DOCTRINA BÁSICA CRISTIANA
EL HOMBRE SU ORIGEN, CAÍDA Y REDENCIÓN
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, un ser espiritual con libre
albedrío, pero que lo llevó a cometer pecado porque eligió el fruto del “árbol de la
ciencia del bien y del mal”. Habiéndosele dado dominio sobre la tierra para ser
ejercido bajo la dirección de su Creador, él mismo cayó y pasó a ser esclavo del
pecado y trastornador de las cosas creadas. El hombre se ha revelado contra la
dirección divina, perdiendo así la perfección de su estado original, y apartándose de
Dios, la Fuente de su vida y su bienestar.
Pero Dios no ha abandonado al hombre. Su justicia y santidad demandó que se
castigue el pecado por cuánto él mismo dijo: “El alma que pecare, morirá”. Movido
por su gran amor y misericordia, Dios envió al Hijo hecho hombre para morir en su
lugar (Juan 3:16). La muerte del Hijo de Dios, en lugar del pecador, abre el camino
para la reconciliación de éste con Su Creador. Le brinda una nueva vida en comunión
con Dios. De esta manera, el Dios que es Santo, también Justo, hizo justicia en el
Hijo para que los que creen en él sean hechos justicia de Dios en él. (2 Co.5.14-21).
El Señor lo declara “Nuevo Hombre” creado según Dios en la justicia y santidad de la
verdad (Ef.4.22).
Por el Hijo Jesucristo, el hombre es redimido del poder del pecado y de la
vana manera de vivir (1 Pedro 1:18-21). Su vida es santa y por sus frutos se lo conoce
como hijo de Dios (Tito 2.11-14). ¿Qué tiene que hacer el hombre para gozar los
beneficios de esta redención? Arrepentirse y creer el Evangelio, respondiendo de esta
manera a la voluntad de Dios en “obediencia a la fe” (Marcos 1:14,15; Lucas 24:47;
Hechos 16:30,31; Efesios 2:8; Ro.16.26).
Creemos que hombres y mujeres son pecadores, pese a que la primera pareja
Adán y Eva fueron creados en santidad y capaces de plena comunión con Dios.
El Hombre Como Un Ser Creado
Como se presenta en Génesis, el hombre es la máxima obra de Dios en la
creación, y se declara que toda la creación tuvo lugar en seis días. Entre aquellos que
aceptan la " Biblia como la obra inspirada de Dios se han dado diferentes
explicaciones a estos días de la creación. Algunos ven la narración de Génesis 1 como
una re-creación siguiendo una primera creación, la cual fue juzgada y destruida en
conexión con la caída de Satanás y los ángeles caídos. Esto nos daría la evidencia de
que el mundo inorgánico existía mucho antes de la creación descrita en los seis días
de Génesis 1-2.
Algunos miran los seis días como períodos de tiempo, más cortos o más largos
que veinticuatro horas, porque la palabra «día» a veces es usada para períodos más
largos, así como en la expresión «el día del Señor». Otros insisten, sin embargo, que,
dado que se usan los números con la palabra «día», debe aplicarse a un día de
veinticuatro horas. En este caso se presupone que Dios creó el mundo con edad
aparente, como lo hizo, por ejemplo, en la creación del hombre mismo y en el caso de
los animales. Otros, sin embargo, señalan a la sugerencia de que el tiempo
involucrado fue más largo que veinticuatro horas debido a expresiones como las de
Génesis 1: 11, donde el árbol frutal se presenta creciendo de la tierra. Mientras que
Dios podría haber creado un árbol completamente crecido, el hecho de que se diga
que crece implica un período más largo que veinticuatro horas.
Mientras que los evangélicos han diferido en la interpretación precisa del
proceso de la creación, la mayoría de los intérpretes que sostienen la inspiración e
infalibilidad de la Biblia atribuyen la presente existencia de los animales y del
hombre a la creación inmediata de Dios, y en la Escritura no hay evidencia del
desarrollo evolucionario de las especies por leyes naturales.
La Naturaleza Del Hombre
De acuerdo al testimonio de la Escritura, el hombre, en su forma humana
presente, fue creado por Dios como la conclusión y consumación de toda la creación.
Se dice del hombre que fue hecho a la imagen y semejanza de Dios (Gn. 1:26) y que
Dios respiró en él el aliento de vida (Gn. 2:7). Estas distinciones califican al hombre
por sobre todas las otras formas de vida que están sobre la tierra e indican que el
hombre es una criatura moral con intelecto, capacidad para sentir y voluntad.
Hablando en líneas generales, la creación del hombre incluyó aquello que era
material «<el polvo») e inmaterial «(el aliento de vida»). Esta doble distinción tiene
referencia al «hombre exterior» y al «hombre interior» (2 Co. 4: 16); «el vaso de
barro» y «su tesoro» (2 Co. 4: 7). Mientras que el alma y el espíritu del hombre se
presentan existiendo para siempre, el cuerpo retorna al polvo desde donde fue
formado, y el espíritu va a Dios quien lo dio (Ec. 12:7). De acuerdo a ello, la gente
puede matar el cuerpo pero no matar el alma (Mt.10:28).
El cuerpo humano del hombre es la habitación del alma y el espíritu del
hombre hasta que muera. Aunque acaba con la muerte, está sujeto a resurrección.
Esto es verdadero en cuanto a los salvos y los no salvos, aunque las resurrecciones
son diferentes. A veces el cuerpo tiene referencia como la «carne» (Col. 2:1, 5), y se
usa para el cuerpo de Cristo) (1 Ti. 3: 16; 1 P. 3: 18). Otras veces se refiere a la
naturaleza pecaminosa, la cual incluye el alma y el espíritu, como en la declaración
de Pablo que él había «crucificado la carne» (Gá.5:24). De acuerdo a ello, la carne no
debe considerarse sinónimo con el cuerpo en todos los pasajes, puesto que puede
implicar todo el hombre no regenerado. La caída del hombre en pecado puede
considerarse desde tres aspectos: 1) Adán antes de la caída, 2) Adán después de la
caída, y 3) el efecto de la caída de Adán sobre la raza humana.
Adán antes de la caída
En palabras de peculiar sencillez, la Biblia introduce en la historia al primer
hombre y a la mujer que le fue dada por compañera. Estos dos seres fueron unidos
como «una sola carne», y según el concepto divino esto es lo que constituye la
verdadera unidad. Aunque tanto el hombre como la mujer pecaron y cayeron, la
Biblia se refiere a este fracaso mutuo como a la caída del hombre. El hombre, dado
que fue hecho a la imagen de Dios, tenía una personalidad completa y la capacidad
moral de tomar decisiones. En contraste con Dios quien no puede pecar, tanto los
hombres como los ángeles podían pecar. Como fue visto en el estudio anterior sobre
los ángeles, Satanás pecó (Is. 14: 12-14; Ez. 28:15), y tras él fueron otros ángeles, de
quienes se ha escrito que «no guardaron su original estado (Jud. 6, V.M.). Debido al
hecho de que Satanás y los ángeles caídos pecaron primero, el hombre no originó el
pecado, pero se convirtió en un pecador debido a la influencia satánica (Gn. 3:4-7).
El relato de cómo pecaron Adán y Eva está revelado en Génesis 3:1-6. De
acuerdo a esto, Satanás apareció en la forma de una serpiente, una criatura la cual en
ese tiempo era un animal muy hermoso y atractivo. Como lo registra la Biblia, Dios
había dado a Adán y Eva una prohibición: ellos no deberían comer del árbol del
conocimiento del bien y del mal. De acuerdo a Génesis 2: 17, Dios dijo: «Mas del
árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres,
ciertamente morirás.» Esta prohibición relativamente simple era una prueba para ver
si Adán y Eva obedecerían a Dios.
En su conversación con Eva, Satanás introdujo esta prohibición diciéndole a
Eva: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Gn. 3:1). Lo
que quiso implicar era que Dios estaba escondiendo algo que era bueno y que El
estaba siendo muy severo innecesariamente en su prohibición. Eva le contestó a la
serpiente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del
árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para
que no muráis» (Gn. 3: 2-3).
En su respuesta Eva cayó en la trampa de Satanás al dejar fuera la palabra
«libremente» en el permiso de Dios de comer de los árboles del huerto, y también ella
dejó fuera la palabra «seguramente» en la advertencia de Dios. La tendencia natural
del hombre de minimizar la bondad de Dios y de magnificar su severidad son, desde
entonces, características familiares de la experiencia humana. Satanás
inmediatamente se aferró de la omisión de la palabra «seguramente» en cuanto al
castigo y le dijo a la mujer: «No moriréis: sino que sabe Dios que el día que comáis
de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal»
(Gn. 3:4-5). En su conversación con la mujer, Satanás se revela como el engañador.
La seguridad del castigo se desafía directamente y se niega así expresamente
la Palabra de Dios. El hecho de que comiendo del fruto sus ojos serían abiertos al
conocimiento del bien y del mal era verdad, pero lo que Satanás no reveló fue que
ellos tendrían el poder de conocer el bien y el mal sin el poder de hacer el bien. De
acuerdo a Génesis 3:6, la caída de Adán y Eva en el pecado está registrada así: «y vio
la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol
codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su
marido, el cual comió así como ella.» Si Satanás le sugirió esto a la mujer o si ella
llegó a estas conclusiones por sí misma no lo dice la Escritura.
Sin embargo, se nota aquí el modelo familiar de la tentación en tres líneas
indicadas en 1 Juan [Link] el hecho de que el fruto era bueno para comer apeló a la
«concupiscencia de la carne»; el hecho de que era «agradable a los ojos» apeló a la
«concupiscencia de los ojos»; y el poder del fruto del árbol de hacerlos sabios apeló a
la «vanagloria de la vida». Un ejemplo similar de tentación fue seguido por Satanás
en la tentación de Cristo (Mt. 4:1-11; Mr. 1:12-13; Lc. 4:1-13). Eva fue engañada en
tomar del fruto, y Adán siguió su ejemplo aunque él no fue engañado (1 Ti. 2:14).
Adán después de la caída.
Cuando Adán y Eva pecaron perdieron su bendito estado en el cual ambos
habían sido creados y vinieron a ser objeto de varios cambios trascendentales.
1. El hombre cayó bajo el dominio de la muerte espiritual y física. Dios había
dicho: «Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn. 2:17); y
esta divina sentencia se cumplió. Adán y Eva sufrieron inmediatamente la
muerte espiritual, que significa separación de Dios. Y a su debido tiempo
sufrieron también el castigo de la muerte física, que significa el acto por el
cual el alma se separa del cuerpo.
2. El juicio de Dios también cayó sobre Satanás, y la serpiente fue condenada a
arrastrarse en el suelo (Gn. 3:14) La lucha entre Dios y Satanás se describe en
Génesis 3:15 en lo que se relaciona con la raza humana, y Dios dice: ¡; «y
pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya;
ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Esto se refiere al
conflicto entre Cristo y Satanás, en el cual Cristo murió en la cruz, pero no
pudo ser retenido por la muerte, como se anticipó en la expresión «Tú le
herirás en el calcañar». Sin embargo, la última derrota de Satanás está
indicada en el hecho de que la simiente de la mujer le «herirá en la cabeza»,
esto es, infringirle una herida mortal y permanente. La simiente de la mujer se
refiere a Jesucristo, quien en su muerte y resurrección conquistó y venció a
Satanás.
3. Un juicio especial también cayó sobre Eva, la cual experimentaría dolor al dar
a luz sus hijos y se debería de someter a su esposo (Gn. 3:16). El hecho de que
se produciría la muerte haría necesario que se produjeran múltiples
nacimientos.
4. Una maldición especial cayó sobre Adán, al cual le fue asignada la dura labor
de trabajar la tierra, ahora maldita con espinos y cardos, para obtener la
comida necesaria para su continua existencia. De acuerdo con esto, la misma
creación sería cambiada por el pecado del hombre (Ro. 8:22).
Más adelante la Escritura indica cómo los efectos del pecado serían
parcialmente aliviados por medio de la salvación en el caso del hombre y por un
levantamiento parcial de la maldición en el futuro reino milenial. Adán y Eva, sin
embargo, después de la caída fueron conducidos fuera del huerto y comenzaron a
experimentar el dolor y la lucha que han caracterizado a la raza humana desde
entonces.
El efecto de la caída de Adán sobre todo el género humano
El efecto inmediato del pecado sobre Adán y Eva fue que éstos murieron
espiritualmente y llegaron a estar sujetos a la muerte espiritual. Su naturaleza se
depravó y, por tanto, la raza humana experimentaría la esclavitud del pecado. Además
del cambio de la suerte del hombre y su ambiente, la Biblia también revela una
profunda doctrina de imputación, que pone de relieve la verdad que Dios ahora acusó
a Adán con pecado y, como resultado, acusó a sus descendientes con la
responsabilidad del primer pecado de Adán.
ARREPENTIMIENTO
El arrepentimiento es obra de la Gracia de Dios que permite al hombre
reconocer su pecado. No es otra cosa que el Espíritu Santo “convenciendo” de
pecado, justicia y juicio (Jn.16.8-11). Este cambio de manera de pensar, sentir y
actuar es la expresión del “nuevo nacimiento”. El hombre salvo experimenta el
rechazo al pecado como reacción propia de su nueva naturaleza en Cristo y por la fe
vive conforme a la Justicia de Dios revelada: “como está escrito: Mas el justo por la
fe vivirá” (Ro.1.17). El hombre ya no ve a Dios como lejano y ajeno a su vida, sino
como El Salvador y dueño de su ser. Jesucristo ha pasado a ser Su Señor. Le pesa
haberle ofendido y por haber sido reconciliado por la sangre de Cristo, es su deseo
agradarle y mantener firme su profesión de fe a través de una vida rendida a él, con
una vida santa y una conducta de acuerdo a su nueva naturaleza.
Por ser justo, habiendo experimentado el haber sido justificado, siendo esta
una obra completa y perfecta, realizada una vez y para siempre en Cristo muriendo en
la Cruz del Calvario, ahora vive en el poder de Su resurrección, una nueva vida y
entra a vivir el proceso de santificación. En este proceso aprende a vivir según lo que
ahora es. Como nueva creación, según el hombre interior (Ef.16) es fortalecido con
poder por el Espíritu Santo; sin embargo, hay momentos donde es contristado cuando
comete algún pecado como expresión del “viejo hombre” (Ef.4.22), y al confesarlo a
Dios, recibe el perdón sin haber dejado de ser salvo (1 Jn.1.9).
EL EVANGELIO
El Evangelio es aceptar las buenas nuevas, que Cristo ha muerto en su lugar y
ahora le brinda gratuitamente el perdón y la vida eterna. Es aceptarle como Salvador
y Señor, confiando en Su gracia y dispuesto a vivir el poder de Su Palabra. Es
corresponder al amor de Dios, aceptando la salvación que Él ha provisto. Es tomar su
lugar como hijo en la familia de Dios. Todos los cristianos están comisionados para
evangelizar. (2 Timoteo 4:5)
LA ORACIÓN
Todo cristiano tiene el privilegio de ir directamente a Dios en oración, como
un hijo a su padre, para hablar con Él, agradecerle Sus bondades, contarle sus
problemas y recibir su ayuda y dirección. Dice la Palabra de Dios: “Hay un solo Dios
y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (l Timoteo 2:5).
También: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote...Jesús el Hijo de
Dios...acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14,16).
Por la lectura de la Biblia en oración el creyente goza diariamente de una
comunicación franca y sincera con su Padre Celestial. A su vez, sabe que la Palabra
lo orienta a unirse a sus hermanos porque la oración de “dos o tres”, como expresión
de su unidad al Cuerpo de Cristo, cuenta con un respaldo espiritual y canaliza un
poder sobrenatural (Mt.18.19,20).
LA BIBLIA
Creemos que la Santa Biblia es la única y suficiente norma a la que debe
sujetarse todo juicio, toda creencia, toda conducta, toda organización, todo
responsable.
La Biblia como la única o primaria fuente de autoridad religiosa, como una
revelación de Dios a la humanidad. La Biblia es aceptada como fidedigna y la última
autoridad en materia de fe y práctica. La historicidad de los milagros de Jesús y el
nacimiento virginal, crucifixión, resurrección y la Segunda Venida son afirmadas,
aunque hay una variedad de entendimientos del fin de los tiempos y de escatología.
Infalibilidad bíblica como palabra de Dios. (2 Timoteo 3:16)
Con respecto a la "Infalibilidad bíblica", se celebró una cumbre en Chicago en
1978 en la que se escribió la Declaración de Infalibilidad Bíblica de Chicago fue
firmada por cerca de 300 estudiosos evangélicos notables. No hay consenso absoluto
entre los evangélicos sobre la infalibilidad bíblica; sin embargo, hay una aceptación
general de la máxima autoridad de la Biblia.
Evidencia Interna
En cientos de pasajes, la Biblia declara o afirma por sí misma ser la Palabra
de Dios (Dt. 6:6-9, 17-18; Jos. 1:8; 8:32-35; 2 S. 22:31; Sal. 1:2; 12:6; 19:7-11;
93:5; 119:9, 11, 18, 89-93,97-100, 104-105, 130; Pr. 30:5-6; Is. 55:10-11; Jer.
15:16; 23:29; Dn. 10:21; Mt. 5:17-19; 22:29; Mr. 13:31; Lc. 16:17; Jn. 2:22; 5:24;
10:35; Hch. 17:11; Ro. 10:17; 1 Co. 2:13; Col. 3:16; 1 Ts. 2:13; 2 Ti. 2:15; 3:15-17;
1 P.1:23-25; 2 P.3:15-16; Ap. 1:2; 22:18).
Las Escrituras declaran, de muchas formas diversas, que la Biblia es la
Palabra de Dios y que su afirmación es clara e inteligible para cualquiera. La
afirmación constante de los escritores del Antiguo Testamento, los del Nuevo y del
propio Jesucristo, es que la Biblia es la inspirada Palabra de Dios. Por ejemplo, el
Salmo 19:7-11 declara que la Biblia es ciertamente la Palabra del Señor, y nombra
seis perfecciones, con sus seis correspondientes transformaciones de carácter
humano, que la Palabra cumple. Jesucristo declaró que la Ley tiene que ser
cumplida (Mt. 5:17-18). En Hebreos 1:1-2, no solamente se afirma que Dios habló
en el Antiguo Testamento a los profetas con palabra de Dios, sino que también lo
hizo Su Hijo en el Nuevo. La Biblia sólo puede ser rechazada Si se rechazan sus
constantes afirmaciones de ser la Palabra de Dios.
Evidencia Externa
La Biblia no sólo afirma y reclama para sí el ser la Palabra de Dios, sino que
apoya estas afirmaciones por abundantes evidencias que han convencido con
frecuencia incluso a los lectores más escépticos.
La continuidad de la Biblia. Uno de los más sorprendentes y extraordinarios
hechos respecto a las Escrituras es que, aunque fueron escritas por más de cuarenta
autores que vivieron a lo largo de un período de más de 1,600 años, la Biblia es, no
obstante, un Libro y no una simple colección de 66 libros. Sus autores proceden de
los más diversos lugares y situaciones de la vida; hay reyes, campesinos, filósofos,
hombres de Estado, pescadores, médicos, eruditos, poetas y agricultores. Vivieron
en diferentes culturas, en diferentes experiencias existenciales, y con frecuencia
fueron completamente distintos en carácter. La Biblia tiene una continuidad que
puede ser observada desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
La continuidad de la Biblia puede ser constatada en su secuencia histórica
que comienza con la creación del mundo presente hasta la de los nuevos cielos y la
nueva tierra. El Antiguo Testamento revela temas doctrinales tales como la
naturaleza del propio Dios, la doctrina del pecado, la de la salvación y el programa
y propósito de Dios para el mundo como un todo, para Israel y para la Iglesia. La
doctrina está progresivamente presentada desde sus principios en forma de
introducción, hasta su más completo desarrollo. El tipo está seguido por el antitipo,
la profecía por su cumplimiento. Uno de los temas continuados de la Biblia es la
anticipación, presentación, realización y exaltación de la persona más perfecta de la
tierra y los cielos, nuestro Señor Jesucristo. El relato de tan fascinante Libro, con su
continuidad de desarrollo, exige un milagro mucho mayor que la inspiración en sí
misma. De acuerdo con esto, los creyentes de la Escritura, si bien reconocen la
factura humana de varios de sus libros, su continuidad y su guía se deben a la
inspiración del Espíritu Santo.
La extensión de la revelación bíblica. En su manifestación de la Verdad, la Biblia es
inextinguible. Al igual que un telescopio, se adentra en el universo desde las infinitas
alturas y profundidades de los cielos, hasta la tremenda hondura del infierno y capta
las obras de Dios desde el principio hasta el fin. Como un microscopio, revela los más
diminutos detalles del plan y el propósito de Dios y la perfectísima obra de la
creación. Al igual que un estereoscopio, sitúa a todos los seres y objetos, tanto si
están en los cielos como en la tierra, en correcta relación, los unos con los otros.
La influencia y publicación de la Biblia. Ningún otro libro ha sido jamás
publicado en tantas lenguas e idiomas, por y para tan diferentes pueblos y culturas,
como la propia Biblia. Sus páginas están entre las primeras que fueron impresas
cuando se inventaron las prensas de la moderna imprenta. Millones de copias de la
Escritura han sido publicadas en todas las principales lenguas del mundo, y no hay
una sola lengua escrita que no tenga, al menos, una porción impresa de la Biblia.
Aunque los escépticos, como el francés Voltaire, infiel y herético, han predicho con
frecuencia que la Biblia quedaría relegada al olvido en el paso de una generación, e
incluso autores del siglo XX han pronosticado que la Biblia pronto sería un libro
olvidado, lo cierto es que la Biblia continúa publicándose en número creciente y en
mayor número de lenguas que antes. Otras religiones han sobrepasado a la
Cristiandad en número de seguidores, pero no han sido capaces de ofrecer ninguna
revelación escrita comparable a la Escritura.
El contenido de la Biblia. El carácter sobrenatural de la Biblia se aprecia en el
hecho de que trata tan libremente con lo desconocido y, desde luego, incognoscible,
como con lo que es conocido. Describe la eternidad en el pasado, incluyendo la
creación antes de que el hombre existiese. Se revelan la naturaleza y las obras de
Dios. En las profecías bíblicas se manifiesta la totalidad del programa divino para el
mundo, para Israel y para la iglesia, culminando en esta última, que es eterna. En
cada materia presentada y descrita, sus declaraciones son decisivas, concretas y
están al margen del tiempo. Su naturaleza comprensiva ha hecho a sus lectores
sabios en la verdad que se relata tanto en el tiempo como en la eternidad.
La Biblia como literatura. Considerada como obra literaria, la Biblia es también
algo supremo. No solamente contiene la historia gráfica, sino la profecía en detalle,
la más bella poesía y el drama, relatos de amor y de guerra, las especulaciones de la
filosofía y cuanto se relaciona con la verdad bíblica. La variedad de la producción
de sus autores está contrastada por la multiplicidad de sus materias. Ningún otro
libro de literatura tiene tantos lectores apasionados de todas las edades y de todos
los grados de inteligencia y Erudición.
La autoridad sin prejuicios de la Biblia. El carácter humano de los autores de la
Biblia, carece de prejuicios en favor del hombre. La Biblia registra y señala, sin
vacilar, el pecado y la debilidad de los mejores hombres, y advierte gráficamente a
aquellos que confían en sus propias virtudes de su condenación final. Aunque
escrito por humanos, es un mensaje de Dios hacia el hombre, más bien que un
mensaje del hombre para el hombre. Aunque algunas veces habla de cosas
terrenales y de experiencias humanas, también describe con claridad y autoridad
cosas tanto de los cielos como de la tierra, visibles o invisibles; revelando hechos
acerca de Dios, de los ángeles, los hombres, del tiempo y de la eternidad; de la vida
y la muerte, del pecado y la salvación, del cielo y del infierno. Semejante libro no
podría haber sido escrito por el hombre -si hubiese tenido que elegir hacerlo, y aun
de haber podido, nunca habría querido hacerlo- al margen de la divina dirección.
Por tanto, la Biblia, aunque escrita por hombres, es un mensaje que procede de
Dios, con la certeza, la seguridad y la paz que sólo Dios puede proporcionar.
El carácter supremo de la Biblia. Por encima de todo lo dicho anteriormente, la
Biblia es un libro sobrenatural que revela la persona y la gloria de Dios manifestada
en Su Hijo. Tal persona, Jesucristo, jamás pudo haber sido la invención de un
hombre mortal, ya que Sus perfecciones nunca podrían haber sido comprendidas ni
por los hombres más sabios y santos de esta tierra. El supremo carácter de la Biblia
está apoyado por su revelación del carácter supremo en la persona de Jesucristo.
Como consecuencia de la combinación de las cualidades sobrenaturales y
procedentes del hombre que entran en la composición de la Biblia, puede observarse
una similitud entre la Biblia como la Palabra escrita y el Señor Jesucristo como el
Verbo viviente. Ambas son sobrenaturales en origen, presentando una mezcla
inescrutable y perfecta de lo que es divino y de lo que es humano.
Ambas también ejercen un poder de transformación sobre aquellos que
creen, e igualmente permitido por Dios como algo negativo y rechazado por los que
no creen. Las perfecciones divinas, impolutas y en toda su grandeza que no sufre la
menor disminución, están inmersas en ambos aspectos. Las revelaciones que
muestra son igualmente tan simples como la capacidad mental de un niño, y tan
complejas como los infinitos tesoros de la divina sabiduría y el divino
conocimiento, sostenidas por el Dios que las ha revelado.
La Biblia es el único libro escrito por inspiración de Dios, en el sentido de
que Dios ha guiado personalmente a sus escritores. La inspiración de la Biblia se
define como una enseñanza que Dios ha impartido directamente a sus autores y que,
sin destruir ni anular su propia individualidad, su estilo literario o intereses
personales, Dios ha transmitido en la misma Su completo e íntimo pensamiento, y
así ha quedado registrado por sus autores humanos.
Se declara que la Escritura es infalible en el sentido de ser precisa e inmune
a todo error. También se declara que la Escritura es inerrable, significando con ello
que la Biblia no contiene ningún error, como declaración de hecho. Se sostiene que
la guía perfecta y sobrenatural de Dios es suministrada a toda palabra de la
Escritura, de tal forma que la Biblia pueda ser considerada como una precisa y
exacta declaración de la verdad divina.
Se ofrecen dos líneas de evidencia que apoyan la conclusión de que la Biblia
es la Palabra de Dios: 1) la evidencia interna; los hechos hallados en la propia Biblia
y la propia afirmación de la Biblia concerniente a su origen divino; 2) la evidencia
externa; la naturaleza de los hechos dados en la Escritura, que apoyan su carácter
sobrenatural.
Pasajes Importantes Sobre La Inspiración Bíblica
Uno de los pasajes fundamentales sobre la inspiración de la Biblia se
encuentra en 2 Timoteo 3:16, donde se afirma: «Toda la Escritura es inspirada por
Dios, y útil para enseñar, para reargüir, para corregir, para instruir en justicia.» Por
«Escritura» el apóstol se refiere a las «Sagradas Escrituras» mencionadas en 2
Timoteo 3:15, incluyendo tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento.
La expresión «inspirada por Dios» es una palabra que se halla en el Nuevo
Testamento griego, [Link], que significa «el aliento de Dios». Con esto se
quiere significar definitivamente que la Escritura procede de Dios y por este hecho
tiene la misma perfección que caracteriza al propio Dios. Sería absolutamente
imposible para Dios el ser el autor del error. La inspiración se extiende no tanto a
los autores como a la Palabra de Dios en sí misma. En tanto que los autores eran
falibles y sujetos a error, el aliento de Dios insufló a tales autores Su infalible
Palabra, dirigiéndoles con Su divino poder, y lo que está escrito por ellos fue
ciertamente la infalible Palabra de Dios. Y porque es la Palabra de Dios, es
provechosa para la doctrina o la enseñanza, y para reprobación, corrección e
instrucción en la justicia.
Una de las importantes cuestiones que surge con frecuencia es: ¿Cómo pudo
Dios inspirar la Escritura siendo así que, de una parte, permite su factura humana y,
de otra, se produce la inspirada Palabra de Dios sin error? La cuestión de cómo Dios
lleva a cabo un acto sobrenatural es siempre inescrutable; sin embargo, se puede
captar alguna luz sobre el particular en 2 Pedro 1:21, donde, en relación con una
profecía de la Escritura, se declara: «Porque nunca la profecía fue traída por
voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados
por el Espíritu Santo.» Tanto si se trataba de profetas verbales o de profetas que lo
pusieron por escrito, la explicación es que ellos fueron «movidos e impulsados por
el Espíritu Santo». La traducción de la palabra «movido» es la que corresponde a
llevar un peso, un cometido. En esta declaración, pues, los autores humanos son
llevados hacia un destino y un objetivo deseado por Dios, de la misma forma que un
barco lleva a sus pasajeros hacia su destino final. Aunque los pasajeros que viajan
en un barco tienen una cierta libertad humana y pueden moverse libremente dentro
de la nave, no pueden evitar que, de una forma segura y decidida, la nave vaya a su
destino marcado de antemano.
Si bien esta explicación no es completa para ilustrar la inspiración, pues su
clarificación está más allá de la comprensión humana, se hace patente que los
autores humanos no quedaron en libertad de cumplir sus propios designios, ni
ejercieron, por tanto, su personal propósito. Dios actuaba dentro de ellos,
insuflándolos Sus pensamientos y utilizándoles como canales adecuados para la
consecución de tal obra. Es indudable que alguna parte de la Escritura estuvo
dictada expresamente por Dios, como, por ejemplo, la entrega de la Ley en Éxodo
20:1-17. Una y otra vez el Antiguo Testamento declara que «Dios dijo» (Gn. 1:3).
Otra expresión frecuente es que «llegó la palabra del Señor» a uno de los profetas
(cf. Jer. 1:2; Os. 1:1; Jon. 1:1; Mi. 1:1; Sof. 1:1; Hag. 1:1; Zac. 1:1).
En otras situaciones Dios habló mediante visiones O sueños (Dn. 2:1), o
apareció en forma de visión (Dn. 7:1). Aunque pudieran variar las formas y las
circunstancias de la divina revelación, en todas ellas Dios habla con una perfecta
autoridad, una absoluta precisión y de forma inerrable. Por todo esto, la Palabra de
Dios participa de la misma cualidad de verdad absoluta, propia de la persona y el
carácter del propio Dios. Aunque se han realizado intentos para minar y destruir la
Biblia, para aquellos que buscan la verdad respecto a Dios continúa siendo la sola
fuente de autoridad inerrable de la. Revelación divina.
Hay que recordar las siguientes reglas
a) El autor de la Biblia, el Espíritu Santo, es su mejor intérprete. Él debe guiar
todo estudio sincero de ella. También la Biblia misma es el segundo mejor
intérprete: lo que no está muy claro en un pasaje, se clarifica más adelante en
otros pasajes, o debe interpretarse a la luz de todo el contexto general de ella.
b) Es una norma de la hermenéutica, o conjunto de reglas para la interpretación
bíblica, que ninguna doctrina debe basarse en un solo versículo aislado. Para
aceptar una doctrina, debe aparecer por lo menos en tres pasajes diferentes de
la Biblia.
c) Ninguna revelación que pretenda ser de Dios puede contradecir lo que ya se
ha revelado en las Sagradas Escrituras.
Porque creer en la biblia
Su poder se ha manifestado en las vidas transformadas de millones de
personas que han puesto su confianza en las palabras y las promesas de la Escritura.
LA SANA DOCTRINA BÍBLICA NOS SIRVE PARA:
Guardarnos de no incluir en nuestra fe y prácticas, elementos que no estén
debidamente basados en las Sagradas Escrituras.
Responder a los de otras creencias que nos demandan razón de nuestra fe, al
comparar lo que ellos creen con lo que creemos.
Discipular debidamente a quienes llegan a nuestra iglesia después de años de
esclavitud en el ateísmo o las religiones.
Reconocer si las enseñanzas en la televisión, radio, himnos, literatura,
predicaciones... tienen bases bíblicas o no.
¿QUÉ ES LA DOCTRINA CRISTIANA?
Es el conjunto de principios o enseñanzas sobre fe y práctica, en los cuales se
basa la institución de la Iglesia, basados estrictamente en la Palabra de Dios, revelada
a nosotros por el Espíritu Santo. II Timoteo 3:16, dice: "Toda la Escritura es inspirada
por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a
fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena
obra".
¿QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LA SANA DOCTRINA EN LAS IGLESIAS?
1. Los discípulos permanecían en los principios básicos". Hechos 2:42,
"Perseveraban en la doctrina de los apóstoles".
2. Pablo aconseja ser firmes en lo que creemos: Efesios 4:14, "Para que ya no
seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina,
por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las
artimañas del error".
3. Pablo aconseja retener lo enseñado por él: II Tesalonicenses 2:15, "Retened la
doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra".
4. Pablo dejó a Timoteo en Éfeso para preservar la sana doctrina: I Timoteo 1:3,
"Para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina". I Timoteo
3:14, "Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de
quien has aprendido".
5. La ley fue dada para sujetar a los desobedientes: I Timoteo 1:10, "Y para
cuanto se oponga a la sana doctrina".
6. El Espíritu reveló en la Palabra que: I Timoteo 4:1, "En los postreros tiempos
algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas
de demonios".
7. Se profetizó sobre tiempos peligrosos: II Timoteo 4:3, "Cuando no sufrirán la
sana doctrina, sino teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros
conforme a sus propias concupiscencias".
8. Un buen ministro de Jesucristo está: I Timoteo 4:6, "Nutrido con las palabras
de la fe y de la buena doctrina".
9. Pablo recomienda a su discípulo, el joven Timoteo: I Timoteo 4:16, "Ten
cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te
salvarás a ti mismo y a los que te oyen".
10. Pablo aconseja a Tito: Tito 2:1, "Tú habla lo que está de acuerdo con la sana
doctrina".
11. El autor de Hebreos aconseja: Hebreos 13:9, "No os dejéis llevar de doctrinas
diversas".
12. El apóstol Juan también advierte: II Juan 9, "Cualquiera que se extravía, y no
persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la
doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo".
SATANÁS SU PERSONALIDAD
En Ezequiel 28:11-19 leemos la lamentación que se dirige al «Rey de Tiro»;
pero si bien es cierto que este pasaje podía tener una aplicación inmediata y parcial al
rey de esa ciudad, es evidente también que las palabras del profeta tienen en vista al
ser que es supremo entre todas las criaturas de Dios, pues del personaje aquí
mencionado se dice que «está lleno de sabiduría, y acabado en hermosura»; que había
estado «en Edén, en el huerto de Dios» (probablemente el primitivo Edén de la
creación original de Dios, y no el Edén de Génesis 3); que fue creado según el plan
divino y ungido como el querubín sobre el monte santo, el cual, de acuerdo al
simbolismo bíblico, representa el trono o el centro donde Dios ejerce su poder en el
gobierno de todas las cosas. Esta descripción, que no podría corresponder a la persona
y experiencia de ninguno de los reyes de Tiro, es posible aplicarla solamente a
Satanás, tal como él era antes de su pecado y de su correspondiente caída del lugar
que había ocupado.
Satanás desempeña todas las funciones de una persona
De las muchas porciones bíblicas que ponen de relieve la personalidad de
Satanás pueden notarse las siguientes:
a) Isaías 14: 12-17. Contemplando a Satanás como si estuviera ya terminada su
carrera y como si hubiera sido ya definitivamente juzgado en el fin de los
tiempos, el profeta le da el título de «Lucero, hijo de la mañana», y lo trata
como a un ser que ha caído de su estado original y de su primitiva gloria. El
que «debilitaba a las naciones» (v. 12) es también culpable de haber opuesto
su propia voluntad a la de Dios en cinco particulares aquí revelados; y tanto
en este pasaje como en Ezequiel 28:15 se dice que el pecado de Satanás fue un
propósito secreto que estaba escondido en lo profundo de su corazón, pero que
Dios lo descubrió y lo reveló (cf. 1 Ti. 3:6).
b) Génesis 3:1-15. Es por los eventos narrados en este pasaje que Satanás recibió
el título de «Serpiente», ya que fue por medio de la serpiente que él se
manifestó a Adán y Eva. Cada palabra por él pronunciada y cada designio que
él revela en esta historia de la caída de nuestros primeros padres es una
evidencia de la personalidad de Satanás (cf. 2 Co. 11:3, 13-15; Ap. 12:9;
20:2).
c) Job 1:6-12; 2:1-13. Una revelación peculiar de estos pasajes es que Satanás
tiene acceso a Dios (cf. Lc. 22:31; Ap. 12:10) tanto como a los hombres (Ef.
6:10-12; 1 P. 5:8), y que él manifiesta todas las características de una
verdadera personalidad.
d) Lucas 4:1-13. La personalidad de Satanás se revela también cuando se
enfrenta en el desierto con el Hijo de Dios, quien es el postrer Adán. El que
había ambicionado ser «semejante al Altísimo» (Is. 14:14) y que había
recomendado este mismo propósito al primer hombre (Gn. 3:5), está ahora
ofreciendo todas sus posesiones terrenales a Cristo, con la condición de que El
se postre a adorarlo. La autoridad y el poder que Cristo rechaza en esta
ocasión serán recibidos y ejercidos en el futuro por el personaje que las
Escrituras denominan el Hombre de Pecado (2 Ts. 2:8-10; 1 Jn. 4:3).
e) Efesios 6:10-12. La táctica de Satanás y su lucha contra los hijos de Dios se
presentan en este pasaje como una prueba positiva de la personalidad de tan
poderoso enemigo. Las Escrituras no dicen que Satanás esté guerreando
contra los hombres no regenerados; ellos le pertenecen y, por lo tanto, están
bajo su autoridad (Jn. 8:44; Ef. 2:2; 1 Jn. 5:19).
La Obra de Satanás
Isaías 14:12-17 es uno de los muchos pasajes que dan testimonio acerca de la
obra de Satanás. Este pasaje revela el original y supremo propósito de Satanás. El
deseaba ascender al cielo, exaltar su trono sobre las estrellas de Dios y ser semejante
al Altísimo. En la consecución de este fin él echaría mano de sabiduría y poder
inmensurables; debilitaría las gentes; haría temblar la tierra; trastornaría los reinos;
convertiría el mundo como un desierto; asolaría las ciudades y rehusaría poner en
libertad a sus presos. Aunque cada una de estas declaraciones es en sí aterradora, hay
entre ellas dos que merecen especial atención:
«Seré semejante al Altísimo» (v. 14). Esta expresión indica el principal motivo que
le guía en todas sus actividades después de su caída. Según lo que tenemos revelado
en las Escrituras, el curso de las actividades de Satanás después de su caída moral
puede trazarse solamente siguiendo la línea de lo que ha sido su motivo supremo:
«ser semejante al Altísimo». Este fue el propósito que con toda seriedad él
recomendó a Adán y Eva (Gn. 3:5), y al aceptar el ideal satánico, ellos se
independizaron de Dios, quedaron dependiendo de sus propios recursos y el centro de
su vida llegó a ser su propio yo.
Además, esta actitud de Adán y Eva llegó a ser su misma naturaleza, la cual
han transmitido a su posteridad, al grado de que todos sus descendientes son llamados
«hijos de ira» (Ef. 2:3; 5:6; Ro. 1:18), y ellos deben nacer otra vez (Jn. 3:3), y cuando
ya son salvos, tienen que pasar por grandes conflictos si desean rendir su vida
completamente a la voluntad de Dios. También el deseo de Satanás de ser «semejante
al Altísimo» se ve en su pasión de ser adorado por Cristo (Lc. 4:5-7). Cuando por un
breve momento el Hombre de Pecado «se asiente en el templo de Dios como Dios,
haciéndose parecer Dios» (2 Ts. 2:3-4; Dn. 9:27; Mt. 24:15; Ap. 13:4-8), el propósito
supremo de Satanás se habrá realizado bajo la voluntad permisiva del Señor.
«A sus presos nunca abrió la cárcel» (v. 17). Esta expresión se refiere al poder
presente de Satanás tanto sobre los inconversos como a su incapacidad para ayudarles
en su eterno juicio. Toda la profecía de donde se extrae esta declaración trata de lo
que será la obra de Satanás ya consumada, en los días de su juicio final. No puede
dudarse .de que en esta profecía hay mucho que tendrá su cumplimiento en el futuro;
sin embargo, sabemos que actualmente el diablo está haciendo todo lo que puede para
impedir que los no salvos sean libertados del poder de las tinieblas y trasladados al
reino del amado Hijo de Dios (Col. 1: 13). Satanás anima a «los hijos de
desobediencia» (Ef. 2:2), ciega la mente de los hombres para que no les resplandezca
la luz gloriosa del Evangelio (2 Co. 4: 3-4) y mantiene al mundo inconsciente en sus
brazos (1 Jn. 5:19, V.M.).
Se revela asimismo que, como parte de su estrategia, Satanás procurará imitar
las cosas de Dios, lo cual va muy de acuerdo con su propósito de ser «semejante al
Altísimo». Por lo tanto, él promoverá la creación y difusión de muchos sistemas
religiosos (1 Ti. 4:1-3; 2 Co. 11:13-15). Y en relación con esto es necesario recordar
que Satanás puede promover ciertas formas de religión que estén basadas en ciertos
textos extraídos de la Biblia, que exalten a Cristo como un caudillo e incorporen
todos los aspectos de la fe cristiana, con la excepción de uno solo: la doctrina de la
salvación por la sola gracia de Dios, a base de la sangre derramada por Cristo en la
cruz. Tales errores satánicos están presentes en el mundo el día de hoy y multitudes
son engañadas por ellos. Debemos poner a prueba esos sistemas religiosos por la ac-
titud que ellos adoptan hacia la gracia divina que salva a través de la sangre eficaz del
Cordero de Dios (Ap. 12:11). Asimismo debe recordarse que los hijos de Dios no son
atacados por «carne» o «sangre», sino que su conflicto se desarrolla en la esfera de su
relación celestial con Cristo.
El Destino de Satanás
La Palabra de Dios es tan explícita al referirse a la carrera y destino de Satanás
como lo es cuando nos habla del origen de este ser extraordinario. Hay contra Satanás
cinco juicios progresivos que podemos distinguir en las Escrituras:
1. La caída moral de Satanás. Aunque el tiempo de este evento, que aconteció en
el remoto pasado, no se nos ha revelado, la caída moral de Satanás y su
consecuente separación de Dios se indican claramente en las páginas de la
Biblia (Ez. 28:15; 1 Ti. 3:6). Es evidente, no obstante, que él no perdió su
posición celestial, ni la mayor parte de su poder, ni su acceso a Dios.
2. El juicio de Satanás en la cruz. Por medio de la cruz Satanás fue juzgado de
una manera completa (Jn. 12:31; 16:11; Col. 2:14-15); pero la ejecución de la
sentencia queda pendiente todavía para el futuro. En el jardín del Edén Dios
predijo esta sentencia y su respectiva ejecución (Gn. 3:15).
3. Satanás será arrojado del cielo. A mediados de la Gran Tribulación y como
resultado de una guerra en el cielo, Sa- tanás será arrojado de las alturas y
limitado en sus activi- dades tan sólo a la tierra. Entonces él actuará con
grande ira, sabiendo que no tendrá sino un poco de tiempo para continuar su
obra (Ap. 12:7-12; cf. también Is. 14:12; Lc. 10:18).
4. Satanás será confinado al abismo. Durante los mil años del reino de Cristo
sobre la tierra Satanás estará atado en el abismo; pero después será suelto por
«un poco de tiempo» (Ap. 20:1-3, 7). El propósito para confinarle al abismo
es para hacer imposible que actúe y continúe engañando a las naciones.
5. La condenación final de Satanás al final del milenio. Después de haber
promovido una rebelión en contra de Dios, durante el «poco de tiempo» que
estará en libertad, Satanás será lanzado en el lago de fuego para ser
atormentado día y noche para siempre jamás (Ap. 20:10).
EL PECADO
Las Escrituras mencionan tres grandes imputaciones: 1) El pecado de Adán es
imputado a su posteridad (Ro. 5: 12-14) ; 2) el pecado del hombre es imputado a
Cristo (2 Co. 5: 21) ; y 3) la justicia de Dios imputada a los que creen en Cristo (Gn.
15:6; Sal. 32:2; Ro. 3:22; 4:3,8,21-25; 2 Co. 5:21; Flm. 17-18).
Es obvio que se efectuó un traspaso de carácter judicial del pecado del hombre
a Cristo, quien llevó sobre su cuerpo en el madero el pecado del género humano.
«Más Jehová cargó en El el pecado de todos nosotros» (Is. 53:5; Jn. 1:29; 1 P. 2: 24;
3: 18). De igual manera hay un traspaso de carácter judicial de la justicia de Dios al
creyente (2 Co. 5:21), puesto que no podía haber otro fundamento de justificación o
aceptación delante de Dios. Esta imputación pertenece a la nueva relación espiritual
que el creyente disfruta con Dios en la esfera de la nueva creación.
Así, también los hechos de la antigua creación son traspasados de manera real
a aquellos que por generación natural están «en Adán». Ellos poseen la misma
naturaleza de Adán, y se dice, además, que ellos han pecado en él. Esto es un hecho
tan real que llega a ser en sí mismo la base suficiente del juicio divino decretado en
contra del pecado; al igual que la imputación de la justicia de Dios en Cristo es el
fundamento satisfactorio para la justificación. Y el resultado es el juicio de Dios
sobre todos los hombres, ya sea que. ellos hayan pecado o no según la transgresión de
Adán. A pesar de que los hombres sostengan, como generalmente lo hacen, que ellos
no son responsables del pecado de Adán, la revelación divina afirma que, debido a los
efectos trascendentales de la relación representativa que todos los seres humanos
tienen con Adán, el pecado original del primer hombre es inmediata y directamente
imputado a todos los miembros de la raza, con la invariable sentencia de muerte
descansando sobre todos ellos (Ro. 5:12-14).
La caída de los hombres no se efectúa cuando cometen su primer pecado;
ellos han nacido ya en pecado, como criaturas caídas, procedentes de Adán. Los
hombres no se convierten en pecadores por medio de la práctica del pecado, sino que
ellos pecan debido a que por naturaleza son pecadores. Ningún niño necesita que se le
enseñe a pecar, pero cada niño tiene que ser estimulado a realizar el bien.
La pena que descansa sobre la antigua creación es: 1) muerte física, por la cual
el alma se separa del cuerpo; 2) muerte espiritual, la cual, semejante a la de Adán, es
el estado presente de los perdidos y la separación entre el alma y Dios (Ef. 2:1; 4:18-
19); y 3) la segunda muerte, o sea, la eterna separación entre el alma y Dios y la
expulsión de los perdidos de la presencia de El para siempre (Ap. 2:11; 20:6,14;
21:8).
La Doctrina Bíblica del Pecado
Reconociendo que hay varios pecados definidos en la Palabra de Dios,
llegamos, a base de las Escrituras, a la conclusión de que el pecado es cualquier falta
de conformidad al carácter de Dios, ya sea en obra, disposición o estado. En la
Palabra de Dios se definen varios pecados, como se ilustran, por ejemplo, en los Diez
Mandamientos que Dios dio a Israel (Ex. 20:3-17). El pecado es tal porque es
diferente de lo que Dios es, y Dios es eternamente Santo. El pecado siempre es contra
Dios (Sal. 51:4; Lc. 15:18), aun cuando pueda ser dirigido contra seres humanos. Una
persona que peca es, de acuerdo a ello, sin semejanza a Dios y sujeta al juicio de
Dios. La doctrina del pecado se presenta en cuatro aspectos en la Biblia:
El Pecado Personal (Ro. 3:23) es la forma de pecado que incluye todo lo que en la
vida diaria está en contra o fracasa en conformidad con el carácter de Dios. Los
hombres son conscientes con frecuencia de sus pecados personales, y los pecados
personales pueden tomar una gran variedad de forma. Hablando en forma general, el
pecado personal se relaciona con algún mandamiento particular de Dios en la Biblia.
Incluye el aspecto de rebelión o desobediencia.
La Naturaleza Pecadora del Hombre (Ro. 5:19; Ef. 2:3) es otro aspecto importante
del pecado tal como se revela en la Biblia. El pecado inicial de Adán le llevó a la
caída, y en la caída él se volvió un ser completamente diferente, depravado y
degenerado y sólo capaz de engendrar seres caídos como él mismo. Por lo tanto, cada
hijo de Adán es nacido con la naturaleza adámica.
También se presenta en la Biblia el pecado como imputado o computado en
nuestra cuenta (Ro. 5:12-18). Como se vio en conexión con la caída del hombre en
el capítulo anterior, hay tres imputaciones principales presentadas en las Escrituras: a)
la imputación del pecado de Adán a su descendientes, en cuyo hecho se basa la
doctrina del pecado original; b) la imputación del pecado del hombre a Cristo, en
cuyo hecho está basada la doctrina de la salvación; y c) la imputación de la justicia de
Dios en aquellos que creen en Cristo, en cuyo hecho se basa la doctrina de la
justificación.
La imputación puede ser tanto a) actual, o b) judicial. La imputación actual es
poner en la cuenta de alguien algo que originalmente ya pertenecía al deudor. Aunque
Dios pueda hacer esto en su justicia, por la obra reconciliadora de Cristo Dios no está
ahora imputando al hombre el pecado, el cual es suyo desde un principio (2 Co. 5:19).
La imputación judicial es cargar a la cuenta de alguien algo que no pertenece al
deudor (Flm. 18).
Aunque ha habido desacuerdo en cuanto a si la imputación del pecado de
Adán a cada miembro de la raza es actual o judicial, Romanos 5:12 declara
claramente que la imputación es actual, en vista de la cabeza representativa; la
posteridad de Adán pecó cuando él pecó.
Los próximos dos versículos (Ro. 5:13-14) se han escrito para probar que no
es una referencia a pecados personales (cf. He. 7:9-10). Sin embargo, Romanos 5:17-
18 implica que su imputación también es judicial, puesto que se establece que por el
pecado de un hombre vino juicio sobre todos los hombres. Sólo el pecado inicial de
Adán está en cuestión. Su efecto es la muerte, tanto para Adán, así como de Adán
hacia los miembros de la Humanidad. La cura divina provista para el pecado
imputado es el don de Dios, lo cual es vida eterna a través de Jesucristo.
El estado judicial resultante de pecado para toda la raza humana también se
presenta en la Escritura. Por consideración divina el mundo entero, incluyendo
judíos y gentiles, está ahora «bajo pecado» (Ro. 3:9; 11:32; Gá. 3:22). Estar bajo
pecado es estar contado desde el punto de vista divino sin ningún mérito que pueda
contribuir a la salvación. Puesto que la salvación es solamente por gracia y la gracia
excluye todos los méritos humanos, Dios ha decretado, con respecto a la salvación de
los hombres, que sea «bajo pecado», o sin ningún mérito. Este estado bajo pecado
sólo es remediado cuando el individuo, a través de las riquezas de la gracia, es
contado para permanecer en los méritos de Cristo.
Las Escrituras distinguen cuatro aspectos de la justicia
Dios es Justo
Esta justicia de Dios es invariable e inmutable (Ro. 3:25, 26). Él es
infinitamente justo en su propio Ser e infinitamente justo en todos sus caminos. Dios
es justo en su Ser. Es imposible que Él se desvíe de su propia justicia, ni siquiera
como por una <<sombra de variación>> (Stg. 1:17). Él no puede mirar el pecado con
el más mínimo grado de tolerancia. Por consiguiente, puesto que todos los hombres
son pecadores, tanto por naturaleza como por práctica, el juicio divino ha venido
sobre todos ellos para condenación. La aceptación de esta verdad es vital para llegar a
un correcto entendimiento del evangelio de la gracia divina.
Dios es justo en sus caminos. Debe también reconocerse que Dios es incapaz
de considerar con ligereza o con ánimo superficial el pecado, o de perdonarlo en un
acto de laxitud o debilidad moral. El triunfo del evangelio no radica en que Dios haya
tratado con lenidad o blandura el pecado; sino más bien en el hecho de que todos los
juicios que la infinita justicia tenía necesariamente que imponer sobre el culpable, el
Cordero de Dios los sufrió en nuestro lugar, y que este plan que procede de la mente
del mismo Dios es, de acuerdo a las normas de su justicia, suficiente para la salvación
de todo el que cree en Él. Por medio de este plan Dios puede satisfacer su amor
salvando al pecador sin menoscabo de su justicia inmutable; y el pecador, que en sí
mismo está sin ninguna esperanza, puede verse libre de toda condenación (Jn. 3:18;
5:24; Ro. 8:1; 1 Co. 11:32).
La Autojusticia Del Hombre
En completa armonía con la revelación de que Dios es justo tenemos la
correspondiente declaración de que ante la mirada de Dios la justicia del hombre (Ro.
10:3) es como <<trapo de inmundicia>> (Is. 64:6). Aunque el estado pecaminoso del
hombre se revela constantemente a través de las Escrituras, no hay descripción más
completa y final que la que se encuentra en Romanos 3:9-18; y debe notarse que,
como en el caso de otras evaluaciones bíblicas del pecado, tenemos aquí una
descripción del pecado como Dios lo ve. Los hombres han establecido normas para la
familia, la sociedad y el estado; pero ellas no son parte de la base sobre la cual él ha
de ser juzgado delante de Dios. En su relación con Dios los hombres no son sabios
comparándose consigo mismos (2 Co. 10:12). Porque no están perdidos solamente
aquellos que la sociedad condena, sino los que están condenados por la inalterable
justicia de Dios (Ro. 3:23). Por lo tanto, no hay esperanza alguna fuera de la gracia
divina; porque nadie puede entrar en la gloria del cielo si no es aceptado por Dios
como lo es Cristo. Para esta necesidad del hombre Dios ha hecho una provisión
abundante.
La Justicia Imputada de Dios
La justicia imputada es la base de la justificación. De acuerdo a su uso en el
Nuevo Testamento, las palabras <<justicia>> y <<justificar>> vienen de la misma
raíz. Dios declara justificado para siempre a aquel que Él ve en Cristo. Este es un
decreto equitativo, ya que la persona justificada está vestida de la justicia de Dios. La
justificación no es una ficción o un estado emotivo; sino más bien una consideración
inmutable en la mente de Dios. Al igual que la justicia imputada, la justificación es
por fe (Ro. 5:1), por medio de la gracia (Tit. 3:4-7), y se hace posible a través de la
muerte y resurrección de Cristo (Ro. 3:24; 4:25). Es permanente e inmutable, pues
descansa solamente en los méritos del eterno Hijo de Dios. La justificación es más
que el perdón, porque el perdón es la cancelación de la deuda del pecado, mientras
que la justificación es la imputación de justicia. El perdón es negativo (supresión de
la condenación), en tanto que la justificación es positiva (otorgamiento del mérito y
posición de Cristo).
La Justicia Impartida por el Espíritu
Lleno del Espíritu, el hijo de Dios producirá las obras de justicia (Ro. 8:4) del
«fruto del Espíritu» (Ga. 5:22-23) y manifestará los dones para el servicio que le han
sido dados pon el Espíritu (1 Co. 12:7). Se establece claramente que estos resultados
se deben a la obra que el Espíritu realiza en y a través del creyente. Se hace
referencia, por tanto, a un modo de vida que en un sentido es producido por el
creyente; mejor dicho, es un modo de vida producido a través de él por el Espíritu.
Para aquellos que <<no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu>>, la
justicia de la ley, la cual en este caso significa nada menos que la realización de toda
la voluntad de Dios para el creyente.
La salvación como el remedio de Dios para el pecado
Aun cuando se hacen ciertas distinciones en la doctrina bíblica del pecado,
hay dos hechos universales que deben considerarse en primer lugar:
1. El pecado es siempre condenable, ya sea que lo cometa el salvaje o el
civilizado, el no regenerado o el regenerado. Aunque puede haber diferentes
grados de castigo para el pecador (Lc. 12:47-48), todo pecado es
invariablemente «pecaminoso» en sí mismo, porque constituye una ofensa
contra la santidad de Dios.
2. El único remedio para el pecado está en la sangre derramada del Hijo de Dios.
Esto es tan cierto cuando se trata de los que por medio de sacrificios de
animales anticiparon la muerte de Cristo en la cruz, como lo es de aquellos
que por fe miran ahora retrospectivamente hacia el sacrificio del Cordero de
Dios.
Si la pena del pecado puede ser remitida es porque hubo otro que en su
carácter de sustituto satisfizo todas las demandas que la justicia divina tenía contra el
pecador. En el antiguo orden, el pecador no era perdonado sino hasta que el sacerdote
había presentado el sacrificio cruento para expiación, el cual anticipaba la muerte de
Cristo en la cruz (Lv. 4:20, 26, 31, 35; 5:10, 13, 16, 18; 6:7; 19:22; Nm. 15:25-26,
28). Y después que el sacrificio del Hijo de Dios se ha consumado, prevalece la
misma verdad tocante a que su sangre derramada en el Calvario es la base del perdón
para todo pecador. Este es el testimonio de la Palabra de Dios:«En quien tenemos
redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia» (Col.
1:14; Ef. 1:7).
La muerte vicaria de Cristo es infinitamente perfecta en su eficacia redentora,
y, por lo tanto, el pecador que confía en Él es no solamente perdonado, sino también
justificado para siempre (Ro. 3:24). Dios nunca ha tratado el pecado con lenidad. Al
pecador no se le impone ninguna carga por el perdón; pero si es perdonado se debe
tan sólo a que el castigo divino por el pecado cayó con todo su rigor sobre el Cordero
de Dios (1 P.2:24; 3:18).
El pecado antes de la cruz y después de la cruz
Se dice que el método divino de tratar con el pecado antes de La cruz fue la
expiación. Según su uso bíblico, la palabra «expiación» significa sencillamente
«cubrir». «La sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los
pecados» (He. 10:4). La sangre del sacrificio indicaba de parte del que lo ofrecía su
reconocimiento de la justa pena de muerte impuesta sobre el pecador (Lv. 1:4); y de
parte de Dios era una anticipación de la sangre eficaz que Cristo derramara en la cruz.
Por el hecho de simbolizar la sangre derramada de Cristo, la sangre de la expiación
servía para cubrir el pecado como en un pacto de promesa hasta el día cuando Cristo
viniera a tratar en forma definitiva con el pecado del mundo.
Hay en el Nuevo Testamento dos pasajes que arrojan luz sobre el significado
de la palabra antiguo testamentaria expiación.
a) En Romanos 3:25 la palabra «remisión» tiene el significado de «pasar por
alto», y es en relación con este significado que se declara que Cristo demostró
en su muerte que Dios había sido justo en pasar por alto los pecados
cometidos antes de la cruz y por los cuales la sangre de los sacrificios se había
vertido. Dios había prometido enviar al Cordero que sería capaz de quitar el
pecado del mundo, y en base de esta gran promesa había perdonado el pecado
antes de la cruz. Por consiguiente, por medio de la muerte de Cristo quedó
plenamente demostrado que Dios ha sido justo en todo lo que Él ha
prometido.
b) En Hechos 17:30 se afirma que Dios «pasó por alto» los tiempos de esta
ignorancia.
En Romanos 3:26 se declara cuál ha sido el método divino de tratar con el
pecado después de la cruz. Cristo ha muerto. El valor de su sacrilegio no es ya un
asunto de expectación que debe tomarse coma un pacto de promesa y simbolizarse
por la sangre de las animales ofrecidos en el altar; la sangre de Cristo ha sida
derramada, y ahora lo único que se demanda de toda persona, sin tomar en cuenta
cual sea su grada de culpabilidad, es que crea en la que la gracia infinita ha
consumado para salvación del pecador. El versículo que tenemos delante revela que
los juicios que pesaban sobre cada pecador Cristo los llevó completamente en la cruz,
a fin de que Dios pudiera permanecer justo, a sea inalterable en su santidad. Aparte de
todo castigo, Él justificará al pecador que tan sólo crea en Jesús.
Como antes se ha dicho, la palabra expiación, la cual aparece sólo en el
Antiguo Testamento, significa.<pasar sobre», «pasar por alto» y (<cubrir» el pecado;
pera cuando Cristo trató con el pecado en la cruz, Él no solamente lo pasó por alto o
lo cubrió. De su sacrificio infinitamente eficaz se ha dicho: «He aquí el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo» (Jun. 1:29; Cal. 2:14; He. 10:4; 1 Jn. 3:5).
«Quien llevó el mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 P.2:24).
Cristo no contemporizó con el pecado, ni lo trató parcialmente en la cruz. El gran
problema existente entre Dios y el hombre fue allí solucionado en tal forma que aun
la santidad de Dios quedó plenamente satisfecha, y la única pregunta que aún
permanece en pie es si el hombre está satisfecho con lo que satisface a Dios. Aceptar
la obra que Cristo realizó en el Calvario por nosotros es creer en Él para salvación del
alma.
SALVACIÓN
La salvación es por pura Gracia Divina y se recibe por medio de la fe en Jesús
(las buenas obras son un testimonio de fe genuina en Jesús). (Romanos 3:24; Efesios
2:8,9)
Los tres tiempos de la salvación
1. El tiempo pasado de la salvación está revelado en ciertos pasajes los cuales,
cuando hablan de la salvación, se refieren a ella siendo completamente en el
pasado, o completada para el que ha creído (Lc. 7:50; 1 Co. 1:18; 2 Co. 2:15;
Ef. 2:5, 8). Tan perfecta es esta obra divina que del salvado se dice que está
salvado para siempre (Jn. 5:24; 10:28, 29; Ro. 8:1).
2. El tiempo presente de la salvación, el cual será el tema del próximo capítulo,
tiene que ver con la salvación presente del poder del pecado (Ro. 6:14; 8:2; 2
Co. 3:18; Ga. 2:19-20; Fil. 1:19; 2:12-13; 2 Ts. 2:13).
3. El tiempo futuro de la salvación contempla que el creyente será aún salvo
dentro de total conformidad con Cristo (Ro. 8:29; 13:11; 1 P.1:5; 1 Jn. 3:2). El
hecho de que algunos aspectos de la salvación están aún por ser cumplidos
para el que cree no implica que hay terreno de duda en cuanto a su
cumplimiento final; pues en ninguna parte se enseña que ningún rasgo de la
salvación depende sobre la fidelidad del hombre. Dios es fiel y, habiendo
comenzado una buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil.
1:6).
La salvación como la obra terminada de Cristo
Cuando se contempla la obra de Dios para los hombres perdidos, es
importante distinguir entre la obra acabada de Cristo por todos, la cual está completa
en una perfección infinita, y la obra salvadora de Dios, la cual es aplicada para y en el
individuo en el momento en que el cree en Cristo.
«Consumado es» es la última frase registrada de Cristo antes de su muerte (Jn.
19:30). Es evidente que Él no se estaba refiriendo a su propia vida, su servicio o su
sufrimiento; sino más bien a una obra especial la cual su Padre le había dado para
hacer, la cual ni aun había comenzado hasta que Él estuvo en la cruz y que fue
completada cuando murió. Esto era definidamente una obra para todo el mundo (Jn.
3:1ó; He. 2:9), y proveyó redención (1 Ti. 2:6), reconciliación (2 Co. 5:19) y
propiciación (1 Jn. 2:2) para cada hombre. El hecho de que Cristo haya muerto no
salva a los hombres, pero provee una base suficiente sobre la cual Dios, en completa
armonía con su santidad, es libre para salvar aún al peor de los pecadores.
Estas son las buenas nuevas las cuales el cristiano está comisionado a
proclamar a todo el mundo. La sangre del Unigénito y amado Hijo de Dios fue lo más
precioso delante de sus ojos; sin embargo, fue el pago para el rescate del pecador. La
ofensa del pecado había separado al pecador de Dios, pero Dios proveyó a su propio
Cordero para quitar el pecado para siempre. Los santos juicios de Dios estaban contra
el pecador a causa de su pecado; no obstante, Cristo fue la propiciación para el
pecado de todo el mundo.
El hecho de que todo esto esté ya terminado constituye un mensaje el cual se
pide al pecador que crea como el testimonio de Dios. Uno apenas puede creer que
alguien que haya oído este mensaje no haya experimentado un sentido de alivio de
que el problema del pecado ha sido solucionado de esta manera, y que haya
respondido en un sentido de gratitud a Dios por esta bendición gratuita.
La salvación como obra salvadora de Dios
La obra salvadora de Dios, la cual se cumple en el momento en que uno cree,
incluye varias fases de la obra de Dios en la gracia: redención, reconciliación,
propiciación, perdón, regeneración, imputación, justificación, santificación,
perfección, glorificación. Por medio de ella somos hechos capaces de ser partícipes
de la herencia de los santos (Col. 1:12), hechos aceptos en el Amado (Ef. 1:6), hechos
hijos de Dios (Jn. 1:12), hechos ciudadanos de los cielos (Fil. 3:20), hechos una
nueva creación (2 Co. 5:17), hechos miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19; 3:15),
hechos justicia de Dios (2 Co. 5:21), hechos cercanos a Dios (Ef. 2:13) y hechos
completos en Cristo (Col. 2:10). El hijo de Dios ha sido liberado del poder de las
tinieblas y trasladado al reino del amado Hijo de Dios (Col. 1:13), y ahora posee toda
bendición espiritual (Ef. 1:3).
En el trato divino con tos pecados del cristiano, es sólo la cuestión del pecado
lo que se tiene en vista, y el pecado del cristiano es perdonado, no sobre la base del
creer para salvación, sino sobre la base de la confesión del pecado (1 Jn. 1:9). El
efecto del pecado del cristiano, entre otras cosas, es Ia perdida de la comunión con el
Padre y con el Hijo y el contristar al Espíritu que mora en el. El hijo de Dios que ha
pecado será restaurado a la comunión, gozo, bendición y poder cuando confiese su
pecado.
Mientras que el efecto del pecado sobre el creyente es la perdida de bendición,
la cual puede ser renovada por medio de la confesión, el efecto del pecado creyente
sobre Dios es un asunto mucho más seno. Pero Si no fuera por el valor de la sangre de
Cristo derramada y de la presente abogacía de Cristo en los cielos (Ro. 8:34; He.
9:24; 1 Jn. 3:1-2), el pecado separaría a los cristianos de Dios para siempre. Sin
embargo, se nos asegura que la sangre es eficáz (1 Jn. 2:2) y la causa del Abogado es
justa (1 Jn. 2:1). El santo que peca no se pierde por su pecado, puesto que, aun
cuando ha estado en el momento del pecado, él tiene un Abogado con el Padre. Esta
verdad, la cual forma únicamente las bases en las cuales cualquier cristiano siempre
ha sido mantenido salvo, lejos de animar a los cristianos a que pequen, Se presenta en
la Escritura con el fin de que el cristiano «no peque» 0 «no permanezca en pecado» (1
Jn. 2:1). La gratitud al Salvador abogado por nosotros en los cielos debe encauzarnos
a dudar seriamente antes de rendirnos a la tentación.
La salvación está condicionada solamente por la fe
En unos 115 pasajes del Nuevo Testamento se declara que la salvación del
pecador depende sólo de creer, y en aproximadamente 35 pasajes se dice que depende
de la fe, lo cual es un sinónimo de creer. Creyendo, un individuo ejerce el deseo de
confiar en Cristo. Es un acto del hombre en su totalidad, no solamente de su intelecto
o su emoción. Mientras que el asentimiento intelectual no proviene de la fe real, y es
meramente una motivación de las emociones, por lo tanto escasa en fe, el creer es un
acto definido en el cual el individuo desea recibir a Cristo por la fe.
En todas partes la Escritura armoniza con esta abrumadora verdad. Sólo Dios
puede salvar un alma, y Dios sólo puede salvar a través del sacrificio de su Hijo. El
hombre no puede sostener ninguna otra relación para la salvación que creer en el
mensaje de Dios hasta el grado de volverse de sus propias obras para depender
solamente en la obra de Dios a través de Cristo. Creer es lo opuesto a hacer cualquier
cosa; es, en lugar de ello, confiar en otro. Por lo tanto, se viola la Escritura y toda la
doctrina de la gracia se confunde cuando la salvación se hace depender de cualquier
otra cosa que no sea creer.
El mensaje divino no es «cree y ora», «cree y confiesa pecado», «cree y
confiesa a Cristo», «cree y sé bautizado», «cree y arrepiéntete» o «cree y haz
restitución». Estos seis puntos añadidos se mencionan en la Escritura, y allí tienen su
total significado propuesto; pero si fueran tan esenciales para la salvación como creer,
nunca hubieran sido omitidos de ningún pasaje donde se declara la manera para ser
salvo (notar Jn. 1:12; 3:16, 36; 5:24; 6:29; 20:31; Hch. 16:31; Ro. 1:1ó; 3:22; 4:5, 24;
5:1; 10:4; Ga. 3:22). La salvación es sólo a través de Cristo y, por lo tanto, los
hombres son salvos cuando le reciben como su Salvador.
Una diferencia vital entre Dios y el hombre que la Escritura enfatiza es que
Dios es justo (1 Jn. 1:5), mientras que, según Romanos 3:10, el cargo fundamental
hecho a los seres humanos es que <<no hay justo, ni aun uno>>. De la misma
manera, una de las glorias de la gracia divina es el hecho de que una justicia perfecta,
semejante a la blanca e inmaculada vestidura de una novia, ha sido provista en Cristo
y es gratuitamente concedida a todos los que creen en Él (Ro. 3:22).
Liberación Del Pecado Únicamente Para Los Cristianos
Puesto que la salvación del poder del pecado es una provisión de la gracia de
Dios para los que ya son salvos de la culpa y de la pena del pecado, la doctrina que en
este capítulo consideramos se limita en su aplicación solamente a los regenerados.
Aunque ya están salvos y seguros en Cristo, los cristianos tienen todavía la
disposición a pecar y cometer pecados. De esto tenemos pruebas abundantes en las
Escrituras y en la experiencia humana. Basándose en el hecho de que los cristianos
pecan, el Nuevo Testamento procede a explicar cuál es el camino divinamente
trazado para que el hijo de Dios se libere del poder del pecado.
Por suponer que el cristiano no debiera pecar ni tener la inclinación al pecado,
muchos creyentes que no han alcanzado la madurez espiritual se alarman y confunden
—y aun dudan de su salvación— cuando descubren en su vida el poder dominante del
pecado. Es una actitud positiva que se preocupen del pecado, debido a la ofensa que
éste ocasiona a la santidad de Dios; pero en lugar de poner en duda su salvación o
entregarse a la práctica del pecado, debieran escudriñar lo que Dios en su gracia ha
provisto para que los suyos puedan liberarse del dominio del pecado.
Con excepción del plan de salvación no hay otro tema más importante que
demande un conocimiento cabal por la mente humana que el plan divino por el cual
un cristiano puede vivir para la gloria de Dios. La ignorancia y el error pueden
resultar en un trágico error espiritual. En la predicación del evangelio existe una gran
necesidad de claridad en la exposición de la doctrina bíblica de la salvación del poder
del pecado.
El Problema del Pecado En La Vida de un Cristiano
Habiendo recibido la naturaleza divina (2 P. 1:4), pero reteniendo todavía la
naturaleza antigua, cada hijo de Dios posee dos naturalezas; la una es incapaz de
pecar, y la otra es incapaz de practicar la santidad. La antigua naturaleza, algunas
veces llamada «pecado» (significando la fuente del pecado) y «viejo hombre», es una
parte de la carne; porque, según el uso de la Escritura, el término carne, cuando se usa
en su sentido’ moral, se refiere al espíritu y al alma, como también al cuerpo,
especialmente en el caso del hombre no regenerado. Por esto es que el apóstol
declara: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien» (Ro. 7:18). Por otra
parte, teniendo en vista la naturaleza divina que es impartida al creyente, el apóstol
Juan dice: «Todo aquel que es nacido de Dios permanece en él; y no puede pecar,
porque es nacido de Dios» (1 Jn. 3:9). Este versículo enseña que todo cristiano que ha
nacido de Dios no practica el pecado (el verbo en. el tiempo presente implica una
acción continua). Sin embargo, debe observarse que es en esta misma epístola donde
se advierte a cada hijo de Dios que no pretenda no poseer una naturaleza pecaminosa
(1:8) o que no ha cometido pecado (1:10).
Estas dos Fuentes de actividad que el cristiano tiene en sí mismo se
consideran también en Gálatas 5:17, donde tanto el Espíritu Santo y la carne están
activos en incesante y mutuo conflicto: «Porque el deseo de la carne es contra el
Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen el uno al otro.» El
apóstol no se está refiriendo en estas palabras al cristiano carnal, sino al que es más
espiritual, y aun al que no está satisfaciendo la concupiscencia de la carne (Gá. 5:16).
Este conflicto existe ciertamente en el cristiano espiritual, y si él se ve libre de los
efectos y concupiscencias de la carne, es porque está caminando bajo la dirección del
Espíritu.
LA GRACIA
La gracia como regla de vida
Para el hijo de Dios bajo la gracia, cada aspecto de la ley ha sido eliminado
(Jn. 1:16, 17; Ro. 6:14; 7:1-6; 2 Co. 3:1-18; Gá. 3:19-25; Ef. 2:15; Col. 2:14).
1. Las ordenanzas legales del sistema mosaico y los mandamientos instituidos
para el gobierno del reino no son ahora las guías principales del cristiano. Han
sido reemplazados por una regla de conducta nueva y de gracia que incluye en
sí misma todo lo que es vital en la ley, aunque la reafirma bajo el orden y el
carácter de la gracia.
2. El hijo de Dios bajo la gracia ha sido liberado del peso de un pacto de obras.
Ahora él no lucha para ser aceptado, sino que es libre como uno que es
aceptado en Cristo (Ef. 1:6).
3. El hijo de Dios no está llamado ahora a vivir por la energía de su propia carne.
Él ha sido liberado de este rasgo de la ley y puede vivir en el poder del
Espíritu. Desde que la ley escrita fue dada a Israel, ella pudo liberarse de los
mandamientos escritos de Moisés solamente por la muerte de Cristo. Sin
embargo, tanto el judío como el gentil fueron liberados por esa muerte del
desesperado principio del mérito humano y del vano esfuerzo de la carne.
4. En contraste con la ley, la palabra «gracia» se refiere al favor inmerecido que
representa el método divino de tratamiento con el hombre que fue introducido
con Adán. Bajo la gracia, Dios no trata a los hombres como ellos se lo
merecen, sino que con una misericordia y gracia infinitas, sin hacer
referencia• a lo que realmente merecen. Esto es libre de hacerlo sobre la base
de que el justo castigo por el pecado, que de otro modo su santidad podría
imponer sobre los pecadores como retribución a sus hechos, fue satisfecho por
el Hijo de Dios.
5. En contraste con la ley, la gracia es revelada en tres aspectos diferentes: a)
salvación por gracia, b) seguridad por medio de la gracia, y c) la gracia como
una regla de vida para el salvado.
a) Dios salva a los pecadores por gracia, y no hay otro camino de salvación
ofrecido a los hombres (Hch. 4:12). La gracia salvadora es el amor sin límites
y libre de Dios por el perdido en conformidad con las exactas e invariables
demandas de su propia justicia a través del sacrificio sustitutorio de Cristo. La
gracia es más que el amor; es amor que libera y hace al cristiano triunfante
sobre el justo juicio de Dios contra el pecador.
Ya que todo elemento humano está excluido, el evangelio de la gracia es la
proclamación de la gracia poderosa, redentora y transformadora de Dios, la
cual ofrece vida y gloria eternas a todo aquel que cree.
b) Dios también provee una regla de vida para el salvado basada únicamente en
el principio de la gracia. Dios enseña a aquellos que están salvados y seguros
la manera cómo deben vivir en la gracia y cómo vivir para su eterna gloria.
Del mismo modo como la ley ha provisto una completa regla de conducta para
Israel, así Dios ha provisto una completa regla de conducta para el cristiano.
Puesto que todas las reglas de vida que están presentadas en la Biblia son
completas en sí mismas, no es necesario que sean combinadas. Por lo tanto, el
hijo de Dios no está bajo la ley como una regla de vida, sino bajo los consejos
de la gracia. Lo que él hace bajo la gracia no tiene como objetivo conseguir el
favor de Dios, sino porque él ya ha sido aceptado en el Amado. Él no está
confiando en la energía de la carne, sino en la manifestación del poder del
Espíritu. Es una vida que se vive sobre el principio de fe: «Mas el justo por su
fe vivirá.» Estos principios están declarados en los evangelios y en las
epístolas.
El Único Camino de Libertad
Se ha afirmado muchas veces que el cristiano debe buscar la erradicación de la
vieja naturaleza, para así quedar permanentemente libre del poder del pecado. Pero
esta teoría tiene sus objeciones:
a) No hay base bíblica para la enseñanza de que la naturaleza adámica pueda
erradicarse.
b) La vieja naturaleza es una parte de la carne, y es claro que ella debe tratarse en
la misma forma en que Dios trata a la carne. La carne es uno de los tres
poderosos enemigos del cristiano: el mundo, la carne y el Diablo. Dios no
erradica el mundo, o la carne, o el Diablo; pero provee la victoria sobre estos
enemigos, por medio del Espíritu (Gá. 5:16; 1 Jn. 4:4; 5:4). De manera
semejante, El da la victoria sobre la vieja naturaleza, por medio del Espíritu
(Ro. 6:14; 8:2).
c) Ninguna experiencia humana actual confirma la teoría de la erradicación, y si
esta teoría fuera verdadera, los padres en este estado engendrarían hijos no
afectados por la caída.
d) Cuando se acepta la teoría de la erradicación no hay lugar ni significado
alguno para el ministerio del Espíritu que mora en cada hijo de Dios. Muy por
el contrario, los cristianos más espirituales son advertidos de la necesidad de
andar en el Espíritu, rindiéndose a la voluntad de Dios, impidiendo que el
pecado reine en sus cuerpos mortales, mortificando las obras de la carne y
permaneciendo en el Señor.
Algunos cristianos suponen que, aparte del Espíritu y simplemente por el
hecho de que ya son salvos, podrán vivir para la gloria de Dios. En Romanos 7:15 -
8:4 el apóstol testifica de su propia experiencia con esta teoría. El afirma que conocía
lo que era el bien, pero él no sabía cómo llevar a cabo lo que conocía (7:18). Por lo
tanto, llegó a las siguientes conclusiones:
a) Que aun cuando él procuraba hacer lo mejor, era siempre derrotado por una
ley que aún estaba presente en sus miembros, rebelándose contra la ley de su
espíritu (7:23);
b) que su estado era espiritualmente miserable (7:24);
c) que, aun cuando ya era salvo, lo que le dio la libertad fue la ley del Espíritu de
vida en Cristo Jesús, y no sus propias obras (8:2);
d) que la completa voluntad de Dios se cumple en el creyente, pero nunca por el
creyente (8:4).
En Romanos 7:25 se declara que la libertad del poder del pecado viene por
medio de Jesucristo nuestro Señor. Puesto que se trata de un problema que atañe a la
santidad de Dios, la liberación del poder del pecado puede venir solamente por medio
de Jesucristo. El Espíritu Santo no podría ejercer dominio sobre una naturaleza caída
que todavía no estuviese juzgada; pero en Romanos 6:1-10 se afirma que la
naturaleza caída del creyente fue ya juzgada al ser crucificada, muerta y sepultada
con Cristo, lo que hizo posible para el Espíritu dar la victoria. Debido a esta provisión
de la gracia de Dios, el creyente puede caminar en el poder de un nuevo principio de
vida que consiste en dependen solamente del Espíritu, reconociéndose a sí mismo
muerto en verdad al pecado (6:4, 11). Por lo tanto, la liberación del poder del pecado
es por el Espíritu y por medio de Cristo.
Libertad por el Espíritu Santo
1. Bajo las enseñanzas de la gracia el creyente se encuentra ante una norma de
vida que humanamente es imposible alcanzar. Siendo un ciudadano de los
cielos (Fil. 3:20, un miembro del cuerpo de Cristo (Ef. 5:30) y un miembro de
la familia de Dios (Ef. 2:19; 3:15), el cristiano es llamado a vivir de acuerdo a
su elevada posición celestial. Puesto que este modo de vida es sobrehumano
(Jn. 13:34; 2 Co. 10:5; Ef. 4:1-3, 30; 5:20; 1 Ts. 5:16-17; 1 P. 2:9), el hijo de
Dios debe depender completamente del Espíritu que mora en su corazón (Ro.
8:4).
2. El cristiano se enfrenta a Satanás, el príncipe de este mundo. A causa de esto,
debe fortalecerse en «el Señor y en el poder de su fuerza» (Ef. 6:10-12; 1 Jn.
4:4; Jud. 9).
3. El cristiano posee la vieja naturaleza, la cual le es incapaz de controlar.
La Escritura revela que no solamente Dios nos salva de la culpa del pecado,
sino que también nos libera del poder del pecado. Finalmente, cuando el cristiano se
encuentre en el cielo, será liberado de la presencia del pecado.
La importancia de una interpretación correcta
La doctrina de la santificación adolece de malos entendidos a pesar del hecho
de que la Biblia provee de una revelación extensa acerca de este importante tema. A
la luz de la historia de la doctrina es importante observar tres leyes de interpretación.
1. El entendimiento correcto de la doctrina de la santificación depende de todo lo
que la Escritura contenga con relación a este tema. La presentación escritural
de esta doctrina es mucho más extensiva de lo que parece a aquel que
únicamente lee el texto español; pues la misma palabra original, griega o
hebrea, que se traduce «santificar», en sus diferentes formas, se traduce
también «santo», ya sea en forma de sustantivo o de adjetivo. Por lo tanto, si
vamos a contemplar esta doctrina de las Escrituras en todo su alcance,
tenemos que examinar no solo los pasajes donde aparece la palabra
«santificar», sino también aquellos donde se emplea la palabra «santo» en sus
distintas formas.
Levítico 21:8 ilustra la similitud de significado entre las palabras «santo» y
«santificar» según el uso de la Biblia. Hablando de los sacerdotes, Dios dice: «Le
santificarás, por tanto, pues el pan de tu Dios ofrece; santo será para ti, porque santo
soy yo Jehová que os santifico.» La misma palabra original, usada cuatro veces en
este texto, se traduce en tres formas diferentes: «santificarás», «santifico» y «santo».
2. La doctrina de la santificación no puede interpretarse por la experiencia.
Solamente uno de los tres aspectos de la santificación se relaciona con los
problemas de la experiencia humana en la vida diana. Por lo tanto, Ia
enseñanza de la Palabra de Dios no debe sustituirse por un análisis de alguna
experiencia personal. Aun en el caso de que la santificación estuviese limitada
a la esfera de la experiencia humana, no habría experiencia que pudiera
presentarse en forma indiscutible como ejemplo perfecto, ni habría una
explicación humana de esa experiencia que fuera capaz de describir en su
plenitud esa divina realidad. Es la función de la Biblia interpretar la
experiencia, antes que ésta pretenda interpretar la Biblia. Toda experiencia
que viene por obra de Dios debe estar de acuerdo a las Escrituras.
3. La doctrina de la santificación debe encuadrarse en el contexto de la doctrina
bíblica. El dar un énfasis desproporcionado a cierta doctrina, o el hábito de
buscar toda la verdad siguiendo solamente una línea de enseñanza bíblica,
conduce a serios errores. La doctrina de la santificación, al igual que cualquier
otra doctrina de las Escrituras, representa y define un campo exacto dentro del
propósito de Dios, y puesto que ella tiende a fines bien determinados, sufre
tanto cuando es exagerada como cuando es presentada en forma incompleta.
El significado de las palabras que se relacionan con la santificación
1. «Santificar», en sus varias formas, es usada 106 veces en el Antiguo
Testamento v 31 veces en el Nuevo Testamento y significa «poner aparte», o
el estado de separación. Tiene que ver con posición y relación. La base de la
clasificación es que la persona o cosa ha sido puesta aparte, o separada de los
demás en posición y relación delante de Dios, de lo que no es santo. Este es el
significado general de la palabra.
2. «Santo», en sus varias formas, es usado alrededor de 400 veces en el Antiguo
Testamento y 12 veces en el Nuevo Testamento, con relación a los creyentes y
dando a entender el estado de separación o ser puesto aparte, o ser separado de
aquello que no es santo. Cristo fue «santo, inocente, sin mancha, apartado de
los pecadores». Por consiguiente, Él estaba santificado. Pero hay también
algunas cosas que las palabras «santo» y «santificar», en su uso bíblico, no
implican.
a) No implican necesariamente la impecabilidad, pues leemos de «gente
santa>>, «sacerdotes santos>>, «profetas santos>>, «apóstoles santos>>,
«hombres santos>>, «mujeres santas>>, hermanos santos>>, «monte santo» y
<templo santo>>. Ninguno de ellos estaba sin pecado delante de Dios. Eran
santos de acuerdo a alguna norma que constituya la base de su separación de
otros. Aun los cristianos de Corinto, quienes estaban cometiendo una gran
falta, fueron llamados santos. Muchas cosas inanimadas fueron santificadas, y
éstas no podían estar relacionadas con el problema del pecado.
b) La palabra «santo» no implica necesariamente finalidad. Todas las personas
que mencionamos en el punto anterior fueron llamadas repetidamente a unos
niveles más altos de santidad. Ellas fueron apartadas una y otra vez. Las
personas o cosas llegaban a ser santas cuando eran apartadas para un
propósito santo. Así fueron ellas santificadas.
3. «Santo» se usa con relación a Israel cerca de cincuenta veces y con relación a
los creyentes alrededor de sesenta y dos veces; se aplica solo a personas y
tiene que ver con su posición ante Dios. En este caso, la palabra no se asocia
con la clase de vida de los creyentes. Ellos son santos porque han sido
particularmente separados en el plan y propósito de Dios. Son santos porque
han sido santificados.
En varias epístolas (Ro. 1:7; 1 Co. 1:2) los creyentes son identificados como
aquellos que son «llamados a ser santos». Esto es muy engañoso; las palabras
«llamados a ser» deberían omitirse. Los cristianos son santos mediante el llamado de
Dios. Los pasajes antes citados no están anticipando un tiempo cuando los hijos de
Dios llegarán a ser santos. Ellos ya están santificados, apartados y, por consiguiente,
ya son santos.
La santidad no es algo progresivo. Cada persona nacida de nuevo es tan santa
en el instante de su salvación como lo será en el tiempo futuro y en la eternidad. La
iglesia, la cual es el cuerpo de Cristo. ha sido llamada a apartarse, a formar un pueblo
separado; ellos son los santos de esta dispensación. De acuerdo al uso de estas
palabras, todos ellos están santificados. Todos ellos son santos. Debido a que ignoran
la posición que tienen en Cristo, muchos cristianos no creen que ellos son santos.
Entre los títulos que el Espíritu da a los hijos de Dios, solo hay uno que se usa más
que el de santos. Los creyentes son llamados «hermanos» 184 veces, «santos» 62
veces y «cristianos» solamente 3 veces.
Los Medios de Santificación
1. Por causa de su infinita santidad Dios mismo —Padre, Hijo y Espíritu—es
eternamente santificado. Él está puesto aparte y separado de todo pecado. Él
es santo. El Espíritu es llamado Espíritu Santo. Él es santificado (Lv. 21:8; Jn.
17:19).
2. Dios —-Padre, Hijo y Espíritu— santifica a otras personas.
a) El Padre santifica (1 Ts. 5:23).
b) El Hijo santifica (Ef. 5:26; He. 2:11; 9:12, 14; 13:12).
c) El Espíritu santifica (Ro. 15:16; 2 Ts. 2:13).
d) Dios el Padre santificó al Hijo (Jn. 10:36).
e) Dios santifico a los sacerdotes y al pueblo de Israel (Ex. 29:44; 31:13).
f) La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Ts. 4:3).
g) Nuestra santificación de parte de Dios se efectúa: por medio de nuestra unión
con Cristo (1 Co. 1:2, 30); por la Palabra de Dios (Jn. 17:17; cf. 1 Ti. 4:5); por
la sangre de Cristo (He. 9:13; 13:12); por el cuerpo de Cristo (He. 10:10); por
el Espíritu (1 P. 1:2); por nuestra propia elección (He. 12:14; 2 Ti. 2:21, 22);
por la fe (Hch. 26:18).
3. Dios santifica días, lugares y cosas (Gn. 2:3; Ex. 29:43).
4. El hombre puede santificar a Dios. Esto puede hacerlo al poner a Dios aparte
en el pensamiento como un Ser santo. Santificado sea tu nombre> (Mt. 6:9).
Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones (1 P. 3:15).
5. El hombre puede santificarse a sí mismo. Muchas veces Dios llamó a los
israelitas a que se santificaran a sí mismos. Él nos exhorta: «Sed santos
porque yo soy santo.» También: «Así que, si alguno se limpia de estas cosas
[vasos de deshonra e iniquidad], será instrumento para honra, santificado, útil
al Señor» (2 Ti. 2:21). La auto santificación se puede realizar solamente por
los medios divinamente provistos. Los cristianos son exhortados a presentar
sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Ro. 12:1). Se
les exhorta a salir de en medio de los hombres y apartarse de ellos (2 Co.
6:17). Teniendo estas promesas, ellos deben limpiarse «de toda contaminación
de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios> (2 Co.
7:1). «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la
carne» (Ga. 5:16).
6. El hombre puede santificar a personas y cosas. «Porque el marido incrédulo es
santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera
vuestros hijos serian inmundos, mientras que ahora son santos (santificados»
(1 Co. 7:14). Moisés santificó al pueblo (Ex. 19:14). «Y santificaron la casa
de Jehová» (2 Cr. 29:17).
7. Una cosa puede santificar a otra. «Porque ¿Cuál es mayor, el oro, o el templo
que santifica al oro?» «¿Cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la
ofrenda?» (Mt. 23:17, 19).
En esta limitada consideración de las Escrituras sobre el tema de la
santificación y la santidad se hace evidente que el significado de la palabra es separar
con un propósito santo. Lo que es puesto aparte no siempre es purificado. A veces, lo
que es separado puede participar del carácter de santidad, y en otras ocasiones esto es
imposible, como cuando se trata de cosas inanimadas. Sin embargo, una cosa que en
sí misma no puede ser santa ni tampoco no santa, es tan santificada cuando Dios la
separa como lo es una persona cuyo carácter moral puede ser transformado. También
es evidente que, cuando estas cualidades morales existen, la limpieza y purificación
son requeridas, aunque no siempre (1 Co.7:14).
Los tres aspectos principales de la santificación
Aunque el Antiguo Testamento contiene una extensa revelación de la doctrina
de la santificación, especialmente relacionada con la ley de Moisés e Israel, el Nuevo
Testamento proporciona una clara visión de los principales aspectos de la
santificación. El Nuevo Testamento considera tres divisiones de la doctrina: 1)
santificación posiciónal, 2) santificación experimental, 3) santificación final.
1) La santificación posicional es una santificación y una santidad que se efectúa
por Dios a través del cuerpo y la sangre derramada de nuestro Señor
Jesucristo. Los creyentes han sido redimidos y purificados en su preciosa
sangre; se nos han perdonado todos nuestros pecados y hemos llegado a ser
justos por medio de nuestra identificación con Él; justificados y purificados.
Ellos son los hijos de Dios. Y todo esto indica una separación y clasificación
profunda y eterna, por medio de la gracia salvadora de Cristo. Está basada
sobre los hechos de una posición que son una verdad para cada cristiano. De
ahí que se dice que cada cristiano esta posicionalmente santificado y es un
santo delante de Dios. Esta posición no tiene otra relación con la vida diana
del creyente que la de poder inspirarle a vivir santamente. De acuerdo a las
Escrituras, la posición del cristiano en Cristo es el incentivo más poderoso
para una vida de santidad.
Las grandes epístolas doctrinales observan este orden. Declaran primero las
maravillas de la gracia salvadora, y entonces concluyen con una exhortación a los
creyentes para que vivan de acuerdo a la nueva posición que Dios les ha concedido
(cf. Ro. 12:1; Ef. 4:1; Col. 3:1). No hemos sido aceptos en nuestros propios méritos;
somos aceptados en el Amado. No somos justos en nosotros mismos: Él ha sido
hecho nuestra justicia. No somos redimidos en nosotros mismos, sino que Cristo ha
venido a ser nuestra redención. No somos santificados posicionalmente por la clase
de vida que diariamente estamos viviendo; sino que Él nos ha sido hecho nuestra
santificación. La santificación posicional es tan perfecta como Él es perfecto. Del
mismo modo como Él ha sido puesto aparte, nosotros, los que estamos en Él, hemos
sido puestos aparte.
La santificación posicional es tan completa para el más débil como para el
más fuerte de los santos. Depende solamente de su unión y posición en Cristo. Todos
los creyentes son considerados como « dos santos». Y también como «los
santificados» (nótese Hch. 20:32; 1 Co. 1:2; 6:11; He. 10:10, 14; Jud. 1). La prueba
de que, a pesar de su imperfección, los creyentes están santificados y son, como
consecuencia, santos, se encuentra en 1 Corintios. Los cristianos de Corinto vivían
una vida no santa (1 Co. 5:1-2; 6:1-8), y, sin embargo, dos veces se dice que ellos
habían sido santificados (1 Co.1:2; 6:11).
Por su posición, entonces, los cristianos son correctamente llamados «los
santos hermanos», y «santos». Ellos han sido «santificados por la ofrenda del cuerpo
de Jesucristo hecha una sola vez (He. 10:10), y son «nuevos hombres» creados
«conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad» (Ef. 4:24). La santificación
posicional y la santidad posicional son santificación y santidad «verdaderas». En su
posición en Cristo, el cristiano es justo y acepto delante de Dios para siempre.
Comparado con esto, ningún otro aspecto de esta verdad puede tener igual
importancia. Sin embargo, no debe concluirse que una persona es santa o santificada
solo porque se diga que está en una posición santa o de santificación.
2) La santificación experimental es el segundo aspecto de la doctrina en el
Nuevo Testamento y tiene que ver con la santificación como una experiencia
para el creyente. Así como la santificación posicional está absolutamente
desligada de la vida diaria, así la santificación experimental está
absolutamente desligada de la posición en Cristo. La santificación
experimental puede depender: a) del grado de rendición del creyente a Dios,
b) del grado de separación del pecado, c) del grado del crecimiento espiritual.
La santificación experimental es el resultado de la rendición a Dios. La
completa dedicación de nosotros mismos a Dios es nuestro culto racional: «Así que,
hermanos, os ruego pon las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en
sacrificio viva, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Ro. 12:1).
Hacienda esto, el cristiano es puesto aparte pan su propia elección. Esta es una
voluntaria separación para Dios y es un aspecto importante de la santificación
experimental. «Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de
Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación» (Ro. 6:22). Lo mismo que en el caso
de la justificación y del perdón, la santificación no se puede experimentar como
sentimiento o emoción. Una persona puede disfrutar de paz y tener plenitud de gozo
por creer que él está puesto aparte para Dios. Así también, par el hecho de rendirse a
Dios, se hace posible una nueva plenitud del Espíritu, que produce bendiciones antes
no conocidas. Esto puede suceder gradual a súbitamente. Peno en todo caso no es la
santificación lo que se experimenta; es la bendición del Espíritu realizada a través de
la santificación o de una separación para Dios.
La santificación experimental es el resultado de la liberación del pecado. La
Biblia toma en cuenta los pecados de los cristianos de una manera completa. No
enseña solamente que los que no tienen pecado son salvos; pon el contrario, existe
una exacta consideración de ellos y una abundante provisión pana los pecados de los
santos. Esta provisión puede son preventiva y curativa.
Hay tres provisiones divinas para la prevención del pecado en el cristiano: 1)
La Palabra de Dios con sus claras instrucciones (Sal. 119:11); 2) el ministerio actual
de intercesión que Cristo realiza desde el cielo (Ro. 8:34; He. 7:25; cf. Lc. 22:31-32;
Jn. 17:1-26); y 3) el poder capacitador del Espíritu que mona en el creyente (Ga. 5:16;
Ro. 8:4). Sin embargo, si el cristiano cae en pecado, hay un remedio provisto por
Dios, y es el oficio de abogado defensor que Cristo realiza desde el cielo en virtud de
su muerte expiatoria. Solamente por este medio pueden ser guardados con seguridad
los imperfectos creyentes.
Es imperativo que Dios prevenga el pecado en el caso de cada hijo suyo, por
cuanto mientras el creyente esté en el cuerpo, conservará su naturaleza caída y será
vulnerable al pecado (Ro. 7:21; 2 Co. 4:7; 1 Jn. 1:8). Las Escrituras no prometen la
erradicación de esta naturaleza; en cambio, promete una victoria permanente,
momento a momento, por el poder del Espíritu (Ga. 5:16-23). Esta victoria será
realizada cuando se la reclame por fe y se cumplan las condiciones necesarias para
una vida llena del Espíritu.
Jamás se dice que la naturaleza pecaminosa misma haya muerto. Fue
crucificada, muerta y sepultada con Cristo; pero puesto que esto sucedió hace dos mil
años y aún la vemos en acción, la expresión se refiere a un juicio divino contra la
naturaleza pecaminosa que fue ejecutado en Cristo cuando Él «murió al pecado». No
existe una enseñanza bíblica en el sentido de que algunos cristianos han muerto al
pecado y otros no. Los pasajes incluyen a todos los que son salvos (Ga. 5:24; Cal.
3:3). En la muerte de Cristo todos los creyentes han muerto al pecado; pero no todos
los creyentes han tomado posesión de las riquezas provistas en aquella muerte. No se
nos pide que muramos experimentalmente, o que pongamos en práctica su muerte; se
nos pide que nos «consideremos» muertos al pecado. Esta es responsabilidad humana
(Ro. 6:1-14).
Toda victoria sobre el pecado es en sí misma una separación hacia Dios y, por
lo tanto, es una santificación. Esa victoria debiera ir en aumento a medida que el
creyente se va dando cuenta de su incapacidad y comienza a maravillarse en el poder
divino.
La experiencia de la santificación está relacionada con el crecimiento
cristiano. A los cristianos les falta madurez en la sabiduría, el conocimiento, la
experiencia y la gracia. Se les dice que deben crecer en todas estas cosas, y ese
crecimiento debe sen manifiesto. Deben crecer €en la gracia y el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 3:18). Al contemplan la gloria del Señor
como en un espeja, «omos transformados de gloria en gloria en la misma imagen,
coma par el Espíritu del Señor» (2 Co. 3:18). Esta transformación tendrá el efecto de
ponerlos cada vez más lejos del pecado. En ese sentido serán más santificados.
El cristiano puede ser «irreprensible», aunque no se puede decir que no tiene
faltas. El niño que con mucho trabajo hace sus primeras letras en un cuaderno es
irreprensible en la tarea realizada, pero su trabajo no es perfecto. Podemos caminar en
la medida completa de nuestro entendimiento actual; sin embargo, sabemos que no
vivimos a la altura de la mayor luz y experiencia que tendremos mañana. Hay
perfección dentro de la imperfección. Nosotros, siendo tan imperfectos, tan faltos de
madurez, tan dadas al pecado, podemos «permanecen en Él»
Santificación definitiva es aquel aspecto relacionado con nuestra perfección
final, y la poseeremos en La gloria. Por su gracia y par su poder transformador, Él nos
habrá transformada de tal modo —espíritu, alma y cuerpo— que seremos coma él es,
seremos «conformadas a su imagen» Entonces nos hará entrar «perfectos» en la
presencia de su gloria. Su esposa estará libre de toda «mancha y arruga» Par lo tanto,
es propia que nos «abstengamos de toda apariencia de mal. Y el mismo Dios de paz
os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado
irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts. 5:22-23).
La Importancia de la Seguridad
En la experiencia cristiana, la seguridad de que uno es salvo por la fe en
Cristo es esencial para el cumplimiento de todo el programa de crecimiento en la
gracia y el conocimiento de Cristo. La seguridad es asunto de experiencia y se
relaciona con la confianza personal en la salvación presente. No se debe confundir
con la doctrina de la seguridad eterna del creyente, que discutiremos en el próximo
capítulo. La seguridad eterna es una cuestión de doctrina, mientras la seguridad
presente es un asunto de lo que la persona cree en un momento dado acerca de su
salvación personal.
La seguridad presente depende de tres aspectos importantes de la
experiencia: 1) comprensión de que la salvación provista en Cristo Jesús es
completa; 2) el testimonio confirmatorio de la experiencia cristiana; 3) aceptación
por fe de las promesas bíblicas de la salvación.
Comprensión de la naturaleza de la salvación
Para tener una verdadera seguridad de salvación es esencial tener una clara
comprensión de lo que Cristo obtuvo por medio de su muerte en la cruz. La salvación
no es una obra del hombre para agradar a Dios, sino una obra de Dios en favor del
hombre. Depende completamente de la gracia divina, sin tener en consideración
ningún mérito humano. La persona que comprende que Cristo murió en su favor y
proveyó una salvación completa que se ofrece a cualquiera que cree sinceramente en
Cristo, puede tener la seguridad de su salvación en cuanto cumple la condición de
confiar en Cristo como Salvador. En muchos casos la falta de seguridad se debe a
una comprensión incompleta de la naturaleza de la salvación. Una vez que se ha
comprendido que la salvación es un obsequio que no puede obtenerse por esfuerzos
humanos, que no puede merecerse y que está disponible como un don de Dios para
todo aquel que la reciba por fe, se ha echado una base adecuada para la seguridad de
la salvación, y la cuestión se resuelve por si sola en la respuesta a la pregunta de si
uno ha creído realmente en Cristo. Esta pregunta puede ser respondida por las
confirmaciones que se encuentran en la experiencia cristiana de una persona que ha
recibido la salvación.
Entre las diversas realizaciones divinas que en conjunto constituyen la
salvación de un alma, la Biblia da un énfasis supremo a la recepción de una nueva
vida de parte de Dios. Más de 85 pasajes del Nuevo Testamento confirman este rasgo
de la gracia salvadora. La consideración de estos pasajes deja ver el hecho de que
esta vida impartida es don de Dios para todo aquel que cree en Cristo (Jn. 10:28; Ro.
6:23); es de Cristo (Jn. 14:6); es Cristo que mora en el creyente en el sentido de que
la vida eterna es inseparable de El (Col. 1:27; 1 Jn. 5:11, 12) y, por lo tanto, es eterna
como Él es eterno.
Testimonio confirmatorio de la experiencia cristiana
Basado en el hecho de que Cristo mora en él, el creyente debe probarse a sí
mismo si está en fe (2 Co. 13:5); porque es razonable esperar que el corazón en que
Cristo mora, en condiciones normales, esté consciente de su maravillosa presencia.
Sin embargo, el cristiano no es dejado a merced de sus sentimientos e imaginaciones
equívocos en cuanto a la forma precisa en que se manifestará Cristo en su vida
interior, y esto queda claramente definido en las Escrituras. Esta revelación particular
tiene un propósito doble para el cristiano que está sujeto a la Palabra de Dios: lo
protege contra la suposición de que el emocionalismo carnal es de Dios—creencia
que ha encontrado muchos seguidores en la actualidad— y establece una norma de
realidad espiritual, para alcanzar la cual deben esforzarse constantemente los
cristianos.
Es obvio que una persona inconversa, aunque sea fiel en su conformidad
exterior a la práctica religiosa, jamás manifestará la vida que es Cristo. De igual
manera, el cristiano carnal es anormal en el sentido de que no tiene modo de probar
por la experiencia que tiene la salvación. Aunque la vida eterna en sí es ilimitada,
toda experiencia cristiana normal es limitada por lo carnal (1 Co. 3:1-4).
El cristiano carnal está tan perfectamente salvado como el cristiano espiritual,
porque ninguna experiencia, mérito o servicio forman parte de la base de la
salvación. Aunque aún sea un bebé, está en Cristo (1 Co. 3:1). Su obligación hacia
Dios no es ejercer la fe salvadora, sino someterse al propósito y voluntad de Dios. Es
de importancia fundamental comprender que una experiencia cristiana normal solo
pueden tenerla quienes están llenos del Espíritu.
La nueva vida en Cristo que viene como resultado de ser salvo por la fe
produce ciertas manifestaciones importantes.
1. El conocimiento de que Dios es nuestro Padre Celestial es una de las
preciosas experiencias que pertenecen a quien ha puesto su confianza en
Cristo. En Mateo 11:27 se declara que ninguno conoce al Padre sino el Hijo y
aquél a quien el Hijo lo quiera revelar. Una cosa es saber algo acerca de Dios,
experiencia posible en una persona no regenerada, pero es algo muy distinto
conocer a Dios, lo que solo puede ser realizado en la medida que el Hijo lo
revele, y <esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado> (Jn. 17:3). La comunión con el
Padre y con el Hijo es algo conocido solamente por quienes «andan en luz»
(1 Jn. 1:7). Por lo tanto, una experiencia cristiana normal incluye una
apreciación personal de la paternidad de Dios.
2. Una realidad nueva en la oración es otra experiencia confirmatoria que
conduce a la seguridad presente. La oración asume un lugar muy importante
en la experiencia del cristiano espiritual. Se convierte gradualmente en su
recurso más vital. Por medio de la acción interior del Espíritu que mora en él,
el creyente ofrece alabanzas y acciones de gracias (Ef. 5:18-19), y par obra
del Espíritu es capacitado para orar en conformidad con la voluntad de Dios
(Ro. 8:26-27; Jud. 20). Además, es razonable creer que, puesto que el
ministerio de Cristo en la tierra y en el cielo ha sido y es en gran parte un
ministerio de oración, la persona en la cual El mora será guiada a la oración
en forma normal.
3. Un nuevo sentido de la pecaminosidad del pecado es una experiencia normal
de la persona que es salva. Así corno el agua quita todo lo que es ajeno e
inmundo (Ez. 36:25; Jn. 3:5; Tit. 3:5, 6; 1 P. 3:21; 1 Jn. 5:6-8), la Palabra de
Dios desplaza todas las concepciones humanas e implanta los ideales de Dios
(Sal. 119:11), y por la acción de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu, la
manera divina de estimar el pecado desplaza la estimación humana. Es
imposible que Cristo, que no tuvo pecado y sudó gotas de sangre al ser
ofrecido como ofrenda por el pecado, no produzca una nueva percepción de
la naturaleza corrompida del pecado en la persona en la cual mora, cuando
tiene libertad para manifestar su presencia.
4. Una base suprema para la seguridad de la salvación es la manifestación del
carácter de Cristo en el creyente. Las experiencias subjetivas resultantes
debidas a la Presencia divina no estorbada en el corazón se señalan con nueve
palabras: «Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza, (Ga. 5:22-23), y cada palabra representa un mar de
realidad en el plano del carácter ilimitado de Dios.
Esta es la vida que Cristo vivió (Jn. 13:34; 14:27; 15:11), es la vida de
semejanza con Cristo (Fil. 2:5-7) y es la vida que es Cristo (Fil. 1:21). Debido a que
estas gracias son producidas par el Espíritu que mora en cada creyente, esta
experiencia ha sido provista para todos.
Las experiencias combinadas de la vida cristiana producen una conciencia de
salvación por fe en Cristo. La fe salvadora en Cristo es una experiencia bien clara. El
apóstol Pablo decía acerca de Si: «Yo sé a quién he creído» (2 Ti.1:12). habiendo
aceptado a Cristo, el creyente no tendrá más conciencia de condenación a causa del
pecado (Jn. 3:18; 5:24; Ro. 8:1; He. 10:2). Esto no implica que el cristiano no estará
consciente del pecado que comete; se trata más bien de que está consciente de haber
sido aceptado eternamente por Dios por media de la obra de Cristo (Ef. 1:6; Col.
2:13), que es la porción de todo aquel que cree.
Al concluir la enumeración de los elementos esenciales de una verdadera
experiencia cristiana, debemos dejar claramente establecido que en todo ello queda
excluido el emocionalismo puramente carnal, y que la experiencia del creyente será
normal solamente cuando anda en la luz (1 Jn. 1:7).
Aceptación de la veracidad de las promesas de la Biblia
La confianza en la veracidad de la Biblia y en el cumplimiento cierto de sus
promesas de salvación es esencial para tener la seguridad de la salvación. Por sobre
toda experiencia y aparte de cualquier experiencia que el cristiano pueda tener
experiencia que a menudo es muy indefinida a causa de la carnalidad, se ha dado la
evidencia permanente de la infalible Palabra de Dios. El apóstol Juan se dirige a los
creyentes en los siguientes términos: “Estas cosas as he escrito a vosotros que creéis
en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn. 5:13).
Por medio de este pasaje se da seguridad a todo creyente, carnal o espiritual por
igual, para que sepan que tienen vida eterna. Esta seguridad se hace descansar, no en
experiencias cambiantes, sino sobre las cosas que están escritas en la inmutable
Palabra de Dios (Sal. 119:89, 160; Mt. 5:18; 24:35; 1 P. 1:23, 25).
Las promesas escritas de Dios son como un título de dominio (Jn. 3:16, 36;
5:24; 6:37; Hch. 16:31; Ro. 1:16; 3:22, 26; 10:13), y así exigen confianza. Estas
promesas de salvación forman el pacto incondicional de Dios baja la gracia, sin
exigencia de méritos humanos, sin necesidad de experiencias humanas que prueben
su verdad. Estas poderosas realidades deben son consideradas como cumplidas sobre
la única base de la veracidad de Dios.
La obra de Cristo en su muerte, resurrección, abogacía e intercesión
proporciona una seguridad absoluta para quien está de este modo representado por
Cristo en la cruz y en el cielo. Si la salvación es una obra de Dios para el hombre y
no una obra del hombre para Dios, su resultado es cierto y seguro y se cumplirá la
promesa de Juan 5:24 de que el creyente no <<vendrá a condenación’.
BAUTISMO
Lo administramos conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento por
inmersión y que este es requisito prévio para formar parte de la Iglesia. Los
individuos (sobre una edad de discernimiento) pueden bautizarse, ya que el bautismo
representa la confesión pública de la decisión de "morir al mundo y sus deseos" y
seguir las enseñanzas de Cristo; comprometiéndose a vivir y confiar en sus promesas
de salvación según lo menciona Mateo 28:19,20.
EL CIELO NUEVO Y LA TIERRA NUEVA
Después del juicio del gran trono blanco y de la destrucción del primer cielo y
la primera tierra, Juan escribe en Apocalipsis [Link] «Vi un cielo nuevo y una
tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía
más.» El cielo nuevo no se describe, y todo lo que se dice acerca de la nueva tierra
es: «el mar no existía ya más» (Ap. 21:1). El extraño silencio de las Escrituras sobre
la apariencia de la tierra nueva y del cielo nuevo no se explica en ninguna parte. En
cambio nuestra atención es dirigida hacia la ciudad santa, la nueva Jerusalén.
La Descripción General de la Nueva Jerusalén
Juan escribió su visión en estas palabras: «Yo Juan vi la santa ciudad, la
nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada
para su marido» (Ap. 21: 2). El problema inmediato que enfrentan todos los
intérpretes es el significado de lo que Juan vio. Si uno acepta la declaración tal como
la expresa, Juan vio una ciudad santa llamada nueva Jerusalén, en contraste con la
vieja Jerusalén terrenal que había sido destruida cuando la tierra fue arrasada. Se dice
que la ciudad desciende del «cielo, de Dios». Es significativo que no se diga que la
ciudad fue creada, y aparentemente existía durante el período previo del reino
milenial, posiblemente como una ciudad satélite sobre la tierra; como tal, pudiera
haber sido el hogar milenial de los santos resucitados y arrebatados.
Por la descripción de la tierra milenial se ve claramente que no había sobre la
tierra ninguna ciudad como la nueva Jerusalén durante el milenio. Algunos creen que
Cristo se refería a la nueva Jerusalén cuando dijo en Juan [Link] «voy, pues, a
preparar lugar para vosotros». Aquí en Apocalipsis se ve a la nueva Jerusalén
descendiendo del cielo y ciertamente con el destino de posarse sobre la nueva tierra.
Juan, además, describe la ciudad como «una esposa ataviada para su marido».
Sin embargo, como lo muestran revelaciones posteriores, la nueva Jerusalén incluye
santos de todas las dispensaciones, y es, por lo tanto, preferible considerar ésta como
una frase descriptiva y no como una referencia típica. La nueva Jerusalén es
hermosa, como la novia ataviada para su marido es hermosa. Consecuentemente,
aunque la ciudad es literal, su hermosura es la de una novia.
Aun cuando comparativamente pocos pasajes de la Biblia tratan el tema del
nuevo cielo y la nueva tierra, no es en Apocalipsis donde esta verdad aparece por
primera vez. En Isaías 65:17 Dios anunció: «Porque he aquí que yo crearé nuevos
cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al
pensamiento.» Este versículo ocurre en el contexto de la tierra milenial y algunos
piensan que se está refiriendo a una Jerusalén renovada que habrá durante el milenio.
Sin embargo, sería preferible considerarla como una referencia a la nueva Jerusalén
que estará en la tierra nueva que se ve en el trasfondo, mientras la Jerusalén renovada
en el milenio se ve en el primer plano, como en Isaías 65:18.
Otra referencia se encuentra en Isaías 66:22, donde afirma: «Porque como los
cielos nuevos y la tierra nueva que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová,
así permanecerá vuestra simiente y vuestro nombre.» Mientras la Jerusalén terrenal
será destruida al final del milenio, la nueva Jerusalén permanecerá para siempre así
como la simiente de Israel permanecerá para siempre.
En 2 Pedro 3:13 se hace otra predicción de nuevos cielos y nueva tierra,
caracterizados como lugares donde morará la justicia. En consecuencia, se puede
concluir que a través de las Escrituras se consideran el cielo nuevo y la tierra nueva
como la meta final de la historia y como el lugar final de reposo de los santos.
Habiendo introducido el nuevo cielo y la tierra nueva y la nueva Jerusalén,
Juan procede a describir sus características principales en Apocalipsis 21:3-8. Allí
Dios habitará con los hombres y será su Dios. El llanto, la muerte y el dolor serán
abolidos, como Juan afirma, «porque las primeras cosas pasaron» (y. 4). Esto es
confirmado en el versículo 5 por la afirmación: «He aquí yo hago nuevas todas las
cosas.»
En la nueva Jerusalén, Cristo, como el Alfa y la Omega, promete: «Al que
tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere
heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo» (vv. 6-7). Por contraste,
los inconversos descritos por sus obras y por la falta de fe «tendrán su parte en el
lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (y. 8). En contraste con
la primera muerte, que es física y espiritual, la muerte segunda es separación eterna
de Dios.
Visión de la Nueva Jerusalén
Juan es invitado a mirar a «la desposada, la esposa del Cordero» y lo llevan
«en el Espíritu a un monte grande y alto» (Ap. 21:9-10). Aquí Juan ve la nueva
Jerusalén descendiendo del cielo, de Dios. En la descripción que sigue en
Apocalipsis 21 se declara que la nueva Jerusalén tiene «la gloria de Dios»; la ciudad
es brillante con un «fulgor semejante al de una piedra preciosísima como piedra de
jaspe, diáfana como el cristal» (y. 11). Aunque el jaspe suele ser el nombre de
piedras de diversos colores, y son opacos, la piedra con la que se compara es
preciosa y clara como el cristal. Debe de haber dado una impresión de increíble
belleza y brillantez.
Los versículos que siguen describen la ciudad misma como que está rodeada
por un muro de unos 70 metros de alto, con doce puertas en el muro guardadas por
doce ángeles. En las puertas están los nombres de las doce tribus de Israel. La ciudad
es de forma cuadrada y mira hacia el norte, el sur, el este y el oeste, indicando
aparentemente que en la nueva tierra hay puntos cardinales como en la tierra actual.
El muro está sobre doce cimientos que, según el versículo 14, llevan los nombres de
los doce apóstoles.
La ciudad es medida y se ve que tiene 12.000 estadios, o aproximadamente
2.400 kilómetros por lado, con una altura igual. Esto ha hecho surgir la pregunta
acerca de la forma de la ciudad, si es un cubo o una pirámide. Probablemente sea
mejor considerarla una pirámide, puesto que esto explica cómo podría el río fluir por
sus costados, según se presenta en Apocalipsis 22:1, 2.
En general, todos los materiales de la ciudad son diáfanos y permiten el paso
de la luz sin impedimentos. Aun el oro es como el vidrio limpio (21:18). Los
cimientos del muro llevan los nombres de los doce apóstoles, y representan la iglesia,
y están adornados con doce piedras preciosas que dan todos los colores del arco iris,
y a la luz brillante de la ciudad proveen una visión hermosamente sobrecogedora
(vv.19, 20).
Las puertas de la ciudad son de una sola perla grande, y la calle de la ciudad
es de oro puro y cristalino (y. 21). La ciudad no tiene templo porque Dios está en ella
(y. 22), y no tiene necesidad de la luz del sol, de la luna o de las estrellas, porque la
gloria de Dios y del Cordero proveen la luz (v 23). Los salvados entre los gentiles
(las naciones) caminan en la luz de la ciudad y entran libremente por sus puertas, que
no se cierran porque allí no hay noche (y. 25).
Según esta descripción los habitantes de la ciudad son santos de todas las
dispensaciones. No solamente Israel y los gentiles se mencionan, sino también los
doce apóstoles que representan la iglesia. Esto está en conformidad con la
descripción de Hebreos 12:22-24, que enumera a los habitantes de la nueva Jerusalén
como que incluye a «la compañía de muchos millares de ángeles, la congregación de
los primogénitos que están inscritos en los cielos, Dios el juez de todos, a los
espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del nuevo pacto». De
esto se puede deducir que la iglesia estará en la nueva Jerusalén, al igual que los
«espíritus de los justos hechos perfectos» —refiriéndose a todos los santos no
incluidos en la iglesia, judíos y gentiles—, y los ángeles, y a Jesús como el mediador
del nuevo pacto.
Continuando la descripción de la nueva Jerusalén, Juan habla de un «río
limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y
del Cordero» (Ap. 22:1). El árbol de la vida, que da doce tipos de frutos, está en
medio de la calle de la ciudad y cada lado del río proveyendo sanidad para las
naciones (Ap. 22:2).
Se pregunta por qué es necesaria la sanidad de las naciones si ésta es una
descripción del estado eterno. La dificultad se resuelve si se acepta la traducción
«para la salud de las naciones». Puede ser que el fruto del árbol de la vida y el agua
de la vida sean la explicación de la existencia sin fin que los cuerpos de los santos
tendrán en la eternidad.
Continuando la descripción de la ciudad, Juan dice: «Y no habrá más
maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán»
(y. 3). El estado bendito de ellos consistirá en que podrán ver a Dios cara a cara y
llevarán su nombre en sus frentes (y. 4). Juan repite el hecho de que la nueva ciudad
será resplandeciente y no necesitará luz artificial, y concluye con la palabra de Dios:
« ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía
de este libro» (y. 7).
Considerado el hecho de que los nuevos cielos y la nueva tierra serán la
morada eterna de los santos, es notable que haya pocas descripciones de ellos en la
Escritura. Es cierto que la Biblia tiene el propósito principal de darnos luz para
nuestro actual sendero diario. Al mismo tiempo se nos da un vistazo suficiente de la
gloria venidera, a fin de animarnos a avanzar en nuestra vida de fe. Sin lugar a dudas,
hay mucho más que se nos puede revelar que el breve vistazo que se nos ha
concedido en estos capítulos finales del libro de Apocalipsis.
Aunque Dios ha revelado a su pueblo una cierta medida de lo que «ojo no vio,
ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre» (1 Co. 2:9), indudablemente hay
mucho más que Dios revelará al hombre en la eternidad. No se ha dicho aún la mitad,
y nuestro gran Dios se complacerá hasta la eternidad sin fin en manifestar su amor y
gracia a quienes han recibido a Cristo como Salvador y Señor.
Así como hay leyes naturales que rigen el Universo, también hay leyes
espirituales que rigen nuestra relación con Dios.
LA TRINIDAD
Un solo Dios manifestado en tres divinas personas
El Antiguo Testamento afirma que Dios es uno. Deuteronomio 6:4, "Oye
Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es". Isaías 44:6, "Así dice Jehová Rey de
Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero y yo soy el postrero,
y fuera de Mí no hay Dios". Génesis 1:1, El nombre de Dios en hebreo: "Elohim", es
un plural; mientras que el verbo "creó" es un verbo singular. Génesis 1:26, "Hagamos
al hombre a nuestra imagen". Génesis 3:22, "Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre
es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal". Génesis 11:7, "Descendamos, y
confundamos allí su lengua.
El Nuevo Testamento enseña también que Dios es uno.
I Timoteo 2:5, "Hay un solo Dios". Este Dios único tiene una naturaleza plural
y la Biblia se refiere a Él como Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; son tres
personalidades distintas, pero un solo Dios. Por ello creemos en la Trinidad.
Las tres divinas personas de la Trinidad se mencionan en:
Mateo 28:18, "bautizándolos en el hombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo". Juan 14:26, "Más el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará
en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas", Juan 15:26, "Pero cuando venga el
Consolador, a quien yo enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del
Padre, Él dará testimonio de mí". II Corintios 13:14, "La gracia del Señor Jesucristo,
el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros, Amén".
II Pedro 1:2, "... elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del
Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo". I Juan 5:7,
"Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu
Santo; y estos tres son uno". Mateo 3:16,17, "... y he aquí los cielos le fueron
abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y
hubo una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo
complacencia".
Dios Padre. A Dios se le llama Dios el Padre. Gálatas 1:1, "Pablo, apóstol (no de
hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los
muertos)".
Es Espíritu. Juan l4:24, "Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad
es necesario que adoren".
Es Eterno. Deuteronomio 33:27, "El Eterno Dios es tu refugio".
Isaías 40:28, "¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó
los confines de la tierra?"
Es Omnipotente. Lucas 1:37, "Porque nada hay imposible para Dios".
Job 40:2, "¿Es sabiduría contender con el Omnipotente?"
Éxodo 6:3, "Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, más en
mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos".
Es Omnisciente. Romanos 11:33,34, "¡Oh profundidad de las riquezas de la
sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables
sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su
consejero?" Job 42:1,2, "Respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo
puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti".
Es Inmutable. Malaquías 3:6, "Porque yo Jehová no cambio".
Santiago 1:17, "... todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el
cual no hay mudanza, ni sobra de variación".
Es Omnipresente. Salmo 139:7, "¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré
de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado,
he aquí, allí tú estás". Jeremías 23:24, "¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en
escondrijos que yo no lo vea".
Es Justo. Daniel 9:14, "Porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que
ha hecho".
Es Santo. Isaías 3:6, "Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo,
Jehová de los ejércitos". (Vea también Apocalipsis 4:8).
I Pedro 1:16, "Escrito está: Sed santos porque Yo soy santo".
Es Amor. Juan 4:8, "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".
Es Soberano. Hechos 4:24, "... alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano
Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra".
I Timoteo 6:14,15, "Hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su
tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de
señores".
La Deidad de Jesucristo
1. Jesús, el Verbo, es Dios mismo Juan 1:1, "En el principio era el Verbo, y el
Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" Isaías 9:6, "Porque un niño nos es
nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su
nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz".
Filipenses 2:5, "Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el
ser igual a Dios como cosa a que aferrarse". Juan 17:5, "Padre, glorifícame
tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese".
2. Participó en la Creación y la Sustenta Juan 1:3, "Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho". Colosenses 1:16,
"Todo fue creado por medio de él y para él". Hebreos 1:3, "Sustenta todas las
cosas con la palabra de su poder".
3. Perdona los Pecados Marcos 2:5-12, "Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al
paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados". Colosenses 3:13, "De la
manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros".
4. Da Vida Eterna Juan 10:28, "... y yo les doy vida eterna".
5. Es la Vida y la Resurrección Juan 11.25, "Yo soy la resurrección y la
vida". Juan 5:21, "Porque así como el Padre levanta a los muertos, y les da
vida, así también el Hijo a los que quiere da vida". Juan 5:40, "Que todo aquel
que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día
postrero".
6. Juzga al Mundo Juan 5:22,27, "Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el
juicio dio al Hijo"..."le dio autoridad de hacer juicio". Juan 25:31, "Cuando el
Hijo del Hombre venga en su gloria... se sentará en su trono... y serán reunidas
delante de él todas las naciones y apartará los unos de los otros, como aparta
el pastor las ovejas de los cabritos". Hechos 17:31, "Por cuanto ha establecido
un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien
designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.
7. Tiene existencia en sí mismo y es eterno Miqueas 5:2, "Belén Efrata, pequeña
para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en
Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad".
8. Es Inmutable Hebreos 13:8, "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los
siglos".
9. Es Omnipotente y Omnipresente Mateo 28:18, "Toda potestad me es dada en
el cielo y en la tierra... yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo".
10. Es Omnisciente Juan 2:24, "Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía
a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese y testimonio del hombre...
él sabía lo que había en el hombre". Juan 16.30, "... sabes todas las cosas, y
no necesitas que nadie te pregunte; por esto creemos que has salido de Dios".
11. Es adorado como Dios Mateo 2:2,11, "... su estrella hemos visto en el oriente,
y venimos a adorarlo" ... "vieron al niño con su madre María, y postrándose,
lo adoraron". Mateo 28:9, 17, "Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le
adoraron... Y cuando le vieron, le adoraron". Apocalipsis 5:8, "Los cuatro
seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero".
Filipenses 2:10, "Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los
que están en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua
confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios padre".
12. El Hijo ha dado a conocer al Padre Isaías 6:1-5, "... vi yo al Señor sentado en
su trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo... Por encima de él
había serafines... han visto mis ojos al Rey Jehová de los ejércitos". Juan
1:18, "A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del
Padre, él le ha dado a conocer" Juan 6:46, "No que alguno haya visto al
Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre".
El Espíritu Santo es una Persona Divina
Muchos enseñan que el Espíritu Santo es sólo fuerza, una influencia, una
energía, la obra de Dios en la persona, Dios actuando en el corazón del creyente, pero
que no es una persona de la Trinidad. Para quienes creemos en la Trinidad, el
Espíritu Santo es una persona divina, Dios mismo, el Consolador (en griego,
"paracleto": el auxiliador, el protector, el que fortalece).
1. Participó en la Creación. Génesis 1:2, "El Espíritu de Dios se movía sobre la
faz de las aguas". Job 33:4, "El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del
Omnipotente me dio vida".
2. Blasfemar contra Él no será perdonado. Mateo 12:31, 32, "Mas la blasfemia
contra el Espíritu no les será perdonado" ... "pero al que hable contra el
Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero".
3. Es Todopoderoso. Lucas 1:35, "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que
nacerá, será llamado Hijo de Dios".
4. Nos Ayuda a Testificar. Lucas 12:12, "El Espíritu Santo os enseñará en la
misma hora lo que debáis decir".
5. El Opera en el Nuevo Nacimiento Juan 3:3, "El que no naciere del agua y del
Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios".
6. Es Dios morando en nuestro corazón. Juan 14:6, "Y yo rogaré al Padre, y os
dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre".
7. Señala y Exalta a Jesucristo. Juan 15:26, "... pero cuando venga el
Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual
procede del Padre, él dará testimonio de mí".
8. Pone Convicción de Pecado en el Corazón. Juan 16:7,8, "Pero yo os digo la
verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el consolador no
vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga
convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio".
9. Nos da la Seguridad de la Salvación. Romanos 8:16, "El Espíritu mismo da
testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios".
10. Da Sabiduría a los Santos. Hechos 15:28, "Ha parecido bien al Espíritu Santo,
y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias".
I Corintios 2:12, "Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el
Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha
concedido".
11. Santifica al Cuerpo y lo Pone Bajo Control. Romanos 8:13, "Si por el Espíritu
hacéis morir las obras de la carne, viviréis.
12. Se le Puede Contristar. Efesios 4:30, "Y no contristéis al Espíritu de Dios, con
el cual fuisteis sellados para el día de la redención".
13. Se le Puede Resistir. Hechos 7:52, "Vosotros resistís siempre al Espíritu
Santo; como vuestros padres, así también vosotros".
14. Tratar de Mentirle a Él, es Intentar Mentirle a Dios. Hechos 5:3-4, "Y dijo
Pedro: Ananías, ¿Por qué llenó satanás tu corazón para que mintieses al
Espíritu Santo... no has mentido a los hombres sino a Dios?"
15. Es Eterno. Hebreos 9:14, "¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante
el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras
conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?"
16. Es Omnisciente. I Corintios 2:10, 11, "Pero Dios nos lo reveló a nosotros por
el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios...
Así también nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios".
17. Regenera al Hombre. Tito 3:5, "Nos salvó... por el lavamiento de la
regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo".
18. El Inspiró las Sagradas Escrituras y nos Ayuda a Interpretarlas. II Pedro
1:20,21, "... ninguna profecía de la Escritura es de interpretación humana, sino
que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu
Santo".
El Credo Niceno
El credo Niceno fue formulado en el Concilio de Nicea (Convocado por el
Emperador Constantino en 325 d.C.), para combatir la herejía de los arrianos, la cual
negaba la deidad de Jesucristo.
"Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y
de todo lo visible o invisible. Y creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de
Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de luz, luz de luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial al Padre, y por
quien todas las cosas fueron hechas; el cual, por amor de nosotros y por nuestra
salvación descendió del cielo y, encarnado en la virgen María por el Espíritu Santo,
fue hecho hombre; y fue crucificado también por nosotros bajo el poder de Poncio
Pilato. Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras; y
ascendió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre y vendrá otra vez en gloria
a juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. Y creo en el Espíritu
Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el
Hijo juntamente es adorado y glorificado, que habló por medio de los profetas. Y
creo en una santa iglesia cristiana y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo
para la remisión de los pecados; y espero la resurrección de los muertos y la vida del
mundo venidero. Amén".
LEYES ESPIRITUALES
El Único
Camino
La Leyes Como
Importancia Recibir a
de la Iglesia Espirituales Cristo
Vida Eterna
en Cristo
Etapa I El Único Camino
El Amor de Dios
Lo declara la Biblia en Juan [Link] Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna." El escritor bíblico, no teniendo una palabra que expresara el
inmenso amor de Dios hacia la humanidad, inspirado por el Espíritu Santo usa la
frase "de tal manera", indicando así que no existe medida humana que pueda señalar
el inmensurable amor de Dios por nosotros.
El Plan de Dios
Lo declara la Biblia en Juan 10:10b (Cristo afirma) "...yo he venido para que
tengan vida, y para que la tengan en abundancia." Esta declaración hecha por el
mismo Jesucristo nos muestra que ÉL tiene un plan para que podamos vivir una vida
plena y con propósito. Es cierto que pudiéramos cuestionar el por qué la mayoría de
las personas no están experimentando esta "vida en abundancia". Pero vemos a
continuación que la causa es por una segunda ley.
Etapa II Cómo Recibir a Cristo
El hombre es pecador y está separado de dios; por lo tanto no puede
experimentar ni conocer el amor y el plan de dios para su vida.
El Hombre Es Pecador
Lo declara la Biblia en Romanos [Link] Por cuanto todos pecaron y están
destituidos de la gloria de Dios." La frase "la gloria de Dios", podría interpretarse
como: La presencia de Dios. El hombre fue creado para tener comunión con Dios,
pero debido a su terca voluntad egoísta, escogió su propio camino y su relación con
Dios se interrumpió. Esta voluntad egoísta caracterizada por una actitud de rebelión
activa o de indiferencia pasiva, es evidencia de lo que la Biblia llama pecado.
El Hombre Está Separado de Dios
Lo declara la Biblia en Romanos [Link]
"Porque la paga del pecado es muerte..."
(o sea separación espiritual de Dios.) Dios es santo y el
hombre pecador. Un gran abismo los separa. El hombre está
tratando continuamente de alcanzar a Dios y la vida en
abundancia, y cruzar este abismo de separación mediante sus
propios esfuerzos: la religión; la moral; la filosofía; las buenas
obras; etc. Llegado este punto, con razón pudiéramos pensar que entonces estamos
irremediablemente perdidos; pero gracias a Dios por una tercera ley que nos da la
única solución a este problema...
Etapa III Vida Eterna en Cristo
Jesucristo es la única provisión de dios para el pecador. Sólo en él puede
usted conocer y experimentar el amor y el plan de dios para su vida.
Él Murió en Nuestro Lugar. Lo declara la Biblia en Romanos [Link] "Mas Dios
muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros".
Él Resucitó. Lo declara la Biblia en I de Corintios 15:3-6 "Cristo murió por nuestros
pecados... fué sepultado, y... resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;...
apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos..."
Es El Único Camino. Lo declara la Biblia en Juan [Link] "Jesús le dijo: Yo soy el
camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por
mí." Dios ha cruzado el abismo que nos separa de Él al
enviar a su Hijo, Jesucristo, a morir en la cruz en nuestro
lugar. Por eso Juan el Bautista dijo: "He aquí el cordero de
Dios que quita el pecado del mundo." Pero no es suficiente
conocer estas tres leyes y aún aceptarlas intelectualmente.
Vayamos a la cuarta ley...
Etapa IV La Importancia de la Iglesia
Debemos individualmente recibir a cristo como señor y salvador para poder
conocer y experimentar el amor y el plan de dios para nuestras vidas
Debemos Recibir a Cristo
Lo declara la Biblia en Juan [Link] "Más a todos los que le recibieron, a los
que creen en su nombre, les dió potestad de ser hechos hijos de Dios."
Recibimos a Cristo Mediante la Fe
Lo declara la Biblia en Efesios 2:8-9: "Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que
nadie se gloríe." Esta declaración bíblica nos deja claro que ninguna cosa que
hagamos, por muy meritoria que sea, nos conseguirá la salvación. Sólo la aceptación
de que Cristo pagó por nosotros el precio de nuestro pecado con su sacrificio, y
recibirlo como nuestro salvador personal, nos puede hacer miembro de la familia de
Dios y partícipes de una vida abundante y con propósito.
Recibimos a Cristo Por Medio de Una Invitación Personal:
(Cristo dice) "He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y
abre la puerta, entraré a él..." (Apocalipsis 3:20)
Usted Puede Recibir a Cristo
Recibir a Cristo comprende un cambio de actitud hacia Dios, confiar en
Cristo, para que Él entre a nuestras vidas y perdone nuestros pecados. Usted puede
recibir a Cristo ahora mismo, mediante la oración (orar es hablar con Dios). Dios
conoce su corazón y no tiene tanto interés en sus palabras, sino más bien en la actitud
de su corazón. La siguiente oración se sugiere como guía:
Señor Jesucristo: Gracias porque me amas y entiendo que te necesito. Te abro la
puerta de mi vida y te recibo como mi Señor y mi único Salvador. Gracias por
perdonar mis pecados. Gracias por entrar a mi vida y por escuchar mi oración. Cristo
entrará a su vida según Su promesa
Cómo estar seguro de que Cristo mora en su vida:
Pues en la fidelidad de Dios mismo y Su Palabra. La Biblia promete vida
eterna a todos los que reciben a Cristo. El Apóstol Juan escribe en su carta a los
creyentes (1ra de Juan 5:11-13): "Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida
eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene
al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el
nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en
el nombre del Hijo de Dios".
Viva agradecido de Dios porque Cristo está en su vida y que nunca le
abandonará (Hebreos 13:5). Puede estar seguro que el cristo vivo mora en usted y
que tiene vida eterna desde el mismo momento en que lo invitó a entrar confiando en
su promesa. Él no le engañará.
No Dependa de sus Sentimientos
Nuestra seguridad está en la promesa de la Palabra de Dios y no en nuestros
sentimientos. El cristiano vive por fe (confianza) en la fidelidad de Dios mismo y Su
palabra. Sentir es bueno, pero sintamos o no, Dios es el mismo. Él es y será, y Su
Palabra cumplirá. Amén.
[Link]