Atemporal
Hecha bolita entre mis cobijas y con la espalda pegada a la pared esperaba la señal; dos
piedrecitas estrellándose contra el vidrio para que yo acudiera a abrir la ventana de par en
par para que él trepara y entrara. No había cosa que más añorara que ese pequeño golpeteo.
La espera y las insoportables mariposillas emocionadas me estaban matando. No, era lo que
me daba vida, lo que hacía que me pudiera levantar y que por fin tuviera sentido mi
existencia: él. De alguna manera era consciente de que lo que hacíamos estaba mal. Claro
que no haría bien en dejarlo entrar en mi casa, tan tarde en la noche, y peor aún, por mi
ventana. Las mariposas revolotean nerviosas en mi panza, los nervios van a hacer que
devuelva todo lo que he comido en el día.
Entonces escuché un golpecito, el choque de una piedrita contra el cristal, luego el segundo.
Emocionada salí de un salto de las cobijas y corrí a la ventana para quitar el pestillo. Ni
siquiera me asomé, no había necesidad, simplemente lo quité y corrí de nuevo a mi sitio.
¿Qué importaba si mi cuerpo se encontraba adolorido? ¿Qué más daba si tendría
consecuencias con mi inconstante respiración? Estaba frente a él. Unos ojos tornasolados y
una mirada juguetona me recibieron emocionados.
—Otra noche más, ya es una ventaja, enana.
Sonreí, aunque me costó en el alma. Su usual humor negro era contagioso y a pesar de que
estaba en mis peores momentos ni siquiera dudé y lo abracé con todas las pocas fuerzas que
me quedaban. Se trataba de él de todas formas.
Dicen que el primer amor duele una eternidad, mi eternidad no existe en esta vida. Mi
tiempo se agota, mi cuerpo sufre y cada día es uno menos de mi corta y efímera existencia.
Una lágrima rueda por mi mejilla, mi palma fría reposa en su tierno cachete.
—Te quiero, lo sabes, ¿verdad?
—Sigo sin entenderte, enana, ¿por qué cada vez qué te veo pareces despedirte de mí?
Y sí, era como un amor prohibido, como la fruta que estaba en medio del Edén. La sensación
de ya no volverlo a ver es como una agonía que tortura mi alma y corazón. Quería decirle
muchas palabras de amor, cartas del corazón.
Llevé mi mano a su rostro para sentir el aroma cerca de mi piel, aun si lo nuestro fuera
prohibido.
—No trates de entenderme.
—Murmuré con melancolía.
—Te quiero, no, un te amo, porque tu sola presencia llena mi alma de calidez.
—¿Entonces por qué siento la sensación de que te vas de mis manos?
Aquella pregunta me dolió porque no sabía ni el porqué, sonreí suavemente para abrazarlo.
—Te amo, no lo dudes. Aunque en esta vida nos separemos, siempre te volveré a buscar en
mil vidas más.
Él frunció el ceño.
—Me confundes, ¿sabes?
Solté una risita tonta, tímida. Yo tampoco entendía nada, las palabras parecían salir así sin
más de mi boca, como vómito. No pensaba en nada, solo surgían.
—No me mires así tonta, sabes que no me gusta que lo hagas. Siempre haces lo mismo.
Dijo eso último con un tono un poco molesto.
Se podría decir que él era mi último deseo. El amor de mi vida me iba a ver desfallecer en sus
brazos, no lo sabía, pero sería mi última vista antes de que consumara mi vida.
—Nena, estás pálida. Dime qué sucede.
—Te amo —susurro con la voz rota —lo siento tanto, perdóname.
—¡Alana!
—Cálmate, por favor, Scott —sonreí ligeramente, como si mis horas no estuvieran contadas.
Ver la desesperación en su voz, sus ojos me preguntaban en silencio qué es lo que estaba
pasando, no sabía cómo decirle o cómo tratar un tema que hasta a mí me duele. Me mordí el
labio inferior por los nervios, las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.
—Tengo leucemia, Scott... —confesé, me ardía el pecho.
Él quedó atónito, no tenía una expresión que pudiera descifrar.
—¡Alana, dime que no es verdad! —Él rogaba que fuera una broma.
Yo también quisiera que lo fuera, pero no lo era, esto no era una broma, era una realidad.
—¿Vas a estar bien?
Negué con la cabeza, mientras lloraba.
El dolor de la leucemia no tenía comparación con lo que me causaba su mirada asustada. Y
por fin una gruesa lágrima resbaló por su mejilla, haciendo de compañía a las mías que
tontamente seguían su curso como si de una carrera se tratase.
—Enana, tiene que haber una solución, si buscamos más opciones, medicamentos... doctores.
Este no es el final. ¡Maldita sea! Dime que no te irás, por favor... dime que todo estará bien.
Sus acciones se hicieron más desesperadas.
—Todo estará bien, lo prometo —le aseguro.
Claramente mis promesas eran en vano, pero cuando se trata de amor hasta las hadas existen
si él me lo dice.
Obviamente no había una solución. Aunque me sentía destrozada, ya había aceptado que
esto iba a suceder.
Estaba lista. Miré de soslayo el bote vacío de pastillas sobre la mesita de noche. Estaban
empezando a hacer efecto.
Sudor frío empezaba a correr por mi cuerpo, y mis extremidades se sentían entumecidas.
—Hey, hey, ¿Alana?
Escuché su voz, ya convirtiéndose en un eco, el tiempo estaba pasando rápido, escuché un
grito: Él gritó.
—¿¡Alana qué hiciste!?
Había encontrado el pomo vacío. Vacío precisamente por lo que él pensaba. Si me iba a ir,
quería hacerlo por decisión propia, no porque una estúpida enfermedad me obligaba. No
sentí nada, tal vez por la pequeña cantidad de adrenalina que luchaba por mí. Solo sentí el
calor de sus brazos alrededor mío mientras mi cuerpo se enfriaba más y mi conciencia se
perdía.
***Lo iba a amar incluso desde el otro lado.