Temas y Motivos Literarios en Literatura
Temas y Motivos Literarios en Literatura
N° 16
Romina Rivabella
Classroom: px7mw7j
PRÁCTICAS DEL
LENGUAJE
Bloque 1
Temas y motivos literarios: el viaje, el origen, la identidad
La idea que encierra una obra literaria, el concepto que organiza la narración, se denomina tema: el amor, el
viaje, la muerta, la vejez, la adolescencia… Los temas llevan a acciones concretas, que generan situaciones y
acontecimientos específicos, llamados motivos literarios. Por ejemplo, el tema “amor” puede presentarse como
amor cortés, amor no correspondido, amor juvenil, etc.
Cuando un tema literario se usa reiteradamente a lo largo de las épocas, con el mismo sentido, se
transforma en un tópico. Este nombre significa ‘lugar’, ya que los tópicos son ideas ‘visitadas’ con frecuencia por
los autores, como si se tratara de lugares geográficos. Por ser muy antiguos, es común que todavía se los cite en
latín; por ejemplo, carpe diem (‘aprovecha el día’) se refiere a la importancia de vivir el presente sin preocuparse
por lo que vendrá en el futuro
El entenado
De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo. Más de una vez me sentí diminuto bajo
ese azul dilatado: en la playa amarilla, éramos como hormigas en el centro de un desierto. Y si ahora que soy un
viejo paso mis días en las ciudades, es porque en ellas la vida es horizontal, porque las ciudades disimulan el
cielo. Allá, de noche, en cambio, dormíamos, a la intemperie, casi aplastados por las estrellas. (…)
La orfandad me empujó a los puertos. (…)Ya los puertos no me bastaban: me vino hambre de alta mar. La
infancia atribuye a su propia ignorancia y torpeza la incomodidad del mundo; le parece que lejos, en la orilla
opuesta del océano y de la experiencia, la fruta es más sabrosa y más real, el sol más amarillo y benévolo, las
palabras y los actos de los hombres más inteligibles, justos y definidos. Entusiasmado por estas convicciones —
que eran también consecuencia de la miseria— me puse en campaña para embarcarme como grumete, sin
preocuparme demasiado por el destino exacto que elegiría: lo importante era alejarme del lugar en donde estaba,
hacia un punto cualquiera, hecho de intensidad y delicia, del horizonte circular.
En esos tiempos, como desde hacía unos veinte años se había descubierto que se podía llegar a ellas por el
poniente, la moda eran las Indias; de allá volvían los barcos cargados de especias o maltrechos y andrajosos,
después de haber derivado por mares desconocidos (…) En boca de los marinos todo se mezclaba; los chinos,
los indios, un nuevo mundo, las piedras preciosas, las especias, el oro, la codicia y la fábula. (…) Yo escuchaba
esos rumores con asombro y palpitaciones; creyéndome, como todas las criaturas, destinado a toda gloria y al
abrigo de toda catástrofe, a cada nueva relación que escuchaba, ya fuese dichosa o terrorífica, mis ganas de
embarcarme se hacían cada vez más grandes. Por fin la ocasión se presentó: un capitán, piloto mayor del reino,
organizaba una expedición a las Malucas, y conseguí que me conchabaran en ella. (…)
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Al tiempo de navegar a lo largo de la costa, nos adentramos en un mar de aguas dulces y marrones. Era
tranquilo y desolado. Cuando alcanzamos una de sus orillas, pudimos comprobar que el paisaje había cambiado,
ya que la selva había desaparecido y que el terreno se hacía menos accidentado y más austero. Únicamente el
calor persistía (…) teníamos la ilusión de ir fundando ese espacio desconocido a medida que íbamos
descubriéndolo, como si ante nosotros no hubiese otra cosa que un vacío inminente que nuestra presencia
poblaba como un paisaje corpóreo, pero cuando lo dejábamos atrás, en ese estado de somnolencia alucinada que
nos daba la monotonía del viaje, comprobábamos que el espacio del que nos creíamos fundadores había estado
siempre ahí. (…)
Cuando tocamos tierra, era casi de día. Nuestra presencia en la orilla gredosa acrecentó el bullicio de los
pájaros.(…) Después de echar una mirada lenta y vacía a nuestro alrededor nos internamos en la maleza, dejando
atrás el río en el que chapoteaba la embarcación.(…) Al final desembocamos en un prado acuchillado y desierto,
un poco amarillento y raleado a causa sin duda de los grandes calores. El sol alto iluminaba todo sin volverlo, sin
embargo, más inmediato y presente. Los barcos, detrás, en un supuesto río, eran, a media mañana, un recuerdo
improbable. Durante unos minutos permanecimos inmóviles, contemplando, al unísono, el mismo paisaje del
que no sabíamos si, aparte de los nuestros, otros ojos lo habían recorrido, ni si, cuando nos diésemos vuelta, no
se desvanecería a nuestras espaldas, como una ilusión momentánea. (…)
Decepcionado tal vez por una expedición sin sorpresas, el capitán parecía indeciso y demoraba el
embarque, mirando lento en todas direcciones y respondiendo con monosílabos distraídos a las frases que le
dirigían sus hombres. (…) Por fin, mirándonos, y con la misma expresión de convicción y desconfianza, empezó
a decir: Tierra es ésta sin…, al mismo tiempo que alzaba el brazo (…) Eso fue exactamente lo que dijo el capitán
cuando la flecha le atravesó la garganta, tan rápida e inesperada, viniendo de la maleza que se levantaba a sus
espaldas, que el capitán permaneció con los ojos abiertos, inmovilizado unos instantes en su ademán probatorio
antes de desplomarse. Durante una fracción de segundo no pasó nada, salvo mi comprobación atónita de que
todos los que acompañaban al capitán, salvo yo, yacían en tierra inmóviles, atravesados, en diferentes partes del
cuerpo, pero sobre todo en la garganta y en el pecho, por flechas que parecían haber salido de la nada para venir
a incrustarse exactas en sus cuerpos desprevenidos.
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La comunicación
Cada vez que una persona usa el lenguaje para transmitir algo a otra, o simplemente para socializar, se está
comunicando. En toda situación comunicativa hay un emisor que está transmitiendo un mensaje sobre algún
referente: este mensaje es transmitido a un receptor a través de un canal, utilizando un código. Estos seis
elementos son los componentes del circuito de la comunicación.
Para una comunicación efectiva es necesario que se produzcan la menor cantidad de inconvenientes. Los
distintos ruidos y filtros que pueden afectar la situación comunicativa y, por lo tanto, la efectiva captación del
mensaje por parte del receptor, se denominan interferencias. Los ruidos provienen del canal y del mensaje,
mientras que los filtros son limitaciones propias del emisor o del receptor para producir o interpretar un
mensaje.
Lectos y registros
El código lingüístico que usamos para comunicarnos puede variar de acuerdo con algunos factores que
condicionan la situación comunicativa, como el lugar de nacimiento, la edad, la profesión o el grado de
familiaridad. Estas variaciones pueden ser propias del hablante o del uso específico del código.
Las formas de hablar que dependen de las características de las personas (como el lugar donde
nacieron, la edad o el estrato social) se denominan lectos.
Las formas de hablar que dependen de las circunstancias en que se produce la comunicación y de la
relación entre los participantes se denominan registros.
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LA INSOLACION
De Horacio Quiroga
El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del
pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del
Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro
del monte. Este cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se
ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.
A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube
ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía al alma
pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.
Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de
bienestar. Permanecían inmóviles, pues aún no había moscas. Old, que miraba hacía rato la vera del monte,
observó:
- La mañana es fresca.
Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído. Después de un
momento, dijo:
Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron mirando por costumbre las cosas.
Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de largo rato:
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Callaron de nuevo, convencidos.
El sol salió, y en el primer baño de luz, las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trompeteo
de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato
pestañeo. Poco a poco, la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido;
Prince, cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondú, de nombre indígena. Los
cinco fox-terriers, tendidos y muertos de bienestar, durmieron.
Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos--el inferior de
barro y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet--habían sentido los pasos de su dueño que bajaba
la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto
ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente, tras su solitaria velada de whisky, más prolongada que las
habituales. Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo.
Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con
lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél por la sombra de los
corredores.
El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco, límpido, con catorce horas de sol calcinante
que parecía mantener en fusión el cielo, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras
blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó al rancho. En toda esa
mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.
Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el
algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado habían aprendido a
disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado.
Cada uno se echó bajo un algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada. Entretanto
el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La
tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, rodeada hasta los hombros
por el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban de planta, en procura
de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras para
respirar mejor.
Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni siquiera se había intentado arar.
Allí, el cachorro vió de pronto a míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se puso en
pie, meneando el rabo. Los otros levantáronse también, pero erizados.
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Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sordamente, sin apartar los ojos de míster Jones, que
continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, fué a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de miedoso ataque. Sin
moverse, míster Jones se desvaneció en el aire ondulante.
Al oír los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si
había entrado algún caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.
Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se adelantaba y retrocedía con cortos
trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus compañeros, que cuando una cosa va a morir, aparece antes.
Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas, estaba sobre ellos. Pasaron el resto
de la tarde al lado de su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber adónde. Míster Jones
sentíase satisfecho de su guardiana inquietud.
Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche plateada, los perros se
estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media
noche oyeron sus pasos, luego la doble caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros,
entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar.
Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que
la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. Había
pasado media hora, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de
lamentos--bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a perder--continuaban llorando su doméstica
miseria.
A la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las unció a la carpidora, trabajando
hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las
cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas;
pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al
obraje próximo, recomendándole el caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la cabeza al sol fundente de
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mediodía e insistió en que no galopara un momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana
no habían dejado un momento a su patrón, se quedaron en los corredores.
La siesta pesaba, agobiaba de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones.
Alrededor del rancho, la tierra blanquizca del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en
trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los fox-terriers.
Old, al oír _aparecido_, levantó las orejas sobre los ojos. Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se
puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato el grupo calló, entregado de nuevo a su defensiva cacería de moscas.
Una gallina, el pico abierto y las alas caídas y apartadas del cuerpo, cruzó el patio incandescente con su
pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con la vista, y saltó de golpe:
Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los perros se arquearon sobre las
patas, ladrando con prudente furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza baja,
aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar frente al rancho dió unos cuantos pasos en
dirección al pozo, y se degradó progresivamente en la cruda luz.
Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora, cuando vió llegar
inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora.
Culpólo, con toda su lógica nacional, a lo que el otro respondía con evasivas razones. Apenas libre y concluida
su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembló agachando la cabeza, y cayó de
costado.
Míster Jones mandó al peón a la chacra, aún rebenque en mano, para no echarlo si continuaba oyendo sus
jesuíticas disculpas.
Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se había conformado con el
caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón,
cuando oyeron a míster Jones que gritaba a éste, lejos ya, pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén
estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y salió él mismo en busca
del utensilio. Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.
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Los perros le acompañaron, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo; hacía demasiado calor.
Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la soledad pudo más,
y con agobiado trote siguieron tras él.
Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta curva
del camino, marchó en línea recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del
Saladito, que ha crecido, secado, retoñado desde que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas,
arqueadas en bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La tarea, seria ya con día fresco, era
muy dura a esa hora. Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por
el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitratos.
Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio;
marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento
del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia
cardíaca que no permitía concluir la respiración. Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de
resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las carótidas. Sentíase en el aire, como si de
dentro de la cabeza le empujaran violentamente el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la
marcha para acabar con eso de una vez... y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado
media cuadra, sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le fue en un nuevo vértigo.
Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de fuera. A veces, agotados, deteníanse
en la sombra de un espartillo; se sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al fin, como
la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.
Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vió tras el alambrado de la chacra a míster Jones,
vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza y confrontó.
Los otros la habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que atravesaba el alambrado, y un instante
creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y
marchó adelante.
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino
en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros
comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un
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autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó
un segundo, y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin volver
en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en cuatro días
liquidó todo, volviéndose en seguida. Los indios se repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y
sarnosos, e iban todas las tardes con hambriento sigilo a comer espigas de maíz en las chacras ajenas.
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La narración
Cuando contamos algo que sucede o sucedió, narramos un hecho o acontecimiento, o, en otras palabras,
producimos una narración. Así, para distinguir las narraciones de otros tipos de textos, podemos formular la
siguiente pregunta.: ¿Qué ocurrió? Si el texto nos permite dar una respuesta, entonces es narrativo. La respuesta,
por su parte, constituye un resumen de la narración.
Los núcleos constituyen el esquema básico de una narración. Si se alteran o se suprimen, se modifica la
historia misma.
Además de núcleos, una narración está compuesta por acciones menores. Éstas, no forman parte del
esquema básico de la narración. Por eso, se la puede suprimir, alterar y, sobre todos, expandir ilimitadamente sin
modificar tal esquema.
Sin embargo, una narración que se limitara al relato de núcleos sería extremadamente breve, poco
interesante y poco informativa. Las acciones menores se incluyen, fundamentalmente, para desarrollar los
núcleos o demorar el paso de un núcleo a otro con la finalidad de crear interés o suspenso. Por eso, no alteran la
historia, pero sí modifican la manera en que se presenta, es decir, el relato. Así, a partir de los mismos núcleos, se
pueden lograr relatos diferentes.
Distinguir las acciones menores de los núcleos permite diferenciar el esquema básico de una narración
(historia) del modo en que se la desarrolla (relato).
En las narraciones, necesariamente, deben figurar todos los hechos que determinan o posibilitan la
aparición de los hechos siguientes. Por ejemplo, si dijéramos a alguien que llega tarde a casa: Los vecinos llamaron a
la ambulancia para que atendiera a los heridos, nos preguntaría de inmediato de qué heridos hablamos y cómo se
hirieron, es decir pediría la información relativa a los hechos previos. En la narración, al orden temporal de los
hechos (uno sucede después de otro), se superpone un orden lógico causal (un hecho sucede porque antes
sucedió otro).
Prestar atención a las relaciones temporales y causales que se tejen en los textos narrativos permite
comprenderlos, incorporarlos como modelo y relatar narraciones coherentes.
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Conectores narrativos
Habitualmente, en las narraciones, las relaciones que se establecen entre los hechos están explicitadas y
reforzadas mediante el uso de una clase particular de palabras: los conectores narrativos.
La relación temporal y lógica existe independientemente del uso de los conectores, y la prueba está en que
las frases pueden entenderse si se los quita. La función de los conectores es, entonces, expresar o hacer evidente
la relación o conexión existente.
Observar el uso de los conectores narrativos ayuda a reconocer relaciones de tiempo y de causa que se
encuentran en la profundidad del texto. De la misma manera, emplear adecuadamente esos conectores implica
dar evidencias al lector de las conexiones existentes entre los hechos.
Las narraciones presentan hechos que se desarrollan en un tiempo y en un lugar. De allí que los relatos
incluyan referencias temporales o de lugar más o menos precisas. Por eso, se dice que, además de dar respuesta a
¿Qué ocurrió?, la narración responde a otra pregunta: ¿Cuándo y dónde ocurrió?
Por otra parte, los hechos son protagonizados por participantes. Son ellos quienes llevan adelante las
acciones que el relato desarrolla. En ese sentido, la narración respondería a una nueva pregunta: ¿Quiénes
protagonizaron lo ocurrido?
En las narraciones, los participantes desempeñan diferentes funciones. Cada uno de ellos persigue un
objetivo. La consecución de ese objetivo se ve favorecida por la intervención de algunos participantes
(ayudantes) y obstaculizada por la de otros (oponentes).
Hay algo o alguien que impulsa a los participantes a buscar lo que buscan; llamaremos destinador a esa
fuerza. Además, un personaje puede pretender alcanzar cierto objetivo para sí mismo o para otro personaje, se
trata de los destinatarios.
La persona real que escribe un texto es llamada autor. Cuando el autor es conocido (y no anónimo), su
nombre y su apellido, así como sus datos biográficos y los títulos de las obras que ha publicado, suelen figurar en
el paratexto (la tapa, la portada, la solapa, la cita a pie de página y demás).
En las narraciones ficcionales, como el cuento o la novela, el autor se diferencia del narrador, es decir, de
quien relata los hechos. El narrador, como el personaje, es una invención del autor.
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A veces, el narrador y el personaje coinciden en un narrador-personaje. En este caso, generalmente, se
relata en primera persona. El narrador y el personaje también pueden diferir. Cuando ocurre esto, el relato es
presentado en tercera persona. El narrador en primera persona se denomina narrador protagonista; al narrador en
tercera persona, se lo llama narrador no personaje.
Ahora bien, el narrador no personaje puede asumir dos tipos de perspectivas o puntos de vista desde los
cuales narrar lo hechos: puede hacerlo desde el punto de vista de un personaje, introduciéndose en sus
pensamientos, sus sensaciones, sus recuerdos y demás o puede narrar con una perspectiva externa, limitándose a
ver y dejando de lado todo lo que ocurre en el interior de los personajes.
Los relatos en primera persona producen un efecto de mayor subjetividad o acercamiento a los hechos que
se narran. Los que se hacen en tercera persona, en cambio, provocan un efecto de mayor objetividad o
distanciamiento, que se acentúa en el caso del narrador externo. El cambio de narrador implica un cambio de
punto de vistas. Conocemos una historia a través de la mirada de un narrador. Si éste cambia, cambia la mirada
y, en consecuencia, aunque los hechos sean los mismos, el cuento se altera.
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La formación de palabras
Las palabras de una lengua están compuestas por unidades con significado propio que se combinan entre sí
para formar una unidad mayor. En una palabra podemos econtrar
distintos tipos de unidades: bases y afijos (prefijos y sufijos). Esas Atención
unidades conforman su estructura interna. No todos los sufijos forman una
palabra derivada. Los cambios de
Según su estructura interna, la spalabras se clasifican en tres
género y número son variantes de una
tipos:
misma palabra, pero no forman
Palabras simples: están formadas únicamente por la palabras nuevas con significado propio.
base, no presentan ninafijo. Por ejemplo: helado, trabar,
creer. En estos casos decimos que la
Palabras derivadas: están formadas por una base y por palabra flexiona en género y/o en
increible.
Palabras compuestas: están formadas por dos bases o más. Por ejemplo: paracaídas, trabalenguas. Cada
base puede funcionar por separado como una palabra simple.
Función
El sustantivo funciona como núcleo del sujeto de la oración y de las construcciones sustantivas que funcionan
como diversos modificadores sintácticos de la oración.
Contenido
En cuanto a su contenido, el sustantivo designa a un ser o un objeto animado o inanimado, real o irreal. Son
sustantivos, por ejemplo, las siguientes palabras: casa, perro, María, centauro, bebé, planeta, Brasil, fragancia,
entre otras.
De acuerdo con su significado, los sustantivos se pueden clasificar en concretos y abstractos, por un lado,
comunes y propios, por otro, y colectivos e individuales.
Forma
En cuanto a su forma, todos los sustantivos son palabras cuya terminación puede variar para indicar el género
(femenino o masculino) y el número (singular o plural).
Se llama género al cambio gramatical por el que algunas palabras pueden ser masculinas, femeninas o neutras.
¿Cómo se expresa el género en los sustantivos?
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Generalmente, los que terminan en –o son masculinos (chico, oso, auto, juego), y los que terminan en –a,
femeninos (valija, ropa, tapa, agua), pero no siempre es así (la moto, la mano, el teorema, el emblema, el
día).
En algunos casos, el femenino y el masculino se indican con diferentes palabras; por ejemplo, vaca/toro,
yegua/caballo, nuera/yerno.
En otros casos, la misma palabra designa el sustantivo femenino y el masculino, y el género se determina
por el artículo, como en la/el pianista y la/el periodista. Otras veces, el artículo no varía y se designa del
mismo modo a la hembra y el macho: la rata, la ballena.
Hay un número reducido de sustantivos que forman el femenino con las terminaciones –esa, -isa o –ina
(duquesa, poetisa, bailarina), o que cambian las terminaciones de masculino –dor o –tor por –triz, como
en emperador/emperatriz.
Se llama número a la posibilidad que tienen ciertas palabras de referirse a una cosa o a más de una. El
número de las palabras que designan una cosa sola se lama singular y el de las que designan varias, plural.
¿Cómo se expresa el número en los sustantivos?
En general, para indicar plural se agrega –s cuando el sustantivo singular termina en cualquier vocal sin
tilde o en –e con tilde. Por ejemplo: cuaderno/cuadernos; remera/remeras; bebé/bebés.
Cuando el sustantivo singular termina en consonante o en –i con tilde, el plural se suele formar agregando
–es: paz/paces, camión/camiones; jabalí/jabalíes.
El plural de los sustantivos que en singular terminan en vocal con tilde distinta de –é o –í, se forma
agregando, a veces, -s y otras veces, -es. Por ejemplo: dominó/dominós; sofá/sofás; ñandú/ñandúes.
Si en singular el sustantivo es grave o esdrújulo y termina en –s o –x, no varía en plural: martes, dosis,
análisis. En cambio, si es una palabra aguda, el plural se forma agregando –es: compás/compases;
dios/dioses.
Acentuación y tildación
Las palabras se dividen en sílabas. La sílaba es una unidad formada por una vocal o por la combinación de
vocales y consonantes. Por ejemplo: a-vión; he-li-cóp-te-ro.
Se denomina acento a una intensidad particular con la que se pronuncia una sílaba. Esa sílaba que se
pronuncia más intensamente se llama sílaba acentuada o tónica. En español, todas las palabras de dos sílabas o
más poseen acento. Sin embargo, no todas llevan tilde, la marca gráfica que señala la sílaba tónica. Por ejemplo:
Cantante Canción
Las vocales del español son cinco y se dividen en dos grupos: las vocales abiertas son a, e, o y las vocales
cerradas son i, u.
El diptongo es la unión de dos vocales que forman una misma sílaba. Puede haber diptongos de dos
vocales cerradas (diur-no, cui-da-do), de una vocal abierta y una cerrada (bai-lar, au-to), o de una vocal cerrada y
una abierta (hie-lo, cua-der-no).
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El triptongo es la unión de tres vocales en una misma sílaba. En todos los casos, se trata de una vocal
abierta entre dos cerradas: miau, actuáis, Uruguay.
El hiato es una secuencia de dos vocales contiguas (una al lado de la otra) que forman parte de dos sílabas
distintas. Se produce hiato en secuencias de dos vocales abiertas (te-a-tro), de una vocal abierta y una vocal
cerrada tónica (ba-úl) o de una vocal cerrada tónica y una vocal abierta (rí-o).
Para señalar dónde cae el acento de una palabra, conviene contar la cantidad de sílabas desde el final de la
palabra. Así, si una palabra tiene cuatro sílabas, la última será la sílaba 1, la penúltima la 2, la antepenúltima la 3 y
la anterior a la antepenúltima la 4. Por ejemplo:
e-du-ca-ción
De acuerdo con la sílaba en que caiga el acento, las palabras de dos o más sílabas se clasifican en cuatro
tipos:
Las reglas generales de tildación determinan en qué casos se marca el acento mediante una tilde:
Las palabras agudas llevan tilde cuando terminan en n, s o vocal. Por ejemplo: avión, cortés, colibrí.
Las palabras graves llevan tilde cuando NO terminan en n, s o vocal. Por ejemplo: árbol, fácil, túnel.
Las palabras esdrújulas y sobresdrújulas SIEMPRE llevan tilde. Por ejemplo: cómodo, depósito,
dejándomelo.
Los monosílabos nunca llevan tilde. Por ejemplo: sol, mar, voz.
Cuando el hiato está formado por una vocal cerrada tónica seguida o precedida por una vocal abierta, la
palabra no sigue las reglas generales de tildación, sino que la vocal tónica SIEMPRE lleva tilde: o-í-do, son-rí-e.
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La tilde diacrítica en los monosílabos
Si bien los monosílabos no llevan tilde, se coloca una tilde diacrítica para diferenciar significados entre
monosílabos que tienen la misma forma.
El avión de papel.
Él (pronombre
El (artículo)
personal)
Él va a explicar cómo hacerlo.
Tu nombre es precioso.
Tú (pronombre
Tu (pronombre posesivo)
personal)
¿Y tú cómo te llamas?
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La argumentación
Entre los géneros periodísticos hay textos informativos, como la noticia y la crónica, que narran o
presentan hechos de interés para la sociedad, para da r a conocer las novedades de manera inmediata. También
hay textos de opinión que, a diferencia de los informativos, parten de un hecho noticioso difundido previamente
y conocido por todos. Manifiestan una visión crítica sobre ese tema y su finalidad es convencer al lector sobre lo
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acertado de un punto de vista. Son argumentaciones: presentan una tesis, o idea, y despliegan una serie de
razones o argumentos para demostrar su validez y lograr la adhesión del lector.
Existen diferentes tipos de textos de opinión. La nota de opinión tiene como tema un hecho noticioso
anterior y está firmada por un especialista. El editorial es semejante, pero no lleva firma, por lo que representa la
postura oficial del medio que lo publica. La reseña se escribe sobre espectáculos, libros, películas o eventos
deportivos, que son calificados por un periodista especializado. También se publican cartas de lectores, quienes
participan argumentando sobre diversos temas.
Estrategias de argumentación
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El texto argumentativo se organiza en tres partes. En la presentación se plantea la tesis u opinión del autor
sobre un hecho, costumbre o conducta que se presta a la controversia. Sigue el desarrollo, en el que se presentan
los argumentos o razonamientos y, en ocasiones, una propuesta o solución. Esta solución – a diferencia de lo
que ocurre en los textos científicos – no es una consecuencia evidente e irrefutable; por eso, el autor aporta los
argumentos a favor de su tesis. En la conclusión se resume el razonamiento para reforzar la adhesión del lector a
su opinión.
En los textos argumentativos se emplean diferentes estrategias para convencer al lector. Las preguntas
retoricas son interrogaciones cuya respuesta es obvia y, por lo tanto, refuerzan la opinión del autor; las
generalizaciones consisten en extender una idea a muchos casos. También se incluyen ejemplos y
comparaciones.
La subjetividad del autor aparece en los textos de opinión en el uso de la primera persona. Los
modalizadores y los adjetivos refuerzan su opinión.
Muchos periódicos publican una versión digital, que puede consultarse por internet. Como se actualiza
permanentemente, se indica la hora de la última actualización. El texto principal de las notas suele ser idéntico al
del impreso, aunque puede incluir diferentes recursos paratextuales. La versión digital, entonces:
Tiene una organización intertextual. El hipertexto es una herramienta que permite articular el texto base
con otros contenidos por medio de enlaces llamados hipervínculos.
Las secuencias textuales son los modos de organización interna del texto, es decir, la manera en que se
encadenan sus partes. Las más comunes en los textos de opinión son la argumentación, la narración, la
descripción y la exposición – explicación. En todo texto hay una secuencia predominante y otras secundarias.
Otra de las secuencias textuales es la conversación o dialogo. Se trata de una sucesión de turnos de palabra
entre dos o más interlocutores. La lectura básica contiene:
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Cierre o terminación: se incluyen fórmulas de despedida.
Las secuencias instruccionales le indican al destinatario como cumplir un objetivo. Incluyen una serie de
acciones o pasos que deben llevarse a cabo en cierto orden.
En el acto de habla, además de tenerse en cuenta la situación comunicativa y producirse el acto locutivo –
lo que se dice –, hay un acto ilocutivo del hablante – la intención con la que produce el mensaje – y un acto
perlocutivo – el efecto que causa en el oyente –. La intención puede ser, por ejemplo, convencer, ordenar,
aconsejar, felicitar, prometer, proponer, averiguar, declarar, testimoniar, etc. El efecto sobre el oyente puede no
ser el deseado, porque depende de la interpretación que haga del mensaje. El hablante también elige una
modalidad para construir el mensaje: declarativa, interrogativa, imperativa o exclamativa.
Teniendo en cuenta la intención del hablante y la modalidad que elige, podemos clasificar los actos de habla
en directos o indirectos.
Actos de habla directos: coincide la intención con la modalidad. Por ejemplo: un amigo debe
encontrarse con otro y le pregunta “¿Dónde queda el restaurante?”. La función es obtener
información y se usa la modalidad interrogativa.
Actos de habla indirectos: no coinciden la intención y la modalidad. Por ejemplo: es una casa suena
el siempre y el padre le dice al hijo “¿Abrirías la puerta?”. El padre no espera una respuesta
afirmativa o negativa, sino una acción: se trata de un pedido formulado como una interrogación.
Las preguntas retoricas de los textos de opinión son también un ejemplo de este tipo de acto de
habla.
Modalizadores lógicos: relacionan el contenido con un razonamiento (no es verdad que, tal vez,
posiblemente, etc.)
Modalizadores apreciativos: califican el contenido (felizmente, lamentablemente, por suerte, etc.)
Aumentativos y diminutivos: tienen diversas funciones, como mostrar desprecio (“Ya leí ese textito
que escribiste”) o tratar de impactar (“Otro partidazo”).
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Clases de palabras
Los pronombres
Los pronombres son una clase de palabras de significado ocasional, porque dependen de su contexto de
uso. Por ejemplo: en todo contexto de habla, ‘yo’ designa al hablante y ‘vos’ al oyente (el significado de cada uno
depende de la situación comunicativa); en “La banda que tocó anoche es genial”, ‘que’ se refiere a ‘la banda’ (su
significado depende del contexto textual).
Los pronombres se dividen en dos grandes grupos. Aquellos que remiten a la situación comunicativa en la
que se expresan son los del primer grupo: personales, demostrativos y posesivos (referente extralingüístico). El
segundo grupo incluye a los indefinidos, relativos e interrogativos y exclamativos, cuyo significado depende del
texto en el que aparecen (referente intralingüístico).
Pronombres personales: designan o reemplazan a las distintas personas que participan del acto
comunicativo.
Pronombres demostrativos: establecen la lejanía o cercanía del sustantivo al que modifican en relación
con el hablante.
Pronombres posesivos: señalan una relación de pertenencia entre el sustantivo al que modifican y la
persona o entidad a la que hace referencia el pronombre.
Pronombres relativos: remiten a un sustantivo o construcción sustantiva anterior (antecedente) e
introducen proposiciones subordinadas.
Pronombres indefinidos: señalan personas, objetos u otras entidades sin dar precisiones.
Pronombres enfáticos: hay dos clases de pronombres enfáticos:
Pronombres interrogativos: se utilizan para hacer una pregunta parcial: una pregunta específica que, a
diferencia de las preguntas totales, no se responde por sí o por no. Estos pronombres se refieren a la
información sobre la que se está preguntando y pueden aparecer en interrogaciones directas o
indirectas.
Pronombres exclamativos: sirven para manifestar sorpresa o asombro por algo.
Los verbos
El verbo es una clase de palabras que nos permite decir que una determinada entidad realiza una acción,
sufre un proceso, o se encuentra en un estado determinado. Como desde el punto de vista semántico existen
distintas clasificaciones, en términos generales decimos que un verbo denota un cierto evento.
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Desde el punto de vista morfológico, los verbos están conformados por dos partes. La raíz constituye su
morfema base: brinda la información sobre su significado. Esta base se conserva inalterable en los verbos
regulares a lo largo de toda la conjugación (las formas posibles del verbo). La desinencia es la parte flexionada
del verbo y manifiesta las categorías morfológicas de persona, numero, tiempo, modo y aspecto.
Según las variaciones que representen o no en la raíz y en las desinencias al conjugarse, los verbos pueden
ser regulares o irregulares.
Persona: designa al participante de la comunicación sobre el cual el verbo está predicando algo.
Número: indica si esa persona es una sola o más de una.
Tiempo: indica el momento en que sucedió el evento.
Modo: expresa la actitud del hablante ante lo que dice
Aspecto: marca si el evento finalizó o tiene continuidad.
La irregularidad verbal
Los verbos regulares son aquellos que mantiene su raíz y respetan las variaciones desinenciales
correspondientes a su conjugación. Esto quiere decir que cuando un verbo es regular podemos saber cómo se
conjuga en cada tiempo y modo de acuerdo al paradigma de la conjugación regular.
Los verbos irregulares son aquellos que no se conjugan siguiendo este modelo, sino que pueden presentar
variaciones. Estas variaciones pueden aparecer tanto en la raíz del verbo como en su desinencia.
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La intrusa
De Pedro Orgambide
Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día en que llegó, nadie se quejó de mi conducta.
Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era
el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis
propias manos el papel carbónico.
El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me pareció
sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla
con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en
elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor
Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la
medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un
tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo
de ayer. «González -me dijo el Gerente- lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios».
Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca
dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui
yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un
hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata,
como quien dice.
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El cuento realista
Los cuentos realistas relatan hechos reales o posibles, que resultan creíbles o verisímiles porque podrían
suceder en la realidad del lector. Los personajes son sencillos y comunes; los ambientes son reconocibles y las
descripciones, claras y precisas.
El narrador es la voz que cuenta la historia. Puede ser un personaje o alguien que cuenta sin estar presente
en las acciones. Se manifiesta a través de la persona gramatical que adopta para contar:
El narrador en primera persona puede ser protagonista, si cuenta hechos en los que participó, o
testigo, cuando es un personaje que cuenta lo que le pasa a otro personaje.
El narrador en tercera persona se ubica fuera de los acontecimientos que narra. Existen tres tipos de
narradores en tercera persona:
Omnisciente: sabe más que los personajes, conoce sus pensamientos, sentimientos, pasado,
presente y futuro.
Equisciente: sabe lo mismo que uno de los personajes.
Deficiente: sabe menos que los personajes.
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Las copias
De Franco Vaccarini
Una vez por semana, después de trabajar, íbamos con Natalia a correr en los bosques, al borde de la ciudad.
Solía haber mucha gente, la vida saludable estaba de moda. Hombres y mujeres grandes, jóvenes, gordos y
flacos. “Mejor un gordito activo que un flaco sedentario”, decía Natalia, refiriéndose con un guiño de ojos a esos
kilitos que me sobraban. Cada atardecer, los bosques eran un lugar de encuentro para los cultores del ejercicio
físico. Pero ese día no había casi nadie. Como si un ciclón hubiera barrido con toda la gente. Solamente había un
anciano, que ya estaba por cruzar la calle para irse.
- Desde hace varios días circula la noticia. ¿No lo saben? El último grito de la moda: las copias. Huyan antes
de que anochezca.
- Es como una epidemia. Llámele fantasmas, aunque todos le dicen copias. Ya hubo un par que se murieron
de susto. Les aconsejo que hagan lo que estoy haciendo yo: váyanse – dijo el hombre.
Ya no me escuchaba.
El anciano cruzó la calle hacia las tranquilizadoras luces de la ciudad. Sorprendidos, charlamos un rato del
asunto con Natalia, mientras trotábamos. A mí me gustaba Natalia y me encantaba pasar tiempo con ella. Correr
era una excusa perfecta.
Una hoja se balancea en el árbol, un ruido impreciso, un movimiento en el agua… todo eso puede ser,
también, el rastro de un fantasma.
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Una semana después volvimos a citarnos en el mismo lugar, para cumplir nuestra rutina aeróbica.
Oscurecía. Había otros deportistas, y como si la epidemia de miedo estuviera disipándose… ¡hoy correríamos!
Solía llegar unos minutos antes que Natalia. Me sentaba en un banco de madera frente al lago, y meditaba
mientras la esperaba.
Y entonces baje la vista y vi algo más, alguien más estaba: Natalia, vestida de blanco. De luna. Su ropa
refulgía. La inconfundible melena lacia, su figura esbelta, la hermosa nariz. No me dio un beso en la mejilla
como siempre, se mantuvo a distancia, y tuve la sensación de que estaba por decirme algo y no se atrevía. Su
cautela me extrañó.
- Agua.
Instintivamente bajé mi vista para sacar la botella que guardaba en mi mochila. Cuando volví a mirarla,
Natalia ya no estaba. En el lago se formaron ondas, como si algún pez carpa estuviera dando vueltas.
¿Qué había pasado? Volví sobre mis pasos y grité su nombre. Una corriente de frio anunciaba el otoño.
Quería darle agua a Natalia. Quería mostrarle la luna a Natalia. Quería jugar a mirar la luna con Natalia. Pero
aho9ra Natalia no estaba y la luna, por supuesto, la luna estaba… Miré detrás de los arbustos, de los troncos, en
cada banco de madera, en las glorietas.
Por el camino se acercaba una mujer. Estaba con ropas oscuras, y al verme agitó su mano:
- ¡Gustavo! ¿Cómo puede ser que estés aquí si recién… estabas allá?
- Pero, Natalia… si estabas conmigo… Vos… Y desapareciste. ¿Cómo puede ser que…?
Enmudecí. Enmudeció.
Esta Natalia vestía su ropa deportiva de siempre, hablaba como siempre, era la verdadera Natalia. Y yo era
yo. El verdadero yo.
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El cuento fantástico
La literatura fantástica narra historias cotidianas en las que algo fuera de lo común irrumpe y siembre un
interrogante difícil de resolver según nuestras creencias y conocimientos. Debemos diferenciarla de otros
géneros, como el maravilloso y el extraño:
En el extraño, el hecho raro se interpreta como producido por fuerzas inconscientes, por ejemplo,
el sueño o la alucinación.
En el género maravilloso, se presentan elementos sobrenaturales que suceden en otro mundo y son
aceptados como reales, como ocurre, por ejemplo, en la saga de Harry Potter.
En el fantástico, un acontecimiento extraño sucede en un ambiente cotidiano y tanto el lector como
el personaje dudan en asignarle una explicación lógica o sobrenatural. Lo fantástico, a diferencia de
lo maravilloso, no puede existir independientemente del mundo real.
En los cuentos fantásticos puros la ambigüedad acerca de la naturaleza del hecho extraño se mantiene hasta
el desenlace. En cambio, en los cuentos fantásticos impuros al llegar al final, el narrador ofrece indicios que
permiten optar por una explicación racional o sobrenatural.
El cuento fantástico tiene su apogeo en Europa en el siglo XVII. En América Latina, alrededor de los años
60’, los escritores contemporáneos que integraron el boom latinoamericano intentaron rescatar la identidad
latinoamericana recreando lo que es el hombre americano, su cultura y sociedad, sin recurrir a la literatura
realista de corte testimonial. Para ello, escribieron cuentos fantásticos inspirándose en leyendas y mitos
indígenas, así como en personajes y paisajes autóctonos. De esa manera, los escritores latinoamericanos se
apropian de un género típicamente europeo y lo fusionan con géneros de América Latina que se acomodan muy
bien al cuento fantástico y le otorgan un sello distintivo.
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Continuidad de los parques
De Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla
cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes.
Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías,
volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón
favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que
su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria
retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida.
Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su
cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la
mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido
por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y
movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora
llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con
sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta,
protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía
la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que
todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo
retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada
había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una
mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella
debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el
pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría
a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le
llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto,
dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la
mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón
leyendo una novela.
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Las oraciones
La oración es una unidad que se caracteriza por tener autonomía e independencia sintáctica (no depende de
una estructura mayor), por tener sentido completo (cada oración abre un significado y lo cierra al finalizar), y por
una entonación o figura tonal propia (afirmativa, exclamativa, interrogativa, etc.).
Bimembres y unimembres
Para le análisis sintáctico, las oraciones pueden dividirse en las categorías de bimembres, cuando es posible
dividirlas en sujeto y predicado, o unimembres, cuando no es posible segmentarlas en dos unidades menores.
Sujeto y predicado
El sujeto y el predicado son dos funciones sintácticas interdependientes, es decir, no puede aparecer una sin
la otra. Se reconocen por las relaciones de concordancia que contraen: la variación de persona o de número en el
núcleo del sujeto se relaciona con la variación correspondiente en el verbo del predicado. Los sujetos pueden
representarse con sustantivos o con los pronombres personales nominativos. A este sujeto se lo llama sujeto
expreso (S.E.)
El sujeto expreso puede ser simple, cuando tiene un solo núcleo (S.E.S.), o compuesto, cuando tiene más
de un núcleo (S.E.C.). Si el sujeto es simple y singular, el verbo del predicado debe estar en singular; mientras
que si el sujeto es compuesto o plural, el verbo debe estar en plural.
Cuando la desinencia del verbo lo indica y permite recuperarlo, es posible omitir el sujeto. A esta forma de
frecuente aparición se la llama sujeto tácito o desinencial.
El predicado de una oración puede ser verbal (P.V.), cuando tiene uno o más verbos como núcleo, o no
verbal (P.N.V.), cuando presenta como núcleo un sustantivo, adjetivo o adverbio.
El núcleo del predicado verbal coincide en persona y numero con el sujeto. Puede ser simple, cuando tiene
un solo núcleo verbal (P.V.S.), o compuesto, cuando tiene más de un núcleo verbal (P.V.C.).
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Reglas de puntuación
Los principales signos de puntuación que se utilizan en el idioma español son: punto, la coma, punto y
coma, puntos suspensivos, signos de interrogación, signos de exclamación, paréntesis, corchetes, rayas, comillas.
El punto señala la pausa con que se da fin al enunciado, después del punto siempre se escribe mayúscula.
Existen tres clases de puntos: el punto y seguido, el punto y aparte, y el punto final.
El punto y seguido: separa enunciados que integran un párrafo, después del punto y seguido se sigue
escribiendo en el mismo renglón, si el punto está al final del renglón se empieza en el siguiente sin dejar sangría.
El punto y aparte: separa dos párrafos distintos, después de punto y aparte se escribe en una línea distinta,
la primera línea debe dejar una sangría o espacio interior.
Por regla general el punto se utiliza también después de las abreviaturas, no obstante existen numerosas
excepciones por ejemplo los símbolos, de los elementos químicos y de las unidades de peso y de medida se
escriben sin punto, tampoco llevan este signo los puntos cardinales. Los puntos de las abreviaturas no excluyen
la presencia inmediata de cualquier otro signo de puntuación, cuando se combine el punto con los paréntesis o
las comillas, se coloca el punto siempre detrás de estos signos. No se escribe punto al final de: títulos y subtítulos
de libros, artículos, capítulos, obras de arte etc., cuando aparezcan aislados.
Uso de la coma
La coma indica una pausa breve que se produce dentro del enunciado, y se emplea para:
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Es recomendable su empleo cuando el periodo sea largo.
Además, en una relación cuyos elementos están separados por punto y coma, el último elemento, ante el
que aparece la conjunción copulativa, va precedida de coma o punto y coma.
Los enunciados que aclaran o amplían lo dicho en una oración, se escriben entre comas. Se encuentran en
este caso: las aposiciones explicativas, las oraciones explicativas, cualquier comentario, explicación o precisión de
algo dicho, la mención de un autor u obras citados.
Se coloca coma después del bloque anticipado cuando se invierte el orden regular de las partes de un
enunciado, anteponiendo elementos que suelen ir pospuestos.
Es usual colocar una coma antes de una conjunción o locución conjuntiva que une las proposiciones de una
oración compuesta.
Se colocan comas al emplear frases como: esto es, es decir, o sea, en fin, por último, por consiguiente, por
lo tanto, en cambio, en primer lugar. También en formas adverbiales como: generalmente, posiblemente,
afectivamente, finalmente, en definitiva, por regla general, quizás. Si estas expresiones van al inicio de la oración,
se separan del resto por una coma, pero si va en medio de la oración se escriben entre comas.
El punto y coma indica una pausa superior a la marcada por la coma e inferior a la señalada por el punto, el
punto y coma se utiliza:
Para separar los elementos de una enumeración cuando se trata de expresiones complejas que
incluyen comas en su redacción.
Para separar oraciones yuxtapuestas, si son muy largas o llevan comas en su redacción.
En ocasiones, puede emplearse punto y seguido en lugar de punto y coma. La elección puede depender del
vínculo de sentido entre las oraciones, si este vínculo es débil se prefiere el punto y seguido, si es más sólido, es
preferible el punto y la coma. También es correcto, en estos casos, emplear dos puntos.
Suele colocarse punto y coma, en vez de coma, delante de conjunciones o locuciones conjuntivas como:
pero, más y aunque, así como sin embargo, por lo tanto, por consiguiente, en fin, etc., cuando los periodos son
muy largos o llevan coma en su redacción. Si la longitud es extremadamente larga, es preferible usar el punto y
seguido.
Los dos puntos detienen el discurso para llamar la atención sobre lo que sigue, y estos se emplean:
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Después de enunciar una enumeración.
Para cerrar una enumeración, antes del anafórico que los sustituye.
Antes de una cita textual.
Después de las fórmulas de saludo en las cartas y documentos.
Para significar la conexión de sentido con oraciones relacionadas entre sí, sin necesidad de utilizar nexo
gramatical; estas relaciones pueden ser: causa-efecto; conclusión o resumen de la oración anterior; verificación o
explicación de la oración anterior, que suele tener un sentido más general.
También se emplean los dos puntos para separar la ejemplificación del resto de la oración.
En textos jurídicos y administrativos, se colocan dos puntos después del verbo, escrito con todas sus letras
mayúsculas, que presenta el objetivo fundamental del documento. La primera palabra del texto que sigue a este
verbo se escribe siempre con letra inicial mayúscula, y el texto forma un párrafo diferente.
Los puntos suspensivos (…) suponen una interrupción de la oración o un final impreciso, y se emplean:
Al final de enumeraciones abiertas o incompletas, con el mismo valor que la palabra etcétera.
Cuando se quiere expresar que antes de lo que va a seguir ha habido un momento de duda, temor
o vacilación.
En ocasiones la interrupción del enunciado sirve para sorprender al lector con lo inesperado de la
salida.
Para dejar un enunciado incompleto y en suspenso.
Cuando se reproduce una cita textual, sentencia o refrán, omitiendo una parte.
Se escriben tres puntos suspensivos dentro de paréntesis (…) o corchetes […] cuando al transcribir
literalmente un texto se omite una parte de él.
Tras los puntos suspensivos no se escribe nunca punto, sin embargo sí pueden colocarse otros signos de
puntuación.
Se emplearán dos, uno para indicar la apertura (¿i) y otro para indicar el cierre (?!) estos signos se
colocan al principio o final del enunciado interrogativo y exclamativo respectivamente.
Después de los signos que indican cierre de interrogación o exclamación no se escribe punto.
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Los vocativos y las oraciones subordinadas cuando ocupan el primer lugar en el enunciado se escriben fuera
de la pregunta o de la exclamación, sin embrago si están colocados al final se consideran dentro de ellas.
Cuando se escriben varias preguntas o exclamaciones seguidas y estas son breves se puede optar por
considerarlas oraciones independientes, con sus correspondientes signos de apertura y cierre, y con mayúscula al
comienzo de cada una de ellas, no obstante también es posible considerar el conjunto de las preguntas o
exclamaciones como un enunciado único, en este caso hay que separarlo por comas o por puntos y coma, y solo
en la primera se escribirá la palabra inicial con mayúscula.
Los paréntesis se emplean para encerrar elementos incidentales o aclaratorios que se intercalan en un
enunciado. Se utilizan cuando:
Se interrumpe el sentido del discurso con una aclaración o elemento incidental, sobre todo si es
largo o de escasa relación con lo anterior o posterior.
Si se intercala algún dato: fechas, lugares, significados de siglas, el autor u obra citados, etc.
Se desea introducir alguna alternativa en el texto. Puede encerrarse en el paréntesis una palabra
completa o solo uno de sus segmentos.
Se reconstruyen palabras completas o elementos que faltan que faltan en los originales al
transcribir texto, como códices o inscripciones con abreviaturas.
Se encierran tres puntos para dejar constancia de que se omite en la cita un fragmento del texto
que se transcribe.
Se escriben a incisos encabezados por letras o números. Usualmente se escribe solo el paréntesis
de cierre tras estos caracteres.
Si el enunciado colocado entre paréntesis es interrogativo o exclamativo, los signos
correspondientes a estos se colocan dentro del paréntesis.
Por norma general se utilizan los corchetes de forma parecida a los paréntesis que incorporan información
complementaria o aclaratoria, se utilizan cuando:
Se introduce alguna aclaración dentro de un texto que ya está encerrado entre paréntesis.
No caben en una línea las últimas palabras de un verso. En este caso, solo se escribe con corchete
de apertura.
Se quiere hacer constar que falta una parte del texto que se transcribe; dentro de los corchetes se
escriben tres puntos.
La raya se emplea:
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Para encerrar aclaraciones que interrumpen el discurso. En este caso se coloca siempre una raya de
apertura y otra de cierre al final. Las rayas pueden sustituirse por paréntesis o por comas, según
como el que escribe perciba el grado de conexión entre los elementos.
Para señalar cada una de las intervenciones de un diálogo, sin mencionar el nombre de la persona
o personaje al que corresponde. Para introducir o encerrar los comentarios o precisiones del
narrador a las intervenciones de los personajes, se coloca una sola raya delante del comentario del
narrador, sin necesidad de cerrarlo con otra, cuando las palabras del personaje no continúan
inmediatamente después del comentario.
Se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la
intervención del personaje y esta continua después, si fuera necesario colocar un signo de puntuación detrás de
la intervención del narrador, se colocará después de sus palabras y tras la raya de cierre (si la hubiese).
En algunas listas, como índices alfabéticos o bibliografías, la raya sirve para indicar que en ese renglón se
omite una palabra, ya sea un concepto antes citado o el nombre de un autor que se repite.
Hay distintos tipos de comillas (“” «») que se emplean indistintamente, pero se alternan cuando deben
usarse en un texto ya entrecomillado. Las comillas se emplean:
De menor longitud que la raya, se utiliza básicamente para hacer divisiones dentro de una palabra, y
también:
Cuando se antepone el guion a una parte de una palabra (sílaba, morfema, etc.) indica que esta va en
posición final. Cuando se pospone el guion a esa misma parte, indica que esta va en posición inicial. Si el
elemento en cuestión se coloca entre guiones, se entiende que está en el interior de palabra.
El guion también se emplea para unir palabras con un valor de enlace similar al de una preposición o una
conjunción.
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Metempsicosis
De Leopoldo Lugones
Era un país de selva y amargura,-un país con altísimos abetos,-con abetos altísimos, en donde—ponía
quejas el temblor del viento.--Tal vez era la tierra cimeriana--donde estaba la boca del Infierno,--la isla que en el
grado ochenta y siete--de latitud austral, marca el lindero--de la líquida mar; sobre las aguas--se levantaba un
promontorio negro,-- como el cuello de un lúgubre caballo,--de un potro colosal, que hubiera muerto—en su
última postura de combate,--con la hinchada nariz humeando al viento.(…)Una luna ruinosa se perdía--con su
amarilla cara de esqueleto-- en distancias de ensueño y de problema;--y había un mar, pero era un mar eterno,--
dormido en un silencio sofocante--como un fantástico animal enfermo.--Sobre el filo más alto de la roca,--
ladrando al hosco mar, estaba un perro:
Sus colmillos brillaban en la noche--pero sus ojos no, porque era ciego.--Sufoca abierta relumbraba, roja-
como el vientre caldeado de un brasero;--como la gran bandera de venganza--que corona las iras de mis sueños;-
-como el hierro de una hacha de verdugo--abrevada en la sangre de los cuellos.(…) Vi que mi alma con sus
brazos yertos--yen su frente una luz hipnotizada--subía hacia la boca de aquel perro,--y que en sus manos y sus
pies sangraban,--como rosas de luz, cuatro agujeros;--y que en la hambrienta boca se perdía--,y que el monstruo
sintió en sus ojos secos--encenderse dos llamas, como lívidos--incendios de alcohol sobre los miedos.
Entonces comprendí (¡Santa Miseria!)--el misterioso amor de los pequeños (…) y mis ojos miraron en la
sombra--una cruz nueva, como sus clavos nuevos,--que era una cruz sin víctima, elevada--sobre el oriente
enorme de un incendio,--aquella cruz sin víctima ofrecida--como un lecho nupcial. ¡Y yo era un perro!
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La descripción
Describir implica contestar a una pregunta implícita o no sobre como es, fue o será algo. Hay descripción
cuando a un determinado tema – un objeto, un momento, un cuerpo, un carácter, una sensación, un lugar, un
proceso – se lo pone en relación de equivalencia con las partes y/o cualidades que puedan derivarse de él. Por
ejemplo, en El parque tenía un anfiteatro despintado, caminitos de ladrillo picado y canteros plagados de yuyos, el de la
descripción – el parque – está en relación de equivalencia con las partes anfiteatro, caminitos y canteros.
Describir algo consiste en descomponerlo en sus partes y/o cualidades. Lo descripto (el algo de la
definición anterior) es el tema de la descripción y puede siempre ser expresado por una palabra o por una frase.
Las partes y las cualidades se derivan del tema. Por ejemplo, del tema cara pueden derivarse las partes
arrugas, barba, ceja, ojo, cicatriz, frente, labio, etc. A su vez, del tema ojo, son derivables las partes ángulo, bastoncillo,
bolsa, carúncula, globo, humor vítreo, iris, etc.
La lista de cualidades posibles es más abierta que la de las partes. Su extensión puede pensarse imaginando
cualidades imposibles de aplicar a un tema: un ojo puede ser redondo, achinado, claro, piadoso, abyecto,
vidrioso, lagañoso, absorto y muchas cosas más, pero difícilmente (salvo en la poesía, pero eso lo veremos más
adelante) aparezca descripto como protestante, bilingüe, cuadrúpedo, etc.
Al describir, por lo tanto, se dispone de un conjunto latente de partes y rasgos posibles cuyo conocimiento
y reconocimiento son puestos en juego cada vez que se interpreta o se produce una descripción. Distintas
descripciones de un mismo tema tomarán ese potencial de manera particular cada vez.
Cuando se descompone un tema (como cara) en partes y cualidades, en el texto se produce una expansión o
desarrollo. La extensión y la forma de esta expansión dependen de:
▪ Las derivaciones del tema con que se cuenta (en potencia, éstas son amplísimas)
▪ Las opciones que, dentro de esa serie de derivaciones posibles, elija el descriptor
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Las cualidades de las partes del tema
Esta expansión se realiza de modo tal que entre el tema y lo demás haya siempre una relación de
equivalencia.
De las partes y de las cualidades asociadas a un tema se pueden derivar, a su vez, nuevas descripciones
inscriptas en la descripción general. Cuando esto sucede, la parte o la cualidad funcionan como temas de nivel
inferior o subtemas.
Esta estructura jerarquizada es un instrumento que facilita tanto la producción como la comprensión de las
descripciones.
La comparación
La comparación es un recurso frecuente en la descripción. En ella, se ponen en relación dos o más objetos,
seres o procesos con la intención de orientar la atención sobre las diferencias y las similitudes que puedan tener.
A veces la cualidad común (o algunas de las cualidades comunes) puede estar implícita: en tales casos, el lector
de reconstruirla.
Al interpretar una comparación, el lector puede traer a su mente muchas cualidades. Sin embargo, en
general, la opción tiene lugar entre un grupo limitado de ideas.
En relación con esto, la poesía suele constituir una excepción. En la poesía, como veremos más adelante, se
propone a veces una forma diferente de concebir las cosas. Éstas son presentadas no en forma directa – en su
apariencia real –, sino por alusión, insinuación o sugerencia, a partir de imágenes que, en general, acercan dos
realidades más o menos alejadas. En estos casos, la relación de equivalencia entre los términos de la
comparación se caracteriza por no estar prevista en las derivaciones habituales.
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La pieza ausente
De Pablo de Santis
Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta ciudad ‑dicen‑
más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión.
Cuando leí en el diario que habían asesinado a Nicolás Fabbri, adiviné que pronto sería llamado a declarar.
Fabbri era Director del Museo del Rompecabezas. Tuve razón: a las doce de la noche la llamada de un policía
me citó al amanecer en las puertas del museo.
Me recibió un detective alto, que me tendió la mano distraídamente mientras decía su nombre en voz baja
‑Lainez‑ como si pronunciara una mala palabra. Le pregunté por la causa de la muerte: “Veneno” dijo entre
dientes.
Me llevó hasta la sala central del Museo, donde está el rompecabezas que representa el plano de la ciudad,
con dibujos de edificios y monumentos. Mil veces había visto ese rompecabezas: nunca dejaba de maravillarme.
Era tan complicado que parecía siempre nuevo, como si, a medida que la ciudad cambiaba, manos secretas
alteraran sus innumerables fragmentos. Noté que faltaba una pieza.
Lainez buscó en su bolsillo. Sacó un pañuelo, un cortaplumas, un dado, y al final apareció la pieza. «Aquí la
tiene. Encontramos a Fabbri muerto sobre el rompecabezas. Antes de morir arrancó esta pieza. Pensamos que
quiso dejarnos una señal.
Miré la pieza. En ella se dibujaba el edificio de una biblioteca, sobre una calle angosta.
‑Sabemos que Fabbri tenía enemigos ‑dijo Lainez-. Coleccionistas resentidos, como Santandrea, varios
contrabandistas de rompecabezas, hasta un ingeniero loco, constructor de juguetes, con el que se peleó una vez.
‑También está Montaldo, el vicedirector del Museo, que quería ascender a toda costa. ¿Relaciona a alguno
de ellos con esa pieza? ‑Dije que no.
‑ ¿Ve la B mayúscula, de Biblioteca? Detuvimos a Benveniste, el anticuario, pero tenía una buena coartada.
También combinamos las letras de La Piedad buscando anagramas. Fue inútil. Por eso pensé en usted.
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Miré el tablero: muchas veces había sentido vértigo ante lo minucioso de esa pasión, pero por primera vez
sentí el peso de todas las horas inútiles. El gigantesco rompecabezas era un monstruoso espejo en el que ahora
me obligaban a reflejarme.
Sólo los hombres incompletos podíamos entregarnos a aquella locura. Encontré (sin buscarla, sin
interesarme) la solución.
‑Llega un momento en el que los coleccionistas ya no vemos las piezas. Jugamos en realidad con huecos,
con espacios vacíos. No se preocupe por las inscripciones en la pieza que Fabbri arrancó: mire mejor la forma
del hueco.
Laínez miró el punto vacío en la ciudad parcelada: leyó entonces la forma de una M.
Montaldo fue arrestado de inmediato. Desde entonces, cada mes me envía por correo un pequeño
rompecabezas que fabrica en la prisión con madera y cartones. Siempre descubro, al terminar de armarlos, la
forma de una pieza ausente, y leo en el hueco la inicial de mi nombre.
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El relato policial clásico
Todo relato policial es la historia de una investigación motivada por un delito. La narración detalla los
pormenores de la investigación y la manera en la que se llega al descubrimiento del culpable.
Para hablar de su origen, debemos remontarnos al siglo XIX, a la figura del escritor estadounidense Edgar
Allan Poe, quien sentó las bases del género con la publicación de “Los crímenes de la calle Morgue” (1841). En
este volumen de cuentos, aparece por primera vez la figura literaria del detective observador y razonador:
Auguste Dupin. Además la narración está a cargo de un colaborador del investigador y el enigma aparece como
un juego de ingenio a resolver. Años más tarde, inspirándose en las aventuras de Dupin, Sir Arthur Conan Doyle
publicó, en Inglaterra, la primera novela protagonizada por Sherlock Holmes: “Estudio en escarlata”. Así, en
poco tiempo, el género alcanzaría gran popularidad.
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La temporalidad en la narración
La elección de los tiempos verbales y los desplazamientos temporales forman parte de las estrategias que
presentan los textos literarios para dar cuenta de la temporalidad de los hechos narrados.
Si bien en muchos casos el narrador utiliza el tiempo presente para generar tensión y dramatismo, o bien,
para otorgarle veracidad y validez a los hechos relatados, también se usan otros tiempos verbales:
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El texto expositivo
Los textos expositivos se proponen informar, desarrollar y dar explicaciones sobre cierto tema a un lector
determinado. Los podemos encontrar en manuales escolares, enciclopedias, revistas y sitios web de distinto tipo.
Además, estos textos son los que utilizan los profesores cuando exponen un contenido, o los alumnos cuando
escriben sus evaluaciones y trabajos escolares.
Recursos expositivos
Los textos expositivos utilizan una serie de recursos para desarrollar la información con mayor claridad y
facilitar así su comprensión:
Paratextos y vocabulario
El paratexto de los textos expositivos incluye un título y subtítulos (que organizan el texto en apartados
para explicar los subtemas); recuadros con información adicional, imágenes (fotografías, ilustraciones) con sus
epígrafes, y mapas y gráficos para facilitar la comprensión de la información.
El vocabulario es especifico de cada disciplina y se usa con un significado preciso, que muchas veces difiere
del uso cotidiano.
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Los perros asesinos de Agronomía
“En episodios y temas que pertenecen estrictamente al ámbito policial, existen misterios que por sus
características, a veces rodeadas de ribetes alucinantes, tendrían que haber sido debidamente esclarecidos o al
menos explicados y, sin embargo, en el noventa por ciento, la opinión publica nunca tuvo la satisfacción de
recibir ‘alguna’ información oficial que despejara dudas y ahuyentara la sensación de miedo que determinado
hecho dejó, como una impronta indeleble, en el ánimo de la población.
Así se expresaba un veterano investigador de la Policía Federal, cuando le fue requerida su opinión respecto
de los misteriosos sucesos ocurridos a fines de febrero de 1997, dentro del predio de la Facultad de Agronomía
de Buenos Aires, en el sector correspondiente de la Facultad de Veterinaria. Fue cuando comenzaron a aparecer
destrozadas a dentelladas y con horribles mutilaciones, ovejas que habían sido prolijamente seleccionadas para
ensayos de fertilización in vitro con el propósito de lograr animales transgénicos.
Aquellos episodios movilizaron al periodismo de todo el país y crearon inquietud y zozobra, no solo entre
los científicos de la Universidad de Buenos Aires sino entre los vecinos del barrio de Villa del Parque – en cuyo
corazón están enclavadas las ochenta y tres hectáreas de ambas facultades –, por la simple razón de que los
investigadores policiales aseguraban, teniendo en cuenta la modalidad sincronizada de esos ataques, que se
trataba de una jauría de perros de gran tamaño dirigida por un misterioso personaje, de gran altura, muy robusto
y de barba tipo ‘candado’ – según la descripción de testigos oculares – que ingresaba después de la medianoche
al predio de Agronomía y comandaba a los mastines hacia un oscuro objetivo fijado, con un silbato ultrasónico
no perceptible por el oído humano. Las huellas encontradas en el escenario de los hechos confirmaron esta
preocupante hipótesis.
El primer ataque, que causó sorpresa y estupor, se registró en la madrugada del 17 de febrero. A la mañana
siguiente, los cuidadores encontraron ocho ovinos prácticamente destripados.
El segundo ataque – y pese a que ya se habían adoptado ciertas previsiones como, por ejemplo, tres policías
cumpliendo servicio adicional de guardia durante toda la noche – se concretó tres días después y el saldo fue
mayor: doce ovejas muertas.
Hubo otras dos ‘visitas’ nocturnas con un resultado no menos devastador. El 8 de marzo, el número de
ovejas atacadas y muertas llegó a cuarenta y cinco; es decir, el total de los animales que habían sido operados y
que esperaban imitar a la inglesa y ya famosa Dolly.
Independientemente de los testimonios brindados por vecinos – que habían sido involuntarios testigos del
paso del misterioso y corpulento visitante, al frente de su no menos misteriosa jauría, por calles aledañas a los
campos universitarios –, hubo un empelado de la facultad que se convirtió en el primer testigo directo. Fue en la
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madrugada del 28 de febrero. Uno de los cuidadores sintió alrededor de las 3 de la madrugada el desesperado
balido de las ovejas y muchos ruidos, ruidos extraños. Para ese entonces, se había instalado sobre el área del
corral un potente reflector que se podía encender desde la habitación donde el cuidador hacía la guardia. El
hombre no vaciló en prender esa luz y salir, para saber qué era lo que estaba ocurriendo. Lo que vio lo paralizó:
el misterioso personaje estaba acodado sobre uno de los hilos del alambrado que rodeaba el corral y miraba,
extasiado, cómo cuatro enormes perros destrozaban a los pocos ovinos que quedaban.
Superando su sorpresa y su miedo, el cuidado intentó intervenir. “Si no querés terminar igual que las ovejas
tomátelas ahora mismo”, advirtió el desconocido llevándose una especie de silbato a la boca. El cuidador no lo
pensó dos veces y volvió a meterse dentro de la habitación desde donde, inútilmente, procuró comunicarse con
otros cuidadores y con dos policías que cumplían tareas de vigilancia en otro corral.
El detallado informe que sobre lo ocurrido realizó al día siguiente en la sede de la Comisaría 47 permitió a
los peritos conjeturar que los perros utilizados para ese exterminio eran de la raza Braco de Weimar o
Weimaranner. El profesor a cargo de la cátedra de Reproducción de la Facultad, doctor Patricio Díaz Pumará,
informó que “posiblemente se trata de un hombre que entrena animales para caza mayor y menor o, en todo
caso, para riñas entre perros”.
Las autopsias practicadas a todos los animales sacrificados demostraron que los perros actuaban de forma
sistemática. “Uno tomaba a la oveja de la grupa y la inmoviliza, mientras otro perro le arranca la yugular”, fue la
explicación. El titular de la cátedra de Nutrición de la Facultad, doctor José Luis Danelon que en ningún
momento ocultó su preocupación y fastidio por lo ocurrido, señaló en una nota periodística que “no estamos
ante la presencia de perros dogo o esquimales, y me inclino a suponer que se trata de perros europeos, muy bien
entrenados para matar”.
Por su parte, la ingeniera Ana Fray – de la cátedra de Reproducción ovina – recordó que en ese predio se
utilizaba a las ovejas para hacer todo tipo de investigaciones. “Las que mataron – agregó – estaban operadas
quirúrgicamente; tenían una fístula en el rumen para hacer estudios sobre alimentación y reproducción. Esto que
ha pasado configura para nosotros un gran daño moral y económico”.
Ha pasado mucho tiempo. Las investigaciones, que fueron muchas, no prosperaron. A partir de la última
oveja despedazada, el caso de “los perros asesinos” entro en un cono de sombras. Ya no hubo más matanzas.
Tampoco más víctimas propiciatorias.
A mediados de abril de 1997, pareció surgir una nueva línea de investigación al comprobarse, un poco
tardíamente, que todos los ataques habían ocurrido en días de lluvia, de gran tormenta. Eso sugirió la posibilidad
de un trasfondo de tipo ritual. ¿Y por qué elegir las ovejas como blanco de tanto odio?, fue la pregunta obligada.
“Porque podríamos estar frente a un grupo fanático que odia las clonaciones”, concluyó un investigador. El caso
está cerrado. El misterio sigue abierto.
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La crónica periodística
La crónica es un tipo de texto periodístico que se caracteriza por presentar los hechos narrados en el
orden cronológico en el que efectivamente sucedieron, de ahí toma su nombre: del griego ‘kronos’: tiempo. El
cronista relata los eventos de modo secuencial, con el objetivo de ser lo más claro y preciso posible. De esta
manera, aunque puede elegir relatar los hechos en otro orden, los lectores pueden reconstruir la cronología
exacta. Esta constituye la mayor diferencia con la noticia, puesto que, en esta última, la información se organiza
priorizando los datos más relevantes al comienzo y dejando los detalles para la segunda parte. Esta estructura se
Además, en las crónicas, encontramos la presencia de la subjetividad de quien escribe: el autor expresa su
opinión y su punto de vista sobre lo que está narrando. Existen numerosos tipos de crónicas periodísticas: de
espectáculos, de viajes, deportivas, policiales, etc.
La crónica policial es aquella que relata un suceso violento o delictivo y que, por lo general, gira en torno a
un criminal y su móvil. Ana Torresi (1995) sostiene que la crónica policial intenta responder dos grandes
preguntas: ¿cuál es el sentido de la vida para un hombre que ha sido llevado al crimen?, ¿qué desarreglos se han
producido en su destino? Según esta autora, tanto le relato policial clásico como la crónica se articulan alrededor
de la pregunta acerca del criminal y su móvil. Para intentar resolver este interrogante, el cronista de policiales
realiza una investigación detallada y recurre a diversas fuentes de información: las fuerzas policiales, los jueces, el
personal de las cárceles, los testigos, las víctimas y los delincuentes.
Recursos
A partir de la información que reúne, el cronista no solo reconstruye la historia, sino que también interpreta
los hechos; por ello, en la redacción de su texto, puede hacer uso de los siguientes recursos:
Recursos literarios, como la metáfora: ‘hubo otras dos visitas nocturnas’, y la hipérbole o exageración:
‘horribles mutilaciones’.
Adjetivos con diverso grado de evaluación, que permiten describir a las personas que intervinieron en
los hechos o caracterizar sus acciones: ‘misterioso y corpulento visitante’.
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Además, como el objetivo es informar en detalle los hechos acontecidos y dotar de verosimilitud a su
relato, también es muy frecuente el empleo de palabras propias del ámbito policial y jurídico: ‘tres policías
cumpliendo servicio adicional de guardia’, y la incorporación de testimonios. Estas declaraciones siempre se
citan entre comillas: “Las que mataron – agregó – estaban operadas quirúrgicamente; tenían una fistula en el
rumen para hacer estudios sobre alimentación y reproducción. Esto que ha pasado configura para nosotros un
gran daño moral y económico”:
La crónica se caracteriza por utilizar el pretérito perfecto simple y el pretérito imperfecto. Aunque también
podemos encontrar crónicas escritas en un presente periodístico, que está al servicio de dar ilusión de que los
hechos están ocurriendo en el momento de la lectura y de que se está presenciando los hechos.
En la crónica “Los perros asesinos de Agronomía”, el pretérito perfecto simple y el imperfecto son los dos
tiempos verbales básicos. Pero, además, se usa el tiempo presente para introducir diversos testimonios o
declaraciones.
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