1.
El Útil menos útil
Había una vez, en el escritorio de un estudiante nervioso, algunos útiles que
vivían siendo útiles. Sin embargo, uno de los útiles se sentía menos útiles
que los demás útiles. Este útil inútil era Sacapuntas. Sacapuntas veía como
sus compañeros útiles eran realmente útiles siendo útiles, especialmente
Lápiz y Borrador. Lápiz escribía y dibujaba, mientras que Borrador eliminaba
los imperfectos de Lápiz. Juntos eran el equipo perfecto, los útiles más
utilizados y por ende, los más útiles. Sacapuntas los veía y se sentía inútil,
pues casi nunca era utilizado, quería sentirse útil para algo, pero pensaba
que su presencia estorbaba a los demás útiles. No fue hasta que un día,
Sacapuntas caminando tristemente por el escritorio, se encontró a Lápiz,
quien para su sorpresa, tenía la punta muy desgastada después de una larga
jornada de escritura y garabatos. Sacapuntas rápidamente se acercó y le
ofreció su ayuda a Lápiz, quien muy feliz la aceptó. De esta forma,
Sacapuntas finalmente pudo sentirse útil, ayudando en lo que es mejor,
sacando puntas. La moraleja es que cada quien es útil para algo y a su
manera, solo hay que encontrar el lugar y el momento.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
2. El Ave Desesperada
Había una vez, en el alocado cielo guatemalteco, una pequeña ave, muy
intrépida y competitiva, siempre tratando de dar lo mejor de sí, pero
viéndose opacada por el resto de aves, quienes eran más grandes y podían
volar mucho más alto que ella. La pequeña ave, sintiéndose impotente,
intentaba llegar tan alto como las demás, pero simplemente sus pequeñas
alas no se lo permitían. Muy desanimada, la pequeña ave descendió hasta
una granja cercana para deprimirse mientras observaba a los animales que
pasaban por ahí. Una gallina, quien se percató de la presencia de la
pensativa ave, se le acercó. — ¡Hey! ¿Por qué la carga larga, hermano
plumífero? —Dijo la gallina. —Todas las demás aves pueden volar muy alto,
¡pero yo no puedo! Las corrientes de aire son muy fuertes. —Respondió la
pequeña ave, con un semblante triste. —Hmmm… deberías sentirte
afortunado, nosotras las aves de corral también somos aves, pero no
podemos siquiera volar, ¡tienes suerte de que al menos esas alas te sirvan
de algo más que para ser comido! —Respondió la gallina. El ave entonces
sonrió, y dándole las gracias a la gallina, volvió a emprender vuelo, más alto
que nunca, ahora valorando su capacidad de volar. La moraleja es que, está
bien aspirar a ser mejor siempre, pero no es necesario compararse a los
demás y desesperarse por no ser como ellos, se puede ser feliz con lo que se
tiene mientras tanto.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
3. La oruga impaciente.
En las ramas de un árbol de manzanas, nacieron un grupo de pequeñas
orugas. Las pequeñas comenzaron alimentándose rápidamente de las hojas
que encontraban, su objetivo era crecer lo suficiente para llegar a ser unas
mariposas. Pero de todas las orugas, había una en particular que estaba más
apresurada que el resto, quería llegar a su etapa adulta lo más rápido que
fuera posible, no podía esperar a convertirse en mariposa. Sus hermanas la
veían comerse una hoja entera en cuestión de unos instantes. Finalmente, la
pequeña oruga, que ya no era tan pequeña ahora, estaba lista para pasar a
su siguiente etapa, se sentía de lo mejor sabiendo que estaba a un paso de
convertirse en mariposa antes que sus hermanas. Pero lo que la oruga no
sabía, era que la siguiente etapa no era la de mariposa, sino la de crisálida.
La oruga entonces, se dio cuenta que ahora estaba dentro de su crisálida, y
que no podía hacer nada por apresurar el proceso, pues a diferencia de su
etapa como oruga, la etapa de crisálida consistía en esperar. La oruga
entonces tuvo que esperar dentro de su crisálida, mientras sus hermanas
orugas comían con calma las hojas, disfrutando de su forma como orugas. La
moraleja es que no hay que impacientarse por las cosas, pues hay cosas que
simplemente no se pueden controlar y hay que dejar que fluyan siendo
pacientes, disfrutando cada momento de espera.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
4. La lagartija inconforme
En un área casi desértica, donde los cactus abundaban, una lagartija se
paseaba por el suelo, camuflándose con el color seco de la tierra. La lagartija
se sentía aburrida, ciertamente no le gustaba su vida de lagartija, admiraba
más a las serpientes, quienes se escabullían por el entorno capturando a sus
presas de forma rápida y moviéndose con sigilo con sus alargados y lisos
cuerpos. La lagartija las admiraba tanto que empezó comportarse como una
serpiente, arrastrándose por el suelo como una y sacando su lengua a cada
rato y paseando por los lugares que solían merodear las serpientes. Pero lo
que la lagartija no sabía, era que las serpientes eran una presa para los
halcones, y en un desafortunado día, un halcón que sobrevolaba los cielos,
vio a la lagartija simulando ser una serpiente, y en un rápido y mortal
zarpazo, el halcón se devoró a la lagartija, pensando que era realmente una
serpiente. La lagartija pudo haberse salvado si se hubiera escondido por las
rocas del suelo como las lagartijas normalmente hacen, pero ahora se
convirtió en el almuerzo de un halcón que no ve la diferencia. La moraleja es
que se debe estar conforme siendo uno mismo, pues es lo que nos hace
únicos, y fingir ser algo que no se es, puede hacer que terminemos de una
forma que no queremos.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
5. La cosecha
Una competición fue realizada por los agricultores de una zona de
Guatemala reconocida por sus grandes cosechas. La competición consistía
en que, quien tenga la cosecha más grande para el final de la temporada, se
llevaría un premio que consiste en una enorme suma de dinero. Todos los
participantes, emocionados, comenzaron a preparar sus siembras y a
mantenerlas bien cuidadas para tener la mejor cosecha. Pero uno de los
participantes, confiado y decidido, llamado Roy, se burlaba de los otros
participantes y de sus técnicas para mantener sus siembras, pues según él,
lo más importante para las siembras, más que otorgarles lo esencial como
agua y abono, era hablarle a los cultivos como si fueran personas, pues Roy
creía que hablándole a sus cultivos de forma amigable, tendría una mejor
cosecha. Y así, Roy pasó toda la temporada hablando con sus siembras como
si fueran personas, diciéndoles halagos y alentándolos a ser grandes
cultivos. Pasó más tiempo hablándoles cariñosamente que dándoles otros
cuidados como agua o quitando las malezas que se formaban alrededor,
pero Roy estaba convencido que con sus palabras, tendría la mejor cosecha
y ganaría el premio. El gran día llegó, y todos los participantes llegaron con
sus increíbles cosechas, pero para sorpresa de Roy, sus cosechas resultaron
ser las más pequeñas de la competición, quedando de último lugar, pues
pasó tanto tiempo hablando con sus cultivos, que se olvidó totalmente de
otros cuidados igual o incluso más importantes para los cultivos. La moraleja
es que, aunque las palabras sean importantes, son las acciones las que
determinan el resultado y sustentan las palabras, pues cuando se hace una
promesa, lo más importante es cumplirla.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
6. El colibrí y la cascada
En un exuberante bosque tropical de la espesa selva de petén, vivía un
pequeño colibrí llamado Zephyr, conocido por su vibrante plumaje y su amor
incondicional por las flores. Un día, una sequía implacable azotó el bosque,
secando ríos y marchitando plantas. Mientras los otros animales se
resignaban a su suerte, Zephyr se negaba a rendirse. Con determinación,
comenzó a volar hacia una cascada distante, llevando una gota de agua en
su pico cada vez que regresaba. Su esfuerzo parecía insignificante ante la
vasta sequedad que consumía su hogar. Sin embargo, su persistencia no
pasó desapercibida; inspiró a los demás animales a unirse a su causa. Juntos,
formaron una cadena viviente, transportando agua desde la cascada hasta el
corazón del bosque. Con cada gota, la vida comenzó a brotar nuevamente, y
el bosque renació gracias al coraje de un colibrí. La moraleja es que, no
importa cuán grande sea el desafío, un pequeño acto puede inspirar grandes
cambios.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
7. El anciano y la estrella
En una aldea remota, bajo un cielo estrellado, vivía un anciano llamado Elián.
Cada noche, se sentaba fuera de su cabaña para contemplar las estrellas,
maravillándose de su belleza y misterio. Su favorita era una estrella brillante
que parpadeaba con un resplandor especial. Elián le hablaba a la estrella
como si pudiera escucharlo, compartiendo sus pensamientos más profundos
y sus deseos ocultos. Una noche mágica, su estrella favorita descendió del
firmamento y se transformó en una niña radiante ante sus ojos asombrados.
La llamó Estela y la crió con amor y sabiduría, enseñándole sobre la vida y la
naturaleza humana. A medida que Estela crecía, iluminaba la aldea con su
bondad y alegría. Pero llegó el momento en que debía regresar a su hogar
celestial. Aunque Elián sintió una profunda tristeza al despedirse, su corazón
se llenó de gratitud por los momentos preciosos que compartieron juntos,
pues había encontrado a Estela como una hija, la hija que nunca pudo tener.
La moraleja es que, los regalos más valiosos son aquellos que nunca se
olvidan, aquellos que viven en nuestros corazones.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
8. El árbol viajero
En un bosque frondoso, había un árbol joven que soñaba con explorar el
mundo, se preguntaba qué se sentiría estar frente a los más increíbles
paisajes, ser testigo de los majestuosos acantilados o conocer más allá de lo
que la naturaleza puede ofrecer, la civilización humana y sus maravillas
arquitectónicas. Claro, sin estar consciente de lo que eso conlleva. A pesar
de estar arraigado en el suelo, su deseo de viajar era inmenso. Un día, un
halcón que estaba comiéndose una lagartija, se posó en sus ramas y le contó
historias sobre lugares lejanos en los que había volado. El árbol quedó
asombrado, de solo imaginarlo, sus deseos incrementaban a niveles
estratosféricos. El árbol, cautivado e intrigado, le pidió al halcón que llevara
sus semillas a esos lugares maravillosos, el halcón aceptó y recibió del árbol
uno de sus frutos para que pudiera comérselo y así llevar consigo sus
semillas. Con el tiempo, las semillas del árbol crecieron en diferentes partes
del mundo, cumpliendo así, su gran sueño de viajar, que terminó logrando
gracias al ciclo de la vida, con su descendencia. La moraleja es que, aunque
parezca que estamos limitados por nuestras circunstancias, siempre hay
maneras de alcanzar nuestros sueños.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
9. El laberinto de los espejos
En un reino lejano, se encontraba un laberinto hecho enteramente de
espejos. Se decía que quien lograra atravesarlo encontraría la sabiduría
verdadera. Un joven estudiante, valiente y astuto, pero también nervioso,
decidió enfrentar el desafío. Dentro del laberinto, cada reflejo mostraba una
versión diferente de sí mismo: algunas eran alegres, otras tristes, algunas
sabias y otras temerosas. El joven estudiante se mostró confundido al
principio, desorientado y caminando sin rumbo entre las diferentes facetas
de él mismo, que aunque le parecían familiares, también le asustaban, pues
estaba todo aquello que él temía, todo aquello que él anhelaba, todo eso
reflejado en sus propias expresiones. Pero pronto, el joven estudiante
comprendió que cada reflejo representaba las múltiples facetas de su ser y
que no debía de temer de ellas. Al aceptar cada parte de sí mismo, encontró
la salida del laberinto y con ella, la sabiduría que buscaba. La moraleja es
que, el camino hacia el autoconocimiento está lleno de desafíos, pero
aceptarnos por completo es la clave para encontrar la verdad.
Autor: Juan David Patal Pichiyá
10. El libro sin fin
En una biblioteca antigua y polvorienta se decía que existía un libro sin fin
que contenía todo el conocimiento del mundo. El bibliotecario pasó años
buscándolo entre los estantes interminables, anhelaba el conocimiento
absoluto, pues era lo más valioso en ese momento, en una sociedad que
descuidaba su intelecto constantemente, una sociedad que ya no se
interesaba por leer ni por enriquecer sus conocimientos, por lo que la
biblioteca era cada vez menos visitada, de ahí que estuviera tan polvorienta.
Finalmente el bibliotecario encontró el libro, lo encontró oculto en un rincón
olvidado. Al abrirlo, se dio cuenta de que las páginas estaban en blanco.
Confundido pero no desanimado, comenzó a escribir sus propia historias en
el libro. Desde historias acerca de aves desesperadas, orugas impacientes,
hasta historias sobre agricultores y ancianos nostálgicos. Con cada palabra
que escribía, el libro revelaba secretos antiguos y sabiduría perdida. La
moraleja es que, el conocimiento no está solo en lo que aprendemos de
otros; también se encuentra en las historias que creamos nosotros mismo
Autor: Juan David Patal Pichiyá