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Formas Míticas

El documento narra tres mitos de la mitología griega: el de Dafne, quien se convierte en un laurel para escapar del amor de Apolo; el de Orfeo, que desciende al inframundo para recuperar a su esposa Eurídice, pero la pierde nuevamente al mirarla; y el de las Edades, que describe la evolución de la humanidad a través de cuatro generaciones, desde la Edad de oro hasta la de hierro, caracterizadas por la decadencia moral y la pérdida de conexión con lo divino.

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Formas Míticas

El documento narra tres mitos de la mitología griega: el de Dafne, quien se convierte en un laurel para escapar del amor de Apolo; el de Orfeo, que desciende al inframundo para recuperar a su esposa Eurídice, pero la pierde nuevamente al mirarla; y el de las Edades, que describe la evolución de la humanidad a través de cuatro generaciones, desde la Edad de oro hasta la de hierro, caracterizadas por la decadencia moral y la pérdida de conexión con lo divino.

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El mito de Dafne
Dafne, una ninfa hija del dios Peneo, fue el primer amor de Apolo, el
dios de Delos. No fue el azar quien encendió en él su amor por Dafne,
sino la cólera de Eros, el hijo de Afrodita, también llamado Cupido entre
los romanos.
Apolo había visto un día a Eros jugando con el arco y las flechas, y
engreído por su reciente victoria sobre la serpiente Pitón, le reprochó
que usara, para crear vínculos amorosos, unas armas que solamente
debían servir para hazañas gloriosas.

—¿Qué intentas hacer Eros, desenfrenado niño, con estas armas? —le
dijo y prosiguió:
—Estas son propias de mis espaldas. Con ellas yo puedo lanzar golpes
inevitables contra una bestia salvaje o contra un enemigo. Hace poco he
abatido con innumerables hazañas a la descomunal Pitón que cubría con
su repugnante e hinchado vientre tantas yugadas. Tú, dios del amor,
conténtate con encender con tu antorcha unos amores que no conozco y
no iguales tus victorias con las mías.
—Tu arco lo traspasa todo Apolo, hijo de Zeus y Leto, gemelo de
Artemisa, pero el mío te traspasará a ti —le contestó Eros, que
indignado prosiguió. —Cuanto más vayan cediendo ante ti todos los
animales, tanto más superará mi gloria a la tuya.

Luego de decir esto y todavía ofendido por las palabras de Apolo, quiso
demostrarle que por poderosas que fueran sus flechas, más aún lo eran
las del amor. Irritado subió a la cima del Parnaso. Llevaba en su mano
dos flechas, una de oro y afilada punta, que producía el amor en quien
se clavara; la otra de plomo y sin punta, que producía rechazo en quien
la recibiera. Con la primera hirió a Apolo. Con la segunda, a Dafne.
En el acto, el dios de Delos sintió un amor intenso por la ninfa; ella, en
cambio, hasta del nombre del amor huía.
Dafne vivía en el bosque, dedicada a la caza, sin hacer caso de
joyas ni vestidos, ni de los jóvenes que la cortejaban. Muchas veces su
padre le había pedido que aceptara un esposo y que le diera nietos; ella,
a su vez, le suplicaba que le permitiera vivir en virginidad perpetua,
como la diosa Artemisa.
Sin embargo, el amor de Apolo por Dafne no hacía sino crecer. Su
pecho ardía de pasión como arden los campos de trigo, una vez
retiradas las espigas o como lo hace el bosque, donde alguien, por
descuido, dejó sin apagar un fuego. Apolo se quedaba extasiado ante
sus ojos, que resplandecían como estrellas; ante su boca, que tanto
deseaba besar; ante sus blancos brazos y sus formas, que adivinaba
bajo las ropas. Deseaba acercarse a ella, pero la ninfa huía de él como la
oveja huye del lobo y la paloma del águila. Le rogaba él entonces que se
detuviera, no fueran las zarzas a herir sus hermosas piernas, y le hacía
ver que no era un vulgar pastor quien la deseaba, sino un dios muy
poderoso, hijo de Zeus, capaz de revelar el futuro y de curar las
enfermedades con el poder de las hierbas. Todo era en vano. Dafne huía
aterrorizada, aumentando con ello aún más el amor de Apolo.
Un día, los dos corrían veloces por los montes; él, con la esperanza
de alcanzarla; ella, por temor a ser alcanzada. Pero el amor da siempre
alas al enamorado y la ninfa sentía ya el aliento de Apolo sobre su
cabeza.
Entonces ella, dirigiéndose a las aguas del Peneo, su padre, dijo
así suplicando:

—Ayúdame, padre. Si también los ríos son dioses y, como ellos, puedes
obrar prodigios, cambia mi figura que es la causa de la desgracia que
me aflige.

Apenas terminó su súplica, un extraño adormecimiento se apoderó de


la ninfa. Su cuerpo se cubrió de una delgada corteza; sus pies, antes tan
veloces, se hicieron raíces que se hundían en el suelo; sus cabellos se
transformaron en hojas; sus brazos, en ramas; su cabeza, en la frondosa
copa de un árbol. Al poco tiempo, se había convertido en un hermoso
laurel.
Aun así, la seguía amando Apolo. Estrechando entre sus brazos el
tronco aún palpitante, besaba una y otra vez la madera que, todavía
ahora, se resistía y quería huir de él. Al fin, Apolo habló así:

—Está bien. Si no puedes ser mi esposa, serás mi árbol.


Y desde entonces la corona de laurel acompaña a reyes y emperadores
como símbolo de triunfo.
El mito de Orfeo
El resultado será más grave que el presagio, pues, mientras la nueva
esposa acompañada de un grupo de Náyades va correteando por la
hierba, ella morirá a causa de la mordedura de una serpiente en el talón,
el mismo día del Himeneo.
Cuando Orfeo, el poeta del monte Ródope, había llorado la muerte
de su amada Eurídice lo bastante en la superficie de la Tierra, quiso
explorar personalmente la mansión de las sombras y osó descender al
Inframundo por la puerta Tenaria hasta la Estigia. A través de pueblos
leves y de fantasmas que han recibido sepultura, llegó Orfeo ante
Hades, el dueño del reino sombrío y el soberano de las sombras, que se
hallaba junto a su amada Perséfone.
Después de preludiar pulsando las cuerdas de su lira, Orfeo cantó así:
“¡Oh, divinidades de este mundo subterráneo dónde venimos a caer
todos los que hemos nacido mortales! Si me es lícito, y dejando los
rodeos de palabras artificiosas, permitirme decirles la verdad: no he
descendido aquí para ver el tártaro tenebroso ni para encadenar los tres
cuellos de serpientes del monstruo de Medusa. He venido en busca de
mi esposa. Una serpiente le inyectó su veneno y le hizo perecer en la
flor de la edad. He querido soportarlo, y no negaré que lo he intentado,
pero el amor ha vencido. Este dios es bien conocido en las regiones
superiores; no sé si aquí también lo será, aunque adivino que sí lo es,
pues si no miente la fama de un antiguo rapto, también los ha unido el
dios del amor”.
Y prosiguió:
“Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos, por
este vasto y silencioso reino, yo los conjuro a que vuelvan a tejer la
trama del destino de Eurídice terminada de una manera tan apresurada.
Todo se debe a ustedes, y lo cierto es que, después de un cierto tiempo,
más tarde o más temprano, todos nos dirigimos aquí. Esta es la última
morada y ustedes ejercen el más largo reinado sobre el género humano.
Ella también, cuando una vez madura, haya cumplido los años que le
corresponden, será sometida a sus leyes. Pido el uso de un don, no ese
don mismo. Y si los hados rehúsan concederme este favor para mi
esposa, yo estoy decidido: no quiero regresar. Gozaré de la muerte de
los dos”.
Mientras él exhalaba estas quejas, a las que acompañaba
haciendo vibrar las cuerdas de su lira, las sombras exangües lloraban.
Tántalo no intentaba tomar el agua huidiza y la rueda de Ixión se
detuvo; las aves se olvidaron de desgarrar el hígado de su víctima y
Sísifo se sentó sobre su roca. Se dice que, entonces, por vez primera, las
lágrimas humedecieron las mejillas de las Euménides, vencidas por este
canto. Ni la real esposa ni el que reina sobre los abismos de la Tierra
pudieron negarse al que tal pedía y llamaron a Eurídice.
Ella estaba entre las sombras, llegadas recientemente, y
avanzaba lentamente por su herida en el talón. Finalmente, Orfeo, el del
monte Ródope, obtuvo su devolución, juntamente con una orden. Orfeo
no debería volver la vista atrás antes de haber salido de los valles del
Averno. De lo contrario, el don le sería revocado.
Los dos amantes, Orfeo y Eurídice, tomaron, en medio de un
profundo silencio, un sendero en pendiente, escarpado y oscuro,
envuelto en una espesa y opaca niebla. No estaban lejos de la superficie
de la Tierra, cuando temiendo que su ninfa se le escapase nuevamente,
y ávido por verla, el amante esposo volvió sus ojos. Inmediatamente,
Eurídice resbaló hacia atrás.
Alargando los brazos, Eurídice luchó por asirse y ser agarrada por
su esposo, pero la infeliz no agarró sino el aire impalpable. Al morir por
segunda vez, no se quejaría de Orfeo, pues ¿de qué podría quejarse,
sino de ser amada? Le dirigió un postrero adiós, que ya no llegó, solo
apenas, a sus oídos, y volvió a rodar al abismo de donde había salido.
Orfeo quedó estremecido por la segunda muerte de su esposa,
como el que lleno de espanto ha visto las tres cabezas del perro,
llevando encadenada la del medio, y al que no ha abandonado el terror,
hasta que su naturaleza se queda convertida en roca. El barquero le
impedirá a Orfeo pasar por segunda vez y descender otra vez al Hades,
a pesar de que este ruega en vano y lo desea y desea. Se sentó, sin
embargo, siete días en la orilla, abandonando a su persona, y
alimentándose del amor, el dolor de su corazón y de sus lágrimas.
Quejándose de la crueldad de los dioses, se retiró por fin a las alturas
del Ródope.

El mito de las Edades


Se dice que desde el origen del mundo la humanidad atravesó cuatro
edades: la Edad de oro, la Edad de plata, la Edad de bronce y la Edad de
hierro.
La primera generación fue la de los hombres de oro, los primeros
habitantes de la Tierra. Ellos vivían de la misma manera que los dioses
del Olimpo: sus corazones estaban libres de inquietudes,
preocupaciones y miserias. No existían para ellos ni el castigo ni el
miedo, y vivían en un estado de justicia y paz. No pesaban sobre ellos
las molestias de la cruel vejez, se mantenían firmes, fuertes y sanos, en
un estado de permanente juventud. Continuamente, celebraban los
placeres del mundo, en festines y banquetes. Estos hombres de oro aún
no habían cortado los árboles de los bosques ni habían herido a la tierra
para quitarle sus frutos. Vivían de aquello que la naturaleza les brindaba
espontáneamente y en abundancia, pues en aquellos tiempos la
primavera parecía eterna, las flores brotaban sin mayor esfuerzo, en los
ríos corría el néctar caudaloso y de los verdes árboles se destilaba la
dorada miel. Para estos hombres la muerte no era más que un dulce
sueño al que se entregaban con serenidad. La generación de oro
desapareció un día de la faz de la Tierra. Ya luego, Zeus, el que reina en
el Olimpo, los convirtió en genios buenos, guardianes de las causas
justas que, ocultos en la niebla, velan por el bienestar de la humanidad.
La segunda generación fue la de los hombres de plata, que resultó
mucho más débil que la de los hombres de oro. Se acortó el tiempo de la
antigua primavera dorada y fueron creados el invierno, el verano y el
otoño. El aire fue abrasado por el calor y el viento frío sobre las aguas
produjo el hielo. Entonces, por primera vez, el hombre debió cortar los
árboles para construir casas y cobijarse. Los hombres de plata
aprendieron a dominar la naturaleza: araron la tierra, cercaron los
campos y trabajaron para obtener su sustento. Esta fue una generación
pueril y privada de inteligencia, que se negaba a rendir culto a los
moradores del Olimpo y actuaba siempre de forma desmedida. Ya luego,
Zeus, el que amontona las nubes, enojado con ellos, los hizo
desaparecer bajo tierra y los convirtió en genios inferiores.
La tercera generación fue la de los hombres de bronce. Eran
brutos, violentos y robustos, y estaban entregados a las tareas físicas. A
esta generación le atraían la guerra y los combates, es por eso que
tenían el corazón endurecido y su aspecto causaba horror y temeridad.
Sin embargo, no eran perversos, como lo serían luego los hombres de
hierro. Sus armas, sus herramientas de labranza y sus casas estaban
hechas de bronce. A pesar de su ferocidad, la negra noche los atrajo a
su seno. Ya luego, Zeus, el hijo de Crono, los hizo descender a la morada
de Hades, el que reina en las sombras, sin dejar rastro de ellos sobre la
Tierra.
La última generación es la de los hombres de hierro. Este metal
tan vil dio lugar a toda clase de crímenes y los hombres empezaron a
carecer de pudor, de verdad y de buena fe. En su lugar, reinaron el
fraude, la perfidia, la traición, la violencia y la pasión desmedida por las
riquezas. Fue la edad de las guerras y de los enfrentamientos, pero no
solo entre los hombres, sino entre los hombres y la naturaleza: no se
extraía de la tierra únicamente el alimento necesario, sino que se
hurgaba en sus profundidades hasta esquilmarla y quitar todo rastro de
oro, plata y otros ricos metales. En esta triste era, el huésped
desconfiaba del anfitrión, el suegro del yerno y el esposo tramaba la
perdición de la esposa. Los padres, en su vejez, eran menospreciados
por sus propios hijos. El hombre cobarde y artero prevalecía sobre el
noble y el valiente. Puesto que fue la edad de las falsas promesas y de
los falsos juramentos, la palabra perdió todo su valor. Esta es la última
generación de hombres, ya abandonada por Zeus, el prudente, y los
demás dioses del Olimpo, que se habían avergonzado de ellos.
Desde entonces los mortales han quedado solos en la Tierra, con
sus angustias y dolores, desprotegidos, y sin remedio para aliviar el mal
que los aqueja.
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