Viruela
Apodada “el ángel de la muerte”, se estima que, antes de la era de la vacunación, en el
siglo XIX mató a una de cada doce personas en el mundo. Era, además, una enfermedad
particularmente desagradable, pues tendía a atacar la cara y, si no mataba a sus víctimas,
las dejaba marcadas de por vida o ciegas. Con un período de incubación de entre 7 y 17
días, sus primeros síntomas producían fiebre alta y fatiga. Luego se manifestaba con su
característica erupción violenta.
Causado por el virus Variola, este mal azotó el planeta durante milenios. Los primeros
brotes aparecieron hacia el siglo V a. C. en las primeras concentraciones de población
surgidas en las cuencas del Tigris y el Éufrates, en Mesopotamia. Unos dos mil años
después, ya se había propagado hacia el valle del Nilo, en Egipto.
Este fue especialmente cruel en América, adonde llegó de la mano de los conquistadores
españoles y portugueses. El virus fue clave en la caída de los imperios azteca e inca, al
provocar el derrumbe demográfico de las vulnerables poblaciones nativas. Asimismo,
exterminó a gran número de indígenas del norte de forma intencionada. Uno de los
episodios más trágicos, considerado precursor de la guerra biológica, tuvo lugar en el fuerte
Pitt (actual Pittsburgh, en Pensilvania) en 1763, cuando las tropas británicas, dirigidas por el
mariscal Jeffrey Amherst, distribuyeron a los indios mantas impregnadas con el virus.
La primera victoria significativa en la larga lucha contra la viruela se dio gracias a la
inoculación, una práctica que inmunizaba a las personas que no habían contraído la
enfermedad. Consistía en introducir en el cuerpo sustancias infectadas mediante una
lanceta, tras realizar un corte sobre la piel o en una vena. Aunque efectiva, esta técnica
rudimentaria conllevaba riesgos como que el receptor desarrollara la enfermedad (aunque la
probabilidad era baja, de un 3%).
La inoculación ya estaba extendida en el Viejo Continente cuando, a finales del siglo XVIII,
el cirujano inglés Edward Jenner vacunó al hijo de su jardinero con muestras de pústula de
una lechera que se había infectado con el virus de la viruela bovina. Aunque muy similar a
la viruela humana, esta variante era mucho más suave. Jenner quiso comprobar con este
experimento si era cierta la creencia según la cual las ordeñadoras que habían pasado la
benigna viruela bovina quedaban protegidas de la maligna. En efecto, el niño quedó
inmune.
Este descubrimiento marcó el inicio de la era de las vacunas. La inmunización con viruela
bovina era una técnica relativamente fácil de realizar, no ocasionaba riesgo de muerte ni era
foco de contagio. Pese a sus ventajas, encontró resistencia tanto por parte de médicos
celosos del éxito de Jenner como de la Iglesia y de grupos antivacunas, que lo
consideraban un sistema contranatura.
A principios del siglo XX, la viruela había dejado de ser endémica en gran parte de la
Europa continental. Se erradicó de la Unión Soviética en 1936; de [Link]., en 1949; de
China, en 1961... Pero persistía en África y Asia. Solo un esfuerzo a nivel internacional
podría borrarla del globo. En 1967, la OMS puso en marcha el Programa de Erradicación de
la Viruela.
La estrategia de la OMS combinó campañas de vacunación, información y vigilancia con
medidas de prevención para contener los focos epidémicos. Los archivos digitales de la
organización guardan instantáneas de aquel proyecto: fotografías de vacunaciones en los
lugares más remotos, desde las montañas de Afganistán hasta las selvas de Brasil o los
estuarios de Bangladesh. Tras una década de lucha, se llegó por fin hasta Ali Maow Maalin,
el último eslabón natural de la enfermedad.