La duda
(M onólogo)
Ana Amparo M illás M ascarós
PERSONAJE
JUAN.
JUAN.- (Hablando por el teléfono móvil.) Sí, cariño...
Sí… No te preocupes y pásalo bien… Sí, ya he visto que
me has dejado la cena en el microondas… No tenías que
haberte molestado… ¡M uy simpática!… (Molesto, corta
la comunicación y se guarda el móvil en el bolsillo.)
Creo que estarán de acuerdo conmigo en que las mujeres
son un raro misterio… La mía, últimamente, debe andar
maquinando qué hacer conmigo… Sí, como lo oyen...
Hace unos días tuvo un arrebato y, desde ese momento,
tengo la sospecha de que intentó deshacerse de mí… No,
no crean que únicamente es una forma de hablar. No, qué
va… Les voy a contar el caso para que lo vean más
claro…
Trabajo en un taller mecánico y, además de acabar
reventado, muchas veces llego a casa con más grasa en las
manos que los voluntarios que se afanan recogiendo el
fuel vertido por el puñetero Prestige, y que acabó
estrellándose ante la Costa da M orte…
Bueno, a lo que iba. (Pausa.) La otra noche, apenas puse
un pie en el salón, allí estaba Ana de punta en blanco
esperándome para salir a cenar… M alditas las ganas que
yo tenía de hacerlo... A bocajarro me dijo: (Imitando la
voz de su mujer.) «Ponte las pilas que la reserva es para
las diez»… Se puso hecha una fiera por la cara de idiota
que se me debió quedar… ¡Reserva! ¿Qué reserva?…
¡Vaya marrón!… Habíamos quedado con unos amigos
para celebrar su aniversario de boda, y yo lo había
olvidado… Acababa de cometer un crimen imperdonable
porque, según ella, no podíamos hacerles el feo de no
asistir… Con buenos modos, le pedí que les llamara y nos
disculpara alegando que estaba enfermo… Como ya
pueden suponer, de nada sirvió mi sugerencia… Ella, erre
que erre, continuó en sus trece... No estaba dispuesta a
mentir, y mucho menos por mí que nunca me sacrifico por
ella… (Pausa.) M e tiró en cara que hacía meses que no
salíamos… Claro está que el culpable de ese hecho, como
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de tantos otros, únicamente era yo… Llegados a este punto
su furia se acrecentó. Cayó en la cuenta de que aquella
noche retransmitían un partido de liga y me montó un
poyo de cuidado… (Imitándola.) «Si tuvieras cuarenta de
fiebre te excusaría pero, que me dejes plantada por un
partido es una ofensa»… Y, como yo todavía no había
metido la pata lo suficientemente hondo, no se me ocurrió
otra cosa que alegar que ése no era el motivo… Tuve la
brillante idea de decirle que me dolía la cabeza y a ella le
faltó tiempo para tildar mi excusa de lamentable y poco
imaginativa: (Imitando la voz de ella.) «¡No me vengas
con milongas! Seguro que escucharás el partido, con el
sistema "prologic-sorraund" a toda caña»… (Irónico.) ¿Es
que se puede escuchar de otra forma, cariño? M e atreví a
argumentar… ¡Dios, cómo se me ocurrió replicarle!…
Acto seguido me lanzó un ultimátum: «Está bien, tú ganas.
Ya que así lo prefieres, quédate a ver como un puñado de
"tíos" pierden el culo por pegarle patadas a un balón»…
No me lo podía creer, se había acabado la discusión y me
iba a dejar tranquilo… ¡Error!… Creí que aquello se había
acabado y estaba listo… Se encaminó hacia la puerta de la
calle y osé preguntar, únicamente por cortesía: ¿Dónde
vas?… ¡Tonto de mí!… Le proporcioné el pie para que me
diese la puntilla: «A partir de hoy todo va a cambiar»…
¿Qué iba a cambiar? ¿Acaso desde ese día discutiríamos
por teléfono?… Enseguida ella resolvió mi duda:
«Todavía no tengo decidido qué voy a hacer de ahora en
adelante, pero de momento, me voy a cenar con nuestros
amigos»… Juro, que casi pego un brinco de contento y eso
hubiese sido lo más correcto… ¡La tele para mí sólo,
pensé! Pero, en lugar de hacerlo, la desafié… ¡No serás
capaz!… Doble error por mi parte… «Qué poco me
conoces»… M e replicó muy ufana… (Aseverando.)
¡Nada, lo puedo jurar! No la conozco nada… Iba
embalada y aprovecho la ocasión para darme un buen
repaso… Comenzó tirándome en cara mi egoísmo y mi
falta de tacto… (Imitándola.) «Quiero que sepas que para
celebrar mi próxima emancipación, esta noche pienso
disfrutar de todo lo que esta quiera depararme»… Aquello
me sonó a infidelidad pero, seguro de que tan sólo se
trataba de una bravuconada, lejos de contenerme, continué
tirando con bala… Oye, Ana ¿eso de la emancipación
tiene algo que ver con el divorcio?… ¿Qué dije?… (Al
público.) Lo acaban de oír, ¿no? Lo dije usando esas
mismas palabras… Pues a ella le sentó como una
bomba… (Imitando la voz femenina.) «¡No seas
simple!… Por el momento, lo único que pienso es pasar de
tus tonterías futboleras y disfrutar de la velada»… M e
había «asustado»… Porque la verdad es que resultaría un
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número explicarle a todo el mundo que íbamos a pedir el
divorcio alegando incompatibilidad de aficiones, y así se
lo dije... ¡Tercer error de la noche!… Su respuesta me dejó
helado: «M ejor que ahora te lo tomes a pitorreo. Quizás,
más pronto de lo que piensas tendrás otros motivos más
"graves" que alegar»… ¿Qué quiso decir con aquella frase
digna de la más mala de la película? (Pausa.) Después de
aquellas inquietantes palabras, se marchó dejándome más
plantado que un «ninot» de falla valenciana… Al rato de
estar viendo el partido llamaron a la puerta… ¡Qué suerte
la mía!… Estaban haciendo promoción de una nueva
pizzería en el barrio y un repartidor me obsequió con una
pizza… Empezada la segunda parte y, absorto en una
magnífica jugada de mi equipo, distraídamente, cogí una
generosa porción, que me llevé directamente a la boca…
Al mismo tiempo que marcaban… M e atraganté… M e
faltaba el aire, no podía respirar con normalidad… ¡Joder!
La maldita pizza llevaba anchoas y yo les tengo una
alergia tan galopante que inmediatamente me salen
ronchas por todo el cuerpo y me ahogo…(Pausa.)
Hasta aquí parece una simple anécdota. Y así habría
quedado también para mí de no ser porque, al día
siguiente, Ana, con un deje de ironía, me preguntó que tal
me sentó la cena… En ese momento no le di importancia
pero, más tarde, la pregunta no cesaba de darme vueltas en
la cabeza. (Pausa.) Comencé a sospechar en la posibilidad
de que, a sabiendas de mi alergia y a modo de venganza,
ella me hubiese enviado la pizza… Y en ese supuesto, la
mala pécora esa noche, maliciosamente, trató de
envenenarme… ¡Claro que esto no es más que una
suposición mía!… (Pensativo, hace una pausa.)
¡En fin, ya ven!… (Buscando el consenso del público.)
¿Tengo, o no tengo motivos para dudar de su intento por
finiquitarme?… ¿Todavía no lo ven con claridad?…
¿Piensan que todo son aprensiones mías?… Entiendo…
(Pausa.) Bien, ¡quizás esto les ayude a decidirse!…
Recordarán que antes, cuando hablé con ella por teléfono,
la califiqué de «simpática» tras decirle que no debía
haberse molestado preparándome la cena… El apelativo
obedecía a que su réplica, de nuevo me dejó «mosca»:
(Imitando a la mujer.) «Cariño, de ninguna manera podía
permitir que te arriesgases comiendo pizza»…
(Telón.)
FIN