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Los Mitos

El mito de Prometeo narra cómo este titán robó el fuego de los dioses para otorgárselo a la humanidad, tras darse cuenta de que los humanos estaban desprovistos de habilidades necesarias para sobrevivir. Como castigo, Zeus encadenó a Prometeo y le envió a Pandora, una mujer creada para traer males a la humanidad, quien al abrir una caja liberó todos los males, dejando solo la Esperanza. Este relato ilustra la dualidad de la existencia humana, marcada por el sufrimiento y la esperanza.

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El mito de Prometeo narra cómo este titán robó el fuego de los dioses para otorgárselo a la humanidad, tras darse cuenta de que los humanos estaban desprovistos de habilidades necesarias para sobrevivir. Como castigo, Zeus encadenó a Prometeo y le envió a Pandora, una mujer creada para traer males a la humanidad, quien al abrir una caja liberó todos los males, dejando solo la Esperanza. Este relato ilustra la dualidad de la existencia humana, marcada por el sufrimiento y la esperanza.

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Los mitos

El mito de Prometeo
Prometeo, el creador de la humanidad, a quien algunos incluyen entre
los siete Titanes, era hijo de Japeto y de la ninfa Clímene, quienes
tuvieron cuatro hijos: Prometeo, Epimeteo, Atlante y Menecio. Prometeo
y Epimeteo eran gemelos: Prometeo, el que piensa antes de actuar, el
previsor, y Epimeteo, el que piensa después, el irreflexivo. Prometeo,
que además era más juicioso que Atlante, previó el resultado de la
rebelión contra Crono, por lo que prefirió luchar del lado de Zeus, y
persuadió a Epimeteo para que hiciera lo mismo. Era, en verdad, el más
sabio de su raza, porque Atenea, nacida de la cabeza de Zeus, el que
amontona las nubes, le había enseñado la arquitectura, la astronomía,
las matemáticas, la navegación, la medicina, la metalurgia y otras artes
útiles, que él transmitió a la humanidad.
Era un tiempo en el que solo existían los dioses, los titanes y todas
las criaturas inmortales, pero no las especies mortales. Cuando les llegó,
marcado por el destino, el tiempo de su génesis, los dioses las
modelaron en las entrañas de la Tierra, mezclando tierra y fuego.
Cuando los dioses se disponían a sacarlas a la luz, mandaron a Prometeo
y Epimeteo, los dos titanes gemelos, a que las revistiesen de facultades
distribuyéndolas convenientemente entre todas ellas. Epimeteo pidió a
Prometeo que le permitiese a él hacer la distribución.

—Una vez que yo haya hecho la distribución —dijo, —tú la supervisas.

Con este permiso comenzó Epimeteo su trabajo. Al hacerlo, a unos


les proporcionó fuerza, pero no rapidez, en tanto que revistió de rapidez
a otros más débiles. A las especies a las que le daba un cuerpo pequeño,
las dotaba de alas para huir, o de escondrijos para guarecerse, en tanto
que a las que daba un cuerpo grande, precisamente mediante ello, las
salvaba. De este modo equitativo iba Epimeteo distribuyendo las
facultades y las ideaba tomando la precaución de que ninguna especie
fuese aniquilada. Cuando les suministró los medios para evitar las
destrucciones mutuas, ideó también las defensas contra el rigor de las
estaciones enviadas por Zeus. Cubrió esas especies con pelo espeso y
piel gruesa, aptos para protegerse del frío invernal y del calor ardiente,
y, además, para que cuando fueran a acostarse, les sirvieran de abrigo
natural y adecuado a cada cual. Después de esto, suministró alimentos
distintos a cada una. A unas, hierbas de la tierra; a otras, frutos de los
árboles; y a otras, raíces. Hubo especies a las que permitió alimentarse
con la carne de otros animales. Concedió a todas las especies
descendencia, y a las devoradas por aquellas, gran fecundidad,
procurando, así, salvar la especie. Pero como Epimeteo no era del todo
sabio, gastó, sin darse cuenta, todas las facultades, quedando aún la
especie humana sin equipar. Epimeteo no supo qué hacer.
Hallándose en ese trance, llegó Prometeo para supervisar la
distribución. Vio a todos los animales armoniosamente equipados y al
hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme, y ya era
inminente el día, señalado por el destino, en el que el hombre debía salir
de la Tierra a la luz.
Prometo no era un dios ni un mortal ni un héroe; era —como dijimos—
un titán con una enorme fuerza y mucha inteligencia, que además era
amigo de los mortales. Por ello, ante la imposibilidad de encontrar un
medio de salvación para el hombre, planeó robar el fuego olímpico que
estaba solo en poder del gran Zeus. A Prometeo no le estaba permitido
acceder a su mansión, en la Acrópolis, a cuya entrada había dos
guardianes terribles. Así Prometeo fue inmediatamente a ver a Atenea y
le pidió que lo dejara entrar secretamente en el Olimpo, cosa que ella le
concedió. Una vez allí, encendió una antorcha en el carro ígneo del Sol y
luego arrancó de este un fragmento de carbón vegetal incandescente
que metió en el hueco formado por la médula de una cañaheja. Luego
apagó la antorcha, salió a hurtadillas y entregó el fuego a la humanidad.
El resto fue fácil, porque los hombres tomaron la brasa que les dio
Prometeo y con ella pudieron hacer muchas hogueras por todo el mundo
para que el fuego nunca se apagara.
Cuando Zeus se despertó de su gran sueño y vio a toda la
humanidad calentándose y cocinando, se enfadó y buscó al culpable
para castigarlo.

—¡¿Quién me ha robado el fuego?! —gritó Zeus. Y el grito resonó en


todo el mundo.
—Fui yo —dijo Prometeo, que no estaba dispuesto a que otros pagaran
su castigo.
Y el castigo de Zeus fue duro.
Zeus, el olímpico, juró vengarse. Por un lado, ordenó a Hefesto que
hiciera una mujer de arcilla; a los cuatro Vientos, que le insuflaran la
vida, y a todas las diosas del Olimpo, que la adornaran. Y envió a esa
mujer, Pandora, la más bella jamás creada, como regalo a Epimeteo,
bajo la custodia de Hermes. Pero Epimeteo, a quien su hermano había
advertido que no debía aceptar el regalo de Zeus, se excusó
respetuosamente. Más enfurecido aún que antes, Zeus hizo encadenar a
Prometeo desnudo a una columna de las montañas del Cáucaso. A
pesar de que el titán tenía mucha fuerza no podía soltarse de las
cadenas, pero el peor suplicio fue otro…
Un buitre voraz le desgarraría el hígado durante todo el día, año
tras año, a Prometeo. El tormento no tenía fin, porque cada noche,
durante la cual Prometeo estaba expuesto al frío y la escarcha, su
hígado volvía a crecer hasta estar nuevamente entero. Y así, a la
mañana siguiente, volvía a empezar el desayuno del buitre.
Así estuvo Prometo años, décadas y siglos. Todo el mundo le pedía
a Zeus que le levantara el castigo, pero el dios supremo no cedía,
porque continuaba enfadado con el titán. Zeus, poco dispuesto a
confesar que se había mostrado vengativo, excusaba su crueldad
haciendo circular una falsedad: decía que Atenea había invitado a
Prometeo al Olimpo para tener con él un amorío secreto. Tuvo que venir
el héroe Hércules, que pasó por aquella roca por casualidad, para liberar
a Prometeo de sus cadenas, aunque Zeus nunca más volvió a dirigirle la
palabra al titán que lo había desafiado robando el fuego.
________________________________________

El mito de Pandora
Luego del robo del fuego olímpico, enfurecido Zeus, el que amontona las
nubes, tronó: "¡A los mortales, en lugar del fuego, les daré un mal con el
que todos se gocen de corazón, abrazando así a la vez su propia ruina!
Así dijo y rompió a reír el padre de hombres y dioses y ordenó a
Hefesto que mezclase tierra y agua, le infundiera a ese mal voz y fuerza
de un ser humano y formase un hermoso y adorable cuerpo de virgen,
parecido al de las diosas inmortales. Mandó después a Atenea, a que la
instruyese en sus labores y en el tejido de primorosas telas. A la dorada
Afrodita le ordenó que la circundase de gracia en su frente,
imprimiéndole el doloroso deseo y las ansias que devoran los miembros.
A Hermes, el mensajero matador de Argos, le encargó que le infundiese
espíritu de perra y corazón ladino. Dijo así el gran Zeus y todos
obedecieron al soberano, hijo de Crono.
A continuación, todos se pusieron en marcha, cumpliendo los
designios de Zeus, el que truena sordamente. Hermes, el heraldo de
dioses, quien la había dotado de la palabra, dio a esta mujer el nombre
de Pandora, porque los hombres se alimentan de pan y todos los
moradores de las mansiones olímpicas les estaban obsequiando tal
regalo a los mortales.
Una vez concluido el fatal e irremediable señuelo, el Padre Zeus envió
en busca de Epimeteo, al ilustre matador de Argos, para que llevase el
regalo de los dioses. No pensó nunca Epimeteo en lo que Prometeo le
había avisado: “¡Nunca aceptes, hermano mío, obsequio alguno de Zeus
olímpico; devolverlo en cambio a su origen, ¡para evitar así un mal a los
mortales”! Mas él, después de aceptarlo y cuando ya tenía el mal
consigo, lo advirtió.
Epimeteo, alarmado por la suerte que había corrido su hermano,
se apresuró a casarse con Pandora, a la que Zeus había hecho tan
malévola y perezosa como bella, la primera de una larga casta de
mujeres como ella. Poco tiempo después, Pandora abrió una caja que
llevaba todos los Males que podían infestar a la humanidad, como la
Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión. Todos
ellos salieron de la caja en forma de una nube, hirieron a Epimeteo y
Pandora en todas las partes de sus cuerpos y luego atacaron a la raza de
los mortales. Sin embargo, la Esperanza Engañosa, a la que también los
dioses habían encerrado en la caja, les disuadió con sus mentiras de que
cometieran un suicidio general. Sola quedó allí dentro en indestructible
mansión, bajo los bordes del vaso, y no voló fuera porque antes le puso
Pandora la tapa, según designios de Zeus, el que amontona las nubes,
por lo que son incontables las penas que vagan entre los hombres que lo
último que pierden es la Esperanza.
Y es que en otros tiempos vivía en la Tierra el género humano,
lejos y libre de males, libre de la dura fatiga y de las enfermedades
dolorosas que la Muerte da a los hombres. Llena está ahora la Tierra de
males y lleno está el mar. Morbos caen sobre los hombres de día o los
visitan sin más en la noche, llevando el dolor a los mortales en silencio,
que les quitó la voz el prudente Zeus. Así no hay modo de esquivar el
pensamiento del dios.

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