Viii. Escatologia ..
Viii. Escatologia ..
ÁREA DE EDUCACIÓN
LECTURAS COMPLEMENTARIAS
VIII. ESCATOLOGÍA: LA DOCTRINA DE LAS ÚLTIMAS COSAS
Escatología1 (gr., eschatos, último y logos, declaración ordenada). El estudio de las últimas cosas que
sucederán en la tierra en esta edad. Se usa la palabra para cubrir el estudio de acontecimientos tan importantes
como la segunda venida de Cristo, el juicio del mundo, la resurrección de los muertos y la creación de los cielos
nuevos y la tierra nueva. Los temas relacionados incluyen el reino de Dios, el milenio, el estado intermedio, el
concepto de la inmortalidad y el destino eterno de los malvados.
Ya que Dios controla la historia (incluyendo su fin), el creyente ha de tener esperanza. Para hacer justicia a la
tensión dentro del NT entre la salvación ya experimentada (parcialmente) y la salvación todavía no
experimentada (completamente), es útil hablar de la escatología inaugurada y la escatología cumplida. El
pueblo de Dios está viviendo en los últimos días, pero todavía no ha llegado el último día. La nueva edad
irrumpió en esta época malvada cuando Cristo fue resucitado de los muertos, pero lo nuevo todavía no ha
reemplazado completamente lo antiguo. El Espíritu de Cristo trae a la edad presente la vida de la edad por
venir; así que lo que ofrece es las primicias (Romanos 8:23) y es las arras de la plenitud de la vida por venir (2
Corintios 1:22; 5:5; Efesios 1:14). Como gente de la nueva edad que todavía vive en el mundo y la edad antigua,
la iglesia está llamada a participar en misiones y evangelismo (mateo 24:14; 28:19, 20) hasta que Cristo regrese
a la tierra. Las señales de los tiempos —es decir, que el fin es seguro y está cercano— incluyen la
evangelización del mundo, la conversión de Israel (Romanos 11:25, 26), la gran apostasía (2 Tesalonicenses
2:1-3), la tribulación (Mateo 24:21-30) y la revelación del anticristo (2 Tesalonicenses 2:1-12).
I. La Segunda Venida. Se usan tres palabras gr. —parousia (presencia, 1 Tesalonicenses 3:13), apokalypsis
(revelación, 2 Tesalonicenses 1:7, 8) y epiphaneia (aparición, 2:8)— para el regreso personal, visible y glorioso
de Jesús (Mateo 24:30; Hechos 1:11; 3:19-21; Filipenses 3:20).
II. La resurrección de los muertos. Cristo es el primogénito de los muertos (Romanos 8:11, 29; Colosenses
1:18) y las primicias de la resurrección de todos los creyentes (1 Corintios 15:20). Cada persona que haya vivido
se levantará de los muertos (Daniel 12:2; Juan 5:28, 29; Hechos 24:15); pero la resurrección de los malvados
será el comienzo del juicio de Dios sobre ellos, mientras que la resurrección de los justos será el comienzo de
su vida en Cristo. Los cuerpos resucitados de los justos serán incorruptibles, gloriosos y espirituales (1 Corinitos
15:35 ss.), y semejantes al cuerpo glorioso de Cristo (Filipenses 3:21).
III. El juicio. Hay dos maneras en las cuales los estudiosos bíblicos conservadores ven la doctrina del juicio.
Una es decir que habrá un juicio futuro en el cual Jesucristo juzgará a las naciones y a cada persona que haya
vivido jamás. Este juicio es un examen de los motivos y las acciones de cada uno, creyente e incrédulo, junto
con el juicio basado en esta evidencia (Mateo 11:20-22; 12:36; 25:35-40; 2 Corintios 5:10) y en la respuesta
humana a la voluntad conocida de Dios (Mateo 16:27; Romanos 1:18-21; 2:12- 16; Apocalipsis 20:12; 22:12).
Hay recompensas espirituales en la edad por venir para aquellos que han servido al Señor fielmente en esta
vida (Lucas 19:12-27; 1 Corintios 3:10-15; cf. Mateo 5:11, 12; 6:19-21).
La otra forma de ver el juicio acepta los principios de la primera pero los distribuye en varios juicios: de los
pecados de los creyentes (en el Calvario), de las obras del creyente (en el momento del arrebatamiento), de
los gentiles individuales (antes del milenio), del pueblo de Israel (antes del milenio), de los ángeles caídos y de
los malvados (después del milenio).
IV. Felicidad eterna en el nuevo orden de existencia (nuevos cielos y nueva tierra). El antiguo universo
será regenerado maravillosamente (Isaías 65:17-25; 66:22, 23; Hechos 3:19-21; Romanos 8:19-21; 2 Pedro
3:12; Apocalipsis 21:1-4). Aquellos que tienen cuerpos de resurrección morarán con Dios en un universo
regenerado, en el cual el cielo, como lugar y esfera de Dios, no está separado sino que más bien está presente.
V. Sufrimiento y castigo eterno en el infierno. Jesús mismo dijo más acerca del infierno que cualquier otro
escritor u orador del NT (p. ej., Mateo 5:22, 29, 30; 10:28; 13:41, 42; 25:46). Por medio de una variedad de
cuadros e imágenes, el NT presenta una descripción temible del sufrimiento eterno de los que han rechazado
el evangelio.
1
J.D. Douglas, Merrill C. Tenney, Diccionario Bíblico Mundo Hispano (Editorial Mundo Hispano, 2003).
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VI. Inmortalidad. Sólo Dios posee verdadera inmortalidad (aphtharsia, 1 Timoteo 6:16) porque es la fuente
eterna de vida. Los seres humanos fueron creados para la inmortalidad (en lugar de ser creados con almas
inmortales) y esta inmortalidad, en el sentido de recibir y disfrutar de la vida de Dios, se le da a los justos en el
momento de la resurrección de los muertos, en y por medio del don de un nuevo cuerpo imperecedero e inmortal
(1 Corintios 15:53-55). Nunca se dice que los malvados tengan inmortalidad o que existan eternamente en
cuerpos inmortales, ya que el uso de la inmortalidad en el NT es para describir la inmunidad de la muerte y la
corrupción que resulta de compartir en la vida divina.
VII. El estado intermedio. Con frecuencia se llama estado intermedio a la existencia de aquellos que mueren
antes de la Segunda Venida. La parábola del hombre rico y Lázaro (Lucas 16:19-31) sugiere que hay una
existencia consciente y que puede ser de sufrimiento o de descanso/felicidad. Ciertamente el NT señala el
consuelo y la seguridad de aquellos que mueren como discípulos de Jesús (Lucas 23:42, 43; 2 Corintios 5:6-8;
Filipenses 1:21-23; 1 Tesalonicenses 4:16.
ESCATOLOGÍA2 Del gr. «éskhatos» ultimo y «logos», tratado (o verbo, palabra viva, inteligencia o
enseñanza. Este término se refiere a la doctrina de las últimas cosas”.
Contrastando con las concepciones cíclicas de la historia, los escritos bíblicos entienden la historia como
un movimiento lineal en dirección a una meta. Dios dirige la historia hacia el cumplimiento definitivo de sus
propósitos para la creación. De manera que la escatología bíblica no se limita al destino del individuo; tiene que
ver con la consumación de toda la historia del mundo, hacia la cual se dirigen todos los actos redentores de
Dios en la historia.
I. La perspectiva veterotestamentaria
El carácter futurista de la fe judía tiene su origen en el llamado de Abraham (Gn. 12.1–3) y la promesa de la
tierra a heredar, pero en el mensaje de los profetas es donde radica su pleno carácter escatológico, que se
proyecta hacia una meta final permanente conforme al propósito de Dios en la historia. La expresión profética
“día de Jehová” (acompañada de una serie de expresiones similares tales como “en aquel tiempo [día]”) se
refiere al hecho futuro de la acción decisiva de Dios respecto al juicio y la salvación en el campo de la historia.
Para los profetas está siempre estrechamente relacionado con el contexto histórico del momento, y de ninguna
manera se refiere necesariamente a los días finales de la historia. Sin embargo, en forma creciente surge el
concepto de una resolución final de la historia: un día de juicio más allá del cual Dios establece una era
permanente de salvación. Una escatología plenamente trascendente, que espera un acto de Dios directo y
universal, más allá de las posibilidades de la historia común, que da lugar a un mundo radicalmente
transformado, es característica de la *apocalíptica, que ya se vislumbra en varias partes de los libros proféticos.
Los profetas describen con frecuencia la era escatológica de salvación que se halla más allá del juicio.
Fundamentalmente es la era en la cual ha de prevalecer la voluntad de Dios. Las naciones han de servir al Dios
de Israel y conocerán su voluntad (Is. 2.2s = Mi. 4.1s; Jer. 3.17; Sof. 3.9s; Zac. 8.20–23). Habrá paz y justicia
internacionales (Is. 2.4 = Mi. 4.3), y paz en la naturaleza (Is. 11.6; 65.25). El pueblo de Dios tendrá seguridad
(Mi. 4.4; Is. 65.21–23) y prosperidad (Zac. 8.12). La ley de Dios será escrita en sus corazones (Jer. 31.31–34;
Ez. 36.26s).
Se asocia frecuentemente con la era escatológica al rey davídico que ha de gobernar a Israel (y, a veces,
a las naciones) como representante de Dios (Is. 9.6s; 11.1–10; Jer. 23.5s; Ez. 34.23s; 37.24s; Mi. 5.2–4; Zac.
9.9s). Un aspecto sobresaliente de estas profecías es que el Mesías ha de reinar en justicia. En el AT todavía
no se usa “Mesías” [Cristo] como término técnico para el rey escatológico.) Otras figuras “mesiánicas” en la
esperanza veterotestamentaria son el “uno como un hijo de hombre” (Dn. 7.13), el representante celestial de
Israel, quien recibe el dominio universal, el Siervo sufriente (Is. 53), y el profeta escatológico (Is. 61.1–3).
Generalmente la acción escatológica de juicio y salvación se lleva a cabo con la venida personal de Dios mismo
(Is. 26.21; Zac. 14.5; Mal. 3.1–5).
2
Douglas, J. D., Nuevo Diccionario Biblico Certeza.
2
Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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mismo (cf. Mal. 3.1 con Lc. 1.76; 7.27). Por el otro lado, él es, también, el Hombre escatológico: no sólo ha
logrado sino que define, en su propia humanidad resucitada, el destino escatológico de todos los hombres. De
modo que ahora la afirmación más acertada en cuanto a nuestro destino es que seremos como él (Ro. 8.29; 1
Co. 15.49; Fil. 3.21; 1 Jn. 3.2). Por estas dos razones la esperanza del cristiano se centra en la venida de
Jesucristo.
En todos los escritos del NT, la escatología ostenta estas dos características distintivas: ha sido inaugurada
y es cristocéntrica. Sin embargo, existen diferencias de énfasis, especialmente en cuanto al peso relativo que
se le acuerda a las expresiones “ya” y “todavía no”. El cuarto evangelio destaca marcadamente tanto la
escatología realizada como la identificación de la salvación escatológica con Jesús mismo (véase, p. ej., 11.23–
26), pero no elimina la esperanza futura (5.28s; 6.3–9, etc.).
III. La vida cristiana y la esperanza
El cristiano vive entre el “ya” y el “todavía no”, entre la resurrección de Cristo y la futura resurrección general en
el momento de la venida de Cristo. Esto explica la estructura distintiva de la existencia cristiana, fundada en la
obra terminada de Cristo en el pasado histórico y, al mismo tiempo, desenvolviéndose en la esperanza del
futuro que se nutre de esa misma historia pasada, y es garantizada por ella. La estructura se ve, p. ej., en la
Cena del Señor, donde el Señor resucitado está presente en medio de su pueblo en un acto de “recordación”
de su muerte, que es a la vez un simbólico anticipo del banquete escatológico del futuro, que da testimonio, por
lo tanto, de la esperanza de su venida.
El período que transcurre entre el “ya” y el “todavía no” es el período del Espíritu y el período de la iglesia.
El Espíritu es el regalo escatológico prometido por los profetas (Hch. 2.16–18), por medio del cual los cristianos
participan ya de la vida eterna de la era venidera. El Espíritu es el creador de la iglesia, el pueblo escatológico
de Dios, que ya ha sido transferido de la potestad de las tinieblas al reino de Cristo (Col. 1.13). Por medio del
Espíritu presente en la iglesia la vida de la era venidera ya se está viviendo en medio de la historia de este
presente siglo malo (Gá. 1.4). Así, en un sentido, la nueva era y la era pasada se superponen; la nueva
humanidad del postrer Adán coexiste con la vieja humanidad del primer Adán. Por la fe sabemos que la vieja
era va pasando y que está sujeta a juicio, y que la futura depende de la nueva realidad de Cristo.
El proceso del cumplimiento escatológico en la superposición de las edades comprende la misión de la
iglesia, que cumple el universalismo de la esperanza veterotestamentaria. La muerte y la resurrección de Cristo
constituyen un acontecimiento escatológico de significación universal que, sin embargo, debe cumplirse
universalmente en la historia mediante la proclamación mundial del evangelio por la iglesia (Mt. 28.18–20; Mr.
13.10; Col. 1.23).
Sin embargo, la línea divisoria entre la era antigua y la nueva no corre sencillamente entre la iglesia y el
mundo; corre a través de la iglesia y a través de la vida del cristiano individual. Estamos siempre en proceso de
transición del antiguo al nuevo, viviendo en tensión escatológica entre el “ya” y el “todavía no”. Somos salvos,
y no obstante seguimos aguardando la salvación. Dios nos ha justificado, e. d. ha anticipado el veredicto del
juicio final al declararnos absueltos por medio de Cristo. Sin embargo. todavía “aguardamos por fe la esperanza
de la justicia” (Gá. 5.5). Dios nos ha dado el Espíritu por medio del cual compartimos la vida de resurrección de
Cristo. Pero el Espíritu es solamente el primer anticipo (2 Co. 1.22; 5.5; Ef. 1.14) de la herencia escatológica,
el pago inicial que garantiza el pago total. El Espíritu constituye las primicias (Ro. 8.23) de la cosecha total. Por
lo tanto, en la presente existencia cristiana todavía conocemos lo que significa la lucha entre la carne y el
Espíritu (Gá. 5.13–26), entre la naturaleza que heredamos del primer Adán y la nueva naturaleza que recibimos
del postrer Adán, Todavía estamos a la espera de la redención de nuestro cuerpo en el momento de la
resurrección (Ro. 8.23; 1 Co. 15.44–50), y la perfección sigue siendo la meta hacia la cual proseguimos (Fil.
3.10–14). La tensión entre el “ya” y el “todavía no” representa una realidad existencial de la vida cristiana.
Por esta misma razón la vida cristiana incluye el sufrimiento. En esta era los cristianos necesariamente
deben compartir los sufrimientos de Cristo, para que en la era futura puedan compartir su gloria (Hch. 14.22;
Ro. 8.17; 2 Co. 4.17; 2 Ts. 1.4s; He. 12.2; 1 P. 4.13; 5.10; Ap. 2.10), e. d. la “gloria” pertenece al “todavía no”
de la existencia cristiana. Esto se debe tanto al hecho de que todavía estamos en este cuerpo mortal, como
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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también porque la iglesia aún permanece en el mundo donde Satanás tiene el dominio. Por lo tanto, su misión
es inseparable de la persecución, así como lo fue la de Cristo (Jn. 15.18–20).
Es importante notar que la escatología del NT nunca se reduce a mera información acerca del futuro. La
esperanza futura siempre tiene pertinencia para la vida cristiana presente. Por este motivo se la toma
repetidamente como base para las exhortaciones para que la vida cristiana concuerde con la esperanza
cristiana (Mt. 5.3–10, 24s; Ro. 13.11–14; 1 Co. 7.26–31; 15.58; 1 Ts. 5.1–11 ; He. 10.32–39; 1 P. 1.13; 4.7; 2
P. 3.14; Ap. 2s). La vida cristiana se caracteriza por su orientación hacia el momento cuando el gobierno de
Dios ha de prevalecer finalmente en todo el universo (Mt. 6.10), y por consiguiente los cristianos han de
representar esa realidad frente a todo el dominio aparente de la iniquidad en la era actual. Han de esperar aquel
día en solidaridad con el vehemente deseo de la creación toda (Ro. 8.18–25; 1 Co. 1.7; Jud. 21), y han de sufrir
aguantando con paciencia las contradicciones de la hora actual. La capacidad de resistir es la virtud que el NT
más a menudo asocia con la esperanza cristiana (Mt. 10.22; 24.13; Ro. 8.25; 1 Ts. 1.3; 2 Ti. 2.12; He. 6.11s;
10.36; Stg. 5.7–11; Ap. 1.9; 13.10; 14.12). A través de la tribulación de la presente era, el cristiano aguanta,
incluso regocijándose (Ro. 12.12), con la fortaleza de la esperanza que, fundada en la resurrección del Cristo
crucificado, le asegura que el camino de la cruz es el camino hacia el reino. El creyente cuya esperanza está
cimentada en los valores permanentes del futuro reino de Dios se verá liberado de la esclavitud en la que viven
los materialistas de este mundo (Mt. 6.33; 1 Co. 7.29–31; Fil. 3.18–21; Col. 3.1–4). El cristiano cuya esperanza
es que Cristo finalmente lo presentará perfecto delante de su Padre (1 Co. 1.8; 1 Ts. 3.13; Jud. 24) se esforzará
por alcanzar esa perfección en el presente (Fil. 3.12–15; He. 12.14; 2 P. 3.11–14; 1 Jn. 3.3). Ha de vivir en
constante vigilancia (Mt. 24.42–44; 25.1–13; Mr. 13.33–37; Lc. 21.34–36; 1 Ts. 5.1–11; 1 P. 5.8; Ap. 16.15),
como siervo que espera diariamente el regreso de su amo (Lc. 12.35–48).
La esperanza cristiana no es utópica. El reino de Dios no se construye mediante el esfuerzo humano; es
obra de Dios mismo. No obstante, puesto que el reino representa la consumación perfecta de la voluntad de
Dios para la sociedad humana, será a la vez el móvil para la acción social cristiana en el presente. En la hora
actual el reino se anticipa principalmente en la iglesia, la comunidad de aquellos que reconocen al Rey, pero la
acción social cristiana para el cumplimiento de la voluntad de Dios en el seno de la sociedad en general será
también señal del reino que se avecina. Los que oran por la venida del reino (Mt. 6.10) no pueden menos que
poner por obra dicha oración hasta donde les sea posible. Lo harán, sin embargo, con ese realismo escatológico
que reconoce que todos los anticipos del reino en esta era serán provisorios e imperfectos, que el reino venidero
no debe nunca confundirse con las estructuras sociales y políticas de la presente era (Lc. 22.25–27; Jn. 18.36),
y estas últimas con frecuencia incluirán oposición satánica al reino (Ap. 13.17). De esta manera los cristianos
no sufrirán desilusión ante los fracasos humanos, sino que persistirán en su confianza en la promesa de Dios.
El utopismo humano tiene que redescubrir su verdadera meta en la esperanza cristiana, y no a la inversa.
IV. Señales de los tiempos
El NT sostiene insistentemente que la venida de Cristo es inminente (Mt. 16.28; 24.33; Ro. 13.11s; 1 Co. 7.29;
Stg. 5.8s; 1 P. 4.7; Ap. 1.1; 22.7, 10, 12, 20). Esta inminencia temporal, sin embargo, está condicionada por la
creencia de que “antes” deben producirse ciertos acontecimientos (Mt. 24.14; 2 Ts. 2.2–8), y especialmente por
la clara enseñanza de que la fecha del fin no puede ser conocida de antemano (Mt. 24.36, 42; 25.13; Mr. 13.32s;
Hch. 1.7). Todo cálculo queda eliminado, y los creyentes viven en diaria expectativa precisamente porque la
fecha no puede ser conocida. La inminencia tiene menos que ver con fechas que con la relación teológica entre
el cumplimiento futuro, y la historia pasada de Cristo y la situación actual de los cristianos. El “ya” promete,
garantiza, exige el “todavía no”, de manera que la venida de Cristo ejerce una presión continua sobre el
presente, haciendo que la vida cristiana se oriente hacia ella. Esta relación teológica explica el característico
escorzamiento de la perspectiva en la profecía de Jesús sobre el juicio de Jerusalén (Mt. 24; Mr. 13; Lc. 21) y
en la profecía de Juan acerca del juicio de la Roma pagana (Ap.); estos dos juicios se vislumbran como
acontecimientos relacionados con el triunfo final del reino de Dios, por la sencilla razón de que teológicamente
lo son, cualquiera sea el lapso cronológico entre ellos y el fin. Es precisamente porque se acerca el reino de
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Dios que los poderes de este mundo son juzgados incluso en el transcurso de la historia de esta era. Todos los
juicios de esta naturaleza constituyen anticipos del juicio final.
Porque es el futuro de la iglesia, la venida de Cristo debe servir de inspiración a la iglesia actual, sea cual
fuere la cercanía o lejanía del momento de su realización. Por lo tanto, en este sentido, la esperanza cristiana
en el NT no se ve afectada por la supuesta “tardanza de la parusía”, que algunos entendidos han creído ver
como un importante aspecto de la formulación teológica cristiana primitiva. La “tardanza” se refleja
explícitamente sólo en 2 P. 3.1–10 (cf. tamb. Jn. 21.22s): allí se demuestra que ella tiene su propia base lógica
en la paciente longanimidad de Dios (cf. Ro. 2.4).
Algunos exegetas creen que el NT ofrece “señales” por medio de las cuales la iglesia será advertida en
cuanto a la proximidad del fin (cf. Mt. 24.3). Lo que más apoya esta idea es la parábola de Jesús basada en la
higüera, con la lección que se desprende de ella (Mt. 24.32s; Mr. 13.28s; Lc. 21.28–31). Sin embargo, las
señales de referencia parecen ser ya sea la caída de Jerusalén (Lc. 21.5–7, 20–24), que, si bien advierte en
cuanto al acercamiento del fin, no proporciona ninguna indicación temporal, o características de toda esta era
desde la resurrección de Cristo hasta el fin: falsos enseñadores (Mt. 4.4s, 11, 24s; cf. 1 Ti. 4.1; 2 Ti. 3.1–9; 2 P.
2.1–3; 1 Jn. 2.18s; 4.3); guerras (Mt. 24.6s; cf. Ap. 6.4); catástrofes naturales (Mt. 24.7; cf. Ap. 6.5–8 );
persecución de la iglesia (Mt. 24.9s; cf. Ap. 6.9–11), y la predicación mundial del evangelio (Mt. 24.14). Todas
estas son señales mediante las cuales la iglesia en cada período de la historia sabe que vive en la época del
fin, pero no proporcionan una cronología escatológica. Únicamente la venida de Cristo en sí misma constituye
inequívocamente el fin (Mt. 24.27–30).
No obstante, el NT afirma que el período de testimonio de la iglesia alcanza un punto culminante y final con
la aparición del *anticristo y una época de tribulación sin precedentes (Mt. 24.21s; Ap. 3.10; 7.14). No hay duda
de que el hecho de la no aparición del anticristo constituye para Pablo una indicación de que el fin todavía no
está a las puertas (2 Ts. 2.3–12).
El anticristo representa el principio de la oposición satánica al gobierno de Dios en forma activa a través de
la historia (p. ej. en la persecución de creyentes judíos bajo Antíoco Epífanes: Dn. 8.9–12, 23–25; 11.21ss),
pero especialmente en los últimos tiempos, la edad de la iglesia (1 Jn. 2.18). La victoria de Cristo sobre el mal,
ya lograda en principio, se manifiesta en esta edad principalmente en el testimonio de sufrimiento de la iglesia;
solamente cuando llegue el fin será completa su victoria por la eliminación de los poderes de la iniquidad. Por
lo tanto en esta edad el éxito del testimonio de la iglesia siempre va acompañado por una creciente violencia
en la oposición satánica (cf. Ap. 12).
El mal alcanzará su crescendo final en el último anticristo, quien es a la vez un falso mesías o profeta,
inspirado por Satanás para obrar falsos milagros (2 Ts. 2.9; cf. Mt. 24.24; Ap. 13.11–15), y un poder político
persecutorio que en forma blasfema se adjudica honores divinos (2 Ts. 2.4; cf. Dn. 8.9–12, 23–25; 11.30–39;
Mt. 24.15; Ap. 13.5–8). Es digno de notar que, mientras Pablo provee un bosquejo de esta última personificación
humana de la iniquidad (2 Ts. 2.3–12), otras referencias neotestamentarias encuentran que el anticristo ya está
presente en ciertos enseñadores heréticos (1 Jn. 2.18s, 22; 4.3) o en las pretensiones político-religiosas del
imperio romano al perseguir a la iglesia (Ap. 13). La culminación final se anticipa en cada gran crisis de la
historia de la iglesia.
V. La venida de Cristo
La esperanza cristiana se centra en la venida de Cristo, que puede describirse como su “segunda” venida (He.
9.28). Por consiguiente, la expresión veterotestamentaria, “el *día de Jehová”, que en el NT se usa para describir
el acontecimiento relacionado con el cumplimiento final (1 Ts. 5.2; 2 Ts. 2.2; 2 P. 3.10; cf. “el día de Dios”, 2 P.
3.12; “aquel gran día del Dios Todopoderoso”, Ap. 16.14), es característicamente “el día del Señor Jesús” (1
Co. 5.5; 2 Co. 1.14; cf. 1 Co. 1.8; Fil. 1.6, 10; 2.16).
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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mortales. La inmortalidad es el don de Dios, que será alcanzado a través de la resurrección de la totalidad de
la persona.
Por lo tanto, la Biblia toma muy en serio la cuestión de la muerte, y no la considera una ilusión. Es la
consecuencia del pecado (Ro. 5.12; 6.23), un mal (Dt. 30.15, 19) del cual los hombres huyen aterrorizados (Sal.
55.4s). Es enemigo de Dios y el hombre, y la resurrección es, pues, la gran victoria de Dios sobre la muerte (1
Co. 15.54–57). La muerte es “el postrer enemigo que será destruido” (1 Co. 15.26), abolido, en principio,
mediante la resurrección de Cristo (2 Ti. 1.10), para ser definitivamente destruido en el día final (Ap. 20.14; cf.
Is. 25.8). Sólo porque la resurrección de Cristo garantiza la futura resurrección de los cristianos estos se ven
libres del temor de la muerte (He. 2.14s), y pueden contemplarla como un sueño del cual despertarán (1 Ts.
4.13s; 5.10), o también como un partir para estar con Cristo (Fil. 1.23).
El AT describe el estado de los muertos como una existencia en el Seol, el sepulcro, o el mundo inferior.
Pero la existencia en el Seol no es vida. Es un lugar de tinieblas (Job 10.21s) y de silencio (Sal. 115.17), en el
cual no hay memoria de Dios (Sal. 6.5; 30.9; 88.11; Is. 38.18). Los muertos en el Seol se encuentran separados
de Dios (Sal. 88.5), fuente de la vida. Sólo ocasionalmente se vislumbra en el AT una esperanza de verdadera
vida más allá de la muerte, e. d. de vida fuera del alcance del Seol en la presencia de Dios (Sal. 16.10s; 49.15;
73.24; y posiblemente Job 19.25s). Probablemente el ejemplo de *Enoc (Gn. 5.24; cf. Elías, 2 R. 2.11) ayudó a
alentar esta esperanza. Una doctrina clara de la resurrección la encontramos únicamente en Is. 26.19; Dn. 12.2.
El “Hades” es el equivalente neotestamentario del Seol (Mt. 1 1.23; 16.18; Lc. 10.15; Hch. 2.27, 31; Ap.
1.18; 6.8; 20.13s), que en la mayoría de los casos se refiere a la muerte o al poder de la muerte. En Lc. 16.23
es el lugar de tormentos para los inicuos después de la muerte, de acuerdo con cierta corriente de pensamiento
judío de la época, pero es dudoso el que este uso parabólico de ideas corrientes pueda aceptarse como
enseñanza respecto al estado de los muertos. En 1 P. 3.19 se describe a los muertos que perecieron en el
diluvio como “los espíritus encarcelados” (cf. 4.6).
La esperanza neotestamentaria para los muertos en Cristo se centra en su participación en la resurrección
(1 Ts. 4.13–18), y, por lo tanto, hay escasas pruebas de alguna creencia acerca del “estado intermedio”. Los
pasajes que indican o podrían indicar que los creyentes que han muerto están con Cristo son Lc. 23.43; Ro.
8.38s; 2 Co. 5.8; Fil. 1.23; cf. He. 12.23. El difícil pasaje de 2 Co. 5.2–8 podría significar que Pablo concibe la
existencia entre la muerte y la resurrección como una existencia incopórea en la presencia de Cristo.
VIII. El juicio
El NT insiste en la perspectiva del juicio divino como, además de la muerte, el único hecho inevitable en el
futuro de todo hombre: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el
juicio” (He. 9.27). Este hecho expresa la santidad del Dios de la Biblia, cuya voluntad moral ha de prevalecer, y
ante quien por lo tanto toda criatura responsable debe al final ser juzgada según que haya sido obediente o
rebelde. Cuando la voluntad de Dios finalmente prevalezca al venir Cristo, tiene que haber una separación entre
los que resultan obedientes hasta el fin y los que hasta el fin permanecen rebeldes, de modo que el reino de
Dios incluirá a los primeros y excluirá a los segundos para siempre jamás. Este juicio final no ocurre durante el
curso de la historia, aunque hay juicios provisionales en la historia, mientras que Dios en su paciencia da a
todos los hombres el tiempo necesario para que se arrepientan (Hch. 17.30s; Ro. 2.4; 2 P. 3.9). Pero al final la
verdadera posición de cada hombre delante de Dios debe salir a la luz.
El Juez es Dios (Ro. 2.6; He. 12.23; Stg. 4.12; 1 P. 1.17; Ap. 20.11) o Cristo (Mt. 16.27; 25.31; Jn. 5.22;
Hch. 10.42; 2 Ti. 4.1, 8; 1 P. 4.5; Ap. 22.12). Es Dios quien juzga por intermedio de su agente escatológico,
Cristo (Jn. 5.22, 27, 30; Hch. 17.31; Ro. 2.16). El tribunal de Dios (Ro. 14.10, °VM mg) y el tribunal de Cristo (2
Co. 5.10) son, por lo tanto, equivalentes. (El juicio encomendado a los santos, según Mt. 19.28; Lc. 22.30; 1
Co. 6.2s; Ap. 20.4, significa la autoridad que tienen para gobernar con Cristo en su reino, no para ejercer alguna
función en el juicio final.)
La norma para el juicio es la justicia imparcial de Dios, de conformidad con las obras de los hombres (Mt.
16.27; Ro. 2.6, 11; 2 Ti. 4.14; 1 P. 1.17; Ap. 2.23; 20.12; 22.12). Esto es verdad aun para los creyentes: “Es
necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5.10). El juicio será de acuerdo a
la luz de que haya disfrutado cada hombre (cf. Jn. 9.41); según que tengan o no la ley de Moisés (Ro. 2.12), o
el conocimiento natural de las normas morales de Dios (Ro. 2.12–16); pero amparándose en estas normas
ningún hombre podrá ser declarado justo delante de Dios de acuerdo a sus obras (Ro. 3.19s). No hay ninguna
esperanza para el hombre que procure justificarse a sí mismo en el juicio.
Hay esperanza, sin embargo, para el hombre que procura obtener su justificación de Dios (Ro. 2.7). El
evangelio revela aquella justicia que no se demanda de los hombres sino que es dada a los hombres por
intermedio de Cristo. En la muerte y resurrección de Cristo, Dios en su misericordioso amor ya ha dictado su
sentencia escatológica a favor de los pecadores, absolviéndolos por amor a Cristo, ofreciéndoles en Cristo
aquella justicia que ellos nunca hubieran podido lograr. Así el hombre que tiene fe en Cristo está libre de toda
condenación (Jn. 5.24; Ro. 8.33s). El criterio final en el juicio es, por lo tanto, la relación del hombre con Cristo
(cf. Mt. 10.32s). Este es el significado del “libro de la vida” (Ap. 20.12, 15; e. d. el libro de la vida del Cordero,
Ap. 13.8).
Lo que Pablo quiere decir en su doctrina de la justificación es que en Cristo, Dios ha anticipado el veredicto
del juicio final, y ha dictado la absolución de los pecadores que confíen en Cristo. Muy similar es la doctrina de
Juan de que el juicio se lleva a cabo en el momento en que los hombres creen o no creen en Cristo (Jn. 3.17–
21; 5.24).
El juicio final sigue siendo un hecho escatológico, incluso para los creyentes (Ro. 14.10), si bien pueden
hacerle frente sin temor (1 Jn. 4.17). Esperamos ser absueltos en el juicio final (Gá. 5.5), y recibir “la corona de
justicia” (2 Ti. 4.8), sobre la base de la misma misericordia de Dios por medio de la cual ya hemos sido absueltos
(2 Ti. 1.16). Pero, aun para el cristiano, las obras no dejan de tener su lugar (Mt. 7.1s, 21, 24–27; 25.31–46; Jn.
3.21; 2 Co. 5.10; Stg. 2.13), desde el momento que la justificación no abroga la necesidad de la obediencia,
sino que precisamente la hace posible por primera vez. La justificación es el fundamento, pero lo que los
hombres edifican sobre ella queda expuesto a juicio (1 Co. 3.10–15): “Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá
pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (3.15).
IX. EL infierno
El destino final de los malos es el “infierno”, que es la traducción del gr. Gehenna, que viene del heb. Gai Ben
Hinnom, “valle de Hinom”. Originalmente esto describía un valle en las afueras de Jerusalén, donde se ofrecían
sacrificios de niños a Moloc (2 Cr. 28.3; 33.6). Se convirtió en símbolo de juicio en Jer. 7.31–33; 19.6s, y en la
literatura intertestamentaria en término para el infierno de fuego escatológico.
En el NT el infierno aparece como un lugar de fuego inextinguible o eterno (Mr. 9.43, 48; Mt. 18.8; 25.30) y
del gusano que no muere (Mr. 9.48), lugar de lloro y crujir de dientes (Mt. 8.12; 13.42, 50; 22.13; 25.30), las
tinieblas de afuera (Mt. 8.12; 22.13; 25.30 cf. 2 P. 2.17; Jud. 13), y el lago de fuego y azufre (Ap. 19.20; 20.10,
14s; 21.8; cf.14.10). El libro de Apocalipsis lo considera como “la segunda muerte” (Ap. 2.11; 20.14; 21.8). Es
el lugar donde se destruyen tanto el cuerpo como el alma (Mt. 10.28).
Los cuadros neotestamentarios del infierno son notablemente moderados en comparación con la
apocalíptica judaica y con los escritos cristianos posteriores. Las imágenes usadas se derivan especialmente
de Is. 66.24 (cf. Mr. 9.48) y Gn. 19.24, 28; Is. 34.9s (cf. Ap. 14.10s; tamb. Jud. 7; Ap. 19.3). Evidentemente no
se deben tomar literalmente pero no obstante indican el terror y el carácter irrevocable de la condenación al
infierno, que se describe menos metafóricamente como exclusión de la presencia de Cristo (Mt. 7.23; 25.41; 2
Ts. 1.9). Las imágenes de Ap. 14.10s; 20.10 (cf. 19.3) probablemente no deban ser usadas al extremo para
probar la existencia del tormento eterno, pero el NT enseña claramente la destrucción eterna (2 Ts. 1.9) o el
castigo (Mt. 25.46), de lo cual no puede haber liberación alguna.
El infierno es el destino de todos los poderes de maldad: Satanás (Ap. 20.10), los demonios (Mt. 8.29;
25.41), la bestia y el falso profeta (Ap. 19.20), la muerte y el Hades (Ap. 20.14). Es el destino de los hombres
solamente porque se han identificado con el mal. Es importante notar que no existe ninguna simetría acerca de
los dos destinos de los hombres: el reino de Dios ha sido preparado para los redimidos (Mt. 25.34), pero el
infierno ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25.41), y se convierte en destino de los hombres
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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solamente porque han rechazado su verdadero destino, el que Dios les ofrece en Cristo. La doctrina
neotestamentaria sobre el infierno, como toda la escatología del NT, no es nunca mera información; es la
advertencia que se hace en el contexto del llamado del evangelio al arrepentimiento y la fe en Cristo.
La enseñanza del NT acerca del infierno no se puede reconciliar con un universalismo absoluto, la doctrina
de la salvación final de todos los hombres. El elemento de verdad en esta doctrina es que Dios desea la
salvación de todos los hombres (1 Ti. 2.4), y que entregó a su Hijo para la salvación del mundo (Jn. 3.16). Por
consiguiente, la meta cósmica de la acción escatológica de Dios en Cristo puede describirse en términos
universalistas (Ef. 1.10; Col. 1.20; Ap. 5.13). El error del universalismo dogmático es idéntico al de la doctrina
simétrica de predestinación doble: que abstraen su doctrina escatológica del debido contexto neotestamentario
en la proclamación del evangelio. Privan al mensaje de su urgencia y su desafío escatológicos. El evangelio
presenta a los hombres su verdadero destino en Cristo, y les advierte con toda seriedad en cuanto a la
consecuencia de equivocar dicho destino.
X. El milenio
La interpretación del pasaje en Ap. 20.1–10, que describe un período de mil años (conocido como el “milenio”)
en el cual Satanás es atado y los santos reinan con Cristo antes del juicio final, ha sido tema de desacuerdo
entre los cristianos desde hace mucho tiempo. El “amilenarismo” considera el milenio como un símbolo de la
era de la iglesia, y equipara la reclusión de Satanás con la obra de Cristo en el pasado (Mt. 12.29). El
“posmilenarismo” lo considera como un futuro período de éxito para el evangelio en la historia antes de la venida
de Cristo. El “premilenarismo” lo considera como un período entre la venida de Cristo y el juicio final. (El término
“quiliasmo” también se usa para describir este enfoque, especialmente en formas que recalcan el aspecto
materialista del milenio.) El “premilenarismo” puede subdividirse aun más. Existe lo que a veces se denomina
“premilenarismo histórico”, que considera el milenio como una etapa más en la realización del reino de Cristo,
una etapa intermedia entre la era de la iglesia y la que ha de venir. (A veces se interpreta que 1 Co. 15.23–28
apoya esta idea de tres etapas en el cumplimiento de la obra redentora de Cristo.) El “dispensacionalismo”, por
otro lado, enseña que el milenio no es una etapa en la obra redentora universal y única de Dios en Cristo, sino
específicamente un período en el cual las promesas veterotestamentarias a la nación de Israel han de cumplirse
de un modo estrictamente literal.
Es preciso destacar que no hay otro pasaje de las Escrituras que con claridad se refiera al milenio. Aplicar
profecías del AT que se refieren a la era de la salvación específicamente al milenio contradice la interprertación
general que de tales profecías hace el NT, que se consideran cumplidas en la salvación ya lograda por Cristo,
y que han de completarse en la era venidera. Esta es, también, la forma en que interpreta el libro de Apocalipsis
tales profecías en los capítulos 21s. En la estructura del Apocalipsis el milenio tiene un papel limitado, como
demostración de la victoria final de Cristo y sus santos sobre los poderes del mal. El objeto principal de la
esperanza cristiana no es el milenio sino la nueva creación de Ap. 21s.
Algunos escritos apocalípticos judíos esperan un reino preliminar del Mesías sobre esta tierra anterior a la
era venidera, y es muy probable que Juan haya adaptado dicha esperanza. Existen fuertes razones exegéticas
para considerar el milenio como la consecuencia de la venida de Cristo descripta en Ap. 19.11–21. (Véase G.
R. Beasley-Murray, The Book of Revelation, NCB, 1974, pp. 284–298.) Esto favorece al “premilenarismo
histórico”, pero también es posible que la imagen del milenio se tome en forma demasiado literal cuando se lo
considera como un período de tiempo preciso. Sea que se lo considere como un período de tiempo o como un
símbolo amplio de lo que significa la venida de Cristo, el significado teológico del milenio es el mismo. Expresa
la esperanza del triunfo final de Cristo sobre el mal, y la vindicación con él de su pueblo, los que han sufrido
bajo la tiranía del mal en esta era presente.
XI. La nueva creación
La meta final de los propósitos de Dios para el mundo incluye, negativamente, la destrucción de todos los
enemigos de Dios: Satanás, el pecado y la muerte, y la eliminación de toda forma de sufrimiento (Ap. 20.10,
14–15; 7.16s; 21.4; Is. 25.8; 27.1; Ro. 16.20; 1 Co. 15.26, 54). En lo positivo, el gobierno de Dios finalmente
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)
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prevalecerá totalmente (Zac. 14.9; 1 Co. 15.24–28; Ap. 11.15), de manera que en Cristo serán reunidas todas
las cosas (Ef. 1.10), y Dios será todo en todos (1 Co. 15.28).
Con la final obtención de la salvación humana vendrá también la liberación de toda la creación material de
la parte que le cupo en la maldición del pecado (Ro. 8.19–23). La esperanza cristiana no consiste en ser
redimido del mundo, sino en la redención del mundo. Como consecuencia del juicio (He. 12.26; 2 P. 3.10)
surgirá un universo creado de nuevo (Ap. 21.1; cf. Is. 65.17; 66.22; Mt. 19.28), “cielos nuevos y tierra nueva, en
los cuales mora la justicia” (2 P. 3.13).
El destino de los redimidos es ser como Cristo (Ro. 8.29; 1 Co. 15.49; Fil. 3.21; 1 Jn. 3.2), estar con Cristo
(Jn. 14.3; 2 Co. 5.8; Fil. 1.23; Col. 3.4; 1 Ts. 4.17), compartir su gloria (Ro. 8.18, 30; 2 Co. 3.18; 4.17; Col. 3.4;
He. 2.10; 1 P. 5.1) y su reino (1 Ti. 2.12; Ap. 2.26s; 3.21; 4.10; 20.4, 6); ser hijos de Dios en perfecta comunión
con él (Ap. 21.3, 7), adorar a Dios (Ap. 7.15; 22.3), ver a Dios (Mt. 5.8; Ap. 22.4), conocerle cara a cara (1 Co.
13.12). La fe, la esperanza, y especialmente el amor, son las características permanentes de la existencia
cristiana que subsisten aun en la perfección de la era venidera (1 Co. 13.13), mientras que “justicia, paz y gozo
en el Espíritu Santo” configuran cualidades igualmente permanentes del disfrute de Dios por parte del hombre
(Ro. 14.17).
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Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Co. 3:11)