El Susurro del Bosque
Cuando Daniel llegó al viejo bosque detrás de la cabaña de su abuelo, el aire estaba
cargado de un silencio espeso. Los árboles se mecían levemente, aunque no soplaba
viento. Algo en ese lugar siempre le había incomodado.
De niño, su abuelo le decía que el bosque tenía voz propia, que susurraba secretos a
quienes sabían escuchar. "Pero solo si prestas atención", agregaba con una sonrisa
misteriosa. Daniel nunca le creyó del todo, aunque en lo más profundo de su mente, la idea
se quedó grabada como una advertencia.
Ahora, años después, tras el fallecimiento de su abuelo, había regresado a la cabaña para
organizar sus cosas. El bosque seguía allí, imponente y oscuro, como si el tiempo no
hubiera pasado.
Esa noche, sin saber muy bien por qué, Daniel sintió el impulso de adentrarse en él.
Caminó entre los troncos retorcidos, sintiendo el crujido de la hojarasca bajo sus pies. El
aire estaba denso, impregnado con el aroma a tierra húmeda y madera vieja. Y entonces,
lo escuchó.
Un murmullo suave, como si las hojas estuvieran compartiendo un secreto entre ellas. Se
detuvo en seco. No había viento.
El susurro se repitió, más claro esta vez. No eran palabras exactamente, sino una melodía
baja y arrastrada, como un canto antiguo que alguien intentaba recordar. Daniel tragó saliva.
Su abuelo hablaba de los susurros del bosque, pero… ¿acaso era posible?
Dio un paso atrás. Sus botas rechinaron sobre el suelo húmedo.
Y entonces, las sombras comenzaron a moverse.
Primero, fue un leve parpadeo en su visión periférica. Algo oscuro entre los árboles,
demasiado alto, demasiado delgado. Luego, un sonido más fuerte, un crujido de ramas,
como si algo se estuviera desplazando entre los troncos.
Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba solo.
—¿Hola? —su propia voz sonó temblorosa, casi ajena.
El bosque no respondió. Solo el mismo susurro, envolviendo el aire, llenando los espacios
entre los árboles. Más fuerte. Más cerca.
Y entonces lo vio.
Apenas una silueta entre las sombras. Dos ojos brillando como brasas encendidas en medio
de la oscuridad. Era alto, más alto que cualquier humano, con extremidades largas y
huesudas. No caminaba; flotaba, deslizándose suavemente entre los árboles, acercándose
sin hacer ruido.
El corazón de Daniel latía con fuerza en su pecho. Corre. Su mente le gritaba que corriera,
pero su cuerpo estaba paralizado.
El susurro cambió. Ahora sí eran palabras. Palabras en un idioma que no comprendía, pero
que, de alguna forma, parecían llamarlo.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Ese no era el bosque. Eso era algo más. Algo que
había estado esperando, escondido entre las sombras durante quién sabe cuánto tiempo.
Daniel sintió que la tierra bajo sus pies se volvía más blanda, como si el bosque intentara
atraparlo. Dio un paso atrás, luego otro, y de repente…
La voz cambió.
—Daniel…
Un susurro bajo y frío, que llevaba su nombre.
Entonces reaccionó. Se giró y corrió con todas sus fuerzas. Atravesó las ramas, tropezó con
raíces, sintió el aire cortándole la piel. No se atrevió a mirar atrás. Sabía que algo lo
seguía.
Solo cuando vio las luces de la cabaña se permitió respirar. Se lanzó contra la puerta y la
cerró de golpe. Afuera, la noche seguía en calma, como si nada hubiera pasado.
Pero Daniel sabía la verdad.
El bosque tenía voz.
Y esa noche, había decidido hablarle.