EL ESTOICISMO: UNA FILOSOFÍA DE LA VIRTUD
1. La virtud es lo único que da valor a la vida
El estoicismo es una escuela fundada por el filósofo Zenón de Citio (334-260 a.C.) en la
ciudad de Atenas. Aunque la historia de la escuela atraviesa diferentes fases nosotros
nos centraremos en el estoicismo romano (siglos I-II d.C.), considerado la etapa más
importante. Dentro de ella destacan tres filósofos; Epicteto, que pasó la mitad de su vida
como esclavo en Roma, enclenque y enfermizo. Marco Aurelio, un conocido emperador
romano que pasó la mayor parte de su vida en guerra con los bárbaros defendiendo las
fronteras del Imperio. Y Séneca, un patricio de la nobleza romana nacido en Córdoba
que ocupó destacados cargos políticos y llegó a amasar una gran fortuna (tanta que el
emperador Nerón, celoso de su patrimonio, lo obligó a suicidarse).
Como filosofía el estoicismo divide todo lo que en el mundo tiene relación con el ser
humano en tres grandes categorías:
• LO BUENO en sí mismo. El estoicismo sostiene la tesis radical de que en esta vida
la práctica de la virtud1 es lo único bueno en sí mismo. El estoicismo entiende la
virtud como ciertas cualidades positivas en relación con la voluntad. Podemos
resumirlas en perseverancia (no rendirse nunca ante las dificultades y tratar de
dar siempre lo mejor de nosotros), serenidad o apatheia (no inquietarse nunca
por nada ni dejarse llevar por las pasiones) y generosidad (esperar y exigir poco
de los demás y compadecerles cuando obren mal en lugar de enfadarse con
ellos).
• LO MALO en sí mismo. El vicio o ausencia de virtud. Para los estoicos el vicio
consiste en cuatro errores fundamentales:
-Actuar movidos por el placer -Actuar para evitar un dolor
-Dejarse llevar por el temor -Dejarse llevar por la ira
Para el estoico, si actuamos de cualquiera de estas cuatro formas lo que hacemos
es perder el control sobre nuestras propias acciones. En otras palabras, dejamos
que sean los demás o las circunstancias los que decidan sobre el rumbo de
nuestra vida.
• LO INDIFERENTE (adiaphora). La salud, el poder, la fama, la belleza, el dinero, la
familia, el amor, un buen trabajo, tener pareja, sacar buenas notas, etc. Se trata
de cosas que, por mucho empeño que pongamos en conseguirlas, al final todas
dependen en mayor o menor medida de la suerte o el azar. Por eso, aunque a
primera vista parezcan cosas buenas, si solo nos centramos en ellas llevaremos
1
Por “virtud” entendemos excelencia moral. Alguien virtuoso es alguien que tiene un comportamiento
ejemplar que sirve de modelo e inspiración para los demás. El modo de comportarse que es común a todos
los héroes y heroínas de la historia y que siempre despierta admiración.
una vida de esclavos en la que nuestra felicidad dependerá de cosas que no
controlamos.
EJEMPLO: Supongamos que para ser feliz necesito sacar un diez en una
asignatura o quedar primero en una competición. Por muchas horas que
dedique a entrenar o a estudiar, pueden pasar mil cosas que me impidan
cumplir mi objetivo y contra las que no puedo hacer nada; puedo
lesionarme la tarde de antes de la competición porque me atropelle un
coche, puede que el día de antes del examen fallezca un ser querido y no
pueda estudiar o no duerma bien esa noche, etc. Si en cambio me
propongo simplemente dejarme la piel entrenando o estudiando y
hacerlo lo mejor que pueda, eso sí que depende solo de mí. Nada ni nadie
podría impedirme cumplir mi objetivo y ser feliz.
[TABLA- RESUMEN]
Bueno en sí Virtud Depende de RACIONAL
nosotros
Indiferente Dones de la fortuna No depende de IRRACIONAL
nosotros
Malo en sí Vicio Depende de IRRACIONAL
nosotros
El estoicismo considera que la mayoría de las personas viven infelices y obran mal en la
vida porque creen (equivocadamente) que los dones de la fortuna son algo deseable y
bueno en sí mismo y se dedican a perseguirlos a toda costa. Es decir, nos hacemos
infelices porque nos confunden las apariencias.
La buena noticia es que, si la virtud es lo único que hace la vida digna de ser vivida y
siempre está en nuestra mano practicarla, en teoría siempre podemos llevar una vida
feliz. Por supuesto, esto no es sencillo. La virtud es un hábito que debemos entrenar cada
día y a cada minuto. De ahí la importancia clave de la perseverancia, el esfuerzo y el
sacrifico que promueve la moral estoica.
2. La concepción estoica del ser humano
Para el estoicismo existen tres dimensiones en el ser humano:
• El cuerpo (soma), que es afectado por el placer y el dolor.
• El alma (psiqué), que es afectada por las pasiones (ira, temor, etc.)
• La razón o entendimiento (nous), que es capaz de juzgar y captar los principios.
Reconoce lo justo y lo distingue de lo injusto, lo correcto de lo incorrecto, lo que
nos daña de lo que nos beneficia, lo que nos conviene y lo que no, etc. Los
estoicos llaman a veces a esto “el guía interior” (daimon), esa “voz de la
conciencia” que nos dice cómo deberíamos actuar en cada momento (aunque no
siempre la escuchemos).
En esta tríada vemos que lo único que en el ser humano es libre de por sí y no está
sometido a nada es su razón. El problema está en que este guía interior no nace libre en
nosotros, sino encadenado por las sensaciones (placer y dolor) y las pasiones (ira o
temor, entre otras). Pensemos en la cantidad de veces que, aun sabiendo perfectamente
lo que deberíamos hacer, no lo hacemos por miedo, porque perdemos las formas, por
vagancia o porque nos falta fuerza de voluntad. Como hemos visto al hablar de las
virtudes estoicas, para liberar nuestra razón hace falta esfuerzo, coraje y disciplina. Como
decían los antiguos, la virtud es un hábito; para lograrla tenemos que entrenar duro
durante toda nuestra vida.
Además, si lo pensamos un poco, parece que la gente se reconoce en lo que hace
razonadamente, pero no en lo que hace movido por sus pasiones. Si por ejemplo alguien
engaña a su pareja una noche habiendo bebido, seguramente a la mañana siguiente dirá
que lo hizo movido por el alcohol pero que “en realidad no quería hacerlo” o que “no
sabía lo que hacía”, que “no era él mismo”. Lo mismo alguien que suspendiese un
examen porque la tarde de antes quería estudiar pero está tan enganchado a su teléfono
que le fue imposible. Lo que en realidad querían los dos era serles fieles a su pareja y
estudiar en serio para el examen, pero algo ajeno a ellos les impidió hacerlo. Incluso
puede que hasta odien ese “yo” que son cuando beben o cuando se pasan el día
enganchados a su teléfono. Para el estoicismo el placer, el dolor o las pasiones son ese
“algo ajeno a nosotros” que muchas veces nos impide actuar como realmente
querríamos. Las cadenas que nosotros mismos le imponemos a nuestro “guía interior”,
a nuestro auténtico Yo.
3. Intelectualismo moral
El intelectualismo moral es el principio que justifica la importancia de la virtud de la
generosidad (entendida sobre todo como compasión hacia los demás) a la que nos
referíamos en el primer apartado. Este principio formulado por el filósofo Sócrates
puede resumirse en la idea de que “nadie hace el mal adrede”. Las personas que se
muestran crueles o insensibles hacia los demás en el fondo lo hacen más por torpeza,
desconocimiento o falta de capacidad que con la clara intención de hacer daño. En otras
palabras, no hay personas (o hay muy pocas) que conscientemente se propongan ser
malas con los demás; lo que hay es muchos torpes, vagos o ignorantes.
EJEMPLO: Imaginemos a un profesor que se mostrase muy autoritario y
desagradable en sus clases. La mayoría de los alumnos pensarán, dejándose
llevar por su primera impresión, que es una mala persona. Pero un estoico,
tratando siempre de ser razonable, pensaría algo como:
“Vaya, se ve que esta persona no es feliz. Probablemente grita y se enfada tanto
con sus alumnos porque no es capaz de dar la clase correctamente. O quizás
tenga en casa algún problema personal y le falte la entereza para no pagarlo con
los demás. Es una lástima, porque su actitud le hará feliz y desgraciado durante
toda su vida si no lo remedia. Pobre hombre. Para él debe ser un horror
enfrentarse cada día a los mismos alumnos sabiendo que lo detestan. Si
entrenase su inteligencia emocional le iría mucho mejor en la vida y sería más
feliz.”
Es decir, en lugar de encolerizarse y dejarse llevar por el odio o el deseo de venganza, un
estoico intentará racionalizar las pasiones (las suyas y las de los demás). No se enfadará
con los que no actúan correctamente, sino que sentirá lástima por ellos, que podrían ser
mejores personas y más felices de lo que son pero no se esfuerzan por mejorar.
4. Carpe diem
En latín, “aprovecha el día”. Este famoso aforismo llama a ocuparnos de lo que realmente
importa en la vida sin posponerlo nunca por miedo o pereza. Como hemos visto el
estoicismo insiste una y otra vez en la importancia de no dejar que nuestra vida dependa
de nada que no controlamos. El tiempo en la vida humana tiene tres dimensiones:
pasado, presente y futuro. Si lo pensamos un momento, es fácil caer en la cuenta de que
ni el pasado (que ya no podemos cambiar) ni el futuro (que es impredecible) dependen
de nosotros. Solo el presente está a nuestro alcance. Si por ejemplo he discutido con un
amigo y le he dicho cosas de las que me arrepiento dejándome llevar por el enfado, ya
no puedo cambiar lo que he hecho. Lo único que depende de mí es pedirle perdón en
este momento, si siento que he actuado mal. Pero si me digo “bueno, puedo pedirle
perdón la próxima vez que nos veamos, ahora no me apetece porque está todo muy
reciente”, en el fondo me estoy engañando. El futuro no depende de mí; ¿Quién me
asegura que mi amigo y yo volveremos a coincidir? ¿Que no tendré que irme a vivir a
otro sitio y dejaré de verle?
No dejar nunca para mañana lo que podamos hacer hoy. Solo nos pertenece el aquí y
ahora. Ejecuta cada acción como si fuera la única oportunidad que tienes de hacerla en
toda tu vida.
EJEMPLO: Supongamos que te gusta el fútbol y sales a jugar tu último partido.
Seguro que te lo tomarías de otra manera. Tratarías de no picarte con nadie, salir
a disfrutar y dar lo mejor de ti sin pensar en nada más. No pensarías en lo mal
que lo hiciste la última vez, ni en ganar la liga, ni en la fiesta de después… solo en
hacerlo lo mejor posible aquí y ahora. Pues así es como hay que vivir.
5. Dos metáforas estoicas sobre la vida
5.1 El cosmopolitismo racional
Los filósofos estoicos se refieren a los que persiguen la virtud como “cosmopolitas”
(“ciudadanos del mundo”). Según esta idea, cuando alguien actúa como le dicta su razón
se diferencia de los demás, que hacen lo que le dicen sus padres, las normas sociales o
las leyes de su país. Para el estoicismo la ley de la razón es la misma para todos los seres
humanos y está por encima de las leyes que redactan los políticos y de las creencias de
la sociedad. Por eso para el estoicismo todos los que obedecen a esta ley universal y se
comportan virtuosamente es como si fueran “ciudadanos del mundo”. Este antiguo
principio es la base en que se fundan hoy en día los Derechos Humanos. En nuestra
sociedad asumimos que existen ciertos derechos que asisten a todas las personas como
seres racionales, independientemente del país en el que vivan, la familia en la que hayan
nacido o la cultura en la que hayan sido educados.
Según este principio del cosmopolitismo, los estoicos consideran que la vida es como
una guerra que libramos en tierra extraña. como seres racionales pertenecemos a “otro
mundo”, y en este estamos de paso para cumplir con nuestro deber y obedecer siempre
el mandato de la razón. Un soldado que combate en tierra extraña solo obedece las
órdenes de su general, por difíciles que sean de cumplir, sin distraerse con nada más.
Pues lo mismo tendríamos que hacer nosotros; obedecer siempre a nuestro guía interior,
la voz de nuestra conciencia, sin dejarnos distraer por las pasiones ni los bienes
indiferentes de la vida hasta que al fin podamos regresar a casa.
5.2 La creencia en el destino
Los filósofos estoicos creían en el destino o fatum. Para ellos el mundo estaba gobernado
por un plan racional o Providencia dictada por la divinidad desde el comienzo de los
tiempos. Como nuestro tiempo en la vida es muy breve los mortales no podemos
conocer el plan divino, pero todo lo que sucede en el mundo está previsto y debe
suceder así necesariamente. Por eso no tiene sentido enfadarse ni lamentarse cuando
un familiar enferma, sufrimos un accidente o alguien cercano fallece. Todo está previsto
según el plan racional de la divinidad. Hay que acatarlo y someterse a él, soportando con
entereza y buen ánimo todas las dificultades que nos depare el futuro.
Si esto es así, la vida se parece mucho a una obra de teatro. No hay que quejarse del
papel que nos ha tocado jugar en nuestra vida, sino representarlo lo mejor que podamos.
Si interpretamos así la vida, tampoco deberíamos temer a la muerte. Igual que sería
ridículo que un actor se empeñase en permanecer en escena cuando su papel ya ha
terminado, es irracional y absurdo querer aferrarse a la vida a toda costa. Cuando
nuestro papel toque a su fin hay que saber abandonar la escena a tiempo y con dignidad.