El Buscon
El Buscon
Quevedo, Francisco de
Novela
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HISTORIA DE LA VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS, EJEMPLO DE VAGAMUNDOS Y ESPEJO
DE TACAÑOS
FRANCISCO DE QUEVEDO
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LIBRO PRIMERO:
CAPÍTULO I: EN QUE CUENTA QUIÉN ES EL BUSCÓN.
Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo
pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque
eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él
era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según
él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego
de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no
era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y
sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo
muy buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos,
porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por
quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas
lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros.
Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua
levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a
su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le
dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos las
voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que
hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio
abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de
buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más
que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle
doscientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla.
Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con
las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo
colorado.
Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió,
decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía, no sin
sentimiento:
-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros puestos, y
los más en un día mismo amanecidos y puestos.
Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo canas,
empreñaba piernas con pantorrillas postizas. Y con no tratarla nadie que se le cubriese
pelo, solas las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba quijadas con
dientes; al fin vivía de adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban
zurcidora de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros, juntona;
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cuál la llamaba enflautadora de miembros y cuál tejedora de carnes y por mal nombre
alcahueta. Para unos era tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos.
Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.
Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el
oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito, nunca me
apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:
-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.
Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos:
-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces
nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos
cuelgan…, no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo,
acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que
donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró la
buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen
cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro.
Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por
pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis
negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me
ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado
a tu madre lo más honradamente que he podido.
-¿Cómo a mí sustentado? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a vos, y
sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero. Si no
confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba? ¡Gracias a
mis botes! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera lo de cuando
entré por la chimenea y os saqué por el tejado.
Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con mis
buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer
ni escribir no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un
rato entre los dos. Mi madre se entró adentro y mi padre fue a rapar a uno (así lo dijo
él) no sé si la barba o la bolsa; lo más ordinario era uno y otro. Yo me quedé solo,
dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.
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CAPÍTULO II: DE CÓMO FUE A LA ESCUELA Y LO QUE EN ELLA LE SUCEDIÓ.
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En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se
llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los
peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que
él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y
entreteníale siempre. Así que los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le
regocijaba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar y
aun a dormir los más días.
Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo
por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de
confeso, que el don Dieguito me dijo:
-Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo, llaméle Poncio Pilato. Corrióse tanto el hombre que
dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de suerte que fue forzoso
meterme huyendo en casa de mi maestro dando gritos. Entró el hombre tras mí y
defendióme el maestro de que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así
luego (aunque señora le rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no aprovechó),
mandóme desatacar y azotándome, decía tras cada azote:
-¿Diréis más Poncio Pilato?
Yo respondía:
-No, señor.
Y respondílo veinte veces a otros tantos azotes que me dio. Quedé tan
escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que mandándome el día
siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo (advierta V.
Md. la inocente malicia), al tiempo de decir «padeció so el poder de Poncio Pilato»,
acordándome que no había de decir más Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio
de Aguirre». Dióle al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que le
había tenido, que me abrazó y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos
primeras veces que los mereciese. Con esto fui yo muy contento.
En estas niñeces pasé algún tiempo aprendiendo a leer y escribir. Llegó (por no
enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen sus
muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos. Echamos suertes entre doce señalados
por él y cúpome a mí. Avisé a mis padres que me buscasen galas.
Llegó el día y salí en uno como caballo, mejor dijera en un cofre vivo, que no anduvo
en peores pasos Roberto el diablo, según andaba él. Era rucio, y rodado el que iba
encima por lo que caía en todo. La edad no hay que tratar, biznietos tenía en tahonas.
De su raza no sé más de que sospecho era de judío según era medroso y desdichado.
Iban tras mí los demás niños todos aderezados.
Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca de las
mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto
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ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate,
no llegó en mucho tiempo. La bercera (que siempre son desvergonzadas) empezó a
dar voces; llegáronse otras y con ellas pícaros, y alzando zanahorias, garrofales, nabos
frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que
era batalla nabal y que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal
golpe me le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una
(hablando con perdón) privada. Púseme cual V. Md. puede imaginar. Ya mis
muchachos se habían armado de piedras y daban tras las revendederas y
descalabraron dos.
Yo, a todo esto, después que caí en la privada, era la persona más necesaria de la
riña. Vino la justicia, comenzó a hacer información, prendió a berceras y muchachos
mirando a todos qué armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos
dagas de las que traían por gala y otros espadas pequeñas. Llegó a mí, y viendo que
no tenía ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con
la capa y sombrero, pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si
no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras. Quiero confesar a V. Md.
que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos, etcétera, que, como yo llevaba
plumas en el sombrero, entendiendo que me habían tenido por mi madre y que la
tiraban, como habían hecho otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir:
«Hermanas, aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si
ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me disculpó la ignorancia, y el
sucederme la desgracia tan de repente.
Pero, volviendo al alguacil, quísome llevar a la cárcel, y no me llevó porque no
hallaba por donde asirme (tal me había puesto del lodo). Unos se fueron por una parte
y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza martirizando cuantas narices
topaba en el camino. Entré en ella, conté a mis padres el suceso, y corriéronse tanto
de verme de la manera que venía que me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las
dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y, viendo que
no bastaba, salíme de su casa y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la
suya descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarle más a la escuela.
Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y
de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para otro año en
el lodo, bien cerca de expirar.
Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres
corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determinéme de no volver más a
la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor
decir, en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad
al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque
no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir
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mal, y que así, desde luego renunciaba la escuela por no darles gasto y su casa para
ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me
diesen licencia no los vería.
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CAPÍTULO III: DE CÓMO FUE A UN PUPILAJE POR CRIADO DE DON DIEGO CORONEL.
Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su
regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que había en Segovia un licenciado
Cabra que tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para
que le acompañase y sirviese.
Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva,
porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en
el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que
miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas
de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia,
porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio
porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de
pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé
cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el
gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar
de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de
sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos
piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban
los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se
la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del
barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los
cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil
gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La
sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era.
Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era
ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no
traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón,
teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun
arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos
mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por
no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.
A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que
llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no
gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados
en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los
criados.
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El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta
cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que
cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del
pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:
-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y
penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de
refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?
Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los
que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se
afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron
una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera,
tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con
la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo
que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:
-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio
y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la
barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos,
diciendo:
-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan
flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí
mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en
viéndole:
-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de
verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices,
trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:
-Conforta realmente, y son cordiales.
Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero
que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que
se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los
miraba y decía:
-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.
¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y
quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo
el pupilero:
-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.
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-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has
hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y dijo:
-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer
ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome
que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.
Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían
justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como
arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo.
Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.
Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se
llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una
cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a
encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en
ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la
boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado
que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde
se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no
había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y
díjome:
-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras
aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho
tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche
antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que
había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él.
Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a
las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella
casa como en otras ahítos.
Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó
en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque
se dijese que cenábamos con bendición. «Es cosa saludable (decía) cenar poco, para
tener el estómago desocupado», y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía
alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que
en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y
no cenó ninguno.
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Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando
de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese;
aunque últimamente le dije:
-Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia
de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así,
es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna
cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.
Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las
seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer
nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de
las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el
mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo
los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy
gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un
día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los
unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían
de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad,
y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije.
Y volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de
vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le
dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada
como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala
a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por
los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se
gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida
del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas
cosas como se puede imaginar.
Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de un mes no
hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de
decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era
fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin
que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho
de nuestras personas en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en
una melecina, no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque
tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y
aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le
servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas. Empezaron por don Diego; el
desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la
camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de
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guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra
y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me
resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la
cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me
echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a
Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.
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CAPÍTULO IV: DE LA CONVALECENCIA Y IDA A ESTUDIAR A ALCALÁ DE HENARES.
Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho tiento,
porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron
exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi
trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato
no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el
polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos
diesen sustancias y pistos. ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada y a la primera
ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad.
Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento,
porque como estaban huecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera
palabra.
Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero
nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas, y así se dio
orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a
hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y
en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo. Todo el día gastábamos en dar
gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y
rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso,
comiendo, alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos
aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a
don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él
conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento
de No matarás, metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería
darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el
matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.
Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de enviar a su hijo a
Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que
no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado
perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y con esto diole un
criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que
nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos
el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con
ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda,
cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa
blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a
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la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la
siempre maldita venta de Viveros.
El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que
aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros del carretero iban horros (que
ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio),
pegóse al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar.
Yo le respondí que sí; metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas;
un cura rezando al olor; un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar
andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos,
diciendo: -«Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo».
Dos estudiantes fregones, de los de mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos
por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho,
dijo:
-Señor huésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.
-Todos los somos de V. Md. -dijeron al punto los rufianes-, y le hemos de servir.
Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la
dispensa.
Y, diciendo esto, llegóse el uno y quitóle la capa, y dijo:
-Descanse V. Md., mi señor.
Y púsola en un poyo. Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta.
Dijo una de las mujeres:
-¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es V. Md. su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos.
Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó
a él medio llorando y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
-Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver
yo a V. Md. de esta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá V.
Md.!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en
nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su
amigo:
-¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido
nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don
Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los
manteles, y oliendo la estafa, dijo:
-Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.
Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego, y el otro trujo
un plato. Los estudiantes dijeron:
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-Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le
serviremos a la mesa.
-¡Jesús! -dijo don Diego-; V. Mds. se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes, no hablando con ellos:
-Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligíme y temí
lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable
plato, y mirando a mi amo, dijeron:
-No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin
comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidólas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no
dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele,
aquel maldito estudiante le dijo:
-Un abuelo tuvo V. Md., tío de mi padre, que jamás comió lechugas, y son malas
para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban
cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los
rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y
dijeron:
-Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace
merced a todos.
Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera.
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le
habían encajado, comenzóse a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé
qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que
el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se
engulleron el cura y los otros.
Decían los rufianes:
-No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
-Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que
dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de
los otros, volvió el un rufián y dijo:
-Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí V. Mds.
Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
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-Aunque V. Md. me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía.
¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los
tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego, que estaba pasmado, dijo:
-No se enoje V. Md., que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar
la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un
rato parlando; preguntóle su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal
Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está.) Vio al avariento que
dormía, y dijo:
-¿V. Md. quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido
sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
-Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.
Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas
alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra hizo gente.
Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas. Sacó todas cuantas había y en su
lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón de
teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
-Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacóla el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber
echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se
fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso
todo en las alforjas, y en la capilla del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y
al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero
adrede le riñó, diciendo:
-Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les
parece a V. Mds., si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien
ducados, porque es contra el dolor de estómago.
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no
entendiera Juan de Leganés la suma. Decían los estudiantes:
-No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
-No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo
que ha de hacer. Déjese V. Md. gobernar, que en mano está…
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Y tosiendo, cogió el dinero, contólo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales,
los asió, diciendo:
-Éstos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.
Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus
alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatólas a oscuras
debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una
muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer
gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que
qué tenía. Empezóse a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegóse a él el
estudiante, y dijo:
-¡Arriedro vayas, cata la cruz!
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él
mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjaguar la boca con un poco de vino,
que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abrióla; y echando en un vaso un poco de
vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía
beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las
descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los
rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y
nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros
nos comenzaron a dar vaya, declarando la burla. El ventero decía:
-Señor nuevo, a pocas estrenas como ésta, envejecerá.
El cura decía:
-Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.
Y el estudiante maldito voceaba:
-Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
-Sarna de V. Md., señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras
cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a
las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el
gasto. Quejábamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo
hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias.
Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos y
despidió al criado porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en
la ropilla. Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada;
entendía por señas; ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el rosario
sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían: -
«¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopía». Otro decía: -«¡Garbanzos con luto!
¿Quién se les habrá muerto?» Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta, y al
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mascarla se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos güevos, con tantas barbas
fuerza de pelos y canas suyas que pudieran pretender corregimiento u abogacía Pues
meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario.
Mil veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y todo lo
metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.
Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada de ella estuvo malo
un compañero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía
confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante, el cual le tomó el pulso y
dijo que la hambre le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el
Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no hablaba), dijo:
-Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para
persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle
muy pobremente por ser forastero, y quedamos todos asombrados. Divulgóse por el
pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel y como no tenía otro hijo,
desengañóse de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de
dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del
pupilaje y teniéndonos delante nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio que sin
aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia, nos mandó llevar en
dos sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y
con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel viendo venir
rescatados por la Trinidad sus compañeros.
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CAPÍTULO V: DE LA ENTRADA DE ALCALÁ, PATENTE Y BURLAS QUE LE HICIERON POR NUEVO.
Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que
estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes donde hay muchos juntos,
aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y huésped
de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo.
Recibióme, pues, el huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni
sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos,
que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro
hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la
patente a mi amo. Él, que no sabía lo que era, preguntóme que qué querían, y yo,
entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la
media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos
y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
-¡Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias
de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.
Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por la escalera, y al momento nos
vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi amo apadrináronle unos
colegiales conocidos de su padre y entró en su general, pero yo, que había de entrar
en otro diferente y fui solo, comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido
bien un pie, cuando me encararon y comenzaron a decir: -«¡Nuevo!». Yo por disimular
di en reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque llegándose a mí ocho o
nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al
instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:
-Por resucitar está este Lázaro, según olisca.
Y con esto todos se apartaron tapándose las narices. Yo, que me pensé escapar,
puse las manos también y dije:
-V. Mds. tienen razón, que huele muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento. Comenzaron a
escarrar y tocar al arma y en las toses y abrir y cerrar de las bocas, vi que se me
aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo acatarrado hízome alarde de uno
terrible, diciendo:
-Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
-¡Juro a Dios que ma…!
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Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí, que no pude acabar
la razón. Yo estaba cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí,
y era de ver cómo tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un
bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo
con gran cólera:
-¡Baste, no le déis con el palo!
Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían. Destapéme por ver lo que
era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos.
Aquí se han de considerar mis angustias. Levantó la infernal gente una grita que me
aturdieron, y yo, según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por
ahorrar de médicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron tras esto
darme de pescozones pero no había dónde sin llevarse en las manos la mitad del
afeite de mi negra capa, ya blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina
de viejo a pura saliva. Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de
mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados
porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
Entré en casa, y el morisco que me vio comenzóse a reír y a hacer como que quería
escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
-Tené, huésped, que no soy Ecce-Homo.
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros
con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba; y en
buscar por dónde asir la sotana y el manteo para quitármelos, se pasó mucho rato. Al
fin, le quité y me eché en la cama y colguélo en una azutea. Vino mi amo y como me
halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojóse y comenzó a darme
repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo. Levantéme dando voces y
quejándome, y él, con más cólera, dijo:
-¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
-Bien me anima V. Md. en mis trabajos. Vea cuál está aquella sotana y manteo, que
ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso, y mire
estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyólo, y buscando la sotana y
viéndola, compadecióse de mí y dijo:
-Pablos, abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni
madre.
Contéle todo lo que había pasado y mandóme desnudar y llevar a mi aposento (que
era donde dormían cuatro criados de los huéspedes de casa). Acostéme y dormí; y con
esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si
no hubiera pasado por mí nada. Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece
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que nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse
a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y
cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera
mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
-No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
-El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que eran?
Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me mostraban hacer. Con esto se
acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme yo, que me parecía que
estaba con mi padre y mis hermanos. Debían de ser las doce cuando el uno de ellos
me despertó a puros gritos, diciendo:
-¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la
cabeza y dije:
-¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos en
todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro
también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
-¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme
tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo
así, y al punto los tres que dormían empezaron a dar gritos también, y como sonaban
los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito
que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella, y cubrióla, volviéndose a la
suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo:
-¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre
puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que
cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y subíme a mi cama,
preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.
Acostéme y cubríme y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando
desperté halléme proveído y hecho una necesaria. Levantáronse todos y yo tomé por
achaque los azotes para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado.
Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había
hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no
sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme
cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes.
Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:
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-A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos
si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo
entró diciendo:
-¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estáste en la
cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me
dejase dormir. Y decía uno:
-Y si V. Md. no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y
cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
-¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a
mirar si había en el aposento algún servicio. Decían que no se podía estar allí. Dijo
uno:
-¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
-Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y
miremos debajo de ella.
Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que
me había dado mal de corazón: agarréme a los palos, hice visajes… Ellos, que sabían
el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
-¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al
alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos sino
palomos grandes, que se hundía el aposento.
-¡Pobre de él! -decían los bellacos (yo hacía del desmayado)-; tírele V. Md. mucho de
ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros
trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
-El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a
peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me
tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice,
como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada
pierna. Dejáronme diciendo:
-¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
-Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
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Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en
Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra. A mediodía me vestí, limpié
la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo que, en
llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco
y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros
criados, después de darme vaya, declararon la burla. Riéronla todos, doblóse mi
afrenta, y dije entre mí: -«Avisón, Pablos, alerta». Propuse de hacer nueva vida, y con
esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y
en las escuelas y patios nadie me inquietó más.
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CAPÍTULO VI: DE LAS CRUELDADES DE LA AMA, Y TRAVESURAS QUE HIZO.
«Haz como viere» dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a
resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí
con ello, pero yo aseguro a V. Md. que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a
los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día
entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los
otros criados, y oílos gruñir, y dije al uno:
-Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que
era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto,
envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los
acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos
grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos
los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el
corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si
no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta
de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que
ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino
en la barriga.
Supo, pues, don Diego el caso, y enojóse conmigo de manera que obligó a los
huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí. Preguntábame don Diego
que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo
que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me
valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí
que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
-A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno
exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno: habíamonos
conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa, que
desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en
manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada
carnal, antes de puro penitente estaba en los huesos. Y la vez que podía echar cabra u
oveja no echaba carnero, y si había huesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora
de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos
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caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas,
por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y
así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo. Y era verdad según me lo parló un
pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
-Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso;
consérvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo
mejor de la plaza trae.
Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo y así teníamos engañada la casa. Si
se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la mitad, y cuando nos
parecía, decíamos el ama y yo:
-Modérese V. Md. en el gasto, que en verdad que si se dan tanta prisa no baste la
hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón. Pero tal prisa le han dado.
Mande V. Md. comprar más y a fe que se ha de lucir de otra manera. Denle dineros a
Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la
otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez compraba yo algo en la plaza por lo que
valía, reñíamos adrede el ama y yo.
Ella decía:
-No me digas a mí, Pablicos, que esto son dos cuartos de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que
enviase al mayordomo a saberlo, para que callase la ama, que adrede porfiaba. Iban y
sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos,
en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien. Decíale don Diego, muy satisfecho de
mí:
-¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda esta es la lealtad que
me decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera, chupándolos como sanguijuelas. Yo apostaré que V.
Md. se espanta de la suma de dinero que montaba al cabo del año. Ello mucho debió
de ser, pero no debía obligar a restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de
ocho a ocho días y nunca la vi rastro de imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo,
con ser, como digo, una santa.
Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más barato llevar un haz de
leña a cuestas. De él colgaban muchos manojos de imágines, cruces y cuentas de
perdones que hacían ruido de sonajas. Bendecía las ollas y al espumar hacía cruces
con el cucharón. Yo pienso que las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía
carne. En todas las imágines decía que rezaba cada noche por sus bienhechores;
contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en verdad que había menester todas
estas ayudas para desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima
del de mi amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y
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acababa en el Conquibules, que ella decía, y en la Salve Rehína. Decía las oraciones en
latín adrede por fingirse inocente, de suerte que nos despedazábamos de risa todos.
Tenía otras habilidades; era conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es
lo mismo que alcahueta; pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta
como al rey de Francia sanar lamparones.
¿Pensará V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora que dos amigos,
como sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar el uno al otro? «Ésta
ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su amo», decía yo entre mí; ella debía de decir
lo mismo porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se descubriera
la hilaza. Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en despensa es peor que
gatos y perros.
Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas trazas de
holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr o arrebatar. En esto me
sucedieron cosas graciosísimas, porque yendo una noche a las nueve (que anda poca
gente) por la calle Mayor, vi una confitería y en ella un cofín de pasas sobre el tablero,
y tomando vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras mí, y otros criados y
vecinos. Yo, como iba cargado, vi que aunque les llevaba ventaja, me habían de
alcanzar, y al volver una esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de
presto y empecé a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre:
-¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir: «Por tan alta Señora», y lo ordinario
de la «hora menguada» y «aire corrupto».
Ellos se venían desgañifando, y dijéronme:
-¿Va por aquí un hombre, hermano?
-Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa, conté la burla, y
no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo celebraron mucho. Por lo cual,
los convidé para otra noche a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que
estaban las cajas dentro la tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por
imposible, y más por estar el confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta.
Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un
estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije:
-«¡Muera!». Y tiré una estocada por delante del confitero. Él se dejó caer pidiendo
confesión, y yo di la estocada en una caja y la pasé y saqué en la espada y me fui con
ella. Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero
decía que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien él
había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir
de la caja las que estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que
no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
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Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo que corría, que es
lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como era muchacho y oía que me
alababan el ingenio con que salía de estas travesuras, animábame para hacer muchas
más. Cada día traía la pretina llena de jarras de monjas, que les pedía para beber y me
venía con ellas; introduje que no diesen nada sin prenda primero. Y así, prometí a don
Diego y a todos los compañeros, de quitar una noche las espadas a la mesma ronda.
Señalóse cuál había de ser, y fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia,
lleguéme con otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije:
-¿Justicia?
Respondieron:
-Sí.
-¿Es el corregidor?
Dijeron que sí. Hinquéme de rodillas y dije:
-Señor, en sus manos de V. Md. está mi remedio y mi venganza y mucho provecho
de la república; mande V. Md. oírme dos palabras a solas, si quiere una gran prisión.
Apartóse; ya los corchetes estaban empuñando las espadas y los alguaciles
poniendo mano a las varitas. Yo le dije:
-Señor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis hombres los más facinorosos del
mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y entre ellos viene uno que mató a
mi madre y a un hermano mío por saltearlos, y le está probado esto; y vienen
acompañando, según los he oído decir, a una espía francesa; y aun sospecho, por lo
que les he oído, que es… (y bajando más la voz dije) Antonio Pérez. Con esto, el
corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo:
-¿Y dónde están?
-Señor, en la casa pública; no se detenga V. Md., que las ánimas de mi madre y
hermano se lo pagarán en oraciones, y el Rey acá.
-¡Jesús! -dijo-, no nos detengamos. ¡Hola, seguidme todos! Dadme una rodela.
Yo entonces le dije, tornándole a apartar:
-Señor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes importa que todos V. Mds.
entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en los aposentos y traen pistoletes, y
en viendo entrar con espadas, como saben que no la puede traer sino la justicia,
dispararán. Con dagas es mejor, y cogerlos por detrás los brazos, que demasiados
vamos.
Cuadróle al corregidor la traza, con la codicia de la prisión. En esto llegamos cerca, y
el corregidor, advertido, mandó que debajo de unas yerbas pusiesen todos las
espadas escondidas en un campo que está enfrente casi de la casa; pusiéronlas y
caminaron. Yo, que había avisado al otro que ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a
casa fuese todo uno, hízolo así; y al entrar todos quedéme atrás el postrero, y en
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entrando ellos mezclados con otra gente que entraba, di cantonada y emboquéme por
una callejuela que va a dar a la Vitoria, que no me alcanzara un galgo.
Ellos que entraron y no vieron nada, porque no había sino estudiantes y pícaros (que
es todo uno), comenzaron a buscarme, y no hallándome, sospecharon lo que fue, y
yendo a buscar sus espadas, no hallaron media. ¿Quién contara las diligencias que hizo
con el retor el corregidor? Aquella noche anduvieron todos los patios reconociendo las
caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba
echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un Cristo en la otra y un
compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías. Llegó el
retor y la justicia, y viendo el espectáculo, se salieron, no persuadiéndose que allí
pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes el retor me dijo un
responso; preguntó si estaba ya sin habla, y dijéronle que sí; y con tanto, se fueron
desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen, y el corregidor
de ahorcarle fuese quien fuese. Levantéme de la cama, y hasta hoy no se ha acabado
de solemnizar la burla en Alcalá.
Y por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del pueblo, pues de
cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras (que nunca se me olvidará la
afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la chimenea de casa todo el año. Callo
las pensiones que tenía sobre los habares, viñas y huertos, en todo aquello de
alrededor. Con estas y otras cosas, comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre
todos. Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a quien
siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me tenía.
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CAPÍTULO VII: DE LA IDA DE DON DIEGO, Y NUEVAS DE LA MUERTE DE SU PADRE Y MADRE, Y LA
RESOLUCIÓN QUE TOMÓ EN SUS COSAS PARA ADELANTE.
En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de
un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en
Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de
cuarenta años a esta parte, han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la
verdad, pero una águila en el oficio; vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar.
Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
«Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me llamaba así), las ocupaciones
grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su Majestad no me han dado lugar a
hacer esto, que si algo tiene malo el servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con
esta negra honrilla de ser sus criados.
Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días ha con el
mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígolo como quien lo guindó. Subió
en el asno sin poner pie en el estribo; veníale el sayo vaquero que parecía haberse
hecho para él, y como tenía aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante
que no le juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las ventanas y
haciendo cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle; hízose dos veces los
bigotes; mandaba descansar a los confesores y íbales alabando lo que decían bueno.
Llegó a la N de palo, puso el un pie en la escalera, no subió a gatas ni despacio y
viendo un escalón hendido, volvióse a la justicia y dijo que mandase aderezar aquel
para otro, que no todos tenían su hígado. No os sabré encarecer cuán bien pareció a
todos.
Sentóse arriba, tiró las arrugas de la ropa atrás, tomó la soga y púsola en la nuez. Y
viendo que el teatino le quería predicar, vuelto a él, le dijo: -«Padre, yo lo doy por
predicado; vaya un poco de Credo, y acabemos presto, que no querría parecer
prolijo». Hízose así; encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le
limpiase las barbas. Yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni hacer gesto; quedó
con una gravedad que no había más que pedir. Hícele cuartos y dile por sepultura los
caminos. Dios sabe lo que a mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los
grajos, pero yo entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarán,
acomodándole en los de a cuatro.
De vuestra madre, aunque está viva agora, casi os puedo decir lo mismo, porque
está presa en la Inquisición de Toledo, porque desenterraba los muertos sin ser
murmuradora. Halláronla en su casa más piernas, brazos y cabezas que en una capilla
de milagros. Y lo menos que hacía era sobrevirgos y contrahacer doncellas. Dicen que
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representará en un auto el día de la Trinidad, con cuatrocientos de muerte. Pésame
que nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del Rey y me
están mal estos parentescos.
Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros padres; será en
todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tío soy, y lo que tengo ha de ser para vos.
Vista ésta, os podéis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica, seréis
singular en el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto, Dios os guarde».
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta, pero holguéme en parte (tanto
pueden los vicios en los padres, que consuela de sus desgracias, por grandes que
sean, a los hijos). Fuime corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su
padre, en que le mandaba que se fuese y que no me llevase en su compañía, movido
de las travesuras mías que había oído decir. Díjome que se determinaba ir y todo lo
que le mandaba su padre, que a él le pesaba de dejarme y a mí más; díjome que me
acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo, en esto, riéndome,
le dije:
-Señor, ya soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más autoridad me
importa tener. Porque si hasta agora tenía como cada cual mi piedra en el rollo, agora
tengo mi padre.
Declaréle cómo había muerto tan honradamente como el más estirado, cómo le
trincharon y le hicieron moneda, cómo me había escrito mi señor tío, el verdugo, de
esto y de la prisioncilla de mama, que a él, como a quien sabía quién yo soy, me pude
descubrir sin vergüenza. Lastimóse mucho y preguntóme que qué pensaba hacer.
Dile cuenta de mis determinaciones; y con tanto, al otro día, él se fue a Segovia
harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura.
Quemé la carta porque, perdiéndoseme acaso, no la leyese alguien, y comencé a
disponer mi partida para Segovia, con fin de cobrar mi hacienda y conocer mis
parientes para huir de ellos.
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LIBRO SEGUNDO:
CAPÍTULO I: DEL CAMINO DE ALCALÁ PARA SEGOVIA, Y DE LO QUE LE SUCEDIÓ EN ÉL HASTA REJAS,
DONDE DURMIÓ AQUELLA NOCHE.
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios sabe lo que
sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que
tenía de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos
reales. Alquilé una mula y salíme de la posada, adonde ya no tenía que sacar más de
mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del
ama por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: -
«¡Siempre me lo dijo el corazón!»; otro: -«¡Bien me decían a mí que este era un
trampista!». Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo que dejé con mi ausencia a la
mitad de él llorando y a la otra mitad riéndose de los que lloraban.
Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando pasado
Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí
con muy gran prisa y tan embebecido, que aun estando a su lado no me veía. Saludéle
y saludóme; preguntéle dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas,
comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del Rey. Comenzó a
decir de qué manera se podía conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel, en
los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno.
Proseguimos en la conversación (propia de pícaros), y venimos a dar de una cosa en
otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y a decir:
-Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha catorce años que ando
con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera todo sosegado.
-¿Qué cosa puede ser -le dije yo- que, conviniendo tanto, sea imposible y no se
pueda hacer?
-¿Quién le dice a V. Md. -dijo luego- que no se pueda hacer?. Hacerse puede, que
ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre, le contara a V. Md. lo
que es; pero allá se verá, que agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los
cuales le doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.
Roguéle que me los dijese, y al punto, sacando de las faldriqueras un gran papel, me
mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo:
-Bien ve V. Md. que la dificultad de todo está en este pedazo de mar…, pues yo doy
orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí.
Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces mirándome a la cara, me dijo:
-A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les da gran
contento.
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-Ese tengo yo, por cierto -le dije-, de oír cosa tan nueva y tan bien fundada, pero
advierta V. Md. que ya que chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar
a echar más.
-No hará la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy apurado -me respondió-, y no hay
que tratar; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por
aquella parte doce estados.
No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá
abajo. No vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Joanelo no había hecho nada,
que él trazaba agora de subir toda el agua de Tajo a Toledo de otra manera más fácil.
Y sabido lo que era, dijo que por ensalmo: ¡Mire V. Md. quién tal oyó en el mundo! Y al
cabo, me dijo:
-Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no me da una encomienda, que
la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada.
Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía
a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo,
cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a
pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y
saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía
con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato (que me paré
desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me
determiné, y llegando cerca, sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo,
resbalósele y cayó. Levantéle, y díjome:
-No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir.
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más desatinado
hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea recta o si
iba por camino circunflejo. Yo, aunque no lo entendí, le dije que circunflejo.
Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado. Respondíle que mía, y mirándola,
dijo:
-Esos gavilanes habían de ser más largos, para reparar los tajos que se forman sobre
el centro de las estocadas.
Y empezó a meter una parola tan grande que me forzó a preguntarle qué materia
profesaba. Díjome que él era diestro verdadero y que lo haría bueno en cualquiera
parte. Yo, movido a risa, le dije:
-Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo denantes, que
más le tenía por encantador, viendo los círculos.
-Eso -me dijo- era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás
mayor, continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga
quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática.
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-¿Es posible -le dije yo- que hay matemática en eso?
-No solamente matemática -dijo-, mas teología, filosofía, música y medicina.
-Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
-No os burléis -me dijo-, que agora aprendo yo la limpiadera contra la espada,
haciendo los tajos mayores que comprehenden en sí las aspirales de la espada.
-No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
-Pues este libro las dice -me respondió-, que se llama Grandezas de la espada, y es
muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en Rejas que dormiremos esta noche,
con dos asadores me veréis hacer maravillas. Y no dudéis que cualquiera que leyere en
este libro matará a todos los que quisiere.
-U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le compuso algún doctor.
-¿Cómo doctor? Bien lo entiende -me dijo-: es un gran sabio y aun estoy por decir
más.
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y al apearnos me
advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que
reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular en el suelo. El huésped, que
me vio reír y le vio, preguntóme que si era indio aquel caballero, que hablaba de
aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al güésped, y díjole:
-Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los volveré.
-¡Jesús! -dijo el huésped-, déme V. Md. acá los ángulos, que mi mujer los asará;
aunque aves son que no las he oído nombrar.
-¡Que no son aves! -dijo volviéndose a mí-. Mire V. Md. lo que es no saber. Déme los
asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere
hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida.
En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de tomar dos cucharones. No se
ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto y decía:
-Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil. Ahora me aprovecho del
movimiento remiso para matar el natural. Ésta había de ser cuchillada y éste tajo.
No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón, y como yo
me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale. Díjome al fin:
-Esto es lo bueno y no las borracherías que enseñan estos bellacos maestros de
esgrima, que no saben sino beber.
No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando
las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto de ante debajo de una
ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas a lo águila imperial, la cara con un per
signum crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano
y una daga con más rejas que un locutorio de monjas. Y, mirando al suelo, dijo:
-Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que calienta los panes, que haga
pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la destreza.
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Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no hablaba con él, y que así no
tenía por qué picarse.
-Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de
cucharones.
El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces:
-Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es verdad
lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte, y, si no,
midámoslo.
Y sacó el compás, y empezó a decir:
-Este ángulo es obtuso.
Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:
-Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres, pero con
esta en la mano le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo:
-No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil.
Metímoslos en paz el huésped y yo y otra gente que había, aunque de risa no me
podía mover.
Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y acostámonos
todos los de la casa. Y a las dos de la mañana, levántase en camisa y empieza a andar
a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo en lengua matemática mil
disparates.
Despertóme a mí, y no contento con esto, bajó el huésped para que le diese luz,
diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagital por la cuerda. El huésped
se daba a los diablos de que lo despertase, y tanto le molestó que le llamó loco. Y con
esto se subió y me dijo que si me quería levantar vería la treta tan famosa que había
hallado contra el turco y sus alfanjes. Y decía que luego se la quería ir a enseñar al Rey,
por ser en favor de los católicos.
En esto amaneció, vestímonos todos, pagamos la posada, hicímoslos amigos a él y
al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro que alegaba mi compañero era
bueno, pero que hacía más locos que diestros, porque los más no le entendían.
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CAPÍTULO II: DE LO QUE LE SUCEDIÓ HASTA LLEGAR A MADRID, CON UN POETA.
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entra en el humano buche.
Suene el lindo sacabuche,
pues nuestro bien consiste.
Pastores, ¿no es lindo chiste?
-¿Qué pudiera decir más -me dijo- el mismo inventor de los chistes? Mire qué
misterios encierra aquella palabra pastores: más me costó de un mes de estudio.
Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y
narices, y dando una gran carcajada, dije:
-¡Cosa admirable! Pero sólo reparo en que llama V. Md. señor san Corpus Criste, y
Corpus Christi no es santo sino el día de la institución del Sacramento.
-¡Qué lindo es eso! -me respondió haciendo burla-; yo le daré en el calendario, y
está canonizado y apostaré a ello la cabeza.
No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma ignorancia; antes le dije cierto que
eran dignas de cualquier premio y que no había oído cosa tan graciosa en mi vida.
-¿No? -dijo al mismo punto-; pues oya V. Md. un pedacito de un librillo que tengo
hecho a las once mil vírgenes adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas,
cosa rica.
Yo, por excusarme de oír tanto millón de octavas, le supliqué que no me dijese cosa
a lo divino. Y así, me comenzó a recitar una comedia que tenía más jornadas que el
camino de Jerusalén. Decíame:
-Hícela en dos días, y este es el borrador.
Y sería hasta cinco manos de papel. El título era El arca de Noé. Hacíase toda entre
gallos y ratones, jumentos, raposas, lobos y jabalíes, como fábulas de Isopo. Yo le
alabé la traza y la invención, a lo cual me respondió:
-Ello cosa mía es, pero no se ha hecho otra tal en el mundo y la novedad es más que
todo; y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa.
-¿Cómo se podrá representar -le dije yo-, si han de entrar los mismos animales y
ellos no hablan?
-Esa es la dificultad, que a no haber esa, ¿había cosa más alta? Pero yo tengo
pensado de hacerla toda de papagayos, tordos y picazas, que hablan, y meter para el
entremés monas.
-Por cierto, alta cosa es esa.
-Otras más altas he hecho yo -dijo- por una mujer a quien amo. Y vea aquí
novecientos y un sonetos y doce redondillas (que parecía que contaba escudos por
maravedís) hechos a las piernas de mi dama.
Yo le dije que si se las había visto él, y díjome que no había hecho tal por las
órdenes que tenía, pero que iban en profecía los conceptos. Yo confieso la verdad,
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que aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos versos malos, y así, comencé a
echar la plática a otras cosas. Decíale que veía liebres, y él saltaba:
-Pues empezaré por uno donde la comparo a ese animal.
Y empezaba luego; y yo, por divertirle, decía:
-¿No ve V. Md. aquella estrella que se ve de día?
A lo cual, dijo:
-En acabando éste, le diré el soneto treinta, en que la llamo estrella, que no parece
sino que sabe los intentos de ellos.
Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a que él no hubiese hecho algún
disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de contento,
entendiendo que de vergüenza callaría; pero fue al revés, porque por mostrar lo que
era, alzó la voz entrando por la calle. Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por
delante que si los niños olían poeta no quedaría troncho que no se viniese por sus pies
tras nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había salido contra
ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen vivir. Pidióme que se la leyese si la tenía,
muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímonos a una, donde él se
acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos. Unos le conocieron
por el olor y otros por la voz. Diéronle una barahúnda de bienvenido; abrazólos a
todos, y luego empezaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso grave y
sonoro, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las ánimas; y por aquí discurrió,
recibiendo ocho reales de señal de cada uno. Despidiólos, y díjome:
-Más me han de valer de trescientos reales los ciegos; y así, con licencia de V. Md.,
me recogeré agora un poco, para hacer algunas de ellas, y en acabando de comer
oiremos la premática.
¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer
con los que lo son.
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CAPÍTULO III: DE LO QUE HIZO EN MADRID, Y LO QUE LE SUCEDIÓ HASTA LLEGAR A CERCEDILLA,
DONDE DURMIÓ.
Recogióse un rato a estudiar herejías y necedades para los ciegos. Entre tanto, se hizo
hora de comer; comimos, y luego pidióme que le leyese la premática. Yo, por no
haber otra cosa que hacer, la saqué y se la leí. La cual pongo aquí, por haberme
parecido aguda y conveniente a lo que se quiso reprehender en ella. Decía en este
tenor:
Premática del desengaño contra los
poetas güeros, chirles y hebenes
40
de padecer ese agravio. Yo probaré que las coplas del poeta clérigo no están sujetas a
tal premática y luego quiero irlo a averiguar ante la justicia.
En parte me dio gana de reír, pero por no detenerme, que se me hacía tarde, le dije:
-Señor, esta premática es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni apremia, por estar
falta de autoridad.
-¡Pecador de mí! -dijo muy alborotado-, avisara V. Md. y hubiérame ahorrado la
mayor pesadumbre del mundo. ¿Sabe V. Md. lo que es hallarse un hombre con
ochocientas mil coplas de contado y oír eso? Prosiga V. Md., y Dios le perdone el
susto que me dio.
Proseguí diciendo:
»Ítem, advirtiendo que después que dejaron de ser moros (aunque todavía
conservan algunas reliquias) se han metido a pastores, por lo cual andan los ganados
flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus ánimas encendidas, y tan
embebecidos en su música que no pacen, mandamos que dejen el tal oficio,
señalando ermitas a los amigos de soledad. Y a los demás, por ser oficio alegre y de
pullas, que se acomoden en mozos de mulas».
-¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío -dijo en altas voces- ordenó tal cosa! Y si
supiera quién era yo le hiciera una sátira con tales coplas que le pesara a él y a todos
cuantos las vieran de verlas. ¡Miren qué bien le estaría a un hombre lampiño como yo
la ermita! ¡O a un hombre vinajeroso y sacristando ser mozo de mulas! Ea, señor, que
son grandes pesadumbres esas.
-Ya le he dicho a V. Md. -repliqué- que son burlas, y que las oiga como tales.
Proseguí diciendo: «Que por estorbar los grandes hurtos, mandábamos que no se
pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien
vestido el poeta que tal hiciese, y, si reincidiese, de andar limpio un hora».
Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas, de puro vieja, y
con tantas cazcarrias que para enterrarle no era menester más de estregársela encima.
El manteo, se podían estercolar con él dos heredades.
Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener entre los desesperados
que se ahorcan y despeñan, y que como a tales no las enterrasen en sagrado a las
mujeres que se enamoran de poeta a secas. Y que advirtiendo a la gran cosecha de
redondillas, canciones y sonetos que había habido en estos años fértiles, mandaban
que los legajos que por sus deméritos escapaban de las especerías, fuesen a las
necesarias sin apelación.
Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:
«Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres géneros de gentes en la
república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin los tales poetas, como
son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales
públicos de esta arte, con tal que puedan tener carta de examen de los caciques de
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los poetas que fueren en aquellas partes, limitando a los poetas de farsantes que no
acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan
las trazas con papeles o cintas, y a los de ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos,
desterrándoles estos vocablos: cristián, amada, humanal y pundonores; y mandándoles
que, para decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes, que no
hagan los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del vocablo, ni hagan los
pensamientos de tornillo, que mudándoles el nombre, se vuelvan a cada fiesta. Y
finalmente, mandamos a todos los poetas en común que se descarten de Júpiter,
Venus, Apolo y otros dioses, so pena de que los tendrán por abogados a la hora de su
muerte».
A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir, y todos me
pidieron traslado de ella. Sólo el sacristanejo empezó a jurar por vida de las vísperas
solemnes, introibo y Chiries, que era sátira contra él, por lo que decía de los ciegos, y
que él sabía mejor lo que había de hacer que nadie. Y últimamente dijo:
-Hombre soy yo que he estado en un aposento con Liñán, y he comido más de dos
veces con Espinel. Y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo
estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que tenía en su
casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó
Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía, y malos. Enseñólos, y dioles esto
a todos tanta risa, que no querían salir de la posada.
Al fin, ya eran las dos, y como era forzoso el camino, salimos de Madrid. Yo me
despedí de él, aunque me pesaba, y comencé a caminar para el puerto. Quiso Dios
que porque no fuese pensando en mal, me topase con un soldado. Iba en cuerpo y en
alma, el cuello en el sombrero, los calzones vueltos, la camisa en la espada, la espada
al hombro, los zapatos en la faldriquera, alpargatas, y medias de lienzo, sus frascos en
la pretina y un poco de órgano en cajas de hoja de lata para papeles. Luego trabamos
plática; preguntóme si venía de la Corte; dije que de paso había estado en ella.
-No está para más -dijo luego- que es pueblo para gente ruin. Más quiero, ¡voto a
Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que
sufriendo las supercherías que se hacen a un hombre de bien. Y en llegando a ese
lugarcito del diablo nos remiten a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe
donde cada día en corrillos se hace consejo de estado, y guerra en pie y desabrigada.
Y en vida nos hacen soldados en pena por los cementerios, y si pedimos
entretenimiento nos envían a la comedia, y si ventajas, a los jugadores. Y con esto,
comidos de piojos y huéspedas, nos volvemos en este pelo a rogar a los moros y
herejes con nuestros cuerpos.
A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte había de todo, y que estimaban
mucho a cualquier hombre de suerte.
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-¿Qué estiman -dijo muy enojado- si he estado yo ahí seis meses pretendiendo una
bandera, tras veinte años de servicios y haber perdido mi sangre en servicio del Rey,
como lo dicen estas heridas? Y quiso desatacarse. Y dije:
-Señor mío, desatacarse más es brindar a puto que enseñar heridas.
Creo que pretendía introducir en picazos algunas almorranas. Luego, en los
calcañares, me enseñó otras dos señales, y dijo que eran balas, y yo saqué por otras
dos mías que tengo que habían sido sabañones. Y las balas pocas veces se andan a
roer zancajos. Estaba derrengado de algún palo que le dieron porque se dormía
haciendo guarda y decía que era de un astillazo. Quitóse el sombrero y mostróme el
rostro; calzaba dieciséis puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le
partía las narices. Tenía otros tres chirlos que se la volvían mapa a puras líneas.
-Estas me dieron -dijo- defendiendo a París, en servicio de Dios y del Rey, por quien
veo trinchado mi gesto, y no he recibido sino buenas palabras, que agora tienen lugar
de malas obras. Lea estos papeles -me dijo-, por vida del licenciado, que no ha salido
en campaña, ¡voto a Cristo!, hombre, ¡vive Dios!, tan señalado.
Y decía verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenzó a sacar cañones de hoja
de lata y a enseñarme papeles, que debían de ser de otro a quien había tomado el
nombre. Yo los leí y dije mil cosas en su alabanza y que el Cid ni Bernardo no habían
hecho lo que él. Saltó en esto y dijo:
-¿Cómo lo que yo? ¡Voto a Dios!, ni lo que García de Paredes, Julián Romero y otros
hombres de bien, ¡pese al diablo! Sé que entonces no había artillería, ¡voto a Dios!,
que no hubiera Bernardo para un hora en este tiempo. Pregunte V. Md. en Flandes por
la hazaña del Mellado, y verá lo que le dicen.
-¿Es V. Md. acaso? -le dije yo.
Y él respondió:
-¿Pues qué otro? ¿No me ve la mella que tengo en los dientes? No tratemos de
esto, que parece mal alabarse el hombre.
Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitaño, con una barba
tan larga que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo. Saludamos con
el Deo gracias acostumbrado y empezó a alabar los trigos y en ellos la misericordia del
Señor. Saltó el soldado, y dijo:
-¡Ah, padre!, más espesas he visto yo las picas sobre mí, y, ¡voto a Cristo!, que hice
en el saco de Amberes lo que pude; sí, ¡juro a Dios!
El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo cual dijo:
-Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi propio
oficio.
Diome a mí gran risa de ver en lo que ponía la soldadesca, y eché de ver que era
algún picarón gallina, porque ya entre soldados no hay costumbre más aborrecida de
los de más importancia, cuando no de todos. El ermitaño le dijo:
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-Y ¿dónde dejó V. Md. el saco de Amberes, que ese me parece de las Navas-, y que
sería de más abrigo el de Amberes.
Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de su desnudez, y con tanto
llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el rosario de una carga de leña
hecha bolas, de manera que a cada avemaría sonaba un cabe; el soldado iba
comparando las peñas a los castillos que había visto, y mirando cuál lugar era fuerte y
a dónde se había de plantar la artillería. Yo iba mirando tanto el rosariazo del ermitaño,
con las cuentas frisonas, como la espada del soldado.
-¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte de este puerto -decía-, y hiciera buena
obra a los caminantes!
-No hay tal como hacer buenas obras -decía el santero. Y pujaba un suspiro por
remate. Iba entre sí rezando a silbos oraciones de culebra.
En estas cosas divertidos, llegamos a Cercedilla. Entramos en la posada todos tres
juntos, ya anochecido; mandamos aderezar la cena -era viernes-, y entre tanto, el
ermitaño dijo:
-Entretengámonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios; juguemos
avemarías.
Y dejó caer de la manga el descuadernado. Diome a mí gran risa al ver aquello,
considerando en las cuentas. El soldado dijo:
-No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad.
Yo, codicioso, dije que jugaría otros tantos, y el ermitaño, por no hacer mal tercio,
aceptó, y dijo que allí llevaba el aceite de la lámpara, que eran hasta doscientos reales.
Yo confieso que pensé ser su lechuza y bebérsele, pero ansí le sucedan todos sus
intentos al turco.
Fue el juego al parar, y lo bueno fue que dijo que no sabía el juego y hizo que se le
enseñásemos. Dejónos el bienaventurado hacer dos manos, y luego nos la dio tal que
no dejó blanca en la mesa. Heredónos en vida; retiraba el ladrón con las ancas de la
mano que era lástima. Perdía una sencilla y acertaba doce maliciosas. El soldado
echaba a cada suerte doce votos y otros tantos peses, aforrados en por vidas. Yo me
comí las uñas y el fraile ocupaba las suyas en mi moneda. No dejaba santo que no
llamaba; nuestras cartas eran como el Mesías, que nunca venían y las aguardábamos
siempre.
Acabó de pelarnos; quisímosle jugar sobre prendas, y él, tras haberme ganado a mí
seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al soldado los ciento, dijo que aquello era
entretenimiento, y que éramos prójimos, y que no había de tratar de otra cosa.
-No juren -decía-, que a mí, porque me encomendaba a Dios, me ha sucedido bien.
Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la muñeca,
creímoslo, y el soldado juró de no jurar más, y yo de la misma suerte.
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-¡Pesia tal! -decía el pobre alférez (que él me dijo entonces que lo era)-, entre
luteranos y moros me he visto, pero no he padecido tal despojo.
Él se reía a todo esto. Tornó a sacar el rosario para rezar. Yo, que no tenía ya blanca,
pedíle que me diese de cenar, y que pagase hasta Segovia la posada por los dos, que
íbamos in puribus. Prometió hacerlo. Metióse sesenta huevos, ¡no vi tal en mi vida! Dijo
que se iba a acostar.
Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba allí porque los aposentos
estaban tomados para otros. Yo me acosté con harta tristeza, y el soldado llamó al
huésped y le encomendó sus papeles en las cajas de lata que los traía, y un envoltorio
de camisas jubiladas. Acostámonos; el padre se persinó, y nosotros nos santiguamos
de él. Durmió; yo estuve desvelado trazando cómo quitarle el dinero. El soldado
hablaba entre sueños de los cien reales, como si no estuvieran sin remedio.
Hízose hora de levantar. Pedí yo luz muy aprisa; trujéronla, y el huésped el envoltorio
al soldado, y olvidáronsele los papeles. El pobre alférez hundió la casa a gritos
pidiendo que le diese los servicios. El huésped se turbó, y como todos decíamos que
se los diese, fue corriendo y trujo tres bacines, diciendo:
-He ahí para cada uno el suyo. ¿Quieren más servicios?
Que él entendió que nos habían dado cámaras. Aquí fue ella, que se levantó el
soldado con la espada tras el huésped, en camisa, jurando que le había de matar
porque hacía burla de él, que se había hallado en la Naval San Quintín y otras,
trayendo servicios en lugar de papeles que le había dado. Todos salimos tras él a
tenerle, y aun no podíamos. Decía el huésped:
-Señor, su merced pidió servicios; yo no estoy obligado a saber que en lengua
soldada se llaman así los papeles de las hazañas. Apaciguámoslos, y tornamos al
aposento. El ermitaño, receloso, se quedó en la cama, diciendo que le había hecho
mal el susto. Pagó por nosotros y salímonos del pueblo para el puerto, enfadados del
término del ermitaño y de ver que no le habíamos podido quitar el dinero.
Topamos con un genovés, digo con uno de estos antecristos de las monedas de
España, que subía el puerto con un paje detrás, y él con su guardasol, muy a lo
dineroso. Trabamos conversación con él; todo lo llevaba a materia de maravedís, que
es gente que naturalmente nació para bolsas. Comenzó a nombrar a Visanzón, y si era
bien dar dineros o no a Visanzón, tanto que el soldado y yo le preguntamos que quién
era aquel caballero. A lo cual respondió, riéndose:
-Es un pueblo de Italia, donde se juntan los hombres de negocios, que acá llamamos
fulleros de pluma, a poner los precios por donde se gobierna la moneda.
De lo cual sacamos que en Visanzón se lleva el compás a los músicos de uña.
Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había quebrado un
cambio, que le tenía más de sesenta mil escudos. Y todo lo juraba por su conciencia,
aunque yo pienso que conciencia en mercader es como virgo en cantonera, que se
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vende sin haberle. Nadie, casi, tiene conciencia, de todos los de este trato; porque,
como oyen decir que muerde por muy poco, han dado en dejarla con el ombligo en
naciendo.
En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los ojos, a
pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me contradecía el contento.
Llegué al pueblo, y a la entrada vi a mi padre en el camino, aguardando ir en bolsas,
hechos cuartos, a Josafad. Enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con
punta de barba, bien vestido.
Dejé la compañía, y considerando en quién conocería a mi tío -fuera del rollo- mejor
en el pueblo, no hallé nadie de quien echar mano. Lleguéme a mucha gente a
preguntar por Alonso Ramplón y nadie me daba razón de él, diciendo que no le
conocían. Holgué mucho de ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando,
estando en esto, oí al precursor de la penca hacer de garganta y a mi tío de las suyas.
Venía una procesión de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío, y él, muy
haciéndose de pencas, con una en la mano tocando un pasacalles públicas en las
costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba notando
esto con un hombre a quien había dicho, preguntando por él, que era yo un gran
caballero, veo a mi buen tío que echando en mí los ojos (por pasar cerca), arremetió a
abrazarme, llamándome sobrino. Penséme morir de vergüenza; no volví a despedirme
de aquel con quien estaba. Fuime con él, y díjome:
-Aquí te podrás ir mientras cumplo con esta gente; que ya vamos de vuelta y hoy
comerás conmigo.
Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta parecería punto menos de azotado,
dije que le aguardaría allí; y así, me aparté tan avergonzado, que a no depender de él
la cobranza de mi hacienda, no lo hablara más en mi vida ni pareciera entre gentes.
Acabó de repasarles las espaldas, volvió y llevóme a su casa, donde me apeé y
comimos.
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CAPÍTULO IV: DEL HOSPEDAJE DE SU TÍO, Y VISITAS; LA COBRANZA DE SU HACIENDA Y VUELTA A LA
CORTE.
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-A cada puerco le viene su San Martín -dijo el demandador.
-De eso me puedo alabar yo -dijo mi buen tío- entre cuantos manejan la zurriaga,
que al que se me encomienda hago lo que debo. Sesenta me dieron los de hoy y
llevaron unos azotes de amigo, con penca sencilla.
Yo, que vi cuán honrada gente era la que hablaba mi tío, confieso que me puse
colorado, de suerte que no pude disimular la vergüenza. Echómelo de ver el corchete,
y dijo:
-¿Es el padre el que padeció el otro día, a quien se dieron ciertos empujones en el
envés?
Yo respondí que no era hombre que padecía como ellos. En esto, se levantó mi tío y
dijo:
-Es mi sobrino, maeso en Alcalá, gran supuesto.
Pidiéronme perdón y ofreciéronme toda caricia. Yo rabiaba ya por comer y por
cobrar mi hacienda y huir de mi tío. Pusieron las mesas, y por una soguilla, en un
sombrero, como suben la limosna los de la cárcel, subían la comida de un bodegón
que estaba a las espaldas de la casa, en unos mendrugos de platos y retacillos de
cántaros y tinajas. No podrá nadie encarecer mi sentimiento y afrenta. Sentáronse a
comer; en cabecera el demandador, diciendo: «La Iglesia en mejor lugar; siéntese,
padre». Echó la bendición mi tío y, como estaba hecho a santiguar espaldas, parecían
más amagos de azotes que de cruces. Y los demás nos sentamos sin orden. No quiero
decir lo que comimos; sólo que eran todas cosas para beber. Sorbióse el corchete tres
de puro tinto. Brindóme a mí el porquero; me las cogía al vuelo y hacía más razones
que decíamos todos. No había memoria de agua, y menos voluntad de ella.
Parecieron en la mesa cinco pasteles de a cuatro, y tomando un hisopo, después de
haber quitado las hojaldres, dijeron un responso todos, con su requiem aeternam, por
el ánima del difunto cuyas eran aquellas carnes. Dijo mi tío:
-Ya os acordáis, sobrino, lo que os escribí de vuestro padre.
Vínoseme a la memoria; ellos comieron, pero yo pasé con los suelos solos, y
quedéme con la costumbre, y así, siempre que como pasteles, rezo una avemaría por
el que Dios haya.
Menudeóse sobre dos jarros, y era de suerte lo que hicieron el corchete y el de las
ánimas, que se pusieron las suyas tales, que trayendo un plato de salchichas que
parecía de dedos de negro, dijo uno:
-¡Qué mulata está la olla!
Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo con la voz algo
áspera y ronca, el un ojo medio acostado y el otro nadando en mosto:
-Sobrino, por este pan de Dios que crió a su imagen y semejanza, que no he comido
en mi vida mejor carne tinta.
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Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tomó el salero y dijo: «Caliente está
este caldo», y que el porquero se llevó el puño de sal, diciendo: «Es bueno el avisillo
para beber», y se lo chocló en la boca, comencé a reír por una parte y a rabiar por
otra.
Trujeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una escudilla,
diciendo: «Dios bendijo la limpieza», y alzándola para sorberla, por llevarla a la boca,
se la puso en el carrillo, y volcándola, se asó en caldo y se puso todo de arriba abajo
que era vergüenza. Él, que se vio así, fuese a levantar, y como pesaba algo la cabeza,
quiso ahirmar sobre la mesa, que era de estas movedizas; trastornóla, y manchó a los
demás, y tras esto decía que el porquero le había empujado. El porquero que vio que
el otro se le caía encima, levantóse, y alzando el instrumento de hueso, le dio con él
una trompetada. Asiéronse a puños, y, estando juntos los dos y teniéndole el
demandador mordido de un carrillo, con los vuelcos y alteración, el porquero vomitó
cuanto había comido en las barbas del de la demanda. Mi tío, que estaba más en su
juicio, decía que quién había traído a su casa tantos clérigos. Yo que los vi que ya, en
suma, multiplicaban, metí en paz la brega, desasí a los dos, y levanté del suelo al
corchete, el cual estaba llorando con gran tristeza, eché a mi tío en la cama, el cual
hizo cortesía a un velador de palo que tenía, pensando que era convidado. Quité el
cuerno al porquero, el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo
que le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él más
tonadas y que le quería tañer con el órgano. Al fin, yo no me aparté de ellos hasta que
vi que dormían.
Salíme de casa; entretúveme a ver mi tierra toda la tarde, pasé por la casa de Cabra,
tuve nueva de que ya era muerto, y no cuidé de preguntar de qué sabiendo que hay
hambre en el mundo. Torné a casa a la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hallé al
uno despierto y que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta, y diciendo
que se les había perdido la casa. Levantéle, y dejé dormir a los demás hasta las once
de la noche que despertaron; y esperezándose, preguntó mi tío que qué hora era.
Respondió el porquero (que aún no la había desollado) que no era nada sino la siesta y
que hacía grandes bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen su
cajilla:
-«Mucho han holgado las ánimas para tener a su cargo mi sustento»; y fuese, en
lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vio estrellas, comenzó a llamar a los otros
con grandes voces, diciendo que el cielo estaba estrellado a mediodía, y que había un
gran eclís. Santiguáronse todos y besaron la tierra.
Yo, que vi la bellaquería del demandador, escandalicéme mucho, y propuse de
guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas y infamias que veía yo, ya me
crecía por puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros. Despachélos a
todos uno por uno lo mejor que pude, acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra tenía
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raposa, y yo acomodéme sobre mis vestidos y algunas ropas de los que Dios tenga
que estaban por allí.
Pasamos de esta manera la noche. A la mañana traté con mi tío de reconocer mi
hacienda y cobrarla. Despertó diciendo que estaba molido y que no sabía de qué. El
aposento estaba, parte con las enjaguaduras de las monas, parte con las aguas que
habían hecho de no beberlas, hecho una taberna de vinos de retorno. Levantóse,
tratamos largo en mis cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y
rústico. Al fin, le reduje a que me diera noticia de parte de mi hacienda, aunque no de
toda, y así, me la dio de unos trescientos ducados que mi buen padre había ganado
por sus puños, y dejádolos en confianza de una buena mujer a cuya sombra se hurtaba
diez leguas a la redonda.
Por no cansar a V. Md., vengo a decir que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío
no había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca razón, porque
pensaba que yo me graduaría con este, y que estudiando, podría ser cardenal, que
como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso. Díjome, en viendo que
los tenía:
-Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién
parecer. Dinero llevas, yo no te he de faltar, que cuanto sirvo y cuanto tengo, para ti lo
quiero.
Agradecíle mucho la oferta. Gastamos el día en pláticas desatinadas y en pagar las
visitas a los personajes dichos. Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío, el porquero, y
demandador. Este jugaba misas como si fuera otra cosa. Era de ver cómo se barajaban
la taba: cogiéndola en el aire al que la echaba, y meciéndola en la muñeca, se la
tornaban a dar. Sacaban de taba como de naipe para la fábrica de la sed, porque
había siempre un jarro en medio.
Vino la noche; ellos se fueron; acostámonos mi tío y yo cada uno en su cama, que ya
había prevenido para mí un colchón. Amaneció y, antes que él despertase, yo me
levanté y me fui a una posada, sin que me sintiese; torné a cerrar la puerta por de fuera
y echéle la llave por una gatera.
Como he dicho, me fui a un mesón a esconder y aguardar comodidad para ir a la
Corte. Dejéle en el aposento una carta cerrada, que contenía mi ida y las causas,
avisándole que no me buscase, porque eternamente no lo había de ver.
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CAPÍTULO V: DE SU HUIDA, Y LOS SUCESOS EN ELLA HASTA LA CORTE.
Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la Corte. Llevaba un jumento;
alquilómele, y salíme a aguardarle a la puerta fuera del lugar. Salió, espetéme en el
dicho y empecé mi jornada. Iba entre mí diciendo: «Allá quedarás, bellaco,
deshonrabuenos, jinete de gaznates». Consideraba yo que iba a la Corte, adonde
nadie me conocía, que era la cosa que más me consolaba, y que había de valerme por
mi habilidad allí. Propuse de colgar los hábitos en llegando, y de sacar vestidos nuevos
cortos al uso. Pero volvamos a las cosas que el dicho de mi tío hacía, ofendido con la
carta que decía en esta forma:
«Señor Alonso Ramplón: tras haberme Dios hecho tan señaladas mercedes como
quitarme de delante a mi buen padre y tener a mi madre en Toledo, donde, por lo
menos sé que hará humo, no me faltaba sino ver hacer en V. Md. lo que en otros hace.
Yo pretendo ser uno de mi linaje, que dos es imposible, si no vengo a sus manos, y
trinchándome, como hace a otros. No pregunte por mí ni me nombre, porque me
importa negar la sangre que tenemos. Sirva al Rey y a Dios».
No hay que encarecer las blasfemias y oprobios que diría contra mí. Volvamos a mi
camino. Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar nadie,
cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa puesta, espada
ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien puesto, el cuello abierto más de roto
que de molde, el sombrero de lado. Sospeché que era algún caballero que dejaba
atrás su coche; y ansí, emparejando le saludé.
Miróme y dijo:
-Irá V. Md., señor licenciado, en ese borrico con harto más descanso que yo con
todo mi aparato.
Yo, que entendí que lo decía por coche y criados que dejaba atrás, dije:
-En verdad, señor, que lo tengo por más apacible caminar que el del coche, porque
aunque V. Md. vendrá en el que trae detrás con regalo, aquellos vuelcos que da
inquietan.
-¿Cuál coche detrás? -dijo él muy alborotado.
Y al volver atrás, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque se le rompió una
agujeta que traía, la cual era tan sola que, tras verme muerto de risa de verle, me pidió
una prestada. Yo, que vi que de la camisa no se veía sino una ceja, y que traía tapado
el rabo de medio ojo, le dije:
-Por Dios, señor, si V. Md. no aguarda a sus criados, yo no puedo socorrerle, porque
vengo también atacado únicamente.
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-Si hace V. Md. burla -dijo él, con las cachondas de la mano-, vaya, porque no
entiendo eso de los criados.
Y aclaróseme tanto en materia de ser pobre, que me confesó, a media legua que
anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir en el borrico un rato no le era
posible pasar adelante, por ir cansado de caminar con las bragas en los puños; y
movido a compasión, me apeé, y como él no podía soltar las calzas, húbele yo de
subir. Y espantóme lo que descubrí en el tocamiento, porque por la parte de atrás, que
cubría la capa, traía las cuchilladas con entretelas de nalga pura. Él, que sintió lo que le
había visto, como discreto, se previno diciendo:
-Señor licenciado, no es oro todo lo que reluce. Debióle parecer a V. Md., en viendo
el cuello abierto y mi presencia, que era un conde de Irlos. Como de estas hojaldres
cubren en el mundo lo que V. Md. ha tentado.
Yo le dije que le aseguraba de que me había persuadido a muy diferentes cosas de
las que veía.
-Pues aún no ha visto nada V. Md. -replicó-, que hay tanto que ver en mí como
tengo, porque nada cubro. Veme aquí V. Md. un hidalgo hecho y derecho, de casa de
solar montañés, que si como sustento la nobleza me sustentara, no hubiera más que
pedir. Pero ya, señor licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre, y por la
misericordia de Dios, todos la tienen colorada y no puede ser hijo de algo el que no
tiene nada. Ya he caído en la cuenta de las ejecutorias, después que hallándome en
ayunas un día, no me quisieron dar sobre ella en un bodegón dos tajadas; pues, ¡decir
que no tiene letras de oro! Pero más valiera el oro en las píldoras que en las letras, y
de más provecho es. Y con todo, hay muy pocas letras con oro. He vendido hasta mi
sepultura, por no tener sobre qué caer muerto, que la hacienda de mi padre Toribio
Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero (que todos estos nombres tenía) se perdió en
una fianza. Sólo el don me ha quedado por vender y soy tan desgraciado que no hallo
nadie con necesidad de él, pues quien no le tiene por ante le tiene por postre, como
el remendón, azadón, pendón, blandón, bordón y otros así.
Confieso que, aunque iban mezcladas con risa, las calamidades del dicho hidalgo
me enternecieron. Preguntéle cómo se llamaba y adónde iba y a qué. Dijo que todos
los nombres de su padre: don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán.
No se vio jamás nombre tan campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don,
como son de badajo. Tras esto dijo que iba a la Corte, porque un mayorazgo roído
como él en un pueblo corto, olía mal a dos días, y no se podía sustentar, y que por eso
se iba a la patria común, adonde caben todos y adonde hay mesas francas para
estómagos aventureros.
-Y nunca, cuando entro en ella, me faltan cien reales en la bolsa, cama, de comer y
refocilo de lo vedado, porque la industria en la Corte es piedra filosofal, que vuelve en
oro cuanto toca.
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Yo vi el cielo abierto, y en son de entretenimiento para el camino, le rogué que me
contase cómo y con quiénes y de qué manera viven en la Corte los que no tenían,
como él, porque me parecía dificultoso en este tiempo, que no solo se contenta cada
uno con sus cosas, sino que aun solicitan las ajenas.
-Muchos hay de esos -dijo-, y muchos de estos otros. Es la lisonja llave maestra, que
abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque no se le haga dificultoso lo que
digo, oiga mis sucesos y mis trazas, y se asegurará de esa duda.
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CAPÍTULO VI: EN QUE PROSIGUE EL CAMINO Y LO PROMETIDO DE SU VIDA Y COSTUMBRES.
«-Lo primero ha de saber que en la Corte hay siempre el más necio y el más sabio, más
rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde
los buenos, y que en ella hay unos géneros de gentes como yo, que no se les conoce
raíz ni mueble, ni otra cepa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos
diferenciamos con diferentes nombres; unos nos llamamos caballeros hebenes; otros,
hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la industria;
pagamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran trabajo traer la comida en
manos ajenas. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las
ollas y convidados por fuerza. Sustentámonos así del aire, y andamos contentos.
Somos gente que comemos un puerro y representamos un capón. Entrará uno a
visitarnos en nuestras casas, y hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y
aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos;
todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello de día.
Reñimos en entrando el huésped: «¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que
barra esa moza? Perdone V. Md., que han comido aquí unos amigos, y estos
criados…», etc. Quien no nos conoce cree que es así y pasa por convite.
Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno media vez,
sabemos su casa, vámosle a ver, y siempre a la hora de mascar, que se sepa que está
en la mesa. Decimos que nos llevan sus amores, porque tal entendimiento, etc. Si nos
preguntan si hemos comido, si ellos no han empezado decimos que no; si nos
convidan no aguardamos a segundo envite, porque de estas aguardadas nos han
sucedido grandes vigilias. Si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien
el ave, pan o carne el que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos:
-Ahora deje V. Md., que le quiero servir de maestresala, que solía, Dios le tenga en
el cielo (y nombramos un señor muerto, duque o conde), gustar más de verme partir
que de comer.
Diciendo esto, tomamos el cuchillo y partimos bocaditos, y al cabo decimos:
-¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en no probarlo. ¡Qué
buena mano tiene!
Y diciendo y haciendo, va en pruebas el medio plato: el nabo por ser nabo, el tocino
por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún
convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido, haciendo creer a
los frailes que es más devoción que necesidad.
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Es de ver uno de nosotros en una casa de juego con el cuidado que sirve y
despabila las velas, trae orinales, cómo mete naipes y solemniza las cosas del que
gana, todo por un triste real de barato.
Tenemos de memoria, para lo que toca a vestirnos, toda la ropería vieja. Y como en
otras partes hay hora señalada para oración, la tenemos nosotros para remendarnos.
Son de ver, a las mañanas, las diversidades de cosas que sanamos; que, como
tenemos por enemigo declarado al sol, por cuanto nos descubre los remiendos,
puntadas y trapos, nos ponemos, abiertas las piernas, a la mañana, a su rayo, y en la
sombra del suelo vemos las que hacen los andrajos y hilachas de las entrepiernas. Es
de ver cómo quitamos cuchilladas de atrás para poblar lo de adelante; y solemos traer
la trasera tan pacífica, por falta de cuchilladas, que se queda en las puras bayetas.
Sábelo sola la capa, y guardámonos de días de aire y de subir por escaleras claras o a
caballo. Estudiamos posturas contra la luz, pues, en día claro, andamos las piernas muy
juntas, y hacemos las reverencias con solos los tobillos, porque, si se abren las rodillas,
se verá el ventanaje.
No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no tenga
historia. Verbi gratia: bien ve V. Md. -dijo- esta ropilla; pues primero fue gregüescos,
nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que fue en su principio, y ahora espera salir
para soletas y otras cosas. Los escarpines, primero son pañizuelos, habiendo sido
toallas, y antes camisas, hijas de sábanas; y después de todo, los aprovechamos para
papel, y en el papel escribimos, y después hacemos dél polvos para resucitar los
zapatos, que de incurables, los he visto hacer revivir con semejantes medicamentos.
Pues ¿qué diré del modo con que de noche nos apartamos de las luces porque no
se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampiñas?, que no hay más pelo en ellas
que en un guijarro, que es Dios servido de dárnosle en la barba y quitárnosle en la
capa. Pero por no gastar con barberos, prevenimos siempre de aguardar a que otro de
los nuestros tenga también pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro,
conforme lo del Evangelio: «Ayudaos como buenos hermanos».
Traemos gran cuenta en no andar los unos por las casas de los otros, si sabemos que
alguno trata la misma gente que otro. Es de ver cómo andan los estómagos en celo.
Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en pollino por
las calles públicas; y obligados a ir en coche una vez en el año, aunque sea en la
arquilla o trasera. Pero si alguna vez vamos dentro del coche, es de considerar que
siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías porque
nos vean todos y hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.
Si nos come delante de algunas damas, tenemos traza para rascarnos en público sin
que se vea; si es en el muslo, contamos que vimos un soldado atravesado desde tal
parte a tal parte, y señalamos con las manos aquellas que nos comen, rascándonos en
vez de enseñarlas. Si es en la iglesia, y come en el pecho, nos damos sanctus aunque
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sea al introibo. Levantámonos, y arrimándonos a una esquina en son de empinarnos
para ver algo, nos rascamos.
¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca. Encajamos duques y
condes en las conversaciones, unos por amigos, otros por deudos, y advertimos que
los tales señores, o están muertos o muy lejos.
Y lo que más es de notar es que nunca nos enamoramos sino de pane lucrando, que
veda la orden damas melindrosas, por lindas que sean, y así, siempre andamos en
recuesta con una bodegonera por la comida, con la huéspeda por la posada, con la
que abre los cuellos por los que trae el hombre. Y aunque, comiendo tan poco y
bebiendo tan mal no se puede cumplir con tantas, por su tanda todas están contentas.
Quien ve estas botas mías, ¿cómo pensará que andan caballeras en las piernas en
pelo, sin media, ni otra cosa? Y quien viere este cuello, ¿por qué ha de pensar que no
tengo camisa? Pues todo esto le puede faltar a un caballero, señor licenciado, pero
cuello abierto y almidonado, no. Lo uno, porque así es gran ornato de la persona; y
después de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento, porque se cena el
hombre en el almidón con sus fondos en mugre, chupándole con destreza.
Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener más faltas que una
preñada de nueve meses, y con esto vive en la Corte; y ya se ve en prosperidad y con
dineros, y ya en el espital. Pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey, con
poco que tenga.»
Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me embebecí, que
divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta las Rozas, adonde nos quedamos
aquella noche. Cenó conmigo el dicho hidalgo, que no traía blanca y yo me hallaba
obligado a sus avisos, porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas, inclinándome a la
chirlería. Declaréle mis deseos antes que nos acostásemos; abrazóme mil veces,
diciendo que siempre esperó que habían de hacer impresión sus razones en hombre
de tan buen entendimiento. Ofrecióme favor para introducirme en la Corte con los
demás cofrades del estafón, y posada en compañía de todos. Aceptéla, no
declarándole que tenía los escudos que llevaba, sino hasta cien reales solos, los cuales
bastaron, con la buena obra que le había hecho y hacía, a obligarle a mi amistad.
Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche,
madrugamos, y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.
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LIBRO TERCERO:
CAPÍTULO I: DE LO QUE LE SUCEDIÓ EN LA CORTE LUEGO QUE LLEGÓ HASTA QUE AMANECIÓ.
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En esto estábamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su vestido pardo,
con un sombrero prendidas las faldas por los dos lados. Supo mi venida de los demás
y hablóme con mucho afecto. Quitóse la capa, y traía (¡mire V. Md. quién tal pensara!)
la ropilla de pardo paño la delantera, y la trasera de lienzo blanco, con sus fondos en
sudor. No pude tener la risa, y él, con gran disimulación, dijo:
-Haráse a las armas, y no se reirá. Yo apostaré que no sabe por qué traigo este
sombrero con la falda presa arriba.
Yo dije que por galantería y por dar lugar a la vista.
-Antes por estorbarla -dijo-; sepa que es porque no tiene toquilla, y que así no lo
echan de ver.
Y, diciendo esto, sacó más de veinte cartas y otros tantos reales, diciendo que no
había podido dar aquellas. Traía cada una un real de porte, y eran hechas por él
mismo. Ponía la firma de quien le parecía, escribía nuevas que inventaba a las personas
más honradas y dábalas en aquel traje cobrando los portes. Y esto hacía cada mes,
cosa que me espantó ver la novedad de la vida.
Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de paño, larga hasta el medio valón
y su capa de lo mismo, levantando el cuello porque no se viese el anjeo, que estaba
roto. Los valones eran de chamelote, mas no era más de lo que se descubría, y lo
demás de bayeta colorada. Este venía dando voces con el otro, que traía valona por no
tener cuello, y unos frascos por no tener capa, y una muleta con una pierna liada en
trapajos y pellejos por no tener más de una calza. Hacíase soldado, y habíalo sido en
los alojamientos y hasta la mar. Contaba extraños servicios suyos, y a título de soldado
entraba en cualquiera parte. Decía el de la ropilla y casi gregüescos:
-La mitad me debéis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais, ¡juro a Dios…!
-No jure a Dios -dijo el otro-, que en llegando a casa no soy cojo, y os daré con esta
muleta mil palos.
Si daréis, no daréis, y en los mentises acostumbrados, arremetió el uno al otro y
asiéndose se salieron con los pedazos de los vestidos en las manos a los primeros
estirones y no fue mucho. Metímoslos en paz, y preguntamos la causa de la pendencia.
Dijo el soldado:
-¿A mí chanzas? ¡No llevaréis ni medio! Han de saber V. Mds. que estando hoy en
San Salvador, llegó un niño a este pobrete, y le dijo que si era yo el alférez Joan de
Lorenzana, y dijo que sí, atento a que le vio no sé qué cosa que traía en las manos.
Llevómele, y dijo, nombrándome alférez: «Mire V. Md. qué le quiere este niño». Yo
que luego entendí la flor, acepté. Recibí el recado y con él doce pañizuelos, y respondí
a su madre, que los inviaba a algún hombre de aquel nombre. Pídeme ahora la mitad.
Yo antes me haré pedazos otra vez que tal dé. Todos los han de romper mis narices.
Juzgóse la causa en su favor. Solo se le contradijo lo del sonar con ellos,
mandándole que los entregase a la vieja, para honrar la comunidad haciendo de ellos
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unos cuellos y unos remates de mangas que se viesen y representasen camisas, que el
sonarse estaba vedado en la orden, si no era en el aire, u de saetilla a coz de dedo.
Era de ver llegada la noche cómo nos acostamos en dos camas, tan juntos que
parecíamos herramienta en estuche. Pasóse la cena de en claro en claro. No se
desnudaron los más, que con acostarse como andaban de día, cumplieron con el
precepto de dormir en cueros.
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CAPÍTULO II: EN QUE PROSIGUE LA MATERIA COMENZADA Y CUENTA ALGUNOS RAROS SUCESOS.
Amaneció el Señor y pusímonos todos en arma. Ya estaba yo tan hallado con ellos
como si todos fuéramos hermanos (que esta facilidad y dulzura se halla siempre en las
cosas malas). Era de ver a uno ponerse la camisa de doce veces, dividida en doce
trapos, diciendo una oración a cada uno como sacerdote que se viste. A cuál se le
perdía una pierna en los callejones de las calzas y la venía a hallar donde menos
convenía asomada. Otro pedía guía para ponerse el jubón, y en media hora se podía
averiguar con él.
Acabado esto, que no fue poco de ver, todos empuñaron aguja y hilo para hacer un
punteado en un rasgado y otro. Cuál, para culcusirse debajo del brazo, estirándole, se
hacía L. Uno, hincado de rodillas, arremedando un cinco de guarismo, socorría a los
cañones. Otro, por plegar las entrepiernas, metiendo la cabeza entre ellas, se hacía un
ovillo. No pintó tan extrañas posturas Bosco como yo vi, porque ellos cosían y la vieja
les daba los materiales, trapos y arrapiezos de diferentes colores, los cuales había
traído el soldado.
Acabóse la hora del remedio (que así la llamaban ellos) y fuéronse mirando unos a
otros lo que quedaba mal parado. Determinaron de irse fuera, y yo dije que antes
trazasen mi vestido, porque quería gastar los cien reales en uno, y quitarme la sotana.
-Eso no -dijeron ellos-; el dinero se dé al depósito, y vistámosle de lo reservado.
Luego señalémosle su diócesis en el pueblo adonde él solo busque y apolille.
Parecióme bien; deposité el dinero y en un instante, de la sotanilla me hicieron
ropilla de luto de paño, y acortando el herreruelo quedó bueno. Lo que sobró de paño
trocaron a un sombrero viejo reteñido; pusiéronle por toquilla unos algodones de
tintero muy bien puestos. El cuello y los valones me quitaron y en su lugar me pusieron
unas calzas atacadas, con cuchilladas no más de por delante, que lados y trasera eran
unas gamuzas. Las medias calzas de seda aun no eran medias, porque no llegaban más
de cuatro dedos más abajo de la rodilla, los cuales cuatro dedos cubría una bota justa
sobre la media colorada que yo traía. El cuello estaba todo abierto de puro roto;
pusiéronmele, y dijeron:
-El cuello está trabajoso por detrás y por los lados. V. Md., si le mirase uno, ha de ir
volviéndose con él, como la flor del sol con el sol; si fueren dos y miraren por los lados,
saque pies, y para los de atrás traiga siempre el sombrero caído sobre el cogote, de
suerte que la falda cubra el cuello y descubra toda la frente, y al que preguntare que
por qué anda así respóndale que porque puede andar con la cara descubierta por
todo el mundo.
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Diéronme una caja con hilo negro y hilo blanco, seda, cordel y aguja, dedal, paño,
lienzo, raso y otros retacillos, y un cuchillo; pusiéronme una espuela en la pretina,
yesca y eslabón en una bolsa de cuero, diciendo:
-Con esta caja puede ir por todo el mundo, sin haber menester amigos ni deudos;
en esta se encierra todo nuestro remedio. Tómela y guárdela.
Señaláronme por cuartel para buscar mi vida el de San Luis; y así, empecé mi
jornada, saliendo de casa con los otros, aunque por ser nuevo me dieron, para
empezar la estafa, como a misacantano, por padrino el mismo que me trujo y convirtió.
Salimos de casa con paso tardo, los rosarios en la mano; tomamos el camino para mi
barrio señalado. A todos hacíamos cortesías; a los hombres, quitábamos el sombrero,
deseando hacer lo mismo con sus capas a las mujeres hacíamos reverencias, que se
huelgan con ellas y con las paternidades mucho. A uno decía mi buen ayo: «Mañana
me traen dineros»; a otro: «Aguárdeme V. Md. un día, que me trae en palabras el
banco». Cuál le pedía la capa, quién le daba prisa por la pretina; en lo cual conocí que
era tan amigo de sus amigos, que no tenía cosa suya. Andábamos haciendo culebra de
una acera a otra por no topar con casas de acreedores. Ya le pedía uno el alquiler de la
casa, otro el de la espada y otro el de las sábanas y camisas, de manera que eché de
ver que era caballero de alquiler, como mula.
Sucedió, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos, según dijo,
por una deuda, mas no podía el dinero. Y porque no le conociese, soltó de detrás de
las orejas el cabello, que traía recogido, y quedó nazareno, entre ermitaño y caballero
lanudo; plantóse un parche en un ojo y púsose a hablar italiano conmigo. Esto pudo
hacer mientras el otro venía, que aún no le había visto, por estar ocupado en chismes
con una vieja. Digo de verdad que vi al hombre dar vueltas alrededor, como perro que
se quiere echar; hacíase más cruces que un ensalmador, y fuese diciendo:
-¡Jesús!, pensé que era él. A quien bueyes ha perdido…, etc.
Yo moríame de risa de ver la figura de mi amigo. Entróse en un portal a recoger la
melena y el parche, y dijo:
-Estos son los aderezos de negar deudas. Aprendé, hermano, que veréis mil cosas
de estas en el pueblo.
Pasamos adelante y, en una esquina, por ser de mañana, tomamos dos tajadas de
alcotín y agua ardiente, de una picarona que nos lo dio de gracia, después de dar el
bienvenido a mi adestrador. Y díjome:
-Con esto vaya el hombre descuidado de comer hoy; y, por lo menos, esto no puede
faltar.
Afligíme yo, considerando que aún teníamos en duda la comida, y repliqué afligido
por parte de mi estómago. A lo cual respondió:
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-Poca fe tienes con la religión y orden de los caninos. No falta el Señor a los cuervos
ni a los grajos ni aun a los escribanos ¿y había de faltar a los traspillados? Poco
estómago tienes.
-Es verdad -dije-, pero temo mucho tener menos y nada en él.
En esto estábamos, y dio un reloj las doce; y como yo era nuevo en el trato, no les
cayó en gracia a mis tripas el alcotín y tenía hambre como si tal no hubiera comido.
Renovada, pues, la memoria con la hora, volvíme al amigo y dije:
-Hermano, este de la hambre es recio noviciado; estaba hecho el hombre a comer
más que un sabañón y hanme metido a vigilias. Si vos no lo sentís, no es mucho, que
criado con hambre desde niño, como el otro rey con ponzoña, os sustentéis ya con
ella. No os veo hacer diligencia vehemente para mascar, y así, yo determino de hacer
la que pudiere.
-¡Cuerpo de Dios -replicó- con vos! Pues dan agora las doce ¿y tanta prisa? Tenéis
muy puntuales ganas y ejecutivas, y han menester llevar en paciencia algunas pagas
atrasadas. ¡No, sino comer todo el día! ¿Qué más hacen los animales? No se escribe
que jamás caballero nuestro haya tenido cámaras, que antes, de puro mal proveídos
no nos proveemos. Ya os he dicho que a nadie falta Dios. Y si tanta prisa tenéis, yo me
voy a la sopa de San Jerónimo, adonde hay aquellos frailes de leche como capones, y
allí haré el buche. Si vos queréis seguirme, venid, y si no, cada uno a sus aventuras.
-Adiós -dije yo-, que no son tan cortas mis faltas que se hayan de suplir con sobras
de otros. Cada uno eche por su calle.
Mi amigo iba pisando tieso y mirándose a los pies, sacó unas migajas de pan que
traía para el efecto siempre en una cajuela, y derramóselas por la barba y vestido, de
suerte que parecía haber comido. Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi
flaqueza, limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro izquierdo,
jugando con el decenario, que lo era porque no tenía más de diez cuentas. Todos los
que me veían me juzgaban por comido, y si fuera de piojos, no erraran.
Iba yo fiando en mis escudillos aunque me remordía la conciencia el ser contra la
orden comer a su costa quien vive de tripas horras en el mundo. Yo me iba
determinando a quebrar el ayuno, y llegué con esto a la esquina de la calle de San
Luis, adonde vivía un pastelero. Asomábase uno de a ocho tostado, y con aquel
resuello del horno tropezóme en las narices, y al instante me quedé del modo que
andaba como el perro perdiguero con el aliento de la caza, puestos en él los ojos. Le
miré con tanto ahínco que se secó el pastel como un aojado. Allí es de contemplar las
trazas que yo daba para hurtarle; resolvíame otra vez a pagarlo. En esto me dio la una.
Angustiéme de manera que me determiné a zamparme en un bodegón de los que
están por allí. Yo que iba haciendo punta a uno, Dios que lo quiso, topo con un
licenciado Flechilla, amigo mío, que venía haldeando por la calle abajo, con más barros
que la cara de un sanguino y tantos rabos que parecía chirrión con sotana, pulpo
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graduado o mercader que cargaba para Italia. Arremetió a mí en viéndome, que,
según estaba, fue mucho conocerme. Yo le abracé; preguntóme cómo estaba; díjele
luego:
-¡Ah, señor licenciado, qué de cosas tengo que contarle! Sólo me pesa de que me
he de ir esta noche y no habrá lugar.
-Eso me pesa a mí -replicó-, y si no fuera por ser tarde, y voy con prisa a comer, me
detuviera más, porque me aguarda una hermana casada y su marido.
-¿Que aquí está mi señora Ana? Aunque lo deje todo, vamos, que quiero hacer lo
que estoy obligado.
Abrí los ojos oyendo que no había comido. Fuime con él y empecéle a contar que
una mujercilla que él había querido mucho en Alcalá sabía yo dónde estaba, y que le
podía dar entrada en su casa. Pegósele luego al alma el envite, que fue industria
tratarle de cosa de gusto. Llegamos tratando en ello a su casa. Entramos; yo me ofrecí
mucho a su cuñado y hermana, y ellos, no persuadiéndose a otra cosa sino a que yo
venía convidado por venir a tal hora, comenzaron a decir que si lo supieran que habían
de tener tan buen huésped que hubieran prevenido algo. Yo cogí la ocasión y
convidéme, diciendo que yo era de casa y amigo viejo, y que se me hiciera agravio en
tratarme con cumplimiento.
Sentáronse y sentéme; y porque el otro lo llevase mejor, que ni me había convidado
ni le pasaba por la imaginación, de rato en rato le pegaba yo con la mozuela, diciendo
que me había preguntado por él y que le tenía en el alma y otras mentiras de este
modo, con lo cual llevaba mejor el verme engullir, porque tal destrozo como yo hice
en el ante no lo hiciera una bala en el de un coleto. Vino la olla y comímela en dos
bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan fiera, que parecía que aun entre los
dientes no la tenía bien segura. Dios es mi padre, que no come un cuerpo más presto
el montón de la Antigua de Valladolid, que le deshace en veinte y cuatro horas, que yo
despaché el ordinario; pues fue con más prisa que un extraordinario el correo. Ellos
bien debían notar los fieros tragos del caldo y el modo de agotar la escudilla, la
persecución de los huesos y el destrozo de la carne. Y si va a decir verdad, entre burla
y juego, empedré la faltriquera de mendrugos.
Levantóse la mesa, apartámonos yo y el licenciado a hablar de la ida en casa de la
dicha. Yo se lo facilité mucho. Y estando hablando con él a una ventana, hice que me
llamaban de la calle, y dije: «¿A mí, señor? Ya bajo». Pedíle licencia, diciendo que
luego volvía. Quedóme aguardando hasta hoy, que desaparecí por lo del pan comido
y la compañía deshecha. Topóme otras muchas veces y disculpéme con él contándole
mil embustes que no importan para el caso.
Fuime por las calles de Dios, llegué a la puerta de Guadalajara, y sentéme en un
banco de los que tienen en sus puertas los mercaderes. Quiso Dios que llegaron a la
tienda dos de las que piden prestado sobre sus caras, tapadas de medio ojo, con su
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vieja y pajecillo. Preguntaron si había algún terciopelo de labor extraordinaria. Yo
empecé luego, para trabar conversación, a jugar del vocablo, de tercio y pelado y pelo
y apelo y pospelo, y no dejé hueso sano a la razón. Sentí que les había dado mi
libertad algún seguro de algo de la tienda, y yo, como quien no aventuraba a perder
nada, ofrecílas lo que quisiesen. Regatearon diciendo que no tomaban de quien no
conocían. Yo me aproveché de la ocasión diciendo que había sido atrevimiento
ofrecerles nada, pero que me hiciesen merced de aceptar unas telas que me habían
traído de Milán, que a la noche llevaría un paje que les dije que era mío, por estar
enfrente aguardando a su amo, que estaba en otra tienda, por lo cual estaba
descaperuzado. Y para que me tuviesen por hombre de partes y conocido no hacía
sino quitar el sombrero a todos los oidores y caballeros que pasaban, y sin conocer a
ninguno les hacía cortesías como si los tratara familiarmente. Ellas se cegaron con esto
y con unos cien escudos en oro que yo saqué de los que traía, con achaque de dar
limosna a un pobre que me la pidió.
Pareciólas irse, por ser ya tarde, y así me pidieron licencia, advirtiéndome con el
secreto que había de ir el paje. Yo las pedí por favor y como en gracia un rosario
engazado en oro que llevaba la más bonita de ellas, en prendas de que las había de
ver a otro día sin falta. Regatearon dármele; yo les ofrecía en prendas los cien escudos,
y dijéronme su casa, y con intento de estafarme en más se fiaron de mí y
preguntáronme mi posada, diciendo que no podía entrar paje en la suya a todas horas,
por ser gente principal. Yo las llevé por la calle Mayor, y al entrar en la de las Carretas
escogí la casa que mejor y más grande me pareció. Tenía un coche sin caballos a la
puerta. Díjeles que aquella era y que allí estaba ella y el coche y dueño para servirlas.
Nombréme don Álvaro de Córdoba y entréme por la puerta delante de sus ojos. Y
acuérdome que cuando salimos de la tienda llamé uno de los pajes, con gran
autoridad con la mano. Hice que le decía que se quedasen todos y que me
aguardasen allí (que así dije yo que lo había dicho); y la verdad es que le pregunté si
era criado del comendador mi tío. Dijo que no; y con tanto, acomodé los criados
ajenos como buen caballero.
Llegó la noche oscura y acogímonos a casa todos. Entré y hallé al soldado de los
trapos con una hacha de cera que le dieron para acompañar un difunto y se vino con
ella. Llamábase éste Magazo, natural de Olías; había sido capitán en una comedia y
combatido con moros en una danza. A los de Flandes decía que había estado en la
China, y a los de la China en Flandes. Trataba de formar un campo y nunca supo sino
espulgarse en él. Nombraba castillos y apenas los había visto en los ochavos.
Celebraba mucho la memoria del señor don Juan, y oíle decir yo muchas veces de Luis
Quijada que había sido honra de amigos. Nombraba turcos, galeones y capitanes,
todos los que había leído en unas coplas que andaban de esto; y como él no sabía
nada de mar, porque no tenía de naval más del comer nabos, dijo, contando la batalla
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que había vencido el señor don Juan en Lepanto, que aquel Lepanto fue un moro muy
bravo, como no sabía el pobrete que era nombre del mar. Pasábamos con él lindos
ratos.
Entró luego mi compañero deshechas las narices y toda la cabeza entrapajada, lleno
de sangre y muy sucio. Preguntámosle la causa, y dijo que había ido a la sopa de San
Jerónimo y que pidió porción doblada, diciendo que era para unas personas honradas
y pobres. Quitáronselo a los otros mendigos para dárselo, y ellos, con el enojo,
siguiéronle, y vieron que en un rincón detrás de la puerta estaba sorbiendo con gran
valor, y sobre si era bien hecho engañar por engullir y quitar a otros para sí, se
levantaron voces y tras ellas palos y tras los palos chichones y tolondrones en su pobre
cabeza. Embistiéronle con los jarros, y el daño de las narices se le hizo uno con una
escudilla de palo que se la dio a oler con más prisa que convenía. Quitáronle la
espada, salió a las voces el portero, y aun no los podía meter en paz. En fin, se vio en
tanto peligro el pobre hermano, que decía: «¡Yo volveré lo que he comido!»; y aun no
bastaba, que ya no reparaban sino en que pedía para otros y no se preciaba de sopón.
«¡Miren el todo trapos, como muñeca de niños, más triste que pastelería en Cuaresma,
con más agujeros que una flauta y más remiendos que una pía y más manchas que un
jaspe y más puntos que un libro de música (decía un estudiantón de estos de la
capacha, gorronazo), que hay hombre en la sopa del bendito santo que puede ser
obispo o otra cualquier dignidad, y se afrenta un don Peluche de comer! ¡Graduado
estoy de bachiller en artes por Sigüenza!». Metióse el portero de por medio, viendo
que un vejezuelo que allí estaba decía que aunque acudía al brodio, que era
descendiente de los godos y que tenía deudos.
Aquí lo dejo porque el compañero estaba ya fuera desaprensando los huesos.
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CAPÍTULO III: EN QUE PROSIGUE LA MISMA MATERIA, HASTA DAR CON TODOS EN LA CÁRCEL.
Entró Merlo Díaz, hecha la pretina una sarta de búcaros y vidros, los cuales, pidiendo
de beber en los tornos de las monjas, había agarrado con poco temor de Dios. Mas
sacóle de la puja don Lorenzo del Pedroso, el cual entró con una capa muy buena, la
cual había trocado en una mesa de trucos a la suya, que no se la cubriera pelo al que la
llevó, por ser desbarbada. Usaba éste quitarse la capa como que quería jugar, y
ponerla con las otras, y luego, como que no hacía partido, iba por su capa y tomaba la
que mejor le parecía y salíase. Usábalo en los juegos de argolla y bolos.
Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme cercado de muchachos con
lamparones, cáncer y lepra, heridos y mancos, el cual se había hecho ensalmador con
unas santiguaduras y oraciones que había aprendido de una vieja. Ganaba este por
todos, porque si el que venía a curarse no traía bulto debajo de la capa, no sonaba
dinero en faldriquera, o no piaban algunos capones, no había lugar. Tenía asolado
medio reino. Hacía creer cuanto quería, porque no ha nacido tal artífice en el mentir;
tanto, que aun por descuido no decía verdad. Hablaba del Niño Jesús, entraba en las
casas con Deo gracias, decía lo del «Espíritu Santo sea con todos»… Traía todo ajuar
de hipócrita: un rosario con unas cuentas frisonas; al descuido hacía que se le viese por
debajo de la capa un trozo de disciplina salpicada con sangre de las narices; hacía
creer, concomiéndose, que los piojos eran silicios y que la hambre canina eran ayunos
voluntarios. Contaba tentaciones; en nombrando al demonio, decía «Dios nos libre y
nos guarde»; besaba la tierra al entrar en la iglesia; llamábase indigno; no levantaba los
ojos a las mujeres, pero las faldas sí. Con estas cosas, traía el pueblo tal, que se
encomendaban a él y era como encomendarse al diablo. Porque él era jugador y lo
otro (ciertos los llaman, y por mal nombre fulleros). Juraba el nombre de Dios unas
veces en vano y otras en vacío. Pues en lo que toca a mujeres, tenía seis hijos y
preñadas dos santeras. Al fin, de los mandamientos de Dios, los que no quebraba
hendía.
Vino Polanco haciendo gran ruido, y pidió su saco pardo, cruz grande, barba larga
postiza y campanilla. Andaba de noche de esta suerte, diciendo: «Acordaos de la
muerte, y haced bien para las ánimas…», etc. Con esto cogía mucha limosna y
entrábase en las casas que veía abiertas: si no había testigos ni estorbo, robaba
cuando había; si le topaban, tocaba la campanilla y decía con una voz que él fingía
muy penitente: «Acordaos, hermanos…», etcétera.
Todas estas trazas de hurtar y modos extraordinarios conocí, por espacio de un mes,
en ellos. Volvamos agora a que les enseñé el rosario y conté el cuento. Celebraron
mucho la traza y recibióle la vieja por su cuenta y razón para venderle. La cual se iba
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por las casas diciendo que era de una doncella pobre y que se deshacía de él para
comer. Y ya tenía para cada cosa su embuste y su trapaza. Lloraba la vieja a cada paso,
enclavijaba las manos y suspiraba de lo amargo, llamaba hijos a todos. Traía encima de
muy buena camisa, jubón, ropa, saya y manteo, un saco de sayal roto, de un amigo
ermitaño que tenía en las cuestas de Alcalá. Ésta gobernaba el hato, aconsejaba y
encubría.
Quiso, pues, el diablo, que nunca está ocioso en cosas tocantes a sus siervos, que
yendo a vender no sé qué ropa y otras cosillas a una casa, conoció uno no sé qué
hacienda suya. Trujo un alguacil y agarráronme la vieja, que se llamaba la madre
Labruscas. Confesó luego todo el caso y dijo cómo vivíamos todos y que éramos
caballeros de rapiña. Dejóla el alguacil en la cárcel y vino a casa, y halló en ella a todos
mis compañeros y a mí con ellos. Traía media docena de corchetes, verdugos de a pie,
y dio con todo el colegio buscón en la cárcel, adonde se vio en gran peligro la
caballería.
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Capítulo IV: En que trata los sucesos de la cárcel, hasta salir la vieja azotada, los
compañeros a la vergüenza y él en fiado.
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zabullir en lo hondo le daría otro doblón, asió del caso y mandóme bajar allá.
Determinéme a consentir antes que a pellizcar el talego más de lo que lo estaba. Fui
llevado abajo; recibiéronme con arbórbola y placer los amigos. Dormí aquella noche
algo desabrigado.
Amaneció el Señor y salimos del calabozo. Vímonos las caras, y lo primero que nos
fue notificado fue dar para la limpieza, como si en una noche lo hubiera yo ensuciado
todo, so pena de culebrazo fino. Yo di luego seis reales; mis compañeros no tenían
qué dar, y así, quedaron remitidos para la noche.
Había en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigotado, mohíno de cara, cargado de
espaldas y de azotes en ellas. Traía más hierro que Vizcaya, dos pares de grillos y una
cadena de portada. Llamábanle el Jayán. Decía que estaba por cosas de aire, y así,
sospechaba yo si era por algunos fuelles, chirimías o abanicos, y decíale si era por algo
de esto. Respondía que no, que eran cosas de atrás. Yo pensé que pecados viejos
quería decir, y averigüé que por puto. Cuando el alcaide le reñía por alguna travesura,
le llamaba botiller del verdugo y depositario general de culpas. Otras veces le
amenazaba diciendo: -«¿Qué te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer humo? Dios
es Dios, que te vendimie de camino». Había confesado este, y era tan maldito que
traíamos todos con carlancas, como mastines, las traseras, y no había quien se osase
ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas.
Este hacía amistad con otro que llamaban Robledo y por otro nombre el Trepado.
Decía que estaba preso por liberalidades; y, entendido, eran de manos en pescar lo
que topaba. Este había sido más azotado que postillón; no había verdugo que no
hubiese probado la mano en él. Tenía la cara con tantas cuchilladas que a descubrirse
puntos no se la ganara un flux. Tenía menos las orejas y pegadas las narices, aunque
no tan bien como la cuchillada que se las partía.
A estos se llegaban otros cuatro hombres, rapantes como leones de armas, todos
agrillados, gente de azotes y galeras, chilindrón legítimo. Decían ellos que presto
podrían decir que habían servido a su Rey por mar y por tierra. No se podrá creer la
notable alegría con que aguardaban su despacho.
Todos estos, mohínos de ver que mis compañeros no contribuían, ordenaron a la
noche de darlos culebra de cáñamo, con una soga dedicada al efecto.
Vino la noche. Fuímonos ahuchados a la postrera faldriquera de la casa. Mataron la
luz; yo metíme luego debajo de la tarima. Empezaron a silbar dos de ellos y otro a dar
sogazos. Los buenos caballeros, que vieron el negocio de revuelta, se apretaron de
manera las carnes ayunas (cenadas, comidas y almorzadas de sarna y piojos), que
cupieron todos en un resquicio de la tarima. Estaban como liendres en cabellos o
chinches en cama. Sonaban los golpes en la tabla; callaban los dichos. Los bellacos,
que vieron que no se quejaban, dejaron el dar azotes y empezaron a tirar ladrillos,
piedras y cascote que tenían recogido. Allí fue ella, que uno le halló el cogote a don
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Toribio y le levantó una pantorrilla en él de dos dedos. Comenzó a dar voces que le
mataban. Los bellacos, porque no se oyesen sus aullidos, cantaban todos juntos y
hacían ruido con las prisiones. Él, por esconderse, asió de los otros para meterse
debajo. Allí fue el ver cómo, con la fuerza que hacían, les sonaban los huesos.
Acabaron su vida las ropillas; no quedaba andrajo en pie. Menudeaban tanto las
piedras y cascotes, que dentro de poco tiempo tenía el dicho don Toribio más golpes
en la cabeza que una ropilla abierta, y no hallando remedio contra el granizo, viéndose
sin santidad cerca de morir San Esteban, dijo que le dejasen salir, que él pagaría luego
y daría sus vestidos en prendas. Consintiéronselo, y a pesar de los otros, que se
defendían con él, descalabrado y como pudo se levantó y pasó a mi lado.
Los otros, por presto que acordaron a hacer lo mismo, ya tenían las chollas con más
tejas que pelos. Ofrecieron para pagar la patente sus vestidos haciendo cuenta que
era mejor entrarse en la cama por desnudos que por heridos. Y así, aquella noche los
dejaron, y a la mañana les pidieron que se desnudasen, y se halló que de todos sus
vestidos juntos no se podía hacer una mecha a un candil.
Quedáronse en la cama, digo envueltos en una manta, la cual era la que llaman
ruana, donde se espulgan todos. Empezaron luego a sentir el abrigo de la manta,
porque había piojo con hambre canina, y otro que en un brazo ayuno de ellos
quebraba ayuno de ocho días; habíalos frisones y otros que se podían echar a la oreja
de un toro. Pensaron aquella mañana ser almorzados de ellos; quitáronse la manta,
maldiciendo su fortuna, deshaciéndose a puras uñadas.
Yo salíme del calabozo diciéndoles que me perdonasen si no les hiciese mucha
compañía, porque me importaba no hacérsela. Torné a repasarle las manos al
carcelero con tres de a ocho y sabiendo quién era el escribano de la causa enviéle a
llamar con un picarillo. Vino, metíle en un aposento, y empecéle a decir (después de
haber tratado de la causa) cómo yo tenía no sé que dinero; supliquéle que me lo
guardase, y que en lo que hubiese lugar favoreciese la causa de un hijodalgo
desgraciado que por engaño había incurrido en tal delito.
-Crea V. Md. -dijo, después de haber pescado la mosca-, que en nosotros está todo
el juego, y que si uno da en no ser hombre de bien puede hacer mucho mal. Más
tengo yo en galeras de balde, por mi gusto, que hay letras en el proceso. Fíese de mí y
crea que le sacaré a paz y a salvo.
Fuese con esto y volvióse desde la puerta a pedirme algo para el buen Diego
García, el alguacil, que importaba acallarle con mordaza de plata y apuntóme no sé
qué del relator, para ayuda de comerse cláusula entera. Dijo:
-Un relator, señor, con arcar las cejas, levantar la voz, dar una patada para hacer
atender al alcalde divertido, hacer una acción, destruye a un cristiano.
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Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales, y en pago me dijo que
enderezase el cuello de la capa, y dos remedios para el catarro que tenía de la frialdad
del calabozo, y últimamente me dijo, mirándome con grillos:
-Ahorre de pesadumbre, que con ocho reales que dé al alcaide, le aliviará; que esta
es gente que no hace virtud si no es por interés.
Cayóme en gracia la advertencia. Al fin, él se fue. Yo di al carcelero un escudo;
quitóme los grillos. Dejábame entrar en su casa. Tenía una ballena por mujer y dos
hijas del diablo, feas y necias, y de la vida, a pesar de sus caras. Sucedió que el
carcelero (se llamaba tal Blandones de San Pablo, y la mujer doña Ana Moráez) vino a
comer, estando yo allí, muy enojado y bufando. No quiso comer. La mujer, recelando
alguna gran pesadumbre, se llegó a él, y le enfadó tanto con las acostumbradas
importunidades, que dijo:
-¿Qué ha de ser, si el bellaco ladrón de Almendros el aposentador, me ha dicho,
teniendo palabras con él sobre el arrendamiento, que vos nos sois limpia?
-¿Tantos rabos me ha quitado el bellaco? -dijo ella-; por el siglo de mi agüelo, que
no sois hombre, pues no le pelastes las barbas. ¿Llamo yo a sus criadas que me
limpien?
Y volviéndose a mí, dijo:
-Vale Dios que no me podrá decir que soy judía como él, que de cuatro cuartos que
tiene, los dos son de villano y los otros ocho maravedís de hebreo. A fe, señor don
Pablos, que si yo lo oyera, que yo le acordara de que tiene las espaldas en el aspa de
San Andrés.
Entonces, muy afligido el alcaide, respondió:
-¡Ay, mujer, que callé porque dijo que en esa teníades vos dos o tres madejas! Que
lo sucio no os lo dijo por lo puerco, sino por el no lo comer.
-Luego ¿judía dijo que era? ¿Y con esa paciencia lo decís, buenos tiempos? ¿Así
sentís la honra de doña Ana Moráez, hija de Esteban Rubio y Joan de Madrid, que
sabe Dios y todo el mundo?
-¡Cómo! ¿Hija -dije yo- de Joan de Madrid?
-De Joan de Madrid, el de Auñón.
-Voto a Dios -dije yo- que el bellaco que tal dijo es un judío, puto y cornudo.
Y volviéndome a ellas:
-Joan de Madrid, mi señor, que esté en el cielo, fue primo hermano de mi padre. Y
daré yo probanza de quién es y cómo; y esto me toca a mí. Y si salgo de la cárcel yo le
haré desdecir cien veces al bellaco. Ejecutoria tengo en el pueblo, tocante a
entrambos, con letras de oro.
Alegráronse con el nuevo pariente y cobraron ánimo con lo de la ejecutoria. Y ni yo
la tenía ni sabía quiénes eran. Comenzó el marido a quererse informar del parentesco
por menudo. Yo, porque no me cogiese en mentira, hice que me salía de enojado,
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votando y jurando. Tuviéronme, diciendo que no se tratase más de ello. Yo, de rato en
rato, salía muy al descuido con decir:
-¡Joan de Madrid! ¡Burlando es la probanza que yo tengo suya!
Otras veces decía:
-¡Joan de Madrid, el mayor! Su padre de Joan de Madrid fue casado con Ana de
Acevedo, la gorda.
Y callaba otro poco. Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de comer y cama en
su casa, y el escribano, solicitado de él y cohechado con el dinero, lo hizo tan bien,
que sacaron a la vieja delante de todos en un palafrén pardo a la brida, con un músico
de culpas delante. Era el pregón: «¡A esta mujer, por ladrona!» Llevábale el compás en
las costillas el verdugo, según lo que le habían recetado los señores de los ropones.
Luego seguían todos mis compañeros, en los overos de echar agua, sin sombreros y
las caras descubiertas. Sacábanlos a la vergüenza y cada uno, de puro roto, llevaba la
suya de fuera. Desterráronlos por seis años. Yo salí en fiado, por virtud del escribano. Y
el relator no se descuidó, porque mudó tono, habló quedo y ronco, brincó razones y
mascó cláusulas enteras.
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CAPÍTULO V: DE CÓMO TOMÓ POSADA, Y LA DESGRACIA QUE LE SUCEDIÓ EN ELLA.
Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos; aunque me avisaron que iban camino
de Sevilla a costa de la caridad, no los quise seguir.
Determinéme de ir a una posada, donde hallé una moza rubia y blanca, miradora,
alegre, a veces entremetida y a veces entresacada y salida; zaceaba un poco; tenía
miedo a los ratones; preciábase de manos y por enseñarlas siempre despabilaba las
velas, partía la comida en la mesa, en la iglesia siempre tenía puestas las manos, por
las calles iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro, en el estrado, de
contino tenía un alfiler que prender en el tocado, si se jugaba a algún juego era
siempre el de pizpirigaña, por ser cosa de mostrar manos. Hacía que bostezaba,
adrede, sin tener gana, por mostrar los dientes y hacer cruces en la boca. Al fin, toda la
casa tenía ya tan manoseada que enfadaba ya a sus mismos padres.
Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla, con muy
buena ropa, a tres moradores: fui el uno yo, el otro un portugués, y un catalán.
Hiciéronme muy buena acogida.
A mí no me pareció mal la moza para el deleite, y lo otro la comodidad de
hallármela en casa. Di en poner en ella los ojos; contábales cuentos que yo tenía
estudiados para entretener; traíalas nuevas aunque nunca las hubiese; servíalas en
todo lo que era de balde. Díjelas que sabía encantamientos y que era nigromante, que
haría que pareciese que se hundía la casa y que se abrasaba, y otras cosas que ellas
como buenas creedoras tragaron. Granjeé una voluntad en todos agradecida, pero no
enamorada, que, como no estaba tan bien vestido como era razón, aunque ya me
había mejorado algo de ropa por medio del alcaide, a quien visitaba siempre,
conservando la sangre a pura carne y pan que le comía, no hacían de mí el caso que
era razón.
Di para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa amigos a
buscarme cuando no estaba en ella. Entró uno, el primero, preguntando por el señor
don Ramiro de Guzmán, que así dije que era mi nombre (porque los amigos me habían
dicho que no era de costa mudarse los nombres, y que era útil). Al fin, preguntó por
don Ramiro, «un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con el Rey».
Desconociéronme en esto las huéspedas y respondieron que allí no vivía sino un don
Ramiro de Guzmán, más roto que rico, pequeño de cuerpo, feo de cara y pobre.
-Ese es -replicó- el que yo digo. Y no quisiera más renta al servicio de Dios que la
que tiene a más de dos mil ducados.
Contóles otros embustes, quedáronse espantadas, y él las dejó una cédula de
cambio fingida, que traía a cobrar en mí, de nueve mil escudos. Díjoles que me la
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diesen para que la aceptase, y fuese. Creyeron la riqueza la niña y la madre y
acotáronme luego para marido. Vine yo con gran disimulación, y en entrando, me
dieron la cédula diciendo:
-Dineros y amor mal se encubren, señor don Ramiro. ¿Cómo que nos esconda V.
Md. quién es debiéndonos tanta voluntad?
Yo hice como que me había disgustado por el dejar de la cédula y fuime a mi
aposento. Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían que todo me
estaba bien, celebraban mis palabras, no había tal donaire como el mío. Yo que las vi
tan cebadas declaré mi voluntad a la muchacha y ella me oyó contentísima,
diciéndome mil lisonjas.
Apartámonos; y una noche, para confirmarlas más en mi riqueza, cerréme en mi
aposento, que estaba dividido del suyo con sólo un tabique muy delgado, y sacando
cincuenta escudos estuve contándolos en la mesa tantas veces que oyeron contar seis
mil escudos. Fue esto de verme con tanto dinero de contado, para ellas, todo lo que
yo podía desear, porque dieron en desvelarse para regalarme y servirme.
El portugués se llamaba o siñor Vasco de Meneses, caballero de la cartilla, digo de
Christus. Traía su capa de luto, botas, cuello pequeño y mostachos grandes. Ardía por
doña Berenguela de Robledo, que así se llamaba. Enamorábala sentándose a
conversación y suspirando más que beata en sermón de Cuaresma. Cantaba mal, y
siempre andaba apuntando con él el catalán, el cual era la criatura más triste y
miserable que Dios crió; comía a tercianas, de tres a tres días, y el pan tan duro que
apenas le pudiera morder un maldiciente. Pretendía por lo bravo, y si no era el poner
huevos, no le faltaba otra cosa para gallina, porque cacareaba notablemente.
Como vieron los dos que yo iba tan adelante dieron en decir mal de mí. El
portugués decía que era un piojoso, pícaro, desarropado; el catalán me trataba de
cobarde y vil. Yo lo sabía todo y a veces lo oía, pero no me hallaba con ánimo para
responder. Al fin, la moza me hablaba y recibía mis billetes. Comenzaba por lo
ordinario: «Este atrevimiento, su mucha hermosura de V. Md…»; decía lo de «me
abraso», trataba de «penar», ofrecíame por esclavo, firmaba el corazón con la saeta…
Al fin, llegamos a los túes, y yo, para alimentar más el crédito de mi calidad, salíme de
casa y alquilé una mula, y arrebozado y mudando la voz, vine a la posada y pregunté
por mí mismo, diciendo si vivía allí su merced del señor don Ramiro de Guzmán, señor
del Valcerrado y Villorete.
-Aquí vive -repondió la niña- un caballero de ese nombre, pequeño de cuerpo.
Y, por las señas, dije yo que era él, y las supliqué que le dijesen que Diego de
Solórzana, su mayordomo que fue de las depositarías, pasaba a las cobranzas y le
había venido a besar las manos. Con esto me fui y volví a casa de allí a un rato.
Recibiéronme con la mayor alegría del mundo, diciendo que para qué les tenía
escondido el ser señor de Valcerrado y Villorete. Diéronme el recado. Con esto, la
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muchacha se remató, codiciosa de marido tan rico, y trazó de que la fuese a hablar a la
una de la noche por un corredor que caía a un tejado donde estaba la ventana de su
aposento.
El diablo, que es agudo en todo, ordenó que venida la noche, yo deseoso de gozar
la ocasión, me subí al corredor, y por pasar desde él al tejado que había de ser,
vánseme los pies y doy en el de un vecino escribano tan desatinado golpe, que quebré
todas las tejas y quedaron estampadas en las costillas. Al ruido despertó la media casa,
y pensando que eran ladrones (que son antojadizos de ellos los de este oficio)
subieron al tejado. Yo que vi esto quíseme esconder detrás de una chimenea y fue
aumentar la sospecha, porque el escribano y dos criados y un hermano me molieron a
palos y me ataron a la vista de mi dama, sin bastarme ninguna diligencia. Mas ella se
reía mucho, porque como yo la había dicho que sabía hacer burlas y encantamentos,
pensó que había caído por gracia y nigromancia y no hacía sino decirme que subiese,
que bastaba ya. Con esto y con los palos y puñadas que me dieron, daba aullidos; y
era lo bueno que ella pensaba que todo era artificio y no acababa de reír.
Comenzó luego a hacer la causa, y porque me sonaron unas llaves en la faldriquera,
dijo y escribió que eran ganzúas y aunque las vio, sin haber remedio de que no lo
fuesen. Díjele que era don Ramiro de Guzmán y rióse mucho. Yo, triste, que me había
visto moler a palos delante de mi dama, y me vi llevar preso sin razón y con mal
nombre, no sabía qué hacerme. Hincábame de rodillas y ni por esas ni por esotras
bastaba con el escribano.
Todo esto pasaba en el tejado, que los tales, aun de las tejas arriba levantan falsos
testimonios. Dieron orden de bajarme abajo y lo hicieron por una ventana que caía a
una pieza que servía de cocina.
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CAPÍTULO VI: PROSIGUE EL CUENTO, CON OTROS VARIOS SUCESOS.
No cerré los ojos con toda la noche, considerando mi desgracia, que no fue dar en el
tejado sino en las manos del escribano, y cuando me acordaba de lo de las ganzúas y
las hojas que había escrito en la causa, echaba de ver que no hay cosa que tanto
crezca como culpa en poder de escribano.
Pasé la noche en revolver trazas; unas veces me determinaba a rogárselo por
Jesucristo, y considerando lo que le pasó con ellos vivo, no me atrevía. Mil veces me
quiso desatar, pero sentíame luego y levantábase a visitarme los nudos, que más
velaba él en cómo forjaría el embuste que yo en mi provecho. Madrugó al amanecer y
vistióse a hora que en toda su casa no había otros levantados sino él y los testimonios.
Agarró la correa y tornóme a repasar las costillas, reprehendiéndome el mal vicio de
hurtar como quien tan bien le sabía.
En esto estábamos, él dándome y yo casi determinado de darle a él dineros, que es
la sangre con que se labran semejantes diamantes, cuando incitados y forzados de los
ruegos de mi querida, que me había visto caer y apalear, desengañada de que no era
encanto sino desdicha, entraron el portugués y el catalán, y en viendo el escribano que
me hablaban, desenvainando la pluma, los quiso espetar por cómplices en el proceso.
El portugués no lo pudo sufrir, y tratóle algo mal de palabra, diciendo que él era un
caballero «fidalgo de casa du Rey», y que yo era un «home muito fidalgo», y que era
bellaquería tenerme atado. Comenzóme a desatar y al punto el escribano clamó:
«¡Resistencia!», y dos criados suyos, entre corchetes y ganapanes, pisaron las capas,
deshiciéronse los cuellos, como lo suelen hacer para representar las puñadas que no
ha habido, y pedían favor al Rey. Los dos, al fin, me desataron, y viendo el escribano
que no había quién le ayudase, dijo:
-¡Voto a Dios que esto no se puede hacer conmigo y que a no ser Vs. Mds. quien
son les podría costar caro! Manden contentar estos testigos y echen de ver que les
sirvo sin interés.
Yo vi luego la letra; saqué ocho reales y díselos y aun estuve por volverle los palos
que me había dado; pero por no confesar que los había recibido lo dejé y me fui con
ellos, dando las gracias de mi libertad y rescate.
Entré en casa con la cara rozada de puros mojicones y las espaldas algo mohínas de
los varapalos. Reíase el catalán mucho y decía a la niña que se casase conmigo para
volver el refrán al revés, y que no fuese tras cornudo apaleado sino tras apaleado
cornudo. Tratábame de resuelto y sacudido por los palos; traíame afrentado con estos
equívocos. Si entraba a visitarlos trataban luego de varear; otras veces de leña y
madera. Yo, que me vi corrido y afrentado, y que ya me iban dando en la flor de lo
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rico, comencé a trazar de salirme de casa; y para no pagar comida, cama ni posada,
que montaba algunos reales, y sacar mi hato libre, traté con un licenciado Brandalagas,
natural de Hornillos, y con otros dos amigos suyos, que me viniesen una noche a
prender. Llegaron la señalada y requirieron a la huéspeda que venían de parte del
Santo Oficio y que convenía secreto. Temblaron todas, por lo que yo me había hecho
nigromántico con ellas. Al sacarme a mí callaron; pero al ver sacar el hato pidieron
embargo por la deuda, y respondieron que eran bienes de la Inquisición. Con esto no
chistó alma terrena.
Dejáronles salir y quedaron diciendo que siempre lo temieron. Contaban al catalán y
al portugués lo de aquellos que me venían a buscar; decían entrambos que eran
demonios y que yo tenía familiar. Y cuando les contaban del dinero que yo había
contado, decían que parecía dinero pero no lo era; de ninguna suerte persuadiéronse
a ello.
Yo saqué mi ropa y comida horra. Di traza con los que me ayudaron de mudar de
hábito y ponerme calza de obra y vestido al uso, cuellos grandes y un lacayo en
menudos: dos lacayuelos, que entonces era uso. Animáronme a ello, poniéndome por
delante el provecho que se me seguiría de casarme con la ostentación, a título de rico,
y que era cosa que sucedía muchas veces en la Corte. Y aún añadieron que ellos me
encaminarían parte conveniente y que me estuviese bien, y con algún arcaduz por
donde se guiase. Yo, negro codicioso de pescar mujer, determinéme. Visité no sé
cuántas almonedas y compré mi aderezo de casar. Supe dónde se alquilaban caballos
y espetéme en uno el primer día, y no hallé lacayo.
Salíme a la calle Mayor y púseme enfrente de una tienda de jaeces, como que
concertaba alguno. Llegáronse dos caballeros, cada cual con su lacayo.
Preguntáronme si concertaba uno de plata que tenía en las manos; yo solté la prosa y
con mil cortesías los detuve un rato. En fin, dijeron que se querían ir al Prado a bureo
un poco, y yo, que si no lo tenían a enfado, que los acompañaría. Dejé dicho al
mercader que si viniesen allí mis pajes y un lacayo, que los encaminase al Prado. Di
señas de la librea y metíme entre los dos y caminamos. Yo iba considerando que a
nadie que nos veía era posible el determinar cúyos eran los lacayos, ni cuál era el que
no le llevaba.
Empecé a hablar muy recio de las cañas de Talavera y de un caballo que tenía
porcelana; encarecíales mucho el roldanejo que esperaba de Córdoba. En topando
algún paje, caballo o lacayo, los hacía parar y les preguntaba cúyo era, y decía de las
señales y si le querían vender; hacíale dar dos vueltas en la calle, y, aunque no la
tuviese, le ponía una falta en el freno y decía lo que había de hacer para remediarlo, y
quiso mi ventura que topé muchas ocasiones de hacer esto. Y porque los otros iban
embelesados y, a mi parecer, diciendo: «¿Quién será este tagarote escuderón?»,
porque el uno llevaba un hábito en los pechos, y el otro una cadena de diamantes (que
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era hábito y encomienda todo junto), dije yo que andaba en busca de buenos caballos
para mí y a otro primo mío, que entrábamos en unas fiestas.
Llegamos al Prado, y en entrando, saqué el pie del estribo y puse el talón por
defuera y empecé a pasear. Llevaba la capa echada sobre el hombro y el sombrero en
la mano. Mirábanme todos; cuál decía: «Este yo le he visto a pie»; otro: «Hola, lindo va
el buscón». Yo hacía como que no oía nada, y paseaba.
Llegáronse a un coche de damas los dos, y pidiéronme que picardease un rato.
Dejéles la parte de las mozas y tomé el estribo de madre y tía. Eran las vejezuelas
alegres, la una de cincuenta y la otra punto menos. Díjeles mil ternezas y oíanme, que
no hay mujer, por vieja que sea, que tenga tantos años como presunción. Prometílas
regalos y preguntélas del estado de aquellas señoras, y respondieron que doncellas, y
se les echaba de ver en la plática. Yo dije lo ordinario: que las viesen colocadas como
merecían; y agradóles mucho la palabra colocadas. Preguntáronme tras esto que en
qué me entretenía en la Corte. Yo les dije que en huir de un padre y madre que me
querían casar contra mi voluntad con mujer fea y necia y mal nacida, por el mucho
dote.
-Y yo, señoras, quiero más una mujer limpia en cueros que una judía poderosa, que
por bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de cuatro mil ducados de renta, y si
salgo con un pleito que traigo en buenos puntos, no habré menester nada.
Saltó tan presto la tía:
-¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y mujer de casta,
que le prometo que con ser yo no muy rica, no he querido casar mi sobrina, con
haberle salido ricos casamientos, por no ser de calidad. Ella pobre es, que no tiene
sino seis mil ducados de dote, pero no debe nada a nadie en sangre.
-Eso creo muy bien -dije yo.
En esto, las doncellicas remataron la conversación con pedir algo de merendar a mis
amigos:
Mirábase el uno a otro, y a todos tiembla la barba.
Yo, que vi ocasión, dije que echaba menos mis pajes, por no tener con quien enviar
a casa por unas cajas que tenía. Agradeciéronmelo y yo las supliqué se fuesen a la
Casa del Campo al otro día, y que yo las enviaría algo fiambre. Aceptaron luego;
dijéronme su casa y preguntaron la mía. Y, con tanto, se apartó el coche, y yo y los
compañeros comenzamos a caminar a casa.
Ellos, que me vieron largo en lo de la merienda, aficionáronse, y por obligarme me
suplicaron cenase con ellos aquella noche. Híceme algo de rogar, aunque poco, y cené
con ellos, haciendo bajar a buscar mis criados y jurando de echarlos de casa. Dieron las
diez, y yo dije que era plazo de cierto martelo y que, así, me diesen licencia. Fuime,
quedando concertados de vernos a la tarde en la Casa del Campo.
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Fui a dar el caballo al alquilador, y desde allí a mi casa. Hallé los compañeros
jugando quinolicas. Contéles el caso y el concierto hecho, y determinamos de enviar la
merienda sin falta, y gastar doscientos reales en ella.
Acostámonos con estas determinaciones. Yo confieso que no pude dormir en toda la
noche con el cuidado de lo que había de hacer con el dote. Y lo que más me tenía en
duda era el hacer de él una casa o darlo a censo, que no sabía yo cuál sería mejor y de
más provecho.
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CAPÍTULO VII: EN QUE SE PROSIGUE LO MISMO, CON OTROS SUCESOS Y DESGRACIAS QUE LE
SUCEDIERON.
Amaneció y despertamos a dar traza en los criados, plata y merienda. En fin, como el
dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le pierda el respeto, pagándoselo a
un repostero de un señor, me dio plata, y la sirvió él y tres criados.
Pasóse la mañana en aderezar lo necesario, y a la tarde ya yo tenía alquilado mi
caballito. Tomé el camino a la hora señalada para la Casa del Campo. Llevaba toda la
pretina llena de papeles como memoriales, y desabotonados seis botones de la ropilla,
y asomados unos papeles. Llegué, y ya estaban allá las dichas y los caballeros y todo.
Recibiéronme ellas con mucho amor y ellos llamándome de vos, en señal de
familiaridad. Había dicho que me llamaba don Filipe Tristán, y en todo el día había otra
cosa sino don Filipe acá y don Filipe allá. Yo comencé a decir que me había visto tan
ocupado con negocios de Su Majestad y cuentas de mi mayorazgo, que había temido
el no poder cumplir; y que, así, las apercibía a merienda de repente.
En esto, llegó el repostero con su jarcia, plata y mozos; los otros y ellas no hacían
sino mirarme y callar. Mandéle que fuese al cenador y aderezase allí, que entretanto
nos íbamos a los estanques. Llegáronse a mí las viejas a hacerme regalos, y holguéme
de ver descubiertas las niñas, porque no he visto desde que Dios me crió tan linda
cosa como aquella en quien yo tenía asestado el matrimonio: blanca, rubia, colorada,
boca pequeña, dientes menudos y espesos, buena nariz, ojos rasgados y verdes, alta
de cuerpo, lindas manazas y zazosita. La otra no era mala, pero tenía más
desenvoltura, y dábame sospechas de hocicada.
Fuimos a los estanques, vímoslo todo y en el discurso conocí que la mi desposada
corría peligro en tiempo de Herodes, por inocente. No sabía, pero como yo no quiero
las mujeres para consejeras ni bufonas, sino para acostarme con ellas, y si son feas y
discretas es lo mismo que acostarse con Aristóteles o Séneca o con un libro, procúrolas
de buenas partes para el arte de las ofensas; que cuando sea boba, harto sabe si me
sabe bien. Esto me consoló. Llegamos cerca del cenador, y al pasar una enramada
prendióseme en un árbol la guarnición del cuello y desgarróse un poco. Llegó la niña,
y prendiómelo con un alfiler de plata y dijo la madre que enviase el cuello a su casa al
otro día, que allá lo aderezaría doña Ana, que así se llamaba la niña.
Estaba todo cumplidísimo; mucho que merendar, caliente y fiambre, frutas y dulces.
Levantaron los manteles y, estando en esto, vi venir un caballero con dos criados por la
huerta adelante, y cuando no me cato, conozco a mi buen don Diego Coronel.
Acercóse a mí, y como estaba en aquel hábito, no hacía sino mirarme. Habló a las
mujeres y tratólas de primas; y, a todo esto, no hacía sino volver y mirarme. Yo me
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estaba hablando con el repostero, y los otros dos, que eran sus amigos, estaban en
gran conversación con él.
Preguntóles, según se echó de ver después, mi nombre, y ellos dijeron:
-Don Filipe Tristán, un caballero muy honrado y rico.
Veíale yo santiguarse. Al fin, delante de ellas y de todos, se llegó a mí y dijo:
-V. Md. me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su nombre, por bien
diferente de lo que es; que no he visto cosa tan parecida a un criado que yo tuve en
Segovia, que se llamaba Pablillos, hijo de un barbero del mismo lugar.
Riéronse todos mucho, y yo me esforcé para que no me desmintiese la color, y díjele
que tenía deseo de ver aquel hombre, porque me habían dicho infinitos que le era
parecidísimo.
-¡Jesús! -decía el don Diego-. ¿Cómo parecido? El talle, la habla, los meneos, hasta
en esa señal de la frente, que en V. Md. debe de ser herida y en él fue un palo que le
dieron entrando a hurtar unas gallinas. ¡No he visto tal cosa! Digo, señor, que es
admiración grande, y que no he visto cosa tan parecida.
-Dolo al diablo -dije yo- y ¿no ahorcaron ese ganapán?
Entonces las viejas, tía y madre, dijeron que cómo era posible que a un caballero tan
principal se pareciese un pícaro tan bajo como aquél. Y porque no sospechase nada
de ellas, dijo la una:
-Yo le conozco muy bien al señor don Filipe, que es el que nos hospedó por orden
de mi marido, que fue gran amigo suyo, en Ocaña.
Yo entendí la letra y dije que mi voluntad era y sería de servirlas con mi poco posible
en todas partes.
El don Diego se me ofreció y me pidió perdón del agravio que me había hecho en
tenerme por el hijo del barbero. Y añadía:
-No creerá V. Md.: su madre era hechicera y un poco puta, y su padre ladrón y su tío
verdugo, y él el más ruin hombre y más mal inclinado tacaño del mundo.
Yo decía con unos empujoncillos de risa:
-¡Gentil bergantón! ¡Hideputa pícaro!
Y por de dentro considere el pío lector lo que sentiría mi gallofería. Estaba, aunque
lo disimulaba, como en brasas. Tratamos de venirnos al lugar. Yo y los otros dos nos
despedimos y don Diego se entró con ellas en el coche. Preguntólas que qué era la
merienda y el estar conmigo, y la madre y tía dijeron cómo yo era un mayorazgo de
tantos ducados de renta y que me quería casar con Anica; que se informase y vería si
era cosa, no sólo acertada, sino de mucha honra para todo su linaje.
En esto pasaron el camino hasta su casa, que era en la calle del Arenal a San Filipe.
Nosotros nos fuimos a casa juntos como la otra noche. Pidiéronme que jugase,
codiciosos de pelarme. Yo entendíles la flor y sentéme. Sacaron naipes: estaban
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hechos. Perdí una mano. Di en irme por abajo, y ganéles cosa de trescientos reales; y
con tanto, me despedí y vine a mi casa.
Topé a mis compañeros, licenciado Brandalagas y Pero López, los cuales estaban
estudiando en unos dados tretas flamantes. En viéndome lo dejaron, codiciosos de
preguntarme lo que me había sucedido. Yo venía cariacontecido y encapotado, no les
dije más de que me había visto en un grande aprieto. Contéles cómo me había topado
con don Diego y lo que me había sucedido; consoláronme aconsejando que
disimulase y no desistiese de la pretensión por ningún camino ni manera.
En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de parar.
Entendíalo yo entonces razonablemente, porque tenía más flores que un mayo y
barajas hechas, lindas. Determinámonos de ir a darles un muerto (que así se llama el
enterrar una bolsa); envié los amigos delante, entraron en la pieza, y dijeron si
gustarían de jugar con un fraile que acababa de llegar a curarse en casa de unas
primas suyas, que venía enfermo y traía talegos como el brazo y una calza de
doblones. Crecióles a todos el ojo y clamaron:
-¡Venga el fraile norabuena!
-Es hombre grave en la orden -replicó Pero López- y, como ha salido, se quiere
entretener, que él más lo hace por la conversación.
-Venga, y sea por lo que fuere.
-No ha de entrar nadie de fuera, por el recato -dijo Brandalagas.
-No hay tratar de eso -respondió el huésped-; ni criados.
Con esto, ellos quedaron ciertos del caso y creída la mentira.
Vinieron los acólitos y ya yo estaba con un tocador en la cabeza por disimular la
corona y fingir la enfermedad; sahuméme con paja y afeitéme de tercianas, con una
color de cera amarilla, y mi hábito de fraile, unos antojos y mi barba, que por ser
atusada no desayudaba. Entré muy humilde, sentéme, comenzóse el juego. Ellos
levantaban bien; iban tres al mohíno pero quedaron mohínos los tres, porque yo, que
sabía más que ellos, les di tal gatada que en espacio de tres horas me llevé más de mil
trescientos reales. Di baratos y con mi «¡Loado sea Nuestro Señor!», me despedí,
encargándoles que no recibiesen escándalo de verme jugar, que era entretenimiento y
no otra cosa. Los otros, que habían perdido cuanto tenían, dábanse a mil diablos.
Despedíme y salímonos fuera.
Venimos a casa a la una y media y acostámonos después de haber partido la
ganancia. Consoléme con esto algo de lo sucedido, y a la mañana me levanté a buscar
mi caballo y no hallé por alquilar ninguno, en lo cual conocí que había otros muchos
como yo. Pues andar a pie pareciera mal y más entonces, fuime a San Filipe y topéme
con una lacayo de un letrado, que tenía un caballo y le aguardaba, que se había
acabado de apear a oír misa. Metíle cuatro reales en la mano, porque mientras su amo
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estaba en la iglesia me dejase dar dos vueltas en el caballo por la calle del Arenal, que
era la de mi señora.
Consintió, subí en el caballo y di dos vueltas calle arriba y calle abajo sin ver nada, y
al dar la tercera asomóse doña Ana. Yo que la vi y no sabía las mañas del caballo ni era
buen jinete, quise hacer galantería: dile dos varazos, tiréle de la rienda; empínase y,
tirando dos coces, aprieta a correr y da conmigo por las orejas en un charco.
Yo que me vi así, y rodeado de niños que se habían llegado, y delante de mi señora,
empecé a decir:
-¡Oh, hideputa! ¡No fuérades vos valenzuela! Estas temeridades me han de acabar.
Habíanme dicho las mañas y quise porfiar con él.
Traía el lacayo ya el caballo, que se paró luego. Yo torné a subir; y al ruido se había
asomado don Diego Coronel, que vivía en la misma casa de sus primas. Yo que le vi,
me demudé. Preguntóme si había sido algo; dije que no, aunque tenía estropeada una
pierna. Dábame el lacayo prisa porque no saliese su amo y lo viese, que había de ir a
palacio. Y soy tan desgraciado, que estándome diciendo el lacayo que nos fuésemos,
llega por detrás el letradillo, y conociendo su rocín arremete al lacayo y empieza a
darle de puñadas, diciendo en altas voces que qué bellaquería era dar su caballo a
nadie; y lo peor fue que, volviéndose a mí, dijo que me apease con Dios, muy enojado.
Todo pasaba a vista de mi dama y de don Diego: no se ha visto en tanta vergüenza
ningún azotado. Estaba tristísimo de ver dos desgracias tan grandes en un palmo de
tierra. Al fin, me hube de apear; subió el letrado y fuese. Y yo, por hacer la deshecha,
quedéme hablando desde la calle con don Diego y dije:
-En mi vida subí en tan mala bestia. Está ahí mi caballo overo en San Filipe, y es
desbocado en la carrera y trotón.
Dije cómo yo le corría y hacía parar; dijeron que allí estaba uno en que no lo haría, y
era éste de este licenciado. Quise probarlo. No se puede creer qué duro es de
caderas, y con mala silla fue milagro no matarme.
-Sí fue -dijo don Diego-; y con todo parece que se siente V. Md. de esa pierna.
-Sí siento -dije yo-; y me querría ir a tomar mi caballo y a casa.
La muchacha quedó satisfecha y con lástima de mi caída, mas el don Diego cobró
mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa de mi desdicha, fuera de otras
muchas que me sucedieron. Y la mayor y fundamento de las otras fue que cuando
llegué a casa y fui a ver una arca, adonde tenía en una maleta todo el dinero que había
quedado de mi herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía
conmigo, hallé que el buen licenciado Brandalagas y Pero López habían cargado con
ello y no parecían. Quedé como muerto, sin saber qué consejo tomar de mi remedio.
Decía entre mí: «¡Malhaya quien fía en hacienda mal ganada, que se va como se viene!
¡Triste de mí! ¿Qué haré?». No sabía si irme a buscarlos, si dar parte a la justicia. Esto
no me parecía bien, porque si los prendían, habían de aclarar lo del hábito y otras
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cosas y era morir en la horca. Pues seguirlos, no sabía por dónde. Al fin, por no perder
también el casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determiné
de quedarme y apretarlo sumamente.
Comí, y a la tarde alquilé mi caballico y fuime hacia la calle; y como no llevaba
lacayo, por no pasar sin él, aguardaba a la esquina, antes de entrar, a que pasase
algún hombre que lo pareciese, y en pasando partía detrás de él, haciéndole lacayo sin
serlo; y en llegando al fin de la calle, metíame detrás de la esquina hasta que volviese
otro que lo pareciese; metíame detrás y daba otra vuelta.
Yo no sé si fue la fuerza de la verdad de ser yo el mismo pícaro que sospechaba don
Diego, o si fue la sospecha del caballo del letrado, u qué se fue, que don Diego se
puso a inquerir quién era y de qué vivía, y me espiaba. En fin, tanto hizo, que por el
más extraordinario camino del mundo supo la verdad; porque yo apretaba en lo del
casamiento, por papeles, bravamente, y él, acosado de ellas, que tenían deseo de
acabarlo, andando en mi busca, topó con el licenciado Flechilla, que fue el que me
convidó a comer cuando yo estaba con los caballeros, y este, enojado de cómo yo no
le había vuelto a ver, hablando con don Diego, y sabiendo cómo yo había sido su
criado, le dijo de la suerte que me encontró cuando me llevó a comer y que no había
dos días que me había topado a caballo muy bien puesto, y le había contado cómo me
casaba riquísimamente.
No aguardó más don Diego, y volviéndose a su casa encontró con los dos caballeros
del hábito y cadena amigos míos, junto a la Puerta del Sol, y contóles lo que pasaba y
díjoles que se aparejasen y en viéndome a la noche en la calle, que me magullasen los
cascos; y que me conocerían en la capa que él traía, que la llevaría yo. Concertáronse,
y en entrando en la calle, topáronme, y disimularon de suerte los tres que jamás pensé
que eran tan amigos míos como entonces. Estuvímonos en conversación tratando de
lo que sería bien hacer a la noche, hasta el avemaría. Entonces despidiéndose los dos,
echaron hacia abajo, y yo y don Diego quedamos solos y echamos a San Filipe.
Llegando a la entrada de la calle de la Paz, dijo don Diego:
-Por vida de don Filipe, que troquemos capas, que me importa pasar por aquí y que
no me conozcan.
-Sea en buen hora -dije yo.
Tomé la suya inocentemente y dile la mía. Ofrecíle mi persona para hacerle
espaldas, mas él, que tenía trazado el deshacerme las mías, dijo que le importaba ir
solo, que me fuese.
No bien me aparté de él con su capa, cuando ordena el diablo que dos que lo
aguardaban para cintarearlo por una mujercilla, entendiendo por la capa que yo era
don Diego, levantan y empiezan una lluvia de espaldarazos sobre mí. Yo di voces, y en
ellas y la cara conocieron que no era yo. Huyeron y yo quedéme en la calle con los
cintarazos. Disimulé tres o cuatro chichones que tenía y detúveme un rato, que no osé
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entrar en la calle, de miedo. En fin, a las doce, que era a la hora que solía hablar con
ella, llegué a la puerta; y emparejando, cierra uno de los que me aguardaban por don
Diego, con un garrote conmigo, y dame dos palos en las piernas y derríbame en el
suelo; y llega el otro, y dame un trasquilón de oreja a oreja y quítanme la capa, y
déjanme en el suelo, diciendo:
-¡Así pagan los pícaros embustidores mal nacidos!
Comencé a dar gritos y a pedir confesión; y como no sabía lo que era, aunque
sospechaba por las palabras que acaso era el huésped de quien me había salido con la
traza de la Inquisición, o el carcelero burlado, o mis compañeros huidos…; y, al fin, yo
esperaba de tantas partes la cuchillada, que no sabía a quién echársela; pero nunca
sospeché en don Diego ni en lo que era. Daba voces:
-¡A los capeadores!
A ellas vino la justicia; levantáronme, y viendo mi cara con una zanja de un palmo y
sin capa ni saber lo que era, asiéronme para llevarme a curar. Metiéronme en casa de
un barbero, curóme, preguntáronme dónde vivía, y lleváronme allá. Acostáronme, y
quedé aquella noche confuso, viendo mi cara de dos pedazos y tan lisiadas las piernas
de los palos, que no me podía tener en ellas ni las sentía, robado, y de manera que ni
podía seguir a los amigos, ni tratar del casamiento, ni estar en la Corte, ni estar fuera.
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CAPÍTULO VIII: DE SU CURA Y OTROS SUCESOS PEREGRINOS.
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de las posturas, así que enseño como que pongo, y que nos damos con ellas en casa, y
no andarte con un pícaro y otro pícaro, tras una alcorzada y otra redomadona, que
gasta las faldas con quien hace sus mangas. Yo te juro que hubieras ahorrado muchos
ducados si te hubieras encomendado a mí porque no soy nada amiga de dineros. Y
por mis entenado y difuntos, y así yo haya buen acabamiento, que aun lo que me
debes de la posada no te lo pidiera agora, a no haberlo menester para unas candelicas
y hierbas (que trataba en botes, sin ser boticaria, y si la untaban las manos, se untaba y
salía de noche por la puerta del humo).
Yo que vi que había acabado la plática y sermón en pedirme, que, con ser su tema,
acabó en él y no comenzó, como todos hacen, no me espanté de la visita, que no me
la había hecho otra vez mientras había sido su huésped, si no fue un día que me vino a
dar satisfacciones de que había oído que me habían dicho no sé qué de hechizos y
que la quisieron prender y escondió la calle; vínome a desengañar y a decir que era
otra de su nombre.
Yo la conté su dinero y, estándosele dando, la desventura, que nunca me olvida, y el
diablo, que se acuerda de mí, trazó que la venían a prender por amancebada, y sabían
que estaba el amigo en casa. Entraron en mi aposento; como me vieron en la cama y a
ella conmigo, cerraron con ella y conmigo y diéronme cuatro o seis empellones muy
grandes y arrastráronme fuera de la cama. A ella la tenían asida otros dos tratándola de
alcahueta y bruja. ¡Quién tal pensara de una mujer que hacía la vida referida!
A las voces del alguacil y a mis quejas, el amigo, que era un frutero que estaba en el
aposento de adentro, dio a correr. Ellos que lo vieron y supieron por lo que decía otro
huésped de casa que yo lo era arrancaron tras el picaño, y asiéronle y dejáronme a mí
repelado y apuñeado; y con todo mi trabajo me reía de lo que los picarones decían a
la Guía. Porque uno la miraba y decía:
-¡Qué bien os estará una mitra, madre, y lo que me holgaré de veros consagrar tres
mil nabos a vuestro servicio!
Otro:
-Ya tienen escogidas plumas los señores alcaldes, para que entréis bizarra.
Al fin, trujeron el picarón, y atáronlos entrambos. Pidiéronme perdón y dejáronme
solo. Yo quedé algo aliviado de ver a mi buena huéspeda en el estado que tenía sus
negocios; y así, no tenía otro cuidado sino el de levantarme a tiempo que la tirase mi
naranja. Aunque, según las cosas que contaba una criada que quedó en casa, yo
desconfié de su prisión, porque me dijo no sé qué de volar, y otras cosas que no me
sonaron bien.
Estuve en la casa curándome ocho días, y apenas podía salir; diéronme doce puntos
en la cara, y hube de ponerme muletas. Halléme sin dinero, porque los cien reales se
consumieron en la cura, comida y posada; y así, para no hacer más gasto no teniendo
dinero, determiné de salirme con dos muletas de la casa, y vender mi vestido, cuellos y
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jubones, que era todo muy bueno. Hícelo y compré con lo que me dieron un coleto de
cordobán viejo y un jubonazo de estopa famoso, mi gabán de pobre, remendado y
largo, mis polainas y zapatos grandes, la capilla del gabán en la cabeza, un Cristo de
bronce traía colgando del cuello, y un rosario.
Impúsome en la voz y frases doloridas de pedir un pobre que entendía de la arte
mucho, y así comencé luego a ejercitarlo por las calles. Cosíme sesenta reales que me
sobraron en el jubón, y con eso me metí a pobre fiado en mi buena prosa. Anduve
ocho días por las calles, aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de
plegarias: «¡Dalde, buen cristiano, siervo del Señor, al pobre lisiado y llagado; que me
veo y me deseo!» Esto decía los días de trabajo, pero los días de fiesta comenzaba con
diferente voz, y decía: «¡Fieles cristianos y devotos del Señor! ¡Por tan alta princesa
como la Reina de los Ángeles, Madre de Dios, dalde una limosna al pobre tullido y
lastimado de la mano del Señor!» Y paraba un poco, que es de grande importancia, y
luego añadía: «¡Un aire corrupto en hora menguada trabajando en una viña, me trabó
mis miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean, loado sea el Señor!»
Venían con esto los ochavos trompicando y ganaba mucho dinero. Y ganara más si
no se me atravesara un mocetón mal encarado, manco de los brazos y con una pierna
menos, que me rondaba las mismas calles en un carretón y cogía más limosna con
pedir mal criado. Decía con voz ronca, rematando en chillido: «¡Acordaos siervos de
Jesucristo, del castigado del Señor por sus pecados! ¡Dalde al pobre lo que Dios
reciba!» Y añadía: «¡Por el buen Jesú!»; y ganaba que era un juicio. Yo advertí, y no dije
más Jesús, sino quitábale la s, y movía a más devoción. Al fin, yo mudé de frasecicas y
cogía maravillosa mosca.
Llevaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y mis dos
muletas. Dormía en un portal de un cirujano, con un pobre de cantón, uno de los
mayores bellacos que Dios crió. Estaba riquísimo, y era como nuestro retor; ganaba
más que todos; tenía una potra muy grande, y atábase con un cordel el brazo por
arriba, y parecía que tenía hinchada la mano y manca, y calentura, todo junto. Poníase
echado boca arriba en su puesto, y con la potra defuera, tan grande como una bola de
puente, y decía: «¡Miren la pobreza y el regalo que hace el Señor al cristiano!» Si
pasaba mujer decía: «¡Ah, señora hermosa, sea Dios en su ánima!» Y las más, porque
las llamase así, le daban limosna y pasaban por allí aunque no fuese camino para sus
visitas. Si pasaba un soldadico: «¡Ah, señor capitán!», decía; y si otro hombre
cualquiera: «¡Ah, señor caballero!» Si iba alguno en coche, luego le llamaba señoría, y
si clérigo en mula, señor arcediano. En fin, él adulaba terriblemente. Tenía modo
diferente para pedir los días de los santos; y vine a tener tanta amistad con él, que me
descubrió un secreto con que en dos días estuvimos ricos. Y era que este tal pobre
tenía tres muchachos pequeños, que recogían limosna por las calles y hurtaban lo que
podían; dábanle cuenta a él y todo lo guardaba. Iba a la parte con dos niños de la
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cajuela en las sangrías que hacían de ellas, y tomé el mismo arbitrio, y él me encaminó
la gentecica a propósito.
Halléme en menos de un mes con más de doscientos reales horros. Y últimamente
me declaró, con intento que nos fuésemos juntos, el mayor secreto y la más alta
industria que cupo en mendigo, y la hicimos entrambos. Y era que hurtábamos niños,
cada día, entre los dos, cuatro o cinco; pregonábanlos, y salíamos nosotros a
preguntar las señas, y decíamos: «Por cierto, señor, que le topé a tal hora, y que si no
llego, que le mata un carro; en casa está». Dábannos el hallazgo, y veníamos a
enriquecer de manera que me hallé yo con cincuenta escudos, y ya sano de las
piernas, aunque las traía entrapajadas.
Determiné de salirme de la Corte y tomar mi camino para Toledo, donde ni conocía
ni me conocía nadie. Al fin, yo me determiné; compré un vestido pardo, cuello y
espada, y despedíme de Valcázar, que era el pobre que dije, y busqué por los
mesones en qué ir a Toledo.
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CAPÍTULO IX: EN QUE SE HACE REPRESENTANTE, POETA Y GALÁN DE MONJAS.
Topé en un paraje una compañía de farsantes que iban a Toledo. Llevaban tres carros,
y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había sido mío del estudio en
Alcalá, y había renegado y metídose al oficio. Díjele lo que me importaba ir allá y salir
de la Corte; y apenas el hombre me conocía con la cuchillada, y no hacía sino
santiguarse de mi per signum crucis. Al fin, me hizo amistad, por mi dinero, de alcanzar
de los demás lugar para que yo fuese con ellos.
Íbamos barajados hombres y mujeres, y una entre ellas, la bailarina, que también
hacía las reinas y papeles graves en la comedia, me pareció extremada sabandija.
Acertó a estar su marido a mi lado, y yo, sin pensar a quien hablaba, llevado del deseo
de amor y gozarla, díjele:
-A esta mujer ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su merced unos
veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?
-No me lo está a mí el decirlo, que soy su marido -dijo el hombre-, ni tratar de eso;
pero sin pasión, que no me mueve ninguna, se puede gastar con ella cualquier dinero,
porque tales carnes no tiene el suelo, ni tal juguetoncica.
Y diciendo esto, saltó del carro y fuese al otro, según pareció, por darme lugar que
la hablase.
Cayóme en gracia la respuesta del hombre, y eché de ver que estos son de los que
dijera algún bellaco que cumplen el precepto de San Pablo de tener mujeres como si
no las tuviesen, torciendo la sentencia en malicia. Yo gocé de la ocasión, habléla, y
preguntóme que adónde iba y algo de mi vida. Al fin, tras muchas palabras, dejamos
concertadas para Toledo las obras. Íbamos holgando por el camino mucho.
Yo, acaso, comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo, que me
acordaba de cuando muchacho, y representélo de suerte que les di codicia. Y
sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la compañía, mis desgracias y
descomodidades, díjome que si quería entrar en la danza con ellos. Encareciéronme
tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había parecido
bien la moza, concertéme por dos años con el autor. Hícele escritura de estar con él y
diome mi ración y representaciones. Y con tanto, llegamos a Toledo.
Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba, que los acomodaba
bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y eché la primera loa en el lugar. Era de una
nave, de lo que son todas, que venía destrozada y sin provisión; decía lo de «este es el
puerto», llamaba a la gente «senado», pedía perdón de las faltas y silencio, y entréme.
Hubo un víctor de rezado, y al fin parecí bien en el teatro.
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Representamos una comedia de un representante nuestro (que yo me admiré de
que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de hombres muy doctos y sabios,
y no de gente tan sumamente lega). Y está ya de manera esto que no hay autor que no
escriba comedias, ni representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me
acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega, y Ramón, no había
otra cosa.
Al fin, hízose la comedia el primer día y no la entendió nadie; al segundo,
empezámosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con
rodela, que, si no, a manos de mal membrillo, tronchos y badeas, acabo. No se ha
visto tal torbellino, y ello merecíalo la comedia, porque traía un rey de Normandía sin
propósito, en hábito de ermitaño, y metía dos lacayos por hacer reír, y al desatar de la
maraña no había más de casarse todos y allá vas. Al fin, tuvimos nuestro merecido.
Tratamos todos muy mal al compañero poeta, y yo principalmente, diciéndole que
mirase de la que nos habíamos escapado y escarmentase. Díjome que jurado a Dios,
que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso tomado de uno y otro de
otro, había hecho aquella capa de pobre, de remiendo, y que el daño no había estado
sino en lo mal zurcido. Confesóme que los farsantes que hacían comedias todo les
obligaba a restitución, porque se aprovechaban de cuanto habían representado, y que
era muy fácil, y que el interés de sacar trescientos o cuatrocientos reales les ponía
aquellos riesgos; lo otro, que como andaban por esos lugares, les leían unos y otros
comedias: -«Tomámoslas para verlas, llevámonoslas y con añadir una necedad y quitar
una cosa bien dicha, decimos que es nuestra». Y declaróme como no había habido
farsante jamás que supiese hacer una copla de otra manera. No me pareció mal la
traza, y yo confieso que me incliné a ella, por hallarme con algún natural a la poesía; y
más, que tenía yo conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así,
determiné de dar en el arte. Y con esto y la farsanta y representar pasaba la vida. Que
pasado un mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias buenas y
enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían llegado a llamarme
Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso, y por otro nombre me llamaban el
Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y
chusma vulgar. Tenía ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar
de la compañía. Hablaba de entender de la comedia, murmuraba de los famosos,
reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de Sánchez,
llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el adorno de los teatros y trazar las
apariencias. Si alguno venía a leer comedia yo era el que la oía.
Al fin, animado con este aplauso, me desvirgué de poeta en un romancico y luego
hice un entremés y no pareció mal. Atrevíme a una comedia y porque no escapase de
ser divina cosa la hice de Nuestra Señora del Rosario. Comenzaba con chirimías, había
sus ánimas de purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su «bu, bu» al
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salir, y «rri, rri» al entrar; caíale muy en gracia al lugar el nombre de Satán en las copias
y el tratar luego de si cayó del cielo y tal. En fin, mi comedia se hizo y pareció muy
bien.
No me daba manos a trabajar, porque acudían a mí enamorados, unos por coplas de
cejas y otros de ojos, cuál soneto de manos y cuál romancico para cabellos. Para cada
cosa tenía su precio, aunque, como había otras tiendas, porque acudiesen a la mía,
hacía barato. ¿Pues villancicos? Hervía en sacristanes y demandaderas de monjas;
ciegos me sustentaban a pura oración, ocho reales de cada una; y me acuerdo que
hice entonces la del Justo Juez, grave y sonorosa, que provocaba a gestos. Escribí
para un ciego, que las sacó en su nombre, las famosas que empiezan:
Madre del Verbo humanal,
Hija del Padre divino,
dame gracia virginal, etc.
Fui el primero que introdujo acabar las coplas como los sermones, con «aquí gracia y
después gloria», en esta copla de un cautivo de Tetuán:
Pidámosle sin falacia
al alto Rey sin escoria,
pues ve nuestra pertinacia,
que nos quiera dar su gracia,
y después allá la gloria. Amén.
Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi aspiraba ya a
ser autor. Tenía mi casa muy bien aderezada, porque había dado para tener tapicería
barata en un arbitrio del diablo, y fue de comprar reposteros de tabernas, y colgarlos.
Costáronme veinte y cinco o treinta reales y eran más para ver que cuantos tiene el
Rey, pues por estos se veía de puro rotos y por esotros no se verá nada.
Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que aunque es en mi afrenta, la he de
contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía comedia, al desván, y allí me
estaba y allí comía; subía una moza con la vianda y dejábamela allí. Yo tenía por
costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el
diablo que a la hora y punto que la moza iba subiendo por la escalera, que era angosta
y oscura, con los platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes
gritos componiendo mi comedia; y decía:
Guarda el oso, guarda el oso,
que me deja hecho pedazos,
y baja tras ti furioso;
que entendió la moza (que era gallega), como oyó decir «baja tras ti» y «me deja»,
que era verdad y que la avisaba. Va a huir y con la turbación písase la saya y rueda
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toda la escalera, derrama la olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle
diciendo que mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí ya estaba toda la
vecindad conmigo preguntando por el oso, y aun contándoles yo cómo había sido
ignorancia de la moza, porque era lo que he referido de la comedia, aun no lo querían
creer; no comí aquel día. Supiéronlo los compañeros y fue celebrado el cuento en la
ciudad. Y de estas cosas me sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de
poeta y no salí del mal estado.
Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo que en Toledo
le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le pusieron en la cárcel, con lo
cual nos desmembramos todos y echó cada uno por su parte. Yo, si va a decir verdad,
aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a
semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, ya que me veía con dineros y
bien puesto, no traté de más que de holgarme.
Despedíme de todos; fuéronse, y yo, que entendí salir de mala vida con no ser
farsante, si no lo ha V. Md. por enojo, di en amante de red, como cofia, y por hablar
más claro, en pretendiente de Antecristo, que es lo mismo que galán de monjas. Tuve
ocasión para dar en esto porque una a cuya petición había yo hecho muchos
villancicos se aficionó en un auto del Corpus de mí viéndome representar un San Juan
Evangelista (que lo era ella). Regalábame la mujer con cuidado y habíame dicho que
sólo sentía que fuese farsante, porque yo había fingido que era hijo de un gran
caballero, y dábala compasión. Al fin, me determiné de escribirla lo siguiente:
CARTA
«Más por agradar a V. Md. que por hacer lo que me importaba, he dejado la
compañía; que, para mí, cualquiera sin la suya es soledad. Ya seré tanto más suyo
cuanto soy más mío. Avíseme cuándo habrá locutorio y sabré juntamente cuándo
tendré gusto», etc.
Llevó el billetico la andadera; no se podrá creer el contento de la buena monja
sabiendo mi nuevo estado. Respondióme de esta manera:
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RESPUESTA
«De sus buenos sucesos antes aguardo los parabienes que los doy, y me pesara de
ello a no saber que mi voluntad y su provecho es todo uno. Podemos decir que ha
vuelto en sí; no resta agora sino perseverancia que se mida con la que yo tendré. El
locutorio dudo por hoy, pero no deje de venirse V. Md. a vísperas, que allí nos
veremos, y luego por las vistas, y quizá podré yo hacer alguna pandilla a la abadesa. Y
adiós», etc.
Contentóme el papel, que realmente la monja tenía buen entendimiento y era
hermosa. Comí y púseme el vestido con que solía hacer los galanes en las comedias.
Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego empecé a repasar todos los lazos y agujeros
de la red con los ojos para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era
diablo y en hora mala, oigo la seña antigua: empieza a toser y yo a toser, y andaba una
tosidura de Barrabás. Arremedábamos un catarro y parecía que habían echado
pimiento en la iglesia. Al fin, yo estaba cansado de toser, cuando se me asoma a la red
una vieja tosiendo, y eché de ver mi desventura (que es peligrosísima seña en los
conventos; porque como es seña a las mozas, es costumbre en las viejas, y hay hombre
que piensa que es reclamo de ruiseñor y le sale después graznido de cuervo).
Estuve gran rato en la iglesia, hasta que empezaron vísperas. Oílas todas, que por
esto llaman a los enamorados de monjas «solenes enamorados», por lo que tienen de
vísperas, y tienen también que nunca salen de vísperas del contento, porque no se les
llega el día jamás.
No se creerá los pares de vísperas que yo oí. Estaba con dos varas de gaznate más
del que tenía cuando entré en los amores, a puro estirarme para ver, gran compañero
del sacristán y monacillo y muy bien recibido del vicario, que era hombre de humor.
Andaba tan tieso que parecía que almorzaba asadores y que comía virotes.
Fuime a las vistas, y allá, con ser una plazuela bien grande, era menester enviar a
tomar lugar a las doce, como para comedia nueva: hervía en devotos. Al fin, me puse
en donde pude; y podíanse ir a ver, por cosas raras, las diferentes posturas de los
amantes. Cuál, sin pestañear, mirando con su mano puesta en la espada y la otra con
el rosario, estaba como figura de piedra sobre sepulcro; otro, alzadas las manos y
extendidos los brazos a lo seráfico recibiendo las llagas; cuál, con la boca más abierta
que la de mujer pedigüeña, sin hablar palabra, la enseñaba a su querida las entrañas
por el gaznate; otro, pegado a la pared, dando pesadumbre a los ladrillos, parecía
medirse con la esquina; cuál se paseaba como si le hubieran de querer por el portante,
como a macho; otro, con una cartica en la mano, a uso de cazador con carne, parecía
que llamaba halcón. Los celosos eran otra banda; éstos, unos estaban en corrillos
riéndose y mirando a ellas; otros, leyendo coplas y enseñándoselas; cuál, para dar
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picón, pasaba por el terrero con una mujer de la mano; y cuál hablaba con una criada
echadiza que le daba un recado.
Esto era de la parte de abajo y nuestra, pero de la de arriba, adonde estaban las
monjas, era cosa de ver también; porque las vistas era una torrecilla llena de rendijas
toda, y una pared con deshilados, que ya parecía salvadera y ya pomo de olor.
Estaban todos los agujeros poblados de brújulas; allí se veía una pepitoria, una mano y
acullá un pie; en otra parte había cosas de sábado: cabezas y lenguas, aunque faltaban
sesos; a otro lado se mostraba buhonería: una enseñaba el rosario, cuál mecía el
pañizuelo, en otra parte colgaba un guante, allí salía un listón verde. Unas hablaban
algo recio, otras tosían; cuál hacía la seña de los sombrereros, como si sacara arañas,
ceceando.
En verano es de ver cómo no sólo se calientan al sol, sino se chamuscan, que es gran
gusto verlas a ellas tan crudas y a ellos tan asados. En invierno acontece con la
humedad nacerle a uno de nosotros berros y arboledas en el cuerpo. No hay nieve
que se nos escape ni lluvia que se nos pase por alto, y todo esto, al cabo, es para ver a
una mujer por red y vidrieras, como hueso de santo; es como enamorarse de un tordo
en jaula, si habla, y si calla, de un retrato. Los favores son todos toques, que nunca
llegan a cabes: un paloteadico con los dedos. Hincan las cabezas en las rejas y
apúntanse los requiebros por las troneras. Aman al escondite. ¡Y verlos hablar quedito
y de rezado! ¡Pues sufrir una vieja que riñe, una portera que manda y una tornera que
miente! Y lo mejor es ver cómo nos piden celos de las de acá fuera, diciendo que el
verdadero amor es el suyo, y las causas tan endemoniadas que hallan para probarlo.
Al fin, yo llamaba ya «señora» a la abadesa, «padre» al vicario y «hermano» al
sacristán, cosas todas que con el tiempo y el curso alcanza un desesperado.
Empezáronme a enfadar las torneras con despedirme y las monjas con pedirme.
Consideré cuán caro me costaba el infierno, que a otros se da tan barato y en esta
vida, por tan descansados caminos. Veía que me condenaba a puñados y que me iba
al infierno por sólo el sentido del tacto. Si hablaba, solía, porque no me oyesen los
demás que estaban en las rejas, juntar tanto con ellas la cabeza, que por dos días
siguientes traía los hierros estampados en la frente, y hablaba como sacerdote que
dice las palabras de la consagración. No me veía nadie que no decía: «¡Maldito seas,
bellaco monjil!», y otras cosas peores.
Todo esto me tenía revolviendo pareceres y casi determinado a dejar la monja,
aunque perdiese mi sustento. Y determinéme el día de San Juan Evangelista, porque
acabé de conocer lo que son las monjas. Y no quiera V. Md. saber más de que las
Bautistas todas enronquecieron adrede, y sacaron tales voces, que en vez de cantar la
misa la gimieron, no se lavaron las caras y se vistieron de viejo. Y los devotos de las
Bautistas, por desautorizar la fiesta, trujeron banquetas en lugar de sillas a la iglesia, y
muchos pícaros del rastro. Cuando yo vi que las unas por el un santo y las otras por el
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otro trataban indecentemente de ellos, cogiéndola a mi monja, con título de rifárselos,
cincuenta escudos de cosas de labor, medias de seda, bolsicos de ámbar y dulces,
tomé mi camino para Sevilla, temiendo que si más aguardaba había de ver nacer
mandrágoras en los locutorios.
Lo que la monja hizo de sentimiento, más por lo que la llevaba que por mí,
considérelo el pío lector.
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CAPÍTULO X: DE LO QUE LE SUCEDIÓ EN SEVILLA HASTA EMBARCARSE A INDIAS.
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acuchillado»; y tenía razón, porque la cara era una cuera y él un cuero. Díjome que me
había de ir a cenar con él y otros camaradas, y que ellos me volverían al mesón.
Fui; llegamos a su posada, y dijo:
-«Ea, quite la capa vuacé, y parezca hombre, que verá esta noche todos los buenos
hijos de Jevilla. Y porque no lo tengan por maricón, ahaje ese cuello y agobie de
espaldas; la capa caída, que siempre nosotros andamos de capa caída; ese hocico, de
tornillo, gestos a un lado y a otro; y haga vucé de las j, h, y de las h, j. Diga conmigo:
jerida, mojino, jumo, pahería, mohar, habalí, y harro de vino». Tomélo de memoria.
Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo, de comedimiento suyo
no se llamaba espada, que bien podía.
-Bébase -me dijo- esta media azumbre de vino puro, que si no da vaharada no
parecerá valiente.
Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de ellos, con
cuatro zapatos de gotoso por caras, andando a lo columpio, no cubiertos con las capas
sino fajados por los lomos; los sombreros empinados sobre la frente, altas las faldillas
de delante que parecían diademas; un par de herrerías enteras por guarniciones de
dagas y espadas; las conteras en conversación con el calcañar derecho; los ojos
derribados, la vista fuerte; bigotes buidos a lo cuerno, y barbas turcas, como caballos.
Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron, con voces mohínas,
sisando palabras:
-Seidor.
-So compadre -respondió mi ayo.
Sentáronse, y para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino el uno miró a
Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia mí el labio de abajo me señaló, a lo
cual mi maestro de novicios satisfizo empuñando la barba y mirando hacia abajo. Y con
esto, se levantaron todos y me abrazaron, y yo a ellos, que fue lo mismo que si catara
cuatro diferentes vinos.
Llegó la hora de cenar; vinieron a servir unos pícaros que los bravos llaman
«cañones». Sentámonos a la mesa; aparecióse luego el alcaparrón; empezaron, por
bienvenido, a beber a mi honra, que yo hasta que la vi beber no entendí que tenía
tanta. Vino pescado y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo
llena de vino y allí se echaba de buces el que quería hacer la razón; contentóme la
penadilla; a dos veces, no hubo hombre que conociese al otro.
Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos; murieron de brindis a
brindis, veinte o treinta sin confesión; recetáronsele al asistente mil puñaladas; tratóse
de la buena memoria de Domingo Tiznado y Gayón, derramóse vino en cantidad al
ánima de Escamilla; los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al mal logrado
Alonso Álvarez. Y a mi compañero, con estas cosas, se le desconcertó el reloj de la
cabeza y dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz:
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-Por esta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la boca del ángel,
que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre
Tuerto.
Levantóse entre ellos alarido disforme, y desnudando las dagas, lo juraron poniendo
las manos cada uno en el borde de la artesa, y echándose sobre ella de hocicos;
dijeron:
-Así como bebemos este vino hemos de beberle la sangre a todo acechador.
-¿Quién es este Alonso Álvarez -pregunté- que tanto se ha sentido su muerte?
-Mancebito -dijo el uno- lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero.
¡Vamos, que me retientan los dimoños!
Con esto salimos de casa a montería de corchetes. Yo, como iba entregado al vino y
había renunciado en su poder mis sentidos, no advertí al riesgo que me ponía.
Llegamos a la calle de la Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la
columbraron, cuando, sacando las espadas, la embistieron; yo hice lo mismo, y
limpiamos dos cuerpos de corchetes de sus malditas ánimas al primer encuentro. El
alguacil puso la justicia en sus pies y apeló por la calle arriba dando voces. No lo
pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y, al fin, nos acogimos a la Iglesia
Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia y dormimos lo necesario para
espumar el vino que hervía en los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me
espantaba yo de ver que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huido el alguacil
de un racimo de uvas, que entonces lo éramos nosotros.
Pasábamoslo en la iglesia notablemente, porque al olor de los retraídos vinieron
ninfas, desnudándose para vestirnos. Aficionóseme la Grajales; vistióme de nuevo de
sus colores. Súpome bien y mejor que todas esta vida; y así, propuse de navegar en
ansias con la Grajal hasta morir. Estudié la jacarandina y en pocos días era rabí de los
otros rufianes.
La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta, pero, con todo, de
media noche abajo, rondábamos disfrazados. Yo que vi que duraba mucho este
negocio y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado, que no soy tan cuerdo,
sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la
Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi
suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su
estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
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