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Niebla

La obra 'Niebla' de Miguel de Unamuno explora temas como la identidad, el libre albedrío, el amor y la muerte, a través del personaje Augusto Pérez, quien enfrenta su propia existencia como un ente de ficción. Unamuno utiliza un estilo innovador, denominado 'nivola', que rompe con las convenciones narrativas tradicionales, enfatizando el diálogo y la metaficción. La obra se inscribe en la Generación del 98, anticipando temas existencialistas y reflejando una crisis de la realidad y una angustia vital.

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Niebla

La obra 'Niebla' de Miguel de Unamuno explora temas como la identidad, el libre albedrío, el amor y la muerte, a través del personaje Augusto Pérez, quien enfrenta su propia existencia como un ente de ficción. Unamuno utiliza un estilo innovador, denominado 'nivola', que rompe con las convenciones narrativas tradicionales, enfatizando el diálogo y la metaficción. La obra se inscribe en la Generación del 98, anticipando temas existencialistas y reflejando una crisis de la realidad y una angustia vital.

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COLEGIO CONCERTADO VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA “SALDAÑA”

C/ Hospital de los Ciegos,26 Burgos 09003; Telf.: 947 206630


Fax: 947 263185; E-mail: [email protected]
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NIEBLA, MIGUEL DE UNAMUNO


a) Señale el argumento, el tema (o temas) o la estructura del texto (máximo 1 punto)
b) Comente las características formales del texto relacionándolas con el estilo del autor y el movimiento
literario en el que se inscribe. (máximo 2 puntos)

1. TEMAS TRATADOS EN NIEBLA

Niebla (1914) es una obra fundamental en la trayectoria de Miguel de Unamuno y en la evolución de la


narrativa española del siglo XX. En ella, el autor desarrolla una serie de temas filosóficos y existenciales que
se articulan a través de la experimentación formal y la ruptura de los esquemas narrativos tradicionales.

1.1. La identidad y la crisis del sujeto


Augusto Pérez encarna la duda sobre la propia existencia y la incapacidad de definir un "yo" estable. Su
indecisión constante, su falta de propósito vital y su pasividad lo convierten en un personaje cuya existencia
parece depender de factores externos, como el azar, las decisiones de otros personajes y, finalmente, la
voluntad de su propio creador. En la célebre escena en la que Augusto se enfrenta a Unamuno, su angustia
se expresa de manera explícita:
"—¡Pero bueno! ¿De modo que yo no soy más que un ente de ficción! ¿Que no existo más que en tu
imaginación?"
El carácter difuso de Augusto y su imposibilidad de afirmarse como individuo reflejan una de las
preocupaciones filosóficas centrales de Unamuno: la lucha entre la conciencia de la propia existencia y la
sensación de ser una entidad efímera y sin control sobre su destino.

1.2. El problema del libre albedrío y el determinismo


Desde el inicio de la obra, Augusto cree estar tomando decisiones de manera autónoma, pero su vida parece
determinada por una serie de factores ajenos a su voluntad. Su descubrimiento final –que no es más que un
personaje ficticio– constituye la máxima expresión de este determinismo. En su diálogo con Unamuno, este
le revela:
"Usted no es más que un producto de mi fantasía, y no puede vivir ni morir por su propia voluntad."
Este cuestionamiento del libre albedrío enlaza con la visión trágica de la existencia que Unamuno desarrolla
en otras obras, como Del sentimiento trágico de la vida (1912).

1.3. El amor como ilusión y desencanto


El enamoramiento de Augusto por Eugenia está basado en una idealización extrema, más cercana a la
ensoñación que a la realidad. La imposibilidad de concretar este amor y la humillación final a la que se ve
sometido reflejan la desilusión del protagonista y su desconexión con el mundo real:
"No es a usted a quien amo, sino a la idea de amor que usted me inspira."
El amor se convierte en un espejismo, un mecanismo que solo refuerza la fragilidad del protagonista y su falta
de control sobre su propia vida.

1.4. La muerte como última incertidumbre


Uno de los momentos culminantes de la novela es la decisión de Augusto de suicidarse, acto que finalmente
le es arrebatado cuando Unamuno le niega la posibilidad de morir. Esta imposibilidad de elegir su propio fin
refleja la angustia existencial del protagonista y cuestiona la idea misma de la muerte como un acto de
autonomía:
"Si no existo, ¿para qué voy a morir?"
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La muerte se convierte en un concepto inaprensible, subordinado a la voluntad del creador, lo que refuerza
el carácter trágico de la obra.

2. CARACTERÍSTICAS FORMALES DEL ESTILO DE UNAMUNO

Unamuno rompe con la narrativa tradicional y desarrolla un estilo profundamente innovador, caracterizado
por su tono ensayístico, su experimentación formal y su tendencia a la digresión filosófica.

2.1. La nivola como una subversión del género novelístico


Unamuno creó el término "nivola" para definir Niebla y distanciarla de la novela tradicional. La nivola se
caracteriza por la ausencia de descripciones detalladas, la primacía del diálogo sobre la narración y la ruptura
con la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace.
El narrador, desde el inicio, deja claro que la obra no se ajustará a convenciones preestablecidas:
"Y no me venga usted con exigencias de verosimilitud ni de lógica novelística, porque en esto de la novela todo
es convencional."
Este rechazo de las normas narrativas tradicionales refuerza la dimensión experimental de la obra.

2.2. Metaficción y autorreflexividad


Uno de los aspectos más innovadores de Niebla es su carácter metaficcional. La irrupción de Unamuno como
personaje y la conciencia de Augusto de su condición de ente ficticio rompen la barrera entre el autor y la
creación.
"¿Y si no soy más que un personaje de novela? ¿Y si no existo realmente?"
Este recurso no solo genera una estructura narrativa novedosa, sino que convierte la novela en un objeto de
reflexión sobre la naturaleza de la literatura y la creación artística.

2.3. Predominio del diálogo sobre la narración


A diferencia de la novela realista, en Niebla los diálogos tienen una función central en el desarrollo de la
historia y en la exploración de las ideas filosóficas de Unamuno.
"- ¿Y tú crees que hay destino?
- No sé. Yo no sé nada, Eugenia. Vivo en una continua niebla."
Esto le da a la obra una cadencia más cercana al teatro o al ensayo, donde la acción es mínima y el conflicto
principal se desarrolla a través de las conversaciones.

2.4. Estilo sobrio y directo


Frente a la prosa exuberante del modernismo, Unamuno emplea un estilo austero, con frases cortas, ritmo
ágil y una gran presencia de interrogaciones y exclamaciones que reflejan la angustia y el tono filosófico de la
obra.
"¡Dios mío, Dios mío! ¿Pero qué es esto? ¿Qué soy yo? ¿Qué es la vida?"

3. CARACTERÍSTICAS FORMALES EN RELACIÓN CON EL MOVIMIENTO LITERARIO

Niebla se inscribe en la Generación del 98, aunque presenta características que la alejan de la novela típica
del grupo y la acercan a corrientes filosóficas y literarias posteriores.

3.1. Subjetivismo y crisis de la realidad


La obra abandona el realismo objetivo y presenta el mundo desde la perspectiva confusa y fragmentada de
Augusto.
"El mundo entero es niebla, niebla, niebla... No veo claro, no veo claro."
Este uso simbólico de la niebla como metáfora de la incertidumbre vital es un recurso característico del grupo.
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3.2. Filosofía existencialista y angustia vital


Aunque se inscribe en el 98, Niebla anticipa muchos de los temas del existencialismo del siglo XX, como la
angustia ante la muerte y la falta de sentido de la existencia.
"La vida no es más que un sueño, un sueño dentro de otro sueño."

3.3. Innovación en la estructura narrativa


Frente a la novela decimonónica, Niebla adopta una estructura abierta, con una fragmentación temporal y
espacial que rompe con la linealidad tradicional.
"No busque usted realidad en esta historia, que no la hay ni la habrá."
Este rechazo del realismo y la preeminencia de la reflexión existencial vinculan Niebla con las nuevas
corrientes filosóficas y literarias del siglo XX.
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TEXTO 1
Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar
consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el
náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por
entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció
hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y
platicado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para
visitarme.
Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como
un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería y, a una seña mía, se sentó
frente a mí.
Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien,
lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé
diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo demostré
citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como
quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que hasta temblaba. Le
tenía yo fascinado.
– ¡Parece mentira! –repetía–, ¡parece mentira! A no verlo no lo creería... No sé si estoy despierto o soñando...
– Ni despierto ni soñando– le contesté.
– No me lo explico... no me lo explico –añadió–; mas puesto que usted parece saber sobre mí tanto como sé yo
mismo, acaso adivine mi propósito...
– Sí –le dije–, tú –y recalqué este tú con un tono autoritario–, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la
diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes
a consultármelo.
El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para
huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.
– ¡No, no te muevas! –le ordené.
– Es que... es que... –balbuceó.
– Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
– ¿Cómo? –exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
– Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? –le pregunté.
– Que tenga valor para hacerlo –me contestó.
– No –le dije–, ¡que esté vivo!
– ¡Desde luego!
– ¡Y tú no estás vivo!
– ¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? –y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a
sí mismo.
– ¡No, hombre, no! –le repliqué–. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás
ni muerto ni vivo.
– ¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! –me suplicó consternado–, porque son tales
las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
– Pues bien; la verdad es, querido Augusto –le dije con la más dulce de mis voces–, que no puedes matarte porque
no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...
– ¿Cómo que no existo? –exclamó.
– No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las
de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres
más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.
Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen
atravesar la mirada, a ir más allá, miró luego un momento mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el
color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente
a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
– Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de
lo que usted se cree y me dice.
– Y ¿qué es lo contrario? –le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.
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– No sea, mi querido don Miguel –añadió–, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni
vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...
– ¡Eso más faltaba! –exclamé algo molesto.
– No se exalte usted así, señor de Unamuno –me replicó–, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi
existencia...
– Dudas no –le interrumpí–; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.
– Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a
cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales,
sino más reales que Cervantes?
– No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...
– Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido a inerte en la cama sueña
algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?
– ¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? –le repliqué a mi vez.
– En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o
como soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia
independiente de sí.
– ¡No, eso no!, ¡eso no! –le dije vivamente–. Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando
no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.
– Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos...
– Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...
– Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a
quienes usted cree haber inventado. Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don
Fulgencio...
– No mientes a ese...
– Bueno, basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?
– Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo
que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
– Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es muy feo. Y además, aun suponiendo su
peregrina teoría de que yo no existo de veras y usted sí, de que yo no soy más que un ente de ficción, producto de
la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama usted su real
gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen su lógica interna…
– Sí, conozco esa cantata.
– En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que
creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese...
– Un ser novelesco tal vez...
– ¿Entonces?
– Pero un ser nivolesco...
– Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque
usted me lo ha dado, según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me
pide que me suicide...
– ¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!
– A ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la
ciencia más difícil que hay es la de conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio
la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese
conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que el...
– ¿Cuál es? –le pregunté.
Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:
– Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un autor dramático conozca
bien a los personajes que finge o cree fingir...
Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi paciencia.
– E insisto –añadió– en que aun concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio, no puede usted, así como
así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide.
– ¡Bueno, basta!, ¡basta! –exclamé dando un puñetazo en la camilla– ¡cállate!, ¡no quiero oír más impertinencias...!
¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que
no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!
– ¿Cómo? –exclamó Augusto sobresaltado–, ¿que me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?
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– ¡Sí, voy a hacer que mueras!


– ¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! –gritó.
– ¡Ah! –le dije mirándole con lástima y rabia–. ¿Conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate?
¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?
– Sí, no es lo mismo...
– En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto
a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás,
y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.
– Se comprende –observó Augusto–; la cosa era quitar a alguien la vida, matar un hombre, y ya que mató a otro, ¿a
qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor
para matar a otros...
– ¡Ah, ya, te entiendo, Augusto, te entiendo! Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio
o a los dos no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?
– ¡Mire usted, precisamente a esos... no!
– ¿A quién, pues?
– ¡A usted! –y me miró a los ojos.
– ¿Cómo? –exclamé poniéndome en pie–, ¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la imaginación matarme?, ¿tú?, ¿y a mí?
– Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción,
como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle ser... ficticio?
– ¡Esto ya es demasiado –decía yo paseándome por mi despacho–, esto pasa de la raya! Esto no sucede más que...
– Más que en las nivolas –concluyó él con sorna.
– ¡Bueno, basta!, ¡basta!, ¡basta! ¡Esto no se puede tolerar! ¡Vienes a consultarme, a mí, y tú empiezas por discutirme
mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que
me dé la real gana, lo que me salga de...
TEXTO 2
Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
—Pues acabará no siendo novela.
—No, será... será... nivola.
—Y ¿qué es eso, qué es nivola?
—Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don
Eduardo Benoit, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma
heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto!...» «No, señor —le contestó
Machado—, no es soneto, es... sonite.» Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?,
navilo... nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su
género... Invento el género, a inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes
que me place. ¡Y mucho diálogo!
—¿Y cuando un personaje se queda solo?
—Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento un perro a quien el
personaje se dirige.
—¿Sabes que se me antoja que me estás inventando?...
—¡Puede ser!

TEXTO 3
—¿Conque no, eh? —me dijo—, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir,
vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir
ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se
volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo
quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno!
¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos.

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