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El Príncipe Feliz: Cuento de Solidaridad

El cuento narra la historia de una golondrina que, al conocer al Príncipe Feliz, decide ayudar a los necesitados de la ciudad a pesar de sus propios deseos de viajar a Egipto. A través de sacrificios, la golondrina y el Príncipe transforman la vida de los pobres, pero al final, la golondrina muere de frío y el Príncipe queda sin su belleza. Dios, reconociendo su bondad, elige el corazón del Príncipe y el pájaro muerto como las cosas más preciosas de la ciudad.

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El Príncipe Feliz: Cuento de Solidaridad

El cuento narra la historia de una golondrina que, al conocer al Príncipe Feliz, decide ayudar a los necesitados de la ciudad a pesar de sus propios deseos de viajar a Egipto. A través de sacrificios, la golondrina y el Príncipe transforman la vida de los pobres, pero al final, la golondrina muere de frío y el Príncipe queda sin su belleza. Dios, reconociendo su bondad, elige el corazón del Príncipe y el pájaro muerto como las cosas más preciosas de la ciudad.

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EL PRÍNCIPE FELIZ Y OTR OS CUENTOS

E DITORIA L DIG I TAL - I M PR E NTA NAC IONAL


costa rica

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se


dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-.
¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!…
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la
iglesia. Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda
catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran
trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de
alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son
verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo
a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su
lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos
de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director
del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el
hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo
llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros
extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo
venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.

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-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.


Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era
fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una
flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la
cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo
terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y
contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una
noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el
sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los
árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas
rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero
no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que
sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el
océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de
cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva
algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto.
Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces
os quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

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Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.


-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña. Y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y
le refirió lo que había visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces
de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los
mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de
ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora
un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están
encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan
por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún
es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela
por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos
palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando
con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los
hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo
ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron
nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

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-¡Ya tenemos pan! -gritaban.


Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por
lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el
mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba
demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo
las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el
hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido
aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte
es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto
algo.
El hecho es que la coraza de plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de
la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la
opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde-. En resumidas
cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un
bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

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Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.


Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo
que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales. Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere
fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi
ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

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