El Último Tren
Martín llegó a la estación con el corazón acelerado. La pantalla de horarios parpadeaba:
Último tren: 23:45. Miró su reloj: 23:42. Aún tenía tiempo.
Las luces fluorescentes de la estación parpadeaban débilmente, lanzando sombras sobre el
suelo de baldosas grises. Alrededor, la gente caminaba con prisa, cargando maletas,
empujando coches de bebé, despidiéndose con abrazos rápidos o simplemente
deambulando sin rumbo. Para Martín, todo era un borrón. Su única misión era alcanzar el
andén antes de que fuera demasiado tarde.
Corrió, esquivando pasajeros y empleados con chalecos naranjas. El silbido del tren
retumbó en el aire. No, no podía perderlo. No esta vez.
Cuando llegó al andén, las puertas estaban a punto de cerrarse. Sin pensarlo, dio un salto y
logró entrar justo a tiempo. La bocina del tren sonó y, poco a poco, comenzó a moverse. Se
dejó caer en el asiento más cercano, tratando de recuperar el aliento.
Solo entonces levantó la vista y la vio.
Frente a él, en el otro extremo del vagón, una mujer lo observaba con una leve sonrisa.
Ana.
Su corazón pareció detenerse. Era imposible. Ana, la misma Ana que había dejado atrás
tantos años antes, en otra estación, en otra vida.
Ella inclinó la cabeza con curiosidad, como si estuviera esperando a que él hablara primero.
—Sabía que tomarías este tren —dijo ella, con voz suave.
Martín sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se quedó en silencio, sin saber qué
responder. Durante años, había imaginado este momento. ¿Cuántas veces soñó con
encontrarla de nuevo? ¿Cuántas veces se reprochó no haber hecho las cosas de otra
manera?
—No puedo creer que seas tú… —logró decir al fin.
Ana soltó una risa ligera, como si le divirtiera su reacción.
—He estado aquí todo el tiempo, Martín. Solo estabas mirando en la dirección equivocada.
Él frunció el ceño. Sus palabras tenían un peso extraño, como si escondieran un significado
más profundo.
El tren avanzaba en la oscuridad de la noche, atravesando paisajes borrosos que Martín
apenas reconocía. Fuera, las luces de la ciudad titilaban como estrellas distantes. El vagón
estaba sorprendentemente vacío, salvo por ellos dos y un anciano dormido en un rincón.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
Ana lo miró por un instante antes de responder:
—Al mismo sitio que tú.
Un silencio cayó entre ellos. Martín sintió un nudo en el estómago. Algo no encajaba. Algo
estaba mal.
Miró a su alrededor. El vagón parecía más viejo de lo que recordaba al subir. Las paredes
tenían marcas de óxido, los asientos estaban desgastados y la luz del techo parpadeaba
con intermitencias inquietantes.
—¿Qué es este tren, Ana?
Ella lo miró con ternura, pero en su mirada había algo más. Una tristeza profunda, infinita.
—Es el último tren, Martín —susurró—. Nuestro último tren.
Él sintió un escalofrío. Quiso responder, pero antes de que pudiera decir algo, la estación
desapareció por completo. El tren siguió avanzando en la negrura.
Y entonces, lo entendió.