Complot contra el Papa Francisco
Complot contra el Papa Francisco
Vicens Lozano
Traducción de
Ana Herrera
VATICANGATE
Vicens Lozano
Lozano ha trabajado treinta y cinco años cubriendo para la televisión el día a día de la
Santa Sede y numerosos conflictos internacionales. Acudiendo a valiosas fuentes,
dando voz a los protagonistas, infiltrándose entre las bambalinas del poder, ha
elaborado un sorprendente, ameno y riguroso reportaje, un viaje con vivencias
personales, anécdotas y episodios hasta hoy inéditos y escalofriantes. ¿Quién se
esconde detrás de las campañas que definen a Bergoglio como un enfermo, usurpador,
comunista, hereje y encubridor de los abusos sexuales? ¿Quiénes son los cabecillas
del complot dentro y fuera de la Iglesia? ¿Qué personajes frecuentan y comparten con
Steve Bannon —el gurú de la ultraderecha internacional— objetivos de transformación
social muy preocupantes? ¿Cómo contrarresta Francisco los ataques?
El viaje concluye más allá del actual pontificado y hurga en el maquiavélico plan para
manipular el futuro cónclave. Los que pretenden salvar su legado lo tienen muy difícil
para evitar que todo haya sido un sueño imposible.
1. Introducción
2. Cónclave a la vista
La cena de los cuervos
Un anuncio sin precedentes
La salud del papa alimenta a los detractores
Los amigos de Bergoglio lo desmienten
Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos
rapaces.
MATEO, 7, 15
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Introducción
Cónclave a la vista
«Se ha abierto la veda y el pim, pam, pum de todos contra todos. Ahora vale todo.
Hasta se han perdido las formas. Ahora todo el mundo tiene la vista puesta en el futuro.
Como si el santo padre ya no estuviese aquí, hubiese renunciado o estuviera muerto.
Para unos, el pontificado de Francisco ha sido una anomalía que hay que corregir. Otros
sueñan con la continuidad para limpiar la Iglesia de todos los escándalos y poder
adaptarla al siglo XXI.» Quien habla con semejante contundencia es un monseñor que
nunca me ha dejado en la estacada y que trabaja silenciosamente y de forma discreta en
la Secretaría de Estado. Lo afirma con cara de perplejidad. Con un tono también de
tristeza, por la falta de respeto que conlleva tal situación para el papa argentino.
En el verano y otoño de 2022, el ambiente que se respiraba en el Vaticano era de
«final de pontificado». Los amigos más próximos al pontífice lo negaban con convicción
(ya los conoceremos más tarde), pero se llegó a definir el momento como «el ocaso del
papa Bergoglio». Todo el mundo, fuera cual fuese su posición (al menos, intramuros
vaticanos), lo tenía muy claro. El clima me recordaba muchísimo la tensión que se vivía
en la Santa Sede aquellos primeros meses de 2005. Eran los días de la agonía final de
Juan Pablo II, cuando el portavoz vaticano, Joaquín Navarro Valls, me dijo: «Lozano,
esto se acaba. Reza por el papa». Las diferencias, sin embargo, a poco que reflexionase,
eran evidentes. El papa Wojtyla expiraba dejando un sucesor natural al frente de la
Iglesia, en la figura del cardenal Joseph Ratzinger. Entonces tampoco había ningún
indicio ni cuórum remarcable en el Colegio Cardenalicio para poner en marcha un
cambio alternativo a la línea ultraconservadora que llevaba vigente los últimos veintiséis
años. Ahora, en 2022-2023, las cosas eran muy distintas. El papa generaba dudas sobre
su futuro y se apresuraba a terminar unas reformas encalladas durante años. No
obstante, o precisamente por ese motivo, se abría el camino para un nuevo cónclave con
numerosas incertidumbres. La batalla entre conservadores y reformistas se auguraba en
muchos aspectos cruel y llena de trampas para el trabajo de un periodista. Poco a poco
ganaba terreno la opinión de que la «primavera» de cambios y reformas iniciada por el
papa Francisco se podía convertir pronto en una apuesta efímera, en un espejismo.
El estrepitoso silencio de la Sala Stampa, responsable de la comunicación, en torno a
las circunstancias que rodearon la operación de colon a la que fue sometido Bergoglio el
4 de julio de 2021 sirvió para que se generasen y propagasen rumores y especulaciones
de todo tipo. Sonaba ya el pistoletazo de salida para posicionarse de cara al futuro
cónclave. En aquellos momentos, un cardenal italiano me comentó que «el santo padre
padece un cáncer terminal sobre el cual no se quiere informar para no generar alarma».
Otro purpurado, en este caso latinoamericano, me quiso transmitir, con el lenguaje
críptico que siempre utilizan, que «la Santa Sede vive un momento crítico que exige
plegarias». Cuando intenté que me aclarase qué era lo que quería decir, optó por sonreír
y callar.
Los medios de comunicación (sobre todo los italianos) siempre calificaron de «lobos» a
los conspiradores que rodeaban a Benedicto XVI. El término «cuervos» se había
utilizado menos, pero proliferaba también, sobre todo para señalar a los que se habían
conjurado para poner fin al pontificado del argentino. El papa Francisco diría, en
septiembre de 2021, a la revista jesuita La Civiltà Cattolica, aquella frase inesperada
que certificaba las traiciones que se diseñaban en los círculos más próximos a él. Unas
palabras que darían la vuelta al mundo y que daban testimonio de que en el Vaticano se
había generado el ambiente de final de pontificado del que hablo: «Estoy vivo todavía.
Aunque algunos me querrían muerto. Sé que incluso hubo reuniones entre prelados que
pensaban que el papa estaba más grave de lo que está. Preparaban el cónclave».
Efectivamente, la noche del mismo día del ingreso del papa en la Policlínica Gemelli
de Roma para ser intervenido, en una dependencia vaticana se celebró una cena. No fue
convocada precisamente para rezar por la salud del papa. Más bien lo contrario. Aquella
noche calurosa del domingo 4 de julio de 2021, obispos y cardenales de distintas
nacionalidades, pero todos pertenecientes al sector curial más beligerante contra el
pontífice argentino, se reunieron sin esconderse demasiado, un encuentro que habían
improvisado pocas horas antes. Intramuros, algunos calificaron esa reunión para
conspirar mientras el papa era intervenido como «la cena de los cuervos». Revoloteaban
como aves de rapiña, esperando un desenlace fatal.
Los servicios secretos vaticanos y la Gendarmería conocen la lista de los asistentes, y
el pontífice argentino sabe el nombre del alto prelado de la Santa Sede que actuó como
organizador del ágape. He podido conocer por distintas fuentes bien contrastadas que se
trata de un personaje muy bien considerado en los ambientes tradicionalistas. Es
relativamente discreto porque, de manera muy inteligente, evita que los focos
mediáticos lo señalen, y vive en el Vaticano desde hace más de una década. En los
últimos años coopera con entusiasmo con los cardenales y obispos norteamericanos que
están diseñando un futuro para la Iglesia en las antípodas de lo que querría el papa
Francisco. Entre los asistentes a la cena había, según fuentes muy bien informadas,
cinco cardenales y también obispos, la mayoría no italianos, reconocidos desde hace
tiempo como claros enemigos del pontífice argentino.
Hay una expresión italiana que habla de la «stanza dei bottoni» («la sala de los
botones»), un término que define de manera metafórica el lugar donde el Gobierno, el
poder, decide sobre los temas y las operaciones más ocultas y delicadas. La sala, como el
centro de mando del Pentágono, está llena de monitores y botones para controlar y
activar misiles, ataques terrestres o aéreos y establecer comunicaciones. En el Vaticano
no hay ninguna sala de mando similar, pero el poder en la sombra había activado su
plan de ataque. «Circula una lista de asistentes a la cena de la conspiración, que
teóricamente se ha filtrado —me decía al cabo de unos tres meses un cardenal
latinoamericano—, pero no es del todo fiable. Quien la difundió es un monseñor con
demasiado interés en quitarse de encima a algunos rivales. Posteriormente se han
añadido y quitado nombres de la primera lista, y circulan otros menos fiables aún, por el
provecho que obviamente pueden sacar los que los han puesto en circulación. Se sabe,
eso sí, que durante la cena se habló con una seguridad absoluta de que el santo padre
estaba muy enfermo, que había que forzar su renuncia como fuera y que había que
tenerlo todo a punto para cuando se convocaran a los cardenales a la capilla Sixtina. Se
pusieron sobre la mesa los nombres de futuros papables tradicionalistas, y se activaron
grupos que trabajan de cara a un futuro cónclave desde Estados Unidos, Italia y también
España. Hay personas en la curia que participaron en la cena como invitados, y que
revelaron a familiares y amigos íntimos algunos detalles. En concreto, sobre una especie
de laboratorio de ideas que trabaja desde hace años para preparar la sucesión del santo
padre Francisco. Un centro de operaciones que tiene estrechas vinculaciones con
organizaciones y grupos neocón de Estados Unidos.» Todo esto lo iremos descubriendo.
La verdad es que no esperaba tanta sinceridad al preguntar por aquella siniestra cena, y
menos por parte de un purpurado que dice siempre muy poco. Un personaje, eso sí, que
se ha manifestado públicamente muchas veces a favor de Francisco, para disipar las
acusaciones difamatorias que debe de recibir constantemente cual sangrantes
proyectiles.
En cualquier caso, la noticia de la cena de los conspiradores, que fue muy poco
divulgada en los medios, que no supieron interpretar su alcance, reactivó a los enemigos
de Bergoglio. En un contexto en el que el papa recabó inmediatamente información a
sus servicios de seguridad, es difícil entender que no llegase ninguna noticia de esa
convocatoria a oídos del primer colaborador de Francisco. El secretario de Estado del
Vaticano, Pietro Parolin, minimizó también la importancia de la reunión:
«Probablemente —dijo—, el santo padre tiene información de la que yo carezco, creo
que es una cuestión de unos cuantos, de algunos a los que quizá se les han metido esas
cosas en la cabeza. No he recibido información sobre este tema».
He conseguido averiguar que después de aquella cena, que, por cierto, dicen que fue
fría y en forma de bufé, para evitar camareros indiscretos, ha habido como mínimo
hasta diciembre de 2022 al menos seis reuniones conspiratorias más, intramuros del
Vaticano. Después de la muerte de Benedicto XVI hay otras previstas durante 2023. Sin
duda, la muerte del papa emérito ha supuesto la pérdida de un referente muy valioso,
aunque sea a nivel simbólico. Muchos de estos «cuervos» ni siquiera guardan ya las
formas ni tienen ningún problema en que se los sitúe claramente en el bando de
oposición a Bergoglio. Ya ni siquiera temen las represalias. Están tan convencidos de
ganar la partida que tampoco dudan de que inmediatamente después serán
recompensados con generosidad por el nuevo pontífice.
Lo que es evidente es que el propio Francisco es consciente de que, una vez más, los
responsables de la comunicación de la Santa Sede han vuelto a fallar. Sabe que muchos
personajes importantes, de dentro y fuera del Vaticano, y los poderosos medios de
comunicación de la derecha internacional se están frotando las manos ante la
eventualidad de su muerte, o de una renuncia al estilo de la de Ratzinger en febrero de
2013. Ellos son los responsables de la difusión de los rumores más delirantes,
reproducidos incluso por los medios más prestigiosos, que optan por titulares
escandalosos por encima del rigor informativo y la investigación periodística. La «cena
de los cuervos» certifica que dentro de la muralla Leonina se conspira a fondo y se
envenena el ambiente como nunca.
«El papa tiene mucha confianza y no lo parará nadie. Cuando he hablado con él
últimamente —me dice la monja de origen argentino sor Lucía Caram en noviembre de
2022—, ha tenido muy claro que de renunciar nada de nada. Yo le dije que por qué no se
opera de la rodilla, y me contestó que ya estaba bien. La Iglesia, me diría Bergoglio, se
lleva con el cerebro, y el día que yo vea que esto no funciona, renunciaré. Por favor,
decídmelo, cuando el cerebro ya no me funcione.» Sor Lucía, que en el Vaticano es
conocida como «la monja quilombera» (la que arma jaleo, de acuerdo con esa expresión
argentina), lucha desde hace años por una Iglesia abierta y solidaria con la gente que lo
necesita. Lo hace desde su convento en la localidad catalana de Manresa, donde ha
creado una importante red de acogida de personas marginadas, tanto del país como
inmigrantes y refugiados. Utiliza su carisma en entrevistas en programas de todo tipo en
televisión; la popularidad le ha permitido llegar a empresarios y fundaciones que
colaboran aportando medios económicos y materiales a sus proyectos. Iremos
conociendo a lo largo del libro su opinión en algunos apartados.
Si bien sor Lucía visita esporádicamente a Bergoglio en el Vaticano, quien se puede
considerar un gran amigo del papa Francisco es Juan Carlos Cruz. Se trata de un chileno
que sufrió graves abusos por parte del sacerdote Karadima en su país y que se ha
convertido en el activista más conocido y perseverante en todo el mundo de las víctimas
de los pedófilos en la Iglesia. Comparte horas y horas con el papa, que le profesa un gran
cariño. Francisco se ganó su confianza después de muchos recelos iniciales. Ahora actúa
como asesor personal del pontífice. Un título oficioso, pero que demuestra la enorme
confianza mutua que se profesan. Más adelante tendremos oportunidad de conocer
mejor a Juanca, como lo llaman sus amigos y también Bergoglio. A través de él
descubriremos la vertiente más íntima y personal del pontífice argentino. Recogemos
aquí lo que nos revelaría que le dijo el pontífice, en agosto de 2021, sobre su salud. Hacía
poco más de un mes que le habían operado del colon. «Cuando nos reunimos como
siempre en Santa Marta, pero no en el salón donde recibe a la mayoría de la gente, sino
como siempre hacemos, en el pequeño despacho que hay al lado de su alcoba, me dijo:
“Mira, Juanca, contigo no tengo protocolo, y ya me perdonarás si me tengo que levantar
a menudo para ir al baño”. Me explicó toda la operación que le habían hecho. Le gustan
esas cosas. Me contó que le habían abierto por aquí, que le quitaron esto o lo otro. Se
sabía todos los detalles. No tiene ningún tumor cancerígeno. Ni uno. En relación con la
rodilla, cuando he hablado más recientemente con él dice que la tiene bien. Le he
recomendado que se opere, que le pueden poner epidural, en lugar de anestesia general,
que no quiere. Me dijo que prefería las infiltraciones y la cortisona. Ahora anda con un
bastón y las actividades más cansadas las hace con silla de ruedas. Otra cosa que le pedí
es: “Santo padre, diga que no renunciará”. Y me contestó si estaba loco. “No
renunciaré”, me repitió, y me dijo que no me preocupase en absoluto. En el mes de
agosto (de 2022), cuando estuve con él otra vez, me reiteró, como me ha dicho muchas
veces, que me quiere como a un hijo, y yo siempre quiero expresarle que le quiero como
a un padre.»
Más adelante, cuando hablemos de cómo las fuerzas de la ultraderecha, dentro y fuera
de la Iglesia, organizan estrategias de fake news y complots para «eliminar al papa
anticatólico y destructor de nuestra civilización», veremos más detalles sobre la
renuncia que esperan obtener. En Roma, Roberto de Mattei, una figura destacada de los
círculos católicos conservadores de Italia, proclamó en 2022: «El pontificado de
Francisco se ha terminado. No desde el punto de vista cronológico (no sé si será mañana
o tardaremos aún), sino desde el punto de vista lógico… Este año podría ser decisivo».
3
«Ningún papa se había creado tantos enemigos como Bergoglio», me comentaba una
tarde en el bar de la Stampa Estera de Roma un compañero corresponsal de un
prestigioso periódico británico. «Tan querido como es por mucha gente que esperaba un
pontífice como él desde hace muchos años, y tan odiado al mismo tiempo por los que
viven con la obsesión de que quiere destruir la Iglesia. Una señal que certifica que quizá
no lo esté haciendo tan mal como dicen. Está removiendo cosas que deben ser
distintas.» Con un generoso vaso de whisky de malta delante, Stephan reflexiona así
entre el guirigay de este club de la prensa internacional situado a dos minutos a pie de la
Fontana di Trevi. Un lugar cálido y agradable, y en cualquier caso siempre interesante,
donde trabajan muchos corresponsales sobre todo de prensa. He intentado frecuentarlo
con asiduidad. Allí, comiendo o tomando una copa, he pasado ratos magníficos con
veteranos colegas periodistas de todo el mundo, de los que siempre se aprenden cosas.
Cuando hablamos de «enemigos del papa Francisco» hay que ir con mucho cuidado,
pues existe todo un sector muy amplio de gentes que no se pueden calificar como tales
por una razón fundamental: no maniobran contra el pontífice. Son sencillamente
católicos laicos o religiosos que tienen pánico a los cambios. Se trata de personas
indecisas, temerosas, que o bien no entienden el espíritu de las reformas que chocan con
su forma tradicional de contemplar y vivir el catolicismo, o bien navegan en un mar de
dudas. Cuesta poco que los más radicales y chillones los convenzan para que formen
parte de sus filas. De todos modos, estos supuestos neutrales y equidistantes sí que
conforman una mayoría silenciosa en todo el mundo. El peligro que esconden es que son
carne de cañón, extremadamente manipulables. Quizá no darán nunca un solo paso
para hacer caer al argentino, pero verían con buenos ojos el fin del pontificado de
Bergoglio.
En una entrevista que le hice, el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y
presidente de la Conferencia Episcopal Española, a mediados de octubre de 2022,
hablando de las críticas al papa actual, quiso relativizar el asedio que vive Francisco:
«Yo ya tengo una edad y he vivido siete papas. Todos han sufrido ataques. Yo no tengo el
termómetro para saber si el papa actual ha sufrido más o no. Juan Pablo II también fue
muy atacado, que si era conservador… A él lo salvaba la doctrina social de la Iglesia,
pero también mucha gente le atacaba, y otros no. Con eso quiero decir que nos
dedicamos a atacar a todo el mundo, a los políticos, a las instituciones, a los jueces…
¿No sabemos respetar un poco a las personas? Hablando del papa Francisco, es verdad
que hay mucha gente a quien no le gusta». Cuando le pregunté qué comentaba el
pontífice al respecto cuando se veían, fue mucho más claro: «El papa siempre dice algo
que a mí me gusta mucho. Dice que esos ataques son normales, y que no hace caso de las
críticas si son despiadadas y no tienen razón. Cuando la crítica es razonada y justa, él se
corrige, y en cualquier caso, afirma que siempre reza por esa gente».
El hecho es que en la definición propiamente dicha de «enemigos del papa», en el
ámbito religioso encontramos cinco categorías de personajes. En primer lugar, los
llamados «rigoristas». Estos religiosos clericales y también laicos se consideran los
elementos que en primera línea se sienten llamados a defender la pureza doctrinal, de
acuerdo con la lectura que hacen del presente de la Iglesia, con los ojos siempre puestos
en una institución pre-Concilio Vaticano II, un acontecimiento histórico, ese concilio
convocado por Juan XXIII del que abominan y que quieren fingir que ni siquiera existió.
Se trata de un sector poco numeroso pero especialmente activo que actúa de manera
muy ruidosa en Internet y en los medios que los acogen con entusiasmo. Es gente que
siempre da la cara en defensa de la tradición, y que no busca el beneplácito de nadie.
Son utilizados y manipulados constantemente por los auténticos ideólogos que se
ocultan y traman estrategias. «En la guerra que se ha desencadenado en el Vaticano —
me dice Stephan en un italiano lleno de expresiones británicas— hay mucha oscuridad.
Los que conocemos los periodistas son solo aquellos que no se ocultan. En realidad, los
que viven emboscados serían los más peligrosos.»
El segundo grupo estaría formado por laicos integrados o simpatizantes de grupos
organizados y personajes de la ultraderecha internacional. Individuos y formaciones
fundamentalistas cristianas (no solo católicas) que cuentan cada vez más con un amplio
apoyo popular. Individuos y formaciones que son supremacistas de la raza blanca,
negacionistas del cambio climático y del covid, xenófobos, racistas, machistas y
homófobos… Gente que ve en el papa Francisco un enemigo potencial que hay que
abatir, y que si bien se proclaman tradicionalistas, abominan sobre todo de Bergoglio
por las proclamas que hace sobre la inmigración, el islam, los colectivos LGTB, los
derechos de las mujeres, contra la pena de muerte, los abusos del capitalismo y las
advertencias sobre el cambio climático. No entienden demasiado de religión, y, en ese
sentido, sus argumentos no son nunca teológicos.
Un tercer sector serían precisamente los altavoces que recogen todas las bombas que
les aportan los rigoristas, los grupos y líderes neofascistas, pero también los teólogos y
los estrategas más ocultos y de alto nivel, que pocas veces dan la cara y se muestran en
público. Algunos medios, de manera intencionada unos, y otros por desconocimiento
(aquí podríamos incluir a muchos de prestigio y con gran renombre), no solo detonan
las cargas explosivas que reciben, sino que amplifican su alcance y su potencia.
Importantes grupos mediáticos se han convertido en los últimos años en una oficina de
propaganda destinada a acoger campañas y filtrar todo tipo de noticias y fake news con
el objetivo de manipular a su favor la opinión pública. Así, veremos más adelante cómo
trabajan la cadena Fox y los grupos «trumpistas» y fundamentalistas cristianos en
Estados Unidos. «Los medios de comunicación han representado un papel fundamental
en la promoción de determinados personajes, que, por el simple hecho de utilizar el
insulto contra Francisco, resultan más escandalosos y dan más titulares que los pocos
que actualmente defienden a Bergoglio», reflexiona Stephan.
El cuarto grupo de enemigos del papa serían los académicos y teólogos más
conservadores, capaces de argumentar con cierta solidez y a partir del conocimiento de
las Sagradas Escrituras aspectos que en el pontificado de Francisco muestran ciertas
ambigüedades, o no se ajustan del todo a aquello que consideran un principio doctrinal
inamovible y que no admite interpretaciones diferentes a las que consagra la tradición.
Ellos aportan la munición de calidad necesaria para hacer creíbles todas las campañas
contra el pontificado. El principal teólogo que representa este sector sería Gerhard
Ludwig Müller, exprefecto de la Congregación de la Fe, defenestrado por Francisco de su
importante cargo en julio de 2017. Lo conoceremos a través de una entrevista que le hice
muy recientemente. Ha llegado a decir que el mensaje de Bergoglio está lleno de
herejías. «La intelectualidad de izquierdas coincide muchas veces paradójicamente con
la de derechas en los ataques al papa —me diría Stephan mientras pedía un segundo
whisky de malta—. Los unos porque dicen que no hace las reformas previstas, y los otros
porque consideran los cambios como una amenaza sobre todo para el occidente
cristiano.»
Y aún hay un quinto y último grupo. Estaría formado por un grupo escogido de
pensadores, laicos y religiosos que, conocedores de la psicología social de masas y de las
técnicas más avanzadas, utilizan mecanismos muy poderosos para hacer que la opinión
pública actúe de una determinada manera, siempre a favor de sus intereses políticos y
económicos. Un gurú internacional todopoderoso como Steve Bannon, enemigo
declarado del papa Francisco, cuenta con dos laboratorios donde decenas de expertos en
redes sociales y medios proporcionan estrategias e ingentes medios financieros a la
ultraderecha internacional y mecanismos que son clave para articular un complot contra
Francisco, y para manipular el futuro cónclave que tendrá que elegir a su sucesor. Más
adelante nos extenderemos y explicaremos todo ese complot orquestado de una manera
muy eficaz para que nada desafine. «Mira, chico, yo cada vez estoy más convencido —
acaba Stephan— de que hay un contubernio de grandes dimensiones para que la Iglesia
no dé pasos adelante.» Sin embargo, poco a poco, a lo largo del libro, iremos viendo
cómo actúa cada grupo de enemigos declarados de Francisco, quiénes son los personajes
más destacables, las instituciones a las que representan, el pensamiento que defienden y
sus métodos de actuación. Hay un dicho italiano que, en vista de lo que ahora hablamos,
y como se ha visto a lo largo de la historia, nunca se ha cumplido: «Il papa non si
discute. Si ama, punto». («El papa no se discute. Se quiere y punto.»)
4
«Van contra Biden porque son trumpistas y no pararán hasta destruirlo con la excusa
que sea. Van contra él y quieren erosionar también al santo padre», me comentó
entonces un obispo de una de las zonas más deprimidas del país, en la cuenca del
Misisipi. En la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos del 18 de junio de
2021, ciento sesenta y ocho obispos votaron a favor, cincuenta y cinco, en contra, y seis
se abstuvieron en la aprobación de un documento que daba luz verde a que se negase la
eucaristía a los cargos públicos que favoreciesen el aborto, pero también la eutanasia y la
unión de parejas homosexuales. El documento no citaba expresamente a Joe Biden,
curiosamente, el segundo presidente católico de la historia (el primero fue J. F.
Kennedy), pero implícitamente era un ataque directo contra su figura. Biden, ferviente
católico practicante, había manifestado en diversas ocasiones y claramente estar en
contra del aborto, pero no se le ocurrió eliminar el derecho de las mujeres
norteamericanas a poder llevarlo a cabo.
El papa Francisco tuvo que intervenir directamente para evitar que se produjese un
conflicto político y diplomático. Echó la bronca en privado a los obispos
norteamericanos que habían insinuado incluso que excomulgarían al presidente
católico. En septiembre de ese mismo año, dijo públicamente que era un problema
político y no pastoral, y que, aunque «el aborto es un asesinato…, la comunión no es un
premio para los perfectos, la comunión es un don, es un regalo». Durante el debate del
polémico texto aprobado, el cardenal Joseph Tobin de Newark (Nueva Jersey) había
advertido que un documento como aquel llevaría a la Conferencia Episcopal
Norteamericana «al corazón de la tóxica lucha partidista que ha distorsionado nuestra
propia cultura política». Pocos le hicieron caso. Ya habían tomado partido.
A pesar de los llamamientos del papa, el mismo Biden o la líder demócrata y
presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, fueron humillados en algunas
parroquias de Estados Unidos por sacerdotes que les negaron la comunión. La respuesta
del pontífice, que había dicho que él jamás había negado la comunión a nadie, llegó en
junio de 2022. Fue cuando Pelosi lo visitó en el Vaticano. En una misa presidida por el
propio pontífice recibiría el sacramento de la eucaristía sin ningún problema.
Aquel documento incendiario de los prelados supuso una especie de exhortación para
que se incrementasen los ataques contra las clínicas que practicaban la interrupción del
embarazo, los médicos y el personal sanitario. También atizó la radicalidad de las
asociaciones provida, que practicaban el acoso fanático y muchas veces violento contra
las mujeres que entraban libremente en esos centros sanitarios. Finalmente, las
insoportables presiones de algunos de los sectores más conservadores, con algunos
obispos y cardenales neocón que intervinieron personalmente apelando a la conciencia
cristiana de algunos magistrados, harían posible una decisión histórica. El 24 de junio
de 2022, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos anulaba la protección del derecho
al aborto, vigente desde 1973. Quedaba en manos de cada estado decidir si se mantenía
o se prohibía. La mayoría de los jueces conservadores del alto tribunal, muchos de ellos
nombrados por el expresidente Trump, señalaban en el documento que la Constitución
no otorga ese derecho.
Estados Unidos retrocedía así cincuenta años en un derecho reconocido en la mayoría
de los países occidentales. Un peligroso antecedente que ha dado alas a la extrema
derecha europea para iniciar una batalla para que en los países occidentales se niegue
también ese derecho, que desde hace años gran parte de las sociedades modernas
consideran ya intocable. Los derechos y la misma democracia (tendríamos que
reflexionar con mucha seriedad) cuestan mucho de conseguir, y muy poco de perder.
Cuando se disfrutan, parecen inalterables y permanentes, pero nada asegura que sean
así. Hay que luchar día a día para mantener estos derechos, y también la democracia.
Cuando nos demos cuenta de que ya no los tenemos, será demasiado tarde para
recuperarlos. Las fuerzas reaccionarias no se detienen ni ahorran esfuerzos para socavar
gradualmente las libertades, y no hacemos nada para detenerlos.
Cuando hablo de las convicciones del papa Francisco en charlas y debates, siempre
muestro dos fotografías para compararlas. La visita del presidente Obama y familia al
Vaticano, con un papa Francisco sonriente y distendido, en contraste con la frialdad y la
cara de pocos amigos del argentino durante la recepción en la Santa Sede de Donald
Trump y su familia. Una imagen que, como suele ocurrir a veces, vale más que mil
palabras. Con Obama, Bergoglio sintonizaba en muchas cosas. Con Trump hubo motivos
de discordia desde el primer momento. Las políticas migratorias del presidente
norteamericano, su obsesión con el muro fronterizo con México, el unilateralismo que
imponía… provocaron sonoros enfrentamientos, acompañados de descalificaciones del
presidente. «El papa Francisco y Trump son dos figuras del todo antagónicas. Su visión
del mundo es radicalmente diferente. Trump es el ultraliberal que cree que la
humanidad debe regirse por las leyes del mercado, y que todo es válido para que sea así.
Bergoglio tiene una visión de un planeta que se tendría que proteger de la
autodestrucción por los hombres, que tendrían que aprender a vivir en libertad y justicia
social», me recalcaba en 2020 un viejo profesor de Ciencias Políticas de Harvard que
comenzaba entonces a teorizar sobre la división en la que se encontraba la sociedad
norteamericana.
El 20 de enero de 2017, el mismo día que Trump juró su cargo como presidente de
Estados Unidos, el papa Francisco hizo una dura advertencia sobre el aumento del
populismo en el mundo, y el peligro de los supuestos «salvadores» que abren paso a
dictadores como Hitler. Nos quedamos con una frase de Trump de febrero de 2016,
durante la campaña que lo llevaría a ser nombrado candidato republicano a la Casa
Blanca: «Cuando el Vaticano sea atacado por el Estado Islámico, os aseguro que el papa
habría deseado y rezado para que Donald Trump fuese presidente, porque entonces no
habría pasado».
En Estados Unidos siempre he descubierto, tanto en los viajes como periodista como en
aquellos que he hecho como turista, a personajes estrambóticos de todo tipo. Gente
sencilla con ideas delirantes, así como también magnates que con sus fortunas son
capaces de invertir en cualquier cosa o intentar comprarlo todo. Si pensamos que con el
patrimonio que tiene el fundador de Microsoft, Bill Gates, podría comprar Bolivia, El
Salvador y Honduras juntos, lo entenderemos todo. Siempre me ha fascinado la historia
del millonario Robert P. McCulloch, que en 1968 adquirió el puente de Londres por dos
millones y medio de libras esterlinas. El puente fue desmantelado y los bloques
numerados, y luego lo embarcaron para América. Habría pagado por ver la cara que se
le quedó al potentado cuando, una vez montado en el desierto de Mojave, en Arizona,
sobre un lago artificial que hizo construir, se dio cuenta de que no era el puente que él
pensaba haber comprado. Acusó incluso al Ayuntamiento de Londres de estafa. El muy
incauto había adquirido el anodino y feote London Bridge, y no, como él creía, el Tower
Bridge, que Londres jamás venderá, porque es un símbolo de la ciudad.
El excéntrico multimillonario del que quiero hablar aquí es Tom Monaghan,
propietario de la empresa Domino’s Pizza, conocida mundialmente. Monaghan tuvo una
idea estrambótica que resultó muy polémica en Estados Unidos: declaró que todo había
empezado con «una revelación de la Divina Providencia». Tenía que crear una ciudad
basada en los diez mandamientos, una utopía católica donde, según anunció, no
tendrían cabida la planificación familiar, los anticonceptivos ni la pornografía. Su sueño
se acabó haciendo realidad en 2007. Al cabo de tres años de experiencia mística, se
inauguraba la ciudad llamada Ave María, en medio de un pantano de Florida aislado de
todo, junto a los Everglades. Una comunidad ultracatólica donde todo el mundo tenía
que vivir bajo los principios más estrictos de la ley de Dios. Todo es posible en Estados
Unidos, con millones de dólares en la cuenta corriente.
Un reportero de la BBC británica visitó aquella población en 2016 para ver cómo
funcionaba la fantasía del empresario «pizzero». Se encontró con la sorpresa de que
muchos de los primeros habitantes de Ave María, que nueve años antes se habían
trasladado ilusionados a aquel «paraíso del catolicismo», habían abandonado la ciudad.
Curiosamente, se fueron porque la ciudad no era lo bastante estricta en el cumplimiento
de las reglas que emanan de los Evangelios. En el reportaje se muestran imágenes de la
iglesia original, de forma ojival y estructura de acero, que domina la población, y
entrevistan a algunos de sus habitantes. Los vecinos de aquella insólita comunidad
hablaban de seis misas diarias en el oratorio, de que las calles tienen todas nombres de
santos, pero también de que las conductas anticatólicas no están prohibidas del todo. De
hecho, cuando Monaghan anunció la obligatoriedad de las normas religiosas, estalló la
polémica. La idea era anticonstitucional, de modo que se tuvo que retractar. Hoy en día,
el magnate no es más que un pequeño accionista de su proyecto original, que adquirió
una inmobiliaria. En 2022, Ave María es sobre todo una curiosidad, una localidad en
expansión y de unos seis mil habitantes, principalmente gracias a su universidad y al
entorno de jardines, parques naturales y servicios de ocio deportivo que ofrece. Farras
estudiantiles no hay, y sigue imperando el catolicismo, pero la utopía del magnate no ha
acabado de cuajar. Por cierto: en Ave María no busquéis ni un solo establecimiento de
Domino’s Pizza.
Las donaciones a la Iglesia católica procedentes de ricos empresarios norteamericanos
en 2012, antes de la llegada del papa Francisco, representaban un treinta por ciento del
total. Ahora, en 2023, han bajado de manera sustancial, y la tendencia del principal
financiador de las arcas vaticanas ha ido a la baja. El pontífice argentino no ha gustado
nunca a los potentados católicos, ni tampoco a una gran mayoría de norteamericanos.
No ven con buenos ojos los ataques de Bergoglio al sistema capitalista especulador.
Sencillamente, no lo entienden. Lo interpretan como una amenaza a su modelo de vida.
Una bomba, procedente del Vaticano, contra la «democracia liberal» que han jurado
defender. La mayoría de estos multimillonarios de pensamiento, que se sentían
cómodos con los papas Wojtyla y Ratzinger, se han acabado perfilando como enemigos
acérrimos de Bergoglio. Ellos han colaborado generosamente con sus fortunas a afrontar
el pago de las cuantiosas indemnizaciones que tuvieron que abonar las diócesis
norteamericanas a las víctimas de abusos sexuales. Este sería el inconfesable motivo de
que la mayoría del episcopado de Estados Unidos acepte de buen grado defender las
medidas que les imponen estos peces gordos, en sintonía con su pensamiento
radicalmente conservador.
A lo largo de los años, los potentados católicos han ido creando por todo el país una
red grandiosa de instituciones dedicadas a la enseñanza, a unir fe, patria y libre mercado
y practicar, a base de lobbies, una influencia notable en la Administración y en la
sociedad. Aunque todavía parece que la mayoría de los católicos norteamericanos, sobre
todo los que pertenecen a una clase media acomodada y mínimamente ilustrada, siguen
dando apoyo al papa Francisco, es evidente que cada vez hay más millones de laicos
católicos movilizados en todo el país por la causa patriótica, el liberalismo económico y
el catolicismo más integrista. Todo mezclado constituye un cóctel muy explosivo.
Para poner un ejemplo, en 2015 el Instituto de Sondeos de Estados Unidos, Pew
Research Center, publicaba unos datos que reflejan la división partidista de los católicos
ante la pregunta que se les hacía sobre el calentamiento global del planeta. El papa
Francisco ha dejado claro en la encíclica Laudato si’ que esta lucha tiene que ser una
prioridad, pues se pone en peligro «la casa común de la humanidad». Para Bergoglio, el
consumismo y el capitalismo salvaje son los responsables de la degradación de nuestro
hábitat natural. Pues bien: solo un cincuenta por ciento de los católicos republicanos
considera que hay pruebas científicas de que la temperatura de la Tierra está
aumentando. El porcentaje entre los católicos demócratas era del ochenta por ciento.
También solo una cuarta parte de los católicos republicanos creen que el hombre tiene
algo que ver en el cambio climático, mientras que un sesenta por ciento de los católicos
demócratas tienen muy claro que es así. El presidente Trump, que durante su mandato
no paró de hacer declaraciones negacionistas, destruyó toda la política medioambiental
proyectada por su predecesor, Barack Obama. También se retiró de todos los acuerdos
internacionales que limitaban la emisión de gases de efecto invernadero y reabrió las
minas de carbón que Obama había hecho cerrar. La Administración del presidente
Biden ha vuelto a los foros internacionales y ha proclamado que estamos ante «una
crisis que exige esfuerzos compartidos». Como vemos, no todo el mundo lo considera
así. Trump sigue recogiendo elogios cuando insiste en minimizar el riesgo de cambio
climático de nuestro planeta, y tiene una legión de seguidores que aplauden todo lo que
dice sin cuestionarse absolutamente nada más. El cincuenta por ciento de los católicos
norteamericanos votaron al magnate populista en las elecciones presidenciales de
noviembre de 2020. Como ya hemos apuntado, un hecho que a primera vista podía
parecer trascendente, que Biden sea un católico practicante, no tuvo demasiada
relevancia entre los cincuenta y un millones de católicos norteamericanos.
Un ejemplo de cómo funciona la extraordinaria variedad de la nebulosa de grupos
fundamentalistas católicos norteamericanos lo encontramos al observar diversos casos
en el país. Pueden provocar estupefacción y algunos incluso hilaridad en la sociedad
europea, pero hay que recordar que forman parte del ADN de la tradición cultural y
social de una sociedad, la de Estados Unidos, que tiende al individualismo, sin olvidar
los fuertes vínculos de comunidad. Así, la mayoría de los norteamericanos sienten la
necesidad de formar parte de clubes, asociaciones y fundaciones que imponen reglas y
un modelo de vida por seguir, en medio de la confusión de un mundo desorientado y sin
valores tangibles a los que agarrarse. Lo necesitan para sentirse seguros, por la
necesidad humana de pertenencia a un grupo que inculca valores y que ofrece pautas de
comportamiento en las cuales refugiarse.
Un buen vino ayuda a digerir muchas cosas. En Estados Unidos, la cultura del vino
pertenece sobre todo a las élites. ¡Ah, y el champán francés! Lo que suele pasar es que el
supuesto champán que sirven en los restaurantes se llama Codorníu o Freixenet, cavas
hechos en Cataluña. Lo pude comprobar hace unos años en California, donde una
familia me obsequió con una buena cena en un lujoso restaurante de un club náutico de
San Francisco. Eran potentados con yate propio, y pidieron el «champán» que
anunciaba la carta. Nos sirvieron un Cordón Negro Freixenet. Pero la cosa no acabó ahí.
Mis anfitriones pidieron acto seguido un azucarero que prácticamente vaciarían en las
copas. A la mayoría de los norteamericanos todo les gusta edulcorado, como la Coca-
Cola. Pero no nos perdamos y hablemos de una convención ultraconservadora regada
con buen vino.
El 30 de julio de 2021, en el hotel Meritage Resort y Spa de Napa, California, se
reunieron unas ochocientas personas durante tres días, convocadas por el Napa
Institute, en el marco de su conferencia anual de verano. Esta organización, fundada en
2010 por el abogado católico conservador y empresario californiano Tim Busch, acoge a
un selecto número de reputados ciudadanos, muchos de ellos empresarios de prestigio o
líderes sociales de sus comunidades. Todos ellos frecuentan las actividades destinadas a
defender el ultraliberalismo económico en el marco del catolicismo más tradicional.
Situados en la zona vitivinícola por excelencia de Estados Unidos, el valle de Napa, en
todos los actos se sirven copas de vino de las diversas bodegas que colaboran
estrechamente con la organización. El año 2022 tampoco faltó el buen vino para abordar
el tema central del encuentro: el aborto y la prohibición dictada por el Tribunal
Supremo de Estados Unidos, solo unas semanas antes, el 24 de junio. Todo el mundo
coincidió en considerar la decisión judicial como histórica, y celebrarla de manera
entusiasta.
En un programa donde la misa diaria y la plegaria ocupaban, como es habitual, un
lugar fundamental, se organizaron conferencias y debates con la intervención de
ponentes, todos ellos implicados personalmente en «la salvaguarda de la civilización
cristiana». A última hora de la tarde de la jornada inaugural, un grupo de manifestantes
progresistas interrumpió el discurso que pronunciaba en la convención el abogado
William Barr. La protesta quedó ahogada por los participantes con sus rezos y el canto
de la Salve Regina. Cuando el que fue fiscal general de Estados Unidos durante las
Administraciones de George Bush padre y Donald Trump pudo continuar su
intervención, dio las gracias a los presentes. Dijo que se sentía como en casa, donde los
rezos ahogan los gritos de los infieles. Barr es católico practicante y está vinculado a
grupos antiaborto. Puso todas las trabas posibles a la investigación sobre la injerencia
rusa en la campaña electoral de Trump, que llevó a la presidencia al republicano
después de practicar la «guerra sucia» contra su rival demócrata, Hillary Clinton.
También trabajó para restringir el derecho de asilo. En un giro inesperado, reconoció
que se había alejado de Trump a raíz de la insistencia obsesiva del presidente en calificar
de fraude la derrota electoral de 2020 que llevaría a Joe Biden a la presidencia.
Barr argumentaría en su discurso del foro del Napa Institute que el derecho a la
intimidad de la mujer «no se puede extender al aborto». Otros ponentes eran activistas,
académicos y también religiosos, que atacaron la «ideología de género», la teoría crítica
de la raza, la inmigración y «la deriva de la Iglesia hacia posiciones contrarias a nuestra
fe», entre otros temas muy presentes en los medios conservadores.
«Es curioso —me dice Juan Carlos Cruz, un buen amigo y asesor del papa Francisco
que vive en Washington— observar como todas estas organizaciones de descerebrados
católicos en Estados Unidos buscan un mundo que solo privilegia a algunos. Es
horroroso ver a los católicos por Trump, a los obispos por Trump. Hablan, por ejemplo,
del derecho a la vida, que para ellos solamente es el tema del aborto. Cuando hablan de
reivindicar la vida no se refieren nunca al asunto de la pena de muerte, de los
inmigrantes que mueren… Otro ejemplo es que plantean la comunidad LGTB como un
peligro. Dirigen el odio contra ellos con teorías conspirativas que quieren hacer creer
que todos los gais intentan hacer adeptos. Es espantoso. En mi barrio, que es un buen
barrio de Washington y muy diverso, con gais, negros, asiáticos y gente de todo el
mundo, una maravilla de convivencia hasta hace poco, ya ha habido cuatro ataques a
gente LGTBI que han acabado en el hospital. Lo nunca visto.»
En la conferencia de finales de septiembre de 2018, algunos presentadores de los
actos del Napa Institute habían sugerido que la Iglesia católica, en los últimos años,
había perdido «su vigor espiritual al acomodarse al mundo secular». Diversos ponentes
citaron a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI como ejemplos de excelentes
pontificados. Del papa Francisco hablaron poco, pero recibió algunas furibundas
desaprobaciones por parte de ciertos asistentes. En aquel encuentro participaron el
cardenal Gerhard Müller, antiguo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe,
un invitado «de lujo» habitual en estos círculos, que nunca desilusiona a sus anfitriones.
También estaban presentes el arzobispo Samuel Aquila de Denver, Colorado, y el obispo
Roberto Morlino de Madison, Wisconsin.
El organizador y director del Napa Institute, Jim Busch, había hecho en 2016 una
donación de quince millones de dólares a la Escuela de Negocios de la Universidad
Católica de América, la más grande de la historia de aquel centro docente. Trabajar para
que se formen empresarios católicos con una mentalidad ultraconservadora preocupa a
Busch, y mucho. En 2018, muchos de los asistentes al encuentro de verano exigieron
que la Iglesia adoptase prácticas comerciales estándar, inversiones serias y sin
corruptelas. «Si no toleramos esto en nuestros propios negocios, no lo podemos tolerar
en nuestra Iglesia», diría Busch en la reunión. Sobre el cáncer de la pederastia, añadió:
«Es necesario que cese el abuso sexual del clero. Y nosotros, los laicos, lo pararemos. Y
lo haremos independientemente de lo que diga el derecho civil y canónico». Busch es
también muy amigo de uno de los principales enemigos del papa Francisco, el arzobispo
Carlo Maria Viganò, de quien ya hemos hablado, a quien describe como «un hombre
honrado». A lo largo de la trayectoria de la institución han participado en actos
organizados por ella personajes como Robert Grange, uno de los principales
intelectuales conservadores del país, el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de
Viena, o el cardenal William Levada, exprefecto de la Congregación de la Fe. Han
organizado actos en Washington, Roma y Viena, y peregrinajes al Vaticano, a Tierra
Santa y a Fátima.
Pero ¿quién financia a todos estos grupos? Acabamos de hablar de Busch y del
fundador de Domino’s Pizza, pero no olvidemos tampoco al banquero y empresario
Frank Hanna, que ha sido definido como uno de los principales filántropos del
catolicismo conservador en Estados Unidos. Ha ayudado a iniciar y financiar en Atlanta,
Georgia, dos escuelas, la Holy Spirit Preparatory School (Escuela Preparatoria Espíritu
Santo) y el Holy Spirit College (Universidad Espíritu Santo), reconocidas como dos de
las mejores escuelas de secundaria católicas del país. Es caballero de la Orden de Malta,
de la Orden del Santo Sepulcro, y fue nombrado por Benedicto XVI caballero de la
Orden de San Gregorio el Grande. En 2007, el papa Ratzinger lo premió por haber
entregado a la Biblioteca Apostólica Vaticana unos incunables de gran valor histórico y
religioso. La fundación que preside Hanna, Solidarity Association (Fundación
Solidaridad), compró dos de los llamados «papiros Bodmer», encontrados en un
monasterio en Egipto en 1952, por una cuantiosa cifra que no se ha revelado. Contienen
los fragmentos escritos más antiguos del Evangelio de san Lucas y del Evangelio de san
Juan, así como el padrenuestro más ancestral.
Cabe destacar que en el currículo del filántropo Hanna no se explica que colabora con
donaciones importantes a Red Hat Report, el informe que, como explicaremos más
adelante cuando descubramos el meollo del complot pos-Francisco, pretende manipular
el próximo cónclave. Hanna también hace efectivas cuantiosas ayudas económicas a
otros proyectos y grupos ultraconservadores a través de su fundación y su empresa
Hanna Capital. Solidarity Association fue creada en 2003 con el objetivo de ayudar,
según han dicho ellos mismos, en «misiones críticas de la Iglesia donde los otros pueden
no estar equipados». Un eufemismo que esconde, según he podido comprobar, muchos
proyectos destinados a preservar el tradicionalismo más rancio que intenta combatir el
papa Francisco.
Hanna también es miembro de la junta directiva del Acton Institute, quizá la
institución ultraconservadora norteamericana más activa y conocida
internacionalmente. Se trata de otro think tank (laboratorio de ideas y presión) con base
en Grand Rapids, Míchigan, que también cuenta con oficina en Roma. Su objetivo oficial
es «promover una sociedad libre y virtuosa caracterizada por la libertad individual y que
se ha de sostener en los principios religiosos». Se dedican a la formación y a la
publicación de numerosas revistas sobre liderazgo económico y empresarial, finanzas y
cristianismo. Para definirlo con claridad, se trata de un instituto que promociona el
capitalismo, la derecha política republicana y la sociedad más inmovilista, siempre en el
marco de la tradición y la moral judeocristiana. Acton, incluido por la Universidad de
Pensilvania entre las cincuenta organizaciones más influyentes de Estados Unidos, fue
creado en 1990 por el sacerdote católico Robert A. Sirico, que había dejado a un lado sus
planteamientos juveniles de izquierdas para abrazar los postulados de la derecha más
conservadora, y Kris Alan Mauren, el director ejecutivo del instituto.
Una organización muy peculiar es Knights of Columbus (Los Caballeros de Colón),
que creó en 1882 el sacerdote católico norteamericano Michael Joseph McGivney,
beatificado por el papa Francisco en octubre de 2020. Funciona como una especie de
sociedad fraternal de tipo secreto, formada por unos dos millones de católicos
acreditados en todo el mundo. Se ha extendido sobre todo a Canadá, Latinoamérica,
Filipinas y Polonia. Hacen obras de caridad e importantes donaciones a las causas y
organizaciones más reaccionarias, una circunstancia que hace que sea conocida como
«el brazo derecho de la Iglesia». También ayudaron al Vaticano en la época de Juan
Pablo II (su pontífice favorito) a adquirir equipo técnico más moderno, necesario para el
funcionamiento de la radio y la televisión vaticanas. Su importante capital, valorado en
unos cien mil millones de dólares, proviene de la compañía de seguros que gestionan, y
que les permite contar con recursos de los que no puede disponer ninguna otra de las
instituciones citadas. Sí, hacen obras de caridad, ayudan a comunidades y parroquias
pobres, restauran antigüedades y subvencionan muchas obras sociales, pero también
financian laboratorios de ideas y medios de comunicación que se pueden calificar como
reaccionarios. Cada año, además, hacen una aportación millonaria a la Conferencia
Episcopal Norteamericana. Esta «limosna» les permite acceder, influir y si hace falta
imponer normas y pronunciamientos en los niveles más altos de la toma de decisiones
de la Administración y la Iglesia.
Legatus es otra institución, formada en este caso por abogados y juristas católicos que
se definen como «embajadores de Cristo para los mercados financieros». Entre sus
cinco mil miembros cuenta también, como todas las organizaciones que hemos citado,
con destacables hombres de negocios y personalidades del mundo financiero, todos
también «católicos de pedigrí». En febrero de 2023 tenían prevista su convención anual
en un lujoso hotel de Orlando, Florida, con un programa dedicado esta vez al estudio de
las señales y milagros que la fe católica proyecta en el siglo XXI. El cardenal
norteamericano Raymond Burke, considerado el peor enemigo del papa Francisco en el
Vaticano, ha afirmado que «Legatus ayuda a los líderes católicos en diversas áreas a que
su fe católica sea su guía en cualquier actividad en la que estén involucrados. Reúne a los
buenos católicos para animarse y ayudarse los unos a los otros».
Un caso especial es el de George Weigel, el fundador en 1976 de Ethics and Public
Policy Center (Centro para la Ética y la Política Pública). Se trata de una institución
privada que, según proclaman ellos mismos a través de su web oficial, es «el principal
instituto de Washington D. C. que trabaja para aplicar la riqueza de la tradición
judeocristiana a las cuestiones contemporáneas de derecho, cultura y política, a la
búsqueda de la renovación cívica y cultural de Estados Unidos». En resumen, un think
tank ultraconservador, que cuenta con figuras destacadas de ese sector, como el mismo
Weigel, considerado uno de los principales intelectuales del país y uno de los pensadores
católicos conservadores con más reputación internacional. Weigel critica el mundo
convulso de hoy en día, la crisis de la sociedad occidental por el papel destacable e
influyente de Rusia, de China y del yihadismo islámico, que forman parte de las
dificultades políticas. Para él, el pontificado no ha de dar soluciones políticas, sino
morales y espirituales. Así lo expresó en noviembre de 2021 en una conferencia que
llevaba un título explícito: «El papa que todos necesitamos: el papado y la crisis de
Occidente». Un enunciado que ya da a entender su malestar con el pontificado de
Francisco. Es importante conocer el argumentario de ese intelectual convertido en gurú
del pensamiento más reaccionario. «Estamos —dijo— en una cultura que distorsiona la
realidad y la falsifica. Convierte a los políticos en autodestructivos. El capital moral y
espiritual ha quedado desplazado por fuerzas culturales que identifican el progreso con
la satisfacción de todos nuestros deseos…, sin tener en cuenta la necesaria renovación
espiritual y moral.» Weigel cree que el pontificado de Bergoglio no está dando respuesta
a este desafío. Si la Iglesia se convierte en una ONG, concluye, no sirve para nada. «El
agnosticismo de la posmodernidad modela a su aire a la humanidad con la ideología de
género, que niega lo más elemental de la condición humana, la condición genética del
hombre y de la mujer.» «El mundo —apunta Weigel— necesita un papa que proclame la
visión de las raíces bíblicas, de la posibilidad humana…, del misterio del amor de Dios.
El mundo necesita un pontificado que enseñe un ejercicio de libertad ante la crisis
cultural y espiritual de Occidente, no una noción infantil de libertad. El papa no puede
tener relaciones políticas con regímenes autoritarios y totalitarios porque ese juego solo
beneficia a los tiranos, y mina la credibilidad evangélica y moral de la Iglesia y del
pontificado. Ha de ser la voz de los que no tienen voz en las prisiones de Cuba y
Nicaragua. La voz de los que son brutalizados en los campos de concentración de
Xinjiang y de los que están sometidos a la penuria de Venezuela.»
¿Y el papa Francisco qué dice de todo esto? Es consciente del alcance, la influencia y el
poder de estos grupos y fundaciones. Está convencido de que la mayoría de los obispos
católicos norteamericanos y un nutrido grupo de cardenales viven muy bien asociados a
estos movimientos ultraconservadores, llenos de potentados preocupados sobre todo
por sus negocios, que ven en peligro si prolifera una visión social y justa del mundo, una
política verde no contaminante… En privado, ha dicho muchas veces que algunos
parecen comprados, y que se ven obligados a actuar como les marcan sus mentores. Los
que los patrocinan financian de manera muy generosa sus gastos, y los invitan a todo
tipo de foros, congresos, convenciones, fiestas y saraos diversos. Todos esos
movimientos laicos, organizados en torno a instituciones muy características de la
peculiar cultura norteamericana, se han extendido como una mancha de aceite, con
procedimientos e ideas similares, en Latinoamérica y otras latitudes como Europa,
Australia y el continente asiático. Buscan, ya lo hemos dicho, conciliar la economía de
libre mercado con la enseñanza y la doctrina católica de siempre… Quieren «salvar el
mundo», con la moral y el mensaje cristiano más tradicional. Como consecuencia, en el
fondo, cada vez queda más claro que priorizan sus intereses fundamentalmente
económicos. El combate que han iniciado no es teológico, ni siquiera espiritual. Una
Iglesia con un discurso ecológico y a favor de la justicia social hace peligrar el sistema de
intereses financieros y privados. No se detendrán hasta vencer. Tienen todos los
recursos económicos para hacerlo y disponen de potentes altavoces para difundir su
mensaje.
Hay pruebas perceptibles de que el papa Francisco ha sido manipulado y utilizado por
todo el mundo en el conflicto iniciado por Rusia con la sangrante invasión de Ucrania, el
24 de febrero de 2022. No hay duda de que Bergoglio ha intentado mediar, mantenerse
equidistante, condenar las violaciones a los derechos humanos en el conflicto y hacer
equilibrios difíciles y movimientos complejos. No ha tenido éxito.
El papa empezó su insistente intervención sobre la crisis entre Rusia y Ucrania con un
gesto sorprendente. Rompió todas las reglas de la diplomacia internacional
presentándose, sin aviso previo, al día siguiente de la intervención militar, en la puerta
de la Embajada rusa ante la Santa Sede. El encuentro con el embajador duró
escasamente treinta minutos. Aunque eran antiguos conocidos, el embajador
Aleksander Avdeev no aceptó ningún requerimiento de Bergoglio para que Vladímir
Putin cesara la agresión contra Ucrania. El argentino, a pesar de todos estos reveses,
siempre ha dicho: «Estoy dispuesto a hacer todo lo que se pueda hacer». Es consciente
de que aquella guerra puede derivar en un conflicto bélico de alcance planetario.
Llegados a este punto hay que advertir de que, a pesar de la prudencia diplomática, el
pontífice tiene muy claro quién es el agresor y quiénes son los agredidos.
La reacción a estos intentos de mediación, internacionalmente, ha hecho tambalear la
diplomacia vaticana. En Estados Unidos se ha visto como una traición a la causa
occidental. Al mismo tiempo, Rusia contempla al pontífice como un enemigo de
Vladímir Putin y sus sueños imperialistas. En paralelo, también muchos católicos
ucranianos han quedado decepcionados por las críticas de Francisco al asesinato de
Daria Duguina, la hija de Aleksander Dugin, ideólogo ultranacionalista de Putin; un
crimen que todo apunta a que fue ordenado por las autoridades de Kiev.
A todo lo que hemos dicho hay que sumar que en Occidente no han caído nada bien
las justificadas reflexiones de Francisco, que criticó el expansionismo de la Unión
Europea y la OTAN (que hicieron irresponsables promesas a Ucrania) como una de las
causas principales del estallido del conflicto. Todos los pueblos, por supuesto también
Ucrania, tienen todo el derecho del mundo a construir su propio destino, pero no hay
que olvidar que el mundo actual se sostiene de una manera muy frágil a partir de la clara
división establecida después de la Guerra Fría. La injustificable y despiadada invasión
propiciada por Putin no nos tiene que tapar los ojos para poder ver esta realidad dura y
cruel sin ningún género de dudas. Las áreas de influencia territorial de las tres grandes
superpotencias, Estados Unidos, Rusia y China, son las que son. Mantienen una pax
romana y una estabilidad en función de este delicado equilibrio. Si se rompe, como ha
pasado ahora de una manera bastante irresponsable, todo el mundo cae en el peligro de
una guerra que con el uso de las armas nucleares podría significar la desaparición de la
humanidad.
Bergoglio ha dicho en diversas ocasiones en los últimos meses que ya estamos
inmersos en una Tercera Guerra Mundial. Ha criticado enérgicamente la amenaza de
Putin de apretar el botón nuclear. El presidente norteamericano Joe Biden dijo el 6 de
octubre de 2022 que Putin no está «bromeando cuando habla del uso de armas
nucleares tácticas, o de armas biológicas o químicas». «No nos hemos enfrentado a la
posibilidad de un armagedón desde Kennedy y la crisis de los misiles cubanos», añadió.
El papa y la Santa Sede se equivocaron confiando por encima de todo en la ayuda de
Kirill, el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa, para poder reconducir la fuerte crisis que
tiene como escenario bélico Ucrania, pero que forma parte de un complejo tablero de
ajedrez internacional. El eminente filósofo y teólogo rumano Wilhem Danca me aclaró
muchos conceptos sobre el papel de la religión en la guerra de Ucrania. «El santo padre
no lo ha conseguido entre otros motivos porque está hablando con una Iglesia ortodoxa
rusa que coincide con los proyectos del Estado. Su modelo de Iglesia es muy distinto al
nuestro. Estamos hablando de una Iglesia-Estado, tanto en Rusia como en Ucrania, que
se utiliza como arma ideológica. El modelo de Putin y Kirill reivindica la santa Rusia que
une territorio, lengua, nacionalismo y religión.»
Bergoglio confiaba en que Kirill, como líder religioso, denunciase la violencia de la
invasión. Pero el patriarca no solo no lo hizo, sino que se alineó inmediatamente con
Putin y hasta llamó a los rusos para alistarse a combatir con el ejército en Ucrania. Los
canales de comunicación abiertos al diálogo entre Francisco y Kirill, en el encuentro que
habían mantenido en 2016 en La Habana, se habían roto. Una vez iniciada la guerra, ni
él ni Putin quisieron recibir a Francisco, que insistía en visitar Moscú; también quería
viajar a Kiev. El papa ha definido el diálogo como muy difícil. «¿Sabe quiénes no saben
dialogar? Los animales. Son puro instinto», dijo en una entrevista en verano de 2022 a
la cadena Univisión. Al menos, sí que pudo enviar a tres cardenales a Ucrania para
negociar corredores humanitarios especialmente. En secreto también ha delegado
algunos emisarios de su más absoluta confianza para remitir propuestas de paz para
Vladímir Putin al Kremlin y para Volodymyr Zelensky a Kiev. El diálogo se congeló
oficialmente. Sin eufemismos podemos decir que se rompió, pero tanto la Secretaría de
Estado como el propio Bergoglio mantienen abiertos algunos puntos de comunicación.
La diplomacia es el arte de no cerrar nunca del todo las puertas.
Todo ese conflicto ha generado manipulaciones informativas, críticas con un cínico
sarcasmo por el fracaso de la intervención, y una opinión orquestada y generalizada en
el sector ultraconservador. Hay pronunciamientos para todos los gustos. Uno que he
leído, defendido reiteradamente por algunos intelectuales de la derecha más radical, es
el que afirma con rotundidad que el pontificado de Bergoglio es irrelevante en el
contexto de la geopolítica actual. Citan el fracaso de Venezuela y sobre todo la sangrante
guerra entre Rusia y Ucrania. Curiosamente, olvidan siempre las gestiones y la
mediación de Bergoglio, el secretario de Estado, Pietro Parolin, y monseñor Richard
Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados, que han conseguido, como ya
hemos explicado, numerosos hitos diplomáticos en las relaciones entre Cuba y Estados
Unidos, en los acuerdos de paz con la guerrilla de Colombia (ahora en peligro), en el
relativo deshielo con China y en los complicados acuerdos sobre el clima en las cumbres
de París y Glasgow. Los exponentes de la ultraderecha y el conservadurismo
internacional suelen pontificar simplificando su discurso, y son expertos en manipular,
o incluso obviar, los datos objetivos que contradicen el relato que desean transmitir y
amplificar.
«Estoy orgulloso de mis enemigos… Cuando veo a los enemigos que tengo por todo el
mundo, pienso que debo de estar haciendo algo bien», declaró George Soros en 2018 a
The Washington Post. La extrema derecha internacional, y sobre todo la
norteamericana, tiene una auténtica fijación con el banquero húngaro, un personaje de
origen judío que atrae el odio más visceral de los sectores más reaccionarios. Lo ven
como un conspirador, un socialista muy peligroso y amigo también del papa Francisco.
«Soros es el demonio para la ultraderecha internacional y también para los sectores
económicos conservadores norteamericanos», me dijo en 2018 en una entrevista el
filósofo y novelista italiano Alessandro Baricco. «No pueden soportar que en teoría uno
de los suyos, con una enorme fortuna en el bolsillo, se proclame de izquierdas y financie
propuestas de izquierdas y progresistas.»
Los conservadores y ultras de todo el mundo, sobre todo los norteamericanos, han
acusado a Soros prácticamente de todo: de tener un plan para «islamizar» Europa, de
querer eliminar todos los controles y vallas antinmigración en territorio europeo, de
controlar en la sombra a líderes políticos y a instituciones de Estados Unidos. Le han
acusado incluso de ser el responsable de la elección de Bergoglio como jefe de la Iglesia
católica. Nacionalizado norteamericano, el magnate ha intervenido en los grandes
debates sociales que ahora dividen a Estados Unidos. Empezó dedicando una fortuna a
intentar que el presidente George Bush no fuese reelegido en 2004, una operación que
fracasó. Encabeza la lista de enemigos declarados del expresidente Trump, después de
que fuese un importante donante del Partido Demócrata en 2016 y también en las
últimas elecciones presidenciales. Una campaña en la página de peticiones de la Casa
Blanca, durante la época de la Administración Trump, pedía que Soros fuese declarado
«terrorista» y que se confiscasen sus bienes por sus intentos de «desestabilizar» Estados
Unidos.
En los últimos años, la fundación filantrópica de Soros, Open Society, ha financiado y
apoyado a grupos de todo el mundo que promueven los derechos de las minorías, que
velan por la libertad de expresión, la legalización de las drogas o los derechos de las
mujeres. También ha financiado organizaciones LGTB y grupos que promueven el
aborto. Según documentos internos de la Open Society, filtrados y dados a conocer al
público en 2016 por «DC Leaks» (una polémica web que algunos vinculan a hackers
rusos y otros a progresistas norteamericanos a favor de las libertades), doscientos
veintiséis de los setecientos cincuenta y un eurodiputados del Parlamento Europeo están
«patrocinados» por organizaciones afiliadas a la fundación de Soros. WikiLeaks también
reveló ampliamente los poderosos tentáculos del magnate en todo el mundo.
El filósofo, astrólogo y youtuber brasileño Olavo de Carvalho, uno de los consejeros
que pertenece al círculo más íntimo e influyente del expresidente brasileño Jair
Bolsonaro, ha ido más lejos que nadie a la hora de intentar desprestigiar a Soros. Ha
sido el responsable de publicitar un rumor muy interesado que no tiene verosimilitud
alguna: «Ni siquiera sé si el papa es un papa de verdad, dado que hay motivos para creer
que fue puesto en el trono de san Pedro por George Soros y otros», dijo en 2019. Más
tarde añadiría que «George Soros es Dios, y Bergoglio es su profeta».
Lo que es cierto es que el economista y el papa Francisco tienen buena sintonía. Para
demostrarlo, los medios conservadores, como Libero en Italia, difundieron en 2019 una
importante donación de la fundación del magnate a diversas asociaciones jesuitas por
un total de 1 702 577 dólares. Ya en el año 2015, según documentos publicados una vez
más por «DC Leaks», el magnate ingresó 650 000 dólares en las cuentas de dos
organizaciones con vinculaciones al sector católico más progresista, FPL (Faith in Public
Life o Fe en la Vida Pública) y PICO (People Improving Communities through
Organizing o Personas que Mejoran las Comunidades a través de la Organización). La
finalidad sería promover una masa crítica de obispos que defendiesen las tesis del papa
Francisco. Según lo que veremos, no parece que haya tenido demasiado éxito.
Sin embargo, al margen de estos gestos, el pontífice y el magnate filantrópico han
unido también sus fuerzas en muchos proyectos, sobre todo medioambientales, pues
Bergoglio y Soros comparten la misma lucha contra el cambio climático. Los medios
reaccionarios han llegado a decir cosas absurdas que no tienen credibilidad alguna. La
más increíble es que el banquero conspirador ha confeccionado la agenda ecológica del
pontífice, hasta llegar a hacerle redactar la encíclica ecologista Laudato si’. Denuncian
que los hombres de Soros infiltrados en el Vaticano están haciendo triunfar en el
mundo, gracias al papa Francisco, «la estrategia medioambientalista de la izquierda
radical».
Utilizando la documentación de la fundación de Soros que filtró WikiLeaks, los
sectores fundamentalistas católicos denuncian que el hombre del magnate en el
Vaticano es el cardenal hondureño Óscar Madariaga, buen amigo y asesor de confianza
del papa Francisco. Se acercaron a él conscientes de que era una figura clave para
convencer al argentino de la necesidad de compartir lo que los ultraconservadores
llaman «objetivos criminales». Uno de los más importantes sería la redistribución justa
de la riqueza, que habría de propiciar un nuevo capitalismo con rostro humano.
El caso es que el mito de Soros alimenta el discurso de los sectores más reaccionarios
en todo el mundo, que lo ven (tal y como hacen con el papa Francisco) como un
obstáculo que eliminar para el asalto al poder mundial que mantienen como objetivo
prioritario. Hay pruebas claras de que el enigmático y todopoderoso banquero y el
influyente Bergoglio colaboran y coinciden esporádicamente en algunas causas, en esta
especie de alianza profana. Una cosa es eso, y otra muy distinta recalcar, con la
propaganda redundante de la extrema derecha internacional, la superchería de que «el
papa es hoy en día un criado a las órdenes de Soros».
6
El ideólogo intrigante
«¿Preferirías que tu hijo tuviese feminismo o cáncer?» «Abolir la esclavitud fue una
mala idea.» Solo son dos opiniones que definen muy bien la figura de la que ahora
quiero hablar. Es, sin ninguna duda, un peligro real para la humanidad; no es
aventurado decir que ha demostrado ser muy listo y al mismo tiempo
extraordinariamente poderoso. Actúa siempre entre bastidores y de momento siempre
le sale bastante bien lo que proyecta. Me refiero a un personaje que destaca por encima
de muchos en estas intrigas y complots para expandir el neofascismo y destruir al papa
Francisco. Es el norteamericano Steve Bannon. «El odio y la ira son motivadores», dijo
en una ocasión, y ahora lanza todo ese odio y esa ira contra el papa argentino, que se ha
convertido en un grave obstáculo para su ambicioso proyecto internacional. Bergoglio es
un líder ético y moral del siglo XXI sobre el cual quiere proyectar la animadversión de la
gente para que le abandonen. Despliega toda la furia de la que es capaz para
dinamitarlo. ¡No dudéis de que sabe cómo hacerlo!
Curiosamente, encontramos a Bannon y su «movimiento» detrás de numerosas
operaciones políticas que coinciden en un objetivo final: crear un nuevo orden
internacional basado en el ultraliberalismo económico y bajo los principios morales de
la más rancia tradición cristiana. Primero lo hizo en Estados Unidos asesorando a
Donald Trump y después desembarcaría en Europa. En el Viejo Continente está
introduciendo e intenta reproducir la filosofía, la metodología y la estrategia que había
ensayado con un rotundo éxito para acabar situando en el despacho oval de la Casa
Blanca al magnate neoyorquino.
Stephen Kevin Bannon, nacido en Norfolk, Virginia, en 1953, no ha llegado de la nada
a ser hoy en día una leyenda y una voz muy escuchada y venerada por muchos de los
que, desde posiciones de la derecha radical, quieren conquistar el poder. Trabajó como
banquero en Goldman Sachs antes de convertirse en consultor político y de fundar el
medio ultraconservador Breitbart News, del que sería cesado en 2018. Empezó como
asesor y propagandista del Tea Party, el grupo neocón instigador de la radicalización del
Partido Republicano. Entonces era un desconocido. La visibilidad de Bannon ante la
opinión pública salió a la luz cuando trabajó en la sucia campaña electoral de 2016 para
conseguir que el republicano Trump ganase la carrera por la presidencia de Estados
Unidos a la demócrata Hillary Clinton. Él fue el artífice de la victoria. El uso preciso de
los llamados big data con finalidades electorales fue la clave de su éxito. Cuando un
periodista le preguntó por qué quería quedarse entre bambalinas, soltó una de sus
habituales frases con las que que pretendía generar impacto: «Estar en el lado oscuro es
bueno… Dick Cheney, Darth Vader, Satán. Eso es poder».
Al cabo de siete meses en la Casa Blanca, se enfrentó con Trump, que lo despidió.
Bannon y el magnate de Nueva York son dos personajes con un carácter similar:
soberbios, indolentes, coléricos y poco amigos del diálogo y el compromiso. Más
adelante recompusieron su amistad, hasta el punto de que uno de los últimos actos del
presidente, antes de abandonar a regañadientes la Casa Blanca en enero de 2021, fue
firmar el indulto de Steve Bannon. El exasesor estaba en prisión por haber desviado
fondos de la recaudación popular para construir el muro en la frontera con México.
Habían llegado a acumular una cifra en torno a los veinticinco millones de dólares.
Tanto él como la organización We Build the Wall defraudaron unos quince millones, que
fueron a parar, según algunos investigadores, a su propio bolsillo o a la financiación de
grupos que comparten con él el proyecto ultra.
Bannon sigue siendo el máximo defensor de Trump y de sus políticas, y no se descarta
que lo vuelva a asesorar en unas futuras elecciones si el magnate, implicado en muchos
procesos judiciales, no acaba inhabilitado. El estratega, ya fuera del poder en
Washington, dio el salto a Europa después de asesorar al ultraderechista Jair Bolsonaro
en Brasil, país que consideraba la puerta de entrada al asalto del poder en
Latinoamérica.
Bannon y su movimiento utilizan inteligentemente las libertades democráticas y los
derechos que comportan para convertir la democracia en un disfraz de carnaval. Una
«democracia» cada vez más despojada de derechos, que se limite a ir a votar cada cuatro
años. Todo al estilo del primer ministro húngaro Viktor Orbán, al que prácticamente
idolatra y que muchos indocumentados califican de demócrata por el simple hecho de
que no se opone a la celebración de elecciones. El hombre que quiere sumir al Viejo
Continente en la intolerancia está a la sombra del éxito de las operaciones que
mantienen en el poder los Gobiernos ultraconservadores de Hungría y Polonia. Es uno
de los artífices de la creación del fenómeno neofascista que ha llevado a Giorgia Meloni
al poder en Italia, de la campaña a favor del Brexit en el Reino Unido que conduciría a la
elección de Boris Johnson y, después, de la efímera Liz Truss como primeros ministros.
También se esconde detrás de los intentos por hacer de Marine Le Pen la nueva
presidenta de Francia, o de crear un estado de opinión que ha convertido a los ultras de
Vox en España en un partido «normalizado, moderno y atractivo», que acaricia el sueño
de llegar al poder.
La idea que tiene Bannon de poner en marcha un movimiento global empezó a tomar
forma apelando a aquel eslogan nacionalista de gran éxito que escogió para la campaña
de Donald Trump y que lo llevaría a la Casa Blanca: «America First» (América primero).
Es la misma divisa que «Prima l’Italia» de Salvini, y «España primero» de Vox.
Soberanismo y ultranacionalismo para frenar la supuesta deriva federalista de la Unión
Europea, a la que preferirían destruir. De hecho, en julio de 2021, una quincena de
partidos ultraconservadores firmaron un manifiesto común que se presentó como el
pistoletazo de salida para una gran alianza en el Parlamento Europeo. Allí estaban
prácticamente todos: Meloni, Salvini, Orbán, Kaczynski, Abascal…
Para conseguir sus objetivos, Bannon ha encontrado pocos obstáculos en su camino,
en una Europa donde la izquierda se ha convertido en minoritaria, y donde la
socialdemocracia agoniza en un mar de confusión, divisiones internas y desprestigio.
Una izquierda incapaz de ofrecer alternativas a la crisis, que contemporiza con el avance
del fascismo. Una izquierda que ha normalizado a estos líderes radicales de la
ultraderecha y ha contribuido a blanquearlos. Un ejemplo claro lo tenemos una vez más
en Italia, donde el líder del centroizquierda, Enrico Letta, presentaba en noviembre de
2021 un libro al lado de Giorgia Meloni, a quien le reía todas las gracias. La líder de
Fratelli d’Italia, al cabo de un año, era primera ministra. Una izquierda descolocada e
imprudente, que acoge el fascismo contemporizando con una preocupante ceguera, sin
querer ver la amenaza que supone para las libertades y la democracia. Como
consecuencia, el populismo como vanguardia del neofascismo está de moda entre los
jóvenes ignorantes del pasado que no vislumbran un futuro para sus vidas, entre las
clases populares que sufren para llegar a fin de mes y entre los intelectuales que juegan a
enfants terribles en medio de una irresponsabilidad que abraza una «modernidad»
vacía de contenidos éticos. El plan de Bannon está triunfando de manera inexorable.
Bannon ha sembrado las incertidumbres y los miedos que sus patrocinados pregonan
que quieren hacer desaparecer. Ha redactado la lista de los enemigos a los que «hay que
odiar»: los inmigrantes y refugiados, el islam «terrorista», la ONU o la Unión Europea.
Los culpabiliza de todos los males, la violencia social, la precariedad laboral y los
sueldos de miseria. George Soros y el papa Francisco tienen un lugar destacado en este
listado. Según su plan, ha conseguido fabricar una alternativa al llamado establishment,
que representan los partidos tradicionales «corruptos e ineptos». Ha diseñado y
revestido esta contraoferta de una atractiva apariencia antisistema que capta a los
jóvenes, los desengañados de la política, los euroescépticos, los que se declaran
apolíticos y que quieren una sociedad basada en la cultura cristiana occidental.
Obviamente, el gurú de la ultraderecha no ha podido hacer todo esto solo.
«Mucha atención a este nuevo lenguaje cautivador para los jóvenes que utilizan los
nuevos líderes neofascistas que hay en el mundo. Son como un videojuego, como una
serie de Netflix o un influencer de YouTube», me decía el escritor y filósofo italiano
Alessandro Baricco en una entrevista de una hora que le hice en 2018.
La ultraderecha política y religiosa necesitaba reciclarse en las formas, el relato y un
lenguaje que todo el mundo veía como obsoleto. Ya lo ha hecho. Pero no nos
engañemos. En realidad no se persigue un cambio ideológico en los postulados que
siempre han defendido y que mantienen intactos. Todo es un espejismo en este nuevo
universo de la posverdad. Una puesta en escena brillante y sugestiva. El populismo
ultraconservador que encarna Bannon no tiene ideología ni un ideario claro. Es una
tendencia política compleja y muy mutante, que se adapta con facilidad al terreno donde
quiere triunfar. No es lo mismo la Italia de Meloni que la España de Vox o la Hungría de
Orbán. Hay rasgos compartidos, como esa capacidad suya camaleónica de criticar a las
élites. Ellos son el pueblo (sin concretar demasiado en qué consiste eso), y el enemigo
son las élites (que tampoco definen). Una división maniquea entre la casta y el pueblo
que padece las consecuencias de los abusos y la corrupción que aquellas representan. Un
discurso demagógico que coincide en algunos aspectos con el populismo progresista,
pero difiere en detalles importantes. Estos últimos defenderán incrementar impuestos
para sufragar los gastos sociales, mientras la ultraderecha denuncia constantemente los
abusos de los que gestionan los recursos públicos que provocan que haya que subir los
tributos. Un discurso también engañoso, pues muchos de los líderes populistas de
derechas (el mismo Donald Trump como magnate de los negocios, o Matteo Salvini, que
desde 1993 ostenta cargos en la Administración) han formado parte desde hace años de
las élites, o bien de las estructuras o de la burocracia del Estado. En consecuencia, no
son políticos nuevos, no son líderes antisistema, como se pretende hacer creer a la gente.
Son más sistema que nadie.
La ultraderecha utiliza argumentos simples, seudoideológicos, con referentes
emocionales constantes, donde la racionalidad queda aparcada, fake news a montones,
sin la complejidad que se requiere para entender este mundo globalizado. La única
nostalgia que vende y cautiva a los jóvenes ya solo puede ser el sentido de pertenencia a
una nación y los valores que encarna. Así pues, apela al sentimiento ultranacionalista en
la política, como lo hace en el tradicionalismo en lo que a la religión se refiere.
Steve Bannon ha sabido captar de manera muy inteligente la falta de referencias del
mundo actual, la banalidad del pensamiento, el vacío espiritual de una sociedad que ha
aprendido a sufrir en la incertidumbre y la precariedad laboral, a acomodarse en el día a
día sin derecho a soñar con el futuro. Ha sido capaz de detectar que hay un espacio
donde poder convencer. Ha creado un nuevo lenguaje cargado de persuasión, lleno de
caricaturas, personalismos, simplificaciones, esquematismos y gags. Un lenguaje que
conecta con la necesidad de la gente de escuchar lo que quieren oír. Todo con un registro
coloquial, breve, efectista, humorístico… El registro, sobre todo visual, que domina las
redes sociales, donde encuentran el campo abonado para manipular y conseguir adeptos
a base de todo tipo de imágenes triviales y parodias.
Bannon, por último, también ha conseguido robar a la izquierda tradicional, perdida
en disquisiciones dialécticas y divisiones, las palabras y los conceptos que siempre han
provocado emociones y que utilizaba un mundo progresista que las llenaba de valores y
humanismo. Los ultras del siglo XXI hablan de libertad, de democracia, de justicia… sin
reflexión alguna, y lo hacen para decirnos que son ellos los defensores de esa libertad, de
la democracia y de las causas justas. A la vez, acusan de nazis y fascistas a los que no
piensan como ellos, apropiándose de esos conceptos que banalizan sin problema alguno.
Eso sí, calificando de mentira la existencia del Holocausto nazi y alabando a los
dictadores de derechas de la historia de una manera absolutamente desacomplejada.
El fabricante de la nueva ultraderecha en el mundo cuenta con psicólogos de masas,
especialistas en marketing, expertos en redes sociales y analistas políticos muy jóvenes y
eficaces para llevar a cabo un trabajo que está cambiando la mentalidad de gran parte de
las sociedades occidentales. No duden de que avanza a buen ritmo y ya puede celebrar
muchas victorias.
Si uno se puede pagar una larga estancia en una suite que cuesta cada día treinta y dos
mil dólares en el hotel Bristol de París, seguro que, o bien es un potentado, o bien
alguien se la paga. Bannon, que se estableció en ese lujoso alojamiento de la capital
francesa cuando dejó la Casa Blanca, obviamente siempre ha tenido tras él un
importante apoyo financiero.
El multimillonario Robert Mercer es su principal mecenas. Es un norteamericano muy
aficionado a las armas de fuego, que posee una impresionante colección de metralletas y
fusiles. Se siente muy orgulloso de haber comprado el arma que utilizó el actor Arnold
Schwarzenegger en la película Terminator. Se trata de uno de los principales donantes
del Partido Republicano y de todas las causas que defiende la derecha populista en el
mundo. Su intervención, financiando la campaña a favor del Brexit que lideraba el
ultraderechista Nigel Farage, resultó determinante para la salida del Reino Unido de la
Unión Europea. Él y Bannon se conocen desde hace años, cuando Mercer invirtió en el
portal de noticias de la derecha radical norteamericana Breitbat News. Después el
magnate fundó, junto con Bannon y el analista del MI6 Alastair MacWillson, la
compañía de análisis de datos Cambridge Analytica (SCL Group). Esta empresa, con
sede en Londres y con una actividad siempre oculta, fue el origen de diversos escándalos
políticos. Se encontraron indicios que la conectaban con la Rusia de Putin. De todos
modos, el principal escándalo estalló cuando se supo que Cambridge Analytica había
recogido y procesado entre cincuenta y cien millones de datos de usuarios
principalmente de Facebook, con el consentimiento de esta red social. Estos datos se
emplearon para perfilar campañas políticas de la derecha radical en todo el mundo.
Mercer, un fundamentalista cristiano que viaja siempre acompañado de un
mayordomo y un médico, aparte de tener una fortuna que utiliza para financiar las
causas más ultraconservadoras, es un experto lingüista computacional que cree que las
palabras no son más que datos. De este modo, ha sido capaz de fabricar un discurso
alternativo a la realidad que ahora los especialistas ya denominan «la posverdad».
Bannon ha aprendido de él el lanzamiento de mensajes engañosos que se hacen virales
gracias a los «me gusta» y a los comentarios de millones de usuarios, sobre todo muy
jóvenes, de las redes sociales.
Otros patrocinadores de Bannon, que le ofrecen, eso sí, unas donaciones menos
importantes que Mercer, son los hermanos Charles y David Koch, dos multimillonarios
patrocinadores también de los proyectos y grupos más ultraconservadores de Estados
Unidos. Y finalmente no podemos olvidar a Erik Prince, el fundador de Blackwater, la
empresa que entrena y organiza ejércitos privados que nutre a base de mercenarios. En
la invasión de Irak, esta empresa, contratada por el Pentágono y que ahora se llama
Academi, fue acusada de asesinatos y numerosas atrocidades perpetradas contra la
población civil. Prince, que sigue pagando la actividad de Bannon, vive ahora en los
Emiratos Árabes, y también es amigo personal de Donald Trump.
Todos estos amigos de Bannon habrían hecho importantes donaciones para que el
estratega pudiera financiar tanto los laboratorios de Roma como el que situó en
Bruselas, la capital de la Unión Europea que él quiere contribuir a destruir. Ahora
parece que el Dignitatis Humanae Institute ha dejado a un lado toda actividad pública,
pero en la dark web se encuentran operaciones de lobby efectuadas en los últimos años
en el Parlamento y la Comisión Europea. En Bruselas, en la calle Wiertz, el director de
operaciones en Europa del Dignitatis Humanae Institute era hasta hace poco Leo van
Doesburg, actual director de Asuntos Europeos del European Christian Political
Movement (ECPM); y Nirj Deva, antiguo eurodiputado del Partido Conservador
británico, ocupaba el cargo de presidente del comité internacional de la entidad. Ahora
queda todo mucho más oculto. Fuera de los focos mediáticos. Saben que lo que mueven
provoca recelos, y han decidido actuar con mucha más discreción.
El papa que molesta
Hemos estado casi una hora divagando, y hay que concretar poco a poco aspectos que
me interesan. Vamos por partes. «Europa —me dijo— ha perdido sus raíces. España se
ha convertido en una nación que, de estar consagrada al Sagrado Corazón de Jesús por
Alfonso XIII, hace más de cien años, ha pasado ahora a burlarse de la Iglesia. Tengo un
buen amigo alemán que dice, con toda la razón, que de la certeza de creer en Dios se ha
pasado a la incertidumbre de no creer ni en nosotros mismos. Y con esto quiero decir
que quedarnos solo dentro de nuestras fronteras a luchar por unos valores no tiene
sentido. En primer lugar, soy español, la nación que juré defender con mi vida como
militar, pero la crisis que vivimos es universal. Estamos en guerra contra el globalismo
masónico y relativista.»
Cuando le pregunto cómo han trabajado para unirse, me demuestra que detrás hay
una labor que no empezó ayer: «Recuperar España como nación cristiana nosotros solos
no tiene sentido en el mundo en que vivimos, que es de vasos comunicantes en todos los
aspectos. Hace falta organización, establecer complicidades, diseñar estrategias
conjuntas. Teníamos que empezar por Europa. Hace nueve años, en 2013, cuando
todavía no había llegado el desastre absoluto del papa Francisco al Vaticano, nos
reunimos en Madrid mucha gente preocupada por la deriva que ya estaba tomando la
Iglesia católica, sometida a casos de corrupción y de abusos sexuales. En aquella reunión
en un hotel donde había dos cardenales, cinco obispos, una decena de sacerdotes,
algunos diputados del Partido Popular y líderes de organizaciones de la Iglesia, además
de unos cuantos oficiales del Ejército como yo, nos conjuramos para intentar arreglar las
cosas».
Quiero que especifique qué organizaciones de la Iglesia estaban presentes. Creo que es
importante, y lo hace. «Ha pasado mucho tiempo, y muchos nos seguimos viendo a
menudo, pero si no recuerdo mal en aquella primera reunión había gente de El Yunque,
los Legionarios de Cristo, el Opus Dei, los neocatecumenales Kikos, miembros del
Sodalicio de Vida Cristiana, HazteOír, de la Asociación Española de Abogados
Cristianos, del Centro de Estudios Tomás Moro, los catalanes de E-Cristians, miembros
de la Asociación Católica de Propagandistas, Heraldos del Evangelio… Todos ellos
personas muy honradas y preocupadas por el futuro de la Iglesia. Ahora, desde hace
ocho o nueve años, nos encontramos a menudo y tenemos relaciones muy estrechas con
representantes de estas organizaciones a nivel europeo, latinoamericano y de Estados
Unidos. De Latinoamérica hemos recibido también a muchos mexicanos, peruanos y
argentinos.»
Cuando ahora repaso la entrevista y me habla de argentinos, me viene a la cabeza la
historia que me explicó sor Lucía Caram de cuando el arzobispo de Buenos Aires fue
elegido como jefe de la Iglesia católica. En aquel momento, la presidenta Cristina
Fernández de Kirchner estaba dando una conferencia y le comunicaron la noticia.
Sencillamente dijo, de manera despectiva, que acababan de elegir a «un papa
latinoamericano». Cuando salió tenía una reunión con su equipo, y, visiblemente
alterada, soltó: «Han hecho papa al hijo de puta ese de Bergoglio». Siempre según la
monja argentina, un asesor suyo, un tal Moreno, le dijo: «Apúntate al caballo ganador,
porque aquí saldrás perdiendo». Entonces cambió el discurso, cogió el rosario y fue a
verlo para hacerse la fotografía con él en el Vaticano. Cristina siempre le había calificado
de jefe de la oposición, y no soportaba que Bergoglio recriminase al Gobierno su
menosprecio por los pobres de las villas miseria. Un pequeño apunte para entender
cómo consideran algunos argentinos al papa argentino.
Reuniones en Italia
«En Europa —me empieza a detallar el general—, empezamos por establecer vínculos
con gente y organizaciones sobre todo de Francia, Italia, Alemania, Austria y también
Polonia. Compartíamos los mismos ideales. Desde la muerte de san Juan Pablo II las
cosas no iban bien. Él sí que es cierto que se apoyó en muchas de las organizaciones que
he citado, y las ayudó desde el Vaticano. Recuerdo un primer viaje a Roma donde fui
recibido por el papa polaco. Allí, miembros importantes de la potente y muy extendida y
popular organización Comunión y Liberación italiana siempre me han hecho de
anfitriones. Aquel primer contacto me sirvió mucho a la hora de organizarnos. Ahora
tengo buenos amigos muy enfadados y rabiosos porque el actual los quiere anular o
incluso eliminar, como quiere hacer con el Opus Dei. Aquel argentino no tiene escrúpulo
alguno a la hora de quitarse de encima a gente piadosa y ejemplar que le puede
obstaculizar el camino para llevar a la práctica su obsesión de destruir la Iglesia de
Dios.»
Se ha puesto el sol y el general quiere salir a la terraza. Teóricamente ya no hace tanto
calor. En la cafetería de la cual es cliente respetado y apreciado desde hace años, nos
preparan una mesa donde él encenderá un buen habano; yo puedo hacer lo mismo con
mi pipa. Le hace gracia que fume en pipa. Creo que ya no me tiene tanta manía, solo por
ese pequeño detalle. «Mi padre fumaba en pipa, como usted, pero él era un buen
cristiano, aunque reconociera antes de morir que había pecado con unas cuantas
mujeres», me confesó, no sé si guiñándome el ojo, pues no se quitó en ningún momento
las gafas de sol.
No quiero que pierda el hilo e insisto en preguntar cómo se organizaron en Europa las
fuerzas ultraconservadoras católicas. Además, le pido si me puede dar algún nombre de
los personajes con los que se ve. «Le diré los nombres que yo quiera. Comprenda que no
quiero implicar y poner al descubierto a gente con la que me une la confianza, y por qué
no decirlo, también la militancia. ¿Queda claro? No estoy aquí para traicionar a mi
gente.» Nuevamente le ha salido la vena más autoritaria y severa. Lo tranquilizo
diciéndole que hace bien en ser discreto, porque yo mismo también intento respetar
mucho a mis contactos y fuentes informativas como periodista. Finalmente me dirá
algunos nombres, la mayoría off the record, con el juramento, casi sobre la Biblia, de
que no los revelaré. Y no lo hago.
«En Italia —detalla Pérez Alvarado—, he tenido la suerte de asistir a reuniones con
gente muy importante. Recuerdo especialmente un encuentro a mediados de mayo de
2021 en una villa preciosa cerca de Ostia. La mansión es una propiedad fastuosa de un
reputado empresario. Fueron tres días y dormimos allí mismo. Y piense que éramos
unas veinte personas. Nos trataron con una exquisitez increíble. Había muchas
habitaciones, y mucha gente de servicio. Era como un hotel de lujo. Lo importante es
que conocí a cuatro cardenales italianos que trabajan en el Vaticano, y uno
norteamericano que se ha hecho muy famoso. También establecí una bonita amistad con
un compañero oficial del Ejército italiano que hace unos días invité a venir aquí a
Madrid. También tendría la oportunidad de compartir conversaciones con Silvio
Berlusconi, Matteo Salvini y Georgia Meloni, que pasaron por allí en distintos
momentos. Ya puede suponer que las opiniones que fueron surgiendo sobre el papa
Francisco coincidían todas con la mía.
»A Italia he ido muchas veces en los últimos años. Tenemos una buena coordinación
entre los grupos de allí y los españoles, para hacer cosas. A ellos el Vaticano les toca más
de cerca, y tienen mucha gente infiltrada en la curia, en los dicasterios y congregaciones,
y también en los servicios de seguridad, tanto de la Santa Sede como del Estado italiano.
Nosotros también tenemos en España a un buen grupo de agentes que trabajan por la
causa, y están haciendo un buen trabajo.» Cuando le pregunto qué entiende por buen
trabajo, se sulfura un poco. «Buen trabajo significa recabar mucha información sobre
movimientos y personajes, crear una red de adeptos cada vez más numerosa, gente
capaz de actuar cuando llegue el momento.»
¿Y cuándo será ese momento? ¿Quién dará la orden de actuar? En este punto me doy
cuenta de que he sido demasiado atrevido. Por primera vez lo veo dubitativo y muy
contrariado. «Las guerras, señor Lozano —me dice, poniendo la mano en la pistola que
lleva escondida bajo la chaqueta—, se ganan cuando uno tiene la capacidad de escoger el
momento idóneo, cuando tiene las armas apropiadas para poder salir victorioso. ¡No lo
olvide nunca!»
Se apuntan Francia y Polonia
En Europa hay un régimen político que se ha convertido en los últimos años en la fuente
de inspiración, ejemplo y modelo para las fuerzas involucionistas del Viejo Continente.
Se trata de la Hungría de Viktor Orbán, un cristiano calvinista que tiene el sueño de un
país fundamentado en los valores cristianos más tradicionales.
Cuando introduzco el tema de Hungría y su primer ministro, el general se muestra
satisfecho. Sonríe con orgullo y también con cierta envidia: «Hay que escuchar con
atención a Orbán cuando defiende como nadie la identidad nacional y cristiana de
Hungría. Él ha sabido construir un relato que para muchos de nosotros resulta
fascinante, y que es claro, sin ambigüedades ni dudas. Sin concesiones. Por eso ha sido
elegido por su pueblo en cuatro elecciones consecutivas, la última en abril (2022). Por
esos motivos lleva doce años en el poder. Siento admiración por lo que está haciendo».
Lo que no explica el general Pérez Alvarado es que el mandatario húngaro ha
diseñado el sistema electoral y legal de su país para no perder nunca. Desde que llegó al
poder en 2010, Orbán llenó los tribunales de amigos y acólitos, y reformó la
Constitución a su medida. El mismo Donald Trump, durante su mandato presidencial
en Estados Unidos, copió el plan del presidente magiar en el terreno de la política para
impedir la llegada de inmigrantes y refugiados. Orbán había limitado las condiciones de
asilo y construido una barrera con alambrada en la frontera sur, en 2015. Trump haría lo
mismo con el muro que delimita los confines de Estados Unidos y México. El presidente
se comparó con él: «Viktor Orbán ha hecho un trabajo impresionante en muchos
aspectos…, es respetado en toda Europa. Probablemente un poco como yo, un poco
controvertido, pero eso está bien».
«El primer ministro actúa con sus propias reglas, al margen de la Unión Europea, con
la que está enfrentado continuamente. No podemos olvidar —dice el general— que él
defiende como nadie en Europa la moral cristiana, las raíces cristianas de Europa. Ha
hablado con claridad de la tendencia de las naciones europeas a convertirse poco a poco
en pueblos de raza mixta, combate la ideología de género, las aberraciones morales que
representan los homosexuales…, el aborto, el divorcio…, la inmigración musulmana.»
Este discurso nazi sobre la «raza mixta» y la represión de los homosexuales, de acuerdo
con un supuesto mandato bíblico, son obsesiones compartidas por la ultraderecha
internacional. Si a eso sumamos las nuevas leyes que anulan derechos fundamentales,
las limitaciones a la libertad de expresión, las modificaciones del Estado de derecho…,
todo junto conforma un régimen húngaro que ha destruido los principales valores
democráticos. El Parlamento europeo condenaba en septiembre de 2022 «los esfuerzos
deliberados y sistemáticos del Gobierno húngaro» contra los valores de la Unión
Europea.
Muchos analistas consideran a Viktor Orbán uno de los máximos representantes de la
nueva extrema derecha que está propiciando el asalto al poder en todo el mundo. El
primer ministro ha acogido como propia la definición de Hungría como una
«democracia liberal», donde la separación de poderes es una entelequia, la
concentración de poder en él, una evidencia, y el término democracia solo se justifica
por el hecho de que cada cuatro años se convocan elecciones. El mismo mes de
septiembre entró en vigor un decreto gubernamental que obliga a los médicos a
proporcionar a la embarazada que desea abortar «una indicación de los signos vitales
del feto, de manera claramente identificable», es decir, hacerle escuchar los latidos de su
corazón. «Las cifras sobre el descenso del aborto y el divorcio son evidentes —recalca mi
interlocutor—. Se incrementa el número de matrimonios y la natalidad. La política
cristiana provida de Orbán está consiguiendo resultados admirables. Todo eso, sumado
al apoyo económico a las familias y, como ya hemos dicho, a la protección contra el
liberalismo, contra el llamado multiculturalismo y la ideología LGTB, le ha procurado la
estima de la gran mayoría de la población.»
El general me relata una visita a Budapest para una reunión con representantes
ultraconservadores europeos y norteamericanos a principios de 2022. «Allí constaté
que, como afirma el mismo Orbán, Hungría es un ejemplo de cómo un país con valores
tradicionales y cristianos puede tener más éxito que el liberalismo de izquierdas. Entre
los presentes en la reunión había políticos húngaros, italianos, franceses, alemanes,
españoles. También republicanos de Estados Unidos y sacerdotes católicos y de otras
confesiones cristianas. Todos elogiaron la acción del Gobierno. Y no solo eso, también
ratificaron que Hungría es un modelo en muchas cosas. Han abierto un camino muy
interesante.» En este sentido, la líder de la formación neofascista Fratelli d’Italia,
Giorgia Meloni, proclamó durante la campaña electoral de septiembre de 2022 que
«Hungría es democrática porque existe el instrumento del voto», el mismo argumento
de Orbán, y defendió sus políticas. Una vez al frente del Gobierno italiano no ha dudado
en reiterar que muchos aspectos de la manera de gobernar del primer ministro húngaro
son útiles como ejemplo.
Orbán es miembro de la Iglesia reformada de Hungría, que forma parte del Consejo
Mundial de las Iglesias y está afiliada a la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos. Pero
el país, como su esposa, es fundamentalmente católico. Según el Eurobarometer de
2019, el 62 % de los húngaros se declaran católicos, el 20 % no tiene religión, el 5 %
pertenece a una Iglesia protestante, y un 8 % son cristianos de otras denominaciones.
Esta mayoría cristiana es la base sustancial del voto a Orbán. La mayor parte de los
húngaros echan pestes de la Unión Europea, de su compatriota George Soros, de los
inmigrantes musulmanes y de las Naciones Unidas.
El papa Francisco está en las antípodas de este modelo, aunque nunca ha querido
criticar directamente al polémico Orbán, como sí ha hecho el presidente norteamericano
Joe Biden, que lo ha calificado de «matón totalitario», tras reunirse con el presidente
húngaro en Budapest y en el Vaticano. «Le he pedido al papa que no deje que muera la
Hungría cristiana», declaró el presidente, mientras Francisco le recordaba con
moderación que «el cristianismo…, la savia de esta nación, tiene que levantar y abrir sus
brazos a todo el mundo; que mantenga las raíces, pero sin cerrarse; que recurra a las
fuentes, pero abriéndose a los sedientos de nuestro tiempo». Una controversia que se ha
ido diluyendo a partir de la agresión rusa contra Ucrania. El Vaticano se ha acercado a
Hungría y considera a Orbán, buen aliado de Vladímir Putin, un socio incómodo pero
necesario para suavizar la violencia del inquilino del Kremlin. ¡La diplomacia manda!
El sueño del general coincide con el de Viktor Orbán: «Si España y toda Europa
hicieran como hace el criticado Orbán, los valores cristianos estarían a salvo y el mundo
iría mucho mejor».
La internacional fascista
Recuerdo en los años ochenta y noventa los aquelarres de Giorgio Almirante en la Piazza
del Popolo de Roma, llena a reventar de cabezas rapadas y símbolos fascistas. Una
exhibición de camisas negras, viejos nostálgicos y jóvenes violentos y amenazadores.
Muchas veces, con el equipo de televisión, habíamos recibido muestras de hostilidad de
aquellos bárbaros que querían darnos una paliza y romper la cámara. Al lado del líder
del MSI, heredero del partido de Mussolini, estaba siempre la nieta del Duce, Alessandra
Mussolini, que sigue reivindicando en Italia el recuerdo de su abuelo. Como invitados
del elocuente y visceral almirante, siempre estaban en la tribuna Jean-Marie Le Pen y
Blas Piñar, el líder del grupo ultra español Fuerza Nueva.
Ahora los neofascistas ya no son así. Los cabezas rapadas y militantes descerebrados
son una minoría, que en Italia se agrupan en torno a un partido llamado Casa Pound,
creado en 2003. Los fascistas que triunfan en las urnas son Fratelli d’Italia, de Giorgia
Meloni (herederos del MSI y el FN), así como la populista y también ultraderechista
Lega de Matteo Salvini. Ambas formaciones cuentan con militantes cultos y hasta
intelectuales. Se han reciclado, en imagen y en discurso. Utilizan, con muchos recursos,
las redes sociales, y han elaborado un lenguaje a partir de copiar y hacer suyos unos
conceptos que la izquierda, en horas bajas, ha dejado que se apropiasen. Se hacen así
mucho más populares y también más peligrosos que nunca. En España ha pasado lo
mismo con la creación de Vox; en todo el mundo la estrategia de los neofascistas aplica
criterios similares. ¡Se impone el método Bannon!
El general interlocutor se muestra muy convencido de que el camino que hacen es el
correcto. «Nosotros no engañamos a nadie. El poder lo tenemos ante nosotros, a cuatro
pasos solamente. De eso hablamos y mucho en las reuniones de Madrid, pero también
en Washington, Roma, París, Budapest, Varsovia o Tokio. Cuando lleguemos al objetivo,
tocaremos las trompetas de Jericó. Las murallas de la democracia corrupta caerán, y se
impondrá el orden de una manera natural.»
«Quería nombres y los tendrá —sigue diciéndome, con una pose desafiante—.
Nombres de gente heroica y comprometida en todo el mundo, que quiere construir una
sociedad nueva. Donald Trump en Estados Unidos es una apuesta segura, y cuenta con
todo un imperio para imponerse. Le Pen, Orbán y los polacos ponen en graves
dificultades a la Unión Europea, Vox acabará gobernando en España; Meloni y Salvini
llegarán al poder en Italia.» Estos nombres ya los conocemos, y se lo digo. Calla y hace
un gesto de desprecio con la mano, bastante evidente. Sigue negándose a ir más allá, a
dar las identidades ocultas de los artífices de este desafío, de los cerebros escondidos
que trabajan entre bastidores.
Me relata una reunión en Washington, justo antes de que estallase la pandemia del
covid, en 2019. Fue auspiciada por gente de la Administración Trump. «El concepto
“nuevo orden mundial” fue el más citado por todos los ponentes. Había obispos
católicos norteamericanos y pastores cristianos de la Iglesia evangélica, militares de
distintos países aliados, representantes de organizaciones políticas y religiosas de todo
el mundo (también de Rusia y de Israel), gente muy importante del mundo de las
finanzas internacionales… Allí se definieron estrategias y se puso en común el diseño de
una sociedad basada en los valores cristianos. Sí, también se habló del Vaticano
controlado por el papa argentino. Fue muy aplaudido un discurso de un importante
banquero que lo señaló como uno de los principales enemigos del capitalismo.»
Cuando le pregunto por dónde va esa estrategia, y si Steve Bannon está detrás, sonríe.
«No puedo revelar la estrategia o estaríamos muertos. Seguro que usted lo entiende. Sí
que le puedo decir que conozco a Bannon y es un hombre que sabe lo que hace. He
coincidido con él en diversas reuniones. No hay duda de que nos ayuda mucho. Tiene
una gran capacidad estratégica y un poder de convicción a prueba de bombas. Ha
asistido a reuniones y seminarios que se han organizado en toda Europa, y sabe sobre
todo captar para la causa a mucha gente joven y preparada. Sin él, no habríamos llegado
adonde estamos. Ha obtenido éxitos espectaculares, sobre todo en Italia, y va de camino
de que en España el Partido Popular recupere el poder con la ayuda de Vox. El problema
ahora es que Bannon está perseguido por la justicia de Estados Unidos por el heroico
asalto al Capitolio, y podría acabar en prisión. Espero que salga. ¡Lo necesitamos!»
Cuando utilizo el término «internacional fascista», me mira y sonríe. «Hubo una
internacional fascista hasta los años noventa, que diluyeron las luchas internas. No
triunfaron más allá de Hispanoamérica, donde Videla o Pinochet pusieron orden para
acabar con los marxistas. En Europa no consiguieron absolutamente nada. Eran grupos
fundamentalmente nostálgicos, menospreciados por la mayoría de la gente. Sí, eran
patriotas dignos, buenos cristianos y personas como es debido, con muy buenas
intenciones, pero nada efectivos. Ahora todo ha cambiado y tenemos un concepto nuevo
que ofrecer para llegar al poder. Somos los defensores de la democracia y la libertad, y
eso la gente lo empieza a entender así. La izquierda es marxista y moralmente corrupta.
Nosotros ofrecemos un orden basado en principios cristianos, justicia y orden. Los
valores de nuestros padres, de las generaciones que nos han precedido, las raíces de toda
nuestra tradición cultural.»
Aquella tarde de octubre de 2019, en la plaza de San Pedro del Vaticano, no se veían
demasiados turistas. La audiencia de los miércoles había finalizado hacía ya un par de
horas, y el cielo amenazaba lluvia. Acababa de salir en compañía de un viejo cardenal
latinoamericano, a quien llamaremos Roberto Jesús, del restaurante Arlu’a San Pietro.
Un local donde se nota la pasión que propietarios, cocineros y camareros ponen en su
trabajo. No lo conocía y fue el purpurado quien me invitó, asegurando que hacían la
mejor pasta de Roma. Y no iba equivocado. Pedí unos fettucini a l’amatriciana attratta
dal guanciale di Norcia sublimes, seguidos de un agnello scalzato e la sua polpetta con
verdure caramellate para chuparse los dedos. Todo coronado con el que quizá sea el
mejor tiramisú que he comido nunca, y regado por un más que correcto Barbi, Brunello
di Montalcino. Tradición e innovación en un restaurante que abrió en 1959 y se ha
reformado en todos los sentidos. Todo un descubrimiento a cuatro pasos de la Via della
Conciliazione. Acabada la comida, acompañé al cardenal hasta la puerta de Sant’Anna,
que da acceso al territorio vaticano. El purpurado, durante la comida, había creado un
clima simpático y agradable, explicando entre bromas cómo se las arregla el papa
Francisco para convivir con los enemigos todopoderosos que tiene siempre a su
alrededor, dentro de la propia Santa Sede.
«El santo padre —me relataba— lo vive con sentido del humor, y mira que se lo ponen
difícil. Nunca lo he visto abatido, pero sí preocupado. No es fácil estar rodeado de gente
que te quiere mal, que genera desconfianza y maquina contra ti.» No hace falta decir que
mi interlocutor dio apoyo incondicional a Bergoglio desde que puso los pies en la Santa
Sede como jefe de la Iglesia. Él me ha insinuado varias veces que esto ha provocado que
muchos le hagan el vacío y también se muestren hostiles a todo lo que tiene relación con
su trabajo. «Ponerse al lado del santo padre hoy y aquí —me decía— es significarse, y,
curiosamente, manifestarse en su contra se ve como algo normal. Muchas veces la
discreción en el Vaticano se guarda para cuando sales fuera de la muralla.»
«En la curia, que el papa definió, recordémoslo, como la lepra de la Iglesia, se frenan
muchas reformas que él impulsa», me reveló Roberto Jesús. La curia romana que
conforman los responsables de las instituciones administrativas de la Santa Sede, que
tiene como misión principal ayudar al pontífice en el gobierno de la Iglesia, en toda la
época contemporánea no había exhibido nunca una hostilidad tan elocuente contra un
papa como ahora. Se ha convertido en un contrapoder, dentro mismo de la Santa Sede.
«Desde el primer día de este pontificado —seguía el cardenal—, muchos empezaron a
recelar, a sentirse amenazados…, a ver en nuestro santo padre a un enemigo que
intentaba abolir privilegios seculares que siempre se han considerado justos y
normales.»
El excelente vaticanista y escritor italiano Marco Politti, siempre atento a mis
requerimientos y dudas durante los treinta y cinco años que trabajé para TV3 en el
Vaticano, hizo unas declaraciones en septiembre de 2022 al portal de la Iglesia católica
alemana Katholisch.de, donde señalaba el porcentaje de la correlación de fuerzas en la
curia en relación con el papa argentino. «Hoy en día, en la curia, el veinte por ciento está
abiertamente a favor del papa; el diez por ciento, en contra, y el setenta por ciento
restante espera al próximo papa.» Una reflexión preocupante, pues este beligerante diez
por ciento se moviliza y muchas veces arrastra a los expectantes y a los dubitativos,
mientras que el veinte por ciento que es netamente favorable a Francisco no hace nada.
Son muchos los que dicen siempre que sí al papa, pero que después, cuando ya no lo
tienen delante, o no hacen caso de nada de lo que les ha comunicado, o, lo que es peor,
maniobran contra él. Ya me lo dijo sor Lucía Caram una tarde, sentados en los escalones
de la cruz de término de la placita situada delante de la parroquia de Santa Anna, en
Barcelona: «Bergoglio siempre me ha dicho que agradece que le digan no lo que creen
que quiere oír el papa, sino lo que realmente piensan. Él no quiere cortesanos a su
alrededor, y tiene muchos. Sabe perfectamente que hay un obispo que cuando le visita se
pone la cruz del Buen Pastor para hacerle la pelota, pero que, cuando sale, se la quita».
Un caso reciente de boicot de la curia al papa lo tenemos en un asunto que implica a la
Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF). El 15 de marzo de 2021, firmado por el
prefecto, el cardenal mallorquín Lluis Ladaria, se hacía público un documento en el que
se afirmaba de manera contundente que «Dios no deja de bendecir nunca a sus hijos»,
pero «ni bendice ni puede bendecir el pecado». Así, desde el organismo encargado de
mantener la pureza doctrinal de la Iglesia, se intentaba corregir una opinión de
Bergoglio, a la vez que le metía un gol difícil de encajar. Hacía cinco meses, Francisco
había asegurado en un documental realizado por la cadena Televisa que «las personas
homosexuales tienen derecho a estar dentro de una familia», y que «deberíamos tener
una ley de convivencia civil», porque estas personas «tienen derecho a estar cubiertos
legalmente». La controversia estaba servida; las palabras de Bergoglio provocaron la ira
de los sectores más conservadores, entre ellos diversos obispos y cardenales. Al mismo
tiempo, las asociaciones de defensa de los derechos LGTB elogiaron y consideraron
histórica aquella postura, por la apertura que significaba. El Vaticano inmediatamente
alegó que esas declaraciones se habían sacado de contexto. Intentaban rectificar al
pontífice argentino, que no dijo una palabra más sobre el tema. La CDF acabaría de
remachar el clavo asegurando que «no hay ningún fundamento para asimilar o
establecer analogías, ni tan solo remotas, entre las uniones homosexuales y el designio
de Dios sobre el matrimonio y la familia».
«El papa está haciendo lo que puede con este tema, incluso por canales extraoficiales,
para no enfrentarse con la curia. Lo sé porque lo comentamos él y yo muchas veces», me
dice el amigo y asesor de Francisco, Juan Carlos Cruz, también conocido por defender
los derechos de la comunidad LGTB, como homosexual que ha sufrido la
discriminación. «En este caso, el papa no firmó el documento que sacó la Congregación
para la Doctrina de la Fe. Todo fue muy sutil. El papa aceptó que se hiciera, pero dejó
bien claro que no lo firmaría. Bergoglio estaba entonces muy preocupado e inmerso en
la preparación del difícil viaje a Irak. Cuando lo hicieron público fue un golpe muy duro
para la comunidad LGTB. Habíamos adelantado mucho, y todo se fue al garete. Escribí
una columna para un periódico de Chile y se la envié al santo padre. Se titulaba: “Este
no es el papa Francisco que yo conozco”. Es un gol que le metieron los fanáticos de la
CDF, que obviamente no son todos. Hablo sobre todo del obispo Giacomo Morandi,
entonces secretario. Todo es lento en el Vaticano, pero el papa acabó echando a ese
prelado italiano, al que envió a una diócesis de tercera categoría.» De secretario de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, el homófobo Morandi pasaría a ser nombrado
obispo de Regio Emilia-Guastalla, una evidente defenestración y alejamiento del poder
que ejercía en la Santa Sede.
El mes de junio de 2018 se había celebrado una cumbre desafiante de cardenales en
un hotel de Roma. Asistieron muchos purpurados de la curia y otros repartidos por todo
el mundo, todos alineados en el frente ultraconservador. Una conspiración abierta
contra Francisco en el corazón mismo de la capital italiana. La reunión fue convocada
por el cardenal norteamericano Raymond Burke y el alemán Walter Brandmüller, dos
exponentes de la revuelta más activa contra el pontífice argentino. Entre otras
amenazas, Burke proclamó que «al papa podemos desobedecerlo. Su autoridad no es
mágica, sino que deriva de su obediencia a Dios». «Cualquier acto de un papa —añadió
—, dado que es un ser humano, que sea herético o un pecado, en sí mismo es nulo.»
Llamaban, como no se había visto nunca, a la «desobediencia», mientras tildaban de
herético a Bergoglio. La excusa del encuentro fue el segundo aniversario de la
publicación de Amoris Laetitia, la exhortación papal que, entre otras cosas, abría la
puerta a admitir que los divorciados que se habían vuelto a casar por lo civil pudiesen
recibir el sacramento de la comunión. No podían admitir que esa realidad, tan normal
ya en el mundo, se pudiese oficializar. Después de esta reunión vendrían muchas más,
ocultas dentro y fuera de la muralla vaticana.
El papa Francisco decidió no contestar a la rebelión, pero lo que sí hace cada vez que
se reúne la curia, en torno a la Navidad, es poner ante el espejo a los prelados que
trabajan en la Santa Sede. Les echó en cara, con palabras textuales del 22 de diciembre
de 2014, su conducta «poco ejemplar», el hecho de «sentirse inmunes»,
«indispensables»…, «incapaces de admitir la autocrítica», de «ser inmovilistas mentales
y espirituales», de no trabajar colectivamente, de «caer en el mal de la rivalidad y la
vanagloria». Francisco fue desgranando la lista de «pecados» de la curia: «El mal de la
indiferencia hacia los demás», les acusaba de llevar «una doble vida, fruto de la
hipocresía típica de los mediocres», de caer en «el mal del cotilleo», el mal de divinizar a
sus jefes y acumular bienes materiales. También les recriminaba el mal de la cara
fúnebre y la arrogancia, de los círculos cerrados, y, para terminar, el mal de la vida
mundana y el exhibicionismo. Cardenales, obispos y monseñores salieron del encuentro,
algunos, cabizbajos, y otros, muy alterados. Un monseñor que trabaja en el dicasterio
del Culto Divino me diría que oyó decir a un cardenal: «Es inadmisible que el santo
padre nos trate así. El enemigo está fuera. No somos nosotros. ¡Se ha vuelto loco!». Pero
el papa argentino es consciente de que el enemigo de la Iglesia también está dentro, y
quizá sea el que hace más daño. Ya lo había proclamado en 1972 el papa Pablo VI, que
no era en absoluto un hombre tan directo y claro como Bergoglio. Tenía la sensación de
que «el humo de Satanás ha entrado por alguna rendija en el templo de Dios».
El «directorio oculto»
No tengo ningún indicio para pensar que en la actual curia romana funcione un
«directorio oculto» al estilo del que ya hubo hace muchos años, durante el pontificado
de Juan Pablo II. Sí que hay, como me diría un buen amigo que trabaja en la Secretaría
de Estado, en octubre de 2022, algunas camarillas que «actúan más o menos
coordinadas en favor o en contra de las órdenes que provienen del papa Francisco».
Nada raro en esta especie de corte monárquica que configura el gobierno de la Iglesia.
Una corte para una monarquía que Bergoglio ha intentado abolir, por el simple hecho de
que él no se considera un rey.
El sentido tradicional que siempre ha tenido el pontificado ha experimentado cambios
importantes durante el mandato del papa argentino. Don Pino Vitrano es un popular
sacerdote salesiano que ha creado una red de seis albergues y centros de atención para
los pobres y marginados en Palermo y otras poblaciones de Sicilia. Hablar con Vitrano,
que conoce de cerca al argentino, me ha ayudado a entender la personalidad de
Francisco, que huye como él del lujo, la arrogancia, la parafernalia, el protocolo y las
apariencias. «Ahora tenemos un papa cercano. La humanidad que desprende Bergoglio
es la singularidad de este papa. No es un papa distante. Antes se veía al pontífice a
distancia, con el temor de la sacralidad. Hoy en día tenemos a uno que está con la gente.
De todos modos, también quiero recalcar que Benedicto XVI parecía distante, pero era
humilde. Francisco, sin embargo, es muy distinto.» Esta proximidad es muy criticada
por los tradicionalistas que hablan de la «indignidad del actual pontificado», que
permite que los jóvenes se hagan selfis con él, o suban como invitados al papamóvil. Un
jefe de la Iglesia que abraza a todo el mundo y besa en la mejilla a las mujeres; detalles
que aportan al argentino un carisma y un talante muy alejado de la imagen de un
monarca.
Efectivamente, conviene subrayar que muchas de las novedades de Bergoglio son de
imagen, pero no se queda ni mucho menos en esta superficialidad, que en el fondo está
cargada de simbolismo. Francisco ya ha hecho efectivas reformas y cambios mucho más
profundos, como veremos más adelante. Los analistas suelen olvidar que de hecho la
Santa Sede se puede definir, según los criterios internacionales por todos conocidos,
como la última monarquía absolutista de Europa. Francisco también la ha descrito de
esta manera. Dicho esto, y una vez explicado también que el pontífice tiene un concepto
de la actual curia, como hemos visto, bastante crítico, trabaja para transformarla
lentamente, con ceses y nuevas incorporaciones, pero, aun así, no le gusta. La prueba la
tenemos en una realidad muy desaprobada, y en este caso con cierta razón, por los
sectores de la oposición conservadora. Según los datos que publica la página web oficial
del Vaticano, desde marzo de 2013 a octubre de 2022, Francisco ha promulgado hasta
cincuenta y dos decretos papales motu proprio. Muchos más que Juan Pablo II o
Benedicto XVI juntos. El papa Wojtyla, con casi veintiocho años de pontificado, hizo
veintiocho en total, y Ratzinger, tan solo trece. La publicación de tantos decretos papales
no encaja demasiado con el hecho de querer abolir la monarquía absoluta, ni con el
llamamiento de Bergoglio a hacer una Iglesia más sinodal. Da alas a los que le acusan de
«dictador e hipócrita». Pero, como diría santa Teresa, «Dios escribe recto con renglones
torcidos», y el papa se ve obligado a planificar e improvisar ante las dificultades
haciendo uso de algunas «incoherencias».
Gobernar a golpe de decreto nunca está bien visto, pero en este caso hay que decir que
Francisco no ve ninguna alternativa viable más para poder sacar adelante las reformas.
Es consciente de que someter los cambios a un consenso de la curia implicaría eternizar
las discusiones, luchar contra la paquidérmica burocracia vaticana y, al final,
probablemente, quedar en nada. Desconfía de la curia, que se define desde siempre
como el conjunto de órganos que ayudan al pontífice y que actúan en su nombre. Sabe
que en realidad dista mucho de ser así. En muchos casos ha decidido cortar por lo sano e
imponer su voluntad. Sabe por experiencia que desde los dicasterios se pueden frenar
muchos de los avances que quiere propiciar, y ya no se arriesga. La desconfianza es
mutua. Si la curia boicotea al papa, él boicotea a la curia.
Llegados a este punto, es importante recordar aquí que la curia, en algunas ocasiones,
ha engañado de una manera bastante vil a Bergoglio, presentándole a personajes para
que fueran nombrados para cargos de responsabilidad. Durante los dos primeros años,
el argentino, poco conocedor de las intrigas de la Santa Sede, los creyó de una manera
inexperta e inocente. Algunos de los elegidos resultaron ser trampas muy bien
articuladas. Se trataba de personajes con antecedentes oscuros, y cuando la misma curia
filtraba los dosieres de los que disponían a los medios de comunicación, se hacía público
un escándalo que dejaba a Francisco en una posición difícil, a la vez que erosionaba su
imagen. El papa ha acabado por ignorar muchas de las propuestas que le hacen.
Ciertamente, se puede afirmar que, durante el pontificado de Bergoglio, en algunas
ocasiones se ha actuado desde la curia como en aquella época en que, detrás del
organigrama oficial de la Santa Sede, se escondía la existencia de un «directorio oculto».
Según le relató el sacerdote Mario Marini en los años ochenta al historiador
ultraconservador Roberto de Mattei, este organismo secreto actuaba dentro de la curia
bajo la coordinación de monseñor Achille Silvestrini, que después sería elegido cardenal
por el papa Wojtyla. Se trataba de un directorio progresista en medio del contexto
inmovilista del pontificado del polaco. Silvestrini (a quien Marini definía como el
Richelieu del Vaticano por el enorme poder que parece que tenía) dirigía a un grupo de
miembros del gobierno de la Iglesia que se reunía discretamente en una estancia de la
Secretaría de Estado que nadie conocía. Allí custodiaban un archivo muy confidencial
donde se catalogaba información sensible sobre personajes de toda la Iglesia universal.
A la hora de elegir un candidato para acceder a un alto cargo, como un obispo o un
nuncio, el nombre salía siempre de allí. Silvestrini y el cardenal Casaroli presentaban la
propuesta como si fuese una decisión colegiada, y Juan Pablo II procedía al
nombramiento. El «directorio oculto» acumulaba y filtraba toda la información para
utilizarla en gran parte de los nombramientos eclesiásticos. En aquel organismo se
construían y también se destruían reputaciones. Quiero volver a insistir en que ignoro si
en la actual curia funciona o no algún tipo de directorio secreto (que ahora sería,
obviamente, de talante ultraconservador). De todos modos, todo indica que al menos
algunos miembros bien coordinados de la curia han actuado de manera similar para
desgastar el pontificado de Francisco.
«Somos muy pocos los que queremos, entendemos y hemos apoyado la constitución
apostólica», me dijo en una conversación telefónica después de tres años el cardenal
Roberto Jesús, en mayo de 2022. La nueva constitución Praedicate Evangelium
(Predicad el Evangelio), que ha costado nueve años de estudio y elaboración, fue
presentada el 1 de marzo de 2022 como una de las principales reformas del pontificado
de Francisco. Pone en marcha cambios profundos y de un gran calado histórico en la
curia.
Los miembros del gobierno de la Iglesia se han sentido amenazados por el pontífice
por sus calificativos y la avalancha de pecados en una lista que Bergoglio les ha puesto
ante los ojos. Además, se sienten desafiados por las indicaciones de que hace falta que
los cardenales abandonen los palacios donde viven de manera tan ostentosa. También
porque ya no tienen la impunidad para trapichear con la Banca Vaticana y obtener
cuantiosos beneficios. El papa argentino ha dejado claro que estas prácticas se pueden
calificar de corruptas.
Cuando Bergoglio fue elegido, la tarde del 13 de marzo de 2013, una vez llegado a la
Sala de las Lágrimas de la capilla Sixtina, se negó a ponerse determinados atributos de la
vestimenta tradicional de un pontífice y exclamó: «Se ha acabado el carnaval». Con toda
seguridad no se refería solo al protocolo, la indumentaria y la pompa tradicionales. La
reforma de la curia acaba con muchos hábitos y convenciones seculares de la Iglesia
católica, y con muchas incongruencias. Uno de los cambios más significativos es que
prevé que cualquier católico pueda dirigir un dicasterio. Así abre la puerta a los laicos y
a las mujeres para que formen parte del gobierno de la Iglesia, una cosa mal vista y que
pone los pelos de punta a los clericales y a los sectores más fundamentalistas, que
piensan que la dirección solo puede estar en manos de religiosos consagrados y que la
mujer únicamente es útil para hacer el trabajo doméstico. Un obstáculo que además
puede acabar con el «carrerismo», el sistema que propicia que dentro de la Iglesia haya
una obsesión por «hacer carrera», por ascender. Si ahora los laicos entran en el
organigrama, se acaba todo. Hasta 1917, los laicos hasta podían ser nombrados
cardenales. Varias veces a lo largo de la historia ha sido así. También algunos papas
fueron elegidos horas después de ser consagrados como sacerdotes y cardenales, el
requisito previo para llegar al pontificado. El último cardenal laico fue el ministro de los
Estados Pontificios, Teodolfo Mertel, que fue nombrado en 1858 por Pío IX. Pablo VI,
haciendo caso omiso de los nuevos reglamentos, también habría propuesto nombrar al
conocido filósofo católico francés Jacques Maritain como cardenal laico. Pero, de todos
modos, no lo consiguió: la legislación se lo impedía.
Ya en 2015, Francisco dirigió una carta a unas jornadas sobre laicismo que se hacían
en la Universidad Pontificia de la Santa Croce. El papa escribía de manera bien explícita
que «los laicos no son miembros de segunda clase al servicio de la jerarquía». En 2022
eliminaría las trabas para que los laicos puedan participar con responsabilidad en el
gobierno de la Iglesia. Las mujeres ya ocupan por deseo del papa lugares de
responsabilidad en diversos dicasterios. La paridad que piden algunas organizaciones de
mujeres de la Iglesia queda aún muy lejos, pero Bergoglio ha roto un tabú. Ahora bien,
se plantea una pregunta que de momento no tiene respuesta: ¿están dispuestos los
sacerdotes y obispos a recibir órdenes de un laico o de una mujer? Más de uno ya ha
puesto el grito en el cielo ante este planteamiento que tanto perturba a los defensores de
la tradición y la ortodoxia.
La reforma de la curia, a través de la constitución apostólica Praedicate Evangelium
ha sido trabajada por el sector de más confianza de Francisco. Un proceso tan lento
como delicado que saben que rompe muchas normas y tradiciones que hasta ahora
parecían inamovibles. Dos personajes han sido señalados como los redactores del texto
definitivo: monseñor Marco Mellino y el cardenal Gianfranco Ghirlanda. La web italiana
ultra Silere non possum los ha calificado de «tan incompetentes… que hacen dudar de
que tengan preparación teológica y canónica». Acusan al papa de los mismos déficits.
Fundamentalmente, estos dos personajes han recogido las propuestas hechas por el
Consejo de Cardenales, el organismo consultivo de confianza con ocho cardenales
(ahora son seis) que Bergoglio creó al cabo de solo dos meses de llegar al pontificado.
El jesuita italiano Ghirlanda fue nombrado cardenal por el papa en el consistorio de
agosto de 2022. Tiene ochenta años, y por lo tanto no podrá participar en un futuro
cónclave para la elección del sucesor de Francisco. De todos modos, Bergoglio lo quiso
premiar por su trabajo como canonista de prestigio en la Santa Sede. Él ha sido el
experto que ha asesorado y redactado gran parte de la reforma de la curia según las
directrices que el papa le ha ido dando desde el inicio del pontificado. Es criticado con
dureza por los sectores más tradicionalistas porque sería el hombre que, según afirman,
hace creer al pontífice que está por encima de cualquier ley y puede gobernar a golpe de
decreto.
Además de la disposición para que laicos y mujeres puedan participar en el gobierno
de la Iglesia, cabe destacar otros aspectos de esta esperada reforma que concreta la curia
que Francisco quiere lograr para cerrar su pontificado. Se limitan los cargos a cinco años
prorrogables una sola vez, para evitar el «carrerismo» del que ya hemos hablado, y que
el papa argentino tantas veces ha denunciado. Al mismo tiempo, se otorga más poder a
los obispos, que han de ser ayudados y no mandados por la curia vaticana. También se
crean dos nuevos dicasterios, uno dedicado a la evangelización y otro a la caridad. En
total serán dieciséis los dicasterios o ministerios de la Iglesia. Finalmente, desaparece la
denominación de congregaciones o consejos pontificios, que pasan a llamarse también
dicasterios. Reformas todas ellas de gran profundidad, ya que reducen el poder
centralista y regulan, incluso hasta eliminar algunas, tradiciones que parecían
inamovibles y que provocaban constantes anomalías y corruptelas impropias de la
institución.
Todos cesados
«El Vaticano necesita acciones enérgicas y contundentes. Decisiones que serían como si
se rompiese un jarrón de Sevres, pero que ayudarían a avanzar. No vale, como hizo
alguna vez en privado Benedicto XVI, quejarse de que las cosas no funcionan por
incompetencia. Él no ha hecho nada para solucionarlo. Hay que actuar, pero este papa
alemán no lo hará. Prefiere dejar hacer y que pase el tiempo. La administración de la
Santa Sede se le ha escapado de las manos, como les pasa a casi todos los papas, y si no
controlas eso, el pontificado no tiene nada que hacer.» Rescato esta contundente frase
de una libreta de 2011 donde apunté algunas reflexiones que me hizo confidencialmente
un cardenal latinoamericano de los que tienen un fuerte peso en la curia. Comimos en
una dependencia muy cerca de la Sala de los Claroscuros, situada en el antiguo núcleo
medieval del Palacio Apostólico, el palacio del papa, una salita que es una especie de
vestíbulo cerrado a las visitas de los turistas. El espacio, elegante, con frescos
renacentistas en las paredes, no es ni mucho menos tan espectacular como la
denominada Sala de los Claroscuros, donde se pueden apreciar los muros decorados con
una técnica de arquitectura pintada. Entre las columnas destacan unos cuantos
apóstoles realizados por Rafael por encargo del papa León X. Accedemos a través de una
pequeña pero espectacular escalera, pues se encuentra en el segundo piso del palacio,
unas dependencias que están reservadas para el uso interno de la curia, que la utiliza
para recibir visitas o invitar a algún huésped, como es mi caso. Una mesa muy bien
puesta para dos personas, con cubertería, vajilla de porcelana con decoraciones florales
y copas de cristal de museo. La comida no fue apoteósica, como en otras ocasiones. Una
ensalada con salmón y, creo recordar, una insulsa lubina al horno con verduras. Un vino
de Burdeos nada espectacular y una panacota de postre, tirando a industrial,
completaban la comida. Lo importante era conocer a aquel cardenal que ni se podía
imaginar que dos años después un latinoamericano como él sería el relevo del pontífice
alemán. Era un hombre muy simpático y amable, y nos reímos mucho hablando de
muchas cosas, sobre todo de fútbol o de la colonización española de las Américas, y
hasta me contó varios chistes sobre argentinos psicoanalistas y bailarines de tango,
como dice el tópico. ¿Quién podía prever entonces que un apasionado del tango, como
Bergoglio, acabaría siendo el nuevo jefe de la Iglesia católica? Hablando de temas más
serios, el cardenal estaba preocupado por la pederastia y apostaba por la necesidad de
una reforma radical de la Iglesia, empezando por la Santa Sede, que, según me dijo,
«nadie limpia de gente corrupta y aprovechada, y que se perpetúa en el poder».
Durante la comida me prometió que me llevaría a los apartamentos Borgia, y cumplió
su promesa cuando nos levantamos de la mesa. Todavía quedaban algunos turistas, pero
la visita, acompañado de un guía como él, fue muy provechosa. Las seis salas que me
enseñó, explicándome todos los detalles, habían sido escenario de asesinatos, todo tipo
de relaciones sexuales morbosas, alianzas e intrigas de gran alcance. Pero no nos
perdamos en la historia del siglo XV ni en detalles como los frescos donde se observa la
primera imagen de un indígena del continente americano en Europa.
En diversas ocasiones, Francisco ha manifestado en público que quiere evitar que los
cargos se eternicen en el Vaticano. Así lo ha establecido, como ya hemos precisado, en la
reforma de la curia. Quiere que los cargos sean temporales para prevenir
comportamientos funcionariales, abusos de autoridad y también mucha corrupción en
los responsables de los departamentos. El tsunami llegó en junio de 2022, cuando de
una sola tacada Bergoglio echó a ocho de los veinte cardenales de la curia. Se vieron
afectados los que tenían más de setenta y cinco años y ya habían presentado la renuncia
por razones de edad, como marcan las normas. Era gente de todas las tendencias y
posicionamientos; no era una purga, como se ha querido hacer ver. Entre los
«jubilados» se encontraba el cardenal conservador canadiense Marc Ouellet, muy
cercano al pensamiento de Benedicto XVI, que siempre está en las listas de papables y
que desempeñaba la importante misión de ser el responsable de todos los obispos del
mundo. También estaba uno de los intelectuales de más prestigio, el purpurado italiano
Gianfranco Ravasi, que tuvo que dejar el Consejo Pontificio de la Cultura. Se trata de un
gran lector y un comunicador extraordinario, arqueólogo experto (le llaman el Indiana
Jones del Vaticano) y un profesor con mucho carisma. Una de las mentes más
prodigiosas y más interesantes que he conocido en la Santa Sede. Si me preguntan si
puede optar a ser papa, siempre digo que creo que nadie se puede descartar. No
obstante, probablemente tiene una imagen demasiado europea, y no cuenta con el apoyo
del Colegio Cardenalicio, que sería imprescindible para resultar elegido.
El objetivo del pontífice argentino es fundamentalmente rejuvenecer el gobierno de la
Iglesia. Hacerlo más dinámico, menos arterioesclerótico. Cambiar la gerontocracia que
ha imperado desde siempre. Ya no tiene enemigos en la curia de la talla del cardenal
alemán Gerhard Müller, que presidió la Congregación para la Doctrina de la Fe, y del
cardenal nigeriano Robert Sarah, que estaba al frente del Culto Divino. Bergoglio se los
quitó de encima en cuanto pudo. Ambos ejercían de halcones, con una dureza fuera de lo
común. Eso no quiere decir que aún no haya algunos que tengan capacidad para poner
muchos obstáculos a los cambios que propugna el argentino. Sin duda los irá
cambiando, para acabar transformando una curia que, ahora mismo, ejerce de anómalo
contrapoder al mismo pontífice. El estilo monárquico y repleto de atribuciones y
privilegios, que Francisco rechaza, tiene que dar paso a un instrumento más adaptado a
los tiempos actuales. La curia romana o vaticana, o como la queramos llamar, se creó
paradójicamente con el objetivo de ayudar al papa en su tarea, aunque durante el
pontificado de Francisco se ha convertido en la institución que ha puesto más palos en
las ruedas a sus proyectos.
Hasta hace bien poco, en la curia vaticana del papa Francisco había tres pesos pesados
de la ortodoxia y el conservadurismo más extremo: los cardenales Gerhard Müller,
Raymond Burke y Robert Sarah. Los tres hicieron desde dentro, y siguen ahora
protagonizando desde fuera, una guerra abierta contra el pontífice argentino. Bergoglio
los ha apartado del Vaticano, pero el hecho de que ya no pertenezcan al «gobierno de la
Iglesia» no significa en absoluto que no mantengan una enorme influencia y poder sobre
la colosal y compleja maquinaria de la Santa Sede. Siguen siendo tres referentes no solo
para el sector más inmovilista intramuros, sino también para muchos obispos de todo el
mundo, y también para las organizaciones políticas que podemos definir como de
derecha radical o ultraderecha en Europa y el resto del mundo occidental. Al teólogo
cardenal Müller le dedicamos un capítulo, y ahora nos centraremos en Sarah y Burke.
El caso de Robert Sarah (Ourous, Guinea, 1945) es paradigmático. Quizá nunca un
purpurado africano había tenido la acogida y el entusiasmo que él genera en los círculos
más conservadores de Europa, un continente que él ve desnaturalizado por una
secularización que ignora las raíces cristianas. Los mismos valores que ahora «se han
arrinconado», y que los misioneros franceses le inculcaron de joven en su poblado de
Guinea. Esta batalla personal contra una cultura que no asume que se haya «alejado de
Dios» le lleva a escribir libros y artículos y dar conferencias donde los divorciados, las
mujeres que abortan, las feministas y los homosexuales son los nuevos «demonios» del
siglo XXI.
Todo el mundo le reconoce el hecho de que es un orador y un escritor brillante, que,
como guardián de la liturgia, desde la Congregación para el Culto Divino, defendió la
misa tridentina en latín a capa y espada, al mismo tiempo que repudiaba la decisión
defendida por Francisco de poder dar la comunión a los divorciados y vueltos a casar.
«Los que me colocan en oposición al santo padre no pueden presentar ni una sola
palabra mía, una sola frase o una sola actitud que dé apoyo a sus absurdas y yo diría que
diabólicas afirmaciones», dijo Sarah en 2019. Un mensaje de fidelidad que, como
veremos, resulta bastante engañoso.
El africano no ha dejado de criticar nunca «la deriva ideológica» del catolicismo, el
concepto de Iglesia abierta hacia las periferias, así como el papel importante, que
defiende Francisco, que mujeres y laicos tienen que asumir en la institución. También
rechaza la acogida de inmigrantes y refugiados. Según Sarah, la Iglesia tiene que hablar
de Dios, y no de emigrantes, porque «no es una ONG». Cuando el cardenal
ultraconservador organizó una operación intramuros, no sabemos si orquestada o no,
para intentar que el papa emérito Benedicto XVI se situase a la cabeza del sector más
reaccionario estalló el escándalo. El alemán era la pieza clave que necesitaban los ultras
para abatir al «enemigo Francisco». Colocar ante el mundo a Ratzinger, el único
pontífice legítimo que ellos reconocían, como un anti-Bergoglio fue recibido como una
victoria inapelable por los estrategas que maquinan el complot. Lo consiguieron a
medias. No del todo como pretendían. La bomba se activaba con la aparición del libro
escrito a cuatro manos por el cardenal guineano y el pontífice emérito, Desde lo más
hondo de nuestros corazones, publicado en 2020, que provocaría un auténtico
terremoto en el Vaticano. En el texto cargaban sin tapujos contra la posible apertura del
pontífice a la ordenación sacerdotal de hombres casados en zonas remotas de la
Amazonia, una recomendación aprobada por los participantes al sínodo celebrado en
octubre en la Santa Sede.
Sarah siempre ha negado que engañase a Ratzinger, pero lo que es evidente es que el
mal ya se había sembrado. La crisis estaba servida, y la respetuosa cohabitación entre
Francisco y su predecesor saltaba por los aires. Con lo que no contaba la facción ultra
era con la reacción indignada de Bergoglio, que pidió al papa emérito que negase la
coautoría del libro y ordenó al cardenal que se retirase la firma del pontífice
dimisionario. Finalmente accedió. El argentino hablaba en privado de que Ratzinger
había sufrido aquella manipulación por culpa sobre todo de su secretario personal,
Georg Gänswein, a quien relegó como jefe de la Casa Pontificia, la que organiza el día a
día del papa Francisco.
En febrero de 2021, Robert Sarah recibió indignado la rápida aceptación por parte de
Bergoglio de su renuncia como miembro de la curia al cumplir los setenta y cinco años.
Cuando conviene, el papa no espera demasiado en prescindir de quien se le enfrenta.
Sarah tuvo que dejar el importante cargo de prefecto de la Congregación para el Culto
Divino, aunque no ha vuelto a Guinea Conakri. Ya no podía disponer de la atalaya más
adecuada, que él utilizó para lanzar intramuros los dardos más envenenados contra
Francisco, pero aun así sigue en Roma y viaja por todo el mundo, invitado por
fundaciones e institutos conservadores que le compran satisfechos las cuestiones
dogmáticas, a la vez que ignoran algunas posiciones progresistas suyas en temas como el
medio ambiente o la ética necesaria en la economía global, dos argumentos que le
acercan más a Francisco.
El que han reconocido algunos periodistas especializados en religión (como Jesús
Bastante, de elDiario.es como «papable de Vox, Salvini y Trump» ha abandonado el
palacio vaticano, junto a la plaza de San Pedro, pero no se ha ido. Mantiene una
influencia crucial en la Santa Sede y entre los sectores más tradicionalistas de la Iglesia
universal. Para muchos continúa siendo el papa deseado e ideal para recuperar el estilo
y el fondo de los pontificados de Wojtyla y Ratzinger.
Hay personajes que son clave en el Vaticano para profundizar en el tema que nos
ocupa. He tenido el privilegio de hablar con algunos de ellos, para así poder construir
nuestro relato. En este caso, por más esfuerzos que había hecho en los últimos años para
acercarme a este importante cardenal de la Santa Sede, parecía imposible poder
mantener una conversación. Las constantes negativas, problemas de agenda, viajes… lo
habían convertido en una quimera. Finalmente tuve que ir a reunirme con él a Madrid,
donde, a finales de octubre de 2022, fue el invitado estrella de una cumbre calificada por
la prensa progresista de la capital española como «aquelarre fascista contra el papa
Francisco».
Si Joseph Ratzinger, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua
Inquisición), fue implacable contra los teólogos progresistas y las propuestas de
reformas, el nombrado por Benedicto XVI para ese relevante cargo, el cardenal también
alemán Gerhard Müller, siguió la línea dura ultraconservadora sin fisuras. El teólogo
Gerhard Ludwig Müller (Maguncia, Alemania, 1947) fue, pues, uno de los hombres con
más poder de la Iglesia católica desde 2012 a 2017, momento en que fue cesado por el
papa Francisco. El purpurado sería relevado a los sesenta y nueve años, cuando le
faltaban más de cinco años para la edad canónica de jubilación (los setenta y cinco
años). Bergoglio no le concedió la renovación para un lustro más, como muchos
pensaban que pasaría. Se rompía así por primera vez una regla que se había aplicado
siempre.
La destitución y la caída en desgracia del todopoderoso cardenal fue calificada de acto
autoritario por el sector conservador, que recibía una dolorosa derrota al quedarse sin el
control del departamento más crucial de la Santa Sede: el que vela por la pureza
doctrinal de la Iglesia católica. El papa Francisco había desafiado la estrategia de los
antirreformas que preferían contar con Müller, aunque fuese más callado o moderado,
ocupando el cargo, en vez de tenerlo más locuaz pero desposeído de sus funciones.
Personalmente, el cardenal alemán interpretó la destitución como una gran ofensa; a
partir de ese momento, ya libre de responsabilidades, apostó por hablar y criticar
abiertamente el pontificado de Bergoglio. Así potenciaba el papel que ostenta hoy de
líder del sector más ultraconservador de la Iglesia en los cinco continentes, donde es
muy admirado y solicitado. Al lado de otros purpurados, como Burke o Sarah, también
apartados de la curia por Francisco, hoy en día es un personaje clave del búnker
vaticano, que ve al papa argentino como un hereje y se enfrenta directamente a él por las
reformas y encíclicas que promulga.
El cardenal Gerhard Ludwig Müller sigue viviendo en Roma, pero no para de viajar y
dejarse querer por los círculos internacionales más ultras, tanto religiosos como
políticos. Promociona sus ideas por todo el mundo, como hizo en Madrid, a la vez que
populariza su figura. Cuando yo le entrevisté acababa de llegar de una gira por Estados
Unidos y México donde recibió muestras de entusiasmo de miles de participantes en el
Congreso Mundial de las Familias. Poco a poco se construye la imagen de implacable, y
se erige en un papable que sería ideal para el sector más conservador de la Iglesia, si no
existiesen los candidatos más discretos Peter Erdo y Robert Sarah, dos aspirantes con
más posibilidades. En el Vaticano son muchos los que me advierten de que, a pesar de
los obstáculos, se prepara a conciencia para el próximo cónclave. Por lo que me dice él
mismo, intuyo que es muy consciente de que sus opciones son mínimas, a no ser que
cambien mucho las cosas. De hecho, el exprefecto de la Congregación de la Fe mueve
muchos hilos, cultiva y refuerza amistades influyentes, y tendría, según me han repetido
algunas fuentes acreditadas, «algunos ases escondidos en la manga». Aspira a ser como
mínimo, me dicen confidencialmente, uno de los grandes electores de cara a un futuro
cónclave. Tampoco tendrá fácil ese papel. En numerosas ocasiones ha utilizado el arma
de la descalificación para referirse a Francisco, y eso lo sitúa en un bando con muchos
adeptos, pero con una imagen considerada demasiado radical. En el momento actual, la
muerte de Benedicto XVI —que actuaba muchas veces como una figura que exigía
moderación— puede fortalecer aún más su liderazgo en el sector ultraconservador. En el
contexto de una radicalización más visceral de las posiciones y la creación de un
ambiente de guerra abierta y cruenta, las opciones crecen para el cardenal alemán.
Müller es un buen teólogo, según los expertos en la materia, y sabe argumentar y
comunicar su pensamiento, a la vez que actúa con una innegable inteligencia. Me lo
demuestra en la entrevista, donde se explaya en los temas menos polémicos y responde
con brevedad a las preguntas más delicadas, sobre las que debo insistir en que sea más
explícito. Se nota que domina las técnicas de comunicación y sabe administrar las
respuestas. El día antes de nuestra conversación había dado una conferencia en el
Casino de Madrid, alabando a Juan Pablo II, y al día siguiente daría otra sobre
Benedicto XVI. Dos figuras del conservadurismo católico más radical que le son muy
útiles para desplegar su argumentario contra el pontificado de Francisco.
El papa quiere «una nueva doctrina destructiva»
Cuando nos saludamos, el mediodía del 26 de octubre de 2022 en una pequeña sala
preparada para entrevistas de la Universidad CEU San Pablo, me impresiona la
corpulencia del cardenal de casi dos metros de altura. Me veo bajito y poca cosa al lado
de ese gigante que mantiene un aspecto juvenil y ágil, a pesar de sus setenta y seis años.
Hay momentos en los que sonríe y otros en los cuales su semblante se pone serio, e
incluso amenazador. Se muestra siempre afable, pero al mismo tiempo expectante por
las preguntas que le puedo hacer. Los medios, sobre todo ultraconservadores, lo han
«secuestrado» prácticamente toda la mañana y han sacado de él lo que esperaban, con
un planteamiento que refuerza sus tesis. Yo voy quizá más «a saco», con una entrevista
menos teológica, menos doctrinal, y sobre todo enfocada en el tema central de este libro.
Sin ningún género de dudas le sorprenden algunas preguntas, acostumbrado como
estaba durante aquellos tres días en Madrid a vivir rodeado de sus acólitos, que lo
protegen y le han obsequiado con un baño de multitudes. Habla de una manera
pausada, midiendo las palabras y muy consciente de que aporta una visión contraria a
los planteamientos de Jorge Mario Bergoglio. Siempre intenta obviar cualquier
referencia explícita al pontífice argentino, pero tampoco oculta la carga crítica que
tienen sus palabras contra Francisco.
Empiezo abordando el tema de la renuncia de Benedicto XVI, insistiendo en si el papa
Francisco tendría que hacer lo mismo por otros motivos. «Estoy totalmente en contra de
las renuncias, que no se pueden convertir en una rutina. Los obispos, sacerdotes, el papa
—me dice, con bastante aplomo— son instituidos por Jesucristo, y no son funcionarios
de un sistema donde se pueden jubilar después de cierto tiempo.» No quiere hablar de
su cese del cargo que ostentaba y que lo convertía en una de las máximas autoridades
vaticanas.
La segunda pregunta hace que se remueva en su asiento. ¿Son exponentes, Juan Pablo
II y Benedicto XVI, de una doctrina tradicional que quiere ahora destruir el papa
Francisco? Hace una pausa: «Este vocabulario de tradicional y no tradicional no lo
entiendo. Tenemos la Biblia, la tradición apostólica y nuestra cultura tradicional
cristiana occidental, que conforman tradiciones eclesiásticas. Vemos también grandes
confrontaciones con los totalitarismos contra el cristianismo. Hoy en día tenemos una
civilización creciente anticristiana y un poshumanismo que niega la dignidad humana,
la personalidad, los valores del cuerpo masculino y femenino. Con estos totalitarismos
no podemos establecer compromisos, y algunos lo hacen». Cuando le pregunto si piensa
que el papa argentino ha llegado a acuerdos inexplicables con Venezuela, Nicaragua o
Cuba, reflexiona unos instantes. «Desde la experiencia puedo decir que, como Iglesia,
hemos de ser más claros. En Alemania tenemos experiencia con el nacionalsocialismo.
Ningún obispo estaba de acuerdo, pero querían proteger a la Iglesia como institución.
Con estos poderes totalitarios y anticristianos no se puede negociar. Los socialismos
actuales, que dicen ser favorables a los pobres, mienten. Todos los comunistas son
superricos, y solo están interesados en sí mismos. Solo hacen propaganda. No creo ni
una palabra a los socialistas, y por lo que respecta a los españoles, no necesito que el
presidente Pedro Sánchez me interprete la realidad.»
Müller ha recalcado en diversas entrevistas que el papa no puede cambiar la doctrina
de la Iglesia. «Algunos piensan que puede cambiar la doctrina como si fuese un
presidente o un partido político. Jesús dijo a los doce apóstoles: enseñad a todos los
pueblos lo que yo os he enseñado. Eso no se puede cambiar. La doctrina de la Iglesia es
la expresión de la verdad revelada. El papa, los obispos, un concilio solo pueden
defender, interpretar y explicar la verdad, pero no cambiarla. No podemos ir más allá de
la verdad que está presente.» Cuando entramos en el tema de la supuesta herejía
cometida por Francisco, al permitir la comunión para los divorciados y vueltos a casar,
el cardenal alemán reflexiona por un instante: «El papa quería acercarse a esa gente
divorciada, o que viven en uniones no matrimoniales eclesiásticas. Son parejas civiles y
no sacramentales. Hemos de pensar en esas personas, pero sin relativizar la doctrina
revelada sobre la indisolubilidad del matrimonio. Hemos de hacer una pastoral que no
oscurezca este principio. Hay que defender la fe ante las herejías».
Sobre la condena de la homosexualidad y la cultura LGTB, uno de los temas
recurrentes en los que se muestra más inflexible, Müller no admite ningún tipo de
concesión. «Hemos de presentar la verdad que viene de Dios. Si uno dice: me voy de la
Iglesia porque Jesucristo no dice lo que yo quiero, bueno, es una actitud muy cómoda y
anticristiana, una moral de fabricación propia. Es la locura de la ideología de género. Ni
el papa ni ningún obispo tiene autoridad para bendecir uniones o comportamientos que
estén en contra de la voluntad de nuestro creador y redentor. Hay una agenda gay que se
ha infiltrado en la Iglesia católica para destruirla. Los temas centrales de la Iglesia no
tendrían que ser el cambio climático, la protección del medio ambiente, la política
migratoria, los lugares de poder para los laicos, sino el Evangelio de Jesús.»
El papa ha iniciado un Camino Sinodal, que es un proyecto que ha de dibujar la Iglesia
del futuro, después de un largo debate con la participación de los católicos de todo el
mundo. El cardenal Müller lo ha definido como una especie de Concilio Vaticano III no
oficial. Se muestra irónico sobre cómo las propuestas, que llegan a la Santa Sede,
discutidas en las parroquias y diócesis de todo el mundo, tienen planteamientos
rompedores e innovadores sobre la moral, y pretenden que laicos y mujeres
desempeñen un papel relevante en el futuro. «Desde luego, no es técnicamente un
concilio, pero se pretende. Pero no olvidemos que un concilio no puede cambiar la
doctrina revelada. Podemos llegar a decir que Jesucristo ni tan solo era hombre, y que
era un transexual», dice.
Cuando le planteo las críticas recibidas por Bergoglio por gobernar mediante decretos
(motu proprio) o haciendo reformas sin dejar intervenir a la curia, el cardenal es
taxativo. «Se pueden discutir estos comportamientos y el estilo de gobernar la Iglesia. Se
puede criticar también a los obispos diocesanos, que no todo lo que hacen es adecuado.
Existe un abuso del poder eclesiástico. Vemos cómo se deforma la historia de la Iglesia
al estilo de los papas del Renacimiento, que no son precisamente grandes ejemplos.»
Es evidente que el cardenal Müller viaja muy a menudo, se reúne y trabaja con
organizaciones católicas vinculadas a la extrema derecha de Estados Unidos y Europa,
para defender el conservadurismo. «Yo no trabajo. Estoy siempre invitado», me dice,
riendo de una forma irónica. «Conozco la teología católica más que muchos que se
presentan como amigos del papa Francisco. Hay que decir la verdad. También en el
pasado hubo críticas contra los papas más grandes e importantes que las mías. Cipriano
de Cartago o Policarpo de Esmirna han criticado no el magisterio infalible de los papas,
pero sí el gobierno de la Iglesia, como el mismo san Agustín, que dijo que la verdad es la
verdad, y no podemos hacer diplomacia. Yo en el tema doctrinal no soy amigo de
diplomacias. Eso lo hace la Secretaría de Estado, que por no enemistarse con Macron,
por ejemplo, ha de callar las falsas políticas que él hace contra la vida.»
El cardenal Müller no admite ser, como se le califica, un enemigo declarado del papa
Francisco. Ninguno de los así considerados lo hace. Sonríe cuando se lo planteo. «Eso
solo lo puede decir un loco», proclama, a la defensiva. Si entro a hablar de la existencia
de un complot contra Bergoglio, también echa balones fuera. «No existe. ¿Por parte de
quién? Mire, los que llaman conservadores son los más fieles al pontificado. Creen en la
dimensión revelada del pontificado. Los reformistas en cambio piensan que el
pontificado es un instrumento para hacer triunfar sus ideologías. El complot que usted
dice existía contra Benedicto XVI y contra Juan Pablo II. Ahora hay una conspiración
para imponer una agenda que pretende construir un “nuevo orden mundial” en 2030.
Un nuevo orden heredero del Concilio Vaticano II y que va a dividir la Iglesia, un nuevo
orden que quiere hacer triunfar el relativismo y un mundo totalitario que deja a Dios a
un lado, y se construye en función de la dictadura del nihilismo.» La agenda 2030 de la
que habla el cardenal es el proyecto de las Naciones Unidas para intentar conseguir un
desarrollo sostenible del planeta a partir de la lucha contra el cambio climático, una
economía global sostenible, la erradicación de la pobreza y la extensión del acceso a los
derechos humanos. Müller comparte con los líderes y grupos de la extrema derecha
internacional la idea de que este plan es una aberración que transformará el mundo en
una especie de dictadura socialista donde el hombre, sometido al totalitarismo, formará
una masa sin derechos, vacía de la noción de Dios y de los valores cristianos.
Cuando le planteo, para terminar, qué haría si fuese elegido papa, ya no sonríe, sino
que lanza una sonora carcajada. «Eso no pasará», dice, con semblante satisfecho, y me
acaba explicando que gobernaría según la tradición. Tiene una comida con la plana
mayor de la Iglesia española y representantes de las fuerzas políticas más
conservadoras. Lo viene a buscar a la sala de entrevistas de la Universidad CEU San
Pablo su comitiva de anfitriones, orgullosos de la presencia del purpurado. Nos
despedimos con un apretón de manos. Es evidente que al cardenal Müller le encantan
los focos mediáticos, que sabe controlar como pocos. Los silencios y las sonrisas irónicas
que cultiva como nadie son suficientemente explícitos. Quizá no llegue nunca a ser jefe
de la Iglesia católica, pero su influencia dentro y fuera del Vaticano es indiscutible.
Estamos ante un crucial peso pesado en el futuro más inmediato de la institución.
10
«Lejos del Vaticano las cosas se ven muy distintas de cómo se viven dentro. Cada
diócesis es un auténtico reino de taifas donde el obispo ejerce muchas veces un poder
absoluto, al estilo medieval. Yo intento siempre no actuar así, pero no es fácil. Las
diócesis siempre se han gobernado de este modo.» Tenía mucha razón el obispo al que
conocí, y así se sinceraría conmigo el año 2016, en el palacio episcopal de una ciudad de
la Italia meridional. Y eso que a él el Vaticano no le cogía tan lejos como a la mayoría de
sus colegas, repartidos por todo el mundo. Era muy consciente de que un hecho
histórico y una anomalía geográfica, que consistían en que Italia tenía un Estado en el
corazón de su capital, habían supuesto para la Iglesia católica tener una influencia
impresionante en uno de los países clave de Europa.
En Italia, la presencia y la injerencia abrumadora de la Santa Sede en la sociedad, la
política y la economía han hecho mucho más fácil para la Iglesia ejercer un control más
estricto. Durante siglos, el gobierno de la Iglesia de territorios lejanos al Vaticano hacía
mucho más difícil la fiscalización del cumplimiento de las directrices que emanaban del
centro de poder. Imperaba cierta anarquía. Hoy en día, en este siglo XXI de
comunicación global, la lejanía geográfica no es excusa para simular, como pasaba
antes, que las órdenes del papa no habían llegado o se habían interpretado de manera
poco apropiada. Aun así, muchos obispos se otorgan la potestad de hacer más o menos
caso a un decreto pontificio o a una encíclica.
El obispo italiano (ahora ya retirado, y por tanto obispo emérito) era un hombre que
con los años se había vuelto muy escéptico y que no confiaba en que el nuevo pontífice
pudiera hacer grandes reformas. «Este papa lo intenta todo, pero lo tiene muy difícil.
Luchar contra los poderes ocultos que esconde la Santa Sede y su enrevesada
maquinaria burocrática exige un esfuerzo y una determinación que puede acabar
destruyendo al más tenaz. Admiro del santo padre Francisco que no se deje abrumar, y
que a pesar de los fracasos persista como el primer día.»
Como digo siempre, el papa tiene sobre el papel todos los poderes de un monarca
absolutista, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero todo un batiburrillo de
imponderables, intereses, lobbies y maniobras son los que acaban configurando
realmente el alcance de ese poder. En la cuestión de los nombramientos de nuevos
obispos tiene todavía mucho trabajo por delante.
Para analizar la situación del episcopado en el ámbito internacional, contacto con
Joseph, un monseñor que trabaja desde hace dos décadas en el dicasterio para los
obispos del Vaticano. Como casi todo el mundo en la Santa Sede, no quiere hablar hasta
que le ofrezco el anonimato. Aun así, tarda dos meses en darme una respuesta. Es
declaradamente «bergogliano» y afirma satisfecho que el pontífice argentino «ha
conseguido que ochenta y cinco millones de personas vuelvan a los brazos de la Iglesia
católica». Considero muy interesante el análisis que hace: «El papa Francisco se ha
encontrado con una gran cantidad de obispos en todo el mundo que desde el primer día
se han negado a seguir sus directrices. Personas acomodadas, que se han organizado
una vida de confort dentro de sus palacios y sus diócesis. Muchos se oponen a sus
opiniones y sus cambios en la manera de acoger a los divorciados, las mujeres que
abortan…, los homosexuales…, pero la gran mayoría, más allá de todo esto, se sienten
muy incómodos con las interpelaciones que les hace Bergoglio sobre el sistema de vida
que llevan. Viven en palacios, frecuentan los círculos del poder político y económico,
miran a la gente por encima del hombro e ignoran a los pobres. Para un obispo, que
siempre ha interpretado (avalado por el Vaticano) que su misión era esa, es muy difícil
enfrentarse a un cambio radical de mentalidad. El santo padre les pide que sean
pastores, que vayan a donde hay gente herida, marginada, que integren a mujeres y
laicos en sus parroquias. Que practiquen la Iglesia en salida. Pero la mayoría le falla».
Cuando le pregunto si hay sanciones para los que desobedecen al pontífice, se ríe.
«Desde mi dicasterio no se hace prácticamente nada para adaptar a los obispos y las
diócesis a la idea que tiene el papa de lo que tiene que ser un pastor. Nos llegan quejas
de feligreses de muchas diócesis que denuncian comportamientos soberbios y
despóticos. También actuaciones corruptas, arbitrarias, y abusos de poder escandalosos.
Se suelen archivar después de una evaluación muy poco rigurosa. Muchos piensan aquí
que la gente que denuncia esas prácticas de un prelado lo hace con la intención de hacer
daño a la Iglesia. Es la cantinela de siempre, injusta e hipócrita, que tanto daño ha hecho
a la institución.»
El papa Francisco renueva cada semana las conferencias episcopales de todo el
mundo. Jubila con rapidez a los elementos más díscolos y los sustituye, muchas veces
(sobre todo en las diócesis más polémicas), por prelados que comparten la necesidad de
los cambios. Pero con frecuencia también tiene que compensar, equilibrar y ejercer una
diplomacia prudente, para evitar más frentes abiertos que le enfrenten a los sectores
más tradicionalistas. Un buen ejemplo lo tenemos en España, donde de una cifra de
setenta y cuatro obispos en octubre de 2022, cincuenta y tres han sido nombrados por
Bergoglio. Eso sí, un setenta por ciento pueden ser calificados de conservadores. España
es, pues, quizás el país de Europa donde la orientación de la Iglesia tiene unas
características más inmovilistas.
Si consideramos que ese mismo año en el mundo había 5364 obispos católicos,
advertiremos que es imposible que el papa conozca el pensamiento y la doctrina de cada
uno de ellos. Además, sigue siendo habitual que los que le rodean le presenten perfiles
de aspirantes que son auténticos engaños. No puede controlarlo todo ni a todo el
mundo. Bergoglio, en vista de esto y de muchas experiencias decepcionantes, se fía cada
vez más de los informes de los nuncios que tiene en cada país, y les ordena investigar las
listas de aspirantes que proponen las conferencias episcopales. Si es necesario, tienen
que rechazar los perfiles inapropiados y proponer otros más idóneos. Por si no bastase
con esto, Francisco ha puesto recientemente a tres mujeres en el dicasterio de los
obispos. No han sido demasiado bien recibidas. Es un club donde siempre han estado
vetadas las mujeres, por lo que se ve como una provocación y una anomalía. Su función,
además, es supervisar el nombre de los que aspiran a ser elegidos. La monja francesa
Yvonne Reungoat, la franciscana italiana Rafaella Petrini y la doctora laica argentina
María Lía Zervino, presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas
Católicas, forman ya parte, con importantes atribuciones, de ese dicasterio. En la
Europa actual, Italia y España son los dos países donde Francisco tiene más dificultades
para renovar a los componentes de las conferencias episcopales. Se sigue imponiendo la
«línea dura».
«Somos la caverna. Y somos muchos», se decían entre ellos dos monjes benedictinos del
Valle de los Caídos, sentados en la fila delantera a la mía. Asistíamos, en la sala de actos
de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, a la inauguración de un congreso que
reunió el 26 y 27 de octubre de 2022 a la plana mayor ultraconservadora de la Iglesia
española. Los dos monjes aplicaban la ironía y la autoafirmación que normaliza los
términos «fachas», «carcas» o «caverna» entre los seguidores de los movimientos más
inmovilistas de la sociedad. Asumen tales conceptos y se enorgullecen de ellos. Una
práctica que incluso se ha hecho viral en las redes sociales con vídeos donde los
exponentes de la extrema derecha se autoproclaman fachas, franquistas o fascistas con
altivez y sin ningún tipo de complejos.
Tenían razón: los asistentes eran la caverna, y eran muchos. Llenaban la sala. «Gente
bien» de Madrid de toda la vida, y jóvenes pulcros sin tatuajes ni greñas, algunos
sacerdotes con sotanas preconciliares y también políticos vinculados a la derecha
española del Partido Popular y la ultraderecha de Vox. Acudían al «congreso con motivo
del 95 aniversario de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI», un título y una forma perfecta
para disimular la auténtica motivación del acto: reunir a todos los sectores contrarios a
las reformas de la Iglesia y a los enemigos de Francisco. Parecía un poco tarde para
celebrar el aniversario del papa emérito, que había sido seis meses antes. Presidía el
escenario un tapiz que lucía el escudo de España con el águila franquista.
El congreso lo organizó la Asociación Católica de Propagandistas a través del Centro
de Estudios Universitarios (CEU) que ellos crearon en 1993. Se sumaron rápidamente
organizaciones ultraconservadoras católicas que invitaron a pronunciar ponencias a
profesores de historia, teología, derecho canónico y también al biógrafo de Benedicto
XVI, Peter Seewaldt. Pero las aportaciones más esperadas se harían en la segunda
jornada. En un auditorio más grande todavía, subirían a la tribuna los obispos Reig Pla y
Munilla, que fueron recibidos como héroes de la resistencia. No decepcionaron a nadie.
Hablaron del «necesario» combate espiritual contra la cultura de la teoría de género,
contra los «llamados nuevos derechos» de las mujeres y del colectivo LGTB. Contra la
ecología y los «ataques a la familia». Una «guerra» que, según coincidieron todos, «hay
que hacer para salvar a nuestra civilización de la dictadura del relativismo y del credo
del anticristo».
Pero el auténtico protagonista del encuentro fue el cardenal Gerhard Müller, que
acaparó muchas de las atenciones y ovaciones de un público entregado. A pesar de oír
gran cantidad de conceptos y opiniones que habían expresado ya los ponentes
anteriores, los asistentes interrumpían con aplausos entusiastas al purpurado alemán en
cada afirmación donde se insinuaba una crítica contra Bergoglio. Todo el mundo era
consciente de que estaban ante un personaje clave que se opone al papa sin demasiados
miramientos. Era el auténtico ídolo al que veneraban todos los ultraconservadores del
mundo católico, y también un sacerdote asistente a quien le oí decir: «Yo aquí sin la
sotana no vengo». Acompañaban a Müller el cardenal y arzobispo emérito de Madrid,
Antonio María Rouco Varela, y también, por sorpresa, el cardenal arzobispo emérito de
Lima (Perú), Juan Luis Cipriani, del que hablaremos más adelante. Dos pesos pesados
símbolos del tradicionalismo en Europa y Latinoamérica. Como no podía ser de otra
manera, ignorarían significativamente aquel congreso el presidente de la Conferencia
Episcopal Española, el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, y también el
arzobispo de Madrid, el cardenal Carlos Osoro. Ambos se ven como próximos a
Francisco, y su presencia habría resultado incómoda para todo el mundo.
El congreso acabaría con los selfis y las fotografías que muchos de los asistentes
querían hacerse con los protagonistas de una lucha que repite este tipo de actos para
fortalecerse. Todo esto es algo que yo pude captar en Madrid esos días, pero ocurre lo
mismo en todos los lugares del mundo adonde invitan a Müller, en círculos y
fundaciones similares. Ahora bien, a saber de qué se hablaría entre bambalinas, en los
encuentros privados en hoteles y restaurantes donde irían. A aquellas reuniones,
evidentemente, yo no estaba invitado. Cuando viaja por el mundo, Müller conecta
siempre con los representantes más poderosos del ultraconservadurismo de cada país.
Los que tienen influencia y forman parte de la conspiración. Conoce a la perfección
quién y cómo se mueven los hilos de las intrigas contra Francisco.
11
Escraches en su casa
El arzobispo Castillo nos comentaba en Barcelona una anécdota que vivió en la catedral
de Lima hacía poco. Se iba a concelebrar una misa, y en la sacristía vio que los
sacerdotes que le acompañaban se ponían el alba, la túnica blanca de algodón o lino. En
aquel caso, la indumentaria iba finamente bordada y llena de puntillas y brocados. El
arzobispo les dijo: «¿Vais a alguna fiesta que hay por aquí?». Se quedaron todos callados
y atónitos. Nos explicaba que él se rio mucho. Conscientemente o no, emuló al papa
Francisco cuando lo vestían de pontífice, al cabo de pocos minutos de ser elegido en
2013, y exclamó: «Se ha terminado el carnaval». Castillo huye, como Bergoglio, de la
ostentación, de la necesidad que tienen muchos clérigos de mostrar opulencia y, por
tanto, poder; del clericalismo que aleja a los clérigos católicos de la gente.
La visita que hizo el arzobispo Castillo al Vaticano, en junio de 2021, generó un alud
de protestas del sector más inmovilista del catolicismo peruano. Unas palabras suyas
hicieron saltar chispas nuevamente, que acabarían provocando otro incendio. Sería en
julio de aquel año cuando, en una conferencia virtual promovida por el arzobispado, dijo
que había hablado con el papa Francisco del tema de los laicos: «Estoy propiciando que
me den permisos en el Vaticano para diversas cosas que no están permitidas. Por
ejemplo, que me den permiso para que familias, o parejas, o grupos de esposos o de
personas mayores laicas, asuman parroquias, porque es mejor enviar a los sacerdotes a
estudiar un poco, ¿no?». El arzobispo de Lima proponía «que los laicos hagan de
rectores o de directores de las iglesias, levanten las comunidades, como lo hacen cuando
se van a Europa… En Europa hay cantidad de cosas de iglesias en París, por ejemplo,
que las han levantado laicos, y mantienen la comunidad cristiana sin necesidad de que
haya curas… Hay que pensar formas más igualitarias, más cercanas».
Las fuerzas más reaccionarias se movilizaron de inmediato. Llevando dos grandes
pancartas, una que decía «No al comunismo» y otra con una fotografía de Juan Pablo II
que reproducía su frase «No tengáis miedo», un centenar de personas se presentaron
delante de la casa donde vive Castillo, en Lima. Un «escrache» para intimidar al
arzobispo. Desafiaban las normas de protección por la pandemia del covid, aun
manteniendo las distancias, y se pusieron a rezar el rosario. Uno de los organizadores
declararía que «… si el mismo arzobispo no protege a la Iglesia católica peruana,
entonces ¿quién la defenderá?». Castillo es consciente de que lo que pide se opone
radicalmente a las leyes de la Iglesia que sanciona el Código de Derecho Canónico, pero
lo ha intentado. Cree firmemente que este debe ser el modelo de futuro de la institución
que ha de superar el clericalismo, como suele insistir el papa.
El «escrache» en casa del arzobispo fue seguido de amenazas y acusaciones de ser un
comunista infiltrado en la Iglesia. Dos años antes, su sobrino, Dino Castillo, había
publicado un libro acusador. Definía a su tío como un hombre distante, frío y resentido.
«Un hombre tomado por la teología marxista de la liberación, pero a la vez soberbio y
ambicioso.» Relataba anécdotas personales para «desenmascarar» al prelado y
presentarlo como una persona incoherente con lo que predica.
En los últimos años, Carlos Castillo se ha enfrentado diversas veces al poder político,
fundamentalmente al fujimorismo. Ha tenido que salir al paso de muchas acusaciones
de partidismo: «Ante los que intentan hacer una lectura ideológica de mis palabras, yo
siempre les digo que no concibo un desarrollo económico del país sin solidaridad y sin
justicia social, pero tampoco imagino una justicia social sin reconocer la intervención de
la iniciativa privada. El diálogo político y social ha de encontrar un equilibrio justo. ¿Eso
es política? Yo creo que es el Evangelio… Cuando hay polarización, como pasa en Perú,
salen a la superficie muchas heridas. Y aquí la misión profética de la Iglesia es capital,
limpiando lágrimas y curando las heridas».
Con Carlos Castillo, los que no tienen voz han ganado un defensor. Los que ostentan
el poder político, económico y también religioso desde siempre lo han declarado
enemigo suyo. Un personaje, me gustaría reiterar, que creo que hay que seguir con
atención. Sinceramente, estoy convencido de que está llamado a desempeñar un papel
fundamental en un futuro no demasiado lejano en la Iglesia, y también en el Vaticano.
En opinión de los que le conocen a fondo, podría ser un gran pontífice.
12
En el Vaticano he oído decir muchas veces que las paredes tienen oídos, que si quieres
que haya alguna cosa que se mantenga en secreto, será mejor que ni siquiera pienses en
ella. Lo que justifica esta frase es el descubrimiento, durante el escándalo Vatileaks 2, de
micrófonos ocultos en ciertas dependencias durante las reuniones del papa Francisco
con los responsables de una comisión que reorganizó el entramado económico y
financiero de la Santa Sede. ¡Espiaban al pontífice! Aquel escándalo, que sacó a la luz en
2015 diversos casos poco edificantes de abusos económicos (corrupción) y actividad
sexual dentro de los muros vaticanos, puso al descubierto todo un sistema de espionaje
interno con grabaciones. También en otros episodios se han detectado escuchas
telefónicas, y el uso de inhibidores de señal en ocasiones especiales (cónclave, sínodos,
grandes actos de masas en la plaza de San Pedro, etcétera). La pregunta que nos
hacemos es quién pone los micrófonos y quién escucha y registra las conversaciones.
¿Trabajan realmente los servicios de seguridad vaticanos a favor del papa?
La Santa Alianza, los servicios secretos del Vaticano, que dependen directamente de la
Secretaría de Estado, y la Gendarmería vaticana son, en principio, los únicos organismos
autorizados para hacer ese seguimiento. Estamos hablando del servicio secreto más
antiguo del mundo, creado en 1566 por el papa Pío V con la idea de asesinar a la reina
Isabel de Inglaterra para conseguir que aquel país volviera a abrazar el catolicismo.
Además de solera, este organismo cuenta con una profesionalidad contrastada y queda
siempre fuera de los focos mediáticos, porque la Santa Sede nunca ha querido reconocer
su existencia. Oficialmente no consta en ninguna parte, e incluso se ha querido decir que
es un invento, pero en la práctica funciona con la precisión de un reloj suizo.
Es difícil que algo relacionado con el espionaje dentro del territorio de la Ciudad del
Vaticano escape al control de la Santa Alianza. No obstante, no se descarta que se
puedan producir intervenciones fuera de este ámbito oficial por parte de individuos que
pertenecen a estos cuerpos y actúan al servicio de intereses particulares, o bien de
organizaciones con objetivos inconfesables y hackers foráneos capaces de entrar y violar
un sistema que cuenta con un sofisticado blindaje de seguridad. Los aparatos de rastreo
con los que cuentan para el ciberespionaje son aportados por el Mossad de Israel y
empresas afines. Hablamos de tecnología de última generación. Se ignora si la agencia
vaticana cuenta con el programa de escuchas y seguimiento Pegasus, el software de
espionaje creado por la empresa israelí NSO Group. En cualquier caso, el material que
aporta Israel se considera imbatible dentro del panorama de las agencias de seguridad y
de inteligencia internacional.
«Aquí, quien quiere se entera de todo. Se producen constantemente fugas y
filtraciones. Se elaboran dosieres de todo y de todo el mundo. Sé que me han grabado
conversaciones y que estoy en la lista negra», me comentó en 2018 un sacerdote italiano
que trabajaba en la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y que
podríamos definir como conservador. Algunos próximos a Francisco, e incluso el mismo
pontífice, han padecido también importantes violaciones de su intimidad. Después
hablaremos de un caso concreto que me alteró mucho.
Hay numerosos antecedentes en la historia que permiten intuir cómo la Santa Alianza
ha sido incapaz de evitar desastres, o ha sido muy diestra, por ser la misma organización
el instrumento capaz de desencadenarlos. Entre 1869 y 1870, una serie de documentos
confidenciales del Primer Concilio Vaticano, que definió la infalibilidad del papa,
acabaron publicados en periódicos alemanes. En 1967, se filtró a la prensa un informe
de una comisión papal que debatía sobre los preservativos y anticonceptivos (antes de
que el papa Pablo VI promulgase la encíclica Humanae Vitae que los prohibía). Incluso
la privacidad del apartamento del papa, en el año 1958, llegó a ser profanada. El médico
del pontífice, Riccardo Galeazzi-Lisi, hizo fotos del papa Pío XII agonizando en su
alcoba, y las vendió a diversas revistas en Italia. Tampoco se pudo impedir que el papa
Juan Pablo II fuese fotografiado en bañador saliendo de la piscina privada del palacio de
Castel Gandolfo, en 1980. Historias del pasado, basadas en intereses de determinados
personajes o camarillas, que en la época actual se siguen reproduciendo.
A primeros de agosto de 2022 circularon extraños dosieres que se acabaron
distribuyendo a todos los cardenales. Faltaban pocas semanas para la celebración del
importante consistorio convocado por el papa para investir a los nuevos cardenales. Del
27 al 30 de agosto se reunieron en el Vaticano prácticamente todos los purpurados del
mundo, convocados por el papa para discutir sobre la reforma de la curia. En las pausas
de las intervenciones, en las comidas y cenas en Santa Marta, o en los reservados de los
restaurantes más reputados de Roma, no se hablaba de otra cosa. La intención de los
dosieres era desprestigiar el pontificado de Francisco y denigrar a los cardenales y
obispos que le apoyan.
El objetivo de esos memorandos era hacer llegar a los cardenales de países lejanos que
ignoran el día a día de la Santa Sede todo un conjunto de información que «necesitaban
conocer». El dosier principal se hizo para comprometer al mismo papa, poniendo «en
evidencia» sus intenciones. Incorporaba importantes conversaciones privadas del
mismo Bergoglio, con la intención de desprestigiarlo y «descubrir su estrategia». La
información me la hicieron llegar dos cardenales amigos desde hacía muchos años, uno
que es centroeuropeo y otro italiano, que utilizaron correos o el WhatsApp de amigos
para comunicarse conmigo. Toda seguridad es poca. ¿Quién confeccionó esos dosieres?
¿Contenían información rigurosa, o formaban parte de la campaña de fake news
habitual? Mis dos interlocutores fueron sinceros a la hora de dar detalles. El
centroeuropeo me dijo brevemente: «Son los mismos liantes de siempre». El italiano fue
más locuaz: «He preguntado, y los dosieres, que están llenos de mentiras interesadas,
los han elaborado especialistas norteamericanos que trabajan para el sector católico más
fundamentalista. Me han dicho que se han preparado con la ayuda de agentes de la CIA
y el FBI». Mis preguntas sobre si los servicios secretos vaticanos intentaron abortar la
operación y si era posible que la Santa Alianza, aunque fuera a través de algún agente
que actuaba por libre, hubiera colaborado, no obtuvieron respuesta. Estos informes
confidenciales para los cardenales serían el aperitivo de una misteriosa y trascendente
operación de la que más adelante hablaremos: The Red Hat Report.
Los agentes secretos de la Santa Alianza trabajan en muchos campos desde la llegada del
papa Francisco. Siempre lo han hecho, pero durante el pontificado del argentino han
multiplicado recursos y actividad. El problema es que, aunque oficialmente están al
servicio del pontífice, no siempre actúan en esa dirección. El papa Francisco, muy
preocupado por la oposición interna, que intenta abortar sus reformas, hace uso en
muchas ocasiones de la información que recaban los agentes de espionaje vaticanos
sobre sus enemigos. También se investiga, teóricamente a fondo, a los personajes que
quiere nombrar para algún cargo. Pero la información que recibe Bergoglio ¿es siempre
correcta? Hay bastantes pruebas de que no siempre es así. El caso más significativo
(pues hay otros de menor relevancia) es el del cardenal australiano George Pell,
nombrado por el papa argentino como el primer secretario de Economía de la Santa
Sede en febrero de 2014. Desde 2010 se conocían las acusaciones sobre presuntos
abusos sexuales en Australia, y se le ocultó al papa esta información. Pell tuvo que
abandonar el cargo, que era el tercero en importancia en el Vaticano después del
pontífice y el secretario de Estado. Afrontó el juicio en Melbourne, donde sería
finalmente exonerado por falta de pruebas concluyentes, pero las acusaciones de
familiares de víctimas no satisfechas por la actuación de los tribunales siguen vivas.
Bergoglio quedó muy tocado por el escándalo que supuso todo aquello. Pell, que tenía
una gran influencia en el sector conservador, moriría de un infarto en Roma el 10 de
enero de 2023. Su residencia de Roma se había convertido en numerosas ocasiones en
un lugar de encuentro de los más recalcitrantes enemigos de Francisco. Él conservaba
muchos contactos en el organigrama de la Santa Sede y conocía los mecanismos para
sabotear muchas intenciones reformistas del papa Francisco.
Una buena fuente vaticana, que conservo desde hace prácticamente dos décadas, en
una congregación que tiene la sede junto a la plaza de San Pedro, fue muy clara en el
otoño de 2022 al advertirme de que algunos funcionarios y agentes reman en sentido
contrario al que Bergoglio quiere conducir el barco de la iglesia. «No pienses que todo el
mundo obedece las órdenes que vienen de arriba. Hay quien aún trabaja para encubrir a
importantes obispos y también cardenales afectados por las investigaciones judiciales
sobre pederastia, sobre todo en Latinoamérica. Hay quien filtra interesadamente
rumores sobre la salud del santo padre, quien ayuda a servicios secretos internacionales
en manos de dictadores u organizaciones involucionistas de la Iglesia para poder hundir
a gente de la Santa Sede que muestra afinidad con Francisco. En los últimos meses,
gente de la confianza más íntima del papa, que esperaba ser nombrada por este para
cargos de responsabilidad en congregaciones y dicasterios (nombramientos que todo el
mundo daba por hechos), ha visto que no se acababan de concretar. Se ha engañado al
papa con dosieres y presuntas investigaciones llenas de datos falsos y prejuicios contra
personajes que siempre se habían mostrado fieles y se han conseguido desacreditar
incluso a ojos del pontífice. También se ha lavado la cara a muchos otros aspirantes,
para que el papa cayese en la trampa de designarlos para algún cargo. Cuando se
descubre, una vez nombrados, que estos individuos esconden episodios oscuros de sus
vidas, ya es demasiado tarde y el mismo Bergoglio queda salpicado.»
Esta información nos lleva a reflexionar sobre el papel actual de los servicios de
inteligencia vaticanos, la colaboración con otros organismos del espionaje internacional
y también las fuerzas más oscuras que mueven el poder político y económico. Los
agentes dobles, como en la Segunda Guerra Mundial y el periodo posterior a la Guerra
Fría, están muy activos en el actual momento de incertidumbre que se vive en la Santa
Sede.
Vínculos poco decorosos
Un militar de la película Bananas, de Woody Allen, dice: «La CIA no se la juega. Parte
de sus hombres luchan con el presidente, y otros luchan contra él». Como agencia, este
es su talante histórico y su concepto perverso de equidistancia. En el Vaticano las cosas
también podrían ser similares.
Que la extrema derecha internacional está infiltrada en los servicios secretos de las
grandes superpotencias internacionales y en importantes países de la órbita occidental
no es ningún secreto. Los centros del poder neurálgico de un Estado siempre son
apetitosos para los que quieren controlarlo. El alto funcionariado, la policía, el ejército y
los servicios secretos forman parte de esos aparatos estatales claves para el asalto al
poder. Los centros de inteligencia acumulan un ingente caudal de información, sobre
todo y sobre todo el mundo. Estar dentro es tener las claves para dominar el curso de los
acontecimientos.
A lo largo de la historia, el espionaje ha jugado al contraespionaje reclutando
miembros de agencias rivales y también amigas. Desconocemos si el Vaticano en alguna
ocasión, en los años ochenta, consiguió reclutar a algún agente durante la época
soviética, por la guerra cruel que libró Juan Pablo II contra la teología de la liberación en
Latinoamérica. No se puede descartar. Que se hizo una «guerra sucia» contra los
sacerdotes y los teólogos que formaban parte de ese movimiento no cabe ninguna duda.
Vínculos poco decorosos y colaboraciones inconfesables con la policía torturadora y las
agencias de espionaje al servicio de los dictadores más sanguinarios de Latinoamérica
constituyen una página negra para la Iglesia de la que se ha hablado poco.
Hay que recordar también que exespías del KGB han dicho en más de una ocasión que
la Santa Alianza era «infinitamente más peligrosa y estaba mejor organizada» que la
misma CIA. William Casey, director de la CIA durante la Administración Reagan,
declaró que «el servicio secreto del Vaticano es la red de espionaje mejor informada del
mundo». Más recientemente, el director del Mossad israelí añadía que, a pesar del gran
prestigio que tiene su propia agencia, el Vaticano siempre los supera. Elogios notables,
sobre todo por venir de donde vienen. Los sacerdotes y religiosos católicos con sotana
siempre han podido abrir puertas de lugares impenetrables y acceder a personas a las
que no pueden llegar el común de los mortales. Lo que tampoco es ningún secreto es que
en la Santa Alianza vaticana trabajan analistas y agentes de campo, formados en la CIA
norteamericana o en el Mossad de Israel. La mayoría son cristianos y católicos, pero
también hay judíos y algunos musulmanes. Estos últimos son imprescindibles a la hora
de prevenir acciones de grupos yihadistas.
Por lo que respecta a los vínculos exteriores, básicos en cualquier agencia de
inteligencia, los servicios secretos del Vaticano han establecido a lo largo de la historia
fuertes vinculaciones con todos los organismos encargados del espionaje en los países
occidentales. La vinculación es especialmente estrecha con el SISDE y el SISMI
italianos, y lo fue también con el CESID español, que desde 2002 se reconvirtió en el
actual CNI. Dos países eminentemente católicos, que siempre han puesto sus agencias
de inteligencia al servicio de los intereses de la Santa Sede y sus representantes
territoriales.
El CNI, dependiente del Ministerio de Defensa español, ha colaborado en el
seguimiento de periodistas, teólogos, profesores, políticos y religiosos (muchos de ellos
curas obreros) críticos con los estamentos más reaccionarios de la Iglesia. Sobre todo en
la época de Pablo VI y Juan Pablo II se incrementó esa cooperación. La Segunda Bis y el
Servicio de Inteligencia Militar durante el franquismo, el antiguo CESID en la transición
y el más actual CNI en la democracia han coincidido en objetivos con la Santa Alianza y
han compartido numerosa información. Asimismo, en Italia, históricamente, el SISMI
ha colaborado siempre con el Vaticano para favorecer los intereses de la Democracia
Cristiana y ocultar sus vinculaciones con la mafia siciliana. También para intentar evitar
que la ley del divorcio, la del aborto o, más recientemente, la de la unión de parejas
homosexuales llegasen a buen puerto en el Parlamento. Batallas ganadas y perdidas en
esta simbiosis secular que hay entre la política italiana (de todos los colores) y la Iglesia
católica.
Simultáneamente, la CIA y la NSA norteamericanas, el MI6 británico, la DGSE
francesa o el BND alemán colaboran también de manera habitual con la Santa Alianza.
Lo hacen en operaciones puntuales, donde la reciprocidad es el método. Yo te ayudo a ti,
tú haces lo mismo conmigo. En casos de corrupción y de abusos sexuales por parte de
sacerdotes, ha habido una fluidez de información destacable. Estas agencias
occidentales comparten también información con la vaticana sobre los enemigos
comunes, que son, entre otros, el FSB y el SVR de Rusia, el MSS de China, el Mois o Vaja
de Irán, el ISI de Pakistán, la MIT de Turquía, la GIP de Arabia Saudí, el NIS de Corea
del Norte, etc. Ahora bien, el Vaticano, sin embargo, mantiene algunos acuerdos de
colaboración con algunas de estas agencias de inteligencia antagónicas para cuestiones
puntuales. Es la ventaja que tiene la Santa Sede, tener un estatus de agente clave de la
geopolítica internacional que se puede permitir no actuar oficialmente como enemigo de
nadie.
Una estrecha y oscura colaboración
En el año 2020, el servicio de inteligencia militar alemán tenía detectada una cifra de
quinientos cincuenta ultras de ideología totalitaria en el interior del ejército del país.
Una veintena de sospechosos de ser neonazis pertenecían a los Comandos de Fuerzas
Especiales (KSK). Era la constatación de que el fascismo avanza y se infiltra en los
centros de poder. La mayoría de los servicios secretos internacionales ocultan, para que
solo se conozca en el ámbito interno, la presencia de elementos extremistas en sus filas.
De todos modos, nos encontramos con un fenómeno común en las democracias más
avanzadas, y sobre el cual no suele actuarse. Este hecho supone una grave
irresponsabilidad, que implica permitir que, desde las llamadas «cloacas de los
Estados», estos elementos generen actividades y operaciones para socavar los cimientos
democráticos de la sociedad. Así pues, la extrema derecha se está apropiando de
sectores clave que tiene la sociedad en el ejército, la policía, el funcionariado…, en los
centros de inteligencia. La Santa Alianza vaticana no supone una excepción. Si los
máximos mandatarios del mundo no son capaces de controlar a sus servicios secretos,
tampoco lo puede hacer el papa argentino. La autonomía con la que actúan estos
organismos pone en duda que muchas veces el poder esté en manos de quien parece
ostentarlo.
Como en todos estos centros neurálgicos de seguridad, la Santa Alianza cuenta
también con personal radical infiltrado en sus filas, que sigue su propia agenda, al
margen de las órdenes oficiales. Actúan con objetivos bien definidos e ignoran o
interpretan a su aire las disposiciones que emanan de su prefecto, la máxima autoridad
del organismo. El prefecto sería el director jefe de la agencia, que remite un informe
semanal al secretario de Estado, que a su vez lo hace llegar a manos del pontífice.
Como son alto secreto, se conoce muy poco de las operaciones recientes para
desmantelar, con la ayuda de otras agencias internacionales, intentos de atentados
directamente para asesinar al mismo papa, y también otros que iban destinados a
provocar una masacre y un caos sangriento durante ceremonias multitudinarias en la
plaza o en el interior de la basílica de San Pedro. Intentos de magnicidio y atentados (al
menos cuatro) de dos signos bien diversos: yihadismo radical y extrema derecha.
De este último, el que lleva el sello de los ultras neofascistas, solo puedo decir que en
el otoño de 2017 me llegaron indicios muy preocupantes por parte de tres fuentes muy
contrastadas. Mis confidentes me hablaron de una operación que estaba ya en su fase de
ejecución final para asesinar al pontífice. La seguridad vaticana, con la ayuda de la CIA y
el SISMI italiano, consiguieron frustrar la acción criminal. Los inductores habían
contratado los servicios de un francotirador norteamericano, un exveterano de
Afganistán, que había viajado desde Portland hasta Roma hacía un mes. El objetivo era
acabar con la vida del papa Francisco durante una ceremonia en la gran plaza. El rifle de
precisión con el que actuaría le tenía que llegar al cabo de pocos días. Nunca lo
detuvieron y tampoco se hizo pública ninguna información. En la supuesta trama
podían haber estado implicados poderosos empresarios fundamentalistas cristianos de
Estados Unidos, que contaban con colegas italianos y españoles, algunos de ellos
sacerdotes católicos. Desconocemos los nombres de todos ellos.
En el imaginario colectivo todavía perviven las imágenes del atentado contra el papa
Juan Pablo II, el 13 de mayo de 1981. Era otra época muy distinta de la actual, con otras
convulsiones. En mi primer libro ofrezco datos suficientes para alimentar la teoría de
que la antigua URSS quería borrar del mapa a Wojtyla, que, como se acabó
demostrando, fue un actor clave en la destrucción del bloque comunista.
El 4 de septiembre de 2022, el papa Francisco abrió una caja de Pandora que nadie creía
que fuese capaz de destapar. Beatificó a Juan Pablo I, el pontífice que fue jefe de la
Iglesia católica solo durante treinta y tres días. Un acto valiente y un claro aviso para los
que ocultan información de aquel episodio histórico, y también para los que desean un
cambio fulminante al frente del gobierno de la Iglesia. La mayoría de los altos cargos
que trabajan en la Santa Sede siguen viendo con malos ojos hablar del papa Luciani. Se
prefiere no comentar nada, cambiar de tema cuando alguien pregunta…, fingir que ni
siquiera existió. De hecho, las menciones a Juan Pablo I por parte de sus sucesores, el
polaco Wojtyla y el alemán Ratzinger, fueron escasas. Nunca se mostraron interesados
en conocer a fondo ni mucho menos divulgar las circunstancias que rodearon su
defunción. Al menos oficialmente, no consta ninguna gestión en ese sentido. Tampoco
durante el acto de beatificación se mencionó nada sobre el misterio que envuelve la
muerte del pontífice italiano. Sin embargo, Francisco sí que mostró una gran sintonía
con Luciani: «Con su sonrisa, el papa Luciani consiguió transmitir la bondad del Señor.
Es una Iglesia con el rostro alegre, el rostro sereno, el rostro sonriente. Una Iglesia que
nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga
resentimientos, que no está enfadada. Una Iglesia que no está enfadada».
En el libro anterior descubro aspectos poco conocidos relacionados con la muerte de
Albino Luciani el 28-29 de septiembre de 1978. Más allá de la nota oficial, que
certificaba las «causas naturales» de la defunción del «papa de la sonrisa», un testigo de
excepción, uno de sus médicos, rompía el silencio de uno de los secretos mejor
guardados de la historia contemporánea.
Con Juan Pablo I murió una figura que quiso cambiar las estructuras morales,
políticas y económicas de la Iglesia, algo que le impidió hacer su muerte prematura. Un
pontífice que treinta y cinco años antes de la llegada de Bergoglio intentó hacer algunas
de las cosas que pretende el argentino. «El papa Luciani —me dijo en 2001 una monja
muy cercana a una de las religiosas que atendían al pontífice en el apartamento privado
del Palacio Apostólico— preparaba una profunda reforma de la Iglesia, y cambios
importantes en el Vaticano. En los pocos días que gobernó, había tomado ya decisiones
importantes. Quería revisar toda la estructura de la curia, destituir al presidente de la
Banca Vaticana y reformarla a fondo. También pretendía imponer normas y protocolos
para que la mafia y la masonería no tuvieran las vinculaciones históricas que siempre
han enfangado a la Santa Sede.»
Desafiando a los sectores más inmovilistas, con el gesto de la beatificación de Juan
Pablo I, Francisco llevaba a cabo un acto de justicia y una aportación inédita a la
transparencia vaticana. Un acto que cogía por sorpresa a los pocos testigos aún vivos de
aquel momento en que la Iglesia se puso una venda en los ojos para no mirar. Ni una
sola investigación, ni un documento clarificador, nada que decir. Solo descalificaciones y
maniobras para encubrir las circunstancias de la muerte de un papa que resultaba
incómodo y no respondía a los criterios que llevaron a su elección. Los que pensaban
que la personalidad de Luciani, en principio débil, se doblegaría rápidamente al poder
del arzobispo Paul Marcinkus y sus acólitos se habían equivocado. La drástica solución
utilizada para enmendar el error los señalará para siempre.
En aquel momento (1978) se hicieron algunos intentos de investigar, aunque solo
fuera a título personal, las vicisitudes de la muerte de Juan Pablo I. La idea fue de un
pequeño grupo de agentes de la Santa Alianza y de la Gendarmería, pero se lo
prohibieron taxativamente. Intramuros existía una gran trama con vínculos
indiscutibles con personalidades y grupos de extrema derecha, la mafia y la logia
masónica Propaganda Due, que se supieron proteger. El Vaticano ya había publicado la
nota sobre su defunción, y ese sería el argumento inamovible para siempre. Los
resultados de la autopsia (existen dudas de que llegara a practicarse, ya que la Santa
Sede lo niega) nunca se han publicado. La manipulación y la contaminación de pruebas
sobre el escenario de su alcoba (donde lo encontraron muerto), las presiones sobre las
monjas que lo cuidaban para que guardasen silencio, la ocultación de lo que leía en el
momento de morir (era un informe sobre una posible reforma de la Banca Vaticana, y
no el Kempis, el devocionario cristiano, como se dijo…) llevan a pensar que se mintió
deliberadamente. El papa, según afirmaba el informe oficial, había fallecido «de muerte
natural», de un infarto, y punto. No se podían sembrar dudas.
El teólogo y periodista Gianni Gennari, amigo personal de Luciani, calificó de
«estupidez» la negativa de la Santa Sede a informar o investigar. «La maldita costumbre
de no querer informar nunca de los hechos», sentenció el sacerdote, tildado de «rojo» y
que colgó los hábitos para casarse en 1984. El profesor Gennari sostiene la tesis de que
una sobredosis de somníferos, que el propio pontífice se tomó por error, sería la causa
de su muerte. Hay teorías para todos los gustos. Un buen amigo, sacerdote catalán, que
trabajó muchos años en el Vaticano, estaba muy alterado una mañana cuando nos
encontramos en la terraza del café Domiziano, en la Piazza Navona. Yo contemplaba
distraído la armónica y fastuosa Fontana del Quattro Fiumi, de Bernini, cuando él hizo
una pausa en la conversación que sosteníamos sobre la Banca Vaticana. Se acababa de
enterar de que la Santa Sede, en 1988, había hecho analizar con un escáner, por parte de
un grupo de expertos, el cadáver del papa Celestino V, ante la sospecha de que murió de
manera poco clara en 1296. «¿Por qué no lo hicieron nunca con Juan Pablo I, que hacía
solo diez años que había muerto, y sí con el cadáver de un santo padre del siglo XIII?», se
preguntaba. Interesado en todos los misterios vaticanos, aquel cura se negaba a aceptar
tal paradoja.
Celestino V, de nombre Pietro Angeleri di Murrone, era un austero fraile benedictino
que vivía retirado como eremita en una cueva de la región de los Abruzzo, en el centro
de Italia. Sorprendentemente fue elegido papa por aclamación, en contra de su
voluntad, en el año 1294. Era partidario de que la Santa Sede profesase un estilo de vida
pobre, e hizo cambios en la curia romana, al nombrar a doce nuevos cardenales y dar
relevancia a las órdenes monásticas. Se instaló en Nápoles, donde pronto quedó aislado
por aquellos que rechazaban las reformas. Al cabo de cinco meses y nueve días de ser
elegido, presentaba la renuncia al pontificado con estas palabras: «Fit monachus qui
Pontifex fuit» («Se convierte en monje quien fue pontífice»). Su argumento para abdicar
era que estaba enfermo, que ya no controlaba el gobierno de la Iglesia y que sentía «el
anhelo de volver a la tranquila vida anterior», llena de sencillez y austeridad. No pudo
ser así. Su sucesor, Bonifacio VIII, ante la intuición de que Celestino V fuese aún
venerado por muchos y se pudiese producir un cisma, lo hizo apresar y lo encerró en una
celda en una torre del castillo de Fumone. Allí moriría en mayo de 1296, dieciocho
meses después de su renuncia. Ha pasado a la historia como el primer papa que hacía
semejante gesto. Lo seguiría, según algunos historiadores, Gregorio XII, que
abandonaría obligado el trono de san Pedro en 1415. Según esta versión, Benedicto XVI,
en 2013, sería el tercer pontífice en renunciar. En la investigación encargada por el
Vaticano para analizar los restos de aquel pontífice, se encontró un pequeño agujero en
el cráneo, probablemente causado por un clavo de plomo. El doctor Luca Ventura,
patólogo quirúrgico y anatómico del hospital San Salvatore de l’Aquila, donde se venera
el cuerpo de san Celestino V, certificaría que esa no fue la causa de su muerte, ya que la
perforación es post mortem. Las conclusiones nos llevan a decir que se excluye que fuese
asesinado de aquella manera, pero no que fuese ejecutado por orden de Bonifacio VIII,
un papa al que Dante situó en el octavo círculo del infierno en la Divina comedia.
Mientras las investigaciones se centren en hechos de un pasado remoto, no habrá
ninguna peligrosa consecuencia para nadie. Ninguna amenaza para los intrigantes
contemporáneos. Explorar el pasado es necesario y actualiza creencias históricas que
todo el mundo daba por plausibles, pero, si no se quiere indagar en el presente, la duda
se ha de cernir sobre una institución que con ese veto jamás podrá presumir de
transparencia. Solo la apertura en un futuro de los documentos que se guardan en el
Archivo Secreto (hoy denominado Archivo Apostólico) sobre la muerte de Luciani podrá
ofrecer datos concluyentes.
El espía agradecido
Insistamos algo más en la cuestión del espionaje y en las dificultades que existen para
hablar discretamente con ciertas personalidades o, incluso, con cualquier trabajador del
Vaticano, con cualquier trabajador del Vaticano, para abordar una anécdota bastante
inquietante. La guerra abierta de la que hablamos entre conservadores y reformistas en
la Iglesia cuenta con la intervención y la ayuda de los servicios secretos tanto de la Santa
Sede como de sus aliados. Como ya hemos visto, el objetivo es poner en graves
dificultades sobre todo al sector reformista, empezando por el mismo papa Francisco, a
base de filtraciones, dosieres personales y fake news. Hay una frase de León Tolstói que
resume claramente el fondo del que hablamos: «La finalidad de la guerra es el
homicidio; sus instrumentos, el espionaje, la traición…, el engaño y la mentira, llamadas
astucias militares», dice el gran escritor ruso autor de Guerra y paz y Anna Karenina.
«Es difícil vivir así», me dijo en 2018 un alto responsable de la Secretaría de Estado
vaticana, consciente de que era constantemente observado, fotografiado y grabado allá
donde iba, tanto para actividades oficiales como privadas. «Reunirme con mi familia
para comer se ha convertido en un calvario, ya que, si me hacen una pregunta delicada,
una respuesta espontánea o quizás atrevida por mi parte puede convertirse en un arma
para desacreditarme y ensuciar mi expediente.» A lo largo de estas décadas de trabajo
profesional en el Vaticano, me he encontrado con gente despreocupada por el espionaje,
pero también con muchos trabajadores de todos los rangos de la Santa Sede intranquilos
hasta el límite de la obsesión. Cuando hablo de este tema, suele venirme a la memoria
una frase de un exanalista de la CIA, el perseguido Edward Snowden. En una entrevista
concedida desde Moscú, donde vive exiliado, acusado por Estados Unidos de alta
traición por haber filtrado documentos de alto secreto donde se demostraba que la CIA y
la NSA espían a los ciudadanos, afirmaba: «No quiero vivir en un mundo donde todo lo
que digo, todo lo que hago y todo lo que hablo, toda expresión de creatividad, o amor, o
amistad, queda grabado».
El hotel del cardenal
En 2017 viví un episodio que ahora por primera vez me animo a explicar; tiene como
protagonista a un cardenal latinoamericano que moriría pocos años más tarde. El
escenario era el Grand Hotel Plaza, en la Via del Corso, la popular calle comercial de
Roma que hace el recorrido entre la Piazza Venezia y la Piazza del Popolo. Este
establecimiento, que siempre me ha hecho gracia porque está situado en el palacio
Lozzano, que se identifica con mi apellido, es uno de los más antiguos y prestigiosos de
la capital italiana. Se trata de un cinco estrellas que antes se llamaba Albergo Roma y
que ofrece todo el lujo que ha de contemplar un hotel internacional: amplios salones
para fiestas de la alta sociedad, todo tipo de reservados, un restaurante que impresiona y
dos grandes terrazas panorámicas ajardinadas, desde las cuales se puede disfrutar de la
vista de los monumentos más significativos del centro histórico a vista de pájaro.
El cardenal que me citó una tarde soleada del mes de mayo era un hombre de salud
delicada. A pesar de sus afecciones y de superar los ochenta años, no ofrecía un aspecto
nada demacrado. Era un personaje al que conocía desde hacía tiempo y que tenía por
prudente y contenido como pocos. Aquel día, sin embargo, me pareció muy valiente a la
hora de comentar el pontificado de Bergoglio, con quien afirmaba tener una sintonía y
una relación bastante fluidas. Me diría que era la primera vez que se reunía con un
periodista para charlar sin que fuese una entrevista formal, pues desconfiaba de todos.
«Sobre todo de los italianos, que muchas veces tergiversan mis palabras», añadió, según
veo apuntado en una de mis antiguas libretas, felizmente recuperadas. Le agradecí
mucho su afecto, mucho más allá de lo que se puede calificar como deferencia.
No había elegido el Grand Hotel Plaza por casualidad. Para él era como su casa.
Muchas noches las pasaba allí desde que un día, me explicó, había descubierto aquel
establecimiento gracias a un viejo amigo italiano que le contó una bonita historia,
diciendo que en el bar del hotel se enamoró de una camarera, la que era su esposa desde
hacía más de sesenta años. El purpurado quedó impactado por aquello, se sentía
cómodo en aquel hotel y así homenajeaba a su buen amigo, ya desaparecido. El
encuentro no lo haríamos en el restaurante ni el bar ni tampoco en ningún salón
reservado.
Subí hasta la planta que me dijo. Un agente de seguridad alto y corpulento, vestido de
manera elegante, custodiaba una puerta que me abrió con la tarjeta magnética, y me
invitó a pasar. Entré en el salón de una espaciosa suite decorada con un gusto clásico
exquisito, con un balcón que se abría a una amplia terraza privada donde las vistas eran
impresionantes. Allí, en el exterior, encontré de pie al cardenal, que me dio la mano y
me señaló una mesa donde se había dispuesto una botella de vino, dos copas y una
bandeja con unos canapés que tenían un aspecto sabroso. Nos sentamos en dos cómodas
butacas a contemplar y paladear a nuestros pies una Roma fascinante, que te roba el
corazón cuando cae el sol y los tonos ocres de las casas convierten la querida ciudad en
un festival de luz cálida y vida. Corría una suave brisa que convertía la temperatura en
ideal. Empezaríamos hablando de la Città Eterna y de la magnífica exposición que
casualmente los dos habíamos visitado en las scuderie del palacio del Quirinal, una
muestra que recogía las obras maestras del seicento italiano, desde Caravaggio a
Bernini. A continuación, ambos hicimos un breve repaso de la actualidad vaticana.
Él tenía encima de la mesa el paquete de Winston abierto, y probablemente no se
atrevía a coger un cigarrillo. Puse al lado mi pipa y la petaca de tabaco, como una clara
invitación a dejarnos de formulismos. Nuestro humo y, por qué no decirlo, el
extraordinario vino de nuestras copas acabaron por disipar cualquier prevención. El
cardenal me explicaría que había oído conversaciones en los palacios vaticanos que
evidenciaban un supuesto complot para asesinar a Bergoglio. Algunas voces lo
condenaban y otras no decían nada, pero se horrorizaban ante la posibilidad de que la
Iglesia volviera a caer en un desprestigio similar al generado por la misteriosa muerte de
Juan Pablo I. Finalmente, otros aseguraban haber oído decir que el magnicidio ya estaba
en marcha y que los promotores del asesinato no se detendrían hasta acabar con la vida
del pontífice argentino, dando detalles inequívocos e incluso algunos nombres. El
cardenal me comentó que, asimismo, en otra reunión, diversos purpurados y miembros
de la curia, de total confianza de Bergoglio, le mostraron su preocupación al pontífice. El
papa les riñó. No soporta los rumores y los cotilleos. Les dijo que él estaba tranquilo, y
que se dejasen de bobadas. Que se quitaran de encima esas absurdas preocupaciones y
se dedicaran a trabajar, que había mucho por hacer. Ya pasados unos cuantos años, aún
no sé si aquel proyecto del que me habló para acabar con la vida del pontífice formaba
parte de alguna de las operaciones mencionadas antes, que los servicios de seguridad
vaticanos pudieron frustrar.
La conversación con el anciano cardenal continuaría analizando los obstáculos que tenía
el papa para implementar sus reformas y hablando de los escándalos de la Banca
Vaticana y la pederastia. «La maldad, dottore Lozano —insistió—, se ha instalado en el
Vaticano. Quizá siempre ha vivido dentro. No lo sé. El diablo adopta formas diversas y
se camufla muy bien. Cada vez estoy más convencido de que Lucifer nunca ha
abandonado aquellos palacios, pero ahora se está revelando como una realidad dolorosa
e implacable. El santo padre no es consciente, y me angustia lo que le pueda pasar.»
Dicho esto, el purpurado hizo una pausa para dar un trago a la copa. El color rojo
brillante del Biondi Santi Brunello di Montalcino de 2009 aportaba aromas y sabores a
cerezas, flores, tabaco y minerales. Yo hice lo mismo con aquel vino procedente de la
Toscana, elaborado con uvas de la variedad Sangiovese: me pareció majestuoso. La
pausa que hizo me inquietó un poco. Era como un punto de reflexión. Conozco los
silencios de algunos cardenales, que a veces hacen para buscar la palabra justa, para no
contestar preguntas incómodas o para hacer hincapié, como era el caso en aquella
ocasión, en lo que acaban de decir. De repente, sin embargo, noté que algo no iba bien.
El purpurado buscaba algo bajo el elegante mantel de lino blanco. Ni él ni yo podíamos
intuir lo que nos esperaba.
Cuando retiró la mano de debajo de la mesa, la puso encima con un puñetazo. Me
asusté y di un salto en mi butaca. Él abrió la mano y lanzó al suelo un pequeño artefacto
redondo con un hilo que sobresalía. Se levantó y lo pisó con rabia, con la suela del
zapato, como si fuera un insecto repugnante. Era un micrófono minúsculo con una
antena que acababa de hacer trizas. Alguien había espiado, escuchado y probablemente
grabado toda nuestra conversación. Estaba furioso y empezó a proferir algunos insultos
en italiano. No los reproduciré. El diálogo había terminado de una manera abrupta. El
color del cielo se iba volviendo rojo; de repente, aquel inolvidable espectáculo
panorámico de Roma se había terminado para nosotros. El cardenal, muy nervioso y con
la cara desencajada, habló unos instantes con el responsable de su seguridad. Después
me quiso acompañar hasta el hall del hotel. Bajamos en el ascensor y atravesamos el
vestíbulo en completo silencio. Ya en la calle, mucho más calmado, se volvió a disculpar.
No era culpa suya, y así se lo dije. Cuando le pregunté quién podía ser el responsable de
las escuchas, se encogió de hombros. «Seguro que hay más malditos micrófonos por
toda la habitación. Ahora lo mirarán. No sé quién me espía o le espía a usted, ni por qué
lo hacen. ¿El Vaticano? ¿La CIA? ¿El FSB ruso? ¿Los italianos? Nunca lo sabré. Jamás
me había encontrado nada parecido, ni tenía ningún indicio de que me estuviesen
siguiendo. Hay mucha guerra sucia interna en marcha en la Santa Sede, y también
externa. Presentaré una denuncia o una protesta formal en la Gendarmería vaticana, y
en la policía italiana. Esto es inadmisible.»
Cuando nos volvimos a ver al cabo de unos tres meses, en un encuentro fortuito en el
barrio del Borgo Pio, a pocos metros de la muralla vaticana, me comentó que nadie le
había informado del incidente. Habían encontrado tres micrófonos más en el salón y en
el dormitorio de la suite. Prácticamente aquello fue lo único que pudo saber. El
purpurado no tenía siquiera la certeza de que el caso se hubiese investigado. Alguien le
comunicó que se había descartado hacerlo. Una señal bien clara que daría a entender
que los rusos del FSB (la antigua KGB soviética) se podían dar por descartados. O se
trataba del mismo Vaticano quien colocó las escuchas a través de sus servicios de
espionaje, o bien lo había hecho alguna agencia amiga occidental.
La guerra sucia continúa y se ha incrementado de manera implacable en los últimos
años. Todo el mundo espía y todo el mundo es espiado. Los ataques a la privacidad de
políticos rivales, celebridades, periodistas y religiosos, como al fin y al cabo sucede con
la de todos los ciudadanos, es una realidad muy preocupante del siglo XXI. Como dice
Snowden, «la privacidad es el grifo para todos los demás derechos. De la privacidad
emanan los derechos, porque es el derecho al yo. La privacidad es el derecho a una
mente libre».
14
Mehmet Ali Agca, que en 1981 intentó asesinar al papa Juan Pablo II en la plaza de
San Pedro del Vaticano, dejó muy claro en una entrevista que también sería sencillo
disparar contra el papa Francisco. Lo dijo en julio de 2013 en el programa La Zanzara,
de Radio 24; un espacio de humor de la emisora que pertenece al grupo Il Sole 24 Ore,
propiedad de Confindustria, la patronal italiana. El enigmático y siempre sorprendente
Ali Agca diría: «Es fácil dispararle, incluso a este papa, pero a nadie le interesa hacerlo.
El papa Francisco es solo el rector de una parroquia».
Al margen del comentario despectivo del turco, que aclaró que no lo pensaba matar,
hay episodios de amenazas e intentos de asesinar a Bergoglio que han pasado muy
inadvertidos para la opinión pública. Hemos citado ya unos cuantos en el capítulo sobre
los servicios secretos, y todavía añadiremos el episodio del 12 y 13 de julio de 2017
durante la visita de Francisco al santuario portugués de Fátima. La seguridad asignada
al pontífice detuvo a un hombre de nacionalidad marroquí que había comprado
materiales sospechosos, como, por ejemplo, nitratos que se utilizan regularmente en la
fabricación de bombas artesanales. Convenció a su esposa portuguesa y de profesión
bombera para que se infiltrase en la ambulancia que tenía que formar parte del séquito
del papa. El sospechoso estaba vigilado, y el probable intento de hacer estallar una
bomba fracasó con la detención del matrimonio.
En agosto de 2021, una nueva amenaza volvió a poner en alerta máxima a los servicios
de seguridad del Vaticano. Se había interceptado en Milán un sobre con tres balas de
nueve milímetros en su interior. Escrito a mano figuraba el destinatario: «Papa. Ciudad
del Vaticano. Plaza de San Pedro. Roma». Acompañaba a las balas un breve comunicado
donde se aludía al escándalo económico protagonizado por el cardenal Angelo Becciu,
que sería juzgado en el otoño de 2022 en el Vaticano. El papa Francisco expulsó del
cargo a ese purpurado. El motivo fue la compra de un inmueble en Londres por valor de
unos doscientos millones de euros que se sacaron del fondo de la Santa Sede destinado a
los pobres. En relación con esta grave amenaza, solo se supo que el sobre con las tres
balas lo enviaron desde Francia. Al margen de este detalle, nuevamente el Vaticano
sigue guardando un clamoroso silencio sobre las hipotéticas investigaciones que se
iniciaron.
Por la dark web corren todo tipo de amenazas directas contra el papa Francisco por
parte de yihadistas y ultras que transpiran odio por todos los poros. A poco que uno se
esfuerza, se encuentran vídeos con gente armada que dispara a una diana donde está la
fotografía de Bergoglio. Otros tapados con pasamontañas y exhibiendo cuchillos
amenazan con degollarlo, e incluso lo simulan con maniquíes con la cara del pontífice
argentino. Acompañan siempre estas amenazas discursos incendiarios de todo tipo que
intentan justificar el asesinato. Los yihadistas hablan siempre del «líder de los
cruzados» al que hay que eliminar. Los ultras proclaman que es un hereje, o el
anticristo, o un ser diabólico. Nada nuevo, nada que no hayamos visto ya hace mucho
tiempo. Aparte de todo esto, lo más curioso son las conspiraciones y los planes
diseñados que se van descubriendo en esa Internet oscura y cuyo objetivo es asesinar al
papa. Muchos de ellos resultan poco creíbles, porque parecen surgidos de la mente de
un guionista fantasioso de una serie o una película apocalíptica.
Uno de los proyectos de atentado más espantosos que he descubierto para golpear al
papa Francisco y el Vaticano se refiere a una operación que «se está preparando», según
pude leer en octubre de 2022 en una página de la dark web. Debía ejecutarse el día del
funeral de Benedicto XVI, presidido por el papa argentino en la basílica de San Pedro. Se
hablaba de lanzar una bomba termobárica de alto impulso que se puede comprar en la
misma dark web, probablemente a alguna empresa rusa propiedad de mafiosos. Ese
artefacto, que se afirma que Rusia ha utilizado en la guerra para invadir Ucrania,
también se conoce como bomba de vacío o de combustible. Tiene un alto poder
destructivo e incendiario. El 5 de enero de 2023, el funeral de Benedicto XVI transcurrió
sin ningún susto, eso sí bajo un impresionante despliegue policial. No cabe duda de que
la detonación de una bomba de estas características habría generado una gran explosión
y centenares de muertos y heridos, en una zona de varios kilómetros. Según el proyecto,
que aún podría adaptarse a otra ceremonia, se hablaba de lanzarla desde un helicóptero
por parte de «sacerdotes y laicos vinculados al FSSP Rad Trads». La Fraternidad
Sacerdotal de San Pedro (FSSP) es una sociedad clerical que surgió de los lefebvristas
cismáticos y cuyo principal objetivo es continuar con la liturgia antigua preconciliar.
Con esta fraternidad, Bergoglio ha hecho una excepción en las restricciones que ha
decretado para celebrar la misa en latín. Sí, son tradicionalistas, ultraconservadores,
pero difícilmente se les puede vincular con la preparación de un atentado en el Vaticano.
Fantasías de los teóricos de la conspiración, con escasa o nula credibilidad.
Marco, un experto en seguridad que trabaja en Milán, donde ha creado una empresa
de protección de ámbito europeo, me comentaría que todas estas amenazas e intentos de
asesinar a Bergoglio «no parecen demasiado coordinados ni preparados por
profesionales. Algunos forman parte más bien de los deseos que de la realidad». Aun así,
«en la mayoría de los casos, todo indica que los kamikazes serían los que llamamos
lobos solitarios, imbuidos de fanatismo, peligrosos, impredecibles y que algunas veces,
pocas, llegan al objetivo de una manera sorprendente. Si existe alguna coordinación, por
lo poco que sabemos y comentamos en los sectores de la seguridad que frecuento, no
hay indicios en absoluto de una conspiración internacional. Se trataría de pequeños
grupos formados por gente que cree erróneamente que hoy en día acercarse a una
personalidad es fácil. El papa, por más que tenga una tendencia indisciplinada a
acercarse a la gente y a descuidar su seguridad, está rodeado de una nube de
profesionales muy preparados que saben cómo actuar ante una emergencia».
Ciertamente, no parece, por más intenciones y vileza que pongan los que querrían
acelerar la desaparición física del papa, que exista un proyecto que sea serio y bien
planificado. Los sectores y las personalidades ultraconservadores de la Iglesia tienen
muy asumido que en este mundo de comunicación global es difícil ocultar nada. Tarde o
temprano se acaba sabiendo prácticamente todo. Sin embargo, el magnicidio iría mucho
más allá de la muerte del pontífice y afectaría irremisiblemente la credibilidad de toda la
Iglesia universal. Tanto los reformistas como los tradicionalistas quedarían muy
tocados. Ahora bien, obviamente, en este ámbito nunca se puede descartar nada.
«Si no hay renuncia ni la posibilidad de una muerte inducida, que Dios no lo quiera, solo
hay que esperar a que la naturaleza siga su curso», me dijo en 2014 un reconocido
purpurado ultraconservador, refiriéndose a Bergoglio. Fue durante una fiesta de
cumpleaños en un ostentoso palacio de un compañero suyo cardenal, que hizo una
entrada en escena espectacular y teatral ante los invitados, luciendo la capa magna que
sostenían cuatro jóvenes, esa capa aparatosa, de seis a doce metros de largo, que se
remonta al siglo XV. Se trata de la misma vestimenta pomposa que algunos cardenales,
como el norteamericano Raymond Burke o el español Antonio Cañizares, lucen en
algunas ceremonias tradicionalistas.
El purpurado interlocutor, con una copa de champán francés en la mano, deseaba el
fin del pontificado del argentino como el que más, pero estaba dispuesto a esperar. Sin
embargo, con el pasar de los años, su paciencia ha acabado en exasperación. Al final se
ha decidido a intentar hacer la vida imposible a Francisco, esforzándose para ridiculizar
y abortar sus reformas. La desesperación le ha llevado, en última instancia, a colaborar
en los años recientes con los que trabajan para que su sucesor no siga la línea de
cambios que Bergoglio ha intentado marcar.
Ahora, después de la renuncia en 2013 de Benedicto XVI, se considera «normal» para
la mayoría de los mortales que un papa pueda dimitir por razones de edad y por tener
las condiciones físicas o mentales deterioradas (algo que suele estar vinculado a la
vejez). Se ha roto una tradición de siglos, y también el tabú de hablar de un posible
retiro. En el mundo de la Iglesia no todos lo ven así, y mandan las convenciones. Hasta
la muerte de Ratzinger, el 31 de diciembre de 2022, los sectores más involucionistas
seguían considerando que el pontífice alemán se equivocó y que era el único legítimo.
Intentaban demostrar que su renuncia la realizó sin validez jurídica. Un papa, para ellos,
lo es hasta su muerte. La renuncia al pontificado era inconcebible hasta aquel gesto del
alemán que sorprendió a todo el mundo y que ha generado tantas especulaciones,
opiniones, críticas y controversias. Se ha escrito, y mucho, que solo existía oficialmente
el precedente que ya hemos explicado, de hacía quinientos noventa y ocho años, el de
Celestino V en el año 1294. La realidad de la historia nos demuestra que al menos una
veintena de papas renunciaron en tiempos remotos. Se afirma que la mayoría lo hizo por
presiones o amenazas. Al menos en el caso de Celestino V no fue así. Tampoco parece
que haya intriga alguna detrás de la trascendental y valiente decisión de Ratzinger,
quien dijo que la tomó de manera libre después de una larga reflexión personal.
De todos modos, por regla general, al menos en la época contemporánea, los papas,
aunque fuesen viejos y estuviesen enfermos, continuaban reinando hasta el último
suspiro. La tenacidad de Juan Pablo II es el exponente más reciente de un papa
atormentado por el dolor pero decidido a aguantar hasta el final. Soy testigo de los
gestos de angustia que pude percibir bien de cerca en su rostro durante las ceremonias
del Jubileo del 2000, y que provocaban espanto en los que le rodeaban. Todavía
tenemos un ejemplo más claro en un pontífice que murió en 1903, a los noventa y tres
años, después de veinticinco años de ejercer su magisterio en unas condiciones de salud
muy precarias. León XIII era ya un hombre enfermizo cuando lo eligieron.
Prácticamente era incapaz de hacer nada. Su salud fue empeorando. Sorprendía mucho
que su vida durase tanto, hasta el punto de que entre los cardenales empezó a circular
un chiste muy viperino: «Pensábamos que habíamos elegido un papa, no un padre
eterno». Muchas veces en el Vaticano se ha elegido un jefe de la Iglesia católica de una
edad muy avanzada, con el objeto de que los cardenales ganasen tiempo para poder
llegar a cierto consenso, que en los momentos del cónclave resultaba imposible.
Francisco sorprende día sí y día también. En una entrevista de septiembre de 2022,
cuando la periodista Maria Joao Avillez de la CNN Portugal le dijo que esperarían al
papa en Lisboa para la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará del 1 al 6 de
agosto de 2023, él dijo: «Que sea lo que Dios quiera». Sobre su presencia en los actos
multitudinarios donde participarán, como siempre en estos encuentros, miles de
jóvenes, el pontífice argentino añadió: «Yo pienso ir. El papa irá. O va Francisco, o va
Juan XXIV, pero el papa va». La mención a su sucesor como Juan XXIV es una broma
de Bergoglio, que ya había hecho en alguna otra ocasión. Dicho esto, todos los analistas
se lanzaron a especular que el argentino quiere un perfil similar al suyo. Desearía un
nuevo papa Juan XXIV, rememorando a Angelo Roncalli, Juan XXIII, que, aunque iba
precedido de su fama de conservador, sorprendió al mundo convocando el Concilio
Vaticano II, que fue la gran esperanza reformista de la Iglesia católica.
No resulta aventurado decir que el gesto de renuncia de Joseph Ratzinger persigue a
Bergoglio desde el inicio de su pontificado. No es ni mucho menos un espíritu
mortificador y agobiante, como en los relatos de Stephen King, pero tampoco una
situación de la cual se pueda prescindir sin más. Siempre ha tenido presente la renuncia
de Benedicto XVI en lo que tiene de positivo, y en la parte negativa que comporta para
un pontífice mayor, que ve cómo muchas de las cosas que pretendía hacer se han ido
desvaneciendo con el paso de los años. ¿Realmente ha marcado a Francisco la decisión
de su predecesor? Para contestar a la pregunta me he acercado a un sacerdote que
conoce bien la personalidad del argentino. Me cita para la entrevista y se desdice al cabo
de pocos días. Intento convencerle de que necesito aclarar un enigma sobre el que busco
respuesta desde hace más de nueve años; le digo que he preguntado a dos personas muy
próximas al pontífice y que siempre he recibido evasivas. Finalmente acepta hablar
conmigo, pero ha pasado lo que más temía: la condición para contestar a mi
requerimiento es la que suele darse en estas delicadas entrevistas; quiere el anonimato
que evite cualquier referencia que permita identificarlo. El sacerdote se muestra
nervioso cuando nos encontramos en el otoño de 2022. «El santo padre —me dice—
empieza a tener problemas derivados de la edad. Tiene una fuerza mental envidiable,
pero le empiezan a flaquear, como nos pasará a todos más tarde o más temprano, las
potencias físicas. Tiene sobrepeso y la rodilla le martiriza. No creo que renuncie
mientras pueda aguantar. Él mismo lo ha dicho, aunque ha añadido también que no lo
descarta. Dice con toda sinceridad que admira la decisión de Benedicto XVI, con el cual
siempre ha mantenido una relación casi familiar.»
Llegados a este punto, mi interlocutor hace una larga pausa antes de continuar.
«Mira. Desde la renuncia de su predecesor, en 2013, ya no sería ninguna sorpresa que
un papa se retirase. Bergoglio piensa que hay que saber apartarse a un lado cuando es
necesario. Cree firmemente que la Divina Providencia le señalará el momento, si este
llega. Si ve que la salud física o la mental no le acompañan, renunciará. No lo dudes. Lo
que tengo muy claro es que jamás lo hará presionado por alguien o por la montaña de
problemas que ahora tiene, ni por los que pueden surgir en el futuro inmediato. Quiere
dejar cosas cerradas, intentar como mínimo iniciar sinergias y procesos que difícilmente
se puedan parar cuando él ya no esté. El Camino Sinodal iniciado es una de las cosas que
más ilusión le hacen en estos momentos. Sacudir la Iglesia, debatir, discernir…, verle un
futuro. Hace poco ha dicho que los papas que renuncian son humildes. No se llenan de
la soberbia de quien se quiere aferrar al poder y se considera imprescindible.» Vuelve a
hacer una nueva pausa, aún más larga. No quiero interrumpirlo. «¿Sabes una cosa?
Francisco tiene pensado renunciar desde el primer día del pontificado. Como sugieres,
con cierta razón, aquel gesto de Ratzinger le ha perseguido por diversos motivos. ¿Por
qué ve como lógica la renuncia y por qué no la quiere aplicar aún? Tiene diversos
motivos de preocupación in mente. El primero es que comparte con el alemán una
visión similar del poder pasajero que ha de tener el pontificado. El segundo motivo es
que se ha dado cuenta de que, a pesar de la cohabitación ejemplar que ha tenido con
Benedicto XVI, no funciona tener en el Vaticano dos personajes con el título de papa.
Aunque a uno de ellos se le añada el adjetivo de emérito, provoca malentendidos.
Imagínate por un momento que pronto hubiese un tercero. ¡Dios no lo quiera! Por eso
reivindica el título de obispo emérito de Roma como más presentable para el pontífice
que se retire, para no inducir a errores ni interpretaciones maledicentes. El tercer
motivo es que él tiene el mandato que le otorgaron los cardenales que lo eligieron, y no
ha acabado aún su trabajo. Y existe aún una cuarta y última razón: Bergoglio cree que
todavía tiene demasiado que hacer para intentar evitar que su sucesor destruya el legado
que él deje. No es este último motivo ninguna señal de altivez, sino el convencimiento de
que la Iglesia necesita los cambios que le ha tocado poner en marcha. Dicho esto, creo
sinceramente que 2023 será, como dicen muchos, un año decisivo.»
A finales de diciembre de 2022, el propio Francisco revelaba al diario español ABC
que, pocos meses después de iniciar su pontificado en 2013, entregó al entonces
Secretario de Estado, Tarcisio Bertone, un documento con su renuncia. Se haría efectiva
en caso de impedimento por cuestiones físicas o mentales. En cuanto se publicó esta
información, contacté de nuevo con ese sacerdote. Sin decirme ni siquiera «buenos
días» se ponía en el teléfono para ir al grano: «¿Lo ves? Ya te decía yo que Bergoglio lo
tiene todo previsto. Vi que tú también lo intuías y te lo ratifiqué». Francisco lo tiene
planificado. Ahora todo es menos complejo; con la muerte de Benedicto XVI, ya no hay
cohabitación en el Vaticano después de casi diez años. Ya no existe un poder pontificio
calificado muchas veces de paralelo. La posibilidad de tres papas vivos se desvanece. El
pontífice argentino renunciará cuando lo crea oportuno y dejará sembradas semillas
importantes. Quizá la respuesta que hemos visto de mi sacerdote interlocutor no era la
que yo buscaba exactamente, pero es una explicación. Eso sí, muy diplomática y
comedida.
«El Espíritu Santo inspirará a los cardenales para que hagan la mejor elección.» Es
una frase que me han repetido en muchas ocasiones en la vigilia del extra omnes (fuera
todos). Es el momento en que los purpurados con derecho a voto se encierran bajo llave
en la capilla Sixtina para deliberar y votar a un nuevo jefe de la Iglesia católica. Es algo
que los cardenales a los que he entrevistado pocas horas antes del inicio de un cónclave
repiten hasta la saciedad. Sean del color que sean, piensen como piensen, quieren
recordar que la tradición de la Iglesia señala al Espíritu Santo, que encarna dones
sobrenaturales, como el responsable de inspirar a los purpurados en la trascendental
misión de aportar un nuevo pontífice al mundo católico. Es evidente que, visto lo que
hemos observado a lo largo de la historia, los cónclaves se resuelven por muchas vías
que nada tienen que ver con el carácter espiritual de esta figura bíblica, que la
iconografía suele representar en forma de paloma. Cuando los entrevistados, cardenales
y también especialistas creyentes, apelan a la sabiduría y la capacidad de esta figura
espiritual de transmitir a los hombres (en este caso purpurados) sus decisiones, creo
sinceramente que utilizan ese subterfugio para no decir nada. En resumen, para echar
balones fuera ante las preguntas de los periodistas, y evitar comprometerse en un
momento especialmente delicado. Si se deja en manos del Espíritu Santo la decisión de
elegir a uno u otro candidato, siempre se queda bien; además, todo el mundo evita
mojarse.
«El Espíritu Santo está de vacaciones, sobre todo durante el cónclave», me diría en
2005 un simpático, ocurrente y bastante irreverente periodista mexicano, mientras
tomábamos un café en las jornadas previas a la elección del cardenal Joseph Ratzinger
como Benedicto XVI. Y añadió: «Si el Espíritu Santo sobrevolase la capilla Sixtina, se
pondría una venda sobre los ojos». La elección de un pontífice siempre se ha visto
envuelta en notas que poco tienen que ver con la espiritualidad. Las crueles batallas que
libradas entre los cardenales electores siempre han estado condicionadas por factores
políticos. Tanto en la época antigua como en la actual, han primado los intereses que
ponen en juego las diversas facciones. Durante la elección, siempre ha sido crucial la
correlación de fuerzas con las que cuentan los candidatos, las sumas y las restas de la
aritmética electoral, la oportunidad y el oportunismo. Nada ha ocurrido por azar. Es
todo, desde siempre, escandalosamente mundano.
Desde el siglo XIII hay muchos documentos históricos que muestran pugnas
sangrantes y martingalas para conseguir situar a un candidato en el trono de san Pedro.
Inicialmente, el obispo de Roma era elegido en asambleas de fieles muy tumultuosas,
que acababan en violencia y cismas. Era la época anterior a que el emperador
Constantino aceptase oficialmente el cristianismo. Hasta el siglo XII fueron proclamados
alrededor de treinta «antipapas». Una docena de pontífices, en el periodo de cien años
en torno al año 1000, serían expulsados del alto cargo. Algunos morirían asesinados y
otros padecieron el exilio. En el siglo XI, los fieles y religiosos fueron vetados como
electores y se impuso que fueran los cardenales los que eligieran a los papas.
Finalmente, en 1179 se acordó, en vista de que continuaban las disputas, aplicar una
norma que ya era habitual en el gobierno de algunas ciudades italianas como Venecia.
La regla de que fueran necesarios dos tercios para ser elegido eliminaba en buena
medida el poder del tercio perdedor de presentar batalla con la fuerza suficiente. De
todos modos, esta norma, que exige amplios consensos y complicadas negociaciones,
provocó unas vacantes muy largas en la sede, a causa de los desacuerdos que se
eternizaban. En el siglo XIII, Celestino V «inventó» e impuso el cónclave como solución
drástica. Para evitar que las deliberaciones se alargasen durante siglos, los cardenales
electores dormían en lechos incómodos, se les privaba de su paga y solo se alimentaban
de pan, vino y agua. Con tales condiciones, no tardaban en decidir. Estas radicales
medidas provocaron un buen número de elecciones precipitadas y de errores que
muchas veces se enmendaban con muertes repentinas y obviamente inducidas.
Aunque la coerción, el soborno y los pactos están oficialmente vetados bajo pena de
excomunión, y pueden suponer la anulación de la elección, siempre los ha habido y,
probablemente, siempre los habrá. A lo largo de la historia encontramos indicios
suficientes e incluso pruebas de que muchos papas han sido elegidos a partir de estas
prácticas y de extraños complots nunca reconocidos por las crónicas oficiales. Con la
amenaza de la excomunión vigente, ahora podemos demostrar que todo está preparado
para manipular el cónclave que ha de elegir al sucesor del papa Francisco. Solo una
mayúscula sorpresa (algo que nunca se puede descartar, cuando hablamos del Vaticano)
podría cambiar el guion previsto. ¿Cómo se pretende hacer? ¿Quién escribe en estos
momentos el argumento de lo que ha de pasar? En las páginas previas, hemos visto con
detalle que el sector más tradicionalista de la Iglesia, en concomitancia con la extrema
derecha internacional, se ha conjurado para que no se repita el «error» de nombrar a
otro Francisco. Todos los esfuerzos hechos durante los años del pontificado de Bergoglio
confluirán en el momento clave del cónclave para que no se produzca ningún tipo de
obstáculo que impida la elección de un nuevo papa afín a sus intereses. El problema que
tienen, como veremos más adelante, es que no cuentan con un candidato del todo
presentable y aceptable. Una personalidad con entidad propia. Quizá puedan erosionar,
pues cuentan con un gran presupuesto para hacerlo, la credibilidad de los candidatos
más reformistas, pero… ¿disponen de una alternativa? Si no es así, probablemente
optarán por un pontífice débil y fácilmente manipulable, con la finalidad de obligarlo a
liquidar las reformas que Bergoglio haya implementado.
El Sínodo de la Familia convocado por el papa Francisco en 2015 ahondó mucho más el
abismo que desde hace décadas divide y sacude a la Iglesia. El pontífice argentino había
hecho estallar una bomba en el frágil equilibrio de poder que había entre reformistas y
conservadores. El acceso, hasta entonces prohibido, al sacramento de la comunión por
parte de los divorciados y vueltos a casar, que el papa introdujo en una nota a pie de
página en la exhortación apostólica Amoris Laetitia, generó una gran oleada de rechazo
en los sectores más tradicionalistas. Poco a poco, con otras disposiciones como la
restricción del uso del latín en la misa, en julio de 2021, Bergoglio fue incrementando la
irritación de los intransigentes. Todo eso, sumado a las declaraciones favorables a la
lucha ecológica y la toma de posición sobre los homosexuales, las mujeres y los
inmigrantes, ha configurado un panorama donde los enemigos del papa multiplican los
agravios contra él. Entre los católicos laicos de base y los religiosos, sobre todo los
obispos, se incrementa la oposición a Francisco. La reducción de los privilegios que
ostentan los cardenales ha acabado de remachar el clavo. Dentro y fuera del Vaticano,
los contrarios más activos al pontífice saben que no están solos, sino que cuentan con
una legión dispuesta a ponerse a su lado en cada una de las batallas que decidan iniciar.
En el segundo semestre de 2022 se intensificó en el Vaticano una práctica que viene
siendo habitual desde la llegada de Francisco al pontificado: la llamada «guerra de
dosieres». Lanzar basura sobre Bergoglio y los reformistas que lo apoyan era el objetivo,
y la base, falsedades, medias verdades y manipulaciones diversas. ¡Todo vale! Ya lo
decíamos al principio: se ha abierto la veda para la caza mayor, que no se cerrará hasta
que el pontífice deseado por el sector más reaccionario sea proclamado como nuevo jefe
de la Iglesia católica. En resumen, el movimiento de difundir dosieres que hemos
comentado antes era solo un ensayo, el aperitivo de lo que pasará cuando realmente se
convoque un cónclave para elegir al sucesor de Francisco. La estrategia de guerra sucia
diseñada con meticulosidad y sin escatimar recursos está en marcha; todo parece
controlado desde un centro de operaciones situado a más de siete mil trescientos
kilómetros de Roma, en Estados Unidos.
Después del último consistorio, en agosto de 2022, el Colegio Cardenalicio cuenta con
ciento treinta y dos electores purpurados, es decir, que tienen menos de ochenta años y
por tanto pueden entrar a la capilla Sixtina para elegir a un nuevo pontífice. Ochenta y
tres, es decir, un 63 %, han sido nombrados por Francisco; treinta y ocho por Benedicto
XVI, y aún quedan once que fueron nombrados por Juan Pablo II. Sobre el papel, esto
concede una gran ventaja para que el argentino pueda lograr que su sucesor siga su
línea, pero no todo está tan claro como parece a simple vista. En primer término, no
todos los nombrados por Francisco son reformistas o se muestran fieles a él. En segundo
lugar, si esta mayoría se produjese y se viera una tendencia clara que pudiese conducir a
la victoria de los partidarios más progresistas, ya hay quien está dispuesto a manipular
el cónclave.
Cuando decimos que no todos los nombrados por Bergoglio forman un grupo
compacto a favor de un nuevo papa continuista en la línea de las reformas del pontífice,
nos referimos a esto: «Muchos de los cardenales que deben al santo padre Francisco su
nombramiento como purpurados lo han abandonado. Algunos están en desacuerdo con
su actuación a favor de los inmigrantes, de los derechos que él quiere para los
homosexuales o las mujeres, y se muestran críticos con el papel que defiende en la lucha
contra el cambio climático. Le censuran que, como dicen ellos, quiera convertir la Iglesia
en una ONG, que hable poco de doctrina. Otros, sobre todo los cardenales que trabajan
en la curia, no han visto con buenos ojos que les retire privilegios. Quieren seguir siendo
príncipes de la Iglesia, y no entienden por qué Bergoglio los critica por vivir en grandes
palacios o lujosos apartamentos, o por tener el poder de invertir en el oscuro mundo
financiero, ni aceptan que los desacrediten por dedicarse a una vida mundana en la cual
predomina la ambición y la hipocresía». Quien así me habla es un monseñor que ejerce
su vocación con entrega y austeridad. Un gran admirador de Francisco, que siempre
afirma que le recuerda a Juan XXIII. Trabaja en una congregación (ahora ya se llama
dicasterio) dentro del Vaticano, y actúa siempre con discreción y procurando no llamar
la atención. Prefiere ser cauteloso por convicción y también, por qué no decirlo, por un
espíritu de supervivencia muy recomendable cuando uno es consciente de estar rodeado
de gente con un concepto moral y unas actuaciones poco ejemplares. Un sistema de vida
que considera que es, desde luego, muy cuestionable para un cristiano.
Efectivamente, hasta la llegada del papa Francisco, había cardenales y altos cargos de
la curia que tenían organizado un buen negocio abriendo cuentas con dinero de
procedencia desconocida en la Banca Vaticana. Eso ya no es posible. La vieja práctica
era muy sencilla. Llegaba alguien a contactar con un purpurado y le llevaba una maleta
llena de billetes que sumaban millones de euros. El receptor se quedaba algunos fajos
como comisión, y abría una cuenta en el IOR, el banco de la Santa Sede. Ese dinero,
muchas veces procedente de la mafia y el crimen organizado, quedaba reciclado. El
Vaticano era un paraíso fiscal con un buen número de beneficiarios entre los altos
cargos de la Iglesia. Se llenaban los bolsillos sin ningún esfuerzo. También algunos
invertían en negocios y productos financieros poco éticos, moralmente reprobables y
contrarios a los principios cristianos.
Todo este sector no ha apreciado tampoco demasiado el recorte en los salarios que
Francisco ha impuesto a los funcionarios y altos cargos de la Santa Sede. Prometió que
no se despediría a nadie, pero que había que hacer sacrificios. Los funcionarios
religiosos y laicos, desde abril de 2021, han visto rebajado su sueldo entre un tres y un
ocho por ciento, y los cardenales que trabajan intramuros (que son en torno a una
veintena), un diez por ciento. Como veremos, este porcentaje para los purpurados es
casi ridículo, dada su generosa paga. El problema es que algunos lo sienten como una
humillación más del papa argentino hacia los más altos responsables de la curia.
El descenso de los ingresos del año 2020 y 2021 a causa de la pandemia del covid
había generado una situación catastrófica para las finanzas vaticanas. Había que hacer
restricciones para evitar los despidos. Los números no cuadraban, y el déficit en 2020
había llegado a los quinientos millones de euros, agravado por una situación que ya se
venía arrastrando desde hacía años. A la reducción de limosnas y donativos se sumaba el
cierre de los museos vaticanos, de la filatelia, de los bazares donde compran recuerdos
los turistas y de la mismísima basílica de San Pedro. No olvidemos tampoco las
cuantiosas inversiones de la Banca Vaticana, que durante la pandemia sufrieron los
efectos de la inestabilidad de los mercados financieros.
El capítulo de gastos para pagar las doce pagas anuales de los salarios de los seis mil
funcionarios que trabajan en la Ciudad Vaticana supone el cincuenta por ciento del
presupuesto de la Santa Sede. Un funcionario, para trabajar al servicio de la Iglesia,
percibe entre 1300 y 1500 euros mensuales (algunos jefes del llamado décimo nivel
llegan a los 2300 euros). Además, no tributan impuesto alguno y cuentan con el
evidente beneficio de poder comprar de todo en el economato a precios prácticamente
de coste, sin IVA. Algunos de ellos tienen también residencias o apartamentos gratuitos,
proporcionados por un departamento de la Santa Sede denominado APSA
(Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica). Un capítulo aparte merecen la
veintena de cardenales de la curia romana, que reciben una remuneración de entre 4500
y 5000 euros mensuales que comprenden los 1500 euros que cobran todos los
cardenales del mundo del llamado «piatto cardinalizio». Mientras que un obispo o
arzobispo, que tiene un cargo en un dicasterio recibe entre 3000 y 4000 euros
mensuales.
El recorte de 2021 provocó, sobre todo en los empleados de los museos vaticanos, una
oleada de protestas. Se consideraban los más perjudicados. Los funcionarios recogieron
firmas en un documento donde se criticaban abiertamente los privilegios con los que
cuentan los altos cargos, tanto laicos como religiosos. Una práctica, denuncian, que no
tiene nada que ver con el carácter religioso de la institución. «Ocupan espléndidos pisos
de la APSA, situados en las zonas más prestigiosas de Roma, sin pagar alquiler a la
administración en cuestión (se podría hacer un cálculo de pérdida de ingresos de los
alquileres por las propiedades ocupadas por “privilegio”). Tampoco se hacen cargo de
ningún gasto de reestructuración, al contrario que nosotros, los empleados, que lo
pagamos todo. Además del alquiler gratuito, nos gustaría nombrar coches de uso
privado, descuentos en compras, secretarias a su servicio, reembolso de gastos de
diversa índole…» En la protesta de los funcionarios se divulgaba además que hay cargos
laicos contratados en el Vaticano que, en concepto de gastos, llegan a cobrar hasta
veinticinco mil euros mensuales. Pero hay religiosos, y de gran renombre, que superan
ampliamente esa cifra.
Todos los purpurados que no tienen diócesis asignadas a su cargo y trabajan en la
curia tienen la obligación de residir en la Ciudad del Vaticano. No todos quieren vivir
intramuros, donde todo es «más modesto». Muchos han escogido desde siempre
mansiones mucho más cómodas y suntuosas, repartidas por los lugares más
emblemáticos de Roma. En el primer libro que escribí sobre el Vaticano, incluí a modo
de ejemplo un listado de palacios y mansiones donde viven. En todas las residencias
disponen de monjas domésticas, secretarios, ayudantes y chóferes que se encargan de
los purpurados, muchos de los cuales han sobrepasado los ochenta e incluso los noventa
años. La mayoría de estos no quieren moverse de sus venerables mansiones. El papa
Francisco exige sobriedad desde hace tiempo, pero son pocos los que están dispuestos a
dejar ese estilo de vida marcado por el lujo, la dilapidación de fortunas en gastos de todo
tipo y otros privilegios. La APSA, organismo vaticano que como hemos dicho gestiona
los bienes inmuebles de la Santa Sede, ha buscado alternativas en pisos «medianos o
pequeños», de no más de ciento veinte metros cuadrados. Las grandes casas de los
cardenales, comparadas con las dos habitaciones donde reside Bergoglio en la Domus
Santa Marta, realmente hacen daño a la vista. Pero solo a unos pocos. El papa avisó a
todo el mundo, al principio del pontificado: «Chi serve la Chiesa non può vivere di
faraone» («Quien sirve a la Iglesia no puede vivir como un faraón»). La época de los
privilegios parece que podría tener los días contados. Poner fin a la bicoca genera
malestar, y son muchos los que colaboran para intentar evitar, o como mínimo retardar,
los efectos que les puede causar lo que llaman «el castigo que nos impone el obsesivo
argentino».
«Nos encontramos ante la operación de guerra sucia más importante que ha sufrido
jamás la Santa Sede. Si la gente fuese consciente del alcance que tiene, y cómo puede
afectar al futuro inmediato no solo de la Iglesia católica, sino de la sociedad donde
vivimos, se echaría las manos a la cabeza.» Giorgio es un conocido sociólogo italiano que
vive en Roma y conoce muy bien lo que se cuece en la Santa Sede. Habla poco en público
por deferencia a su hermano, que ejerce un importante cargo en un dicasterio. Hacer
según qué declaraciones podría perjudicar su carrera. Quiere el anonimato y hay que
respetarlo.
Giorgio nos advierte contra una operación de la extrema derecha en colaboración con
los sectores más reaccionarios de la Iglesia, hasta ahora impensable en esta institución.
Un complot en toda regla. Cuando hablábamos de que uno de los centros de operaciones
para manipular el próximo cónclave está situado en Estados Unidos, nos referíamos a la
misteriosa operación llamada Red Hat Report. El nombre hace referencia al red hat o
casquete rojo (el solideo) que todos los cardenales reciben de manos del papa cuando se
les asciende a ese importante cargo. En principio, la misteriosa operación no se trata de
ninguna actividad secreta, pues hasta tiene una web oficial, pero nada es lo que parece, o
lo que nos quieren hacer ver.
La asociación Better Church Governance Group (Grupo para un Mejor Gobierno de la
Iglesia) se formó en 2018 en Washington. Fue una iniciativa surgida en un círculo de
ricos empresarios norteamericanos católicos ultraconservadores. Habían llegado a la
conclusión de que no podían tolerar que el pontificado de Francisco tuviese continuidad
en un futuro cuando este renunciase o muriese. Encontraron la fórmula ideal con Red
Hat Report, el proyecto que confeccionaría los minuciosos dosieres donde se expondrían
los detalles más ocultos del pasado y el presente de todos los cardenales electores que
participarían en la elección del sucesor de Bergoglio. Estos informes exhaustivos de cada
uno de los purpurados tenían que contener todos los datos públicos y personales, con
especial atención a los posibles escándalos sexuales y de corrupción que no constan en
las biografías oficiales, las críticas que habían recibido y también el apoyo de sus
defensores, cualquier noticia que girase en torno a denuncias, y si habían estado alguna
vez sometidos a alguna investigación policial o procesos ante un tribunal. Se haría una
radiografía completa de cada personaje, hasta el más mínimo detalle. Se estudiarían las
relaciones personales más íntimas, sus viajes, negocios e inversiones. También las
comparecencias públicas y la actividad privada, las relaciones familiares y de amistad. El
informe Red Hat señalaría, al mismo tiempo, si son o no homosexuales, y valoraría si las
opiniones conocidas de cada cardenal se alinean con la Congregación para la Doctrina
de la Fe, el brazo del Vaticano que defiende a la Iglesia de la herejía y se encarga de
investigar las acusaciones de abusos sexuales. Así se han confeccionado los dosieres,
algunos de los cuales están colgados (muy resumidos y también muy medidos) en su
página web. He tenido acceso a algunos de estos informes a través de contactos en la
dark web y, a diferencia de los publicados en la Red, son mucho más exhaustivos, sobre
todo a la hora de descubrir los detalles más íntimos de los cardenales.
Los mismos promotores, a través de su cuenta en Twitter, fijaban en veinticinco mil
dólares el coste de cada dosier sobre uno de los cardenales. El proyecto estaba en fase de
conclusión en agosto de 2022, cuando el papa Francisco añadió dieciséis nuevos
purpurados electores a la lista. Los han ido incluyendo con una inusitada rapidez. Todo
en conjunto recuerda mucho, con las diferencias que queramos, a los métodos que se
aplican para investigar a la oposición política en unas elecciones.
Para el trabajo gigantesco que implicaba espiar a los cardenales electores, los
promotores han ido reclutando a un grupo de más de un centenar de personas que
forman los equipos de investigación, entre los cuales hay académicos, sacerdotes
católicos, estudiantes universitarios, expertos en comunicación, periodistas, sociólogos,
exagentes de la CIA y al menos una decena de exagentes del FBI. Dependiendo de la
responsabilidad que ejercen y del trabajo de campo que hacen, reciben una retribución.
El hermano de mi interlocutor, Giorgio, con tres décadas a la espalda de experiencia
laboral en el Vaticano, guarda un secreto: conoce la existencia de una red intramuros
muy activa, formada por sacerdotes, obispos y altos funcionarios que colaboran con los
investigadores norteamericanos para recabar datos personales de los purpurados. «En
todo el mundo —me descubre—, hay grupos similares en las ciudades donde ejerce como
obispo o arzobispo titular un cardenal elector.» Todos son informadores claves en esta
investigación, y dan apoyo a una causa que se convierte en una «guerra sucia» por
diversos motivos que se podrían resumir en uno: hacer lo que sea necesario para
restaurar el orden católico de siempre, el que habría «profanado» el papa Francisco
desde su llegada al pontificado. Tanto los investigadores que trabajan en Washington
como sus informadores, que lo hacen en las sedes cardenalicias o en el mismo Vaticano,
comparten que esta estrategia es la adecuada para eliminar la posibilidad de un
«Francisco II». Para los norteamericanos, sobre todo, es abominable tener un papa que
critica constantemente el capitalismo, y todos coinciden en ver al papa argentino como
un abanderado de causas (feminismo, homosexualidad, inmigración, ecología…) que a
sus ojos hacen tambalearse los cimientos de la civilización.
El sistema de trabajo de los investigadores se inició con la elaboración de los informes
sobre los cardenales que se consideraban papables en 2018, un listado que
gradualmente va cambiando en función de las circunstancias que los rodean. En 2022-
2023 ya tienen lista la parte más importante y han acelerado las modificaciones, fruto de
diversos escándalos descubiertos en los últimos meses, a raíz de los rumores sobre una
renuncia inminente del papa Francisco al pontificado. En el verano de 2022
incorporaron a dieciséis nuevos cardenales nombrados por Bergoglio. Cuando escribo
estas líneas se está avanzando a marchas forzadas en la investigación de todos ellos.
A partir de lo que le ha explicado su hermano en el Vaticano, Giorgio me comenta las
fases de trabajo: «Los exagentes de la CIA y del FBI con buenos contactos con las
agencias de espionaje internacional consideradas aliadas, aportan una información de
un valor enorme. Los estudiantes y periodistas también contribuyen con nuevos datos
que pueden conseguir en el trabajo de campo. Los académicos y sociólogos contrastan
estos datos, que finalmente los expertos en comunicación harán legibles y presentables.
La aprobación final la da el director Nielsen, que hace más o menos hincapié en algunos
aspectos de la personalidad y la actividad del purpurado investigado. Todo junto
conduce a tener un dosier completo de cada cardenal de entre treinta y cincuenta
páginas, que es lo que se hace público. El expediente privado, que de momento se
mantiene oculto, tiene un centenar de páginas con una relación de intimidades en
algunos casos poco confesables». En los expedientes, los cardenales investigados reciben
una calificación que figura en el encabezamiento: limpio, acusaciones creíbles de
culpabilidad y culpabilidad grave. Según afirman los responsables, el veredicto final
sobre cada uno de los cardenales investigados se basa en las pruebas y en «las
recomendaciones de los mejores expertos».
Fundamentalistas al ataque
Giorgio repasa algunas notas que su hermano mayor le ha hecho llegar desde
intramuros. Quiere ser muy meticuloso y no equivocarse ni olvidarse de nada. Se
muestra escandalizado «sobre todo por lo que contienen los informes de violación a la
intimidad de las personas que son objeto de espionaje, y que tendrían que denunciar esa
conculcación de sus derechos fundamentales». Los promotores han recalcado que
consultan a juristas para no caer en la trampa de tener que enfrentarse a denuncias que
podrían comportar delitos de difamación, que un juez podría considerar que merecen
una cuantiosa indemnización. Giorgio no lo ve así. Con él, repasamos quiénes son los
promotores conocidos.
«Estamos hablando —me dice— de gente muy implicada en la lucha por la tradición
cristiana del mundo occidental, algunos conocidos y con cierta popularidad. Otros, no
tanto. Personas que normalmente hacen ingentes donaciones a la Iglesia, que creen de
una manera obsesiva y radical que son los nuevos cruzados del siglo XXI.»
En primer lugar nos encontramos a Phil Nielsen, que tiene un máster en Arquitectura
y otro en Teología por la Universidad de Notre Dame, en Texas. Fue jefe de
Investigación del Centro para el Catolicismo Evangélico, una organización
ultraconservadora sin ánimo de lucro con sede en Greenville, Carolina del Sur. Es el
actual director ejecutivo del proyecto Red Hat, hecho que le ha obligado a dejar su
anterior responsabilidad y a trasladarse a Washington D. C. Este proyecto es el sueño de
su vida. Trabaja dirigiendo el equipo que confecciona los expedientes en The Homer
Building, en el número 601 de la calle 13 de la capital federal. Le acompañan en la
estructura directiva Chris Mangiaracina (asesora de Investigaciones Financieras), Philip
P. Scala (asesor de Investigaciones y ex agente especial de supervisión del FBI), Diego
Casarrubios (director de Operaciones) y Alice Knaeble (directora de Contratación).
«Nielsen es un fanático católico tradicionalista, aunque se define como católico
normal. Empezó en solitario, solo con la ayuda de su mujer, este proyecto que tenía in
mente hace casi una década. Poco a poco fue creciendo gracias a la ayuda financiera que
aportaron ricos empresarios norteamericanos que creían en la idea, la estrategia y el
objetivo. Pudo contratar a estudiantes de más de veinte países, y después a exespías que
le aportaron contenidos hasta entonces impensables. Ahora se ha convertido en una
empresa y un lobby de presión», continúa Giorgio, cada vez más interesado en dar
detalles. De hecho, llama varias veces por teléfono a su hermano al Vaticano y le
advierto de que no lo haga. Las paredes tienen oídos. Le puede perjudicar mucho. Como
mínimo le aconsejo que utilice la aplicación Telegram, que dicen que es menos
detectable. Por suerte, el hermano no ha atendido las llamadas.
Por lo que sabemos de Nielsen, hizo un periplo por diversos países europeos en 2019 y
posteriormente por Latinoamérica para difundir su proyecto y conseguir reclutar a
periodistas y estudiantes para que participasen en la ejecución de los expedientes. En su
entorno se organizaban cenas para recaudar fondos para el proyecto en marcha. Él y sus
colaboradores amplían constantemente esta red mundial. En estos momentos ya son
centenares los cooperantes en los cinco continentes. Nielsen es consciente de que Red
Hat genera escepticismo en muchos sectores; en una entrevista de 2019 con el periodista
Jordi Picazo, defiende la profesionalidad de la información que contienen los perfiles de
los purpurados. «La gente —afirma— se dará cuenta de que el proyecto no es un ataque
a nadie, ni nada por el estilo.» De todos modos, su propio perfil en las redes y los
discursos de presentación del plan en diversas tribunas internacionales demuestran
todo lo contrario. Él suele hablar de la «mala prensa» que provoca el espionaje a los
cardenales, pero no puede ocultar las opiniones absolutamente beligerantes que vertió
en un principio contra el cardenal Pietro Parolin, el secretario de Estado, opiniones que
después rectificaría, al darse cuenta de que podían perjudicar la presunta «neutralidad»
del proyecto de Nielsen. Había afirmado, sin disponer de pruebas, que Parolin era
corrupto por diversos escándalos financieros. «En el próximo cónclave ha de ser
conocido por todo el mundo como una desgracia para la Iglesia», dijo. Del mismo modo,
la filtración de un correo electrónico de Nielsen revela planes para compilar lo que,
según él mismo dice, sería una especie de equivalente eclesiástico de la «investigación
de la oposición» que se hace durante las campañas políticas. En este caso, los afectados
son los cardenales. En resumen, él mismo muestra que están dispuestos a hacer la
guerra más sucia de la historia en un cónclave.
Otro colaborador clave del Red Hat Report es Jacob Fareed Imam. Este doctor en
Teología y Religión de la Universidad de Oxford, director de New Polity (un think tank
ultraconservador católico), es un antiguo musulmán convertido al catolicismo en 2015.
Solicitó una excedencia del prestigioso centro académico británico para dedicarse en
cuerpo y alma a la difusión de los expedientes. Él será el responsable de poner en
marcha el bombardeo mediático cuando llegue el momento, cuando se convoque el
cónclave. Es el director de desarrollo del proyecto y habitual conferenciante en charlas
donde se compara el Corán con la Biblia, que imparte en las universidades católicas más
conservadoras del mundo occidental. Durante la presentación estelar del proyecto Red
Hat en Washington, Jacob Fareed Imam afirmó que no quería hablar mal del papa
Francisco, pero le acusó de defender a obispos de Argentina envueltos en supuestos
escándalos morales. Citó en diversas ocasiones lo que llamó el «expediente Bergoglio».
Es verosímil, pues, que exista también un amplio informe sobre el papa elaborado por la
organización.
Durante el discurso del profesor, una de las diapositivas que se proyectaron llevaba el
título: «Si hubiésemos tenido el informe Red Hat, quizá no habríamos tenido al papa
Francisco». Imam explicó: «Hemos de hacernos esta pregunta: ¿no podríamos haber
tenido a algún otro en 2013 que hubiese estado más activo en la protección de los
inocentes y los jóvenes? Y creo que hay una respuesta muy buena, y es que sí». La típica
acusación de la extrema derecha y de los sectores católicos más conservadores de que el
pontífice es cómplice de los crímenes pedófilos. Ellos tienen «la solución».
Cuando un asistente a la presentación le preguntó a Imam cuándo calculaban que
concluirían el proyecto, respondió: «Este proyecto no se acabará nunca…, siempre
hemos de estar preparados para un cónclave». Y todo está a punto para cuando haga
falta difundir los informes y actuar haciendo chantaje a los cardenales que puedan
esconder secretos inconfesables. Por más que lo quieran disfrazar, el lobby del Red Hat
Report actuará probablemente de manera implacable para condicionar el cónclave.
Hemos podido comprobar que, en los expedientes, los cardenales que han dado apoyo a
los cambios del papa Francisco tienen los informes más críticos del Red Hat, mientras
que los purpurados conservadores salen mucho más indemnes. El expediente sobre el
cardenal Pietro Parolin es agresivo y está perfilado de tal manera que genere rechazo,
mientras que el del cardenal Gerhard Müller es claramente favorable. En la entrevista
que le hice, el mismo Müller me defendía el proyecto: «Ahora los cardenales no se
conocen entre sí, y eso es un problema. Antes se celebraba un consistorio cada año y nos
conocíamos. Es muy necesario para el futuro de la Iglesia».
Tradicionalmente, la interferencia en cónclaves o las campañas publicitarias a
candidatos particulares al Vaticano, que siempre se han hecho de manera modesta, no
han tenido el éxito que esperaban los promotores. En algunos casos incluso han
resultado contraproducentes. Habrá que ver cómo funciona todo en este caso. El
potencial que tiene el proyecto, preparado de manera meticulosa durante años, y el
alcance mediático que probablemente consiga son circunstancias que no pueden
ignorarse.
Muchos en el Vaticano tienen claro que eso acabará pasando, y preparan el paraguas
para protegerse de la tempestad. Hemos dado datos suficientes para demostrar que se
está trabajando en estos peligrosos dosieres, y la misma organización lo reconoce. No
obstante, algunos, como el corresponsal en el Vaticano del periódico norteamericano
ultraconservador National Catholic Register, califican de «mito completo» la idea de
una conspiración contra el papa y los intentos de manipular el próximo cónclave. Afirma
que no hay nada organizado y que prefiere hablar de «personas sinceramente inquietas
por la dirección que ha tomado el pontificado de Francisco». Al mismo tiempo, algunos
analistas en Roma, como Massimo Micucci, lo ven con cierto escepticismo: «Manipular
un cónclave era muy difícil, incluso en los tiempos en que las familias nobles romanas lo
resolvían a puñaladas. Yo no creo que dosieres, conspiraciones e incluso recaudaciones
de fondos (como si se tratase de una PAC norteamericana para elegir a un presidente)
puedan tener efecto en la Iglesia. A menudo estos proyectos sirven de autoapoyo y hasta
de autofinanciación para los que creen en ellos. Entiendo que pueda estar de moda en
Estados Unidos. Lo entiendo, pero sigo siendo escéptico».
El futuro lo dirá, pero me hace gracia aportar, para acabar este capítulo, la simpática
reflexión que me ha hecho sor Lucía Caram sobre la operación en marcha: «Mira, había
un sacerdote de Mora de Ebro, el padre Josep Arbó, que vivía en mi país, Argentina, y
que decía que el Espíritu Santo empolla los huevos que le pongan. En última instancia, y
ocurra lo que ocurra, el Espíritu Santo puede escribir recto con la pata de una mesa. Es
lo que les ha pasado con Francisco. Los hijos de las tinieblas son muy astutos y pueden
tener un complot muy bien organizado, pero yo no pierdo la fe. Si no la tuviese, apaga y
vámonos».
No obstante estas opiniones, para restaurar el orden católico de siempre, «profanado»
por Francisco, como hemos dicho desde un principio, hay movimientos y componendas
en marcha. ¡Vale todo! Del éxito o el fracaso del proyecto Red Hat para acabar
destruyendo en un futuro el legado del papa argentino podremos hablar cuando llegue el
momento, cuando se convoque un nuevo y decisivo cónclave.
16
Pero en el sector más conservador de la Iglesia hay otras figuras destacables con
opciones. En primer lugar, dos cardenales africanos, Robert Sarah y Peter Turkson. No
parece demasiado probable que los miembros más tradicionalistas del Colegio
Cardenalicio opten por un papa negro, pero los dos están bien situados y tienen un
fuerte predicamento allí donde van. Del guineano Sarah, el representante más
dogmático del clericalismo, ya hemos hablado, y de Turkson, procedente de Ghana,
monseñor Joseph me diría: «Peter Turkson (Nsuta, Ghana, 1948) es un poco
incalificable. En algunas cosas coincide con el papa Francisco, pero en otras difiere
mucho. Podríamos catalogarlo de moderado. En el tema de la mujer defiende un papel
importante, excepto permitir el sacerdocio femenino. Sobre el colectivo LGTB tiene
claro que en las sociedades tradicionales africanas la homosexualidad es tabú y
condenada. Teológicamente es conservador, pero al mismo tiempo algo abierto. Es un
cardenal bastante cosmopolita, habla muchos idiomas y está dotado de una buena
oratoria. Pero también es muy ambicioso. Quizá demasiado. En el cónclave de 2013 hizo
una gran campaña en los medios postulándose como pontífice». Hay que señalar que
Turkson no solo concedió entonces muchas entrevistas, sino que fue una sorpresa para
mí y para mucha gente ver que las paredes de las calles de Roma, alrededor del
Vaticano, se llenaban de carteles electorales. Un hecho nunca visto. Mostraban una
fotografía del cardenal africano mirando al cielo, mientras les pedía el voto. Los
cardenales tienen prohibido taxativamente hacer ningún tipo de campaña, y proponerse
para ser elegidos. Nunca se llegó a saber si la iniciativa de los carteles se trataba de
alguna broma de alguien. En cualquier caso, parece muy poco probable que la idea
proviniera del entorno del cardenal. El caso es que el purpurado considerado papable
fue descartado por todo el mundo de manera inmediata. Pero ha llovido mucho desde
entonces. Turkson trabaja en el Vaticano desde hace años, y tiene una buena imagen
entre los curiales. En abril de 2022, el papa Francisco lo nombró canciller de la
Pontificia Academia de Ciencias.
No obstante, si hablamos de cardenales mucho más rigoristas que Turkson y que
tienen algunas posibilidades, hay que nombrar al norteamericano Raymond Burke, con
un perfil muy beligerante, como hemos visto, contra el actual pontificado, y el también
muy crítico alemán Gerhard Müller, bastante inteligente y bien situado para no dejarlo
en absoluto de lado. De ambos hemos hablado mucho en los capítulos anteriores.
Finalmente, en el listado en manos de los conservadores, también se podría añadir al
maltés Wim Eijk, el sudafricano Wilfred Napier, el italiano Angelo Bagnasco y Malcolm
Ranjith, arzobispo de Colombo, Sri Lanka.
Reuniones y protestas
Al margen de la ceremonia para investir con el solideo rojo, la birreta y el anillo a los
nuevos cardenales, el papa quiso que todos participasen en un amplio debate. El primer
día de reuniones para discutir la reforma de la curia, nos toparíamos con el purpurado
norteamericano Raymond Burke circulando a pie por la plaza de San Pedro. El peor
enemigo del papa Francisco intramuros vaticanos no pasaba desapercibido entre los
curiosos y los turistas. Llevaba un sombrero de Panamá de color blanco. Se paró a
curiosear, con una sonrisa burlona, ante las siete participantes en una pequeña
manifestación que tenía como objeto exigir la ordenación de mujeres, un tema que para
Burke es una herejía y que el papa ha cerrado, aunque lo ha puesto sobre la mesa para
que pueda ser debatido en un futuro. Las manifestantes llevaban unos parasoles rojos
con inscripciones donde se podían leer claramente las frases reivindicativas: «El
sexismo es un pecado capital», «Ordena a las mujeres», «Reforma significa mujeres» y
«Reinan los hombres». Las siete fueron detenidas cuando entregaban a los cardenales
un manifiesto con sus peticiones a favor de la igualdad.
En el interior, ya en la primera reunión, se empezaron a oír críticas contra el papa por
invitar a hablar de una constitución apostólica Praedicate Evangelium que no se había
consensuado previamente y que había entrado en vigor dos meses antes. El papa, como
suele hacer últimamente, había decidido ir por la calle de en medio, evitando así que los
obstáculos habituales acabasen por frustrar la reforma de la curia que contiene el texto.
Cuando lo entrevisté, el mismo cardenal Gerhard Müller, conservador y muy crítico con
Francisco, me diría: «El texto nunca se sometió al Colegio Cardenalicio para su examen.
Era como si se nos tratase como a estudiantes de primer semestre, como si fuese
necesario adoctrinarnos».
Los cardenales, según afirmaban los tradicionalistas, no pudieron hablar durante las
reuniones donde se expusieron cuestiones tan trascendentes como que laicos y mujeres
puedan dirigir dicasterios. Un hecho que resulta incómodo para muchas voces
tradicionalistas. Roberto Mattei, profesor e historiador italiano, autor de diversos libros
y muy prestigioso entre las filas de los más conservadores, escribió en su blog que
Francisco «teme un debate libre y abierto que debilite el ejercicio de su poder. Un manto
de silencio ha caído sobre el consistorio».
Sería un cardenal por encima de todos, el alemán Walter Brandmüller (1929,
Ainsbach, Baviera), quien levantaría la voz para criticar al papa argentino en una de las
comisiones. Es conocido por celebrar la misa en latín y por sus críticas y desafíos al
pontificado del argentino, tal y como hace su buen amigo Raymond Burke. Brandmüller
sostiene que no se puede debatir en la Iglesia actual y que «los consistorios, desde hace
al menos ocho años, han acabado siempre sin ningún tipo de diálogo». Acusa a
Bergoglio de actuar como un dictador. En su intervención preparada, que según
declararía no le permitieron exponer, el cardenal alemán no solo afirmaba que se
quieren silenciar las opiniones. Hacía una propuesta insólita, que ya había adelantado
en 2021, para que la Iglesia evite la elección de un nuevo papa de las periferias. Quiere
vetar, en definitiva, a un nuevo Francisco. Según el texto, filtrado al vaticanista italiano
Sandro Magister, el cardenal alemán proponía que en los futuros cónclaves solo tuviesen
derecho a elegir un nuevo pontífice los purpurados curiales. El derecho de voto, por
tanto, sería exclusivo para los que trabajan en la Santa Sede, y que por tanto conocen el
funcionamiento de la institución. Los otros no pintarían nada. «Esta propuesta —me
diría un buen amigo monseñor desde el Vaticano— parece un mal chiste. Comporta una
actitud antidemocrática y una visión elitista del pontificado. Perpetúa el centralismo e
ignora las periferias a las que el papa quiere conceder protagonismo. ¡Creo sinceramente
que es una barbaridad sin sentido que no interesa a nadie!»
El caso es que los cuatro días de reuniones servirían para aclarar puntos polémicos de
la reforma de la curia y para mantener algunos encuentros privados de personalidades
afines para hablar de consensos y de proyectos de futuro. La distribución de dosieres
sobre algunos cardenales, y también uno en concreto sobre Bergoglio, llenos de
impresiones y fake news, fue motivo de conversación en esos encuentros. El cardenal
Cristóbal López Romero, español pero titular del arzobispado de Rabat, en Marruecos,
fue muy claro cuando dijo sobre estas reuniones: «Necesitamos este momento. Tarde o
temprano tendremos que elegir al próximo papa, así que necesitamos escucharnos y
conocernos». Hay que añadir que este purpurado, durante aquellos días, se reunió en
privado con uno de los principales papables conservadores, Robert Sarah.
En resumen, los conservadores criticarían el encuentro, y los más abiertos, como el
cardenal Gregorio Rosa Chávez, de El Salvador, se mostrarían satisfechos. «Estamos
muy contentos todos. Más de ciento cincuenta cardenales de todo el mundo hemos
aportado ideas al papa sobre la reforma de la curia romana, en un clima de total libertad
con un ambiente muy fraterno, muy proactivo. Genera mucha esperanza.» Nunca llueve
a gusto de todos, pero parece que en el Vaticano a menudo todo son chaparrones.
Las dos almas de la Iglesia católica se vieron las caras aquellos cuatro días de agosto.
Todo el mundo es consciente ya de lo que pretenden y de quién las representa. Se han
puesto caras, nombres y también etiquetas a los purpurados. El alma más conservadora
está representada por los obispos y cardenales norteamericanos. La más reformista, por
el episcopado y algunos cardenales alemanes. Pero ¿se llegará a plasmar todo, como
defienden algunos, en uno o dos cismas?
En relación con la posición del episcopado de Estados Unidos, hemos hablado ya
extensamente de cuáles son sus caballos de batalla: la proximidad a Donald Trump y la
animadversión contra el presidente Joe Biden y el papa Francisco. «La Iglesia
norteamericana —me diría el buen amigo y profesor de Berkeley Bob W., en verano de
2022— libra sobre todo una guerra política. Está vinculada a los poderes financieros
más influyentes, que pagan el coste de campañas como la del Red Hat Report y las
aventuras de Steve Bannon. De aquí a que se quiera separar de Roma media un abismo.
Lo que pretenden, por encima de todo, es continuar erosionando el pontificado desde
dentro, contaminar a todos los que puedan y salir victoriosos, para que Francisco haya
sido un paréntesis y una pesadilla en la historia de la Iglesia.» Para reforzar este
proyecto, los obispos de Estados Unidos eligieron en noviembre de 2022 como
presidente de la Conferencia Episcopal a un hombre anti-Francisco. Se trataba del
arzobispo castrense Timothy Broglio, uno de los prelados más ultraconservadores, buen
amigo y colaborador del ya difunto cardenal Angelo Sodano. Ostentar este cargo le
colocará en primera fila de los enemigos de Bergoglio en Estados Unidos. Con Broglio, a
pesar de los ataques y la conspiración más o menos oculta, el presunto cisma
ultraconservador norteamericano parece claro que no prosperará, como algunos
pretenden. Su guerra tiene objetivos más afines a los que estaban detrás del asalto al
Capitolio. Ahora se pretende asaltar el Vaticano.
El otro «posible cisma», el alemán, tiene más matices y complejidades. Hay quien
rememora y compara con lo que pasó en el siglo XVI cuando un fraile agustino, Martín
Lutero, desafió al papa y rompió con Roma, imponiendo la reforma protestante. Lutero
conseguiría en poco tiempo la adhesión de gran parte de los príncipes alemanes. ¿Qué
pasaría ahora, en pleno siglo XXI, si el poderoso episcopado germánico hiciera lo
mismo? Probablemente obtendría el apoyo de muchos estamentos progresistas y de
millones de fieles que ven Roma como algo vetusto e inamovible.
El Camino Sinodal alemán, iniciado en 2019, antes de que el papa Francisco
anunciase el Camino Sinodal de toda la Iglesia universal, es sobre todo una apuesta, y
toda apuesta conlleva un riesgo. El obispo Georg Bätzing, presidente de la Conferencia
Episcopal Alemana y copresidente del Camino Sinodal de Alemania, diría en 2022, al
final del encuentro: «Se han debatido textos que no son solo textos, sino sueños puestos
en palabras de cómo queremos cambiar la Iglesia en Alemania: una Iglesia participativa,
con justicia de género y que vaya por este camino con la gente». Las propuestas
aprobadas van mucho más lejos de lo que el propio Bergoglio tiene in mente, o al menos
mucho más aceleradas de lo que él tenía previsto. Los católicos alemanes consultados
quieren, al lado del ochenta por ciento de sus obispos, la ordenación sacerdotal de las
mujeres, la bendición de las parejas homosexuales, levantar la prohibición para que los
homosexuales puedan acceder al sacerdocio, cambios en la enseñanza de la Iglesia sobre
los actos sexuales del colectivo LGTB y las relaciones prematrimoniales. Como se dice en
el documento final, se pretende «una Iglesia que aprenda escuchando, y que quiera
renovar su misión evangelizadora a la luz del signo de los tiempos, para continuar
ofreciendo a la humanidad una manera de ser y de vivir en la que todos puedan sentirse
incluidos como protagonistas».
Estos cambios doctrinales impactan directamente contra la tradición católica. Una
amplia mayoría de la Iglesia alemana los defiende, pero sobre todo lo hace un buen
amigo de Bergoglio, el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y presidente de la
Conferencia Episcopal Alemana de 2014 a 2020. Es el impulsor de este amplio debate.
Mientras tanto, muchos obispos alemanes ya han bendecido a parejas homosexuales, en
un claro desafío a lo que estipula la tradición; la práctica se ha extendido a diversos
países, sobre todo europeos. Afirman que lo seguirán haciendo.
El Vaticano tardó en reaccionar y fue duramente criticado por los más reaccionarios
por una «demora injustificable». Al final, la Santa Sede advertiría en 2022 que no se
puede autorizar el documento final germánico, ya que «el Camino Sinodal de Alemania
no tiene poder para obligar a los obispos y los fieles a asumir nuevas formas de gobernar
y nuevos enfoques doctrinales y morales». El mismo Francisco recordaría en junio de
2022 que, en una conversación con el cardenal Marx, le había dicho que Alemania ya
tenía «una Iglesia evangélica muy buena» y que «no necesitamos dos».
Tal desautorización de Roma a las pretensiones alemanas, que invitó a presentarlas
confluyendo con el Camino Sinodal en marcha, provocaron cierta euforia de los sectores
más tradicionalistas. De todos modos, los conservadores constatan una realidad.
Muchas comunidades de base de todo el mundo presentan propuestas similares. Temen
un contagio que avanza sobre todo en las sociedades más secularizadas. Un cardenal
conservador como Gerhard Müller, también alemán, fue muy taxativo sobre el desafío
de la Conferencia Episcopal de su país en una conversación que mantuvimos en octubre
de 2022 en Madrid. Cuando le planteé si los obispos alemanes quieren un cisma, no se
lo pensó demasiado: «Más que un cisma puede ser una apostasía. No podemos
introducir conceptos de la moral que están en contra de la antropología cristiana.
Cuando se predica lo que quiere escuchar la gente, seguro que me gano amigos, pero no
es eso lo que tenemos que hacer. Juan el Bautista no predicaba según los oídos que le
escuchaban. Son herejías que se oponen diametralmente a la enseñanza católica sobre la
revelación y la obediencia de la fe». La posición que revela el cardenal Müller coincide
con todas las que han expresado las personalidades que defienden lo que llaman
«depósito sagrado», que Francisco «y sus amigos alemanes quieren destruir».
Sobre el recorrido que pueda tener esa revuelta, creo, como muchos expertos, que
sirve a la Iglesia progresista para aventurar caminos trascendentes, para plantear
reformas que pueden parecer osadas, pero que, puestas encima de la mesa, se
convierten en elementos que debatir que ya no pueden ser ignorados. Una vía que no
llevará tampoco a un cisma, a una ruptura con la Santa Sede, pero que permite a
Francisco forjar delicadas alianzas, y a la institución, avanzar en su adaptación a una
realidad cambiante y transformadora.
Para entender el enorme poder del cardenal peruano Juan Luis Cipriani, hay que
explicar una anécdota que evidencia el estilo de este purpurado a quien el papa
Francisco ha decidido apartar de los puestos de responsabilidad y que, incluso, ha
confinado en Roma.
«El cardenal Cipriani —me dice un valioso confidente en el Vaticano, en diciembre de
2022— es un abusador. No solo es el hombre que intenta implantar el partido de
ultraderecha Vox en Perú, es un personaje que ha robado mucho y ha protegido, como
arzobispo de Lima, las actividades criminales y los abusos de una sociedad de vida
apostólica llamada el Sodalicio de la Vida Cristiana. El papa lo tiene preso en la casa del
Opus Dei de Roma. Le ha retirado los privilegios de cardenal. Ya no puede actuar como
purpurado, ni tampoco volver a Perú. Hay un episodio sorprendente donde se puede
apreciar cuáles son sus métodos. En una reunión en Santa Marta convocada por
Bergoglio, fue tan convencido de sí mismo y del poder que ostenta que llegó a pedir,
incluso a exigir, al pontífice que hiciera desaparecer el expediente que tiene el dicasterio
de la Doctrina de la Fe sobre su actividad criminal. El papa, muy asustado por la
atrevida petición, hizo que le llevaran inmediatamente aquella carpeta y la guardó él
mismo. Temía que fuese destruida. Cipriani, el Sodalicio y algunos obispos peruanos son
como Don Corleone. La Iglesia que controla ese cardenal tiene tanto poder en Perú que
puede hacer lo que quiera.»
El purpurado peruano cuenta con muchos amigos y contactos no solo en su país y en
el Vaticano, sino en todo el mundo. Gente que le da apoyo y lo protege. Así, Cipriani se
siente fuerte y desafía al papa muy a menudo, saliendo de Roma como haría en octubre
de 2022 para viajar a España. Allí, repitiendo la experiencia del año anterior, visitaría a
sus colegas en Torreciudad, la sede internacional del Opus Dei. Unos días después «se
dejó caer» en un encuentro en Madrid, donde se reunió en un congreso con la cúpula
más reaccionaria de la Iglesia católica española. En la capital de España, Cipriani asistió
a las conferencias impartidas por el cardenal Gerhard Müller de las que ya hemos
hablado, y presuntamente se reunió con los principales dirigentes del partido
ultraderechista Vox.
Pero ¿quién es Juan Luis Cipriani (Lima, Perú, 1943)? Pues un controvertido
personaje que fue ingeniero y figura del baloncesto antes de ser ordenado sacerdote.
Sería nombrado cardenal por Juan Pablo II en 2001, con lo que se convirtió en el primer
purpurado que formaba parte del Opus Dei. Con anterioridad, después de una etapa
muy oscura como obispo de Ayacucho, el papa polaco lo había nombrado arzobispo de la
capital. Cipriani se haría popular en 1996 en la prensa internacional a raíz del secuestro
de setenta y dos personas en la Embajada japonesa de Lima por parte del Movimiento
Revolucionario Tupac Amaru. El episodio, en el que actuó como mediador, acabaría al
cabo de ciento veintiséis días con la muerte de gran parte de los secuestradores. Todo el
apoyo del que dispuso en el Vaticano durante los pontificados de Juan Pablo II y
Benedicto XVI se desvaneció con la elección de Francisco. En octubre de 2013, el papa
argentino destituyó como secretario de Estado al cardenal Tarcisio Bertone, su principal
aliado y defensor en la Santa Sede; no había esperado tal revés. Cipriani y el Opus Dei
empezaban a ver cómo se desvanecía la poderosa influencia con la que contaban en el
Vaticano. Una autoridad y un prestigio que, no obstante, siguen manteniendo, como
pude comprobar en Madrid, entre los sectores más ultraconservadores, tanto fuera
como dentro de la Iglesia latinoamericana e internacional.
El Sodalicio criminal
En 2015, otra noticia sorprendente dejaba al arzobispo de Lima en una situación muy
comprometida. Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio de la Vida Cristiana (SVC),
era acusado de pedofilia. Buen amigo de Cipriani, se compara a Figari con los sacerdotes
Fernando Karadima en Chile y Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, un
depredador sexual de decenas de menores, en México. Cipriani siempre había defendido
a Figari, y a cambio habría obtenido del Sodalicio un compromiso firme para favorecer
sus cruzadas educativas y antiabortistas. Actualmente, el cardenal ha perdido en parte
su liderazgo incluso dentro del Opus Dei. La Obra, que aun así le sigue acogiendo,
percibe la mala imagen y la pasividad del cardenal en el caso del Sodalicio como un
peligro para la institución.
Figari, que actualmente está refugiado en una lujosa residencia del Sodalicio en
Roma, para evitar enfrentarse a los problemas judiciales que se le podrían reclamar en
su país, había creado el SVC en 1971. Una organización con características
marcadamente fascistas y ultraconservadoras. Su objetivo declarado era organizar un
ejército de chicos que se enfrentasen a la creciente teología de la liberación, el
movimiento progresista creado por el sacerdote también peruano Gustavo Gutiérrez.
Pero el objetivo real era otro muy distinto: durante las décadas de los ochenta, noventa y
la primera del siglo XXI tomaban a los chicos y los fotografiaban mientras jugaban al
fútbol en los colegios más exclusivos de Lima. Las imágenes se las enviaban a Figari, que
siempre elegía como víctimas de sus abusos sexuales a chicos rubios con los ojos azules.
Este abogado, admirador de dictadores como Francisco Franco, también crearía en 1998
la rama femenina religiosa del Sodalicio, las Siervas del Plan de Dios. Diversas
integrantes también han denunciado abusos sexuales por parte del fundador y otros
miembros del SVC.
El libro Mitad monjes, mitad soldados, publicado en 2015, supuso un terremoto
importante. La salida a la luz de los escándalos del Sodalicio, hasta entonces muy
ocultos, aunque se conocían y se comentaban sotto voce, sacudió muchas conciencias en
un Perú donde la enorme influencia de la Iglesia católica sigue intacta. Los periodistas
Pedro Salinas, exmiembro de la organización, y Paola Ugaz daban voz a los niños que
sufrieron los abusos físicos, psíquicos y sexuales. Al mismo tiempo explicaban el modus
operandi del Sodalicio. No era solo Figari quien actuaba como depredador sexual, sino
que gran parte de la cúpula de la organización también participaba de las perversiones.
En la actualidad, los autores del libro viven amenazados y tienen que enfrentarse a
denuncias ante los tribunales, mientras que ninguno de los victimarios ha acabado en
prisión.
Paola Ugaz sería recibida por el papa en noviembre de 2022, en el Vaticano. Francisco
le encargó que transmitiera su solidaridad a las víctimas. «Es la hora de la verdad, es
tiempo de escuchar el mensaje y no castigar al mensajero.» Bergoglio enviaría a Perú al
obispo Charles Scicluna y a monseñor Jordi Bertomeu para investigar a fondo el caso
Sodalicio. Pronto puede haber noticias importantes sobre este tema. El Vaticano, que
reconoce al SVC como sociedad de vida apostólica, ha impuesto cambios a la
organización, pero son cada vez más los miembros de la curia que piden su disolución.
Además del escándalo sexual, el caso Sodalicio también contiene un importante
aspecto de corrupción económica, pues, como han revelado los dos periodistas citados,
hay oscuros vínculos de la organización con el sistema financiero y político de Perú que
han conseguido impedir que se investigue oficialmente. El Sodalicio sigue existiendo, y
miles de jóvenes van a centros de enseñanza de su propiedad. Aunque aparentemente ya
no hay abusos, las tramas seguirían intactas. Una fuente vaticana de toda solvencia me
señala en invierno de 2022 que «el Sodalicio ha retirado todos sus fondos económicos
de Perú para evitar tener que compensar económicamente a las víctimas, si la justicia,
hoy en día paralizada, en un futuro decide intervenir. Tienen sociedades offshore donde
esconder su fortuna. Por otro lado, existe la posibilidad de que desde instancias
judiciales peruanas o desde el mismo Vaticano se den órdenes en los próximos meses
para disolver esta organización. En la Santa Sede se está valorando seriamente la
oportunidad de hacerlo».
El arzobispo de Fujimori
Paralelamente a la actividad del cardenal Cipriani para encubrir las actuaciones del
Sodalicio, es de todos conocida la injerencia de este purpurado en la vida política
peruana. La prensa internacional lo ha definido como «el arzobispo de Fujimori».
Durante la dirección del episcopado de Ayacucho, Cipriani defendió a fondo en los años
noventa al presidente Alberto Fujimori, como hace ahora con su hija Keiko, a la que casó
en 2004. Entonces Cipriani no quiso recibir a las mujeres que buscaban a familiares
desaparecidos. El ahora cardenal declaró que la Coordinadora Nacional de Derechos
Humanos, una red de instituciones dedicada a la defensa de los afectados por la
violencia de Sendero Luminoso o las Fuerzas Armadas peruanas, era una «cojudez»
(una chorrada). Su discurso siempre ha sido político. Al margen de las batallas contra
las mujeres solteras, el aborto, el divorcio, los homosexuales y la unión de parejas del
mismo sexo, o a favor de la pena de muerte, Cipriani ha generado fuertes escándalos en
la sociedad peruana por su posicionamiento durante las elecciones y por muchas
declaraciones y homilías polémicas. Tuvo que pedir disculpas (una costumbre que no es
demasiado frecuente en él) después de decir sobre las mujeres que padecen violencia de
género que «no es que hayan abusado de las niñas, sino que muchas veces la mujer se
pone como en un escaparate, provocando».
Esta situación de escándalo permanente condujo a que el papa Francisco «jubilase»
inmediatamente al cardenal Cipriani como arzobispo de Lima, cuando el prelado tuvo
que presentar en 2019 su renuncia por haber cumplido ya la edad canónica de setenta y
cinco años. Bergoglio no tardó ni un mes en hacerlo. Sin ningún tipo de prórroga, como
es habitual. En su lugar, nombraría un hombre en las antípodas del pensamiento de
Cipriani, el teólogo y profesor Carlos Castillo, a quien hemos dedicado un capítulo. Un
sacerdote humilde y con vocación pastoral, muy próximo a Bergoglio, que ahora tiene la
misión de reconducir la Iglesia peruana y curar las heridas abiertas. Además, se le exige
supervisar los centros educativos que administra el Sodalicio y las parroquias donde
tiene influencia. Castillo, ya lo hemos dicho, está amenazado por los influyentes poderes
ocultos que siguen dominando Perú. Si no cambia nada, pronto será nombrado
cardenal, y además se lo señalará como papable en un futuro no demasiado lejano. Sería
un Francisco II en la recámara.
19
Cuando empezaron a salir a la luz los casos de abusos sexuales en el mundo, durante el
pontificado del papa Juan Pablo II, el que hoy es santo de la Iglesia católica los ignoró y
siguió encubriendo a los pederastas. El caso del amigo de Wojtyla, el sacerdote
mexicano Marcial Maciel, fundador de la congregación ultraconservadora Legionarios
de Cristo, es lo suficientemente elocuente. Con Benedicto XVI no cambiaron demasiado
las cosas, mientras se masificaban las denuncias internacionales. Sí, declararía la
«tolerancia cero» respecto a los abusos, pero poca cosa más hizo. Los sectores que
daban apoyo a estos dos pontificados callaban. No se oyó voz alguna desde la
ultraderecha política y de la tradición eclesial que condenase una práctica criminal que
poco a poco se extendería como una mancha de aceite en toda la Iglesia universal.
Cuando Francisco fue elegido papa, todo cambió. Estos sectores, hasta entonces mudos
y defensores de los pederastas en la Iglesia, empezarían a hacer campañas con una grave
acusación: «Bergoglio es el encubridor de los abusos».
Como siempre, hacían una política en la que todo valía para desacreditar y erosionar
al pontífice argentino, el primer jefe de la Iglesia que se ha puesto manos a la obra para
erradicar este cáncer con metástasis que padece la institución.
Si una cosa me ha sorprendido de las entrevistas que les he hecho a numerosos
sacerdotes católicos abusadores sexuales a lo largo de mi trayectoria profesional, es que
estos personajes no tan solo no muestran arrepentimiento alguno por sus actos
criminales, sino que además consideran sus acciones dentro del ámbito de la
normalidad. Muchos argumentan, sin rubor alguno, que esas relaciones no se pueden
calificar siquiera de pecado.
Vayamos por partes. El abusador sexual obedece a un impulso «irrefrenable», y a la
vez es muy consciente de la personalidad vulnerable de la víctima y del poder que ejerce
sobre ella. Conoce también el encubrimiento y la impunidad que tradicionalmente
tienen estas prácticas en el entorno donde se producen. Actúa premeditadamente, pero
siempre en el ámbito privado, sin buscar el escándalo, con una seguridad absoluta. El
arrepentimiento, pues, no lo puede contemplar. Cuando lo descubren, su pecado es la
soberbia. El sentirse poderoso, impune y por encima de los demás.
Que los depredadores de criaturas y adultos vulnerables consideren un hecho
«normal» este abuso de poder y abuso sexual no puede entenderse sin tener claro que
esa persona forma parte de una institución, la Iglesia católica, donde estas prácticas son
parte importante de la tradición, de la vida cotidiana y, por tanto, de una cultura
arraigada a lo largo de los siglos. Si todo el que quiere lo hace…, ¿por qué no voy a
hacerlo yo? Finalmente, un argumento bastante sólido y que estos individuos con
trastornos mentales muy contrastados suelen esgrimir es el de que sus acciones con
niños y jóvenes de un mismo sexo no son pecado. Si la Iglesia ha defendido
tradicionalmente que solo se pueden considerar relaciones sexuales las que se practican
entre un hombre y una mujer, en consecuencia, si lo hacen con niños o jóvenes del sexo
masculino, «no hay sexo ni se viola la ley del celibato».
Estos seres enfermos, que al mismo tiempo son muy conscientes de que en el mundo
laico su manera de actuar se considera aberrante y punible, saben muy bien dónde se
mueven. Se refugian en parroquias, seminarios, conventos, escuelas o centros
deportivos de propiedad religiosa, recintos todos ellos envueltos en el aura de protección
que la sociedad les ha concedido de manera secular. La prudencia, no propiciar el
escándalo que puede hacer daño a la institución, preservar su buen nombre, son los
argumentos avalados por la jerarquía durante siglos para encubrir a los clérigos
pedófilos y a los abusadores de jóvenes y también de adultos vulnerables. La ley del
silencio (una especie de omertà mafiosa) impera como consecuencia de un clericalismo
dominante e impune. La mayoría de los religiosos que viven la vida consagrada de
acuerdo con los principios de la fe, aun así, si conocen casos de abusos por parte de sus
compañeros o sus subordinados, optan por apartar la vista y callar. Una actitud que no
se puede calificar de otra manera que de complicidad puertas adentro de la Iglesia, y que
también afecta a toda la sociedad por el miedo de las víctimas a ser señaladas y
enfrentarse a un poder que todavía muchos temen.
Cuando hablamos, pues, de «cultura y tradición» de la Iglesia en el ámbito de los
abusos, tanto económicos como sexuales, lo hacemos con unos argumentos que son
demostrables, difícilmente rebatibles. El mismo papa Francisco, el 4 de noviembre de
2021, afirmaba que hace falta que la Iglesia luche para «erradicar la cultura de la muerte
que comporta toda forma de abuso sexual, de conciencia o de poder». En una carta de
mayo de 2018 a todos los católicos de Chile (después de decapitar a toda la cúpula de la
Iglesia chilena por abusos), el pontífice ya había utilizado el término «cultura» para
hablar de los casos de pederastia. «La cultura del abuso y el encubrimiento es
incompatible con la lógica del Evangelio.»
Lamentablemente, no todo el mundo en el interior del Vaticano y de la Iglesia lo ve
con los mismos ojos.
La «cadena» de violaciones
Podemos tomar una sentencia de abril de 2019 dictada por la Audiencia Provincial de
Lugo contra el fraile franciscano José Quintela Arias, de la localidad gallega de Pedrafita
do Cebreiro, como un ejemplo claro de cómo un sacerdote depredador se encarniza con
dos adolescentes. No solo abusaría de Penélope, de dieciséis años y con discapacidad
intelectual, sino que obligaría a participar en juegos sexuales y sesiones de fotografía
pornográfica al primo de la chica, Emiliano, de veinte años y también con una
importante discapacidad psíquica.
La Sala II del Tribunal Supremo, en octubre de 2021, desestimaba el recurso de
casación interpuesto por la defensa del acusado, que acabaría condenado a doce años de
prisión. El franciscano, con cuarenta años de diferencia de edad con la chica, utilizó todo
su poder para manipular a la menor, que frecuentaba el santuario de O Cebreiro, en la
montaña de Lugo, donde el fraile se encargaba de atender a los peregrinos del Camino
de Santiago. Era un religioso que se había hecho muy popular por ayudar a los
caminantes y que solía fotografiarse con políticos y famosos. Cuando se hizo público el
escándalo, vecinos y peregrinos no se lo podían creer. Muchos «famosos» hicieron
desaparecer esas fotos donde aparecían acompañados por el franciscano de sus móviles
y de sus redes sociales.
La sentencia deja claro que el condenado se valió «de una situación de superioridad
manifiesta que le otorgaba su condición de religioso y la precaria situación personal,
familiar y económica de la menor». Le llegó a dar hasta ochocientos euros, procedentes
del dinero que recogía en las colectas del santuario destinadas a los pobres,
teóricamente para ayudarla, pero con la intención clara de que guardase silencio sobre
esos encuentros sexuales que se producían en la misma sacristía del santuario o en la
casa del sacerdote. Allí, según se recoge en la redacción de la sentencia a la que he tenido
acceso, se hacían las sesiones fotográficas de la chica «con billetes de veinte euros entre
los labios vaginales, con una botella de Coca-Cola de plástico parcialmente introducida
en la vagina, desnuda con el pectoral del fraile en torno al cuello y con la decoración de
flores de Pascua y bolas de Navidad que había en el santuario colocados entre sus
pechos y genitales, y haciendo una felación…». El sacerdote también se hacía fotografiar
desnudo por la chica, y organizaba sesiones fotográficas para plasmar las relaciones
sexuales de Penélope con su primo Emiliano.
La Conferencia Episcopal Española y el superior en Galicia de la congregación de los
Padres Franciscanos informaron del caso al papa Francisco, que siguió de cerca el
proceso judicial. El caso es paradigmático para contemplar cómo prevalece el poder de
un religioso considerado un ejemplo para la comunidad del entorno donde vive, y que en
privado utiliza esta autoridad para manipular y violar a una menor y a un adulto, los dos
afectados por una discapacidad psíquica y con problemas económicos. El fraile murió en
abril de 2022.
Las víctimas de los abusos de la Iglesia se han organizado mundialmente. Muchos han
perdido el miedo, ayudan a otras víctimas y conciencian a la sociedad. Con Francisco, la
Santa Sede empieza a actuar como nunca antes lo había hecho. Pero son muchos los que
dentro de la Iglesia y en todo el mundo siguen practicando abusos, porque todavía
sienten que cargos importantes en la institución los protegen. Cardenales y obispos de
los cinco continentes, como de dentro del Vaticano, encubren a los criminales, mientras
atacan con contundencia a Jorge Mario Bergoglio. Nunca había visto llorar a prelados
con cargos importantes en una reunión del Vaticano como pude hacerlo durante la
Cumbre sobre los Abusos convocada por el papa en 2019. Vi muchas lágrimas en los ojos
de purpurados y monseñores mientras escuchaban los espantosos testimonios de las
víctimas de abusos. ¿Acaso no sabían qué había sucedido? ¿Es posible que solo entonces
descubrieran el horror que se vivía en su propia casa?
20
Los amigos le llaman Juanca, y su historia no deja indiferente a nadie. Es una vida de
dolor, de lucha y de generosidad. El papa Francisco también lo llama así: Juanca.
Siempre le repite que es como si fuera un hijo suyo. Se ven a menudo, ríen, lloran y
charlan juntos durante horas. Bergoglio y Juanca se respetan y se quieren. Poco a poco,
han construido una relación muy sólida llena de detalles que demuestran la fortaleza de
la amistad basada en la plena confianza, la sensibilidad y la proximidad. No siempre fue
así. Los inicios fueron difíciles, llenos de choques y contradicciones, de recelos e
inquietudes.
Conocí a Juan Carlos Cruz Chellew (Santiago de Chile, 1963) durante la Cumbre sobre
los Abusos convocada por el papa Francisco en 2019. Me lo presentó monseñor Jordi
Bertomeu, ese buen amigo oficial de la Doctrina de la Fe que investiga, en nombre del
pontífice, los crímenes de pederastia de los sacerdotes de todo el mundo. Desde
entonces hemos mantenido el contacto y he devorado sus dos libros, Abuso y poder y El
final de la inocencia, donde expone con honestidad, crudeza y valentía su calvario con el
sacerdote chileno Fernando Karadima, un reputado pastor que se convertiría en una
pesadilla y el peor enemigo de Juanca y de cerca de doscientas víctimas más. Un caso de
abusos reiterados y, una vez más, una historia de encubrimiento y protección del
criminal, en este caso por parte del obispo Juan Barros y la jerarquía de la Iglesia, que
ha marcado su vida. Bergoglio expulsó a Karadima del sacerdocio y acabó por decapitar
a toda la cúpula de la Iglesia chilena, después del error de haberle dado apoyo durante el
criticado viaje a aquel país, en el cual el papa se sentiría engañado por obispos y
cardenales. Fueron destituidos un total de treinta y tres obispos. «Son como Alí Babá y,
en este caso, los treinta y tres ladrones», me dice Juanca desde Washington. «El papa ha
puesto otros nuevos, algunos muy buenos, pero todavía queda mucho por hacer.»
De la desavenencia a la amistad
Cuando le pedí a Juan Carlos Cruz una entrevista a fondo y le expliqué de qué iba este
libro, desde el primer minuto se mostró abierto y dispuesto. Tiene mucho que decir y
mucho que explicar sobre el funcionamiento de la institución, acerca del papa argentino
y también del complot que lo pretende anular. Más allá del sufrimiento por una infancia
traumática, Juanca se ha convertido en el luchador más conocido del mundo, a causa de
la denuncia por los abusos de la Iglesia; es un activista siempre al lado de las víctimas y
muy crítico con la jerarquía. Por este motivo, los inicios con Francisco, ya lo hemos
apuntado, fueron muy difíciles, cuando él señalaba al pontífice como cómplice de los
abusos y le acusaba de no hacer nada por erradicar esta lacra de la Iglesia. «Yo sentía —
me dice desde su casa en Washington— una decepción muy grande con el papa. No nos
escuchaba a nosotros, las tres víctimas que desde hacía años habíamos denunciado al
sacerdote Karadima. El papa escuchaba a los cardenales chilenos Javier Errázuriz y
Ricardo Ezzati. Era comprensible. Eran amigos suyos. Ahora, a pesar de la rabia que me
daba, entiendo al papa. Él tuvo la valentía de desafiar finalmente a toda aquella gente
que le tenía mal informado. El papa envió a investigar a Chile al obispo Charles Scicluna
y a monseñor Jordi Bertomeu, con los que estuve hablando más de cuatro horas. Me di
cuenta de que era verdad que querían ayudar, que eran diferentes a los sacerdotes que
las víctimas conocíamos. Di una conferencia de prensa en Nueva York delante de todos
los medios internacionales y allí empezaron a cambiar las cosas.»
A este periodista, que ahora vive en Washington y trabaja como experto en
comunicación en empresas multinacionales norteamericanas, el pontífice lo recibió y
empezaron un proceso para entenderse y confiar. A pesar de todo lo que vivió, Juanca se
considera creyente, y con una fe indestructible. Sin embargo, ha tenido que vivir muchos
años con la duda, siempre presente, del rechazo tradicional de la Iglesia a su condición
de homosexual. Bergoglio desvanecería en gran medida esos temores. «El papa me dijo:
“Dios te ha hecho así. Dios te quiere así. El papa te quiere así, y tú tienes que quererte y
no preocuparte de lo que diga la gente”.»
«Desde el primer momento —me explica—, el papa Francisco me cayó
excelentemente, y creo que él pensaba lo mismo. Nació esta amistad intensa y sincera
que ahora tenemos. Yo sé cosas que me ha dicho el papa que nunca explico, tengo miles
de fotos con él que no publico. Sé que tiene buenos amigos, pero me hace sentir como si
fuera su único y mejor amigo. Como si fuésemos familia. El afecto es gigantesco.
Siempre le he dicho que yo no quiero ser arzobispo ni cardenal, que no quiero premios.
Si me ofreciese alguna cosa de esas, saldría corriendo. Eso nos permite a los dos tener
una conversación completamente franca. Yo no le digo lo que él quiere oír, como hacen
muchos de los que le rodean. Nos reímos mucho con tonterías, juntos, y también
hablamos de temas muy profundos. Nunca en mi vida habría pensado tener una amistad
con una persona como este papa, que es un regalo para el mundo. Hay cuestiones
respecto a las que todo el mundo saldría corriendo, pero él se enfrenta a ellas. Lo admiro
y le tengo un profundo afecto.»
El asesor de Bergoglio explica que un día que estaba triste y preocupado por temas de
trabajo, el papa le dijo: «Mira, Juanca, tú eres un hombre resucitado. Y eso es lo que me
impresiona de ti, que has sabido resucitar». También le sorprende, desde que es asesor,
que el papa le confíe algunos temas delicados sobre los cuales requiere su atención.
Cuestiones que el argentino no se atreve a comentar con nadie más en el Vaticano y que
van más allá del asunto de los abusos.
Muchas confidencias no las puedo explicar porque así me lo ha pedido Juanca, y hay
que respetar la confianza que ha depositado en mí. Sí que creo que se puede generalizar
y explicar que, en la vigilia de la visita al Vaticano de uno de los líderes mundiales,
Bergoglio le leyó a su amigo Juanca el discurso que tenía previsto. Entre los dos
modificaron algunos puntos e introdujeron cuestiones críticas que probablemente
desconocía la misma Secretaría de Estado, encargada de las relaciones diplomáticas de
la Santa Sede. La voz y la opinión de Juanca son influyentes, y muchos en el Vaticano la
consideran muy peligrosa. «Hay gente que me mira con recelo y curiosidad dentro del
Vaticano.»
Sor Lucía Caram, que lucha por los más desfavorecidos en Cataluña, le dijo al papa,
según ella misma me comentó, que le gustaría que las reformas fuesen más deprisa.
Bergoglio le respondió: «Lo que pasa es que yo sé muchas cosas que vosotros no sabéis».
La dominica está convencida de que Francisco vive entre resistencias que muchas veces
parecen insalvables. A lo largo de este libro he intentado explicar muchos de los
obstáculos que ha encontrado y sigue encontrando en el camino.
Hay una figura de la mitología clásica griega que muchas veces me ha recordado los
intentos del papa Francisco de cambiar la Iglesia y la enorme tarea que eso supone. Se
trata del mito de Sísifo. Este era hijo del dios Eolo y fue rey de Corinto, la ciudad que
fundó. Durante su reinado se mostró siempre muy hábil, y sobre todo astuto. Las
argucias que utilizaba acabaron por enemistarle con los mortales y los dioses. Y con eso
no se juega, y menos aún en el reino mitológico. El dios Hermes decidió deshacerse de
Sísifo y lo envió al reino de los muertos. A las tinieblas del Averno. Allí, el rey fue
condenado a subir una enorme roca hasta la parte más alta de una colina. Cuando con
un esfuerzo sobrehumano conseguía subir la roca hasta la cima, esta siempre caía y le
obligaba a reiniciar el proceso: era el terrible destino que los dioses le habían reservado.
El mayor castigo posible, la peor condena imaginable: repetir una y otra vez lo mismo,
durante toda la eternidad. El mito de Sísifo se utiliza como metáfora del esfuerzo inútil e
incesante del hombre. Pienso en Bergoglio, a quien muchas veces veo emprendiendo
esfuerzos nada inútiles para cambiar las cosas. Un objetivo que muchos califican de
imposible.
«El que introduce innovaciones tiene como enemigos a todos los que se beneficiaban
del ordenamiento antiguo, y como tímidos defensores a los que se beneficiarán
nuevamente.» La frase es de Nicolás Maquiavelo, en el capítulo VI de su obra más
popular, El príncipe. Esta reflexión, escrita en 1513, está más vigente que nunca. Refleja
a la perfección que los afectados por los cambios pasan a engrosar con celeridad las filas
de los adversarios, mientras callan ostentosamente los que saldrán beneficiados con las
reformas. Una dinámica que actualmente se observa en el Vaticano y en el conjunto de
la Iglesia católica, donde se activan los discursos contra Bergoglio mientras los que
serían partidarios suyos lo dejan prácticamente solo.
De todos modos, como me dijo en una entrevista uno de los mejores amigos de
Bergoglio, el rabino de Buenos Aires Abraham Skorka, «el papa vencido nunca se
sentirá. Seguirá luchando. Él es tozudo en la lucha por sus convicciones». A trancas y
barrancas va haciendo camino, y ha ido construyendo las bases para adaptar la Iglesia al
siglo XXI. Siempre digo que se basa en dos pilares fundamentales a la hora de propiciar
los cambios que él considera imprescindibles: recuperar el espíritu del Evangelio y
resucitar el alma innovadora del Concilio Vaticano II que sus dos predecesores, Juan
Pablo II y Benedicto XVI, se cuidaron bien de sepultar. Los innumerables obstáculos que
ha sufrido a lo largo del camino los ha tenido que afrontar con coraje desde el primer día
del pontificado. En ese proceso ha perdido muchas batallas y ha sufrido heridas graves.
No obstante, ha reflexionado haciendo uso de las llamadas pausas mentales, que
aprendió ya en el seminario. Ha aplicado también la estrategia aprendida de los jesuitas,
que le permite avanzar con una astucia extraordinaria. Muchas veces ha sorprendido
dando un paso atrás para acabar, después de muchos meses de aparente inacción,
dando dos hacia delante.
Bergoglio suele recurrir al sentido del humor para enfrentarse a las dificultades. En
una reunión de febrero de 2017 con órdenes religiosas dijo que está en paz consigo
mismo, y que duerme bien por las noches, ya que siempre descansa unas seis horas.
¿Cuál es su secreto?, le preguntaron. «Si hay un problema —aseguró—, escribo una nota
a san José y la pongo bajo la estatua que tengo en mi habitación. Ahora, el santo duerme
encima de un colchón de notas.» Durante un periodo más o menos largo, Bergoglio
aparentemente se detuvo en su actividad reformista, pero pocos sabían que no
claudicaba ni se retiraba a lamerse las heridas. Seguía trabajando en silencio y alejado
de los medios para recuperarse de la derrota, para rearmarse y volver a intentarlo.
Aprovechaba la calma para analizar a sus adversarios, intentaba llevarlos hacia las tesis
y las actuaciones que defiende y considera justas y necesarias. En última instancia, si eso
no era posible, optaba por aplicar la autoridad o minar los puntos débiles de los rivales.
Esta estrategia le ha permitido volver a emprender el viaje por el camino que había
fijado o buscar una vía más factible para llegar al objetivo. Con este procedimiento, las
reformas, es cierto, se han ralentizado durante años. Los reformistas se desesperaban y
algunos nunca entendieron que no se mostrasen resultados. Se empezaron a oír voces
críticas desde los sectores progresistas que definían a Francisco como miedoso y
cobarde, y también dolorosas opiniones que lo evaluaban como un pontífice que
prometía mucho y había acabado por decepcionar a los que esperaban reformas rápidas
y radicales. Sin ningún género de duda, estas duras expresiones, entre los que en
principio tenían que haber defendido al papa argentino, provocaron cierto desánimo
entre los católicos de base que habían acogido con entusiasmo la llegada de un pontífice
que se ofrecía a acabar con el conservadurismo de la Iglesia, inmutable hasta entonces.
Sin embargo, como suele pasar en el Vaticano, nada es lo que parece. Allí no importa
demasiado lo que mires, sino lo que veas o sepas ver.
Los sectores progresistas habían infravalorado a la facción tradicionalista y su enorme
poder. Ignoraban que un jefe de la Iglesia tiene que saber mantener cierta unidad, y ha
de navegar con prudencia por un mar de antagonistas provocando solo las tempestades
imprescindibles. La correlación de fuerzas y el equilibrio en la Santa Sede son muy
delicados. A veces, las rupturas tienen consecuencias en forma de cismas. Hay que saber
nadar y a la vez guardar la ropa. En la última etapa de su magisterio se empiezan a ver
los resultados del estilo Bergoglio. Al papa le fue muy bien el periodo de pausa
provocado por la pandemia del virus del covid. Él, como todo el mundo, suspendió toda
actividad pública, pero no paró de trabajar. Confinado en la residencia de Santa Marta,
se pasaba horas y horas estudiando su plan de reformas administrativas, jurídicas y
económicas, y preparando mensajes de fuerte contenido doctrinal. Contaba con el
Consejo de Cardenales, que le asesoraba a través de videoconferencias y contactos
telefónicos. Había decidido poner la directa, consciente de que el tiempo obraba en su
contra, convencido de que entraba en la etapa final de su pontificado. Para esta última
acometida tenía que tomar decisiones claves, algunas muy drásticas, a riesgo de tener
que dar la razón a los que le acusan de ser demasiado resolutivo, o incluso de ignorar a
los que pretenden aconsejarle. Lo ha hecho y lo sigue haciendo.
«El papa se ha puesto las pilas —me decía un monseñor desde el Vaticano, en mayo de
2022—. Esto no se va a parar, aunque haya muchas nubes que amenacen tormenta.
Muchos cambios hechos los ha tenido que afrontar prácticamente él solo, con la única
ayuda de unos pocos colaboradores de su círculo de confianza. Sabía que si los sometía a
una discusión más amplia en la curia, no tendrían recorrido. Los que decían que
Francisco no tiene valor deberían reflexionar. Está haciendo el trabajo para el que fue
elegido, aunque muchos de los que le votaron hace nueve años ahora no lo harían.
Pensaban que no llegaría a ningún sitio…» Evidentemente, Bergoglio es un hombre
testarudo, consciente de su misión, capaz de levantarse cada día recordando aquella
frase de Martin Luther King: «Aunque supiera que mañana el mundo se iba a hacer
pedazos, seguiría plantando mi manzano».
Sor Lucía Caram opina que «el papa va a piñón fijo. Las veces que he hablado con él,
que son muchas ya, he visto siempre a un hombre totalmente libre, que te explica cosas
con toda confianza. No lo parará nadie». Para el analista italiano Massimo Micucci, el
aparato de poder de la Santa Sede, y por extensión todo el conjunto de la Iglesia
universal, no ha digerido en todos los años de pontificado del argentino su voluntad
reformista. «El papa ha definido los chismes o calumnias como el enemigo real. La
necesidad de llamar al orden a los obispos, sobre todo en la primera parte del mandato,
tiene mucho que ver con la resistencia al laborioso y también contradictorio trabajo para
la reforma interna. Aquí hay que destacar que importan mucho los intereses concretos,
económicos y financieros, los hábitos de poder y las campañas de diversa índole que han
dejado perplejos y desconcertados a los apparatchik del sistema. Un desconcierto que
también se puede atribuir a la superficialidad en el encargo de tareas y misiones, que
tienen un fuerte valor práctico para un papa que también ha tensionado el sistema de
justicia vaticano.»
Recuerdo una anécdota en una simpática conversación que manteníamos una mañana
de la primavera de 2017 en un café cerca de la Via della Conciliazione. Éramos un grupo
de periodistas y un sacerdote joven latinoamericano. El religioso había llegado hacía
unos días a la Santa Sede, acompañando a un viejo cardenal que el papa había recibido
el día antes en Santa Marta. El joven, que todavía no sé de dónde salió, o si era amigo o
pariente de alguno de mis colegas, nos informó más que orgulloso de que había estado
presente en la conversación. Explicó que Bergoglio había informado al purpurado de
todas las reformas que había en marcha. Enseguida todos aguzamos el oído, mientras
asaeteábamos a preguntas a aquel joven para conocer la agenda de cambios que tenía
prevista Francisco. Inmediatamente nos hizo callar para dejarnos bien claro que del
diálogo privado y confidencial no podía decirnos nada. Quizá para contentarnos acabó
exclamando: «De todos modos, ya veréis como esto cambia, y mucho». Uno de los
compañeros, creo que era argentino, contestó inmediatamente: «Dios te oiga, hijo mío, y
que el diablo se haga el sordo».
El papa Francisco ha puesto las bases para que se pueda cumplir lo que pidió durante su
visita a Brasil, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, en julio de 2013.
Cuatro meses después de ser elegido, incitó a los jóvenes, que gritaban y aplaudían de
manera entusiasta en Río de Janeiro, para que hiciesen un buen «lío», como dijo en
castellano.
«Espero —dijo el papa— que haya lío. Que aquí dentro haya lío…, y lo habrá. Que
aquí, en Río, haya lío…, y lo habrá, pero quiero también lío en las diócesis, quiero que
salgan fuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo
que sea mundanidad, de todo lo que sea instalación, de todo lo que sea comodidad, de
todo lo que sea clericalismo, de todo lo que sea estar encerrados en nosotros mismos.
Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir; si no salen, se convierten en
una ONG, ¡y la Iglesia no puede ser una ONG!»
Bergoglio se ha cuidado mucho de que ese «lío» que se reclamaba se pudiera plasmar
en un debate en todo el mundo, en el cual pueden participar todos los estamentos de la
institución, tanto los católicos laicos de base como los religiosos. Desde los sacerdotes
hasta los cardenales, pasando por los obispos. Ha tardado nueve años en poner en
marcha una operación que tendría que sacudir y revolucionar el talante de lo que es hoy
en día la Iglesia católica. Él lo ha denominado Camino Sinodal, un concepto que
etimológicamente proviene del griego y significa «caminar juntos».
A mi entender, se trata de la propuesta más importante del pontífice para llevar a la
Iglesia a implementar cambios de un gran alcance. La fórmula es muy sencilla: la
discusión libre y abierta en todas las parroquias y diócesis del mundo sobre lo que no
funciona hoy en la institución, y lo que hay que hacer para cambiarla. El pontífice ha
señalado los tres ejes principales como claves de la macroencuesta más grande jamás
puesta en marcha por una institución en el mundo: «comunión, participación y misión».
De momento, los resultados del Camino Sinodal son desiguales. Hay diócesis que han
acogido el proyecto de manera entusiasta. En muchas de ellas, sin embargo, se ha
levantado un muro de indiferencia. Si bien no hay voces que se atrevan a decir que
rechazan la iniciativa, no han iniciado ningún tipo de diálogo fraternal, de discusión, de
discernimiento, de escucha, como quiere Francisco. Sencillamente no les interesa un
debate libre y abierto. No les seduce en absoluto el cambio de mentalidad que se les
pide. Quieren evitarlo porque temen hacerse daño y que se pongan al descubierto
muchas de las patologías del clericalismo contra el que lucha Bergoglio. Desean que se
desvanezca cualquier intento de posible controversia. Esperan que el paso del tiempo
haga olvidar las necesidades y carencias que puedan detectar los millones de feligreses
que reclaman una Iglesia diferente y útil para el siglo XXI. De momento, en muchas
diócesis (no sabemos si esta puede ser la consigna de las fuerzas oscuras anti-Francisco)
el proceso de escucha y de diálogo no ha empezado siquiera. ¿Se podría hablar de
boicot?
Recordemos el sorprendente discurso que pronunció Bergoglio al cabo de unos
minutos de ser elegido el 13 de marzo de 2013: «Y ahora empecemos este camino:
obispo y pueblo…, un camino de fraternidad, amor, confianza entre nosotros». Hasta
tres veces utilizó la palabra «camino». Es su concepto de Iglesia participativa, abierta,
dialogante. A lo largo del pontificado ha hecho algunas referencias a la forma sinodal en
la que trabajaban las Iglesias ortodoxas de las cuales se podía extraer alguna enseñanza.
Un método que ahora quiere aplicar con todas las consecuencias.
La Iglesia católica alemana ya había iniciado su propio Camino Sinodal de manera
independiente en diciembre de 2019, antes de que en marzo de 2020 el pontífice
anunciase que ponía en marcha una iniciativa similar en todo el mundo. El Sínodo
Universal convocado por Bergoglio empezaba en octubre de 2021 y está previsto cerrarlo
el mismo mes de 2024. Ya hemos hablado a fondo, en el apartado sobre los dos posibles
cismas contrapuestos, del planteamiento rupturista de la Iglesia alemana. De las
discusiones en las diversas diócesis surgieron una serie de propuestas que haría suyas,
en parte, la Conferencia Episcopal del país centroeuropeo. Era una apuesta clara por
unos cambios radicales que no gustan nada al sector más tradicionalista. Temen que se
acabe planteando un proceso y unos resultados similares en la dimensión global, y que
eso lleve a la Iglesia hacia un futuro que para ellos supondría una herejía, pero que, por
encima de todo, conllevaría la incomodidad de sentirse como una pieza antigua de
museo. Desde Alemania se reclama la ordenación sacerdotal de las mujeres, la bendición
de matrimonios entre personas del mismo sexo y cambios en la enseñanza de la Iglesia
sobre los actos homosexuales. En Alemania, como hemos visto, sacerdotes y obispos ya
han bendecido a parejas LGTB, que la jerarquía no ha avalado. El Vaticano optó por
hacer una «advertencia disciplinaria» y prohibir que se tomasen decisiones al margen
de la Santa Sede. El mismo papa dilató durante mucho tiempo su respuesta. Al final
optó por invitar a las diócesis alemanas a integrarse en el diálogo internacional. «Los
alemanes —me diría en una entrevista el prestigioso teólogo rumano Wilhelm Danca—
se han anticipado al papa Francisco. “Sinodalidad” significa toda la Iglesia junta, no una
sola. El pontífice quiere promover una conciencia sinodal conjunta para toda la Iglesia.»
Si el Camino Sinodal independiente alemán ha hecho correr ríos de tinta y ha
escandalizado al sector más conservador, el de Bélgica es todavía más rupturista. Los
obispos flamencos aprobaron colectivamente la bendición de las parejas homosexuales.
Lo consensuaron recalcando, eso sí, que esta unión se hiciese en ceremonias que no
tuviesen ningún estatus sacramental. Incluso propusieron un ritual que ha merecido
una dura reprimenda por parte de la Santa Sede. El texto de la bendición suponía una
alteración de la línea defendida tradicionalmente por la Iglesia, que certifica que el único
vínculo permanente posible ha de ser siempre entre un hombre y una mujer.
Sea como sea, al margen de estas decisiones de Alemania y Bélgica, el Camino Sinodal
global iniciado por Bergoglio supone un reto de envergadura, quizás el de mayor alcance
que ha puesto en marcha la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. De todos es conocida la
importancia capital que tiene un concilio. No obstante, abrir las puertas al diálogo, de la
manera que lo ha hecho el pontífice argentino, no tiene precedentes. Dejar que el
«pueblo de Dios», y no solo la jerarquía, se pueda expresar y hacer propuestas de
reformas, pone estos cambios, al menos sobre el papel, al alcance de los mil trescientos
millones de católicos que hay en el mundo.
Al poner en marcha este amplio fórum de discusión, la astuta estrategia de Bergoglio
se basa en que las reformas que se puedan implementar a partir del Camino Sinodal ya
no serían la iniciativa personal de un pontífice, sino del conjunto de la Iglesia universal,
que se haría corresponsable. Un planteamiento quizás utópico, pero que es coherente
con la línea del papa argentino. Bergoglio busca fórmulas para hacer posible avanzar y
«caminar juntos», en comunión, los feligreses y la jerarquía, de una manera colegiada.
En definitiva, un proyecto para construir una Iglesia católica descentralizada, que
conecte con las realidades del siglo XXI y que estimule la participación y el compromiso
de toda la comunidad planetaria de creyentes.
Durante todo el año 2022 ya habían empezado a surgir propuestas recogidas por las
diócesis, a las que se irían sumando muchas más. El talante, en una Europa marcada por
la crisis de fe, muestra que las aportaciones enviadas tienen un contenido bastante
similar. Daremos solo tres ejemplos de este espíritu de las comunidades de base que se
expresaron y recriminaron a la Iglesia prácticas que se consideran más que nada, hoy en
día, como propias del pasado.
En el caso de Barcelona, la ciudad donde vivo, aunque participaron en el debate solo
unos siete mil fieles que hicieron unas doscientas ochenta propuestas, se aprobaron
algunas formulaciones interesantes. El documento oficial pide el sacerdocio femenino, el
celibato opcional y la acogida de los católicos homosexuales y divorciados y vueltos a
casar. La Iglesia, afirma el documento sinodal de la capital catalana, «se percibe
jerárquica, autoritaria, machista, antidemocrática… Se la oye, más que escucharla… La
mujer ocupa un lugar secundario, aunque es mayoría en número y en presencia;
lamentamos que no puedan asumir los ministerios diaconales y presbiteriales». En el
capítulo de críticas, hay que añadir una inquietud de los participantes que denota que
muchos católicos viven con recelos e incredulidad la idea de que la Iglesia se pueda
reformar realmente. «No podemos ocultar cierta desconfianza y el escepticismo de
algunos, pensando en los filtros por los cuales pasarán las diferentes propuestas, por el
recuerdo y la frustración de otras experiencias de consulta vividas anteriormente, y que
no se han visto fructificar como se esperaba, o incluso por la desconfianza de que las
cosas cambien realmente.»
El propio papa ya advirtió en el acto de inauguración del Camino Sinodal que no es
fácil hacer entender a los participantes el alcance y la necesidad del diálogo, como
tampoco lo es deshacerse de los prejuicios. «¿Estamos preparados para la aventura de
este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas
habituales: “es inútil” o “siempre lo hemos hecho así”?»
En Francia, la participación fue de unos ciento cincuenta mil feligreses. Hay que
observar, de todos modos, que se echó en falta la generación de entre veinte y cuarenta y
cinco años… Los más jóvenes, que cada vez son más minoritarios en las parroquias del
Viejo Continente. Al final se produjo una calculada anomalía: los obispos enviaron dos
documentos al Vaticano, uno con las críticas, y otro con las interpretaciones de esas
críticas. Intentaban precisar las propuestas consideradas más radicales. En resumen, se
exigía un papel importante e igualitario para las mujeres, menos clericalismo, el celibato
opcional y se transmitían fuertes quejas sobre el autoritarismo que ejercen muchos
sacerdotes. En Italia la participación fue mucho más alta, hasta llegar al medio millón de
personas que coincidieron también en las peticiones mencionadas. Añadieron una
novedad: hay que construir una Iglesia sin fronteras y comprometida con los derechos
humanos y ambientales.
Evidentemente, fuera de la Europa occidental, en el continente americano, Asia o
África, las cosas se venden de otra manera. La cultura es más tradicional, menos
proactiva a cambios en los temas relativos a la moral sexual y la igualdad para las
mujeres. Eso nos conduce a observar que las dos almas de la Iglesia, la conservadora y la
más reformista, quedan reflejadas de una manera bastante evidente. Muchos de los
planteamientos surgidos del Camino Sinodal europeo no se entienden de la misma
manera en otras latitudes. Para poner solo un tema como ejemplo, en el continente
africano muchos Gobiernos persiguen la homosexualidad y las diferentes sociedades
rechazan masivamente normalizar la diversidad sexual. Tanto los cristianos como los
musulmanes siempre han predicado la homofobia. La realidad nos muestra que hasta
treinta y dos países castigan con penas de prisión las relaciones sexuales entre personas
del mismo sexo. En lugares como Mauritania, Sudán del Sur o estados del norte de
Nigeria, estas prácticas definidas como «actos de sodomía» o «contra natura» se
castigan con la pena de muerte. La Iglesia universal, la jerarquía vaticana y el mismo
papa tienen que ser conscientes de ello. Un hecho que, evidentemente, se suma al boicot
de los ultraconservadores y frena cualquier intento de reforma de la moral sexual. «Es
difícil que un africano —me decía un obispo italiano durante el Sínodo de la Familia de
2014— pueda entender que la Iglesia católica, que siempre ha condenado la
homosexualidad, y vive inmersa en la cultura extremadamente homófoba que impera en
la mayoría de los países de África, pueda acoger a un gay como reclama el papa
Francisco. Eso no tiene solución.»
Tenga o no solución, el Camino Sinodal ha empezado a sacudir muchos aspectos del
catolicismo que hasta hace poco parecían dogmas de fe, cuando no forman parte del
cuerpo doctrinal. Hay «lío», como quería el papa. Conviene recalcar que el debate ahora
es interno, protagonizado por los mismos feligreses. En este caso, las críticas no
provienen del exterior ni obedecen a intereses ajenos. Muchas tradiciones seculares se
han puesto en evidencia durante el diálogo que se ha abierto. Este es realmente el inicio
del recorrido que toda institución que quiera perpetuarse ha de hacer para replantearse
conceptos y particularidades que topan con la realidad de un mundo cambiante.
Otro aspecto notable es que la apuesta de Bergoglio es sobre todo de futuro. Va mucho
más allá de su pontificado y permite poner al menos sobre la mesa muchas deficiencias
que exigen cambios. Una semilla que no sabe si fructificará, pero que ya está plantada.
Como dijo en octubre de 2019: «La sinodalidad es el método eclesial para reflexionar y
enfrentarse, basado en el diálogo y el discernimiento». De la práctica de la sinodalidad,
lo ha venido repitiendo Francisco, depende el futuro de la Iglesia, y el remedio para
muchas patologías en el seno de la institución, que hoy en día se presentan destructivas
y dolorosas.
La negación de la sinodalidad, según el pontífice argentino, es el clericalismo, que él
define como «perversión». Un clericalismo defendido por sus «enemigos», que lo ven
amenazado, y están convencidos de que forma parte de la esencia de la misma Iglesia. El
cardenal Gerhard Müller ha llegado a señalar que el Camino Sinodal es «la forma
marxista de crear la verdad». «Quieren abusar —ha dicho— de este proceso para
cambiar la Iglesia católica, y no solo en otra dirección, sino en la destrucción de la
Iglesia católica.» Sesenta años después del Concilio Vaticano II, que decidieron
combatir, ahora los sectores reaccionarios consideran que la amenaza se consolida con
esta macroencuesta iniciada por Francisco. El ultraconservador católico norteamericano
Bill Donohue, presidente de la Liga Católica, lanzaba en 2022 una pregunta con mucha
intención: «¿Quién quiere pertenecer a una Iglesia cuyas enseñanzas no se distinguen de
las posiciones editoriales del New York Times?». Según él, una Iglesia que se adapta a
las normas y los valores de la cultura dominante se convertirá en irrelevante.
«Hasta aquí hemos llegado. Este argentino no respeta nada», exclamaba en verano de
2021 un joven sacerdote africano que conozco desde hace años y vive en Roma. Es
miembro de los Legionarios de Cristo. No podía entender una de las reformas del papa
Francisco que ha levantado más polvareda en los sectores tradicionalistas y
reaccionarios de la Iglesia. Hablamos de la prohibición, o la restricción, mejor dicho,
salvo casos excepcionales aprobados por el obispo de una diócesis, del ritual de la misa
en latín. «Esta es la manzana de la discordia para los conservadores. ¡Ya verás cómo
reaccionan!», me advertía por teléfono desde el Vaticano un monseñor italiano que
trabaja en la Congregación para el Culto Divino. Bergoglio no podía más, y decidió
actuar. Estaba cansado de que las misas tridentinas, preconciliares, se incrementasen y
se convirtiesen en símbolo de identidad de las congregaciones e institutos más
nostálgicos. Estaba fatigado de que la misa en latín fuese la excusa perfecta del sector
más inmovilista, desde donde se lanzan todo tipo de mensajes regresivos que
profundizan en la división de la comunidad católica. El papa estaba harto de las críticas
e improperios contra las necesarias reformas que él quiere para la institución, así como
de la exhibición constante de los tradicionalistas contra las reformas implementadas
hace sesenta años por el Concilio Vaticano II.
De esta manera, el 16 de julio de 2021, Francisco publicaba uno de los documentos
más polémicos de su pontificado. Se trataba del decreto o motu proprio titulado
Traditionis Custodes, que ponía fin al ritual litúrgico antiguo que él tilda de obsoleto,
pues opina que no se corresponde con los tiempos actuales. Bergoglio dejó claro que no
se puede hacer de la liturgia un campo de batalla de cuestiones que no son esenciales, o,
más bien, «cuestiones superadas». Denunció también las «mentalidades cerradas» que
«buscan un poco dar marcha atrás», y que se dedican a cuestionar «el Concilio, la
autoridad de los obispos…, con tal de conservar la tradición». Un ataque y una carga de
profundidad contra la línea de flotación de las congregaciones e institutos más
reaccionarios de la Iglesia. Francisco no ocultaba el auténtico motivo de la prohibición:
la misa tridentina no se podía convertir en un arma contra las reformas y en un
elemento de cohesión para las fuerzas más reaccionarias de la institución.
La respuesta fue, como era de esperar, especialmente furibunda y agresiva. Muchos
esgrimían, con cierta razón, que este decreto era una desautorización de su predecesor,
Benedicto XVI. El papa alemán, tan partidario del uso del latín que incluso hizo su
renuncia en esa lengua, había querido contentar a los sectores nostálgicos y decidió
liberalizar el uso de la lengua que comparte con el italiano el honor de ser el idioma
oficial de la Santa Sede. Como ya había hecho Juan Pablo II, el pontífice alemán se
quería congraciar sobre todo con los cismáticos lefebvristas y devolverlos al seno de la
Iglesia romana. Muchos ultraconservadores quisieron ver en la restricción que impuso
Francisco, derogando la carta apostólica Summorum Pontificum del papa Ratzinger,
una venganza contra Benedicto XVI.
El caso es que los sectores radicales ultras se cargaron de munición. El cardenal que
lidera la oposición dentro del Vaticano y maneja muchos hilos del complot contra
Francisco, Raymond Burke, cuestionó la autoridad del papa para prohibir la misa
tradicional. Y aún fue más lejos en su desafío: ofició una misa tridentina pontificia en la
Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos de Roma, la parroquia de la
Fraternidad Sacerdotal de San Pedro que siempre ha utilizado el ritual preconciliar. El
otro purpurado que nunca ahorra duras críticas contra el pontífice argentino, Gerhard
Ludwig Müller, comparó la animadversión de Bergoglio contra el movimiento
tradicionalista con la incapacidad que exhibe, según dijo, para condenar «los
innumerables abusos progresistas en la liturgia…, que equivalen a la blasfemia». No les
gustan las misas con guitarras, flautas y rituales étnicos, que definen como paganos.
Para defender la polémica decisión del pontífice argentino, un buen amigo suyo, el
cardenal Walter Kasper, declararía que creía firmemente que la mayoría de los fieles
están en contra de la misa tridentina, que crea mucha confusión cuando se reivindica
como única liturgia auténtica católica. Los que la defienden, añadía, han convertido los
esfuerzos de Benedicto XVI para la reconciliación en algo que implica una fuerte
división; asimismo, han golpeado «el mismísimo corazón de la unidad de la Iglesia».
En el Vaticano, hablar del Opus Dei es encontrarte desde siempre con un abrumador
muro de silencio. Nadie, ni partidarios ni detractores, ha querido comentar nunca nada.
Es incómodo para todos…, genera inquietud y despierta ciertos temores. Prefieren
ignorar el tema y fingir que no existe. Siempre ha sido así, y lo sigue siendo.
«El papa Francisco parece que nos quiera exterminar, pero nosotros ganaremos la
partida.» Uno de los pocos que se atrevió a dar su opinión fue un madrileño numerario
del Opus Dei que reaccionaba así al puñetazo en la mesa que dio Bergoglio a finales de
julio de 2022. El hombre, de unos cincuenta años, alto directivo de una empresa
tecnológica puntera, me quería dejar claro que aún no se ha dicho la última palabra. El
imperio creado por Josemaría Escrivá de Balaguer no se tambaleará, porque cuenta con
recursos suficientes para ganar todas las batallas a las que se le convoque, en público y
en privado. La degradación a la que Francisco ha sometido los privilegios que tenía el
Opus Dei se puede comparar con el impacto de un misil en la línea de flotación de un
barco que siempre ha surcado los mares en solitario, sin que nadie se atreviera a
marcarle la ruta. No obstante, también hay que decir que el blindaje con el que se ha
construido la nave impide, con toda seguridad, que haya una vía de agua capaz de
hacerlo naufragar. El tiempo dirá cómo acaba todo.
De momento, ante la ofensiva de Bergoglio, la organización, de manera muy
inteligente, ha activado la llamada «doctrina de la limonada», que ya puso en marcha
con motivo de la publicación del libro y la película El código Da Vinci. Esta «doctrina»
consiste en que ante una situación agria, hay que desplegar toda la maquinaria
mediática y de influencias (también, cuando haga falta, la coraza del silencio más
perturbador) para paliar los efectos negativos y endulzar la dolorosa contingencia.
El superventas de Dan Brown (2003), así como la película de gran éxito posterior
(2006), que se elaboró con un argumento muy fantasioso y sin ninguna base
contrastada, sí que sirvió para que la opinión pública conociese con más o menos
realismo la naturaleza y algunas peculiaridades del Opus Dei. Entonces, la Obra acusó a
El código Da Vinci de difundir falsedades, difamaciones y calumnias contra el
cristianismo; de hecho, el Vaticano llamó al boicot del libro y la película. Pero de poco
sirvió la tormenta mediática: tanto el libro como la película gozaron de un éxito
incontestable. Visto el fracaso de estos primeros enfrentamientos radicales, que serían
muy contraproducentes para la organización, el Opus optaría por abrir una segunda fase
de prudencia y actuar de una manera mucho más sibilina. Una estrategia muy calculada
que simulaba la transparencia, la llamada «doctrina de la limonada».
En el caso del decreto pontificio que obliga a la prelatura a cambios internos nada
despreciables, se ha optado por evitar la bronca y una nueva batalla mediática que
habría vuelto a poner a la Obra en el foco de las críticas. Una polémica que habría
ensanchado aún más el abismo que separa la filosofía del pontificado de Francisco del
carácter intrínseco que tiene la organización. Conviene entonces activar la estrategia que
implica dejar transcurrir el tiempo (que permite olvidarlo todo) y procurar que la
tormenta pase tan desapercibida como una suave llovizna.
En cualquier caso, el papa Francisco ha sido implacable. La reforma de la curia
(Praedicate Evangelium, del 19 de marzo de 2022) había dejado a la organización más
poderosa de la Iglesia católica ante una disyuntiva difícil de digerir: o se autorreformaba
y se adaptaba al nuevo estatus, o quedaba de lleno en la ilegalidad. Por si no estaba lo
suficientemente claro que el Opus Dei tenía que hacer autocrítica y cambiar muchos de
sus métodos y prácticas, Francisco publicaría en julio del mismo año un decreto
pontificio específico titulado Ad charisma tuendum (Para proteger el carisma). En este
motu proprio se modifican algunos aspectos de la constitución apostólica Ut Sit de
1982, promovida por Juan Pablo II, el pontífice que impulsó al Opus Dei hasta el punto
de crear para la institución una prelatura personal y nombrar a una gran cantidad de
cardenales afines a la Obra, repartidos sobre todo por Europa y Latinoamérica. Al lado
de Wojtyla, en el Vaticano, proliferaron todo tipo de colaboradores, muchos de los
cuales llegarían a tener cargos importantes en dicasterios y congregaciones. El papa
polaco no dudaría tampoco en llevar a los altares a Escrivá de Balaguer en una
«canonización exprés», precedida por una beatificación solo diecisiete años después de
su muerte. Joaquín Navarro Valls, el que fue portavoz de Juan Pablo II, y miembro
numerario del Opus, siempre me justificó ese proceso de santificación a velocidad de
vértigo. «Se hizo justicia con el fundador del Opus Dei», me diría categóricamente en
una ocasión, cuando le planteé el tema en un encuentro en la Piazza Navona.
El numerario madrileño a quien consulté sobre la intervención de la Obra por parte de
la Santa Sede me diría también que «el santo padre no puede meterse en los aspectos
organizativos internos y en nuestras constituciones. El Vaticano no puede fiscalizar
nuestra actividad. Es una vergüenza inadmisible». Se mostraba indignado porque el
motu proprio de Francisco disponía no solo que el Opus dejaba de depender de la
Congregación de los Obispos, sino que pasaba a estar bajo las órdenes de una
Congregación para el Clero. Este hecho supone dejar fuera de la estructura de la Iglesia a
la Obra, que queda relegada a ocupar un lugar junto a otras organizaciones muy
menores, y con un estatus muy rebajado. Todo ello comporta que la congregación ya no
sea una diócesis universal y que los religiosos de la institución estén bajo la jurisdicción
del obispo que corresponda. El prelado del Opus Dei no tendrá tampoco el título de
obispo, como había pasado hasta hace poco. De hecho, el actual prelado, el español
Fernando Ocáriz, nunca ha sido nombrado obispo por Francisco, a diferencia de lo que
se hizo con sus predecesores.
Pero de todo esto, ¿qué es lo que más escuece a los responsables de la Obra? Sin
ninguna duda, el control que ejercerá la Santa Sede de la institución. A partir del decreto
pontificio, cada año habrá que presentar un informe sobre el estado de la prelatura y el
desarrollo de la tarea apostólica que hace la organización. Una especie de fiscalización
por parte del Vaticano que nunca había tenido un Opus Dei, considerado por muchos
como una «Iglesia dentro de la Iglesia» o una «Iglesia paralela», que actuaba siempre
con plena libertad y sin ninguna vigilancia superior.
Si atendemos a todo lo que hemos dicho sobre la «doctrina de la limonada», no debe
sorprender que los máximos responsables de la Obra no se hayan mostrado muy
críticos, en contradición con la línea del numerario consultado. Han declarado
públicamente que acataban las órdenes del Vaticano, sin añadir más comentarios. Tal
sumisión pública a las disposiciones del pontífice resulta sorprendente para muchos de
los que no conocen demasiado bien la manera de actuar de la organización.
Personalmente me causó más estupor ver la poca repercusión de la noticia en muchos
medios de comunicación grandes y prestigiosos, que vino acompañada del clamoroso
silencio de algunos de los vaticanistas más reputados. La presencia de miembros
destacados del Opus Dei en los consejos de administración de muchos medios de
comunicación de todo el mundo es la explicación más plausible para tal hermetismo.
«Muchos medios no tienen ningún problema para hablar de cualquier tema, pero el
Opus, mejor ni mencionarlo», me diría en una ocasión una compañera periodista
italiana, mientras intentábamos averiguar si se había mantenido intacta la influencia de
la Obra dentro de la Santa Sede al inicio del pontificado de Francisco. Entonces, del
2013 al 2015, algunas de las voces más críticas con las reformas de la Iglesia provenían
del Opus Dei. A partir de ese momento, las opiniones contrarias a los cambios cesaron
misteriosamente, hasta que un día saltó la sorpresa en unas declaraciones donde el
prelado de la Obra dijo que defendía los cambios que quería hacer el papa argentino. El
Opus, al menos oficialmente, dejaba de formar parte como institución del listado de
organizaciones opuestas a Bergoglio. Esta estrategia de discreción «a la espera de
tiempos mejores» hace que muchos en la Obra interpreten la degradación y el fin de la
autonomía impuesta por el papa más bien como un aggiornamento sin fecha límite, un
contratiempo que no tendría que suponer grandes cambios prácticos para sus
miembros.
Hay mucha leyenda en torno a la organización creada por Escrivá de Balaguer sobre la
captación de nuevos asociados, la disciplina y el funcionamiento interno, las
ramificaciones y la ambición en el mundo de las finanzas y el poder político. Pero
también hay que decir que, a lo largo de la historia más reciente, han surgido muchos
testimonios de sobrada credibilidad (algunos son destacados exmiembros del Opus) que
califican la organización de secta. Se habla de secretismo, de una captación elitista de
sus afiliados, de una ambición desmesurada por el poder económico y político… Son
numerosos también los que denuncian haberse convertido en engranajes de una
estructura jerárquica asfixiante y víctimas de una disciplina que quiere controlar sus
vidas y su pensamiento. «Gradualmente —me dijo un joven italiano que había
abandonado el Opus en el año 2000— nos iban imponiendo nuevas reglas y prácticas
que nunca se nos explicaron durante el proceso de admisión. La obligación de entregar a
la Obra nuestros sueldos, ganados en el trabajo que desempeñábamos, el aislamiento de
nuestras familias, la mortificación de nuestro cuerpo con el cilicio… Nada que ver con el
carácter laico que teníamos. Pretendían que fuésemos como religiosos, cuando nunca
hicimos votos para serlo. En resumen: nos engañaron.» Y este aspecto de una
organización básicamente laica (solo un dos por ciento son clérigos) es otro de los
puntos clave de la reforma de Francisco que entró en vigor el 4 de agosto de 2022. Una
auténtica bomba sobre los métodos y las prácticas internas. El papa no quiere que los
laicos del Opus queden sometidos a una disciplina más propia de la condición
consagrada.
¿Por qué Francisco optó por intervenir la Obra? Ya lo había hecho unos meses antes
con organizaciones de carácter sobre todo ultraconservador, por diversos motivos que
van desde las prácticas preconciliares a los abusos sexuales, sin olvidar los abusos
morales a sus miembros. De todos modos, nadie esperaba que tuviese la audacia de
enfrentarse a un poder mucho más importante y dominante, un poder que la mayoría
teme. «Se creen intocables y nunca pensaron que el santo padre se atrevería a meterle
mano al Opus.» La frase me la dijo un jesuita ya retirado que vive en una residencia de
Barcelona, pero que durante muchos años trabajó en el Vaticano, donde ha visto de
todo. Él y mucha otra gente cree que Francisco quedó muy impactado por la denuncia
formal que hicieron el 7 de septiembre de 2021 en el Vaticano cuarenta y tres mujeres de
Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay, por abuso de poder y explotación. Francisco,
conocedor de tales prácticas en algunos centros de la Obra, decidió que había que poner
fin a esa situación.
Las mujeres denunciantes, procedentes de zonas rurales muy pobres, revelaban que
habían sido captadas por el Opus cuando tenían entre doce y dieciséis años, en la década
de los setenta y los ochenta. Con la promesa de que irían a estudiar, las encerraron en un
centro conocido popularmente como «escuela de mucamas» de la localidad argentina de
Bella Vista. Allí les enseñaron solamente a ser criadas y a rezar. Trabajaron entre diez y
treinta años en residencias de la Obra sirviendo a los hombres, sin cobrar nada, en
jornadas de explotación laboral que se alargaban hasta las doce horas diarias los
trescientos sesenta y cinco días del año. Todas quedaron imbuidas del espíritu que les
inculcaron: «Dios las había creado con la vocación y el deber de servir. Si no cumplían,
irían al infierno». El mismo Opus Dei reconoció cómo las captaban, aunque fueron muy
ambiguos respecto al abuso de poder y a la manipulación que sufrieron aquellas
vulnerables jóvenes. Ante la presión mediática, optarían por mover ficha y cambiar a los
directivos de la Obra en el Cono Sur.
Hay casos de abusos (como pasa en otras congregaciones de la Iglesia católica) sobre
los cuales el Opus Dei ha actuado defendiendo la inocencia de los acusados; por tanto,
no han pedido perdón a las víctimas. Uno de ellos es el de un niño que desde 2011 ha
denunciado abusos por parte de un profesor del Colegio Gaztelueta de la Obra, en Leioa,
País Vasco. En 2020, el Tribunal Supremo español condenó al enseñante, pero la
justicia eclesiástica archivó el expediente en 2015 sin llevar a cabo ningún juicio
canónico. En septiembre de 2022, el papa Francisco decidió intervenir personalmente
para ordenar que se reabriese el caso y se investigase a fondo.
Dos años antes de la intervención de Bergoglio en el caso del Colegio Gaztelueta, la
Congregación para la Doctrina de la Fe había condenado al primer religioso del Opus
por abusos. Se trataba del sacerdote numerario español Manuel Cociña, que había sido
muy amigo del fundador, Escrivá de Balaguer. Durante tres décadas, el religioso iría
cambiando de localidad de residencia, dejando víctimas de abusos en todas ellas. De
Barcelona a Sevilla, después a Madrid, Galicia y finalmente Granada. Todos esos
traslados estuvieron motivados por denuncias que, según las víctimas, «los responsables
de la congregación y el Vaticano conocían sobradamente».
Se calcula que, en todo el mundo, unas noventa y tres mil personas de sesenta y ocho
países en total pertenecen al Opus Dei. La mayoría de ellos son laicos célibes
(numerarios y agregados) y supernumerarios, que son los miembros casados, además de
sacerdotes. Los portavoces de la congregación niegan haber desafiado nunca al papa
Francisco, tildan de falsos los testimonios de exmiembros y manifiestan que ya han
iniciado las reformas internas que reclama el pontífice argentino. El debate de si el Opus
perderá el poder y la autonomía que siempre ha tenido en la Iglesia está servido, y el
futuro dirá si se han implementado cambios transformadores. Históricamente, el papel
de la Obra (que cuenta con una relativa pluralidad ideológica entre sus miembros) me
lleva a recordar la descripción que hizo de ella el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar:
«Una concentración de poder fundamentalista en la Iglesia». Lo decía ni más ni menos
que un teólogo al que el papa Wojtyla, el principal impulsor de que el Opus sea hoy en
día lo que es, siempre admiró.
Una monja catalana que trabaja en la Santa Sede y a la que conozco desde hace muchos
años se quejaba en 2018 del papel de la mujer en la Iglesia: «En el Vaticano, a muchos
no les gustan las mujeres. Aquí hay gente muy sexista y misógina. Solo nos quieren
como sirvientas, para las tareas domésticas. Quieren esclavas, no personas. Quieren
mujeres sumisas, y no entienden que el santo padre nos quiera promocionar. Les asusta
que, en este mundo eclesiástico, tanto las religiosas como las laicas podamos asumir un
papel igualitario. Temen que les podamos quitar ese poder que tienen, que se basa en la
soberbia, la discriminación y el autoritarismo».
La hermana Anna va camino de los setenta años y no tiene intención alguna de
jubilarse, aunque le han insistido mucho en que lo haga. Se siente fuerte y capaz. Ahora
es mucho más feliz que antes. Trabajó durante nueve años, hasta 1995, al servicio de un
cardenal, en un gran apartamento situado en la Via della Conciliazione. Eran tres
religiosas que se ocupaban de las necesidades logísticas del purpurado italiano. Ella
tenía el control de la cocina, pues desde pequeña, al lado de su madre, había aprendido
en la casa familiar situada en el Alt Empordà, cerca de la ciudad de Figueres, los secretos
de los fogones. Hacía un suquet de pescado que sabía a gloria y que se había convertido
en el plato favorito del señor de la casa. El purpurado no dejaba de insistirle en que cada
viernes quería comer suquet. Como fuese y donde fuese, sor Anna tenía que buscar
pescado y marisco fresco para contentar el estómago del príncipe de la Iglesia y de los
invitados que solía llevar al apartamento para que probasen aquel plato estelar.
«Las cosas iban bien, pero yo me sentía desaprovechada cocinando. Tenía otros
intereses, aparte de las ollas. Un día simplemente insinué a la sua eminenza que yo
tenía estudios y que pediría un trabajo administrativo en un dicasterio. Aquel hombre se
puso hecho una furia. Nunca lo había visto tan enojado. Lo tenía por una persona culta y
educada, que siempre me había tratado con deferencia. De repente, descubrí la
personalidad colérica e intolerante de la que algunos me hablaban, y que yo nunca había
querido creer. Me amenazó con todo tipo de improperios machistas y muestras de abuso
de poder, con echarme del Vaticano si le abandonaba. Quería seguir disfrutando de mi
suquet de pescado.» Gracias a otro cardenal a quien la monja conocía y que me definió
como muy comprensivo, conseguiría al cabo de dos meses el apoyo necesario para
empezar a trabajar en un despacho de la Santa Sede, haciendo trabajos de oficina. Las
maniobras y las represalias que intentó hacer su «amo» acabaron desvaneciéndose. Al
cabo de unos meses de dejar el apartamento cardenalicio, se enteraría de que la joven
monja que la sustituyó en la cocina había denunciado abusos sexuales por parte del
purpurado. «Lo que te he explicado no es habitual, pero conozco otros casos. Piensan
que hemos nacido para ser criadas, a veces con derecho de pernada. Tal
comportamiento lo justifican con argumentos tan descabellados como que nuestra
misión es servir a Dios de esa manera.»
Hay que escuchar atentamente historias personales como la de sor Anna para
entender muchas cosas que pasan desapercibidas intramuros. Para entender ciertas
dinámicas de comportamiento que uno puede llegar a pensar que son leyendas o
historias de conventos medievales. Parece imposible que estos hechos pasen en pleno
siglo XXI. La llegada del papa Francisco al pontificado rompe esa tradición secular de la
mujer laica haciendo de mayordoma de un cura, de las mujeres voluntarias de las
parroquias, limpiando y poniendo ramos de flores…, de las monjas como criadas de
altos cargos.
«Como en muchas sociedades, incluido el Vaticano —afirma la Asociación de Mujeres
de la institución—, las mujeres a veces son vistas por los hombres, pero también por
otras mujeres, como personas de menor valor intelectual y profesional, siempre
disponibles para el servicio, siempre dóciles a los altos mandos. Por tanto, es urgente
promover la autoestima y mejorar la presencia femenina también en el Vaticano.»
Bergoglio definió en octubre de 2013, pocos meses después de que lo eligieran como
líder católico, que «la Iglesia es madre y es mujer», y añadió: «Yo sufro, y lo digo de
verdad, cuando veo en la Iglesia o en algunas organizaciones eclesiales que el papel de
servicio de la mujer se desvía hacia un papel de servidumbre». El pontífice argentino,
poco a poco, muy lentamente, como se hace todo en esta institución, fue perfilando lo
que quería. Empezó a nombrar a mujeres en puestos de responsabilidad en la Santa
Sede. Mujeres religiosas y también laicas. En octubre de 2020 afirmaba: «Los fieles
laicos, especialmente las mujeres, han de poder participar más en las instituciones de
responsabilidad de la Iglesia. Hemos de promover la integración de las mujeres en los
lugares donde se toman decisiones importantes». «Las mujeres tienen el don de aportar
una sabiduría que sabe curar heridas, perdonar, reinventar y renovar.» La tenacidad de
Bergoglio, que no se quiere quedar en palabras, sino convertirlas en hechos, ha
desafiado la misoginia de la Iglesia hasta límites impensables hace poco.
No, de momento el pontífice no acepta el sacerdocio femenino, pero ha puesto el tema
sobre la mesa, y ha llamado a estudiar el papel que tenían las diaconisas en el
cristianismo antiguo. Otras confesiones cristianas ya han recorrido ese camino y han
ordenado mujeres sacerdote. No les ha ido mal. Más bien lo contrario. La mujer ha
ayudado mucho a extender el mensaje pastoral y a aportar puntos de vista muy
enriquecedores. Bergoglio ha profundizado en el asunto y ha nombrado mujeres para
cargos importantes en el Vaticano. Intramuros, según el periódico oficial L’Osservatore
Romano, trabajan cerca de novecientas cincuenta mujeres que tienen salarios iguales
que los hombres, pero muy pocas ocupan puestos de responsabilidad y de alto nivel de
gestión. Esto va cambiando de manera gradual. Sin prisas, pero sin pausas tampoco. En
el año 2022, solo el veinticuatro por ciento del personal que trabajaba en la Santa Sede
era femenino. Poco a poco el porcentaje aumentará.
La italiana Francesca Di Giovanni se convirtió en enero de 2020 en la mujer con el
cargo administrativo de más alto rango de la Santa Sede. Se trata una experta laica en
jurisprudencia y derecho internacional, que se hace cargo, a sus sesenta y siete años, de
la Subsecretaría de la Sección de Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado
vaticana. «Es la primera vez —declaró después del nombramiento— que una mujer tiene
una tarea de dirección en la Secretaría de Estado. El santo padre ha tomado una
decisión innovadora, ciertamente, que, más allá de mi persona, representa una señal de
atención a las mujeres.»
Otras mujeres han acabado por ocupar cargos en puestos hasta ahora reservados
única y exclusivamente a los hombres. Aún se oyen resonar las palabrotas de algunos
prelados en las paredes de los palacios vaticanos cuando Francisco, en febrero de 2021,
impuso como subsecretaria del Sínodo de Obispos a la religiosa francesa Nathalie
Becquart. Una mujer con derecho a voto en el «club» masculino más exclusivo, donde
las mujeres siempre han tenido vetada su presencia. Tres mujeres más han sido
nombradas, ya lo hemos mencionado, miembros del Dicasterio de los Obispos, con
potestad para señalar al papa qué candidatos puede considerar para ser nombrados al
frente de las diócesis. En noviembre de 2022 introduciría más mujeres en lugares de
responsabilidad, declarando que «cada vez que entra una mujer a hacer un trabajo en el
Vaticano, las cosas mejoran. Una sociedad que no da a las mujeres los mismos derechos
y oportunidades que a los hombres, se empobrecerá…, ¡las mujeres son un regalo!».
Todos estos nombramientos son mal vistos por la facción más tradicionalista y
conservadora de la Santa Sede. Hay recelos, incomprensión, hay quien se escandaliza e
incluso quien utiliza términos despectivos y hace chistes machistas para referirse a las
nombradas para ocupar cargos. Hay en el Vaticano y en la Iglesia en general, entre
muchos religiosos, ultras o no, una falta total de empatía con el género femenino. Desde
el seminario, los religiosos han convivido en un mundo de hombres y han sido educados
para considerar a la mujer un ser inferior. Por más que quieran, la mayoría son
incapaces de intentar entender el universo femenino y ven inaceptable que una mujer
tenga un cargo superior. «Si Jesús hubiese querido rodearse de mujeres, habría
nombrado a alguna como apóstol. Por algún motivo nunca lo hizo.» Este argumento,
que me endilgó un día un sacerdote italiano próximo al movimiento conservador
Comunión y Liberación, lo utilizan muchos católicos, incluidas mujeres. Les sirve para
rechazar el derecho a la igualdad en el seno de la institución eclesial. No obstante, hoy
en día muchos consideran a María de Magdala como lo hizo el papa Juan Pablo II: una
«apóstol de apóstoles». Jesús aparece en el Nuevo Testamento rodeado de mujeres.
María de Magdala, Marta y María, prostitutas de Betania menospreciadas por todo el
mundo, reciben el mismo trato que los hombres, como discípulas. Karl Rahner,
considerado un gran teólogo jesuita, afirmó no haber encontrado ningún argumento
teológico para negar el sacerdocio femenino. En 1976 escribió: «Yo soy católico y
romano, y si la Iglesia me dice que no ordena a mujeres, lo admito por fidelidad. Pero si
me da cinco razones y todas son falsas desde el punto de vista de la exégesis y la
teología, tengo que protestar».
El papa ha sido valiente en este tema, enfrentándose a todos los que le decían desde la
curia que los nombramientos de mujeres serían mal acogidos por los sacerdotes y
obispos. Rompía una tradición secular. Hay una anécdota que me explicó sor Lucía
Caram de cuando ella visitó el Vaticano en 2021. Le dijo al papa que su madre, que es
del Opus Dei, le había pedido que le dijese que reza por él y por su hija, para que sean
prudentes. «Bergoglio se echó a reír y me dijo que le dijera a mi madre que rece para
que seamos valientes, y no prudentes.»
A pesar de todos estos gestos, que sobrepasan ya la simbología para convertirse en
una apuesta de futuro, hay colectivos de mujeres en la Iglesia que continúan sufriendo
discriminación y abusos. Se trata de las monjas. Un informe publicado por la Editorial
Claretiana en octubre de 2022 señala que casi un veinte por ciento de las religiosas
latinoamericanas confiesan que han sufrido abusos sexuales. En el libro titulado
Vulnerabilidad, abusos y el cuidado en la vida religiosa femenina se afirma que el 14,3
% denuncian haber sido acosadas sexualmente por sacerdotes, el 9,7 % por otros
miembros de la Iglesia, y el 8 % por compañeras de su convento. El Me Too de las
monjas está en marcha, y ya no se va a parar. Las obras Siervas (2022), de la periodista
Camila Bustamante, y Cae el velo del silencio (2021), del periodista del periódico oficial
del Vaticano L’Osservatore Romano Salvatore Cernuzio, revelan casos espantosos y
situaciones vividas por monjas y exmonjas que ponen los pelos de punta. Ya expliqué en
el primer libro que conozco a monjas en Italia expulsadas de los conventos por
denunciar abusos que acabarían haciendo de prostitutas para sobrevivir. El papa
Francisco ha tenido que abrir un albergue en Roma para protegerlas. He comentado
también que la revuelta del MeToo ha llegado a las religiosas y mujeres laicas católicas
que se han manifestado incluso en el Vaticano para exigir la igualdad de derechos y
denunciar una situación de explotación inhumana.
Bien mirado, hay mucho trabajo por hacer. La lacra del machismo no se desvanece
con tanta facilidad, aunque la mujer por primera vez en la historia de la Iglesia empiece
a obtener una pequeña parte del poder que le corresponde. Es un aún tímido paso que
inicia un recorrido que no gusta a muchos, pero que Bergoglio considera justo y
necesario, tal y como dijo en noviembre de 2022: «Todavía nos queda camino por
recorrer. Porque ese machismo existe, y es feo. Pero cuando nos hace falta recurrimos a
las mamás, que son las que resuelven los problemas. Este machismo mata a la
humanidad».
Para acabar este capítulo sobre las reformas, traemos aquí una novedad destacable del
papa Francisco. Se ha convertido en el primer pontífice ecologista de la historia.
Bergoglio ha definido el cambio climático como el reto más grande que tiene la
humanidad en este momento para evitar su autodestrucción. Los negacionistas del
clima, que coinciden con los sectores de la ultraderecha política internacional y con la
mayoría de los dirigentes religiosos más conservadores, le critican al papa su papel de
abanderado de la ecología. Sobre todo le echan en cara las afirmaciones que culpabilizan
al sistema capitalista especulativo de destruir nuestro planeta y crear una marginación
que acaba destrozando la vida de las personas y lo que él llama «casa común de la
humanidad».
El argentino hace honor al nombre que eligió, Francisco (en homenaje a san Francisco
de Asís) para defender una Iglesia pobre y aliada con la naturaleza. «El posicionamiento
del papa con la encíclica Laudato si’, promulgada en 2015, que es la primera redactada
solo por él, es un canto a la ética y la justicia», me dice el padre Salvatore M., un teólogo
de Milán, menospreciado y amenazado por los ultras que afirma que no quiere
problemas y prefiere el anonimato. «El papa Francisco proclama, como ha hecho en
Naciones Unidas, ante el Congreso norteamericano y en la Cumbre de la Amazonia, el
derecho y el deber de custodiar el planeta Tierra. Bergoglio se asesoró con expertos para
redactar la encíclica consciente de su liderazgo. Transmite al mundo ese mensaje de
ecología integral como un imperativo moral urgente y un deber sagrado que tenemos la
gente con fe y conciencia. Sorprende ver que los detractores que tiene, tanto fuera como
dentro de la Iglesia, utilizan argumentos absurdos y le acusan de comunista desde
posiciones ridículas y del todo irresponsables.»
Laudato si’, con un lenguaje comprensible, claro y muchas veces poético, es una obra
maestra, magníficamente documentada, de la fraternidad humana, basada en el
mensaje de compromiso vital con el equilibrio natural y la armonía cósmica que tendría
que adoptar como propia la sociedad posmoderna. Coloca al hombre como centro del
universo y recuerda con dramatismo que la economía y el crecimiento económico «no
han ido acompañados de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y
conciencia». En el mundo actual se busca sobre todo la acumulación de bienes
materiales, y se parte de la base equivocada de que podemos disponer hasta el infinito
de los recursos que nos ofrece el planeta. La encíclica de Francisco recalca que «no hay
dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-
ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para
combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y, simultáneamente, cuidar de
la naturaleza».
Una última reflexión de Laudato si’ hace estas preguntas que interpelan a todos:
«¿Qué tipo de mundo queremos dejar a los que nos han de suceder, a los niños que
están creciendo? ¿Por qué pasamos por este mundo? ¿Para qué hemos venido a la vida?
Nosotros somos los primeros interesados en dejar este planeta habitable para la
humanidad que nos sucederá». En las cumbres del clima de París (2015), Glasgow
(2021) y Sharm el-Sheij, Egipto (2022), la Santa Sede ha apostado fuerte para conseguir
un difícil acuerdo de mínimos. El mensaje contundente y firme del papa argentino ha
apelado a las conciencias de los mandatarios internacionales. El riesgo de que no se
cumplan los acuerdos, de cara a la agenda 2030 de Naciones Unidas para un mundo
más sostenible, ha generado una alarma que pone en peligro nuestra existencia como
especie. En un tuit desde su cuenta @Pontifex, Francisco hizo en 2022 un llamamiento a
la humanidad: «No nos cansamos de abordar la dramática urgencia del cambio
climático. Tomemos decisiones concretas y con visión de futuro, pensando en las nuevas
generaciones, antes de que sea demasiado tarde #COP27».
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«Cuando vemos tanta animosidad contra el papa y sus reformas, tantos complots para
frenarlo, tantos intentos de manipular el próximo cónclave…, se nos debilita la
esperanza. Pero cuando nos paramos a contemplar el coraje de Francisco y su espíritu
de lucha, no tenemos derecho a aflojar.» El monseñor que trabaja en el Vaticano desde
hace tres décadas no quiere sucumbir al pesimismo que se ha instalado en algunos
sectores de la Iglesia católica, los mismos que en 2013 acogieron con euforia la llegada
del papa argentino y que se han ido desengañando después de diez años.
Ciertamente, tenemos muchas pruebas de que un sottogoverno muy poderoso se
mueve con una estrategia calculada para hacer descarrilar el tren de los cambios. El
cardenal Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, coordinador del Consejo de Cardenales
encargado de elaborar la reforma de la curia durante los últimos nueve años, advertía en
junio de 2022 de la existencia de una «preocupante huelga de brazos caídos en la curia
ante la reforma». Creo que hemos demostrado sobradamente que hay un plan
organizado que une a la extrema derecha internacional y a los sectores
ultraconservadores de la Iglesia; asimismo, que hay un proyecto de gran alcance para
evitar, con el Red Hat Report, que el próximo pontífice siga la línea de Bergoglio. Con la
muerte del papa emérito Benedicto XVI, las fuerzas oscuras del interior de la Iglesia se
reubicarán, pero todo indica que no se detendrán en esta guerra encarnizada contra
Francisco. Incluso soy de la opinión de que pueden redoblar los ataques, ahora que ya
no tienen como referencia a un Ratzinger que en muchos momentos apaciguaba los
ánimos encendidos y optaba por recomendar moderación. A pesar de todo ello, también
hay indicios que amenazan con romper esta dinámica de resistencias, campañas, guerra
sucia y cañonazos contra el espíritu que mueve al papa Francisco.
Optimismo prudente
A pesar de todos estos indicios, que podrían acabar salvando el legado del papa
Francisco, hay que advertir que mientras la actitud de muchos sea menospreciar el
potencial de las fuerzas oscuras más reaccionarias, no se conseguirá nada más que
permitir que crezcan de una manera absolutamente irresponsable. No me canso de
repetirlo: con dinero y con el control de los medios de comunicación, pueden hacer casi
cualquier cosa. Las tensiones tendrán continuidad más allá de esta década de cambios.
Los tradicionalistas no se detienen. De hecho, cuando estoy a punto de cerrar este libro,
me llegan informaciones de un congreso de la ultraderecha católica en invierno de 2022
en México. Celebran muchos y no será el último, pues se sienten más fuertes que nunca.
Estos encuentros proliferan sobre todo en América y Europa. La fórmula siempre es la
misma: coordinarse, invitar a nuevos líderes populistas, defender una Iglesia basada en
el rigor de la doctrina tradicionalista y la moral secular, elaborar campañas con un
discurso atractivo, que deteriore a las instituciones democráticas y los valores
humanistas de la sociedad. En resumen, hacer avanzar la agenda ultraliberal y
neofascista, haciendo uso de la demagogia y las fake news que captan los votos de los
jóvenes y los decepcionados.
Curiosamente, América Latina, donde en los últimos dos años han llegado o
recuperado el poder fuerzas más progresistas (Petro en Colombia, Lula en Brasil…), fue
la región escogida para este aquelarre ultra. En el hotel Westin de México D. F. se
juntaron, entre muchos otros, Eduardo Bolsonaro (hijo del expresidente brasileño), el
español y líder de Vox Santiago Abascal, el norteamericano Ted Cruz, el chileno José
Antonio Kast, el argentino Javier Milei y el polaco y premio Nobel de la Paz Lech
Walesa. Se trataba de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), que se
reúne cada año para impulsar acciones coordinadas del conservadurismo y la extrema
derecha internacional. Obviamente, como había pasado en años anteriores, Donald
Trump y Steve Bannon también intervinieron, aunque fuese a través de
videoconferencias. El estratega norteamericano sigue trabajando para crear nuevos
líderes ultras populistas, propiciar un mundo con valores cristianos tradicionalistas y
sembrar dudas sobre las derrotas de Trump y Bolsonaro frente a Biden y Lula, a los que
acusaba de haber cometido fraudes electorales; la misma acusación que esgrimen
Bannon y sus seguidores contra Bergoglio. Lo consideran un usurpador del pontificado,
que seguía siendo para ellos, de manera legítima, hasta su muerte, propiedad del papa
Benedicto XVI.
Estamos ante un complot internacional que he querido traer aquí y que complementa
el primer libro, Intrigas y poder en el Vaticano, donde intenté indagar y poner al
descubierto numerosos misterios que interesaba que siguiesen ocultos. En estos
momentos, podemos decir que la Santa Sede es uno de los escenarios donde se dirime la
batalla para transformar nuestro mundo, a la que los sectores más reaccionarios se han
entregado en cuerpo y alma.
Todo ello obliga a las fuerzas progresistas a reaccionar y mover fichas, al papa
Francisco a practicar lo que proclama un viejo aforismo: Motus in fine velocior (El
movimiento es más rápido al final). Bergoglio acelera irremisiblemente sus reformas
después de una década en la cual, entre obstáculos y algunas vacilaciones, las cosas iban
lentas y a veces quedaban aparcadas sine die. Veremos pronto muchos más cambios,
algunos probablemente muy sorprendentes, en la etapa final del pontificado. El éxito o
el fracaso solo se podrán medir en el futuro. Soy periodista y no tengo ninguna vocación
ni capacidad de convertirme en vidente. No cuento con una bola de cristal; solo
dispongo de los datos objetivos y de las pruebas que permiten hacer análisis siempre
arriesgados.
En la última década, la Iglesia católica ha abierto puertas hasta ahora herméticas que
generan como mínimo debate, discernimiento y expectativas de futuro. Precisamente,
Francisco ha querido que en 2025 se celebre el Gran Jubileo de Roma, que estará
dedicado a la esperanza, un concepto que tendría que servir para alcanzar cierto
optimismo…, para reanimar y alentar a los católicos desmotivados y pasivos ante las
adversidades, para crear sinergias optimistas y proyectos que diseñen el Vaticano y la
Iglesia universal del futuro. Por extensión se pretende transformar el planeta y lograr un
hábitat más respetuoso con la naturaleza, donde nuestras sociedades sean más abiertas,
justas y solidarias.
Hemos conocido a lo largo del libro los obstáculos y la provocación reaccionaria en un
mundo convulso y cambiante donde las respuestas sensatas y razonadas son cada vez
más difíciles de transmitir. Un mundo donde las seguridades pertenecen al pasado, en el
que hay que hacer apuestas rompedoras y atractivas. Francisco ha hablado muchas
veces de este mundo en crisis y lleno de incertidumbres, de una Iglesia «que se hará más
pequeña, que perderá muchos privilegios, que será más humilde y auténtica, que
encontrará la energía para lo que es esencial…, más espiritual, más pobre y menos
política».
Con la idea de que no se puede hacer teología con un «no» constante por delante,
Bergoglio estaría preparando, según me han revelado diversas fuentes vaticanas, una
encíclica que podría titular Gaudium Vitae. Un texto «revolucionario», osado e
impactante que fijará las bases del futuro de la institución. Un documento que
suavizaría las posiciones inflexibles de la Iglesia sobre la moral sexual y podría afrontar
tabúes como el uso de los anticonceptivos, a la vez que ofrecería una visión más actual
de la homosexualidad. Los rigoristas pondrán el grito en el cielo, y con eso ya hay que
contar. Seguirán batallando sin descanso. Conocer cómo se mueven, se preparan y
actúan en el combate ha de permitir saber cómo neutralizarlos. Como nunca, ahora hay
que saber leer las señales que nos llegan de todas partes, de los movimientos, las
reflexiones, opiniones y actuaciones de conservadores y reformistas. Tenemos que ser
capaces de cultivar la autocrítica, de analizar la realidad, sin huir de ella, de debatir
abiertamente, de llegar a puntos de acuerdo, si es posible sin claudicar en lo que es
esencial… Hay que actuar con astucia y determinación, para que no se malgasten los
esfuerzos y los derechos conseguidos. «Construir la Iglesia del mañana es cuestión de
ahora o nunca», me dice un sacerdote y buen amigo de los que en el Vaticano nunca me
han dado la espalda, aunque se juegue su carrera. Victor Hugo afirmó que «no hay nada
como un sueño para crear el futuro».
© 2023, Vicenç Lozano
ISBN: 9788417167561
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