Etimología de 'sangre', 'lágrima' y 'corazón'
Temas abordados
Etimología de 'sangre', 'lágrima' y 'corazón'
Temas abordados
Autor:
Antón Martín Osorio
Director:
Dr. Carlos Jordán Cólera
El Trabajo Fin de Grado que se presenta aborda tres nociones relativas a partes del
cuerpo humano desde una perspectiva del análisis etimológico y lingüístico. A lo largo de
este se exponen las diferentes posibilidades de reconstrucción u origen etimológico que
tiene cada palabra. A su vez, se explican qué formas se encuentran en griego y qué formas
se encuentran en latín, comparándolas entre sí, e incluso tomando datos de otras lenguas
de la familia indoeuropea para reforzar el análisis. Por último, el análisis se centra en el
ámbito fonético-fonológico comprobando que las protoformas propuestas sean
reconstrucciones posibles desde esta perspectiva.
En cuanto a la elección de las tres nociones que se analizan aquí: ‘sangre’, ‘lágrima’
y ‘corazón’ se debe, en primer lugar, a una cuestión de curiosidad. ¿Hasta qué punto
pueden estar relacionadas etimológicamente las partes del cuerpo? ¿El hecho de ser la
sangre y las lágrimas fluidos del cuerpo humano que se relacionan con algo negativo
puede conllevar cierta relación entre ellas? ¿y entre la sangre y el corazón? Son infinitas
las cuestiones que pueden salir acerca de estos términos si nos paramos a pensar en las
relaciones que puedan tener. Y, en segundo lugar, si nos fijamos en las palabras que
tenemos en cada lengua para designar estas nociones, son términos morfológicamente
diferentes entre sí, por lo que su estudio permite un aprendizaje mucho mayor de la
morfología griega y latina, así como de la historia de cada lengua, tema en el que a lo
largo de la formación no considero que se incida lo suficiente.
Espero que este estudio pueda suscitar a quien lo lea la misma curiosidad que a mí y
que pueda aprender, así como despejar las dudas que existan sobre este tema, con las
siguientes reflexiones.
1
1. ‘sangre’ – *h1esh2-r- (n.):
1
Pokorny, 1959, s. v. *ē̆sr̥(gʷ).
2
Benveniste, 1935: 147 y ss.
3
Sihler, 1995: 298 y ss, §290.
2
se debió extender al resto del paradigma pasando a ser un tema en -r. Los procesos
fonológicos se sucederían de la siguiente manera:
4
Chantraine, 1967: 53, §76.
5
Sihler, 1995: 300, §291.
3
*-n̥tos evidencia como original que *-r̥t es la fuente de *-t para *-n̥t. Sin embargo, es
difícil pensar que la *-t ha sido el único elemento que ha migrado y que no se ha creado
simplemente un tema en *-r̥t (-αρτ-). Chantraine también plantea otra posibilidad6, que
sería interpretar la -t- que aparece en los temas en dental como un alargamiento que se
añadiera a otro tipo de temas, como los temas en -i, los cuales presentarían formas
alternantes con y sin el alargamiento dental: Ἄρτεμιν frente a Ἀρτέμιδα; χάριν frente a
χάριτα, etc. Ahora bien ¿es este alargamiento -t- el mismo que vemos en los temas
heteróclitos? Siendo este alargamiento una solución plausible a la aparición de la -t-,
habría que preguntarse si se trataría del alargamiento ya nombrado, o si bien se trataría
de un reanálisis y metaanálisis del genitivo de estos temas, recreando una “desinencia”
de genitivo en *-tos haciendo después a partir de esa terminación una reinterpretación del
tema en -t para los casos oblicuos, de forma que *yekʷn̥-tos > ἥπατος, y de ahí se
reinterpretaría el tema como un tema en dental (dat.sg.: *yekʷn̥t-i > ἥπατι). En mi opinión,
la reinterpretación de la terminación de los temas en dental *-tos como desinencia de
genitivo y una analogía posterior con los temas heteróclitos que antes mencionaba es la
más plausible. Sea como sea, es una cuestión difícil de explicar.
Singular:
N.V.Ac.: Como es de género neutro, encontramos una misma forma para nominativo,
vocativo y acusativo de singular: ἔαρ, que, como ya he explicado, procedería de *h1esh2-
r-ø, con el tema puro sin marca de caso. La evolución de la protoforma, ya explicada
arriba, quedaría como: *h1esh2-r-ø > *esa-r > *ehar > ἔαρ.
6
Chantraine, 1967: 45, §64.
4
testimonios en latín del uso de la desinencia *-os7. Para la elección del grado cero o grado
pleno de la desinencia el indoeuropeo hizo un reparto que respondía a una ley de
equilibrio silábico, estableciendo así dos patrones:
Dat.: Aquí sí que hay dificultades para reconstruir una única forma de un caso dativo
indoeuropeo por una cuestión de diversidad de opiniones. El problema tiene que ver con
la cantidad de casos que hubo en la protolengua. Tradicionalmente, autores como
Beekes10 o Clakson11 afirman rotundamente que la lengua indoeuropea en origen tenía 8
casos: nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo, locativo, ablativo e instrumental,
basándose en los testimonios del sánscrito, lengua que muchos estudiosos y teorías
indoeuropeas toman como referencia para la reconstrucción histórica de la lengua
indoeuropea. De hecho, a finales del siglo XIX se postuló también que pudo llegar a tener
10 casos, incluyendo en esta lista el caso “lativo” y el “final-directivo”, apoyándose en el
hecho de que el caso acusativo y el caso dativo tenían varias funciones que en origen
7
cf. Senatus consultum de Bacchanalibus, CIL I2, 581: senatuos.
8
Estos patrones también han de tenerse en cuenta para la explicación del gen. sg. de κῆρ.
9
Calvo, 2016: 92.
10
Beekes, 1993: 93, §8.2.1.
11
Clakson, 2007: 90, §4.1.
5
podrían haberse expresado mediante dos casos diferentes. De estos 8 (o 10) casos, la
teoría tradicional defendía que con el paso del tiempo y la evolución de lenguas se habían
fusionado unos con otros haciendo que un mismo caso pudiera expresar varias funciones
al mismo tiempo, proceso que se denomina sincretismo y que da nombre a esta teoría: la
teoría sincretista. De esta manera, en primer lugar, en época de comunidad, tomando
como punto de partida la postura que defendía los 10 casos en origen, los ya mencionados,
lativo y final-directivo, se habrían fundido con el acusativo y con el dativo,
respectivamente. A partir de ahí cada lengua habría reducido más o menos su sistema
casual. Por ejemplo, en griego el genitivo se fusionó con el ablativo, y el dativo adoptó
las funciones del locativo y del instrumental, dando lugar así al sistema de cinco casos
que tenemos en esta lengua. En latín la situación sería algo diferente, ya que el sistema
conservado tiene 6 casos, que son los mismos del griego más el ablativo, el cual adoptó
las funciones del instrumental y del locativo en cierta manera, pues se conservan restos
de caso locativo en la primera, segunda y tercera declinación, esto es: temas en *-ā,
declinación temática, temas en consonante y temas en *-ĭ. Asimismo, observamos que en
sánscrito se habrían mantenido los 8, y en báltico y en eslavo solamente se habían
fusionado el genitivo y el ablativo. Frente a la teoría tradicional o, también llamada,
sincretista, tenemos la que propusieron diversos autores en la segunda mitad del s. XX,
entre los que destaco a Adrados12 y a Villar13, quienes propusieron que lo que en origen
había en la protolengua serían los cinco casos que mantiene el griego y que cada lengua
habría desarrollado casos adicionales para expresar las funciones que necesitaran. Villar
la justifica en primer lugar diciendo que la totalidad de circunstancias que existen siempre
va a ser mayor en número a la cantidad de casos que pueda haber, por lo que el hecho de
que un mismo caso tenga varias funciones o que varias nociones coexistan en un mismo
caso es algo inevitable. De esta manera, no se puede tomar esa razón como justificante
para sacar un número de casos mayor dependiendo de las circunstancias que haya que
expresar. El ejemplo que propone es con las diferentes nociones locales de dirección, en
las que distinguimos “lugar a donde”, “lugar hacia donde” y “lugar hasta donde”, diciendo
que no todas las lenguas marcan morfológicamente con un caso diferente cada una de
estas nociones por separado, sino que en algunas lenguas se pueden expresar estas mismas
nociones con un mismo caso, por natural que sea la distinción entre ellas. Con esto, dice
que es poco probable que el instrumental pudiera llegar a haberse desarrollado en la
6
lengua común, ya que el dativo habría adoptado sus funciones. En cuanto al locativo y al
ablativo defiende que no debían estar totalmente desarrollados en la lengua común. Por
ejemplo, el ablativo, siguiendo el criterio de las áreas laterales que expresa que el estado
más antiguo de la lengua suele ser el que se encuentra en los extremos geográficamente,
siendo que este caso se encuentra presente en latín y en indoiranio, aunque solamente
estuviese en la declinación temática como *-ōd (<*-ō + *-ts)14, sí que podría tener cierto
desarrollo en la lengua común. Por otro lado, el instrumental se habría mantenido en
lenguas como el sánscrito y el lituano en los mismos temas que el ablativo, expresado
mediante el mismo sufijo *-ō sin ningún elemento adicional, dando lugar a un sistema en
el que ese sufijo adverbial con o sin la adición de elementos extra darían lugar a casos
diferentes, teniendo así el dativo: *-ō-i; el ablativo: *-ō-d; y una marca *-ō para expresar
circunstancias no locales, es decir, el instrumental. Pasando al caso locativo, para la
expresión de “lugar en donde” todas las lenguas derivadas de la etapa común postanatolia
tienen el sufijo *-oi/-ei en la declinación temática. En el resto de temas la situación es
más difusa, pues en indoiranio el caso locativo se expresa mediante *-i, y en eslavo y
báltico mediante una desinencia *-ĕ que se cree que provendría del aglutinamiento de la
preposición *en. Sin embargo, otras lenguas como el griego, el celta y el germánico no
ayudaban a mantener como cierta esta idea porque en estas lenguas no había aparente
existencia de este caso en temas diferentes a los temas en -ŏ. En las lenguas que no tenían
un caso locativo diferenciado esta noción se designaba mediante el tema puro. Todo esto
condujo a que hubiese una gran homogeneidad de marcas en ese núcleo originario que,
una vez que se separó la lengua en los diferentes dialectos, impidió reconocer si en origen
había un único caso para designar todas las circunstancias, o si en el sistema casual
indoeuropeo había más de un caso que las expresara.
Así pues, Villar finaliza diciendo que probablemente la lengua común contaba con
cinco casos diferenciados: nominativo, vocativo, acusativo, genitivo y dativo (aunque es
probable que el vocativo tampoco fuera un caso diferenciado, ya que no tenía una función
sintáctica, sino extraoracional) y varios casos parcialmente implantados, por los que no
se puede concluir que formasen parte del sistema casual primigenio. En cuanto a las
diferentes nociones circunstanciales, estarían designadas mediante el dativo o el tema
puro, relegando al caso instrumental una creación posterior. De esta manera, solamente
14
Villar en Villar, 1996: 258 trata el origen de esta terminación *-ōd, como proveniente del adverbio
directivo indoeuropeo con el que se formaba el dativo *-ō(i), más el antiguo sufijo adverbial *-tos/-ts.
7
podemos afirmar que en la protolengua existieron cuatro casos: nominativo, acusativo,
genitivo y dativo, dejando el resto en una casilla de duda en cuanto a su existencia en esta
primera etapa de la lengua.
Decantarme por una postura u otra sin tener en cuenta ambas opiniones al mismo
tiempo sería dejar a un lado reflexiones que, si bien una postura puede ser más fiable que
la otra teniendo en cuenta los datos expuestos, comparándose entre sí pueden añadir una
visión más completa acerca del sistema casual indoeuropeo y no debe ser desdeñable
ninguna de las dos. Por ello, en este trabajo trataré los casos: dativo, ablativo y locativo
(cuando sea necesario) desde la perspectiva tradicional sincretista en primer lugar,
seguida de la perspectiva alternativa o “no-sincretista”.
Plural:
En cuanto a las formas del plural, tenemos tres formas muy regulares: ἔαρα para el
N.V.A.; ἐάρων para el genitivo; y ἔαρσι para el dativo. Manteniendo el mismo tema
morfológico, la adición a este de las desinencias indoeuropeas es el procedimiento
mediante el que se han construido estas formas, pero hay que comentar ciertas
particularidades concernientes a las desinencias en sí.
8
Como la desinencia *-ā aparece en más lenguas además del sánscrito, hemos de suponer
que la desinencia sería *-eh2, y serían el griego y el latín las que habrían optado por un
grado cero de la desinencia, siendo así: *-h2. De este modo, tras la vocalización de la
laringal *-h2 > -ă, la protoforma *h1esh2-r-h2 evolucionaría sin problemas a ἔαρα. Como
comentario adicional he de hacer referencia a la posible relación de la desinencia de
neutro plural que estamos tratando: *-eh2/-h2 con el morfo homófono usado para marcar
el género femenino: *-eh2/-h2 frente al masculino, con una marca -o por polarización. K.
Brugmann15 declara que, según la tradición, en origen el sufijo *-ā denotaba una noción
de género femenino. Sin embargo, él piensa que no se podía denominar a ese sufijo como
un “sufijo femenino”, sino que, examinando todas las palabras en las lenguas
indoeuropeas que contengan el sufijo en cuestión, nos damos cuenta de que la función
original de estos sufijos era la de formar colectivos y abstractos, y ciertas de estas palabras
con el paso del tiempo pudieron haber pasado a usarse para designar nombres con
referentes femeninos. Un punto de partida podría ser *gwenh2 que en un principio
significaba ‘parto’ o ‘reproducción’ y que por metonimia pasó a designarse con este
término a ‘la persona que pare’, es decir, a ‘la mujer’, y de aquí se generalizara ese sufijo
como formador de femeninos. En cuanto al uso para el plural del género neutro, es fácil
comprenderlo teniendo en cuenta que los colectivos son morfológicamente singulares,
pero semánticamente indican una pluralidad, por lo que se usaban con verbos en singular.
De esta manera existían estructuras del tipo πάντα ῥεῖ o τὰ ζῷα τρέχει compuestas por un
sujeto neutro plural con un verbo en singular. Pudieron ejercer presión también el tipo de
palabras pluralia tantum (que solo se declinaban en plural) como bona ‘riquezas, bienes’
en latín, o aquellas que contaban con varios plurales: uno neutro y uno animado. Un
ejemplo de estos en griego puede ser κύκλα que designaba ‘ruedas de un carro’, cuyo
singular era κύκλος ‘círculo’, pero que tenía una forma de plural masculino κύκλοι.
Gen.: Respecto a esta forma, es necesario explicar que para el origen de la desinencia
de genitivo plural indoeuropea no se puede afirmar una única forma, sino que
prudentemente debemos reconstruir *-ō̆m. Esto es debido a que unas lenguas
indoeuropeas atestiguan *-ōm por sus formas conservadas (-ām: el indio antiguo; -ων: el
griego; -o: el gótico; y -ų: el lituano), mientras que otras apuntan a *-ŏm (el eslavo antiguo
tiene -ъ y el latín -ŭm, que, si bien puede proceder también de *-ōm, la posibilidad es
doble). De esta manera, interpretando que la forma griega -ων procede de *-ōm,
15
Brugmann, 1897: 23-31.
9
deberíamos reconstruir una protoforma de ἔαρων como: *h1esh2-r-ōm, que, siguiendo las
mismas evoluciones fonéticas de las protoformas reconstruidas con anterioridad, no
tendría ningún problema para llegar a la forma atestiguada. El único punto que quedaría
por mencionar es que en griego las *-m finales indoeuropeas pasaban a *-n lo cual
también vemos en el acusativo singular animado, donde la desinencia indoeuropea es *-
m, pero llega al griego como *-n.
Dat.: Por último, para la reconstrucción del dativo es necesario tener en cuenta las dos
posturas comentadas anteriormente (cf. dat. sg.). Por un lado, tenemos la visión
tradicional, que defendía que, debido al fuerte sincretismo que hubo en el plural con los
casos dat.-loc.-I., el griego tomó como punto de partida la desinencia de loc.pl. *-su que
se había reconstruido a partir de los datos del indio antiguo, el lituano y el eslavo antiguo
para crear una relación con la forma de dativo plural *-si, interpretando que la terminación
de dativo singular *-i había causado analogía sobre esa supuesta forma reconstruida de
loc.pl. *-su, llegando de esa manera a la terminación *-si que encontramos. A su vez, en
los temas en -ŏ- se defendía que de la antigua forma de instrumental *-ōys se habría
llegado al -ŏys por Ley de Osthoff (la cual explica que una vocal larga se abrevia en un
contexto en el que se encuentra ante una sonante, seguida de una consonante), y que de
la forma de locativo plural *-oysu se habría llegado a*-oysi por la analogía ya nombrada,
extendiéndose de esta forma la terminación -si al resto de temas como desinencia de
dativo plural. Sin embargo, Villar16, representando la postura alternativa a la tradicional,
defiende que entre el *-si griego y el *su indoiranio y eslavo no hay una relación directa,
sino que el -σι griego provendría de la desinencia de dativo singular *-ōy- con una marca
de plural *-s-17, que se habría remarcado con un *-i como marca de dativo singular. Sobre
*-ōysi tendría lugar la Ley de Osthoff >*-oysi, y de aquí la terminación -si se habría
reanalizado como desinencia de dativo plural y metaanalizado pasando a otros temas. La
protoforma resultante, ya hagamos uso de la postura tradicional o la alternativa para
reconstruirla, sería, por lo tanto: *h1esh2-r-si, que pasaría al griego como ἔαρσι.
Dual:
16
Villar, 1974: 327-328.
17
Esta marca de plural según Villar, 1974: 328 sería la misma que aparece en las desinencias de loc.pl. en
indoiranio, eslavo antiguo y lituano, y a esta se le añadiría un morfema de locativo en cada lengua, dando
lugar a las formas -su del indoiranio, -se del lituano como marca post-positiva y -xъ del eslavo antiguo.
10
Para acabar con el paradigma en griego habría que añadir las formas del dual –aunque
semánticamente no tengan demasiado sentido hablando de la sangre– pero quedarían
como ἔαρε para el nominativo, vocativo y acusativo; y ἔαροιν para el genitivo y el dativo.
El origen de las desinencias del dual no está claro, ya que los datos conservados se
reducen a restos en indio antiguo, griego, báltico y eslavo antiguo. Según la teoría
tradicional, defendida por Buck18, se consideraba que la lengua común contaba con tres
números (singular, plural y dual) y solo unas pocas lenguas fueron las que lo
conservaron19, mientras que las que no evidentemente lo perdieron. Por otro lado, Villar20
propone la postura contraria, la cual explicaba sencillamente que a raíz de los escasos
datos atestiguados no puede concluirse que el indoeuropeo tuviese este número en su
origen (además de que el hetita, junto a otros grupos dialectales, carecía de este número),
sino que, a pesar de que pudiera haber en la lengua común algún rasgo indicativo del dual,
casi con total probabilidad se trata de una creación reciente y su sistematización y su
consiguiente morfologización serían hechos meramente dialectales. En cuanto a las
marcas conservadas de dual en griego tenemos la forma de N.V.A.: -ω para la flexión
temática; y -ε para el resto de temas, salvo los temas en *-a, que tenemos -ᾱ. En cuanto
al G.-D. tenemos -οιν para todos los temas, excepto -αιν para los temas en *-a.
Comparándolas con las marcas que tuvieron cierta extensión entre las diferentes lenguas
indoeuropeas, podemos concluir con que ni la *-ĕ para los casos rectos, ni *-oin para los
oblicuos cuentan con una explicación sólida para explicarse como desinencia
indoeuropea, pues, sin ir más lejos, *-oin (junto a *-ain para los femeninos) era formación
meramente griega usada para los casos oblicuos de este número.
Por resumir todo lo dicho, una tabla que sintetice la declinación en griego junto a las
protoformas correspondientes sería la siguiente:
18
Buck, 1933: 170, §227.
19
Las lenguas que conservaron datos suficientes con los que se podría tratar de reconstruir un dual
indoeuropeo son el indoiranio, el báltico y el eslavo. El griego también mantuvo varias formas de dual, pero
no suficientes como para tenerlos en cuenta para restituir en comparación con otras lenguas este número.
Otras lenguas como el latín o el germánico tenían datos muy residuales que no son nada concluyentes.
20
Villar, 1974: 29.
21
Villar, 1974: 29 y 330-332.
11
Cuadro-resumen:
Notas:
La situación en latín es un tanto diferente, ya que, si bien ocurre como en griego y una
nueva palabra reemplazó a la heredada en indoeuropeo, la reconstrucción de los procesos
fonético-fonológicos a partir de la protoforma propuesta nos genera ciertos problemas.
La palabra que llegó al latín clásico para designar la noción de ‘sangre’, entre otras (pues
no era el único término existente para hablar de la sangre: cruor, saniēs), es sanguī̆s, -inis
(de género masculino). Sin embargo, en época de latín arcaico se nos conserva una forma
de género neutro que es sanguĕn, usada por Enio en caso vocativo22. Viendo el panorama,
nos encontramos con numerosas palabras referidas a una misma noción, a pesar de que
cada una pueda tener sus matices, pero no tenemos claro cuál es el origen exacto de todas.
Cruor ‘sangre de una herida o derramada’ es quizá la que más suerte ha tenido
etimológicamente en cuanto a que gracias a sus cognados en otras lenguas hemos podido
reconstruir la protoforma a partir de los datos de: Ant. Irl.: crú; sáns.: kravíṣ- ‘carne
cruda’; y gr. Κρέας, siendo esta: *kruh2-ōs. Por otro lado, saniēs ‘sangre podrida,
coagulada’ sí que nos genera muchas dudas. Tras diversas propuestas, la más sostenida es
22
Enn. I, 117: O pater o genitor o sanguen dis oriundum!
12
que se trata de un derivado de la raíz original de sanguī̆s: *san-, solo que, con diferente
terminación, a pesar de que todas las aproximaciones que se han tratado de hacer con el
clásico *sanguī̆s han resultado infructuosas. Centrándonos en la forma que designa
‘sangre’ en latín clásico, se ha discutido acerca de su difuso origen y se ha tratado de
comparar con sanguĕn, que es la que encontramos algún siglo antes, pero no se ha logrado
llegar a una conclusión clara. Yo me dedicaré a analizar cada una de las formas y mostraré
mi punto de vista acerca del posible origen de ambas formas, teniendo en cuenta las
diferentes teorías ya propuestas y las posibilidades de reconstrucción que hay para esta
cuestión.
Para este término: “assyr” hay numerosas opiniones y vemos algunos autores que
tratan de reconstruir una protoforma indoeuropea, como por ejemplo De Vaan, que
propone *h1ésh2-r para los casos rectos y *h1sh2-én-s para el genitivo. En esta propuesta
vemos la alternancia -r/n del tema morfológico, y atendemos también a la variación de
grado pleno y grado cero de la raíz y el sufijo para cada forma: raíz en grado pleno y
sufijo primario en grado cero, con el morfema *-r también en grado cero para los casos
rectos; y raíz y sufijo primario en grado cero, pero con el morfema *-n en grado pleno
para los casos oblicuos a partir del genitivo24. Otro ejemplo es Klingenschmitt, quien
propone25 *h1s-h2ēr- por razones apofónicas, pero con formas como femur o iecur lo que
esperaríamos sería un grado cero en el sufijo. Personalmente, veo demasiado difícil tratar
de reconstruir una protoforma como las mencionadas para assyr, principalmente porque
no hay sustento fonético que las defienda, ya que, por poner un ejemplo, las vocales
protéticas que vemos en griego desarrolladas a partir de una laringal en posición inicial
absoluta de palabra ante una consonante en latín no se desarrollan como tal, sino que
23
Sexti Pompei Festi De verborum significatu quae supersunt cum Pauli epitome ed. emendata et anotata
a C. Odofredo Muellero, Lipsiae 1839, p. 16 s.v. assaratum.
24
De Vaan, M., 2008, s.v. assyr.
25
Klingenschmitt apud De Vaan, M., 2008, s.v. assyr.
13
desaparecen sin dejar rastro (cf. nōmen < *h3neh3mn̥ // ὄνομα < *h3nh3mn̥). De esta
manera, el desarrollo fonético de la protoforma de cada uno sería: *esar (N.-A.) (esta
forma no sufriría rotacismo en la -s- intervocálica por la aparición de una vibrante en la
sílaba inmediatamente posterior, siguiendo el ejemplo de miser, donde se mantiene la
silbante) y *san-s > *sās (gen. sg.) para las propuestas de De Vaan; y *sār- para la forma
de Klingenschmitt. Prefiero seguir la idea que defiende se defiende en Ernout26 quien
concluye que tanto la forma conservada en el compendio de Festo: assyr, como las
conservadas en las glosas: asaer, CGL II 23, 56 / CGL VI 105; ascer, CGL VI 101 / 492,
5; asser V 441, 37 CGL VI 105, no son formas correctas y postula que sería imprudente
querer reestablecer la forma latina, y más aún cuando se trata seguramente de una palabra
dialectal.
Sin embargo, en cuanto a la segunda parte del término: *-guĕn/-guī̆s, tenemos serias
dificultades para encontrar una razón que justifique su aparición, sobre todo por la
labiovelar sonora *-gʷ-, ya que no hay ningún término que designe la noción de ‘sangre’
en las lenguas indoeuropeas que lo tenga como tal.
26
Ernout apud Ernout-Meillet, 2001, s.v. assyr.
27
De Vaan, M., 2008, s.v. sanguīs.
14
sanguĕn es la forma latina más antigua o si sanguī̆s se acabó transformando en sanguĕn,
sobre lo cual pienso que la primera alternativa es más viable porque de las formas
testimoniadas es la más antigua28. Otra propuesta podría ser que sobre el tema del genitivo
del término neutro: *sanguĭn- se añada la desinencia de nominativo indoeuropea *-s. A
partir de aquí: *sanguĭn-s > la nasal perdería vibraciones articulatorias por el contacto
con la silbante, le daría el rasgo nasal a la vocal anterior y acabaría desapareciendo,
dejando un alargamiento compensatorio sobre la vocal y obteniendo así la forma: sanguīs,
que es la forma que encontramos en autores de latín arcaico y latín clásico hasta Virgilio29,
a partir del cual se cambia la cantidad de la -ī a -ĭ30. Sin embargo, esta última propuesta
no tiene mucho fundamento a causa de un pequeño error de cronología relativa: es
probable que la -ĭ- de *sanguĭn- proceda de metafonía de época de proto-latín, por lo que
se habría producido demasiado tarde como para que se introdujera la desinencia *-s
indoeuropea para formar el nominativo.
Por otro lado, hay autores que tratan de reconstruir una protoforma a partir de un
compuesto31: *h1sh2-n-h1gʷ-o/i- ‘brillante como la sangre’, pero es demasiado rebuscada
y no se tiene como una opción totalmente viable. En Walde-Hofmann32 se dice que el
origen no está claro, ya que en cada lengua se utiliza una palabra diferente para designar
esta noción: gr. αἷμα, gót. blōþ. Además, propone otra visión que es tratar de establecer
una conexión con aser (=assyr) partiendo de la flexión indoeuropea *ēs-r̥g, *ēsi, diciendo
que de la última forma del caso oblicuo habría llegado al itálico como *sanes, y con la
adición de la -gw- del nominativo habría llegado a sangues. No obstante, sigue siendo una
explicación poco convincente. Otra propuesta podría ser tratar de encontrar una relación
entre sanguĕn y otros términos neutros relacionados con partes del cuerpo como inguen
o unguen que pudieran haber influido para crear por analogía el término sanguĕn a partir
de la raíz *săn-. No obstante, es otra propuesta más creada ad hoc para este problema,
sobre el cual no creo que tenga una solución específica, sino que deben haber sido varias
las causas para que se haya llegado a la forma sanguĕn con la aparición de la labiovelar,
ya sea un sonido que provenga de otra lengua, por analogía con palabras del mismo latín,
etc.
28
Cf. nota 22.
29
Ernout-Meillet, 2001, s.v. sanguīs.
30
cf. Ver. En. II, 639: sānguῐs,' ăīt, 'sŏlῐdǣquĕ sŭō stānt rōbŏrĕ vīrēs.
31
Balles apud De Vaan, M., 2008, s.v. sanguīs.
32
Walde apud Walde-Hofmann, 1938, s.v. sanguīs.
15
Pasando ya a la reconstrucción de la declinación latina de la forma voy a partir del
tema del genitivo de singular *sanguĭn-, habiendo explicado ya el origen de *san- y los
problemas que tenemos con la labiovelar.
Singular:
Nom.: En primer lugar, para este caso tenemos que hacer la distinción entre la forma
neutra sanguĕn que aparece en Enio y la forma masculina sanguī̆s que vemos en latín
clásico. La neutra, como ya he explicado anteriormente, tiene un origen difuso y no es
fácil reconstruir la segunda parte de la protoforma. Sin embargo, podemos decir que, así
como otros temas en nasal neutros como nomĕn, -inis, el latín (y todas las lenguas
indoeuropeas) selecciona la desinencia de nominativo *-ø, quedándose como tema puro:
sanguĕn-ø. Como neutro, es la misma forma que encontramos para vocativo y acusativo
de singular. En cuanto a la forma masculina: sanguī̆s, partiendo del tema dicho: *sanguĭn-
le añadiríamos la desinencia de nominativo *-s que reciben numerosos temas, y, siguiendo
la explicación antes expuesta, la aparición de la silbante produciría una pérdida de las
vibraciones articulatorias de la nasal, causando su posterior desaparición y dejando un
alargamiento compensatorio sobre la vocal anterior, llegando a la forma sanguīs, que
valdría tanto para nominativo, como para vocativo de singular.
Ac.: En cuanto al acusativo, la forma masculina sería formada a partir del tema
*sanguĭn-, con la adición de la desinencia de acusativo singular indoeuropea que se trata
de una *-m. En este contexto: *sanguĭn-m̥, la nasal final tendría una función vocálica al
situarse entre una consonante (que en este caso coincide que es otra nasal) y posición final
de palabra. De esta manera, la nasal bilabial generaría un vocoide que acabaría
desarrollándose entre las dos nasales como una -ĕ, dando lugar a sanguinĕm.
16
Dat.: Para el dativo nuevamente debemos hacer referencia a la postura tradicional
frente a la alternativa. Partiendo de la teoría sincretista33, la desinencia indoeuropea de
dativo singular *-ĕy se añadiría sin problema a la raíz propuesta: *sanguĭn-ĕy. En este
contexto nos encontramos un diptongo indoeuropeo con primer elemento breve que en
latín monoptongaría en una -ē ̣ el siglo II a.C., y en torno al 150 a.C. esa -ē ̣ daría lugar a
una -ī, llegando así a la forma de dativo singular sanguĭnī. Sin embargo, Villar reconstruye
como desinencia de un caso dativo-locativo originario una *-ĭ34, a causa de que en las
diversas lenguas (excepción hecha del gótico en la flexión temática y del hetita en todos
los temas que tienen *-ō) se puede observar un elemento *-i en todas las desinencias de
dativo de los distintos temas flexionales. Sin embargo, no se puede reconstruir una *-ĭ
para el latín porque la desinencia que encontramos en esta lengua tiene cantidad larga.
Por ello, hace un apunte diciendo que en latín hay restos de un locativo en -ī en época
clásica que podría venir de *-ĕy/-ŏy35. Teniendo en cuenta que la teoría no-sincretista
habla de un caso “dativo-locativo” que designaría las funciones de ambos casos, podemos
tomar pues la desinencia *-ĕy y llegaríamos al mismo punto que la teoría sincretista: *-ĕy
> -ē ̣ > -ī (sanguĭnī)
Loc.: Por último, habría que citar el caso locativo que, si bien es un caso muy residual
en latín, podríamos encontrarlo en contextos muy específicos. En esta lengua
encontramos algunos adverbios que se pueden relacionar con el caso locativo. Entre estos
distinguimos entre adesinenciales (penes < penus, -oris; crās) y desinenciales. De estos
últimos hay algunos que ofrecen formas en -ī: lucī, orbī, rurī, pero hay otros que también
tienen una forma en -ĕ < -ῐ, por lo que distinguimos formas dobles: herī/herĕ, manī/manĕ,
33
Weiss, 2009: 201, §21 II
34
Villar, 1974: 274.
35
Villar, 1974: 276.
36
Villar, 1974: 290.
37
Villar, 1974: 291.
17
peregrī/peregrĕ, temporī/temporĕ, etc. Todas estas formas nos damos cuenta de que son
iguales que los ablativos de los temas en -ῐ y de los temas en consonante, por lo que los
adverbios comentados son directamente relacionables con estos tipos de temas, que son
los que estamos tratando. De esta forma, mientras que para la desinencia -ĕ Villar38
propone un origen de *-ῐ (misma desinencia que el caso locativo del sánscrito), para -ī,
que es la desinencia que reconstruimos para el locativo latino (tanto de los temas en -ī
/consonante, como de la flexión temática), propone, como decía al hilo del dativo
singular, un origen de *-ŏy/-ĕy como desinencia de un caso dativo-locativo, por lo que
sanguĭnī < *sanguĭn-ŏy/-ĕy.
Ac. m.: El origen de la forma de acusativo masculino sería partir de la misma raíz
*sanguĭn-, a la que se le añadiría la desinencia de acusativo singular *-m con una marca
38
Villar, 1981: 51.
18
de plural indoeuropea, que en este caso sería la -s. Así pues, en la secuencia *sanguĭn-m̥-
s la -m̥- se encontraría en posición vocálica y generaría una vocal de apoyo -ĕ-: *sanguĭn-
m̥-s > *sanguĭn-ĕm-s. A continuación, tendrían lugar los mismos fenómenos fonéticos que
se han comentado en el nominativo singular donde: *sanguĭn-s > sanguīs, por lo que:
*sanguĭn-ĕm-s > sanguĭnēs. Y como ya he comentado, esta sería la forma que serviría
como modelo analógico para el N.V. pl.
Gen.: Respecto al genitivo la forma que debemos reconstruir tampoco nos genera
problemas, ya que, siguiendo el mismo modus operandi, tenemos la adición de la
desinencia de genitivo plural para los temas en consonante: *-ō̆m a la raíz *sanguĭn-. A
partir de una forma *sanguĭn-ō̆m, ya tuviese la -ō-, o tuviese la -ŏ-, podríamos llegar a la
forma sanguĭnŭm mediante la abreviación de la -ō- ante -m en caso de que así fuera,
seguida de la esperada metafonía de la -ŏ- en sílaba final trabada, pasando así a -ŭm.
D.-Abl.: Por último, tenemos el dativo y ablativo del plural, ya que el locativo no
habría tenido un desarrollo productivo en el plural de esta lengua39. Estos dos casos
comparten una misma forma por el fuerte sincretismo que hubo en general en el plural en
las diferentes lenguas indoeuropeas. Centrándonos en el latín, se habrían sincretizado los
dos casos en plural y por lo tanto no habría distinción desinencial. El pensamiento
tradicional opina que tuvo lugar un fuerte sincretismo de estos dos casos, pero también se
valora que sean formaciones dialectales. En cuanto a la desinencia en sí, Weiss40 es de la
opinión de que la desinencia del D.-Abl. pl. sería *-bʰyŏs, procedente esta de la
combinación de *-bʰi- (forma que encontramos en otras lenguas como *-bʰyas en
indoiranio) y una desinencia *-os de antiguo dativo plural, evolucionando esa forma a *-
bʰŏs de algún modo (declara que no está claro si la desaparición de la yod es fonético o
analógico), y en esta forma la *-ŏ- metafonizaría en *-ŭ-. Finalmente, por el tratamiento
de la sonoro-aspirada labial *-bʰ en latín el resultado sería una sonora labial *-b-41,
llegando a la forma *-bus. Por otro lado, Monteil42 dice que la desinencia provendría más
bien de una desinencia indoeuropea *-bʰŏ que caracterizaba al mismo tiempo al dativo, al
ablativo y al instrumental, y que se habría recaracterizado con una *-s como marca de
plural para formar el ya comentado *-bʰŏs. A partir de aquí los cambios fonéticos son los
mismos que en la propuesta anterior. Personalmente, esta segunda opción me parece
39
Villar, 1974: 327
40
Weiss, 2009: 207.
41
Molina, 1993, 49 §99.
42
Monteil, 1992: 218, §V, II, 12.
19
mucho más viable porque *-bʰŏ es una forma conservada en galo43, una lengua mucho
más cercana a la latina que el indoiranio de la forma que propone Weiss, además de que
la forma que propone Monteil no se enfrenta a la pérdida de la yod en esa posición. De
esta manera, tomemos la opinión que tomemos, *-bŭs sería la terminación destinada al
dativo y ablativo de plural que se aplicaría sobre la vocal de los temas en -ĭ: *-ĭ-bus; de
los temas en -ŭ, donde tendríamos las formas: *-ŭ-bus (para arcaísmos) e *-ĭ-bus (como
resultado de la analogía efectuada por parte de los temas en -ĭ, o bien como resultado de
la metafonía de la -ŭ- en sílaba abierta > -ĭ); y de los temas en -ē: *-ē-bus. Sobre los temas
en consonante tendría lugar la analogía a partir de los temas en -ĭ, por la cual la
terminación *-ĭbus se habría reanalizado como una desinencia de D.-Abl. pl. y se habría
metaanalizado, pasando a los temas en consonante. De esta manera, estando ante sanguī̆s
que es un tema en nasal, se le añadiría la desinencia -ĭbus, dando lugar a sanguinĭbus, que
es la forma que nos ha llegado en latín clásico.
Singular Plural
Reconstrucción Forma latina Reconstrucción Forma latina
Nominativo
Vocativo *sanguĕn-ø sanguĕn *sanguĕn-ă sanguĭna
Acusativo
Singular Plural
Reconstrucción Forma latina Reconstrucción Forma latina
Nominativo
Vocativo *sanguĭn-s sanguīs sanguĭnēs1 sanguines
Acusativo *sanguĭn-m̥ sanguinem *sanguĭn-m̥s sanguines
Genitivo *sanguĭn-ĕs sanguinĭs *sanguĭn-ŏm sanguinum
Dativo *sanguĭn-ey sanguinī
Ablativo *sanguĭn-ĭ sanguinĕ *sanguĭn-ĭbus2 sanguinibus
Locativo *sanguĭn-ī sanguĭnī
43
ματρεβο < *matri-bo < *matr̥bʰŏ (G-64 Saint Rémy).
20
Notas:
21
2. ‘Lágrima’ *d(rk)-h2ek-r-u- (n.):
44
Beekes, R., Etymological Dictionary of Greek, s.v. δάκρυ.
45
Kortlandt apud Beekes, R., 2010 s.v. δάκρυ.
46
Ibidem.
47
Nótese que propone esta forma con una oclusiva velar palatal, en lugar de con una velar pura, lo que
significa que reconstruye un sistema oclusivo indoeuropeo tripartito, compuesto por tres series de velares
(aparte de la serie dental y la labial). Este tema se desarrollará en el apartado de ‘corazón’.
22
podemos apreciar el uso de diferentes raíces con el significado de ‘ver’ o uno muy similar,
antecediendo al adjetivo ‘duro, amargo, cruel’ para formar la protoforma de ‘lágrima’.
48
Nomenclatura dada por el resultado de la evolución de la palabra *km̥tóm- ‘cien’ en indio antiguo:
śatám; avéstico: satǝm. El nombre de lenguas centum viene dado por la forma latina homónima que
designa ‘cien’.
49
Benveniste, 1935: 147 y ss.
50
Benveniste, 1935: 151.
23
propuesta de Kortlandt. Para la forma latina veremos más adelante los problemas que se
plantean.
En griego encontramos tres formas referentes a ‘lágrima’ que parten todas del
mismo tema: *d(rk)-h2ek-r-u. Estas son: δάκρυ, δάκρυον y δάκρυμα. Razonablemente, la
primera forma debe ser la más antigua de las tres porque es la forma simple a partir de la
cual parece que se han conformado las otras dos. Más adelante hago referencia al origen
de cada forma. A partir de la protoforma *d(rk)-h2ek-r-u los procesos fonéticos que se
sucederían serían: coloreamiento de la vocal *-e- por la laringal *-h2 y desaparición de
esta: *-h2e- > *-ă51; tratamiento de la velar sorda en griego que se mantiene como una
velar sorda: δάκρυ. Otro indicador que nos muestra que es la forma más antigua son las
palabras derivadas que hay de este término y no de ninguna de las otras dos formas:
δακρυδίον (nombre de una planta), δακρυ-όεις (lleno de lágrimas), δακρύω52 (llorar) y
varios verbos más que añaden una intensidad mayor al llanto: δακρυρροέω (llorar
abundantemente) y δακρυπλώω (derramar un mar de lágrimas). También hay que indicar
que se trata de un término poético, aunque el dativo plural, δάκρυσι, sobreviva en prosa.
Por ello, al tratarse de un término poético se acabó creando otro a partir del plural de este:
δάκρυα > δάκρυον. Este nuevo término se creó basado en el modelo neutro de la
declinación temática aprovechando la misma desinencia -ă de los temas en -ŭ y de la
flexión de los temas en -ŏ-. De este modo, la nueva forma δάκρυον comenzó a expandirse
en jónico-ático, hasta tal punto que llegó a convertirse en la palabra más común para
designar la idea de ‘lágrima’. Sin embargo, también encontramos la forma δακρύματα en
las Historias de Heródoto53 con -ῡ-, siendo este el primer testimonio de una nueva palabra
para designar ‘lágrima’: δάκρῡμα, que más tarde pasaría a usarse con -ῠ- (probablemente
por analogía con las otras formas δάκρυ y δάκρυον). De δάκρυμα explicaré después los
problemas que plantea, pero lo mejor es entender la terminación en -μα como analógica
a un tema heteróclito como ὄνομα, ὀνόματος.
51
Calvo, 2016: 33 §I, 2.3.
52
En Hom. Il. I, 349 vemos el verbo δακρύω con -ῡ-: δακρῡσας ἑτάρων ἄφαρ ἕζετο νόσφι λιασθείς, ( ̶ ̶ /
̶ u u / ̶ u u / ̶ u u / ̶ u u / ̶ ̶ ), lo cual no se termina de explicar con facilidad, ya que, también encontramos
en las Helénicas de Jenofonte IV, 2.4. el mismo verbo, pero con -ῠ-: ἀκούσαντες ταῦτα πολλοὶ μὲν
ἐδάκρῠσαν…
53
Hdt. 7.169.2: ἡ δὲ Πυθίη ὑπεκρίνατο ‘ὦ νήπιοι, ἐπιμέμφεσθε ὅσα ὑμῖν ἐκ τῶν Μενελάου τιμωρημάτων
Μίνως ἔπεμψε μηνίων δακρῡματα…
24
Recapitulando: en griego llegaron tres formas referentes a ‘lágrima’: δάκρυ, como
tema en -u heredado directamente del indoeuropeo; δάκρυον, creada a partir del plural de
δάκρυ: δάκρυα, siguiendo el modelo de la declinación temática; y δάκρῠμα/δάκρῡμα,
aparecida en prosa historiográfica, probablemente creada sobre el modelo del heteróclito
griego ὄνομα, ὀνόματος, teniendo así: δάκρυμα, δακρύματος.
En cuanto al análisis de las formas, empezaré con δάκρυ por ser la forma heredada
directamente de indoeuropeo, y luego continuaré con las formaciones analógicas para
explicar las particularidades pertinentes.
2.1.1. δάκρυ:
Singular:
54
Villar, 1974: 265.
55
Calvo, 2016: 33 §I, 2.3.
25
Otra opción es interpretar el grado ø de la sílaba predesinencial con una desinencia *-i de
un caso dat.-loc., reconstruyendo: *d(rk)-h2ek-r-u-ĭ, evolucionando de esta forma a
δάκρυι 56.
Plural:
Gen.: Para la forma de genitivo partiríamos del mismo tema de antes con el
morfema -u- en grado -ø-: *d(rk)-h2ek-r-u-, al que se le añadiría la desinencia de genitivo
plural indoeuropea: *-ōm, teniendo una protoforma *d(rk)-h2ek-r-u-ōm. El desarrollo de
56
Cambios fonéticos ya explicados anteriormente.
57
Sihler, 1995: 47-48.
58
Hay que fijarse en las formas intermedias con final en *-wa, ya que el fenómeno posterior es el
alargamiento de la vocal de la sílaba anterior por el contacto entre la sonante y la wau, haciendo que se
pierda de vista la secuencia *-wa. Es el fenómeno conocido como la tercera oleada de alargamientos
compensatorios.
59
Entiéndase la formación a partir de un grado pleno del morfema -u- del tema: *-ew- y la desaparición
de la wau intervocálica: *-ew-a > *-ea.
60
Sihler, 1995: 326.
61
Cramer, J.A., Anecdota Graeca e cod. MSS. Bibl. Oxon., Oxford, 1835-37, vol. 1, p. 121.
62
Pi. fr. 122: (…) ἅι τε τᾶς χλωρᾶς λιβάνου ξανθὰ δάκρη θυμιᾶτε, (…).
26
la protoforma no difiere de los casos anteriores, salvo por el paso de la *-m final que
pasaría al griego como *-n, quedando una forma como: δακρύων.
Dativo: Por último, para la reconstrucción del dativo de plural volvemos a acudir
a la explicación dada para la palabra ‘sangre’ donde se exponían las posturas tradicional
y alternativa63. Sobre el tema que tratamos*d(rk)-h2ek-r-u- la adición de esta desinencia
*-si daría lugar a δάκρυσι mediante la pertinente vocalización de la laringal y el
mantenimiento de la -s- intervocálica como marca distintiva del dativo de plural. Por
concluir con el dativo he de comentar que, así como la palabra en general fue reemplazada
por la forma recreada sobre el modelo de la declinación temática, esta forma en
específico: δάκρυσι sobrevivió en la prosa como forma normal.
Dual: No se puede llegar a las protoformas de unas formas de dual para una
palabra como δάκρυ, debido a que los datos en las distintas lenguas indoeuropeas son
sumamente escasos como para reconstruir formas de este número en griego. Las formas
de dual que encontraríamos en griego deberían ser *-ε para los casos rectos y *-οιν para
los oblicuos64.
2.1.2. δάκρυον:
Singular:
63
Véase el apartado del dat. pl. de ἔαρ donde se exponen ambas posturas.
64
Nuevamente, para ver la historia del dual con la oposición de perspectivas véase el apartado de dual de
ἔαρ.
65
Villar, 1974: 263 y ss.
27
raíces que no se oponían a otra forma sin dicho alargamiento, perdiendo de esa manera el
valor opositivo o distintivo como marca de acusativo y pasando a formar un mero tema
puro para estas raíces que cumplía las funciones de N.V.A., pues en el resto de casos se
comportaba como el tipo temático que diferenciaba el nominativo del acusativo mediante
esta marca -om. Esas palabras que no oponían un nominativo a un acusativo formaron el
primer núcleo de neutros temáticos que coinciden en varias lenguas66. A partir de este
momento con la extensión del tipo temático se crearían otros neutros en -om. De esta
manera, interpretaríamos la forma δάκρυον como tema puro. En cuanto a la desinencia
en sí Brandenstein67 propone, sin embargo, la adición de una desinencia *-m a la vocal
temática que daría lugar a la misma forma citada.
66
Villar en: Villar, 1974, 266 nos ofrece el ejemplo de ai. yugám, gr. ζυγόν, lat. iugum, het. i-u-ga-an
‘yugo’.
67
Brandenstein, 1964: 210.
68
Hom. Il. I, 49: δεινὴ δὲ κλαγγὴ γένετ᾽ ἀργυρέοιο βιοῖο.
69
Sihler, 1995: 259-260.
70
El Lapis Satricanus (CIL, i2, 2832a) es una inscripción latina datada del s. VI a.C. en la que se conserva
la desinencia de genitivo singular indoeuropea: *-osyo: EISTETERAI POPLIOSIO VALESIOSIO
SVODALES MAMARTEI.
71
Villar, 1974: 108-109.
72
Adrados, Bernabé y Mendoza, 1996: 224.
73
Autores como Calvo, 2016: 83 presuponen un paso intermedio en -oyyo.
28
en -οι, forma que se explica mediante el apócope de la -ο final. Sin embargo, no termina
de explicarse que de -oyo se llegue a -oo, paso previo a la contracción y llegar a una -ọ̄74.
La forma -oo se explica partiendo de *-o-so, como desinencia procedente del
interrogativo, justificado con la forma česo del esl.ant., formas homéricas como τέο <
*te-so75, y los datos del germánico como wulfis (gót.) y stainas (ant.nord.) que nos
permiten remontarnos a *-eso/*-oso76. De *-o-so la -s- intervocálica se acabaría aspirando
y, como ya he explicado, -oo monoptongaría en una vocal larga y cerrada de timbre -o,
grafiada en griego con -ου. Por resumir, partiendo de *-osyo se podría llegar a la
desinencia -oyo conservada, pero no a -ọ̄, a donde se llegaría mediante *-o-so.
74
Chantraine, 1983, 25.
75
Hom. Il. II, 225: ‘Ἀτρεΐδη τέο δ᾽ αὖτ᾽ ἐπιμέμφεαι ἠδὲ χατίζεις.
76
Villar, 1974: 118.
77
Brandenstein, 1964: 209.
78
Villar, 1974: 269-270.
79
El gótico testimonia -ō como dativo de la flexión temática y el hetita presenta -i -a, -ai, tanto en los
temáticos, como en los atemáticos.
80
Sihler, 1995: 263.
81
Brandenstein, 1964: 210.
29
lugar la Ley de Osthoff y acabaría como *-oys: δακρύοις82. En cuanto a δακρύοισι, habría
que partir de una forma de locativo plural: *-oysu y por analogía con la terminación de
dativo singular -si pasaría a *-oysi. Si, por el contrario, seguimos la postura alternativa
que propone Villar83, como anteriormente he explicado, se trataría de la adición de una
marca de plural -s indoeuropea a la desinencia de dativo singular *-ōy, recaracterizada
mediante una marca de dativo -i, dando lugar a una forma *-ōysi que evolucionaría a *-
oysi por Ley de Osthoff. Lo interesante del dativo plural temático es que serviría como
modelo analógico para la marca de dativo -si que se extendería al resto de temas. No
obstante, tomemos la postura que tomemos, el resultado es el mismo.
2.1.3. δάκρυμα:
Esta forma, como explicaba antes, debió crearse por analogía con algún tema
heteróclito griego, bajo el modelo de ὄνομα, ὀνόματος. Es muy difícil interpretar δάκρυμα
como herencia directa del indoeuropeo, ya que, si interpretamos que a la forma de tema
en -u δάκρυ < *d(rk)-h2ek-r-u se le ha añadido el sufijo indoeuropeo *-mn̥- que vemos en
la misma palabra ὄνομα, debemos encontrar el correlato en latín y nos encontramos con
el problema de que si tratásemos de reconstruir el sufijo *-mn̥ para la forma indoeuropea,
en latín la sonante -n̥ en posición vocálica generaría un vocoide que se desarrollaría como
una -ĕ-, de forma que: *-mn̥ > *-mºn > -mĕn (*dacrumen). No obstante, podría caber la
posibilidad de interpretar la forma griega de herencia indoeuropea con el sufijo ya
nombrado y la latina interpretarla como un préstamo de la forma griega adaptado a la
declinación latina. Esta última opción acerca de la forma latina se comentará a
continuación en el apartado del latín. En cuanto a la opción de interpretar δάκρυμα como
herencia indoeuropea directa, personalmente me parece una posibilidad fácilmente
descartable por varias razones: el hecho de tener ya varias formas en griego que designen
la noción de ‘lágrima’ y que se testimonia por primera vez en el siglo V a.C.85 Por tanto,
concluiría con que δάκρυμα se trata de una forma analógica sobre otra forma griega que
82
Véase el apartado de dat. pl. de ἔαρ.
83
Villar, 1974: 327-328.
84
Villar, 1974: 331.
85
De Vaan, 2008, s.v. lacruma.
30
intentó asentarse como la palabra principal que designara esta noción sin llegar a lograrlo.
Morfológicamente no tiene ninguna dificultad de reconstrucción sustancial: sobre el tema
*d(rk)-h2ek-r-u- > *dakru se añadiría el sufijo indoeuropeo *-mn̥ ya evolucionado en
griego (-μα) en nominativo y sobre esta forma con la adición de la terminación de genitivo
alargada con *-t: *-tos se reinterpretaría el tema como un tema en dental, construyendo el
resto de casos sobre un tema *δακρύματ-, como ya se ha expuesto anteriormente en el
apartado de sangre, hablando de los heteróclitos indoeuropeos86. La reconstrucción de las
desinencias de los temas en consonante ya se ha explicado en la flexión de δάκρυ, que
son las mismas que reconstruiríamos para esta forma.
De este modo, por sintetizar las tres palabras explicadas en cuadros, quedarían de
la siguiente manera:
2.1.1. δάκρυ:
Notas:
86
Véase la explicación sobre el alargamiento *-t- en la introducción de ἔαρ.
31
Gen. *-ŏ-so δακρύου *-ōm δακρύων
Notas:
1. Según la postura tradicional.
2. Según la postura alternativa.
3. Dativo reconstruido según la postura tradicional con una antigua forma de
instrumental indoeuropea.
4. Dativo reconstruido según la postura alternativa mediante la forma de dativo
singular pluralizada.
5. Dativo reconstruido según la postura tradicional con una terminación
analógica al dat.sg. griego sobre una terminación de locativo plural
indoeuropea.
6. Dativo reconstruido según la postura alternativa pluralizando el dat.sg. y
recaracterizándolo como dativo mediante -i.
2.1.3. δάκρυμα:
87
Liv. Andr. Od. VIII, 88: simul ac dacrimas de ore noegeo detersit (…).
32
Evidentemente llama la atención el uso de la grafía -i para un sonido que en otros
testimonios como el Pseudolus de Plauto (finales del s. III a.C.) encontramos en varias
ocasiones escrito con -u: lacrumis (v. 10, 100, 101) y lacrumam (v.76). Estos dobletes de
formas que vemos también con palabras como optimus/optumus tradicionalmente se
pensaba que se debían a la pronunciación de un sonido intermedio entre la /u/ y la /i/: [ü]
en un contexto fónico ante un sonido nasal bilabial sonoro [m]: maxumus/maximus,
aunque en ocasiones también podía aparecer ante uno fricativo labial oral sonoro [b]:
lubet/libet. Este fenómeno es comentado en la Institutio Oratoria de Quintiliano (I 4.7-
8), y por un error de interpretación del fragmento se ha pensado durante largo tiempo que
esta variación gráfica se debía, como ya he comentado, a un sonido intermedio entre dos
consonantes, una de ellas labial: m/b. Sin embargo, como comenta Suárez-Martínez en su
capítulo Más sobre el ‘medius sonus’ y la letra ⱶ de Claudio88, apoyándose en un estudio
de J. L. Moralejo (1966-1967), esta variación no se debió, ni más ni menos, más que a un
cambio de pronunciación paulatino de este sonido que reflejan las inscripciones a lo largo
de los siglos. En estas vemos que la grafía más arcaica era la que usaba la -u, pero a partir
de la segunda mitad del siglo II a.C. apareció la grafía -i y poco a poco se fue extendiendo
este uso hasta generalizarse en época de César, aunque en inscripciones posteriores
encontremos igualmente formas con la grafía de la -u. Joan Carbonell89 nos cuenta que
esta diversa pronunciación también se piensa que se debía a una lengua más arcaica y
rústica, a raíz de la cual encontramos las formas con la -u; mientras que en una lengua
más elegante y clásica las formas que encontramos son con -i. Ahora bien, aparte de este
fenómeno he de añadir el de la adición de la -y- al alfabeto latino por la necesidad de
transcribir palabras griegas al latín o la adición como préstamos de términos griegos que
contuvieran una ípsilon. De esta manera, palabras como κρυπτή pasaron al latín como
crypta, grafiando ese sonido griego [ü] mediante una -y-. La pronunciación popular latina
de estos términos era oscilante entre la /u/ y la /i/, de modo que pudo influir este hecho a
la confusión de un sonido [u] en términos que en cierto contexto fónico se pronunciaban
de esa manera y con el paso del tiempo se formalizó el uso de la [i]. El caso de la palabra
latina lacrima es curioso en el sentido de que, como ya he explicado, hay una posibilidad
de que se trate de un préstamo griego. Sin embargo, no se transcribió con -y-, sino, como
hemos visto, con -u- y con -i- en un mismo momento histórico (segunda mitad del s. III
88
Suárez-Martínez, 2021.
89
Carbonell i Manils, 1998.
33
a.C.). Si bien es cierto que con la llegada del siglo I a.C. se generalizó el uso de la forma
con [i] respecto a la más arcaica: lacruma, el hecho de que se conserven en textos
literarios de una misma época nos da indicios sobre el momento en el que se fue
produciendo ese cambio de pronunciación, ya fuera por motivos de contagio con los
préstamos griegos, o bien por generalizar uno de los dos sonidos que podían escucharse
en esas palabras. Concluyendo con este problema, debemos tener claro que la forma más
antigua sería lacruma, mientras que la que llega al latín clásico sería lacrima, siguiendo
la misma evolución que otros dobletes como los ya mencionados: optumus/optimus.
90
Sexti Pompei Festi De verborum significatu quae supersunt cum Pauli epitome ed. emendata et anotata
a C. Odofredo Muellero, Lipsiae 1839.
34
mitad del siglo I a.C., pudiéndolo haber hecho antes. Ahora bien, ¿a qué se debe este
fenómeno? Sihler91 nos ofrece otro caso de este fenómeno en inicio de palabra en
dingua/lingua, y en interior de palabra, como puede ser impedimenta/impelimenta, y nos
da una posible explicación a este fenómeno, resumida en que un sonido [d] de origen
sabino que, fuera por el motivo que fuera, acabara integrándose en el latín a través del
alfabeto osco, donde el grafema que representa el fonema /d/ se asemeja mucho a la grafía
de <R> y para el fonema /r/ se usa un grafema muy similar a <D>. Por ello, pudo haber
una confusión de sonidos y grafías entre el osco y el latín, provocando estos dobletes. No
obstante, la veo como una propuesta poco sólida porque es un fenómeno que se da en
muy pocas palabras y casi siempre en inicio de palabra, además de que solo se da en una
dirección, es decir, el cambio de /d/ por /l/. De esta manera, a pesar de la propuesta, es un
fenómeno que no se termina de justificar firmemente, por lo que no podemos dar una
explicación clara.
91
Sihler, 1995: 150-151.
92
En latín las sonantas nasales cuando están en posición vocálica generan un vocoide siempre en posición
anterior que se desarrolla con timbre -e-: *-mn̥ > *mºn > men.
93 Ernout-Meillet, 2001, s. v. lacruma.
94
Ernout-Meillet, 2001, s. v. lingua.
95
Hamp apud de Vaan, 2008, s.v. lacruma.
35
*dlakrum. Sin embargo, siguiendo la opinión de De Vaan96, tanto la asimilación como el
inicio en *dl- me parecen improbables, partiendo del punto de que ninguna protoforma
de las lenguas que he ido comentando tiene una *-l- que justifique su aparición en latín o
al menos en protoitálico. Este último autor propone una alternativa para explicar la *-m-
y sería partir de una disimilación distante de *d-n a *d-m, comparada con la disimilación
inversa que ocurre en *temabrae > tenebrae97. Viendo las propuestas que hay, esta última
que propone de Vaan es la más factible que veo para justificar un paso de *-n- > *-m- en
esta forma, pero tendríamos que partir de una protoforma con un final *-u-n-h2 que es lo
que se refleja en los casos oblicuos en plural de Tocario A ākrunt y Tocario B akrūna,
además de, siguiendo la explicación anterior, aunque sigue siendo especulativa, en latín:
dacrima. Teniendo en cuenta toda la problemática que hay es arriesgado apostar por una
explicación concreta, ya que vemos que todas nos generan problemas por algún lado, pero
creo que, podríamos interpretar dacrima como un caso de préstamo del griego que se
adaptara en latín a su fonética: δάκρυμα > dacrima, y a partir de aquí pasaría de un tema
heteróclito griego a un tema en -ā en latín, siguiendo la declinación de los temas en
laringal indoeuropeos *-eh2. De cara a la reconstrucción interpretaré como tema *dakrŭm-
eh2- a causa de los testimonios latinos de formas tanto con la d- inicial como con la -u-
en lugar de -i- que encontramos en latín clásico. Así pues, la reconstrucción desinencial
quedaría de la siguiente manera:
Singular:
Nom.: *dakrŭm-eh2-ø > los pasos de *d- > *l-; *-u- > *-i- siguen las explicaciones
dadas anteriormente; en cuanto a la laringal, colorearía el timbre de la vocal anterior y
desaparecería dejando un alargamiento sobre la vocal, de modo que: *-eh2 > *-ā. El
nominativo tendría desinencia *-ø, pero la forma que encontramos en latín es con una
terminación en -ă. Esta terminación en vocal breve se justifica mediante varios posibles
motivos: O bien, por analogía con los temas en *-ih2 > *-yă (neptiă); o bien por analogía
con el acusativo de los temas -ā-: -ăm98, con el vocativo que en teoría debía ser breve, o
incluso con el nominativo de la declinación temática, de forma que: lacrĭmā > lacrĭmă.
Hay que añadir una consideración que propone Villar99 y es que la *-ă del nominativo se
96
De Vaan, 2008, s.v. lacruma.
97
Molina, 1993: 59, §118.
98
La cantidad breve se debe a que, a pesar de tener un tema en -ā, todas las sílabas finales acabadas en -
m: *-ām > -ăm.
99
Villar, 1974: 149.
36
pueda deber a que el grado del morfema *-(e)h2 es -ø, debiendo reconstruir por tanto
*dakrŭm-h2-ø con un desarrollo de la laringal en *-ă y llegando a la forma esperada:
lacrĭmă.
100
Klingenschmitt apud. Beltrán Cebollada, 1999: 54.
101
Adrados, Bernabé y Mendoza, 1996: 59 §3.70.
102
Weiss, 2009: 234, §II, C6b.
103
Molina, 1993: 40, §87.
37
Dat.: Nuevamente podemos explicar la desinencia mediante dos posturas.
Tradicionalmente104 se ha defendido que se trata del tema con el morfema *-eh2 en grado
pleno más la desinencia de dativo indoeuropea *-ĕy también en grado pleno: *dakrŭm-
eh2-ĕy. El desarrollo de la laringal en -ā provocaría una contracción con la -ĕ- que se
mantendría como -ā y se crearía un diptongo largo *-āy cuyo primer elemento
posteriormente abreviaría: *-ay105, evolucionando más tarde en latín clásico a -ae como
ocurre en el genitivo, reconstruyendo de esta manera una protoforma como *dakrŭm-eh2-
ĕy > lacrimae. Por otro lado, Adrados106 y Villar107 mantienen que se trata de un tema
puro en *-āy que seguiría los mismos procesos fonéticos que en la postura tradicional
hasta llegar a -ae. Este tema puro Villar lo interpreta como una forma que designó las
funciones de dativo-locativo en una etapa anterior a cuando estos casos se separaron, por
lo que adelanto que la forma del caso locativo Villar la interpreta de igual manera que
esta, es decir, como un tema puro en -āy. No obstante, también hay que citar una segunda
desinencia: *-ā que aparece epigráficamente en áreas dialectales del Lacio108 con formas
como: Dianā (C.I.L., I2, 45), Flacā (C.I.L., I2, 477), Matrē Matutā (C.I.L., I2, 379), entre
otras, la cual se debe comparar con formas como el I. en védico áśvā, o la forma griega
ἀγέληφι < *-ā-bhi. Según Villar109, esa desinencia -ā se debería a una analogía con el
dativo temático que sería *-ō en época pre-dialectal, otros como Klingensmitt110 o Nieto
Ballester111 achacan la aparición de esta desinencia al fenómeno de sandhi, fenómeno por
el cual el final de una palabra se ve modificado por la relación de los sonidos de esa
palabra con la palabra siguiente112. De este modo, respecto a la interpretación de esta
forma: *-ā tampoco se ha llegado a unanimidad, pero a mi juicio la explicación del
fenómeno de sandhi no es efectiva porque el latín es muy reacio a este fenómeno113.
104
Monteil, 2003: 198.
105
Monteil, 2003: 131.
106
Adrados, Bernabé y Mendoza, 1996: 73, §3.97.
107
Villar, 1974: 272.
108
Beltrán, 1999: 55.
109
Villar apud Beltrán, 1999: 55.
110
Klingensmitt apud Beltrán, 1999: 55.
111
Nieto Ballester apud Beltrán, 1999: 55.
112
Beltrán, 1999: 210.
113
Beltrán, 1999: 210.
114
Beltrán, 1999: 55.
38
comienzos del siglo II a.C. (-ōd > -ō) y se crearía el modelo de formación del ablativo
para los temas en vocal de vocal larga + -d. Partiendo de *dakrŭm-eh2-d > *lacrimād >
lacrimā. No obstante, Villar propone otra vez una postura alternativa115, que sería la
adición del mismo sufijo *-tos/-ts116 directamente a los temas en -ā antes de que se
generalizara la terminación *-ōts de los temas en -ŏ-, sin hacer uso de la analogía.
Personalmente, ambas posturas me parecen viables.
Plural:
Nom.-Voc.: Para los casos nominativo y vocativo los trato en conjunto debido al
sincretismo total que hubo de estos casos en plural en latín. El punto de partida tradicional
es interpretar la desinencia analógica a los temas en -ŏ- nuevamente, y estos a su vez de
los pronombres120. Por tanto, la desinencia pronominal *-ĭ añadida al tema *dakrŭm-eh2-
: *dakrŭm-eh2-ĭ > lacrimae. Villar121, por el contrario, así como Adrados122, proponen
que se trate de una forma de tema puro -ăi que evolucionaría de igual manera que en la
115
Villar, 1974: 290.
116
Explicado en el dat. sg. de ἔαρ.
117
Monteil, 2003: 198.
118
Cambios fonéticos ya explicados.
119
Villar, 1974: 283.
120
Beltrán, 1999: 56.
121
Villar, 1974: 150.
122
Adrados, Bernabé y Mendoza, 1996: 81.
39
otra propuesta. Por otro lado, Beltrán explica que también se constata tanto en
epigrafía123, como en la lengua literaria124 otra forma en -ās, tradicionalmente explicada
por influencia osca, pero más es razonable interpretarla como un resto de la antigua
terminación indoeuropea (< *-ā-ĕs).
Genitivo: La forma conservada es -ārum cuyo origen se cree posible a partir de dos
vías distintas: La primera es suponer la adición de la desinencia pronominal de genitivo
plural *-sōm a la vocal del tema126: *-ā-sōm. A partir de aquí tendría lugar la reducción
de cantidad de la -ō- > -ŏ- y en el siglo IV a.C. el fenómeno del rotacismo, mediante el
que una silbante en posición intervocálica pasaba a convertirse en una vibrante.
Finalmente, la -ŏ en sílaba final trabada metafonizaría en -ŭ, llegando así a la forma *-
ārŭm. La otra forma nos la presentan Villar127 y Adrados128, y es la adición de una
terminación de genitivo de plural *-ōm a la desinencia de genitivo de singular *-ās < *-
eh2-s, teniendo una secuencia*-ās-ōm y evolucionando de la misma manera que la
anterior. Este modelo desinencial para los temas en -ā supondría un modelo para los temas
en -ē y la declinación temática mediante el que estaría la vocal del tema alargada seguida
de una secuencia *-rŭm, encontrando así: *-ōrŭm y *-ērŭm. Personalmente, soy más
partidario de la primera opción, debido al ya visto influjo de las desinencias pronominales
en el nominativo plural, por lo que tendríamos *dakrŭm-eh2-sōm > *dacrumāsōm >
*dacrumāsom > *dacrumārom > *dacrumārum (lacrimārum). No obstante, no es para
nada desdeñable la propuesta de Villar, ya que no es la primera vez que se añade un
elemento de plural (en este caso la terminación de gen. pl. *-ōm) a la desinencia de un
caso en singular.
123
En formas como quās (C.I.L., I2, 2520) o libertās (C.I.L., I2, 1342), ambas en Roma.
124
Beltrán cita a Pomponio: Atell. 141 R: quot laetitiās insperatās modo ni inrepsere in sinum.
125
Monteil, 2003: 96.
126
Molina, 1993: 89, §181.
127
Villar apud Beltrán, 1999: 56.
128
Adrados, Bernabé y Mendoza, 1996: 81.
40
Dat.-Abl.: Volvemos a hacer referencia a los temas en -ŏ-, ya que la desinencia de
estos casos de los temas en -ā- la postura tradicional la interpreta como analógica a la
declinación temática. En los temas en -ŏ- en indoeuropeo tradicionalmente se piensa que
partimos de una forma de instrumental -ō-is, donde operaría la Ley de Osthoff > -oys,
habría una asimilación de timbre de la -i sobre la -o > -eys y monoptongaría en -īs129. Sin
embargo, Villar130 vuelve a mostrar discordancia y propone partir de una forma de dativo
singular *-ōy pluralizada mediante -s. Siguiendo el modelo del acusativo, yo me
decantaría por la segunda opción, aunque la primera es totalmente posible. Asimismo,
Adrados131 propone lo mismo que Villar, pero con los temas en -ă directamente sin
necesidad de hacer uso de la analogía sobre la declinación temática, de modo que
encontraríamos la forma de dativo de singular: -āy pluralizada con -s. Partamos de
analogía, o directamente de la pluralización del dativo de singular, hay que hacer frente
al problema del resultado del diptongo -āy, pues en otros casos como Gen./Dat. sg. y N.-
V. sg. el resultado es -ae. Monteil132 sugiere que se debe a que la abreviación del primer
elemento del diptongo en el Dat.-Abl. pl. tendría lugar en una época mucho más temprana
que en el resto de casos. Sin embargo, Villar defiende que la diferencia de resultados se
debe al carácter abierto (-ae) o cerrado de la sílaba (-īs), propuesta que me parece mucho
más razonable. Por lo tanto, finalizaríamos proponiendo una protoforma *dakrŭm-eh2-i-
s donde > *dacrumāys > *dacrumays por Ley de Osthoff > *dacrumeys por asimilación
de timbre > *dacrumīs (lacrimīs) por monoptongación.
Cuadro-resumen: lacrima
Por resumir todo lo explicado quedaría un cuadro con las protoformas y los resultados
de latín clásico como el siguiente:
Singular Plural
Protoforma Latín Protoforma Latín
*dakrŭm-eh2-ø1
Nominativo 2
lacrimă *dakrŭm-eh2-ĭ 10
*dakrŭm-h2-ø lacrimae
*dakrŭmăi-ø11
Vocativo (=N.)3 lacrimă
Acusativo *dakrŭm-eh2-m lacrimăm *dakrŭm-eh2-m-s lacrimās
129
Molina, 2003: 39.
130
Villar, 1974: 328.
131
Adrados Bernabé y Mendoza, 1996: 88.
132
Monteil, 1993: 135.
41
4
*dakrŭm-eh2-sōm 12
Genitivo *dakrŭm-eh2-ī lacrimae lacrimārum
*dakrŭm-ās-ōm13
*dakrŭm-eh2-ĕy 5
Dativo lacrimae *dakrŭm-eh2-ĭs14
*dakrŭmāy-ø6
7
*dakrŭmāy-s15 lacrimīs
*dakrŭm-eh2-d
Ablativo lacrimā
*dakrŭmā-ts 8
*dakrŭm-eh2-ĭ 9
Locativo lacrimae
*dakrŭmāy-ø6
Notas:
42
3. ‘Corazón’ *kērd-/*kerd-/*kord-/*kr̥d- (n.):
Como adelantaba en ‘lágrima’ hay una clasificación de las lenguas que, depende
de cómo evolucionen en cada una las distintas velares indoeuropeas, pertenecen a un
grupo u otro. Estas lenguas, repito, se distribuyen entre lenguas centum y satem. A partir
de los resultados que se obtienen en las diferentes lenguas indoeuropeas de protoformas
que tienen en su raíz los diferentes órdenes de velares (como *kerd-) Ascoli creó en la
segunda mitad del s. XIX un sistema de oclusivas con cinco órdenes, de los cuales tres
eran velares, el cual también comparte Szemerényi133. Estos eran velar puro, velar
palatalizado y labiovelar. A su vez, este sistema tenía cuatro series de oclusivas: sordo,
sonoro, sordo-aspirado y sonoro-aspirado, formando así un sistema de 20 oclusivas,
denominado como sistema o teoría tripartita. En este sistema se interpretó que en las
lenguas centum el orden labiovelar se mantendría de la forma indoeuropea: /kw/ > /kw/, y
los órdenes velar palatalizado y velar puro confluirían fusionándose ambos en velar puro:
/ḱ/ y /k/ > /k/; mientras que en las lenguas satem las velares palatalizadas sufrirían una
transfonologización en fricativas /ḱ/ > /s/ (esl.ant.), /š/ (lit.), /ś/ (ind.ant.), y el orden
labiovelar sufriría una desfonologización fusionándose con las velares puras: /kw/ > /k/.
Esta clasificación se justificó además por una equivalencia lingüístico-geográfica que
determinaba que las lenguas centum equivalían a las lenguas occidentales y las satem con
las orientales, la cual dejó de ser efectiva al ver los resultados de lenguas tocarias (y más
tarde los del hetita), ya que se trataban de lenguas centum situándose en una región
oriental. De esta manera se postuló una teoría alternativa, la bipartita, que interpretaba
que las velares palatalizadas y las velares puras eran simplemente variantes alofónicas de
un fonema velar, dejando en el sistema únicamente dos órdenes de velares: el velar y el
133
Szemerényi, 1996: 54-69.
43
labiovelar. En esta teoría las lenguas satem los alófonos velares palatalizados se
fonologizarían en fricativas o africadas, mientras que las labiovelares perdieron su
apéndice labial fusionándose así con el antiguo alófono velar puro. Expongo a
continuación unos cuadros explicativos de cómo sería el sistema oclusivo dependiendo
de cada teoría:
Teoría tripartita:
Series
Órdenes I (sonoras) II (sordas) III (sonoro-asp.2) IV (sordo-asp.)
Labial (b) p bʰ ph
Dental d t dh th
Velar palat.1 ǵ ḱ ǵʰ ḱʰ
Velar g k gh kh
Labiovelar gw kw gwh kwh
Notas:
1. Velar palatalizado.
2. Serie sonoro-aspirada
3. Serie sordo-aspirada
Teoría bipartita:
Series
Órdenes I (sonoras) II (sordas) III (sonoro-asp.2) IV (sordo-asp.2)
Labial (b) p bʰ ph
Dental d t dh th
Velar g k gh kh
Labiovelar gw kw gwh kwh
Notas:
1. Serie sonoro-aspirada
2. Serie sordo-aspirada
44
Sin embargo, se propusieron además varias teorías a partir de las anteriores en las que
eliminaban la serie sordo-aspirada que son las más usadas por la indoeuropeística actual.
Estas son la teoría tripartita de Meier-Brügger134 y la bipartita de Lehmann135:
Series
Órdenes I (sonoras) II (sordas) III (sonoro-aspiradas)
Labial (b) p bʰ
Dental d t dh
Velar palatalizada ǵ ḱ ǵʰ
Velar g k gh
Labiovelar gw kw gwh
Series
Órdenes I (sonoras) II (sordas) III (sonoro-aspirada)
Labial (b) p bʰ
Dental d t dh
Velar g k gh
Labiovelar gw kw gwh
134
Meier-Brügger, 2000: 139 y ss., §2.3.7.
135
Lehmann, 1952: 99-102, §13.
45
fonemas que llegan a las lenguas satem como silbantes: lit. širdìs; let. srŭdĭce; arm. sirt.
Del mismo modo, teniendo también en cuenta esta doble teoría, podríamos aplicarlas para
‘lágrima’, siendo así *d-h2ekru- según la bipartita, y *d-h2eḱru- según la tripartita. A
partir de ahora trataré las protoformas reconstruidas desde una perspectiva de la teoría
bipartita, pero recuérdese que desde el otro sistema las mismas formas se reconstruirían
con una oclusiva velar palatal sorda: -ḱ- interpretada como fonema.
136
Hom. Il. I, 44: βῆ δὲ κατ᾽ Οὐλύμποιο καρήνων χωόμενος κῆρ,
137
Es. Ag. 10-11: (…) γυναικὸς ἀνδρόβουλον ἐλπίζον κέαρ.
138
Baquíl. Ep. 1, 165: σαίνει κέαρ: εἰ δ᾽ ὑγιείας.
139
Frisk, 1960, s. v. καρδία.
140
Chantraine, 1968: s. v. καρδία.
46
La forma latina reconstruida se trata de cor, cordis, tema en dental de género
neutro cuya protoforma se puede reconstruir en grado -ø-: *kr̥d-, ya que el desarrollo de
una sonante vibrante en posición vocálica en latín es el desarrollo de un vocoide de timbre
-o-. No obstante, la desarrollaré más a fondo en su apartado correspondiente.
Además del latín y el griego, veo necesario comentar la forma del gótico hairtō,
ya que, en lugar de encontrar una oclusiva velar sorda al inicio de la palabra como vemos
en el resto de lenguas centum, vemos una fricativa sorda. Esto se debe a que el germánico
sufrió la denominada Primera Rotación Consonántica, que se trata de una alteración del
sistema oclusivo indoeuropeo que sufrieron las lenguas germánicas. También se
denomina Ley de Grimm o de Rask-Grimm a causa de quienes la describieron por primera
vez. Szemerényi141 nos presenta los cambios fonéticos que se resumen en: una oclusiva
sorda indoeuropea > fricativa sorda germánica; una oclusiva sonoro-aspirada indoeuropea
> oclusiva sonora germánica; una oclusiva sonora indoeuropea > oclusiva sorda
germánica. Poniendo el ejemplo de las velares, que son las que afectan a la forma que
estamos tratando, el cambio sería: *k > h; *gh > g; *g > k. También es preciso comentar,
aunque no sea el caso de hairtō, la Ley de Verner, la cual supone que en germánico el
cambio de la oclusiva sorda a la fricativa sorda en inicio de palabra siempre ocurre así,
pero en interior de palabra solo quedaría como fricativa sorda si le precediera el acento.
En caso de que el acento fuese posterior (o no inmediatamente anterior) a la oclusiva
sorda, seguiría evolucionando de la fricativa sorda a una fricativa sonora y finalmente a
una oclusiva sonora. Para ilustrar mejor todo esto pongo la evolución de dos palabras:
*ph2tḗr > fadar (evolución a oclusiva sonora) frente a: *bhrā́ tēr > broþar142 (evolución a
fricativa sorda).
Por último, antes de dar paso al desarrollo de la flexión de cada una de las formas del
griego y del latín, voy a comentar la particularidad de la forma que encontramos en indio
antiguo: hŕ̥d-aya. La evolución que esperaríamos de una oclusiva velar sorda indoeuropea
en indio antiguo sería que pasara a una fricativa postalveolar sorda: -ś, pero nos
encontramos una fricativa glotal sorda que se justifica como contagio de otra palabra143,
ya que sí que se mantiene la fricativa postalveolar sorda en el verbo ‘creer’ del indio
141
Szemerényi, 1996: 55.
142
El grafema <þ> se corresponde con el sonido interdental fricativo sordo [θ].
143
Beekes, 2010: s.v. καρδία.
47
antiguo: śraddhā́ - cuando en latín (como lengua centum), mantiene la oclusiva velar
sorda: crēdō.
3.1.1. κῆρ:
Como decía, se puede reconstruir con el grado pleno alargado de *kerd-, esto es:
*kērd-. Este tema, siguiendo nuevamente la teoría de la raíz nominal de Benveniste144, se
corresponde con un Tema I, compuesto por el grado pleno (y alargado en este caso) de la
raíz y el grado -ø- del sufijo primario -(e)d. La razón de la ausencia de la *-d final en la
forma griega es sencillamente porque en época del griego común las oclusivas y la *-m
en posición final no se mantuvieron, salvo excepciones145. Al tratarse de un tema neutro,
se reconstruye una misma forma que cumpla las funciones que designa el nominativo,
vocativo y acusativo, y esta forma es meramente el tema puro: *kērd-. Recuerdo que es
un término que solo encontramos en la épica y ni siquiera atestiguada en todos los casos,
pues solo se conservan el N.V.A. sg. n. y el dat. sg. Como forma de N.-A. κῆρ aparece
varias veces en la Ilíada (I, 44, 491; V, 399; XVI, 481, 554, 585…), pero el dativo solo
aparece una vez en el libro V de la Odisea: οἵ κέν μιν περὶ κῆρι θεὸν ὣς τιμήσουσιν, (Od.
V, 36). No obstante, también se conserva una forma adverbial derivada de este sustantivo:
κηρόθι: ὣς ἔφατ᾽, Ἀντίνοος δ᾽ ἐχολώσατο κηρόθι μᾶλλον (Od. XVII, 458). Esta forma
la comentaré después de la flexión en singular y en plural. Así pues, doy paso al análisis
de la flexión, reconstruyendo también los casos no atestiguados siguiendo el modelo de
los temas en vibrante146:
Singular:
144
Benveniste, 1935: 150-151.
145
Calvo, 2016: 50.
146
Chantraine, 1983: 44 §64.
48
el tema puro. Es la razón por la que la dental queda en posición final y acabaría
desapareciendo, quedándose una evolución como: *kērd-ø > *kēr-ø (κῆρ).
147
Vid. gen. sg. de ἔαρ para una explicación de la desinencia de genitivo singular más detallada.
148
Calvo, 2016: 92.
49
Plural y dual: Para la reconstrucción del plural nos vale la explicación dada en
ἔαρ149, ya que se trata de otro tema en vibrante de género neutro que seguiría los mismos
procesos fonéticos. Las formas que reconstruiríamos para este número son: N.V.A.: κῆρα
(homógrafa a la forma de ac. sg. f. de κήρ, κηρός ‘muerte, destino’), gen. *κηρῶν y dat.
*κῆρσι. En cuanto al dual ocurre exactamente lo mismo: reconstruiríamos una forma
N.V.A. *κῆρε y un G.-D. *κήροιν.
3.1.2. κέαρ:
Vuelvo a la explicación de antes, donde decía que no parece que sea una forma
heredada de la protolengua, sino que se trate de un falso arcaísmo de κῆρ, como si se
tratara de la forma sin contraer. Ello explicaría la acentuación con acento circunflejo,
aunque Chantraine150 dice, en primer lugar, que no tiene la acentuación esperada para un
monosílabo (que sería κήρ, forma que existe con el sentido de ‘destino, muerte’) y luego
continúa diciendo que hay otros viejos neutros como δῶ que también tienen el acento
circunflejo. El acento del nominativo pudo haber pasado a la forma del dativo, ya que el
acento de κῆρι está acentuado como si proviniera de la contracción ya nombrada. En
cuanto a la forma κέαρ interpreta que es una creación artificial por parte de los poetas
líricos basada en el modelo del neutro ya comentado ἔαρ, -ος, o incluso que tenga la
influencia del caso recto ἧπαρ, al tratarse de otro tema en vibrante neutro. No podemos
saber su origen exacto, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que no se trata de
una palabra heredada directamente de la lengua común.
149
Vid. flexión en plural de ἔαρ.
150
Chantraine, 1968, s. v. καρδίᾱ.
50
En cuanto a su flexión, a pesar de no estar atestiguado el resto de casos, las
desinencias serían un calco de las de la flexión de ἔαρ, -ος, de modo que a un tema *κέαρ-
se le añadirían las desinencias ya expuestas en el apartado de ἔαρ ‘sangre’.
3.1.3. καρδίᾱ:
A diferencia de las anteriores, este término se basa en un tema en -yā que en griego
se caracterizan por ser de género femenino. Lo encontramos en la épica confluyendo con
la primera forma analizada: κῆρ. La reconstrucción etimológica de esta palabra nos
genera ciertas dudas desde esta forma, que se corresponde con la del dialecto ático. Por
ello voy a presentar las formas que encontramos en otros dialectos para compararlas entre
sí y ver si la forma griega es derivada de κῆρ como proponía Chantraine151, o puede partir
del tema indoeuropeo *kē̆rd-, como pienso que puede ser. La palabra καρδίᾱ la
encontramos en la épica como καρδίη152 a causa del paso de -ā > -ę̄ que ocurrió en jónico-
ático en torno al año 900 a.C153. No obstante, en la lengua homérica también podemos
encontrar la forma κραδίη154 por razones métricas. En dialecto lesbio encontramos la
forma κάρζα a causa del contacto entre la dental y la yod155, y por último en chipriota
tenemos κορζίᾱ/κορίζᾱ, con desarrollo en -ορ- por la evolución de la sonante en posición
vocálica en este dialecto. La comparación de estas formas nos permite ver que la
protoforma de todas estas debe estar en grado cero por los distintos timbres vocálicos que
nos encontramos (-a/o-): *kr̥d-yeh2- > κραδίη/καρδίη (Hom.); κάρζᾱ (lesb.);
κορζίᾱ/κορίζᾱ (chip.), καρδίᾱ (át.). En cuanto al sufijo, es probablemente lo más
característico de la forma que estamos tratando: καρδίᾱ. El sufijo *-ya que en principio
debería estar en grado -ø-: *-ih2 para los casos rectos y en grado pleno: *-yeh2 para los
oblicuos y el plural, nos lo encontramos en el nominativo en grado pleno *-yeh2 > -ίᾱ.
Como adelantaba en la introducción de la noción que estamos tratando este sufijo es un
formador de femeninos en griego, pero en su origen es un relacionador que en cada lengua
se desarrolla de una manera diferente156. El ejemplo del latín nos muestra que se desarrolla
como el genitivo de la flexión temática, mientras que en otras lenguas lo vemos como
151
Chantraine, 1968: s. v. καρδία.
152
Hom. Il. 2. 452: (…) καρδίῃ ἄλληκτον πολεμίζειν ἠδὲ μάχεσθαι. En este verso al encontrarse en primera
posición necesita que sea larga, por lo que elige la forma καρδίῃ, causando que las dos consonantes hagan
que la primera sílaba sea larga.
153
Calvo, 2016: 44.
154
Hom. Il. 2. 171: (…) ἅπτετ᾽, ἐπεί μιν ἄχος κρᾰδίην καὶ θυμὸν ἵκανεν. Hemos de notar que la métrica
del verso rige que la primera sílaba de κρᾰδίην sea breve: (– u u – u u – u u – – – u u – X)
155
Buck, 1910: 24, §19.1.
156
Villar, 1974: 154.
51
sufijo formador de femeninos a partir de la idea de que la adición de ese sufijo al tema de
una palabra masculina creaba una relación entre el masculino y la nueva palabra. En indio
antiguo vemos esta relación con el ejemplo de: dēvas (N.sg.m.) ‘el dios’; dēvī́ (N.sg.f.)
‘la relativa al dios’ pasando a significar ‘la diosa’ y haciendo que ese sufijo *-ī < *ih2-
/yeh2- relacionador se recaracterizara en esta lengua como creador de femeninos. También
lo vemos en latín con pares como gallus (m.) – gallī-na (f.); rex (m.) – regī-na (f.). En
griego la situación es similar, ya que dentro de los temas en *-ā̆ se incluye un grupo de
sustantivos femeninos formados mediante este sufijo. En este grupo, sin embargo,
distinguimos entre el tipo de nominativo en -ιᾰ (πότνιᾰ) y el de nominativo en -ίᾱ (-ίη en
jónico) (οἰκίᾱ), y es a este segundo grupo al que pertenece καρδίᾱ. Si bien lo que
esperaríamos sería una terminación en (-ίᾰ) *-iă < *-ih2 por el supuesto grado cero del
N.V.A. sg., nos encontramos una -ā porque este tipo flexivo extiende por analogía la -ā
del nom. sg. de los temas en -ā < *-eh2, así como los que tienen -ίᾰ en el nom. sg. la
extienden de los temas en -ă < *-h2. Podemos pasar, ahora sí, a la flexión de καρδίᾱ en la
que únicamente explicaré la forma ática, pero se habrá de tener en cuenta, por ejemplo,
que en jónico no tiene lugar la retroversión ática, fenómeno fonético por el que la -ē- y
abierta, que procedía del paso de -ā > -ē del año 900 a.C. ya comentado, vuelve a su
articulación original en -ā cuando se encontraba detrás de i, e, r157. Un ejemplo de la
retroversión ática la tenemos en la palabra ‘día’: vemos ἡμέρη (jón.-át.), pero: ἡμέρᾱ (át.),
mientras que en ἀρετή, -ῆς se mantiene la -η tanto en jónico, como en ático porque no se
encuentra tras i, e, r.
Singular:
Nom.: Ya he explicado que podemos partir del tema *kr̥d- en el que la generación
de un vocoide por parte de la sonante y su posterior vocalización en ático daría como
resultado -αρ. En cuanto al sufijo, aunque esperaríamos *-ih2 en los casos rectos en
singular, hay extensión analógica de la -ᾱ < *-eh2 y por tanto reconstruiríamos *kr̥d-yeh2-
ø, con desinencia -ø de nominativo, lo que daría como resultado: καρδίᾱ.
Voc.: Para este tipo de temas en este caso caben dos posibilidades: o bien el
nominativo se usa para las funciones propias de un caso vocativo, o bien no hay un
vocativo diferenciado, de forma que tiene la misma forma que el nominativo. Sea como
sea, tienen la misma desinencia.
157
Calvo, 2016: 45.
52
Ac.: Manteniendo el mismo tema y sufijo lo único que hace es añadir la desinencia
universal de acusativo indoeuropea *-m como hacen los temas en -ᾱ del “tipo ἀρετή”. De
esta manera quedaría una protoforma *kr̥d-yeh2-m, que, como ya he comentado
anteriormente, las -m en posición final en griego se neutralizaban en -n, teniendo así:
καρδίᾱν.
Gen.: A partir de este caso ya no nos haría falta justificar la -ᾱ final por medio de
analogía, ya que el sufijo por naturaleza estaría en grado pleno *-yeh2-. Brandenstein158
explica la desinencia -ās mediante la contracción de la -ā- con la desinencia de genitivo
en grado pleno: *-es. Una razón para seguir esa explicación es que los sustantivos
oxítonos (con la última sílaba acentuada, es decir, agudos) formaban su genitivo con un
acento circunflejo, cuya aparición se explicaba por una contracción silábica. Sin embargo,
hoy sabemos que ese acento simplemente indica una subida de tono seguida de una bajada
en la pronunciación de una vocal larga. Por otro lado, siguiendo la ley de equilibrio
silábico159, aunque más bien se trataba de una tendencia, lo que tendríamos sería la
desinencia en grado -ø, con una secuencia pleno-cero, teniendo así: *kr̥d-yeh2-s >
καρδίᾱς.
Dat.: Para el análisis del dativo volvemos a tener que distinguir entre la postura
sincretista y la no-sincretista. Tradicionalmente160 se explicaba el dativo mediante la
contracción del sufijo en grado pleno *-yeh2- más la desinencia de dativo *-ey, dando
lugar a *-yā-ey > *-yāy: *kr̥d-yeh2-ey > καρδίᾳ. La *-i final en griego sabemos que pasó
a indicarse suscrita, paro también podemos encontrarla adscrita en el terreno epigráfico.
Según la visión alternativa, el griego tenía una desinencia *-āy para el dativo que se podía
entender como el tema puro -ā + marca de dativo *-i, teniendo así: *kr̥d-yeh2-i >
καρδίᾳ161.
Plural:
158
Brandenstein, 1964: 205.
159
Expuesta en el gen. sg. de ἔαρ.
160
Brandenstein, 1964: 205.
161
Alfa larga con iota suscrita.
162
Chantraine, 1983: 33.
163
Brandenstein, 1964: 205.
53
dones’. Explican, sin embargo, que en griego y en latín innovaron sustituyendo esta
desinencia por la de los pronombres en *-ĭ por analogía con la flexión temática que tenía
*-oi. De esta manera, pasaría a los temas en -ā̆ como *-ai, teniendo: καρδίαι.
Dat.: Las formas de los temas en -ā̆. se explican mediante extensión analógica de
los temas en -ŏ-. Estas, ya explicadas en el plural de δάκρυον, se resumen en dos formas:
en -ays y en -aysi. La primera, desde la perspectiva tradicional se explica mediante una
antigua forma de instrumental *-ōys que pasaría por Ley de Osthoff a *-oys, y por
analogía: *-ays. Desde la postura alternativa se interpretaría simplemente como la forma
de dativo singular pluralizada, esto es: *kr̥d-yeh2-i-s > καρδίαις. La segunda desinencia:
*-aysi se explica tradicionalmente igual que la anterior como analógica a la de los temas
en -ŏ-: *-oysi, reconstruido con una terminación analógica al dativo singular en *-i sobre
una terminación de locativo plural indoeuropea *-oysu, por tanto: *-aysi. Villar volvería
a mostrar discordancia interpretando esta desinencia nuevamente como la pluralización
164
Este proceso se conoce como la segunda oleada de alargamientos compensatorios: la simplificación de
un grupo -nty/-nts prevaleciendo la silbante y alargando la vocal anterior. Calvo, 2016: 44-45.
165
Chantraine, 1983: 33.
166
Brandenstein, 1964: 206.
167
F. Villar, «El plural de los demostrativos indoeuropeos», en la Revista Española de Lingüística nº 5
Fasc. 2: 1975: 446.
54
del dativo singular recaracterizada con una marca de dativo *-i, pudiendo reconstruir:
*kr̥d-yeh2-i-s-i > καρδίαισι.
Dual: Las formas del dual no tienen reconstrucción indoeuropea porque son
formas propiamente griegas. Las formas que tenemos en griego son N.V.A. -ᾱ y G.-D. -
αιν.
3.1.1. κῆρ:
Notas:
55
Genitivo *κέαρος *κεάρων
*κεάροιν
Dativo *κέαρι *κέαρσι
Notas:
56
3.2. Latín: cor, cordis:
168
De Vaan, 2008: s. v. cor.
169
Nótese el seguimiento de una teoría tripartita del sistema oclusivo por el uso de la velar palatal por
parte de de Vaan.
170
Hay algunos temas que no se pueden reconstruir siguiendo ningún esquema de los propuestos por
Benveniste en su capítulo «esquisse d’une théorie de la racine».
171
Ernout, Meillet, 2001, s. v. cor.
172
Molina, 1993: 62, §130.
57
Singular:
N.V.A.: Volvemos a encontrarnos con un término neutro que mediante una misma
forma designa las funciones del nominativo, vocativo y acusativo. Esta forma es cor, que
provendría, como ya he adelantado, de un tema *kord- en el que la *-d queda en posición
final porque este tipo de neutros eligen el tema puro y, por tanto, desinencia -ø de
nominativo. Esta forma acaba simplificándose en cor sin dejar alargamiento.
Gen.: Para la reconstrucción del nominativo debemos partir del tema en grado -ø-
*kr̥d- y añadir la desinencia de genitivo *-s en grado pleno *-ĕs. De esta manera, por un
lado, la vocalización de la sonante en latín generaría un vocoide de timbre -o-, y por otro
lado la desinencia metafonizaría en -is quedando la forma esperada: cordis.
Abl.: Para ver la explicación detallada del ablativo recomiendo acudir al apartado
de abl. sg. de sanguis173, donde están expuestas las razones de la aparición de la -ĕ como
desinencia según la teoría tradicional y la alternativa según Villar. La forma que
obtendríamos sería cordĕ.
173
Vid. abl. sg. de sanguis.
174
Molina, 1993: 88, §177.
58
analógica de la flexión temática, mientras que la alternativa reconstruye una desinencia
*-ĕy. La forma que encontraríamos, finalmente, sería cordī.
Plural:
N.V.A.: Esta vez recurro a la explicación dada para sanguen175, donde explico que
la desinencia que hemos de reconstruir para los temas en consonante inanimados es *-h2.
La laringal vocalizaría en una *-ă, dando lugar a la forma cordă.
Singular Plural
Protoforma Latín Protoforma Latín
Nom.
Voc. *kord-ø cor *kr̥d-h2 cordă
Ac.
Gen *kr̥d-ĕs cordis *kr̥d-ō̆m cordum
Dat. *kr̥d-ĕy1 cordī
cordibus
Abl. *kr̥d-ĭ2 cordĕ *cord-ĭbus4
Loc. *kr̥d-ĕy3 cordī - -
175
Vid. N.V.A. pl. de sanguen.
176
Vid. gen. pl. de sanguis.
177
Monteil, 1992: 218, §V, II, 12.
59
Notas:
60
4. Conclusión:
De esta manera, se han analizado una gran cantidad de flexiones tanto en latín,
como en griego, mostrando la problemática que genera tratar de encontrar el origen
etimológico de una palabra. Al fin y al cabo, la lingüística indoeuropea es de lo que trata:
intentar dilucidar los enigmas que cada palabra muestre desde un punto de vista
lingüístico y descubrir puntos en común en la historia de las palabras que no podemos
imaginar.
61
5. Bibliografía:
BENVENISTE, É., Origines de la formation des noms en indo-européen, Paris, Librairie Adrien-
Maisonneuve, 1973, [1ª ed. 1935].
BRANDENSTEIN, W., Lingüística griega, trad. Valentín García Yebra, Madrid, Gredos, 1964.
BRUGMANN K., The nature and origin of the noun genders in the Indo-European languages, New
York, Charles Scribner’s sons: 1897.
CHANTRAINE, P., Morfología histórica del griego, trad. Andrés Espinosa Alarcón, Reus, Avesta:
1974 [1ª ed. 1961].
ERNOUT, A., Meillet, A, Dictionnaire étymologique de la langue latine, París, Klincksieck: 2001
[4ª ed. aumentada y revisada, 1ª ed. 1932].
62
FRISK, H., Griechisches Etymologisches Wörterbuch, Heidelberg, Carl Winter
Universitätsverlag: 1960.
GREENOUGH, J. B. (ed.), Bucolics, Aeneid, and Georgics of Vergil, Boston, Ginn & Co.: 1839. En
línea en el portal del Proyecto Perseus
<https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.02.0055>.
JEBB, R. C. (ed.), Bacchylides: The poets and fragments, Cambridge, Cambridge University
Press: 1905.
LEHMANN, W., P., Proto-Indo-European Phonology, Austin, The University of Texas Press: 1955.
MAEHLER, H., Pindari Carmina cum Fragmentis, vol. 2, Leipzig, Teubner: 1989.
MALTBY, R., A lexicon of ancient latin etymologies, Leeds, Francis Cairns: 1991.
MARCHANT, E. C. (ed.), Xenophontis opera omnia, vol. 1. Oxford, Clarendon Press: 1900 (repr.
1968). En línea en el portal del Proyecto Perseus
<https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0205%3
Abook%3D4%3Achapter%3D2%3Asection%3D4>.
MONTEIL, P., Elementos de fonética y morfología del latín, trad. Concepción Fernández Martínez,
Sevilla, Secretariado de publicaciones de la Universidad de Sevilla: 2003.
MONRO, D. B., ALLEN, T. W. (eds.), Homeri Opera in five volumes. Oxford, Oxford University
Press: 1920.
<https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0133%3
Abook%3D1%3Acard%3D345>.
ODOFREDO MUELLERO, C., Sexti Pompei Festi, De verborum significatu quae supersunt cum
Pauli epitome, Lipsiae: 1839.
PAGE, A. D., CAPPS, E., ROUSE, W. H. D. (eds.), Herodotus. With an English translation by A. D.
Godley, vol. 3, Cambridge, MA, Harvard University Press: 1921. En línea en el portal del
Proyecto Perseus
<https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0125>.
63
POKORNY, J., Indogermanisches Etymologisches Wörterbuch, Munich, Francke Verlag: 1959.
RODRÍGUEZ ADRADOS, F., BERNABÉ, A., MENDOZA, J., Manual de lingüística indoeuropea, vol.
I, Madrid, Ediciones Clásicas: 1996.
SIHLER, A., New Comparative Grammar of Greek and Latin, Oxford, Oxford University Press:
1995.
SMYTH, H. W., Aeschylus, with an English translation by Herbert Weir Smyth, vol. II, London,
William Heinemann, Ltd.: 1926. En línea en el portal del Proyecto Perseus
<https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Aesch.+Ag.+11&fromdoc=Perseus%3
Atext%3A1999.01.0003>.
VAAN, M. DE, Etymological dictionary of Latin and the other Italic Languages, Leiden-Boston,
Brill: 2008.
VILLAR LIÉBANA, F., Origen de la flexión nominal indoeuropea, Madrid, Instituto «Antonio de
Nebrija»: 1974.
WALDE, A., Hofmann, J. B., Lateinisches Etymologisches Wörterbuch, Heidelberg, Carl Winter’s
Universitätsbuchhandlung: 1938.
WARMINGTON, E. H., Remains of old Latin, vol. 1, Cambridge, MA, Harvard University Press:
1935.
64
WARMINGTON, E. H., Remains of old Latin, vol. 2, Cambridge, MA, Harvard University Press:
1935.
WEISS, M., Outline of the historical and comparative grammar of Latin, Ann Arbor- New York,
Beech Stave Press: 2009.
Recursos informáticos:
65
Analogy plays a crucial role in Latin noun morphology by supplying consistency and regularity in inflectional paradigms derived from linguistic models. For 'sanguēn,' analogy with accusative plural forms shifts expected inflections from *sanguĭn-ĕs to sanguĭnēs in nominative/accusative plural . Similarly, 'lacrima' exemplifies syncretism in nominative and vocative plurals through analogy with pronominal forms, leading to endings like -ae due to leveling based on established pronominal endings . These processes demonstrate how analogy influences the morphological stabilization of language forms and accounts for deviations in expected grammatical forms by aligning them with analogous structures.
The Latin genitive plural suffix -ārum is thought to originate from two different hypotheses. The first theory proposes that it derives from adding the pronominal genitive plural ending *-sōm to the nominal theme vowel, evolving through stages like *-ā-sōm > *dacrumārum . The second theory suggests it stems from layering a genitive plural ending *-ōm onto a singular genitive suffix *-ās, leading to *dacrumās-ōm and eventually *dacrumārum . The first theory is considered more plausible due to the strong influence of pronominal endings on noun inflection in Latin nominative plural forms, providing a consistent pattern across various nominal classes .
The development of 'cordis' exemplifies the interaction between traditional and alternative theories in its case ending creation. The traditional theory posits the addition of a genitive *-s to the nil-grade stem *kr̥d- resulting in cordis through vocalization and synchronic analogy with established thematic patterns . The alternative theory ascribes to the dativo-locativo syncretism, proposing *-ĕy monophthongizing to -ī through phonological evolution, suggesting a thematic extension . 'Cordis' therefore serves as a linguistic bridge illustrating how competing theories syntactically and phonologically elucidate historical morphosyntactic change via differing interpretive lenses.
The differentiation between nominal and pronominal inflectional endings in Latin impacts plural formation significantly. For nominative and vocative plural cases, pronominal endings rather than nominal ones are often used . In Latin, the influence of pronominal inflectional endings is seen in the nominative plural form when it transforms from the original nominal *-ā-ĕs to the analogical pronominal *-āi, which, in particular contexts, results in forms like lacrimae for 'tears' . This change shows how the language uses pronominal endings to model noun inflections, producing consistent plural morphemes across different noun groups.
The suffix *-ya in Ancient Greek is significant for forming feminine nouns, such as in words like καρδίᾱ. This suffix originally acts as a relational marker that in Greek develops into a female noun-forming suffix . To understand its application, consider its appearance in various dialects: in Ionic-Attic as καρδίη, reflecting a phonetic change from -ā to -ę̄ around 900 B.C. ; in Lesbos as κάρζα, showing evolution due to phonological contact ; and in Cypriot as κορζίᾱ, where it evolved due to sonant articulation in a vowel position . The comparison reveals that while the base form originates from protoform *kr̥d-yeh2-, the suffix adapts to produce gender-specific nouns across dialects, highlighting diversity within Ancient Greek forms.
Reconstructing Indo-European nominal endings offers insights into ancient languages' grammatical case systems by providing a historical framework for case differentiation and development. For instance, the Sanskrit locative ending *-i and its relationship with Latin locative -ī suggest a shared ancestor, reconstructed as *-ῐ . This commonality supports theories about case functions evolving from Indo-European stems, where shared inflections in Latin nouns clarified complex case usages found in corresponding Sanskrit cases . Such reconstructions illuminate how case systems diversified and standardized through adaptation to phonetic and syntactic pressures across related language families.
The choice between a bipartite and tripartite model of Proto-Indo-European oclusives significantly affects reconstructed forms of words. Under the bipartite model, oclusives are reconstructed as pure velars, leading to protoforms like *kerd- for 'heart' . Conversely, the tripartite model, which recognizes palatalized velars as distinct phonemes, yields reconstructions like *ḱerd-, due to different phonetic marks in languages like Sanskrit and Lithuanian . For 'tear,' the bipartite model results in *d-h2ekru-, while the tripartite approach reconstructs *d-h2eḱru-. Ultimately, the model chosen impacts understandings of sound changes and language affiliations, helping refine Indo-European linguistics' historical classifications.
The phonological change from -ā to -ę̄ in Greek reflects evolution trends in Indo-European languages, indicating dialectal adaptations affecting vowel length and quality . For example, this change in early Ionic-Attic suggests responses to phonotactic constraints and regional phonetic drift, showcasing broader Indo-European patterns of vowel evolution based on syllabic integrity and stress distribution . Such transformations exemplify consistency in linguistic evolution, driven by underlying regularities in vowel harmony and diachronic influences, marking an adaptation mechanism shared across various Indo-European languages undergoing phonological restructuring.
The differentiation in the transformation of Indo-European velars between satem and centum languages lies in the evolution of these sounds. Satem languages transform the Indo-European velars into different sibilant fricatives and affricates, which can be seen in their development from *km̥tóm- to forms like śatám in ancient Indian . Centum languages, such as Greek, Latin, and Germanic, maintain the velar quality of the sounds . This distinction is crucial for historical linguistics as it provides evidence for branching within the Proto-Indo-European language family and helps linguists reconstruct the phonetic environments and subsequent sound changes in early Indo-European languages.
The theory of syncretism between nominative and vocative cases in Latin plural forms is supported by the consistent presence of identical ending forms across both cases. This is partly evidenced by the analogous application of pronominal endings to noun plurals, such as the nominative-vocative plural for 'lacrimae' . Furthermore, inflectional evidence shows that similar case endings arose from the leveling of inflectional patterns across unrelated morphological categories, indicating a historical merger influenced by consistency pressures in morphological paradigms . This syncretism represents a historical language simplification trend, driven by the need for regularity in inflectional systems.