EL IMPERIO
DESDE LOS MÁRGENES
La frontera de Buenos Aires
en tiempos borbónicos
(1752-1806)
María Eugenia Alemano
Alemano, María Eugenia
El imperio desde los márgenes. La frontera de Buenos Aires en
tiempos borbónicos (1752-1806) / María Eugenia Alemano. – 1a
ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Teseo; San Fernando:
Universidad de San Andrés, 2022.
386 p.; 20 x 13 cm.
ISBN 978-987-723-346-9
1. Historia de la Provincia de Buenos Aires . 2. Política. I. Título.
CDD 982.12
© Editorial Teseo, 2022
Buenos Aires, Argentina
Editorial Teseo
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ISBN: 9789877233469
Imagen de tapa: Buenos Aires desde el camino de las carretas
(1789-1794), de Fernando Brambilla. Archivo del Museo Naval
de Madrid
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El Imperio desde los márgenes
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A la memoria de Bea, Fer y Luki
Índice
Introducción .................................................................................. 11
La frontera de Buenos Aires y las reformas borbónicas. 19
Organización del libro y metodología................................. 40
1. Una frontera entre dos mundos........................................... 45
La atracción de la frontera: migraciones y
asentamientos............................................................................. 50
El ruedo del mercado: circuitos mercantiles y comercio
interétnico ................................................................................... 60
La cultura material y el universo simbólico....................... 69
Los rostros de la violencia ...................................................... 74
Los cruzadores de frontera y la paradoja de la
identidad ...................................................................................... 83
Conclusiones .............................................................................. 89
2. El Cabildo de Buenos Aires y la frontera .......................... 93
La creación de los blandengues y del Ramo de Guerra .. 98
El Ramo de Guerra bajo el Cabildo de Buenos Aires
(1752-1761) ............................................................................... 114
La frontera y el Ramo de Guerra bajo la gobernación
(1761-1776) ............................................................................... 137
Conclusiones ............................................................................ 149
3. Los Invencibles de Salto....................................................... 153
La capilla y el fuerte ................................................................ 160
La autoridad legítima en la frontera .................................. 165
Juegos de honor........................................................................ 172
“En nombre de todos los vecinos del Salto”: génesis de
un vecindario ............................................................................ 179
La acción gremial de los blandengues ............................... 188
Negociando el servicio al rey ............................................... 191
Los soldados de La Invencible: las bases sociales del
reclutamiento............................................................................ 195
9
10 • El Imperio desde los márgenes
El malhadado caso del capitán Linares: la defensa del
orden comunitario .................................................................. 198
Conclusiones ............................................................................ 204
4. La reforma miliciana en la frontera de Buenos Aires
(1766-1779) .................................................................................. 209
La reforma militar de 1764 en Buenos Aires................... 214
Una estructura de mando fallida: los comandantes de
los fuertes................................................................................... 219
Movilización miliciana y resistencias de los
pobladores ................................................................................. 225
Enemigos íntimos: las relaciones interétnicas en la
frontera....................................................................................... 236
Las trayectorias sociales de los oficiales de milicias ...... 245
Conclusiones ............................................................................ 258
5. Frontera y reformas borbónicas: la lucha por el
Estado en Buenos Aires (1779-1806).................................... 263
La centralización virreinal (1779-1784) ........................... 268
La “pax virreinal” (1784-1797)............................................. 295
El ochocientos, un nuevo ciclo de reformas
(1797-1806) ............................................................................... 316
Epílogo: la frontera, la invasión inglesa al Río de la Plata
y la militarización revolucionaria....................................... 333
Conclusiones ............................................................................ 337
Conclusiones. Tras la huella de la frontera ......................... 343
Bibliografía ................................................................................... 361
Fuentes .......................................................................................... 379
Fuentes editadas....................................................................... 379
Fuentes manuscritas ............................................................... 381
1
Una frontera entre dos mundos
Esta acción me hace temer algún estrago pues sin embargo
de ser bárbaros tuvieron discurso para decirme los dos Indios
que mandó [el cacique] Lepin que no haríamos mucho caso,
de Dios ni del Rey, cuando la palabra que les habíamos dado
en nombre de ambos, la habíamos quebrantado sin dar ellos
motivo alguno.
Un capitán de blandengues, 177048
Con el silencio que el caso pedía acercó [el sargento mayor
Diego] Trillo su gente esa misma noche [de noviembre de
1778], y al rayar el día cayó de improviso sobre el enemigo.
Fueron pocos los indios que se encontraron, de los que muer-
tos catorce varones y veinte mujeres, se reservaron hasta 45.
Luego de que Trillo se halló dueño del campo lo entregó al
saco de los soldados, y se descubrieron por este medio no
pocos restos de los despojos tomados antes a los cristianos
[…] Trillo regresó desde aquí con su gente, trayendo más de
400 animales útiles y otros efectos de rescate.
Deán Gregorio Funes, 181749
Durante mucho tiempo se pensó a la frontera como una
línea que separaba la “civilización” del “desierto”. Aunque
48 Carta del capitán de blandengues Joseph Vague al gobernador Francisco de
Bucarelli y Ursúa (subrayado en el original). En Archivo General de la
Nación, Sala IX, gobierno colonial (en adelante, AGN, Sala IX), Comandancia
de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 9 de junio de 1770.
49 Funes, Gregorio, Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos-Ayres y Tucu-
mán, vol. 3, Buenos Aires, Imprenta de Benavente y Cía, 1817, p. 234.
45
46 • El Imperio desde los márgenes
se sabía habitado por tribus indígenas, existía una imagen
incuestionada de ellas como hordas nómadas que asolaban
la frontera con sus frecuentes malones, el arreo de ganados
y el rapto de mujeres blancas. Enfrente de este mundo sal-
vaje, se erigía la industriosa sociedad “blanca” que basaba su
economía en la producción agropecuaria. Entre “indios” y
“blancos”, existió un conflicto perenne catalogado como una
“guerra de fronteras” de tres siglos de duración. La frontera
era una línea militarizada que separaba, no ya dos socie-
dades, sino dos estadios de civilización; la superioridad de
uno sobre el otro hacía ineluctable el final anunciado por la
Conquista del Desierto.
Como ha sido mostrado, este relato se construyó en
paralelo a la ejecución de las campañas militares argentinas
de 1879-1883 con el fin de justificarlas. Las investigadoras
Florencia Roulet y María Teresa Garrido sostienen que la
construcción del indio como nómade depredador susten-
taba la idea de que se trataba de “salvajes”, legitimando de
esta manera la guerra sin cuartel en términos del todavía
vigente derecho de gentes.50 Este discurso ideológico tuvo
su correlato en una historia militar celebratoria de las cam-
pañas militares y el “avance” de la línea de fronteras, una
historia económica centrada en la estancia ganadera y la
incorporación de tierras productivas al mercado mundial
y en un casi completo divorcio de la historia respecto al
pasado de las sociedades indígenas.51
La renovación historiográfica emprendida en los años
80 en Argentina produjo sustanciales quiebres en este
esquema interpretativo. Por un lado, frente a la imagen tra-
dicional de un “desierto” apenas habitado por el gaucho y
sus ganados, desde la historia social se ha destacado una
noción de la frontera como un espacio social de caracterís-
50 Roulet, Florencia y María Teresa Garrido, “El genocidio en la historia: ¿Un
anacronismo?”, Corpus. Archivos virtuales de la alteridad americana, vol. 11, n.º
2, 2011. Disponible en [Link]/3Pbdoi9.
51 Ver Mandrini, Raúl J., “La historiografía argentina, los pueblos originarios y
la incomodidad de los historiadores”, Quinto Sol, n.º 11, 2007, pp. 19-38.
El Imperio desde los márgenes • 47
ticas turnerianas.52 La historiografía sobre el mundo rural
rioplatense ha permitido vislumbrar un universo social más
complejo donde coexistían las grandes estancias junto a una
pléyade de pequeños y medianos productores independien-
tes. En el caso de Buenos Aires, su campaña o jurisdicción
rural se encontraba, a mediados del siglo XVIII, en pleno
crecimiento demográfico y económico, dinamizado por las
redes mercantiles que articulaban el espacio y la construc-
ción de poder social e institucional que tenía su sede en los
pueblos rurales.53 A su vez, frente a la imagen monolítica
y consensualista de la sociedad colonial, se ha llamado la
atención sobre una sociedad en crecimiento pero de capas
sociales abigarradas, en procesos de conflicto y resistencia
social, y en la que la construcción del Estado es más un
anhelo que una agencia unívoca.54
A su vez, el pasado de la sociedad indígena pampeana
ha entrado plenamente al campo de estudios de la etnohis-
toria y la antropología histórica. Los aportes pioneros han
caracterizado la diversidad de actividades económicas de
las poblaciones indígenas de la región pampeana y patagó-
nica, que incluían la producción agropecuaria y la partici-
pación mercantil.55 Al mismo tiempo, se destacó la comple-
jidad de la organización sociopolítica de estas sociedades y
52 Ver Mayo, Carlos y Amalia Latrubesse, op. cit.
53 Para un balance sobre la renovación de la historia rural rioplatense, ver
Fradkin, Raúl O. y Jorge Gelman, “Recorridos y desafíos de una historiogra-
fía. Escalas de observación y fuentes en la historia rural rioplatense”, en Bra-
goni, Beatriz (ed.), Microanálisis. Ensayos de historiografía argentina, Buenos
Aires, Prometeo, 2004, pp. 31-54.
54 Ver Fradkin, Raúl O., “Poder y conflicto social en el mundo rural: notas
sobre las posibilidades de la historia regional”, en Fernández, Sandra y
Gabriela Dalla Corte, Lugares para la historia. Espacio, historia regional e histo-
ria local en los estudios contemporáneos, Rosario, Editorial de la Universidad
Nacional de Rosario, 2001, pp. 119-135.
55 Ver Mandrini, Raúl J., “Desarrollo de una sociedad indígena pastoral en el
área interserrana bonaerense”, Anuario IEHS, n.º 2, 1987, pp. 71-98; Paler-
mo, Miguel Ángel, “La innovación agropecuaria entre los indígenas
pampeano-patagónicos. Génesis y procesos”, Anuario IEHS, n.º 3, 1988, pp.
43-90.
48 • El Imperio desde los márgenes
se debatió entre su definición como “tribus” o como “jefa-
turas”.56 Por otro lado, desde diversos ángulos, se criticó la
noción de la etnología clásica acerca de la “araucanización
de las pampas” como reemplazo poblacional.57 La antropó-
loga Martha Bechis criticó esta concepción por el equívoco
que encierra la idea de una población indígena pampeana
esencialmente diferente a la de la Araucanía y acuñó la
noción de “área arauco-pampeana” para referirse al mundo
indígena a un lado y otro de la cordillera andina compuesto
de una pluralidad de grupos étnicos vinculados entre sí por
lazos de parentesco y comercio.58
56 Bechis, Martha, op. cit.; Mandrini, Raúl J., “Sobre el suttee entre los indígenas
de las llanuras argentinas, Nuevos datos e interpretaciones sobre el origen y
práctica”, Anales de Antropología, vol. 31, 1994, pp. 261-278.
57 El término fue acuñado por la etnología clásica de la Escuela Histórico-
Cultural para referirse al proceso de instalación de grupos araucanos en la
región pampeana que habría culminado con la conformación de los grandes
cacicazgos de mediados del siglo XIX. Ver Canals Frau, Salvador, “La arauca-
nización de la Pampa”, Anales de la Sociedad Científica Argentina, vol. CXX,
Buenos Aires, 1935, pp. 221-232. En cambio, para la historiadora Sara Orte-
lli, la araucanización no fue producto de una invasión o una imposición,
sino de la apropiación que hicieron los grupos locales de la cultura mapuche
para apuntalar sus propios procesos de cambio sociopolítico. Ver Ortelli,
Sara, “La ‘araucanización’ de las pampas: ¿realidad histórica o construcción
de los etnólogos?”, Anuario del IEHS, vol. 11, 1996, pp. 203-225. Por su parte,
Axel Lázzari y Diana Lenton reclaman desestimar el concepto de “araucani-
zación” ya que no podría aislarse de su origen apegado al difusionismo de la
Escuela Histórico-Cultural ni de sus eventuales connotaciones racistas y
militaristas. Ver Lazari, Axel y Diana Lenton, “Etnología y Nación: facetas
del concepto de araucanización”, Revista Avá, vol. 1, n.º 1, 2000, pp. 125-140.
58 Bechis, Martha, op. cit. La historiografía chilena desde hace unas décadas
viene constatando la unidad regional de la sociedad indígena merced a los
vínculos políticos y comerciales que atravesaban la cordillera. Ver Pinto
Rodríguez, Jorge, “Integración y desintegración de un espacio fronterizo. La
Araucanía y las Pampas, 1550-1900”, Araucanía y Pampas. Un mundo fronteri-
zo en América del Sur, Temuco, Universidad de la Frontera, 1996, pp. 11-46.
Por otra parte, este enfoque regional coincide con la visión mapuche acerca
de su territorio histórico o Wallmapu. Ver Marimán Quemenado, Pablo, “Los
mapuche antes de la conquista militar chileno-argentina”, en Marimán Que-
menado, Pablo, Caniuqueo, Sergio, Millalén, José y Rodrigo Levil, ¡…Escucha
winka...! Cuatro ensayos de Historia Nacional Mapuche y un epílogo sobre el futu-
ro, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2006, pp. 53-126.
El Imperio desde los márgenes • 49
La renovación historiográfica cambió fundamental-
mente la percepción de la frontera pampeana y de las socie-
dades concurrentes. Los aportes historiográficos de los últi-
mos años han puesto el foco en una pluralidad de formas de
encuentro no violentas entre indígenas e hispano-criollos
motivadas por el comercio y la diplomacia.59 Estas dieron
paso a una miríada de personajes mediadores y mestizos
culturales, destacándose el lugar de los cautivos, renega-
dos y lenguaraces de la sociedad colonial, así como de los
caciques y las mujeres indígenas en la mediación diplomáti-
ca.60 Incluso detrás de los malones, se observó un conjunto
más complejo de motivaciones que la mera rapiña, entre
las cuales la incidencia de la violencia colonial no ha sido
la menor.61 Asimismo, la perspectiva de la etnogénesis ha
permitido desentrañar las múltiples y cambiantes formas de
identidad indígena, así como develar sus conflictos inter-
nos, complejizando la visión sobre un actor que se creía
“sin historia”.62
59 Refiriéndonos al siglo XVIII, ver Nacuzzi, Lidia R., “Tratados de paz, grupos
étnicos y territorios en disputa a fines del siglo XVIII”, Investigaciones Sociales,
vol. X, n.º 17, 2006, pp. 435-456; Néspolo, Eugenia A., “Cautivos, ponchos y
maíz. Trueque y compraventa, ‘doble coincidencia de necesidades’ entre
vecinos e indios en la frontera bonaerense. Los pagos de Luján en el siglo
XVIII”, Revista TEFROS, vol. 6, n.º 2, 2008; Roulet, Florencia, “Con la pluma y
la palabra. El lado oscuro de las negociaciones de paz entre españoles e indí-
genas”, Revista de Indias, vol. LXIV, n.º 231, 2004, pp. 313-348.
60 Nacuzzi, Lidia R. (comp.), Funcionarios, diplomáticos, guerreros. Miradas hacia
el Otro en las fronteras de Pampa y Patagonia, siglos XVIII y XIX, Buenos Aires,
Sociedad Argentina de Antropología, 2002; Ratto, Silvia, “Caciques, autori-
dades fronterizas y lenguaraces: intermediarios culturales e interlocutores
válidos en Buenos Aires (primera mitad del siglo XIX)”, Mundo Agrario, vol. 5,
n.º 10, 2005; Roulet, Florencia, “Mujeres, rehenes y secretarios: mediadores
indígenas en la frontera sur del Río de la Plata durante el período hispánico”,
Colonial Latin American Review, vol. 18, n.º 3, 2009, pp. 303-337.
61 Ver Carlón, Florencia, op. cit.; Roulet, Florencia, “Violencia indígena en el
Río de la Plata durante el período colonial temprano: un intento de explica-
ción”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2018. Disponible en [Link]/3NdCETB.
62 Ver Nacuzzi, Lidia R., Identidades impuestas. tehuelches, aucas y pampas en el
norte de la Patagonia, Buenos Aires, Sociedad Argentina de Antropología,
2005; Roulet, Florencia, “Identidades étnicas y territorios indígenas en la
obra de don Luis de la Cruz: entre pehuenches, huilliches, llanistas, ranque-
50 • El Imperio desde los márgenes
Este libro analiza el proceso histórico que vinculó a la
sociedad colonial con el mundo indígena arauco-pampeano
durante la segunda mitad del siglo XVIII. Si bien los capítulos
centrales están dedicados al caso de Buenos Aires y su
jurisdicción, este formaba parte de un complejo fronterizo
interoceánico.63 Hacia mediados del siglo XVIII, estaba cla-
ro para españoles e indígenas cuáles eran sus respectivos
ámbitos de dominio. Esta divisoria se expresaba geográ-
ficamente en el río Salado al sur de Buenos Aires, el río
Cuarto en Córdoba, el Diamante en Mendoza y el Bío Bío
en la Araucanía. El presente capítulo analiza en perspec-
tiva regional la circulación de personas, bienes y símbolos
a través de la frontera, los conflictos y enfrentamientos
entre ambas sociedades y las identidades que se forjaron
en el espacio rioplatense tardocolonial y el mundo indígena
arauco-pampeano.
La atracción de la frontera: migraciones
y asentamientos
De acuerdo al saber historiográfico, las fronteras consti-
tuyen un polo de atracción de migraciones y a la vez una
válvula de escape social y política de zonas nucleares más
densamente pobladas. Darío Barriera vincula las corrientes
colonizadoras españolas del sur rioplatense con la necesi-
dad de “descarga política” de la tierra, es decir, una forma
de premiar y al mismo tiempo alejar a los capitanes más
linos y pampas (1806)”, Revista Complutense de Historia de América, 2011, vol.
37, pp. 221-252; Villar, Daniel y Juan Francisco Jiménez, “La tempestad de la
guerra: Conflictos indígenas y circuitos de intercambio. Elementos para una
periodización (Araucanía y las Pampas, 1780-1840)”, en Mandrini, Raúl J. y
Carlos D. Paz (eds.), Las fronteras hispanocriollas del mundo indígena latinoame-
ricano en los siglos XVIII-XIX, Tandil, IEHS/CEHIR/UNS, 2003, pp. 123-172.
63 Ver Boccara, Guillaume, “Génesis y estructura de los complejos fronterizos
euro-indígenas: Repensando los márgenes americanos a partir (y más allá)
de la obra de Nathan Wachtel”, Memoria Americana, n.º 13, 2005, pp. 21-52.
El Imperio desde los márgenes • 51
jóvenes y ascendentes de los núcleos coloniales principales
en Perú, Charcas o Asunción.64 Las corrientes coloniza-
doras dejaron puntos salpicados en el espacio que, con el
correr de los años, llegaron a ser ciudades importantes. La
corriente colonizadora cuyo centro estaba en Santiago de
Chile (1541) avanzó del oeste hacia el este fundando las
ciudades de Mendoza (1561), San Juan (1562) y finalmen-
te San Luis (1596). Por su parte, la corriente colonizadora
proveniente del Perú llegó hasta Santiago del Estero (1553),
de donde se desprendió Córdoba (1573). La disputa por
el estuario rioplatense entre esta corriente y el núcleo de
poder de Asunción motivó la expedición de Juan de Garay,
perteneciente a este último, quien terminó fundando las
ciudades de Santa Fe (1573) y Buenos Aires (1580).
Una vez en marcha, estos circuitos alentaban su propio
poblamiento. Estos puntos se vincularon con los caminos
que, al tratar de unirlos, iban creando en su recorrido nue-
vos centros de población. En las fronteras tienden a predo-
minar los factores de atracción de migraciones, tales como
el acceso directo a los medios de producción y subsistencia
o bien salarios más altos y mejores oportunidades de tra-
bajo. En el caso de Buenos Aires, la ciudad y la franja de
tierra que la rodeaban experimentaron durante la segunda
mitad del siglo XVIII un vertiginoso proceso de crecimiento
demográfico. Sin embargo, mientras que la población urba-
na solo se duplicó, la población rural de Buenos Aires se
triplicó entre 1744 y 1778, acusando más de 12.000 habi-
tantes en la segunda fecha. El aumento de la población rural
se debió al crecimiento vegetativo de una población emi-
nentemente sana,65 pero sobre todo producto de las migra-
ciones protagonizadas por sectores sociales excluidos de
64 Barriera, Darío G., op. cit., pp. 67-69.
65 Así lo observaba el viajante Concolorcorvo: “Todo el país de Buenos Aires y
su jurisdicción es sanísimo, y creo que las dos tercias partes de los que mue-
ren son de caídas de caballos y cornadas de toros, que los estropean, y como
no hay buenos cirujanos ni medicamentos, son éstas las principales enfer-
medades que padecen y de que mueren”. En Concolorcorvo, El lazarillo de
52 • El Imperio desde los márgenes
las posibilidades de ascenso social en zonas coloniales más
densamente pobladas.
Los itinerarios migratorios seguían una cadena y, en
ocasiones, se desarrollaban en dos pasos, correspondientes
al ciclo vital del migrante: el recién llegado se “agregaba” en
algún hogar campesino o puesto de estancia, mientras que,
cuando contraía matrimonio, partía a puntos más alejados
con la esperanza de acceder a la tierra. El matrimonio pre-
vio y la disponibilidad de tierras explican el predominio de
familias nucleares en la frontera.66 Con todo, en su destino
final, los migrantes desarrollaban patrones de asentamiento
entre hogares emparentados cuya proximidad física hace
pensar en la cooperación parental en los momentos álgidos
de producción agropecuaria, facilitando física y emocio-
nalmente la “formación neolocal del hogar”. Es decir, más
que un desierto anómico, el poblamiento de la frontera se
sustentaba en una densa trama familiar y campesina. 67
Estas condiciones favorecieron el desarrollo de pueblos
agrarios salpicados alrededor de Buenos Aires. En una pri-
mera etapa, el poblamiento se extendió a las zonas más
cercanas al puerto (La Matanza, San Isidro, San Fernando
y Las Conchas) y a aquellas orientadas hacia la “carrera
de Potosí” (Luján, San Antonio de Areco y San Nicolás de
los Arroyos). En la frontera, las oportunidades mercanti-
les y el gasto estatal favorecieron la aparición de pequeñas
aglomeraciones urbanas. Según un recuento de la población
hecho en 1779, en el pueblo de Pergamino vivían 324 habi-
tantes, mientras que alrededor del recientemente fundado
fuerte de Rojas habitaban 72 personas.68 En 1781, el virrey
Juan Joseph de Vértiz impulsó la formación de un “cor-
dón defensivo” en la frontera de Buenos Aires compuesto
ciegos caminantes, Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Ban-
co, 1908 [orig.: 1771], p. 47.
66 Mateo, José, op. cit.
67 Moreno, José Luis y José Mateo, op. cit., pp. 50-51.
68 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Pergamino, leg. 1-5-6, f. 615, 23
de julio de 1779.
El Imperio desde los márgenes • 53
por fuertes y fortines y dictaminó que a sus alrededores se
establecieran pueblos defensivos que agruparan la pobla-
ción dispersa.69 Para 1781, se habían formado los pueblos
de San José de Luján70 (464 habitantes), San Juan Bautista
de Chascomús (con 374 habitantes), San Miguel del Monte
(345 habitantes), Nuestra Señora del Pilar de los Ranchos
(235 habitantes) y San Claudio de Areco71 (85 habitantes),
mientras que los “viejos” pueblos de San Antonio del Salto y
San Francisco de Rojas contaban con 421 y 325 habitantes
respectivamente.72
Una red de caminos conectaba los pueblos rurales de
Buenos Aires con la ciudad y con el interior rioplatense.
Dejémonos trasportar por estos antiguos caminos y pueblos
coloniales. Para llegar desde Buenos Aires a Luján, esta-
ción obligada, había dos caminos: el que vadeaba el río Las
Conchas73 por el lado este y el que atravesaba la capilla
de Merlo hacia el oeste de la ciudad. Una pampa ondula-
da e irrigada por el corredor norte, más seca y feraz en
el corredor oeste, donde el paisaje era de una monotonía
de pastizales solo salpicada por la infinidad de cardos que
poblaban las pampas. En Luján, con estatus de villa y con
Cabildo propio desde 1757, se podía hacer noche porque
allí todo estaba preparado para atender a los trajinantes. El
camino continuaba bordeando el río Areco con extensos
campos a cada lado donde habitaban labradores y pastores
de ganado, jalonados por los pueblitos de San Antonio de
Areco y Arrecifes. Sus casas blanqueadas de ladrillo y teja,
sus arboledas y huertas conformaban, según un testigo de
la época, “un objeto agradable a la vista”.74 Una multitud de
69 Ver capítulo 5.
70 Actual localidad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires.
71 Actual localidad de Carmen de Areco, Provincia de Buenos Aires.
72 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 1º de noviem-
bre de 1781.
73 Actual río Reconquista.
74 De Amigorena, Joseph Francisco, “Descripción de los caminos, pueblos,
lugares que hay desde la ciudad de Buenos Aires a la de Mendoza”, Cuadernos
de Historia Regional, n.º 11, 1988 [orig.: 1787], p. 9.
54 • El Imperio desde los márgenes
ranchos empezaban a poblarse sobre el río hasta su naciente
en la encrucijada con el arroyo Fontezuelas. El camino de
las carretas empujaba unas leguas más hasta Pergamino, el
último pueblo en jurisdicción porteña, que contaba con una
capilla y un fuerte bien provisto de cañones y pedreros,
debajo del cual amanecían unas 40 casas y ranchos. Al sur
y al oeste, campeaba el territorio controlado por los indí-
genas pampeanos. El primer trecho del camino que restaba
hasta Santa Fe, yendo hacia el norte, estaba habitado por
algunos criadores pobres. Luego quedaban solo los aves-
truces y las pilas de decenas de huevos amontonados por
sus hembras en aquel “inmenso mar de tierra cuyos pastos
peina el viento pampero”.75
Del lado indígena, en la segunda mitad del siglo XVIII,
condensaron dos corrientes migratorias provenientes de la
cordillera andina. Por un lado, entre 1750 y 1770 se pro-
dujo la instalación de grupos pehuenches que compitieron
con los antiguos ocupantes puelches por el sur cuyano.
Derrotados los puelches, entre 1769 y 1782 los pehuen-
ches mantuvieron un duro enfrentamiento con los hispano-
criollos, para luego aliarse con ellos. Por otro lado, des-
de 1750 se fueron instalando algunos linajes huilliches y
pehuenches en la zona del Mamül Mapu76, en la pampa cen-
tral, y en las cadenas medanosas y las Salinas Grandes de
la pampa centro-oriental.77 Desde mediados de la década
de 1770, estos grupos se reconocerían como parcialidades
75 Concolorcorvo, op. cit., pp. 46-51.
76 El Mamül Mapu se trataba de un territorio inmenso y apenas poblado, con
densos montes de caldenes y algarrobos, que lindaba por el norte con las
fronteras mendocina, puntana y cordobesa y proporcionaba el acceso a las
rutas que unían a Buenos Aires con Córdoba y Mendoza. En Villar, Daniel y
Juan Francisco Jiménez, “Botín, materialización ideológica y guerra en las
pampas, durante la segunda mitad del siglo XVIII. El caso de Llanketruz”,
Revista de Indias, vol. 60, n.º 220, 2000, p. 702.
77 Ver Villar, Daniel y Juan Francisco Jiménez, “Los indígenas del País de los
Médanos, Pampa centro-oriental (1780-1806)”, Quinto Sol, vol. 17, n.º 2,
2013, pp. 1-26; Alemano, María Eugenia, “La prisión de Toroñan. Conflicto,
poder y ‘araucanización’ en la frontera pampeana (1770-1780)”, Revista
TEFROS, vol.13, n.º 2, 2015, pp. 27-55.
El Imperio desde los márgenes • 55
escindidas, denominadas genéricamente “rancacheles” por
las autoridades coloniales. En el sudeste pampeano, el área
comprendida por las sierras de Tandil y Ventana era den-
samente poblada por indígenas que eran señalados como
“aucas”. Sin embargo, pocos años antes los “aucas” podían
sentirse extranjeros en un terreno que todavía no conside-
raban propio. A partir de 1770, estos grupos adquirieron
una mayor autonomía y visibilidad; nombrados al princi-
pio como “aucas”, su denominación evolucionaría a la de
“pampas”.78 Su crecimiento hizo retroceder a los antiguos
ocupantes tehuelches del territorio, que dominaban ahora
un estratégico pero acotado territorio en las cercanías de las
desembocaduras de los ríos Negro y Colorado.79
La migración de grupos araucanos también respondía,
entre otros factores, a las necesidades de “descarga política”.
Según Daniel Villar y Francisco Jiménez, los longkos que
encabezaban los contingentes migratorios, excluidos de las
posibilidades de concentración e institucionalización del
poder que se estaban operando entre sus parientes trasandi-
nos, buscaban al este de la cordillera nuevas oportunidades
para reafirmar su liderazgo.80 Sin embargo, a diferencia de
los núcleos coloniales, los nuevos asentamientos respon-
dían a la forma descentralizada y rizomática de organiza-
ción del poder político y no necesariamente perdían sus
lazos con el territorio de origen. En la memoria histórica
mapuche, los hijos de los longkos se trasladaban a través
de su “país” en busca de nuevas oportunidades, según lo
recordaba un longko a principios del siglo XX:
78 Roulet, Florencia, Huincas en tierra de indios. Mediaciones e identidades en los
relatos de viajeros tardocoloniales, Buenos Aires, Eudeba, 2016, p. 72.
79 La batalla clave por el territorio serrano entre estos dos segmentos de la
sociedad indígena –“aucas” y “tehuelches”– se dio en 1768. Ver Alemano,
María Eugenia, “La mano invisible. Liderazgo, economía política y relacio-
nes sociales en el sudeste pampeano (1770-1830)”, Cuadernos del Sur. Fascícu-
lo de Historia, n.º 47, 2018, pp. 36-37.
80 Villar, Daniel y Juan Francisco Jiménez, “Botín”, op. cit.
56 • El Imperio desde los márgenes
Antes [de que los gobiernos nacionales les arrebataran sus
tierras] había mucha facilidad para cambiarse de un lugar a
otro. El hijo de un lonko sin las tierras necesarias, se estable-
cía en otra parte y fundaba una familia. Cualquiera que se
sintiese mal en una reducción, se iba a otra parte y toma-
ba los terrenos desocupados, a veces con permiso del lonko
más inmediato.81
Este modelo de asentamiento disperso motivado
por la descentralización política es característico de los
grupos arauco-pampeanos. En el diario de una expe-
dición de 1770, se anotó, todavía con cierta sorpresa,
que “pampas” y “aucas” no tenían subordinación a sus
caciques: “…pues cuando quieren, dejan a uno y van
a vivir con otro”.82
La forma de asentamiento predilecta de los distintos
grupos araucanos instalados en las pampas era en cam-
pamentos o “tolderías” semipermanentes conducidas por
un cacique. Las tolderías podían ser bastante populosas.
Cada toldo albergaba a una familia extensa compuesta
por varios matrimonios junto a sus hijos, ancianos y
dependientes, que sumaban entre 20 y 30 personas.
Tomemos como ejemplo la descripción que hizo en 1780
el piloto Antonio de Viedma de los toldos tehuelches:
Las separaciones interiores las acomodan desde el centro
hasta el fondo para cada matrimonio, y los hijos y demás
familia y parentela duermen todos revueltos en el resto, que
queda franco hasta la puerta, uniéndose aquí viudos, viu-
das, solteros, solteras, parientes, criados y esclavos, y en fin,
81 Declaración de Lorenzo Koliman en 1913. Citada en Marimán Quemenado,
Pablo, op. cit., p. 54.
82 Hernández, Juan Antonio, “Diario que el capitán, don Juan Antonio
Hernández ha hecho, de la expedición contra los indios teguelches, en
el gobierno del señor don Juan José de Vertiz, gobernador y capitán
general de estas Provincias del Río de la Plata, en 1º de octubre de
1770”, en De Ángelis, Pedro (ed.), Colección de viajes y expediciones a los
campos de Buenos Aires y a las costas de Patagonia, Buenos Aires, Impren-
ta del Estado, 1837 [orig.: 1770], p. 60.
El Imperio desde los márgenes • 57
cuantos dependen o tienen relación con la cabeza principal
o amo del toldo.83
En las negociaciones de paz entabladas a partir de
1780 con el cacique “auca” Lorenzo Calpisqui, los eventua-
les emisarios del poder colonial quedaron impactados por
la cantidad de tolderías y de personas que las habitaban.
Un blandengue declaró que desde la frontera caminó cuatro
días para encontrar al cacique “siempre a vista de Tolde-
rías” y que en las de Calpisqui vio “infinidad de indios” y
más de 200 cautivos.84 Calpisqui tenía su asentamiento en
sierra de la Ventana sobre dos lagunas contiguas una de la
otra con 60 toldos en total. El piloto Pablo Zizur, quien
se entrevistó con el cacique en 1781, estimó en al menos
500 los hombres de armas, y en “otro tanto” las mujeres y
los niños.85 El problema, para las autoridades españolas, era
que Calpisqui extendía su autoridad más allá de su toldería:
“Son muchas tolderías y todas llenas de muchos indios”,
expresó el cautivo Pedro Zamora. “Son muchos caciques
[…] Lorenzo gobierna a todos”86. Otro testigo declaró que
Lorenzo tenía “mucha indiada en toda la sierra adentro” y
señaló que, sobre el río de los Sauces, había hasta diecisiete
tolderías.87 Mientras que el indio “auca” Mateo afirmaba
que Calpisqui contaba con más de 1.000 indios de pelea,
83 De Viedma, Antonio, “Diario de un viaje a la costa de Patagonia, para reco-
nocer los puntos en donde establecer poblaciones”, en De Ángelis, Pedro
(ed.), Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de
las provincias del Río de la Plata, tomo VI, Buenos Aires, Plus Ultra, 1969 [orig.:
1780], p. 81.
84 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 6 de noviembre de 1781.
85 Extraído de Vignati, Milcíades Alejo, “Un diario inédito de Pablo Zizur”,
Revista del Archivo General de la Nación, vol. III, 1973 [orig.: 1781], p. 78.
86 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 22 de febrero
de 1781. Declaración del cautivo Pedro Zamora.
87 Declaración del excautivo Branco Xavier Díaz, 6 de febrero de 1784. Extraí-
da de Mayo, Carlos (dir.), Fuentes para el estudio de la frontera, voces y testimo-
nios de cautivos, fugitivos y renegados (1752-1790), Mar del Plata, EUDEM,
2002, p. 61.
58 • El Imperio desde los márgenes
siendo el que más tenía,88 el indio “criollo” Joseph Zampallo
ratificó que todos los caciques respondían a Lorenzo y que
juntos podían reunir más de 2.000 indios.89
Para la misma época, contamos con declaraciones de
excautivos que dan una idea de la fisonomía de las tol-
derías instaladas en los alrededores de Salinas Grandes.
Marcos Gómez declaró que había seis tolderías en las que
vio “mucha indiada” y que los caciques Catuén y Canupa-
yan estaban al mando de 400 guerreros.90 Según Atanasio
Vicente Salazar, la toldería del cacique Villator tenía doce o
catorce toldos y en cada toldo vivían entre 20 y 30 perso-
nas, es decir, eran entre 240 y 420 personas.91 Blas Pedrosa,
quien estuvo cautivo entre 1778 y 1786, dijo que en las
Salinas había cuatro caciques con entre 14 y 20 toldos cada
uno cuya fuerza total era de 600 “hombres de pelea”, y
mencionó que, en las tolderías en las que residió, al man-
do de los caciques Anteman y Canevayon, vivían alrededor
de mil personas.92
Por último, una lista confeccionada en 1779 enumera
los caciques que tenían sus tolderías en las cadenas meda-
nosas al oeste del camino entre Buenos Aires y Salinas
Grandes, con el detalle de la cantidad de toldos y el número
de “indios” que las habitaban. Allí figuran 46 caciques que
reunían a 712 “indios”, esto es, varones cabeza de familia
disponibles para la guerra, y 380 toldos en total. Es decir,
si bien se trataría de pequeñas tolderías con un promedio
de nueve toldos cada una y dos indios por toldo, juntas
88 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 11 de septiem-
bre de 1784. Declaración del indio auca Mateo.
89 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 11 de septiem-
bre de 1784. Declaración de Joseph Zampallo, indio criollo de la reducción
de Magdalena.
90 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 1 de mayo de 1781. Declaración
del excautivo Marcos Gómez.
91 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 19 de agosto
de 1784. Declaración del excautivo Atanasio Vicente Salazar.
92 Declaración del cautivo Blas Pedrosa, diciembre de 1786. Extraída de Mayo,
Carlos (dir.), op. cit., pp. 64 y ss.
El Imperio desde los márgenes • 59
representaban entre 7.600 y 11.400 habitantes, lo que las
acercaba a la población de la jurisdicción rural de Buenos
Aires para la misma época. El mismo documento menciona
que más al oeste, sobre el río Chadileuvú en el corazón
del Mamül Mapu, existían doce tolderías pehuenches, de
las que solo aclaran que tenían “mayor número [de indios]
que los anteriores”. Por ejemplo, el cacique Panemanqué
contaba con 60 “indios” guerreros y cientos de habitantes
en su toldería.93
Los relatos de excautivos y las descripciones de las
expediciones coinciden en lo populoso de las tolderías de
tierra adentro. Cada toldería podía tener algunos cientos de
habitantes, un orden de magnitud similar al de los pueblos
de la frontera de Buenos Aires. Pero además los caciques de
cada parcialidad desarrollaron patrones de corresidencia,
disponiendo sus tolderías arracimadas como forma de con-
trolar territorios estratégicos entre caciques aliados defen-
didos por miles de lanzas. Estas poblaciones se nuclearon en
el Mamül Mapu en la pampa central y en las cadenas meda-
nosas, Salinas Grandes y sierras del sudeste pampeano.
Estas últimas mantenían estrechos vínculos con la frontera
de Buenos Aires basados en el enfrentamiento o la coope-
ración militar, la diplomacia y el comercio interétnico.
93 De las Casas, Diego y Ventura Echeverría, “Noticia individual de los caci-
ques o capitanes pehuenches y pampas que residen al sur, circunvecinos a
las fronteras de la Punta del Sauce, Tercero y Saladillo, jurisdicción de la ciu-
dad de Córdoba: como asimismo a la del Pergamino, Rayos y Pontezuelas de
la capital de Buenos Aires y Santa Fe [etc.]”, en De Ángelis, Pedro (ed.), Colec-
ción de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provin-
cias del Río de la Plata, tomo IV, Buenos Aires, Plus Ultra, 1969 [orig.: 1779],
pp. 194-203.
60 • El Imperio desde los márgenes
El ruedo del mercado: circuitos mercantiles y comercio
interétnico
El descubrimiento historiográfico del mercado interno colo-
nial ha permitido reconsiderar la función articuladora de la cir-
culación de mercancías, así como valorar la participación mer-
cantil de indígenas y otros sectores subalternos. La frontera sur
rioplatense resultaba articulada por la intensa circulación de
mercancías entre el Atlántico y el Pacífico que vinculaba a la
región con los mercados mundiales en formación.94 Además, las
vías de circulación coloniales daban sustento a un sistema de
intercambios interregionales que canalizaba las distintas pro-
ducciones locales en los mercados regionales. De varia mane-
ras, estas redes mercantiles no se detenían en la frontera sino
que penetraban y eran sostenidas también desde la sociedad
arauco-pampeana.95
A lo largo del siglo XVIII, el sur del virreinato peruano sufrió
un proceso de atlantización de su economía que fue reconocido
por las autoridades con la habilitación de Buenos Aires como
puerto legal en 1778. Aún antes de la creación del virreinato del
Río de la Plata, Buenos Aires concentraba gran parte de la plata
producida en Potosí de dos maneras: por vía fiscal, a través de la
percepción del Situado, y por vía mercantil, mediante la redis-
tribución de mercancías importadas y “de la tierra” a los mer-
cados regionales que éstos pagaban con la plata de sus propias
ventas al mercado potosino. En sí misma, con unos 28.000 habi-
tantes en 1778,96 era una de las ciudades más populosas de la
región. De esta manera, la ciudad de Buenos Aires se constituyó
94 VerGascón,Margarita,“LaarticulacióndeBuenosAiresalafronterasurdelimpe-
rioespañol, 1640-1740”,Anuario IEHS,n.º13,1998, pp.193-213.
95 Ver Mandrini, Raúl J., “Articulaciones económicas en un espacio fronterizo colo-
nial. Las pampas y la Araucanía a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX”, en Her-
nández, Lucina (comp.), Historia ambiental de la ganadería en México, Xalapa (Méxi-
co),InstitutodeEcología,2001, pp.48-58.
96 Johnson,[Link],op. cit.,p.331.
El Imperio desde los márgenes • 61
en una importante plaza a donde arribaban todo tipo de bienes
para su consumo, exportación o redistribución.97
Mapa 1. Circuitos mercantiles coloniales e indígenas
durante la segunda mitad del siglo XVIII
Fuente: elaboración propia con base en Amigorena, op. cit.; Mandrini,
Raúl J., “Articulaciones”, op. cit.
97 Garavaglia,JuanCarlos,Mercadointernoyeconomí[Link]
yerba mate,CiudaddeMéxico,Grijalbo, 1983, pp.417-418.
62 • El Imperio desde los márgenes
Este proceso de ascenso regional también vería crecer
el comercio entre Buenos Aires y el Pacífico, vía Cuyo
y Santiago de Chile, que, en medio siglo entre 1730 y
1780, quintuplicó sus valores.98 La “carrera cuyana”, como
se denominaba en la época, se componía de una red de
caminos que, partiendo desde Luján, atravesaba el sur de la
jurisdicción de Santa Fe, Córdoba y San Luis para alcanzar
Mendoza y, eventualmente, Santiago de Chile y el Pacífico.
Desde las mismas vías de circulación, existía la posibilidad
de empalmar con el camino a la ciudad de Santa Fe o seguir
por el Camino Real hacia la ciudad de Córdoba. La impor-
tancia de la ruta cuyana hizo que, a fines del siglo XVIII,
surgieran otros cuatro caminos alternativos que conectaban
a Buenos Aires con la región de Cuyo partiendo desde Per-
gamino y uniéndose al camino principal a la altura de Punta
del Sauce99 en el sur cordobés (mapa).
Amén de otras mercancías, por la “carrera cuyana” cir-
culaban los vinos y aguardientes que se enviaban a Buenos
Aires desde Mendoza y San Juan respectivamente. Según
datos de Juan Carlos Garavaglia y María del Rosario Prieto,
entre 1752 y 1781 se triplicó la exportación de vinos y
aguardientes cuyanos a Buenos Aires, pasando de 20.000
a 62.000 arrobas anuales.100 La contrapartida de este flete
eran los envíos de yerba mate a Cuyo, Chile y el Pacífico
desde que Buenos Aires le ganara la pulseada a Santa Fe en
este comercio. Este tráfico implicaba un gran movimien-
to de personas, carretas y arrias de mulas ocupadas en su
transporte y logística. Hacia fines del siglo XVIII, se necesi-
taban unas 700 carretas y casi 2.000 mulas para transportar
98 Garavaglia, Juan Carlos y Juan Marchena F., “Las transformaciones del espa-
cio rioplatense”, América Latina de los orígenes a la Independencia. Vol. II. La
sociedad colonial ibérica en el siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 2005, pp. 264-266.
99 Actual localidad de La Carlota, Córdoba.
100 Garavaglia, Juan Carlos y María del Rosario Prieto, “Diezmos, producción
agraria y mercados: Mendoza y Cuyo, 1710-1830”, Boletín del Instituto de His-
toria Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, tercera serie, n.º 30, 2007,
pp. 23-24. Una arroba equivalía aproximadamente a 16 litros.
El Imperio desde los márgenes • 63
los vinos y aguardientes cuyanos hacia Buenos Aires. Asi-
mismo, el transporte de yerba mate desde Buenos Aires
hacia Cuyo y Córdoba requería unas mil carretas anuales.101
Esta capacidad de transporte significa que anualmente se
necesitaban alrededor de 1.500 personas por tramo para el
transporte de estos productos.102
Por su parte, la sociedad indígena arauco-pampeana
consolidó en el siglo XVIII una red de circulación que atrave-
saba la cordillera y comunicaba a los distintos grupos entre
sí y con las fronteras coloniales. Los caminos o las “rastrilla-
das” paralelos a los ríos Colorado y Negro enlazaban la lla-
nura herbácea pampeana con el sur de Chile. Dos caminos
principales conectaban estas rastrilladas con las fronteras
de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Uno era el que atrave-
saba el territorio del Mamül Mapu. El otro se conocía como
“rastrillada de los chilenos”, o también “rastrillada grande”;
su importancia era vital tanto para el mundo indígena como
para la sociedad colonial, ya que conectaba las Salinas Gran-
des con la frontera de Luján. Luego, una multitud de cami-
nos menores partían de las rastrilladas principales uniendo
a las distintas tolderías y vinculándolas a las fronteras.103
Las fronteras fungían como verdaderos “polos de atrac-
ción” para la sociedad indígena en busca de botines de
guerra, pero también de oportunidades comerciales. Los
indígenas buscaban colocar sus productos en los mercados
coloniales y, a través de ellos, en los mercados mundiales
en formación. Estos bienes consistían principalmente en
101 Garavaglia, Juan Carlos, Mercado, op. cit., pp. 452-453.
102 Unas catorce personas eran necesarias para la conducción de una tropa de
diez carretas, aunque no tenemos datos sobre el personal necesario para
conducir una arria de mulas. Ver Rosal, Miguel Ángel, “Transportes terres-
tres y circulación de mercancías en el espacio rioplatense, 1781-1811”,
Anuario IEHS, n.º 3, 1988, p. 146.
103 Ver Mandrini, Raúl J., “Articulaciones”, op. cit., pp. 49-50; Pérez Zavala, Gra-
ciana y Marcela Tamagnini, “Dinámica territorial y poblacional en el Virrei-
nato del Río de la Plata: indígenas y cristianos en la frontera sur de la gober-
nación intendencia de Córdoba del Tucumán, 1779-1804”, Fronteras de la
Historia, vol. 17, n.º 1, 2012, p. 6.
64 • El Imperio desde los márgenes
pieles, cueros, sal y artesanías textiles, los cuales no siempre
eran producidos por los propios grupos, sino que articu-
laban circuitos de intercambios intraétnicos. En la misma
operación comercial, buscaban volver a las tolderías con
aquellas mercancías coloniales que las distintas parcialida-
des que habitaban las pampas y la Norpatagonia habían
incorporado a su cotidianeidad, pero que, por razones eco-
lógicas o sociotecnológicas, no se producían en territorio
indígena. La demanda indígena de mercancías atraía redes
mercantiles regionales y transatlánticas. Algunos eran bie-
nes, como el aguardiente, la yerba mate y el tabaco, que no
se producían en el espacio colonial cercano, sino que articu-
laban extensas redes mercantiles regionales. Otras mercan-
cías demandadas por la sociedad indígena eran elementos
confeccionados en vidrio y metal que, al estar prohibida su
producción en territorio americano, idealmente provenían
del comercio transatlántico. De esta manera, una multi-
tud de bienes atravesaba la frontera articulando múltiples
intereses; acudiendo a diversas prácticas y escenarios, este
flujo no cejó siquiera en los momentos de mayor tensión.
De hecho, los fuertes y pueblos de frontera se convir-
tieron en escenarios de un prolífico comercio interétnico.
En Luján, los comandantes del fuerte otorgaban permi-
sos para que los indígenas pasaran a vender sus ponchos
o a comprar maíz en las chacras cercanas.104 El comer-
cio con los indígenas permitió incluso la supervivencia de
asentamientos coloniales formados a inicios del virreinato.
como el fuerte de Chascomús, en el sur de Buenos Aires,
y el enclave de Carmen de Patagones, a 900 kilómetros
de la capital virreinal.105 Incluso en tierra adentro, los pul-
peros y vivanderos del comercio rural se aventuraban a
ir a las tolderías a ofrecer sus productos. Por ejemplo, la
104 Néspolo, Eugenia A., “Cautivos”, op. cit.
105 Ver Galarza, Antonio F., “Relaciones interétnicas y comercio en la frontera
sur rioplatense. Partidas indígenas y transacciones comerciales en la guardia
de Chascomús (1780-1809)”, Fronteras de la Historia, vol. 17, n.º 2, 2012, pp.
102-128; Luiz, María Teresa, op. cit.
El Imperio desde los márgenes • 65
expedición hispano-indígena que partió en 1770 hacia tie-
rra adentro encontró que tres españoles comerciaban en
los toldos del cacique Flamenco cuando fueron sorpren-
didos por sus correligionarios.106 A su vez, los indígenas
organizaban expediciones comerciales hacia Buenos Aires
donde había casas especializadas con posada para recibirlos.
En el período virreinal, estas expediciones se hicieron cada
vez más frecuentes y adquirieron el carácter de auténticas
embajadas, sometidas a normas diplomáticas y auscultadas
por el propio virrey. Para fines de siglo, existían en Buenos
Aires al menos tres casas comerciales especializadas que
pugnaban entre sí por obtener posiciones monopólicas en
el comercio indígena.107
Las expediciones coloniales a las Salinas Grandes,
emplazadas en pleno territorio indígena, eran vehículo de
un intenso comercio interétnico. Entre 1716 y 1810, se
realizaron 48 expediciones a Salinas Grandes organizadas
por el Cabildo de Buenos Aires en busca de este insumo
vital para la economía colonial. Cada expedición moviliza-
ba cientos de carretas y bueyes flanqueados por una fuerte
escolta miliciana que partían desde Luján y se internaban
120 leguas108 en dirección sudoeste por la “rastrillada gran-
de”. Si bien el cometido principal era la extracción de la
sal, de acuerdo a Gabriel Taruselli, “el abastecimiento de
la propia expedición y el intercambio con los indios con-
vertían al viaje en una verdadera caravana comercial”.109 El
viaje duraba dos meses y se realizaba durante la primave-
ra. Los pulperos salían de Luján con sus carretas cargadas
106 Hernández, Juan Antonio, op. cit., p. 49.
107 Archivo General de Simancas, Secretaría del Despacho de Guerra (en ade-
lante, AGS, Secretaría de Guerra), leg. 6812, exp. 5. “Manuel Izquierdo.
Comercio indios”.
108 Cada legua antigua equivalía aproximadamente a 4 kilómetros, siendo la
distancia total de unos 500 km.
109 Taruselli, Gabriel D., “Las expediciones a salinas: caravanas en la pampa
colonial. El abastecimiento de sal a Buenos Aires (Siglos XVII y XVIII)”, Quinto
Sol, n.º 9-10, 2005-2006, p. 138.
66 • El Imperio desde los márgenes
de mercaderías que esperaban vender a los indígenas para
luego recoger la sal y emprender el regreso.
Tomemos el ejemplo de la expedición a las Salinas
Grandes de 1786.110 En esa ocasión se movilizaron 253
carretas que implicaban a unas 400 personas en su con-
ducción. La escolta estaba compuesta por 200 blandengues
con armas de fuego, cuatro artilleros, 150 milicianos y 50
peones “pardos” ocupados en el arreo de 700 cabezas de
ganado. El comandante de la expedición debió negociar el
paso de la caravana por territorio indígena y dijo: “Muchos
Indios e Indias instaron a que se les diese lugar para hacer
sus tratos, por cuyo motivo paramos”. Los indígenas se
acercaban en grupos de 50, de 60 y hasta de 150 hombres
y mujeres a los campamentos de la expedición ofrecien-
do cueros, pieles, mantas, ponchos y otras artesanías como
riendas, frenos y plumeros a cambio de las apetecidas mer-
cancías coloniales. En varias oportunidades, la expedición
debió detener su marcha e incluso desviarse para permitir
la realización de estas auténticas ferias en las que indíge-
nas y cristianos intercambiaban mercancías y compartían
borracheras.
Desde el punto de vista indígena, el sostén del comercio
interétnico lo constituyeron procesos de intensificación de
su producción doméstica. Entre otras actividades económi-
cas, los pueblos indígenas que habitaron el sudeste pam-
peano practicaban la cría intensiva de ganados, recolecta-
ban sal y producían textiles y manufacturas en cuero con
fines mercantiles. En cuanto a la ganadería indígena, los
españoles que pasaron por las tolderías quedaron impacta-
dos por la cantidad y la variedad de sus animales. Un excau-
tivo declaró que, en las tolderías de los caciques tehuel-
ches Negro y Tomás, había vacas, caballos, yeguas y ovejas.
Según la explicación del cautivo, los indígenas conseguían
aguardiente, tabaco, yerba y harina en el enclave de Carmen
110 AGN, Sala IX, Cabildo de Buenos Aires. Archivo, leg. 19-3-5, f. 556 y ss. Dia-
rio de la expedición a Salinas comandada por Manuel Pinazo (1786).
El Imperio desde los márgenes • 67
de Patagones, a cambio de caballos, pieles y carne char-
queada con que abastecían a los moradores.111 Los grupos
“aucas” con acceso a las Salinas Grandes eran conscientes
del valor mercantil y estratégico que tenía este mineral en
su vinculación con la sociedad colonial. En 1766, los caci-
ques Ante-Pan y Linco-Pan se apersonaron en la frontera,
en ocasión de la construcción de un nuevo fuerte en Salto,
con la excusa de vender su sal e inquirir “si acaso los espa-
ñoles estaban enojados con ellos”.112
Las largas tratativas de paz entre las autoridades colo-
niales y el cacique Lorenzo Calpisqui permiten conocer
algunos detalles respecto a la economía de los “aucas” del
sudeste pampeano. En septiembre de 1781, el lenguaraz
Luis Ponce, venido de las tolderías de Lorenzo en Sierra
de la Ventana, declaró que los indígenas tenían “mucha
Caballada, y Gorda, por ser el paraje abundante de Pastos,
con agua permanente”.113 Poco después el blandengue Die-
go Lara tendría la misma apreciación. Declaró que, para
encontrar a Lorenzo, caminó cuatro días “siempre a vista
de Tolderías, que es mucha la porción de Indios que ha
visto, que haciendas son imponderables las que tienen, y
ganado bastante”. Luego el propio cacique salió a recibirlo e
hizo traer “reses gordas” de obsequio, quizás algunos de los
mejores ejemplares de su rodeo personal.114
La orientación ganadera no excluía otras actividades
productivas. Las mujeres en las tolderías tejían y producían
artesanías para vender en los mercados coloniales. Los pon-
chos y las mantas “pampas” eran muy demandados por la
sociedad colonial; ponderados por su calidad, su valor mer-
cantil era más alto que el de los textiles santiagueños y
111 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, ff. 212-213, 28
de octubre de 1780. Declaración del excautivo Mateo Funes.
112 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Pergamino, leg. 1-5-6.
113 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 18 de septiembre de 1781.
114 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 6 de noviembre de 1781.
68 • El Imperio desde los márgenes
cordobeses.115 En las tolderías también se producían artesa-
nías en cuero adaptadas a la demanda colonial. Un cautivo
enviado por Lorenzo a Buenos Aires señaló que en los tol-
dos “quedaban trabajando las Indias frenos, Botas, Quiya-
pis116, Plumeros, Bolas para traer a vender, si había Paces”.117
Poco después, cuando le preguntaron a un indio “pampa” en
qué pasaban el tiempo los indígenas que aguardaban la paz,
dijo que hacían riendas y componían plumas.118
Por otro lado, el comercio no era la única manera
en que las mercancías circulaban. Los caciques se fueron
aficionando a géneros y bienes suntuarios provistos por la
sociedad colonial y cada vez más demandaron su entrega
cuando se requirió su mediación política. Además, solicita-
ban bienes de consumo popular, como aguardiente, yerba
y tabaco, para redistribuir entre los suyos. A través de la
cooperación militar, los indígenas recibían distintos pro-
ductos de la sociedad colonial. En 1751, las listas de gastos
del Ramo de Guerra porteño consignan entregas regula-
res de yerba y tabaco para los “pampas” del cacique Bravo,
y ocasionalmente de reses y cuchillos.119 Las autoridades
coloniales no dudaban en halagar a sus contrapartes indí-
genas. A mediados de 1778, por ejemplo, las autoridades
virreinales obsequiaron aguardiente, yerba y tabaco al caci-
que Juan Tipá (que respondía a Lorenzo), pretendiendo con
ello “hacer del ladrón, fiel”.120
La travesía del indio “auca” Juan Ortubia condensa las
distintas prácticas y escenarios del comercio interétnico. En
115 Garavaglia, Juan Carlos y Claudia Wentzel, “Un nuevo aporte a la historia
del textil colonial: los ponchos frente al mercado porteño”, Anuario del IEHS,
vol. IV, 1989, p. 218.
116 Los quiyapis o “quillangos” eran mantas formadas de pieles cosidas de origen
indígena cuyo uso se extendió a la sociedad colonial.
117 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 22 de febrero
de 1781.
118 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 18 de octubre
de 1784.
119 Ver capítulo 2.
120 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 10 de julio de 1778.
El Imperio desde los márgenes • 69
el invierno de 1784, Ortubia fue, como era costumbre, a
“hacer trato” con Carmen de Patagones. Allí, el comandante
español le encomendó la conducción de un pliego hacia
Buenos Aires, a 900 kilómetros de distancia. Juan dudó
en aceptar el encargo alegando la gran distancia y la falta
de compañía para la travesía. Para convencer al indio, el
comandante le dio tres caballos y un barrilito de aguar-
diente y le prometió que el virrey le daría más aguardiente,
tabaco y yerba y también vestido para él y una manta para
su mujer. Una vez en Buenos Aires, el indio Juan se entre-
vistó con las autoridades y explicó las promesas que se le
habían hecho; lejos de sentirse intimidado, pidió “que la
Chupa [fuera] azul, y la Bayeta colorada”.121 El conocimiento
de las prendas, los géneros y las tintes coloniales descubre
una cultura material común a ambos lados de la frontera; la
predilección por los colores rojo y azul es una especificidad
cultural mapuche.
La cultura material y el universo simbólico
Españoles e indígenas compartían un universo de referen-
cias simbólicas y bienes materiales. Por medio del intercam-
bio, la diplomacia y el saqueo en las fronteras, los indígenas
no solo obtenían ganados o bienes de prestigio, sino tam-
bién yerba, tabaco, aguardiente, harina y otros artículos de
consumo cotidiano, distintos géneros y prendas de vestir,
utensilios de metal y artículos ecuestres. En sus tratos con
la sociedad colonial, los indígenas ofrecían ganado en pie,
cueros, carne charqueada, sal, textiles de lana y artesanías en
cuero. De esta manera, una cultura material de rasgos seme-
jantes se derramaba a ambos lados de la frontera, aunque su
consumo significara distintas cosas en un lugar u otro.
121 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 11 de septiem-
bre de 1784.
70 • El Imperio desde los márgenes
Las negociaciones de paz emprendidas desde Buenos
Aires con los caciques “aucas” liderados por Lorenzo Cal-
pisqui permiten aproximarnos a los consumos coloniales
indígenas. En 1781, luego de que los cristianos hicieran lo
propio hacia las tolderías de Lorenzo, una comitiva com-
puesta por cuatro indígenas fue a Buenos Aires a llevar el
pedido de los cautivos que querían rescatar. Vértiz envió
a los chasques de vuelta a las tolderías con una abundante
cantidad de regalos para el cacique Lorenzo y su familia,
así como para los caciques Toro y Cayupilqui. El objetivo
del virrey era “agasajar a los indios” hasta que fueran a
Buenos Aires. María Catalina, una parienta de Lorenzo que
estaba presa en la Casa de la Residencia, se ofreció para
guiar a los chasques y convencer a Calpisqui de “entrar en
aquel convenio”.122 Entre los destinatarios de los regalos, se
descubre la predisposición en las autoridades coloniales a
agasajar a las mujeres de la familia de Lorenzo, consideradas
intermediarias clave en la negociación.
La lista de regalos enviados por el virrey Vértiz a los
caciques para aceitar las tratativas de paz muestra la gran
diversidad y el amplio conocimiento de los bienes de origen
criollo y europeo por parte de sus mandantes indígenas.
Forman parte del ajuar bienes de consumo y subsistencia
como aguardiente, yerba, tabaco, azúcar, pan y jabón, ele-
mentos para la equitación (frenos, espuelas, lomillo, cabeza-
das), artículos de metal (jarros de hojalata, dedales, cuchillos
y navajas), géneros de tela y prendas de vestir. En espe-
cial, los indígenas apreciaban el envío de peinetas, espejitos,
sortijas y cuentas de vidrio de colores con las que confec-
cionaban adornos corporales; su inclusión en una lista de
regalos diplomáticos da cuenta de su importancia para la
sociedad indígena.123 Por último, la lista de regalos reconoce
122 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 8 de julio de 1781.
123 Sus usos tenían funciones sociales importantes para la sociedad indígena,
tales como la ceremonia de menarca, la práctica del pago de la novia y en los
ajuares mortuorios. Ver Tapia, Alicia y Lía Pera, “Las mujeres en la sociedad
ranquelina del siglo XIX. Perspectivas etnohistórica y arqueológica”, en Fer-
El Imperio desde los márgenes • 71
la jerarquía cacical mediante una marcada diferencia no
solo en la cantidad, sino también en la calidad de los envíos.
Mientras que al cacique Lorenzo (y a su tía intermedia-
ria) se le obsequió bayeta traída de Europa, a los caciques
Toro y Cayupilqui les tocó recibir el mismo género, pero
“de la tierra”, es decir, de origen local, lo que habla de un
refinado sentido del gusto capaz de distinguir las distintas
calidades de tela.124
Además de bienes materiales, un universo de signifi-
cantes transitaba de un lado a otro de la frontera. Las per-
sonas que la atravesaban a menudo eran bilingües y hasta
trilingües si su lengua original no era alguna de las dos len-
guas francas de la frontera, el mapudungun y el castellano. Ya
en 1742, el náufrago inglés Isaac Morris señaló que, entre
los tehuelches que lo hospedaron, todos sabían hablar al
menos un “poquito” de castellano.125 En ambas sociedades
existían “lenguaraces” que servían de intérpretes de la otra
lengua en situaciones de contacto. La mayoría de los cau-
tivos cristianos terminaba por entender el mapudungun, si
no otras lenguas, aun cuando fueran analfabetos del caste-
llano. Las mujeres indígenas eran particularmente proclives
a conocer el castellano, como la tía María Catalina, que era
“muy impuesta en nuestro idioma”, al decir de las autori-
dades coloniales.126
La necesidad de un lenguaje común para las situaciones
de contacto empujó cierta equiparación de las jerarquías
nández, Mabel (comp.), Género, saberes y labores de las sociedades indígenas
pampeano-patagónicas, Luján, Edunlu, 2018, pp. 145-223.
124 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1. Lista de regalos enviados al caci-
que Lorenzo Calpisqui y su familia para aceitar las negociaciones de paz,
1781.
125 Según el náufrago Isaac Morris, el cacique Cangapol le habría hecho algunas
preguntas en español, del que “todos” podían “hablar un poco”. En Morris,
Isaac, A narrative of the dangers and distresses which befel Isaac Morris, and seven
more of the crew, belonging to the Wager store-ship, which attended Commodore
Anson in his voyage to the south sea: containing an account of their adventures,
after they were left by Bulkeley and Cummins, on an uninhabited part of Patagonia,
Londres, S. Birt, 1752, p. 50. La traducción es propia.
126 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 8 de julio de 1781.
72 • El Imperio desde los márgenes
indígenas con las de la sociedad colonial, al menos en el
plano lingüístico. Por ejemplo, los tehuelches le dijeron a
Isaac Morris que Cangapol era su “rey” y que debía pagar
obediencia a “Su Majestad”. Claro que, para los indígenas,
un “rey” no significaba exactamente lo mismo que para
los europeos, como el inglés Morris no dejó de notar con
cierta ironía:
Aunque tienen lo que ellos llaman un rey, él parece ser sola-
mente un jefe o capitán de un partido; por lo que, como ellos
no tienen un domicilio fijo, sino que viven esparcidos en toda
esa parte del mundo en pequeños pueblos o partidos, cada
partido parece tener un jefe, que preside sobre ellos como
un reyezuelo.127
Por su parte, las autoridades coloniales reconocieron a
los caciques más poderosos con términos y títulos extraídos
de sus propias concepciones. En las paces pactadas en 1742,
al cacique Cangapol se le otorgó el título de “maestre de
campo” de todas las sierras, una categoría de la jerarquía
militar –inversamente, el maestre de campo de las milicias
rurales de Buenos Aires Manuel Pinazo fue referenciado
por los indígenas como “cacique Pinazo”–.128 Las autorida-
des coloniales entregaron además un “bastón de mando” a
Cangapol, el que era reconocido entre los indígenas como
fuente de autoridad cacical, tal como demuestra la disputa
abierta por la sucesión de este cacique entre su hijo Guibar y
su hermano Guelquen, quien acudió a las autoridades de la
frontera para que dirimieran a quién correspondía el bastón
que poseyera “don Nicolás”.129 Asimismo, en el tratado de
paz finalmente suscripto con Lorenzo Calpisqui, las autori-
dades coloniales lo reconocieron como “Cacique principal
127 Morris, Isaac, op. cit., p. 51. La traducción es propia.
128 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Cañada de Escobar, leg. 1-4-4, 10
de diciembre de 1779.
129 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. El Zanjón, leg. 1-5-3, 22 de febre-
ro de 1757.
El Imperio desde los márgenes • 73
de todas las Pampas” y, fiel a sus propias tradiciones polí-
ticas, “Cabeza de esta nueva República” que se formaba en
las sierras del sudeste pampeano; para que no quedasen
dudas, el gobierno virreinal se comprometía a otorgarle
“el Título correspondiente”.130 Estos ejemplos muestran que
indígenas y cristianos reconocían las jerarquías y la orga-
nización de la otra sociedad, las proyectaban y se pensaban
reflejados en ellas.
A medida que ambas partes fueron convirtiéndose en
interlocutores políticos, no solo tuvieron que dominar la
lengua y equiparar simbólicamente su organización inter-
na, sino también comprender y adoptar ciertos símbolos y
rituales de la otra sociedad. Por ejemplo, las paces estable-
cidas en Laguna de los Huesos en 1770 se juramentaron
sobre las “Dos Majestades” del mundo hispánico, Dios y el
Rey. El cacique Lican-Nahuel se lo recordó al capitán de
blandengues de Luján al reprocharle el ataque inopinado
a una partida indígena, diciéndole: “No haríamos mucho
caso, de Dios ni del Rey, cuando la palabra que les habíamos
dado en nombre de ambos, la habíamos quebrantado sin
dar ellos motivo algo”.131 La acusación de quebrantar “la
palabra” era un motivo común en las relaciones estableci-
das entre españoles e indígenas. Un capitán de blandengues
opinaba sobre los indígenas: “En este Gentío no hay palabra
salvo que les tenga mucha cuenta”.132 En otra ocasión, el
cacique Linco-Pan, que respondía a Lorenzo, se presentó
en la frontera alegando: “[Ellos] no quieren, ni desean otra
cosa que permanecer en la legalidad, y buena armonía que
tienen ofrecido, esperanzados en que los Españoles harán
lo mismo”.133 De esta manera, los indígenas recuperaban
significantes coloniales como Dios, el rey, la “legalidad” y
130 AGN, Sala IX, Guerra y Marina, leg. 24-1-6, 17 de noviembre de 1790.
131 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Arrecifes, leg. 1-4-1, 29 de junio
de 1770. Subrayado en el original.
132 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 226-227, 6 de
abril de 1774.
133 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 29 de marzo de 1778.
74 • El Imperio desde los márgenes
la “buena armonía” para apuntalar la legitimidad del propio
argumento en las relaciones interétnicas. La insistencia en
el valor de la palabra denota la importancia que tenían los
juramentos y las lealtades personales en estas relaciones, así
como el recelo y la desconfianza que las caracterizaban.
Por último, no solo las palabras, sino también los gestos
eran significativos en la ritualidad política que rodeaba a las
tratativas entre españoles e indígenas. Por ejemplo, duran-
te la expedición hispano-indígena que siguió al tratado de
Laguna de los Huesos de 1770, el sargento mayor Manuel
Pinazo, rodeado de su oficialidad, recibió a los caciques
“aucas” en su campamento de la siguiente manera: “Se die-
ron las manos uno a uno hasta el último oficial, y retirán-
dose el comandante y dichos oficiales con los caciques, los
regaló”.134 Además de los consabidos obsequios y agasajos, el
gesto de que “uno a uno” se dieran las manos no era casual.
El mismo capitán que ofició de cronista de dicha expedición
diría unos años después: “Darse las manos […] es la mues-
tra de amistad entre ellos”, los indígenas.135 Determinados
símbolos y gestos, tales como Dios, el rey, la legalidad, la
buena armonía, el darse las manos y el valor de la palabra,
eran significantes culturales que circulaban en la fronte-
ra y otorgaban legitimidad en las situaciones de contacto.
Sus disímiles significados estaban dados por su diferencial
apropiación en virtud de la radical distinción y el enfrenta-
miento de ambas sociedades.
Los rostros de la violencia
La visión tradicional de la frontera suponía una guerra
permanente entre “indios” y “blancos”. El argumento cen-
tral era que los “indios”, organizados en bandas u hordas,
134 Hernández, Juan Antonio, op. cit., p. 38.
135 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 21 de junio de
1774.
El Imperio desde los márgenes • 75
habían sustituido la caza y la recolección silvestres por
la caza de ganado en pie. Una vez extinguido el ganado
cimarrón, comenzaron los malones sobre las estancias de
la frontera con el objetivo de arrear el ganado y tomar
mujeres cautivas. De esta manera, se calificaba a la violencia
indígena como irracional, congénita, depredadora, fruto del
salvajismo propio de su estadio de civilización. Las accio-
nes armadas de los “blancos” eran siempre respuestas a los
aleatorios y despiadados ataques indígenas, en una “guerra
de fronteras” sin cuartel en la que la “civilización” habría
necesariamente de imponerse. Gran parte de este cuadro
tradicional ha sido revisado por la renovación historio-
gráfica. En especial, se extendió el conocimiento sobre la
amplia gama de actividades económicas indígenas que les
permitía no depender del suministro de ganados mediante
la apropiación violenta. Sumado a ello, existía una diver-
sidad de formas de vinculación interétnica que incluían el
comercio, la diplomacia y todo tipo de contactos pacíficos.
Estos hallazgos obligan a repensar la violencia colectiva que
ejercían indígenas y cristianos sobre su enemigo radical.
Aunque una revisión de su significado profundo requeriría
un análisis caso por caso, una morfología de la violencia que
se cernía en la frontera puede ser trazada.
Entre españoles e indígenas, la violencia era bidirec-
cional y compartía algunas similitudes. La caballería era
central en la estrategia de ambos. La tecnología de guerra no
mostraba una rotunda superioridad de un bando sobre otro.
Los guerreros indígenas, por caso, llevaban cascos y cotas
de malla, de los que carecían los milicianos cristianos. Sus
principales armas eran las lanzas y chuzas, sables en algunos
casos, a los que se sumaban las boleadoras, en el caso de los
indígenas, y las armas de fuego y algo de artillería, en el caso
español. Estas se inutilizaban en caso de lluvia. En cambio,
decía el militar ilustrado español Félix de Azara con res-
pecto a las “bolas”: “[Son] un arma tan temible como las de
fuego y que quizás se adoptaría en Europa si la conociesen
76 • El Imperio desde los márgenes
[…] yo preferiría mandar a una caballería provista de bolas,
contra otra armada de espadas, o pistolas y corazas”.136
Las tácticas empleadas eran similares, y en ellas
predominaban el rodeo, la sorpresa y la emboscada al
enemigo. Los ataques sorpresivos al rayar el alba, la
incineración de viviendas, el saqueo de los despojos, los
arreos de ganado y la captura de personas eran prácticas
de guerra comunes.137 Además, cristianos e indígenas
vertían el elemento sobrenatural sobre el campo de
batalla. Por ejemplo, como las armas de fuego españolas
eran inútiles cuando había lluvias, los indígenas llevaban
en sus partidas a un adivino “sólo ocupado a pedir agua
a sus Dioses, para que imposibilitase prender fuego a las
Armas de los Cristianos”.138 Por su parte, en el malón de
1780, los cristianos creyeron ver la intervención de la
Virgen de Luján, que habría impedido el avance sobre la
villa. De acuerdo al cura párroco Cayetano de Roo, “el
instrumento de que se valió esta Santa Señora para que
sus enemigos no llegaren a su Santuario fue una densa
niebla que no les dejaba conocer el lugar ni Campo
por donde andaban”.139
La escala de los episodios de violencia colectiva
era inversamente proporcional a su frecuencia, siendo
los grandes malones o expediciones sobre las tolderías
acontecimientos más bien excepcionales. La frontera
era también ese término intermedio entre las últimas
guardias y el río Salado, un terreno que ninguno de los
dos conjuntos sociales había logrado controlar, al que
136 De Azara, Félix, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, Buenos
Aires, Editorial Bajel, 1943 [orig.: c. 1790], pp. 69-70.
137 Ver Quijada, Mónica, “Repensando la frontera sur argentina: concepto,
contenido, continuidades y discontinuidades de una realidad espacial
y étnica (siglos XVIII-XIX)”, Revista de Indias, vol. LXII, n.º 224, 2002, p.
114.
138 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 17 de
diciembre de 1780. Declaración del indio Alcaluan.
139 Registros parroquiales de Nuestra Señora de Luján, Libro de defun-
ciones, f. 102 vta., 28 de agosto de 1780.
El Imperio desde los márgenes • 77
los boyeros criollos llevaban sus ganados a pastorear y
donde las partidas indígenas “potreaban” sus manadas
de caballos. Esta convivencia generaba sus roces, como
cuando, a mediados de 1770, soldados blandengues ata-
caron a una partida de indígenas que se hallaba potrean-
do en las cercanías de Salto al amparo del tratado de paz
suscripto poco tiempo antes, mataron a cinco de ellos y
les arrebataron la tropilla. La ofensa fue tal que requirió
la intervención del propio gobernador y la remoción
del capitán de blandengues de Salto. En la primavera
de 1777, fueron los indígenas quienes mataron a un
boyero en el Saladillo (en las afueras de Rojas) y se
quedaron con los ganados a su cargo. En respuesta, los
oficiales milicianos organizaron una expedición sobre
la toldería y la atacaron de improviso, con un saldo
de cinco indígenas muertos y dos tomados cautivos. La
expedición recuperó la hacienda hurtada más otros 700
caballos en poder de los indígenas.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, los indí-
genas asaltaron a las tropas de carretas y arrias de
mulas que transitaban por la ruta cuyana con las cargas
de yerba mate, vinos y aguardientes, principalmente en
el sur cordobés –donde se registraron trece episodios
entre 1764 y 1785–140 y al norte de la jurisdicción
del Cabildo de Buenos Aires, donde detectamos siete
incursiones (cuadro 2). Este tipo de ataques era una de
las modalidades predilectas por los indígenas ya que
les proveía un jugoso botín a bajo riesgo. El viajante
Concolorcorvo describió su metodología:
Estos pampas, y aún las demás naciones, tienen sus espías,
que llaman bomberos, a quienes echan a pie y desarmados,
para que, haciendo el ignorante, especulen las fuerzas y pre-
venciones de los caminantes, tanto de caballería y recuas
140 Rustán, María Elizabeth, op. cit.
78 • El Imperio desde los márgenes
como de carretería y demás equipajes, para dar cuenta a sus
compañeros.141
Estas acciones requerían cierta logística, implicando
a decenas o cientos de guerreros, y a menudo conlleva-
ban niveles elevados de violencia. En 1773, por ejemplo,
una tropa de mulas que conducía aguardiente fue sor-
prendida en el paraje nombrado El Zapallar por unos
200 indígenas.142 En octubre de 1777, en el Saladillo
de Ruy Díaz, fue atacada la tropa de carretas en que
viajaba el presbítero Pedro Cañas junto a Blas Pedroza y
dos esclavos cautivados por el cacique Anteman. Según
la declaración posterior de Pedroza, unas 40 personas
perecieron en el episodio.143 Al mes siguiente, murieron
16 personas en el ataque a una tropa de carretas en el
Camino de las Petacas. Entre los despojos, se encon-
traron petacas144 rotas y vacías y una gran cantidad de
fardos de yerba enteros, pero también algunos rotos y
mermados, mientras que fueron abandonados los cajo-
nes de libros y un baúl con hierbas medicinales.145 En
1785, los indígenas asaltaron otra recua de mulas en el
Zapallar que venía de San Juan conduciendo aguardien-
te, vino y porotos; tres peones murieron en el episodio,
mientras que el capataz logró escapar.146
Algunas parcialidades parecían especializadas en
este tipo de ataques. Este fue el caso de los habitantes
141 Concolorcorvo, op. cit., p. 52.
142 AGN, Sala IX, 1-5-6, Comandancia de Fronteras. Pergamino, 28 de
septiembre de 1773.
143 Mayo, Carlos (dir.), op. cit., pp. 64 y ss.
144 Real Academia Española, “Petaca”, Diccionario de Autoridades
(1726-1739).
145 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Fontezuelas, leg. 1-4-4, f.
709, 5 de noviembre de 1777.
146 Comunicación del gobernador-intendente Rafael de Sobremonte con
el virrey marqués de Loreto, 6 de octubre de 1785. Citado en Villar,
Daniel y Juan Francisco Jiménez, “Un argel disimulado. Aucan y poder
entre los corsarios de Mamil Mapu (segunda mitad del siglo XVIII)”,
Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2005. Disponible en [Link]/3z6ekid.
El Imperio desde los márgenes • 79
del Mamül Mapu, cuyos líderes fueron perseguidos como
“corsarios públicos”. Según Daniel Villar y Juan Fran-
cisco Jiménez, las cargas de vinos y aguardientes eran
distribuidas por los caciques en los generosos festines
que tenían lugar luego de los saqueos. Otros ítems
como prendas de vestir, armas y objetos de culto se
distinguían por no poder ser adquiridos a través del
intercambio, por lo que su obtención y exhibición eran
una forma de expresar simbólicamente el éxito de sus
empresas bélicas y la excelencia de los líderes étni-
cos como guerreros.147 Los “rancacheles” de las Salinas,
según el excautivo Francisco Ovejero, tenían caballos
especiales para desplegar ataques relámpago sobre los
caminos en acciones que podían reunir a más de 400
guerreros. Con todo, los “rancacheles” no dependían
económicamente de estos asaltos. Una diversidad de
intereses caracterizaba a esta parcialidad. El joven cauti-
vo mencionó que sus captores criaban caballos, cabras y
ovejas. El árido paisaje que habitaban hacía que cavaran
profundos pozos para aguada de sus ganados.148 Solo
tras la prisión de su cacique principal Toroñan por parte
de las autoridades de la frontera, los “rancacheles” se
lanzaron decididamente al ataque.149
Si bien las consideraciones políticas no estaban
ausentes de los episodios de violencia más cotidianos de
disputa por los recursos, los malones y las expedicio-
nes sobre las tolderías requerían de acuerdos políticos
previos y la movilización de cientos de guerreros o
soldados. Estos ataques, si bien conllevaban los con-
sabidos arreos de ganado y la toma de cautivos por
ambas partes, respondían en primer lugar a decisiones
147 Villar, Daniel y Juan Francisco Jiménez, “Botín”, op. cit.
148 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 3 de mayo de 1781. Decla-
ración del excautivo Francisco Ovejero.
149 Villar, Daniel y Juan Francisco Jiménez, “Los indígenas”, op. cit.
80 • El Imperio desde los márgenes
políticas que buscaban modificar el curso de las rela-
ciones interétnicas.
En la primavera de 1770, tuvo lugar una expedición
hispano-indígena concertada entre el poder miliciano
en la frontera y una facción de los “aucas” encabezada
por Lepín Nahuel, cuyo objetivo era la eliminación de
los líderes y las tolderías rivales en la disputa por la
hegemonía en el mundo indígena y el posicionamien-
to de caciques “amigos” de los cristianos.150 Durante
la expedición, las milicias españolas y los contingentes
indígenas que las auxiliaban atacaron en primer lugar
a un potrero tehuelche, en el que dieron muerte a más
de cien varones indígenas, y se alzaron con un rico
botín ganadero de más de 4.000 cabezas. En segundo
lugar, dieron con la toldería del cacique “auca” Guayqui-
tipay. Cristianos e indígenas formaron en semicírculo
durante la madrugada y, con las primeras luces del día,
arreciaron sobre los toldos de Guayquitipay, en los que
se contaron 154 víctimas fatales, incluido el cacique,
y decenas de prisioneros. La toldería fue destruida y
entregada al “saco” de los soldados.
150 Alemano, María Eugenia, “La prisión”, op. cit.
El Imperio desde los márgenes • 81
Cuadro 2. Conflictos hispano-indígenas en la frontera de Buenos Aires
(1768-1784)
Fuente: elaboración propia con base en información recogida en AGN,
Sala ix, Comandancia de fronteras, legs. 1-4-4, 1-5-2, 1-5-3, 1-5-6.
Nota: entre las víctimas se distingue con (i.) las indígenas y con (c.)
las cristianas.
82 • El Imperio desde los márgenes
El gran malón de 1780 sobre Luján, concertado entre
“aucas”, tehuelches y “rancacheles”, tenía como motivo prin-
cipal “el haberse roto la paz con los Indios” por parte del
virrey Vértiz, quien el año anterior había rechazado un
pedido de paz de los caciques y tomado prisioneros a varios
de ellos. En agosto, más de 2.000 guerreros indígenas avan-
zaron en arco incendiando los puestos de estancia, dego-
llando a los varones adultos y raptando a las mujeres y los
niños que encontraban a su paso, contándose 101 víctimas
fatales directas, alrededor de 20 personas cautivas y miles
de cabezas de ganado arreadas.151 En esa oportunidad, los
indígenas amenazaron que “habrían de volver por el tiempo
de la siega, a quemar los trigos”, acción de devastación que
supera el mero pillaje económico.152
La violencia en la frontera fue endémica, una realidad
que no parece conmovida por la eventual suscripción de
tratados de paz. El número de víctimas habla por sí solo de
los límites de la convivencia interétnica. En el transcurso
de una década y media de episodios de violencia colectiva
en la frontera de Buenos Aires, se produjeron 949 víctimas
fatales de las que tenemos registro, de las cuales el 70 por
ciento corresponde a indígenas. Asimismo, se tomaron 549
prisioneros indígenas y 223 cautivos cristianos (cuadro 2).
Es tiempo de que la imagen del malón y las cautivas blancas
sea reemplazada por la realidad más frecuente de las inva-
siones coloniales a las tolderías y la captura de indígenas
para ser empleados como mano de obra forzada.
151 Registros parroquiales de Nuestra Señora de Luján, Libro de defunciones,
ff. 102-103, 28 de agosto de 1780.
152 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 28 de octubre
de 1780. Declaración del excautivo Mateo Funes.
El Imperio desde los márgenes • 83
Los cruzadores de frontera y la paradoja
de la identidad
Dentro de lo que consideraban su botín de guerra, cristia-
nos e indígenas apreciaban la toma de cautivos, rehenes y
prisioneros. Para los indígenas, los cautivos cristianos ser-
vían para rescatar a sus propios parientes prisioneros de la
sociedad colonial, canjearlos por mercancías en la frontera,
venderlos a otras parcialidades o como fuerza de trabajo
forzada. Las negociaciones de paz con Lorenzo Calpisqui
permiten conocer las múltiples funciones de los cautivos
y la magnitud del fenómeno. A Pedro Zamora, cautivo
de Calpisqui, se lo llevaron una madrugada de su casa en
Magdalena junto a su mujer y su hija prometiéndoles no
quitarles la vida. Pasó tres meses en las tolderías “aucas”
de las sierras del sudeste, donde vio a otros “doscientos”
cautivos en su misma situación. Cuando se enteró de que
Calpisqui quería mandar una persona a pedir las paces, el
cautivo Zamora se ofreció a bajar a Buenos Aires junto a
dos “chinas” que lo guiaran, a cambio de su libertad y la de
su familia. Para ello, Zamora debía además recuperar a dos
mujeres indígenas, parientas de Lorenzo, que estaban pre-
sas en la Casa de la Residencia y volver con algo de “yerba,
tabaco y cuentas de abalorio”.153 En el derrotero de Pedro
Zamora, se conjugan el valor para sus captores como pieza
de intercambio mercantil y como prenda e intermediario
en la negociación diplomática, destino que, por otro lado,
podían compartir cientos de sus correligionarios.
Los cautivos cristianos circulaban entre distintos “due-
ños”, tolderías y parcialidades. Una forma era mediante
trueques o compraventas. El excautivo Francisco Ovejero,
un peón de 25 años, declaró que, antes de lograr escaparse,
153 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, f. 309, 22 de
febrero de 1781. Declaración del cautivo Pedro Zamora.
84 • El Imperio desde los márgenes
fue vendido varias veces entre caciques “rancacheles”.154
Justa Fredes declaró que el cacique Negro la cautivó en
el malón a Luján de 1780 y luego la vendió a los “aucas”.
Otras veces los cautivos eran objeto de rapiña y forma-
ban parte del botín de un ataque sobre otra parcialidad.
Una vez devuelta a Buenos Aires, la esclava María Merce-
des declaró que primero la cautivó el cacique “auca” Zorro
Negro y luego, los tehuelches.155 Debido a esta circula-
ción, los excautivos resultaban informantes privilegiados y
eran interrogados minuciosamente cuando retornaban a la
sociedad colonial.
Al interior de la toldería, las personas cautivas res-
pondían al “amo” o guerrero que las cautivó y pasaban a
formar parte de su grupo doméstico. Su situación variaba
de acuerdo a sus condiciones de edad y género. Las muje-
res jóvenes podían llegar a ser desposadas por sus amos;
los niños eran educados a la manera indígena. Es pensable
que los cautivos gozaban de ciertos márgenes de sociabili-
dad y autonomía en las tolderías. Algunos formaban familia
y optaban por radicarse definitivamente en las tolderías.
Marcos Gómez, un pergaminense de 18 años, pudo obser-
var que había otros 20 cristianos en la toldería “rancachel”
en la que permaneció apresado por unos meses. Entre los
cautivos que conoció, dos se habían “connaturalizado” con
los indígenas, uno casado con una india, y otro, con otra
cautiva en las tolderías. Asimismo, el cautivo Mateo Funes
conoció en las tolderías de Lorenzo a otra prisionera lla-
mada Bernarda, natural de Buenos Aires, quien le contó
“que la llevaron los Indios pequeña, y que aunque después la
rescataron sus parientes, con un hijo que ya tenía, se volvió
a los mismos Indios”.156
154 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 3 de mayo de 1781. Declaracio-
nes de los excautivos Marcos Gómez y Francisco Ovejero.
155 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 30-1-1, 23 de agosto de 1781. Declara-
ciones de las ex cautivas Justa Fredes y María Mercedes (esclava).
156 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, ff. 212-213, 28
de octubre de 1780. Declaración del excautivo Mateo Funes.
El Imperio desde los márgenes • 85
Por su parte, mucha menos atención historiográfica
han recibido los cautivos indígenas tomados por la sociedad
colonial. Algunos caciques fueron tomados prisioneros por
las autoridades coloniales cuando se acercaban a la frontera
a comerciar o pedir la paz. Este fue el caso de los caciques
Flamenco (preso en el Zanjón en 1770), Toroñan (preso en
Luján en 1774) y Linco-Pagni, capturado en 1779 cuando
fue a Buenos Aires a solicitar la paz. Su destino eran la pri-
sión de Montevideo o el destierro a Malvinas. En las nego-
ciaciones de paz, las autoridades coloniales usaban solicitar
un pariente de cacique como rehén en las tratativas y garan-
tía de los acuerdos. Por ejemplo, en 1770 el gobernador de
Buenos Aires solicitó un “hijo de cacique” como garante de
la paz, el que sería bien tratado y educado en las costum-
bres cristianas. Pese a estas alentadoras palabras, el cacique
Lepín Nahuel envió a un sobrino suyo, disculpándose de
que no tenía hijos a quienes mandar.157
Las expediciones sobre las tolderías redituaban un rico
botín humano compuesto especialmente de mujeres y niños
indígenas. El itinerario de esta “chusma”158 es más incierto.
Algunos testimonios dan indicios de la utilización de los
cautivos indígenas como mano de obra forzada. En el caso
de las mujeres, eran enviadas a la Casa de la Residencia
en Buenos Aires, una especie de prisión para mujeres, y
luego eran repartidas para servicio doméstico de las casas
de sociedad porteñas.159 Este fue el caso de dos mujeres
“pampas” que fueron a parar a la casa de las hermanas Saya-
go en el Barrio del Alto. Víctimas de malos tratos, las dos
mujeres se fugaron a la frontera, donde se refugiaron en la
157 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 5 de mayo de
1770.
158 Se denominaba “chusma” a las mujeres, niños y ancianos indígenas que no
tomaban parte directa en los combates.
159 Ver Salerno, Natalia, “Cautivas indígenas. Abusos, violencia y malos tratos
en el Buenos Aires colonial”, en Alioto, Sebastián L., Jiménez, Juan Francisco
y Daniel Villar (comps.), Devastación. Violencia civilizada contra los indios de las
llanuras del Plata y sur de Chile (siglos XVI a XIX), Rosario, Prohistoria, 2018, pp.
237-257.
86 • El Imperio desde los márgenes
casa del maestre de campo Manuel Pinazo, al que se referían
como “cacique Pinazo”. A los pocos días, las Sayago fueron
a la casa de Pinazo a reclamar la devolución de las indias,
diciéndole “que eran suyas, y se les habían Huido”. Pinazo
estuvo de acuerdo, pero las indígenas se resistieron a ser
devueltas a la ciudad “dando a entender que las degollasen
primero porque las maltrataban”. Finalmente, las dos muje-
res “pampas” permanecieron en la frontera cuatro meses
hasta que volvieron a huir, esta vez a sus toldos.160
En cuanto a los muchachos, lo más probable es que
fueran repartidos entre los participantes de las expedicio-
nes, como aquel indiecito “auca” que el maestre de campo
Manuel Pinazo encontró perdido en la frontera: “Conside-
ro se ha Huido de los nuestros, de aquellos que trajeron
[los sargentos mayores] don Martín Benítez, y don Diego
Trillo de sus expediciones y dieron a los que los Acompaña-
ron”.161 Es decir, el “botín humano” también era una forma
de compensar lealtades. Es poco dudoso que los indígenas
que los oficiales de milicias “daban” a sus acompañantes
fueran empleados en las faenas rurales.
En las tolderías, los cautivos cristianos comenzaban
a confundirse con los soldados desertores, esclavos prófu-
gos y otros renegados de la sociedad colonial. El servicio
en las milicias no siempre generaba el consenso necesario
entre los campesinos. El propio gobernador Pedro Cevallos
reconoció en 1765: “[Es] conveniente no contar mucho con
ellos, porque la abundancia de caballos, y dilatada exten-
sión de la campaña les facilita la fuga, a que los incita su
repugnancia a la guerra”.162 Los soldados desafectos podían
fugarse a campo abierto, como aquellos milicianos que
160 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Cañada de Escobar, leg. 1-4-4, 10
de diciembre de 1779.
161 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Cañada de Escobar, leg. 1-4-4, 20
de mayo de 1779.
162 Archivo General de Indias, Audiencia de Buenos Aires (en adelante, AGI,
Buenos Aires), Fortificaciones, pertrechos de guerra y situados, leg. 525, 15
de diciembre de 1765.
El Imperio desde los márgenes • 87
desertaron en 1772 y andaban “a monte durmiendo en el
campo sin tener subsistencia en parte ninguna”,163 o asilarse
en las tolderías.
Debido a su unión a la causa de los indígenas, quienes
vivían entre ellos por propia voluntad eran considerados
“desertores”, merecedores del repudio de la sociedad colo-
nial. Esta era una especial preocupación de las autoridades
coloniales, ya que, por lo general, los cristianos aqueren-
ciados entre sus congéneres indígenas oficiaban de infor-
mantes, espías, traductores y guerreros en contra de los
intereses de la sociedad colonial. Por ejemplo, en 1777 las
milicias bonaerenses ultimaron a un “cristiano paraguayo”
que había oficiado de baqueano en una invasión. Asimismo,
un excautivo declaró que el malón de 1780 sobre Luján
fue guiado por un mulato “de los muchos que por gusto
[había] entre ellos”. Mateo Funes, cautivo en las tolderías de
Lorenzo, había visto allí a un “santiagueño” que participó
del malón de 1780 y “era muy matador de Cristianos”.164
Existía también quien estaba dispuesto a trasponer
la frontera por la simple percepción de un mejoramiento,
como le ocurrió al viejo Medina, excarretero de las Salinas,
quien se negó a volver a Buenos Aires “porque ahí [en las
tolderías] le iba bien…”.165 Una ocasión crucial para el tras-
vase de personas era durante las expediciones a Salinas. Así
lo declaró el comandante Manuel Pinazo, quien, no sin cier-
to orgullo, aseguró que “en ninguna expedición a Salinas le
han cautivado hombres, aunque sí desertaron voluntaria-
mente peones de carretas”.166 Por otro lado, el camino podía
ser el inverso, como en el caso de aquel “Indio mozo que
en la expedición pasada de Salinas salió diciendo quería ser
163 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Pergamino, leg. 1-5-6, 19 de
diciembre de 1772.
164 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 28 de octubre
de 1780. Declaración del excautivo Mateo Funes.
165 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 22 de febrero
de 1781.
166 AGN, Sala IX, Cabildo de Buenos Aires. Archivo, leg. 19-3-5, f. 560.
88 • El Imperio desde los márgenes
Cristiano”. El joven, luego de un breve período en Luján,
terminó por radicarse en Buenos Aires.167
La trasposición de la frontera combinaba en grados
diversos formas coercitivas y márgenes de autonomía per-
sonal. Se trataba de casos individuales, y en general com-
portaba cierta ritualidad para su acogimiento en la sociedad
receptora. El caso de dos muchachos indígenas reclamados
por sus parientes ilustra esta dinámica. En 1784, en ple-
nas negociaciones de paz con las autoridades virreinales, el
cacique Catumillan solicitó la restitución de sus sobrinos
Calisteo y Coloneo, de 20 y 7 años de edad respectivamen-
te, quienes habían sido cautivados en la última expedición
española. Desde la Casa de Reclusión donde estaban inter-
nados, informaron que el menor de ellos, Coloneo, no podía
ser devuelto porque “el chinito está Cristiano de agua, y
óleos y se le puso por nombre Juan Joseph”. Para los indí-
genas solicitantes, el argumento debía tener cierta validez,
ya que reclamaron que por lo menos se les devolviera a
Calisteo (el muchacho de 20 años), alegando que este no
estaba bautizado.168 Como vemos, el bautismo fue conside-
rado un impedimento para que el pequeño Coloneo/Juan
Joseph volviera a cruzar la frontera.
Un caso característico es el del cacique “rancachel”
Guchu-lepe, quien fue preso en 1772 y enviado a las islas
Malvinas, donde permaneció confinado hasta 1775, cuan-
do, merced a sus servicios de informante, obtuvo su salvo-
conducto a Buenos Aires, donde se alojó en casa del sargen-
to mayor Bernardo Lalinde. El maestre de campo Manuel
Pinazo informó sobre él: “En Malvinas se ha cristianado […]
ahora se llama Juan”. En aquel momento, teniendo la opción
de regresar a las tolderías, Guchu-lepe solicitó a las autori-
dades coloniales quedarse a vivir en la Capital, adonde pidió
167 AGN, Sala IX, Comandancia de Fronteras. Cañada de Escobar, leg. 1-4-4, 11
de diciembre de 1779.
168 AGN, Sala IX, Comandancia General de Fronteras, leg. 1-7-4, 18 de octubre
de 1784.
El Imperio desde los márgenes • 89
que se le llevara a su mujer y a su hijo, “y si fuese posible
a toda su gente”, alegando que, ahora que era cristiano, no
quería “ir al Campo”. El entonces gobernador Juan Joseph
de Vértiz avaló la solicitud de Guchu-lepe/Juan para que se
quedara “para vivir como Cristiano”.169
Los cruzadores de fronteras (cautivos, prisioneros,
desertores, renegados y conversos) encierran la paradoja de
su propio periplo vital. Salidos de su mundo conocido en
circunstancias extraordinarias, experimentan una recom-
posición de su identidad personal que los enfrenta a su
pasado. Más que forjadores de un nuevo mundo mestizo,
los cruzadores de frontera señalan la brecha que separa a
dos mundos enfrentados.
Conclusiones
En primer lugar, hemos analizado los procesos que llevaron
a la articulación, a mediados del siglo XVIII, de una frontera
de intercambio y conflicto a nivel regional entre la sociedad
colonial y el mundo indígena independiente. Durante los
siglos XVII y XVIII, los confines del espacio colonial bajo
dominio español, así como las dilatadas pampas al Este de la
cordillera andina, funcionaron como una válvula de escape
social y política. Tanto las corrientes colonizadoras tem-
pranas, como el inicio de la llamada “araucanización” de
las pampas respondieron a sendos procesos de “descarga
política” de sus territorios de origen. Durante la segunda
mitad del siglo XVIII, la jurisdicción rural de Buenos Aires
y el área arauco-pampeana circundante experimentaron
un sustantivo crecimiento demográfico producto tanto del
crecimiento vegetativo de la población, como de intensos
procesos migratorios desde la cordillera hacia las pampas
y desde el llamado “interior” rioplatense hacia los campos
169 AGN, Sala IX, Teniente de Rey, leg. 28-9-3, 19 de junio y 5 de julio de 1775.
90 • El Imperio desde los márgenes
del sur del virreinato. Estas migraciones se desarrollaban
“en cadena” a partir de las estructuras de parentesco que las
precedían y habilitaron la formación de aglomeraciones de
hasta 500 habitantes en las tolderías más grandes y en los
pueblos rurales que se fueron formando en la frontera.
Las poblaciones de la frontera se incorporaron a las
redes mercantiles que articularon –tanto del lado indígena
como colonial– un corredor bioceánico que conectaba los
mercados locales con los regionales y, a través de ellos, con
los mercados mundiales en formación. En la frontera, estas
conexiones mercantiles se sustentaron en la circulación de
metálico, en la ampliación del consumo mercantil de indí-
genas y sectores populares rurales, en un intenso comer-
cio interétnico –que abarcaba una pluralidad de actores y
escenarios– y en las especializaciones productivas, tanto
coloniales como indígenas, desarrolladas para abastecer los
circuitos comerciales. Dentro de la sociedad indígena, la
captación de bienes provenientes del otro lado de la fron-
tera se convirtió en un recurso primordial en la estrategia
de poder de los caciques. Para los indígenas, existían otras
formas, además del comercio interétnico, de abastecimiento
de bienes y mercancías, tales como el intercambio de obse-
quios entre autoridades, la entrega de raciones a los “indios
amigos” y la consecución de botines de guerra durante los
malones o mediante la piratería terrestre. Estas vías de cir-
culación se entrelazaban formando un continuum dentro de
las estrategias redistributivas de los caciques.
Resulta necesario destacar que la violencia en la fron-
tera era bidireccional y multicausal. Ambas sociedades eran
capaces de emprender acciones ofensivas de envergadura
que, si bien redituaban un jugoso botín ganadero y humano,
tenían motivos políticos más o menos explícitos, tales como
vengar un líder preso o muerto, eliminar a los enemigos
políticos de una alianza o forzar negociaciones de paz. Así
ocurrió en el caso de la expedición hispano-indígena lanza-
da en 1770 contra “aucas” y tehuelches, y en el gran malón
de 1780 sobre los pagos de Matanza y Luján. Por otro
El Imperio desde los márgenes • 91
lado, si bien los asaltos indígenas a las tropas de carretas
y recuas de mulas que circulaban por la ruta Cuyo-Buenos
Aires tenían como objetivo táctico la apropiación directa
de mercancías y personas, el botín era utilizado política-
mente para consolidar clientelas y reafirmar liderazgos, a la
vez que motivos ideológicos anti-winka acompañaban esta
práctica guerrera. Por su parte, las milicias coloniales tam-
bién llevaban a cabo ataques relámpago sobre las tolderías
más cercanas a la frontera que, a título de escarmiento bajo
dudosas acusaciones, buscaban apropiarse de mercancías,
ganados, mujeres y niños indígenas.
Por otro lado, los llamados “tratados de paz” no siem-
pre se trataban de simples armisticios, sino que en ocasiones
implicaban una serie de acuerdos y alianzas que compro-
metían a las autoridades milicianas de la frontera con los
caciques involucrados en disputas hegemónicas internas.
Este fue el sentido principal de la “paz” acordada en Laguna
de los Huesos en 1770, que permitió la expedición hispano-
indígena posterior. Por último, el largo camino a la paz
acordada en Cabeza de Buey en 1790 no solo implicó un
intenso proceso diplomático entre las autoridades virreina-
les y el “cacique principal” de las pampas, sino también la
eliminación y el amedrentamiento de los líderes y las par-
cialidades indígenas más renuentes a los acuerdos. El trata-
do suscripto en aquel momento representó una innovación
por el reconocimiento de los indígenas como “nación” y de
su territorialidad en el sudeste pampeano. Asimismo, el tra-
tado sancionó y consolidó la entrega de regalos y raciones a
las parcialidades indígenas “amigas”, política que durante el
siglo XIX tendría un largo derrotero.
En todo caso, puede considerarse que la multiplicidad
de formas de la violencia en la frontera era la forma que
asumía una guerra entre dos enemigos políticos enfrenta-
dos por el territorio. Para unos, del otro lado de la frontera
se hallaba el winka invasor frente a quien se erigía la “gente
verdadera” (reche) o, más adelante, haciendo más explícito
el motivo territorial, la “gente de la tierra” (mapuche). Para
92 • El Imperio desde los márgenes
los cristianos, las poblaciones indígenas eran “infieles”, un
estatus axiológicamente más bajo que el de paganos ya que,
conociendo la existencia del Evangelio, se declaraban en
rebeldía frente a él. De esta manera, la expansión territorial
adquiría el espíritu de las cruzadas y la reconquista ibéri-
ca y se legitimaba en la obra de Dios. En otras palabras,
sobre el trasfondo de elementos de la cultura material y
del universo simbólico que circulaban a ambos lados de la
frontera, los procesos identificatorios encarnados por las
poblaciones definieron una forma binaria de distinguirse
mutuamente que encubría ideológicamente la disputa terri-
torial fundamental.
Sobre esta dinámica de intensa vinculación y radical
enfrentamiento, se desplegarían procesos de etnogénesis
y construcción política en el mundo indígena arauco-
pampeano, como así también la construcción estatal y la
cristalización de identidades territoriales en la sociedad
colonial. A este último proceso, se abocan los siguientes
capítulos para el caso de Buenos Aires entre mediados del
siglo XVIII y el fin de la dominación borbónica, donde la
frontera fue el haz de unión entre la ciudad y su entorno
rural y arena de confrontación del proyecto imperial bor-
bónico y unos muy definidos intereses locales.