Capitulo 3
Capitulo 3
El nadaísmo
y su estrategia
discursiva
34 Tal como se mencionó, la aparición de un nuevo grupo generacional con una nueva voz estaba
determinada por su participación discursiva en el medio, ya fuera con una publicación propia,
o porque aparecía en los medios impresos del país. Debido a que los nadaístas desde el
principio tuvieron dificultades para tener su propia publicación, su participación discursiva se
dio gracias al espacio que les fue abierto en los periódicos de circulación nacional,
especialmente por Gonzalo González en el suplemento literario de El Espectador.
ciudades del país, y si un nadaísta quería conocer a otro que se encontraba en
otra ciudad, debía ir a buscarlo por su nombre a los cafés o las librerías por donde
se sabía que merodeaban los nadaístas de la ciudad.35
35 Al respecto, son claras las anécdotas referidas por Álvaro Medina (entrevista realizada en agosto
de 2014), quien narra que, aunque sabía de Patricia Ariza, Eduardo Escobar y Jaime Jaramillo
por la correspondencia que mantenía con Gonzalo Arango y las colaboraciones de estos en los
periódicos, solo llegó a conocerlos tiempo después de lanzado el Manifiesto nadaísta, cuando
estos fueron a la Librería Nacional, de Barranquilla, a buscarlo.
120 121
xx, de manera que cuando los historiadores se refieren a las ciudades como el
contexto necesario para la aparición de propuestas de vanguardia en
Latinoamérica, hay que tener en cuenta
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
que estas solo estaban en proceso de consolidación, en el inicio de un largo
proceso con diferentes momentos de repunte. En este sentido, en lugar de
referirse a la ciudad como condición sine qua non para la aparición de las
vanguardias, se puede hablar con mayor precisión de un contexto en proceso de
urbanización, mas no de ciudades consolidadas.
El 9 de abril de 1948 implicó la destrucción de gran parte del centro de
Bogotá, por lo que posteriormente fue necesaria una renovación arquitectónica
y urbana, un borrón y cuenta nueva para erigir una nueva ciudad, y con ello, un
nuevo paradigma de modernidad. A partir de ese momento se iniciaron
inversiones del Estado en la configuración de esa idea de ciudad.
Imagen 18. Sin autor (s. f.). Elmo Valencia, Gonzalo Arango y
Jotamario Arbeláez luego del recital en Bogotá de El cuerpo de
ella. Archivo de Jotamario Arbeláez.
36 Es importante mencionar que a mediados de la década de los sesenta, las ciudades habían
duplicado su población, mientras las principales ciudades del país solo llegaron a ser urbanas
hacia la segunda mitad del siglo xx.
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123
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Por el año 20 el único café que existía en Bogotá era el Windsor. Era aquel un
típico café de una ciudad feudal. Así como no existía sino un café […] Y en el
Windsor, naturalmente, se festejaba el cierre de los negocios. Generalmente, en
torno al café tinto, al que tanto le debe la economía nacional, se verificaban estos
lazos de unión que luego se sellaban con el famoso brandy Hennessy tres
estrellas, compañero de los triunfos durante las guerras civiles en Colombia […]
En aquel ambiente del Windsor, al lado de los hacendados y los negociantes
comenzó a aparecer un nuevo tipo de hombres. Empezaron a ocupar
diariamente las mesitas, sin acuerdo previo, sin una reunión anterior por medio
de la cual se declarara fundada con estatutos y reglamento, la nueva generación
colombiana. Iban apareciendo allí nuevas caras, trayendo el aporte de su propio
Los cafés eran los centros de pensamiento intelectual, pues allí se reunían
artistas, escritores e intelectuales a discutir: “El este club cultural [La Tertulia],
conjuntamente con la Cueva en Barranquilla y el Bar el Bohemio, El Automático
en Bogotá, fue uno de los primeros espacios, a nivel nacional durante los años
cincuenta, dedicados a la discusión y promoción de un modernismo cosmopolita
en el arte” (VV. AA., 2012, p. 56). De manera que a los primeros lugares a los que
llegaron los nadaístas fueron los cafés y las librerías: El Metropol y La Bastilla, en
Medellín; Café Colombia y la Librería Nacional, en Cali; La Cueva y la Librería
Nacional, en Barranquilla; y El Automático, El Cisne y el Continental, en Bogotá.
Cada uno de esos sitios fungía como centro para la discusión y la promoción de
ideas. Respecto al ambiente que se vivía a finales de los años cincuenta en El
Automático, decía Alejandro Obregón:
El Automático era por aquella época casi un Cabaret Voltaire: León de Greiff,
Gaitán Durán, Cote Lamus… era un estupendo ambiente. Recuerdo que
diariamente entraban las tropas, porque todos lo que nos reuníamos allí éramos
sospechosos de algo, éramos un foco de rebeldes para el ejército… pero lo único
que éramos era gente que se veía mucho, que hablaba, discutía; estábamos
llenos de fervor.37
37 Los intocables, Alejandro Obregón entrevistado por Fausto Panesso, pp. 88-89, citado en la
página 44 de Plástica (18). Además de los personajes mencionados por Obregón, entre los
asistentes se podía contar con Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, Ignacio Gómez Jaramillo,
Marco Ospina, Alipio Jaramillo, Jorge Elías Triana, Jaime López Correa y Omar Rayo.
124 125
Existía un flujo de información que circulaba entre los diferentes cafés
gracias a los viajes y desplazamientos de los intelectuales y artistas. Ejemplo de
ello es la presencia de Alejandro Obregón, tanto en La Cueva como en El
Automático, cuando se desempeñaba como director de la Escuela de Bellas Artes
de Barranquilla, y en la de Bogotá, respectivamente. En este sentido, el
movimiento nadaísta sumó su circulación al tejido ya existente, pero de acuerdo
con sus propios intereses.
Imagen 19. Sin autor (1959). Alirio Ozugar, Luis Darío González,
Gonzalo Arango, Dina Merlini y Jaime Espinel en el café
Metropol. Archivo de Jotamario Arbeláez.
39 De acuerdo con Álvaro Medina (2002), allí expusieron Noé León, Ángel Loockhart, Nirma Zárate
y Delfina Bernal, y se realizó el II Concurso Interamericano de Pintura en 1963.
126 127
Café Bemoca, Cali, una noche de enero de 1958, soledad abyecta, miraba a una
mujer muy bella llamada Leonor. La vida me propuso tácitamente esta
alternativa: el suicidio o… esos puntos suspensivos fueron el nadaísmo. Nació
como un impulso de vivir, de luchar, como un rechazo de la muerte. Necesitaba
crearme una mística para vivir. Esa misma noche empecé a escribir el manifiesto,
y cuando lo terminé me vine para Medellín. [El Espectador, 9 de julio de 1958]
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varios nombres, pues, de acuerdo con las narraciones que los nadaístas han
hecho del surgimiento del movimiento, a su regreso a Medellín Arango se
encontró con su joven amigo Alberto Escobar, quien le presentó a Amílcar Osorio,
a quienes les habló de su propuesta y los invitó a hacer parte del nadaísmo.
Empezaron a reunirse en los cafés de la ciudad ―Metropol, Colombia y La
Bastilla― y en la librería Horizonte. A esos lugares llegaban Humberto Navarro
(Cachifo), Jaime Espinel (Barquillo), Jaime Jaramillo Escobar (X-504), Darío Lemos,
Eduardo Escobar y Guillermo Trujillo. Así, antes de la publicación del Manifiesto,
el nadaísmo ya era reconocido en Medellín como un grupo de jóvenes que
habitaban la ciudad escandalizando con su aspecto y su actitud de ocio, tal como
lo manifestó un lector en una de las cartas enviadas al periódico El Espectador:
Quizás a
modo de
respuesta a esa
interpelación
por su
producción escrita, Gonzalo envió al periódico El Espectador un fragmento de su
manifiesto, que fue publicado con el nombre de la sección del que había sido
extraído: “El nadaísmo y los cocacolos” (1958). Luego de la primera aparición de
Gonzalo Arango anunciando el nadaísmo, siguió el artículo El nadaísmo es algo,
de German Arciniegas, publicado en El Tiempo el 16 de julio de 1958. Aunque
Arciniegas no lo menciona, este escribió su artículo después de asistir a la reunión
convocada por los nadaístas en la casa del pintor antioqueño Pedro Restrepo
Peláez, tal como fue mencionado en el reportaje publicado días después, 28 de
julio de 1958, en la revista Cromos.
En su artículo, Arciniegas manifestó incertidumbre respecto al nadaísmo, al
que definió como “un movimiento de los que van en busca de algo”, aunque sin
tener una perspectiva precisa de su búsqueda. A pesar de que Arciniegas
reconocía que el nadaísmo era el resultado de la sensación de impotencia y
cansancio de los jóvenes, no reconoció en ellos una propuesta capaz de expresar
las condiciones propias del país, puesto que solo los comprendió como una
simple emulación del existencialismo francés.
130 131
que lanzaba una fuerte crítica al movimiento, y sobre todo a su principal
promotor. Allí, Zuleta afirmaba que el nadaísmo no era un movimiento, sino
simplemente era la idea de un joven que buscaba a toda costa hacerse famoso:
“El nadaísmo” resiste por el momento a todas las críticas por la sola virtud de su
inexistencia. Pero como ahora algunos jóvenes se han dado a la tarea de
“lagartear” insultos en la prensa para convencerse a sí mismos y convencer a los
otros de que forman un movimiento, es interesante saber quiénes son o se
imaginan ser y por qué van implorando sumisamente a diestra y siniestra el
reconocimiento de su alta peligrosidad. [Zuleta, 25 de julio de 1958]
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Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
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Sólo que sus vaivenes ideológicos iban a desaparecer muy pronto tras el
estruendo de sus primeros escándalos: convoca a sus amigos al parque Berrío de
Medellín y luego de leer un discurso escrito en papel toilette, discurso en que
elogiaba a Pablo Alquinta, jinete del popular concurso hípico del 5 y 6, en
detrimento de Miguel de Cervantes, procede a quemar los libros de su biblioteca.
Acto semejante, o el mismo acto —la crónica, infortunadamente, no es muy
exacta—, se repite en el atrio de la Universidad de Antioquia, como parricidio
simbólico en frente de su propia casa de estudios, y en uno de ellos arroja al
fuego el manuscrito de su primera novela, Después del hombre, escrita en un
interregno campesino de dos años durante su trunca carrera de Derecho. [Cobo
Borda, 1995]
Con esta quema se dio el nacimiento oficial del nadaísmo, pues al mismo
tiempo que se evidenciaba su carácter discursivo, con la publicación del
manifiesto también se hacía énfasis en su carácter disruptivo por medio del
cuerpo. Pero a finales de 1958 el nadaísmo solo se manifestaba en Medellín, así
que Arango decidió viajar a Cali para encontrar nuevos adeptos al movimiento.
A finales de la década de los cincuenta, en Cali existía una pequeña
infraestructura cultural. En 1956, Maritza Uribe de Urdinola fundó el Club la
Tertulia, un lugar en el que se pudiera congregar aquella burguesía interesada en
el arte; asimismo, dentro del club se fundó una escuela gratuita a la que podían
asistir personas que no pertenecieran a la burguesía, pero que estuvieran
interesadas en el arte y la cultura.40
Así, a lo largo de la década de los sesenta, La Tertulia se fue configurando
en un importante lugar al que asistían intelectuales liberales e izquierdistas para
discutir sobre sus más recientes lecturas, a partir de las cuales vislumbraban la
necesidad de un arte autónomo y moderno, capaz de superar las diferencias
ideológicas (Gómez, 2012, pp. 237-238). Además del Club La Tertulia, en Cali
existía el Instituto Departamental de Bellas Artes, del que dependían la Dirección
de Bellas Artes y la Extensión Cultural del Valle del Cauca, espacios en los que se
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
ofrecía educación artística no
formal. También estaban la
Escuela Departamental de Artes
Plásticas —en donde se dictaban
las asignaturas de Pintura, Arte
Comercial y Cerámica— y el
Instituto Popular de Cultura,
fundado en 1961.
134 135
Imagen 23.
Diario Occidente
(1 de junio de 1967). Los libros de más venta en la Librería
Nacional en Cali.
A pesar de ello, los nadaístas caleños empezaron a reunirse en el café de los
Turcos, el Café Colombia y la Librería Nacional, siendo esta última el lugar de
encuentro para ellos más importante. Desde el momento de su inauguración, en
octubre de 1961, la Librería Nacional se convirtió en un lugar obligado de visita,
debido a la innovación de su diseño, pues se trataba de una librería abierta en la
que los usuarios podían deambular y ver las publicaciones más recientes, tal
como lo narra Felipe Ossa, antiguo usuario y actual director de la librería:
Yo había ido a muchas librerías con mi padre, ya que él tenía muchos amigos
libreros. Pero ninguna se parecía a la Nacional. Las librerías eran lugares adustos,
con mostradores que servían de barrera a las estanterías donde estaban los
libros. El lector que no fuera un bibliófilo culto se inhibía de preguntar un título
o un autor, por temor a pronunciarlo mal y equivocarse. La primera impresión
que tuve de la Nacional fue la de un lugar abierto, alegre, donde se escuchaba
música —tenía música ambiental—, con una cafetería donde la gente dialogaba
despreocupadamente. Podía además el visitante hojear, mirar y hasta leer los
libros y las revistas, sin que nadie lo molestara ni se lo impidiera. [Ossa, 2006, p.
60]
41 La Librería Nacional fue fundada por Jesús Ordóñez en Barranquilla, quien se había formado
como librero en La Habana. En Bodas de oro, Eduardo Escobar menciona que en la sucursal de
Barranquilla se encontró con Medina. Esto evidencia la importancia que tuvo la librería para
los nadaístas en ese momento, pues, aunque Eduardo Escobar no conocía a Álvaro Medina,
sabía que al nadaísta de la costa lo encontraría en la Librería Nacional.
42 La Librería Nacional fue una de las distribuidoras de la revista mexicana El Corno Emplumado,
136 137
cubano José Pardo Llada, quien desde su columna “Mirador”, en el Diario
Occidente, muchas veces se refirió a los nadaístas y sus actividades.43
43 Es importante mencionar que a lo largo del documento el lector se encontrará con fragmentos
de algunas de las columnas de este periodista cubano que no encontrará referenciadas de
forma completa en la bibliografía, dado que varias de sus columnas fueron encontradas en
varios archivos personales e institucionales sin fechas específicas.
Imagen 24. Sin autor (s. f.). Montaje fotográfico en el que se
presentaba a los diferentes nadaístas para acompañar el artículo de
prensa. En la foto aparecen Dina Merlini, Jotamario Arbeláez, Eutiquio
Leal, Álvaro Medina y Elmo Valencia.
44 Al respecto, Fiorillo cita a Jorge Rufinelli para evidenciar el cuestionamiento que el grupo de La
Cueva hace de la continuación de la misma literatura: “lo que logró el Grupo de Barranquilla
fue liberarse de las estructuras verbales y lingüísticas encerradas en el vetusto concepto del
español puro: liberación de una narrativa urgida por la realidad social y política del país,
mediatizada por esa misma urgencia en formas sólo documentales y envejecidas ya desde su
nacimiento; liberación de una cultura paupérrima, sin tradiciones nutricias, que aún seguían
las pautas de María y La Vorágine sin revisar su vigencia; liberación, finalmente de los
esquemas nacionalistas que han frustrado a generaciones enteras de escritores
latinoamericanos por el aislamiento y el cultivo de lo autóctono mal entendido y el
provincianismo” (Fiorillo, 2006, p. 50).
Yo publiqué mi primer cuento cuando tenía dieciocho años [1959]. Coincidió con
la época de los nadaístas y terminamos siendo muy amigos. Esa inquietud del
nadaísmo nos impacta, nos interesa mucho: cierta inconformidad, cierto
desenfado en los temas y yo comienzo a publicar en el suplemento de El Tiempo
y El Espectador, en ambos, varios cuentos, lo que me entusiasma mucho. Este
primo me propone un día: Vamos a La Cueva. Yo no llegaba a los veinte años ni
mi primo a veintiuno […] Fuimos a La Cueva por primera vez y quedamos
impactados con la belleza del lugar, del bar; eso debió ocurrir en octubre de
1961, más o menos […] Y entonces se produce un acontecimiento más, y es que
conozco a Delfina Bernal, que era estudiante de la Escuela de Bellas Artes de la
Universidad del Atlántico […] yo comienzo a ir todos los días a la Escuela a
acompañar a Delfina y me hago muy amigo de Alejandro Obregón […] La Cueva
tenía una particularidad: era un poco hostil con los que no eran del círculo, a
pesar de ser un bar abierto para todo el mundo, que todo el mundo podía entrar.
Había una cuestión de grupo, de cofradía, esa es la palabra exacta. Todo el
mundo se conocía […] El extraño que llegaba no tenía mucha atención y se
sentaba en las mesas lejanas. […] Nos volvimos habituales, de ir dos o tres veces
a la semana. […] Uno de nuestros profesores en la facultad era Alfonso
Fuenmayor, que era uno de los fundadores de La Cueva […] Y un día estamos
Alberto [Moreno] y yo en La Cueva cuando entra Alfonso y nos saluda, y eso corta
el frío entre el grupo de contertulios habituales y nosotros. Teniendo en cuenta
también que había una generación de por medio, ellos eran un poco mayores
que nosotros, que éramos unos pelados de veinte o veintiún años. Alfonso nos
incorpora y se produce también la circunstancia con Alejandro Obregón en la
Escuela de Bellas Artes […] en determinado momento le dije a Alejandro que ese
texto que estaba mencionando lo había escrito yo. “¡Ah, ese eres tú!, ¡Y tienes
seudónimo!”. Entonces eso redondea el acercamiento, y nosotros quedamos
incorporados al grupo, éramos los pelados del paseo. [Nova, 2017, pp. 232-233]
45 Durante la dirección del Centro Artístico, Cepeda Samudio fundó el Cineclub de Barranquilla,
publicó la revista Cineclub y creó la Federación Colombiana de Cineclubes, organización a partir
de la cual se activó una comunicación cultural de otro orden entre Barranquilla, Cali, Medellín
y Bogotá. La primera edición de El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García
Márquez, evidencia la existencia de ese circuito cultural, pues gracias a la visita de Alberto
Aguirre a Barranquilla fue posible la publicación de la novela como libro en 1961 —antes había
sido publicada completa, pero por entregas, en la revista Mito—, y algunos de sus fragmentos
aparecieron en Cromos, La Calle y el “Magazín Dominical” de El Espectador, entre 1960 y 1961.
46 Durante la década de los cuarenta, alrededor de la figura del escritor catalán Ramón Vinyes —
quien entre 1917 y 1920 había traducido y publicado a los poetas de las vanguardias históricas
en su revista Voces— se había creado un grupo de jóvenes escritores y artistas para conversar
sobre arte y literatura mientras bebían trago. Vinyes cohesionaba y orientaba las lecturas y los
intereses de esos jóvenes lectores, a quienes les recomendaba la lectura de Joyce, Woolf,
Steinbeck, Hemingway, Caldwell, Dos Passos y Faulkner, entre otros. Aunque fueron varios los
bares y cafeterías en los que se dio cita este grupo, La Cueva constituyó el principal lugar de
encuentro. Allí, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón y Orlando
“Figurita” Rivera coincidían para discutir y conversar.
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Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
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Esa filiación discursiva, sumada a la ausencia de un programa estético
específico, determinaba que el desarrollo de cada grupo de jóvenes que se
identificaba con el nadaísmo fuera distinto, puesto que obedecía a las dinámicas
culturales en las que se encontraba inscrito. Para el caso de los jóvenes nadaístas
barranquilleros, su funcionamiento estuvo vinculado a La Cueva, sin que esta
fuera su centro de encuentro, 48 tal como lo menciona Delfina Bernal:
Los adultos contaban con La Cueva. Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón,
Fuenmayor, etc., un grupo de cazadores. Los adultos nos apadrinaban y nos
acogían; con ellos salimos, disfrutábamos de noches y algunos tragos en
múltiples ocasiones. Los jóvenes también nos reuníamos con nuestros
contemporáneos en actividades típicas de adolescentes: reunioncitas con
música suave bailable en casas de amigos. [Delfina Bernal, comunicación
personal, 26 de mayo de 2014]
48 Es importante mencionar que a inicios de la década de los sesenta, La Cueva se fortaleció como
centro cultural al realizar pequeñas exposiciones cada quince días, espacio en el que Delfina
Bernal expuso gracias a que Alejandro Obregón conocía su trabajo, en su calidad de director
de Bellas Artes. Posteriormente la invitó a realizar una exposición en la Galería de Eduardo Vilá,
adyacente a La Cueva.
Aunque ese espacio privado fue un centro activo para el encuentro de los
jóvenes nadaístas barranquilleros, al igual que en Cali, la Librería Nacional fungía
como el espacio de encuentro. Quien quisiera conocer a un nadaísta solo tenía
que ir a la librería, pues se sabía que por allí merodeaban aquellos jóvenes de los
que hablaba la prensa. Así, cuando un nadaísta quería conocer a otro nadaísta
del que solo sabía por menciones, iba a esos espacios de los que se hablaba en la
prensa. Así, del encuentro en la prensa se pasaba finalmente al encuentro
personal.
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
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Imagen 27. Sin autor (s. f.). Invitación a tomar el té realizada por
Álvaro Barrios y Delfina Bernal. Archivo de Delfina Bernal.
49 Aunque la presencia de la Iglesia no era tan fuerte en la costa, lo que ha sido afirmado por
todos testigos y miembros del nadaísmo, esto no significaba el control moral que esta ejercía
en el poder estuviera ausente. De acuerdo con Delfina Bernal, la mayoría de los nadaístas de
Barranquilla habían estudiado en colegios católicos, entre ellos, el Biffi. Igualmente, menciona
que, aunque existía el registro civil, el documento oficial era la partida de bautismo. Asimismo,
otra evidencia de la importancia de la Iglesia en la sociedad barranquillera se puede entender
al tener en cuenta una anécdota narrada por Delfina Bernal: una vez, estando en su casa en
compañía de Álvaro Medina, en ese entonces su novio, el sacerdote de una iglesia próxima
envió la policía a su casa, ya que consideraba que su comportamiento era escandaloso e
inmoral. Al poco tiempo, por presión de los padres de los dos jóvenes nadaístas, tuvieron que
casarse, sin que realmente estuvieran interesados en hacerlo. Además de esto, es necesario
mencionar que, de acuerdo con Delfina Bernal, los nadaístas de Barranquilla eran hijos de
familias de clase media, que, aunque poseían una memoria de la guerra de los Mil Días, pues
la mayoría de los abuelos había participado, a su generación esa sensibilidad respecto a la
violencia en el país no los afectaba, debido a que solo sabían de esta por los inmigrantes que
llegaban del interior a la costa.
50 Álvaro Medina menciona que en 1950, en la ciudad circuló el semanario Crónica, su Mejor
Week-End, dirigido por Alfonso Fuenmayor, que circuló aproximadamente durante año y
medio, cuyo fin dejó de nuevo un vacío editorial que, de acuerdo con Illán Bacca, solo fue
llenado por el Suplemento Literario del Diario del Caribe, que empezó a circular en 1973. Es
importante mencionar que, debido a la ausencia de políticas de archivo, es imposible consultar
dichos documentos, que no fueron bien conservados.
51 De acuerdo con Álvaro Medina, el 7 de abril de 1963, el día de Barranquilla, los nadaístas de la
ciudad se reunieron frente al Club Barranquilla para leer un poema de protesta y crítica a la
ciudad escrito por Aristides Charris. Luego quemaron varios ejemplares de la prensa local,
arguyendo que esta le daba la espalda a la cultura. Delfina Bernal agrega que el poema fue
impreso para ser entregado a las afueras de las dos instituciones.
148 149
barranquilleros empezaron a llevar sandalias y camisas de lino, lo cual era mal
visto, pues ese era el atuendo de los campesinos de la costa.
52 Sin embargo, Álvaro Medina también menciona que durante su contacto con el nadaísmo en
Colombia, en varias ocasiones viajó a Cali, para estar en contacto con los nadaístas de este
nodo, ya que entre este y Medellín había encuentros e intercambio de información constante.
150 151
de su presencia es el anuncio de que Gonzalo Arango, joven literato antioqueño, expondrá
los fundamentos de su nueva escuela: el nadaísmo. Ahí tienen a Gonzalo Arango en
acción. Con su atuendo extravagante y su estrambótica presentación, Gonzalo Arango
conquistó los aplausos del Automático. [s. f., Fundación Patrimonio Fílmico]
53 Muchas de las anécdotas de esas giras han sido narradas por Jotamario Arbeláez en su columna
de El Tiempo. Además, de Islanada, resulta curioso mencionar la referida a la visita a
152
153
La primera ciudad que los nadaístas visitaron fue Manizales, donde fueron
recibidos por un grupo de jóvenes que se identificaban con el movimiento; entre
ellos se encontraba Humberto de la Calle.54 Allí se presentaron en la Universidad
de Caldas, donde describían el nadaísmo
54 Tal como lo refiere él mismo al ser entrevistado por Rosa Jaramillo, “Cuando el nadaísmo llegó
a su clímax, yo era un estudiante de bachillerato, mucho más joven que quienes ya poseían la
libertad de expresar lo que pensaban, y cuyo oficio en muchos casos se reducía a eso. Estudiaba
en un colegio regentado por sacerdotes, en medio de un clima cerrado, casi conventual, en una
ciudad impermeable a cualquier clase de evolución cultural o estética. En esta sociedad
organizada bajo patrones tan rígidos, fui uno de los difusores del nadaísmo, en compañía de
un grupo de amigos. Pero estábamos en la segunda línea, sin alcanzar la capacidad
contestataria y de denuncia que tuvo su núcleo rector, en la medida en que las condiciones
sociales en que nos desenvolvíamos eran otras” (Jaramillo y Gómez, 1994, p. 11).
y llamaban a unirse a él.55 Al día siguiente fueron acusados de vagancia y rebeldía
en el periódico La Patria; en la noche, borrachos, los nadaístas lanzaron botellas
al periódico, por lo que fueron expulsados de la ciudad. De allí salieron con
destino a Pereira, donde fueron recibidos con los brazos abiertos por los jóvenes:
“Lo curioso fue que a la entrada de Pereira nos esperaba en la cabina de un
transmóvil de Todelar un jovencito con un micrófono, César Gaviria, anunciando
nuestra llegada como si fuéramos verdaderos libertadores”. Se reunieron en la
plaza de la ciudad, adonde llegaban los jóvenes a conversar, beber, fumar
marihuana o no hacer nada.
Jotamario afirma que durante el paso por Cali, Gonzalo Arango abandonó
el proyecto debido a que inició una relación con una mujer. Ante este panorama,
Amílcar decidió regresar a Medellín, mientras que Jotamario y Elmo Valencia
volvieron a sus actividades cotidianas en Cali. Aunque no hay precisión temporal
al respecto, probablemente ese mismo año sucedió la anécdota narrada por Elmo
Valencia en Islanada (1968), cuando gracias a la invitación de las nadaístas
Patricia Ariza y Dina Merlini viajaron a la costa pacífica para vivir en la isla que
pertenecía a una de las nadaístas, un islote pequeño que había desaparecido a su
llegada, se quedaron en Buenaventura, donde vivieron por un tiempo.
Así pues, Arango no fue el único en viajar por el país enarbolando las
banderas del nadaísmo, ya que gracias al reconocimiento de la existencia de
nadaístas en varias ciudades, los jóvenes que se identificaban con el movimiento
muchas veces viajaban por las diferentes ciudades buscando el nadaísmo, ya
fuera con un interés intelectual o por simple postura festiva, lo que determinó la
existencia de un circuito de viaje cuyos primeros lugares de encuentro eran las
librerías y los cafés de las ciudades.
55 De acuerdo con Jotamario Arbeláez, durante esa presentación no se leyó poesía; todos habían
preparado textos en prosa en los que presentaban el nadaísmo como un movimiento contra el
statu quo, aludiendo al onirismo y temas vetados, como la sexualidad.
El nadaísmo
moja
prensa: El
ataque
discursivo
Gonzalo Arango sabía que para hacer su revolución debía hacerse a un espacio
discursivo al que pudiera convocar y en el que fueran reproducidas las ideas de
su revolución de destrucción. Sin embargo, debido a su condición económica y
social, y a las dificultades del medio editorial del país, los nadaístas decidieron
mojar prensar, pues si querían tener una voz en el estrecho campo cultural,
debían ser publicados en los periódicos. Arango sabía que esta era una práctica
común, que se extendía desde la década de los veinte, cuando diferentes grupos
se enunciaron como vanguardia. Del mismo modo, los nadaístas se ocuparon de
construir ese espacio discursivo, de modo que pudiera tener un lugar en el centro
cultural del país. Para ello, los nadaístas utilizaron tres estrategias: escribir
manifiestos, publicar en la prensa y crear publicaciones. Estas estrategias fueron
necesarias en vista de que en el país no existía un proyecto editorial interesado
en publicar la obra de los nuevos escritores colombianos.56
56 Esto solo cambió a inicios de la década de 1960 con la aparición de la editorial Tercer Mundo,
sin que ello significara una transformación completa del escenario. Respecto al modo en
que se configuraba el campo editorial en Colombia durante la década de los sesenta, véase
Daniel Llano Parra (2015).
156 157
A lo largo de la década de los sesenta, los nadaístas publicaron varios
manifiestos en los que se puede observar el modo en que se mantuvieron y cómo
se transformaron las ideas planteadas en el Manifiesto nadaísta escrito por
Arango (1958). Asimismo, al hacer un seguimiento de estos documentos se
pueden reconstruir los diferentes momentos por los que pasó el nadaísmo. Para
hacer el inventario de los manifiestos nadaístas se puede contar con dos
materiales: la lista hecha por Eduardo Escobar en su libro dedicado a Gonzalo
Arango, y la que se encuentra en el archivo del nadaísmo, en la Biblioteca Pública
Piloto, las cuales se exponen a continuación de forma integrada:
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
Año Título Firmantes
158
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Año Título Firmantes
Los nadaístas utilizaron los manifiestos para crear una discursividad a partir
de la cual plantear su propuesta y, asimismo, hacerse a un espacio en el campo
cultural colombiano. Así, lanzar un manifiesto era una forma de aparecer en el
escenario e irrumpir con una voz que planteaba una posición frente a los
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
diferentes discursos que componían el tejido cultural. De manera que el orden y
la forma en que se relacionan estos elementos se transforma de acuerdo al grado
de impacto que genere esa voz nueva y disruptiva que aparece.
Luego de la escritura individual del Manifiesto nadaísta (1958) fue necesaria
la aparición de otros manifiestos en los que estuviera presente la voz de los
nuevos integrantes del nadaísmo. Esto no significaba que cada vez que se
publicaba un manifiesto, este hubiese sido leído y aprobado por todos los
miembros que hacían parte de los diferentes nodos del movimiento. En realidad,
aunque la gran mayoría de los manifiestos parecen escritos y aprobados por
todos sus miembros, ya sea por la inclusión de sus nombres o por el uso genérico
de “Los nadaístas” como firma, estos muchas veces fueron documentos escritos
por algunos de sus miembros que asumían la vocería del movimiento sin verificar
la opinión de los demás miembros respecto a su propuesta de manifiesto. Por esa
razón, aunque no se puede afirmar que los manifiestos hayan sido el resultado
de un texto aprobado por una comunidad, se configuran en documentos a partir
de los cuales es posible identificar los elementos discursivos que consideraban
necesarios para definirse, sus propuestas y los diferentes momentos de
transformación de la colectividad.
El Manifiesto nadaísta (1958) estableció varios elementos de definición del
nadaísmo, que fueron retomados en los diferentes manifiestos, para ser
transformados y redefinidos:
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difícilmente habita algo natural: “y entre sus rascacielos / el asombro de una flor
teñida de púrpura / en los desechos de la locura”. Además de esa nostalgia por
el entorno natural, aparece un elemento que no había sido enunciado en el
Manifiesto nadaísta de 1958: la presencia de la ciudad como escenario y lo que
define al joven revolucionario:
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sobre cultura, pues mencionan la visita de unos académicos. Se desconoce el
propósito concreto del manifiesto, puesto que el manuscrito no está firmado, no
tiene fecha precisa y no se indica la ciudad en la que fue realizado. Por medio de
imágenes irracionales y violentas, critican a los académicos por reproducir el
orden que asesina en los campos, y los invitan a hacer parte del movimiento por
medio del placer corporal:
166 167
En este sentido, el nadaísmo se establecía como un discurso
completamente diferente del promovido por las élites culturales, que buscaban
civilizar la población bárbara, por ser descendiente de indígenas y campesinos, y
por tanto responsable del estado de violencia que reinaba en el país, difundiendo
las ideas modernas producidas en Europa. Así, en este manifiesto se hace
referencia a la figura del indígena como una estrategia discursiva, pues se
reivindica la autonomía cultural y la libertad por medio de la imagen del indígena
analfabeta, aquella de la que las élites se quejaban y proponían como la principal
razón del atraso del país. De esta manera, la reivindicación política en la
autonomía cultural que es planteada en el Manifiesto nadaísta (1958) es
retomada en este texto, y con mayor precisión.58
De acuerdo con lo anterior, en este manifiesto se expresa una postura
política mucho más clara, puesto que denuncia que la clase “civilizada”, que era
respaldada por la élite cultural, es la que promueve la barbarie y el asesinato de
los supuestos bárbaros, los campesinos ignorantes y analfabetas, pues aunque
esta no quisiera obrar de tal modo, el discurso de civilización implicaba la
negación de la diferencia cultural colombiana.59 Por tanto, se pone en evidencia
que la civilización no es otra cosa que legitimación de un orden de dominación y
violencia. A esta óptica subyace una compresión compleja de la violencia
existente en el país, y además deja entrever un sentido crítico en el momento en
que trastroca la comprensión tradicional de las ideas de civilización y barbarie,
pues se afirma que el lenguaje es una expresión de la barbarie que incita a la
violencia
58 Recuérdese que en el Manifiesto nadaísta (1958), Gonzalo Arango había hecho referencia a esa
exaltación idealizada de la imagen del indígena que se había hecho durante la República
Liberal, que si bien era retomada, también era criticada, en la medida en que esa imagen
idealizada, por los obstáculos interpuestos por los conservadores, no llegó a transformar la
cultura del país en reconocimiento de su pasado indígena colonizado.
59 Es importante mencionar que esta relación se transformaría más adelante, en la misma década,
cuando, por un lado, Jorge Gaitán Durán dedicó el último número de la revista Mito a los
nadaístas, y, por otro lado, Marta Traba prestó oídos a la propuesta nadaísta, a mediados de
la década de los sesenta.
60 Una imagen de ese carácter contradictorio y cínico de la relación entre la élite y el pueblo
aparece representada con gran potencia en la obra Guadalupe años sin cuenta, del Teatro La
Candelaria, en la que se plantea una reflexión sobre el modo en que las diferentes clases
ejercieron el poder años antes de que se consolidara el Frente Nacional. Aunque esta
producción teatral es posterior al nadaísmo, es conveniente mencionarla para poner en
evidencia la misma reflexión en otro espacio del arte colombiano.
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los problemas de la juventud eran demasiada libertad, falta de obediencia,
irrespeto y demasiado interés en la metafísica, lo cual los conducía a querer
hacerse su propia opinión sobre las cosas, la cual, por lo general, divergía de la
existente.
En esa página también apareció, a modo de contraste, una carta de
Fernando González en la que celebraba a los nadaístas, junto con un perfil del
nadaísmo y su ideología, y un artículo del pintor y escritor Héctor Rojas Herazo.
En su carta, González se refería al cuento de Amílcar “Plegaria nuclear de un
cocacolo” —publicado en El Espectador—, en el que veía el anuncio de una
generación que por fin haría la revolución y haría nacer la patria. Esta carta de
aprobación y respaldo contrastaba con el texto de Rojas Herazo, quien opinaba
que la aparente insignificancia de los nadaístas en realidad era una amenaza:
61 Es importante señalar que esa exaltación del ocio, en contraposición al trabajo, fue enunciada
por Gonzalo Arango desde su primera publicación en el periódico. Asimismo, más adelante
Jotamario desarrolló esta idea planteando la necesidad de desarrollar un ocio creativo, vivir de
la literatura, sin tener nada ni contar con el apoyo económico de los padres.
62 Aunque en 1963, luego de la purga del nadaísmo, Gonzalo Arango alegó que todos los nadaístas
trabajaban, estos lograron sobreponerse a la burocratización de su vida, al conservar en
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Ese estadio de ocio y libertad se expresaba en sus largas estancias en los
cafés y las librerías, práctica cotidiana que se extendía a todo el día, a la sombra
de la amabilidad de los dueños. Allí se dedicaban a conversar, escribir, confabular,
o simplemente dejar pasar el tiempo mientras se tomaban el único tinto que
podían comprar con el poco dinero que tenían.
Pero los nadaístas no eran los únicos jóvenes que vagaban por las calles:
también estaban los marihuaneros, los excluidos, los exconvictos, e incluso los
mendigos, hijos directos de la violencia. Sin darse cuenta, los nadaístas habían
inaugurado un lugar de enunciación en la sociedad: el de los excluidos. Cuando
el nadaísmo apareció, aquellos individuos que se sentían solos, perdidos y
fracasados, se encontraron con otros y se reconocieron como una comunidad,
una franja de la sociedad que merecía tener la palabra. De manera que todos
aquellos jóvenes que habían escapado del modelo de vida tradicional, y se
encontraban perdidos en la ciudad, identificaron un lugar de encuentro: el
nadaísmo, en donde podían reconocerse como individuos que formaban una
colectividad. Así, el nadaísmo se constituyó en un lugar para la juventud que no
era exitosa y que se encontraba al margen de las normas establecidas:
Nosotros no tenemos nada que perder, pues esa sociedad no nos ha ofrecido
ninguna posibilidad de realizarnos independientemente sin la previa sujeción a
sus prejuicios y a sus dogmas, en cambio sí tenemos mucho que ganar: el
derecho a ser libres frente a la mentira que se nos propone, y por lo cual, en el
caso de aceptarla, la sociedad nos pagaría una halagadora remuneración de
títulos, en posiciones y en dinero. [Arango, 1958, p. 11]
la medida de lo posible el espacio libre necesario para la creación literaria y la creación de otras
formas de vida. Alberto Escobar trabajaba en Coltejer sin haber alcanzado los veinte años,
mientras Amílcar Osorio se desempeñaba como profesor de gimnasia en un colegio.
De nuevo argumentaban que la Iglesia era la principal responsable del fracaso del
país frente a la modernidad y su permanencia en la violencia:
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Continúa el desarrollo de esa idea estableciendo que el arte no se
aproximará a la realidad para reflejarla ni dar testimonio de ella, sino como
espacio libre para verla de forma crítica y a partir de eso producir las creaciones
artísticas: “Exaltaremos la realidad en su hondo significado, en sus
contradicciones, la rechazaremos, la criticaremos, descubierta e insumisa en su
verdad vital, para ponerla al servicio del hombre. Por eso, seguiremos siendo
hijos legítimos del pensamiento rebelde y del pensamiento absurdo” (Arango,
1963, p. 5).
El camino para mantener esa posibilidad de lo político en el espacio libre
del arte era el gozo del cuerpo, carpe diem o vitalismo positivo, ya que al
mantenerse en el hedonismo sería posible resistir a cualquier idealismo que
quisiera imponerse a la vida y arrebatarle su significado profundo:
63 La preocupación de Arango era comprensible, pues con la “crisis de los misiles” (15 y 28 de
octubre de 1962), la posibilidad de un conflicto nuclear, que se percibía como un asunto lejano,
de pronto se hizo tangible y evidente.
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Aunque Arango criticaba la limitación del nadaísmo al vicio, propuso a todos
los nadaístas salir de su letargo para construir un mundo nuevo, a partir de la
corporeidad, pero desde una nueva perspectiva que no los sumara en la
pasividad. A pesar de ello, Arango no planteó claramente una nueva estrategia.
Esta fue tan solo sugerida en El sermón atómico (1964), también escrito por
Arango, en el que sugirió que el camino a la revolución era el encuentro de un
equilibrio entre el hedonismo y el compromiso:
64 En esta postura crítica ante la modernidad resuenan las ideas antibelicistas que circulaban en
ese momento en el mundo como oposición a una guerra atómica, y que en parte dieron
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En vista de que el famoso Espíritu Moderno apesta a intestinos rotos; en vista de
todo… los nadaístas resolvemos decir ¡Basta! a estas sublimes porquerías;
declarar cesante el mito de la Inteligencia, y llevar a su casa, a su conciencia, un
pie a la aparición del movimiento hippie en Estados Unidos y Europa, una reacción feroz y
contundente contra la crisis de los misiles de 1962 y la intensificación de la guerra en Vietnam
en 1964. Es importante destacar el modo en que estas ideas resonaron en el país, vinculadas a
un grupo que había reclamado con anterioridad lo mismo, pero para su contexto inmediato.
Tierra por el breve plazo de una vida y ser bautizado por las aguas sin esperanzas
de la Muerte […] Homo, apresúrese a desnudarse para que haga el amor con esta
Tierra que usted ha despreciado y ofendido a nombre de las Tenebrosas razones
de su miserable condición divina, y de su miserable condición humana […] Mire
en torno a su adorado universo y no verá más que cadáveres sacrificados por la
Justicia, el Amor, la Libertad, la Paz, y las demás porquerías de la Razón humana.
Por fortuna, nosotros no somos razonables. ¡Somos locos! […] intentaremos una
literatura que parezca silencio, que no diga nada pero que sea todo; que no diga
la Verdad pero que sea la Vida. [Arango, 1965, p. 2]
De manera que el único objetivo del arte sería propiciar que cada hombre
conquistara la libertad de vivir el instante efímero del cuerpo, olvidando todos
los compromisos que la razón y la estructura del mundo le había endilgado. En
este sentido, la literatura iría al rescate de la vida, como sinónimo de llamado a
lo animal que podía escapar a la razón por medio de una idea de belleza de tipo
testimonial que evidenciara el caos en el que se encontraba el mundo, tal como
Arango señalaba en su el Manifiesto poético de 1966, en el que plantea el modo
en que debía desarrollarse la poesía en medio de este contexto:
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arte, y cuyas obras no tenían ninguna incidencia fáctica en la realidad, tal como
lo mencionó Elmo Valencia: “Yo pregunto: ¿los dibujos de Álvaro Barrios han
hecho disminuir los asaltos a los bancos? ¿Y la brillante y genial literatura nadaísta
impidió el secuestro de Harold Eder? Anuncia una nueva época del nadaísmo”
[vv. aa., 1967, p. 2].
Ante ese cuestionamiento del poder de transformación del arte sobre la
realidad, Arango permaneció en silencio, y solo clamó por que las nuevas
generaciones de jóvenes lograran realizar la revolución. Aquí es evidente que, a
pesar de continuar definiéndose como una colectividad, los miembros del
movimiento tenían formas diferentes de comprender el arte y su relación con la
vida. En este sentido, es evidente que en ese momento de la historia del
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evidente en los manifiestos publicados entre 1964 y 1967, proceso que cerró la
ruptura implícita en El nadaísmo informa (1968).
Después de 1968, los nadaístas publicaron más manifiestos, e incluso la
revista Nadaísmo70, pero a partir de esa fecha publicaron más como un grupo de
amigos que como una colectividad con un horizonte común. A pesar de que la
gran mayoría de los manifiestos fueron escritos por Gonzalo Arango, sus textos
fueron considerados la voz de la colectividad que se había inventado.
Probablemente por esa razón, a lo largo de los manifiestos no se encuentran
mayores transformaciones conceptuales, sino solo variaciones alrededor de los
mismos temas planteados en el Manifiesto nadaísta (1958). De acuerdo con lo
anterior, difícilmente se podría hablar de la constitución de un discurso colectivo
compuesto por diferentes voces, por lo que es más acertado hablar de un
discurso individual que se asume como colectivo: las ideas de Arango asumidas
por los jóvenes que se sentían representados por ellas, sin que ello implique
definir el nadaísmo como un movimiento de personalidad, puesto que sus
diferentes miembros desempeñaron diferentes formas de agencia en la
búsqueda de un espacio expresivo.
Así pues, se puede afirmar que solo se puede hablar de un único manifiesto
nadaísta, escrito por Gonzalo Arango, que como escritura individual logró
convocar a un grupo de jóvenes con unas características comunes, quienes
Nadaísmo: Una propuesta de vanguardia
configuraron una colectividad que se pronunció desde la provincia como una voz
juvenil al margen del orden establecido. Aunque la creación de ese espacio
discursivo constituyó un aporte a la construcción de la idea de juventud en el país,
no alcanzó sus objetivos de reivindicación de la libertad para construir su vida al
margen del orden establecido, puesto que no logró superar ese estado, sino que,
por el contrario, se mantuvo en él, lo que inevitablemente la condujo a la
completa domesticación, al asumir el restringido papel que la sociedad le otorgó,
como rememoración nostálgica de una explosión juvenil de rebeldía. De manera
que, a pesar de que el nadaísmo no logró sus objetivos, constituyó la expresión
de una generación insatisfecha que aspiraba a algo más que los sueños
prediseñados por el sistema, al tiempo que puso en evidencia el carácter opresivo
de ese régimen que impedía la posibilidad de crear formas diversas de vida, al
margen del orden institucionalizado.
Si bien el nadaísmo no constituyó la realización total de una revolución espiritual,
fue un camino alterno al prolongado estado de polarización que ha condenado a
la muerte, por generaciones, a la juventud colombiana.