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Eva y Pandora

El capítulo analiza la figura de Eva y su representación en la tradición judeocristiana como la causa del pecado original, atribuyendo a la mujer un carácter negativo y demoníaco. Se discute cómo esta visión ha sido perpetuada a lo largo de la historia, afectando la percepción de la mujer y su papel en la sociedad, así como la relación entre la sexualidad femenina y la moralidad. La narrativa sugiere que la opresión de la mujer ha sido justificada por prejuicios patriarcales que la asocian con la irracionalidad y el pecado.

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Eva y Pandora

El capítulo analiza la figura de Eva y su representación en la tradición judeocristiana como la causa del pecado original, atribuyendo a la mujer un carácter negativo y demoníaco. Se discute cómo esta visión ha sido perpetuada a lo largo de la historia, afectando la percepción de la mujer y su papel en la sociedad, así como la relación entre la sexualidad femenina y la moralidad. La narrativa sugiere que la opresión de la mujer ha sido justificada por prejuicios patriarcales que la asocian con la irracionalidad y el pecado.

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CAPITULO TERCERO Eva Y PANDORA “..Y cuando hubo formado (Zeus) esta hermosa calamidad, a cambio de una buena obra, condujo a donde estaban reunidos los dioses y los hombres a aquella hermosa virgen (...) y la admiracién se apoderé de los dioses inmortales y de los hombres mortales, en cuanto vieron esta calamidad fatal para los hombres. Porque de ella es de quien proviene la raza de las mujeres hembras, la mds perniciosa raza de mujeres, el mds cruel azote que existe entre los hombres mortales...4 aparicién del otro sexo en la Tierra. Porque robé Prometeo el fuego sagrado de los dioses en una cafia hueca, fueron castigados los hombres con “la terrible raza de las mujeres’. En el relato biblico, Eva es tentada por Lucifer, encarnado en la serpiente que la incita a comer el fruto prohibido del 4rbol de la ciencia del bien y del mal, y ella, a su vez, incita a Adan, convirtién- dose asi en su corruptora. Por ella, a causa de la mujer, débil ante la tentacién, se perdié para siempre el Paraiso Terrenal, fueron con- denados a trabajar los varones y las mujeres a parir con dolor. Fray Luis de Le6n conceb{a a la mujer como un animal mis flaco y deleznable que ningun otro, “y de su costumbre e ingenio una cosa quebradiza y melindrosa” que “dio principio al pecado y por ella morimos todos” Pero él no hace més que repetir los prejuicios D: este modo explica Hesfodo, en el siglo VII a. de C., la 43 LA MUJER, VICTIMA Y COMPLICE de la tradicién hebrea plasmada en la Biblia (Ecle 25:24) y acogida con beneplacito por innumerables generaciones de santos varones cristianos desde San Pablo a Santo Tomas y sus seguidores. La Biblia rebaja la condicién de la mujer desde el mito de la creacién, que viene a ser, segiin lo ve Fromm,? “casi un canto de victoria para la mujer derrotada’ e invierte las relaciones naturales al hacer surgir a la mujer del hombre. Alguien ha hecho incluso la observacién de que es ella el unico ser a quien la Biblia atribuye un nacimiento irregular, haciéndola salir de una costilla de Adan y colocdndola as{ en un nivel de inferioridad y anormalidad que no se presenta ni en el mas humilde de los seres creados, que fueron concebidos segun el orden normal de la naturaleza. Eva és tentada por la serpiente, y después de corromperse ella misma, corrompe a Adan. El relato bfblico hace recaer en la pri- mera mujer la responsabilidad del pecado original, y después de proporcionar ese magnifico argumento antifeminista, da por un hecho la extensién de la falta a todas las de su sexo: “Por la mujer fue el comienzo del pecado, y por causa de ella morimos todos’, se afirma en el Eclesidstico 25:26; en la Epistola a Timoteo, San Pablo vuelve a insistir en la maldad fundamental de la mujer: “El engafio no fue Adan, sino la mujer que, seducida, incurrié en la trasgresi6n” (2:14). Este argumento fue adoptado por los santos padres, los tedlogos y canonistas, con el propésito de justificar su posicién patriarcal y antifemenina. Parte del supuesto de que Eva sucumbié a la ten- tacién por su inferior inteligencia y voluntad, y, lo que es todavia mis grave, se volvié intermediaria entre el hombre y el mal. Tradicionalmente se ha atribuido al primer acto de desobe- diencia humana un cardcter sexual y se ha identificado, a la vez, a la sexualidad con el pecado. De este modo, la mujer, relegada a la funcién de proporcionar hijos y placer al hombre, se transformé, por esto mismo, en el simbolo de la maldad y la concupiscencia. “Mujer —escribe Tertuliano-, deberias andar siempre vestida de luto, cubierta de harapos y humillada en la penitencia, a fin de reparar la falta de haber perdido al género humano... Mujer, ti CAPITULO TERCERO * EVA Y PANDORA eres la puerta del diablo. Eres tu quien tocé el Arbol de Satands y quien fue la primera en violar la ley divina”> En consecuencia con esta degradacién, en el Antiguo Testamento la mujer es temida por el poder de su sangre menstrual y declarada impura. Si da a luz un hijo, debe ofrecer un sacrificio a Dios para purificarse; sia una hija, este sacrificio ha de ser el doble. Rosemary R. Ruether* opina que el judafsmo y otros sistemas clasicos de legislacién religiosa acentuan el caracter demoniaco de la mujer al estigmatizar la menstruacién como una cosa inmunda; y estima que este tabu, que tuvo en su inicio un cardcter sacral positivo, fue considerado contaminante y malo al ser reprimido el poder maternal dentro del patriarcado. El hombre, desde muy pronto en la historia, se atribuyé a si mismo todas las cualidades positivas y concedié las negativas a la mujer. Asi, en la dualidad humana de cuerpo y espiritu, dictaminé que es él el poseedor del espiritu por excelencia, y asocié a su ser masculino el orden y la luz. En cambio, comparé a la mujer con la materia, el caos y las tinieblas. También se atribuyé el varén la cabeza y legé el corazén a la mujer; y en un mundo en que cada vez mas se valoran las cualidades racionales que separan el ser humano del animal, a ella se le define por su irracionalidad; y hasta hay quien opina que la gran fuerza que ha tomado en los ultimos afios el movimiento feminista se debe a que estamos viviendo una especie de crisis de la raz6n. Ortega y Gasset afirma que “el centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, est4 ocupado por un poder irracional” “La mujer —dice este autor— ofrece la m4gica ocasién de tratar a otro ser sin razones, de influir en él, de dominarlo, de entregarse a él sin que ninguna raz6n intervenga’ Ese es su ideal, pero él no puede dejar de observar que su teoria ofrece resistencias, aunque con ello no se haga problema. Claro que hay mujeres “valiosas’, asi dice él; pero “el hombre inteligente siente un poco de repugnancia por la mujer talentosa, como no sea que en ella se compense el exceso de raz6n con un exceso de sinrazén. La mujer demasiado racional le huele a hombre, y en vez de amor, siente hacia ella amistad y LA MUJER, VICTIMA Y COMPLICE admiracién”> Esto de la razén y sinrazén suena a esos juegos de palabras que ridiculiza Cervantes, pero lo dijo Ortega, y se supone que sus observaciones parten de un conocimiento profundo del gusto masculino, lo cual viene a significar que sus palabras repre- sentan el sentir comtin de los varones. Este sentir comun exige que la mujer sea irracional, o no valiosa, que viene a ser lo mismo, de acuerdo con la dialéctica del planteamiento orteguiano. El extremo intolerable de su prejuicio aparece en su afirma- cién de que “si los pajaros tuviesen el minimo de personalidad necesario para respondernos, nos enamorar{famos de los pajaros y no de la mujer”® Pero asi y todo, un hombre inteligente no se enamora de una mujer racional porque “le huele a hombre”. Ortega encuentra acertadfsima la definicién que hace Nietzsche del hombre mejor, segtin el tipo de compajfifas femeninas que elige: “Criaturas que tienen la cabeza llena siempre de danza y caprichos y trapos’, Significa que el hecho de ser racional es para la mujer otro mo- tivo de segregacién, y si por desgracia lo fuera, conférmese con la solterfa, porque su olor a hombre no ser respirable para quienes la rodean; ellos quieren que sea pura irracionalidad: caprichos, danzas, trapos. Y después la definen por la imagen falsa que de ella han creado. La que se aparte de ese arquetipo deja de pertenecer a su sexo y se masculiniza. Es posible que los varones hayan tratado durante muchos siglos con mujeres irracionales por ineducadas, y que cuando hayan co- nocido mujeres légicas, recurran a aceptar que si pero no, como se deduce de las palabras del citado fildsofo, cosa que se puede explicar perfectamente por la accién de los controles subconscientes que la formacién recibida ejerce sobre la psique humana, lo cual nos impide liberarnos enteramente de las ideas y prejuicios que asimilamos con las primeras papillas. El varén atribuy6 a la mujer las fuerzas de la irracionalidad, y obtuvo a Pandora, a Eva, a Helena, a Medea, en la Antigiiedad; en la Edad Media, a ms de un millén de brujas que purgaron sus pecados en las hogueras del Santo Oficio; y en todos los tiempos, la CAPITULO TERCERO + EVA Y PANDORA subestimacién de la inteligencia femenina y el veto a sus llamados “poderes demoniacos”. Parece posible la explicacién de la querida maldad de la mujer por una cadena de asociaciones: menstruacién, maternidad, sexua- lidad, tentacién, pecado. La maldad, a su vez, se asocia a fuerzas tenebrosas, fatales, inconscientes, y por lo tanto irracionales. Esta identificacién mujer-irracionalidad se fortalecié por la observacién del hecho histérico de que en los periodos decadentes de la autoridad patriarcal, la mujer ha visto la oportunidad para conseguir su autonomia. Es facil asociar este fendmeno de pérdida de rigor disciplinario, con el triunfo de fuerzas irracionales y diabé- licas, sobre todo porque en esos periodos las mujeres han dado el primer paso hacia su independencia, rebelandose contra la opresién sexual, o sea, buscando eliminar una sujecién que es la base a todas las restricciones que han sido sometidas. Ello ha sido motivo de escdndalo para los que propician el regreso de los valores sagrados de la tradicién, y para los defensores de la castidad ajena. La época de Augusto fue la época de Julia. Y mientras aquel hacia leyes tendientes a la consolidacién de las bases patriarcales romanas, ella, su unica hija, se convertia en el mas patente ejemplo de libertad sexual, lo cual pagé con el destierro en la isla Pandataria. Pero Julia no era una excepcién en la vida romana del siglo I. Ella era solo el caso més visible por su especial situacién social. Kovaliov’ hace ver que la emancipacién de las romanas de la época de Augusto no fue otra cosa que libertad de adulterio. Como se ha dicho, la liberacién femenina, en los brotes aislados en que ha aparecido en diferentes momentos de la historia, se ha manifestado de esta manera. Esto se debe a que su avasallamiento se originé en la organizacién familiar monogamica, de orden evidentemente econémico, que dio al varén la supremacia por medio de la riqueza, y convirtié a la mujer en un bien material, a la par del ganado y de los esclavos. Es natural que las mujeres hayan reaccionado siempre contra la opresién, quebrantando la norma de castidad que aparece como la medida més inmediata y facilmente apreciable de dominio que se les ha impuesto. 47 LA MUJER, ViCTIMA Y COMPLICE José Guillén, en su obra sobre Cicerén,8 se abstiene de describir a la familia romana de la época, “por delicadeza y pudor” Obviamente, Guillén no nacié para historiador, porque la historia de la humanidad aparece plagada de crimenes, venganzas, guerras, odios fratrici- das, matanzas colectivas y demas aderezos de que se ha rodeado sempiternamente la ambicién de poder, mucho mds perniciosas y avergonzantes que las transgresiones de orden sexual. Séneca, por su parte, se admira de que las mujeres de su época ya no cuenten los afios por cénsules sino por maridos, pero no fue capaz de ver que la mujer romana, menor de edad permanente ante la ley, hab{a llegado a obtener la tunica libertad que podia ejercer en privado: la de elegir el préximo compajiero de alcoba. En realidad, ocurre que los varones han medido siempre el grado de degeneracién moral de una sociedad por la conducta de las mujeres. Porque libertad para repudiar a la esposa y casarse cuantas veces se le ocurriera, y compartir el lecho con esposas legitimas, concubinas, también legitimas, y cortesanas para mayor variedad, la tuvieron siempre los varones romanos y los de todos los demas pueblos civilizados. De manera que la moral sexual no atafie al sexo masculino. Es este uno de sus ancestrales privilegios. Por eso, para Fray Luis, “el ser honesta una mujer no cuenta, no debe contar, entre las partes de que esta perfeccién se compone, sino antes es como el sujeto sobre el cual todo este edificio se funda, y, para decirlo en una palabra, es como el ser y la sustancia de la casada, porque si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa ramera, y vilfsimo cieno y basura de todas la mas despreciada’? Y puesto que sus ideas son dictadas, no por la légica del razonamiento, sino por los prejuicios religiosos y la exaltacién animica, encuentra sin embargo compatible explicar, al mismo tiempo, la raz6n de los afeites femeninos en un “amor propio des- ordenadisimo, apetito insaciable de vana excelencia, codicia fea, deshonestidad arraigada en el corazn, adulterio, rameria, delito que jamés cesa’!° Como se ve, la contradiccién es patente. Primero establece la honestidad como condicién sine qua non de la mujer; después CAPITULO TERCERO + EVA ¥Y PANDORA atribuye a deshonestidad la preocupacién femenina por el adorno. Pero resulta que el recurrir al artificio est entre los requisitos de su papel, porque la necesidad de resultar atractiva es una consecuen- cia del rol social de la mujer, como ser subordinado que tiene que competir por el marido con el solo don de la belleza, puesto que sus otras dotes no interesan al efecto. Al condenar tales recursos como pecaminosos, Fray Luis no deja salida posible. Sus lectoras cristianas deben de haber llegado a la conclusién de que, siendo, como él Jo pinta, tan flaco el animal y tan excesiva la carga, resulta mucho mis sensato renunciar a la perfeccién. Asi, pues, irreme- diablemente, la mujer es pecadora. Herbert Wendt!! estima que la maternidad y los procesos especiales de la vida sexual de la mujer, que siempre parecen a los hombres un poco misteriosos, encerraron para los primitivos un significado enigmatico y demoniaco. Si a esto agregamos la morbosidad sexual cultivada por los pueblos indoeuropeos, y el establecimiento de la autoridad viril, mas la subestimacién de la inteligencia femenina, tenemos completa la figura de la mujer como origen del pecado y funesto mal. Y asi como Hes{odo la estima un mal necesario para la procreacién de hijos que cuiden al varén en su vejez, San Pablo establece que la mujer solo se salvar4 por su maternidad, siempre que se comporte adecuadamente. Ariel Dorfman y Armand Mattelart hacen ver, en su estudio sobre la literatura infantil producida por Walt Disney,!2 que cuan- do en las historietas las mujeres violan el cédigo de la feminidad, caracterizado por la subordinacién, es cuando estén aliadas con las potencias oscuras y maléficas. De modo que solo tienen dos opciones, y estas solo aparentes: ser Blancanieves o ser la Bruja; 0 sea, elegir entre dos tipos de olla: la cazuela hogarefia o la pocién magica horrenda. Sin embargo, Walt Disney esté ya muy lejos de Pandora (cronolégicamente, por supuesto). Rosemary Ruether!? atribuye la incidencia de mujeres dedicadas. a la hechicerfa a dos razones fundamentales. En primer lugar, a que los misterios de que este oficio se ocupa (culto, nacimiento, muerte, parterfa) emanan de los roles femeninos de madre, médica LA MUJER, VICTIMA Y COMPLICE y cocinera; en segundo lugar, porque el sacerdocio oficial esta reservado a los varones, lo cual empuja a la mujer hacia esferas de accién no sancionadas. Esta pudo haber sido una importante razon para que algunas se ocuparan de la practica de la hechiceria, pero la bruja es tam- bién el resultado de la denigracién sistematica de la mujer, que han mantenido la generalidad de las civilizaciones conocidas, por medio de las citadas asociaciones a todo lo considerado inferior: lo telurico, lo sexual, lo irracional, lo misterioso, lo demoniaco... en contraposicién a lo viril concebido como luminoso, légico, espiritual, racional, cientifico. Aestas razones fundamentales se sum6 la observacién de algunas condiciones desarrolladas ms ampliamente por la mujer, como por ejemplo su mayor capacidad intuitiva. La intuicién consiste, segun Helene Deutsch,!* en un proceso muy répido de captacién por sefiales externas apenas perceptibles. Por esto, aunque hay en ella, desde luego, un proceso de elaboracién intelectual de los datos, parece como si todo ocurriera en el campo inconsciente y afectivo. Esto hace que usualmente las personas intuitivas nos provoquen sorpresa y nos maravillen como si tuvieran poderes magicos. Mon- tagu define esta cualidad como “una especie de sexto sentido, una habilidad para ofr en la oscuridad, una capacidad para captar, por as{ decirlo, vibraciones de onda muy corta casi tan pronto como se han generado”}5 Tal vez este tipo de aptitud se desarrollé mejor en la mujer, por vivir ella en un mundo mis hostil, que la obligé a centrarse en la observacién de pequefias evidencias. Esto le permitfa conocer con rapidez las actitudes y pensamientos de otros hacia ella, ya que, por su estado de permanente subordinacién, tuvo que haber propendido, por necesidad, al comportamiento secreto y al ocultamiento. Garcia Quevedo, en su libro El rostro oculto de la mente, afirma que, en general, las mujeres presentan més capacidad para las expe- riencias extrasensoriales. Estas se realizan cuando entran en accién las potencias no conscientes. Es posible que esto pueda explicarse por la misma definicién de Helene Deutsche, en el sentido de que CAPITULO TERCERO + EVA Y PANDORA se trata de un proceso de captacion tan rapido, que la elaboracion mental resulta imperceptible. Pero aun si asi no fuera, no podria negarse que esta constituye una forma adecuada de conocimiento, compatible con el pensamiento abstracto, y que no hay razén para restarle valor o considerarla inferior al conocimiento puramente conceptual. Parece claro que, por falta de una explicacién cientifica para este fendémeno, se viera en él una suerte de manifestacién de poderes malignos. Esto, unido con el menosprecio con que el varén ha visto siempre las facultades femeninas, e incluso las ha transformado en desventajas, devino en fortalecimiento de la concepcién de la mujer como ese ser terrible que se patentiza en la Pandora de Hesiodo y en la Eva biblica, enviadas a la Tierra para dar origen a todos los males. El simbolo més doloroso de la degradacién de la mujer y su concepcién como pecadora es la figura de la prostituta, presente en todas las sociedades conocidas como el peor tipo femenino. Segun Engels, que se hace eco de las teorias de Bachofen, el comercio carnal desciende en I{nea directa del matrimonio por grupos, que seria la forma natural del matrimonio, en contraposicién a la monogamia, que surgié por intereses econémicos. La entrega de la mujer por dinero era un sacerdocio en la Antigiiedad, y Bachofen ve en él una penitencia que se le imponfa para adquirir el derecho a la castidad, “la expresién mitica -segun Engels— del rescate por medio del cual se libra la mujer de la antigua comunidad de maridos y adquiere el derecho de no entregarse mds que a uno solo”!6 A decir verdad, parece poco consecuente tal explicacién, cuando se sabe que el matrimonio monogdmico aparecié como una institucién favorable para la mujer, que con él se convirtié en objeto de la explotacién masculina, y cuyas consecuencias se estan sintiendo todavia en las manifestaciones culturales de desigualdad. Mas bien pareciera que la prostitucién sagrada fuera, en todo caso, un resarcimiento a la mujer por la pérdida de su libertad sexual. Tal es la idea que parece desprenderse del caracter venerable que tuvo, como se la practicé en el templo de Anaitis en Armenia, en 51 52 LA MUJER, ViCTIMA ¥ COMPLICE el de Afrodita en Corinto, y entre las bayaderas y las devadasi de la India. Una vez cerrados los templos, la prostitucién perdié su antiguo prestigio para adquirir ese cardcter sérdido y degradante con que la conocemos en la actualidad. La prostituta de hoy ya no es la sacerdotisa de ayer; no solo vende su cuerpo miserablemente en burdel, sino que ni siquiera recibe el producto de su venta, el cual pasa a manos de un explotador. Engels cree que la prostitucién solo degrada, de entre las mu- jeres, a aquellas que la practican, pero envilece en cambio al sexo masculino entero. En cuanto a los efectos negativos que tiene sobre los varones el trato con prostitutas, Bertrand Russell!” destaca, entre los principales, el habito que adquiere el hombre al sentimiento de que no es necesario resultar agradable para tener relacién sexual, y la tendencia, entre los que respetan el cédigo moral en vigencia, a despreciar a toda mujer con que tengan relaciones. Sefiala, incluso, el hecho de que algunos hombres no pueden desear tener intimi- dad con una mujer a la que aman y respetan, y otros se olvidan de que el acto amoroso solo debe realizarse por deseo mutuo de la Pareja, y en consecuencia se comportan con rudeza y brutalidad con su compajfiera, provocando en ella una profunda aversién muy dif{cil de desarraigar. Aunque se han apuntado aqui solo las consecuencias morales que tiene para el hombre la prostitucién —porque las que produce en la prostituta mismas son harto conocidas—, es un hecho que acarrea también funestas consecuencias para la salud publica, en cuanto constituye el principal foco de contaminacién de enfer- medades venéreas. La prostitucién, tal y como hoy dia la conocemos, es en buena parte un producto de la moral sexual convencional, que exige la castidad de la mujer, lo cual a su vez implica para los varones una continencia que no estan dispuestos a soportar. De este modo, habiéndose atado en su propio lazo, cayeron victimas de sus pro- pias disposiciones, en virtud de las cuales no encontraron mujeres respetables a tener relaciones con ellos, debido al gran peso y valor CAPITULO TERCERO + EVA Y PANDORA que la castidad adquirié para la mujer. Asi, la prostitucién vino a constituir un recurso para salvar la moral en uso, por paradéjico que parezca. : La prostituta se vio liberada de la exigencia de castidad, a ex- pensas de su degradacién moral y fisica, para salvar la pureza de las demas mujeres. Se convirtié en un mal necesario, pero mal al fin, y su figura vino a representar, junto a la de la bruja y la aduilte- ra, el simbolo de la mujer como fuente de maldad, corruptora del varén. Eva y Pandora. 53 LA MUJER, VICTIMA Y COMPLICE. Notas 1 Hesiodo. Teogonia, p. 12. 2 Fromm, Erich et al, “Sexo y caracter’, en La familia. Op. cit., p-211. 3 Citado por Jean Aubert en La mujer, p. 63. Ruether, Rosemary. “Brujas y judios: extrafios endemoniados en la cultura cristiana’, Boletin CIDAL, 6° aiio, vol. VI, n° 2, p. 31. Ortega y Gasset, José. Estudios sobre el amor, p. 63. Ibid, p. 207. Kovaliov, Sergei Ilich. Historia de Roma. Guillén, José. Cicerén, su época, su vida y su obra. de Leén, Fray Luis. Op. cit., p. 287. 10 Ibid, p. 336. 11 Wendt, Herbert. Op. cit. 12 Dorfman, Ariel y Armand Mattelart. Para leer el Pato Donald. 13 Op. cit. 14 Montagu, Ashley. Op. cit., p. 132. 15 Idem. 16 Engels, Friedrich. Op. cit. p. 49. 17 Russell, Bertrand. Op. cit. - waorudsan

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