Reflexión:
Aliento de vida
14 febrero, 2014 | PEPE MENDOZA
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Génesis 1 – 3 y Mateo 1 – 2
Entonces el SEÑOR Dios formó al hombre del polvo de la tierra,
y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser
viviente (Gn.2.7).
En alguna oportunidad escuché a un rabino decir que cada uno de
nosotros somos como una pequeña parcela de tierra que el Señor nos da
en arriendo por unos pocos años. De nosotros depende hacerla
fructificar o convertirla en un terreno eriazo. Sin embargo, detrás de la
utilidad o inutilidad de nuestra vida (tema discutido hasta la saciedad
por nuestra sociedad contemporánea) está el gran milagro de la realidad
conciente de nuestra existencia. Somos y nos sentimos como algo más
que un pedazo de barro al que se le ha dado forma.
El soplo delicado del aliento de Dios ha producido en nosotros una vida
que nos hace concientes de nuestra individualidad y también de la
individualidad de los demás. Como dije unas líneas más arriba,
podremos dudar del valor práctico que como seres humanos tenemos y
del sentido de la vida dentro de la lógica del universo, pero
inquebrantablemente sabemos que estamos hoy y aquí sobre la tierra.
Sí, somos seres complejos y en medio de nuestra aldea global nos
damos cuenta que somos diversos en matices, culturas, colores y
formas; pero al fin y al cabo, seres humanos. Esa es la multi –
constitución privilegiada con que el hombre fue diseñado por Dios.
Aún la constitución física es sumamente complicada: Oxígeno: 65%,
Carbono 18%, Hidrógeno 10%, Nitrógeno 3%, Calcio 2%, Fósforo 1%,
Potasio 0,25%, Cloro 0,15%, Sodio 0,15%, Magnesio 0,55%, Hierro
0,04%. Más interesante es aún saber que estos componentes están en
su justa medida… porciones un tanto mayores serían absolutamente
mortíferas para el ser humano. Entiendo que la ciencia moderna cada
vez con mayor precisión ha podido ir desenterrando los misterios de los
secretos de nuestra vida física, pero, ¿dónde están los secretos de
nuestra vida anímica y espiritual? Por allí tengo un artículo en donde se
debatía acerca de los problemas del alma y su correspondencia con el
desequilibrio de determinadas hormonas del organismo.
Algunos doctores señalaban que la llave de la depresión estaba en el
desarrollo o ausencia de algunos compuestos químicos que por alguna
razón nuestro cuerpo no estaba fabricando. Pero, en el otro extremo,
estaban los especialistas que consideraban que la variabilidad química
del organismo era consecuencia de algunas situaciones anímicas que
afectaban luego el metabolismo de las personas. Me inclino por la
segunda opción, porque creo que el aliento de Dios no es susceptible de
ser medido por el hombre. En conclusión, somos más y mucho más que
hueso, pellejo y un poco de historia efímera.
En ese sentido, el Génesis busca orientar y darnos luz con respecto a
nuestro ideal de trascendencia. No estamos aquí por casualidad: Dios
interpuso su voluntad “Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya,
a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn.1.27). Este
no sólo es un canto poético. En el idioma hebreo se usan dos palabras
para describir la creación; la primera de ellas es la palabra que se
traduce `crear´ y que indica una obra de Dios realizada
omnipotentemente y sin material previo; la otra es la que se traduce
`formado´ que implica el uso de material pre-existente.
El hombre fue formado de material existente (barro), pero su
constitución espiritual va más allá de todo lo natural. Por todo lo
explicado, las razones y el sentido de la vida para el hombre están más
allá de todo lo temporal o físico. La abeja se realizará completamente
siendo abeja, el león cumplirá instintivamente su rol sobre la faz de la
tierra sin diferenciarse de sus padres y abuelos. ¿Por qué para el hombre
no es así de fácil? Porque el hombre necesita un referente espiritual y
volitivo más que instintivo. Al hombre no le basta con ser hombre,
necesita ser persona y más aún, su realización individual puede tener
tantos matices como hombres hay sobre la tierra.
Ese referente solo lo puede proveer la Voz de Dios, su creador, mentor y
director. El Señor le entrega al hombre poder y dominio sobre la
creación… “y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las
aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre
todo reptil que se arrastra sobre la tierra” (Gn.1.26b). Pero este
dominio no es arbitrario ya que le corresponde cuidar la creación al ser
nombrado administrador de la creación de Dios, “Entonces el SEÑOR
Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que
lo cultivara y lo cuidara” (Gn.2.15).
Lo más importante es que Dios creó al hombre con tal sentido de
dignidad y capacidad que se atrevió a generar un pacto con Él. No iba a
ser solo un sirviente, sino que se propuso darle un trato filial. Los
términos del pacto están bien definidos en una sola frase: “Y ordenó el
SEÑOR Dios al hombre, diciendo:De todo árbol del huerto podrás
comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no
comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”
(Gn.2.16,17). Para muchos este mandato es un limitante dictatorial a la
felicidad del hombre, pero podemos entender que esta cláusula no limita
la libertad ni la felicidad del hombre. Era, más bien, una prueba sencilla
de obediencia. No se trataba de una manzana envenenada, ni tenía
relación con la sexualidad del hombre, o que en los frutos del árbol
estaba el elixir de la divinidad. Nada de eso. La frase “de la ciencia del
bien y del mal” es una expresión idiomática oriental que indica la
totalidad de la grandeza y el conocimiento de Dios.
Este árbol era un permanente recordatorio a Adán de la necesidad de su
dependencia de Dios. La historia la conocen todos ustedes. El hombre
desconoce el pacto al creerse más sabio que Dios, y desde ese momento
cae en un permanente razonar en círculos, alejado de la Palabra
iluminadora del Señor, y deshaciendo en argumentos vanos lo poco que
conoce de ella. Las consecuencias más evidentes del fracaso del hombre
en su obediencia a Dios podemos enumerarlas:
Se entrega al cuidado de su propio intelecto y voluntad.
Intenta cubrir con apariencias su propia condición.
Desea mantenerse alejado de la presencia de Dios.
Su dureza le impide reconocer su culpabilidad. Vive haciendo recaer su
culpa sobre los demás y las circunstancias.
Se entrega por completo al mundo físico y desoye por completo al mundo
espiritual.
Quizás algunas de estas razones son los nuevos valores de la
humanidad. Ya no son vistos como debilidades sino como virtudes.
Bueno, el tiempo y la propia vida señalarán los frutos de las semillas que
delicadamente sembramos en nuestras pequeñas parcelas. Por lo
pronto, sé de la existencia de un tal Jesús que hace dos mil años se
anunció su venida con el fin específico de devolverle la gloria perdida al
hombre:
Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque El
salvará a su pueblo de sus pecados…HE AQUI, LA VIRGEN
CONCEBIRA Y DARA A LUZ UN HIJO, Y LE PONDRAN POR NOMBRE
EMMANUEL, que traducido significa: DIOS CON
NOSOTROS” (Mt.1.21,23).
¿Salvar? ¿No entiendo de qué me va a salvar? decimos muchos de
nosotros. Si no lo has entendido hasta ahora permíteme hacerte una
breve explicación. Emilio Durkheim en su libro “El Suicidio” acuñó la
palabra “anomia” como un término que parecía un neologismo pero que
ya aparecía en la Biblia y que puede traducirse “sin ley”.
El autor clasificaba así a la sociedad en crisis que ya no respeta las
normas y que por lo tanto está en un proceso de desintegración que
hace que se pierda de vista el significado del bien y el mal. Jesucristo
vino, en primer lugar, para restaurar el principio del pacto en nuestras
vidas. Para eso debe perdonarnos nuestras faltas cometidas cuando
estábamos al margen de la ley. Este perdón no es gratuito: Él lo pagó en
la cruz por nosotros. Y en segundo lugar, nos da la oportunidad de
restaurar nuestra relación perdida con Dios.
Sencillamente, Jesucristo vino para ordenar la casa y dejar las cosas
como eran en el principio. ¿Cómo podemos hacerlo? Pues, dejando las
justificaciones y las apariencias para presentarnos como somos delante
de Dios en arrepentimiento y disposición, para que Él y solo Él nos
indique el camino nuevo por el que debemos andar. El primer mensaje
del Señor no fue una invitación a la filantropía o aun servicio religioso.
Sus primeras palabras fueron: “… Arrepentíos, porque el reino de
los cielos se ha acercado” (Mt. 4.17).
El Señor Jesucristo vino a salvarnos de nuestra desintegración anímica
producto de nuestro abandono moral. Así, Él nos demuestra que somos
valiosos al darse Él mismo por ti y por mí. Pero hay algo más importante
todavía: Él deseó la restauración de nuestra dignidad al darnos la
segunda oportunidad de volver sobre nuestros pasos, vindicar el pacto,
y caminar con Él como debió haber sido desde el principio. Es un acto de
confianza de Dios para con nosotros, y que solo podremos devolverle
con confianza. La entrega de Jesucristo por nosotros solo puede ser
respondida con nuestra entrega personal.