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Tournay Salmos

El documento analiza la naturaleza y el origen de los salmos, destacando su división en cinco libros y la variedad de géneros literarios presentes. Se enfatiza su importancia en la liturgia cristiana y su conexión con la historia de la salvación, así como su interpretación en el contexto del Nuevo Testamento. Además, se aborda la evolución de la comprensión de los salmos desde una perspectiva judía a una cristiana, resaltando su relevancia continua en la oración y la vida espiritual de la Iglesia.
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El documento analiza la naturaleza y el origen de los salmos, destacando su división en cinco libros y la variedad de géneros literarios presentes. Se enfatiza su importancia en la liturgia cristiana y su conexión con la historia de la salvación, así como su interpretación en el contexto del Nuevo Testamento. Además, se aborda la evolución de la comprensión de los salmos desde una perspectiva judía a una cristiana, resaltando su relevancia continua en la oración y la vida espiritual de la Iglesia.
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Raymond J.

Tournay

Los salmos

1. La denominación «salmos», que aparece repetidamente en el NT (Lc 20,


42; Hech 1, 20; 13, 33), se debe a la septuaginta, donde psalmoí encabeza
como título el libro de los s., mientras que en la Biblia hebraica no hallamos
ningún título conjunto para esta parte de la Escritura. Psalmos es sin duda la
traducción del hebreo hizmór, antepuesto a modo de lema al salmo 57, que
significa «canción» (para instrumento de cuerda). Los 150 salmos se dividen en
cinco libros. La tendencia elohísta o yahvista en el uso del nombre de Dios indica
la existencia de anteriores colecciones parciales; y lo mismo se deduce de las
inscripciones antepuestas a los s. (por ejemplo «de David», «de Asaj», «de
Qóraj»). Pero el sentido de estas inscripciones es muy discutido. Junto a esto se
encuentran también indicaciones musicales, litúrgicas e históricas.

En el texto hay muchos lugares oscuros. Apenas es posible la


reconstrucción de un texto original, pues los salmos fueron cambiados
frecuentemente en el curso de su historia y acomodados a las circunstancias del
momento. A la misma conclusión nos llevan las diversas traducciones (por
ejemplo la de los LXX), las cuales con frecuencia son defectuosas y se basan en
distintas variantes del texto. Bajo el aspecto de la historia de las formas, dentro
del libro de los salmos cabe distinguir diferentes géneros, cuyas características
nos permiten sacar conclusiones sobre las circunstancias, el lugar y el tiempo del
nacimiento y del uso del cántico. Así podemos distinguir las siguientes clases de
salmos: himnos, súplicas, quejas, maldiciones, canciones de gratitud, salmos
reales, doctrinales y sapienciales. También es importante la distinción entre los
salmos de devoción colectiva y los de devoción individual, entre los que eran
usados en la liturgia y los que se usaban fuera de ella.

2. Poco podemos decir sumariamente acerca del origen y del autor de los
salmos. Estas preguntas sólo pueden ser tratadas en la exégesis de cado uno en
particular. Pero no es posible sostener, como antes se hacía sin ningún espíritu
crítico, que su autor sea David, ni la opinión defendida hacia finales del siglo
XIX, según la cual los salmos en su conjunto son postexílicos o proceden del
tiempo de los Macabeos. Sin duda algunos s. se remontan a la época de los
reyes. Los salmos constituyen el libro de canciones del judaísmo postexílico
hasta la destrucción del templo en el año 70 d.C.

3. Hoy día, lo mismo que en los orígenes del cristianismo (Hech 4, 25; 16,
25; Ef 5, 19; Col 3, 16;,Ap 15, 3), la colección de los 150 salmos es para la
Iglesia el libro privilegiado de su oración. En la liturgia de la misa y en el culto en

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general, particularmente en el breviario, se hace abundante uso de ellos. No
pocos salmos expresan lo que sienten los sacerdotes y levitas, portavoces de la
comunidad de los «pobres». La comunidad, privada de su rey, sin independencia
política, lucha por su fe y pone su confianza sólo en Yahveh, Dios de los padres
de la alianza. A pesar de sus pruebas, espera el advenimiento del reino de Dios y
de su representante, el rey-mesías, hijo de David, salvador de Israel y vencedor
del mal (cf. Sal 2, 18, 72, 110, 144).

Ya sean himnos de alabanza que celebran los atributos de Yahveh (sobre


todo su amor y su verdad), sus obras en la creación y en la historia sagrada, o
acciones de gracias por los beneficios recibidos (salida de Egipto, don de la ley
en el Sinaí, conquista de Canaán, liberación de Jerusalén, etc.), o expresiones de
fe serena y humilde, o canciones de queja (el grupo más importante); todos
estos géneros literarios emplean palabras e imágenes sencillas, subrayadas por
un ritmo suave y por el uso poético del paralelismo. El tono es a veces el de un
sabio que enseña el camino de la verdad y de la dicha. Generalmente, los
salmistas explotan los escritos antiguos (códigos de leyes, sobre todo el
Deuteronomio, oráculos, poemas, narraciones, escritos didácticos), haciendo
alusiones implícitas, consistentes en usar sus formulaciones en un nuevo
contexto (estilo «antológico»). El salterio es así la encrucijada de todos los libros
y tradiciones bíblicas, cuya síntesis hace en forma lírica.

Escritura inspirada y palabra de Dios, el salterio anuncia a los judíos el


misterio de la salvación eterna, que se realizará en Cristo (Lc 24, 44); nos
transmite la oración de los hombres del AT, aquel largo tiempo de catecumenado
en que Israel se preparó para la venida de su Mesías. Ningún otro libro del AT es
tan frecuentemente citado en el NT a propósito de Cristo Señor, hijo de David
(Mt 21, 16; Hech 3, 34), hijo de Dios (Jn 10, 34) y de los principales episodios
de su vida terrena. Jesús refiere los salmos a él mismo (35, 19; 69, 5 [Jn 15,
251; 110, 1 [Mt 22, 44]; 118, 26 [Mt 23, 38]; reza sobre la cruz el salmo 22 (Mt
27, 46); su última palabra (Lc 23, 46), repetida por Esteban (Hech 7, 59), está
tomada del salmo 30, 6. Los Hechos de los Apóstoles (1, 16; 2, 29; 4, 11; 13,
35) y las cartas de Pablo (Heb 1, 5; 8, 12; 10, 5; 13, 6) se refieren con
frecuencia a los s. Así como no hay más que un salvador, desde Yahveh hasta
Jesús, desde Israel hasta la Iglesia «así también es siempre "su pueblo" aquel al
que Dios erige, congrega, libera y somete a prueba, es siempre su siervo
paciente aquel al que él escucha y glorifica. Pero, después de la muerte y
resurrección de Cristo, el pueblo de Dios no es ya el Israel carnal, sino su Iglesia
universal; su templo no es ya el edificio de piedra de Jerusalén, ni Sión es ya el
monte de Judea, sino el cuerpo de Cristo resucitado y toda la casa de los
bautizados. Su siervo paciente y luego glorificado es Jesús y, en él, todos los que
continúan su pasión. Los enemigos de su pueblo no son ya las naciones

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humanas o los pueblos vecinos, sino las potencias del mal que se oponen a su
reino en el mundo y en cada uno de nosotros» (R. TOURNAY, Le Psautier de la
Bible de Jérusalem, P 1961, p. 17-18).

Si los salmos se han convertido en la oración cristiana por excelencia, la


razón no está en que ellos son valiosas oraciones, sino en que van
inseparablemente unidos a la única historia de la salvación y continúan
enseñando a los creyentes el lenguaje del pueblo elegido, que expresó en los
salmos su experiencia de Dios. Nuestra inteligencia de los salmos es incluso más
perfecta que la de los antiguos judíos, pues supone el cumplimiento de lo que
entonces era solamente esbozo y figura. Así, el comienzo del s. 23: « El Señor
es mi pastor», adquiere su plena significación cuando se aplica a Cristo (Jn 10,
14) y a su obra salvífica. El conjunto de los salmos ha de leerse bajo un enfoque
cristiano. Compuestos hace tantos siglos por judíos que no barruntaban aún la
vida futura y aplicaban todavía la ley del talión, estos poemas adquieren en
labios cristianos un alcance nuevo. Cada cristiano es Israel, el pueblo escogido y
sacado de la esclavitud en Egipto y del destierro en Babilonia, invitado a comer
en el banquete pascual y a caminar por el desierto bajo la guía del buen Pastor
hasta llegar al prometido país de la gloria. Es también el Israel infiel a la alianza,
manchado por los ídolos, arrepentido y perdonado luego. Es finalmente el Israel
despreciado, perseguido, molido por el sufrimiento, restaurado luego, renovado
y tratado como esposa querida, como princesa admitida a las bodas reales (Sal
45).

Incluso en la nueva ley, que es ley de amor, las imprecaciones y


maldiciones (Sal 109, etc.) siguen teniendo su razón de ser con relación al mal y
al pecado. La Iglesia sostiene una lucha sin cuartel contra todas las formas de
impiedad dentro y fuera de ella; y esta lucha se extiende a nuestro propio
interior, pues nosotros con demasiada frecuencia somos todavía hombres del AT.
Las maldiciones del salterio alimentan en nosotros el odio al pecado, la
sensibilidad para la voluntad de Dios, el deseo de vencer la tentación, la
certidumbre de la victoria futura. Por lo demás, el salmista, aunque no conoce
todavía la esperanza de la retribución futura, sabe sin embargo que la unión del
corazón con Dios es el bien supremo e insuperable del justo (Sal 73, 23ss; 119,
33, 112). Siguiendo al profeta Jeremías, el padre de la piedad judía, el salmista
no quiere verse separado de Dios. A través del salmo 16, ligeramente cambiado
en su versión griega. Pedro muestra cómo -el deseo del salmista está superado
y colmado más allá de toda esperanza por la resurrección de Jesús (Hech 2,
25ss; 13, 35). Considerada a veces como inspirada, esta versión de los LXX
representa una reelaboración judía del salterio, hecha en función de un estadio
más avanzado de la revelación, que preludia así el NT.

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Esa inteligencia cristiana de los salmos, lejos de infligirles violencia,
descubre todas las riquezas contenidas en ellos. No desconoce su sentido propio
y literal, sino que manifiesta la plena verdad cumplida en Cristo Jesús (sentido
alegórico de los padres); así nos permite reconocer en los salmos nuestra propia
historia (sentido moral o «tropológico»); y nos hace, en fin, presentir la
consumación de la historia de la Iglesia (sentido «escatológico»).

Raymond J. Tournay

Extraído de [Link]

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