Mary Shelley: “Frankenstein o el moderno Prometeo”
CAPÍTULO 7
Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre; con una ansiedad casi
cercana a la angustia, coloqué a mi alrededor la maquinaria para la vida con la que iba a poder
insuflar una chispa de existencia en aquella cosa exánime que estaba tendida a mis pies. Era ya la
una de la madrugada, la lluvia tintineaba tristemente sobre los cristales de la ventana, y la vela casi
se había consumido cuando, al resplandor mortecino de la luz, pude ver cómo se abrían los ojos
amarillentos y turbios de la criatura. Respiró pesadamente y sus miembros se agitaron en una
convulsión.
¿Cómo puedo explicar mi tristeza ante aquel desastre…? ¿O cómo describir aquel engendro al que
con tantos sufrimientos y dedicación había conseguido dar forma? Sus miembros eran
proporcionados, y había seleccionado unos rasgos hermosos… ¡Hermosos! ¡Dios mío! Aquella piel
amarilla apenas cubría el entramado de músculos y arterias que había debajo; tenía el pelo negro,
largo y grasiento; y sus dientes, de una blancura perlada; pero esos detalles hermosos solo formaban
un contraste más tétrico con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las
blanquecinas órbitas en las que se hundían, con el rostro apergaminado y aquellos labios negros y
agrietados.
Los diferentes aspectos de la vida no son tan variables como los sentimientos de la naturaleza
humana. Yo había trabajado sin descanso durante casi dos años con el único propósito de infundir
vida en un cuerpo inerte. Y en ello había empeñado mi tranquilidad y mi salud. Lo había deseado
con un fervor que iba mucho más allá de la moderación; pero, ahora que había triunfado, aquellos
sueños se desvanecieron y el horror y el asco me embargaron el corazón y me dejaron sin aliento.
Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí atropelladamente de la sala y durante
largo tiempo estuve yendo de un lado a otro en mi habitación, incapaz de tranquilizar mi mente para
poder dormir. Al final, una suerte de lasitud triunfó sobre el tormento que había sufrido, y me
derrumbé vestido en la cama, tratando de encontrar unos instantes de olvido. Pero fue en vano; en
realidad, sí dormí, pero me vi acosado por horrorosas pesadillas. Veía a Elizabeth, tan hermosa y
joven, caminando por las calles de Ingolstadt; encantado y sorprendido, yo la abrazaba; pero cuando
le daba el primer beso, sus labios palidecían con el color de la muerte; sus rasgos parecían cambiar,
y pensaba que estaba sosteniendo en brazos el cadáver de mi madre muerta; una mortaja envolvía
su cuerpo, y veía cómo los gusanos de la tumba se retorcían en los pliegues del lienzo. Me desperté
sobresaltado y horrorizado: un sudor frío cubría mi frente, los dientes me castañeaban y tenía
convulsiones en los brazos y las piernas, y entonces, a la pálida y amarillenta luz de la luna, que se
abría paso entre los postigos de la ventana, descubrí al engendro… aquel monstruo miserable que
yo había creado. Apartó las cortinas de mi cama y sus ojos… si es que pueden llamarse ojos, se
clavaron en mí. Abrió la mandíbula y susurró algunos sonidos incomprensibles al tiempo que una
mueca arrugó sus mejillas. Puede que dijera algo, pero yo no lo oí… alargó una mano para
detenerme, pero yo conseguí escapar y corrí escaleras abajo. Me refugié en un patio que pertenecía
a la casa en la que vivía, y allí me quedé durante el resto de la noche, paseando de un lado a otro,
sumido en la más profunda inquietud, escuchando atentamente, captando y temiendo cada sonido
como si fuera el anuncio de la llegada de aquel demoníaco cadáver al que yo desgraciadamente le
había dado vida.
¡Oh…! ¡Ningún ser humano podría soportar el horror de aquel rostro! Una momia a la que se le
devolviera el movimiento no sería seguramente tan espantosa como… Él. Yo lo había observado
cuando aún no estaba terminado; ya era repulsivo entonces. Pero cuando aquellos músculos y
articulaciones adquirieron movilidad, se convirtió en una cosa que ni siquiera Dante podría haber
concebido.
Pasé una noche espantosa… a veces el pulso me latía tan rápido y tan fuerte que sentía las
palpitaciones en cada arteria; en otras ocasiones, estaba a punto de derrumbarme en el suelo debido
al sueño y la extrema debilidad; y mezclada con ese horror, sentí la amargura de la decepción. Las
ilusiones, que habían sido mi sustento y mi descanso durante tanto tiempo, se habían convertido
ahora en un infierno para mí. Y ese cambio había sido tan rápido, y la derrota tan absoluta…