PIHSTACOS Y KHARISIRIS…. Mito o realidad? (Ing.
Ayar Gustavo Escobar La Cruz)´
Cualquiera que es originario de los andes o ha vivido en esos lares, ha oído hablar de
este personaje también llamado Nakaq o acaso le ha tocado vivir alguna extraña
experiencia con esta criatura mitológica o….real?. Compartiré algunas vivencias mías al
respecto recogidas en mi peregrinaje por las zonas rurales andinas de todo el país,
varias de las cuales me dejaron por lo menos dudas y quizás algunas certezas. Buena
parte de mi niñez, transcurrió entre las vivencias propias de esa etapa de la vida,
matizadas por frecuentes reuniones familiares que eran siempre animadas por historias
contadas por mis abuelos, abuelas, tíos, tías y mis propios padres en las cuales, escuché
varias veces hablar del mentado personaje y de otros propios de nuestra rica mitología
andina. Entre chuscadas huaracinas, yaravíes ayacuchanos animados por charangos que
tocaba sobre todo mi abuelo, y almuerzos de comida típica de origen diverso, pero sobre
todo de nuestros lugares de origen, Ayacucho y Ancash, estas historias menudearon. La
descripción del personaje, era casi siempre la misma, un hombre generalmente blanco
y barbudo (un “gringo”) que se cargaba a los niños en sacos o se transformaba en algún
animal y hacía desaparecer y degollaba a las personas para sacarles la grasa. Una de mis
tías, muy dada a contar historias, hablaba con tal convicción de su experiencia que sus
relatos infundían temor. Aseguraba haberlo visto y escapado de sus ataques, esto le
ganó que le pongamos el cariñoso apelativo de la “tía misterio” de quien siempre
esperábamos sus historias de aparecidos y almas y entre ellas por cierto la del
“pishtaco”. Los relatos llegaron al punto de intimidarnos tanto que cuando íbamos de
viaje o salíamos al campo, estábamos advertidos de no andar solos hasta pasada las 6
de la tarde que es la hora cuando supuestamente salen estos espantos a buscar a sus
víctimas. No fue sino a la vuelta de unos años cuando, que conocí más detalles del
famoso personaje y pude ver de cerca y vivir experiencias sobre él que por lo menos me
cuestionaron. Hacia finales de la década de 1980, vivía en la periferia de la ciudad de
Huaraz, en el Centro Poblado Monterrey y trabajaba en la Corporación de Desarrollo
Departamental. Por esos años todavía se hacían sentir los rezagos del proceso de
Reforma Agraria, que se inició en 1969 (y duró varios años) que se expresaba en
inacabables gestiones y conflictos entre varias comunidades campesinas en proceso de
reconocimiento y ex hacendados por la posesión y entrega de tierras. Uno de estos, era
el que se daba entre don Demetrio, quien en los tiempos de las haciendas había servido
de capataz a un gamonal “notable” de la región y su comunidad de origen. Al repartirse
las tierras, el predio familiar que se le dejó al latifundista pasó a la conducción de este,
que hay que decirlo, era emprendedor y con la experiencia ganada, montó un establo de
vacas Brown Swiss que mantenía un nivel tecnológico y de producción aceptable. No
obstante, el conflicto persistía y supuso en determinados momentos enfrentamientos y
procesos legales interminables, una herencia que venía desde los tiempos del
gamonalismo. Había quienes decían que Demetrio era un emprendedor que “sabía
trabajar” y que los líos con los comuneros eran “por envidia”, otros lo sindicaban como
un tipo abusivo y manipulador que reunía los rasgos típicos de un “yanacona” de la
época e incluso lo acusaban de ser violento y de contratar gente para que golpee a sus
enemigos y asimismo lo sindicaban de “pishtaco”. Por esos tiempos también, el país y
Ancash eran sacudido por una escalada de violencia política en la que empezaron a
ocurrir en Huaraz y el Callejón de Huaylas, atentados contra torres de alta tensión,
ataques dinamiteros a entidades bancarias y puestos de la policía y asesinatos
selectivos. Una tarde, ya entrada la noche, una columna armada del Partido Comunista
del Perú -“Sendero Luminoso” incursionó en el fundo y le dio muerte a él y a su yerno.
Al parecer los líos aludidos, habían llegado a oídos de los subversivos y estos decidieron
“ajusticiarlo”. Esa noche hubo un apagón y al llegar a mi casa, encontré una yegua con
carga amarrada a un árbol de mi huerta por lo cual me sorprendí. No salía de mi
asombro, cuando apareció la viuda en una crisis nerviosa y contó lo sucedido. Dio cuenta
a la policía, la que se constituyó al fundo (a unos 10 kms de Huaraz) y constató el hecho
y recogió los cuerpos con las autoridades correspondientes. Como era esperable, al día
siguiente el comentario, estaba en el pueblo, pero algo llamó mi atención. La gente
comentaba los hechos luctuosos algo asombrada, con temor, pero a la vez con poca pena.
Finalmente, mi comadre, vecina del pueblo, me dijo con convicción una frase lapidaria:
“ese señor era pishtaco, nosotros no tenemos pena compadrito”. Me quedó la duda
entonces. ¿un hombre sindicado como malvado es siempre un “pishtaco”?. Había
además un elemento adicional que podría sumar a las interpretaciones del penoso
suceso, Demetrio era “colorado”, usaba bigotes y tenía ojos claros. Recordé la
descripción de mi “tía misterio”. Algunos años más tarde, entre 1993 y 1998 trabajaba
en el departamento de Puno, donde estuve por varios años e hice parte de mi vida. Fue
allí cuando tuve mi primera experiencia en zonas aymaras . Primero estuve en
comunidades del distrito de Zepita, cercano a la frontera con Bolivia trabajando con los
Misioneros de Maryknoll en un programa de repoblamiento de alpacas y donde además
dábamos asistencia técnica a criadores de cuyes e instalábamos “carpas solares”
(invernaderos) para el cultivo de hortalizas que no podían prosperar a campo abierto
por el intenso frío. En ese entonces, varias veces oí hablar del “Kharisiri” (el “pishtaco”
de los aymaras) bajo descripciones similares a las que ya había escuchado antes. Tiempo
después ingresé a laborar a un Programa de Riego Regional y nuevamente anduve por
tierras aymaras. Era responsable de promoción y capacitación del Programa y por lo
mismo me tocaba recorrer todas las irrigaciones que se había implementado, dos de las
cuales estaban, una en el distrito de Pilcuyo (que involucraba a varias comunidades) y
otra (en proyecto) en la comunidad campesina de Chajana. Allí volví escuchar del
“Kharisiri” por parte de algunos comuneros y comuneras como un ser realmente
existente, pero sin mayores detalles. No obstante, algo que si me ocurrió los primeros
días que salía a caminar por el campo para hacer mi labor, era que los lugareños me
miraban con desconfianza y algunos niños al verme se metían corriendo a sus casas
como asustados. Las razones eran primero que yo era un desconocido, pero además
tenía algunas características de como se decía era el temido personaje, colorado y
barbudo (para entonces usaba barbas y estás no eran de un solo color). Me llevó cierto
tiempo ganarme la confianza de los campesinos hasta que se convencieran de que yo no
tenía parentesco ni cercanía alguna con el ser que les producía pavor. Tiempo después
ocurrió si un hecho que me acercó de nuevo al personaje. En un viaje que hice a Lima, al
retorno en el trayecto desde el aeropuerto de Juliaca hacia la ciudad altiplánica, me
robaron mi maleta en la “combi” que me traía. Puse la denuncia policial y la
comandancia asignó al SO de 3ra. López para que haga la investigación de mi caso.
Finalmente, llegamos a un acuerdo con el dueño de la movilidad donde ocurrió el robo,
pero en el interactuar de esos días con el policía tejimos cierta amistad. Lo perdí de vista
como un año, al cabo del cual me encontré con él un día en una calle de la ciudad de
Puno. Estaba sumamente delgado y se le veía demacrado. Le pregunté que le había
ocurrido y me contó que un día de feria de contrabando (jueves) había decidido viajar a
la frontera con Bolivia, a Desaguadero a comprar su “cutra” Contaba él que, a su retorno,
por la tarde, se quedó dormido en el bus que lo traía hacia la ciudad y cuando llegó se
dio cuenta que tenía una herida en la barriga, algo así como un pequeño corte con
estilete que incluso me mostró. Luego de ello, se empezó a sentir muy mal y no había
forma de calmar sus dolencias. Del Policlínico de la Sanidad de las Fuerzas Policiales de
Puno fue referido al Hospital Nacional de Policía de Lima porque su salud se veía cada
vez más deteriorada y no podían dar con la etiología de sus males. Ya en el nosocomio
limeño, su estado se agravó aún más y estaba casi desahuciado. En esa circunstancia, un
colega que trabajaba en el Hospital le dijo que había sido atacado por el “Kharisiri” y que
no había otra forma de curarlo que recurrir al tratamiento con “Yatiris” que son sabios
curanderos aymaras que en la zona se les encuentra en diferentes comunidades. Pidió
entonces su alta voluntaria y regresó a Puno desde donde se dirigió casi de inmediato
hacia Ilave en busca de un “Yatiri”. En esa localidad existen varios de estos sabios
algunos de los cuales incluso han estudiado Medicina Tradicional en una universidad de
Bolivia . Pasó una semana con uno de ellos en tratamiento para el daño hecho por el
Kharisiri. Mi sorpresa y mi innata curiosidad antropológica me llevó a pedirle que me
cuente al detalle su experiencia. Según su versión, de la que contó poco y con cierto
recelo, dijo que este le pidió que permaneciera durante una semana con él. El primer día
le indicó que debía bañarse con flores desnudo en una enorme olla de barro mientras
hacía unos cantos, al día siguiente, le cortó la yugular del cuello a un carnero negro y le
hizo tomar la sangre, luego lo llevaría caminando descalzo hacia el lago muy temprano
en medio del frío. En este punto el policía paró el relato y afirmó que ya se sentía mejor
al punto de haber retornado a sus labores después de casi un año. Una historia similar
la había escuchado, pero a través de terceros y también años más tarde en un reportaje
televisivo. En el 2004, me tocó trabajar en Castrovirreyna, una provincia de
Huancavelica. Estaba a cargo de una cadena productiva lechera y residía en la
Comunidad Campesina Sinto-Esmeralda. Mi labor consistía en dar asistencia técnica a
los ganaderos que criaban ganado vacuno para proveer a unas plantas de elaboración
de quesos que había implementado una ONG . Como mi labor empezaba por lo general
en horas de la madrugada cuando el ganado no salía aun a pastorear, me quedaba la
tarde que aprovechaba para recorrer y conocer la zona, pero además practicar mi
deporte favorito: la pesca. El río Pisco que discurre por la zona era más o menos pródigo
en truchas por lo que atrajo mi atención para lo cual debía buscar los mejores “pozos”
para probar suerte y destreza. Busqué entonces a alguien que me hiciera conocer los
“pesqueros”, es así que conocí así a Pedrito un niño de unos 11 años que me llevó a
conocer los mejores lugares. Todo bien hasta que daban las 6 de la tarde en las que casi
con desesperación se despedía y se iba casi corriendo. Le pregunté entonces porqué, su
respuesta fue categórica: “es que hay Pishtacos”. Recordé los relatos de mi niñez. Me
dijo además que tenga cuidado porque le habían advertido que no ande mucho conmigo
porque algunas señoras habían comentado que yo tenía las características del personaje
(¿?) al ser un "shapra"(barbudo) y medio colorado. También me contó que poco tiempo
atrás había llegado por allí una camioneta 4 x 4 con lunas polarizadas (“negras” decía
él) en la cual había “varios gringos así como usted” y la gente tuvo miedo y se resguardó
en sus casas. A los pocos días, según su relato, apareció un señor muerto a la orilla del
río al cual “parecía que le habían sacado toda la sangre”. Mi curiosidad hizo que empiece
a indagar al respecto. Unas semanas después un hecho penoso, removió la usual
tranquilidad de la zona. Aparecieron varias carcazas de vicuñas en la puna (donde había
varias tropas) que habían sido victimadas con la finalidad de sacarles la piel que en el
mercado negro son muy cotizadas . Cuando fuimos a la constatación de los hechos, un
policía me comentó que esa camioneta que había visto el niño era de cazadores furtivos
que aparecían esporádicamente por la zona para hacer su ilícita actividad, algo que tenía
lógica. Lo cierto es que en la zona la gente estaba atemorizada durante buen tiempo, al
punto de que en una ocasión tuve la mala idea de ir casi de noche a hacer una llamada
telefónica a la única cabina de “Telecom” que había en una tiendita que estaba mas o
menos a 1 km a pie por la carretera desde donde vivía. La puerta estaba cerrada así que
toqué y me abrieron por una ventanita desde la que me miraron casi con espanto. Se
negaron rotundamente a atenderme y me dijeron que vuelva al día siguiente, pero de
día. Por suerte o por desgracia, poco tiempo después deje ese trabajo por razones de
salud . Me hubiese gustado quedarme para ver cómo iban evolucionando los
comentarios respecto a mi identidad o si podía como en la zona aymara años atrás,
terminar de ganarme la confianza de los campesinos o terminaba “ajusticiado”. Me iba
quedando claro sí que el personaje, aparte de ser “gringo” estaba siempre asociado a
hechos luctuosos. Más recientemente, hacia el 2009, en la provincia de Cajatambo
ocurrió también otro hecho. Se estaba construyendo un puente en la carretera de acceso
a un caserío cercano a la capital provincial. El residente de la obra era un colega joven
de la especialidad civil. Una tarde, el profesional se quedó hasta casi de noche
acompañado de su ayudante, un joven de la localidad que oficiaba de “portamiras” . Ya
a oscuras, retornaban caminando al pueblo y de pronto el joven tuvo miedo y huyó hacia
el pueblo, al llegar contó lo sucedido a las autoridades, lo que motivó que cuando el
ingeniero llegara sea detenido y puesto en un calabozo acusado de ser “pishtaco”.
Tuvieron que intervenir las autoridades y la policía de la provincia para liberarlo y
determinar que todo era un rumor. El colega no volvió más por la zona. También en el
2009, se informó que en Huánuco en el lapso de pocos años unas 60 personas habían
sido asesinadas con la Wincha, una caja de la que salía una guadaña que decapitaba a las
personas. Según se decía “la leyenda de los Pishtacos se ha convertido en realidad”. La
nota, informaba que Serapio Marcos Veramendi Príncipe (a) “Marco” (uno de los
intervenidos) confesó que la banda tenía un stock de 17 litros de grasa humana. Cada
uno era comercializado en US$ 15 mil a fabricantes de productos de belleza. “Habíamos
traído una muestra a Lima, cuando la policía nos atrapó”, contó el detenido . Las botellas
con el “producto” fueron presentadas por el jefe de la Policía Local con un aire de
solemnidad que por cierto hizo pensar a mucha gente que efectivamente, el mito se hizo
realidad o quizás era un “psicosocial” para distraer la atención del gobierno aprista de
entonces. Según el antropólogo Juan Ansión, el tema de los Pishtacos es muy antiguo en
el mundo andino. En toda la sierra del Perú, se conoce a aquel personaje que mata a
caminantes solitarios (este no fue el caso del policía de Puno) para extraerle la grasa.
Sus orígenes se remontan probablemente a la figura del verdugo del periodo
prehispánico, pero es con la dominación española que apareció su imagen tal como ha
llegado hasta nuestros días. En España se cree en el “sacamantecas” que se suele
representar como un hombre que mata, principalmente mujeres y niños, para extraerles
grasa corporal para hacer ungüentos curativos o jabones. Es por ello que hay quienes
afirman que los invasores “importaron” al personaje para infundir miedo en la gente y
evitar que salgan de noche a conspirar contra ellos y por eso también que en
muchísimos pueblos de nuestros andes hay una cruz en la entrada o salida que sirve
para espantar a los demonios y los “malos espíritus”. No puedo afirmar ni negar la
existencia del “Pishtaco”, “Kharisiri” o “Nakaq”. Los hechos que me tocó ver y vivir me
crearon una serie de cuestionamientos y me dieron pie para pensar sí que está asociado
al invasor (de rasgos étnicos blancos), a muchos siglos de opresión, a la maldad y a la
explotación y que de pronto la convicción de que existe es tan fuerte que se ha llegado
a materializar en hechos, personas o entidades que están aun fuera de nuestra
comprensión.