PESADILLA.
El día es frio y metálico, algo gris violeta, algo carmesí magenta, la vista es buena, es mortalmente
buena. A mi espalda el camino, a mis pies el abismo. El viento abofetea mi espíritu, pero mi alma
inerte y moribunda sigue siendo fiel custodia de la del insípido sabor de la nada. Percibo el
parpadeo de mis ojos solo cuando mi piel logra sentir el gélido filo del viento, sobre mis venas,
abriéndolas y desangrando viejos recuerdos, recuerdos que corren como corceles bañando la
tierra con su galopar.
Cruel verdad que lo mas cálido en lo que los mortales llaman vida, sea este triste momento, en
donde mi sangre escapa a mi cuerpo, al final veo la oquedad del vacío, muy cercano, muy mejor
amigo, muy mal nacido destino.
El viento logra alcanzar mis miedos, asesta mis huesos, llega el temblor, decadente esqueleto
estremecido por la glacial explosión. Muy a mi pesar el alma se mantiene impoluta, escucho el
arrullo del sueño eterno, la doncella de los tiempos me invita a pasar a su criptica morada, me
toma de la mano y siento el final.
Reparo el desvanecer de mis piernas, cual la cálida luz del sol que en el ocaso se desvanece en la
tierra. Y por fin mi cuerpo se entrega a la nada, pierdo la conciencia del peso de mi propio ser,
ningún tormento me ata a la tierra, mientras Vivaldi acompaña mis letras, mientras mi hálito se
convierte en música y mientras los segundos empapan mi lengua, como alguna vez el vino lo
hiciere, veo cada vez más cerca mi final.
Solo inexisto en una eterna corriente de granos de arena de reloj, granos bautizados ahora en
hermanos de causa, hombro a hombro corremos al mismo trémulo final. El tiempo es líquido
ahora, gota a gota aclarece el amartillado rugir de las olas, que rompen el mentón de la tierra,
como queriendo conquistar lo impenetrable.
De improviso adviene lo peor lo inadvertible, instinto o conciencia, no lo sé, y una supernova
implota en mi pecho, las esquirlas se inyectan en mis arterias, siento en todo mi cuerpo el
resucitar de mi alma, me hallo vivo estando inevitablemente muerto, aquellas manos secas y
tristes, ahora buscan inútilmente encontrar un imposible, una salvación arrebatada por ellas
mismas, no, ya no hay tiempo, es el final.
La roca y mar me abrazan, me acogen cual regazo materno, como el hijo que nunca debió dejar el
hogar, la penumbra asalta mi mirar, la oscuridad se convierte en la totalidad, de repente el
explotar de mi corazón me ensordece y más frio que el hielo mismo, el sudor bautiza mi cuerpo en
mi finito soñar. Busco en penumbras el coro celestial, o aquel temible mugir infernal, Diluyente, la
luz abre sus puertas, para finalmente mostrarme la agrietada marquesina, de mí lecho
noctambular.