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Narrativas y concepciones de la cultura

El documento explora diversas aproximaciones al concepto de cultura, destacando la transición de paradigmas científicos a narrativas en su estudio. Se discuten las distinciones entre cultura y civilización, así como las concepciones descriptivas y simbólicas de la cultura, enfatizando su relación con la naturaleza y la estructura económica. Además, se aborda la cultura como un campo de lucha por significados, donde la dominación y el consenso juegan un papel crucial en la reproducción de valores e identidades.
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Narrativas y concepciones de la cultura

El documento explora diversas aproximaciones al concepto de cultura, destacando la transición de paradigmas científicos a narrativas en su estudio. Se discuten las distinciones entre cultura y civilización, así como las concepciones descriptivas y simbólicas de la cultura, enfatizando su relación con la naturaleza y la estructura económica. Además, se aborda la cultura como un campo de lucha por significados, donde la dominación y el consenso juegan un papel crucial en la reproducción de valores e identidades.
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Aproximaciones al concepto de cultura

En principio se puede mencionar que hasta hace algunos años se pretendía hablar
de los paradigmas científicos que organizaban el saber sobre el campo de la cultura.
Había en ese sentido, una preocupación científica dominante y la esperanza de que
pudiera encontrarse el paradigma de mayor capacidad explicativa. Sin embargo, en
forma creciente, en la bibliografía sobre estos temas se oye hablar de narrativas, en vez
de paradigmas y, por lo tanto, es posible preguntarse –como lo hace N. García Canclini-
qué narrativas encontramos cuando hablamos de cultura.

En principio, existe una narrativa –la más obvia- que sigue hablando de una
especie de uso cotidiano y/o “culto” de la cultura e identifica cultura con educación,
ilustración, refinamiento, información, etc. Es decir, cultura sería el cúmulo de
conocimientos y aptitudes intelectuales y estéticas. Se reconoce esta corriente en el uso
vulgar de la palabra cultura pero tiene un soporte en la filosofía idealista alemana de
fines del siglo XIX y principios del XX (Spencer, Rickert) que manejaban la distinción
entre cultura y civilización.

Hagamos un ejemplo. Para esta concepción, un trozo de mármol extraído de una


cantera es un objeto de civilización, resultado de un conjunto de técnicas que permiten
extraer ese material de la naturaleza y convertirlo en un producto de la civilización. Pero
ese mismo trozo de mármol, decía Rickert, tallado por un artista que le imprime el valor
de belleza, lo convierte en obra de arte y lo vuelve cultura.

Entre las muchas críticas que se pueden hacer a esta distinción tan tajante entre
civilización y cultura es que naturaliza la división entre lo material y lo espiritual, entre
lo corporal y lo mental y, por lo tanto, entre las clases y los grupos sociales que se
dedican a una u otra dimensión. A su vez, naturaliza un conjunto de conocimientos y
gustos que serían los únicos que valdrían la pena difundir, formados en la historia
occidental moderna y concentrada, sobre todo, en el área europea o norteamericana.

Frente a estos usos cotidianos, vulgares o idealistas de cultura, surgió un conjunto


de usos científicos que se han caracterizado por separar la cultura en oposición a otros
referentes. Una de estas oposiciones ha sido la trabajada por la antropología que destacó
el eje de oposición cultura-naturaleza. Parecía que de ese modo se diferenciaba a la
cultura, lo creado por el hombre y por todos los hombres, de lo simplemente dado, de lo
natural que existe en el mundo. Justamente, ha sido la Antropología probablemente la
disciplina que de manera más sistemática ha trabajo el concepto de cultura.
No es nuestra intención hacer un análisis detallado de tales usos, para nuestro propósito
bastará con distinguir -como lo hace J. B. Thompson1- entre dos empleos básicos a los
cuales vamos a denominar “concepción descriptiva” y “concepción simbólica”. Esta
división implica una simplificación excesiva, no sólo porque no considera algunos
matices que pueden discernirse en los distintos usos del término, sino porque acentúa las

1
Thompson, J.B. (1997), Ideología y cultura moderna. México, UAM.
diferencias entre las dos concepciones y en consecuencia descuida las similitudes;
pero en relación a los objetivos de la cátedra nos servirá.

La concepción descriptiva de la cultura puede rastrearse hasta los escritos de los


historiadores culturales del siglo XIX, quienes estaban interesados en la descripción
etnográfica de las sociedades no europeas. Entre los más destacados estaba Gustav
Klemm, quien trató de proporcionar una descripción sistemática y amplia de “el
desarrollo gradual de la humanidad” al examinar las costumbres, habilidades, artes-
herramientas, armas, prácticas religiosas y así sucesivamente, de pueblos y tribus de
todo el mundo.

El trabajo de Klemm era conocido por E. B. Tylor, profesor de Antropología de la


Universidad de Oxford, cuya obra más importante “Cultura Primitiva” se publicó en
1871. Tylor proporcionó los elementos claves de la concepción descriptiva de la cultura:
de acuerdo a ella, la cultura se puede considerar como el conjunto interrelacionado de
creencias, costumbres, leyes, formas de conocimiento, etc., que adquieren los
individuos como miembros de una sociedad en particular y que se pueden estudiar de
manera científica.

Todas esas creencias, costumbres, etc. conforman una “totalidad compleja” que es
característica de cierta sociedad y la distingue de otras que existen en tiempos y lugares
diferentes. En la descripción de Tylor, una de las tareas del estudioso de la cultura es
disecar esas totalidades en sus partes componentes y clasificarlas y compararlas de
manera sistemática. Es una tarea similar a la que realizan un botánico o un zoólogo, así
como el catálogo de todas las especies de plantas y animales de una localidad
representan su flora y su fauna, la lista de todos los aspectos de la vida general de un
pueblo representa esa totalidad que llamamos cultura. A partir de allí, con más o menos
diferencias se suceden una serie de perspectivas y visiones a lo largo del siglo XX
siempre recordando que se trata de una clasificación muy simplificada- que pueden
englobarse dentro de la “concepción descriptiva”. Una de las dificultades de ese
concepto es que era coextensivo a la antropología misma o más precisamente a la
antropología cultural.

Este campo de la cultura por oposición a la naturaleza tiene ciertas ambigüedades


o indefiniciones, no es claro por qué la cultura puede abarcar todas las instancias de una
formación social, o sea los modelos de organización económica, las formas de ejercicio
del poder, las prácticas religiosas, artísticas, etc. Sin embargo, esta manera global de
definir el concepto como todo lo que no es naturaleza, ayudó a superar las formas más
primarias de etnocentrismo. Permitió pensar que la cultura era lo creado no
sólo por todos los hombres sino por todas las sociedades en todos los tiempos.

Comentario
Toda sociedad tiene cultura y, por lo tanto, no hay razones para
discriminar o descalificar a las otras
La consecuencia de esta definición fue el relativismo cultural: admitir que toda
cultura tiene derecho a darse sus propias formas de organización, de estilos de vida, aún
cuando incluyan aspectos que para nosotros pueden ser sorprendentes como los
sacrificios humanos o la poligamia.

Comentario
Ahora bien, desde hace años en el campo de la Antropología, ha perdido
eficacia esta distinción tan abrupta, tan tajante entre naturaleza y cultura.
La cultura como transformación de lo natural

La producción de significados y sentidos tiene una inherente relación con la


cultura como transformación y con lo que Carlos Marx y Federico Engels han llamado
la "especificidad humana", sobre la base del concepto de trabajo, como transformación
de la naturaleza. Desde esta perspectiva, la producción (material y simbólica) es el
rasgo humano por excelencia2.

Desde el surgimiento del hombre, todos sus actos han devenido productos, en
donde lo meramente vital se ha desgarrado bajo la infinita formación y transformación
de la naturaleza en cultura. Y es necesario resaltar que nada de lo material deja de
adquirir significación simbólica y ningún símbolo puede manifestarse sin un soporte
material. Podemos afirmar que la cultura se constituye por oposición y
transformación de la naturaleza. Porque somos la única especie (al menos conocida
por nosotros y en este planeta) que ha desarrollado la cultura como modo por el cual ya
no sólo estamos en el mundo de la naturaleza, como nuestros primos los animales y las
plantas y el mundo de lo inorgánico. Esto es importante, porque los otros animales no
hacen sino cumplir con las leyes naturales, en el sentido que ninguno de ellos se
representa lo que hace con símbolos, como algo que puede ser interpretado con otro
sentido que el de su propio sistema de comunicación con significado fijo: las señales.
En cambio nosotros, en nuestro mundo de símbolos, siempre estamos necesitados de un
proceso de interpretación y los sentidos nunca están dados como algo fijo y natural.

En realidad, podemos decir que, como especie, en esta doble dimensión entre lo
natural y lo cultural, nos pasamos todo el tiempo tratando de conocer las leyes naturales
para "contradecirlas". Es como si la contradicción (decir en contra) fuera nuestra más
específica forma de comportarnos. Para crear cultura, el hombre "contradice" a la
piedra, para que "deje" de ser solamente piedra y pase a ser un instrumento que le
permita cazar un animal y abrigarse y alimentarse. Así se adapta a los
más variados climas sin cambiar su naturaleza, sino mediante sus herramientas, su
cultura. Y hoy manda naves a las otras galaxias aplicando este mismo principio de la
contradicción.
2
El concepto de trabajo de Marx y Engels es el equivalente a la base de la producción humana, pero no se reduce ni
al trabajo ni a la producción como los entiende la economía capitalista, como mercancía. "Lo que hoy se llama
trabajo no es más que un fragmento diminuto y miserable de la formidable y poderosísima producción" La moral
mercantilista aleja al trabajo de la totalidad de los matices que tiene la vida humana, incluida la diversión y el placer,
"a pesar de que también eso es producir" (Marx & Engels: La Ideología Alemana), con lo cual el trabajo queda
entendido dentro de la cultura en su sentido integral.
Esta oposición conceptual entre naturaleza y cultura, entonces, resulta básica para
comprender no sólo ésta última noción sino también para situar el primero de los
eslabones que constituyen al ser humano como tal: ser productor de cultura a partir del
principio de contradicción. La oposición a lo natural, como lo dado, mediante el trabajo
de la cultura, mediante las prácticas materiales significativas, implica la constitución del
hombre como ser histórico.

Por eso la Historia resulta ser una contienda continua con lo dado, con lo que
aparece como natural, como naturalizado dentro de las representaciones del mundo,
como lo que se preconcibe como la "naturaleza de las cosas", con lo que niega a la
cultura ese carácter básico de ser ruptura con lo dado.

La determinación: estructura económica y representación simbólica

Una cuestión clave es la relación de determinación entre lo material y lo


simbólico. Es la estructura de poder económico-material la que determina los intereses
sociales diferentes y su asociación con los valores culturales. La totalidad histórica está
compuesta por lo material y su significación, aunque ésta también se expresa mediante
referentes materiales (los soportes materiales de los signos). Puede ser abordada desde
distintos niveles de abstracción: el económico es uno de ellos, el cultural otro. García
Canclini afirma que la cultura constituye un nivel específico del todo social y, por
ende, no puede ser estudiada en forma aislada, autónoma de las estructuras económicas,
"no sólo porque está determinada por lo social, sino porque está presente en todo hecho
socio-económico. Cualquier práctica es simultáneamente económica y simbólica. No
hay fenómeno económico o social que no incluya una dimensión cultural, que no lo
representemos atribuyéndole un significado" .

La relación entre estructura material y el conjunto de representaciones simbólicas


e institucionales ha sido tratada por el marxismo en general como la relación entre la
esfera de lo económico y la "conciencia social". Esta última incluye lo cultural e
ideológico y las instituciones jurídico-políticas, englobadas en el concepto de super-
estructura5. Si bien no pocas veces fueron tratadas como entidades separadas y
escindidas una de la otra, hoy se hace hincapié en su relación de unidad e imbricación,
pues de lo contrario no podría haber determinación desde la base económica hacia la
superestructura.

Lo que equivale a ponderar la autonomía relativa de la esfera cultural respecto de


la estructura: “no hay producción de sentido que no esté inserta en estructuras
materiales…El sentido está inmerso en el desenvolvimiento de la materia (García
Canclini, Cultura y Sociedad. Una introducción. Sep, México, 1981, p. 25). O como
estableció el pensador contemporáneo Scott Lash: “Los paradigmas culturales
dependen de factores materiales, sobre todo de la acumulación de capital y de la
formación y fragmentación de clase; pero estos factores culturales, una vez establecidos,
desempeñan un papel importante en la definición de la estructura” (Lash, Sociologia del
postmodernismo. Amorrortu, Buenos Aires, 1990. P. 55)
Cultura, entonces, es el conjunto de operaciones simbólicas y prácticas
mediante las cuales el hombre está en el mundo transformándolo, produciéndolo
como un mundo específicamente humano. Es el conjunto de prácticas y
representaciones simbólicas mediante las cuales, en una determinada sociedad, grupo u
organización, la gente, los pueblos, los sectores sociales, dan sentido, en forma
compartida (aún dentro de la heterogeneidad de intereses y valores determinados por la
estructura social), a las acciones y actividades que realizan.

La cultura como arena de lucha por los significados: dominación y hegemonía

Si decimos que los significados o sentidos no son algo dado sino construcciones
permanentes, también tenemos que tomar nota que en las culturas siempre se establecen
modelos de lo que hay que hacer, decir, etc. Los monumentos nos dictan a quiénes
debemos venerar y recordar como modelos de acción para el futuro. Los himnos nos
dictan a qué símbolos debemos atenernos para mantener una cierta identidad. Las
ceremonias y ritos nos dictan qué debe repetirse, evocarse, mantenerse. Estas serían
funciones de la cultura que tienden a la reproducción, a la actualización y re-
presentación de ciertos valores, ciertas ideas y no otras.

Y hemos repetido la palabra dictar porque precisamente esos dictados son


mensajes que apuntan a la reproducción porque representan intereses que tratan de
imponerse, conservarse, mantenerse. Y esto es así porque esos valores o ideas a
mantener están en riesgo de perderse o son cuestionadas, contradichas. Si no, no habría
necesidad de invocar su conservación en una cultura. Ningún signo se mantiene o se
trata de mantener de modo inercial, sin una razón histórica, sin un interés y una
racionalidad que lo motoriza. Hagamos un ejemplo para comprender mejor:

Esta racionalidad puede manifestarse hasta en un gusto artístico, por ejemplo,


musical. ¿Cuánto de nuestra identidad se construye alrededor de nuestros gustos
musicales y de nuestros artistas preferidos? ¿Cuántas veces en un festival se establecen
bandos que pujan por el mantenimiento en el escenario de “su” artista en desmedro de
los otros? Bien, pensemos que una cultura es un festival de significaciones, de valores,
ideas, es una lucha permanente por imponer esas significaciones, esas ideas y esos
valores.

Y el mantenimiento o no de los mismos va a depender de quién detente el poder


de establecer esos sentidos o bien de convencer a los demás de que esos sentidos son los
que hay que mantener. A la primera forma -la imposición- se la llama dominación, que
es cuando al otro no se le brinda la oportunidad ni siquiera de manifestar su
significación o su identidad. La dominación es la imposición desde el exterior de una
determinada relación; imposición violenta, que cuenta con resistencia explícita y que
sólo puede mantenerse con el aparato represivo.

Ejemplo: la lisa y llana “desaparición” de radios y canales de televisión, de


ciertas expresiones de la música nacional y latinoamericana y la censura al teatro y al
cine con determinados contenidos, durante la última dictadura militar de 1976.
Pero estar en una cultura implica también aceptación, consenso. El hecho mínimo
de hablar un lenguaje, desde el que establecemos la comunicación, indica que
adherimos a un modelo (sintáctico, semántico), al que difícilmente cuestionemos. En
realidad, a la mayoría de las prácticas las realizamos sin siquiera cuestionarlas, dado que
estar en una cultura es precisamente no contradecir en forma explícita todo el tiempo
todo lo que hacemos. Algo siempre deberemos tomar como dado, en algún "lugar"
debemos "pararnos", centrarnos como sujetos. Estos son los componentes más
interesantes de toda cultura. Son los modelos que actuamos y arraigan sin imposición
forzada.

Y puede haber representaciones o prácticas que no respondan a nuestros intereses


objetivos, pero aún así las actuamos. A esta segunda forma, que no implica
necesariamente imposición por la fuerza sino consenso de parte de quienes no
comparten objetivamente los intereses de quien domina y, sin embargo, se apropian de
ellos, se le da el nombre de hegemonía. Consiste en la aceptación de una concepción del
mundo como propia, aún cuando resulte contraria a los intereses sociales o de clase de
quien la adopta. La censura durante las dictaduras muchas veces está precedida o
acompañada por la concepción generalizada de que en realidad existen expresiones
"peligrosas" y hasta "pensamientos peligrosos" que deben ser censurados. Hasta la
represión se avala con asunciones como "en algo andaría...", equivalente a los prejuicios
con que se amparan las discriminaciones de nuestros días.

Concepción simbólica de la cultura

A partir de los años `70, la concepción simbólica de la cultura ha sido colocada en


el centro de los debates antropológicos por Clifford Geertz, cuyo trabajo magistral en
el libro “La interpretación de las culturas” representa un intento por extraer las
implicaciones que tiene dicha concepción para la naturaleza de la investigación
antropológica.

El interés de Geertz recae en cuestiones del significado, el simbolismo, la


interpretación. El concepto que propugna Geertz es un concepto semiótico, pues dice:
“Al creer, tal como Max Weber, que el hombre es un animal suspendido en tramas de
significación tejidas por él mismo, considero que la cultura se compone de tales tramas
y que el análisis de ésta no es, por lo tanto, una ciencia experimental
en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significados” .

La cultura es una “jerarquía estratificada de estructuras significativas”, y el


análisis de la cultura consiste en desentrañar esas estructuras de significación. En otras
palabras, la cultura es la red o trama de sentidos con que le damos significados a los
fenómenos o eventos de la vida cotidiana. Y por lo tanto, analizar la cultura consiste
en descifrar, interpretar las significaciones que se ponen en juego a través de acciones,
expresiones, conductas, las cuales son ya significativas -portan significados- para los
individuos que las producen, perciben e interpretan en el curso de su
cotidianidad.
Veamos un ejemplo tomado de Geertz, pero que intentaré simplificar.
Supongamos una cultura en la cual el acto de guiñar el ojo tiene cierta significación
(piensen que no todos los pueblos guiñan el ojo con alguna finalidad). En el caso de
nuestra sociedad, se me ocurren varias razones por las que un individuo puede guiñar el
ojo (y me imagino que a ustedes se les ocurrirán otras tantas): como gesto de
complicidad, seducción, tic nervioso, seña en un juego de naipes, como imitación de un
guiño o parodia del mismo, etc. Ahora viene lo importante: incluso en un gesto tan
sencillo como guiñar un ojo, si alguien no pertenece a la cultura en la que los
significados mencionados poseen reconocimiento, le será muy difícil comprender la
diferencia entre un guiño de seducción de la parodia de un guiño. Imagino que estarán
pensando que nadie comprenderá una cultura, nadie de aproximará al
conocimiento de un pueblo por el modo de guiñar un ojo. Es cierto, les mencioné un
ejemplo muy sencillo para introducirlos en la concepción simbólica de la cultura, pero
piensen en la complejidad de significaciones involucradas en la vida de una comunidad.

Para Geertz, el análisis de los fenómenos culturales es una actividad muy distinta
de la que implicaba la que llamamos “concepción descriptiva de la cultura”; para dicho
autor, el estudio de la cultura es una actividad más parecida a la interpretación de un
texto que a la clasificación de la flora y la fauna. Lo que requiere no es tanto la
actividad de un analista que busque clasificar y cuantificar sino más bien la sensibilidad
de un intérprete que busque descifrar patrones de significado, discriminar entre distintos
matices de sentido y volver inteligible una forma de vida que ya es de por sí
significativa para quienes la viven.

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