¿Qué es el Estado?
Se entiende por Estado (usualmente con
mayúsculas) la organización humana que abarca la
totalidad de la población de un país, estructurada social,
política y económicamente mediante un conjunto de
instituciones independientes y soberanas que regulan la vida
en sociedad.
Dicho de otro modo, un Estado equivale al conjunto de
atribuciones y órganos públicos que constituyen
el gobierno soberano de una nación, y en ocasiones el
término es usado también para referirse a la nación
como un todo: el Estado argentino, el Estado palestino, etc.
Para que un colectivo humano organizado sea reconocido como
un Estado, deberá contar con ciertas condiciones, pero también
con el reconocimiento internacional de sus pares.
Todos los Estados, entonces, deben poder contar con capacidad
de:
Exteriorizar su poder. Es decir, lograr el
reconocimiento de sus congéneres por la fuerza si fuera
necesario.
Institucionalizar su poder. Esto significa
poseer instituciones coercitivas que mantengan el orden
y que consoliden los métodos de sucesión en el poder
político, sean los que sean.
Administrar una identidad colectiva. Los pobladores
de un Estado deben sentirse parte de un todo
organizado y mayor que sus propias individualidades
o familias, y deben compartir una tradición, un relato
fundacional, una serie de símbolos patrios, etc.
Elementos del Estado
Todo estado requiere de autonomía y fuerza para ejercer y
defender sus decisiones.
Los elementos comunes a todo Estado son:
Población. Ningún Estado existe sin una población que
lo integre, por grande o diminuta que sea, o por diversa
que ésta pueda resultar en materia cultural, racial o
lingüística. De hecho, existen muchos Estados
plurinacionales (varias naciones organizadas en un
mismo Estado), ya que lo importante es que los
pobladores estén de acuerdo en regirse por las mismas
instituciones y compartir un destino político afín.
Territorio. Todos los Estados poseen un territorio y
unas fronteras que delimitan su área de soberanía y
ejercicio de ley, de la de los Estados vecinos. Dicho
territorio es suyo para administrar, ceder, proteger o
explotar económicamente de la manera que mejor le
parezca, siempre y cuando no ponga en jaque los
territorios vecinos.
Gobierno. Todo Estado debe contar con instituciones
firmes y duraderas para gestionar la vida en sociedad,
así como con autoridades para regirlas y métodos
soberanos para decidir quién ejercerá dicha autoridad
en su territorio. Dicho gobierno ejercerá la política y la
administración del Estado por un tiempo definido en
base a las reglas jurídicas, culturales y políticas de la
población.
Soberanía. Ningún Estado existe si otro toma por él
sus decisiones, así que todo estado requiere
de autonomía y de fuerza para ejercer y defender sus
decisiones. De no poseerlo podremos estar frente a una
colonia, un Estado asociado u otras formas de
dominación de un Estado
Estado de derecho
El Estado de derecho se rige por una Constitución.
Se denomina Estado de derecho a un ordenamiento
particular de un país, en el cual todo tipo de conflicto y de
procedimiento social, jurídico o político se resuelve atendiendo a
lo explicitado en una Carta Magna, es decir, una Constitución.
En la Constitución se contemplan las reglas de juego para el
funcionamiento de un Estado en particular, entre ellas las
potestades y limitaciones de las fuerzas del Estado, los derechos
y obligaciones de los ciudadanos, y por ende todos los que
hagan vida en dicho país deben someterse voluntariamente a la
ley consagrada en dicho texto.
Es condición indispensable para que exista un Estado de
derecho que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley,
gocen de los mismos derechos y deberes, sean evaluados
jurídicamente con el mismo baremo y que las instituciones
operen de conformidad con la ley.
Nación y gobierno
En un mismo Estado pueden existir diversas naciones o pueblos.
Suelen confundirse términos como Estado, nación y gobierno. La
distinción entre un Estado, tal y como lo hemos definido en este
artículo, y una nación o un gobierno radica en:
Los gobiernos son gestiones de los recursos e
instituciones del Estado, que varían conforme a las
reglas políticas y jurídicas de un país, y que luego ceden
el turno a otros actores políticos para ejercer su propio
gobierno, sin que ello implique normalmente cambios
drásticos en la estructura del Estado. Los gobiernos
pasan y están constituidos por una clase política electa
o dominante; los Estados, en cambio, son duraderos y
abarcan al total de la población de un país. La suma de
todo el patrimonio público por ende equivale al Estado,
no al gobierno.
Las naciones, por su parte, son conjuntos de personas
que comparten vínculos históricos, culturales, a veces
étnicos, por lo general lingüísticos, y que se reconocen
como una colectividad, ya sea que tengan o no un
Estado propio para administrar. El concepto de nación
es similar al de “pueblo”: en un mismo Estado pueden
existir diversas naciones o pueblos, como es el caso del
Estado Plurinacional de Bolivia, compuesto por una
población mixta de diversas etnias o naciones indígena
Interpretaciones sobre
el estado moderno
El liberalismo clásico afirmaba que el estado era un
emergente de la sociedad. Según las teorías contractualistas,
los individuos se ponían de acuerdo entre sí, fundaban una
sociedad civil y firmaban un contrato simbólico con el estado,
que tenía la obligación de proteger los intereses comunes sin
inmiscuirse en las actividades privadas.
Alberto Lettieri
Muy especialmente, el estado debía garantizar el funcionamiento de
un mercado no regulado, incluyendo la producción y circulación de
bienes yla libre contratación de bienes y servicios entre las personas.
En atención a esta filosofía, algunos autores –como por ejemplo John
Locke– planteaban que el Parlamento –al que consideraba como el
poder más importante– debía ser un poder intermitente, que no debía
estar sesionando constantemente, sino únicamente cuando resultaba
necesario legislar, ya que, en caso contrario, se corría el riesgo de
que los legisladores constituyesen un centro de poder con intereses
propios, que legislara en beneficio propio, en lugar de someterse al
interés común.
También resulta oportuno revisar la postura de Adam Smith,
considerado como el padre del liberalismo
económico. Smith pensaba que la mayor parte de las actividades
humanas pertenecían a la órbita de lo privado y que el estado no
debía inmiscuirse en ellas.
Pero había una actividad que sacaba de este molde y a la que el
estado debía darle un interés prioritario: la educación
básica. Smith sostenía que la educación básica era algo demasiado
importante como para dejarla en manos de los privados.
Esto hoy parecería sorprendente, ya que el discurso liberal
contemporáneo ha apostado a liquidar la educación pública, pese a la
amplia evidencia disponible sobre el nivel de calidad –por no hablar
ya desde la perspectiva de la igualdad y la solidaridad social– que
ofrece la mayor parte de los establecimientos privados, sobre todo en
los países periféricos. Smith postulaba esto, ya que advertía que si la
educación era considerada como un bien transable, como un bien
más de mercado, no se iba a poder cumplir uno de sus objetivos
centrales: la cooptación de la población dentro del universo de
valores y las prácticas burguesas.
En el aspecto educativo, al liberalismo naciente lo que le interesaba
no era que la educación básica fuera un negocio para pocos, sino que
llegara a todas las personas para formar sus mentes imponiéndoles
una serie de valores burgueses que fueran compartidos en el futuro
por toda la sociedad. La educación enseñaba a venerar el mismo
panteón de próceres, las mismas tradiciones, y permitía que todos
consideraran que en la sociedad existía un determinado orden
jerárquico –social, económico, político–, y que este orden y estas
cosas fuesen aceptados como naturales.
Es decir, que los que mandaban lo hacían de acuerdo a derecho y que
había otros que sólo tenían la obligación de obedecer. Por esta razón,
desde la perspectiva del liberalismo clásico existe una clara diferencia
entre la educación básica y la enseñanza media y universitaria.
En tanto la educación general debía ser un instrumento de
manipulación del conjunto de la sociedad, la educación universitaria
se reservaba para los miembros de aquellas clases que estaban
calificadas “naturalmente” para ejercer la dirección de la sociedad.
En muchos lugares, aún actualmente, el liberalismo sigue sosteniendo
esta tesitura: en algunos casos –siguiendo el modelo francés–, la
universidad sigue siendo gratuita, y su financiamiento público implica
una especie de impuesto que se le exige a la sociedad para la
preparación de una dirigencia proba; en otros –siguiendo la tesis
anglosajona–, sólo aquellos que pueden pagar sus estudios tienen
derecho a la educación superior, lo que implica un corte abrupto
entre las clases que monopolizan la dirección de las sociedades y las
que, desde la cuna, están condenadas a obedecer.
La concepción del estado como ámbito de negociación social y la
pretensión de neutralidad y de prescindencia en el universo de las
acciones privadas fue complementada por otros autores, que
permitieron completar el estatuto teórico de la institución. En tal
sentido, el alemán Max Weber ha señalado que la característica
esencial del estado es su capacidad de ejercicio de la coacción
legítima. Es decir, que para cumplir con sus objetivos debe ser el
único capacitado para ejercer legítimamente la violencia sobre una
sociedad que se ha desarmado voluntariamente. Weber retoma en
esto las tesis formuladas por Thomas Hobbes en 1641, en el texto
fundante de la teorización sobre el estado moderno: El Leviathan.
En realidad, no sólo el liberalismo ha intentado manipular las
conciencias y las mentes a través de la educación. Los regímenes
totalitarios –v.g. el fascismo, el nazismo o el comunismo– han ejercido
una presión insoportable sobre la sociedad, impidiendo la libertad de
pensamiento y castigando cualquier posición ideológica que no
coincida con la doctrina oficial observaba que si los individuos
permanecieran armados aun después de constituirse la sociedad, se
llegaría a una lucha de todos contra todos, y las de John Locke,
quien afirmaba que la sociedad firmaba un contrato voluntario con el
soberano adjudicándole el monopolio de la violencia, a condición de
que éste fuera aplicado a garantizar los fines sociales, reteniendo
únicamente a cambio su capacidad de ejercicio de la opinión pública,
como herramienta de control sobre sus posibles excesos.
Otra versión clásica disonante respecto de la relación entre estado y
sociedad es la que propone el marxismo. En líneas generales, puede
afirmarse que, en la producción teórica de Marx, el estado
simplemente es concebido como una herramienta de dominación en
manos de la clase dominante para imponer sus intereses al resto.
En la etapa del capitalismo, la clase dominante era la burguesía. En
sus trabajos históricos, en cambio –como El dieciocho Brumario
de Luis Bonaparte o Las guerras civiles en Francia– Marx hace un
trabajo de historiador mucho más fino y sutil, y permite advertir un
funcionamiento del estado –y del universo político en general– mucho
más complejo. De todas formas, lo que predomina en la concepción
general del marxismo como sistema de pensamiento es que el estado
ya no es neutral –como postula el liberalismo– sino que se trata de
una herramienta de dominación de clase.
Ésta es una visión mecanicista compartida por el pensamiento
anarquista, que postula la liquidación definitiva del estado –de
cualquier forma de estado, incluso de la “dictadura del proletariado”–,
al considerarlo, por definición, como una herramienta de dominación
del hombre por el hombre. La concepción mecanicista del estado
sería debatida en el ámbito del socialismo a partir del último cuarto
del siglo XIX, con la creación de los partidos de masas.
Por entonces, los partidos socialistas y socialdemócratas –muchos de
ellos, marxistas– se vieron enfrentados a la disyuntiva de qué hacer
frente a las políticas de ampliación del sufragio impulsadas por los
estados liberales. Una de las posibilidades era mantenerse al margen
del sistema, ya que la integración al juego institucional implicaba la
posibilidad de ser cooptado o devorado por el sistema.
Otra alternativa consistía en aceptar el desafío y participar
activamente de los procesos electorales y de formación de opinión,
que ofrecían tribunas incomparables para la difusión de las ideas
clasistas y la multiplicación de sus adeptos. Esta última posición fue
la que se impuso –aun cuando siempre existieron drásticas
resistencias– lo cual planteó un problema teórico dentro del
marxismo, puesto que sus dirigentes no podían sostener ya
sensatamente que el estado era simplemente una herramienta de
dominación de clase, sin afrontar la acusación de haberse vendido a
los intereses burgueses a cambio de una dieta parlamentaria y de la
capacidad de manejar parte de los recursos estatales, más aún
teniendo en cuenta que los partidos socialistas y clasistas contaban,
en muchos casos, con una representación muy significativa en
parlamentos y concejos municipales.
La revisión teórica sobre las características y naturaleza del estado se
impuso por la fuerza de los hechos, y exigió la formulación de análisis
mucho más finos, que se multiplicaron rápidamente. Si bien a partir
de 1905, luego de la primera revolución fallida en Rusia,
reaparecieron las obras dogmáticas –encabezadas por las del
propio Lenin– que postulaban que el estado era simplemente un
instrumento de dominación de clase y relativizaban la importancia de
estudiarlo en detalle –ya que el objetivo de los obreros y los
trabajadores no podría ser otro que destruirlo–.
Estas obras revisionistas no consiguieron acallar la inquietud de los
intelectuales socialdemócratas, que continuaron publicando sus
análisis sobre el estado. Más aún, cuando en la Unión Soviética se
produjo la revolución de 1917, y la vanguardia que
encabezaba Lenin se alzó con el poder implementando un sistema de
soviets, se hizo evidente que era necesario conformar un estado para
hacer frente a la amenaza exterior y para organizar internamente a la
sociedad.
En la obra de Lenin esta etapa fue denominada “dictadura del
proletariado” y se le adjudicó un carácter transitorio, ya que debería
propiciar la construcción de una sociedad sin clases. Una vez
alcanzado este objetivo, el estado desaparecería definitivamente, ya
que su existencia no tendría objeto, puesto que se habría clausurado
todo tipo de explotación del hombre por el hombre.
Sin embargo, esta nueva versión del “fin de la historia” tampoco se
concretó: hasta el desmoronamiento de la URSS, a fines de la década
de 1980, el estado siguió detentando una sugestiva vitalidad en el
mundo comunista y no sólo no desapareció, sino que incrementó su
injerencia en la vida y el pensamiento de las personas.
Es decir que, en términos de la caracterización del marxismo-
leninismo, podría afirmarse que en el mundo comunista siguió
existiendo una relación de dominación del hombre por el hombre,
diferente de la característica del mundo capitalista pero no menos
significativa: la de la burocracia del régimen, la casta que se había
beneficiado del control estatal y que imponía sus propios intereses al
conjunto de la sociedad.
Estas interpretaciones mecanicistas sobre la naturaleza y las
características del estado fueron ampliamente superadas en el
período de entreguerras por la obra del italiano Antonio Gramsci, un
marxista muy original, gran lector de los autores clásicos del
liberalismo y de los liberales de su época como, por
ejemplo, Benedetto Croce.
Gramsci fue uno de los fundadores del Partido Comunista italiano, y
por ello fue perseguido y encarcelado por Benito Mussolini. Escribió
sus principales trabajos entre 1926 y 1937, editados con el título Los
cuadernos de la cárcel, debido a la situación de reclusión en que
realizó su redacción. En su obra, Gramsci llamó la atención sobre la
importancia de la cultura en la creación de las condiciones para la
dominación política, social y económica.
A pesar de su condición de marxista, Gramsci sostenía que no
siempre las causas de los procesos históricos eran económicas. En
algunos momentos, los disparadores de los cambios podían ser
económicos pero en otros, eran políticos, sociales, militares, etc.
En principio, Gramsci hizo suya la tesis de Weber de que la
característica principal del estado era el monopolio de la violencia
legítima, aunque por cierto no la única, ya que si bien esta definición
hacía referencia al poder del estado –que en última instancia se
sostenía sobre la fuerza–, ningún estado podía recurrir
permanentemente al uso de la fuerza. Ésta era una carta que tenía
para utilizar cuando surgían cuestionamientos drásticos o, mejor aún,
cuando sufría el riesgo de ser destruido.
Cotidianamente, en cambio, debía aplicar otras herramientas más
sutiles, asociadas con la manipulación de los procesos culturales, a
través de la construcción de representaciones colectivas que
permitieran diseñar un imaginario social. En su texto Maquiavelo, la
política y la historia, Gramsci realizó un análisis de las características
del proceso histórico italiano entre el siglo XV y la oscura época del
fascismo, en el cual subrayó la importancia de la cultura como
herramienta de producción del consenso de la población, de modo tal
que no fuese necesario estar reprimiéndola permanentemente. Es
decir, cómo quienes dirigieron a la sociedad italiana fueron capaces
de obtener un consenso para respaldar un modelo de sociedad, un
proyecto político, económico y social, con el consentimiento
voluntario de aquellos que eran explotados.
Para Gramsci existía una diferencia clave entre el “poder”, al que
vinculaba con el ejercicio de la fuerza, y la “autoridad”, que
relacionaba con esa vocación de obediencia que manifiesta cualquier
sociedad cuando considera que es gobernada con justos títulos, aun
cuando ese gobierno no favorezca a los intereses de la mayoría.
A su juicio, y a diferencia de la clase dominante que dependía del
dominio de la fuerza, la clase dirigente de una sociedad era aquella
que basaba su poder principalmente en la manipulación de la cultura
y control de los procesos de construcción de la opinión pública,
obteniendo así el control de las representaciones colectivas, lo cual le
permitía imponer un imaginario social, un discurso público y un
ordenamiento jerárquico que termina siendo aceptado como natural,
lógico y racional por el conjunto de la sociedad, aun cuando exprese
los intereses de un grupo social específico.
La Pacificación Política y la
Organización del Estado
Argentino
La pacificación política y la organización del estado
La construcción de un estado nacional fue un proceso lento y
complejo que se inició con la Revolución de Mayo y demandó
más de medio siglo de guerras civiles y experimentos fallidos.
A pesar de la intensa actividad económica despertada ya antes
de la caída de Rosas por las transformaciones que se iban
produciendo en la economía mundial, las posibilidades de
expansión se veían limitadas por diversos factores de orden
económico e institucional.
La ausencia de un mercado nacional integrado, la precariedad
de los medios de comunicación, la anarquía en los medios de
pago, la inexistencia de un mercado financiero, las dificultades
para expandir la frontera territorial contribuían a generar un
marco de inestabilidad que atentaba contra el crecimiento
económico.
Además, la ausencia de garantías sobre la propiedad, sobre la
estabilidad productiva y aún sobre la propia vida -derivadas de
las continuas guerras civiles y de las incursiones indígenas-
ponían escollos casi insalvables a la iniciativa privada.
"La distancia entre proyecto y concreción, entre la utopía del
'progreso' y la realidad del atraso y el caos, era la distancia
entre la constitución formal de la nación y la efectiva existencia
de un estado nacional" (Oszlak, 1982, p.54).
A los pocos meses de la caída de Rosas, en septiembre de
1852, se inició una nueva etapa de fragmentación política del
territorio. A pesar de que en 1853 fue sancionada la
Constitución, entre 1852 y 1862 la Provincia de Buenos Aires
estuvo escindida del resto de las provincias, nucleadas en la
Confederación Argentina cuya capital era Paraná.
Si bien con la batalla de Pavón se produjo la reunificación del
territorio y el inicio de las "presidencias nacionales" -Mitre,
Sarmiento y Avellaneda-, quedaban pendientes diversas
cuestiones a resolver que llevaron a nuevos enfrentamientos
armados. Los levantamientos de montoneras en las provincias
del Noroeste, de Cuyo y de Entre Ríos en las décadas de 1860 y
1870 y las luchas que tuvieron lugar en torno a la capitalización
de Buenos Aires, que culminaron recién en 1880, fueron las
expresiones más salientes del conflicto. A los enfrentamientos
internos se sumó la Guerra con el Paraguay, que tuvo lugar
entre 1865 y 1870.
Para la élite argentina el "orden" aparecía como una condición
del progreso económico, y tenía a su vez proyecciones
externas. Su instauración permitiría obtener la confianza del
extranjero en la estabilidad del país y sus instituciones. Con ello
se atraerían capitales e inmigrantes, dos factores de
producción sin cuyo concurso toda perspectiva de progreso
resultaba virtualmente nula.
A pesar de los conflictos internos y externos, las primeras
presidencias constituyeron una etapa de modernización jurídica
y política. Por primera vez se puso en práctica la división de
poderes establecida por la Constitución, al instalarse en 1862 el
Poder Judicial. A partir de 1863 se reglamentó la emisión del
voto sobre la base de las normas fijadas por la Constitución,
instaurándose el sistema electoral que tuvo vigencia hasta
1912.
La aprobación de los Códigos Civil y de Comercio permitió
consolidar la legislación privada y penal para todo el país,
estableciendo las bases de la seguridad jurídica. A partir de
1880, al inciarse la presidencia de Roca, el país se pacificó, y la
paz política permitió a la nueva administración emprender con
éxito la transformación de la estructura institucional del país.
Luego de la federalización de la ciudad de Buenos Aires,
diversas medidas procuraron consolidar y organizar el nuevo
marco institucional, entre ellas la organización de los territorios
nacionales, la creación del Código de Procedimientos en lo civil,
la Ley de Unificación Monetaria, la Ley de Educación Común
(1884) y la de Registro Civil (1888).
Modelos de Estado en Argentina Por Lic. Alicia Iriarte
Los especialistas en la problemática del estado sostienen que el
estado, además de ser un instrumento de dominación política, es un
ordenador de la sociedad; un articulador social, un estructurante de la
sociedad que impone determinado tipo de orden. Si bien el estado
surge con el orden político del capitalismo adopta distintas formas
que se vinculan con determinados contextos históricos. Cuando
hablamos de la crisis de una forma de estado se hace referencia a un
punto de inflexión, implica una transformación; lo que cambia es la
forma de éste, manteniéndose invariable la relación fundamental de
dominación, sea éste capitalista o socialista. Teniendo en cuenta que
el estado no es algo inmutable, es un producto histórico, se repasarán
diversas formas que ha adquirido el estado en la historia reciente de
Latinoamérica, más específicamente de la Argentina, fruto de
distintos tipos de articulación Estado-sociedad. Analizar los distintos
tipos de articulación Estado-sociedad que se han conformado desde la
constitución del estado moderno en la Argentina nos lleva a situarnos
en un proceso que comienza en el siglo XIX. Desde entonces se han
sucedido distintas formas de relación Estado-sociedad.
1-El Estado liberal-oligárquico Una de las características del estado
que se configuró a partir de la segunda mitad del siglo XIX es que se
constituyó con la fuerza de un gobierno central, que se impuso
ganando el control del espacio social y territorial. Esa centralización
del poder político no hubiera sido posible sin el concurso de una
fuerza militar. Por otra parte a este dominio del territorio contribuyó la
formación de un mercado nacional, que unificó el espacio interior
para integrarlo en la economía internacional. El ingreso de capitales
extranjeros, además, se llevó a cabo a través del modelo
agroexportador. El modelo agroexportador imperante en nuestro país
en el siglo XIX se apoyaba en una clara división internacional del
trabajo por la cual Gran Bretaña era la proveedora de productos
manufacturados mientras que Argentina era la proveedora de
materias primas. En ese contexto el estado argentino promovió la
plena inserción al mercado mundial. La conformación del estado
nación en la Argentina tuvo, además, características particulares en
tanto coincidió con la incorporación de una gran masa inmigratoria
proveniente de Europa occidental. El proceso de organización
nacional terminó a partir de los ’60 con las autonomías provinciales a
través del ejército nacional, llevando a cabo obras de infraestructura
y comunicaciones y extendiendo las relaciones capitalistas a todo el
territorio nacional. El elemento productivo central de este modelo de
acumulación agroexportador fue la estancia, que terminará
simbolizando el sistema de autoridad económico y político cultural de
la clase dominante. Se constituyó un régimen político censitario,
centralizado en la presidencia bajo la forma del “unicato”, de control
de las provincias. El gobierno y los asuntos nacionales se
estructuraban de tal forma que servían y satisfacían a un círculo
restringido de intereses y de individuos privilegiados de la oligarquía.
El sistema político se caracterizó por la constitución de un régimen de
partidos de notables, con fuertes restricciones en la participación, en
tanto se restringía el acceso a la mayoría a las decisiones. Se trató de
un modelo de amplias libertades civiles y restringidas libertades
políticas. El Estado adoptó un rol modernizador y portador de un
progreso identificado con el mundo cultural europeo occidental. Se
promovió la integración social mediante el amplio acceso al sistema
educativo. La constitución de la identidad nacional fue desarrollada a
través de la educación pública. El período que corresponde a este
modelo de relaciones estado - sociedad fue destacado, desde una
perspectiva modernizadora, como una etapa de crecimiento y
ascenso en el contexto mundial y, desde una perspectiva
democrática, ha sido criticado por su carácter elitista y autoritario.
Este estado liberal oligárquico cambia de régimen político en 1916
donde se produciría el pasaje del estado liberal oligárquico al
democrático liberal, momento en el cual de la democracia restringida
se pasaría a la ampliada, lo que beneficia la democracia y las
libertades políticas a partir de la irrupción del radicalismo irigoyenista
y la incorporación de los sectores medios con su exigencia de
participación en el sistema. El Estado entonces, se ubica como
armonizador de los diferentes interese en juego. No obstante no hubo
ruptura con la clase dominante en tanto había consenso sobre la
forma de entender el progreso económico. El modelo de acumulación
agroexportador continuó en tanto se aunaba el consenso sobre los
beneficios de ese tipo de división internacional del trabajo. Luego, el
impacto de la crisis del ’30, el golpe militar de ese mismo año, y la
misma conflictividad presente en el partido gobernante, la declinación
del comercio internacional y la reducción nacional de la capacidad de
compra contribuirán a la declinación del estado liberal y el
surgimiento de una mayor intervención del estado en la economía.
2-El Estado nacional-popular o social Este modelo de estado es
producto de la crisis del capitalismo del ’30 y la sustitución de
importaciones en los países periféricos. El estado comienza a adquirir
nuevas características al tiempo que pierde hegemonía el sector
oligárquico; la sociedad civil ha sufrido transformaciones con el
advenimiento de nuevos actores, el empresariado industrial y el
proletariado urbano. La necesidad de superación de la recesión y el
estancamiento que generaba el capitalismo del laissez faire dieron
una respuesta de carácter estatista. La incorporación de los
trabajadores y la desarticulación de relaciones que se arrastraban del
tipo de dominación oligárquica se realizó a través de líneas nacional-
populares. Es el contexto de surgimiento de lo que se conoció como el
estado benefactor, momento de incorporación de grandes masas y de
necesidad de contrarrestar las grandes crisis del capitalismo. El
estado deja de concebirse como gendarme y exclusivo protector de
los derechos individuales para convertirse en garante de los derechos
sociales. Surge la imperiosa necesidad política de atender las
demandas de los nuevos sectores sociales constituidos en actores en
la escena política. Es un modelo que se caracteriza por la
intervención, por su acción en forma de prestaciones sociales,
dirección económica y distribución del producto nacional. El modelo
de acumulación característico de este tipo de relación Estado-
sociedad en la Argentina se basó en un modelo de industrialismo
sustitutivo que reemplazó al agroexportador. En lo social se producirá
una profunda transformación demográfica y social en la que
resultarán de significativa importancia las migraciones internas de
zonas del interior hacia las regiones del litoral industrializadas. Este
modelo está asociado en nuestro país con el peronismo. Basa su
legitimación en la respuesta del estado a las demandas populares, en
el distribucionismo y el liderazgo carismático como articulador de la
movilización popular. El reto consistía, en que en n inédito contexto
político y social de masas, el Estado debía adaptarse al mismo con
nuevas alianzas y con la ampliación efectiva del régimen político
sobre la base de una mayor participación. Esta nueva articulación
Estado-sociedad significó el tránsito de una política de incorporación
restringida a otra con participación ampliada de nuevos sectores. En
lo económico el estado pasó a tener un papel activo en la producción
de insumos básicos y en la aplicación de instrumentos de políticas,
cuotas de importación, crédito industrial, promoción sectorial, etc. El
estado adquirió así un rol protagónico en la promoción del crecimiento
económico.
3-El Estado desarrollista Luego de la Revolución Libertadora cambia el
régimen político, pero la intervención del estado en el desarrollo
continua con un nuevo subtipo del estado social: el estado
desarrollista. Este tipo de estado, impulsado como idea fuerza por la
CEPAL, dominó la escena latinoamericana hasta la segunda mitad de
los años sesenta. El estado desarrollista era intervencionista más que
estatista y, aunque preconizaba un fuerte sector público el orden
económico seguía basado en el mercado, pero en un mercado
regulado por la planificación. Invierte la dirección del movimiento y
cambia la conexión populista fundamental, centrándose
primariamente en la promoción del crecimiento económico. Ello
implicaba la postergación del estado benefactor. En Argentina se
desarrolla en el marco de una democracia con proscripción, con una
estrategia económica que amplía las estructuras tecnoburocráticas,
distinguiéndose de la estrategia nacional popular en cuestiones de
énfasis: mientras la última consideraba al estado en función de la
distribución y la autonomía nacional, la desarrollista lo hizo a favor del
aumento de la inversión y la integración a este proceso del capital
extranjero. Este modelo otorgaba un rol mayor al empresariado, a la
racionalidad del sector público y menor para los sindicatos y la
movilización popular. El énfasis fundamental del estado desarrollista
estuvo orientado al crecimiento económico mientras que en el
populista éste era esencialmente redistribustivista.
4-El Estado burocrático autoritario Posteriormente, en 1966 –y en la
década del ‘70-se inicia la fase burocrático-autoritaria del estado. Esta
se caracterizó por la exclusión política y la presencia de corporaciones
industriales al poder. Suponía que la única restricción al proyecto de
desarrollo y modernización del país residía en el alto nivel de
conflictividad social de la época, la forma en que se había realizado la
incorporación de la clase obrera y la ineficacia de la política
demoliberal. Este régimen autoritario estaba fundado en la hipótesis
de una guerra interna de carácter ideológico, articulada en torno al
conflicto entre capitalismo y comunismo, y asentada en le retórica de
la modernización y la inserción en la civilización occidental y cristiana.
El diagnóstico en el que se asentaban era el de una situación donde
prevalecía una creciente movilización de masas que desbordaban al
estado, con el riesgo de una amenaza incontrolable para el orden
social vigente. Adopta la forma inédita de un estado militar que no
dependía de un caudillo, sino que es producto de operaciones
planificadas por los estados mayores de las [Link]. En el mismo las
posiciones superiores de gobierno estarán ocupadas por personas que
accedían provenientes de organizaciones complejas y altamente
burocratizadas (fuerzas armadas, grandes empresas). Este era un
sistema de exclusión política y económica, despolitizante, que se
corresponde con la etapa de profundización del capitalismo periférico
y dependiente pero también dotado de una extensa industrialización
Estos regímenes militares eran partidarios del libre juego del
mercado, al que concebían como el ámbito por excelencia de la
libertad individual. En tanto la esfera de responsabilidad del estado
debía ser subsidiaria. El estado autoritario era un estado gendarme
entre cuyas funciones ese encontraba garantizar y resguardar el
mercado como órgano regulador económico y social básico.
5-El Estado neoliberal Desde fines de la década del ’70 comienza a
dejarse atrás un modelo basado en la industrialización sustitutiva, la
política de masas y el desarrollo industrial; se asiste a la crisis de ese
modelo de industrialización sustitutiva basado en le demanda interna.
El impacto del endeudamiento y de la necesidad de políticas de ajuste
se imponen junto a la necesidad de lograr una nueva inserción a nivel
internacional. Desde las posturas neoconservadoras se diagnosticó la
crisis del estado de bienestar señalando el excesivo tamaño adquirido
por el sector público, la necesidad de reducir los costos del Estado y
fomentando el desarrollo de un amplio sector privado de servicios. En
los ’80, con la democracia, explota la crisis de la deuda y al fin de la
década se produce la profundización de la crisis del Estado, que hace
eclosión con la hiperinflación. Este modelo se inserta en un contexto
internacional impactado por la globalización de la economía y por la
difusión a nivel mundial de las pautas de la economía de libre
mercado. Desde fines de los ’80 predomina, entonces, el enfoque
neoliberal del estado que se expresa en términos económicos como
lucha contra la inflación y a favor de una separación estado sociedad
civil para alcanzar la estabilidad económica. Este modelo destaca el
excesivo tamaño adquirido por el sector público, crítica al exceso de
burocracia y la descontrolada expansión del gasto fiscal, promueve
mayor libertad para el mercado. En los ’90 se encara un proceso de
redimensionamiento del estado y del papel prestado por el sector
privado, delineándose un nuevo modelo de acumulación. El eje del
proceso económico deja de ser el trabajador y su organización pasa a
ser el mercado, el consumidor y el management. En muchos casos se
apeló a la privatización de empresas públicas prestadoras de
servicios, a la descentralización y a la reducción del papel del estado
en aspectos vinculados con la función social del estado. Esta modelo
impulsa además, la flexibilización laboral y da lugar a la precarización
de las relaciones laborales. Se asiste al pasaje de un modelo cultural
vinculado a lo públicoestatal, de solidaridades nacionales hacia otro
vinculado al mercado, a la sociedad civil y la competencia. En este
contexto se verifica el pasaje de la centralidad que adquiría la figura
del “trabajador” a la del “consumidor”. La relación Estado-sociedad
se modifica y el estado se reestructura tanto en relación con los
factores internos como con los externos, emergiendo un nuevo
modelo: el estado neoliberal. El mismo se constituye en garante de
las nuevas reglas de juego, de los equilibrios macroeconómicos, la
competencia y la diferenciación estado y sociedad civil, en un marco
de un modelo de acumulación orientado al mercado externo.
Bibliografía consultada • García Delgado Daniel, Estado y
sociedad. La nueva relación a partir del cambio estructural,
Editorial Norma, [Link]. ,1994 • Graciarena Jorge, El Estado
latinoamericano en perspectiva. Figuras, Crisis, Prospectiva,
EN: Revista de Economía Política, 1984 • O’Donnell Guillermo,
El Estado burocrático Autoritario, Ed. Belgrano, Bs As, 1982
Strasser Carlos, Teoría del Estado, Abeledo Perrot, Bs As
Anarquismo: ¿Qué
fue, y qué ha
quedado vivo?
13 de diciembre de 2022
anarquía anarquismo libertad colectiva libertad individual
El mundo ha cambiado mucho desde el siglo XIX, hasta el punto
que “anarquismo” se ha convertido en sinónimo de “caos”, y
ello pese a que el concepto atrajo a algunas de las mentes más
brillantes del último par de siglos.
La caída en desgracia del anarquismo no es demasiado sorprendente,
si se tienen en cuenta los atracos a bancos e incluso
asesinatos que se cometieron en nombre de la ideología.
A pesar de los excesos de algunos “iluminados,” las bases ideológicas
del anarquismo han calado profundamente en las sociedades
modernas.
Las ideas asamblearias y de autogestión, o de democracia
directa, por ejemplo, hunden sus raíces profundamente en los
ideales anárquicos.
Interesados por la idea de empoderamiento ciudadano,
desde Escaños en Blanco vamos a discutir las variantes de dichos
ideales, y cómo se relaciona con nuestra actualidad social.
Orígenes del
anarquismo
El anarquismo surge como respuesta ante los grandes desafíos
sociales de los siglos XIX y XX, entre los que destacamos
la desigualdad, la invisibilización del ciudadano y el Estado visto
como un organismo opresor, detentor del monopolio de la fuerza.
Lejos de una doctrina unificada, el pensamiento anarquista presenta
diversas ramificaciones, algunas de ellascontradictorias, como en sus
vertientes francesa, rusa e italiana.
El elemento común de todas ellas es la defensa de un sistema
descentralizado, en que los instrumentos de control del Estado sean
desactivados.
A título de curiosidad, aunque la mención más antigua del
término “anarquismo” proviene de la obra Los siete contra
Tebas (467 a.C.), del dramaturgo Esquilo, hay quien considera
a Jesús de Nazaret como el primer y más importante anarquista.
Ilustración y
Revolución Francesa
Los orígenes del pensamiento anarquista moderno están asociados a
intelectuales como Étienne de la Boétie y Jean Jacques Rousseau.
Pero es a William Godwin, padre de Mary Shelley (autora
de Frankenstein, obra que publicó a sus… ¡18 años!), a quien se le
atribuye la primera articulación teórica del anarquismo.
Por esos mismos años, la Revolución Francesa popularizaba las que
serían ideas anarquistas, viendo sus primeras expresiones de
violencia.
Los anarquistas consideran el uso de la fuerza por parte del Estado
como un acto ilegítimo. Por lo tanto, actos de terrorismo, robos y
atracos quedaban justificados.
Características del
anarquismo
A pesar de sus muchas ramificaciones, distinguimos una serie de
elementos aglutinantes en esta ideología que tuvo casi tantas
vertientes como simpatizantes:
1. Libertad individual
El anarquismo es contrario a toda forma de dominación y autoridad,
por lo que se opone al Estado y al poder en sus múltiples formas,
prefiriendo que el individuo dicte sus leyes.
2. Propriedad colectiva
La igualdad es otro de los grandes cometidos anarquistas, por lo que
las jerarquías, la propiedad privada y otras formas de posesión le
resultan inaceptables.
3. Autogestión como base del
anarquismo
Del punto anterior, se extrae que la única forma de gestión aceptable
fuese una auto-gestión, y se ensalzasen los sistemas
asamblearios y la democracia directa.
4. Responsabilidad personal
Basada en un sistema de autogestión, la sociedad anarquista asume
la necesidad de implicación social y la responsabilidad personal en
el funcionamiento de las comunidades.
5. Prioridad educativa
Del humanismo y la Ilustración, el anarquismo recoge la creencia
en la educación como el medio para mejorar la condición social y
espiritual de los individuos y naciones.
6. Fraternidad y solidaridad
Según los anarquistas, la ausencia de autoridad y jerarquías
conduciría a la solidaridad, la cooperación y el mutualismo.
Tipos de anarquismo
Existen así anarquismos más radicales, violentos, que aspiran a un rol
activo en la caída del Estado; y otros más sosegados, más cercanos a
la resistencia pasiva y al pacifismo.
Más allá de estas consideraciones, no hay una definición explícita y
única de lo que es un anarquista o de lo que tiene que hacer.
Sin embargo, existe una gran distinción entre anarquismo
individualista y colectivista, y otros subtipos de segundo rango:
1. Anarcoindividualismo
Está asociado a ideas del amor libre, como en William Godwin (que
no lo consintió entre su hija Mary y el poeta Percy B. Shelley).
También se encuentra fuertemente asociado al anarcoecologismo,
que explicamos más abajo.
2. Anarcocolectivismo
Asociado a la figura de Mijaíl Bakunin y la idea proudhoniana de
“mutualismo”. Se trata de un modelo social formado por colectivos
de trabajadores que ostentaría la propiedad de sus medios de
producción.
3. Anarquismo mutualista
Estrechamente ligado con el anarcocolectivismo y la figura
de Proudhon, el que fuera su máximo exponente. Conoció una gran
aceptación en los Estados Unidos y está ligado al ilegalismo.
4. Anarcocomunismo
Reemplazante del anarquismo colectivista, que afirmaba: “cada uno
debe llevarse la parte correspondiente del trabajo realizado”. El
anarcocomunismo contraargumenta que los frutos del trabajo
pertenecen a todos por igual.
5. Anarcosindicalismo
Alcanzó su mayor aceptación en las sociedades occidentales menos
industrializadas, como Rusia, España e Italia. En España cristalizó en
organizaciones como la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT).
6. Anarcocapitalismo
Una de las ramas más modernas del anarquismo, nacido en la
segunda mitad del siglo XX. Abraza la idea del laissez-faire, las teorías
de Adam Smith e ideas contrarias al modelo de Estado.
7. Anarquismo ecologista
Nacido como crítica de la industrialización, en EEUU se inspiró
de Henry David Thoreau y su libro [Link] Europa, se
materializó en el naturalismo, que promovía vivir en pequeñas
sociedades autosuficientes.
Los anarcoindividualistas naturistas veían al individuo en sus aspectos
biológicos, físicos y psicológicos y trataban de evitar las
determinaciones sociales.
¿El anarquismo es de
izquierdas o de
derechas?
El anarquismo ha sido asociado a la izquierda en tanto
que movimiento revolucionario y anti-conservador, pero ya
hemos visto que también está asociado a ideas liberales y otras
consideradas de derechas, basadas en el individualismo.
Pese a ello, los primeros grupos anarquistas nacieron del movimiento
obrero del siglo XIX, que buscaba la mejora de las condiciones de vida
del proletariado.
A menudo asociado al comunismo en algunas de sus vertientes, la
mayoría de anarquistas eran sin embargo enemigos de todo tipo de
autoridad y opresión, y por tanto sospechaban de la llamada
“dictadura del proletariado”.