fundamental en Su plan de salvación y para darnos felicidad.
La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse
cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo.

Los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el


hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa. Los
padres deben multiplicarse y henchir la tierra, criar a sus hijos con amor
y rectitud, y proveer para sus necesidades físicas y espirituales.

El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y


cuidarse el uno al otro. El padre debe presidir la familia con amor y
rectitud y proveer las cosas necesarias de la vida. La madre es
principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas
responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están
obligados a ayudarse el uno al otro.

El divino plan de felicidad permite que las relaciones familiares se


perpetúen más allá del sepulcro. Se ha creado la tierra y se ha revelado
el Evangelio a fin de que se puedan formar familias, y de que éstas
puedan sellarse y ser exaltadas por la eternidad. (Adaptado de “La
Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de
2010, pág. 129; véase tambiénhttps://www.lds.org/topics/family-
proclamation?lang=spa).

Referencias afines: Génesis 2:24; Salmos 127:3; Malaquías 4:5–6; D. y C.


131:1–4

9. Mandamientos
Los mandamientos son las leyes y los requisitos que Dios da a la
humanidad. Cuando cumplimos Sus mandamientos, demostramos
nuestro amor a Dios (véase Juan 14:15). El cumplir los mandamientos
nos brindará las bendiciones del Señor (véase D. y C. 82:10).

Los dos mandamientos más básicos son: “Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a
tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36–39).

Los Diez Mandamientos son una parte esencial del Evangelio y son
principios eternos necesarios para nuestra exaltación (véase Éxodo
20:3–17). El Señor los reveló a Moisés en la antigüedad y los ha
repetido en las revelaciones de los últimos días.

Otros mandamientos incluyen orar a diario (véase 2 Nefi 32:8–9),


enseñar el Evangelio a otras personas (véase Mateo 28:19–20), guardar
la ley de castidad (véase D. y C. 46:33), pagar un diezmo íntegro (véase
Malaquías 3:8–10), ayunar (véase Isaías 58:6–7), perdonar a los demás
(véase D. y C. 64:9–11), tener un espíritu de gratitud (véase D. y C.
78:19) y observar la Palabra de Sabiduría (véase D. y C. 89:18–21).

Referencias afines: Génesis 39:9; Isaías 58:13–14; 1 Nefi 3:7; Mosíah


4:30; Alma 37:35; Alma 39:9; D. y C. 18:15–16; D. y C. 88:124

Para obtener más información sobre estos temas, visita LDS.org,


Enseñanzas, Temas del Evangelio o consulta Leales a la fe: Una referencia
del Evangelio, 2004.

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