Tú, nada más Ana Coello
Ana coello
Tú,
nada más
Nova Casa Editorial
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Tú, nada más Ana Coello
Publicado por:
Nova Casa Editorial
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© 2015, Ana Coello
© 2017, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Maite Molina
Imagen cubierta
© Fotolia / picsfive
Portada
Vasco Lopes
Maquetación
Daniela Alcalá
Revisión
Mario Morenza
ISBN: 978-84-16942-40-4
Cualquier for ma de reproducción,
distribución,comunicación pública
o transfor mación de esta obra solo
puede ser realizada con la autorización
de sus titulares, salvo excepción
prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
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Tú, nada más Ana Coello
Índice
Tú,nada más
Índice
Sinopsis
Sin remordimientos
CAPÍTULO 1
Entorno negro
CAPÍTULO 2
Condiciones
CAPÍTULO 3
Juego extraño
CAPÍTULO 4
No es una cita
CAPÍTULO 5
Nada más
CAPÍTULO 6
Vivir el momento
CAPÍTULO 7
Trampa agria
CAPÍTULO 8
Respuestas
CAPÍTULO 9
Mejor que eso; nada
CAPÍTULO 10
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Tú, nada más Ana Coello
Horas vacías
CAPÍTULO 11
Caos emocional
CAPÍTULO 12
Corazón roto
CAPÍTULO 13
Asunto resuelto
CAPÍTULO 14
Fin del juego
CAPÍTULO 15
Aprendiendo
CAPÍTULO 16
Su razón
CAPÍTULO 17
Tanta maldad
CAPÍTULO 18
Aparentemente frágil
CAPÍTULO 19
Lo que sí era
CAPÍTULO 20
Espacio oscuro
CAPÍTULO 21
Tú, nada más
CAPÍTULO 22
Su fin
CAPÍTULO 23
Monstruo
CAPÍTULO 24
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Tú, nada más Ana Coello
Luz extinta
CAPÍTULO 25
Libre como el pensamiento
CAPÍTULO 26
Así lo quiero, así lo quiere
CAPÍTULO 27
Eres todo
CAPÍTULO 28
Un motivo
CAPÍTULO 29
Rabia
CAPÍTULO 30
MUNDO DE SOMBRAS
CAPÍTULO 31
Aturdido
CAPÍTULO 32
Colisión
CAPÍTULO 33
Inevitable
CAPÍTULO 34
La luz
CAPÍTULO 35
Luminiscencia
EPÍLOGO
Ana Coello
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Tú, nada más Ana Coello
Sinopsis
Marcel; indiferencia.
Anel; fragilidad.
Sin saberlo viven escondidos en sus propias sombras, en
sus mundos sin luz, en la soledad. Pero de pronto algo
cambiará y después de defender a esa chiquilla flacucha en
aquel salón de la universidad, se encuentra atraído por su
tranquilidad, tentado por su ingenuidad, y es por eso que
la arrastra a un juego en el que desear es la parte medular,
en el que sin notarlo, todo se transfor mará.
¿Será sencillo continuar esa gélida realidad a pesar de
que como estrellas en la noche iluminan su oscuridad?
¿El deseo que su sola cercanía despierta, no exigirá más?
¿La posesividad es parte de la necesidad? ¿Por qué a su la-
do, todo parece mejorar?
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Tú, nada más Ana Coello
A mi hija, un ser lleno de luz…
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Tú, nada más Ana Coello
En lo desconocido está el misterio, en el misterio la intri-
ga de seguir, y en ello, un mecanismo de protección que se
verá afectado por esas ganas de continuar, por la necesi-
dad de volver a sentir que la vida aún tiene algo que dar.
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Tú, nada más Ana Coello
Sin remordimientos
CAPÍTULO 1
—¡Puf! Creí que este jodido semestre jamás llegaría —ex-
clamó Rodrigo con hastío, observando, mientras se frotaba
las manos, a los estudiantes que iban rumbo a sus aulas.
Marcel le dio una calada a su cigarro mostrando una son-
risa torcida. Sí, todos parecían asquerosamente felices por
comenzar el último puto semestre y para él solo era el re-
cordatorio de que ya estaba a un paso de ir derechito a la
tumba donde se sepultaría el resto de sus días.
¡Mierda!
Joel, el más alto de los tres, tomó un sorbo de su café, y
negó en silencio.
—No sé qué puñeteras disfrutas. Estamos jodidos, Rodri-
go. Ahora sí se acabó el pretexto de la inmadurez. —El alu-
dido se encogió de hombros. Era ecuánime, sosegado y,
aunque disfrutaba de los desmanes y fiestas, sabía lo que
quería, hacia dónde iba.
—No necesariamente, Joel. Eres un puto amargado igual
que este. —Le dio un empujón a Marcel, riendo—. No todo
es ir de cama en cama, de antro en antro y ter minar ahoga-
do hasta el amanecer.
—¿Ah, no? Tú has de pasar la vida en el celibato y ence-
rrado en tu casa —se burló Marcel con sarcasmo.
—¡Vete a la mierda! —rio Rodrigo—. Algún día compren-
derás que saber lo que uno quiere, no es tan malo. —Su
amigo rodó los ojos dándole otra calada.
¡Y un carajo, eso ya qué más daba!
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Tú, nada más Ana Coello
Varios chicos más se unieron confor me trascurrían los mi-
nutos. Era simplemente imposible que todos ellos pasaran
desapercibidos. Ni por su físico, ni por su seguridad, ni por-
que se hacían notar de alguna manera.
Aún no salía el sol, el frío a las casi siete de la mañana ca-
laba los huesos por mucho que vivieran en Guadalajara y
por mucho que ahí no se conociera la nieve. Pero a ese
grupo de jóvenes parecía darles lo mismo estar ahí, afuera
de sus aulas, la segunda semana de enero. Gritaban, bro-
meaban y sonreían sin importarles nada.
Tres chicas, como otras tantas, caminaron frente a ellos
por el pasillo. Parecían nerviosas pues dejaban salir risitas y
sus movimientos eran rápidos, algo extraviados. Evidente-
mente eran de nuevo ingreso y, por su pinta, no serían de
las que en un par de semanas sabrían sus nombres.
De inmediato comenzaron los codazos burlones, ya que
apresuraron el paso en cuanto pasaron frente a todos, y es
que a cualquiera le hubiese intimidado ver esa cantidad de
chicos parloteando y aventándose, diciendo groserías,
mientras fumaban y hablaban tontería y media. Por no decir
que era muy evidente que se trataba de veteranos, cues-
tión por la cual nada les importaba demasiado.
Una de ellas, un poco más delgada que las otras dos, tro-
pezó justo frente a esos fanfarrones. Por lo mismo, las cosas
que traía entre las manos cayeron y más de uno pensó que
su rodilla había resultado lastimada. No obstante, fuera de
ayudarla, dejaron salir sonoras carcajadas de burla que hu-
biesen herido el ego de cualquiera, pero en el caso de esa
joven, arrancaron una lágrima que se apresuró a esconder.
Se incorporó patosa. De inmediato una de las chicas se
acercó, la ayudó a levantarse y, sin verlos, desaparecieron
por el corredor.
Rodrigo chasqueó la lengua negando, mientras los de-
más se aventaban unos a otros en plena carcajada.
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—¿Vieron eso? —soltó uno burlándose.
—Pobre, seguro es nueva —respondió otro que aún se
reía. Marcel volcó los ojos. Rodrigo era el típico chico de
sentimientos nobles; sin embargo, tenía cierta vena endia-
blada pues seguía juntándose con ellos.
—Y sus lentes no sirven para nada, eso sí que es estar jo-
dido —reviró Marcel llenando de nuevo sus pulmones de
humo como si fuera lo más obvio del mundo. Así era él: cí-
nico, sarcástico, insufrible, con un físico favorecedor que sa-
bía usar para su conveniencia cuando se le pegaba la gana,
y, por si fuera poco, inteligente y sin problemas financieros.
No era que los demás carecieran de esas aptitudes, pero
como Marcel, ninguno de ellos, ni en lo bueno, ni en lo ma-
lo.
—Algún día estuvimos en su lugar, imbécil. —El aludido
rio abiertamente.
—En tus putos sueños, yo cuando entré no lucía así… —
Las bromas siguieron hasta que el maestro llegó y todos in-
gresaron al aula sin chistar.
La mañana pasó aburrida, monótona y llena de invitacio-
nes para la noche. Así era siempre. Por lo mismo muchas
horas más tarde Marcel ter minó ebrio, llegando de puro
milagro a su apartamento en la madrugada. Nadie le diría
nada, no existía quién lo vigilara, mucho menos, lo retara.
—Creo que para variar tienes club de fans —expresó uno
de sus amigos en la cafetería central del campus. Marcel
torció la boca en una sonrisa seductora que jamás fallaba.
Siguió la mirada de Lalo. En la esquina, unas chicas que de-
bían ser de primero, lo veían con ademanes de soñadoras,
pero no solo a él, sino a varios de los que ahí se hallaban.
Soltó la carcajada cínicamente, les guiñó un ojo y les
aventó un beso con sor na.
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Una joven, que hasta ese momento notó, levantó el ros-
tro. Era la misma que resbaló frente a ellos hacía unos días.
Sus mejillas se tiñeron de rojo y, pestañeando, acomodó
sus gafas. No era fea, al contrario, aunque no se trataba de
una mujer que lo atrajera en lo absoluto, no debía pasar de
los 18, aunque si le decía que tenía 17, le creería. Cabello
castaño recogido en una trenza desordenada, tez blanca,
boca de corazón y naricita respingada. El color de ojos, ni
idea… Sin embargo, lucía demasiado infantil, inmadura y
aburrida, muy aburrida.
Elevó una comisura de la boca con pedantería, lo suyo
no eran las niñitas con pinta de no matar una puta mosca,
sino las de su edad en adelante. Eso de las rabietas y taru-
gadas del estilo lo hastiaban de inmediato. Por otro lado, la
experiencia y sensualidad crecía con el pasar de los años y,
a él, eso le fascinaba, nada como una chica atrevida, osada,
que se aventurara con decisión.
Las miradas continuaron algunos recesos más durante la
semana. Respondían todos de la misma manera y parecía
que eso les agradaba, pues aunque tenían del tipo «inte-
lectual» reían bobaliconamente. Bueno, no todas, por
ejemplo, la que se sonrojó aquel día, vivía con la nariz cla-
vada en un libro que no tenía idea de qué iba, pero que
parecía mantenerla bastante intrigada porque ni pestañea-
ba debido a su interés en las letras.
El lunes llegó, otra vez. Odiaba ese puto día, pero no te-
nía de otra salvo pasarlo y rogar que el maldito vier nes apa-
reciera.
Efrén, her mano de su padre, ya le había marcado para fe-
licitarlo por estar tan próximo a ser lo que todos esperaban.
No le agradaba en lo absoluto recordarlo. Hacía años que
se desentendió de eso y creyó que nunca llegaría el negro
día en que tuviera frente a él su gris y opaco futuro. Se
equivocó.
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Tú, nada más Ana Coello
Iba maldiciendo entre los pasillos rumbo al estaciona-
miento cuando escuchó un quejido lastimoso proveniente
de uno de los salones. Enseguida, voces masculinas que
reían, gritaban y se burlaban. Con las manos dentro de los
bolsillos del jeans se detuvo enarcando una ceja.
—No te hagas, cuatro ojos, con esa boquita seguro te sa-
le estupendo, hasta te va a gustar… —¡Guou!, ¿hablaban
de lo que creía? Esperó, no era partidario de meterse en
problemas, regular mente los ignoraba, pero tampoco se
iba ir de largo así nada más sin asegurarse de que no era lo
que estaba pensando.
—Dame mis lentes… ¡Déjenme! Ya, por favor —rogó la
vocecilla más tier na que hubiese escuchado.
—No, no, no. No has entendido; o nos haces los trabajos
o sabrás lo que es dar placer a cuatro y al mismo tiempo.
—Marcel abrió los ojos bufando de enojo. ¡¿Era en serio?!
¡¿Algo así de humillante estaba ocurriendo en ese puto
plantel?! Prendió el celular, activó la cámara, acto seguido
entró y grabó a los bastardos hijos de puta que acosaban a
la chica, mientras esta per manecía pegada a la pared, su-
puso, porque no podía verle el rostro, aunque sí sus manos
alzarse para intentar agarrar sus gafas.
—Bravo —y aplaudió cuando estuvo completamente se-
guro de tener las pruebas contra ese grupo de animales.
Los acosadores giraron de inmediato, furiosos. Sus edades
promediarían a lo sumo los 19, pero exhibían unos rostros
de depravados haraganes que no podían esconder.
—¿Tú qué, imbécil? —dijo uno, mientras otro ocultaba
por completo a la joven.
—¿Yo, qué? ¿Esa es buena pregunta? —Dos dieron un
paso hacia él. Los miró de for ma inescrutable. Hacía mucho
que el miedo despareció de su vida, pues cuando no se tie-
ne nada que perder, nadie a quien amar, nada te puede las-
timar—. No se muevan, idiotas. Resulta que el rector es mi
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Tú, nada más Ana Coello
tío y, bueno, ahora mismo le está llegando el video… —Al-
zó el móvil, riendo con cinismo fingiendo mandar algo. En-
seguida palidecieron.
—No es verdad, ¡y no te metas! —rugió un niñato al que
su cabello oscuro le tapaba casi todo los ojos.
—Bueno, si no me creen, lo harán en unos minutos que
venga hacia acá para expulsarlos… —se cruzó de brazos ar-
queando una ceja, indolente. Entre ellos se miraron dudo-
sos. De pronto, quien tapaba a la chica, se quitó. Notó algo
desconcertado, un poco intrigado, que se trataba de la chi-
ca que vivía sumergida en el libro en la cafetería y.
Las lágrimas salían, mas no era llanto, se limpiaba las me-
jillas pestañeando, evidentemente nerviosa. Marcel mantu-
vo su expresión impávida.
Al pasar aquellos abusadores a su lado tomó uno por la
camisa, el que estuvo bravuconeando. Lo levantó levemen-
te y acercó el rostro de él al suyo, dejándolo pálido.
—Conozco gente que les encantaría mantener a tu as-
querosa boquita bien ocupada, así que más vale no te vuel-
va a ver… Hijo de gran puta. —El chico asintió nervioso, su-
doroso. Lo soltó y de inmediato salió corriendo.
En cuanto estuvo seguro de que se alejaron, guardó el
móvil y giró. La joven ya se ponía los anteojos y recogía sus
cosas. La observó desde su posición. Era demasiado delga-
da, aunque tenía lindo cabello, muy natural y una piel como
porcelana.
—¿Tienes auto? —Se escuchó decir con tono amargo,
sentía ácido en la garganta. Ella negó encarándolo. Su nari-
cilla estaba enrojecida, y seguía limpiándose las mejillas
con la manga de su suéter violeta—. Vamos, te llevo —con
un ademán le indicó que lo siguiera.
—No… Yo…
Sí, demasiado tier na esa voz. Sacudió la cabeza, irritado.
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FIN DEL FRAGMENTO
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