Controversias en Psicoanálisis de Niños y Adolescentes
Año 2013, Nº 13
HUELLAS DE LO ARCAICO EN LA CLÍNICA INFANTIL
María Elena Sammartino1
"Pero el retorno del pasado va a efectuarse también en rasgos de la
vida psíquica más embrionarios aún. Existen formas más elementales del
psiquismo […] ellas ponen en juego aspectos pulsionales básicos que
devienen reservorios de sentidos brutos periódicamente explosivos,
manifestados a veces en forma de súbitos pasajes al acto; y que evocan la
dimensión de un ‘automatismo’ de repetición o se ‘realizan’ en forma
alucinatoria, e incluso toman las sendas de una somatización más o menos
evocadora de significación."
André Green
El tiempo fragmentado, pág. 58
Lo arcaico ejerce una suerte de fascinación al estudioso del psiquismo en sus
orígenes. Siempre intuido a través de sus huellas a veces clamorosas y otras encerradas
en el silencio de lo no representado, lo arcaico escapa a la observación atenta en tanto
que se vuelve experiencia vivida en el après coup del juego transferencia-
contratransferencia y en la construcción histórica, que siempre es mito nacido del
encuentro entre el paciente y el analista, como un emergente a partir de la niebla
originaria. Un sentido antes inexistente se crea en el punto de confluencia entre el acto o
el afecto del paciente, que se muestra a la espera de una forma, y la
contratransferencia del analista que incluye no sólo sus emociones y pensamientos sino
también el conjunto de su saber.
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melenasam@[Link]
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El término arcaico es polisémico en psicoanálisis. Uno de los últimos textos de
Freud, Moisés y la religión monoteísta, abre el abanico de significaciones al pensar
analogías entre la herencia arcaica, de origen filogenético, y las vivencias tempranas, en
el terreno de la ontogénesis (pág. 69). Un paso más allá en el desarrollo de la analogía,
Freud se refiere al trauma infantil en tanto impresiones tempranas en la vida del niño
que exceden su capacidad de asimilación y que por consiguiente no pueden ser
recordadas. Sus efectos reaparecen compulsivamente a posteriori (pág. 70). Esas
vivencias traumáticas olvidadas corresponden a tiempos pre-verbales y, dice Freud, “se
refieren a impresiones de naturaleza sexual y agresiva, y por cierto que también a
daños tempranos del yo” (pág. 71).
A partir de Más allá del principio del Placer y de Construcciones en el análisis, el
pensamiento freudiano actual escucha los signos de tiempos preverbales en la
compulsión a la repetición de historias transgeneracionales y de impresiones sensoriales
o vivencias no inscriptas como experiencia representada. Una suerte de memoria
amnésica se revela en actos o en retornos al límite de lo alucinado en espera de
significación o a la búsqueda de un escenario de figurabilidad, similar al sueño, que
permita el ingreso de lo no representado en la trama psíquica.
La compulsión a la repetición sería una de las respuestas reactivas a
traumatismos precoces en tiempos de la indiferenciación entre el yo y el mundo, antes
de que el principio del placer haya asegurado su dominio sobre la vida psíquica. Se trata
de una de las lógicas primitivas que buscan generar sistemas antitraumáticos frente al
fracaso de la relación primera entre la pulsión y el objeto primario (Michel Neyraut, en:
Smadja, pág. 189) .
En la clínica con pacientes adultos el retorno de lo no representado en el origen
tomará las formas de algunos mecanismos defensivos: la somatización o el acting out,
como descarga ciega para el psiquismo; la desmentida con escisión del yo y el
desinvestimiento que dará lugar al vacío, mecanismos que enfrentan al sujeto a la
disyuntiva delirar o morir (Green, 1972).
¿En qué forma se expresan las vivencias arcaicas en la clínica con niños
pequeños?
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La clínica infantil con frecuencia nos hace testigos de los intentos reiterados de
descargar por la vía motora una excitación que no encuentra los cauces para transformar
cantidad en cualidad; se trata de aquello no representado en la trama psíquica, señal del
caos originario sin vectorizar en dirección al objeto de la satisfacción, puente tendido a la
descarga pulsional sin freno, es decir, carente del tejido apaciguador que presta el
entrelazamiento entre la pulsión de muerte y la pulsión de vida.
El caos del ello, pura excitación sin cualificar, emergerá a la vida pulsional a
través de una forma que le confiera sentido y representación por mediación del objeto.
La experiencia de satisfacción, tal como la describiera Freud en El Proyecto de una
psicología para neurólogos, provee la ligadura de Eros que asegura la unificación de la
psique fragmentada al imprimir una huella mnémica del encuentro amoroso, semilla de
un deseo que ahora se dirige hacia un objeto, y de un placer autoerótico que funda las
bases de la futura existencia propia. La inscripción de la huella de la experiencia de
satisfacción, una representación que da sentido y significado humano al empuje
pulsional, es también anclaje que inhibe la descarga sin freno. La inhibición de la pulsión
impide la destrucción y abre las vías de contacto con el objeto, condición sine qua non
para el nacimiento psíquico y el desarrollo de una subjetividad.
Cuando la experiencia de satisfacción es mala o dada sin amor, cuando prima la
invasión o la ausencia en lugar de la identificación y satisfacción del gesto espontáneo
(Winnicott) la criatura no sólo habrá de luchar contra su propia vida pulsional, sino
también contra el objeto (Green, 1972). La imposibilidad de representar aboca al caos
de la desorganización o a la muerte psíquica que acompaña la tendencia a desinvestir al
objeto, al mundo y al propio yo, territorio irrestricto de la pulsión de muerte, como ya
se ha sabido desde hace años gracias a los trabajos realizados por Spitz sobre la
depresión anaclítica en lactantes.
El estado de no-representación es el mayor peligro para el psiquismo, abocado a
sufrir la violencia de los afectos y el desamparo, en tanto carente de los instrumentos
para poner en marcha el trabajo de ligazón, de figurabilidad.
Expondremos ahora una viñeta clínica para avanzar en el desarrollo del tema. A
través de los primeros tiempos del trabajo psicoterapéutico con el pequeño Andreu y sus
padres, se observará la reaparición compulsiva de las huellas traumáticas del
desencuentro madre-bebé en el origen. En tanto carentes de representación, esas
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huellas no han sido objeto de resignificación a posteriori por lo que despliegan trazas
perceptivas (Freud, carta 52) no vectorizadas hacia el vínculo con el objeto, y formas
arcaicas de protección contra la excitación.
Caso Andreu, 2 años2
Andreu es entrevistado por primera vez a los 2 años en un centro de atención
precoz debido a que no se ha iniciado en el lenguaje comunicativo, sólo emite pequeños
gritos pero ninguna palabra. Es un niño “muy movido, no para quieto; es muy nervioso”
–dice la madre-, “está muy enmadrado” –dice el padre- “Pero tiene momentos en que
es muy cariñoso” A los padres les llama la atención que sea tan movido y que con
frecuencia se golpee sin emitir ninguna queja. Suelen tenerlo en la trona para que no se
agite demasiado y se caiga.
En la primera entrevista conjunta niño-madre la psicoterapeuta observa una
criatura que pareciera estar “poco humanizada, como si fuera un animalito”. Lo traen en
el cochecito con las manos atadas. Cuando lo sueltan en la consulta tira todo, no se
queda quieto ni un momento, va de un lado a otro incluso -a veces- golpeándose contra
las paredes. Si se lo contiene físicamente, se relaja un poco pero luego se pone rígido,
se escurre y se va. Las palabras de la terapeuta no producen ninguna reacción ni
respuesta aunque en algunos momentos le dirige una mirada fugaz, como en ráfaga.
Puntualmente toma alguno de los objetos de la caja de juegos y lo tira, a veces con
fuerza, como si tuviese rabia. En algún momento se pone cualquier cosa en la boca, sin
chupar.
Obsesivamente se desliza por medio de las sillas, por debajo de las piernas, se
mete en los recovecos pero no se queda allí, pasa y vuelve a buscar otro recoveco.
La terapeuta observa cómo la excitación va creciendo y es notoria la sudoración.
En esa entrevista la madre cuenta que por la noche el niño no puede dormirse si
ella no tiene la mirada puesta en él, muy cerca. Ha de poner la mano en el vientre del
niño porque si no se asusta y se despierta. También relata que cuando está en su casa
con frecuencia se queda mucho rato mirando una luz.
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Agradezco este material clínico a la Lic. Nuria Molas
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Datos destacados de la historia
Antes del embarazo de Andreu, la madre perdió otro embarazo como
consecuencia de la amniocentesis: tuvo que parir una niña muerta a los 5 meses de
gestación. La madre quedó muy afectada por esta pérdida y se deprimió profundamente.
El aborto se produjo en un período en que coincidieron otras muertes en su familia,
todas ellas muy significativas, sustitutos maternos (su madre falleció cuando ella tenía
16 años). Hubo un ingreso psiquiátrico breve a raíz de esa depresión. A los 3 meses
queda embarazada de Andreu ya que le recomendaron embarazarse inmediatamente.
Hubiese deseado tener una niña.
Andreu nació con algunas dificultades respiratorias y al no haber unidad de
neonatos en el hospital, fue trasladado a otra unidad por lo que madre e hijo estuvieron
cinco días separados. Luego todo transcurrió con normalidad, salvo que la madre no dejó
de estar angustiada a lo largo de todo el primer año de vida del niño, temiendo que le
ocurriese algo malo. Cuenta la madre que “me pasaba todo el día mirándolo, le ponía la
mano en el corazón para ver si latía”. Con la pérdida del primer embarazo se había
despertado en ella el temor a no poder tener hijos sanos, pero no lo comentó con nadie,
tampoco con el marido.
Llama la atención de la psicoterapeuta que la madre viste siempre de negro. Al
padre lo ve mayor y cansado. Trabaja de noche y duerme por la mañana cuando el niño
se lo permite. “Me cuesta dormir por este trasto de niño”, dijo el padre. Considera que
el niño es “un poco revuelto” pero que no le ocurre nada importante. Está muy ocupado
en sus cosas y no le presta mucha atención. Destaca en la historia el hecho de que el
abuelo paterno de Andreu falleció a los 6 meses de iniciado el embarazo.
Sesión a los 2,4 años
La psicoterapeuta ha decidido trabajar con el niño a solas porque la madre
invadía todo el espacio hablando sin cesar y pasando de un tema a otro aunque no
tuviese relación con Andreu.
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El niño va de un lado a otro de la sala, como sin intención ni objeto, a veces con
la cabeza hacia atrás. La mirada no se detiene en nada. Se golpea contra los objetos,
pasa a lo largo de canales estrechos o a través de las piernas de la terapeuta.
Se sube a un pequeño tobogán de gomaespuma que hay en el despacho y al
llegar al sillín superior cae sistemáticamente hacia abajo (no se desliza sino que cae). Si
la terapeuta no lo sostuviese se haría mucho daño. También se sienta en la sillita para
niños de forma tal que siempre cae al suelo.
Se acerca al espejo y no se mira pero apoya la cara. Lame el espejo. No habla.
Sólo repite un sonido de este tipo: “trequetrequetreque”, sin intención comunicativa.
En un momento de la sesión la terapeuta se estira en el suelo cerrando los ojos y
le dice al niño que va a dormir y que él puede venir también a dormir. El niño, presa de
gran agitación, se le arroja encima, la coge del pelo y la obliga a sentarse. La escena se
repite, siempre con gran agitación y desespero.
Sesión a los 2,6 años
Dice “mamamamama”. Se observa en el espejo con dos pelotas y abre la boca
mirando con interés, como si quisiese ver dentro.
La emergencia de lo arcaico en el caso Andreu
Las primeras entrevistas ponen en escena el estado de pasividad y desconexión
emocional que preside los vínculos familiares. El desamparo y la depresión materna
encajan sus piezas en el puzle mortífero que construye con el padre, lejano
afectivamente, ciego frente al sufrimiento que madre e hijo exhiben cotidianamente en
el hogar. Sin embargo, hay alarma en estos padres que se encuentran atrapados en las
redes de sus propias historias infantiles sin resto pulsional para investir con un Eros
integrador al pequeño Andreu ni recursos para contener su inquietud permanente y
significar la excitación que lo invade. Atado en la trona, con las manos ligadas, el
pequeño encuentra allí una estructura sostenedora que hace las veces de exoesqueleto,
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aguantando un cuerpo todavía distante de la unidad psicosomática o de la asunción
jubilosa de un yo especular. Dejado a merced de sí mismo, la motricidad indiferenciada
se desencadena sin freno ni anclaje en objeto interno ni externo alguno, sin el recurso
calmante que el autoerotismo oral presta al bebé normal.
Algunas defensas muy primitivas permiten ya intuir que este escenario no es el
original sino que se encuentra atravesado por historias ajenas y maniobras protectoras,
como diría Frances Tustin. Así, Andreu parece encontrar sosiego en el vacío autista que
induce el brillo de una luz, las sensaciones autogeneradas al lamer el espejo frío o al
repetir un sonido envolvente, "trequetrequetreque"; encuentra algún placer
autodestructivo en los golpes que se inflige (autoerotismo primario); muestra su
necesidad de un abrazo que ponga freno a la inquietud y también el pánico a quedar allí
atrapado, en los dos tiempos del breve contacto con el objeto que intenta contenerlo. Y
más allá, huellas más claras de lo arcaico, signos de percepción (Freud, carta 52) que no
han ingresado al circuito de representación, señales de que algo que debía haber
sucedido en el origen, no sucedió. Andreu se deja caer, se desliza por debajo de las
sillas, se mete en recovecos, pasa en medio de las piernas como si apuntase
compulsivamente a un repetido acto de nacimiento y renacimiento en el que, una vez
más, entra y sale sin permanecer junto a los ritmos y los sonidos del cuerpo materno.
Pero al final de la entrevista, una revelación inesperada: Andreu necesita la mirada de la
madre y la mano en su vientre para poder dormir. Una suerte de anclaje objetal se
despliega en esta escena nocturna relatada por la madre, contrapunto de la desligazón
mostrada hasta ese momento.
La narración de los padres teje sentidos en torno a este pequeño actor que va
poniendo en el escenario de sus sesiones las huellas del pasado atravesadas por
defensas que intentan protegerlo de dolorosas agonías primitivas (Winnicott) y acciones
enigmáticas que esperan secretamente el encuentro con un otro cargado de emoción y
capacidad para descifrar su significado (sesión a los 2,6 años). Andreu tuvo al nacer una
madre hundida por el peso de unas pérdidas imposibles de simbolizar y el temor de ser
incapaz de sostener la vida de un hijo. En estado de duelo no elaborable y tal vez a la
espera del nacimiento de una niña que pudiese repararla de las muertes sucesivas, la
madre tuvo dificultad para investir a Andreu con una intensa carga erógena y colocarlo
en el trono de su majestad, el bebé, aquél que llegaría a realizar todos sus sueños
incumplidos. Teniendo por misión el desmentir la muerte, Andreu quedó atrapado en el
lugar de los muertos vivientes de su madre.
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Según mi parecer, la sesión del niño a solas con su terapeuta a los 2,4 años es
muy reveladora. Si en su conducta libre se presenta como un niño indiferenciado y
ausente como sujeto, cuyo gesto voluntario sólo se expresa a través de formas de
sensación (Tustin), en cambio se vuelve activo, desesperado y dueño de su cuerpo
cuando la propuesta del juego de ponerse a dormir lo enfrenta al horror del dormir-
morir.
Dormir-morir, es la ecuación fantasmática materna que atraviesa a Andreu y lo
aliena en una historia ajena impidiéndole iniciar una historia propia. Pero curiosamente
hay allí un modelo, un armado representacional que organiza los datos y las experiencias
del mundo, confiriendo a Andreu una breve percepción de unidad, de integridad
psicosomática. Se trata del lugar en el que se siente investido por la mirada materna
emocionada, aunque esa mirada sólo pueda reflejar una angustia ajena, invasora,
incapaz de dar sentido y significado a la propia del niño.
El movimiento de la sesión permite ver, a edad tan temprana, la importancia del
encuentro con la analista que suscita una reactivación de las huellas de vivencias
transgeneracionales a las que el niño se encuentra identificado (identificación primaria
pasiva): cae y vuelve a dejarse caer, como muerto. La propuesta de la analista de
ponerse a dormir, surgida de su intuición contratransferencial, organiza un escenario que
prefigura la posibilidad de comenzar a dar forma y sentido a lo no representado,
desatando un nudo del desarrollo subjetivo.
La herida transgeneracional que no cicatriza ha teñido la experiencia de
satisfacción impidiendo el nacimiento de la función objetalizante de la pulsión de vida
(Green, 2003, pág. 304), responsable de la creación de los objetos externos e internos.
El desencuentro de la pulsión con el objeto primario impide su transformación en
representaciones de todo tipo y, por consiguiente, la puesta en marcha de la satisfacción
alucinatoria y su correlato, el autoerotismo. El estado de no representación es el lecho
por el que transita la pulsión de muerte; la imposibilidad de realizar un trabajo de
figurabilidad deja al niño sumido en la indiferenciación, el caos pulsional y el desamparo
psíquico frente a cantidades excesivas, una excitación imposible de tramitar.
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Ligar la pulsión de muerte
Para Winnicott, el acoplamiento originario madre-bebé es condición de la
integración yoica y sostén del sentimiento de continuidad existencial. El holding es
envoltura protectora frente a los estímulos del mundo y de la vida pulsional, también es
abrazo que conjuga en una unidad indiferenciada los ritmos de los dos miembros de la
dupla en la creencia paradójica de que la criatura es la creadora de todo lo bueno que le
es ofrecido para satisfacer su necesidad y su gesto espontáneo. Esa primera paradoja
que estructura el naciente narcisismo infantil abrirá paso a la segunda paradoja
constituyente: "jugar a solas en presencia de la madre", consolidación de un espacio
transicional que se abre al símbolo. Pero si el rostro y los ritmos pulsionales maternos
imponen su presencia real tempranamente o se producen grietas importantes en la
continuidad del holding, el niño experimentará caídas impensables. La ruptura de la
continuidad existencial por fallos en el holding será la fuente de la que nazcan las
tendencias destructivas. (Winnicott, 1971)
Desde la perspectiva de André Green, esa envoltura protectora que provee el
holding materno acaba invirtiendo su polaridad a través del doble retorno pulsional
(actividad-pasividad, vuelta contra sí mismo) constituyendo una estructura encuadrante
para el propio sujeto. "El sujeto se edifica donde se ha realizado la investidura del objeto
y no donde se ha realizado su propia investidura" dice Green (1983, pág. 120). El abrazo
materno, que incluye las vivencias fusionales madre-bebé, se vuelve marco y límite del
espacio psíquico en el que se irán inscribiendo las representaciones y el juego del
autoerotismo. "Cuando las condiciones favorecen la inevitable separación entre la madre
y el hijo, se produce en el seno del yo una mutación decisiva. El objeto materno se
borra como objeto primario de la fusión, para dejar el lugar a las investiduras propias del
yo, fundadoras de su narcisismo personal [...] esta borradura de la madre, no la hace
desaparecer verdaderamente. El objeto primario se convierte en estructura
encuadradora del yo, que da abrigo a la alucinación negativa de la madre" (Green, 1983,
pág. 231).
Es a partir de la ausencia sobre fondo de presencia que el envoltorio protector
materno es tomado en préstamo para constituir la estructura de la psique del hijo, a
través de la alucinación negativa de la madre. Es fundamental el momento en que el
niño negativiza la presencia materna ("jugar a solas en presencia de la madre") para
crear ese espacio psíquico personal e imaginariamente autosuficiente que funcionará
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como fondo secreto de su propio mundo representacional. El éxito de ese proceso de
constitución de la estructura encuadrante garantiza la ligadura y neutralización de la
pulsión de muerte en tanto que vuelve estructura psíquica la función paraexcitadora del
objeto primario. El fracaso en la constitución del marco psíquico habla de un
desencuentro en el origen o de una ruptura de la continuidad existencial, ya sea porque
el objeto primario ha rehusado el abrazo libidinal o, por el contrario, porque el exceso de
presencia no permite su negativización.
El dolor que comporta para el niño la carencia o el exceso, la falta de
investimiento tanto como la intrusión pulsional, acaba siendo coagulado por la vía de la
retirada de su propia investidura. Cuando la psiquis no encuentra el camino hacia la
vectorización pulsional por la vía de la representación, las pulsiones de destrucción abren
el camino a la desobjetalización, la retirada de las investiduras dirigidas al objeto y a
todo aquello que pudiera evocarlo, incluyendo las representaciones del mundo y de sí.
"Ese movimiento de retirada de las investiduras se refleja sobre el sujeto naciente y
sobre su naciente sistema de representación haciendo estallar todo el potencial de
ligazón" (Ch. Delourmel, 2012). Para Green, la expresión clínica de la desobjetalización
es el narcisismo negativo o narcisismo de muerte, "esta doble sombra del Eros unitario
del narcisismo positivo que tiende a la inexistencia, la anestesia, el vacío, el blanco,..."
(1983, pág. 38)
Veamos a continuación la primera entrevista con el pequeño Jan quien mantiene
una base de fragilidad arcaica sobre la que se organizó una estructura encuadrante que
no consigue sostener de forma estable la unificación yoica que provee el narcisismo
primario y el autoerotismo. Alternan en la entrevista estados de ligazón y desligazón
pulsional. La vectorización del orden pulsional depende de la activación de la memoria
de encuentros positivos en el origen en tanto que la tendencia a desobjetalizar es
promovida por la reedición de los fallos arcaicos.
Caso Jan, 3 años y 6 meses
Jan es un niño inteligente y conectado pero tiene dificultades para estar
tranquilo, jugar o dormir. Se despierta varias veces cada noche con pesadillas, siempre
está inquieto, en movimiento constante, tocándolo todo y sin construir ninguna
secuencia lúdica salvo que alguien organice una actividad y esté muy pendiente de él. En
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el colegio puede ser muy agresivo y morder a los compañeros. La maestra se queja de
que no atiende y que nunca está quieto.
El padre es ansioso, tenso, y le cuesta mucho contener la agresividad. Es
cariñoso con su hijo y se ocupa mucho de él. La madre es una mujer muy tranquila,
pasiva, muy poco expresiva y con escaso apetito sexual. Es muy dependiente de su
propia madre y suele dejar al niño al cuidado de la abuela incluso en los horarios en que
no trabaja. Tiene miedo a la agresividad de su hijo y no sabe cómo calmarlo. La pareja
tiene conflictos en su vida sexual y en la regulación de la agresividad entre ellos.
Primera entrevista conjunta madre-hijo:
El niño se muestra alegre e interesado en todos los objetos de la consulta.
Investiga algunos juguetes de la caja que le ofrezco pero no organiza ninguna secuencia
de juego salvo un breve momento en que se ocupa en meter unos cubos dentro de los
otros.
Su interés va pasando de un objeto a otro. Durante mucho rato va recogiendo
objetos que inmediatamente olvida o deja caer, el interés va dejando paso a una
creciente excitación sin objeto. En ningún momento se dirige a mí aunque no evita la
mirada. Sentada con él en el suelo, le tiro un cochecito con suavidad mientras le hablo,
me lo devuelve pero cuando vuelvo a tirarlo él lo hace chocar violentamente, primero
contra otro coche y luego contra las paredes, con gran fuerza y manifiesta exaltación.
En un momento se queda quieto y noto que se masturba analmente, sentado
sobre su tobillo. Luego, más tranquilo, recorre la consulta, intenta encender el
ventilador y se sube a la silla y al escritorio. Elige después un oso de peluche y lo
aprieta contra su pecho; con calma y sonriente se acerca a la madre y se tira en el
suelo delante de ella, acostado, de espaldas, sosteniendo al osito, la mira con ternura y
sonriendo seductor le pregunta si se marchará. Ella le contesta que no, con sequedad y
sin mostrar interés alguno en la demanda amorosa del niño. Él insiste unos segundos
más, pero ella no responde en ningún sentido, su gesto permanece indescifrable. El niño
se levanta con furia y comienza a golpear violentamente con un martillo un juguete; los
golpes, muy fuertes, se acompañan con una mirada fija, llena de rabia, como si odiara al
objeto que golpea. Pero poco a poco los golpes van perdiendo furia y se transforman en
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un movimiento rítmico, cada vez más lento y acompasado, descargado de toda emoción,
vacío, hipnótico. La mirada sigue fija en el movimiento, pero el niño se ha ausentado.
Lo llamo al contacto conmigo y sale de allí desbocado, como un trompo sin eje,
corriendo de pared a pared, tocando todo, tirando objetos y sin atender a ningún freno
verbal. Sólo consigo detenerlo envolviéndolo fuertemente con mis brazos. La madre
permanece pasiva e inexpresiva.
Violencia y sexualidad presiden explícitamente los conflictos de la pareja parental
y, lejos de estar protegido de la intensidad de esos estímulos, Jan parece actuar
proyecciones que multiplican su propia pulsionalidad y que dificultan la estructuración de
sus anhelos edípicos. La escena de seducción no encuentra vías de apertura a la
simbolización sino que acaba repitiendo compulsivamente un desencuentro en el origen
entre la pulsión y el objeto constituyente.
Jan ha hecho un gran esfuerzo a lo largo de esta entrevista por contener su vida
pulsional. Ha intentado poner freno a su agresividad por la vía placentera del
autoerotismo y se ha dirigido amorosamente a su madre que al no responder a la
seducción deja también caer la posibilidad de significar al niño devolviéndole sentido,
emoción cualificada y límite.
El fracaso de la experiencia desata una rabia sin control, un deseo de destruir y
desembarazarse de un objeto que rechaza y deja a merced del dolor de la invasión de
excitación. Es notorio cómo la falta de respuesta de la madre desorganiza el
funcionamiento autoerótico que permitía a Jan inhibir la descarga pulsional
desorganizada.
Pronto los afectos van perdiendo cualidad, ya no hay violencia, ni placer, ni
búsqueda, sólo puede contenerse generando un vacío de emociones. Jan se va
ausentando subjetivamente, los golpes cargados de furia dejan paso al puro movimiento
autohipnótico, señal de la producción de un vacío mental por la vía autosensorial. El
investimiento dirigido al objeto ha desaparecido, y con él toda investidura de sí mismo o
de sus representaciones internas.
A partir de allí Jan es como un trompo sin eje que busca encontrar los límites de
sí mismo chocando contra las paredes. La angustia propia de ese estado es aniquilatoria,
las palabras ya no sirven, el único límite que puede contenerlo es el abrazo físico. La
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falta de respuesta materna, el rostro que no refleja, deriva en la producción activa de un
vacío de objeto interno y su correlato, un vacío de sujeto, un hueco en la organización
subjetiva que se degrada regresivamente en una pura descarga de excitación.
En los movimientos pulsionales de esta entrevista, se hace posible observar lo
que Green llama la conjuración del objeto (1972, pág.255). Se trata de un intento de
protegerse del objeto que por invasión o ausencia expone a los efectos destructivos de
un exceso de excitación irrepresentable, traumática. En este contexto, Green describe
el recurso automático a las pulsiones de destrucción por la vía de la desinvestidura
objetal, la desobjetalización, que busca borrar las huellas psíquicas del objeto y de todo
aquello que pudiese evocarlo, incluso el propio yo.
Cuando esta desinvestidura radical se produce muy tempranamente en la vida del
niño, la retirada de investiduras se dirige no sólo al objeto sino que opera también sobre
la representación del objeto, en tiempos en que no se ha producido la diferenciación
sujeto-objeto. En el peor de los casos, la desinvestidura alcanza a todos los aspectos de
sí que pudiesen entrar en contacto con el dolor: pensamiento, sentimiento, cuerpo,
palabra, en una aspiración al no ser, a la muerte psíquica propia de algunos cuadros
psicóticos (psicosis blanca, autismo).
Pero con frecuencia la desinvestidura de la representación de la madre/objeto -
ausente en su presencia- deja un blanco, un hueco, un vacío sobre el que se tejen las
texturas neuróticas y los excesos de ámbito fronterizo (ej. síndrome de la madre muerta,
Green, 1983).
Será en el après coup del despliegue transferencia-contratranferencia en el que
esas huellas de lo arcaico podrán encontrar un escenario para su revelación. Su forma
de manifestación llevará siempre la marca de lo no representado en el origen y de las
lógicas primitivas de protección contra el dolor.
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