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Educación y Conocimiento en Filosofía

El Bloque 3 de Filosofía de la Educación explora la interrelación entre educación y conocimiento, destacando cómo este vínculo influye en el currículum y la práctica educativa. Se analizan diferentes tipos de conocimiento, como el conceptual, procedimental y actitudinal, y su importancia en el aprendizaje significativo. Además, se discute el papel del conocimiento en el proceso educativo, enfatizando la necesidad de integrar diversas formas de saber para formar ciudadanos críticos y competentes.

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Educación y Conocimiento en Filosofía

El Bloque 3 de Filosofía de la Educación explora la interrelación entre educación y conocimiento, destacando cómo este vínculo influye en el currículum y la práctica educativa. Se analizan diferentes tipos de conocimiento, como el conceptual, procedimental y actitudinal, y su importancia en el aprendizaje significativo. Además, se discute el papel del conocimiento en el proceso educativo, enfatizando la necesidad de integrar diversas formas de saber para formar ciudadanos críticos y competentes.

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BLOQUE 3: FILOSOFÍA DE LA EDUCACIÓN (EDUCACIÓN Y

CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

Bloque 3
Filosofía de la Educación (Educación y Conocimiento)
Introducción
El Bloque 3 de Filosofía de la Educación se centra en la relación entre educación y
conocimiento desde una perspectiva pedagógica. A lo largo de este informe
analizaremos cómo la educación se vincula intrínsecamente con el conocimiento y
de qué maneras este vínculo da forma al currículum y a la práctica educativa.
Abordaremos distintos tipos de conocimiento relevantes en el ámbito educativo, el
concepto de conocimiento y su papel en el aprendizaje, la organización del saber
en el currículum escolar y los fundamentos pedagógicos que orientan su diseño.
Asimismo, examinaremos estrategias para educar mediante el conocimiento,
promoviendo aprendizajes significativos, y reflexionaremos sobre el formato
disciplinar escolar con sus ventajas y desafíos. Cada sección está desarrollada
de forma detallada, con explicaciones profundas y ejemplos ilustrativos cuando
corresponda, utilizando un lenguaje académico claro.
1. Educación y Conocimiento
Relación entre educación y conocimiento desde una perspectiva
pedagógica:
Educación y conocimiento mantienen una relación estrecha y constitutiva: la
educación puede entenderse, en esencia, como el proceso de transmisión,
adquisición y construcción de conocimientos dentro de una sociedad. Desde
una perspectiva pedagógica, educar implica socializar a las nuevas generaciones
mediante el conocimiento. Esto quiere decir que la escuela y otros entornos
educativos buscan integrar a los individuos en la cultura y prepararlos para la vida
en sociedad a través de la enseñanza de saberes acumulados. Por ejemplo, al
enseñar historia o matemáticas, no solo se están impartiendo datos o teorías
aisladas, sino que se está introduciendo al estudiante en modos de pensar,
valores y prácticas sociales asociados a esos conocimientos. La relación entre
educación y conocimiento no es unívoca ni simple: ha variado a lo largo de la

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

historia y según las concepciones predominantes de cada época. En ciertos


periodos, se consideró que la educación debía centrarse en la transmisión de
verdades absolutas y métodos científicos (perspectiva propia de la modernidad,
que veía a la educación casi como una extensión de la ciencia). En otras épocas,
se enfatizó el carácter formativo y crítico del conocimiento, donde la escuela no
solo transmite información, sino que fomenta la capacidad de análisis y reflexión.
En cualquier caso, la educación se diferencia de otras acciones sociales
justamente porque intenta desarrollar a las personas mediante el
conocimiento: formar ciudadanos informados, con pensamiento crítico y capaces
de comprender su realidad. Esto supone que el acto educativo no se limita a
entrenar habilidades mecánicas, sino que involucra comprender conceptos,
legitimar saberes valiosos y cuestionar ideas establecidas.
No obstante, esta relación presenta tensiones importantes. Históricamente,
las ideas sobre qué es el conocimiento válido han influido en las finalidades de la
educación. Por ejemplo, en la Antigüedad clásica Platón distinguía entre opinión y
conocimiento verdadero, reservando este último a las ideas universales y
necesarias. Una educación basada en esa concepción buscaba guiar a los
estudiantes desde las meras creencias opinables hacia la comprensión de
verdades más seguras. Siglos más tarde, durante la modernidad científica, surgió
la ilusión de reducir la educación al método de la ciencia y, recíprocamente,
de reducir el conocimiento a lo que la escuela enseñaba. Esto significó, por un
lado, intentar que los procesos educativos fueran tan controlables y objetivos
como un experimento científico, y por otro, asumir que todo conocimiento valioso
debía originarse o al menos validarse en la institución escolar. Tal enfoque
extremo mostró sus límites: la ciencia mantiene una autonomía y un desarrollo
crítico propio que va más allá de las aulas, a la vez que la educación tiene una
función social que no puede supeditarse únicamente al método científico (por
ejemplo, educar en valores o ciudadanía trasciende la mera transmisión de datos).
En resumen, educación y conocimiento están vinculados de manera recíproca: la
educación depende del conocimiento (lo usa como contenido y herramienta para
formar), y la concepción del conocimiento influye en cómo educamos (qué

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

enseñamos, con qué objetivo y cómo). Una pedagogía equilibrada reconoce que
ni la educación puede renunciar al rigor y la fuerza crítica del conocimiento,
ni el conocimiento puede difundirse sin los fines formativos y sociales de la
educación.
Tipos de conocimiento relevantes en el ámbito educativo:
En contextos educativos es importante distinguir diversos tipos de
conocimiento, ya que cada uno cumple funciones pedagógicas distintas. Uno de
ellos es el conocimiento conceptual o teórico, que se refiere a saber qué son
las cosas: hechos, conceptos, principios y teorías. Es el tipo de saber que
tradicionalmente constituye el contenido de las materias; por ejemplo, conocer las
fechas y causas de un acontecimiento histórico, entender la ley de la gravedad o
aprender la definición de un término científico. Este conocimiento teórico
proporciona a los estudiantes marcos explicativos y comprensión profunda de los
fenómenos, permitiéndoles más adelante analizar y relacionar ideas. Junto a él
está el conocimiento procedimental o práctico, que implica saber cómo hacer
algo: son las habilidades y destrezas para aplicar los conceptos en la realidad. En
educación, no basta con que el alumno conozca teorías matemáticas (teórico);
también debe saber cómo resolver un problema paso a paso (procedimental), o
cómo llevar a cabo un experimento en el laboratorio siguiendo un método. Por
ejemplo, en una clase de lengua, además de conocer las reglas gramaticales
(teoría), el estudiante desarrolla la habilidad de escribir un texto coherente
(práctica); en una clase de ciencias, además de aprender la teoría de la
electrícidad, aprende a armar un circuito eléctrico y manejar instrumentos. Otro
tipo relevante es el conocimiento actitudinal o valorativo, a veces llamado
saber ser: abarca valores, actitudes y disposiciones que el educando adquiere.
Aunque estrictamente no es "conocimiento" en el sentido cognitivo, en educación
se considera fundamental enseñar, por ejemplo, valores éticos, actitudes
críticas, curiosidad intelectual y habilidades sociales, para formar
íntegramente al estudiante. Estos saberes actitudinales se transmiten mediante la
convivencia escolar, el ejemplo del docente y contenidos específicos de formación
ciudadana o ética.

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

Asimismo, desde una mirada epistemológica aplicada a la educación, suele


hablarse de conocimiento empírico versus conocimiento racional (o teórico).
El conocimiento empírico es el que se adquiere a través de la experiencia directa,
la observación y la experimentación. Tiene un carácter concreto y suele ser de tipo
inductivo: el individuo aprende a partir de lo que percibe con sus sentidos o de su
interacción con el entorno. Por ejemplo, un niño obtiene conocimiento empírico
cuando descubre que el fuego quema tras haber acercado la mano (experiencia
directa), o cuando en un experimento en clase observa que una planta crece más
rápido con cierto tipo de luz. En cambio, el conocimiento teórico o racional se
construye mediante la reflexión abstracta, la deducción lógica y la comprensión de
las relaciones conceptuales. Es el saber sistemático que no proviene únicamente
de la experiencia personal inmediata, sino de la elaboración intelectual; por
ejemplo, entender un modelo matemático, una teoría científica o un concepto
filosófico implica un proceso de razonamiento que va más allá de lo observable a
simple vista. La educación combina ambos tipos: propone experiencias y
actividades para que el alumno adquiera saber empírico, pero también le presenta
conceptos y explicaciones teóricas para generalizar y dar sentido a esas
experiencias. Finalmente, vale mencionar el conocimiento práctico o técnico (a
veces identificado con el procedimental, mencionado antes): es aquel orientado a
la acción eficaz en contextos concretos, el saber aplicado que permite resolver
problemas reales. En términos educativos, abarca desde aprender a utilizar una
herramienta o tocar un instrumento musical, hasta desarrollar competencias
profesionales en una formación técnica. Este saber práctico es esencial para
conectar lo aprendido en el aula con situaciones de la vida cotidiana o del mundo
laboral, garantizando que la educación tenga una dimensión aplicativa.
En síntesis, el ámbito educativo trabaja con múltiples formas de
conocimiento: saberes teóricos que brindan comprensión profunda, saberes
empíricos que acercan la realidad al aula, saberes prácticos que desarrollan
habilidades de hacer, y componentes actitudinales que orientan el ser y convivir.
Un currículum equilibrado busca integrar estos tipos de conocimiento para lograr
un aprendizaje completo: que el estudiante sepa, sepa hacer y sepa ser,

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entendiendo la teoría, aplicándola en la práctica y asumiendo valores en el


proceso.
2. Conocimiento en general
Concepto de conocimiento y su papel en el aprendizaje:
El conocimiento, de forma general, puede definirse como la comprensión
verificada que una persona tiene acerca de la realidad. Implica haber procesado
información, contrastado ideas y alcanzado algún grado de certeza o convicción
fundamentada sobre un asunto. En filosofía clásica se ha descrito al conocimiento
como "creencia verdadera justificada": no es solo opinión o datos sueltos, sino
creencias que consideramos verdaderas y para las cuales contamos con buenas
razones o evidencias. El papel del conocimiento en el aprendizaje es central, pues
aprender significa apropiarse de nuevos conocimientos (ya sean
conceptuales, procedimentales, etc.) e incorporarlos a la estructura cognitiva
propia. Cuando un estudiante aprende algo, idealmente pasa de la ignorancia o la
confusión inicial a poseer un conocimiento: puede explicar un fenómeno, realizar
una tarea con entendimiento o tomar una decisión informada.
En el proceso de aprendizaje, el conocimiento actúa como materia prima y
a la vez como producto: por un lado, partimos de conocimientos previos para
construir otros nuevos (por ejemplo, para aprender álgebra se requiere conocer la
aritmética básica; para entender la fotosíntesis se parte de conocer qué son
plantas, agua, luz, etc.), y por otro lado, el resultado esperado de aprender es
precisamente obtener un conocimiento que antes no se tenía (tras estudiar
álgebra, se "sabe" álgebra). Además, el conocimiento permite conferir sentido a la
experiencia: los estudiantes constantemente viven situaciones o perciben hechos,
pero solo cuando logran encuadrarlos en conceptos o teorías (es decir, convertir la
vivencia en conocimiento) esos hechos adquieren significado pleno. Por ejemplo,
un niño ve cómo al lanzar un objeto este cae al suelo; más tarde, en ciencia,
cuando aprende la ley de la gravedad, comprende por qué ocurre aquello que
experimentaba a diario. Así, el conocimiento guía la comprensión del mundo y
habilita al individuo a aprender de forma autónoma en el futuro, ya que cuanto
más sabe una persona, más capaz es de generar nuevas preguntas y descubrir

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conocimiento adicional. Desde la pedagogía, se enfatiza que el aprendizaje


significativo ocurre cuando el alumno relaciona activamente lo nuevo con lo que ya
conoce, construyendo un entramado de conocimientos interconectados. En este
sentido, el conocimiento previo es el cimiento para adquirir conocimiento nuevo, y
la labor docente consiste en facilitar esos vínculos y en presentar la información de
modo que se transforme en conocimiento asimilado (y no quede como datos
memorísticos sin sentido).
Diferencia entre conocimiento empírico, teórico y práctico en la
educación:
En educación, resulta útil distinguir entre conocimiento empírico, teórico y práctico,
ya que representan formas diferentes de saber que deben articularse en la
enseñanza:
• Conocimiento empírico: Es el saber fundamentado en la experiencia y la
observación. En el aula, el conocimiento empírico se fomenta a través de
actividades donde el estudiante vive o observa directamente los
fenómenos. Métodos como la experimentación, la demostración práctica o
las salidas de campo ayudan a que los alumnos obtengan información de
primera mano. Por ejemplo, un estudiante adquiere conocimiento empírico
al mezclar dos reactivos en una clase de química y observar una reacción,
o al realizar una encuesta en la comunidad para recabar datos sociales.
Este tipo de conocimiento es inductivo y concreto: parte de casos
particulares o percepciones singulares, de los cuales se extraen
conclusiones generales. Su valor en la educación es grande, pues ancla el
aprendizaje en la realidad tangible, haciendo que los conceptos sean
menos abstractos. Además, aprender empíricamente suele ser motivador
porque el alumno descubre por sí mismo; de ahí que muchas pedagogías
activas recomienden "aprender haciendo" (learning by doing). Sin embargo,
el conocimiento empírico por sí solo puede resultar limitado: las
experiencias individuales pueden ser engañosas o parciales, por lo que
necesitan ser interpretadas a la luz de teorías más amplias.

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

• Conocimiento teórico: Es el saber de carácter conceptual, abstracto y


sistematizado, que se obtiene mediante la reflexión, el razonamiento lógico
y el estudio de generalizaciones. En contextos educativos, el conocimiento
teórico se presenta normalmente en forma de principios, leyes, modelos
o categorías que explican los datos de la realidad. Un estudiante adquiere
conocimiento teórico, por ejemplo, al aprender la teoría de la evolución en
biología, los teoremas en matemáticas o las causas económicas de un
suceso histórico. Este conocimiento no proviene directamente de la
experiencia inmediata del alumno, sino que es el resultado de la
elaboración intelectual de muchas experiencias (propias o ajenas) a lo largo
del tiempo, frecuentemente formalizado por expertos. La enseñanza teórica
se realiza a través de explicaciones, lecturas, clases magistrales y
materiales escritos, entre otros medios. El rol del conocimiento teórico en
educación es proporcionar estructura y profundidad: permite al alumno ir
más allá de la apariencia de las cosas, comprender patrones generales y
conexiones invisibles a simple vista. Por ejemplo, teóricamente se entiende
que la Tierra orbita el Sol siguiendo leyes gravitatorias, algo que la simple
observación diaria (empírica) no revela fácilmente. No obstante, un reto
pedagógico es que el conocimiento teórico tiende a ser abstracto y, si no se
vincula con lo concreto, puede parecer irrelevante o difícil de asimilar. Por
eso, los buenos métodos de enseñanza combinan la teoría con ejemplos
empíricos, ilustraciones o aplicaciones prácticas, de modo que los
estudiantes vean su utilidad y la interioricen mejor.
• Conocimiento práctico: Se refiere al saber orientado a la acción, a la
aplicación de lo que se sabe para resolver problemas o realizar tareas
efectivas. También se le llama conocimiento procedimental o saber hacer.
En educación, este tipo de conocimiento se pone de manifiesto cuando el
estudiante emplea lo aprendido en situaciones concretas, desarrollando
habilidades y competencias. Por ejemplo, después de aprender teoría
musical (teórico) y escuchar piezas (empírico auditivo), un alumno
demuestra conocimiento práctico cuando puede tocar un instrumento o

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

componer una melodía; en ciencias, conocer procedimientos de laboratorio


y saber manipular equipos con destreza es conocimiento práctico; en
matemáticas, saber aplicar un algoritmo para calcular en un caso real lo es
también. El conocimiento práctico suele adquirirse mediante la práctica
repetida, la guía en la ejecución de procesos y la retroalimentación sobre el
desempeño. Talleres, laboratorios, pasantías y ejercicios aplicados son
estrategias típicas para enseñar este saber. En términos pedagógicos, el
conocimiento práctico es crucial porque conecta la teoría con la vida real:
garantiza que el alumno no solo entienda los contenidos, sino que también
pueda usarlos en contextos relevantes (ya sea cotidianos, profesionales o
académicos). Además, muchos pedagogos señalan que ciertos
aprendizajes solo se consolidan verdaderamente cuando se llevan a la
práctica; por ejemplo, por mucha teoría de pedagogía que estudie un futuro
docente, será la práctica en el aula la que le brinde el conocimiento
profundo de cómo enseñar (lo que a veces se denomina “saber práctico
reflexivo” del profesor).
En síntesis, empírico, teórico y práctico son dimensiones
complementarias del conocimiento en la educación. Un currículo equilibrado
buscará que los estudiantes experimenten fenómenos (empírico), comprendan su
explicación conceptual (teórico) y apliquen ese entendimiento en acciones o
problemas reales (práctico). Tomemos como ilustración el aprendizaje de un
concepto científico sencillo: la densidad. El alumno podría primero observar
empíricamente que algunos objetos flotan y otros se hunden en el agua
(experiencia); luego, el docente introduce la fórmula teórica de densidad =
masa/volumen y explica el principio de Arquímedes (conceptualización);
finalmente, el alumno aplica ese conocimiento práctico midiendo la densidad de
varios objetos en el laboratorio y prediciendo si flotarán o no. De esta manera, el
aprendizaje se vuelve significativo e integral, y el estudiante incorpora
verdaderamente el conocimiento en todos sus aspectos.
3. Conocimiento y currículum

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Cómo se estructura el conocimiento dentro del currículum escolar:


El currículum escolar es, fundamentalmente, una selección organizada de
conocimientos que la sociedad considera valiosos para transmitir a los
estudiantes. Dado que el saber humano es prácticamente inagotable y el tiempo
en la educación formal es limitado, toda propuesta curricular implica decidir qué
conocimientos incluir y cómo organizarlos. Por ello, se suele definir el currículum
como una respuesta a la pregunta: ¿qué conocimiento es más valioso
enseñar? La forma en que el conocimiento se estructura en el currículum
responde a criterios tanto epistemológicos como pedagógicos y sociales.
Tradicionalmente, los sistemas educativos han organizado el contenido en
asignaturas o disciplinas académicas (matemáticas, lengua, ciencias naturales,
historia, arte, etc.), cada una de las cuales abarca un cuerpo de conocimientos
relativamente homogéneo y ampliamente reconocido. Esta estructura disciplinar
tiene la ventaja de provenir de la división del conocimiento en campos bien
establecidos (ciencias, humanidades, etc.), lo que facilita contar con expertos
docentes en cada área y secuenciar los temas de forma lógica (por ejemplo, en
matemáticas se enseña aritmética básica antes que álgebra avanzada, porque hay
una progresión de complejidad interna al conocimiento matemático).
Dentro del currículum, el conocimiento se organiza también por niveles de
profundidad y complejidad según la edad o etapa educativa. En los primeros
años se imparten nociones generales y básicas; a medida que se avanza, los
contenidos se vuelven más específicos y especializados. Por ejemplo, en ciencias
sociales un niño de primaria aprende conceptos básicos de comunidad y familia,
en secundaria estudia historia nacional y mundial con mayor detalle, y en
educación superior podría adentrarse en sociología o economía especializadas.
Así, el currículum escolar estructura el conocimiento en una suerte de espiral
creciente: se retoman temas ampliándolos y profundizándolos conforme el alumno
está preparado para entender más. Además, el currículum define secuencias y
correlaciones: qué contenidos preceden a cuáles, qué temas son prerrequisitos
de otros, y cómo se relacionan los conocimientos de distintas áreas. Una buena
estructuración curricular busca lograr coherencia interna (que los contenidos de

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un grado sienten las bases para los del siguiente, evitando repeticiones
innecesarias o lagunas) y pertinencia (que el conocimiento enseñado
corresponda a las necesidades y contexto cultural del estudiante).
Otro aspecto clave es la inclusión de diferentes tipos de conocimiento en
el currículum. Como vimos, no solo se enseñan datos o conceptos (conocimiento
declarativo), sino también habilidades (por ejemplo, resolver problemas
matemáticos, redactar un texto) y actitudes/valores (respeto, pensamiento crítico,
apreciación estética). Muchos currícula explícitamente incorporan objetivos en
términos de "saber, saber hacer y saber ser". Por ejemplo, el currículum de
ciencias podría estructurarse en bloques de contenido conceptual (hechos y
teorías científicas a aprender), en procesos o métodos científicos a practicar
(formulación de hipótesis, experimentación, interpretación de resultados) y en
valores o actitudes (como la curiosidad, el escepticismo informado, la
responsabilidad ambiental). De este modo, la estructura del conocimiento
curricular abarca no solo temas, sino también competencias y valores,
integrándolos en áreas de conocimiento.
La relación entre el conocimiento disciplinar y el enfoque curricular:
El conocimiento disciplinar ha sido durante mucho tiempo la columna vertebral del
enfoque curricular tradicional. Esto significa que el currículum se ha organizado en
asignaturas basadas en disciplinas académicas, partiendo de la idea de que las
grandes ramas del saber (Matemática, Ciencias Naturales, Lengua, Ciencias
Sociales, Artes, etc.) representan formas diferentes e indispensables de conocer el
mundo. Cada disciplina aporta su propia perspectiva, métodos y contenidos
fundamentales: por ejemplo, las ciencias naturales aportan el método experimental
y el conocimiento del mundo físico-biológico; las matemáticas ofrecen un lenguaje
cuantitativo y un razonamiento lógico-formal; la historia y las ciencias sociales
brindan comprensión del contexto humano y cultural; el arte desarrolla la
sensibilidad estética y la expresión creativa. Un enfoque curricular disciplinar
considera que para formar integralmente a un estudiante es necesario iniciarlo en
todos estos campos del conocimiento. Así, el currículum tradicional equilibra varias
disciplinas, asegurando que el alumno adquiera una base amplia (se suele hablar

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de formación general básica) antes de posiblemente especializarse en alguna de


ellas en niveles superiores.
Esta preponderancia del conocimiento disciplinar tiene ventajas claras:
proporciona rigurosidad y claridad en el contenido, ya que cada disciplina tiene
estándares propios sobre qué es conocimiento válido y cómo debe enseñarse.
También facilita la organización escolar –con profesores especialistas por
materia, libros de texto específicos y horarios segmentados– y permite profundizar
lo suficiente en cada campo sin dispersarse demasiado. Sin embargo, el enfoque
estrictamente disciplinar presenta desafíos y ha sido objeto de críticas. Uno de los
principales problemas es la fragmentación del saber: al compartimentar el
conocimiento en materias separadas, los estudiantes pueden percibirlo como
piezas aisladas sin conexión entre sí ni con la realidad fuera de la escuela. Por
ejemplo, un alumno puede estudiar contenidos similares sobre la Revolución
Industrial en historia, en literatura (novelas de la época) y en ciencias (revolución
tecnológica), pero sin que el currículum le ayude a integrar esas visiones; corre el
riesgo de no relacionar lo aprendido en distintas clases, perdiendo la oportunidad
de entender el fenómeno de forma global. Para contrarrestar esto, han surgido
enfoques curriculares interdisciplinarios o globalizados. Estos enfoques
intentan romper las rígidas barreras disciplinares, estableciendo puentes entre
áreas o organizando el currículum por temas transversales y proyectos más que
por materias clásicas. Por ejemplo, un enfoque curricular interdisciplinario podría
articular contenidos de matemáticas y geografía en un proyecto sobre estadísticas
demográficas, o combinar ciencia, historia y ética para estudiar el desafío del
cambio climático desde múltiples perspectivas.
Otro aspecto de la relación conocimiento disciplinar-currículum es la
cuestión de la jerarquía de saberes. Tradicionalmente, algunas disciplinas fueron
consideradas más “importantes” que otras en la escuela (por ejemplo,
matemáticas y lengua suelen tener más horas y peso que educación artística o
física). Este orden jerárquico refleja valoraciones culturales e históricas sobre qué
conocimientos se estimaban esenciales para la formación. En enfoques
curriculares modernos, se tiende a valorar una formación más equilibrada,

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reconociendo que áreas como las artes, la educación física o la formación


ciudadana también aportan dimensiones fundamentales del desarrollo humano,
aunque no siempre sean consideradas disciplinas "duras". Así, el currículum actual
busca integrar los distintos tipos de conocimiento disciplinar sin una jerarquía tan
marcada, promoviendo una educación más holística. Aun así, la pregunta “¿qué
conocimiento enseñar y con qué énfasis?” sigue vigente. Diferentes teorías
curriculares brindan respuestas: algunas priorizan conocimientos utilitarios
(habilidades prácticas inmediatas), otras priorizan la formación intelectual
abstracta, y otras la transmisión cultural. Estas distintas prioridades se traducen en
distintos enfoques curriculares, que veremos en la siguiente sección al hablar de
los fundamentos y modelos de currículum.
En resumen, el conocimiento disciplinar es el núcleo del currículum
tradicional, definiendo las asignaturas y contenidos a enseñar. Este enfoque ha
asegurado profundidad y organización, pero con el riesgo de compartimentalizar la
experiencia educativa. La tendencia pedagógica contemporánea invita a relacionar
las disciplinas entre sí y con la realidad, manteniendo la riqueza de cada campo
del saber pero presentándolos de forma más integrada y relevante para el
estudiante. El enfoque curricular de una institución puede situarse en algún
punto entre dos polos: desde un currículo muy disciplinar y separado por materias,
hasta un currículo muy integrado por proyectos o áreas temáticas amplias.
Encontrar un equilibrio depende de los objetivos educativos y de la concepción de
conocimiento que se adopte al planificar la enseñanza.
4. Fundamentos del currículo
Principios pedagógicos que sustentan el diseño curricular:
Detrás de cualquier currículum existe un conjunto de fundamentos o principios
pedagógicos que le dan coherencia y legitimidad. Diseñar un currículum no es
solo listar temas, sino justificar por qué esos contenidos, en ese orden y con esas
orientaciones metodológicas, son los adecuados para educar a una población en
cierto contexto. Entre los fundamentos más importantes destacan:
Fundamento pedagógico-político (coherencia normativa): Se refiere a
que el currículum debe estar alineado con los grandes propósitos y valores que la

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sociedad (expresados a menudo en leyes, constituciones, políticas educativas)


atribuye a la educación. Esto implica principios éticos y sociales. Por ejemplo, si la
educación nacional declara fin "formar ciudadanos democráticos, respetuosos de
los derechos humanos y capaces de convivir en la diversidad", el currículum debe
reflejar esa finalidad incorporando contenidos de educación cívica, promoviendo la
inclusión de diversas perspectivas culturales, evitando cualquier sesgo
discriminatorio, etc. La coherencia normativa asegura que lo que se enseña y
cómo se enseña esté en sintonía con los valores fundamentales y los objetivos
oficiales del sistema educativo. Este fundamento da legitimidad política al
currículum: está justificado porque responde a mandatos sociales ampliamente
consensuados (como preparar para el ejercicio de la ciudadanía, para el trabajo,
para el desarrollo personal, etc.). Además, en términos prácticos, significa que el
currículum debe respetar el marco legal vigente (leyes de educación nacionales o
provinciales, lineamientos curriculares nacionales) y no contradecir principios
como la igualdad de oportunidades, la laicidad o el pluralismo, según
correspondan al contexto.
Fundamento pedagógico-epistemológico (consistencia racional y
crítica): Este principio se enfoca en la racionalidad interna del currículum, es
decir, en que las decisiones curriculares estén respaldadas por una lógica clara en
cuanto al conocimiento y al aprendizaje. Un currículum bien fundamentado
epistemológicamente ofrece razones de por qué ciertos contenidos son valiosos
de enseñar y cómo se relacionan con la formación del alumno. Aquí entran
consideraciones como: la actualidad y validez científica de los conocimientos
incluidos (por ejemplo, enseñar teorías aceptadas y no refutadas), la selección de
contenidos clave que representen la esencia de cada disciplina, la inclusión de
distintas formas de conocimiento (teórico, práctico, artístico, ético) para lograr una
formación equilibrada, y la articulación de contenidos con métodos apropiados
para enseñarlos. Este fundamento también implica una dimensión crítica y
pública: el currículum debe poder explicarse y justificarse ante la comunidad
educativa y la sociedad en general, mostrando qué concepciones de conocimiento
y de educación lo sustentan. Por ejemplo, si en el currículum de ciencias se

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prioriza el aprendizaje por indagación (experimentos, proyectos investigativos) por


encima de la memorización de fórmulas, detrás hay un supuesto epistemológico
de que el conocimiento científico se aprende mejor reproduciendo el método
científico en pequeña escala (porque se concibe la ciencia como un proceso activo
de construcción, no como un conjunto de verdades estáticas). El fundamento
epistemológico exige coherencia: que las estrategias pedagógicas, los criterios de
evaluación y los contenidos mismos obedezcan a una idea integrada de cómo se
genera y se valida el conocimiento en contexto educativo. También confiere un
carácter crítico, en cuanto invita a reflexionar sobre si lo que enseñamos
realmente corresponde con lo que consideramos valioso y verdadero, evitando
caer en dogmatismos o en tradiciones curriculares incuestionadas. En suma, este
principio garantiza que el currículum tenga una base sólida en términos de calidad
y relevancia del conocimiento que propone enseñar.
Fundamento pedagógico-profesional (prudencia y viabilidad
didáctica): No basta con que el currículum sea legítimo en el plano político y
coherente en el plano epistemológico; también debe ser practicable y eficaz en el
terreno de la enseñanza real. El fundamento profesional se refiere a la viabilidad
didáctica e institucional del currículum: que las prescripciones curriculares
(contenidos, tiempos, metodologías sugeridas, etc.) sean razonables, aplicables y
adaptables a la diversidad de contextos educativos. Por ejemplo, un currículum
muy ambicioso que intente cubrir excesivos contenidos en poco tiempo puede
fracasar porque los docentes no logran implementarlo completamente; o un
currículum demasiado rígido que no permita adecuaciones locales puede ser
irrelevante en ciertas comunidades. La prudencia razonable implica definir
alcances apropiados: establecer qué contenidos son obligatorios y cuáles
opcionales, hasta dónde profundizar en cada tema, qué puede decidirse a nivel
institucional o áulico (dando autonomía al profesor para enriquecer o ajustar el
plan de estudios). Un currículum fundamentado profesionalmente incluirá
orientaciones didácticas claras, criterios de evaluación realistas y recursos
formativos para los docentes, de modo que pase del papel a la práctica con éxito.
También prevé la necesidad de innovación y evaluación continua: debe ser

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flexible para incorporarle mejoras o adaptaciones según resultados y contexto. En


definitiva, este principio asegura que el currículum esté pensado no solo desde el
ideal de qué enseñar, sino desde las condiciones efectivas de cómo enseñar: con
docentes reales, alumnos diversos, escuelas con determinadas capacidades. Un
buen diseño curricular equilibra aspiraciones elevadas con practicidad, de forma
que lo enseñado produzca aprendizajes reales y valiosos en los estudiantes.
Estos tres principios —normativo, epistemológico y didáctico—
fundamentan cualquier currículum de calidad. En conjunto, garantizan que el
currículum esté políticamente legitimado (responde a fines socialmente deseados),
epistemológicamente justificado (contiene conocimientos valiosos y veraces
organizados lógicamente) y pedagógicamente operativo (es factible de
implementar y conducir al aprendizaje). Al articular estos ejes, se logra un
currículum coherente en sus intenciones y en sus resultados, que puede ser
defendido ante diversas instancias (ministeriales, académicas, comunitarias) y,
más importante, que orienta eficazmente la práctica diaria de la enseñanza.
Modelos curriculares y su impacto en la enseñanza:
Existen distintas concepciones o modelos de currículum que derivan de diversas
filosofías educativas y que impactan fuertemente en cómo se enseña en el aula. A
continuación, describimos algunos modelos curriculares significativos y sus
implicaciones pedagógicas:
Modelo utilitarista o práctico: Este enfoque justifica el currículum
principalmente por la utilidad inmediata de los conocimientos para quien los
aprende. Fue defendido por pensadores como Herbert Spencer en el siglo XIX y
se resume en la pregunta: "¿De qué sirve lo que el estudiante aprende? ¿Para
qué le va a ser útil en su vida cotidiana o futura?" Un currículum de corte utilitarista
tenderá a privilegiar aquellos contenidos que tienen aplicación directa en el mundo
real o que preparan al alumno para desempeñarse en roles sociales productivos.
Por ejemplo, enfatizará las ciencias y la matemática por su utilidad tecnológica, la
lengua por ser esencial en la comunicación, o conocimientos de salud, de
economía doméstica, de computación, etc., que tengan un valor práctico tangible.
En la enseñanza, este modelo se traduce en metodologías enfocadas en la

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resolución de problemas reales, aprendizaje basado en proyectos, y evaluación de


competencias (qué sabe hacer el estudiante con lo que sabe). Un beneficio de
este enfoque es que hace la educación relevante y motivadora para el alumno,
quien percibe la conexión entre la escuela y la vida fuera de ella. Además,
responde a las demandas sociales de formar personas capacitadas para el trabajo
y la participación efectiva. Sin embargo, llevado al extremo, el modelo utilitarista
podría descuidar conocimientos más teóricos o humanísticos que, aunque no
tengan una utilidad inmediata, contribuyen al desarrollo intelectual y cultural. Por
ejemplo, asignaturas como filosofía, literatura clásica o artes pueden ser
desplazadas si solo se prioriza lo práctico, lo que empobrecería la formación
integral.
Modelo academicista o racional (formación de la mente): En
contraposición al utilitarismo, otro modelo sostiene que el valor del currículum
reside en su capacidad para desarrollar la racionalidad y la cultura mental del
estudiante, independientemente de aplicaciones concretas. Esta idea, con raíces
en Platón, se enfoca en proporcionar al educando las formas de conocimiento más
elevadas para cultivar su intelecto. Filósofos modernos de la educación como Paul
H. Hirst argumentaron que la educación debe iniciar al alumno en todas las
grandes formas de conocimiento que la humanidad ha construido (matemáticas,
ciencias naturales, artes, humanidades, ética, etc.), ya que cada una aporta
categorías y modos de pensar únicos. Según este modelo, el currículum ideal
abarca un conjunto amplio de disciplinas fundamentales, cada una enseñada con
profundidad en su lógica interna, con el fin de formar una mente versátil, capaz de
pensar con rigor en cualquier campo. La enseñanza en este enfoque enfatiza la
comprensión conceptual, el razonamiento crítico y la adquisición de conocimiento
por el conocimiento mismo. No se trata solo de acumular datos, sino de ejercitar la
mente en distintos ámbitos para que el individuo desarrolle su autonomía
intelectual. Por ejemplo, aunque quizá nunca usemos cálculo infinitesimal en la
vida cotidiana, aprenderlo entrena ciertas habilidades de abstracción y resolución
de problemas; o estudiar literatura clásica refina la comprensión del lenguaje y la
condición humana, aunque esos textos no "sirvan" en un sentido práctico

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inmediato. El impacto de este modelo en el aula suele verse en prácticas como


debates socráticos, análisis teóricos profundos, énfasis en la lógica y la
argumentación, y evaluación a través de ensayos o demostraciones del
entendimiento. Como ventaja, asegura una formación sólida y reflexiva,
protegiendo la enseñanza de conocimientos de base cultural (la "herencia cultural"
común) y promoviendo la capacidad de aprender por cuenta propia en el futuro. La
crítica que se le hace es que, si se exagera, puede desconectarse de la realidad
del alumno, volviendo el aprendizaje demasiado abstracto o elitista. También corre
el riesgo de ignorar la necesidad de que lo aprendido tenga un significado
funcional en la vida presente del estudiante.
Modelo de transmisión cultural o "currículum de la herencia": Este
modelo ve la educación como el medio para introducir a las nuevas
generaciones en la cultura acumulada de la humanidad. El currículum, desde
esta óptica, se justifica porque transmite a los niños y jóvenes un patrimonio
público compartido –conocimientos, ideas, creencias, obras artísticas, logros
científicos y valores morales– que los identifica como miembros de una comunidad
cultural. En la práctica, un currículum orientado a la herencia cultural incluirá
contenidos de historia, literatura, arte, tradiciones, idioma, etc., dando un lugar
central a aquello que se considera el canon cultural o los saberes que definen a
una sociedad. Por ejemplo, podría enfatizar la enseñanza de clásicos de la
literatura nacional, la historia patria, conocimientos básicos sobre religión o
filosofía moral predominante, fiestas y costumbres, y también las ciencias y
matemáticas en cuanto logros universales de la humanidad. La enseñanza según
este modelo busca conectar al estudiante con sus raíces culturales y con la
identidad colectiva: se promueve la narración histórica, la lectura de obras
fundamentales, la participación en actos culturales, y en general el aprecio por el
legado intelectual y artístico. Este enfoque tiene la virtud de dar sentido de
pertenencia al educando, proporcionándole un marco para entender su lugar en
el mundo y la continuidad con las generaciones pasadas. Además, realza el valor
intrínseco del conocimiento, no necesariamente por utilidad práctica, sino porque
forma parte de “lo que somos” como civilización. Un posible inconveniente es que

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puede volverse tradicionalista o poco crítico si no se actualiza: podría impartir una


visión fija de la cultura, sin cuestionar aspectos problemáticos de la herencia
recibida, o sin incorporar las voces de grupos históricamente marginados de ese
canon. En contextos muy diversos, definir qué constituye la herencia común
también es complejo; un currículum centrado en una sola tradición cultural podría
excluir o minimizar las contribuciones de otras culturas presentes en la comunidad
escolar.
Estos modelos no son mutuamente excluyentes absolutos; de hecho, un
currículum equilibrado tratará de integrar elementos de los tres enfoques. La
utilidad no debe descartarse (pues el estudiante necesita ver aplicabilidad a lo que
aprende), la formación intelectual profunda es deseable (para crear pensadores
críticos y autónomos) y la transmisión cultural es esencial (para que la educación
tenga continuidad histórica y social). En la práctica, las decisiones curriculares
suelen balancear estos principios. Por ejemplo, la inclusión de informática y
educación financiera en programas recientes responde a criterios utilitaristas
(preparar para el mundo contemporáneo); mantener asignaturas como filosofía o
literatura responde a criterios de formación racional y cultural; y la enseñanza de
historia, lengua y artes nacionales responde al criterio de herencia cultural.
El impacto en la enseñanza de cada modelo es evidente: un enfoque u otro
cambia la metodología, la evaluación y la relación profesor-estudiante. En un
currículum utilitarista, probablemente se usen metodologías activas, aprendizaje
cooperativo y tareas orientadas a competencias. En uno academicista, quizás
predominen las clases magistrales, el estudio individual y las evaluaciones más
teóricas. En uno de transmisión cultural, puede haber un equilibrio con actividades
conmemorativas, proyectos artísticos, además de clases expositivas tradicionales.
Actualmente, las reformas educativas intentan tender puentes: por ejemplo, se
habla de enseñar contenidos conceptuales (modelo racional) a través de
proyectos prácticos (modelo utilitario) que tengan significado cultural o social para
el estudiante (modelo de herencia). Este sincretismo busca una justificación
amplia del currículum, donde lo que se enseña sea útil, formativo y culturalmente
relevante al mismo tiempo. Aunque es difícil lograr la combinación perfecta, la

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reflexión sobre estos modelos ayuda a los docentes y diseñadores curriculares a


clarificar por qué enseñamos lo que enseñamos y cómo podríamos hacerlo mejor
para alcanzar los fines propuestos.
5. Educar mediante el conocimiento
Métodos pedagógicos basados en el conocimiento:
La expresión "educar mediante el conocimiento" subraya la idea de que la
principal herramienta de la educación es justamente el conocimiento: las escuelas
forman a las personas a través de la enseñanza de saberes. Esto contrasta
con otros enfoques que pudieran centrarse únicamente en formar mediante
hábitos, entrenamiento físico o imposición de disciplina; en la pedagogía moderna,
si bien se valoran las habilidades y actitudes, se reconoce que es por medio de la
apropiación activa del conocimiento que el individuo crece intelectualmente y se
capacita para participar en la sociedad. ¿Qué implica esto en términos de métodos
pedagógicos? En primer lugar, significa que los métodos de enseñanza deben
estar diseñados para favorecer la comprensión profunda y la construcción
activa de conocimientos por parte del estudiante, en lugar de la mera
recepción pasiva de información. Algunos de los métodos pedagógicos centrados
en el conocimiento son:
Enseñanza por descubrimiento e investigación: Este método, inspirado
en Bruner y en pedagogías activas, plantea que los estudiantes aprendan
explorando problemas y llegando a conclusiones por sí mismos, con la guía del
docente. Consiste en presentar situaciones, preguntas o retos (por ejemplo, un
experimento científico por resolver, un enigma matemático, una cuestión social por
investigar) para que los alumnos, mediante la indagación y el razonamiento,
construyan el conocimiento nuevo. Este método está basado en la idea de que el
conocimiento se asimila mejor cuando uno lo descubre, pues se conectan los
nuevos conceptos con la experiencia directa y con la satisfacción intelectual de
haber hallado una respuesta. Ejemplo: En lugar de explicar directamente los
principios de la electricidad, un docente puede proponer a los alumnos que, con
materiales simples, intenten encender una bombilla de distintas formas; a partir de

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sus intentos, van deduciendo qué se necesita para cerrar un circuito eléctrico,
construyendo gradualmente el concepto de corriente, conductor, aislante, etc.
Aprendizaje significativo y construcción de esquemas de
conocimiento: Este enfoque, asociado a Ausubel, enfatiza que para educar
verdaderamente (y no solo entrenar memoria) se debe lograr que el alumno
atribuya significado a los contenidos, es decir, que los relacione con lo que ya
sabe y con su realidad. Los métodos derivados de aquí incluyen el uso de
organizadores previos (introducir un marco conceptual general antes de
detalles), elaborar mapas conceptuales, hacer preguntas que vinculen el tema con
conocimientos previos de los estudiantes, y fomentar que ellos mismos expliquen
con sus palabras lo aprendido. El docente actúa como mediador, conectando el
nuevo conocimiento con la estructura cognitiva existente del alumno. Ejemplo: Al
iniciar una unidad sobre el ciclo del agua, el profesor puede partir preguntando qué
saben o han observado los estudiantes sobre la lluvia, los ríos, la evaporación, etc.
Luego introduce el diagrama completo del ciclo hidrológico (organizador global) y
conforme avanza en cada concepto (evaporación, condensación, precipitación),
pide a los alumnos que relacionen esos conceptos con ejemplos cotidianos (ropa
secándose al sol, formación de nubes, lluvia cayendo). De esta manera el
conocimiento nuevo se ancla significativamente.
Método de proyectos y aprendizaje por problemas (ABP): Estos
métodos consisten en organizar el proceso educativo en torno a proyectos
integradores o problemas complejos que los estudiantes deben resolver
investigando y aplicando diversos conocimientos. Aquí el conocimiento no se
presenta de forma aislada por asignatura, sino que los propios alumnos, al tratar
de resolver el problema o llevar a cabo el proyecto, buscan, integran y aplican
conocimientos de múltiples fuentes. El rol del profesor es facilitar recursos,
orientar la planificación y asegurar que al final se logren los objetivos de
aprendizaje. Educar mediante el conocimiento en este contexto significa que los
estudiantes aprenden conocimientos sustantivos mientras trabajan en algo
concreto y motivador. Ejemplo: Un proyecto de "diseñar un huerto escolar
ecológico" puede involucrar conocimientos de biología (plantas, suelos,

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ecosistema), de matemáticas (medir el terreno, calcular cantidades de semillas),


de economía (presupuesto de materiales), de ética (sostenibilidad ambiental) y
desarrollar competencias prácticas (cultivar, construir canteros). El conocimiento
no es un fin en sí mismo sino una herramienta que los alumnos van adquiriendo y
utilizando para completar el proyecto, pero al finalizar, han incorporado de manera
sólida esos saberes porque los emplearon en un contexto real.
Cátedra dialogada y métodos expositivos enriquecidos: Aunque la
enseñanza expositiva tradicional (el profesor explicando y el alumno escuchando)
se asocia a la pasividad, hay formas de hacerla más activamente enfocada en el
conocimiento. Una cátedra dialogada implica que el docente expone conceptos
pero continuamente involucra a los estudiantes con preguntas, ejemplos y
retroalimentación, asegurando que procesen intelectualmente la información a
medida que la reciben. El conocimiento se va construyendo en un diálogo guiado.
Asimismo, enriquecer las clases magistrales con recursos visuales,
demostraciones prácticas, anécdotas históricas o conexiones interdisciplinares
puede ayudar a que los alumnos comprendan mejor y recuerden más (porque
asocian el conocimiento con imágenes o historias significativas). En estos
métodos, educar mediante el conocimiento significa que el foco está en la claridad
y profundidad de los contenidos presentados: el profesor se preocupa por
explicitar los conceptos clave, relacionarlos lógicamente y corregir posibles
malentendidos, de modo que el estudiante adquiera un conocimiento bien
estructurado.
En todos estos métodos pedagógicos, el conocimiento no es visto como
un dato muerto para memorizar, sino como algo vivo que el estudiante debe
hacer suyo. La clave está en lograr que el alumno comprenda los porqués y
cómos, no solo los qués. Por ejemplo, memorizar la fórmula del área de un
triángulo es aprendizaje superficial; entender por qué es base por altura dividido
dos, quizá derivándolo con un dibujo o comparándolo con un rectángulo,
representa un aprendizaje más profundo basado en el conocimiento. Educar
mediante el conocimiento supone entonces priorizar la comprensión, la aplicación

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y la transferencia de lo aprendido a diferentes contextos, más que la mera


retención mecánica.
Estrategias para fomentar el aprendizaje significativo:
El aprendizaje significativo, término introducido por David Ausubel, ocurre cuando
el estudiante incorpora nuevos conocimientos relacionándolos de manera no
arbitraria y sustancial con su conocimiento previo. A diferencia del aprendizaje
memorístico, en el significativo el contenido adquirido tiene sentido para el alumno
y se integra en su estructura mental, de modo que puede recordarlo a largo plazo
y aplicarlo en diferentes situaciones. Algunas estrategias pedagógicas clave para
fomentar este tipo de aprendizaje son:
Conectar con los conocimientos previos: Antes de introducir un tema
nuevo, indagar qué concepciones, ideas o experiencias previas tienen los alumnos
al respecto. Esto se puede hacer mediante preguntas exploratorias, lluvias de
ideas, discusiones iniciales o breves diagnósticos. Luego, el docente puede
establecer puentes entre lo que los estudiantes ya saben y lo que van a
aprender. Por ejemplo, antes de enseñar conceptos de economía básica, se
puede partir preguntando cómo administran su mesada o qué entienden por
"ahorro" y "gasto", para enlazar esos conceptos intuitivos con los económicos
formales (presupuesto, inversión, etc.). Reconocer las ideas previas también
ayuda a detectar posibles concepciones erróneas (misconceptions) que conviene
abordar para que no obstaculicen el nuevo aprendizaje.
Utilizar ejemplos y contraejemplos relevantes: Los ejemplos concretos
ayudan a los estudiantes a dar significado a conceptos abstractos.
Proporcionar ejemplos sacados de la vida cotidiana, de la experiencia cultural
cercana de los alumnos o de aplicaciones prácticas hace que el conocimiento sea
menos esotérico. Asimismo, presentar contraejemplos o casos comparativos
aclara las fronteras y las condiciones de validez de un concepto, profundizando la
comprensión. Por ejemplo, si se enseña el concepto de seres vivos, dar ejemplos
(un perro, una planta) y contraejemplos (un robot, el agua) y discutir por qué unos
sí están vivos y otros no, ayudará a delimitar las características esenciales de los
seres vivos. Mientras más significativo sea el ejemplo para el estudiante

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(idealmente algo que pueda observar o haya vivido), más fuerte será el anclaje del
conocimiento.
Promover la participación y el diálogo: Un estudiante aprende con
significado cuando procesa activamente la información, la cuestiona, la
reformula con sus palabras y la discute. Por tanto, es fundamental que el aula no
sea un espacio unidireccional, sino que los alumnos tengan oportunidades de
preguntar, opinar, debatir y explicar lo que van entendiendo. Técnicas como el
debate dirigido, discusiones en grupos pequeños, aprendizaje cooperativo (donde
los alumnos se enseñan entre sí ciertos contenidos) y exposiciones de los propios
alumnos fomentan esa actividad cognitiva. Por ejemplo, después de estudiar un
texto sobre cambio climático, se puede organizar un debate donde unos
estudiantes argumenten desde la perspectiva de la industria y otros desde la
ecología; al preparar sus argumentos, necesariamente deberán comprender y dar
sentido a la información del texto, haciéndola suya. El profesor guía para corregir
errores conceptuales, pero permite que sean los estudiantes quienes elaboren las
ideas.
Organizar la información de manera estructurada: Presentar el
conocimiento de forma organizada facilita que los estudiantes lo integren
significativamente. Esto puede lograrse a través de mapas conceptuales,
esquemas, resúmenes jerárquicos o diagramas que muestren las relaciones
entre las ideas principales y secundarias. Una buena práctica es, al finalizar un
tema, construir conjuntamente con la clase un mapa conceptual que vincule los
conceptos aprendidos, o pedir a los alumnos que realicen organizadores gráficos.
Esta visualización de la estructura conceptual les ayuda a ver "el cuadro completo"
y a recordar cómo encaja cada pieza. Por ejemplo, en un curso de historia, tras
ver distintas revoluciones (Inglésa, Americana, Francesa, Industrial), se podría
esquematizar comparativamente causas, desarrollo y consecuencias de cada una,
resaltando similitudes y diferencias. Así, el conocimiento histórico no queda como
datos aislados de cada revolución, sino como un patrón más general de cambios
sociales que el alumno puede entender.

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Dar significado personal y emocional al contenido: Se ha demostrado


que los aprendizajes ligados a emociones o a la propia vida personal tienden a ser
más significativos. Por ello, narrar historias, usar metáforas o analogías, relacionar
el contenido académico con situaciones humanas atractivas o con dilemas que
importen a los estudiantes, puede hacer una gran diferencia. Por ejemplo, una
profesora de literatura puede fomentar el aprendizaje significativo de la poesía
pidiendo a los alumnos que traigan una canción que les guste y analizar la letra
como texto poético; al conectar la lírica clásica con la música contemporánea que
ellos disfrutan, le otorga un significado emocional inmediato al análisis literario. De
igual modo, un profesor de ciencias puede enmarcar el estudio de las células
comparándolo con una "ciudad diminuta" con fábricas (mitocondrias), centrales de
control (núcleo) y vías de transporte (retículo endoplasmático), creando una
imagen memorable que los estudiantes difícilmente olvidarán.
En conjunto, estas estrategias crean un ambiente donde el estudiante
entiende el porqué y el para qué de lo que aprende. Cuando el alumno percibe
sentido en el conocimiento —lo vincula a su mundo, lo comprende en profundidad
y ve su utilidad o su belleza intrínseca— se involucra más, retiene mejor la
información y está más dispuesto a aplicarla fuera del contexto donde la aprendió.
Desde la perspectiva del docente, educar para el aprendizaje significativo implica
planificar actividades que no se queden en la superficie (repetir definiciones, hacer
ejercicios rutinarios), sino que lleven a reflexionar, relacionar, aplicar y hasta
cuestionar el conocimiento. Esto no solo mejora la calidad del aprendizaje, sino
que también fomenta la motivación intrínseca: los estudiantes encuentran
satisfactoria la experiencia de aprender porque le ven sentido, en lugar de hacerlo
únicamente por la nota o la obligación. En síntesis, enseñar con miras al
aprendizaje significativo es enseñar con sentido, logrando que el conocimiento
realmente "eche raíces" en la mente del alumno y se convierta en parte de su
bagaje intelectual duradero.
6. Formato escolar disciplinar para el conocimiento
Organización del conocimiento en disciplinas académicas:
El formato escolar tradicional ha organizado el conocimiento en disciplinas o

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materias claramente delimitadas, cada una con sus contenidos específicos, su


metodología particular y su carga horaria. Este formato disciplinar surge en la
modernidad como una forma eficaz de estructurar la enseñanza, imitando en
buena medida la división del saber en ciencias y humanidades que se dio en la
academia. Organizar el conocimiento escolar en disciplinas implica realizar un
recorte del vasto universo del saber según ciertos criterios:
Criterio de comunicabilidad didáctica: Los contenidos se agrupan en
disciplinas para facilitar su enseñanza y aprendizaje de manera progresiva. Cada
disciplina permite organizar el conocimiento en secuencias lógicas de complejidad,
estableciendo qué conocimientos previos son necesarios para abordar los
siguientes. Por ejemplo, la disciplina Matemáticas se organiza internamente en
áreas (aritmética, álgebra, geometría, etc.) con un orden creciente de abstracción;
este recorte disciplinar ayuda a que el alumno vaya construyendo su conocimiento
matemático paso a paso, cumpliendo etapas. Desde este punto de vista, la
división en materias es una herramienta didáctica: facilita que el docente
especializado en un área pueda profundizar en ella y que el estudiante concentre
su atención en un tipo de contenidos a la vez, con cierto orden. Asimismo, permite
diseñar currículos con horarios y libros de texto enfocados, lo cual da claridad al
proceso de enseñanza.
Criterio de inserción en prácticas sociales (función instrumental): Las
disciplinas también se justifican por la necesidad de adquirir competencias
específicas para la vida social. Cada campo disciplinar suele corresponderse con
algún ámbito de la práctica social o profesional. Por ejemplo, aprender ciencias
naturales prepara para comprender y eventualmente participar en prácticas
científicas, sanitarias o ambientales; aprender lengua y literatura se relaciona con
la práctica social de la comunicación, el periodismo, la creación literaria; la
matemática se vincula a prácticas tecnológicas, financieras, de ingeniería, etc.
Agrupar los conocimientos disciplinariamente permite al currículum alinearse con
estas finalidades sociales: se espera que al dominar una disciplina, el estudiante
desarrolle ciertas habilidades útiles en la sociedad. Es un enfoque instrumental en
el sentido positivo: cada disciplina entrenaría al alumno en un modo de

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pensamiento y en competencias valoradas (el pensamiento lógico en matemática,


el método empírico en ciencias, la apreciación crítica en arte, la argumentación en
ciencias sociales, etc.). Este criterio se observa, por ejemplo, en la inclusión de
disciplinas como educación tecnológica o informática en los currículos modernos,
reconociendo que son ámbitos del conocimiento necesarios en la sociedad actual.
Criterio de especificidad epistemológica: Por último, las disciplinas se
distinguen entre sí porque tratan diferentes objetos de estudio, emplean
categorías conceptuales distintas y métodos propios de validación del
conocimiento. La física estudia el movimiento, la energía, la materia, empleando
matemáticas y experimentación; la historia estudia eventos pasados humanos,
usando métodos de crítica de fuentes y narración; la biología estudia los seres
vivos, combinando observación, experimentos y teoría de sistemas; la literatura
estudia obras escritas, mediante análisis textual y teorías estéticas; y así
sucesivamente. Estas diferencias intrínsecas justifican que el conocimiento se
enseñe separado en disciplinas, pues para aprender cada tipo de contenido el
estudiante debe familiarizarse con el lenguaje y el método específico de ese
campo. En el formato disciplinar, la escuela refleja en parte la estructura del
conocimiento científico-académico: transmite a los alumnos no solo contenidos,
sino la forma en que distintos especialistas piensan y construyen verdades en
cada área. Así, en la materia Ciencias, el alumno aprende a hacer hipótesis y
comprobarlas; en Matemáticas, a plantear problemas y demostrar soluciones; en
Literatura, a interpretar y criticar textos; en Educación Ciudadana, a argumentar
sobre dilemas morales o políticos. Cada disciplina escolar traduce una disciplina
madre (científica, artística o social) a un nivel accesible para el estudiante, pero
manteniendo su esencia epistemológica.
Gracias a estos criterios, el formato disciplinar escolar ha sido capaz de
diseñar un amplio universo del saber con sus "casillas" correspondientes,
en el que idealmente cada disciplina aporta algo único a la formación integral, a la
vez que todas juntas dan unidad al sujeto educado. Por ejemplo, un estudiante
que pasa por todas las materias obligatorias de la escuela secundaria sale con
una visión del universo físico (aportada por la ciencia), del mundo humano y su

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historia (aportada por las ciencias sociales), con capacidad de expresarse y


comprender su lengua (gracias a lengua y literatura), con nociones de lógica y
abstracción (matemáticas), con sensibilidad cultural (arte, música) y cuidado del
cuerpo (educación física). El formato disciplinar busca asegurar que ninguna de
esas facetas quede fuera, asignando un espacio definido a cada tipo de
conocimiento.
Ventajas y desafíos del formato disciplinar en la educación:
El esquema de organizar la educación en disciplinas presenta una serie de
ventajas importantes:
Especialización y profundidad: Una primera ventaja es que permite
profundizar en cada campo del conocimiento con cierto rigor. Al tener docentes
especializados en cada materia, contenidos diseñados específicamente y tiempo
dedicado exclusivamente a cada disciplina, los estudiantes pueden alcanzar un
nivel de comprensión más sólido en cada área. Por ejemplo, en la hora de física
se puede profundizar en leyes del movimiento con ecuaciones, algo que no sería
posible si física estuviera mezclada constantemente con otras áreas. Esta
especialización refleja la manera en que el conocimiento avanza: los expertos
investigan en campos delimitados. La escuela acerca un poco al estudiante a esa
profundidad disciplinar, obviamente adaptada a su nivel.
Secuenciación lógica del aprendizaje: El formato disciplinar facilita
estructurar el currículum de manera secuencial y acumulativa dentro de cada
materia. Esto significa que se pueden planificar progresiones de dificultad y
complejidad bien calibradas. Cada año escolar retoma la disciplina en el punto en
que la dejó el año anterior y añade nuevos estratos de conocimiento. Por ejemplo,
un estudiante ve en matemáticas primero operaciones básicas, luego ecuaciones
simples, más adelante cálculo; en historia, primero historia local, luego nacional,
luego mundial contemporánea. Esta continuidad disciplinar contribuye a un
aprendizaje ordenado donde los prerrequisitos están claros. También permite
evaluar el progreso de forma diferenciada: se puede diagnosticar si un alumno
tiene dificultades específicas en cierta materia sin confundirlo con su desempeño
en otras.

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Claridad en la organización escolar: Desde el punto de vista


administrativo y práctico, el sistema disciplinar es claro y eficiente. Hay
asignaturas definidas, horarios por materia, departamentos de profesores por
especialidad, libros de texto alineados con cada disciplina. Esto hace manejable la
implementación del currículum en escuelas de distintos tamaños y contextos, y
facilita la estandarización (por ejemplo, pruebas o contenidos comunes para todos
los estudiantes de un grado en determinada materia). Las familias y estudiantes
también comprenden fácilmente la estructura ("este año tengo X horas de cada
asignatura, debo aprobar todas"). Esa claridad estructural ha contribuido a
universalizar la educación en muchos países porque es replicable y evaluable.
Abrir diversas ventanas al mundo: Pedagógicamente, otra ventaja es que
el formato disciplinar expone a los alumnos a diferentes modos de pensamiento.
Cada disciplina es como una ventana distinta desde la cual mirar la realidad. Esta
diversidad intelectual en la formación es enriquecedora: el estudiante aprende que
puede aproximarse a un tema con mentalidad científica, artística, histórica, etc., y
que cada aproximación revela aspectos distintos. Por ejemplo, el agua es objeto
de estudio en química (composición H2O), en geografía (hidrografía), en
educación física (hidratación y salud), en arte (fuente de inspiración poética) y en
ética (derecho humano al agua). Al segmentar por disciplinas, nos aseguramos de
cubrir todos esos enfoques a lo largo de la escolaridad.
Sin embargo, el formato disciplinar también conlleva desafíos y
limitaciones que han motivado reformas y complementos al modelo:
Fragmentación del conocimiento: Quizá la crítica más frecuente es que
segmentar el aprendizaje en materias puede llevar a que el estudiante vea el
conocimiento como compartimentos aislados. La vida real no está dividida en
asignaturas; los problemas complejos suelen requerir combinar saberes de
distintos campos. Si la escuela no ayuda a integrar los conocimientos, el
alumno podría tener dificultades para transferir lo aprendido a situaciones fuera del
contexto académico. Por ejemplo, puede sobresalir en cálculo matemático pero no
saber aplicarlo para entender estadísticas en noticias, o conocer hechos históricos
pero no relacionarlos con cuestiones económicas o geográficas actuales. La

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fragmentación también puede restar significado: algunos estudiantes se preguntan


"¿para qué sirve esta materia?" justamente porque no ven la conexión con otras
áreas o con sus intereses. Este desafío ha impulsado enfoques interdisciplinarios:
proyectos globales, materias integradas (como Ciencias integradas en vez de
física-química-biología separadas en ciertos niveles), y la inclusión de ejes
transversales que atraviesan varias disciplinas (por ejemplo, educación
ambiental, educación en valores, que se trabajan en distintas clases). El objetivo
de esas iniciativas es superar la compartimentalización, mostrando las
interrelaciones entre disciplinas y construyendo una visión más holística.
Enfoque rígido y resistencia al cambio: Otro desafío es que, una vez
establecido, el formato disciplinar tiende a ser rígido. Las instituciones educativas
con departamentos separados a veces encuentran difícil innovar con proyectos
interdisciplinarios, pues cada materia defiende su espacio y contenidos. Asimismo,
la actualización de los currículos disciplinares puede ser lenta: por ejemplo, la
ciencia y la tecnología avanzan rápido, pero integrarlos en la materia
correspondiente requiere revisar programas, capacitar docentes, etc., lo cual no
siempre ocurre al ritmo necesario. La rigidez disciplinar también puede
manifestarse en metodologías monótonas –si cada profesor solo se preocupa por
"su contenido", puede descuidar la posibilidad de coordinar con colegas de otras
áreas para una enseñanza más integrada–. Este aislamiento profesional puede
limitar la creatividad en la enseñanza. Superar este reto implica fomentar una
cultura de colaboración curricular entre docentes de distintas asignaturas, y
diseñar estructuras flexibles (como horarios que permitan proyectos entre
materias, o bloques temáticos comunes).
Jerarquización y sesgos en la valoración de saberes: Como
mencionamos, tradicionalmente unas disciplinas han gozado de mayor prestigio o
prioridad (las ciencias, la matemática, la lengua) mientras otras han sido
consideradas "complementarias" (arte, música, formación ética, educación física).
El formato disciplinar a veces refuerza esta jerarquía: se les asigna más horas,
más recursos o se evalúa con más peso unas materias sobre otras. Esto puede
enviar un mensaje implícito a los alumnos de que algunos conocimientos importan

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más que otros, lo cual no siempre es justificado pedagógicamente. Por ejemplo,


un currículum que da muy poca atención al arte o a la educación emocional puede
formar estudiantes con gran bagaje científico pero con escasa creatividad o
manejo de sus emociones. Equilibrar el currículum disciplinar para no subvalorar
áreas es un desafío constante. Significa reconocer la importancia de las distintas
inteligencias y dimensiones del desarrollo humano. Algunos sistemas han
respondido aumentando las horas de educación artística o introduciendo enfoques
STEAM (Science, Technology, Engineering, Arts, Mathematics) que integran arte
con ciencias para darle igual relevancia. No obstante, mientras existan
evaluaciones estandarizadas centradas en ciertas disciplinas, la tensión persiste.
Exclusión de saberes no disciplinarios: El formato escolar disciplinar, al
centrarse en conocimientos avalados por disciplinas académicas, corre el riesgo
de excluir otros saberes valiosos que no encajan fácilmente en esas categorías.
Por ejemplo, conocimientos tradicionales o indígenas, saberes locales de una
comunidad, habilidades prácticas como la crianza, la artesanía o la oratoria,
pueden quedar fuera del currículum si no se corresponden con una materia oficial.
Esto empobrece la educación porque deja de lado la diversidad de formas de
conocer. Es un desafío incorporar en la escuela contenidos transversales o
proyectos donde ese saber más informal o comunitario tenga un espacio y se
legitime junto al saber disciplinar. Algunas escuelas lo abordan invitando expertos
locales a compartir conocimientos, realizando ferias de saberes populares, o
integrando contenidos de cultura local en asignaturas existentes (por ejemplo, en
ciencias sociales hablar de historia regional, en ciencias naturales estudiar plantas
medicinales locales en biología, etc.).
En conclusión, el formato disciplinar ha servido como columna vertebral
de la educación durante mucho tiempo, proporcionando orden y profundidad en
la transmisión del conocimiento. Sus ventajas en estructura y especialización lo
hacen difícil de reemplazar por completo. Sin embargo, los desafíos que presenta
han impulsado complementos necesarios: estrategias didácticas que favorecen la
integración y contextualización del saber, revalorizar disciplinas humanistas y
artísticas, y mayor flexibilidad curricular para adaptarse a los cambios sociales y

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BLOQUE 3: FILOSOFÍA DE LA EDUCACIÓN (EDUCACIÓN Y
CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

científicos. La tendencia actual en pedagogía no es eliminar las disciplinas, sino


articularlas mejor: fomentar la interdisciplinariedad (proyectos o problemas que
requieran múltiples miradas), incluir ejes transversales (temáticas que todos los
profesores aborden desde su área, como educación ambiental, ciudadanía,
igualdad de género) y formar docentes capaces de dialogar entre asignaturas. De
este modo, se preserva la riqueza del conocimiento disciplinar pero se la pone al
servicio de una comprensión más global y significativa del mundo por parte del
estudiante.
Conclusión:
En este informe hemos examinado la compleja pero fundamental relación entre
educación y conocimiento, abordando cómo el saber humano se convierte en el
núcleo de la actividad educativa. Desde la perspectiva de la Filosofía de la
Educación, entender esta relación nos lleva a reflexionar sobre qué enseñamos,
por qué lo hacemos y cómo estructuramos ese contenido para formar personas
íntegras y críticas. Vimos que la educación se distingue por socializar a través del
conocimiento, valiéndose de distintos tipos de saber (teórico, empírico, práctico,
valorativo) y que el concepto mismo de conocimiento ha sido objeto de debate
filosófico, con implicaciones en la forma de enseñar (contraste entre empirismo y
racionalismo, por ejemplo). En el currículum escolar, el conocimiento se
selecciona, se organiza en disciplinas y se fundamenta en principios pedagógicos,
lo que requiere un equilibrio entre utilidad, formación intelectual y transmisión
cultural. Asimismo, educar mediante el conocimiento implica elegir métodos que
promuevan la comprensión profunda y el aprendizaje significativo, para que los
estudiantes no solo acumulen información, sino que la conviertan en parte de su
pensamiento y de su vida. Finalmente, analizamos el formato disciplinar de la
escuela, reconociendo sus aportes en la sistematización del saber, pero también
sus límites, que debemos superar con integración interdisciplinaria y adaptaciones
flexibles a las necesidades del siglo XXI.
En síntesis, la relación entre educación y conocimiento es el corazón del
acto educativo: educar es, esencialmente, cultivar conocimiento en las
mentes y corazones de las personas. Una sólida Filosofía de la Educación nos

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CONOCIMIENTO) LIC. ESPINDOLA

ayuda a orientar este cultivo, asegurando que el conocimiento enseñado sea


significativo, legítimo, relevante y emancipador. Solo así la educación cumplirá su
propósito de formar seres humanos capaces de entender su mundo y
transformarlo positivamente mediante el saber.

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