MARCOS LECCION 23
CORRUPCION EN EL TRIBUNAL
CUANDO EL GALLO DESAFINA
TODOS SOMOS BARRABAS Y A VECES UN POCO PILATOS
CORRUPCION EN EL TRIBUNAL (14,53-65)
Los acontecimientos que rodearon a la muerte de Jesús son los hechos más significativos
para la humanidad a lo largo de su historia. Este, sin duda, es el hecho más vital e
importante, no solo de este planeta, sino de todo el universo. En aquella época, el imperio
concedía a las autoridades religiosas judías, (conocidas como el sanedrín, conformado
por 71 miembros del pueblo de Israel) el derecho de administrar justicia entre el pueblo
según sus propias leyes, pero no les confería el derecho legal para ejecutar a los
delincuentes.
Después de que Jesús fuese arrestado en el huerto de Getsemaní, fue llevado por los
soldados al sumo sacerdote. Marcos no registra el juicio preliminar delante de Anás, que
era sumo sacerdote emérito, si se me permite la expresión, junto a su yerno Caifás, a la
sazón sumo sacerdote en ejercicio. Pero no cabe duda que la influencia del primero era
mucha. Marcos tampoco registra la visita a Herodes, que solo recoge el evangelio de
Lucas.
Vamos a asistir a un juicio repleto de irregularidades, porque muchos de los derechos
del acusado van a ser deliberadamente ignorados. El arresto es claramente
improcedente. Y lo es porque no hay una acusación formal. De hecho, ellos tienen que
recurrir a testigos falsos para crear pruebas que incriminen a Jesús, lo que habla a las
claras de la ilegalidad del asunto. Es un juicio irregular porque además se celebra de
noche, a unas horas intempestivas, prohibido por las normas judías. Es ilegal porque la
sentencia no puede darse en el mismo día del juicio, pero hay prisa y no dejan pasar ni
siquiera un día. Se celebra en un lugar indebido, en la residencia de Caifás, no en el
lugar designado para los tribunales. Es abusivo porque ningún acusado puede ser
incriminado sobre sus propias declaraciones. Y es bastante turbio porque el delito por el
cual se incrimina se cambia para que sea aceptado por las autoridades romanas.
Marcos comienza el relato del proceso a Jesús en la residencia de Caifás con todo el
sanedrín reunido, dice el pasaje. Pero dudo que estén todos. Es muy probable que
muchos ni siquiera fuesen avisados. Este Sanedrín se ha convocado con carácter de
urgencia para juzgarle. El evangelio de Juan nos dice que inicialmente Jesús fue llevado
a la casa de Anás. Mientras duraba este primer interrogatorio, hubo tiempo para que los
componentes convocados del sanedrín se reuniesen en la casa de Caifás, bien entrada la
noche. Marcos nos explica que el Sanedrín estaba formado por el sumo sacerdote, los
ancianos y los escribas. ¿Cómo es posible que hubiese tanta unanimidad en condenar a
Jesús? Una de las posibles razones es que cada vez que surgía un nuevo mesías en Israel,
las consecuencias para la nación eran revueltas que provocaban nuevas masacres por
parte del ejercito romano. Pero, sobre todo, una consecuencia de los desórdenes era la
posible pérdida de sus privilegios, que no eran pocos. Jesús era una amenaza a sus
intereses.
El proceso en si fue un simulacro de principio a fin. No tenía otra finalidad que dar
apariencia de legalidad a un asesinato ya decidido. Ellos ya habían acordado su muerte.
El juicio se desarrolla precipitadamente. No era normal reunir a todo el Sanedrín en la
residencia del sumo sacerdote, de noche. Y menos en la noche previa a la Pascua, cuando
tenía lugar una reunión familiar tan importante.
Actuaban en la oscuridad, presurosos por temor a las posibles reacciones de la multitud
de peregrinos que pululaban por Jerusalén. La mejor forma de sacar adelante sus planes
consistía en presentar a Jesús esa misma mañana ante Pilato como reo condenado antes
de que el pueblo fuese capaz de reaccionar. Todo se hace con una celeridad que de
ninguna manera podía garantizar unos mínimos de justicia. En menos de veinticuatro
horas, Jesús fue arrestado, interrogado por Anas y Caifás, juzgado por el Sanedrín,
nuevamente interrogado por Pilato y Herodes, sentenciado, llevado fuera de la ciudad
hasta un lugar llamado Gólgota, crucificado y muerto tres horas después.
Lo curioso es que no contaban con una acusación concreta. Tampoco tenían testigos
que pudieran avalar la acusación. Esto era muy grave. Marcos nos dice que tenían un
problema, porque estaban buscando testimonio contra Jesús, pero no lo hallaban. Según
la ley del Antiguo Testamento, un testigo falso debía sufrir la misma pena que sufriría
el imputado si era cierta la acusación. Pero en este juicio irregular, la injusticia prevaleció
una vez más. Los sacerdotes no tuvieron ningún reparo en seguir escuchando lo que
ellos sabían que eran mentiras. Dos testigos le acusaron de querer destruir el templo.
No le citaron textualmente, distorsionaron sus palabras y tampoco entendieron el
significado de lo que hablaba. Pero tampoco ellos coincidieron en su acusación, lo que
provocó más frustración y enfado entre los sacerdotes que allí estaban conspirando.
Jesús permanecía en silencio. Y el sumo sacerdote le interpelaba: ¿no respondes nada?
En primer lugar, el no responde nada porque aquello era un proceso ilegal, y participar
seria legitimarlo. Segundo, mantiene su silencio porque el asunto está decidido. Nada
de lo que dijese podría cambiar la decisión del corazón de los jueces. Tercero, porque él
ha decidido beber la copa que el padre le había dado. El cumplía las palabras de Isaías
que decía que como oveja que iba al matadero, enmudeció y no abrió su boca.
Las horas van pasando y no encuentran un testimonio sólido. La frustración se apodera
de los presentes. Mateo nos cuenta que el sumo sacerdote se levanta y conmina bajo
juramento delante de Dios que declare si él es el Cristo. Es un juramento solemne: te
conjuro por el Dios viviente que nos lo diga. Ante esto, Cristo esta obligado a contestar.
La pregunta concreta que el sumo sacerdote Caifás le hizo a Jesús fue: "¿Eres tú el Cristo,
el Hijo del Bendito?
En nuestra cultura ser hijo de Dios no es nada llamativo ni grave. En el contexto judío
ser hijo de Dios equivalía proclamarse Dios. Es importante entender este matiz. Por eso
cuando el sumo sacerdote le preguntó a Jesús si era Hijo del Bendito, lo que quería saber
era si él afirmaba ser Dios. Y Jesús, bajo juramento, afirma de manera clara y directa que
él es el Mesías, el Hijo de Dios.
De esta manera, el mismo Señor les facilita la declaración que necesitaban para
condenarlo. No solo afirmó que él era el Mesías, sino que añade algo interesante que
hace referencia a una profecía de Daniel. Jesús afirma estar sentado a la derecha del trono
de Dios. ¿Quién podría osar compartir el trono con Dios? Además, afirma ser aquel del
que habló el profeta Daniel. Ante los jueces que le juzgaban él les declaró que el vendría
como el Juez. Fue entonces cuando Caifás se volvió hacia el resto del Sanedrín
exclamando con una expresión de triunfo: "¿Qué más necesidad tenemos de testigos:
Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece?" Y mientras decía esto, hizo una dramática
actuación rasgando sus vestiduras como señal de un supuesto agravio por lo que
acababa de oír de boca de Jesús.
Habían conseguido in extremis una confesión que les permitía sentenciarlo a muerte.
En ese momento algunos comenzaron a escupirle y golpearle.
Jesús fue condenado por el delito de blasfemia, incriminado por sus propias palabras.
Para el Sanedrín resultaba inadmisible que un carpintero de Galilea afirmara ser Dios.
Según la costumbre del templo, antes de sacrificar el cordero de la pascua, era necesario
verificar que el animal no tuviese ningún defecto. Ellos han estado examinando al
Cordero de Dios, y lo han declarado mentiroso y blasfemo.
Los componentes del Sanedrín allí reunidos no se detuvieron a comprobar si la
afirmación de Jesús era cierta o no. Era natural que mirasen con recelo cualquier persona
que afirmara ser Dios. Pero en el caso de Jesús había motivos más que sobrados para
pararse y sopesar los pros y los contras. Durante tres años mostró y demostró por sus
enseñanzas y señales que era mucho más que un simple hombre.
Después que consiguieron la confesión, ellos maltrataron a Jesús sin ningún tipo de
consideración. Dieron rienda suelta a su carácter vengativo, cruel y sádico. Jesús paso la
noche siendo golpeado por la guardia del templo, cumpliéndose lo que dice Isaías: No
aparté mi espalda a los que me golpeaban, ni escondí mis mejillas de los que me
arrancaban la barba; ni me cubrí la cara cuando me escupían y se burlaban de mí.
CUANDO EL GALLO DESAFINA (14,66-72)
Marcos nos presenta un segundo escenario que sucede al mismo tiempo que el primero.
Por un lado, Jesús se encuentra en la sala interior del Sanedrín, una asamblea formada
por el sumo sacerdote, los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, todos ellos
congregados en aquella sala interior de la residencia de Caifás. Jesús se encontraba en
medio del Sanedrín, mientras que afuera, en el patio exterior, Pedro estaba sentado junto
a los guardias alrededor de la fogata en aquella fría noche de primavera. Marcos se
asegura de contarnos que estas dos cosas tienen lugar al mismo tiempo. Marcos contrasta
estas dos situaciones. Pedro y Juan han conseguido entrar en el patio de la residencia de
Caifás. Allí se entremezclan con los soldados del templo, los sirvientes, los curiosos. Si
algo tiene este libro, que es nuestra guía, es su transparencia. Los héroes que pululan por
sus páginas no esconden sus fracasos. Son santos, son valientes… y como fracasan. El
caso de Pedro no es diferente. Los cuatro evangelios narran la negación de Pedro. Él es
un tipo valiente, pero no siempre. Él es el único que defendió al maestro en el huerto de
Getsemaní. El único que enfrentó a los soldados del templo. Y el único, junto a su
compañero Juan que siguen de lejos la comitiva y se adentran hasta la misma casa del
sumo sacerdote. Están en un terreno peligroso. Mucho más cuando es descubierto por
una sirvienta que por dos veces le señala como uno de sus discípulos. Todos le miran
con recelo. Y por tercera vez, según relata Juan, un pariente de aquel a quien Pedro había
cortado la oreja, le dice: ¿no te vi yo en el huerto con él? Dice que entonces el comenzó a
maldecir y a jurar que no conocía a Jesús. Y en ese momento, el gallo cantó por segunda
vez.
Lucas narra que Jesús se gira, y posiblemente a través de algún ventanal, su mirada se
cruzó con la mirada de Pedro. Y en esa mirada podríamos quedarnos toda una noche.
¿Cómo sería esa mirada? ¿Cómo te la imaginas? ¿Sería de reproche, de decepción, de
tristeza? La consecuencia es que Pedro, salió afuera y lloró amargamente.
TODOS SOMOS BARRABAS, Y UN POCO PILATOS (15,1-15)
Era ilegal que el concilio se reuniera y dictara sentencia por la noche, de modo que se
reunieron de nuevo a la mañana siguiente para hacer legal su decisión. Lucas describe
este juicio de día. Marcos y Mateo le dedican un versículo a esta formalidad. Juan lo
omite. Ellos van muy temprano al pretorio. El horario de los romanos comenzaba con la
primera luz de la mañana. Lo llevan ante Pilatos porque ellos no tienen poder para
ejecutar. Las sentencias tenían que ser confirmadas por el gobernador designado, que en
ese tiempo correspondía a Poncio Pilatos.
Este era un hombre cruel, sin compasión, pero no es estúpido. Los que acuden a Pilatos
esperan que este despache la condena de una manera rápida. Pero Pilatos detestaba al
Sanedrín. Estaba enemistado con ellos, estaba harto de sus exigencias, de su
menosprecio, así que no resulta extraño que no les siguiese el juego. El evangelio de Juan
dice que no entraron en el pretorio para no contaminarse y así poder comer la pascua.
Pilatos tiene que salir al exterior y les pregunta: ¿qué acusación traéis contra este
hombre? Esta pregunta les debe incomodar bastante porque responden: si este no fuera
malhechor, no te lo habríamos entregado. Ellos tienen que cambiar la incriminación. No
pueden acusar a Jesús de blasfemia. Los romanos eran politeístas. Tenían centenares de
dioses. Uno mas no les era molesto. Según Lucas le acusan de esta manera: a este hemos
hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo al Cesar, diciendo que el
mismo es el Cristo, un rey. Por eso, Marcos recoge esta pregunta de Pilatos a Jesús: ¿eres
tú el rey de los judíos? Marcos, Mateo y Lucas solo registran una respuesta lacónica de
Jesús: tú lo dices. Juan nos revela mucho más de esa conversación. Jesús dice que su
reino no es de este mundo. Si su reino fuese de este mundo, sus servidores pelearían
para que no fuese entregado. Él además le dice que ha venido para dar testimonio de la
verdad. Y aquí surge esa pregunta entre cínica y llena de sorpresa del mismo Pilatos:
¿Qué es la verdad? Nunca en su vida iba a estar más cerca de la verdad que en aquel
momento.
El evangelio de Marcos dice que este hombre cruel y déspota se maravilló. Seguramente
estaba acostumbrado a ver reos sentenciados a la muerte, temblorosos, maldiciendo,
resistiéndose. No era el caso. Estaba asombrado de la serena actitud que transmitía ese
hombre golpeado y odiado por esta gente. Convencido de su inocencia, Pilatos se niega
a dictar la pena impuesta por el sanedrín, e intenta varios recursos para salvar su vida.
El primero, cuando conoce que Jesús es galileo y que no pertenece a su jurisdicción es
enviarlo a Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, que casualmente estaba en
Jerusalén. Solo Lucas recoge este hecho.
Para Herodes, Jesús es una especie de diversión. Esperaba ver algún milagro, pero Jesús
no participa. Permanece insolentemente callado. Así que le menosprecian, le golpean,
le visten con ropa esplendida y lo vuelven a enviar a Pilatos. Recurso fallido. Vuelta a
empezar.
El segundo recurso es, conforme a la tradición, librar a un preso de la cárcel. Me imagino
que escogió al peor elemento. El menos popular, el más odiado por la gente de Jerusalén.
Sorpresivamente, la multitud elige a Barrabas para ser librado. Barrabas que era
homicida, tiene que quedar perplejo. Su nombre significa hijo del padre. La multitud
rechazó al unigénito del Padre, y aceptaron a un falso hijo del padre.
Lo curioso es que Jesús con su muerte, salvo a Barrabas. Un inocente por un culpable.
Algo parecido sucede con cada uno de nosotros. Todos somos por naturaleza como
Barrabas, y merecemos la condenación de Dios. Y, sin embargo, nuestro Señor Jesucristo,
siendo inocente, es declarado culpable y su muerte nos acredita como justos.
La multitud que grita al unísono: crucifícale, es gente claramente aleccionada por los
sacerdotes. Son gente afín a este Sanedrín y seguramente fueron convocados por ellos.
No necesariamente son muchos. Quizás unos centenares de personas. Posiblemente,
todos de Jerusalén. Los peregrinos no solían estar tan temprano en la ciudad, ya que
dormían en los alrededores.
Invalidado el segundo recurso de Pilatos, intenta una nueva estratagema para salvar a
Jesús. La cruel flagelación del preso. La flagelación no formaba parte de la condena a
muerte. De hecho, la flagelación podía en muchos casos ocasionar la muerte. Es una
manera extrema de mover a compasión a la multitud. Un último intento de saciar la sed
de venganza con un cruel castigo. Pilatos les dice que ningún delito ha hallado en el
preso. Mas ellos a grandes voces le gritaban: crucifícale.
La mujer de Pilatos, según Mateo, le avisa que no tenga nada que ver con ese justo, pues
ha tenido pesadillas a causa de Jesús. Pilatos les grita impotente a la multitud: pero ¿qué
mal ha hecho? Era una situación extraña: un gobernador romano, con fama de cruel y
despiadado, intentando salvar la vida de Jesús, y enfrentado a unos sacerdotes que
demuestran ser más crueles y despiadados que el mismo Pilatos. Este no sabe cómo
librar a Jesús. Pero una última amenaza de los sacerdotes provoca su miedo: si a este
liberas, no eres amigo de Cesar; todo el que se hace rey, a Cesar se opone. El miedo se
apodera de Pilatos. El temor a que esto llegue a oídos del Cesar le hace ceder en su idea
primera, y dicta una resolución injusta a sabiendas de que es injusta.
Pilatos debía escoger entre hacer lo que era correcto, liberar a Jesús, o hacer lo que era
más conveniente para su estabilidad política, ejecutarlo. Escogió no mover un dedo. No
complicarse la vida. Y perdió.
A veces nosotros los cristianos somos un poco Pilatos. Miramos para otro lado. Cedemos
en nuestras creencias, y por tanto, retrocedemos. Ser cristiano significa meterse en todos
los charcos. Jugársela a una carta. Involucrarse. Lavarse las manos no es una opción.
Encogerse de hombros y ponerse de perfil, tampoco.
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