El pozo
JUAN SEBASTIÁN RONCHETTI
Ilustraciones de VIRGINIA PIÑÓN
1
PROVINCIA DE BUENOS AIRES
GOBERNADOR
Axel Kicillof
VICEGOBERNADORA
Verónica Magario
DIRECTOR GENERAL DE CULTURA Y EDUCACIÓN
Alberto Sileoni
JEFE DE GABINETE
Gustavo Alcaraz
SUBSECRETARIO DE EDUCACIÓN
Pablo Urquiza
DIRECTORA PROVINCIAL DE EDUCACIÓN PRIMARIA
Mirta Torres
DIRECTORA PROVINCIAL DE COMUNICACIÓN
Carla Tous
2
PROVINCIA DE BUENOS AIRES
GOBERNADOR
Axel Kicillof
VICEGOBERNADORA
Verónica Magario
DIRECTOR GENERAL DE CULTURA Y EDUCACIÓN
Alberto Sileoni
JEFE DE GABINETE
Gustavo Alcaraz
SUBSECRETARIO DE EDUCACIÓN
Pablo Urquiza
DIRECTORA PROVINCIAL DE EDUCACIÓN PRIMARIA
Mirta Torres
DIRECTORA PROVINCIAL DE COMUNICACIÓN
Carla Tous
2
El pozo
Juan Sebastián Ronchetti
-1-
Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto.
Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo
de las vías del Roca.
–Si mi viejo llega a enterarse nos mata -dijo Cury.
Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre
andábamos así, siguiéndole los pasos, aunque caminara
torcido. Bordeamos los monoblocks por la calle que
llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero.
Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos
un rato bajo la galería de la tribuna alta y tomamos agua de
un pico que había en el piso debajo de una tapa de Obras
Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol
estaba inaguantable.
Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la
bragueta e hizo pis contra las boleterías de la Doble Visera
gritando contra todos los del rojo.
–Callate, mufa –contestó el Chueco enseguida y le tiró una
piña que a mí me pareció en broma pero que a Cury no le
gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en serio y
me metí.
2 33
El pozo
Juan Sebastián Ronchetti
-1-
Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto.
Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo
de las vías del Roca.
–Si mi viejo llega a enterarse nos mata -dijo Cury.
Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre
andábamos así, siguiéndole los pasos, aunque caminara
torcido. Bordeamos los monoblocks por la calle que
llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero.
Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos
un rato bajo la galería de la tribuna alta y tomamos agua de
un pico que había en el piso debajo de una tapa de Obras
Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol
estaba inaguantable.
Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la
bragueta e hizo pis contra las boleterías de la Doble Visera
gritando contra todos los del rojo.
–Callate, mufa –contestó el Chueco enseguida y le tiró una
piña que a mí me pareció en broma pero que a Cury no le
gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en serio y
me metí.
2 33
–Termínenla -les grité.
Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un
portón que nos llevaba a los terrenos del ferrocarril. La puerta
estaba abierta. El descampado era enorme. Apenas pasamos
vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día
íbamos a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos
del plan.
La bocina del tren que pasó hacia estación Avellaneda nos
impulsó a correr. Las primeras vías eran las del tren de carga,
donde había vagones parados. Algunos estaban llenos de
sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le
hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a
cada uno.
–Sigamos -dijo.
Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y
empezamos a buscar a lo largo de la vía. No sabíamos cuánto
tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren y
tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los
yuyos y las cañas estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos
por el lado de los Siete Puentes.
Al rato Cury nos llamó.
–Miren -dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras
entre los durmientes. Empezamos a sacarlas y encontramos
debajo unas maderas que las sostenían. Cuando casi habíamos
terminado de removerlas no supimos qué hacer.
–¿Y ahora qué? -preguntó Cury que siempre esperaba la orden
del Chueco.
4 55
–Termínenla -les grité.
Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un
portón que nos llevaba a los terrenos del ferrocarril. La puerta
estaba abierta. El descampado era enorme. Apenas pasamos
vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día
íbamos a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos
del plan.
La bocina del tren que pasó hacia estación Avellaneda nos
impulsó a correr. Las primeras vías eran las del tren de carga,
donde había vagones parados. Algunos estaban llenos de
sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le
hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a
cada uno.
–Sigamos -dijo.
Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y
empezamos a buscar a lo largo de la vía. No sabíamos cuánto
tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren y
tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los
yuyos y las cañas estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos
por el lado de los Siete Puentes.
Al rato Cury nos llamó.
–Miren -dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras
entre los durmientes. Empezamos a sacarlas y encontramos
debajo unas maderas que las sostenían. Cuando casi habíamos
terminado de removerlas no supimos qué hacer.
–¿Y ahora qué? -preguntó Cury que siempre esperaba la orden
del Chueco.
4 55
–Entramos -dijo.
Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto.
Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el
ancho de la vía. Lo que sí era bastante largo: ocupaba la
distancia entre cuatro durmientes. Había lugar suficiente para
los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que
mamá siempre decía que teníamos un baño enorme.
Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como
hacen los equipos antes de salir a la cancha. Cury y yo nos
sentamos cada uno en una punta, enfrentados y el Chueco se
acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la cabeza.
–Desde acá voy a verlo bien -dijo.
Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro
comprendí que nos iba a pasar el tren por arriba, pero traté de
bancármela y no dije nada. El tiempo no pasaba más, me comí
los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.
Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué
velocidad vendría el tren, si haría chispas, si produciría calor, si
arrastraría las piedras.
–¿Viene muy rápido? -pregunté.
–Volando -contestó Cury.
Después hablamos de fútbol, del descenso de Racing;
hablamos de Analía, la hermana de Tato, que para Cury
era un camión; también de Alfonsín y de Herminio. Yo los
escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba.
Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró
6 7
6 7
–Entramos -dijo.
Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto.
Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el
ancho de la vía. Lo que sí era bastante largo: ocupaba la
distancia entre cuatro durmientes. Había lugar suficiente para
los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que
mamá siempre decía que teníamos un baño enorme.
Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como
hacen los equipos antes de salir a la cancha. Cury y yo nos
sentamos cada uno en una punta, enfrentados y el Chueco se
acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la cabeza.
–Desde acá voy a verlo bien -dijo.
Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro
comprendí que nos iba a pasar el tren por arriba, pero traté de
bancármela y no dije nada. El tiempo no pasaba más, me comí
los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.
Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué
velocidad vendría el tren, si haría chispas, si produciría calor, si
arrastraría las piedras.
–¿Viene muy rápido? -pregunté.
–Volando -contestó Cury.
Después hablamos de fútbol, del descenso de Racing;
hablamos de Analía, la hermana de Tato, que para Cury
era un camión; también de Alfonsín y de Herminio. Yo los
escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba.
Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró
6 7
6 7
poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que
que toqué algo sólido, rígido, pero no era una piedra, de eso iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo,
estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté
dedos lo que claramente era una bolsa de nylon. de tranquilizarme.
Los pibes seguían en otra. Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz
de Ojeda.
–¿Para qué tiene tu papá un escondite? -le pregunté de repente
a Cury, mientras pensaba si debía compartir el hallazgo. –¡Qué hacen acá! -gritó, parado sobre una vía.
Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.
comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido –Dejen todo como estaba -dijo.
era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se
Agarramos las tablas y las piedras y dejamos todo como antes.
nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías.
Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé
Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por
una piedra engrasada en el bolsillo. Bajamos el terraplén y
el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante
caminamos hacia el barrio.
unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.
Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda
Pero al final el ruido empezó a menguar. El tren ya había
y le pedí que no le contara nada a mis padres.
pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y
comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo
8 99
poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que
que toqué algo sólido, rígido, pero no era una piedra, de eso iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo,
estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté
dedos lo que claramente era una bolsa de nylon. de tranquilizarme.
Los pibes seguían en otra. Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz
de Ojeda.
–¿Para qué tiene tu papá un escondite? -le pregunté de repente
a Cury, mientras pensaba si debía compartir el hallazgo. –¡Qué hacen acá! -gritó, parado sobre una vía.
Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.
comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido –Dejen todo como estaba -dijo.
era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se
Agarramos las tablas y las piedras y dejamos todo como antes.
nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías.
Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé
Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por
una piedra engrasada en el bolsillo. Bajamos el terraplén y
el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante
caminamos hacia el barrio.
unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.
Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda
Pero al final el ruido empezó a menguar. El tren ya había
y le pedí que no le contara nada a mis padres.
pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y
comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo
8 99
–Por favor -le insistí.
Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba
pensando en lo que escondía en el pozo, en preguntarle,
pero no pude decir palabra, creo que esos segundos mi cara
me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio
hasta el monoblock.
Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos
hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la
acerqué a mi nariz y respiré hondo.
La escuché llegar a mi mamá. Me apuré a guardar la piedra en
mi cajón y hundí la cabeza en la almohada.
-2-
Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a
tener que bajar, eso lo sabía, acababan de terminar las clases
y no me iba a quedar todo diciembre, ni todo el verano
encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre
todo no quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es
que apenas bajara lo iba a ver y menos que me iba a decir lo
que me dijo.
–Nosotros tenemos un secreto -dijo y siguió mirando para
afuera por una de las ventanas del palier.
Me habré puesto pálido porque enseguida cambió de tono.
–No te preocupes.
10 11
10
–Por favor -le insistí.
Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba
pensando en lo que escondía en el pozo, en preguntarle,
pero no pude decir palabra, creo que esos segundos mi cara
me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio
hasta el monoblock.
Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos
hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la
acerqué a mi nariz y respiré hondo.
La escuché llegar a mi mamá. Me apuré a guardar la piedra en
mi cajón y hundí la cabeza en la almohada.
-2-
Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a
tener que bajar, eso lo sabía, acababan de terminar las clases
y no me iba a quedar todo diciembre, ni todo el verano
encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre
todo no quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es
que apenas bajara lo iba a ver y menos que me iba a decir lo
que me dijo.
–Nosotros tenemos un secreto -dijo y siguió mirando para
afuera por una de las ventanas del palier.
Me habré puesto pálido porque enseguida cambió de tono.
–No te preocupes.
10 11
10
–¿No le va a decir a mis viejos? –¿Ahora quiere que vayamos?
–No, no es eso. –Sí, eso había pensado.
–¿Qué dice Ojeda? Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa
de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad,
–Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.
para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando
–Sí, claro. adelante.
–Confío en vos.
–¿Me puedo ir entonces?
–Es por lo otro Juan.
Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía
pichón o cuando me veía con mi mamá, me decía jefecito,
pero nunca Juan.
–Los secretos tienen reglas.
–Yo no hice nada, se lo juro.
–No jures más que parecés un cura.
–¿Qué dice Ojeda?- repetí-. Me está mareando.
–Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.
–¿Quiere que devuelva la piedra?
–¡Dejá de hacerte el pavo!
Era verdad, me estaba haciendo el pavo, pero no me había
dado cuenta, era mi cabeza, digamos, la que se estaba
haciendo la que no entendía, porque en ningún momento
pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.
–¿Ahora le parece? -le pregunté.
–¿Ahora qué?
12 13
–¿No le va a decir a mis viejos? –¿Ahora quiere que vayamos?
–No, no es eso. –Sí, eso había pensado.
–¿Qué dice Ojeda? Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa
de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad,
–Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.
para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando
–Sí, claro. adelante.
–Confío en vos.
–¿Me puedo ir entonces?
–Es por lo otro Juan.
Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía
pichón o cuando me veía con mi mamá, me decía jefecito,
pero nunca Juan.
–Los secretos tienen reglas.
–Yo no hice nada, se lo juro.
–No jures más que parecés un cura.
–¿Qué dice Ojeda?- repetí-. Me está mareando.
–Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.
–¿Quiere que devuelva la piedra?
–¡Dejá de hacerte el pavo!
Era verdad, me estaba haciendo el pavo, pero no me había
dado cuenta, era mi cabeza, digamos, la que se estaba
haciendo la que no entendía, porque en ningún momento
pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.
–¿Ahora le parece? -le pregunté.
–¿Ahora qué?
12 13
–¿Estás apurado? –Sacala dale.
–No, para nada. –¿Le parece?
–Aflojá, entonces. –Sí, dale.
Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se
Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre
atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la
Aunque no debía ser mucho más grande que mi papá, todo abriera. Estaba llena de libros y revistas.
parecía costarle el doble.
Caminamos en silencio hasta el portón que dividía el barrio de
las vías. Ojeda parecía estar juntando fuerzas para hablar.
–¿Sabés que trabajo en el tren, no?
–Sí, me contó Cury.
–Soy maquinista. Es difícil, hace unos años que me mandaron
al tren de carga. Pero antes llevaba pasajeros, el tren es muy
grande y viaja mucha gente, y uno es responsable por la gente.
A Ojeda se le quebró la voz en la última frase y me dio
vergüenza mirarlo.
–De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad.
Le dije que sí, aunque no entendí del todo a qué se refería.
Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo.
Me dijo que bajara primero y me dio la mano para ayudarme.
–Este pozo ya no hace falta, se terminó.
Ojeda me señaló el lugar donde me había sentado con los
pibes el otro día. Me debo haber puesto colorado, porque no
necesitó aclararme nada.
14
14 15
15
–¿Estás apurado? –Sacala dale.
–No, para nada. –¿Le parece?
–Aflojá, entonces. –Sí, dale.
Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se
Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre
atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la
Aunque no debía ser mucho más grande que mi papá, todo abriera. Estaba llena de libros y revistas.
parecía costarle el doble.
Caminamos en silencio hasta el portón que dividía el barrio de
las vías. Ojeda parecía estar juntando fuerzas para hablar.
–¿Sabés que trabajo en el tren, no?
–Sí, me contó Cury.
–Soy maquinista. Es difícil, hace unos años que me mandaron
al tren de carga. Pero antes llevaba pasajeros, el tren es muy
grande y viaja mucha gente, y uno es responsable por la gente.
A Ojeda se le quebró la voz en la última frase y me dio
vergüenza mirarlo.
–De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad.
Le dije que sí, aunque no entendí del todo a qué se refería.
Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo.
Me dijo que bajara primero y me dio la mano para ayudarme.
–Este pozo ya no hace falta, se terminó.
Ojeda me señaló el lugar donde me había sentado con los
pibes el otro día. Me debo haber puesto colorado, porque no
necesitó aclararme nada.
14
14 15
15
Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros
la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado tan importantes, por qué me confiaba su secreto.
nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba
–Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de
entusiasmado.
a uno o de a dos y a medida que los vayas leyendo venimos a
–Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.
iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno
–Prefiero elegir -le dije.
se siente responsable por los compañeros -dijo y ahora sí me
animé a mirarlo. –Como quieras pero la regla más importante es que por ahora
nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.
–Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros
ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual
no hay que descuidarse. Las cosas van a quedarse acá, por el
momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo
no le importan.
16 17
Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros
la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado tan importantes, por qué me confiaba su secreto.
nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba
–Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de
entusiasmado.
a uno o de a dos y a medida que los vayas leyendo venimos a
–Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.
iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno
–Prefiero elegir -le dije.
se siente responsable por los compañeros -dijo y ahora sí me
animé a mirarlo. –Como quieras pero la regla más importante es que por ahora
nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.
–Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros
ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual
no hay que descuidarse. Las cosas van a quedarse acá, por el
momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo
no le importan.
16 17
Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me
parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí
orgulloso.
Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más
divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el
cazador americano, el segundo.
–Seguro son de superhéroes.
–Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.
–Pero ella no me cree y me pide que le cuente.
–Entonces, cuando termines me vas a contar.
–No sea así, Ojeda -le dije.
Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros
debajo de la remera y los ajusté con el elástico del pantalón.
Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros
en la mano.
No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido.
Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más
lento.
En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing,
como yo, pero no estaba triste por el descenso, me dijo que no
me preocupe, que las cosas a veces pasan por una razón.
–No nos derrotaron -me dijo-, ya vas a ver.
En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó
abajo y yo subí, feliz, guardando bajo mi remera, aquellos
libros y aquel secreto.
18 19
Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me
parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí
orgulloso.
Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más
divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el
cazador americano, el segundo.
–Seguro son de superhéroes.
–Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.
–Pero ella no me cree y me pide que le cuente.
–Entonces, cuando termines me vas a contar.
–No sea así, Ojeda -le dije.
Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros
debajo de la remera y los ajusté con el elástico del pantalón.
Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros
en la mano.
No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido.
Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más
lento.
En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing,
como yo, pero no estaba triste por el descenso, me dijo que no
me preocupe, que las cosas a veces pasan por una razón.
–No nos derrotaron -me dijo-, ya vas a ver.
En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó
abajo y yo subí, feliz, guardando bajo mi remera, aquellos
libros y aquel secreto.
18 19
Dirección General de Cultura y Educación
El pozo Juan Sebastián Ronchetti; Ilustrado por Virginia Piñon. -1a ed.- La Plata:
Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. Subsecretaría
de Educación, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2024.
20 p. : il. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-676-137-6
1. Cuentos. I. Piñon, Virginia, ilus. II. Título.
CDD A860.9282
Este material ha sido elaborado por la Dirección General de Cultura y
Educación de la Provincia de Buenos Aires.
Textos: Juan Sebastián Ronchetti
Ilustración y edición: Virginia Piñón
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
20
Dirección General de Cultura y Educación
El pozo Juan Sebastián Ronchetti; Ilustrado por Virginia Piñon. -1a ed.- La Plata:
Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. Subsecretaría
de Educación, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2024.
20 p. : il. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-676-137-6
1. Cuentos. I. Piñon, Virginia, ilus. II. Título.
CDD A860.9282
Este material ha sido elaborado por la Dirección General de Cultura y
Educación de la Provincia de Buenos Aires.
Textos: Juan Sebastián Ronchetti
Ilustración y edición: Virginia Piñón
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
20