DRAMATIZACIÓN LA HUIDA A EGIPTO.
Personajes:
Rey Herodes (David Silva)
Melchor (Mauricio Mayorga)
Gaspar (David Espinoza)
Baltazar ( ).
José ( ).
María y Jesús ( ).
Soldado (Mateo Chávez).
Siervo del rey ( ).
Sacerdote ( )
Ángel del Señor. (Valentina Tello).
Drama basado en el libro de Mateo, capitulo 2 y versos desde el 1 al 23
NARRADOR: Después que Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, unos magos
llegaron del oriente a Jerusalén
Herodes: Día y noche, todo el tiempo brilla esa estrella, la estrella del Mesías, del Rey de los judíos.
¡Tonterías de la gente! ¡Yo soy Herodes, …ver más…
Y quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para matarlo".
José: María, María, despiértate, un ángel de Dios me ha dicho que huyamos, Herodes buscará a
nuestro hijo para matarlo, tenemos que huir ahora aunque aun es de noche,
María: si José obedeceremos la voz de Dios y huiremos a tierras lejanas, haremos todo para que
Jesús este bien.
Narrador: Entonces José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Y estuvo
allá hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: "De
Egipto llamé a mi Hijo".
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Narrador: mientras tanto en el palacio, Herodes que esperaba impaciente el regreso de los magos,
se dió cuenta de que no volvían….
Herodes: No!! Ya ha pasado el tiempo y los sabios no volvieron. Estos magos se han burlado de
mi!! Estoy seguro que encontraron al Rey. Estoy muy enojado!! Esto no puede ser posible, yo soy el
único Rey de los Judíos, no hay otro más y no lo habrá! Voy a hacer algo para que nadie me quite
mi trono!!. Guardias, guardias!!
Soldado: Señor! Nos llamaste?
Apenas marcharon los Magos de Belén, cuando un ángel del Señor se apareció en sueños a José y
le dijo: levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga,
porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (M t 2, 13). En un instante, la alegría de la Virgen
por la visita de aquellos personajes, que habían reconocido en su Hijo al Mesías, se trocó en dolor
y angustia. Era bien conocida la crueldad del viejo rey de Palestina, siempre temeroso de que
alguien le arrebatara el trono; por eso había hecho asesinar a varios de sus hijos y a otras personas
que podían hacerle sombra, como consta por diversas fuentes históricas. El peligro, pues, era
grande; pero Dios tenía unos planes de salvación que no podían dejar de cumplirse por la ambición
y la iniquidad de un tirano. Sin embargo, el Señor no obra milagros llamativos: cuenta con la
correspondencia de sus criaturas fieles. Por eso, los Magos, después de recibir en sueños aviso de
no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino ( Mt 2, 12).
También José se comportó con extrema docilidad. En cuanto recibió el aviso divino, se levantó,
tomó de noche al Niño y a su Madre y huyó a Egipto ( Mt 2, 14). Comenzaba la primera de las
persecuciones que Jesucristo había de sufrir en la tierra, a lo largo de la historia, en sí mismo o en
los miembros de su Cuerpo místico.
Existían dos itinerarios principales para ir a Egipto. Uno más cómodo, pero también más
frecuentado, descendía por la orilla del Mediterráneo y atravesaba la ciudad de Gaza. El otro,
menos utilizado, pasaba por Hebrón y Bersabé, antes de atravesar el desierto de Idumea e
internarse en el Sinaí. En cualquier caso, se trataba de un viaje largo, de varios centenares de
kilómetros, que debió de durar de diez a catorce días.
En Hebrón o en Bersabé (situada esta última ciudad a 60 kilómetros de Belén), debieron de
comprar provisiones antes de afrontar la travesía del desierto. Es probable que, en esta parte del
viaje, se incorporaran a alguna pequeña caravana, pues hubiera sido casi imposible hacerlo ellos
solos: el calor agobiante, la falta de agua, el peligro de bandidos, lo hacían absolutamente
desaconsejable. El historiador Plutarco narra que los soldados romanos que, en el año 155 antes
de Cristo, realizaron esa travesía para combatir en Egipto, temían más afrontar las penalidades del
desierto que la guerra que se disponían a pelear.
Dios tenía unos planes de salvación que no podían dejar de cumplirse por la ambición y la
iniquidad de un tirano. Sin embargo, el Señor no obra milagros llamativos: cuenta con la
correspondencia de sus criaturas fieles.
La tradición supone —y es lógico que fuera así— que María, con el Niño en brazos, cabalgaba
sobre un jumento, al que José conduciría por el ronzal. Pero la fantasía de los escritos apócrifos
hizo florecer numerosas leyendas sobre este episodio: palmeras que extienden sus copas para
ofrecer una sombra a los fugitivos, fieras que se amansan, salteadores que se tornan humanitarios,
fuentes de agua que aparecen de improviso para aliviar la sed... Se hace eco la piedad popular en
cuadros y composiciones poéticas, con el laudable fin de resaltar el cuidado de la Providencia
divina. La verdad es que se trató de una huida en toda regla, en la que, a los sufrimientos físicos, se
acompañaba el temor de ser alcanzados en cualquier momento por algún pelotón de soldados.
Sólo cuando llegaron a Rhinocolura, en la frontera de Palestina con Egipto, pudieron sentirse más
tranquilos.
Mientras tanto, en la pequeña aldea de Belén se consumaba la matanza de un grupo de niños
menores de dos años, arrancados de los brazos de sus madres. Se cumplió entonces —anota San
Mateo— lo dicho por medio del profeta Jeremías: "Una voz se oyó en Ramá, llanto y lamento
grande: es Raquel que llora por sus hijos, y no admite consuelo, porque ya no existen" ( Mt 2, 18).
Se trata, indudablemente, de un pasaje de difícil comprensión, que a veces ha sido piedra de
escándalo para muchos: ¿cómo Dios puede permitir el sufrimiento de los inocentes, especialmente
si son niños? La respuesta a esta pregunta se apoya en dos puntos firmes: Dios no trata a los
hombres como marionetas, sino que respeta su libertad, también cuando se empeñan en hacer el
mal; al mismo tiempo, con su Sabiduría y su Providencia, sabe sacar, del mal, el bien. Dios escribe
derecho con los renglones torcidos de los hombres. De todas formas, sólo a la luz del sacrificio de
Cristo en la Cruz se esclarece este enigma. La Redención se ha obrado por medio del sufrimiento
del Justo, del Inocente por excelencia, que desea asociar a los hombres en su sacrificio.
La tradición no es unánime sobre el lugar de residencia de la Sagrada Familia en Egipto: Menfis,
Heliópolis, Leontópolis..., pues en el amplio delta del Nilo florecían muchas comunidades judías. Se
integraron en una de ellas como unos emigrantes más, y allí José encontraría un trabajo que le
permitiera sustentar dignamente, aunque pobremente, a su familia. Según los cálculos más
comunes, vivieron en Egipto al menos un año, hasta que de nuevo un ángel anunció a José que ya
podía regresar a Palestina.
Fueron meses de trabajo escondido y de sufrimiento silencioso, con la nostalgia de la casa
abandonada y, al mismo tiempo, con la alegría de ver crecer a Jesús sano y fuerte, lejos del peligro
que le había acechado. A su alrededor contemplaban mucha idolatría, tantas figuras de dioses
extraños con rasgos de animales. Pero María sabía que también por aquellas gentes había venido
Jesucristo al mundo, también ellos eran destinatarios de la Redención. Y la Virgen los abrazaba en
su corazón maternal.
Este episodio sólo se cita en el Evangelio de san Mateo (2:13-15) y en apenas unas líneas: «Partido
que hubieron [los Magos], el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate,
toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a
buscar al niño para matarlo”. Levantándose de noche tomó al niño y a la madre y se retiró hacia
Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes». El propio Mateo admite que este tema es
la justificación de la profecía de Oseas (11:1): «De Egipto llamé a mi hijo», palabras pronunciadas
por el Señor a través de su profeta, cuyo sentido fue interpretado de manera equivocada por el
evangelista, ya que no se referían a Jesús, sino al pueblo de Israel liberado de la esclavitud de
Egipto por el Señor. Los Evangelios apócrifos y la Leyenda Dorada adoraron el escueto relato de san
Mateo, enriqueciendo el tema con numerosas invenciones: el prodigio de las espigas, el ataque de
los bandidos, el milagro de la palmera y la caída de los ídolos de Egipto.
La representación que aparece en este lienzo posee todos los elementos tradicionales, la Sagrada
Familia, el asno que sirve de montura a la Virgen y el Niño, los ángeles que indican y protegen el
camino... pero en él quizás también exista una alusión a la versión relacionada con la caída de los
ídolos, porque en la zona superior izquierda, en el extremo del lienzo, el artista parece esbozar una
forma sobre un pedestal que, en el entorno paisajístico en que se desarrolla la escena, sólo se
puede explicar como una alusión a esa variante del tema.