TIPOGRAFÍA La caligrafía TEX: Alejandra Carbone
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¿QUÉ ES LA CALIGRAFÍA?
Arte de la bella escritura, elegante y aplicado para unos, ejercicio espiritual para
otros, latinos u orientales, la caligrafía es fruto de un duro aprendizaje para
dominar el estilo y el “ductus”. Sobre la base de reglas muy estrictas, ofrece al
calígrafo el medio de expresar su sensibilidad, como la teoría musical al músico.
Energía y concentración se suman a la inspiración y a una buena postura general
del cuerpo; ritmos convencionales inspirados animan los dedos y la articulación
de la muñeca.
En la caligrafía islámica, la dirección de las líneas, el espesor de los trazos, la lon-
gitud de las ligaduras, el emplazamiento de los signos de puntuación, en conjunto
contribuyen al equilibrio general de la obra.
En China y en Japón, todo “letrado” debía saber manejar bien su pincel. Los útiles
eran preparados con esmero antes de eternizar, en el pequeño fragmento de uni-
verso de la página, el deseo audaz del hombre de un instante de perfección. Para
los egipcios, la escritura era inseparable del arte, debía ser bella porque no repre-
senta solamente la palabra, sino también la realidad del mundo a la cual asegura
la inmortalidad.
La escritura entre orden y libertad: modelo y rebelión
Todo sistema de escritura reside sobre una convención pautada por un grupo o
comunidad, que le permite comunicar garantizando a cada signo gráfico un valor
semántico o fonético fijo. Pero, ¿cómo impedir a este sistema evolucionar cons-
tantemente bajo el efecto combinado del uso, del soporte, de las influencias ex-
tranjeras y de la singularidad misma de aquel que escribe? De la misma manera, la
forma de los signos, en el curso de su historia, revelan una oscilación permanente
entre proliferación gráfica y búsqueda de standardización. El arte de escribir en
Occidente desde los siglos XVI a XVIII es un buen ejemplo de ello. Puede apreciar-
se entre las formas canónicas que se erigen como modelos a imitar, algo rígidas
hasta podríamos decir militares, en proporción al deseo de transmitir de la forma
más fiel y legible los contenidos del pensamiento y los senderos de un discurso
sabiamente ordenado.
La escritura islámica, por el contrario para asegurar la transmisión de un texto, pa-
rece “gozar de un placer, infinito en el exceso y el retardo de los ritmos que nacen
de la tensión de la muñeca, así como de las sugestiones de la tinta y las seduccio-
nes de una línea espontáneamente llevada al arabesco (E) La página de caligrafía
oriental hace pensar en una vegetación abandonada a sí misma, abundante y un
poco loca, invadiendo la superficie, según haya de florecer o no: tapiz, tejido móvil,
frágil, que esconde en su sabio diseño el secreto del universo, velo delicado echa-
do sobre un cuerpo vivo.” (Florian Rodari).
> Todos los apuntes se encuentran en un Drive al cual Dentro de la caligrafía islámica, la caligrafía persa constituye un conjunto original
se puede acceder desde el blog de la cátedra. caracterizado por el refinamiento particular de lo que fue a menudo un arte de
[Link] corte: mezcla de espíritu lúdico y profundidad mística, descansa sobre la ambi-
güedad poética de una escritura que no fue creada por la lengua que se ve obli-
gada a [Link] raíz de la palabra “escribir” en árabe ktb remite a la vez a la
idea de “trazos” y a la idea de “reunir” (o juntar) las letras (Kataba, escribir) o a los
caballos (Katiba, escuadrón).
Cátedra Tipografía I - FAU - Universidad Nacional del Nordeste - [Link]
TIPOGRAFÍA La caligrafía TEX: Alejandra Carbone
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Escribir en Occidente. Siglos XVI y XVIII
La escritura surgida en el XVI implica una redefinición de sus funciones debido a
la convivencia con la tipografía. Afloran entonces, de manera paradójica, una gran
cantidad de modelos: modelos masculinos o femeninos, modelos nacionales (ita-
liano del siglo XVI, francés del siglo XVII, inglés del XVIII) y estas formas se orientan
hacia una funcionalidad pronunciada aplicándose en escritos de cancillería, de
comercio, de cuentas, de finanzas, y progrsivamente es dominada por un espíritu
matemático. La imprenta, que aísla la letra bajo la forma del carácter móvil, con-
tribuye extensamente a la disección de la caligrafía. Esta se convierte en un arte
regulado.
A pesar del cuerpo de reglas y principios, aparecen hallazgos e invenciones imagi-
nativas, lúdicas, impetuosas, acampando primero en los márgenes antes de fun-
dirse con el texto en un regulada ósmosis. Encuentran su expresión perfecta en
el regocijo y la exuberancia del rasgo suave e individual que invade márgenes de
escribir en los escritos del siglo XVII.
Estas “licencias” de la pluma sin embargo, que aparecen desde la mitad del siglo
de XVII, testifican una dialéctica permanente dentro de la escritura, entre el orden
y la libertad. Todavía, en la pluma hay un territorio que escapa al espíritu científico
equilibrado, es el espacio de la firma. Así como en los monocondilos, los razgos se
mezclan en un bosque lírico de entrelazos, la mano de quien escribe escriba, en el
momento de apuntar su propio nombre, parece presa de vértigo.
En todas las escrituras, la transcripción del nombre propio conduce a un fone-
tización del ideograma. La escritura se vuelve el rebus (todos no nos llamamos
«Sr. Buey»!). Pero cuando se trata de escribir el nombre propio, la escritura parece
entonces de nuevo volcarse hacia la pura señal. En la firma se unen el vértigo de un
nombre a punto de convertirse en imagen, en un rostro imposible.
> Escritura islámica De la huella al gesto
La escritura nace sobre la página: un espacio poco a poco reemplazado, cercado,
garabateado, rozado, amansado, encorvado, embellecido, metamorfoseado por
un instrumento que graba, marca, xilografía, imprime, traza la singularidad de
cada letra y su sucesión en la cadena de signos de escritura. En el cumplimiento
de este movimiento, de esa trayectoria que dejan los trazos, el instrumento es
determinante; él permite dar a cada signo su apariencia, su simetría (si ella exis-
te), interrumpir el trazado o por el contrario, reunir las letras unas a las otras en
un hilo continuo.
El aprendizaje del “ductus” de una letra o carácter permite obtener un trazado
armonioso: indica el número de rasgos que deben realizarse, su espesor, su di-
rección, la intensidad y la rapidez del gesto según el estilo elegido, la altura y la
forma de los signos. Revela también como hacerlos pasar uno junto a otro, como
unirlos por las ligaduras, y como organizarlos en palabras, en frases. Sin embar-
go, la capacidad de invención de aquel que escribe, le permite proyectarse en
un trazado, laboriosa o fácilmente, imaginar a partir de nuevos instrumentos la
coreografía de las líneas, las grafías inéditas, deslizarse, danzar, apropiarse de la
superficie tan minúscula como un grano de arroz, tan vasta como un muro o como
la arena de una playa, tan rugosa como la corteza de un árbol, tan frágil como la
transparencia del cristal, por un instante o para siempre, con el placer de haber
elegido por sí mismo el espacio de su fantasía. “El menor trazado es un enigma”.
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