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Módulo Vicente Gerbasi

El documento presenta un módulo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, dedicado a la obra poética de Vicente Gerbasi. Incluye una antología de poemas y bibliografía obligatoria que contextualiza su poesía, destacando temas como la naturaleza, la soledad y la melancolía. A través de sus versos, Gerbasi explora la conexión entre el ser humano y su entorno, evocando imágenes vívidas del trópico y la vida cotidiana.

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Módulo Vicente Gerbasi

El documento presenta un módulo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, dedicado a la obra poética de Vicente Gerbasi. Incluye una antología de poemas y bibliografía obligatoria que contextualiza su poesía, destacando temas como la naturaleza, la soledad y la melancolía. A través de sus versos, Gerbasi explora la conexión entre el ser humano y su entorno, evocando imágenes vívidas del trópico y la vida cotidiana.

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Universidad Nacional de La Plata

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación


Literatura Latinoamericana II (para Lenguas Modernas)
Año 2023

MÓDULO

VICENTE GERBASI

-Antología de poemas

-Bibliografía obligatoria:

Pérez Perdomo, Francisco (1986). Prólogo a Vicente Gerbasi, Obra poética. Caracas:
Biblioteca Ayacucho.
Zanetti, Susana (2006). “Las transfiguraciones del trópico en la poesía de Vicente
Gerbasi”. Homenaje a Ana María Barrenechea. Buenos Aires: Facultad de
Filosofía y Letras (UBA)-EUDEBA: 351-367.
ANTOLOGÍA DE VICENTE GERBASI (HECHA POR LA CÁTEDRA)

LOS ESPACIOS CÁLIDOS (1952)

SOLEDAD DEL DÍA

La tierra tiene aquí bordes de tulipanes ardientes.


Veo el alba ascender en las garzas
como una canción que se lleva las estrellas.
Y aquí junto a mí, el agua estancada,
con su limo de espesos colores
como una tela bordada por las madres de la noche.
Pasa el vaquero en medio de la luz de las palmas
con cierto descuido de profeta,
mirando las suaves cabezas de las vacas.
Yo pertenezco a este silencio del canto
donde la lluvia dejó asomar algunas flores,
a este territorio en que la soledad
hace pasar el día con sus tristes aves ocultas.

MELANCOLÍA DEL AÑO

El año sostiene las casas de la aldea


rodeadas de luminosas hojas de plátano.
En los umbrales están sentados los ancianos
contemplando el juego de los perros.

Los niños se han ido en busca de huevos azules de pájaros.

El año sostiene las campanas del domingo,


anaranjadas como la flor del bucare
que tiene alfombras para los habitantes del crepúsculo.

Mis pasos de viejos zapatos cubiertos de barro


aplastan pequeños gallos dormidos
y la sangre mancha la penumbra de las piedras.

¿Quién cruza las palmeras del año


que brillan en esta comarca
de sol de los venados?

Oigo rumores que vienen del corazón de los labriegos,


oigo al tiempo acumulando café en los patios iluminados,
sonando guaruras indígenas en las colinas de la tarde.

El año sostiene brillos en la melancolía de los ramajes.

2
ESPACIO SECRETO
Los árboles secos en el horizonte vespertino
señalan la frontera el fuego.
Hay lejanías mortales en las rayas de la mano,
en las venas del corazón.
He aquí un río oscuro que refleja los naranjos,
transeúntes del tiempo como en un carnaval,
serpentinas que se queman en la sombra,
yedras lúcidas hacia el fondo,
donde se iluminan las máscaras,
donde se derriten los rostros.
El relámpago hiela el ámbito de los gallos.
Veo los espacios, rojos, azules, lilas,
donde se petrifican los perfiles.
Mis ojos caen entre insectos voraces.
Mis ojos caen en las venas de las hojas.
Mis ojos caen en las semillas que se abren.
Caen mis ojos mortales.
Ellos descubrieron el arcoíris en las llanuras fluviales,
los horizontes con oscuridades de diluvio,
el tiempo en las puertas carcomidas,
una piedra con forma de mano.
Habitantes soberbios del secreto, abrid la arboleda
donde el sol y la noche, en medio de relucientes leopardos,
engendran los ojos del agua y de la estatua.
No me abandonéis en la llanura crepuscular,
mientras veo mi infancia avanzar
hacia una distancia malva donde vuelan los cuervos.
DOCUMENTO DE LOS SENTIDOS
He aquí un propósito de alucinado,
un paso más a orillas del abismo,
hacia el fondo agreste de la música,
donde duerme una pastora rodeada de yerbas del año.
Hacer el relámpago sobre materiales de sombra,
iluminar hongos en rincones forestales,
despertar el agua en su silencio de serpientes azules.
He aquí que soy un habitante del sonido, de la humedad, del hueso,
3
3
en un espacio turbio de mercado,
donde se derraman las manzanas y las piñas,
donde brilla el ojo de la sardina.

Había dejado atrás a mis padres recogiendo bellotas en el crepúsculo,


vistiendo espantapájaros en una luz de confín.
Mis hijos vinieron de la sombra pastoreando conejos,
recogiendo estrellas en el césped.

¿Dónde estaba yo cuando descubrí la música


que hace desbordar las flores del día como en un espejo?
Mi edad había iniciado una cacería de venados bajo las palmas,
había guiado el entierro de un labriego
hacia el paraje lúcido de las cigarras.

¿Hacia dónde iba yo cruzando las noches del bambú


y la luz de los gavilanes?

Entré a la ciudad oyendo las campanas,


mirando las ventanas abiertas en un mes claro.

El perfil resume a los arcángeles,


despierta estatuas en el crepúsculo.
La ciudad después de la lluvia
es el espejo oscuro de los mendigos.

He aquí un propósito de alucinado:


fundar un espacio de lumbres, de escarabajos, de rostros
en el documento de los sentidos.

CANOABO

El cielo tiene grandes gallinas blancas


que flotan sobre un silencio de árboles.
En los patios caen chorros grises de granos de café
y su rumor es el rumor de la tarde.
Hay vacas lentas en las calles con yerbas,
donde se reúnen niños desnudos
en torno a la vendedora de conservas de piña,
donde un anciano vuela una cometa de seda roja
con una ancha cola como un arcoíris.
Es cierto, el arcoíris anduvo ayer por las colinas húmedas.
Los sentidos brillaban en las frutas moradas del cacao.
Estuvimos mirando largo tiempo los pavos reales.
En ellos la tarde inicia una tristeza solar.

4
POR ARTE DE SOL (1958)
ASUNTOS DEL TRÓPICO
He visto caer astros
donde se oye el mar distante.
Allá, los cocoteros dispersos
en espacios de fulgores y escarabajos.
Y más lejos, el mar,
y los caracoles muertos rodando en la resaca del amanecer,
y las estrellas marinas
haciendo dibujos de soledad en las arenas.
¿Y qué decir de las barcas inclinadas en un aire de fotografía,
ahora que titilan, entre negros mástiles, las luces del puerto?
¿Y qué decir de esas primeras gaviotas
que salen de la sombra en lento vuelo
como si vinieran de la memoria?
Y al lado opuesto, la luz que recomienza
detrás de las montañas olorosas a flor de café,
y en las cumbres, pequeñas nubes
detenidas en ciertos colores milenarios
de un clima donde vive el pájaro lira.
¿Y qué decir de esas grandes hojas
que se inclinan a la brisa
como en torno a una reina de la selva?
La luz vuelve con fascinaciones.
Y en esta luz, el martín pescador,
saliendo del sueño,
se posa en una rama cerca de mi rostro,
y el asombro de la muerte lo detiene
como un pájaro de vidrio.
AÑO TERRESTRE
A Rafael José Muñoz
En la contemplación crecen los girasoles,
los muros son un blanco silencio de cal,
un silencio de sol que mueve avispas lentas.
Y uno tras otro, los balaustres de las ventanas
hacen la calle, ordenan los aleros, las breves sombras,
las puertas verdes de la soledad.
Esta es mi vieja calle donde se comercia café y cacao,
donde volamos grandes cometas de colores
como aves que perdieron un paraíso.
Calle de puro deslumbramiento en la arena,
donde los perros persiguen un gallo
en el desolado mediodía.
Y ahí cerca, la sombra de un ancho tamarindo,
la frescura que detiene el tiempo bajo los nidos,
5
5
que detiene la memoria en un rumbo de blancas nubes
más allá de la torre de la iglesia,
sola en el ámbito de mi edad.
Un anciano duerme en un banco de la plaza
rodeado de bellos animales.
Los niños están todos en la pequeña escuela
de mapas manchados por las goteras,
y se oye el nombre de las letras
como amuletos, como almendras de palmeras,
como piedras azules pulidas por el río.
Y desde el fondo de los bambúes
las mujeres traen canastas de ropa limpia
que tienden entre naranjos para que la mueva el viento
de las tres de la tarde.
¿Y qué hacer en medio de esta lamentación de aves
ocultas en la fronda?
¿Iremos entre las resplandecientes hojas de plátano
donde se desnudan las mujeres?
En el césped nos muerden hormigas rojas,
y entre las ramas descubrimos las rosas-de-montaña
como astros nuevos cubiertos de coleópteros.
Desde la orilla de los helechos miramos el mundo
con su colina verde que reúne a los cazadores.
Esperan el sol-de-los-venados,
cuando las aguas del río se tiñen de arcoíris,
y una llovizna con sol
da a los árboles fulgores de vidrio.
Y así vemos el año, y el año pasado, y los años de la infancia,
nacer día a día con las últimas estrellas entre los mangos,
suspendidos en el cielo como diferentes astros de luz pálida.
Los días que se inician entre las cabezas de las vacas,
en una penumbra de moscas.
Los días que se inician en las negras cocinas con olor a café.
Los días que se inician entre mujeres
que van a buscar agua en vasijas de tierra morada.
Los días que se inician contemplando los dibujos de los silabarios.
Los días que se inician enrollando una zaranda.
Los días que se inician mirando gatos recién nacidos.
Los días que se inician abriendo las puertas de las pulperías
olorosas a tabaco de mascar y a piñas maduras.
Los días que se inician después de oscuras lluvias,
Cuando el río crecido arrastra carameras.
El día, el día igual en sus palmeras solares,
en espacios de lagartijas,
en los nombres de las casas de comercio,
en el viejo Cristóbal que peina su barba blanca
para que la mueva una brisa de cigarras,
en el maestro de escuela que sale con sus alumnos
a hablar de las malangas.
¿Cuándo se inició este año?
¿Cuándo pasaron los Reyes Magos

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bajo el estrellado cielo de la aldea?
Recuerdo ahora los desnudos árboles de totumo,
con sus redondos frutos, como grandes árboles de Navidad.
Los iluminaba el crepúsculo y así llegaban las fiestas,
y después de las fiestas, silenciosas tardes de tristeza,
cuando me quedaba mirando las arañas
en ciertos oscuros rincones de mi casa.
Así es el año, como una clara tarde del corazón
como la calle donde se comercia café y cacao,
como las afueras de la aldea,
donde la soisola canta allá por las arboledas.
INTEMPERIE
Por arte de sol tengo conciencia del verano
y de su reverberación en el áspero equinoccio
y en el mimetismo de ciertos animales.
No descarto la serpiente, especialmente la coral,
que alucina al preferir espacios
con pedruscos negros y flores rojas.
Ni esas lagartijas comunes, de verde muy puro,
que suenan en un gran día.
Todo porque nací en Canoabo, en el calor,
entre todas las especies animales
que mueven su imagen en medio de las hojas.
Porque reconocí el tiempo como un mago
que acendra venenos y licores
por el amor de las muchachas agrarias.
Así anduve por estas tierras de supersticiones
mirando el humo espectral del verano
que confunde lo próximo y lo lejano en un vasto hastío,
como fechas de fiesta en la soledad,
cuya luz solar nos da a la contemplación
de tarde de la memoria.
E iba por aldeas donde algún hombre,
sentado en una piedra,
escribe su nombre en la arena.
Y más aldeas rodeadas por firmamentos de yerbas.
Por distintas sombras de espantos rurales.
E iba más lejos, hasta la geografía del alma
cruzada por esos lentos ríos
que sustentan el terror sideral.
¿Cuántos muertos fueron enterrados este verano?
¿Y el verano pasado?
¿Y en todos los veranos semejantes?
A sus dominios llega el trueno
espantando los toros,
llega la lluvia con el vuelo nupcial de los termitas,
y en el día se oscurecen las lomas
con severos perfiles funerarios.
7
7
Otras razas dejaron sus túmulos al borde de los desiertos.
Sobre ellos estuvo la luna como una araña.
Pero después de los incendios forestales
y del estallido de frutas negras
vuelven las lluvias y llueve durante cuarenta horas
y cuarenta recuerdos y cuarenta muertos.
Y en la oscuridad se iluminan las rocas
como edificaciones hechas para dioses pétreos
en una era de aves acuáticas también iluminadas
en oscuros vientos lacustres.
Así me lleva el tiempo
con una mujer bajo la lluvia cálida.
Una luz viene a su rostro en esta dimensión de nubes
cuando nos recostamos en la arena.
Ella y yo rechazamos la muerte en la intemperie.
Y el sol vuelve por una gruta de resplandor,
y la tierra brota flores
como la memoria de los muertos.

CLIMA
A Kiony Adames

Estoy en el fondo de un cristal desbordado,


en un cristal-templo-de-ramas-tornasoladas,
en un vitral hundido,
con el morado espeso de la fruta de cacao,
en un ámbito donde todo movimiento halla su color,
sus rostros en la reminiscencia,
bellas trabajadoras agrarias,
clima ardiente,
detenido en las cigarras,
anunciadoras de los astros más grandes,
éxtasis de las rocas en la vehemencia del día.
Hay un asno en el vidrio de la tarde,
flores de alucinación en el césped,
un azul de antiguos pintores
que pasaron el tiempo mirando riachuelos
en un valle memorable
con personajes envueltos en túnicas escarlatas
y bueyes de histórica mansedumbre.
Pero esto nace de tu reverberación,
clima, que sustentas palmas reales
y el vuelo del rey-zamuro de cuello rojo.
En ti las flores fluviales sudan
de puro resplandor,
en ti se prepara eternamente una tempestad
de relámpagos,
un momento de pavor azul entre las hojas.
Y el tiempo pasa como el agua que esconde piedras
en un tenso movimiento de luces

8
semejantes a piedras preciosas,
propias de tu ornamento
que va de la luz a la sombra,
clima ardiente,
clima de serpientes
ocultas en espacios de arena.
Clima que llevas peregrinos de perfil,
toros cebúes por el hondo vitral
en que habito como una resonancia.
RETUMBA COMO UN SÓTANO DEL CIELO (1977)
SELVA
A j. f. Reyes Baena
Mi alma se mueve lentamente verde
en la lluvia de la selva
que gira con las orquídeas pálidas.
Tiene lumbre de piedra preciosa
en los ojos de la pantera
tensamente recostada
sobre una roca de cuarzo
que brilla
con el relámpago
profundo de hojas.
El alma, con el trueno,
Retumba
como un sótano del cielo.
ORO
A Juan Sánchez Peláez
Veo el oro
con sus efigies herméticas
en el brillo
y el reverso de animales
que han encontrado una nueva alucinación
de luna.
Te llevo a los uveros de playa
de hojas redondas
que oscilan en el mediodía
entre las cambiantes monedas
de la superficie del mar.
Por la noche
un número indescifrable de planetas
nos conduce a los ramajes
9
9
que resplandecen
en su laguna secreta.

EDADES PERDIDAS (1981)

COSMOS

Mi memoria está en el agua


pantanosa de la iguana
que abre sus ojos
en una era sudorosa del mundo.
Árboles morados de soledad
mueven el anochecer
y todo color
se parece al alma
perpleja en los primeros planetas.

GUAYANA

Nuestras selvas del sur


donde cada río esconde un sol
de arañas monas y colibríes,
se cubren con una sucia ropa
raída de nubes.
Se desprende un fulgor de hojas,
un trueno que oscurece las cascadas.
Estoy abandonado, buscador de poesía.
Así he perdido diamantes
viendo una orquídea
en el brillo de la lluvia.
Después la noche espanta
la montaña de las constelaciones.

EL ÁVILA

Al pintor Manuel Cabré

El cielo de enero mueve nubes


donde mora la montaña
que acerca la mirada a gladiolas,
a hortensias de soledad.
Montaña del cielo.
El valle
incendia yerbas ásperas
en medio de los ojos
deslumbrados
en el amarillo solar

10

10
del araguaney.
La montaña
Cambia
con la pesadumbre del mundo.
En la penumbra
se vuelve una violeta oscura.
Por la noche se alumbra con astros
y murciélagos.
ARMANDO REVERÓN
La playa es un cristal de mediodía
que anula los colores.
Solo en el fondo del espejo
Se hunde el fantasma
de una acacia en flor.
Esta es la bahía
pintada en su casa de palmas.
Los ojos de sus muñecas
me miran como girasoles.
LOS COLORES OCULTOS (1985)
COLORES DE LA SELVA
Las hojas de la selva
vuelan en la penumbra
del tiempo.
Nos llevan a colores impuros,
a ranas como hojas,
a hojas como culebras,
a coleópteros como demonios.
El veneno se acerca
entre las flores.
Brillan los ojos
de la arañamona.
BUSCADORES DE PIEDRAS PRECIOSAS
Sobre estas hojas de terciopelo
las gotas de agua
son diamantes
que caen en los sueños
del buscador de piedras preciosas.
Los sonámbulos de zafiros,
los embrujados de oro,
los alucinados de esmeraldas,
11
11
son fantasmas que brillan
en la lluvia del mediodía.
Semejantes a ojos de pájaros
las piedras preciosas
fulguran en el relámpago
que inflama la selva.

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Las transfiguraciones del trópico en la poesía de Vicente Gerbasi
Susana Zanetti
Facultad de Filosofía y Letras (UBA)
Facultad de Humanidades (Univ. Nac. de la Plata)
Una lectura actual, surgida de los problemas y vivencias de nuestro entorno, perfila el
desarraigo, y los modos de enjugar esa experiencia dolorosa, como fundamento primordial
de la poesía de Vicente Gerbasi. El espacio vertebra los sentidos que en ella entraña una
temporalidad sujeta a territorios en tensiones vueltas consonancias, pues, por una parte, el
tópico de las mudanzas del tiempo se atempera en el conocimiento que trae la apertura a
compartir nuevos paisajes, nuevas costumbres e historias, distantes de los propios, en un
principio encontrados, disonantes, y por ello propicios a descubrir las significaciones de la
esencial transitoriedad humana, transitoriedad que dirige sus textos, sobre todo en su
conocido poema, Mi padre, el inmigrante 1945), y su no menos famoso inicio, estribillo
conductor de esta singular elegía, “Venimos de la noche y hacia la noche vamos.”1
Por otra, y siempre a partir del texto recién citado, esa mudanza permite penetrar los
indicios que la noche definitiva, es decir, la muerte, deja en los ámbitos en que se concreta
la “noche cotidiana”, pausa siempre amenazada por terrores y espantos (“... descanso breve
que tiembla en las luciérnagas / o pasa por las almas con golpes de agonía”, I, 63).
Posibilita auscultarlos al amparo del saber del poeta surgido de sus modos de abrirse a la
naturaleza y a los otros –palpable en la incidencia de lo compartido en las angustias, los
recuerdos, las herencias-, para acceder a “la visible e invisible muerte” (II, p.64). Estas
1
Las citas de Mi padre, el inmigrante (siempre con la indicación de canto y páginas) y de otras obras
proceden de Obra poética, 1ª reimpr., Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1992, si no se aclara otra proveniencia.
Menciono a continuación la producción poética de Gerbasi (1913-1992) con la fecha de la primera edición:
Vigilia del náufrago (1937), Bosque doliente (1940), Liras y Poemas de la noche y de la tierra (1943), Mi
padre, el inmigrante (1945), Tres nocturnos (1946) Los espacios cálidos (1952), Círculos del trueno (1953),
Tirano de sombra y fuego (1955), Por arte de sol (1958), Olivos de eternidad (1961), Alegría del tiempo
(1966), Poesía de viajes (1968), Rememorando la batalla de Carabobo (1971), Retumba como un sótano del
cielo (1977), Edades perdidas (1981), Los colores ocultos (1985), Un días muy distante (1988), El solitario
viento de las hojas e Iniciación a la intemperie (1990), Diamante fúnebre (1991), Los oriundos del Paraíso
(1994).
21
significaciones nos inclinan a destacar la importancia de la frecuentación de la obra de
Reiner Maria Rilke -más allá de las lecturas plurales de Gerbasi consideradas por la crítica,
aunque dentro de líneas que refuerzan una concepción sobre los interrogantes que encara el
poeta y la poesía, tanto del simbolismo o del surrealismo y de los románticos alemanes,
amén de poetas de lenguas española con los que tiene preocupaciones similares (Pedro
Salinas, Rosamel del Valle o Humberto Díaz Casanueva).
La poesía alemana y las derivas del simbolismo impregan por cierto su escritura. Es difícil
no vincular su concepción de la poesía con la convicción de Mallarmé de que toda poesía
nace del lazo profundo con la muerte. Pero hay que reconocer sin embargo que las
tensiones de lo contradictorio que cuajan en inesperada unión en metáforas o sinestesias
cada vez más ligadas a imágenes flotantes, de vínculos elípticos o muy libres, de matriz
simbolista, no logran desvanecer las huellas dejadas en muchas de ellas por el surrealismo.
También se ha señalado la inserción en la tradición nacional al cumplir con el lejano
mandato de la “Silva a la poesía” de Andrés Bello, muy presente en la literatura venezolana
a través del peso del regionalismo en las diferentes derivaciones del nativismo y
neonativismo -sin olvidar aquí la “Silva criolla” (1901) de Fracisco Lazo Martí 2-, si bien
Gerbasi se distancia de lo peculiar, del detalle del mundo natural si no es para convertirlo
en una topografía simbólica que propicie una compenetración profunda más allá de la
muerte.3
El paisaje nativo -el trópico y la selva, el Orinoco tanto como los pequeños pueblos
campesinos venezolanos- es el predilecto en cuanto guarda indicios del hombre como su
modelador, modelado a su vez por ese ámbito. Se abre así una puerta hacia perduraciones y
permanencias, expresadas con los nuevos instrumentos aprendidos en el contacto franco y

2
Puede revisarse la importancia de la “Silva criolla” de Francisco Lazo Martí en la historia literaria nacional
en José Ramón Medina, Los homenajes del tiempo. Vida y obra de Francisco Lazo Martí en la literatura
venezolana del siglo XIX, Caracas, Monte Avila, 1971. Véanse además como corroboración de todas estas
afirmaciones: Hernández D’Jesús, Enrique, Gerbasi. Del trazo y la palabra, Caracas, Fundación Esta tierra de
gracia, 1999; Pérez Perdomo, Francisco, Prólogo a Vicente Gerbasi, Obra poética, citada; Medina, José
Ramón, 80 años de literatura venezolana, Caracas, Monte Avila, 1981; Iribarren Borges, Ignacio, La poesía
de Vicente Gerbasi, Caracas, Tiempo Nuevo, 1972; Silva, Ludovico, Vicente Gerbasi y la modernidad
poética, Caracas, Monte Avila, 1991; VV.AA., Vicente Gerbasi ante la crítica, Caracas, Monte Avila, 1996.
3
En Hernández D’Jesús, Enrique, Gerbasi. Del trazo y la palabra citado en la nota anterior, p. 157, dice “Yo
soy un poeta rural venezolano, con una formación florentina en mi infancia y parte de la adolescencia. Salgo
de la selva y vuelvo a la selva venezolana ...”

22
sin prejuicios (“Todas las direcciones. Todos los vuelos. Todas las formas.”4) con las
vanguardias, especialmente las europeas, y distintas estéticas de la poesía del siglo XX.. En
efecto, con el fin de la dictadura de Juan Vicente Gómez aires de renovación y de
actualización inundan Venezuela, alentando la actividad cultural, en la cual Gerbasi tendrá
un rol importante. Me interesa solo recordar aquí el hecho de haber sido uno de los
fundadores de la revista Viernes, órgano del grupo que constituye junto a Pablo Rojas
Guardia, Oscar Rojas Jiménez, Angel Miguel Queremel y Otto de Sola, entre otros poetas,
en 1937, año en que también participa en la creación del Partido Demócrata Nacional con
Rómulo Betancourt y otros militantes políticos, y en que edita su primer libro, Vigilia del
náufrago.
El manifiesto recién citado hace explícita una vocación de hallar respuesta a los
interrogantes que el grupo se planteaba, fundamentalmente ontológicos, mediante la
apelación a la densidad simbólica que surge sobre todo de la percepción nocturna del
mundo natural (“Hemos compartido muchas albas porque aprendimos a tocar las puertas de
la noche. Nos repartimos, sin egoísmos, la luna. Estamos paladeando la geografía del
Continente con un propósito.”5). Tal vocación caracteriza la escritura de Gerbasi: se
constituye como directriz de su trabajo poético, se evidencia sin fracturas ni cambios
notables, más allá del propio reconocimiento en un momento importante de consagración,
como es su discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua en 1989: “...
es muy probable que el comienzo de mi proceso poético, desde que tengo memoria de mi
existencia, esté basado en la contemplación de la naturaleza, en la melancolía, en los
persistentes y alucinantes fenómenos oníricos, en las relampagueantes intiuiciones, en los
fantasmas que en mi casa hacían con ropa, sombrero y zapatos viejos de mi padre y que se
sentaban entre los naranjos, en una silla de cuero, bajo la luz azul.”6
Modos de significar la transitoriedad
4
Tomo la cita del “Liminar” de la revista Viernes de Santaella, Juan Carlos, Manifiestos literarios
venezolanos, Caracas, Monte Avila, 1992, p. 43.
5
Ibídem.
6
El fragmento del discurso proviene del prólogo de Salvador Tenreiro a Los espacios cálidos, Caracas, Monte
Avila, 1992, p.8. Los ensayos sobre poesía de Gerbasi han sido reunidos en La rama del relámpago, Caracas,
23
Volvamos a los motivos que articulan el tránsito y la transitoriedad. Si atendemos a que
todo desarraigo está signado por la pérdida, vemos que ella se condensa en el exilio, en la
conciencia de la ausencia de un espacio propio, al que sin embargo se puede volver con la
imaginación, con el recuerdo, con la nostalgia, es decir, que se constituye como un allá no
definitivamente clausurado. Esta posibilidad alcanza dimensiones de diversa envergadura
que irán atemperando las incertidumbres, especialmente a partir de Mi padre, el inmigrante,
centrado justamente en el abandono paterno de la tierra natal, que inaugura la condición de
extranjería. El tránsito implica desde el inicio el tiempo y la muerte, suavizada su impronta
en buena medida por la afiliación, expandida en las continuidades que aseguran los lazos
entre padres e hijos, símbolicamente proyectadas en la fraternidad nacida al amparo del
hogar y de allí a la comarca en la que se vive hasta incluir el mundo entero.
El poema indica la flexión autobiográfica ya en el epígrafe del comienzo, al hacer de la
emigración de su padre el tema central: “Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el
motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y
murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolado escondido en una agreste comarca del
Estado Carabobo” (p.63). También sabemos por otro poema, “Viaje en tren” de Un día muy
distante (1988), que mientras estaba en Florencia cursando la escuela secundaria –cuando
tenía escasos quince años- se entera de la muerte del padre: muerte nunca narrada,
solamente aquí la tematiza como lo no dicho.7 En toda su producción la referencia al padre
se proyecta desde la tumba al recuerdo y a los saberes de él heredados, sobre todo el saber
sobre la muerte, responsable del nacimiento de su poesía (“Padre mío ... y de mi poesía” es
el estribillo que, con algunas variantes cierra varias partes de Mi padre, el inmigrante).
La importancia social y cultural de la inmigración a Venezuela cobra en Gerbasi una
densidad inédita en la poesía hispanoamericana. La insistente apelación a los deícticos es
uno de los procedimientos con que se anuda el pasaje del lugar dejado atrás al nuevo
ámbito, aun si se exaspera la distancia mediante las diferencias del paisaje y de los modos

La Casa de Bello, 1984, que compila los textos publicados bajo ese título en 1953 junto a Creación y símbolo
de 1942.
7
“... Mi tío Antonio había ido a Florencia / a buscarme, sin decirme / que dejaría el colegio./ Ondulaban los
trigales hacia la muerte de mi padre. / ... Mientras el tren rodaba / hacia la noche / y se iluminaban ciudades y
pueblos, / mi tío Antonio permanecía callado. / No me dijo que mi padre / había muerto.” De Un día muy
distante, Caracas, Monte Avila, 1988, p. 56.

24
de vida de la aldea italiana del pasado paterno y el presente del trópico, rasgo que tiñe las
comparaciones entre ambos.
El viaje, permanente motivo de sus poemas8, despliega el atajo de la sutura, de volver
momentáneamente la cara a los sentimientos angustiantes de ese destierro en tanto es
también expulsión del Paraíso, pertenencia primigenia negada, como claramente afirma en
su último libro, y reencontrada finalmente en Canoabo, el terruño natal del poeta, que se
expandirá a toda Venezuela, en una idealización del poder de la palabra, del nombrar como
hacer y tener: “¿Y qué es Canoabo? ¿Quiénes lo hicieron? / Lo hicieron los oriundos del
Paraíso.”, para agregar luego, en el poema “Tierra”, “La Tierra / y esta geografía
venezolana, con el Orinoco / y sus meandros, / con los Llanos y los Andes, / con el Mar
Carile y las estrellas, / son de Vicente Gerbasi”9
Modulación última de los asideros que ha aceptado dentro del tránsito permanente,
compartido y heredado de la condición de migrante, cuando va logrando aquietar la
violencia con que había definido lo humano en el primer poema de su primer libro, Vigilia
del náufrago, en el que la errancia “a la deriva de brújulas y estelas”, se proyectaba a
dimensiones cósmicas, indicadoras también de la lectura atenta del Neruda de las
Residencias (“Yo bajo del centro de una geografía criminal y antihumana. / He perdido mis
cabellos y mis uñas / en los terribles escollos mutilados./ Desciendo sin ojos y garganta, sin
playas y palmeras.”, dice el poema poema inicial que da título al libro, p. 4).
Esta confrontación desgarradora con el espacio pronto irá concentrándose en una
persistente melancolía protegida por dimensiones amigables y más próximas, si bien la
recurrencia de los escombros y las ruinas nos hablan del difícil asidero que ofrece la
naturaleza a un sujeto que se define como fugitivo y abatido quien, sin embargo, echado
sobre la hierba oye “el corazón de la tierra, el corazón de los hombres, / su propio corazón /
desde las flores / iluminadas por el místico amar de los aires.”( p. 33)
Seguramente enraizada en la imagen del mundo exterior de la tradición baudeleriana como
bosque de símbolos, la figura del bosque ingresa con fuerza desde el título en Bosque
doliente (1940), para indicar derroteros al conocimiento, no ajenos a las visiones que por
8
En 1968 edita Poesía de viajes en Caracas la editorial Monte Avila, ligado a sus experiencias como
integrante del servicio diplomático de Venezuela entre 1946 y 1971, con una interrupción de diez años
(1948-1958) durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.
9
De Los oriundos del Paraíso, Caracas, Monte Avila, 1994, p. 9 y 29.
25
estos años regresan preñadas de magia para respaldar la palabra del poeta (“En él aprendo a
mirar los secretos del mundo, / como lo aprende el árbol en el vagar del aire”, p. 31),
nuevamente perfilado en el caminante (“Soy el que anda entre los animales aprendiendo su
lenguaje”, p. 31) abierto a la infinita variedad de los objetos con los que comparte la vida
hasta fundirse en ellos ( “Soy bosque susurrante en el espacio de la noche”, p. 37), en una
unión que ronda la comunión. Así entrevee el Ser desde ese, su templo, “Desde un refugio
mágico y perdido”, otro poema del mismo libro,10 en el que entroniza una religiosidad
particular que no abandonará, por el contrario, Mi padre, el inmigrante la introduce en el
vuelo de ángeles evocadores de los de Rilke, o en fantasmas nocturnos más cercanos a la
imaginería popular del catolicismo (“Por donde pasan todos los muertos, / donde moran
santos ensangrentados. / Por las sombras corren caballos sin cabeza, / y las arenas de la
calle van hasta el confín, / donde el espanto reúne sus animales de fuego.”, XIII, p. 75).
Pronto derivarán en “arcángeles de fuego” para culminar en el demonio de la selva,
Canaima, asociado más tarde con Lope de Aguirre, protagonista de su otro largo poema,
Tirano de sombra y fuego (1955).11 Sólo por momentos se yergue la amenaza de los mitos
infernales, del carácter demoníaco que ensombrece el imaginario tradicional de la selva al
que algunas veces sucumben los poemas, como en éste, “Colores de selva” de Los colores
ocultos (1985), uno de sus últimos libros. En él, las trasrmutaciones que unen sin romper la
continuidad entre los elementos de la naturaleza selvática parecieran haber dejado su
lección en el trabajo poético gerbasiano, como si hubiera copiado de ella el recurso: “Las
hojas de la selva / vuelan en la penumbra / del tiempo. / Nos llevan a colores impuros, / a
ranas como hojas, / a hojas como culebras, / a coleópteros como demonios. / El venero se
acerca / entre las flores. / Brillan los ojos / de la arañamona.” (p. 275)
El espacio natural así sacralizado, trasuntará siempre misterios y secretos que el poeta se
arriesga a revelar, aparentemente sólo munido de los dones comunes a todos los hombres
que brindan los sentidos. “¿Escondo acaso el mundo en mis sentidos?” (p.112), se pregunta
en el poema “El caminante” de Los espacios cálidos. Y su pregunta es un modo de decirnos

10
“que mi corazón se haga pleno de los encantos / ocultos en la gloria de este templo infinito, / y que en mi
ser, ansioso de armonía en el tiempo, / una alondra lejana dé música a los días. “Visita de la soledad” de
Bosque doliente, p. 36.
11
“Y una voz que salía del fuego de la tierra /te dijo: / ‘Destruye tus venados contra el sol, / haz que tu cuerpo
sangre sobre la roza oscura / y entrégate a las llamas que surgen de la huellas, / de la pira que América
enciende noche y día / al pie de la visión abismal de sus héroes.’ ”XX, 82.

26
que su saber proviene de la inmersión en ese espacio propio que de todas maneras
únicamente el poeta descubre al penetrarlo. En este ejemplo, como en buena parte de su
producción, ensalza el mirar puro de las cosas, como lo poseen los ángeles y los niños, que
califica al poeta. De allí que en general rehúya las mediatizaciones introducidas por
conocimientos de otra índole.
La traslación continua caracteriza al sujeto lírico aunque se nos hable de reposo, de morada
y refugio, pues estamos ante una traslación en el espacio eminentamente temporal donde
señorea la muerte.
Gerbasi se afilia a las perspectivas de la literatura de su tiempo que consideraban que
solamente el contacto con el ámbito rural, lejos de las ciudades enajenadoras o
demonizadas, brindaban posibilidades de transformar el anonimato angustiado del hombre
contemporáneo: seguramente Rilke ha pesado en el privilegio de las consecuencias
acarreadas por ese anonimato en la negación del acceso a una muerte auténtica.12
Esta convicción se reafirma en Liras, de 1943. Aquí la melancolía tiñe la celebración del
ámbito campesino, al que pocas veces abandonará, más bien se irá volviendo cada vez más
concreto, recostado en la intimidad con lo tropical: “En medio del follaje, / junto al puma,
las lianas, la serpiente, / oigo un grave cordaje, / y en el salto potente / de la fiera, se curva
un signo ardiente. // Oigo los blandos pasos / del estrellado tigre en la pradera, como
rasgando rasos / entre la adormidera, / el helecho, el bambú y la palmera.” (p.45)
En buena medida la geografía significa mediante las constantes proyecciones simbólicas de
la tierra caliente arraigada en sus tradiciones, algunas recién mencionadas, es decir, en una
temporalidad que enfatiza orígenes legendarios tanto como esos otros orígenes cada vez
más considerados por Gerbasi, los de la infancia ya también aludidos. El siguiente ejemplo
de Liras nos guía en la comprensión de algunas líneas importantes en estos temas que he
venido enhebrando: “Dejé mi infancia sola, / perdida en un recuerdo silencioso, /
como luz de corola / de un bosque rumoroso, / en donde un ángel juega con un oso.” (p. 51)
12
“La ciudad es una torpe ruina de pasiones”, dice el poema citado. Y “En la soledad después de las
ciudades” es perceptible la negación señalada: “Las puertas estaban cerradas al silencio de la noche, /
profunda en el luto de los árboles bajo los funerales estrellados. / Y yo venía de las ciudades, de los puertos,
de los túneles, / de las inútiles divisiones territoriales, / y me acerqué a las paredes, a las ventanans, a los
perros de la noche, / y todo estaba cerrado / como en los cementerios.” (p.31-32)
27
También aquí ingresa el recuerdo del padre, siempre a través de la rememoración y desde el
espacio de la tumba: “He aquí la vieja silla /de mi padre que duerme entre las flores, / bajo
una cruz sencilla, / caída entre rumores, / luciérnagas, ladridos y dolores.” (p.50)
La elección métrica de la lira, que había alcanzado perfección en la alta poesía española de
los Siglos de Oro, indica el respaldo en la tradición de la lengua poética propia hasta
entonces desechado; elección presente también en la colección siguiente, Poemas de la
noche y de la tierra (1943), en la cual utiliza heptasílabos en estrofas irregulares así como
cuartetas en alejandrinos en “Crepúsculo en la aldea” y en un poema muy significativo, “El
sueño del viejo”, que anticipa los temas abordados en Mi padre, el inmigrante. Pero el
alejandrino, que lentamente cede ante la preferencia por las formas breves, impregna en
realidad de manera irregular su poesía, combinado siempre con versos libres de muy
diversa extensión.

El trashumante

Como también ha sido expresado por la crítica, Mi padre, el inmigrante pareciera indicar
rumbos a otros extensos poemas latinoamericanos para introducir a la naturaleza y el
hombre americano en una indagación universal, sin desprenderlos de sus particularidades
pero tentando otro modo de hacerlas significar. Me refiero a Alturas de Macchu Picchu
(1946) de Pablo Neruda, Piedra de sol (1957) de Octavio Paz y 4uevo Mundo Orinoco
(1959) de Juan Liscano. Estamos ante un extenso nocturno elegíaco, en el cual los enigmas
existenciales, la “noche sostenida” como la inmersión en el mundo de la muerte, llevan a
recordar el tratamiento del subgénero poético de algunas elegías de Rilke.13
Sus 30 cantos de desigual extensión hacen de la condición de extranjero, de la errancia que
aprende a anclar en lazos fraternos con el entorno, el eje del poema, en constante
movimiento tanto por los incesantes desplazamientos espaciotemporales como por los que
surgen de las metáforas y sinestesias así como de las anáforas o del tratamento del color o

13
Los lazos son muchos, sólo quiero mencionar estos versos de la Elegía cuarta, por el vínculo muy directo
con el tema del poema: ““Tú, padre mío, desde que estás muerto, a menudo en la esperanza, que llevo dentro,
tienes miedo ...” Cito por la traducción de José Amícola en Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta.
Elegías de Duino. Los sonetos a Orfeo, Buenos Aires, Weimar, 1984, p. 94. .He tratado de separarme de la
lectura que Maurice Blanchot hace de Rilke, aunque ella ha estado muy presente en mis interpretaciones de
Vicente Gerbasi. Me refiero especialmente a El espacio literario, Buenos Aires, Paidós, s.f.

28
las sonoridades, que liman los límites de las significaciones encontradas, antitéticas
aparentemente, para disolver las fronteras. Siempre dentro de la compleja urdimbre surgida
de la percepción, se aprecia el sutil trabajo con el color y las formas que gradúa el
dramatismo que caracteriza al poema, como se aprecia en el canto XIX (“Te señalo en la
soledad de danzas ilusorias, / de corrientes perdidas, de sutiles serpientes, / cuando la hora
tritura sus cristales y espejos, / y las aves huyen del gran pozo de fuego ... ”, p. 78), o bien
los acentúa, como sucede en el canto siguiente, al involucrar sin tregua a todos los
elemementos del lenguaje (adjetivos, verbos, sustantivos) en relaciones violentas que rozan
la antítesis: “Aquí la noche deja los juncales / con sangrientos reflejos, / con ondas
purpurinas en penumbra / y escamas aceradas. / Un profundo combate / hiere cuerpos
perdidos en la sombra. / Es un agua de olvido, jadeante, / de limpio cielo ardiente, / que
descansa en relámpagos hundidos / sobre babosas ramas de tembloroso limo.” (p. 80)
Como puede verse en estos y otros fragmentos ya citados, a ello se suma para amortiguar
la presencia de las sombras, la recurrencia de los resplandores de la luz (brillos,
relámpagos, reflejos) vitalizados por la sangre y el calor del trópico, junto a la insistencia
en las menciones de pájaros o de mariposas con sus movimientos de vuelo que, por otra
parte, debilitan el efecto de las caídas que se disparan con frecuencia auspiciando imágenes
14
que connotan nuevamente la promesa luminosa. Si bien el sujeto reconoce que “No
somos habitantes de la luz”, los versos que siguen a éste engarzan los desplazamientos
contradictorios para elevarse en la imagen estelar: “Hay lenguas de tiniebla y signos
ardorosos / danzando en torno nuestro. / Se nos cae la mirada en anillos de luto, / en
juncales de miedo, en estrellas de plata.” Si continuáramos la lectura veríamos que el
desasosiego y las incertidumbres nunca llegan a clausurar el vulnerable paliativo de la
esperanza: “El hombre es de la noche que lo sigue, / sueño que el sol defiende, / parántesis
de incierta maravilla, / imagen que derriba la tiniebla.” (IV, 66) La luz siempre tiene en
Gerbasi sabor de epifanía.
Aquí y en buena parte de su producción el poeta se aparta de todo aprendizaje libresco,
ajeno a las experiencias comunes de la angustia, la soledad y la nostalgia inherentes al
hombre, anclado en la noche, que sobre todo en los primeros cantos impone una y otra vez
14
Valgan estas sutiles resonancia de la luz, de los cantos VIII y III: “con vuelos de lentas aves relucientes”,
“palpitación del brillo, memoria aprisionada”.
29
sus sombras (“todo queda cerrado por anillos de sombra”, II, p. 64). Esta clausura
promueve el carácter convocante del poema, primero en la apelación (“Venid”, “Gritad”)
que irá hermanando a esos otros, pescadores, agricultores, guerreros (italianos,
venezolanos), simbólicamente concentrados en el padre, en la proximidad que les dará el
tuteo y su posterior ingreso, incorporado con su voz.15
Con connotaciones de letanía, sobre todo por la relevancia dada a la repetición continua de
versos o de parte de ellos, el poema tiene mucho de plegaria por momentos, dentro de los
parámetros con que Gerbasi ha considerado su religiosidad y sus lazos con la poesía -“ la
poesía es como una oración”, dirá en el hermoso homenaje de Enrique Hernández D’Jesús,
Gerbasi. Del trazo y la palabra, p. 185.
Se celebra, como señalé, la productividad de la noche porque intensifica la percepción para
penetrarla, descubriendo la continua inminencia de la luz y del calor, de la sangre, como
signos multiplicados de la vida. Desde lo universal, subrayado por referencias simbólicas y
metafóricas generales, del canto tercero por ejemplo (“Relampago extasiado entre dos
noches, / pez que nada entre nubes vespertinas, / palpitación del brillo, memoria
aprisionada, / tembloroso nenúfar sobre la oscura nada, / sueño frente a la sombra: eso
somos.”, III, p. 6516) pasamos al trabajo con la lejanía, con los azules y las neblinas de la
aldea italiana, representada en varios momentos como locus amoenus de sabor bíblico,
contrapuesta al torbellino vital del trópico, que se despliega desde el pájaro a los ofidios, de
la sequía abrasadora al imperio de los grandes ríos, del sopor o la oscuridad al estallido
violento del color, como leemos en el momento de la llegada del padre a Venezuela, en el
canto X: “¿Qué fuego de tiniebla, qué círculo de trueno, / cayó sobre tu frente cuando viste
esta tierra; / Pasaron costas negras, arbustos inflamados ... Y viste la serpiente de agua,
retorcida, / que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta. / Y anduviste de noche entre las

15
(“Escucha: yo te llamo desde mis soledades, ”, III, p. 65 o “Y hablaste, circundado por venados atónitos:
‘Ampárame, oh tierra maravillosa!’ ”, XV, p. 76.
16
El estrecho encadenamiento de los desplazamientos de las elecciones metafóricas, que caracteriza el estilo
de Gerbasi, hace difícil su mostración en la cita breve. Como ejemplo apunto los versos que siguen: “Por el
agua estancada va taciturno el día, / doblegando los juncos hacia barcas de olvido. / El alma silenciosa en las
violetas tiembla. / ... Mirad cómo en el césped de la tarde / la mirada es un brillo de azahares, / cómo se
esconde el ser / en el suspiro leve de las hondas.”, III, p. 65. Aquí se evidencia además la reversión de lo
negativo en positividad (de las sombras y la luz, del agua, de esos elementos de la imaginación material
analizados por Gastón Bachelard tan recurrentes en Gerbasi), así como ocurre entre vida y muerte, tanto
como la preferencia por lo vegetal y por las flores, en la sutil fructificación futura vuelta a la nada, síntesis
del tránsito para el poeta.

30
mariposas / de luto, que visitan los rachos tenebrosos, / donde habita la fiebre de labios
amarillos. / Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano, / seguido por el canto del
aguaitacamino, / que avanza misterioso, junto al paso del hombre. / Y dormiste entre
hormigas, arañas y escorpiones, / y grandes flores lilas, con brillos siderales, / se abrieron
en tu sueño de encendidos diamantes.” (p. 72)
La extensa cita permite apreciar como la enumeración puebla el movimiento de objetos, de
un sujeto que pretenderá cada vez más profundamente sumergirse en ellos. Con razón
observa Ignacio Iribarren Borges en el prólogo a la edición de Monte Avila: “Sin solución
de continuidad, las cosas aparecen con significados diversos, derivados de los distintos
planos o relaciones en que el poeta las coloca. No se trata sólo de las metáforas, concebidas
por la combinación de las impresiones sensoriales, como, por ejemplo, color del
movimiento, melodía de las piedras, color de la soledad, etc.; nos encontramos más bien en
presencia de planos de conocimientos sucesivos.”17
“Venías de la muerte”, dice en el canto VII, pues la muerte vertebra el destino, está en el
pasado y en el futuro, somos entre dos muertes, y lo somos verdaderamente si se aprende el
mandato de existir que viene de la tierra.18 También en ambas orillas de la muerte está la
vida, a través de la continuidad entre ascendencia y descendencia, sin reducirla al encierro
de la herencia física sino expandida a la cultura. Su núcleo es tanto el hogar como la
soledad, así como el silencio que, en Los espacios cálidos, reconoce explícitamente
asociado al poema (“Yo pertenezco a este silencio del canto / donde la lluvia dejó asomar
algunas flores, / a este territorio en que la soledad / hace pasar el día con sus tristes aves
ocultas.” (“Soledad del día, p. 97).
En la noche intensa “resuena las voces / de las almas que llegan al panteón nocturno”.
Resuenan siniestramente también en los cascos de los caballos de las huestes del tirano
Aguirre, de su cadáver sin reposo. “Mi fantasma primordial fue el Tirano Aguirre” confiesa
en Gerbasi. Del trazo y la palabra (p. 158). Quizás porque lo retrotrae con fuerza al mundo
de la infancia el personaje vuelve para protagonizar Tirano de sombra y fuego, en treinta y
cinco cantos que rememoran el impacto de su leyenda a partir de tres epígrafes de distintos
17
Mi padre, el inmigrante, 3 ed., Caracas, Monte Avila, 1994, p. 17.
18
“cuando siento mis pasos en la tierra, / y cuando digo: tierra, / y sé que estoy aquí iluminándome, /
amándola y oyendo su mandato, que es el existir ...” (IV, 66). Parecen estos versos volverse eco de la Elegía
novena de Rilke.
31
textos de valor histórico, dentro de las cuales privilegia el último, extraído de la Historia
colonial de Venezuela de Arístides Rojas para señalar el rumbo que toma su elección,
desligada de la impronta simbólica que puede tener una herencia violenta en la historia
nacional, más allá de las similitudes aludidas en el poema con Juan Vicente Gómez.
Circunscripta en algún momento la figura de Aguirre al miedo infantil y campesino a los
fantasmas, en la travesura de mover las vasijas o golpear las puertas, prevalecen las
sombras siniestras de su crueldad en cuanto se interna en la selva amazónica que vuelve a
ser el ámbito del poema, así como el tema de la muerte. Corporizada aquí en la preminencia
dada al cadáver y en el tirano como adalid de ataúdes, “esqueleto incendiado”, cuyo fuegos
atormentan ahora una noche macabra junto con al galope de Aguirre, condenado a
perseguir indefinidamentee su muerte, apresada en “una noche de aguas estancadas”,
llevando la reflexión del poeta (“es cierto, la vida del hombre pasa como un día”, XXXII, p.
145) hacia sí mismo, acentuando la marcación de la primera persona, y hacia la esperanza
de la perduración serena en el fluir discreto del arroyo (“Por eso yo preferiría vivir siempre
a orilla de los arroyos / para mirar mi alma en el movimiento de la fronda / como en la
iniciación de una música eterna.”).
En las obras posteriores a los poemas extensos se agudiza la individualización del sujeto
lírico en la anécdota o en cierta tendencia a narrativizarla muy fragmentariamente a partir
de unos pocos detalles, como puede verse en el siguiente poema de existir que cito
extensamente para que se comprenda mejor mi observación, “Los asombros puros” de Por
arte de sol (1958). El título orienta ya las significaciones buscadas: “Menciono el alba con
mi perro / que, en el patio de la casa, / perseguía mariposas tornasoladas, rojas, azules, /
como alucinaciones. / ... / y en las revistas que leía mi padre, / veía relámpagos sobre ovejas
/ desbandadas entre rocas. / Eran viejas historias de lejanas tierras de olivares. / Ah, pero en
la renegrida cocina se encendía la leña, / y se enrojecían en las paredes los brillantes
grumos de hollín. / El gato miraba algo, allá, entre los crisantemos, / fijamente, hasta que
un trueno oscurecía las montañas. / Así mi edad reconocía las tinieblas. “ (p. 149).
Retumba como un sótano del cielo (1977) y Un día muy distante (1988) son también
buenos ejemplos. Prevalece especialmente en este último lo vegetal: en la noche el verde de
la “selva húmeda” adquiere los brillos instantáneos y continuamente renovados de las
luciérnagas, que serán al comienzo, en "Noche de infancia”, vivencia íntima en la

32
rememoración de ella (“Soy un cafetal de luciérnagas, / la luz azul en la sombra, / donde
mi madre me hablaba / de su patria, / mientras me daba a beber / una taza de chocolate.”, p.
17) hasta proyectarse en el final del libro a la engañosa fragilidad con que la mirada
humana cree percibir en la permanencia, en este caso, en la luminosidad del espacio
cósmico (“Mi ser en la vegetación / era/ un miedo a convertirme / en una estrella fugaz.”, p.
18).19
El tratamiento del espacio se detiene con más énfasis en el registro de lo local. El discurrir
del agua o los ruidos campesinos habituales alientan un trasfondo de permanencia (“El
Orinoco pasa hacia siempre”20)- si bien recrudece la melancolía ante las nuevas muertes en
la familia, reavivando las viejas. La mirada recorre los objetos en tanto fragmentos del
pasado, de un sujeto que dice su percepción del mundo a partir del detalle que reúne
enigmáticamente elementos dispersos, y “La ropa de la infancia” , que cito completo, puede
manifestarlo gráficamente: “¿Dónde está la ropa de la infancia? / Estaba tendida entre
flores, / allí donde un gato se encoge / para levantar remolinos de mariposas. // Hay un aire
de palmas / la mueve en un lejano recuerdo / de telas raídas / como un cielo nuboso de
lluvia. // A esta hora del crepúsculo / comienzan a cantar los grillos / sobre la tumba de mi
madre.” En Edades perdidas (1981) la rememoración o la imagen apresada en un instante
se subjetivizan en impresiones de gran plasticidad, que aluden serenamente a las
incertidumbres de un sujeto que explicita sus saberes y su experiencia del mundo, siempre
adheridas a a la captación sutil de la mirada, como en el breve poema “Cobre pulido”:
“Brillante es el alacrán / en una roca al amanecer. / Sigilosamente mueve / entre gotas de
rocío / el veneno secreto. / Cada movimiento es un lento fulgor.” (p. 265).
Canoabo y su entorno han sido entrañable punto de partida de Gerbasi, a ellos ha vuelto
siempre. Han sido como el muelle en que reposa la infancia como un reservorio de segura
19
“Estrella fugaz” de Los oriundos del paraíso (cit., p. 47) retoma imágenes semjantes: Cae la estrella fugaz
/semejante al tiempo de la vida. / Qué lejos mi silencio, / entre las flores de café. / Las montañas encierran a
Canoabo / en una red de estrella.” Aquí, como en la mayoría de los poemas de Gerbasi, claramente se percibe
su ejemplar trabajo poético con la espacialidad, como bien señala Patricia Guzmán al afirmar que “Canoabo
puede ser universal”, auspicioso de epifanías al “descubrir las figuras y formas del paisaje desde nuestra
interioridad, transformar dicho paisaje en un espacio íntimo, secreto, e, incluso, romperse los labios,
confesadamente, ante tanta belleza, padecida, sufrida, gozada: he allí el camino que tuvieron que recorrer los
poetas venezolanos para acceder a la noción de lugar como revelador de Absoluto:”19 (“El lugar de lo
AbsolutoVicente Gerbasi, Ramón Palomares, Luis Alberto Crespo) en Ortega, Julio, comp., Venezuela: Fin
de siglo, Caracas, La Casa de Bello, 1993, p. 199).
20
“Orinoco”, del segundo libro citado (Caracas, Monte Avila, 1988, p. 37.
33
pureza, de una inocencia que considera matriz de la poesía, capaz de auspiciar el ensueño y
las visiones que ya, sin las viejas turbulencias de la alucinación encarnada en el insomne
Aguirre, han diseñado una vía sólida para dar nuevos sentidos al paisaje rural venezolano.
Gerbasi no ha dejado una arte poética y ha sido reacio a explicitar en los poemas sus
predilecciones estéticas, inclinado más bien a depositar en las dedicatorias envíos en los
que se confunden amistad y convicciones artísticas compartidas. Sin embargo, uno de los
poemas breves de Retumba como un sótano del cielo, parece resumir su vocación de
volcarse al universo, real y de la fantasía, para que su mirada reúna, ahora jubilosamente, lo
contradictorio y lo disperso del espacio en la escritura, ese otro espacio que no ha cesado de
poner en consonacia con el de la naturaleza, haciendo de él su “Razón de ser”: “Existo por
razones de espacio. / Me atraen el agua y sus ramas de fuego, visiones de astros, / el paraíso
terrenal / decorado con pavos reales / de colores / como flores y cometas, / cuando el tigre
salta / por hambre.” (p. 244)

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