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El Ramo Azul

El documento presenta dos relatos, 'El ramo azul' y 'Almohadón de plumas', que exploran temas de miedo, vulnerabilidad y la complejidad de las relaciones humanas. En 'El ramo azul', un hombre enfrenta una amenaza mortal en un pueblo desolado, mientras que 'Almohadón de plumas' narra la trágica historia de una mujer que se enferma debido a un parásito oculto en su almohada. Además, se incluye una breve biografía del escritor Juan José Arreola, destacando su influencia en la literatura mexicana.

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El Ramo Azul

El documento presenta dos relatos, 'El ramo azul' y 'Almohadón de plumas', que exploran temas de miedo, vulnerabilidad y la complejidad de las relaciones humanas. En 'El ramo azul', un hombre enfrenta una amenaza mortal en un pueblo desolado, mientras que 'Almohadón de plumas' narra la trágica historia de una mujer que se enferma debido a un parásito oculto en su almohada. Además, se incluye una breve biografía del escritor Juan José Arreola, destacando su influencia en la literatura mexicana.

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EL RAMO AZUL

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién


regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas
grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco
amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el
cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su
escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y
aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche,
enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié
el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la
toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado,
me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho
estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la
escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto
tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado.
Con voz ronca me preguntó:

- ¿Dónde va señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.

Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no


veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De
pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado
a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré
el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos
vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían
establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema
de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del
grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas
de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién
dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer,
describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa
minúsculo.

Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese
momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al
cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no
acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches
sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se
acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco,
bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en
mi espalda y una voz dulce:

-No se mueva, señor, o se lo entierro.


Sin volver la cara pregunte:
- ¿Qué quieres?
-Sus ojos señor –contestó la voz suave, casi apenada.
- ¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero.
No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a
matarme.
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos
que los tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro.
Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la
luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los
ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las
puntas de los pies y me contempló intensamente.
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
- ¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
- ¡Ah, ¿qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia
atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía
lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien –ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció.

Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A
tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo
desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la
puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente hui de aquel pueblo.
ALMOHADON DE PLUMITAS
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y
tímida, el carácter duro
de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería
mucho, sin embargo, a
veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de
noche juntos por la calle,
echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo
desde hacía una hora.
Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin
duda hubiera ella deseada menos severidad en ese rígido cielo de amor, más
expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía
siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del
patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal
impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve
rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al
cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un
largo
abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había
concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la
casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró
insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir
al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto
Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en
seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su
espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los
sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin
moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció
desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole
calma y descanso absoluto.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene
una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada. Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatase una anemia de marcha
agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba
visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas
y
en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán
vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de
un
extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A
ratos
entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama,
mirando
a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y
que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente
abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.
Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para
gritar,
y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo
rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la
mano
de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la
alfombra
sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se
acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.
En la
última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de
uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al
comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio...
poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la
mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que
remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad,
pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de
noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la
sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde
el
tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.
No
quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores
crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la
cama y
trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.
Las
luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el
silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la
cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró
un
rato extrañado el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que
parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda,
a
ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas
oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil
observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél,
lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le
erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa
del
comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron,
y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos
crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente
las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa.
Estaba
tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente
su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre.
La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había
impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la
succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en
ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles
particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
Juan José Arreola
Fue un escritor, académico, traductor y editor originario de Zapotlán
el Grande, Jalisco, México. Nació el 21 de septiembre de 1918 y
falleció el 3 de diciembre de 2001, a los 83 años de edad. Destacó
enormemente por sus obras literarias, como Con fabulario (1953),
Bestiario (1959) y La feria (1963). Es considerado como parte de la
generación del 50 junto con autores como Emilio Carballido, Sergio
Magaña y Juan Rulfo.

Arreola tuvo un acercamiento al mundo editorial con trabajos de juventud como el


de encuadernador y en una imprenta. A sus 15 años ya había leído a autores
como Baudelaire, Dante y Whitman. Con 18 años viajó a la Ciudad de México para
estudiar en la Escuela Teatral de Bellas Artes. Durante ese periodo trabajó como
actor en radionovelas y teatro, pero abandonó los estudios para trabajar en la
compañía Teatro de Medianoche. Sin mucho éxito, decidió volver a Zapotlán,
donde en 1940 publicó el cuento “Sueño de Navidad”. Arreola es considerado
autodidacta y de actitud muy peculiar, tal vez desarrollada por su formación teatral,
o posiblemente fue precisamente su personalidad única lo que lo llevó por el
camino del arte.
Pese a ese inicio complicado en el teatro, Arreola continúo en compañías y
escuelas de este género, dirigiendo y enseñando; en 1956 es invitado a dirigir una
compañía teatral patrocinada por Difusión Cultural de la UNAM, la cual se llamó
Poesía en Voz Alta.
Las obras literarias de Arreola están influenciadas por autores como Marcel
Schwab, Julio Torri, Franz Kafka y Jorge Luis Borges, pero desarrolla un estilo
único en las letras mexicanas. A pesar de que su literatura ha sido acusada de
estar desentendida de la realidad en la que se desenvuelve el creador, en Arreola
se encuentran diversos cuentos, como “El guardagujas”, en los que revela que
está constantemente preocupado por el verdadero sentido del mundo en que vive.
A lo largo de su vida fue galardonado con una gran cantidad de distinciones, como
el Premio Jalisco de Literatura 1953, el Premio Festival Dramático del INBA 1955
por La hora de todos, el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1979, el Premio
Internacional Alfonso Reyes 1995. Fue doctor honoris causa por la Universidad de
Colima y por la Universidad Autónoma Metropolitana. La Universidad del Claustro
de Sor Juana, Casa Lamm y el Centro Universitario de Integración Humanística y
de Estudios Universitarios de Londres le entregaron una de las 17 medallas a los
sabios de fin del siglo XX.
Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos
Estimable señor:
Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que
me cobró por reparar
mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me
veo precisado a dirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido.
Recibí mis zapatos muy
contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la
economía que acababa de
realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Estas fueron
precisamente sus palabras y puedo repetirlas).
Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné
detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y
resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy
razonable.
Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía,
casi
siempre deprimente.
Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente
arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus
materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy alto su marca de fábrica.
Me
prometió, en suma, un calzado flamante.
Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente y me descalcé para
comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted
una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitaron mis
esfuerzos infructuosos.
Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las personas,
mis pies están hechos de una materia blanda y sensible. Me encontré ante unos
zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se las arregló usted para dejar mis
zapatos inservibles. Allí están, en un rincón, guiñándome burlonamente con sus
puntas torcidas.
Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar cuidadosamente el
trabajo que usted había realizado. Debo advertir a usted que carezco de toda
instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es que hay zapatos que me
han
hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y
flexibles
eran.
Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me habían servido
fielmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban en ellos como pez en el
agua. Más que zapatos, parecían ser parte de mi propio cuerpo, una especie de
envoltura protectora que daba a mi paso firmeza y seguridad. Su piel era en
realidad una piel mía, saludable y resistente. Sólo que daban ya muestras de
fatiga.
Las suelas, sobre todo: unos amplios y profundos adelgazamientos me hicieron
ver
que los zapatos se iban haciendo extraños a mi persona, que se acababan.
Cuando
se los llevé a usted, iban ya a dejar ver los calcetines.
También habría que decir algo acerca de los tacones: piso defectuosamente, y
los tacones mostraban huellas demasiado claras de este antiguo vicio que no he
podido corregir.
Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos. Esta ambición
no me parece censurable: al contrario, es señal de modestia y entraña una cierta
humildad. En vez de tirar mis zapatos, estuve dispuesto a usarlos durante una
segunda época, menos brillante y lujosa que la primera. Además, esta costumbre
que tenemos las personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco,
el
modus vivendi de las personas como usted.
Debo decir que del examen que practiqué a su trabajo de reparación he sacado
muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no ama su oficio. Si usted,
dejando aparte todo resentimiento, viene a mi casa y se pone a contemplar mis
zapatos, ha de darme toda la razón. Mire usted qué costuras: ni un ciego podía
haberlas hecho tan mal. La piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes
de las suelas son irregulares y ofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad,
usted
carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto indefinible.
Recuerde usted, gastados y todo, conservaban ciertas líneas estéticas. Y ahora...
Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una caverna
siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y de pronto un
tope;
algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar a la punta. ¿Es posible?
Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son como los suyos, si es que
acaso
usted tiene extremidades humanas.
Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor a su oficio y es cierto. Es
también muy triste para usted y peligroso para sus clientes, que por cierto no
tienen
dinero para derrochar.
A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no soy mezquino.
Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de
destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su
propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos para infundirle respeto por
ese
oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con
alegría en un día de juventud...Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos,
tiene
tiempo para volver a comenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de
calzado.
Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan a ser los de antes, que no
trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino para poner en
práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han quedado
irremisiblemente burladas en mis zapatos.
Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con dedicación y
esmero mis zapatos infantiles. Pero esta carta no debe catequizar a usted con
ejemplos.
Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace
en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y
recoja
mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán
en
su sitio.
Yo le prometo que, si mis pies logran entrar en los zapatos, le escribiré una
hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como hombre cumplido y modelo
de artesanos.
Soy sinceramente su servidor.

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