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Módulo 2 Sesión 6

El documento aborda la importancia del perdón como un medio para liberar el verdadero yo y recibir la gracia de Dios, enfatizando que perdonar a otros es un mandato divino que refleja la gracia que hemos recibido. Se exploran las consecuencias negativas de la falta de perdón, como el resentimiento y la división interna, y se destaca que el perdón permite la sanación y la identificación con el sufrimiento de Cristo. Finalmente, se anima a los lectores a confrontar sus heridas y a extender el perdón a aquellos que les han ofendido, reconociendo la verdad de sus emociones y buscando la gracia de Dios para hacerlo.
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Módulo 2 Sesión 6

El documento aborda la importancia del perdón como un medio para liberar el verdadero yo y recibir la gracia de Dios, enfatizando que perdonar a otros es un mandato divino que refleja la gracia que hemos recibido. Se exploran las consecuencias negativas de la falta de perdón, como el resentimiento y la división interna, y se destaca que el perdón permite la sanación y la identificación con el sufrimiento de Cristo. Finalmente, se anima a los lectores a confrontar sus heridas y a extender el perdón a aquellos que les han ofendido, reconociendo la verdad de sus emociones y buscando la gracia de Dios para hacerlo.
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Módulo 2 – Sesión 6

Soltando a Otros a través del Perdón

Parte 1: Entendiendo por qué Perdonar


Ya hemos explorado el primer paso vital para apropiarnos del amor de Dios. El fundamento para la integridad yace en
recibir Su perdón y aceptación, especialmente a la luz del quebrantamiento personal. Él recupera al verdadero yo;
nosotros por nuestra parte, continuamos creciendo en aceptación completa y sincera de ese yo al mantener nuestros
ojos fijos en Él. El recibir la gracia de la autoaceptación está ligado al extender esa gracia a otros, en particular aquellos
cuyo pecado continuamos resintiendo. Dios quiere utilizarnos como agentes de Su gracia para con otros. Desde el
verdadero yo podemos nombrar nuestras heridas y a quienes nos han herido. Entregamos los pecados más graves en
nuestra contra a las heridas de Cristo.

El Padre nos llama a perdonar a todos quienes han pecado contra nosotros, aún aquellos a quienes consideramos
nuestros enemigos. Este perdón no sólo revela una fuente de gracia que es más profunda que la amabilidad humana,
sino que también libera la integridad personal. Las fuerzas negativas de la ira, la autocompasión, el resentimiento y la
defensiva continua en las relaciones debido a la falta de perdón, inhibe nuestra libertad. Permanecemos obstruidos
detrás del muro de nuestra propia autoprotección. La falta de perdón oculta al verdadero yo; el perdón por otro lado,
revela a Cristo, y al verdadero yo que Él ha recuperado. El camino de Dios resplandece a través de quien libera a su
ofensor. El llamado lleno de gracia de perdonar a nuestros deudores es así una poderosa revelación de Dios, hecha
posible por el amor incondicional que Dios nos ha mostrado.

Perdonar a Otros, ¿por qué?.

El llamado y el mandato de Cristo:


"Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os
ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro padre que está en los cielos". (Mateo 5:44-45)

"Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12)

"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no
perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6:14-15).

"Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta
siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18:21-22).
Perdonar a otros como el resultado (sobre)natural de haber recibido el perdón.
En la Parábola de los dos deudores (Mateo 18:23-35).

Perdonar a otros como el resultado (sobre)natural de haber recibido el perdón.

En la Parábola de los dos deudores (Mateo 18:23-35) Jesús describe un efecto primario de haber recibido la gracia de
Dios por medio del perdón: la gracia que se requiere para perdonar a otros.

A cada uno de nosotros el Padre le ha perdonado una deuda incomparable a través de Cristo (v. 23-28).

Habiendo sido liberados, el Padre nos manda a liberar a aquellos que nos deben algo, es decir, aquellos que han pecado
contra nosotros. Él nos pregunta: "¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia
de ti?" (v. 33).

Jesús nos impulsa a "ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso" (Lucas 6:36). Él nos invita a recibir de
corazón la medida completa de Su amor y perdón purificadores; a su tiempo nos pide que impartamos ese perdón a
otros de corazón (Mateo 18:35). Enfrentamos nuestro propio pecado a los pies de la Cruz y recibimos la gracia. Y en la
Cruz enfrentamos el pecado de otros contra nosotros y les extendemos la gracia a ellos. La gracia recibida libera la
capacidad de extender esa gracia. "Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como
Dios también os perdonó a vosotros en Cristo." (Efesios 4:32).

El fruto del perdón: la activación del verdadero yo.

La identificación con Cristo:

Al enfrentar nuestras heridas a los pies de la Cruz, descubrimos una rica oportunidad de participar en los sufrimientos y
la victoria de Cristo. Fijando nuestra mirada sólo en Él, nuestras heridas se unen a las de Él. Él absorbe el dolor y el
resentimiento mientras permanecemos con Él en ese punto de injusticia reconocida. Y esperamos, clamando por esa
expresión más profunda y más pura de la gracia que nos capacitará para perdonar de corazón a nuestros captores. Él
nos la da gratuitamente; Él demostró tal gracia cuando clamó a favor de quienes lo crucificaron: "Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).

La identificación con la humanidad:

El perdón nos libera para identificarnos con el quebrantamiento que es común a la humanidad. Al enfrentar el pecado
en nuestra contra y entregárserlo a Jesús, ya no necesitamos vivir del viejo yo y su defensiva; podemos quitarnos
nuestra gruesa armadura carnal y en su lugar vestirnos de Cristo. La humanidad quebrantada deja de ser el adversario
contra quien debemos guardarnos continuamente. Nuestra vida está escondida en Cristo con Dios (Colosenses 3:3).

Permaneciendo en Cristo, la nueva creación es consciente de que ningún ser creado tiene el poder de disminuir o
extinguir al verdadero yo. Y ese yo, habiéndosele perdonado mucho, a su tiempo ama mucho (Lucas 7:47). Se ha
identificado con el Cristo Crucificado y como resultado deja de juzgar el pecado de otro como peor que el propio, sin
importar cuán doloroso su efecto. El perdón libera hasta los más heridos para identificarse con el quebrantamiento de
la humanidad. Y de su corazón fluye la gracia que liberará a corazones fatigados de pecado.

El corazón indiviso:

El pecado divide el corazón; el perdón del pecado une al corazón con la plenitud de Cristo. Por su parte, el corazón llega
a estar entero, sin divisiones. Cuando alguien peca contra nosotros, ese pecado funciona como un cuchillo dentro del
alma que amenaza con bloquear el flujo de vida en las áreas duramente golpeadas. El resultado es una falta de armonía
y una especie de muerte. Como hemos visto, tal daño puede contribuir a profundos problemas relacionales, sexuales o
de identidad. El perdón quita el cuchillo de las porciones dañadas del alma. Invita a Jesús a ser el Señor y la cobertura
del alma herida. Su integridad a su vez llega a ser la base para una sanidad y restauración continuas del alma.

El Tormento por la Falta de Perdón

La parábola de los dos deudores termina con el tormento: la amarga consecuencia de alguien que se rehusó a extender
la gracia que él mismo había recibido. Algunas de las consecuencias mortificantes son:

La esclavitud a nuestro propio quebranto y al de otro.

Nos consumimos al querer vengarnos. El objeto de dolor fácilmente llega a ser el objeto de odio, nublando así nuestra
visión (Gálatas 5:15).

Nos ahogamos en el resentimiento (Hebreos 12:14-15). El objeto de odio puede generalizarse hacia otros que de alguna
manera representan al objeto original, por ejemplo, las figuras de autoridad, o algún “tipo de persona” del mismo sexo o
del sexo opuesto.
La conformidad con el objeto no perdonado: "Tendemos a llegar a ser tal como aquél a quien resentimos. Lo que no
podemos perdonar estamos destinados a vivir algún día. La falla que no podemos perdonar en otra persona indica que
tenemos la misma condición existente en nosotros mismos. O, si no perdonamos a otro, entonces la misma área que
juzgamos en ellos será un área en nuestra propia vida en la que la gracia de Dios será inhibida. Si perdonamos la
debilidad en otro, este acto de perdón actúa como un antídoto para nuestra propia debilidad, pero la falta de voluntad
para perdonar promueve y desarrolla una fea cualidad en nosotros".1
Viviendo detrás del muro: cómo la falta de perdón nos mantiene atados a la separación defensiva.

Como fue descrito en mayor detalle anteriormente, las heridas emocionales a menudo traen como resultado que el niño
aísle a su ofensor. Detrás del muro, puede alimentar sentimientos de resentimiento, autoconmiseración,
autoaborrecimiento, ira, y odio hacia quien lo ha herido. Lo que el muro inicialmente le ofreció fue una clase de
protección. Pero lo que la separación defensiva no puede proveer es la liberación de la herida. La naturaleza tóxica de
la misma herida, junto con las propias reacciones hacia el ofensor, envenenan el alma. Esa muerte es sellada por el
muro defensivo.

Ese muro tampoco deja entrar a los que pueden ser aspectos buenos de la relación que ha sido aislada. Esto es así
particularmente en relación a los padres. Cuando aislamos a un progenitor, aislamos partes importantes de nuestraa
identidad. Reaccionamos defensivamente a lo que salió mal. A su vez somos incapaces de recibir la buena herencia que
él o ella nos dio. Como escribe Leanne Payne en Crisis in Masculinity (Crisis en la Masculinidad): "Odiar a un padre es, al
final, odiarse a uno mismo".2

Esto se aplica a hombres y mujeres que están separados de su identidad de género a causa de la separación defensiva
del padre del mismo sexo. Payne afirma:

“No podemos cortar a un miembro de la familia, y especialmente un padre o una madre, sin cortar una
parte de nosotros mismos... Una y otra vez veo a hombres en circunstancias de enajenación de su lado
masculino, debido en parte a los juramentos de la niñez que han hecho en relación al padre (y para las
mujeres, en relación a la madre).”3

Esto se aplica también a hombres y mujeres que reaccionan al sexo opuesto debido a la separación defensiva del
progenitor del sexo opuesto. Aislar a ese progenitor resulta en una hostilidad muy reprimida hacia el sexo opuesto que
se expresará en relaciones conflictivas con el sexo opuesto.

La opresión demoníaca y la separación defensiva.

A través de la falta de perdón, el enemigo disfruta manteniéndonos resentidos y llenos de odio. Detrás del muro, él nos
mantiene conformes a la imagen de nuestros captores. En vez de ser transformados a la imagen de Cristo, nos hacemos
esclavos de quienes han pecado en contra nuestro. La oscuridad prevalece detrás del muro. Cristo no es libre para
reinar en y dentro de nuestras heridas a menos que el yo real comience a clamar por la gracia para liberar a sus
captores.

Otras consecuencias de la falta de perdón:

1. El Juicio y la Condenación: El corazón que no perdona comienza a pensar en las cosas malas que el otro ha hecho en
el pasado, la razón por la cual esa persona merece el castigo, y las razones por las que no merece la misericordia y el
perdón de Dios. Esta última no es necesariamente una actitud consciente pero aún así está presente. El hermano del
hijo pródigo ejemplifica este fruto en Lucas 15.

2. Las Imaginaciones Falsas: La imaginación del corazón que no perdona comienza a distorsionar la ofensa y la convierte
en algo mayor o totalmente diferente a lo que realmente es. A causa de nuestra propia inseguridad e insensibilidad, a
menudo malinterpretamos y distorsionamos las palabras y las acciones de las personas.

3. La Envidia y la Codicia: El corazón que no perdona se resiente contra el éxito de su ofensor.

4. La Malicia: El corazón que no perdona tiende a pensar negativamente de cualquier cosa que a la persona le pueda
agradar, tal como clubes, amigos o pasatiempos.

5. El Rechazo y el Abandono: El corazón que no perdona detiene voluntariamente todo contacto social con el individuo,
no le habla, se rehusa a ofrecer apoyo o ayuda cuando la necesita, y se aleja de aquellas cosas que lo pondrán en
contacto con esa persona.

6. La Venganza: El corazón que no perdona se regocija cuando la otra persona falla o es herida y, a veces, hasta hace un
esfuerzo personal por causar tales daños.
7. El Chisme: El corazón que no perdona comienza a hablar en cuanto a las faltas (verdaderas o falsas) de esa persona
con otros.

8. El Orgullo: El corazón que no perdona comienza a pensar que es mejor que el otro.

9. La Santurronería: El corazón que no perdona, como resultado del orgullo, comienza a pensar que Dios debería
bendecirlo más que al otro.

10. La Dureza de corazón: El corazón que no perdona, como resultado de enfocarse en las faltas de otros y en cómo le
han herido, se vuelve insensible a las maneras en que él pudo haber herido a otros y por lo tanto se hace insensible a la
manera en que Dios se encarga de sus faltas.

Al procesar este material, te animo a que primeramente repases la sección tú mismo para poder comprenderla. Luego
repásala en oración y permite que el Señor examine tu corazón.

¿A quién continúas sin perdonar? Permítele al Señor moverse en esa área particular de pecado no perdonado que
permanece instalada en tu corazón. No temas los sentimientos incómodos que surgen al considerar tu herida. Dios te
está preparando para perdonar al ofensor desde tu corazón.

Parte 2: Extendiendo el Perdón


Perdonando a Nuestros Ofensores: Permitiendo a Jesús Cargar con el Pecado y con el Pecador

¿Qué implica el perdón en realidad?

El perdón, primeramente, implica ponerse en contacto con lo que necesita ser perdonado: Si encubres el error de otro
desechándolo o racionalizándolo, por ejemplo: "Él (o ella) hizo lo mejor que pudo", entonces no lo puedes perdonar.
¿Cómo puedes perdonar lo que te rehusas a reconocer como una ofensa en tu contra?

Dios nos da la libertad de ponernos en contacto con lo que nos ha herido, y lo que en algunos casos ha sido la fuente de
angustia profunda y continua. Como cristianos ortodoxos, a menudo somos entrenados para negar las ofensas en
nuestra contra. De esta manera podemos ser especialmente vulnerables a esta clase de encubrimiento. Recuerda:
admitir cómo otros han pecado contra ti es el primer paso para poder verdaderamente perdonarlos y aceptarlos.

Segundo, permitimos al Señor acceder a nuestro corazón: Bajo el poder del Espíritu Santo, la realidad de la herida
ocasionada por el pecado se hace presente para nosotros. Comenzamos a sentir la respuesta legítima del corazón para
con la herida.

Dios quiere que estemos en contacto suficiente con nuestras reacciones emocionales hacia quienes nos han herido para
que podamos ofrecer honestamente esas heridas a Él. Nuestro Dios es un Dios de verdad y luz, no de oscuridad y
negación. Él abre un camino para que nosotros podamos adueñarnos de la verdad de nuestra herida, sin importar cuán
dolorosa, y para enfrentar esa verdad con la mente y con el corazón a los pies de la Cruz.

Enfrentar nuestras reacciones emocionales ante el pecado cometido en nuestra contra puede ser difícil para algunos de
nosotros. Quizás sea que simplemente no queremos enfrentar el dolor. Nuestra tendencia es inmediatamente
objetivizar el momento en que fuimos heridos. Como resultado, reprimimos la verdad de cómo otro nos ha herido.
Nuestra mente intenta hacer caso omiso a la condición herida del corazón. Nos esforzamos por permanecer en control
negándole a nuestro corazón la oportunidad de hablar por sí mismo.

Habiendo identificado la herida y su perpetrador, pídele a Dios la gracia de resposabilizarte de la respuesta de tu


corazón hacia el pecado. Para algunos, las emociones están justo en la superficie, esperando ser expresadas. Para
otros, lleva más tiempo. Nadie puede determinar el tiempo de la revelación y liberación del dolor, solamente Jesús.
Creo que es importante buscarlo a Él para lograr esa completa conciencia de la herida y de quien nos hirió, combinando
esta búsqueda con nuestra respuesta emocional hacia la herida. Esta plenitud te habilita para acercarte a la Cruz con
una ofrenda más sincera para darle a Cristo.
¿En qué momento estoy preparado para perdonar?

Debemos llegar a un equilibrio crucial ente la buena voluntad para obedecer el mandato de perdonar, y el tiempo
oportuno, o la prontitud personal, para así perdonar. Si nos apuramos en perdonar sin conocer nuestro corazón,
podemos fallar en obedecer el mandato de Cristo de perdonar con el corazón (Mateo 18:35). Al mismo tiempo, nos
arriesgamos a desobedecer si esperamos lo que puede llegar a ser una conciencia o liberación emocional evasiva antes
de que podamos perdonar. Debemos participar con Cristo y con otras personas de confianza para poder obedecer Su
mandato de perdonar a otros honestamente, con el corazón.

El próximo paso implica confesar el pecado cometido en tu contra, y amarrarlo lejos de ti: Primeramente, se debe ser
específico en cuanto a las ofensas. No es suficiente perdonar a una figura incierta del pasado por una falta igualmente
incierta. Debemos nombrar a la persona específicamente, y concretamente verbalizar las maneras en que él o ella pecó
en nuestra contra.

En segundo lugar, puede ser muy útil confesar estos pecados específicos ante otros. Esto requiere de un contexto de
confianza y confidencialidad. Así como encontramos la presencia de Cristo en alguien a quien confesamos nuestro
pecado, también encontramos a Cristo cuando confesamos a un hermano o hermana los pecados cometidos en nuestra
contra. Aquí es donde el grupo pequeño puede ser particularmente efectivo.

Otra persona puede verbalizar la verdad de que al confesar el pecado cometido en tu contra, ese pecado es amarrado
lejos de ti y puesto a los pies del Cristo Crucificado. Bajo la guía del Espíritu Santo, el peso de la ofensa es transferido a
Cristo. Tus heridas se hacen una con las de Él; Él absorbe la oscuridad que entró en tu ser a través del pecado de otro.

A veces es útil representar físicamente la acción de amarrar ese pecado usando en realidad tus brazos para arrojar ese
pecado a los pies de la Cruz. También es útil la aplicación del agua para simbolizar la purificación del pecado y sus
efectos a través de la obra de la Cruz.

Soltando el perdón:

Para que las heridas permanezcan amarradas en Cristo, el perdón debe ser liberado por la persona herida, hacia su
ofensor. El perdón implica dejar a la herida y al ofensor a los pies de la Cruz (como se ha descrito). Entonces confiamos
a ambos a Cristo. Esto significa renunciar al derecho de vindicarte a ti mismo, de tomar venganza, y de actuar como juez
de otro.

A través de tu perdón hacia él o ella, consientes con el control soberano de Jesús sobre la vida y destino del ofensor.
Permites a Jesús prevalecer como Señor y Juez de él o ella. El que tú hagas esto, le permite a Él tener un mayor acceso
al ofensor y a tu corazón herido.

† Oración Soltando el Perdón

"Padre, así como me has perdonado gratuitamente, elijo entregarte a __________ . Yo perdono a __________ por pecar
en contra de mí. Perdono a __________ específicamente por pecar en contra de mí de estas maneras. (Nómbralas
específicamente). Te pido luego que Tu gracia y Tu justicia Soberanas se derramen sobre __________ (el ofensor). Sé
Señor sobre __________ , así como te pido que llegues a ser el Señor y el Sanador de mi corazón herido. Continúa
sanando mi corazón, mientras extraes las emociones y reacciones residuales que aún no conozco completamente.
Ayúdame pronto a enfrentar estas realidades a los pies de la Cruz, sabiendo que he sido perdonado, pero aún sigo siendo
sanado."

El perdón también implica liberar a una persona de nuestras expectativas de lo que él o ella debería haber sido. A veces
nos quedamos resentidos con alguien simplemente porque no ha alcanzado nuestras expectativas ideales que habíamos
proyectado sobre él o ella.
Es penosamente real el hecho de que el dolor y la inmadurez de las personas importantes en nuestra vida (por ejemplo
los padres) nos hirieron y nos dejaron carentes. Debemos sentir dolor por esta pérdida y perdonarlos por lo que no
recibimos. No hacer esto es permanecer cautivos del mismo dolor e inmadurez en nuestra propia vida.
Por último, pedimos al Señor que nos libere y purifique de los efectos amargos de la falta de perdón que ha
acompañado a nuestras heridas. Necesitamos perdón para nuestras propias reacciones quebrantadas, y la liberación de
las mismas. Cada uno de nosotros, es capaz de concebir en nuestro corazón odio, rabia, y aún pensamientos e
intenciones asesinas.

Al entregar nuestras heridas a Él y perdonar a nuestros ofensores en la Cruz, también Le suplicamos la purificación que
necesitamos de los sentimientos y las actitudes duras y destructivas hacia nuestros ofensores. Como siempre, es útil
decir esta oración con otros en el grupo pequeño, usando el modelo ya conocido de confesión, atadura de pecado,
liberación de perdón, y la purificación del agua.

† Oración Pidiendo Perdón por Pecar en Nuestra Condición Herida


"Padre, en mi condición herida, he pecado. Mi corazón ha albergado ira, resentimiento, amargura, malicia, odio y aún
asesinato hacia mi(s) opresor(es). Confieso tal destrucción en el nombre de Cristo, y te suplico Tu perdón y la liberación
que llega solamente cuando Tú asumes mi pecado en la Cruz. Al entregarte mi pecado, me alejo de las maneras en que
he atesorado y me he aferrado a sentimientos duros, como si tuviera el derecho personal de permanecer enojado con
quienes me hirieron. Así como he extendido la gracia a ellos, te pido la gracia de reemplazar mis reacciones naturales
con el fruto de Tu Espíritu".

Jesús como el nuevo muro.

"Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella" (Zacarías 2:5).

El temor al perdón:

Parte del temor que muchos sienten de perdonar a quienes les han herido, es el temor de quedar indefensos. El muro
de la ira y la auto protección al menos les ofrecía alguna clase de barrera natural contra futuros ataques. ¡La separación
defensiva funciona! Pero también resiste a Jesús y la santa protección que Él nos otorga. A través del perdón, Jesús
tiene acceso para cubrirnos en nuestras vulnerabilidades, especialmente aquellas áreas de antiguas heridas profundas.

Él clama: "Permíteme ser tu protección, deja que sea Yo quien te asista en tus heridas y te capacite para levantarte.
Permíteme ser Quien te haga justicia. Déjame ser tu defensa, tu muro, tu torre fuerte, tu fortaleza en medio de toda
clase de maldad y perversión".

Cristo como el nuevo muro: Con Cristo como el nuevo muro, puedes avanzar y encargarte de tus ofensores a través de
Su mediación. El perdón no significa que abandonas la sabiduría y los límites necesarios en relación con las personas
quebradas que aún tienen la capacidad, y hasta la inclinación para herirte. Pero sí significa que cuando sea necesario,
puedes enfrentar a tus ofensores con tu verdadero yo. Desde ese verdadero yo, con Jesús presente entre tú y la otra
persona, tú puedes:

Extendiendo la bendición.

Al haber perdonado, elegiste poner a tu ofensor bajo el reino soberano de Dios. Es correcto entonces que extiendas la
bendición de Su reino sobre él o ella.

Hablar la verdad en amor (Efesios 4:25-27).

Habiendo perdonado, eres libre para comunicar a tus ofensores la realidad de la ofensa y sus efectos. Esto debe hacerse
solamente con el liderazgo del Señor. Algunos que han sido abusados sexualmente descubren que esto es una parte
crucial de su sanidad. Aquí hay un elemento clave: La necesidad de hacer esto en amor, en una manera que establezca
la verdad en la relación como así también una oportunidad de que el otro se presente puro ante el Señor.

Establecer límites en amor.

En relaciones continuas donde puede continuar una relación quebrantada e hiriente, es esencial aprender a establecer
los límites en cuanto a la interacciones pecaminosas y degradantes. La meta es el amor. Allí donde otra persona
provoca en ti reacciones antiguas y caídas, es importante que ejercites la libertad de ya no participar en el
quebrantamiento. Esto implica una comunicación clara y directa junto con tu constante rechazo a participar de manera
incorrecta con el otro. Los buenos límites nos capacitan para amar a personas quebradas sin llegar nosotros mismos a
estar más quebrantados como resultado de una interacción con ellos.

Buscar el perdón del otro.

Algunas relaciones provocan pautas fáciles de víctima/opresor. A menudo ambas partes pecan en una interacción
mutua quebrantada. A veces es una cuestión de cómo respondemos al pecado y al quebranto de otro; podemos
fácilmente herir a otro en nuestro quebrantamiento. El peligro está en enfocarse solamente en cómo hemos sido
heridos hasta el punto de excluir cómo hemos herido nosotros a otra persona. Las Escrituras son claras al decir que
debemos ser rápidos en buscar la paz con quienes hemos herido.

Habiendo perdonado a quien nos ha herido, debemos considerar si lo hemos herido también y cómo. Luego vamos
pronto al otro y buscamos el perdón por las maneras específicas en que hemos pecado contra él o ella. Una señal
verdadera de un corazón purificado y protegido es la capacidad de admitir la propia tendencia a herir a otros en nuestra
propia condición herida. Sin importar cuán consciente o arrepentido esté el otro, debemos admitir nuestro pecado en
relación a él o ella. Tal acción redentora revela el amor sanador de Jesús. Y puede restaurar relaciones que han dejado
de crecer a causa de una mutua falta de voluntad para admitir el pecado y el quebrantamiento.

Permanecer en la objetividad divina.

El perdón nos libera para ya nunca más vivir a partir del niño herido. Nos elevaamos y salimos del control de nuestros
ofensores cuando transitamos el camino de la Cruz con ellos. Resucitados con Cristo, permanecemos en el terreno claro
y seguro de Su gracia y verdad, la verdad que nos ha liberado para nombrar la ofensa, y la gracia que ha destruido su
dominio en nuestra vida. Somos así liberados para amar a partir de una objetividad nueva e inspirada. Aprendemos a
ver a otros desde nuestra unión con Cristo, no principalmente desde nuestras heridas. Esto nos libera para amar bien y
con sabiduría.
1
Fomm, Steve: Forgiveness (Perdón).
2
Payne, Leanne: Crisis in Masculinity (Crisis en la Masculinidad), p.69
3
Payne, Leanne: Crisis in Masculinity (Crisis en la Masculinidad), p.60-61

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