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Unas Galletas de Muerte Joanne Fluke

Hannah Swensen, dueña de una panadería en Lake Eden, se enfrenta a la presión de su madre para casarse y a un misterio cuando el repartidor de periódicos, Ron LaSalle, es encontrado muerto en su negocio. Decidida a proteger la reputación de su panadería y resolver el crimen, Hannah se embarca en una investigación que podría complicar su vida dulce. La historia combina elementos de misterio y humor, destacando la personalidad de Hannah y su relación con su entorno.

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Unas Galletas de Muerte Joanne Fluke

Hannah Swensen, dueña de una panadería en Lake Eden, se enfrenta a la presión de su madre para casarse y a un misterio cuando el repartidor de periódicos, Ron LaSalle, es encontrado muerto en su negocio. Decidida a proteger la reputación de su panadería y resolver el crimen, Hannah se embarca en una investigación que podría complicar su vida dulce. La historia combina elementos de misterio y humor, destacando la personalidad de Hannah y su relación con su entorno.

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Hannah está ocupada intentando esquivar los intentos de su madre por

casarla mientras dirige la panadería más popular de Lake Eden. Pero


cuando encuentran a Ron LaSalle, el querido repartidor de periódicos
muerto en la parte trasera de su panadería, su vida ya no puede ir a peor.
Decidida a no dejar que aquello afecte a la reputación de su establecimiento
y sus famosas galletas, se propone descubrir al asesino. Pero si no anda con
cuidado, su dulce vida podría amargarse. Nadie te sirve un misterio tan
delicioso y lleno de suspense como Hannah Swensen, la heroína pelirroja
repostera de Joanne Fluke, cuyas galletas de jengibre son tan ácidas como
sus réplicas.
Joanne Fluke

Unas galletas de muerte


Hannah Swensen - 1

ePub r1.1
Titivillus 03-03-2024
Título original: Chocolate Chip Cookie Murder
Joanne Fluke, 2023
Traducción: Vicente Campos González

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1
CAPÍTULO UNO

H annah Swensen se puso la vieja cazadora de cuero que había


recuperado de la tienda de beneficencia de ropa de segunda mano
Helping Hands y se agachó para tomar en brazos al inmenso gato
macho naranja que se frotaba contra sus tobillos.
—Muy bien, Moishe. Puedes repetir una vez, pero te tiene que durar
hasta la noche.
Mientras llevaba a Moishe a la cocina y lo dejaba junto a su cuenco de
comida, Hannah recordó el día que el gato había acampado delante de la
puerta de su apartamento. Tenía una visible mala pinta, con el pelaje
apelmazado y mugriento, y ella lo metió en casa inmediatamente. ¿Quién
iba a adoptar a un gato de casi doce kilos, medio ciego, con una oreja
desgarrada? Hannah le había puesto el nombre de Moishe, y aunque
ciertamente no habría ganado ningún premio en el Club de Amantes de los
Gatos de Lake Eden, se había establecido un vínculo instantáneo entre
ambos. Los dos estaban curtidos en la lucha: Hannah por los
enfrentamientos semanales con su madre y Moishe por su dura vida en las
calles.
Moishe gruñó satisfecho mientras Hannah le llenaba el cuenco. Parecía
debidamente agradecido por no tener que mendigar ya comida ni refugio y
mostraba su agradecimiento de incontables formas. Esa misma mañana,
Hannah había encontrado los cuartos traseros de un ratón en el centro de la
mesa de la cocina, al lado de la mustia violeta africana que siempre se
olvidaba de regar. Mientras que la mayoría de sus contemporáneas
femeninas habría llamado a gritos a su marido para que quitara de en medio
aquella repugnante visión, Hannah había agarrado el cadáver por la cola y
elogiado profusamente a Moishe por mantener su apartamento sin roedores.
—Nos vemos por la noche, Moishe. —Hannah le dio una cariñosa
palmada al gato y recogió las llaves de su coche. Estaba poniéndose los
guantes de cuero, preparándose para salir, cuando sonó el teléfono.
Hannah miró el reloj de pared con forma de manzana que había
encontrado en un mercadillo de segunda mano. Solo eran las seis de la
mañana. Su madre no la llamaría tan temprano, ¿no?
Moishe levantó la vista de su cuenco con una expresión que Hannah
interpretó como comprensiva. A él no le caía bien Delores Swensen y no
hacía el menor esfuerzo por ocultar sus sentimientos cuando ella se
presentaba en casa para una visita sorpresa al piso de su hija. Después de
que le destrozara varios pares de medias, Delores había concluido que
limitaría sus relaciones con el gato a las cenas madre-hija de los martes por
la noche.
Hannah descolgó el teléfono, interrumpiendo el mensaje del contestador
a la mitad, y suspiró al oír la voz de su madre:
—Hola, mamá. Estoy a punto de salir por la puerta, así que sé breve. Ya
llego tarde al trabajo.
Moishe levantó la cola y la meneó, señalando con el trasero al teléfono.
Hannah ahogó unas risitas ante las payasadas del gato y le hizo un guiño
cómplice.
—No, mamá, no le di a Norman mi número de teléfono. Si quiere
ponerse en contacto conmigo, tendrá que buscarlo.
Hannah frunció el ceño mientras su madre se extendía en su habitual
letanía sobre la forma adecuada de atraer a un hombre. La cena de la noche
anterior había sido un desastre. Cuando había llegado a casa de su madre,
Hannah se había encontrado con dos invitados adicionales: su vecina y
reciente viuda, la señora Carrie Rhodes, y el hijo de esta, Norman. Hannah
se había visto obligada a mantener una conversación amable con Norman
ante un empalagosamente dulzón estofado hawaiano y un pastel de nueces
cubierto de chocolate del súper Red Owl mientras sus respectivas madres
sonreían alegremente y comentaban la buena pareja que hacían.
—Escucha, mamá, de verdad, tengo que… —Hannah se calló y alzó la
vista al techo, con los ojos en blanco. Una vez Delores se ponía a hablar de
un tema que le interesara, era imposible meter baza. Su madre creía que una
mujer que se acercaba a los treinta debía estar casada, y aunque Hannah
había argumentado que le gustaba su vida tal como era, no había podido
evitar que Delores le presentara a todo hombre soltero, viudo o divorciado
que había puesto el pie en Lake Eden.
—Sí, mamá, Norman parece muy agradable, pero… —Hannah hizo una
mueca mientras su madre seguía hablando con entusiasmo de las buenas
cualidades de Norman. ¿Qué habría hecho pensar a Delores que su hija
mayor podía interesarse por un dentista al que ya le raleaba el pelo,
bastantes años mayor que ella, cuyo tema favorito de conversación era la
piorrea?—. Perdona, mamá, pero llego tarde y…
Moishe pareció darse cuenta de que su ama estaba frustrada porque
estiró una pata naranja y volcó su cuenco de comida. Hannah lo miró
fijamente, sorprendida por un instante, y luego esbozó una sonrisa.
—Tengo que irme corriendo, mamá. Moishe acaba de volcar su cuenco
de comida y ahora tengo Meow Mix esparcida por todo el suelo. —Hannah
interrumpió los comentarios de su madre sobre los posibles de Norman y
colgó, dejándola con la palabra en la boca. Entonces recogió con la escoba
la comida del gato, la tiró a la basura y llenó el cuenco con más comida para
Moishe. Añadió un par de golosinas para gatos, la recompensa de Moishe
por ser tan listo, y lo dejó masticando satisfecho mientras ella salía a toda
prisa por la puerta.
Hannah bajó corriendo las escaleras hasta el garaje subterráneo, abrió la
puerta de su camioneta y se colocó de un salto tras el volante. Cuando abrió
su negocio se compró una Chevy Suburban de segunda mano del
concesionario de Cyril Murphy. La había pintado de un rojo manzana, un
color que sin duda llamaría la atención dondequiera que aparcara el
vehículo, e hizo que le pintaran el nombre de su negocio —The Cookie Jar,
«el tarro de galletas»— en letras doradas en las puertas delanteras. Incluso
encargó una matrícula personalizada que rezaba: «COOKIES».
Mientras Hannah conducía por la rampa que llevaba a la calle, se
encontró con su vecino de abajo, que volvía a casa. Phil Plotnik trabajaba
en el turno de noche en DelRay Manufacturing, y Hannah bajó la ventanilla
para avisarle de que les cortarían el agua entre las diez de la mañana y
mediodía. Luego empleó su tarjeta de acceso para salir del recinto y giró
hacia el norte para tomar la Old Lake Road.
La interestatal atravesaba Lake Eden, pero la mayoría de los vecinos
utilizaba la Old Lake Road para ir a la ciudad. Era una ruta pintoresca, que
serpenteaba alrededor del lago Eden. Cuando llegaban los turistas en
verano, algunos de ellos se confundían con los nombres. Hannah siempre lo
explicaba con una sonrisa cuando le preguntaban. En inglés, el lago se
llamaba «Eden Lake» y el pueblo enclavado en su orilla, «Lake Eden».
Esa mañana hacía un fresco que rayaba en el frío, nada raro para una
tercera semana de octubre. El otoño era breve en Minnesota: unas cuantas
semanas de hojas que iban cambiando de color y que hacían que todo el
mundo tomase fotografías de los rojos intensos, los chillones naranjas y los
brillantes amarillos. Después de que hubiera caído la última hoja, dejando
las ramas peladas y desnudas recortándose contra los cielos plomizos, los
fríos vientos del norte empezaban a soplar. Luego llegaba la primera nevada
para alegría de los niños y los suspiros estoicos de los adultos. Aunque
deslizarse en trineo, patinar sobre hielo y lanzarse bolas de nieve podía ser
divertido para los pequeños, el invierno también significaba que había que
quitar a paladas montones de nieve, que te quedabas prácticamente aislado
cuando el estado de las carreteras empeoraba y que las temperaturas caían
con frecuencia a los treinta y cinco o incluso los cuarenta bajo cero.
Los visitantes veraniegos habían dejado el lago Eden justo después del
fin de semana del Día del Trabajo (el primer lunes de septiembre) y habían
regresado a sus acogedores hogares invernales en las ciudades. Sus cabañas
a la orilla del lago quedaban vacías, con las cañerías protegidas con aislante
para impedir que se congelaran en las temperaturas invernales bajo cero y
con las ventanas selladas con tablones contra los vientos gélidos que
llegaban desde la superficie helada del lago. Ahora solo residían los
vecinos; y la población de Lake Eden, que casi se cuadriplicaba en los
meses de verano, disminuía a menos de tres mil habitantes.
Mientras se demoraba en el semáforo entre Old Lake Road y Dairy
Avenue, Hannah contempló una imagen familiar. Ron LaSalle estaba junto
a la zona de carga de la lechería, Cozy Cow Dairy, cargando la furgoneta
para emprender su ruta comercial. A esa hora de la mañana, Ron ya había
acabado de repartir los productos lácteos a los vecinos particulares,
colocando la leche, nata y huevos en las cajas isotérmicas que la lechería
proporcionaba. Las cajas eran una necesidad en Minnesota. Mantenían el
contenido fresco en verano y evitaban que se congelara en invierno.
Ron apoyaba la mandíbula en la mano ahuecada y tenía un aire
pensativo, como si estuviera reflexionando sobre cosas más serias que los
pedidos que todavía le quedaban por repartir. Hannah lo vería más tarde,
cuando le entregara sus propios encargos, así que tomó nota mental para
preguntarle en qué estaba pensando. Ron se enorgullecía de su puntualidad
y la furgoneta de Cozy Cow frenaría ante la puerta trasera de Hannah a las
siete y treinta y cinco en punto. Después de que Ron le entregara su pedido
diario, entraría en la cafetería para tomarse un café rápido y una galleta
caliente. Hannah volvería a verlo a las tres de la tarde, cuando él hubiera
acabado sus rutas de reparto. Sería entonces cuando recogería su pedido
fijo, una docena de galletas. Ron las dejaba en su camioneta por la noche
para tener galletas para desayunar a la mañana siguiente.
Ron levantó la mirada, la vio en el semáforo y alzó una mano a modo de
saludo. Hannah tocó el claxon mientras el semáforo se ponía en verde y ella
reemprendía su camino. Con su pelo oscuro y ondulado y su cuerpo
musculado, Ron era ciertamente un regalo para la vista. La hermana
pequeña de Hannah, Michelle, juraba que Ron era tan atractivo como Tom
Cruise y se había desvivido por salir con él cuando iba al instituto. Incluso
ahora, cuando Michelle volvía a casa del Macalester College, siempre
preguntaba por Ron.
Tres años atrás, todo el mundo esperaba que el quarterback estrella de
los Lake Eden Gulls fuera seleccionado para las ligas profesionales, pero
Ron se rompió un ligamento en el partido final de su carrera en el instituto,
poniendo fin a sus esperanzas de hacerse un hueco en los Minnesota
Vikings. Había veces que Ron le daba pena a Hannah. Estaba segura de que
conducir una furgoneta de reparto de Cozy Cow no era el glorioso futuro
que él había imaginado para sí mismo. Pero Ron seguía siendo un héroe
local. En Lake Eden todos recordaban su espléndido touchdown que les
había dado la victoria en los campeonatos estatales. El trofeo que había
ganado se exhibía en una vitrina en el instituto y él se había presentado
voluntario como entrenador ayudante sin cobrar en los Lake Eden Gulls. Tal
vez era mejor ser un pez gordo en un pequeño estanque que un quarterback
de tercera que calentaba el banquillo de los Vikings.
No había nadie más por las calles tan temprano, pero Hannah se aseguró
de que el velocímetro marcara por debajo del límite de cuarenta kilómetros
por hora. Herb Beeseman, el policía local, era conocido por estar al acecho
de residentes despistados que sentían la tentación de pisar el acelerador con
demasiada fuerza. Aunque Hannah nunca había recibido una de las multas
por exceso de velocidad de Herb, su madre todavía se enfurecía al recordar
la multa que le había impuesto el hijo pequeño de Marge Beeseman.
Hannah giró en la esquina de Main con la Cuarta y condujo hasta el
callejón que había detrás de su tienda. El blanco edificio cuadrado tenía dos
plazas de aparcamiento, y Hannah metió su camioneta en una de ellas. No
se molestó en desenrollar el cable que llevaba envuelto alrededor del
parachoques delantero y enchufarlo en la hilera de enchufes que había en la
parte posterior del edificio. El sol brillaba y el locutor de la radio había
prometido que las temperaturas alcanzarían casi los diez grados hoy. No
tendría necesidad de utilizar el calentador eléctrico de arranque durante
algunas semanas más, pero cuando llegara el invierno y el mercurio bajara
de cero, tendría que asegurarse de que su motor se ponía en marcha.
Tras abrir la puerta y apearse de su Suburban, Hannah lo cerró con
cuidado tras de sí. No había muchos delitos en Lake Eden, pero Herb
Beeseman también ponía multas a todo vehículo que encontrara aparcado
sin cerrar. Antes de cubrir la distancia hasta la puerta trasera de la
repostería, Claire Rodgers apareció en su pequeño Toyota azul y aparcó
detrás del edificio marrón que había junto al establecimiento de Hannah.
Hannah se paró y esperó a que Claire se bajara del coche. Le caía bien
Claire y no se creía los rumores que corrían por la ciudad sobre su lío con el
alcalde.
—Hola, Claire. Hoy has venido temprano.
—Acabo de recibir un nuevo encargo de vestidos de noche y hay que
ponerles los precios. —El rostro de Claire, de una belleza clásica, se
iluminó con una sonrisa—. Las vacaciones se acercan, ya lo sabes.
Hannah asintió. No es que se muriera de ganas por celebrar Acción de
Gracias y la Navidad con su madre y sus hermanas, pero era un mal trago
que había que pasar en aras de la paz familiar.
—Tendrías que pasarte por aquí, Hannah. —Claire la evaluó con la
mirada, fijándose en la cazadora que había vivido mejores tiempos y el
viejo gorro de lana que Hannah se había echado sobre sus encrespados rizos
rojizos—. Tengo un maravilloso vestido de cóctel negro que te sentaría de
maravilla.
Hannah sonrió y asintió, pero tuvo que poner todo su empeño para no
echarse a reír mientras Claire abría la puerta trasera de Beau Monde
Fashions y entraba. ¿Dónde iba a llevar un vestido de cóctel en Lake Eden?
Ahí nadie daba cócteles y el único restaurante de categoría en el pueblo
había cerrado en cuanto se fueron los turistas. Hannah no recordaba la
última vez que había acudido a una cena elegante. Y, ya puestos, tampoco
recordaba la última vez que alguien la había invitado a salir en una cita.
Hannah abrió la cerradura de la puerta de atrás y la empujó. La recibió
el olor dulce a canela y melaza y empezó a sonreír. La noche anterior había
mezclado varias hornadas de masa para galletas y el aroma todavía
perduraba. Encendió la luz dándole al interruptor, colgó la cazadora en el
gancho que había junto a la puerta y prendió las dos estufas de gas
industriales que se apoyaban en la pared del fondo. Su ayudante, Lisa
Herman, llegaría a las siete y media para empezar el horneado.
La media hora siguiente pasó rápido mientras Hannah picaba, fundía,
medía y mezclaba ingredientes. Mediante el método de prueba y error,
había descubierto que sus galletas tenían mejor sabor si se limitaba a
hornadas que podía mezclar a mano. Sus recetas eran originales, las había
creado en la cocina de su madre cuando solo era una adolescente. Delores
pensaba que hornear era un trabajo pesado y le había encantado delegar esa
tarea en su hija mayor, de manera que así podía dedicar todas sus energías a
coleccionar antigüedades.
A las siete y diez, Hannah llevó el último cuenco de masa de galleta a la
cámara frigorífica y apiló los utensilios que utilizaba en su lavaplatos de
tamaño industrial. Colgó su delantal de trabajo, se quitó el gorro de papel
que usaba para taparse los rizos y se dirigió a la cafetería para empezar con
el café.
Una puerta batiente, como la de los restaurantes, separaba el horno de la
cafetería. Hannah la abrió de un empujón, pasó dentro y encendió las
lámparas de globo de vidrio pasadas de moda que había rescatado de una
heladería cerrada de una ciudad vecina. Se acercó a las lunas delanteras,
apartó las cortinas de chintz y revisó toda Main Street. No se movía ni una
hoja; todavía era demasiado temprano, pero Hannah sabía que, en menos de
una hora, las sillas que rodeaban las pequeñas mesas redondas de su local
estarían llenas de clientes. The Cookie Jar era un lugar de encuentro para
los vecinos, un local selecto, ideal para intercambiar cotilleos y planear el
día entero ante pesadas tazas blancas de café fuerte y galletas recién salidas
del horno.
La cafetera de acero inoxidable destellaba brillante y Hannah sonrió al
llenarla de agua y medir la cantidad de café. Lisa la había fregado el día
anterior, devolviéndola a su antiguo esplendor. A la hora de llevar el horno y
la cafetería, Lisa era un regalo del cielo: veía lo que había que hacer, lo
hacía sin que se le pidiera e incluso se le habían ocurrido algunas recetas
propias de galletas que añadir a los ficheros de Hannah. Era una verdadera
pena que Lisa no hubiera utilizado su beca académica para ir a la
universidad, pero su padre, Jack Herman, padecía alzheimer y Lisa había
decidido quedarse en casa para cuidarlo.
Hannah sacó tres huevos de la nevera que había detrás del mostrador y
los echó, con las cáscaras y todo, en el cuenco con los posos de café.
Entonces los rompió con una cuchara pesada y añadió una pizca de sal. Una
vez hubo mezclado los huevos y las cáscaras con los posos del café,
Hannah raspó el contenido del cuenco, lo pasó por el filtro y entonces le dio
al interruptor para preparar el café.
A los pocos minutos, el café empezó a subir y Hannah olisqueó el aire
con gusto. Nada olía tan bien como el café recién hecho, y todos en Lake
Eden decían que su café era el mejor. Hannah se ató el bonito delantal de
chintz que se ponía para servir a sus clientes y volvió a través de la puerta
batiente para darle instrucciones a Lisa.
—Hornea primero las galletas crujientes con pepitas de chocolate, Lisa.
—Hannah dedicó a Lisa una sonrisa de bienvenida.
—Ya están en los hornos, Hannah. —Lisa levantó la mirada de la
superficie de trabajo de acero inoxidable, sobre la que estaba vaciando masa
con un sacabocados y colocando las esferas perfectas en un pequeño cuenco
con azúcar. Solo tenía diecinueve años, era diez años menor que Hannah, y
su pequeña figura quedaba completamente envuelta en el enorme delantal
blanco de panadero que llevaba puesto—. Ahora estoy trabajando en las
galletas crujientes de melaza para el banquete de los Premios de los Boy
Scouts.
Hannah había contratado en principio a Lisa como camarera, pero no
había tardado mucho en darse cuenta de que la chica era capaz de mucho
más que servir café y galletas. Al final de la primera semana, Hannah había
pasado a Lisa de empleada a tiempo parcial a jornada completa y le enseñó
a hornear. Ahora llevaban el negocio juntas, como un equipo.
—¿Cómo está hoy tu padre? —La voz de Hannah sonó con un tono
empático.
—Hoy es un día de los buenos. —Lisa colocó la bandeja de galletas
crujientes de melaza sin hornear en el estante de rejilla—. El señor Drevlow
se lo lleva al grupo de ancianos de la iglesia luterana del Santo Redentor.
—Pero yo pensaba que tu familia era católica.
—Lo somos, pero papá ya no se acuerda. Además, no veo qué daño
podría hacerle comer con los luteranos.
—Yo tampoco. Y seguro que le sentará bien salir y socializar con sus
amigos.
—Eso fue exactamente lo que le dije al padre Coultas. Si Dios le dio a
papá el alzhéimer, entenderá que se olvide de a qué Iglesia pertenece. —
Lisa se acercó al horno, apagó el temporizador y sacó una bandeja de
galletas crujientes con pepitas de chocolate—. Llevaré estas fuera en cuanto
se enfríen.
—Gracias. —Hannah retrocedió a través de la puerta batiente y abrió la
puerta de la cafetería que daba a la calle. Le dio la vuelta al rótulo de
«Cerrado» que colgaba en la luna y lo dejó en «Abierto»; luego comprobó
la caja registradora para asegurarse de que estaba llena de cambio. Había
acabado de disponer cestitas de sobres de azúcar y edulcorantes artificiales
cuando un modelo reciente de Volvo verde oscuro se detuvo en el espacio
junto a la puerta de la fachada.
Hannah frunció el ceño cuando se abrió la puerta del conductor y su
hermana mediana, Andrea, se apeó. Andrea tenía un aspecto espléndido con
una chaqueta verde de Weed, con una piel de imitación, políticamente
correcta, alrededor del cuello. Llevaba recogido el pelo rubio en un moño
brillante sobre la coronilla y bien podría haber salido de las páginas de una
revista femenina. Aunque los amigos de Hannah insistían en que ella misma
era bastante bonita, el simple hecho de vivir en el mismo pueblo que
Andrea la hacía sentirse carente de gracia y de estilo.
Andrea se había casado con Bill Todd, un ayudante del sheriff del
condado de Winnetka, en cuanto se graduó en el instituto. Tenían una hija,
Tracey, que había cumplido los cuatro años el mes pasado. Bill era un buen
padre durante las horas que no estaba en comisaría, pero Andrea no había
nacido para ser una madre de las que se quedan en casa. Cuando Tracey
solo tenía seis meses, Andrea llegó a la conclusión de que necesitaban dos
salarios y se puso a trabajar como agente en la inmobiliaria Lake Eden
Realty.
La campana sobre la puerta tintineó y Andrea irrumpió con una fría
ráfaga de viento otoñal, tirando de la mano de Tracey tras de sí.
—¡Gracias a Dios que estás aquí, Hannah! Tengo que enseñar una casa
y ya llego tarde a mi cita en Cut ’n Curl.
—No son más que las ocho, Andrea. —Hannah subió a Tracey a un
taburete junto al mostrador y fue a la nevera para darle un vaso de leche—.
Bertie no abre hasta las nueve.
—Ya lo sé, pero dijo que abriría temprano para mí. Esta mañana voy a
enseñar la vieja granja de Peterson. Si la vendo, puedo encargar una
alfombra nueva para la habitación principal.
—¿La granja de Peterson? —Hannah, sorprendida, se dio la vuelta para
mirar a su hermana—. ¿Quién querría comprar esa vieja ruina?
—No es ninguna ruina, Hannah. Con unas pocas reparaciones quedará
estupenda. Y mi comprador, el señor Harris, tiene los fondos para
convertirla en la atracción de la comarca.
—Pero ¿por qué? —Hannah estaba sinceramente perpleja. La casa de
Peterson llevaba veinte años vacía. Ella iba hasta allí en bicicleta de niña y
no era más que una granja de dos plantas con unas pocas hectáreas de tierra
de cultivo cubierta de vegetación descuidada que lindaba con la granja
lechera de Cozy Cow—. Tu comprador debe de estar loco si pretende
hacerse con ella. La tierra prácticamente no vale nada. El viejo Peterson
intentó cultivarla durante años y lo único que pudo hacer crecer fueron
rocas.
Andrea se estiró el cuello de la chaqueta.
—El cliente lo sabe, Hannah, y no le importa. Solo le interesa el edificio
de la granja. Su estructura está en buen estado y tiene una bonita vista del
lago.
—Pero si está justo en medio de un agujero, Andrea. Solo puedes ver el
lago desde el tejado. ¿Qué piensa hacer tu comprador, trepar por una
escalera cada vez que quiera disfrutar de la vista?
—Yo no lo diría así, pero viene a ser lo mismo. Me dijo que va a añadir
una tercera planta y convertir la finca en una granja para pasar el rato, un
pasatiempo.
—¿Un pasatiempo?
—Sí, algo así como una segunda residencia en el campo para tipos de
ciudad que quieren ser granjeros pero sin doblar el lomo. Contratará a un
granjero local para que cuide de sus animales y se encargue de la tierra.
—Ya entiendo —dijo Hannah, que reprimió una sonrisa malévola.
Según su propia definición, Andrea era un pasatiempo como esposa y como
madre. Su hermana había contratado a una mujer del pueblo para que fuera
a limpiar y cocinar las comidas, y pagaba a canguros y cuidadoras para que
se ocuparan de Tracey.
—Me puedes cuidar a Tracey, ¿verdad, Hannah? —Andrea parecía
ansiosa—. Sé que es una pesadez, pero solo será una hora. Kiddie Korner
abre a las nueve.
Hannah pensó en decirle a su hermana lo que pensaba. Ella llevaba un
negocio y su local no era una guardería. Pero una mirada a la expresión
esperanzada que asomó en el rostro de Tracey la hizo cambiar de opinión.
—Anda, vete, Andrea. Tracey se quedará a trabajar conmigo hasta que
sea la hora de ir al cole.
—Gracias, Hannah. —Andrea se dio la vuelta y se dirigió hacia la
puerta—. Sabía que podía contar contigo.
—¿De verdad que puedo trabajar, tía Hannah?, —preguntó Tracey con
su vocecita, y Hannah le sonrió para tranquilizarla.
—Sí, claro que puedes. Necesito a alguien que sea mi catadora oficial.
Lisa acaba de sacar de la cocina una hornada de galletas crujientes con
pepitas de chocolate y tengo que saber si son lo bastante buenas para
ofrecérselas a mis clientes.
—¿Chocolate dices? —Andrea se dio la vuelta en la puerta para hacerle
una mueca a Hannah—. Tracey no puede comer chocolate. La pone
hiperactiva.
Hannah asintió, pero le hizo un guiño cómplice a Tracey.
—Lo tendré en cuenta, Andrea.
—Hasta luego, Tracey —dijo Andrea y le lanzó un beso a su hija—. Y
no molestes a tu tía, ¿vale?
Tracey esperó a que la puerta se hubiera cerrado tras su madre y
entonces se volvió hacia Hannah.
—¿Qué es hiperactiva, tía Hannah?
—Es otra palabra para lo que hacen los niños cuando se lo pasan bien.
—Hannah salió de detrás del mostrador y levantó a Tracey del taburete—.
Ven, cariño. Vamos a la trastienda y veamos si esas galletas con pepitas se
han enfriado lo bastante para que las pruebes.
Lisa estaba metiendo otra bandeja de galletas en el horno cuando
entraron Hannah y Tracey. Le dio un abrazo a Tracey, le pasó una galleta de
la bandeja que se estaba enfriando en la rejilla y se volvió hacia Hannah
frunciendo el ceño.
—Ron no ha venido todavía. ¿Crees que se ha puesto enfermo?
—No, a no ser que le pasara algo de repente. —Hannah miró el reloj
que colgaba en la pared. Marcaba las ocho y cuarto y Ron llevaba ya casi
cuarenta y cinco minutos de retraso—. Lo vi hace dos horas cuando pasé
por delante de la lechería y me pareció que estaba normal.
—Yo también lo he visto, tía Hannah. —Tracey tiró del brazo de
Hannah.
—¿Lo has visto? ¿Cuándo, Tracey?
—La furgoneta de la vaca pasó por delante mientras yo esperaba fuera
de la inmobiliaria. El señor LaSalle me saludó con la mano y me sonrió
raro. Luego Andrea salió con sus papeles y vinimos para aquí.
—¿Andrea? —Hannah miró sorprendida a su sobrina.
—A ella ya no le gusta que la llame mamá porque es una etiqueta y odia
las etiquetas. —Tracey hacía cuanto podía para explicarse—. Se supone que
tengo que llamarla Andrea, como todo el mundo.
Hannah suspiró. Tal vez había llegado la hora de tener una conversación
con su hermana sobre las responsabilidades de la maternidad.
—¿Estás segura de que viste la furgoneta de Cozy Cow, Tracey?
—Sí, tía Hannah. —La cabeza rubia de Tracey subió y bajó con
seguridad—. Giró en tu esquina y entró en el callejón. Luego hizo mucho
ruido, como el del coche de papá. Yo supe que venía de la furgoneta de la
vaca porque no había más coches.
Hannah sabía a qué se refería exactamente Tracey. El viejo Ford de Bill
estaba en las últimas y petardeaba cada vez que él levantaba el pie del
acelerador.
—Ron seguramente estará ahí fuera peleándose con su furgoneta. Iré a
ver.
—¿Puedo ir contigo, tía Hannah?
—Quédate conmigo, Tracey —dijo Lisa antes de que Hannah pudiese
contestar—. Así me ayudas a escuchar la campanilla y atender a cualquier
cliente que entre en la cafetería.
A Tracey pareció gustarle la idea.
—¿Y puedo llevarles las galletas, Lisa, como una camarera de verdad?
—Claro que sí, pero tiene que ser nuestro secreto. No queremos que tu
papá nos trinque por incumplir las leyes del trabajo infantil.
—¿Qué significa que nos «trinque», Lisa? ¿Y por qué iba a hacerlo mi
padre?
Hannah sonrió mientras se ponía la chaqueta y escuchaba la explicación
de Lisa. Tracey lo preguntaba todo, lo que distraía a Andrea. Hannah había
intentado explicarle a su hermana que una mente curiosa era un signo de
inteligencia, pero Andrea simplemente carecía de la paciencia necesaria
para tratar con su inteligente hija de cuatro años.
Cuando Hannah abrió la puerta y salió a la calle, se vio recibida por una
fuerte ráfaga de viento que casi le hizo perder el equilibrio. Cerró la puerta
tras de sí, se protegió los ojos del viento que soplaba y fue caminando para
asomarse al callejón. La furgoneta de reparto de Ron estaba aparcada de
lado cerca de la entrada del callejón, bloqueando el acceso en ambas
direcciones. La puerta del conductor estaba parcialmente abierta y las
piernas de Ron colgaban por fuera.
Hannah se adelantó, suponiendo que Ron estaba estirado sobre el
asiento, trabajando en el cableado que pasaba por debajo del salpicadero.
No quería asustarle y hacer que, con el sobresalto, se diera un golpe en la
cabeza, así que se detuvo a unos metros de la furgoneta y lo llamó:
—Hola, Ron. ¿Quieres que te pida una grúa?
Ron no respondió. El viento silbaba desde el callejón, baqueteando las
tapas de los contenedores de basura metálicos, y por eso tal vez él no la
había oído. Hannah se acercó, volvió a llamarlo y dio la vuelta a la puerta
para mirar dentro de la furgoneta.
Lo que vio la hizo dar un salto atrás y tragar saliva. Ron LaSalle, héroe
local de fútbol de Lake Eden, yacía boca arriba sobre el asiento de su
furgoneta de reparto. Su sombrero blanco estaba caído sobre el suelo del
vehículo, el viento agitaba los pedidos en su portapapeles y una de las
bolsas de galletas de Hannah estaba abierta sobre el asiento. Había galletas
crujientes con pepitas de chocolate esparcidas por todas partes, y los ojos de
Hannah se abrieron de par en par cuando se dio cuenta de que él sostenía
todavía una de sus galletas en la mano.
Entonces los ojos de Hannah se deslizaron hacia arriba y lo vio: el feo
agujero, con un círculo de quemaduras de pólvora alrededor, en el centro
mismo de la camisa de reparto de Cozy Cow que llevaba puesta. Ron
LaSalle había muerto de un disparo.
CAPÍTULO DOS

N o era la forma en que Hannah hubiera preferido atraer nueva


clientela, pero tenía que admitir que encontrar el cadáver de Ron le
había ido bien al negocio. The Cookie Jar estaba atestado de
clientes. Algunos de ellos incluso estaban de pie mientras masticaban sus
galletas, y todos querían saber su opinión sobre lo que le había pasado a
Ron LaSalle.
Hannah levantó la mirada cuando tintineó la campana y entró Andrea.
Parecía lo bastante desquiciada como para matar a alguien y Hannah
suspiró.
—¡Tenemos que hablar! —Andrea pasó al otro lado del mostrador y la
agarró del brazo—. ¡Ahora mismo!
—No puedo hablar contigo, Andrea. Tengo clientes.
—¡Yo más bien los llamaría «morbosos»! —Andrea hablaba en voz
baja, revisando a la gente que las miraba con curiosidad. Esbozó una
pequeña sonrisa tensa, un simple alzamiento de los labios que no habría
engañado a nadie, y apretó con más fuerza el brazo de Hannah—. Avisa a
Lisa para que se encargue del mostrador y haz una pausa. ¡Es importante,
Hannah!
Hannah asintió. Andrea parecía tremendamente alterada.
—Muy bien. Ve a decirle a Lisa que venga y yo te veo en la trastienda
de la repostería.
El cambio se hizo rápido y, una vez en la trastienda, Hannah encontró a
su hermana sentada en un taburete en la mesa de trabajo central. Andrea
miraba fijamente los hornos como si acabara de encontrar un oso pardo
hibernando y Hannah se alarmó.
—¿Les pasa algo a los hornos?
—No exactamente. Lisa dijo que el temporizador está a punto de llegar
al final y hay que sacar las galletas. Ya sabes que no tengo ni idea de cómo
se hornea.
—Ya lo hago yo. —Hannah sonrió maliciosamente mientras daba a su
hermana un tetrabrik individual de zumo de naranja. Su hermana se sentiría
más en casa en un país extranjero que en una cocina. Los esfuerzos
culinarios de Andrea acababan siempre en desastres. Hasta que volvió a
trabajar y contrató a alguien para que fuera a su casa a preparar las comidas,
la familia Todd no había comido más que alimentos precocinados
calentados en el microondas.
Hannah agarró un par de manoplas de horno y sacó las bandejas. Las
sustituyó por otras con las galletas crujientes de avena y pasas que Lisa
había preparado y luego se acercó un segundo taburete y se sentó junto a su
hermana en la mesa de trabajo.
—¿Qué pasa, Andrea?
—Es Tracey. Janice Cox acaba de llamarme de Kiddie Korner. Me ha
dicho que Tracey les está contando a todos sus compañeros de clase que vio
el cadáver de Ron.
—Es verdad, lo vio.
—¿Cómo se te ocurre, Hannah? —Andrea parecía sentirse
verdaderamente traicionada—. Tracey es muy impresionable, como yo. ¡Es
posible que deje huella en su psique de por vida!
Hannah extendió la mano, abrió el tetrabrik de zumo de naranja e
introdujo la pajita.
—Da un sorbo, Andrea. Parece que fueras a desmayarte. Y procura
relajarte.
—¿Cómo voy a relajarme cuando has expuesto a mi hija a una víctima
de asesinato?
—Yo no la expuse a nada. Fue Bill. Y lo único que vio Tracey fue la
bolsa del cadáver. La estaban metiendo en la furgoneta del forense justo
cuando Bill salía para llevarla a la escuela infantil.
—Entonces no llegó a ver físicamente a Ron.
—No, a no ser que tenga visión de rayos X. Puedes preguntárselo a Bill.
Todavía está en el callejón, controlando el escenario del crimen.
—Ya hablaré con él más tarde. —Andrea dio un sorbo al zumo de
naranja y sus mejillas recuperaron un poco de color—. Lo siento, Hannah.
Tendría que saber que no habrías dejado que pasara nada que hiciera daño a
Tracey. A veces creo que eres mejor madre que yo.
Hannah se mordió la lengua. No era el momento de dar una lección a
Andrea sobre cómo criar a su hija.
—Tracey te quiere, Andrea.
—Lo sé, pero la maternidad no es algo natural en mí. Por eso contraté a
las mejores canguros que pude encontrar y volví a trabajar. Me pareció que
si tenía una carrera de verdad, haría que Bill y Tracey se sintieran
orgullosos de mí, pero las cosas no están saliendo como yo pensaba.
Hannah asintió, reconociendo la verdadera razón que había detrás de la
insólita franqueza de su hermana.
—¿No conseguiste vender la casa?
—No. El comprador decidió que la finca no le convenía. Y cuando me
ofrecí a enseñarle algunas otras de las que llevo, ni siquiera quiso verlas. No
te imaginas cómo quería esa alfombra, de verdad, Hannah. Era espléndida y
habría dado un aspecto completamente distinto a mi dormitorio.
—La próxima vez, Andrea. —Hannah le sonrió para animarla—. Eres
una buena vendedora.
—No lo bastante buena para convencer al señor Harris. Por lo general
atisbo a un falso comprador a un kilómetro, pero empiezo a pensar que
nunca pretendió comprar la finca del viejo Peterson.
Hannah se levantó para darle una galleta crujiente con pepitas de
chocolate que todavía conservaba la tibieza del horno. A Andrea siempre le
habían encantado esas galletas de chocolate y Hannah había tomado nota
mental para recordarle a Bill que no mencionara que Ron había estado
comiéndolas justo antes de morir.
—Cómete una. Te sentirás mejor con un poco de chocolate en el
organismo.
—Tal vez. —Andrea le dio un mordisco a la galleta y esbozó una
pequeña sonrisa—. Me encantan estas galletas, Hannah. ¿Te acuerdas de la
primera vez que me las hiciste?
—Me acuerdo —respondió Hannah con una sonrisa. Había sido un día
lluvioso de septiembre y Andrea se había quedado en la escuela después de
las clases para las pruebas de selección de animadoras. Dado que nunca
había habido una animadora del primer curso en el equipo del instituto,
Hannah no tenía muchas esperanzas de que Andrea fuera a conseguirlo. Así
que Hannah había vuelto corriendo del instituto para preparar unas galletas
de avena con pepitas de chocolate para su hermana, con la esperanza de
arrancar la punzada de la decepción que sentiría Andrea, pero no había
comprobado que tuviera todos los ingredientes antes de empezar a mezclar
la masa. La lata de avena estaba vacía y Hannah había picado unos Corn
Flakes como sustituto. Las galletas resultantes habían salido magníficas,
Andrea había entrado finalmente en el equipo de animadoras y, desde
entonces, había hablado maravillas de las galletas crujientes con pepitas de
chocolate de Hannah.
—Supongo que era imposible saber con certeza que solo quería mirar y
no tenía intención de comprar. —Andrea le dio otro mordisco a la galleta y
suspiró—. Desde luego, parecía un cliente auténtico. Incluso Al Percy lo
creía. Me refiero a que ni siquiera tuvimos que ofrecérsela. ¡Fue él quien
vino a buscarnos!
Hannah se dio cuenta de que a Andrea le sentaría bien hablar de su
decepción.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—El martes hará tres semanas. Dijo que la casa le gustaba de verdad,
que la edificación destilaba historia. Le enseñé el interior y le impresionó
más si cabe.
—Pero ¿no conseguiste que llegara a hacer una oferta?
—No, dijo que necesitaba aclarar algunos detalles antes. Supuse que se
trataba de una excusa y lo di por perdido. A veces a la gente no le gusta
decir no y te dan alguna excusa barata. No pensaba que volvería a tener
noticias suyas, pero me llamó la semana pasada y dijo que seguía
interesado.
Hannah concluyó que era oportuno cierto consuelo fraternal.
—A lo mejor sí quería comprar, pero no podía permitírselo.
—No lo creo. Me dijo que el dinero no era el problema, que
simplemente había llegado a la conclusión de que no le convenía. Entonces
se subió a su coche de alquiler y se fue.
—¿Iba en un coche de alquiler?
—Sí, dijo que no quería dañar su Jaguar conduciendo por caminos de
grava. Por lo que sé, ni siquiera tiene un Jaguar. Si vuelvo a ver a un
hombre con peluquín, ¡no voy a creerme ni palabra de lo que diga! Un
hombre que miente sobre su pelo mentirá sobre cualquier cosa.
Hannah se rio y fue a sacar los bocaditos de avena con pasas de los
hornos. Cuando se volvió, su hermana se levantaba ya para irse.
—Tengo que apresurarme —anunció Andrea—. Mamá me dijo que la
señora Robbins está pensando en mudarse a los apartamentos para mayores
Lakeview. Creo que voy a pasarme a hacerle una visita y ver si puedo
convencerla de que ponga su casa en venta conmigo.
Hannah se sintió mejor al instante. Andrea parecía haber recuperado la
confianza en sí misma.
—Me pasaré a saludar a Bill y ver si puede recoger a Tracey al salir de
la guardería. Y supongo que más vale que encuentre algo que llevarle a la
señora Robbins. No es de buenas vecinas presentarse con las manos vacías.
—Llévale estas. Son sus favoritas. —Hannah llenó una de sus bolsas
especiales para galletas con media docena de crujientes de melaza. Las
bolsas se parecían a las de la compra, pero en miniatura, y tenían unas asas
rojas con «The Cookie Jar» estampado en letras doradas por delante.
—Es todo un detalle por tu parte. —Andrea sonó sinceramente
agradecida—. No lo repito todo lo que debería, pero eres una hermana
maravillosa. No sé qué habría hecho si no hubieras vuelto cuando murió
papá. Mamá era un caso perdido y Michelle no sabía qué hacer con ella. Yo
intentaba estar en todas partes, pero Tracey era poco más que un bebé y yo
no podía con todo. Lo único que se me ocurrió fue llamarte y suplicarte que
vinieras a casa para rescatarnos.
Hannah dio un breve abrazo a Andrea.
—Hiciste lo correcto. Soy la hermana mayor y tú eras casi una recién
casada. Era responsabilidad mía ayudaros.
—Pero a veces me siento muy culpable por haberte llamado. Tú tenías
tu propia vida y lo dejaste todo por nosotras.
Hannah se dio la vuelta para ocultar la repentina humedad que había
asomado en sus ojos. Tal vez perder una venta le sentaba bien a Andrea.
Nunca se había mostrado tan comprensiva antes.
—No tienes por qué sentirte culpable, Andrea. Volver a casa no fue
ningún sacrificio por mi parte. Yo ya tenía mis dudas sobre la enseñanza y
quería hacer algo distinto.
—Pero estabas tan cerca de sacarte tu doctorado… A estas alturas
podrías haber sido profesora en una universidad de primera.
—Es posible. —Hannah se encogió de hombros, concediendo que su
hermana tenía razón—. Pero hornear galletas es mucho más divertido que
dar una clase sobre el pentámetro yámbico o quedarse atrapada en una
reunión de profesores letalmente aburrida. Y ya sabes lo mucho que me
gusta The Cookie Jar.
—Entonces… ¿eres feliz aquí en Lake Eden?
—Mi tienda es genial. Soy dueña de mi propia casa y no tengo que vivir
con mamá. ¿Qué podría ser mejor?
Andrea empezó a sonreír.
—En algo tienes razón, sobre todo en la parte de no vivir con mamá.
Pero ¿qué me dices con el amor?
—No sigas por ahí, Andrea. —Hannah le clavó una mirada de
advertencia—. Si aparece el hombre correcto, genial. Y, si no, pues muy
bien también. Me doy por satisfecha viviendo por mi cuenta.
—Si lo tienes tan claro, vale. —Andrea pareció muy aliviada al
encaminarse hacia la puerta.
—Sí, lo tengo claro. Buena suerte con la señora Robbins.
—Falta me hará. —Andrea se dio la vuelta esbozando una sonrisa
maliciosa—. Como empiece a alardear de su hijo, el médico, creo que
acabaré vomitando.
Hannah sabía exactamente qué quería decir su hermana. La señora
Robbins había ido a su tienda de galletas la semana anterior y no había
parado de elogiar a su hijo, el médico. Según la madre, el doctor Jerry
Robbins estaba a punto de descubrir la cura para la esclerosis múltiple, el
cáncer y el resfriado común, y todo de un plumazo.

—Tengo que hacerte algunas preguntas, Hannah. —Bill asomó la cabeza en


la cafetería y se acercó a ella.
—Claro, Bill. —Hannah le dio el delantal a Lisa, sirvió un par de tazas
de café fuerte y le siguió a la trastienda. De camino, admiró la forma en que
la camisa marrón de su uniforme se ajustaba perfectamente a sus anchos
hombros. Bill había sido jugador de fútbol en el instituto y, aunque no había
llegado a ser tan famoso como Ron LaSalle, había ayudado a ganar un buen
número de partidos. Ahora no tenía la cintura tan marcada, consecuencia de
demasiados dónuts de chocolate de Quick Stop cuando iba de camino a
comisaría, pero todavía era un hombre apuesto.
—Gracias por el café, Hannah. —Se dejó caer en un taburete y ahuecó
ambas manos para sostener su taza de café—. Empieza a hacer frío, ¿eh?
—Te lo noto. Tienes mala cara. ¿Has descubierto algo?
—Poca cosa. La ventanilla del conductor estaba bajada. Ron debió de
detener la furgoneta y bajar la ventanilla para hablar con su asesino.
Hannah se lo pensó un momento.
—No habría bajado la ventanilla si pensaba que corría algún peligro.
—Seguramente no —convino Bill—. Fuera quien fuese lo pilló
desprevenido.
—¿Tienes algún sospechoso?
—Todavía no. Y a no ser que demos con un testigo, la única pista que
tendremos es la bala. La mandaremos a balística justo después de la
autopsia.
Hannah se estremeció ante la mención de la autopsia. Para quitarse de la
cabeza el hecho de que Doc Knight tendría que abrir en canal a Ron,
planteó otra pregunta.
—No hace falta que le digas a nadie que estaba comiendo una de mis
galletas cuando murió, ¿verdad que no? Ya sabes, podría ahuyentarme a la
clientela…
—No te preocupes. —Bill pareció divertido por primera vez esa mañana
—. Tus galletas no tuvieron nada que ver. A Ron le dispararon.
—Ojalá lo hubiera encontrado antes, Bill. Podría haber llamado a una
ambulancia.
—No habría servido de nada. Parece que la bala le alcanzó el corazón.
No lo sabré con seguridad hasta que el doctor acabe con él, pero creo que
sufrió una muerte instantánea.
—Eso es una suerte. —Hannah asintió y entonces se dio cuenta de lo
que acababa de decir—. Bueno, no quiero decir que sea ninguna suerte,
pero me alegro de que acabara rápido.
Bill abrió su cuaderno.
—Quiero que me cuentes todo lo que ha pasado esta mañana, Hannah,
aunque no te parezca importante.
—Vale. —Hannah esperó hasta que Bill tuviera el bolígrafo en la mano
y entonces le contó todo, desde el momento en que había visto a Ron por
primera vez en la lechería hasta el instante en que descubrió su cuerpo. Le
dio a Bill la hora exacta en que había salido por la puerta trasera de la
repostería y la hora en que volvió para llamar a la oficina del sheriff.
—Eres una testigo estupenda —la elogió Bill—. ¿Es eso todo?
—Me parece que Tracey pudo haber sido la última persona en ver a Ron
con vida. La niña me dijo que estaba esperando a que Andrea recogiera
unos documentos en la inmobiliaria cuando Ron pasó por delante en su
furgoneta. Ella le saludó con la mano, él le devolvió el saludo, y entonces
ella lo vio girar en mi esquina. Eso debían de ser casi las ocho porque
Andrea y Tracey entraron en la cafetería justo después de que yo abriera
y… —Hannah se interrumpió y empezó a fruncir el ceño.
—¿Qué pasa, Hannah? —Bill volvió a tomar el bolígrafo—. Acabas de
acordarte de algo, ¿no?
—Sí. Si Tracey vio a Ron a las ocho, ya iba con veinticinco minutos de
retraso.
—¿Cómo lo sabes?
—Se suponía que Ron debía pasarse por aquí a las ocho menos
veinticinco. Hace el reparto en la escuela y luego viene directo para aquí.
Estoy en su ruta desde que abrí este local y nunca se ha presentado con más
de un minuto de retraso.
—¿Y por eso fuiste al callejón a ver si estaba su furgoneta?
—No exactamente. Pensamos que habría sufrido una avería. Tracey dijo
que había oído petardear la furgoneta justo al girar para entrar en… —
Hannah se interrumpió a mitad de la frase, abriendo los ojos de par en par,
por la sorpresa—. Tracey lo oyó, Bill. Creyó que era un petardeo de la
furgoneta, pero ¡pudo haber oído el disparo que mató a Ron!
Bill apretó los labios y Hannah supo qué estaba pensando. Aterraba
imaginar que Tracey había estado tan cerca de la escena de un crimen.
—Más vale que me pase por la lechería y le cuente lo que ha pasado a
Max Turner —dijo Bill.
—Max no está ahí. Ron me dijo que esta mañana se iba a la Convención
Triestatal de Fabricantes de Mantequilla. Se celebra en Wisconsin y creo
que dura una semana. Si yo fuera tú, hablaría con Betty Jackson. Es la
secretaria de Max y sabrá cómo ponerse en contacto con él.
—Buena idea. —Bill vació la taza de café y la dejó en la mesa—. Este
caso es muy importante para mí, Hannah. La semana pasada aprobé el
examen para ser inspector y el sheriff Grant me ha puesto al cargo.
—¿Quiere eso decir que te han ascendido? —Hannah empezó a esbozar
una sonrisa.
—Todavía no. El sheriff Grant tiene que dar el visto bueno definitivo,
pero estoy casi convencido de que, si me ve hacer un buen trabajo, lo dará.
Este ascenso nos vendrá bien. Ganaré más dinero y Andrea no tendrá que
trabajar.
—Eso es magnífico, Bill. —Hannah se alegraba sinceramente por él.
—¿No crees que está mal utilizar el asesinato de Ron como trampolín
para mi ascenso?
—En absoluto. —Hannah negó con la cabeza—. Alguien tiene que
atrapar al asesino de Ron. Si lo haces tú y te ascienden, es solo porque te lo
mereces.
—¿Me dices eso para que me sienta mejor?
—¿Yo? Nunca digo lo que no pienso, no cuando se trata de algo
importante. ¡A estas alturas ya deberías saberlo!
Bill sonrió, relajándose un poco.
—Tienes razón. Ya lo dice Andrea: el tacto no es uno de tus puntos
fuertes.
—Cierto —concedió Hannah con una sonrisa, aunque le escoció un
poco. Le parecía que había tenido mucho tacto con Andrea a lo largo de los
años. Había habido incontables ocasiones en que habría estrangulado con
gusto a su hermana, y no lo había hecho.
—Hay otra cosa, Hannah. —Bill se aclaró la garganta—. No me gusta
tener que pedírtelo, pero la gente suele hablar contigo y conoces a casi todo
el mundo en el pueblo. ¿Me llamarás si te enteras de algo que creas que
debería saber?
—Cuenta con ello, te llamaré.
—Gracias. Me basta con que mantengas los ojos y los oídos bien
abiertos. Si el asesino de Ron es un vecino, seguramente acabará diciendo o
haciendo algo que lo delate. Solo tenemos que ser lo bastante listos para
detectarlo.
Hannah asintió. Entonces se percató de que Bill estaba mirando las
bandejas de crujientes de avena y pasas con cara de hambre y se levantó
para llenarle una bolsa.
—No te las comas todas de una sentada, Bill. Te está saliendo una lorza
en la cintura.
Después de que Bill se marchara, Hannah pensó en lo que había dicho.
Andrea tenía razón. Carecía de tacto. Una persona con tacto no habría
mencionado la lorza de la cintura de Bill. No era ella quién para criticar al
marido de Andrea.
Mientras volvía a través de la puerta batiente y ocupaba su sitio detrás
del mostrador, Hannah se dio cuenta de que había cometido una infracción
fraternal todavía más grave: acababa de prometer ayudar a Bill a resolver
un caso de asesinato, lo que podría dejar a Andrea sin trabajo.
Galletas crujientes con pepitas de
chocolate

225 g de mantequilla
200 g de azúcar blanco
200 g de azúcar moreno
2 cucharaditas de bicarbonato de soda
1 cucharadita de sal
2 cucharaditas de vainilla
2 huevos batidos (sirve con un tenedor)
325 g de harina (sin tamizar)
50 g de Corn Flakes picados (puede
chafarlos con las manos)
Entre 170 y 340 g de pepitas de chocolate

Funda la mantequilla, añada los azúcares y


remueva.
Agregue el bicarbonato, la sal, la vainilla y
los huevos batidos.
Mezcle bien. Seguidamente añada la
harina e incorpórela. Añada los Corn
Flakes picados y las pepitas de chocolate y
mézclelo todo bien.
Con los dedos, forme bolas del tamaño de
una nuez y colóquelas sobre bandejas para
galletas engrasadas (en una de tamaño
estándar caben 12). Aplástelas ligeramente
con una espátula enharinada o engrasada

Hornee a 190 °C entre 8 y 10 minutos.


Déjelas enfriar en las bandejas durante 2
minutos y luego pase las galletas a una
rejilla hasta que se enfríen del todo.
(La rejilla es importante: es lo que hace
que queden crujientes).
Cantidad: de 60 a 90 galletas, dependiendo
del tamaño de cada galleta. (Estas galletas
han sido las favoritas de Andrea desde el
instituto).

Nota de Hannah: si las galletas se


extienden demasiado en el horno, reduzca
la temperatura a 175 °C y no las aplaste
antes de hornearlas.
CAPÍTULO TRES


Y a está, Lisa. Preparada. —Hannah cerró la puerta de atrás de su
coche y dio la vuelta para ponerse al volante—. Debería estar de
vuelta a las cuatro como muy tarde. Lisa asintió y pasó a Hannah
un recipiente con limones que había lavado hasta que cualquier germen con
valor para aterrizar en su superficie hubiera huido aterrorizado.
—¿Quieres llevar algo más de azúcar por si te piden mucha limonada?
—Si lo necesito, tomaré lo que me haga falta de la cocina de la escuela.
Edna no se va hasta las tres y media.
Cuando Lisa volvió dentro, Hannah dio marcha atrás por el callejón y
salió de él para encaminarse al Instituto Jordan. Le habían puesto el nombre
del primer alcalde de Lake Eden, Ezekiel Jordan, pero ella sospechaba que
la mayoría de los estudiantes creía que el nombre de su instituto tenía algo
que ver con el baloncesto profesional.
El Instituto Jordan y la Escuela Elemental Washington eran dos
edificios separados que estaban conectados por un pasillo alfombrado con
ventanas de cristales dobles que daban al recinto escolar. Ambos centros
compartían un auditorio y una cafetería para ahorrar gastos, y tenían un
único director. El equipo de mantenimiento lo formaban cuatro empleados;
dos se encargaban del trabajo de conserjería y los otros dos eran
responsables del patio así, como de los terrenos de deportes del instituto.
El complejo escolar de Lake Eden funcionaba bien. Dado que la escuela
primaria y el instituto estaban conectados, los hermanos y hermanas
mayores siempre estaban disponibles para llevar a un hermano pequeño de
vuelta a casa si se ponía enfermo o para calmar a un pequeño de la
guardería asustado que echaba en falta a mamá y papá. Esta disposición
también proporcionaba un extra a los estudiantes del Instituto Jordan. Los
mayores que pensaban hacerse profesores eran animados a ejercer de
voluntarios como asistentes de aula durante su tiempo libre. Las tempranas
prácticas laborales habían propiciado que varios titulados en el centro
hubieran regresado a Lake Eden para aceptar puestos de profesores en la
escuela.
Al girar por la calle Tercera y conducir por delante de la manzana
pública que había sido consagrada al recreo familiar, Hannah se percató de
que no había alumnos de preescolar jugando en el parque Lake Eden. Las
cadenas de los columpios permanecían completamente inmóviles, el tiovivo
seguía cubierto de las coloridas hojas que habían caído a lo largo de la
mañana, y aunque la temperatura había alcanzado el máximo de nueve
grados pronosticado, ningún niño pedaleaba en triciclo por el paseo circular
que rodeaba el patio.
Por un momento, a Hannah le pareció raro. Era el tipo de tiempo por el
que suplicaba una madre de un niño de preescolar. Pero entonces se acordó
de lo que había pasado esa mañana y comprendió por qué el parque estaba
vacío. Había un asesino suelto en Lake Eden. Los padres preocupados
tenían a los niños en casa, alejados del peligro.
En Gull Avenue había una larga hilera de coches parados junto al
bordillo. Se alargaba durante tres manzanas que conducían, en ambos
sentidos, al complejo escolar, bloqueando la entrada a los accesos de
vehículos y a las bocas de incendio en flagrante infracción de las normas de
aparcamiento de la ciudad. Hannah avanzó con lentitud por delante de los
padres con aspecto preocupado que esperaban que sonara el timbrazo de
salida, y al acercarse a la escuela, vio que Herb Beeseman, con su coche
patrulla recién lavado y encerado, había aparcado en diagonal delante de la
entrada. No estaba repartiendo multas por las infracciones que se producían
ante sus mismas narices, y Hannah supuso que había considerado la
seguridad de los niños de Lake Eden una prioridad mayor que el llenar las
arcas del ayuntamiento.
Hannah echó la mano hacia atrás, entre los asientos, y agarró una bolsa
de crujientes de melaza. Siempre llevaba varias bolsas de galletas consigo
para momentos como esos. Entonces se detuvo al lado del coche patrulla y
bajó la ventanilla.
—Hola, Herb. Me encargo del catering para el banquete de los Premios
de los Boy Scouts. ¿Puedo entrar en el aparcamiento?
—Claro, Hannah —respondió Herb, con los ojos clavados en la bolsa de
galletas que Hannah sostenía en la mano—. Pero trata de aparcar
legalmente. ¿Son para mí?
Hannah le dio la bolsa.
—Estás haciendo un gran trabajo protegiendo a los niños. Estoy segura
de que los padres sabrán valorarlo.
—Gracias. —Herb pareció complacido por el elogio—. ¿Tu madre
todavía me detesta por aquella multa que le puse?
—Yo no diría exactamente que te «detesta», Herb. —Hannah concluyó
que no era el momento oportuno para decirle a Herb cómo le había llamado
exactamente su madre—. Pero sí sigue un poco irritada.
—Siento haber tenido que hacerlo, Hannah. Tu madre me cae bien, pero
no puedo permitir que la gente vaya excediendo el límite de velocidad
dentro del casco urbano.
—Lo entiendo y creo que mi madre también. Lo que pasa es que no está
muy dispuesta a reconocerlo todavía. —Hannah empezó sonreír—. Al
menos esa multa dio para algo bueno.
—¿El qué?
—Dejó de intentar liarme contigo.
Hannah se rio entre dientes mientras se alejaba. A juzgar por la
expresión de sorpresa que apareció en la cara de Herb, él no tenía ni idea de
que su madre lo había tenido en cuenta para ocupar el puesto de yerno.
La amplia puerta que separaba el aparcamiento de los profesores de las
instalaciones de la escuela estaba abierta y Hannah entró por ella. Mientras
recorría el carril entre las hileras de coches aparcados, se fijó en la llamativa
ausencia de vehículos nuevos o caros. La enseñanza no pagaba lo bastante
bien para lujos, lo que era una pena. Había algo que fallaba, y mucho, en el
sistema cuando un profesor ganaba más dinero friendo hamburguesas en
una cadena de comida rápida.
La franja de asfalto junto a la puerta de atrás de la cafetería estaba
salpicada de rótulos de aviso. Hannah se detuvo junto a uno que rezaba:
«APARCAMIENTO PROHIBIDO A TODAS HORAS POR ORDEN DE LA AUTORIDAD DE
APARCAMIENTO DE LAKE EDEN». En letras más pequeñas, advertía que sobre
los infractores caería todo el peso de la ley, pero Herb era el único
empleado de la Autoridad de Aparcamiento de Lake End y estaba fuera,
vigilando la entrada principal. Hannah no se sentía culpable por infringir
una norma de aparcamiento de la ciudad.
Llegaba tarde y tenía que descargar sus suministros. Dentro de menos
de diez minutos una horda de hambrientos Boy Scouts estaría pidiendo a
gritos sus galletas y su limonada.
En cuanto Hannah se detuvo, Edna Ferguson abrió la puerta de la
cocina. Era una mujer delgada como un junco que ya había entrado en la
cincuentena y lucía una sonrisa cordial.
—Hola, Hannah. Me empezaba a preguntar cuándo llegarías. ¿Quieres
que te ayude a descargar?
—Gracias, Edna. —Hannah le dio una caja de comida para que la
llevara dentro—. Los Scouts todavía no están aquí, ¿no?
Edna negó con un gesto de la cabeza, protegida con una redecilla.
—El señor Purvis ha convocado una asamblea general del centro y
todavía siguen todos en el auditorio. Si sus padres no han venido a
recogerlos, quiere que vuelvan a sus casas en grupos.
Hannah asintió y levantó la caja grande de galletas que había preparado
Lisa y siguió a Edna a la cocina de la escuela. Al entrar en el amplio espacio
con sus mostradores a lo largo de las paredes y sus enormes
electrodomésticos, Hannah se preguntó cómo se sentiría el último chico de
cada grupo. Empezaría saliendo junto con los demás, sintiéndose protegido
por la fuerza numérica del grupo, pero, uno por uno, sus amigos se irían
para encaminarse a sus casas. Cuando el último se hubiera marchado,
tendría que recorrer el resto del camino solo, esperando y rogando que el
asesino no estuviera acechando entre los arbustos.
—No sufrió, ¿verdad que no, Hannah?
Hannah dejó la caja y se volvió hacia Edna.
—¿Qué?
—Ron. Me he pasado el día pensando en eso. Era un chico muy
agradable. Si le había llegado la hora, espero que fuera rápido e indoloro.
Hannah no creía que nadie tuviera una hora predestinada para morir.
Pensar eso se parecía a comprar un número de lotería y creer que había
llegado el momento de ganar el gordo.
—Bill me dijo que creía que había sido instantáneo.
—Supongo que deberíamos dar las gracias. ¡Y pensar que estuvo aquí
mismo solo unos minutos antes de que lo asesinaran! ¡Entran escalofríos!
Hannah colocó los limones encima de una de las tablas de picar de Edna
y empezó a cortarlos en rodajas finas como el papel.
—¿Así que Ron hizo el reparto esta mañana?
—Claro. Ese chico no fallaba nunca. Era muy meticuloso y se
enorgullecía de su trabajo.
Hannah añadió ese detalle al pequeño conjunto de hechos que había
reunido. Ron había repuesto la cámara frigorífica del Instituto Jordan esta
mañana, si es que servía de algo saberlo.
—¿Lo has visto esta mañana?
—No. Nunca nos cruzamos. Yo no entro hasta las ocho y a esa hora él
hace mucho que se ha ido. Pero hoy había rellenado la cámara.
Hannah desenvolvió su resistente ponchera de plástico y se la pasó a
Edna. Solo utilizaba la de cristal para actos formales como bodas y bailes
de fin de curso. Entonces tomó el enorme termo de limonada y el cuenco
con rodajas de limón que había cortado y se dirigió a la parte central de la
cafetería. Ya habían dispuesto una mesa para los refrigerios, cubriéndola
con un mantel de papel azul, y había un archivador de cartón en la cabecera
de otra mesa con un mantel similar.
—Gil se pasó en su hora libre para preparar las mesas —le explicó Edna
—. Me pidió que te dijera que va a traer un centro de mesa con forma de
globo.
—Muy bien, le haré sitio. —Hannah le hizo un gesto a Edna para que
dejase la ponchera en la mesa. Entonces abrió el termo y empezó a verter la
limonada en el recipiente.
—¿Notaste algo raro en la forma en que Ron dejó la cocina?
—No podría decirlo. ¿Qué tienen esos cubitos de hielo, Hannah?
Parecen turbios.
—Están hechos con limonada para que no quede aguada cuando se
fundan. Hago lo mismo en todos los ponches que preparo. —Hannah acabó
de verter la limonada y depositó las rodajas de limón por encima. Al
retroceder para admirar el efecto, se percató de que Edna fruncía el ceño—.
¿Crees que le hacen falta más rodajas de limón?
—No. Tiene una pinta verdaderamente profesional. Estaba pensando en
Ron.
—Tú y todos los demás. Vamos, Edna. Tengo que desenvolver las
galletas.
Edna la siguió de vuelta a la cocina y ahogó una exclamación cuando
Hannah levantó la tapa de la caja.
—¡Qué maravilla! Son preciosas, Hannah.
—Eso me parece a mí también. —Hannah sonrió mientras disponía las
galletas en una bandeja. Con una manga de cocina, Lisa había esparcido un
glaseado amarillo y azul con la forma del logo de los Boy Scouts—. Lisa
Herman hizo la decoración. Está convirtiéndose en una experta con la
manga pastelera.
—Lisa tiene mucho talento. Estoy segura de que esa chica podría hacer
cualquier cosa que se le metiera en la cabeza. Es una pena que tuviera que
dejar la universidad para cuidar de su padre.
—Pues sí. Sus hermanos y hermanas mayores querían meterlo en una
residencia de ancianos, pero a Lisa no le pareció lo correcto. —Hannah le
pasó a Edna una caja con pequeños platos de papel azules, servilletas
doradas y vasos de plástico azules—. Lleva esto; yo acercaré las galletas.
No tardaron mucho en colocar los platos, los vasos y las servilletas en la
mesa. Una vez hubieron acabado, volvieron a la cocina a tomarse una taza
de café. Estaban sentadas a la mesa de madera cuadrada que había en el
rincón de la cocina, esperando que llegaran los Scouts, cuando a Edna se le
escapó otro largo suspiro.
—Es una verdadera pena, la verdad.
—¿Te refieres a lo de Ron?
—Sí. El pobre chico se estaba reventando a trabajar con esas rutas que
hacía. Trabajaba sesenta horas a la semana y Max no paga horas extra.
Estaba acabando con él.
—¿Te lo contó Ron?
Edna negó con la cabeza.
—Me lo dijo Betty Jackson. Estaba presente cuando Ron le pidió un
ayudante a Max. Eso fue hará más de seis meses, pero Max era demasiado
tacaño para incluir a nadie más en nómina.
Hannah lo sabía. Max Turner se había ganado la reputación de ser un
avaro que aprovechaba hasta el último céntimo. Para ser alguien a quien el
dinero le salía por las orejas, desde luego no lo parecía. Max conducía un
coche nuevo, pero ese era su único lujo. Seguía viviendo en la vieja casa de
sus padres en la parte de atrás de la lechería Cozy Cow. La había arreglado
un poco, pero porque había sido necesario. Se le habría caído encima de no
hacerlo.
—Pensaba que era una pena que Ron tuviera que morir el día que
finalmente iba a tener un ayudante.
—¿Tenía Ron un ayudante? —Hannah se dio la vuelta para mirar
sorprendida a Edna—. ¿Cómo lo sabes?
—Suelo preparar una jarra de café instantáneo para Ron. Siempre le ha
gustado tomar algo para entrar en calor al salir de la cámara frigorífica.
Cuando llegué esta mañana había dos tazas de café sobre el mostrador, así
que supuse que por fin había conseguido a su ayudante. ¡Aunque nunca
imaginé que Max fuera a contratar a una mujer!
Hannah sintió que empezaba a bombear adrenalina. La nueva ayudante
de Ron podría haber presenciado su asesinato.
—¿Estás segura de que la ayudante de Ron era una mujer?
—Había restos de lápiz de labios en la taza. Debía de ser joven porque
era de un color rosa brillante y ese color sienta fatal a las de nuestra edad.
Hannah se molestó al verse asociada en la misma categoría que una
mujer que era, al menos, veinte años mayor que ella. Estuvo a punto de
recordárselo a Edna, pero podría ser contraproducente.
—¿Lavaste las tazas, Edna?
—No. Las tiré a la basura.
—¿Que las tiraste a la basura?
Edna se rio ante la expresión de asombro de Hannah.
—Eran de las desechables.
—Podrían ser pruebas —le explicó Hannah, y la risa de Edna se apagó
al instante—. Bill está a cargo de la investigación y necesitará verlas.
Hannah se dio la vuelta y se dirigió al cubo de basura que había junto al
fregadero, pero antes de que empezara a rebuscar dentro Edna la detuvo.
—El señor Hodges vació la basura justo después de comer. Lo siento
mucho, Hannah. Nunca habría tirado los vasos si hubiera sabido que eran
importantes.
Hannah se dio cuenta de que había sido brusca.
—No pasa nada. Pero dime qué hace el señor Hodges con la basura.
—La tira toda en el gran contenedor naranja del aparcamiento. Alguien
tendrá que escarbar allí antes de que se la lleven.
—¿A qué hora?
—A eso de las cinco.
Hannah maldijo por lo bajini. No podía quedarse con los brazos
cruzados y dejar que el camión de la basura se llevara pruebas importantes.
Intentaría ponerse en contacto con Bill, pero si no estaba aquí a la hora que
terminara el banquete de los premios, ella tendría que revisar en persona las
bolsas de basura.

—¡Un trabajo estupendo, Hannah! —Gil Surma, el jefe de escultistas de


Lake Eden, además de orientador del Instituto Jordan, le dio una palmada
amistosa en el hombro—. Menos mal que habías traído galletas de más.
Nunca se me hubiera ocurrido que dieciocho chicos pudieran zamparse
siete docenas.
—Eso supone menos de cinco por cabeza y son chicos que están
creciendo. Pensé que, dado que estaba sirviendo un banquete para Boy
Scouts, más me valía estar a la altura del lema de la organización.
Gil tardó un momento en pillarlo. Mientras Hannah observaba, los
rabillos de sus ojos empezaron a arrugarse y empezó a reírse entre dientes.
—¿Te refieres a «Siempre listos»? ¡Muy ingeniosa…!
Hannah sonrió y llevó la ponchera a la cocina. Cuando volvió, Gil
seguía allí.
—No tienes por qué quedarte, Gil. Ya limpiaré yo.
—No, te ayudaré. —Gil empezó a recoger los vasos y platos de plástico
y a tirarlos a la basura—. ¿Hannah?
—Dime, Gil —Hannah se detuvo para mirarlo. Gil parecía muy serio.
—Tú encontraste a Ron, ¿verdad?
Hannah suspiró. Toda la gente con la que se cruzaba quería saber algo
sobre Ron. Se estaba convirtiendo en una celebridad local, pero verse
catapultada a la fama inmediata debido al asesinato de Ron hacía que se
sintiera mal.
—Sí, Gil. Yo le encontré.
—Debe de haberte afectado mucho.
—No ha sido muy divertido que digamos.
—Estaba pensando… que es algo espantoso y que a lo mejor querías
hablar con alguien sobre lo que ha pasado. La puerta de mi despacho
siempre está abierta, Hannah. Y haré cuanto esté en mi mano para ayudarte
a sobrellevarlo.
Hannah quería decirle que no necesitaba ningún psiquiatra. O que, aun
en el caso de que lo necesitara, el orientador escolar del Instituto Jordan,
que trataba los sufrimientos que provocan el acné y las noches de sábado
sin cita, no sería el psiquiatra que escogería. Pero entonces se recordó a sí
misma que se había jurado tener tacto, así que respiró hondo, preparándose
a soltar una trola maliciosa.
—Gracias por el ofrecimiento, Gil. Si necesito hablar con alguien sobre
esto, tú serás el primero.
Para cuando Hannah hubo recogido sus cosas y las había llevado en un
carrito hasta su Suburban, Edna ya se había ido. Había llamado a Bill varias
veces, pero le habían contestado que estaba fuera y no se podía contactar
con él. Hannah miró su reloj. Le había prometido a Lisa que estaría de
vuelta antes de las cuatro y le quedaban solo cinco minutos de margen. Pero
encontrar el vaso con lápiz de labios era más importante que volver a The
Cookie Jar a tiempo.
Hannah bajó la vista para mirar su ropa. Llevaba puesto su mejor
conjunto, unos pantalones y un suéter que pensaba usar aquella misma
noche, pues el alcalde daba una fiesta y ella era la encargada del catering.
El conjunto de punto era de un color beige claro, pero lavable.
Emitiendo un pequeño gruñido por la lavadora que tendría que poner en
cuanto llegara a casa, Hannah se arremangó el suéter y fue al contenedor,
preparándose para presentar batalla a los restos de basura de la cafetería.
El contenedor era enorme. Hannah arrugó la nariz ante el hedor que
salía del receptáculo metálico y por lo bajini soltó un taco. El borde del
contenedor quedaba por encima de sus axilas y no había forma de que
pudiera sacar todas las bolsas para examinarlas. Soltando otro taco, uno más
elocuente esta vez, Hannah volvió a su Suburban y lo colocó delante del
basurero. Entonces se subió al capó de color rojo manzana y metió el brazo
en el contenedor para sacar la primera bolsa de basura.
Lo que encontró fueron servilletas arrugadas, restos apelmazados de
natillas sabor caramelo y algo marronáceo que parecía guisado de ternera.
Al menos ya sabía qué habían comido los estudiantes ese día. Hannah
estaba a punto de levantar la segunda bolsa cuando se acordó de un detalle:
las bolsas del cubo de basura de la cocina eran de color verde y más
pequeñas que las demás. Se estiró sobre el capó y levantó las bolsas negras
una por una, arrastrándolas hacia un lado. Cerca del fondo —tendría que
haber supuesto que estaría en el fondo— vio una solitaria bolsa verde.
Aunque se estiró hacia delante hasta que toda la parte superior de su
cuerpo quedó colgada sobre el borde del contenedor, las puntas de los dedos
quedaban todavía a casi diez centímetros del extremo de la bolsa verde.
Hannah suspiró y entonces hizo lo que cualquier buena cuñada y dedicada
detective aficionada habría hecho. Se dio la vuelta para que las piernas le
quedaran oscilando por encima del borde del receptáculo metálico, aspiró
hondo y se deslizó dentro de las entrañas del contenedor.
Ahora que estaba dentro, agarrar la bolsa verde de basura fue sencillo;
pero salir del contenedor, no tanto. Hannah tuvo que formar una pila con las
grandes bolsas de basura negras para poder trepar sobre ellas, utilizándolas
como una escalera blanda y resbaladiza. Una bolsa se rompió bajo su peso y
se le escapó un gruñido mientras sus zapatos se hundían en una ciénaga de
guiso. Cuando por fin salió de las profundidades hediondas y volvió a
subirse sobre el capó de su Suburban, Hannah sabía que olía tan mal como
aparentaba.
—Bill va a deberme una buena por esto —refunfuñó Hannah mientras
desataba el lazo de la bolsa verde de plástico y empezaba a rebuscar entre
los contenidos. Tras varios envoltorios arrugados de pan y un montón de
colillas, encontró unos vasos de poliestireno—. ¡Os tengo!, —se jactó
Hannah. Estaba a punto de agarrar los vasos cuando recordó que las
películas y los inspectores de policía de la televisión siempre usaban
guantes protectores y bolsas para las pruebas. Si había huellas dactilares en
el vaso con el lápiz de labios, no tenía la menor intención de emborronarlas.
Dado que Hannah no llevaba encima ni guantes ni bolsas para pruebas entre
sus utensilios de catering, optó por ponerse un envoltorio de pan limpio en
la mano, sacar los dos vasos, uno por uno, y depositarlos dentro de un
segundo envoltorio de pan.
Con las pruebas a buen recaudo, Hannah se bajó del capó de su
Suburban y se puso al volante. Encendió el motor y salió del aparcamiento
de la escuela, sintiéndose un poco idiota por las complejas precauciones que
había tomado. ¿De verdad valía la pena ser tan precavida o aquello era tan
absurdo como pretender imitar a los detectives de la tele?
CAPÍTULO CUATRO

L isa estaba llenando una bolsa con galletas blandas de mantequilla de


cacahuete y se le pusieron los ojos como platos cuando Hannah
irrumpió por la puerta trasera.
—¡Hannah! ¿Qué…?
—No preguntes. Voy a ir a darme una ducha rápida.
—Pero Bill está aquí y tiene que hablar contigo.
Hannah se metió en el lavabo y asomó la cabeza por la puerta. —
¿Dónde está?
—En la parte de delante. Está ocupándose del mostrador mientras
empaqueto este pedido para la señora Jessup.
—Dale una taza de café y mándalo para aquí. Saldré en cuanto esté
presentable.
En cuanto cerró la puerta del lavabo tras de sí, Hannah se quitó la ropa
mugrienta y la metió en una bolsa para la colada. Luego se introdujo en el
minúsculo espacio cuadrado y cerrado de metal que Al Percy había llamado
«un plus» cuando le había enseñado el edificio y abrió el grifo. Había
utilizado esa ducha solo una vez antes, cuando un saco de harina de más de
veinte kilos había reventado al levantarlo a pulso hasta la superficie de la
mesa de trabajo. Puede que la ducha fuera diminuta y estrecha, pero le hizo
el servicio. Una vez estuvo todo lo limpia que pudo dentro de aquellos
limitados confines, cerró el agua, salió y se secó en un tiempo récord.
Se puso el conjunto de reserva que guardaba para las emergencias: un
par de tejanos gastados con el trasero deshilachado y una vieja sudadera de
los Minnesota Vikings que se había descolorido, pasando del original
violeta brillante a un apagado tono gris. Las letras mayúsculas doradas se
habían emborronado hasta ser poco más que una mancha desgastada, pero
al menos Hannah ya no olía a comida podrida. Tras pasarse un peine de
púas anchas por el encrespado pelo rojizo, se calzó un par de zapatillas de
cross que no se había puesto desde que dejó de creer en las bondades de
hacer deporte y abrió la puerta.
Bill estaba sentado en un taburete en la mesa de trabajo. Había migas de
galletas en la por lo demás inmaculada superficie, y Hannah supuso que
Lisa debía de haberle atiborrado de galletas para evitar que se impacientara
demasiado.
—Ya era hora —dijo Bill—. Lisa ha dicho que olías peor que el
pordiosero que ronda el Red Owl. ¿Qué ha pasado?
—He estado ayudándote. Edna Ferguson me dijo que Max ha
contratado a una ayudante para Ron. Estuve buscando y recogiendo los
vasos de café que utilizaron esta mañana.
Bill pareció confuso.
—Pero si Ron no tenía ningún ayudante. Se lo pregunté a Betty. Si
había una mujer con Ron esta mañana no la había contratado la lechería.
¿No la reconoció Edna?
—Edna no la vio. Ron y esa mujer se fueron antes de que ella llegara a
trabajar.
—Espera un momento —Bill levantó las manos—: si Edna no vio a esa
mujer, ¿cómo supo de ella?
—Por los vasos. Edna deja siempre una jarra de café instantáneo para
Ron y esta mañana había dos vasos sobre el mostrador. Uno de ellos tenía
una mancha de lápiz de labios y por eso ella supo que Ron había estado con
una mujer. Yo recuperé los vasos, que están ahí, encima del lavaplatos en
ese papel de envolver pan.
—¿Por qué los conservó Edna? —Bill parecía desconcertado cuando se
levantó a recoger los vasos.
—No lo hizo. Los he sacado del contenedor de la cafetería, estaban al
fondo del todo y he tenido que meterme dentro para llegar a ellos.
—¿Por eso olías como un pordiosero?
—Ahora lo entiendes. —Hannah se quedó sin aliento cuando Bill
empezó a introducir la mano entre el papel de envolver pan—. ¡No los
toques, Bill! Me he tomado muchas molestias para conservar cualquier
huella dactilar.
Las cejas de Bill se dispararon hacia arriba y se quedó paralizado por un
instante. Miró la cara seria de su cuñada y entonces empezó a reírse.
—El laboratorio no puede extraer huellas de este tipo de vasos. La
superficie es demasiado rugosa.
—¡Ya sabía yo que no debía meterme en ese contenedor!, —gruñó
Hannah—. ¿Y qué me dices del lápiz de labios? ¿Te sirve para algo?
—Es posible, a no ser que se trate de un color tan popular que lo usen la
mitad de las mujeres de Lake Eden.
—Pues no lo es. —Hannah respondió convencida—. La mayoría de las
mujeres tienen un aspecto espantoso con un rosa brillante.
—¿Cómo lo sabes? Nunca te he visto con los labios pintados.
—Eso es verdad, pero Andrea se compró un color como ese una vez y le
quedaba horroroso. Tiene todos los colores que existen sobre la faz de la
tierra, así que imagino que este no puede ser muy popular.
—Tienes razón —Bill empezó a sonreír—. Buen trabajo, Hannah.
A Hannah le complació el cumplido, pero entonces empezó a pensar en
la logística que requeriría encontrar a la mujer de Lake Eden que llevaba
ese color de pintalabios.
—¿Qué vas a hacer, Bill? ¿Inspeccionar todos los tocadores de señoras
de la ciudad?
—Espero que no sea necesario llegar hasta ahí. Empezaré con las
tiendas de cosmética y veré si tienen este color. Quienquiera que sea la
mujer, tiene que comprarlo en alguna parte. Eso se llama patearse las calles,
Hannah, y necesitaré tu ayuda. Es posible que no sepas gran cosa sobre
lápices de labios, pero desde luego sí más que yo.
Hannah suspiró. Mirar la hierba crecer le resultaba más interesante que
visitar las tiendas de cosmética, y patearse las calles tampoco sonaba muy
divertido.
—Porque vas a ayudarme, ¿verdad?
—Claro que sí. Lamento no saltar de alegría, pero rebuscar en toda esa
basura me ha desanimado.
—La próxima vez, llámame y ya me encargaré yo. Llevo monos de
protección en el coche patrulla y estoy acostumbrado a cosas así.
—Ya te llamé. Incluso dejé un mensaje, pero no me contestaste a
tiempo. Y como Edna me dijo que la empresa de basuras vaciaba el
contenedor a las cinco, me pareció que más valía que lo hiciera yo misma.
Bill estiró la mano para darle una palmadita en la espalda.
—Serías una buena detective, Hannah. Tu búsqueda en el contenedor
nos ha dado la única pista genuina de la que disponemos.
Rhonda Scharf, cuyo cuerpo rechoncho de mediana edad iba embutido
en un suéter de angora azul celeste que podría haberle quedado bien con
trece kilos menos, se inclinó sobre el cristal del expositor de cosméticos de
la farmacia para mirar fijamente la mancha de pintalabios rosa en el vaso
blanco de poliestireno. Rhonda mostraba una expresión irritada que le hacía
bajar las comisuras de sus labios carmín, y sus exageradas pestañas
artificiales aletearon en gesto de desagrado.
—Ese pintalabios no ha salido de mi expositor. ¡Ni muerta exhibiría un
producto como ese!
Bill empujó la bolsa para acercársela un poco más.
—Échale otro vistazo, Rhonda. Tenemos que asegurarnos.
—Ya he mirado. —Rhonda empujó la bolsa hacia él—. Yo me encargo
de realizar todos los pedidos y nunca he tenido ni esa marca ni ese color.
—¿No te cabe la menor duda, Rhonda?
Rhonda negó con la cabeza y su pelo negro azabache osciló de un lado a
otro. Los mechones se movían juntos, como si estuvieran pegados unos a
otros, y Hannah pensó que Rhonda debía de conseguir un descomunal
descuento para empleados en laca.
—¿Ves cómo se ha manchado con el roce? —Rhonda tocó la bolsa
hincándole la punta afilada de una larga uña perfectamente arreglada—. No
vendo ningún lápiz de labios que no sea a prueba de manchas, y el estilo
que compro no deja tonos chillones como ese.
Hannah levantó la mirada de los muestrarios de colores que le había
pasado Rhonda. Su abuela siempre decía que se atrapan más moscas con
miel que con vinagre, y estaba a punto de poner a prueba esa vieja máxima.
—Necesitamos desesperadamente tu ayuda, Rhonda. Tú eres la única
experta en cosmética de Lake Eden.
—Entonces, ¿por qué habéis ido a CostMart? No lo niegues, Hannah.
Cheryl Coombs me llamó para decírmelo.
—Claro que fuimos —reconoció Hannah—. Revisamos todos los
expositores de cosméticos de la ciudad. Pero te hemos dejado para el final
porque le dije a Bill que tú eras la que más sabías aquí sobre lápices de
labios. Siempre vas maquillada a la perfección.
Rhonda se retocó levemente, echando una mirada de soslayo a Bill, en
lo que fue a todas luces una coquetería. Dado que Rhonda debía rondar los
cincuenta y Bill todavía no había cumplido los treinta, Hannah pensó que el
cotilleo que le había contado su madre sobre Rhonda y el conductor de UPS
tal vez no fuera tan absurdo como le había parecido.
—Ayudaré en todo lo que pueda —Rhonda sonrió un poco, mientras sus
lentes de contacto violetas repasaban a Bill—. ¿Qué queréis saber?
Hannah suspiró, recordándose de nuevo las moscas y la miel.
—Si quisieras comprar un lápiz de labios como el de la mancha que hay
en el vaso…, que ya sé que es imposible, por tu buen gusto y todo lo
demás…, pero, si quisieras, ¿dónde irías a comprarlo?
—Déjame pensarlo. —Rhonda frunció los labios perfilados a la
perfección—. Ninguna tienda de la ciudad trae este pintalabios, así que
tendría que buscarlo en otro sitio. Aunque yo no lo haría, claro.
Hannah mostró su acuerdo de inmediato.
—Por descontado que no. Solo son suposiciones. Estás ayudando a Bill
en una investigación muy importante, Rhonda, y él te lo agradece
sinceramente.
—Espera un momento. —Rhonda entornó los ojos—. ¿Tiene esto algo
que ver con el asesinato de Ron LaSalle?
Hannah le dio una patada a Billy este le siguió la corriente. Se acercó y
bajó la voz.
—Se trata de algo confidencial, Rhonda. La única razón por la que te
hemos preguntado es porque sabíamos que podíamos confiar en ti.
—Ya veo. —Rhonda alargó el brazo para dar unas palmaditas en la
mano de Bill—. Si quisiera comprar este color concreto de pintalabios
absolutamente horroroso, tendría que pedírselo a Luanne Hanks.
—¿Luanne Hanks? —Hannah reaccionó con sorpresa. Luanne había ido
a la misma clase que Michelle en el instituto, pero tuvo que dejar de
estudiar cuando se quedó embarazada—. Tenía entendido que Luanne
trabajaba en el Hal and Rose’s Cafe.
—Y ahí trabaja.
—¿Venden pintalabios en la cafetería?, —preguntó Bill.
—No, tonto. —Rhonda aleteó sus pestañas artificiales—. Luanne
trabaja en la cafetería durante la semana laboral y vende cosméticos Pretty
Girl los fines de semana. La he visto cargando con su maletín de muestras
por la ciudad.
Bill dio un paso atrás, disponiéndose a marcharse.
—Gracias, Rhonda. Has sido de mucha ayuda.
—Una cosa más, Rhonda. —Hannah adoptó la expresión más seria que
pudo—. Bill todavía no te ha avisado.
Bill se volvió a mirar con un rostro completamente inexpresivo, y
Hannah supo que tendría que encargarse ella misma. Se volvió de nuevo
hacia Rhonda y se lanzó a hablar.
—Se trata de lo siguiente, Rhonda. Bill no quiere que cuentes nada
sobre las preguntas que te ha hecho. Si el asesino de Ron se entera de que le
has ayudado, podrías correr verdadero peligro. ¿No es así, Bill?
—Eh, esto… ¡Sí, claro! —Bill fue un poco lento para pillarlo, pero
Hannah supuso que todavía estaba un poco desconcertado por la tentativa
de Rhonda de coquetear con él—. Guardar silencio, eso es lo que hay que
hacer, Rhonda. Ten presente que el asesino de Ron ya ha cometido el peor
de los crímenes. No pierde nada si vuelve a asesinar.
Rhonda empalideció hasta tal punto que Hannah vio la línea entre la
base del maquillaje y la piel del cuello. Rhonda se merecía un buen
escarmiento por coquetear con Bill, pero Hannah no quería sentirse
responsable de los daños si Rhonda se desmayaba y se daba un golpe contra
el expositor de cristal de los cosméticos.
—No te pongas nerviosa, Rhonda. —Hannah alargó la mano para
palmearle el brazo y tranquilizarla a la vez—. Nadie ha oído nuestra
conversación y hemos visitado a todos los vendedores de cosméticos de la
ciudad. Por lo que sabe la gente, tú solo nos has dicho que no vendes este
tipo de lápiz de labios.
—Hannah tiene razón —dijo Bill—. No hay motivos para alarmarse,
Rhonda. Y, para estar más seguros y proteger tu identidad, no mencionaré tu
nombre en mi informe.
—Gracias, Bill. —La cara de Rhonda empezó a recuperar un poco de
color—. No contaré ni palabra de esta conversación a nadie. Lo juro.
Hannah se alegró de que Rhonda no fuera a irse de la lengua, pero
seguía estando terriblemente pálida.
—Cuando el asesino esté en la cárcel, Bill te emitirá un certificado al
mérito de ciudadana ejemplar. Le has ayudado mucho, Rhonda.
Bill secundó las palabras de Hannah y recogió la bolsa de plástico. Con
las últimas despedidas y palabras de agradecimiento a Rhonda, salieron de
la tienda y se subieron al coche patrulla de Bill. Ya iban de regreso a la
tienda de Hannah cuando Bill empezó a reírse entre dientes.
—¿Qué pasa? —Hannah se volvió para mirarlo.
—Me preguntaba cómo le voy a emitir un certificado al mérito de
ciudadana ejemplar a Rhonda si el departamento del sheriff no hace cosas
así.
—No hay problema —le tranquilizó Hannah—. Gil Surma tiene un fajo
de certificados de galardones en blanco para sus Boy Scouts. Le pediré uno
y puedes rellenarlo con el nombre de Rhonda.
—Eso no servirá. El sheriff Grant nunca firmaría con su nombre un
galardón falsificado.
—No tiene por qué hacerlo. —Hannah esbozó una amplia sonrisa—.
Vamos a resolver este caso, Bill. Para cuando toque darle a Rhonda su
certificado, ya serás inspector y podrás firmarlo tú mismo.
CAPÍTULO CINCO

H Hannah colgó sus pantalones y el suéter en una percha y alargó la


mano para atrapar a Moishe antes de que desapareciera en el interior
de la secadora, que aún estaba caliente.
—Ni se te ocurra. Las secadoras se comen a los gatos y me parece que
tú ya vas por tu séptima vida.
Con Moishe agarrado bajo el brazo, plegó una toalla con una mano y se
la llevó al sofá. En cuanto la colocó encima, Moishe saltó sobre ella y
empezó a ronronear.
—Los amigos lo comparten todo, hasta los pelos —dijo Hannah
agachándose para rascarle debajo de la barbilla antes de ir a buscar el resto
de la ropa. Cinco minutos después, estaba vestida y lista para acudir a la
recaudación de fondos del alcalde en el centro comunitario.
—Tengo que irme, Moishe. —Hannah se detuvo en el sofá para
despedirse de él—. Te encenderé la tele. ¿Qué prefieres, el telediario o el
canal Animal Planet?
Moishe meneó la cola y Hannah comprendió.
—Muy bien, el telediario. En Animal Planet hoy emiten emergencias
veterinarias, que no es precisamente tu programa favorito…
Acababa de encender la televisión cuando sonó el teléfono. Hannah
intercambió una mirada con Moishe.
—Más vale que no conteste. Seguramente es mamá otra vez.
Hannah escuchó su mensaje saliente: «Hola. Soy Hannah. No puedo
responder el teléfono en este momento, pero si dejas un mensaje, te llamo
encantada. Déjalo después de la señal». Sonó la señal y al instante la voz de
su madre se oyó por el altavoz: «¿Dónde estás, Hannah? Ya te he llamado
seis veces y nunca estás en casa. Llámame en cuanto vuelvas, ¡es
importante!».
—¿Tú dirías que mamá suena un poco mosqueada?, —preguntó Hannah
sonriendo maliciosamente a Moishe. El gato tenía las orejas echadas hacia
atrás y pegadas a la cabeza y se erizó irritado al oír el sonido de la voz de su
madre. Hannah le alisó el pelaje encrespado y le rascó de nuevo—. No te
preocupes, Moishe. No va a venir. Acaba de renovar el último par de
medias que le hiciste jirones.
Un gruñido surgió de la garganta de Moishe, un ronroneo ufano y
profundo. Estaba claramente satisfecho de sí mismo por echar a la mujer a
la que había etiquetado como «mal bicho». Hannah se rio, fue a buscarle un
par de golosinas para gatos con sabor a salmón y luego salió corriendo por
la puerta. Tenía que hacer una parada antes de ir al acto de recaudación de
fondos del alcalde y ya llegaba tarde.
Hannah agradeció de nuevo contar con alguien como Lisa mientras
ponía en marcha su Suburban, daba marcha atrás y salía retrocediendo de su
aparcamiento. Un vecino se quedaba con su padre esa noche y Lisa se había
ofrecido para llevarle las galletas y las cafeteras al centro comunitario.
Cuando Hannah llegara, la mesa de los refrigerios estaría puesta y lo único
que tendría que hacer sería sonreír y servir.
Había anochecido y Hannah encendió los faros. En cuanto salió de la
urbanización, giró hacia el sur en Old Lake Road y tomó la carretera rural
que llevaba a casa de la familia Hanks. Le había prometido a Bill que
hablaría con Luanne esa noche para comprobar si el lápiz de labios era uno
de los que ella vendía. Luanne había acabado su turno en el café a las seis y
a esas alturas estaría en casa.
La County Road 12 estaba flanqueada por hileras de abedules, cuya
corteza blanca reflejaba los haces de luz de los faros de Hannah a medida
que avanzaba. Los sioux habían usado la corteza de abedul para hacer
canoas. Cuando Hannah asistía todavía a la escuela primaria, su clase había
hecho una excursión al museo para ver una. La pequeña Hannah había
llegado a la conclusión de que si los indios habían construido canoas tantos
años atrás, resultaría incluso más sencillo ahora, utilizando herramientas
modernas. Por desgracia, su madre había visto que los abedules del patio
trasero se estaban quedando sin corteza y su canoa no pasó de la fase de
proyecto. Recibió una fuerte reprimenda de Delores por intentar matar sus
abedules, además de unos azotes de su padre por robarle su mejor navaja.
Las luces de los faros de Hannah dieron en el triángulo reflector
metálico que estaba clavado al tronco de un árbol en el desvío de Bailey
Road y redujo la velocidad para tomar la curva. Bailey Road era de grava
porque solo daba acceso a tres casas. Freddy Sawyer todavía vivía en la
casita de campo de su madre a orillas del charco que llamaban lago Bailey.
Era ligeramente retrasado, pero Freddy se defendía bien viviendo solo y
haciendo chapuzas ocasionales para la gente de la ciudad. La segunda casa
de Bailey Road había acabado de construirse el año anterior. Otis Cox y su
esposa habían levantado el hogar en el que pasarían su jubilación sobre el
solar de la antigua casita de campo de sus padres. Le habían contado a todo
el mundo en la ciudad que les gustaban la tranquilidad y la soledad, pero
Hannah creía que tenía más que ver con la norma vigente en Lake Eden que
limitaba el número de perros que podían tener los vecinos a tres canes por
residencia. Otis y Eleanor amaban los perros con locura y, ahora que vivían
fuera de la ciudad, podían acoger tantos perros callejeros como quisieran.
Hannah sonrió al pasar por delante de la acogedora casa de tres
dormitorios. Los Ford Explorer iguales de Otis y Eleanor estaban aparcados
en el camino de entrada, y cada uno de ellos lucía una nueva pegatina en el
parachoques. Eran copias que imitaban la vieja pegatina «I ♥ New York».
Las suyas rezaban «I ♠ My Dog», cambiando el amor neoyorquino por el
ambivalente símbolo de la castración perruna.
La otra residencia de Bailey Road, al final de todo, donde los
quitanieves no tenían espacio para dar la vuelta, era la vieja casa de los
Hanks. Ned Hanks, el padre de Luanne, había muerto hacía poco de una
enfermedad hepática, consecuencia de sus años de abuso del alcohol. Ahora
que Ned se había ido para siempre, las únicas ocupantes de la casa eran
Luanne, su madre y la bebé de Luanne, Suzie.
Al detenerse delante de la cabaña de cuatro habitaciones, Hannah pensó
en la extraña reacción de Luanne ante Bill. Este le había contado a Hannah
que había parado a la chica en una ocasión, por llevar una luz trasera rota en
el viejo coche que conducía, y ella se había mostrado visiblemente
aterrorizada de Bill. Hannah no lo entendía. Bill era como un peluche
gigante, con una sonrisa agradable y un aire nada amenazador. No tenía una
pizca de maldad en su cuerpo y todo el mundo en Lake Eden lo sabía.
En realidad, Hannah no conocía mucho a Luanne. La había visto un par
de veces cuando Michelle la había traído a casa de la escuela, y también la
había visto en el café, pero no habían intercambiado más que unas palabras
de cortesía. Pese a todo, Hannah la admiraba. Aunque Luanne había dejado
el instituto durante el último curso, había seguido estudiando durante su
embarazo y había aprobado el examen de equivalencia para su diploma.
Luanne trabajaba mucho en el café, siempre agradable y bien arreglada, y
ahora que había muerto su padre era el único sustento de su madre y Suzie.
Aunque corrían rumores, nadie sabía a ciencia cierta quién era el padre de
la hija de Luanne. Cuantos habían tenido el descaro de preguntárselo
directamente habían recibido una respuesta muy educada: «Prefiero no
decirlo».
Naturalmente, Hannah llevaba consigo galletas. Había hecho una bolsa
con una docena de sus galletas dulces a la antigua y la cogió al apearse de
su Suburban. En el aire fresco de la noche flotaba un aroma que hacía la
boca agua y Hannah lo olisqueó con gusto. Alguien estaba preparando la
cena y olía a jamón frito y panecillos.
Luanne se sorprendió visiblemente al encontrarse con Hannah cuando
respondió a la llamada a la puerta.
—¡Hannah! ¿Qué haces aquí, tan lejos?
—Tengo que hablar contigo, Luanne. —Hannah le tendió la bolsa de
galletas—. He traído unas galletas dulces a la antigua para Suzie.
Luanne la miró con desconfianza, y Hannah no la culpó. Apenas se
conocían y, después de todo lo que había pasado Luanne, era natural no
fiarse de la gente.
—Qué amable. A Suzie le encantan las galletas dulces. Pero ¿por qué
tienes que hablar conmigo?
—Es sobre lápices de labios. ¿Dispones de un par de minutos?
Luanne vaciló un momento, y luego dijo:
—Entra. Deja que sirva la cena y luego soy toda tuya. Yo ya he cenado
en la cafetería.
Hannah atravesó el umbral y entró en una amplia habitación rectangular.
La cocina estaba al fondo, había una mesa para comer en el centro y un
sofá, dos sillas y un televisor en el otro extremo. Aunque estaba
destartalada, se veía muy limpia y dos terceras partes del suelo estaban
cubiertas con muestras de alfombras que habían sido cosidas unas a otras
formando un bonito dibujo en mosaico.
La señora Hanks estaba sentada a la mesa, sosteniendo al bebé de
Luanne, y Hannah se acercó a ella.
—Hola, señora Hanks. Soy Hannah Swensen. Luanne fue al instituto
con mi hermana pequeña, Michelle.
—Siéntate, Hannah —la invitó la señora Hanks, dando unas palmadas
en la silla que tenía al lado—. Es un detalle que te hayas pasado por aquí.
¿Necesitas alguno de los pintalabios de Luanne?
Por un momento, Hannah se quedó pasmada, pero entonces recordó lo
que había dicho en la puerta. La señora Hanks tenía buen oído.
—Eso es.
—¿Por qué no le sirves una taza de café a Hannah, cariño? —La señora
le hizo un gesto a Luanne—. Esta noche hace bastante fresco.
Luanne se acercó para servir una bandeja de jamón, un cuenco de judías
verdes y un plato de panecillos en la mesa.
—¿Qué me dices, Hannah? ¿Te apetece un café?
—Sí, si está hecho.
—Está hecho. —Luanne volvió a la vieja cocina de madera y sirvió una
taza de la jarra de esmalte azul que estaba en la parte de atrás. Lo dejó
delante de Hannah y preguntó:
—Todavía lo tomas solo, ¿no?
—Sí. ¿Cómo lo sabías?
—De la cafetería. Las propinas son mayores si recuerdo detalles como
ese. Espera un momento mientras acomodo a Suzie en su trona. Luego
podemos hablar de ese pintalabios.
Luanne colocó a su hija en la trona y levantó la bandeja. Le dio un
panecillo a Suzie y se rio cuando la pequeña intentó metérselo entero en la
boca.
—Todavía no tiene claro el concepto de bocadito.
—Normal, a esta edad… —confirmó Hannah con una sonrisa.
Luanne recuperó el panecillo y lo partió en trocitos que la pequeña
podía comer. Entonces se volvió hacia su madre.
—¿Le das de comer a Suzie, mamá?
—Claro. Anda a lo tuyo, cariño. Lleva a Hannah a la parte de atrás y
enséñale tu muestrario.
Hannah siguió a Luanne a uno de los dormitorios. Estaba pintado de un
amarillo dorado y en la ventana había cortinas con volantes. La cuna de
Suzie estaba apoyada en la pared del fondo, y en la de enfrente había una
cama individual que Hannah supuso que era la de Luanne. En un rincón,
dos cestos de plástico para la colada contenían unos cuantos juguetes cada
uno. Había tres libros infantiles encima de una mesa infantil, y Hannah se
fijó en un puñado de ceras en una vieja botella de lejía que había sido
cortada para convertirla en un portalápices.
—Ese es el rincón de Suzie —explicó Luanne, señalando la mesa—.
Este fin de semana voy a pintarle con plantillas conejitos azules y blancos
en la pared; la mesa también quedará azul.
Hannah reparó en que la mesa era más larga que la mayoría de las
mesas infantiles. Tenía la altura apropiada para una criatura de menos de
dos años como Suzie y mucho sitio para trabajar.
—Qué mesa tan práctica. La de Tracey era pequeña y cuadrada; muy
bonita, pero apenas cabía un libro de colorear.
—La de Suzie era una vieja mesita de centro. Le serré las patas y listo.
Ahora solo me falta encontrar algo que pueda utilizar como silla.
Hannah recordó las cosas que había en el garaje de su hermana, toda la
ropa, los juguetes y el mobiliario de tamaño infantil que Tracey ya no podía
utilizar.
—Es posible que Andrea tenga una silla para Suzie. Se lo preguntaré.
—No. —Luanne negó con la cabeza—. Sé que lo dices con buena
intención, Hannah, pero no necesitamos caridad. Vamos saliendo adelante.
Hannah tendría que haberse imaginado que Luanne sería demasiado
orgullosa para aceptar un regalo por las buenas. Pero había formas de eludir
el orgullo y, al mirar la mesa, a Hannah se le ocurrió una idea.
—Créeme, no se trata de caridad. —Hannah dejó escapar lo que
esperaba que pasara por un suspiro de exasperación—. Prometí ayudar a
Andrea a limpiar su garaje este fin de semana y llevar todo lo que había
utilizado Tracey de peque al vertedero.
Luanne pareció asombrada.
—¿Al… vertedero? Tendrías que llevarlo a la tienda de caridad de
artículos usados, Hannah. Estoy segura de que alguien se alegraría de
comprarlos de segunda mano.
—Lo sé, pero todo eso ha estado almacenado durante un par de años y
Andrea está demasiado ocupada para revisarlo. Para ella es más sencillo
tirarlo todo.
Luanne pareció pensárselo.
—Es una pena pensar que todas esas cosas van a acabar en la basura.
No me importaría echarle una mano a Andrea y revisarlas. Helping Hands
siempre necesita contribuciones.
—¿De verdad no te importaría? Podríamos traerlo todo hasta aquí, así
tendrías tiempo de ir seleccionando caja por caja. Pero tienes que
prometerme que te quedarás cualquier cosa que puedas utilizar para Suzie.
Es lo menos que puedes hacer si vas a asumir todo ese trabajo.
—Estaré encantada. —Luanne pareció complacida ante la perspectiva
—. Siéntate en el tocador, Hannah.
Luanne hizo un gesto hacia un anticuado tocador pintado en un bonito
tono azul. Su espejo estaba salpicado con oscuros signos de la edad, y
encima había unas muestras de cosméticos Pretty Girl. Una vieja y
destartalada silla plegable con una capa de pintura a juego estaba delante
del tocador, y Luanne apartó un conejo de peluche del asiento. Una vez
sentada Hannah, Luanne sonrió:
—¿Has dicho que necesitas un pintalabios?
—Así es. —Hannah se dijo a sí misma que en realidad no estaba
mintiendo. Ya había decidido comprarle algunos cosméticos a Luanne.
Cualquiera que trabajara tanto para mantener a su madre y su hija merecía
su ayuda.
—¿En qué color has pensado?, —preguntó Luanne.
—En este. —Hannah buscó en su bolso y extrajo la bolsa que contenía
el vaso—. ¿Tienes algo que se parezca a esto?
Luanne miró el vaso por un instante y entonces suspiró.
—No puedes ponerte ese color, Hannah. No pega en absoluto con tu
pelo.
—Oh, no es para mí. —Hannah se dispuso a soltar la historia que se
había preparado. Bill le había advertido que no mencionara la investigación,
pero a Hannah se le había ocurrido una forma de saltarse esa restricción—.
A mi madre le encanta este color. El otro día me estaba ayudando a tirar la
basura y vio este vaso con la mancha del pintalabios.
Luanne pareció aliviada.
—Entonces, ¿es para tu madre?
—Eso es. Me contó que de joven acostumbraba a llevar un pintalabios
como este y que ya no lo encuentra en ningún sitio de la ciudad. Me
gustaría sorprenderla regalándoselo, iré a verla el martes de los
carbohidratos.
—¿El martes de los carbohidratos?
—Así lo llamo yo. Ceno con mi madre todos los martes y está loca por
los dulces. Anoche cenamos estofado hawaiano con trozos de piña y
boniatos caramelizados.
Luanne empezó a sonreír.
—Ya veo de dónde le viene el nombre.
—Pues eso no es todo. La guarnición eran plátanos fritos y, de postre,
pastel de nueces con escarchado de chocolate. Y mi madre le añadía helado
al suyo.
—Casi parece adicta al azúcar. ¿No se lo comerá también del paquete a
cucharadas?
—No me extrañaría —se rio Hannah—. Sé que guarda una reserva de
brownies de chocolate en el congelador y tiene un cajón entero lleno de
tabletas de chocolate de casi medio kilo. Supongo que debo agradecer que
invitara a Carrie Rhodes y a su hijo a cenar con nosotras. Norman es
dentista.
Luanne le lanzó una mirada astuta.
—Tengo entendido que Norman se mudó al pueblo cuando murió su
padre. ¿Es que tu madre quiere emparejarte con él?
—Claro que quiere. Ya conoces a Delores. Está desesperada por
casarme y cualquier opción es buena para ella: soltero, divorciado, viudo…
—¿Y tú no quieres casarte?
—Así estoy estupendamente. Haría falta el esfuerzo conjunto de
Harrison Ford y Sean Connery para que cambiara de opinión.
—A mí me pasa lo mismo —dijo Luanne—. Me alegro mucho de que el
pintalabios no sea para ti, Hannah. Detestaría perder una venta, pero no
pensaba dejarte salir de aquí con un color que te sentara tan mal. Con ese
precioso pelo rojizo tuyo, tienes que elegir un tono de una paleta más color
tierra.
—Pero sí tienes un pintalabios de este color, ¿no?
—Claro. Y tu madre tiene razón. Soy la única que lo vende en Lake
Eden. Se llama «Rosa Pasión» y lo adquiero para una señora de la ciudad.
—Genial, Luanne. Esto me va a dar puntos con mi madre. —Hannah se
sentía orgullosa de sí misma. Sabía de dónde procedía el pintalabios. Ahora
lo único que le faltaba era conseguir que Luanne le dijera el nombre de la
mujer que se lo ponía—. Y esta otra clienta que lo usa… Mi madre se
molesta si alguien que conoce lleva el mismo sombrero o el mismo vestido.
Seguramente se sentirá igual con el pintalabios.
—Oh, por ahí no hay ningún problema. No creo que tu madre y
Danielle se muevan en los mismos círculos.
Hannah se concentró en el nombre. La única Danielle que conocía
estaba casada con Boyd Watson, el entrenador que más triunfos había
conseguido con el Instituto Jordan.
—¿Te refieres a la esposa del entrenador Watson?
—La misma. Casi me muero la primera vez que lo encargó, pero la
verdad es que a ella le queda bien. Tienes que ser rubia clara natural para
lucirlo. Y el pelo de Danielle es muy rubio, casi blanco.
—¿Estás segura de que Danielle Watson es la única mujer en la ciudad
que usa Rosa Pasión?
—Completamente. Nadie más me lo compra y soy la única distribuidora
de Pretty Girl de la zona.
—Gracias, Luanne. —Luanne ignoraba hasta qué punto se lo agradecía
Hannah—. Si tienes una barrita de Rosa Pasión, me la llevaré.
—La tengo. Espera mientras la saco de mi reserva. Y, ya que estamos, te
haré un cambio de imagen. Verás qué atractiva estarás con la base correcta,
un tono bonito de sombra de ojos y el color perfecto de pintalabios.
—Muy bien —convino Hannah. Sería maleducado rechazar la oferta y,
de paso, aprovecharía para hacer más preguntas acerca de Danielle mientras
Luanne jugaba a esteticistas—. ¿Te compra mucho maquillaje Danielle?
Luanne sacó una enorme caja de muestras y la colocó sobre una mesa
junto al tocador. Era mucho más grande que un maletín y se abría a ambos
lados para exhibir varias hileras de productos. La hilera superior contenía
muestras de lápices de labios en miniatura; la segunda tenía pequeños
frascos de base y colorete, y la tercera estaba llena de variados colores de
sombra de ojos, delineadores y rímel. En el fondo se alineaban frascos de
esmalte de uñas y había una bandeja extraíble con pinceles, hisopos de
algodón y esponjas.
—Danielle es una de mis mejores clientas —contestó Luanne mientras
sacaba del muestrario un frasco de base—. Compra de nuestra línea para
teatro.
—¿Pertenece al grupo de actores de Lake Eden? —Hannah se refería al
grupo de teatro de la comunidad que había abierto un café teatro en la
antigua zapatería de Main Street.
—Yo diría que no. —Luanne sacó varias horquillas anticuadas, las que
Bertie había dejado de usar en Cut ’n Curl hacía años, y recogió el pelo de
Hannah para apartárselo de la cara—. Primero quitemos el pelo de en
medio.
—¿Y por qué Danielle usa maquillaje de teatro?
—Tiene problemas en la piel. —Luanne empezó a aplicar la base—.
Cierra los ojos, Hannah. También tengo que ponerte en los párpados.
Hannah cerró obedientemente los ojos, pero siguió haciendo preguntas.
—¿Qué clase de problemas?
—Manchas y granos. Esto que quede entre nosotras, ¿eh? Danielle tiene
bastante complejo. Me dijo que todavía le salen granos como a una
adolescente y no solo en la cara. También tiene brotes terribles en la parte
de arriba de los brazos y el cuello.
—¿Y el maquillaje de teatro lo oculta?
—Completamente. El maquillaje teatral de Pretty Girl lo oculta casi
todo. ¿Te acuerdas de cuando le pusieron un ojo a la funerala a Tricia
Barthel?
—Ummm. —Hannah hizo cuanto pudo para responder afirmativamente
sin abrir la boca. Luanne estaba aplicándole la base sobre el labio superior.
Se acordaba del ojo amoratado de Tricia. Tricia le había contado a todo el
mundo que se había tropezado con una puerta, pero Hannah se había
enterado de la historia verdadera por boca de Loretta Richardson. Loretta le
había dicho que su hija, Carly, le había arrojado un libro de álgebra a Tricia
cuando esta le había tirado los tejos al novio de Carly.
—La madre de Tricia estaba muy preocupada porque al día siguiente
tomaban las fotografías para la graduación. Me llamó para que fuera a
visitarlas y le apliqué a Tricia la base teatral de Pretty Girl. Ocultó sus
moretones a la perfección y desde entonces siempre me compra el
maquillaje.
—Es asombroso —se arriesgó a comentar Hannah. Luanne trabajaba
ahora en su barbilla—. Miré la fotografía de Tricia cuando publicaron todas
las fotos de la graduación en el periódico y no vi ningún moratón.
—La base teatral Pretty Girl lo oculta todo, tanto si es un simple grano
como un moratón. —Luanne parecía orgullosa de sus productos—. Pero tú
no la necesitas, Hannah. Tienes una piel perfecta. Debes de usar la
combinación justa de crema hidratante y crema nocturna. Yo no cambiaría
nada.
Hannah contuvo una sonrisa. No tenía la menor intención de cambiar
nada, sobre todo porque en su vida había utilizado crema hidratante ni
nocturna. Se lavaba la cara con el jabón que hubiera en venta en el Red Owl
y no le daba más vueltas.
—Échate hacia atrás y relájate, Hannah —dijo Luanne con tono
profesional—. Cuando haya acabado contigo, estarás más guapa que nunca.
CAPÍTULO SEIS

C uando Hannah entró en el centro comunitario, la primera persona a


la que vio fue a su madre. Delores Swensen era el centro de
atención al fondo del salón, rodeada por sus amigas. Mientras
Hannah observaba, su madre estiró la mano para atusarse el pelo liso y
oscuro, un gesto que hizo centellear sus elegantes pendientes de diamantes
bajo las lámparas del techo. Llevaba puesto el vestido azul claro que había
estado en el escaparate de Beau Monde Fashions, y su bolso y zapatos iban
a juego. La madre de Hannah era todavía una mujer hermosa, y lo sabía. A
los cincuenta y tres años, Delores estaba ganando la batalla contra el tiempo
y solo Hannah, que había ayudado a su madre con sus finanzas durante
varios meses tras la muerte de su padre, sabía con exactitud lo cara que
había resultado esa batalla. Por suerte, Delores tenía dinero en abundancia.
El padre de Hannah había dejado a Delores en una situación financiera muy
saneada y, además, había heredado de sus propios padres. Por mucho que
gastara en liposucciones y liftings, Delores no iba a arruinarse.
Hannah suspiró mientras avanzaba entre los reunidos. Con la excepción
de su color de pelo, Andrea se parecía a Delores. Y Michelle, la pequeña,
también era preciosa. Sus dos hermanas menores habían heredado los genes
de la belleza de su madre. Hannah era la única de la familia que se parecía a
su padre. Tenía su mismo pelo rojizo, rizo e inmanejable y era, como poco,
diez centímetros más alta que sus hermanas. Cuando los desconocidos veían
a Delores con sus hijas, daban por supuesto que Hannah era adoptada.
Delores se estaba riendo de algo que una de sus amigas había dicho.
Hannah esperó hasta que el grupo de señoras se hubo dispersado y entonces
se acercó para darle a Delores un toquecito en el hombro.
—Hola, mamá.
—¿Hannah? —Delores se dio la vuelta hacia ella. Con los ojos como
platos y la boca abierta de par en par, dejó caer el bolso para agarrar la
mano de Hannah.
—¿Qué pasa? —Hannah empezó a fruncir el ceño.
—No doy crédito, Hannah. ¡Te has puesto maquillaje!
Hannah se quedó perpleja ante la reacción de su madre. Había decidido
mostrar los resultados del cambio de imagen de Luanne en el acto de
recaudación de fondos, pero si hubiera sabido que Delores iba a reaccionar
con tal pasmo descontrolado, se habría pasado antes por The Cookie Jar y
se habría lavado la cara.
—¿No te gusta?
—Es todo un cambio. No sé qué decir.
—Eso ya lo veo. —Hannah se agachó para recoger el bolso de su madre
—. Supongo que tendría que habérmelo quitado antes de venir.
—¡No! En realidad, te queda bien. Me sorprendes, Hannah. No tenía ni
idea de que supieras siquiera lo que es un lápiz de ojos.
—Soy un pozo de sorpresas. —Hannah sonrió a su madre—. Dime la
verdad, mamá: ¿crees sinceramente que mejora mi aspecto?
—¡Sin la menor duda! Y si pudiera convencerte de que vistieses mejor,
de verdad que… —Delores se interrumpió y entornó los ojos—. Sé que
detestas el maquillaje y solo se me ocurre una razón por la que te
molestarías en ponértelo. Dime, cariño, ¿lo haces por Norman Rhodes?
—Norman no ha tenido nada que ver con esto. Fui a ver a Luanne
Hanks y, mientras estaba en su casa, me propuso un cambio de imagen.
—Oh. —Delores pareció desilusionada—. En cualquier caso, creo que
te queda bien. Si te pusieras maquillaje y te vistieses como es debido con
más frecuencia, supondría un verdadero cambio en tu vida.
Hannah se encogió de hombros y decidió cambiar de tema antes de que
su madre empezara a soltarle uno de sus sermones.
—¿Has visto a Andrea? Tengo que hablar con ella.
—Anda por aquí. La vi en la mesa de refrigerios hace unos minutos.
—Más vale que vaya a buscarla. —Hannah se preparó para la huida—.
Nos vemos luego, mamá.
Hannah rebuscó entre los congregados, pero no vio a Andrea. Decidió
que buscaría a su hermana más tarde y se encaminó a la mesa de los
refrigerios, que estaba colocada a un lado del salón. Estaba incumpliendo
sus deberes y Lisa seguramente querría volver a casa junto a su padre.
—Hola, Hannah. —Lisa sonrió cuando Hannah se acercó a la mesa—.
A todo el mundo le encantan tus galletas. La señora Beeseman ha vuelto
cuatro veces.
—No me sorprende. Le encanta cualquier cosa que lleve chocolate. Has
hecho un trabajo espléndido, Lisa. Si quieres marcharte ya, yo puedo
ocuparme de todo.
—No tengo que irme, Hannah. Mi vecino ha dicho que se quedará con
mi padre hasta que yo vuelva a casa. Además, me lo estoy pasando muy
bien.
A Hannah le costó creerse lo que Lisa acababa de decirle.
—¿Te parece divertido servir café y galletas en un acto político de
recaudación de fondos?
—Es genial. Todo el mundo viene a hablar conmigo y son muy
cordiales. Ve a darte una vuelta, Hannah. Seguro que puedes conseguir
algún cliente nuevo.
—Muy bien, pero esto lo anotamos como horas extra, ¿eh? —Hannah le
lanzó una larga y penetrante mirada. Si aquello le parecía divertido a Lisa,
estaba claro que debía salir más—. Tengo que hablar con Bill, ¿lo has visto?
—Todavía no. Tu hermana dijo que vendría más tarde. Imagino que
tendrá un montón de papeleo por hacer. ¿Quieres que le diga que lo estás
buscando cuando venga por aquí?
—Sí, gracias. —Hannah tenía que contarle a Bill lo de Danielle Watson,
pero, mientras tanto, tal vez pudiera averiguar por qué Danielle estaba con
Ron cuando este estaba reponiendo la cámara frigorífica del instituto—. ¿Y
qué me dices de la esposa del entrenador Watson? ¿Ha venido?
—Los he visto a los dos hará un par de minutos. El entrenador Watson
dijo que acababa de volver de un curso de entrenadores de baloncesto. Ha
estado tres días fuera.
La mente le iba a Hannah a mil por hora mientras buscaba a Andrea. El
entrenador Watson había salido de la ciudad y Danielle había estado con
Ron a primera hora de esta mañana. Hannah no quería pensar que Ron era
de los que tienen una aventura con la esposa de otro hombre, pero esa
parecía la conclusión más obvia.
Andrea estaba hablando con la señora Rhodes, pero se excusó cuando
vio a Hannah.
—¿Qué te ha pasado? ¡Estás fabulosa!
—Gracias, Andrea. ¿Tienes un momento?
—Claro. —Andrea la condujo a un rincón menos atestado del salón—.
¿Por qué te has puesto maquillaje?
—Luanne Hanks me propuso un cambio de imagen y no he tenido
tiempo de quitarme el maquillaje. Por eso tenía que hablar contigo. Cuando
estaba en casa de Luanne, me fijé en que su hija no tiene muchas cosas. Me
preguntaba si conservas algunos de los viejos muebles y juguetes usados de
Tracey que pudieras darle.
—Claro que sí. Conservo todo lo que le va quedando pequeño. Se lo
daría todo a Luanne encantada, pero no sé si se toma muy bien lo de aceptar
caridad.
—Ya lo había pensado, así que le he contado que pensabas deshacerte
de algunas cosas y le he preguntado si le importaría que se las dejaras en su
casa en lugar de tirarlas al vertedero.
—¿Y ha aceptado?
—Solo después de que yo le dijera que tú no tenías tiempo para revisar
las cajas y que era una verdadera pena que todas esas cosas bonitas
acabaran pudriéndose en el vertedero. Ella seleccionará lo que pueda
utilizar y llevará lo demás a la tienda de segunda mano.
—¡Buen trabajo, Hannah! —Andrea estiró el brazo y le dio unas
palmadas en la espalda—. No creía que tuvieras ni una pizca de maldad en
el cuerpo, pero supongo que alguna cosa estarás aprendiendo de mamá.
Hannah atisbó a Danielle Watson al otro lado del salón. Formaba parte
de un grupo en el que también estaban su marido, Marge Beeseman, el
padre Coultas, Bonnie Surma y Al Percy. Danielle lucía un vestido azul
cielo, y su cabello rubio claro estaba peinado con un moño a la moda
recogido en la nuca. Varios mechones rizados y ligeros colgaban cerca de
sus mejillas para que su peinado pareciera menos severo y llevaba los labios
pintados con el color que Hannah reconocía ahora como el Rosa Pasión de
Pretty Girl.
Hannah se acercó discretamente al grupo. El tema de conversación era
Ron LaSalle, lo que no la sorprendió. El asesinato de Ron era la noticia más
importante en Lake Eden desde que el pequeño Tommy Bensen había
quitado el freno de mano del Ford Escort de su madre, estampándose contra
el escaparate de cristal del First Mercantile Bank.
—Mi Herbie dice que le dispararon al corazón —cotilleaba la señora
Beeseman—. Ahora Max va a tener que volver a tapizar la furgoneta porque
había sangre por todas partes.
El entrenador Watson parecía triste.
—Es una pérdida terrible para los Gulls. Ron venía a todos los
entrenamientos e infundía ánimo a todo el mundo.
—¿Crees que ha sido una especie de venganza deportiva?, —preguntó
Al Percy, cuyas pobladas cejas casi se juntaron al fruncir el ceño—.
Después de todo, Ron fue el jugador estrella de los Gulls durante tres años
seguidos.
El padre Coultas negó con la cabeza.
—Eso no tiene sentido, Al. Ron caía bien a todos, incluso a los chicos
de los equipos rivales.
—Tiene razón, padre —se apresuró a convenir el entrenador Watson—.
Ron era popular porque jugaba limpio.
Al siguió frunciendo el ceño y Hannah vio que todavía no estaba
dispuesto a renunciar a su teoría de la venganza deportiva.
—Tal vez no tenía nada que ver con los deportes del instituto. Por lo
que he oído, el asesinato parecía una ejecución y me da que eso apunta sin
duda a los tipos de nariz torcida.
—¿Nariz torcida? —Bonnie Surma se irritó y Hannah se acordó de que
su apellido de soltera era Pennelli—. ¿Te refieres a la mafia?
Al asintió.
—No es descabellado, Bonnie. Todo el mundo sabe que controlan las
apuestas deportivas y podían haber contratado a Ron para recoger el dinero
de las apuestas mientras despachaba los pedidos de leche. Si Ron no
entregó la cantidad convenida, pueden haber mandado un asesino a sueldo a
por él.
—Estás loco, Al. —Estaba claro que Marge Beeseman no tenía pelos en
la lengua—. Ron era uno de los nuestros y nunca habría hecho nada por el
estilo. Además, mi Herbie dice que los sicarios de la mafia siempre disparan
a sus víctimas en la nuca. O utilizan un trozo de alambre para asfixiarlas
como hacían en El padrino.
Mientras Hannah observaba, la cara pálida natural de Danielle adquirió
un matiz de gris enfermizo. Su sonrisa educada se desvaneció y pareció que
tenía que esforzarse para no echarse a llorar. Se volvió hacia su marido, le
susurró unas palabras y abandonó el grupo. Hannah la miró mientras ella se
abría paso por el salón atestado y se dirigía al pasillo que conducía al aseo
de señoras.
Esa era su oportunidad y Hannah no iba a desperdiciarla. Siguió a
Danielle todo lo rápido que pudo. Una vez en el pasillo, Hannah fue
directamente a los aseos de señoras con un único propósito: averiguar
exactamente qué sabía Danielle sobre el asesinato de Ron.
CAPÍTULO SIETE

C uando Hannah se acercó a la puerta del servicio de señoras oyó


unos sollozos ahogados. Tal vez no era justo por su parte
aprovecharse del dolor de Danielle, pero si tenía que elegir entre
sus escrúpulos y ayudar a Bill a resolver el asesinato de Ron, la respuesta
estaba clara.
Hannah abrió la puerta y encontró a Danielle delante del gran espejo
que se extendía sobre los lavamanos. Se toqueteaba los ojos con un pañuelo
de papel empapado y parecía desamparada y asustada. Cuando Hannah
entró en el recinto de baldosas rosas, se sintió como el brutal Simon Legree
enfrentándose a Little Eliza en La cabaña del tío Tom.
—¿Danielle? —Hannah recordó el viejo refrán sobre las moscas y la
miel y puso cuanta empatía pudo reunir en su voz—. ¿Qué pasa?
Danielle se dio la vuelta precipitadamente, con una expresión culpable.
—Nada. Yo solo…, eh… Creo que se me ha metido algo en el ojo, nada
más.
—¿En los dos ojos? —Hannah habló sin pensar y al instante se
arrepintió. Si se enajenaba a Danielle antes de formularle siquiera la
primera pregunta, no llegaría a nada—. Seguramente es polvo. Ha hecho
mucho viento todo el día. ¿Quieres que te lo mire?
—¡No! Eh…, pero gracias de todos modos, Hannah. Creo que ya se me
ha pasado.
—Muy bien. —Hannah le ofreció la mejor de sus sonrisas. Sabía que la
excusa que le había dado Danielle era una mentira descarada, pero estaba
dispuesta a pasarla por alto, siempre que Danielle le contara lo que quería
saber—. ¿No te parece espantosa la forma en que todo el mundo está
hablando de Ron?
La cara de Danielle volvió a empalidecer.
—Sí, la verdad.
—¿Habías visto a Ron últimamente? —Hannah contuvo el aliento. Si
Danielle reconocía que había acompañado a Ron a la escuela, Hannah
estaría un paso más cerca de reunir los hechos que Bill necesitaba.
—No. No hemos contratado el reparto casero y no suelo tropezarme con
él. Ahora tengo que irme, Hannah.
—Si acabas de entrar… —Hannah se movió hacia un lado para
impedirle el paso a Danielle—. Quédate un momento, Danielle. Si yo fuera
tú, me arreglaría el maquillaje. Se te empieza a correr el rímel.
—No. Acabo de comprobarlo. De verdad, tengo que irme. Boyd me está
esperando y no le gusta perderme de vista durante mucho tiempo.
—¿Por qué no? —Hannah percibió el pánico de Danielle y no le pareció
justificado.
—Él…, eh…, se preocupa por mí cuando no estoy con él.
Danielle estaba justo debajo de la lámpara del techo y Hannah se fijó en
que el maquillaje de un lado de su cara era mucho más denso que el del
otro. ¿Era para ocultar los problemas de cutis de los que le había hablado
Luanne?
—Podemos hablar más tarde, Hannah. A Boyd no le hará gracia si no
vuelvo inmediatamente.
—Será solo un momento. —Hannah estiró la mano para agarrar el brazo
de Danielle cuando esta intentó pasar a su lado. La táctica de las moscas y
la miel no había funcionado, así que era el momento de dejar la diplomacia
a un lado—. Sé que estuviste con Ron esta mañana y tengo que averiguar
por qué.
Los ojos de Danielle se abrieron como platos, en un intento de parecer
inocente, pero un rubor elocuente apareció en sus mejillas.
—¿Con Ron? Te equivocas, Hannah. Ya te he dicho que hacía semanas
que no lo veía.
—Eso es mentira, y tú lo sabes. ¿Por qué estabas en la escuela con Ron
cuando él reponía la cámara frigorífica?
—¿Y eso quién lo dice? —Danielle se dio la vuelta para encararla y
había asomado con claridad una expresión de desafío en sus ojos. Era obvio
que no estaba dispuesta a dar información sin resistirse.
—No lo dice nadie, pero yo sé que estabas allí. Tu vaso de café se
quedó sobre el mármol y dejaste una mancha de pintalabios en él. Tú eres la
única mujer de Lake Eden que utiliza ese color, Danielle. ¿Tenías una
aventura con Ron?
—¿Una aventura? —Danielle pareció sinceramente sorprendida—. ¡Eso
es ridículo, Hannah! Es cierto que estuve con Ron, pero no éramos más que
amigos. Él…, eh…, a veces me ayudaba a superar baches.
La cara de Danielle exhibía la misma expresión angustiada que Hannah
había visto una vez en un conejo atrapado. Ella había liberado al conejo,
pero ahora no pensaba dejar escapar a Danielle antes de que le hubiera dado
algunas respuestas sinceras.
—A ver si lo entiendo, Danielle. Tu marido estaba fuera de la ciudad, tú
pasaste la noche con un hombre atractivo que es solo un amigo, ¿y tu amigo
acaba asesinado esta mañana solo unos minutos después de que hayáis
tomado un café juntos?
—Sé que suena mal. —Danielle suspiró y con el aire pareció perder
toda la bravuconería—. Tienes que creerme, Hannah. Eso fue exactamente
lo que pasó.
—¿Sabe Boyd que pasaste la noche con Ron?
—¡No! —Danielle pareció ponerse mala—. ¡Por favor, no se lo digas!
¡Boyd nunca lo entendería!
—No tendré que decirle nada si eres sincera conmigo. Si Rony tú no
teníais una aventura, ¿por qué estabas con él?
Danielle miró a la puerta y luego bajó la mirada a su brazo, al punto en
el que los dedos de Hannah la aferraban. Se estremeció y luego asintió.
—Muy bien; te lo contaré, Hannah, pero tienes que respetar mi
intimidad. Yo… yo no puedo permitir que Boyd se entere de dónde estuve
anoche.
—De acuerdo —convino Hannah—. Pero si sabes algo sobre el
asesinato de Ron, tendré que darle esa información a Bill.
—¡No tiene nada que ver con el asesinato de Ron! Al menos, no lo creo.
Te he mentido, Hannah… Ron y yo éramos algo más que amigos. Él era mi
padrino en JJ. AA.
—¿JJ. AA.?
—Jugadores Anónimos. Nos reunimos todos los martes por la noche en
el colegio universitario.
Esa confesión desconcertó a Hannah.
—¿Eras adicta al juego?
—Sí, pero Boyd no lo sabe. —Danielle estiró la mano y buscó el
equilibrio apoyándose en la pared—. ¿Podemos sentarnos, Hannah? No me
encuentro muy bien.
Hannah la llevó hasta el sofá y las sillas que había en un rincón del aseo
de señoras. Cuando Danielle se sentó en el sofá, Hannah acercó una de las
sillas.
—¿Has dicho que Boyd no sabe nada de tu adicción?
—No. No es un hombre fácil, Hannah. Espera que su esposa sea
perfecta. Creo que se divorciaría si llegara a descubrir la verdad.
Hannah sospechaba que Danielle estaba en lo cierto. El entrenador
Watson exigía la perfección a cuantos le rodeaban. Era duro con su equipo
cuando los chicos cometían errores en el terreno de juego o en la cancha, y
había sido incluso más duro con Danielle. Es posible que ella exagerara
cuando dijo que su marido se divorciaría, pero Hannah apostaba a que sin
duda se irritaría mucho.
—Has dicho que vas a las reuniones de JJ. AA, todos los martes por la
noche. ¿No te pregunta Boyd dónde vas?
—Le dije que asistía a una clase de arte en el colegio universitario. Tuve
que mentirle, Hannah.
Era hora de dar un poco de margen a Danielle y Hannah lo sabía.
—Puedo entenderlo. Seguramente yo haría lo mismo si fuera tú.
¿Asististe a la reunión de JJ. AA, anoche?
—Sí, allí estuve.
—¿Y Ron?
—Ron también. No se perdía ninguna reunión.
Hannah fue directa al quid de la cuestión.
—¿Volviste a casa con él tras la reunión?
—Claro que no. Creía que Boyd estaría de regreso a esas alturas y que
iríamos en coche a cenar al Hub. A Boyd le encantan los bistecs que sirven
allí. Dice que un atleta no consigue las proteínas suficientes con pollo y
pescado, y siempre hace que sus chicos coman mucha carne roja cuando
están en fase de entrenamiento.
Hannah había visto a los chicos de los equipos del entrenador Watson
zampándose hamburguesas en el Hal and Rose’s Cafe y pensaba que de
proteínas andaban servidos. Pero Danielle estaba dispersándose y Hannah
tuvo que traerla de vuelta al tema.
—Tu marido no volvió a casa anoche, ¿no?
—No, cuando entré en casa, había un mensaje de Boyd en el
contestador automático. Decía que había decidido quedarse en casa de su
madre y que estaría de vuelta hoy a mediodía. No la ve muy a menudo y
tendría que habérmelo tomado con calma, pero había esperado que
estuviera aquí cuando yo llegara y… y me descolocó.
Hannah le sonrió para animarla.
—Claro, es normal. ¿Qué pasó entonces?
—Abrí el correo y encontré un cheque de mi madre. Habíamos
comprado unas acciones juntas y sacamos beneficios cuando las vendimos.
Si no hubiera llegado ese cheque, creo que yo habría estado bien. Pero nada
más ver el dinero me entraron ganas de jugar.
—Es comprensible. ¿Qué hiciste?
—Llamé a Ron. Se supone que debemos llamar a nuestro padrino
inmediatamente ante los primeros signos de recaída. Pero Ron no estaba en
casa y… —Danielle tragó con fuerza—. Me da vergüenza confesar lo que
hice a continuación, Hannah.
Hannah supuso que sabía lo que había hecho Danielle, pero de todos
modos preguntó:
—¿Fuiste a jugar?
—Sí. —Una lágrima cayó por la mejilla de Danielle, que se la enjugó
con su pañuelo de papel empapado—. Utilicé el cajero automático para
depositar el cheque y saqué algo de efectivo. Luego fui en coche hasta el
casino indio. Fue ahí donde me topé con Ron.
—¿Ron estaba jugando en Twin Pines?
—No. —Danielle negó con la cabeza rápidamente—. Ron era fuerte
como una roca, Hannah. Había superado por completo su adicción. Una vez
me contó que ya ni siquiera sentía la necesidad de jugar.
—Entonces, ¿qué estaba haciendo allí?
—Repartía folletos en el aparcamiento. En cuanto me echó una mirada
entendió el problema, así que se metió en su coche y me siguió de vuelta a
casa. La verdad es que me quedé mucho más tranquila. El Grand Cherokee
de Boyd no funcionaba muy bien y yo temía que se averiara en el camino
de vuelta.
—¿Sabes qué hora era?
—Las once en punto —respondió Danielle al instante—. El reloj del
abuelo en el vestíbulo dio la hora cuando entré por la puerta.
—¿Y Ron se quedó en casa contigo?
—No, se quedó esperando en la esquina. Yo no me encontraba nada
bien, Hannah. Casi arañé el costado de mi Lincoln cuando entré en el
garaje.
Hannah asintió y esperó a que siguiera. Aunque entendía a Danielle, ese
no era el momento de mostrarse comprensiva: todavía necesitaba sonsacarle
más información.
—Entré en casa para comprobar de nuevo el contestador automático y
luego volví caminando al callejón para reunirme con Ron. Me llevó en
coche a su apartamento y nos pasamos la noche despiertos, bebiendo café.
Eso es exactamente lo que pasó, Hannah. ¡Lo juro!
—¿Por qué le acompañaste al trabajo?
—Ron llegaba tarde y no tenía tiempo para llevarme a casa hasta
después, así que le acompañé en su ruta de reparto entre los vecinos. Luego
volvimos a la lechería y él cargó la furgoneta para su siguiente ronda, la de
comercios y empresas. Solo fui a un cliente de estos con él. En cuanto hubo
aprovisionado la cámara frigorífica de la escuela, me acercó a casa.
—¿A qué hora te llevó a casa?
—Eran las siete y veinte. Miré mi reloj antes de bajarme de su
furgoneta. Pensé que mis vecinos a lo mejor ya se habían levantado, así que
me metí por el callejón y entré por el garaje.
—¿Reparaste en si alguien seguía la furgoneta de Ron?
—No lo sé. —Danielle parecía asustada—. He estado pensando en eso
todo el día, pero no recuerdo ver a nadie siguiéndonos.
Hannah se inclinó hacia delante. Si Danielle sabía dónde tenía pensado
ir Ron cuando la dejó, podría serle de ayuda.
—Piénsalo bien, Danielle. ¿Dijo algo Ron sobre dónde iba a ir después
de dejarte?
—No dijo nada, aparte de despedirse. —La voz de Danielle tembló
mientras volvía a secarse los ojos—. Intenté convencerle de que fuera al
dentista para que le mirase un diente, pero no creo que lo hiciera. Ron tenía
la manía de querer ser digno de confianza y hacer sus entregas a tiempo.
Las cejas de Hannah se alzaron.
—¿Un diente? ¿Qué le pasaba?
—Creo que se le había roto. Se enzarzó en una pelea con uno de los
porteros del casino cuando intentó repartir unos folletos dentro. Se le
hinchó la mandíbula y le dolía mucho. Insistí para que se pusiera hielo. Va
bien para la hinchazón.
Hannah recordó la última vez que había visto a Ron con vida. Estaba
junto a su furgoneta, apoyando un lado de la cara en la mano ahuecada. A
ella le había dado la impresión de que estaba sumido en sus pensamientos,
pero también era un gesto habitual cuando a uno le duele un diente.
—¿El diente roto de Ron estaba en el lado izquierdo, Danielle?
—¡Sí! —Danielle se quedó boquiabierta y miró fijamente a Hannah,
como si esta hubiera sacado un conejo de un sombrero—. ¿Cómo lo sabías?
—Lo vi cargando su furgoneta cuando yo iba a trabajar esta mañana y
se tocaba la mandíbula izquierda con la mano. Pero no te vi a ti.
—Eso es porque yo estaba encogida en el asiento. No quería que nadie
me viera con Ron y se hiciera una idea equivocada.
Eso tenía sentido. Hannah sabía que los cotillas locales se lo habrían
pasado en grande si hubieran visto a Danielle con Ron.
—¿Puedes describirme al portero que le pegó a Ron?
—No estaba delante. Eso pasó una hora antes de que yo llegara al
casino. Pero supongo que podrás encontrarlo. Ron me dijo que consiguió
darle un buen par de puñetazos y estaba convencido de que le había puesto
un ojo a la funerala.
—¿Hay algo más que me puedas contar?
—Eso es todo, Hannah. —Danielle suspiró profundamente—. No hace
falta que se lo cuentes a Bill, ¿verdad que no? Boyd cree que pasé la noche
entera en casa y no quiero que se entere de nada.
Hannah tomó una de sus decisiones sobre la marcha, esperando no tener
que lamentarlo más adelante.
—Le contaré a Bill lo que sucedió, pero no le mencionaré tu nombre,
Danielle. No será necesario.
—Oh, ¡gracias, Hannah! No sabes cuánto te lo agradezco. Quería
contarlo antes, pero…
—Lo entiendo —la interrumpió Hannah—. No podías contar nada sin
que Boyd se enterara de que habías estado con Ron.
Danielle hundió la cabeza y asintió. Pese a que se le había corrido el
maquillaje y sus pestañas se habían pegado por las lágrimas que había
derramado, seguía estando preciosa. Hannah estaba asombrada por lo muy
distintas que eran. Cada vez que ella misma lloraba, que no era a menudo,
la nariz se le ponía roja como un pimiento y los párpados se le hinchaban.
Estaba bastante claro que cuando se habían repartido los genes de la
belleza, mujeres como Danielle y Andrea le habían robado su parte.
—Tómate un par de minutos para retocarte el maquillaje. —Hannah le
sonrió para darle ánimos—. Ahora sí que se te está corriendo el rímel.
Danielle pareció asustada de nuevo.
—Pero Boyd vendrá a buscarme si no salgo pronto.
—Iré a verle y le diré que se te ha metido algo en el ojo. —Hannah la
ayudó a levantarse y la llevó hacia el espejo—. No te preocupes, Danielle,
tu secreto está a salvo conmigo.

—Ya lo sé, Moishe. He tardado mucho en volver. —Hannah levantó en


brazos la bola de pelo naranja que se lanzó a sus tobillos en cuanto abrió la
puerta de su apartamento. Este gesto pareció tranquilizar al necesitado
felino porque empezó a ronronear desde las profundidades de su garganta.
Le lamió la mano y Hannah se rio—. Pero no te preocupes, hoy ya no
vuelvo a salir. Déjame hacer una llamada; luego cenamos algo y a dormir.
Moishe la siguió a la cocina y la vio servirse una copa de vino blanco,
un Chablis que compraba en garrafas de cinco litros y guardaba en el
estante bajo de la nevera. No era un gran vino precisamente y Hannah lo
sabía, pero salía más barato que los somníferos como Sominex o Bayer
P. M. Abrió la alacena para coger uno de los antiguos platos de postre que le
había regalado su madre por Navidad y lo llenó con la marca favorita de
yogur de vainilla de Moishe. Su madre se horrorizaría si se enterara de que
el único que había utilizado los platos de postre de cristal tallado era el gato
que le había hecho jirones las medias.
—Muy bien, ya estamos todos servidos. —Hannah apagó la luz de la
cocina y dejó que Moishe la precediera al salón. El gato saltó a la mesita de
centro y esperó a que Hannah pusiese encima el plato de postre—. Ya
puedes empezar, Moishe. Me tomaré el vino mientras hablo con Bill.
Hannah vio que Moishe empezaba a dar lengüetadas al yogur. No sabía
si era el comportamiento felino habitual dado que nunca había compartido
su vivienda con un gato hasta entonces, pero Moishe había perfeccionado el
acto de comer y ronronear a la vez.
Bill todavía no había llegado al acto de recaudación de fondos para
cuando Hannah había recogido sus cosas, por lo que supuso que seguiría
sentado a su mesa, peleándose con los formularios por cuadriplicado que se
requerían según la última ley de ahorro de papel. Marcó el número de la
comisaría y se vio recompensada cuando Bill respondió al primer timbrazo.
—¿Bill? —Hannah frunció el ceño. Su cuñado favorito, y único, sonaba
cansado y decaído—. Soy Hannah. He conseguido identificar a la mujer del
pintalabios rosa, pero no puedo decirte quién es.
Como cabía suponer, la reacción de Bill fue bastante brusca, así que
Hannah dejó el auricular en la mesa y esperó. Sabía que debería haberse
expresado con más tacto a la hora de soltarle esa información en concreto,
pero había excedido su cupo de tacto por ese día.
Cuando Bill dejó de vociferar un poco, Hannah volvió a llevarse el
teléfono a la oreja.
—Escúchame, Bill. Esta mujer no tiene nada que ver con el asesinato.
Me apostaría la vida. Y Ron la dejó en su casa justo después de que llenaran
la cámara frigorífica de la escuela. La única forma en que he podido
convencerla para que me hablara fue prometerle que no revelaría su
identidad.
Esta vez Bill vociferó un poco menos y Hannah se limitó a apartar el
receptor de la oreja. Cuando por fin se calló, ella prosiguió:
—No puedo incumplir la promesa que le hice, Bill. Ya sabes cómo es la
gente de Lake Eden. Si corre el rumor de que he revelado un secreto, nadie
se fiará de mí ni para darme la hora.
—No me hace gracia, pero supongo que tampoco tengo elección. —Bill
pareció ablandarse—. Puedes volver a hablar con esa mujer si la
necesitamos, ¿no?
—Claro que sí. Se mostró colaboradora y está muy agradecida de que
mantenga su identidad en secreto.
—Seguramente le sonsacarás más cosas si te ve como una amiga.
Recuerda, Hannah, no quiero que le digas a nadie que participas en esta
investigación. Puedes hablarlo con Andrea, pero con nadie más. No estoy
haciendo constar tu nombre en mis informes. Me refiero a ti como mi
soplón.
—¿Tu «soplón»? —Hannah dio un sorbo del vino peleón.
—Un soplón es una persona cuya identidad está protegida por el oficial
encargado de la investigación. Deberías saberlo por todas esas series
policíacas que siempre estás viendo.
Hannah miró a Moishe entornando los ojos.
—Ya sé qué es un soplón. Preferiría que lo llamaras «agente
encubierto».
—¿Agente encubierto? —Bill se rio, pero al darse cuenta de que a
Hannah no le hacía gracia se calló rápidamente—. Muy bien, considérate
mi agente encubierta. ¿Qué más tienes?
—La mujer del pintalabios rosa me dijo que Ron se había enzarzado en
una pelea anoche en Twin Pines. Ella cree que le rompieron un diente
porque se le hinchó la mandíbula. ¿Te acuerdas de que te dije que lo había
visto con la mano en la mandíbula esta mañana?
—Sí. Comentaste que te dio la impresión de que estaba pensando en
algo importante. Tengo delante las notas de nuestra conversación.
—Bueno, me equivocaba. Le dolía un diente y por eso se había llevado
la mano a un lado de la cara.
Siguió un momento de silencio y Hannah oyó escribir con un bolígrafo.
Bill tomaba notas. Finalmente dijo:
—Tiene sentido. ¿Sabía esa mujer con quién se había peleado Ron en el
casino?
—No, se habían enganchado antes de que llegara. Intentaré
averiguártelo, Bill.
—Sé que te he pedido que fisgonees un poco, pero esto no es ningún
juego, Hannah. —Bill pareció preocupado—. Ron fue asesinado a sangre
fría y el asesino no vacilará en eliminarte si sospecha que estás acercándote
a él.
Hannah tragó saliva con fuerza. La imagen del cuerpo sin vida de Ron
acababa de aparecer en su cabeza.
—Me estás asustando, Bill. ¿De verdad crees que puede ser peligroso?
—Claro que sí. Prométeme que irás con cuidado, Hannah. Y llámame en
cuanto te enteres de algo, aunque sea a las cuatro de la madrugada.
—Lo haré. Buenas noches, Bill. —Hannah se estremeció al colgar el
teléfono. Había estado pensando en el asesinato de Ron como si fuera un
enigma que había que resolver, pero Bill le había recordado que era
peligroso intentar descubrir a un asesino. Al acabarse la copa de vino,
Hannah concluyó que sería más cuidadosa en el futuro.
Oyó un aullido lastimero procedente de la mesita de centro y Hannah
vio que Moishe estaba emitiendo uno de sus increíblemente largos bostezos
gatunos. Estaba claro que era la hora de acostarse. Lo tomó en brazos, lo
llevó al dormitorio y lo dejó sobre el colchón.
Cuando estuvo preparada para acostarse, Hannah se metió bajo la
colcha y se acercó a su compañero de habitación para hacerle arrumacos.
Pero Moishe había sido un animal solitario durante mucho tiempo. Que le
dijeran unas palabras dulces, le rascaran las orejas o le regalaran golosinas
nunca lo convertiría en un gato casero manso y obediente. Permitió unas
pocas carantoñas, pero luego se acomodó en la otra almohada de Hannah y
se quedó dormido, olvidándose de ella por entero.
CAPÍTULO OCHO

H annah se despertó de un sobresalto. Había tenido una pesadilla en la


que Norman Rhodes era un dentista desquiciado que intentaba
destrozarle los dientes con un torno que sonaba como un camión de
la basura dando marcha atrás. Como ella se resistía a abrir la boca, él había
intentado terminar su pérfido ejercicio de odontología perforándole la
mejilla. Cuando abrió los ojos, se sintió aliviada al descubrir que no era más
que Moishe, que le lamía la cara con su lengua de papel de lija para
despertarla.
El despertador emitía su irritante pitido electrónico y Hannah apartó a
Moishe para apagarlo. Fuera todavía estaba a oscuras, pero la luz de
seguridad a un lado del edificio se había encendido. Dado que detectaba
todo tipo de movimiento, Hannah imaginó que la habría disparado algún
pájaro invernal que se había lanzado en picado sobre la campanilla de
alpiste que ella había colgado fuera de su ventana.
—Vale, ya me levanto. Sé que es la hora de alimentar al gato. —
Renunciando a la calidez de la almohada, Hannah se incorporó para
sentarse en la cama. Balanceó los pies a un lado del colchón y buscó con las
puntas de los dedos el par de zapatillas que tenía en el suelo. Alcanzó una,
luego la otra, y metió los pies en aquellas pantuflas grises que en el pasado
habían sido de un celeste perlado.
Cuando entró en la cocina, el café estaba preparado y Hannah agradeció
el temporizador con el que había equipado la cafetera. Algunas de las
mujeres mayores de Lake Eden llamaban «plasma sueco» al café bien
cargado y Hannah coincidía con esa definición. No podía pensar ni, menos
aún, funcionar en ningún sentido hasta que se había inyectado una dosis de
aquel plasma. Se sirvió una taza de café bien caliente, echó algunas galletas
crujientes para gatos en el cuenco de Moishe y se sentó a la mesa.
Había algo muy importante en la lista de cosas pendientes para hoy,
pero ¿qué era? Hannah dio un largo trago de café, con la esperanza de
disipar las telarañas matutinas que se habían formado en su cabeza durante
la noche. No se trataba de ningún nuevo trabajo de catering. Ya tenía la
agenda cubierta para toda esta semana.
El ruido que hacía Moishe al mascar con fuerza despertó a Hannah de
su estado de zombi y se dio la vuelta para mirar al felino. Sus galletas
crujientes estaban haciendo honor a su nombre. Masticaba con tanta fuerza
que sonaba como si fuera a romperse un diente y…
—¡El diente de Ron! ¡Eso es!
Moishe la miró sorprendido y luego hundió de nuevo la cabeza en el
cuenco de comida. Hannah sonrió. El gato seguramente pensó que su dueña
estaba loca por gritar tan alto, pero ella acababa de recordar lo que le había
dicho Tracey, justo antes de que descubriera el cadáver de Ron. Tracey
había dicho que ella había saludado con la mano a Ron y que este le había
devuelto una sonrisa «rara». La gente que sale del dentista ponía sonrisas
«raras», sobre todo si el dentista les había dado una inyección de novocaína.
Y Danielle había dicho que había apremiado a Ron para que fuera al
dentista.
Hannah alcanzó el cuaderno amarillo que tenía en la mesa de la cocina y
anotó: «Llamar a todos los dentistas de la ciudad. ¿Alguno vio a Ron ayer
por la mañana?». Entonces sonrió ante lo que había escrito. ¿A todos los
dentistas? Solo había dos en Lake Eden: Doc Bennett y Norman Rhodes.
Doc Bennett se había jubilado, pero todavía visitaba a algunos de sus
antiguos pacientes, y Hannah esperaba que Ron fuera uno de ellos.
Ciertamente no le apetecía la perspectiva de llamar a Norman. Él podría
pensar que ella estaba obedeciendo a su madre, que pretendía emparejarlos,
y nada más lejos de la verdad.
Requirió una segunda taza de café, pero por fin Hannah sintió que
estaba lista para afrontar la mañana. Añadió una segunda nota a la primera
—«Ir a Twin Pines para buscar al portero»— y entonces echó atrás la silla.
Era hora de prepararse para trabajar.
Como nunca desayunaba nada sólido, Hannah solía estar lista en un
tiempo récord. Se duchó rápidamente, se puso unos tejanos desteñidos y
una sudadera estampada, y luego volvió a toda prisa a la cocina a escuchar
los mensajes de su contestador automático. Todos eran de su madre. A
Hannah le entró la risa mientras rebobinaba la cinta: a esa velocidad y hacia
atrás, Delores sonaba como una ardilla de dibujos animados. Sabía que,
tarde o temprano, tendría que devolverle las llamadas, pero eso podía
esperar a que llegara a The Cookie Jar.
—Te veo esta noche, Moishe. —Hannah tomó las llaves del tablero de
corcho que había al lado del teléfono y miró la violeta africana al pasar
junto a la mesa. Sus hojas amarilleaban y parecía en peligro inminente de
convertirse en abono. Tras ponerse la cazadora, cogió la planta y salió. A
Lisa se le daban fenomenal. A lo mejor podía resucitarla.
No fue hasta que Hannah se acercaba a la lechería cuando se dio cuenta
de dónde estaba e hizo una mueca al pasar por delante del edificio de
hormigón con el inmenso rótulo de Cozy Cow en el tejado. Ron se había
ido para siempre. No volvería a verlo nunca más cargando su furgoneta.
Sumida en esos pensamientos, Hannah estuvo a punto de saltarse el stop
en la esquina de Main con la Tercera. Consiguió frenar justo a tiempo y
sonrió culpable a Herb Beeseman, que estaba acechando en el callejón junto
a Cut ’n Curl. Herb se limitó a negar con el dedo, como si estuviera
regañando a un niño travieso, y Hannah dejó escapar un suspiro de alivio.
Herb se estaba mostrando indulgente esa mañana. Podría haberle puesto una
multa por conducción temeraria, pero parecía más divertido que enfadado.
Las crujientes de melaza que le había dado la tarde anterior habían
resultado ser una gran inversión.
Al doblar la esquina y entrar en el callejón que había detrás de su tienda,
Hannah se preguntó quién se había llevado la furgoneta de Ron. Max
Turner estaría furioso si se la hubieran incautado y ahora le faltara una
furgoneta para sus rutas de reparto. Se desvió cuanto pudo para evitar el
lugar donde habían disparado a Ron y le pasó fugazmente por la cabeza la
diferencia entre las fachadas y las partes de atrás de las tiendas. Aquí no
había macetas decorativas para arbustos o flores ni escaparates ni rótulos.
Las partes de atrás de las tiendas tenían un aspecto institucional, con plazas
de aparcamiento, contenedores y paredes desnudas con pequeñas puertas
dispuestas a intervalos regulares. No eran un lugar agradable para morir,
pero eso planteaba otra pregunta. ¿Había algún lugar agradable para morir?
¿Y de verdad le importaba al difunto?
Los pensamientos morbosos no la llevaban a ninguna parte y Hannah
avanzó por el callejón. Si hubieran matado a Ron en plena calle podría
haber testigos, pero aquel callejón solía estar vacío. Ni siquiera ella había
visto nada fuera de lo habitual cuando había entrado la mañana del día
anterior. Aunque no había prestado mucha atención, Hannah estaba segura
de que se habría fijado si hubiera visto a alguien merodeando por los
contenedores o esperando junto a alguna puerta. La única persona que había
visto la mañana anterior había sido Claire Rodgers.
Al abrir la puerta de atrás, Hannah decidió que tendría una charla con
Claire. Bill o alguno de sus ayudantes tal vez ya la hubieran interrogado,
pero un par de preguntas más no harían daño a nadie. Además, Hannah
tenía la excusa perfecta para hablar con ella. En cuanto hubiera preparado la
masa de galletas, iría a echar un vistazo al vestido de noche que su vecina
había parecido tan interesada en venderle.
Encendió las luces y los hornos y se dirigió al fregadero. Después de
ponerse la gorra de papel y restregarse a fondo las manos, Hannah consultó
el libro de recetas plastificadas que colgaba de un gancho junto al
fregadero. Iba a encargarse del catering de la reunión del Club Romántico
de la Regencia de Lake Eden a las cuatro de esa tarde y necesitaba preparar
un lote de galletas de jengibre estilo Regencia.
Hannah se leyó entera la receta antes de empezar a trabajar. Luego, con
un rotulador borrable, fue tachando los ingredientes que iba añadiendo al
cuenco. Si se distraía podría olvidarse de añadir algún ingrediente crucial, y
aquella mañana a Hannah le costaba concentrarse. No podía dejar de pensar
en el asesinato de Ron y las pistas que había reunido en las últimas
veinticuatro horas. Desde su punto de vista, había dos sospechosos: el
entrenador Watson y el desconocido portero del Twin Pines. Ambos tenían
móviles plausibles para asesinar a Ron.
El entrenador Watson podría haber sospechado que Danielle tenía una
aventura con Ron, y los celos eran un móvil poderoso para el asesinato. En
cuanto al portero, todo apuntaba más bien a la venganza: si Ron había
conseguido darle «un par de buenos puñetazos», como le había dicho
Danielle, el portero podría haber decidido seguir a Ron y saldar cuentas.
Mientras Hannah fundía, medía y mezclaba ingredientes, pensó en el
primero de los sospechosos. Tenía que verificar la coartada del entrenador
Watson, y el Club Romántico de la Regencia de Lake Eden era un buen
sitio para empezar. La hermana del entrenador Watson, Maryann, asistiría a
la reunión, y Hannah podría extraerle información.
Identificar al segundo sospechoso requeriría un poco más de trabajo.
Hannah pensaba conducir hasta Twin Pines esa noche y fisgonear por allí.
Descubriría qué portero se había peleado con Ron y si tenía una coartada
para el momento del asesinato.
A las siete y veinticinco, Hannah había acabado su trabajo de primera
hora de la mañana. Además de las galletas de jengibre estilo Regencia,
también había elaborado la masa para un par de hornadas de crujientes con
pepitas de chocolate, tres de bocados de nueces pacanas y una de supremas
de chocolate blanco, una receta que Lisa había inventado.
Eran las siete y media en punto cuando esta irrumpió por la puerta de
atrás.
—Hola, Hannah —saludó alegremente. Colgó su parka, se recogió el
pelo dentro de una gorra de papel y se dirigió al fregadero para lavarse las
manos—. ¿Por dónde quieres que empiece?
Hannah metió el último cuenco con masa en la cámara frigorífica y se
acercó a Lisa en el fregadero.
—¿Te importaría preparar el café, Lisa? Tengo que hacer algunas
llamadas. He elaborado una tanda de tus supremas de chocolate blanco y
puedes hornearlas primero. Hoy las probaremos con los clientes. Y, como se
te dan tan bien las plantas, a ver qué puedes hacer con esa violeta africana
que he dejado en el mármol. No quiero que me metan en la cárcel por
maltrato vegetal.
—No te preocupes. Prepararé las mesas y te llevaré una taza de café
cuando esté listo.
Cuando Lisa salió, Hannah tomó el teléfono, marcó el número de Doc
Bennett y escuchó cómo sonaba.
—¿Diga? Soy Doc Bennett.
Doc sonó brusco y Hannah miró el reloj. Tal vez las ocho menos cuarto
era una hora excesivamente temprana para llamar a un dentista
semijubilado.
—Hola, Doc. Soy Hannah Swensen, de The Cookie Jar.
—Hola, Hannah. ¿Todavía te cepillas los dientes como te enseñé?
—¡No te quepa duda! —Hannah se sintió aliviada. Doc le sonó mucho
más amigable ahora.
—¿Tienes alguna urgencia dental?
—No, todo va bien. —A Hannah no se le había ocurrido ninguna forma
indirecta de plantear la pregunta que le interesaba, así que la soltó de
buenas a primeras—: Me preguntaba si habrías visto a Ron LaSalle ayer por
la mañana, como paciente.
—No abrí la consulta, Hannah. Me tomé el día libre y me acerqué en
coche a Little Falls para visitar a mi hermana. Más vale que le preguntes a
Norman Rhodes. Tengo entendido que abre al amanecer casi todas las
mañanas y que acepta pacientes sin cita previa.
—Gracias, Doc. Eso haré. Y ven a probar una galleta un día de estos.
Hannah colgó y suspiró. Las cosas nunca salían como esperaba. Ahora
tendría que llamar a Norman.
El aroma del café que llegaba desde la tienda era tentador, y Hannah
entró para servirse una taza. No había acabado de subir del todo, pero
estaba caliente y le dio un sorbo encantada. No podría llamar al hombre que
su madre había elegido para ella sin una buena dosis de cafeína que le diera
ánimos.
—El café todavía no está preparado, Hannah. —Lisa se dio la vuelta
para mirarla con curiosidad.
—Ya me va bien así. —Hannah dio otro sorbo de aquella agua con
sabor a café. Entonces se acordó de Twin Pines y de lo poco que Lisa salía
de casa—. ¿Puedes buscar a alguien que haga compañía a tu padre esta
noche? Voy a ir a Twin Pines y te invito a cenar si vienes conmigo.
—Me encantaría. A los vecinos les gusta hacer compañía a papá, ahora
que hemos comprado un televisor de pantalla grande. ¿Por qué quieres ir al
casino indio?
Hannah recordó la advertencia de Bill acerca de no contarle a nadie que
estaba trabajando para él.
—Nunca he estado allí y siempre he querido verlo.
—Yo también. Herb Beeseman dice que sirven unas costillas
estupendas.
—En ese caso cenaremos costillas. Y nos llevaremos toda la calderilla
de la caja registradora y la echaremos a las tragaperras.
Así que Lisa había estado hablando con Herb. Hannah tomó buena nota
de aquel detalle por si le servía en un futuro y volvió al horno sintiéndose
mucho mejor. Lisa era una compañía estupenda y cualquiera que las viera
pensaría que simplemente habían ido al casino para cenar costillas y jugar.
Era hora de llamar a Norman. Hannah tomó el teléfono y marcó su
número. Si Norman malinterpretaba la razón de su llamada, Bill estaría en
deuda con ella. Se enredó el cable telefónico entre los dedos mientras este
sonaba varias veces hasta que Norman contestó.
—Clínica dental Rhodes. Norman Rhodes al aparato.
—Hola, Norman. Soy Hannah Swensen.
—Hola, Hannah. —Norman pareció alegrarse de hablar con ella—.
¿Has llamado ya a tu madre?
—¿A mi madre?
—Me ha llamado esta mañana para preguntarme si te había visto. Ha
dicho que te había dejado un montón de mensajes en el contestador
automático pero que no le habías devuelto las llamadas.
—Culpa mía —reconoció Hannah—. No he escuchado el contestador
hasta esta mañana y entonces tenía mucha prisa. Imagino que no sabrás qué
quería.
—La verdad es que no. Pero sí me preguntó cuáles eran mis intenciones
con respecto a ti.
—¿Cómo dices?
—Tranquila, Hannah. Mi madre es igual. Deben de llevarlo en los
genes. Nunca dejan de querer controlar la vida de uno.
A Hannah no le apetecía preguntarle cuál había sido su respuesta.
Prefería no saberlo.
—Tengo una pregunta para ti, Norman. ¿Fue a verte Ron LaSalle ayer
por la mañana?
Siguió una larga pausa y entonces Norman suspiró.
—Lo siento, Hannah, pero no puedo decírtelo. Toda la información
sobre la visita de un paciente es confidencial.
—Entonces… ¿Ron era tu paciente?
Hannah oyó con claridad que Norman tragaba saliva al otro lado de la
línea.
—¡Yo no he dicho eso!
—Claro que no lo has dicho.
—Entonces, ¿por qué das por supuesto que lo era?
Hannah sonrió, complacida consigo misma. Por fin había podido poner
en práctica aquel curso de lógica que había estudiado.
—Si Ron no era tu paciente, podrías decirme que no lo era sin temor a
infringir ninguna norma ética. Pero has dicho que no podías decírmelo, lo
que significa que sí lo era.
Siguió otro momento de silencio y entonces Norman se rio entre
dientes.
—Eres ingeniosa, Hannah. Y tienes razón. Supongo que no puede hacer
ningún daño a nadie que te lo diga ahora. Ron fue mi primera cita de ayer
por la mañana. Se presentó con un dolor considerable de un molar con una
fisura.
—¿Un diente roto?
—Sí, hablando en plata. Lo siento, Hannah. Tengo un paciente en la
silla y ahora no puedo hablar. Espera un momento, que compruebo mi
agenda.
Hannah esperó, cambiándose de pie de apoyo cada dos por tres. Esto era
importante. Norman podría haber sido la última persona en hablar con Ron.
—¿Hannah? —Norman volvió a la línea—. Tengo la agenda llena esta
mañana, pero ninguna cita para la una. Si vienes a esa hora, lo hablamos.
—¿Quieres que me pase por tu consulta?
—Creo que sería lo mejor, ¿no te parece? No deberíamos hablar de algo
tan delicado por teléfono. Compraré unas ensaladas y unos sándwiches en
la cafetería y comemos mientras hablamos. Tengo algo muy importante que
preguntarte.
Hannah hizo una mueca. Lo último que le apetecía hacer era comer con
Norman, pero si quería ayudar a Bill a resolver el asesinato de Ron, tenía
que reunir todos los hechos. Y de las dos personas que habían acudido a la
cita de Ron con el dentista, solo una seguía viva y podía contarle lo que
había pasado: el propio dentista.
—Muy bien, Norman. —Hannah asumió lo inevitable con todo el buen
ánimo que pudo—. Te veo a la una.
Galletas de jengibre estilo Regencia

No precaliente el horno todavía; la masa


debe enfriarse antes del horneado.

170 g de mantequilla
200 g de azúcar moreno
1 huevo grande batido (o dos medianos;
bátalos con un tenedor)
2 cucharaditas de bicarbonato de soda
4 cucharadas de melaza
1/2 cucharadita de sal
2 cucharaditas de jengibre molido
300 g de harina (sin tamizar)
100 g de azúcar blanco en un pequeño
cuenco (para más tarde)

Derrita la mantequilla e incorpore el


azúcar. Deje enfriar la mezcla y entonces
añada el huevo. Agregue el bicarbonato, la
melaza, la sal y el jengibre.
Mézclelo bien. Añada la harina e
incorpórela. Deje enfriar la masa durante
al menos 1 hora. (Toda la noche es incluso
mejor).
Precaliente el horno a 190 °C, con la rejilla
en la posición intermedia.
Con las manos, amase bolas del tamaño de
una nuez y páselas por azúcar blanco.
(Échelas al cuenco de azúcar y agite/o
suavemente hasta cubrirlas).
Colóquelas en bandejas para galletas
engrasadas (en una de tamaño estándar
caben 12). Aplástelas con una espátula.
Hornee a 190 °C entre 10 y 12 minutos o
hasta que se doren. Deje enfriar las
bandejas no más de 1 minuto y luego pase
las galletas a una rejilla hasta que se
enfríen del todo. (Si las deja en las
bandejas demasiado tiempo, se pegarán).
Estas galletas se sirvieron en el Club
Romántico de la Regencia de mi madre.
Me pidieron algún dulce del periodo de la
Regencia. ¿Por qué no? (A Tracey le
encantan como bocadito antes de acostarse
con un vaso de leche).
Cantidad: de 70 a 80 galletas, dependiendo
del tamaño galletas.
CAPÍTULO NUEVE

S u local estaba tan atestado como el día anterior, y Hannah se sintió


aliviada cuando llegó el previsible respiro de las once. Era la hora del
día que los vecinos de Lake Eden consideraban demasiado tarde para
el desayuno con galletas y demasiado temprano para una comida con
galletas. Ese momento de calma dio tiempo a Hannah para recuperar su
agudeza mental y proseguir su investigación extraoficial pero con la
aprobación del ayudante del sheriff. Preparó una nueva cafetera, limpió el
mostrador hasta que quedó reluciente y pasó por la puerta batiente al horno
para hablar con Lisa.
Lisa acababa de sacar la última fuente de galletas del horno y saludó a
Hannah con una sonrisa.
—He terminado el horneado, Hannah. Y tu planta va a salir adelante. Lo
único que necesitaba era que sus raíces estuvieran empapadas.
—Gracias, Lisa —dijo Hannah, acordándose, un poco tarde, de las
instrucciones que le había dado su madre para cuidar la planta. En lugar de
regarla por arriba, había que poner la violeta africana en un platito con
agua. Se acercó a ver la planta y ya le pareció mucho más vigorosa—. Creo
que le conviene una nueva cuidadora. Llévatela a casa, Lisa.
Lisa sonrió, encantada a todas luces del regalo.
—Es un híbrido llamado «Delicia de Verona» y se verá espléndida
cuando florezca. ¿Estás segura de que no la quieres?
—Completamente. Estará mucho más contenta contigo. ¿Puedes
defender el fuerte un rato mientras voy aquí al lado un momento a hablar
con Claire?
—Claro. —Lisa se quitó rápidamente el delantal de hornear y se puso el
más elegante que llevaba cuando estaba a cargo del mostrador—. Vete,
Hannah.
Hannah salió por la puerta trasera y se estremeció. La temperatura había
caído al menos diez grados y las nubes eran grises, con un aspecto
amenazante. El hombre del tiempo de la radio había prometido cielos
despejados, pero ella había estado oyendo una emisora de Minneapolis y la
urbe estaba a ochenta kilómetros.
El Toyota de Claire ocupaba su plaza de parking habitual y Hannah se
acercó para llamar a la puerta trasera de Beau Monde Fashions. Los martes
Claire no abría hasta el mediodía, pero obviamente ya estaba en la tienda.
—Hola, Hannah —la saludó Claire con una sonrisa—. Pasa y te
enseñaré esa monada de vestido. Tuve que quitarlo del expositor ayer. Lydia
Gradin me pidió probárselo, pero no le habría quedado bien. Y Kate
Maschler también le echó el ojo.
Inmediatamente, Hannah se sintió culpable. Por su culpa, Claire había
perdido una venta potencial.
—Tendrías que haber dejado que alguna de ellas lo comprara, Claire. Yo
ni siquiera me lo he probado.
—Pero lo harás. Y te quedará perfecto. Pasa, Hannah, te lo enseñaré.
Hannah suspiró y entró en la diminuta trastienda de Claire. Había una
tabla de planchar colocada en un rincón junto a una pila de cajas de vestidos
pendiente de ordenar. En el aire se olía el calor. A todas luces, Claire había
estado eliminando las arrugas de su nuevo pedido, y Hannah la siguió por
delante de estantes de ropa recién llegada y rodearon la máquina de coser
que estaba preparada para hacer los cambios necesarios. Frunció el ceño
cuando se coló entre las cortinas que separaban la trastienda de la tienda. A
pesar de sus reticencias, no quiso ser descortés negándose a probarse el
vestido que Claire había escogido para ella.
—¡Aquí está! —Claire abrió el armario que contenía sus vestidos más
caros y extrajo una percha de la que colgaba un vestido de cóctel de seda
negra—. ¿No es una monada?
Hannah asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer? A ella le parecía un vestido
normal y corriente, pero no sabía casi nada de moda y Claire era una
experta.
—Pues pruébatelo. —Claire la condujo a uno de sus pequeños
probadores—. ¿Quieres que te ayude?
—No, gracias, puedo sola. —Hannah entró en el pequeño y elegante
probador de Claire y cerró la puerta—. ¿Estás ahí, Claire?
—Aquí estoy. —La voz de Claire entró a través del montante abierto de
la puerta—. ¿Quieres que te suba la cremallera?
—No, está bien. Solo me preguntaba si viste a alguien en el callejón
ayer por la mañana.
—Solo a ti, Hannah. Bill ya me lo ha preguntado y le he respondido lo
mismo.
—¿Y más tarde? —Hannah se bajó la cremallera de los vaqueros y se
los deslizó hasta los tobillos.
—No volví a salir hasta que oí todo el lío.
De una patada, Hannah se quitó los vaqueros, que cayeron cerca del
espejo, y se sacó también la sudadera.
—¿Estás segura? Dijiste que estuviste descargando un nuevo pedido.
¿No saliste a tirar ningún cartón al contenedor?
—No creo… Uy, ¡sí que salí! —Claire pareció sorprendida—. Tienes
razón, Hannah. Rompí algunos cartones y los saqué fuera. Y sí había
alguien en el callejón. Vi a un sin techo acurrucado en el umbral de la tienda
de segunda mano, esperando a que abriera.
—¿Tienes idea de qué hora era?, —preguntó Hannah mientras
descolgaba el vestido negro de la percha.
—Me parece que en torno a las ocho menos cuarto. Cuando volví
dentro, planché un vestido y entonces llamó Becky Summers para preguntar
si había acabado los retoques para su nuevo traje pantalón. Miré mi reloj y
recuerdo que pensé que solo Becky tendría el atrevimiento de llamarme dos
horas antes de abrir, así que debían de ser las ocho.
—¿Y qué aspecto tenía el sin techo?
—Estoy segura de que lo habrás visto por la ciudad, Hannah. Es alto y
lleva el pelo de punta. Es de un rojizo espantoso… —Claire se calló un
instante y pareció avergonzada cuando volvió a hablar—. No como tu pelo,
Hannah. El tuyo es de un precioso matiz caoba. El de ese hombre es tan
rojo que casi parece naranja, como el de un payaso.
Hannah añadió ese detalle a la memoria mientras levantaba el vestido
por encima de su cabeza, metía los brazos por las mangas y se contoneaba
un poco. La seda se deslizó fácilmente. Hannah echó las manos a la
espalda, encontró el tirador de la cremallera y la subió. El vestido se le
ajustó a la perfección. Claire tenía buen ojo para las tallas.
—¿Te queda bien, Hannah? —La voz de Claire llegó desde arriba de
nuevo.
—Como un guante. —Hannah respiró hondo y se miró en el espejo. La
extraña que le devolvió la mirada parecía desconcertada.
El vestido no solo le quedaba bien, sino que estaba impresionante. Y
Hannah nunca se había sentido así en toda su vida.
—¿Te gusta?
Hannah tardó un momento en recuperar la voz.
—Es…, esto…, es genial.
—Sal y déjame ver si necesita algún retoque.
—No hace falta. —Hannah se quitó sus viejas Nike, sus deportivas
favoritas. No encajaban precisamente con su nueva imagen. Y entonces
abrió la puerta y salió.
Al verla, Claire se quedó boquiabierta.
—Ya sabía que era perfecto para ti, pero no tenía ni idea de que te
transformaría en una femme fatale. Tienes que quedártelo, Hannah. Te haré
un gran descuento. Ese vestido está hecho para ti.
—Creo que tienes razón. —En la voz de Hannah había un matiz de
asombro cuando Claire la llevó hasta el espejo triple y estudió su reflejo.
Tenía un aspecto sofisticado, espléndido y absolutamente femenino.
—Te lo quedas, ¿verdad?
Hannah se volvió de nuevo hacia el espejo. Si entrecerraba los ojos, la
mujer que le devolvía la mirada se parecía un poco a Katharine Hepburn.
Su primera reacción fue pedirle a Claire que le envolviera el vestido, que el
precio no era problema, pero la realidad hizo acto de presencia. El precio sí
suponía un problema y ella lo sabía.
—Claro que lo quiero, pero no sé si puedo permitírmelo. ¿Cuánto vale?
—Olvida lo que te he dicho sobre el descuento. Te lo vendo a precio de
coste. Pero prométeme que no le dirás a nadie cuánto has pagado.
—Muy bien —prometió Hannah—. ¿Cuánto es?
—Se vende por ciento ochenta, pero puedes quedártelo por noventa.
Hannah no vaciló. Un vestido como ese solo aparecía una vez en la
vida.
—Hecho. Nunca tendré ocasión de ponérmelo y seguramente se
quedará colgado en el armario durante el resto de mi vida, pero tienes
razón. Tengo que comprarlo.
—¡Buena chica! —Claire parecía muy complacida—. Pero ¿qué quieres
decir con eso de que no tendrás ocasión de ponértelo? La fiesta anual de los
Woodley es mañana por la noche.
Hannah parpadeó. Había metido la invitación en un cajón y se había
olvidado por completo.
—¿Crees que debería llevar este vestido?
—Si no te lo pones le diré a todo el mundo que tus galletas son
malísimas —la amenazó Claire—. Mañana por la noche vas a dejar a todo
el mundo de piedra, Hannah. Y el sábado por la mañana, tu teléfono sonará
hasta reventar.
Hannah se rio. Tal vez Claire era vidente y su teléfono sonaría hasta
reventar. Pero el noventa y nueve por ciento de esas llamadas serían de
Delores, intentando averiguar a qué hombre había querido impresionar.

Hannah guardó la caja con el vestido en su Suburban y volvió a la pastelería


con una expresión divertida en la cara. Desde luego se había gastado un
montón de dinero ayudando a Bill a investigar el asesinato de Ron. Había
invertido cincuenta dólares con Luanne por los cosméticos y otros noventa
con Claire por el vestido.
Al pasar por la mesa de trabajo, el teléfono de la pared empezó a sonar.
Hannah gritó para decirle a Lisa que ya respondía ella y tomó el auricular.
—The Cookie Jar. Soy Hannah.
—Hola, Hannah. —Era Bill y sonaba desanimado—. Solo quería ver
cómo te iba. Estoy en la lechería interrogando a la gente.
—¿Has descubierto algo nuevo?
—Nada de nada. Todo el mundo llegó a las siete y media y para
entonces Ron ya había cargado y se había ido.
—¿Y qué me dices de Max Turner?, ¿has hablado ya con él?
—No. Espera un momento, Hannah. —Siguió una larga pausa y luego
Bill volvió al aparato—. Betty todavía espera que aparezca hoy. Le he
pedido que me dé un número y le llamaré para contarle lo de Ron. ¿Y tú
qué? ¿Has conseguido algo?
—Sí, y podría ser importante. He hablado con Claire Rodgers y se
acordó de que había visto a un sin techo en el callejón a eso de las ocho
menos cuarto. Estaba acurrucado en el umbral de la tienda de segunda mano
y me dio una descripción.
—Espera, voy a por mi cuaderno de notas. —Siguió otra pausa y al
cabo Bill volvió a hablar—. Muy bien. Dime.
—Llevaba ropa holgada y tenía un pelo de un rojo intenso que se
levantaba en pinchos. Claire dijo que lo había visto antes por la ciudad.
—Buen trabajo, Hannah. —Bill pareció complacido—. Me acercaré al
comedor social de la Iglesia bíblica y veré si saben quién es. Y también
comprobaré qué saben en la tienda de segunda mano. A lo mejor le dejaron
pasar. ¿Algo más?
—Es posible, no estoy segura. Ron fue al dentista para que le mirara el
diente roto del que te había hablado, y por eso se había retrasado en su ruta.
Me pondré en contacto contigo en cuanto averigüe algo más.
Hannah colgó el teléfono e inmediatamente volvió a descolgarlo para
marcar el número de su madre. No podía seguir postergando esa llamada.
Mientras escuchaba un tono tras otro, empezó a sonreír. Su madre había
salido y ella le dejó un breve mensaje:
—Hola, soy Hannah. Solo quería devolverte la llamada. Supongo que
debes de haber salido. Nos vemos más tarde en la reunión del Club
Romántico de la Regencia.
Hannah acababa de colgar cuando Lisa asomó la cabeza por un lado de
la puerta batiente.
—Ha venido tu hermana, Hannah.
—Dile que pase y que traiga un par de tazas de café —le dijo Hannah
acercándose al mostrador, donde colocó media docena de supremas de
chocolate blanco en una bandeja. No quedaban muchas, señal de que la
nueva receta de Lisa había sido un éxito. Luego se sentó en un taburete y se
preguntó cuál sería la nueva crisis que había traído a Andrea a The Cookie
Jar por segundo día consecutivo.
—Hola, Hannah —la saludó Andrea—. Ten tu café. —Dejó las dos
tazas de café sobre el mostrador, vio las galletas y tomó una incluso antes
de sentarse—. Estas nuevas galletas están riquísimas. Todo el mundo las
pone por las nubes y se han vendido enseguida. Lisa me ha dado la última
mientras te esperaba.
Hannah sonrió.
—Me alegro mucho de que se hayan vendido tan bien: Lisa ha trabajado
mucho en la receta.
—¿Es de Lisa? —Andrea pareció sorprendida—. Es curioso. No me ha
dicho nada.
—Ni lo hará. Lisa aún no confía mucho en sus habilidades como
repostera.
—Bueno, pues debería. Porque son unas galletas de primera. —Andrea
echó mano a otra galleta.
—¿Qué te trae por aquí, Andrea? —Hannah se preparó mentalmente
para otra crisis fraternal—. Acabo de hablar por teléfono con Bill y me ha
parecido que estaba bien. Y Tracey qué tal, ¿bien también?
—Tracey está estupendamente. Todo va bien. No tengo que enseñar otra
vivienda hasta las tres y solo me he pasado para saludar.
Hannah alzó las cejas. Andrea nunca se pasaba por ningún sitio solo
para saludar.
—Esta noche estoy ocupada, pero puedo estar en casa a las ocho y
media. ¿Es demasiado tarde para traerme a Tracey?
—¿Y por qué iba a querer llevártela? —Andrea pareció confusa—. ¿De
qué estás hablando, Hannah?
—¿No necesitas una canguro esta noche?
—No. —Un rubor apagado apareció en las mejillas de Andrea—. Me he
estado aprovechando de ti, ¿no?
—Claro que no. —Hannah negó con la cabeza—. Me encanta pasar el
rato con Tracey. Es un encanto de niña.
—Lo sé, pero cuando he entrado, tú has dado por supuesto que
necesitaba algo. No soy una buena hermana, Hannah. Tomo y tomo, pero
nunca devuelvo.
Hannah se sentía incómoda. No le gustaba el giro que estaba dando la
conversación.
—¿Ah, sí? Tú me animaste a abrir The Cookie Jar. Yo a eso lo llamaría
devolver un favor con creces.
—Tienes razón. Fui yo la que lo sugirió. —Andrea pareció complacida
por un instante—. Pero, de verdad, tendría que hacer más por ti, Hannah. Tú
me ayudas siempre y yo nunca sé cómo devolverte los favores. Si me
pidieras algo, lo haría.
De repente a Hannah se le ocurrió una idea brillante.
—Pues eso está a punto de cambiar. Si de verdad quieres hacer algo por
mí, acompáñame al dentista. Tengo cita a la una.
—Claro que iré, pero no sabía que te diera miedo ir al dentista.
—Pues, créeme, me asusta —dijo Hannah con una sonrisa—, sobre todo
cuando el dentista en cuestión es Norman Rhodes.
Andrea se quedó boquiabierta.
—Pero mamá dijo que intentó liarte con él. ¿Por qué vas a dejarle que te
hurgue los dientes?
—No pienso hacerlo. Justo antes de que Ron fuera asesinado, tuvo una
cita con Norman. Le he llamado esta mañana y me ha confirmado que vio a
Ron, pero se ha negado a tratar el tema por teléfono. Me ha dicho que me lo
contaría todo si quedaba con él para comer en su oficina.
Andrea levantó las cejas.
—Muy astuto. ¿Y temes que aproveche esa oportunidad para echarte los
tejos?
—No, no se trata de eso. Me ha parecido sinceramente amable por
teléfono, pero no me apetece estar a solas con él.
—¿Por qué no? A no ser que… —Andrea se interrumpió y abrió los
ojos de par en par—. ¿Crees que Norman es sospechoso?
Hannah se encogió de hombros.
—No. Pero no puedo descartarlo del todo. Norman fue una de las
últimas personas que vio a Ron con vida, y no sabré si tiene una coartada
hasta que le pregunte.
—Iré contigo —convino Andrea rápidamente—. Él no puede intentar
nada si estamos las dos allí. Y mientras tú comes con él y le sonsacas sobre
Ron, yo husmearé por allí para ver si encuentro alguna prueba.
—Eh…, tal vez no sea tan buena idea, Andrea.
—¿Por qué? Soy una fisgona de primera, Hannah. Solía husmear entre
las cosas de mamá a todas horas y ella nunca lo descubrió. Además, así
ayudo a Bill; se supone que una esposa debe ayudar a su marido.
—Podría ser arriesgado, Andrea.
—No si preparamos un horario y lo cumplimos. ¿Cuánto tiempo crees
que puedes mantenerlo ocupado?
Hannah se lo pensó en serio.
—No más de veinte minutos.
—Tengo que disponer de más tiempo. ¿Qué te parece media hora?
—Veinticinco minutos, ni un segundo más —dijo Hannah con firmeza
—. Le diré que quiero comer en su oficina y tu tiempo empieza a contar
desde el instante en que yo cierre la puerta.
—Muy bien. Sincronizaremos nuestros relojes antes de entrar y te
prometo que no me pillará.
—Espero que no. Creo que es ilegal. —Hannah empezaba a lamentar
haberle pedido a Andrea que la acompañara.
—¿Cómo va a ser ilegal mirar las cosas de alguien? No es que vaya a
robar nada, Hannah. Si encuentro alguna prueba, la dejaré donde esté y
podemos contárselo a Bill.
—Sigo sin estar convencida de que sea una buena idea.
—Tal vez no lo sea, pero tenemos que hacer algo para ayudar a Bill a
resolver el asesinato de Ron. A él no le importará, y después se lo explicaré
todo. ¿Lo probamos?
Hannah aceptó a desgana. Si Bill llegaba a descubrir que ella iba a dejar
que Andrea husmeara en la oficina de Norman, sí que iba a importarle. Es
más, primero la mataría y luego haría las preguntas.
CAPÍTULO DIEZ

H annah pinchó un trozo de lechuga romana con el tenedor y miró la


hora en su reloj. Solo habían transcurrido cinco minutos desde que
cerró la puerta de la oficina privada de Norman y él ya le había
contado todo sobre su cita con Ron.
El relato de Norman no había contenido ninguna sorpresa. Ron se había
presentado quejándose de dolor y Norman le había puesto una inyección de
lidocaína. Ron no había querido esperar a arreglarse el diente en ese
momento, pero se había comprometido a volver a la consulta de Norman en
cuanto acabara el reparto. Por descontado, no había vuelto. A Ron lo habían
asesinado antes incluso de que se le hubiesen pasado los efectos de la
inyección.
—¿Ron parecía nervioso por algo? —Hannah planteó otra pregunta de
la lista mental que se había preparado.
Norman masticó y tragó.
—La verdad es que no. Estaba ansioso por volver al trabajo, pero eso
era todo.
—¿Te explicó cómo se rompió el diente?
—Dijo que se había peleado, pero no le presioné para sonsacarle más
detalles. Ojalá lo hubiera hecho.
—No pasa nada, Norman. —Hannah le dedicó la más amigable de sus
sonrisas—. No tenías forma de saber que cuando saliera de aquí le iban a
disparar.
—Supongo que no. Pero ojalá hubiera prestado más atención. Le podría
haber hecho más preguntas sobre la pelea cuando le examiné. Estuvo en la
silla durante veinte minutos, al menos.
—No creo que hubiera servido de mucho. Con la boca abierta con el
aparato dental y esa pequeña lámina de goma cubriéndole la lengua, no
podría haberte contado gran cosa.
—Se llama dique de goma —la corrigió Norman, y hubo un destello de
humor en sus ojos—. Tienes razón, Hannah. Nos enseñan a conversar con
los pacientes en la asignatura de Intervenciones Dentales 101. Nunca
preguntes nada que no pueda responderse con un «ggghh» o
«gghhhgghhh».
Hannah se rio. El sentido del humor de Norman fue una agradable
sorpresa. Tal vez, después de todo, no era un pelmazo. Y sin duda le había
dado un nuevo aire a la clínica de su padre. Las paredes verdes
institucionales de la sala de espera habían sido repintadas con una capa de
amarillo luminoso; las polvorientas y descoloridas cortinas americanas
habían sido sustituidas por cortinas recogidas, con un estampado de flores,
y el viejo sofá gris y las sillas de respaldo rígido habían dado paso a un
nuevo mobiliario a juego que habría quedado bien en cualquier salón de
Lake Eden. Lo único que no había cambiado eran los ejemplares de viejas
revistas que se apilaban en el nuevo revistero de madera colgado de la
pared.
—Has cambiado mucho este despacho, Norman. —Hannah miró con
admiración la consulta. Había conservado la vieja mesa de su padre, pero la
había restaurado con un poco de barniz de roble claro y había una capa
reciente de pintura azul pálido en las paredes. Bajó la mirada al
enmoquetado azul más oscuro que se extendía de pared a pared e hizo una
pregunta que no tenía nada que ver con el asesinato de Ron.
—¿Has puesto la misma moqueta en las salas de consulta?
Norman negó con la cabeza.
—No podía. Allí los suelos tienen que poder lavarse. Sustituí el linóleo
y pinté las paredes, pero nada más.
—¿Y qué hiciste con las ventanas?
—He pedido unas persianas verticales de tela, pero todavía no me las
han traído. Y estoy buscando unos cuadros nuevos para las paredes.
—Eso está bien. De niña, cuando veía la vieja copia del cuadro de
Rockwell del chico en la consulta del dentista, me moría de miedo.
—A mí también me asustaba —reconoció Norman sonriendo—. Parecía
tan desdichado con aquella gran servilleta blanca anudada en torno al
cuello. Le dije a mi padre que no me parecía una buena publicidad para una
práctica odontológica indolora, pero él lo encontraba divertido. Humor de
dentista, supongo.
—Sí, como aquello de: ¿Qué premio recibe el dentista del año? Una
placa.
—Ese era uno de los chistes favoritos de mi padre. —Norman se rio y
cogió otra galleta de nuez pacana de la bolsa que Hannah había traído—.
Estas galletas están muy buenas, Hannah.
—Gracias. La próxima vez dejaré las nueces con las cáscaras y tendrás
un montón de pacientes nuevos.
—Eso ya lo tengo solucionado. Para las fiestas, voy a mandar latas de
caramelos masticables con el número de mi consulta impreso en las tapas.
Hannah se rio, pero se recordó que no debía desviarse de sus preguntas.
Norman parecía muy distinto en su oficina, y de hecho ella se lo estaba
pasando bien en la visita.
—¿Notaste algo raro en Ron cuando entró? ¿Cualquier cosa que te
llamara la atención?
—No. Te he contado todo lo que se me ha ocurrido. Ojalá pudiera
ayudarte más, pero Ron me pareció una urgencia dental ordinaria.
—¿Me llamarás inmediatamente si te acuerdas de algo más?
—Claro —convino Norman—. Sé que estás ayudando a tu cuñado a
resolver el caso, pero no tengo más información que darte.
—Un momento, Norman. No le he contado a nadie que estoy ayudando
a Bill. ¿Cómo lo has sabido?
—Era un poco raro que estuvieras tan interesada en una cita de veinte
minutos en el dentista —señaló Norman—. Y cuando tu madre me dijo que
el marido de tu hermana estaba trabajando en el caso de Ron, no tuve más
que sumar dos y dos.
—Por favor, no se lo digas a nadie, Norman.
—Tranquila, Hannah. No te delataré. ¿Tienes más preguntas? ¿O puedo
hacerte yo la mía?
—Me queda una. —Hannah respiró hondo. Debía averiguar si Norman
tenía una coartada para el momento de la muerte de Ron—. ¿Vino algún
otro paciente justo después de que trataras a Ron?
—Una mujer. Tenía otra fisura dental, pero fue fácil de arreglar. Entró y
salió en menos de treinta minutos.
Hannah se sintió extrañamente aliviada de que Norman tuviera una
coartada. Empezaba a caerle bien. Lo único que tenía que hacer era
comprobar el dato con el segundo paciente de Norman de la mañana y este
quedaría libre de sospechas.
—Tengo que saber cómo se llama, Norman.
—¿No lo sabes?
—¿Y cómo iba a saberlo? Mira, Norman, sé que tu lista de pacientes es
confidencial, pero lo único que necesito es su nombre. Tengo que
preguntarle si vio a Ron cuando entró.
Norman empezó a sonreír.
—Veo que todavía no le has devuelto la llamada a tu madre.
—La he llamado. No estaba en casa y le dejé un mensaje en el
contestador. ¿Qué tiene que ver mi madre con esto?
La sonrisa de Norman se amplió.
—Creía que te lo habría dicho a estas alturas. Tu madre fue mi segunda
cita.
—¡Eso es genial! —A Hannah se le escapó un gran suspiro—. Mi
madre me dejó una docena de mensajes diciendo que tenía algo importante
que contarme, pero ella siempre tiene algo importante que contarme. ¿Te
comentó algo sobre si había visto a Ron?
—Sí. Aunque de hecho no llegó a verlo. Y no se dio cuenta de que era
importante hasta que volvió a casa del acto de recaudación de fondos del
alcalde. Lo que vio fue la furgoneta de Ron alejándose cuando ella aparcaba
delante de la consulta.
Hannah concluyó que lo corroboraría con su madre en la reunión del
Club Romántico de la Regencia, pero parecía que Norman tenía una
coartada sólida. Si Delores había estado con él, no podía haber seguido a
Ron y matarlo. Eso hizo que Hannah deseara que hubiera alguna forma de
detener el fisgoneo de Andrea.
—¿Y bien, Hannah?
—Y bien, ¿qué? —Hannah le miró, sobresaltada.
—¿Puedo hacerte ya mi pregunta?
—Claro. ¿De qué se trata?
—Estaba en la facultad de odontología cuando mis padres se instalaron
aquí y solo vine a visitarles un par de veces. No conozco gran cosa de Lake
Eden.
—No hay mucho que conocer —dijo Hannah sonriendo.
—Pero me han invitado a la fiesta de los Woodley y mi madre dice que
es el evento social del año. Ella nunca tuvo la ocasión de ir. Mi madre y mi
padre siempre se iban de vacaciones la última semana de octubre, así que
les pillaba fuera de la ciudad. Ella dice que debería ir, que será bueno para
la clínica.
—Tu madre tiene razón. Toda la gente importante de Lake Eden está
invitada y es una gran fiesta. Yo creo que deberías ir, Norman. Conocerás a
muchas familias del pueblo y eso es clave para conseguir más clientela.
—En ese caso, iré. Háblame de los Woodley. No los he visto nunca.
Hannah lanzó una mirada furtiva a su reloj de nuevo y le sorprendió
descubrir que ya habían pasado veinte minutos.
—Delano Raymond Woodley es uno de los hombres más ricos de Lake
Eden. Es el dueño de DelRay Manufacturing y la empresa emplea a más de
doscientos trabajadores locales.
—¿Delano? —Norman se quedó con el nombre—. ¿Es que la familia
Woodley está emparentada con los Roosevelt?
—No, pero les gustaría. Por lo que he oído, la madre y el padre de Del
eran de clase media, no más. Su madre solo quiso ponerle un nombre
famoso. Y debió de funcionar porque Del se casó con una mujer de la clase
alta de Boston. Se llama Judith y su familia aparece en el directorio de los
más acaudalados del país.
—¿Judith, no Judy?
Hannah se rio.
—Yo la llamé Judy una vez y casi me arranca la cabeza. Su familia es
de dinero de toda la vida, pero una de las amigas de mi madre investigó un
poco y descubrió que el padre de Judith lo despilfarró todo. Lo único que le
queda a Judith es su estatus social y eso, para ella, es más importante que
cualquier otra cosa.
—Así que él es un trepa social venido a más y ella una aristócrata de
sangre azul pero sin recursos que se casó con él por su dinero.
—Lo has pillado. Yo no lo habría expresado mejor.
—Tú vas a ir a la fiesta, ¿no?
Hannah pensó en el vestido nuevo y sonrió.
—Por descontado que iré. Me van bien las cosas, pero el presupuesto
solo me da para vino de mesa y tarrinas de mermelada. No voy a
desperdiciar la ocasión de probar Dom Pérignon en cristalería fina.
—¿Tienes acompañante?
—¿Estás de broma? —Hannah sonó divertida—. Piénsalo, Norman. Ya
viste a mi madre en acción la noche del martes pasado. ¿Intentaría ella
liarme con todos los hombres de la ciudad si ya tuviera acompañante para la
fiesta más importante del año?
Norman se encogió de hombros, pero sonreía.
—Supongo que no. ¿Quieres venir conmigo a la fiesta, Hannah? Así te
librarás de los comentarios insistentes de tu madre.
Hannah deseó no haber hablado sin pensar. Su bocaza había vuelto a
meterla en problemas. Ahora Norman sabía que no tenía acompañante y le
pedía serlo. Y ella no sabía qué decirle.
Norman estiró el brazo y le palmeó la mano.
—Vamos. Nos beneficiará mutuamente. Yo te llevo en coche y así
podrás beber todo el Dom que quieras, y tú puedes presentarme a toda la
gente que creas que debería conocer.
Hannah pensó rápido. No parecía haber forma de librarse con elegancia
de esa encerrona y, además, asistir a la fiesta de los Woodley con Norman
podría no ser tan terrible. Era un hombre divertido, parecía que ella le
gustaba y haría que su madre la dejara un poco tranquila.
—Muy bien, trato hecho.

Hannah respiró hondo aliviada cuando Norman la acompañó de vuelta a la


sala de espera y vio a Andrea allí. Su hermana estaba sentada en el nuevo
sofá, hojeando distraídamente las páginas de un National Geographic.
—Hola. —Andrea los saludó esbozando la más inocente de las sonrisas
—. ¿Habéis comido bien?
—Muy bien —dijo Norman sonriendo, y se volvió hacia Hannah—. La
fiesta de los Woodley empieza a las ocho. ¿Te paso a recoger a las siete y
media?
—Perfecto. —Por el rabillo del ojo, Hannah vio la expresión de
asombro de la cara de Andrea, y supo que tendría que dar explicaciones—.
¿Necesitas mi dirección?
—Ya la tengo. Me alegro de haberte conocido, Andrea. ¿Nos veremos
en la fiesta?
Andrea le sonrió.
—Claro. Bill y yo no nos la perderíamos por nada del mundo. Adiós,
Norman. Me alegro de haberte conocido yo también.
Fueron caminando a la camioneta de Hannah sumidas en un silencio
total, y Andrea se acomodó en el asiento del pasajero. Pero en cuanto
Hannah se hubo deslizado detrás del volante y cerrado la puerta, Andrea
estiró la mano para agarrarle el brazo.
—Estabas bromeando, ¿no? Me refiero a que en realidad no vas a ir a la
fiesta con él.
—Sí, sí que voy a ir —le confirmó Hannah.
—Pero ¡no puedes!
Hannah puso el motor en marcha, miró a sus espaldas para asegurarse
de que no se acercaba ningún coche y salió hasta la calle.
—¿Por qué no?
—¡Porque podría ser el asesino de Ron!
—No lo es. —Hannah puso la segunda—. Norman tiene una coartada.
Estaba tratando a otra paciente cuando Ron fue asesinado.
Eso pareció cortar las alas de Andrea, que frunció el ceño.
—Muy bien. Puede que no sea el asesino de Ron, pero ¡de ningún modo
deberías ir con él a la fiesta!
—Tranquilízate, Andrea. No se trata de una cita de verdad ni nada por el
estilo. Él solo viene a recogerme y vamos juntos a la fiesta. Norman es muy
agradable.
—No, no lo es. No es que suelas equivocarte con las personas, pero esta
vez la has pifiado. Mientras tú estabas comiendo y aceptando citas con
este… este individuo que te parece tan agradable, he encontrado un
verdadero filón en su almacén. Y ya te digo que es algo gordo.
—¿Un filón de qué? —Hannah apartó la vista de la carretera durante un
instante para mirar a su hermana. Andrea parecía muy orgullosa de sí
misma.
—Te lo enseñaré en cuanto lleguemos a The Cookie Jar.
Hannah alzó las cejas y tuvo que concentrarse para tomar la curva de la
Tercera con Main.
—¿Que me lo enseñarás? No habrás robado nada de la consulta de
Norman, ¿verdad que no, Andrea?
—No ha sido robar exactamente. Sé que prometí no llevarme nada, pero
esto era demasiado bueno para dejarlo ahí. —Andrea se recostó en el
asiento y esbozó una sonrisa arrogante—. Te diré una cosa, Hannah.
Nuestra madre no te ha hecho ningún favor al presentarte a Norman. ¡Y él
sin duda no es el hombre que ella cree!
Hannah no hizo más preguntas. Estaba claro que su hermana no le
contaría nada más hasta que llegaran a la tienda. Giró para entrar en el
callejón, desvió la mirada al pasar por delante del lugar donde Ron había
exhalado su último aliento y se detuvo en su aparcamiento.
Cuando pasaron por la puerta de atrás, Andrea sonreía como el gato de
Cheshire, y Hannah empezaba a sentirse muy incómoda. Esperaba que
Andrea hubiera encontrado algo trivial, como la queja de un paciente al que
Norman le hubiera cobrado de más o un fajo de facturas sin pagar.
—Dile a Lisa que ya has vuelto y que tenemos que estar a solas —le
dijo Andrea mientras colgaba su abrigo—. Date prisa. Esto es importante.
Hannah no quería discutir. Entró a toda prisa en la tienda, le pidió por
favor a Lisa que se ocupase del mostrador un par de minutos más y llenó
dos tazas de café. Andrea no necesitaba la cafeína porque ya estaba bastante
alterada, pero Hannah creyó que a ella no le vendría mal un estímulo antes
de que todo esto hubiera acabado. Atravesó apresurada la puerta batiente de
la trastienda, dejó las tazas de café en la zona de trabajo y se subió a un
taburete al lado del de su hermana.
—Muy bien, Andrea. Esto ya se alarga demasiado. Cuéntamelo.
A todas luces, Andrea estaba disfrutando del momento. Abrió su bolso
con una floritura, extrajo un sobre de papel manila grande y lo empujó
hacia Hannah.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo —le dijo Andrea—. Y luego vuelve a decirme lo agradable
que es Norman.
Bocados de nueces pecanas

Precaliente el horno a 175 °C, con la rejilla


en la posición intermedia.

225 g de mantequilla
600 g de azúcar moreno*
4 huevos, batidos (sirve con un tenedor)
1 cucharadita de sal
1 cucharadita de bicarbonato de soda
3 cucharaditas de vainilla
250 g de nueces pecanas picadas finas
520 g de harina

Funda la mantequilla y añada el azúcar


moreno. Mezcle bien y déjelo enfriar.
Añada los huevos batidos y mezcle.
Agregue la sal, el bicarbonato, la vainilla y
las nueces. Remueva bien. Añada la harina
y mezcle hasta que esta quede bien
incorporada.
Con los dedos, forme bolas de masa.
(Hágalas del tamaño de una nuez con
cáscara). Colóquelas en bandejas para
galletas engrasadas (en una de tamaño
estándar caben 12). Aplástelas con una
espátula. (Primero engrásela).

Hornéelo a 175 °C entre 10 y 12 minutos.


Deje que las galletas se asienten sobre las
bandejas durante 1 minuto y luego páselas
a una rejilla para que acaben de enfriarse.

* Si no tiene azúcar moreno, puede


confeccionarlo fácilmente con azúcar
blanco y melaza: 35 g de melaza por cada
600 g de azúcar blanco. (En realidad es así
como lo elaboran. Y le ahorrará tener que
deshacerse de todos los grumos del azúcar
moreno). Solo hay que añadir la melaza al
azúcar blanco y mezclar hasta que quede
bien incorporada.
(Si la receta requiere un azúcar moreno
más oscuro o más claro, basta con mezclar
melaza hasta que adquiera el color
deseado).

(A Norman Rhodes le encantan, y también


a Bill).

Cantidad: de 90 a 120 galletas,


dependiendo del tamaño de las galletas.
CAPÍTULO ONCE

H annah no podía articular palabra. La lengua parecía habérsele pegado


al paladar. Bajó la mirada al fajo de Polaroids y parpadeó con fuerza.
No, no se estaba imaginando nada. Las imágenes seguían allí. No
había caras, solo fotografías de torsos femeninos, todos desnudos hasta la
cintura.
—¿Hannah? —Andrea estiró la mano para agarrarla del brazo—. ¿Estás
bien?
Hannah respiró hondo y asintió.
—¿Quiénes son?
—Pacientes dentales. Puedes saber dónde se tomaron por el fondo. —
Andrea clavó el dedo en la imagen superior—. ¿Ves ese cuadro de la pared?
Está en la sala que Norman utiliza para limpiar dientes. Lo he comprobado.
—¿Esta mujer posó para Norman en su silla de dentista?
—Di más bien estas mujeres, en plural. —Andrea diseminó las
fotografías para que Hannah las viera—. Y no creo que posaran
precisamente. ¿Ves las dos bombonas que hay junto a la silla? Una es de
oxígeno y la otra de óxido nitroso.
—¿El gas de la risa?
—Lo estudié en clase de química. Si los mezclas correctamente, es un
anestésico. Muchos dentistas lo usan. Pero si cortas el oxígeno, puede
hacerte perder la conciencia. Un par de bocanadas y estas mujeres se
habrían desvanecido.
—¿Las durmió y tomó fotos de ellas desnudas?
—Eso es lo que me parece a mí. Cuando volvieran en sí, no se
acordarían de nada.
Hannah negó con la cabeza.
—No puedo creer que Norman hiciera algo como esto. Parece tan… tan
normal.
—Eso es lo que dicen siempre de los pervertidos. Ya has oído esas
entrevistas en las noticias. Todos los vecinos afirman que no dan crédito,
que les parecía un tipo absolutamente normal.
Hannah parpadeó y volvió a mirar fijamente las fotografías. Todavía no
podía creerse que Norman las hubiera tomado.
Agarró el fajo de Polaroids y rebuscó de nuevo entre ellas.
—Me pregunto si…
—¿Si qué? —Andrea se volvió para mirar a su hermana cuando esta se
calló de repente.
—Es esta. —Hannah señaló la fotografía—. Tiene una cadena de oro en
el cuello y un colgante… Sé que lo he visto antes.
Andrea se hizo con la foto para echarle un segundo vistazo.
—Tienes razón. Yo también la he visto. Es una cruz céltica, ¿no?
—¡Eso es! —Hannah abrió los ojos como platos al reconocer a la
persona de la fotografía—. Norman no hizo estas fotografías, Andrea.
—¿Ah, no?
—No pudo tomarlas. Esta es la señorita McNally, nuestra profesora de
mates de primer curso de secundaria. Y se fue de Lake Eden para casarse
hace tres años.
Andrea, desconcertada, bajó la mirada a la foto.
—La señorita McNally es la única que ha llevado una cruz como esa.
Entonces es el padre de Norman quien debió de tomar esas fotografías.
¿Qué vamos a hacer?
Hannah pensaba a toda velocidad.
—Primero, no vamos a hablarle de ellas a nadie. El padre de Norman
murió. Es demasiado tarde para castigarlo ahora. Si esto se hace público
simplemente mortificaría a su madre y avergonzaría a las mujeres.
—Eso tiene sentido —convino rápidamente Andrea—. ¿Crees que
Norman sabe lo que hacía su padre?
—No lo sé. ¿Dónde encontraste las fotografías?
—Estaban en el almacén. Las encontré en una pequeña caja bajo una
pila de rayos X antiguos. Estaba todo muy sucio, Hannah. Debía de haber
dos dedos de polvo sobre esas radiografías y… —Andrea se interrumpió al
darse cuenta de lo que acababa de decir—. Norman no sabe nada de las
fotos, Hannah. Allí había demasiado polvo. Estoy casi segura de que la pila
de rayos X no se había tocado desde hacía un año, como mínimo.
Hannah dejó escapar un suspiro de alivio.
—Bien. ¿Crees que te hiciste con todas las fotos?
—Yo diría que sí. Metí lo que había en la caja dentro de ese sobre y me
pasé al menos cinco minutos buscando más. —Andrea estiró la mano para
recoger las fotos y las puso boca abajo—. ¿Qué vamos a hacer con ellas,
Hannah?
—Las destruiremos. Esta noche las quemaré en mi chimenea.
—No puedes hacer eso —se opuso Andrea—. Tienes una chimenea de
gas. No puedes quemar nada en ella. Tal vez deberíamos hacerlas añicos.
Lo haría en el trabajo, pero Al me preguntaría qué estoy haciendo trizas.
—Probemos con un quitamanchas industrial —sugirió Hannah mientras
se bajaba del taburete—. Lo utilicé para limpiar las manchas de óxido del
lavamanos de mi aseo y me queda un poco en la botella. Se supone que
acaba con todo.
Andrea siguió a Hannah al lavamanos y observó cómo vertía varios
centímetros de quitamanchas en el fondo de su lavamanos de acero
inoxidable. El quitamanchas cayó sobre una de las fotografías y Hannah la
removió con el mango de una de sus largas cucharas de mezcla. Tardó
aproximadamente un minuto, pero al final la foto se borró y se quedó en
blanco.
—¡Funciona! —Andrea pareció sorprendida—. ¿Cómo sabías hacer
eso?
—Vi algo parecido en una película. Vamos, Andrea, tú vas metiendo las
fotos y yo las voy removiendo.
En menos de cinco minutos, las fotos de desnudos habían desaparecido,
dejando tan solo un papel absolutamente blanco. Hannah quitó el tapón,
dejó correr un poco de agua limpia sobre el papel y tiró aquellos residuos en
el cubo de la basura.
—Supongo que más vale que vuelva a la oficina. —Andrea levantó la
mirada al reloj—. Tengo que recoger las llaves y unos folletos antes de
enseñar la vivienda.
Hannah le dio un breve abrazo.
—Gracias por tu ayuda, Andrea. Eres una fisgona de primera y me
alegro de que encontraras esas fotografías antes de que Norman o su madre
se toparan con ellas.
—Yo también me alegro. —Andrea le devolvió una sonrisa luminosa y
se encaminó hacia la puerta batiente. Se detuvo, extendió la mano para
abrirla y entonces se dio la vuelta—. ¿Hannah?
—¿Sí?
—Creo que deberías ir a la fiesta de los Woodley con Norman. Me
equivocaba. Es aburrido, vale, pero también es buena persona.
Hannah se esforzó por mantener su sonrisa educada mientras la oradora
invitada ensalzaba las virtudes de la Inglaterra de la Regencia, en la que los
hombres eran «caballeros» y las señoras eran «damas en el sentido genuino
de la palabra». La regordeta dama de pelo cano con su vestido amarillo con
volantes, una profesora inglesa jubilada de Grey Eagle que había escrito
tres novelas románticas del periodo de la Regencia, afirmó que estaba
consternada y entristecida por la «lamentable carencia de fibra moral» en la
juventud de hoy en día. Acabó su discurso sugiriendo que los padres se
guiaran por las estrictas normas de la sociedad educada que; habían existido
«en las costas de Albión» a principios del siglo XIX y que se esforzaran por
inculcar «los valores de la Regencia» en sus descendientes. Hubo una
desganada ovación superficial cuando la oradora invitada abandonó el
estrado, y seguidamente empezó la reunión. Mientras preparaba la mesa de
refrigerios, Hannah se preguntó qué harían los adolescentes de Lake Eden si
sus madres intentaran llevarlos de vuelta a una época sin coches ni
videojuegos, por no mencionar la ausencia de métodos de control de la
natalidad. El matricidio se dispararía y Bill sin duda no daría abasto con el
trabajo.
Hannah preparó el café y dispuso fuentes bien cargadas de galletas de
jengibre estilo Regencia. Había investigado el periodo, pero había pocas
recetas publicadas y ninguna de ellas parecía de galletas. Incluso había
hojeado la colección de su madre de novelas románticas de la Regencia por
si encontraba alguna mención a postres, pero lo único que había descubierto
eran vagas referencias a «púdines», «compotas de fruta» y «pasteles de
semillas». Concluyó que había que llegar a una especie de término medio y
compiló una lista de ingredientes que habían existido en la época de la
Regencia; así descubrió que una persona emprendedora podría haber
horneado galletas de jengibre. El que de hecho llegaran a hacerse era otra
cuestión, pero el caso es que habría sido posible.
La reunión no tardó mucho en acabar y Hannah se sintió aliviada al ver
que la oradora invitada había salido por la puerta. Eso estaba bien. La mujer
parecía saber mucho sobre las costumbres de la Inglaterra del primer tercio
del siglo XIX y a Hannah no le habría hecho ninguna gracia quedar en
evidencia como un fraude. La mayoría de las mujeres pertenecientes al club
no se tomaban tan en serio la autenticidad. Les gustaba leer novelas
románticas del periodo y charlar sobre ellas, pero las reuniones del club
eran básicamente una excusa para salir de casa, compartir cotilleos y tomar
algo con sus amigas.
En cuanto descendió el mazo en el estrado, dando por terminada la
charla, hubo un chirrido de sillas que se echaban hacia atrás y se desató una
carrera apresurada hacia la mesa de los refrigerios. Hannah estaba
preparada. Tenía té y café, ambos «con» y «sin», y sus mejores fuentes de
plata llenas hasta arriba de galletas. Mientras servía las bebidas humeantes
en tazas de porcelana fina —flores azules para los descafeinados y flores
rosas para los normales—, Hannah pensaba en la llamada telefónica que
había recibido de Bill antes de salir de la tienda. El sin techo, que se
llamaba Resplandor, había dejado de ser sospechoso. El reverendo Warren
Strandberg le había recogido justo después de que Claire lo viera y se lo
había llevado al comedor de beneficencia de la Iglesia bíblica para que
desayunara. En el momento de la muerte de Ron, Resplandor había estado
engullendo tortitas con huevos revueltos delante del reverendo, varios
voluntarios de la iglesia y otros sin techo.
—Son sencillamente maravillosas, Hannah. —La señora Diana
Greerson, esposa del presidente del banco local y trepa social por
excelencia, sostenía una infusión en una mano y una galleta en la otra, que
se llevaba a la boca con el meñique extendido.
—Me alegro mucho de que te gusten, Diana. —Hannah hizo un gesto
hacia la fuente—. Toma otra.
—Oh, no podría. Como como un pajarillo, ya lo sabes.
La imagen de un buitre desgarrando con voracidad un cadáver pasó
fugazmente ante los ojos de Hannah. La última vez que se había encargado
del catering de un acontecimiento al que había asistido Diana, la había
pillado guardándose al menos media docena de delicias de dátil en el bolso.
Mientras Hannah servía y ofrecía té o café a las mujeres de Lake Eden,
no le quitaba ojo a su madre. Antes incluso de cumplir la edad para ir a la
guardería, había descubierto que podía leer el rostro de Delores como si
fuera un barómetro. Si parpadeaba con fuerza, era inminente una tormenta
de críticas. Si los labios apuntaban hacia arriba, su encuentro sería alegre y
cargado de elogios. Si aparecía una arruga entre sus cejas perfectamente
depiladas, es que estaba a punto de abatir una lluvia de preguntas críticas.
Incluso una expresión anodina significaba algo. Avisaba de un cambio
repentino, y Hannah sabía que tenía que estar preparada tanto para
estremecerse bajo la temible censura gélida de su madre como para
regodearse en la calidez de su aprobación.
Hannah le sirvió una taza de café normal a Sally Percy, la esposa del
jefe de Andrea, y volvió a mirar al final de la cola. Lo que vio hizo que se
relajara por primera vez ese día. Su madre estaba junto a Carrie Rhodes, y
ambas mujeres esbozaron amplias sonrisas cuando vieron que las miraba.
Hannah supo inmediatamente que Norman había anunciado sus planes de ir
juntos a la fiesta de los Woodley. Era el típico caso de «Yo lo sé, tú lo sabes
y yo sé que tú lo sabes».
Mientras la cola pasaba lentamente ante ella, y Hannah se concentraba
en intercambiar comentarios amables con las mujeres a las que servía,
reparó en que Delores y Carrie parecían mantener diferencias de opinión
sobre algo. No es que discutieran porque era una charla demasiado
amigable para eso. Pero Hannah oyó leves fragmentos de «Aunque me
gustaría, de verdad. Esto es muy bueno para Norman», de Carrie, y «No,
ella nunca lo aceptaría de ti», de Delores. Luego la voz de Carrie llegó de
nuevo hasta Hannah: «Yo encargaré el ramillete. ¿Qué tipo de flores le
gustan?». Y Delores respondió: «Adora los girasoles, pero no servirían.
¿Qué te parecen unas orquídeas?».
Cuando Delores y Carrie llegaron al punto donde Hannah tenía las
cafeteras, las dos exhibían idénticas sonrisas satisfechas, como gatos que
acabaran de comerse el tarro de la nata, una expresión muy útil que Hannah
había oído mientras hojeaba las novelas románticas del periodo de la
Regencia de su madre. Carrie se llevó una infusión; Delores optó por un
café solo y luego se inclinó hacia ella.
—Venimos de Beau Monde y Claire nos ha dicho que te has comprado
un vestido nuevo para la fiesta de Woodley.
—Así es, mamá. —A Hannah no la sorprendió que su madre conociese
su reciente adquisición. Era casi imposible guardar secretos en un pueblo
del tamaño de Lake Eden.
—Me gustaría comprártelo yo, cariño. Digamos que sería un regalo de
cumpleaños por adelantado.
A Hannah le sorprendió. Su madre no solía ser tan generosa.
—Es muy amable por tu parte, mamá, pero mi cumpleaños es en julio y
faltan más de ocho meses.
—Muy bien, entonces que sea el regalo de Navidad. No sabes cuánto
me alegra que te hayas comprado algo «a la moda de los últimos tiempos»,
cariño. Claire dijo que te quedaba divino y todo el mundo sabe que Claire
tiene un gusto exquisito. Tienes que dejar que te lo pague. Insisto.
Hannah reprimió una sonrisa; estas reuniones del club siempre hacían
que su madre soltase expresiones de la Regencia, pero a caballo regalado…
Delores podía permitirse ser generosa. El abuelo de Hannah había invertido
mucho en la incipiente Minnesota Mining and Manufacturing Company y,
con los años, tres millones de acciones se habían dividido más veces de las
que Hannah podría contar.
—¿Te dijo Claire lo que pagué por el vestido?
—Le pregunté, pero dijo que era algo que quedaba entre vosotras.
¿Cuánto te costó, cariño? Te firmaré un cheque.
Hannah suspiró mientras escuchaba los cascos del caballo regalado
cabalgando hacia la puesta de sol. No podía decirle a su madre lo que le
había costado el vestido. Le había prometido a Claire no desvelar el precio.
—No puedo decírtelo, mamá. Claire me lo vendió a precio de coste y le
prometí que no le contaría a nadie lo que me había costado.
—¿Ni siquiera a moi?
—Ni siquiera a ti, mamá. —A Hannah le costaba mantener el rostro
inexpresivo. Su madre le sonaba igual que la cerdita Peggy cuando se
refería a sí misma como moi.
Carrie se inclinó para acercarse y susurrarle algo al oído a Delores, y su
madre volvió a sonreír.
—Es una idea espléndida. Necesitarás un bolso y un par de zapatos
nuevos, Hannah. ¿Qué tal si te los regalo yo?
—Tengo un bolso de mano negro, mamá. Me lo regalaste hace dos años.
Y mis zapatos de tacón negros se conservan en un estado perfecto… —
Hannah se interrumpió; ahora que lo pensaba, a su único par de zapatos de
vestir negros había que cambiarles las suelas—. Has dado en el clavo,
mamá. No me vendrían mal un par de zapatos nuevos.
—Entonces te los compraré. Escoge italianos, cariño. Son los únicos
que duran. Y no olvides recorrer la zapatería con ellos puestos al menos dos
veces para asegurarte de que no te aprietan. Podría acompañarte al centro
comercial y ayudarte a comprarlos.
Hannah hizo una mueca al recordar la última excursión de compras que
había hecho con su madre. Delores había querido que se comprara un
abrigo de etiqueta en lugar de una parka que podía utilizar para todo.
—No pasa nada, mamá. Sé lo ocupada que estás. Y eso me recuerda,
¿qué tal tu diente?
—¿Mi diente? —Delores pareció sobresaltarse, y Hannah tuvo que
morderse la lengua para reprimir una sonrisa. ¿Creía su madre que los
cotilleos viajaban solo en una dirección?—. Ahora está bien. Norman es un
dentista maravilloso. ¿Te conté que vi a Ron LaSalle yéndose en su coche?
—No, pero me lo dijo Norman. No hablaste con Ron, ¿no?
—Él salía cuando yo entraba en el coche y lo único que vi fue la parte
de atrás de su furgoneta. Ni siquiera estoy segura de si era él quien
conducía. —Su madre pareció sonrojarse intensamente—. ¿Crees que
debería contárselo a Bill?
—Sin duda. Bill está intentando reconstruir las acciones de Ron la
mañana que murió, y lo que viste podría ayudarle.
Carrie se estremeció ligeramente.
—Da miedo pensar que alguien que todas conocemos pueda ser
asesinado de un disparo a plena luz del día en nuestras calles.
—Lo sé —dijo Delores suspirando—. En mi opinión, es por culpa de
Herb Beeseman. Ese chico se pasa todo el tiempo poniendo multas y nunca
está donde de verdad se le necesita. Si se hubiera metido ese cuaderno de
notificaciones en el bolsillo, que es su sitio, ¡hasta podría haber llegado a
tiempo para salvar la vida de Ron!
Hannah sabía que debía mantener la boca cerrada, pero no pudo.
—A Herb lo contrataron para vigilar que se cumplieran las normas de
tráfico de Lake Eden, no para patrullar las calles persiguiendo asesinos
potenciales.
—Tiene razón, Delores —dijo Carrie y entonces se volvió hacia Hannah
—. Debió de ser espantoso para ti, querida. Imagínate: ¡algo así sucediendo
justo detrás de tu tienda!
Delores no pareció muy comprensiva.
—Hannah sabe manejarse en situaciones como esa. Siempre ha sido
fuerte. Lo heredó de mí. ¿Verdad que sí, Hannah?
Hannah consiguió mantener los labios firmemente apretados. Acababa
de hablar la mujer que se había desmayado cuando se había encontrado una
ardilla muerta en las escaleras de atrás de casa…
—Más vale que sigamos adelante, Delores. —Carrie le dio un golpecito
con el codo—. Ya sabes lo que se irritan estas mujeres mayores cuando la
cola no avanza.
En ese punto, Hannah contuvo una carcajada: con la excepción de la
señora Priscilla Knudson, la abuela del pastor luterano, Carrie era la mayor
de aquel grupo.
Cuando Hannah hubo servido al resto de las mujeres de la cola, tomó su
bandeja de galletas y salió de detrás de la mesa para recorrer la sala. Sus
galletas de jengibre estilo Regencia estaban siendo un éxito y volaban de la
bandeja. Acababa de servir a Bertie Straub, la dueña y administradora de la
peluquería Cut ’n Curl, cuando oyó sin querer parte de una conversación
que Maryann Watson, la hermana del entrenador Watson, mantenía con una
de las secretarias de DelRay, Lucille Rahn.
—No tienes ni idea de lo generoso que es mi hermano con Danielle —
contaba Maryann—. Pagó una verdadera fortuna por su regalo de
cumpleaños.
Lucille dio un delicado mordisco a su galleta.
—No me digas. ¿Y cómo puede permitirse comprar algo tan caro con
un salario de profesor?
—Ha estado ahorrando todo el año. Ella cumple treinta, ya sabes, y él
quería regalarle algo especial. Me pidió que lo acompañara al Mall of
America el martes por la noche para ayudarle a elegir. Te juro que pasamos
por todas las joyerías antes de que él diera con lo que buscaba.
Hannah dejó la bandeja en el extremo de la mesa y trató de pasar
desapercibida, ocupándose de recolocar las galletas apiladas en la bandeja.
Ninguna de las dos mujeres parecía fijarse en ella, pero Hannah oía cada
palabra que decían.
—¿Y qué compró? —Lucille parecía sentir mucha curiosidad—. A mí
puedes decírmelo, Maryann.
Maryann se inclinó hacia delante, dispuesta a confiar el delicioso
secreto. Para ella, era como si Hannah no existiera. Camareros, doncellas y
encargados de catering acababan escuchando siempre todos los cotilleos,
tanto si querían como si no.
—Le compró un espléndido anillo con un rubí, pero no puedes decírselo
a nadie. Se supone que debe ser una sorpresa.
Lucille alzó las cejas.
—¿Un rubí? Eso parece muy caro.
—Lo fue —confirmó Maryann asintiendo con la cabeza—. Le costó
más de mil dólares. Y Boyd incluso pagó de más para que lo grabaran por el
interior.
—¿Por eso te perdiste la reunión de confección de ropa para pobres del
Dorcas Circle el martes por la noche?
—Sí, tuvimos que quedarnos porque el anillo no estaría listo hasta la
mañana siguiente. Boyd me pidió que me lo llevara a casa para guardarlo, y
ya sabes lo que significa eso.
Lucille pareció completamente desconcertada.
—¿Y qué significa?
—Que Danielle debe de fisgonear entre sus cosas.
—Eso no me sorprende. Jill Haversham era la maestra de tercero de
primaria de Danielle y dijo que todas las Perkins eran unas fisgonas.
—Nunca entendí por qué Boyd se casó con ella. —Maryann suspiró
profundamente—. Podría haber tenido a cualquiera, y tampoco es que
estuviera obligado, ya me entiendes. Pero supongo que para gustos, colores.
—Eso se dice. ¿Te quedaste a pasar la noche con tu madre?
—Sí, y se alegró mucho de vernos. Boyd salió para comprar dónuts para
desayunar a la mañana siguiente y volvió con una caja enorme. Así ella
podría quedarse lo que sobrara. No estamos seguros de que coma como es
debido ahora que se ha quedado sola.
Hannah reprimió una sonrisa. No creía que los dónuts para desayunar
entraran dentro de la categoría de «comer como es debido», pero ella no era
quién para decir nada. Muchos de sus clientes desayunaban galletas.
—Ahora que papá ha fallecido, se siente sola —prosiguió Maryann—, y
no hace más que ir arriba y abajo por esa casa suya. El barrio se está
volviendo industrial, y eso tampoco es bueno para ella.
—¿Dónde está?, —preguntó Lucille.
—Justo en la salida de Anoka en la noventa y cuatro. Solía ser un barrio
agradable y tranquilo antes de que construyeran la autopista, pero está en
plena decadencia. Boyd y yo pensamos que debería vender la casa y
mudarse a uno de esos edificios de apartamentos para gente mayor.
Lucille alzó las cejas.
—¿Y no preferiría irse a vivir contigo o con Boyd?
—Mi casa no es lo bastante grande. Ya has visto mi apartamento.
Apenas tengo espacio para darme la vuelta. A Boyd le sobra el espacio, pero
no creo que Danielle la quiera allí. Aunque mi hermano no ha dicho nada al
respecto. Ni lo haría, ya lo conoces. Boyd es tan leal a esa mujer como al
sol que sale cada mañana. La trata como a una princesa, la viste con ropa
cara y le compra todo lo que pueda querer. Incluso le compró esa casa, ya
sabes, y, déjame que te lo diga, eso va a ser una verdadera sangría.
—¿Económicamente?
—Los pagos de su hipoteca deben de estar por las nubes, y siempre hay
algo que arreglar. Boyd intenta hacerlo todo él, pero sabe Dios que no es ni
fontanero ni electricista. Te juro que Danielle no sabe valorar lo mucho que
trabaja, pero ¿qué otra cosa puede esperarse, procediendo de una familia
como la suya?
—Ella no trabaja, ¿no?, —preguntó Lucille.
—Por supuesto que no. No movería un dedo para ayudarle. Boyd dice
que no quiere que ella trabaje, pero me parece que así solo justifica el hecho
de que ella es demasiado vaga para mantener un puesto de trabajo.
Hannah ya había oído bastantes críticas sobre Danielle. Tomó la
bandeja, adoptó la sonrisa de «¿puedo servirlas en algo?», se acercó a las
mujeres y le dio un toquecito en el hombro a Maryann.
—¿Más galletas, señoras?
—Hola, Hannah. —Maryann pareció sorprendida al verla—. Estas
galletas son maravillosas, querida. ¡Y pensar que son naturales! Justo estaba
comentando lo deliciosas que eran, ¿verdad, Lucille?
Lucille sonrió.
—Hemos tenido mucha suerte de que hayas vuelto a la ciudad, Hannah.
No sé cómo se las habría apañado el Club Romántico de la Regencia de
Lake Eden para servir refrigerios decentes sin ti.
—Gracias. Me alegro de que os gusten las galletas. —Hannah esperó a
que Maryann y Lucille se hubieron servido otra galleta y entonces se dirigió
a otra mesa. El Mall of America no abría hasta las once y el entrenador
Watson había estado con su hermana hasta entonces. Así había eliminado un
sospechoso más y, si no tenía mejor suerte, el portero del Twin Pines
también podría ofrecer una coartada. Entonces estaría de nuevo en la casilla
de salida.
Hannah suspiró mientras acababa de servir las galletas y volvía a por las
jarras de café y té. Resolver crímenes no era tan fácil como parecía en las
películas.
CAPÍTULO DOCE

H annah se detuvo en el aparcamiento del Tri-County Mall y se volvió


hacia Lisa con el ceño fruncido.
—¡Detesto comprar!
—No será tan terrible, Hannah. Lo único que necesitas es un par de
zapatos. Y es un detalle por parte de tu madre que te los pague.
—¿Ah, sí? —Hannah se volvió hacia ella levantando las cejas—. Los
regalos de mi madre siempre conllevan sus obligaciones. Los zapatos tienen
que ser italianos y sus tacones no pueden medir más de ocho centímetros de
alto.
Lisa se encogió de hombros.
—Los italianos son buenos y, en cualquier caso, nunca llevas tacones
altos.
—Espera, hay más. Se supone que solo puedo comprar cuero de
calidad, nada de materiales artificiales, y tengo que pedirle al vendedor que
me garantice que el color no se desvairá si se mojan. Me hizo prometerle
que me los probaría y recorrería dos veces la tienda para asegurarme de que
no me aprietan.
—Eso no parece tan difícil. Vamos, Hannah. El centro comercial cierra
a las siete y ya son las seis y media.
Hannah suspiró y se bajó de la camioneta. Caía una nieve ligera y la
temperatura había bajado diez grados desde que se había puesto el sol. No
le gustaba ir al centro comercial ni en el mejor de los casos y este era el
peor. El aparcamiento estaba atestado de coches, no andaba sobrada de
tiempo y tenía que comprar los zapatos esa misma noche. Hannah estaba
convencida de que ir de compras en el último momento era la receta
perfecta para el desastre.
Lisa fue por delante a través del aparcamiento mojado y entró por la
puerta trasera de Sears. Atajaron pasando por las secciones de ferretería, de
pintura y de electrodomésticos y se apresuraron por el camino de moqueta
verde para interiores y exteriores hasta la entrada del centro comercial
propiamente dicho.
Al acceder al inmenso espacio con forma de cúpula, la mirada de
Hannah se vio inmediatamente atraída hacia un gigantesco trineo rojo de
plástico y ocho renos también de plástico paralizados a mitad de un salto.
Parpadeó dos veces y entonces se volvió hacia Lisa.
—Ni siquiera hemos celebrado Halloween todavía ¡y ya está todo
decorado para Navidades!
—Ponen la decoración el primer lunes de septiembre, justo después del
Día del Trabajo. Supongo que a mucha gente le gusta hacer sus compras
navideñas pronto y compran más si el centro comercial está decorado.
—¿Lo ha visto ya tu padre?
—Traigo a mi padre todos los domingos. Hay un espectáculo animado
de Santa Claus en el vestíbulo de Dayton’s y a él le fascina. Debe de
haberlo visto media docena de veces, pero siempre me explica qué están
haciendo los elfos.
—Ese debe de ser el lado positivo del alzhéimer. Cada vez que tu padre
lo ve, cree que es la primera vez. —Las palabras se le escaparon a Hannah
antes de que pudiera pensarlas, y se mordió la lengua al darse cuenta de que
habían sonado frívolas—. Lo siento, Lisa. No pretendía bromear sobre una
enfermedad tan espantosa.
—No pasa nada, Hannah. Una tiene que bromear. Yo también lo hago.
Y podría ser mucho peor. Mi padre no sufre ningún dolor y se ha olvidado
de todos sus problemas. La mayor parte del tiempo se lo pasa bien.
—¿Por dónde empezamos? —Hannah creyó que era el momento de
cambiar de tema.
—Vamos a Bianco’s. Es una tienda nueva. Rhonda Scharf estuvo el otro
día y le oí contar a Gail Hanson que tenían una selección mejor que las
demás zapaterías.
Hannah siguió a Lisa a través de la multitud de compradores sin ver
ninguna cara familiar. Eso no era sorprendente. El Tri-County Mall estaba a
más de treinta kilómetros de Lake Eden y daba servicio a todas las
pequeñas ciudades en un radio de sesenta y cinco kilómetros. Vio a varios
adolescentes con chaquetas deportivas del equipo Little Falls Flyer y a un
grupo de chicas que se reían entre dientes, cerca de la tienda de vídeo, que
vestían sudaderas del Instituto Long Prairie.
Lisa entró en una tienda iluminada intensamente que exhibía la bandera
italiana como fondo del escaparate. Filas de zapatos se alineaban en los
estantes en la pared, y cada pocos metros un expositor redondo de plástico
sobresalía con un par de zapatos a la altura de los ojos. Hannah siguió
adelante e inmediatamente atisbo un par de zapatos negros cerca del fondo
de la tienda. Tenían tacones bajos, seguramente eran de cuero y parecían
cómodos.
—Me parece que me llevaré esos, Lisa. —Hannah se acercó para
señalar el par de zapatos—. Están bien, ¿no?
—Son demasiado sencillos, Hannah. Necesitas algo más elegante que
haga juego con tu espléndido vestido.
—¿Cuánto más elegante? —Hannah no estaba dispuesta a ceder tan
fácilmente. Los zapatos negros iban bien casi con cualquier cosa, y el que
fueran sencillos no le disgustaba.
—Pruébate este par. —Lisa echó mano a un par del expositor y se los
pasó a Hannah—. Te quedarán perfectos. Confía en mí.
«Confía en mí» era la misma frase que había utilizado su madre cuando
había convencido a Hannah de que se comprase una falda de terciopelo
absolutamente ridícula unas Navidades, de manera que Hannah se mostró
recelosa al examinar los zapatos. Cumplían todos los requisitos, pero la fina
cinta de cuero que rodeaba el tobillo atraería la atención hacia sus piernas.
—Tú pruébatelos, Hannah. Si no te gustan, puedes escoger otros.
—Muy bien. —Ir de compras con Lisa se parecía mucho a comprar con
su madre—. Calzo un cuarenta y uno. _—Buscaré a un dependiente.
Lisa desapareció a toda prisa y al cabo de un momento regresó con un
hombre con el pelo moreno y bigote. Llevaba pantalones blancos y una
camisa a rayas, y tenía el aspecto exacto de la imagen que se hacía Hannah
de un gondolero veneciano.
—Este es Tony —le presentó Lisa—. Él te atenderá.
En un tiempo récord midió los pies de Hannah y le calzó los zapatos.
Hannah se levantó con cautela, dio unos pasos y empezó a sonreír. Lisa
tenía razón. Los zapatos quedarían perfectos con el vestido de noche.
—Me los llevaré.
—No tan deprisa —la avisó Lisa—. Primero tienes que recorrer la
tienda. Lo prometiste.
Hannah suspiró y caminó arriba y abajo por los pasillos. Se alegró de
hacerlo porque reparó en un rótulo cerca de la caja registradora que
publicitaba un segundo par de zapatos por cinco dólares. Corrió a buscar a
Tony y le señaló el rótulo.
—¿Un segundo par solo cuesta cinco dólares?
—Así es. Es nuestra inauguración. ¿Quiere mirar un segundo par?
Hannah negó con la cabeza y señaló a Lisa.
—No, son para ella, pero pago yo. Le gustaría probarse… —Hannah
miró a su alrededor. Se había fijado en que, al entrar, Lisa se había quedado
mirando un par de zapatos con expresión melancólica. Localizó el calzado,
un par de sandalias doradas con tacones de quince centímetros, y se
apresuró a llevárselas a Tony—. Quiere probarse este par.
—Eso es tirar el dinero —se opuso Lisa—. Son preciosas, pero no
tendré ningún sitio donde llevarlas.
—¿Y qué? Yo quiero que las tengas. Toda mujer necesita un par de
zapatos fantásticos de vez en cuando, incluso aunque se queden guardados
en su armario.
—Pero, Hannah…
—No te olvides de que soy tu jefa —la interrumpió Hannah—. Y te
ordeno que te pruebes estos zapatos.
Lisa empezó a reírse.
—Tú ganas. ¿Los tenéis en un treinta y siete, Tony?

El casino de Twin Pines estaba a poco más de quince kilómetros del centro
comercial. Seguía nevando cuando Hannah paró en un aparcamiento que
acababan de dejar libre cerca de la entrada. No nevaba intensamente, pero
se preguntó qué pasaría si se quedaban atrapadas por la nieve en el casino.
Menos mal que no llevaba consigo las tarjetas de crédito.
—Es inmenso, Hannah. Y parece bonito. —Lisa contempló los
centelleantes rótulos de neón mientras se dirigían a la entrada, y asomó una
expresión de asombro infantil en su rostro—. Me alegro de que me pidieras
que te acompañara. Nunca había estado en un casino.
Había un portero justo detrás de la puerta principal y Hannah contuvo el
aliento. Esperaba que Lisa tuviera la edad suficiente para jugar. Entonces
vio un rótulo que rezaba: «PARA JUGAR DEBES TENER 18 AÑOS O MÁS». Dejó
escapar un suspiro de alivio. Miró de nuevo al portero. En su cara no había
arañazos ni moratones y a todas luces no tenía un ojo a la funerala. Era
imposible que hubiera sido el receptor de los puñetazos de Ron, y Hannah
decidió esperar a que hubieran cenado antes de hacer alguna pregunta sobre
el portero que estaba de servicio el martes por la noche.
—¡Qué restaurante más bonito! —Lisa sonreía alegremente mientras
una camarera las conducía a un reservado de madera en el salón comedor de
aspecto rústico—. Fíjate en esas mantas indias de la pared. Son preciosas.
—Sí, lo son. —Hannah miró las mantas de colores vivos. Aunque
añadían cierto aire hogareño al cavernoso salón de paneles de madera, sus
estampados tejidos no se parecían en absoluto a las mantas sioux auténticas
que ella había visto en una excursión al museo. Seguramente los que venían
a jugar aquí no se fijaban demasiado en ese tipo de detalles.
—¿Crees que deberíamos aceptar la sugerencia de Herb y pedir
costillas? —Lisa levantó la mirada del menú. Estaba impreso sobre un tipo
de plástico que recordaba la corteza de abedul y había un dibujo infantil de
un tipi en la portada.
—A mí me parece bien. Si las recomendó Herb, deben de ser buenas.
Siempre tuvo facilidad para descubrir el mejor plato de un menú cuando
éramos compañeros de clase en el instituto.
Cuando llegaron las costillas, eran tiernas y jugosas, y las sirvieron
bañadas en una salsa que a Hannah le recordaba a humo de madera
aromática y tomates dulces madurados en la planta. Mientras comían,
limpiándose de vez en cuando las manos en las servilletas húmedas que la
camarera les había dado, Hannah pensó sobre la mejor forma de identificar
al portero que se había peleado con Ron. Si preguntaba a los
administradores, se pondrían paranoicos ante las posibles demandas legales.
Tenía que pensar en una excusa que no resultara amenazadora para
convencerles de que necesitaba el nombre del portero.
Cuando se hubieron limpiado las manos por última vez y después de
compartir una excelente tarta de arándanos, Hannah sabía exactamente qué
hacer. Pagó la cuenta, acomodó a Lisa delante de una tragaperras con la
calderilla de The Cookie Jar y fue a buscar al administrador.
Después de que varios empleados la enviaran de un lado a otro, Hannah
encontró finalmente a un guardia de seguridad que aceptó acompañarla a la
oficina del administrador. El guardia era alto, de hombros anchos, y se
mantuvo completamente impasible mientras bloqueaba con el cuerpo un
panel de seguridad iluminado y marcaba números en un teclado que abrió la
puerta a un pasillo interior.
Hannah le dedicó una sonrisa amistosa mientras él le hacía un gesto
hacia la puerta, pero no le devolvió la sonrisa. Era obvio que un
comportamiento adusto encabezaba la lista de requisitos para hacerse
guardia de seguridad de casino.
Una vez llegó a la puerta apropiada, el guardia llamó dos veces y
seguidamente abrió.
—Una tal señorita Swensen quiere verle. Dice que es algo personal.
Una voz procedente del interior le dijo a Hannah que pasara y ella entró
en la oficina. El espacio era amplio y estaba decorado con gusto. Tres de las
paredes eran de color marfil y la cuarta, de un atractivo tono rojo chino.
Dentro, un sofá de seda de color marfil y dos sillas a juego flanqueaban una
mesita de centro laqueada negra con dragones dorados incrustados. La
decoración parecía una elección extraña para un casino indio, y a Hannah la
sorprendió. No se veía ni una manta ni ninguna obra de nativos americanos.
Un hombre mayor con un pelo cuidadosamente peinado se levantó de la
silla que había detrás de una mesa laqueada negra.
—¿Señorita Swensen? Soy Paul Littletree, el administrador del casino.
¿Quiere sentarse?
—Gracias —respondió Hannah y se acomodó delante de la mesa, en un
precioso sillón barnizado en negro y tapizado con seda roja china.
—Puedes dejarnos, Dennis. —Paul Littletree hizo un gesto al guardia de
seguridad para que saliera.
Hannah esperó hasta que la puerta se hubo cerrado detrás del guardia de
seguridad y entonces soltó el discurso que se había preparado.
—Esto me resulta un poco embarazoso, señor Littletree. Me temo que
mi hermano perdió los papeles la última vez que estuvo aquí. Mis padres
me han mandado para disculparme y pagar cualquier daño que causara.
—¿Cuándo sucedió?
—El martes por la noche. Cuando llegó a casa, le contó a mi madre que
se había peleado con uno de sus porteros. —Hannah bajó la mirada y
procuró parecer avergonzada por los actos de su hermano de ficción—.
Creemos que todo es culpa de su nueva novia. Está metida en algún tipo de
movimiento contra el juego y lo convenció para que viniera en coche hasta
aquí y repartiera sus folletos. Mi hermano no tiene más que unos arañazos y
moratones, pero mis padres me han pedido que compruebe si su portero está
bien.
—Debe de ser Alfred Redbird. Me fijé en que tenía unos moratones y
un ojo a la virulé cuando volvió del aparcamiento.
—Lo siento mucho. —Hannah suspiró hondo—. Ni que decir tiene,
estaremos encantados de pagar sus gastos médicos y compensarle por el
tiempo de trabajo que haya perdido.
—Es muy generoso por su parte, pero no será necesario. Alfred no
necesitó más que un par de tiritas.
—Me alegro de saberlo. Mi madre estaba muy preocupada. ¿Pudo el
señor Redbird acabar su turno el martes por la noche?
—No. —Paul Littletree se rio entre dientes—, pero eso no tuvo nada
que ver con su hermano. Su esposa llamó a medianoche y Alfred tuvo que
irse para llevarla al hospital. Su primer hijo nació a las ocho de la mañana
siguiente.
Hannah sonrió, aunque en realidad tenía más ganas de poner mala cara.
El portero cada vez tenía menos visos de ser sospechoso.
—De todas maneras, me gustaría disculparme personalmente con él.
¿Trabaja esta noche?
—No, le he dado el resto de la semana libre con paga. Volverá el lunes;
para entonces ya habrá aprendido las nociones básicas de ser padre.
Tranquilícese, señorita Swensen. Su hermano no causó ningún daño grave,
pero me temo que tendremos que prohibirle la entrada en el casino durante
un tiempo.
—Lo entiendo perfectamente. Tiene un local espléndido, señor
Littletree. Mi amiga y yo acabamos de cenar unas costillas en su restaurante
y estaban deliciosas.
—Me alegro de que estén disfrutando de su velada con nosotros. —Paul
Littletree se levantó de la silla y Hannah supo que la entrevista había
acabado—. Dígales a sus padres que apreciamos su preocupación. Y vuelva
a visitarnos pronto.
Cuando Hannah salió de la oficina, el guardia de seguridad la estaba
esperando. Mostraba el mismo semblante serio que antes mientras la
acompañaba de vuelta al espacio central del casino, y Hannah reprimió las
ganas de hacer algo para que perdiera la compostura. Si aquel tipo se
mudaba a Inglaterra algún día, seguro que encontraba empleo reemplazando
a uno de los guardias del palacio de Buckingham.
Lisa seguía donde Hannah la había dejado, sentada delante de la misma
tragaperras. Había un montón de monedas de veinticinco centavos en la
bandeja y a Hannah la sorprendió.
—¿Estás ganando, Lisa?
—Me parece que dos dólares. —Lisa bajó la mirada a la bandeja—.
¿Por qué no lo pruebas? Es divertido de verdad.
—Muy bien, pero solo unos minutos. Quiero volver antes de las nueve.
Déjame que vaya a por algo de calderilla.
—Toma de esta. —Lisa sacó unas monedas de la bandeja y se las pasó
—. A lo mejor te dan suerte.
La tragaperras que había junto a la de Lisa estaba vacía y Hannah se
sentó. Su último sospechoso acababa de ser descartado. Si el portero había
estado en el hospital con su mujer, era imposible que hubiera disparado a
Ron. Mientras Hannah tiraba de la palanca y perdía su primera moneda de
veinticinco centavos, se preguntó qué era lo que fascinaba tanto a la gente
de las tragaperras. No eran máquinas interactivas, pero el hombre que había
al otro lado del pasillo frente a ella acariciaba su tragaperras con la mano
izquierda mientras tiraba de la palanca con la derecha.
«Debe de ser comportamiento supersticioso», concluyó Hannah, y,
mientras miraba a la gente a su alrededor, se dio cuenta de que todos
intentaban hacer algo para cambiar su suerte. La señora del vestido rojo le
hablaba a la máquina, susurrando palabras cariñosas mientras los rodillos
giraban. El hombre mayor con un polo sostenía abajo la palanca hasta que
los rodillos dejaban de moverse y entonces la soltaba para que volviese a su
sitio de golpe. La joven morena con un suéter rosa ahuecaba la mano sobre
la bandeja de monedas como si pudiera hacer que las monedas cayeran.
Hannah volvió a su máquina con una sonrisa. Todo estaba mecanizado. ¿Es
que no se daban cuenta de que nada de lo que hicieran podía cambiar el
resultado?
Movida por la idea de que cuanto antes se marcharan, más pronto
estaría de vuelta en casa con Moishe y en su cómoda cama, Hannah se dio
cuenta de que era posible meter cinco monedas de veinticinco en la ranura
antes de tirar de la palanca. Eso estaba bien. De ese modo, se desharía de su
dinero cinco veces más rápido. Hannah se concentró en introducir varias
monedas, tirando de la palanca y esperando para arrojar más.
—¿Verdad que es divertido, Hannah?
Lisa se volvió para sonreírle y Hannah esbozó una sonrisa como
respuesta. Sí, muy divertido. La única ventaja que le veía a jugar a las
tragaperras era que quizá tonificara los músculos de su brazo derecho.
Hannah echó sus últimas cinco monedas de veinticinco centavos. Un
tirón más de la palanca y habría acabado. Impulsó la palanca para abajo y
ya se había vuelto hacia Lisa para preguntarle si estaba lista para marcharse
cuando sonó una sirena, centellearon unas luces rojas y su máquina empezó
a arrojar a chorro monedas de veinticinco.
—¡Has ganado un bote! —Lisa saltó de su silla y corrió a ver la
granizada de monedas que rebotaban en la bandeja—. ¿Cuántas monedas
habías metido?
Hannah se limitaba a mirar la avalancha de monedas que repiqueteaban
ruidosamente en la bandeja metálica.
—Todas las que pude. Solo quería acabar para que pudiéramos volver a
casa.
—¡Pues has ganado, Hannah! —Lisa se quedó boquiabierta mirando los
números que centelleaban sobre la máquina—. ¡Acabas de ganar mil
novecientos cuarenta y dos dólares!
Hannah miró los números que centelleaban absolutamente perpleja.
Entonces bajó la mirada a los rodillos y vio que estaban alineados con los
iconos del bote. No era extraño que la gente quisiera jugar a las tragaperras.
Era mucho más divertido de lo que había pensado.
CAPÍTULO TRECE


E h, hola, Moishe. ¿Te apetece algo de comer? —Hannah tiró el
bolso sobre el sofá y llevó a Moishe a la cocina. Colgó su parka
sobre el respaldo de una silla y dejó al gato al lado de su cuenco
de comida, que llenó con una generosa ración de Meow Mix. Entonces se
acordó de que acababa de ganar un bote de una tragaperras y abrió una lata
de atún blanco especial y lo añadió al cuenco. Moishe significaba más para
ella que cualquier otro de los varones de su vida. Se merecía compartir los
frutos de su buena suerte.
Ya había compartido sus ganancias con Lisa. Hannah le había dado un
extra de doscientos dólares, haciéndole prometer que se compraría un
vestido elegante que fuera a juego con sus nuevos zapatos. Lisa no había
querido aceptarlo, pero después de que Hannah la convenciera de que nunca
habría jugado a las tragaperras si Lisa no la hubiera apremiado, accedió a
quedarse el dinero.
Mientras conducía de vuelta a casa, Hannah había calculado el dinero
que había gastado investigando el asesinato de Ron para Bill. Incluso
después de restar el coste del maquillaje de Luanne, el vestido de Claire y el
dinero que habían gastado en Twin Pines, le quedaba un beneficio de más
de mil dólares.
Mientras Moishe masticaba y gruñía satisfecho, Hannah se acercó al
teléfono de la cocina para llamar a Bill y contarle que había eliminado al
portero como sospechoso. Bill no estaba en su mesa de la comisaría, pero
ella le dejó un mensaje allí y habló con Andrea, que le prometió poner una
nota junto al teléfono. Cumplidos sus deberes, Hannah colgó y fue al
dormitorio a cambiarse y ponerse la inmensa sudadera y el pantalón de
chándal que se había comprado cuando se había estropeado la caldera el
invierno pasado.
Diez minutos más tarde, Hannah estaba acomodada en su rincón
favorito del sofá, dando sorbos de vino, con Moishe en los brazos. El gato
siempre estaba necesitado de afecto si ella había salido durante horas, y esa
noche no era ninguna excepción. Le rascó por debajo de la barbilla hasta
que ronroneó extasiado y ella se puso a cantar la tonta cancioncilla que se
había inventado para él. Nunca había sido capaz de seguir una melodía,
pero mientras siguiera rascando, a Moishe parecía gustarle. Menos mal que
vivía sola. Si cualquiera la hubiera oído cantando sobre cuánto adoraba a su
«gran minino peludín», la habría encerrado por loca.
El complejo de apartamentos tenía televisión por cable gratis y Hannah
zapeó por los canales. Tenía cincuenta, pero ni así encontró nada que le
apeteciera ver. Optó por un documental sobre la ciencia forense. Era posible
que aprendiera algo. Pero de lo único que hablaba el experto era de los
nuevos avances en tecnología de huellas dactilares. Hannah le escuchó
extenderse sobre el uso de adhesivo extrafuerte a temperaturas bajo cero
para extraer huellas de la piel de una víctima, y entonces cambió al canal de
películas clásicas. Emitían Klute, y aunque ya la había visto, no quería
zapear más y la dejó.
Hannah pensó sobre el crimen durante un rato, pero le resultaba
deprimente. Nada de su trabajo detectivesco había servido. La taza con el
pintalabios había sido prometedora al principio, y había podido averiguar
que Danielle había estado con Ron justo antes de que lo asesinaran. Pero lo
que le había contado Danielle no había tenido, a largo plazo, la menor
importancia. Había investigado al entrenador Watson y el móvil de los
celos, pero este estaba con Maryann en casa de su madre cuando dispararon
a Ron. Norman ya no era un sospechoso, ahora que Delores había
confirmado su coartada, y el sin techo que había visto Claire estaba
desayunando en el momento crucial. El portero con el que se había peleado
Ron en Twin Pines quedaría libre de sospechas en cuanto Bill comprobara
los datos con el hospital, así que Hannah se había quedado sin sospechosos.
Debía encontrar otros nuevos, pero no tenía ni idea de por dónde empezar.
Buscó el cuaderno que tenía al lado del sofá y garabateó una lista de
nombres: el entrenador Watson, Norman, Resplandor y Alfred Redbird.
Entonces suspiró y tachó con una raya cada uno de ellos. Luego se le
ocurrió añadir a Danielle a la lista, pero en verdad no creía que ella hubiera
matado a Ron. Tanto daba; decidió comprobar si tenía coartada.
Hannah tomó la guía telefónica y la hojeó para buscar el número de
Danielle. Si contestaba el entrenador Watson, colgaría.
Danielle contestó al segundo tono y Hannah dejó escapar un suspiro de
alivio.
—Hola, Danielle. Soy Hannah Swensen. ¿Puedes hablar?
—Espera un momento, Hannah. —Hannah oyó a Danielle diciéndole
algo a Boyd sobre un pedido de galletas y luego volvió al teléfono—.
Necesitaremos cinco docenas para la fiesta de Halloween de mi clase de
arte, Hannah. Había estado pensando en algo con glaseado de naranja.
—Ningún problema —se apresuró a responder Hannah—. ¿Te va bien
si te hago preguntas que puedas responder con un sí o un no?
—Sí.
—Genial. ¿Viste a alguien o hiciste alguna llamada después de que Ron
te dejara el miércoles por la mañana?
—Sí. Me encantaría ver una muestra, Hannah, pero no puedo ir tan
temprano el miércoles por la mañana. El repartidor de Sparklettes nos trae
el agua entre las ocho y las nueve y tengo que estar en casa para abrirle.
—¿Se te ocurre algún modo de decirme a qué hora exactamente estuvo
ahí?
—Yo también detesto esos repartos matinales. El miércoles pasado se
presentó a las ocho y ese día casi se me pegan las sábanas.
—Gracias, Danielle. —Hannah colgó y garabateó una nota junto al
nombre de Danielle. Comprobaría la información con el conductor de
Sparklettes y, si le había repartido el agua a Danielle a las ocho, podría
tachar su nombre de la lista.
Era otro callejón sin salida. Hannah suspiró e intentó pensar en algo
positivo. Se suponía que los pensamientos positivos conducían a sueños
agradables y no quería que se repitieran las pesadillas de la noche anterior.
Al menos, últimamente se llevaba mucho mejor con Andrea. Tal vez todos
los viejos resentimientos se iban borrando con los años y podrían llegar a
ser amigas de verdad.
Hannah tenía que reconocer que había sido un ejemplo difícil de seguir
en la escuela. Andrea había recibido un montón de críticas de sus maestros
por el hecho de que Hannah fuera una estudiante de sobresaliente. En lugar
de competir con el expediente académico de Hannah, Andrea se había
concentrado en las actividades extracurriculares. Había sido la actriz
principal en obras teatrales escolares, había cantado solos en conciertos y
había editado el periódico y el anuario del centro. Y, sin duda, Andrea había
sido más popular entre los chicos que Hannah. Las noches de los viernes y
los sábados, Andrea había tenido citas desde el primer al último curso.
Hannah suspiró. Ella solo podía jactarse de haber tenido dos citas
durante todo el tiempo que pasó en el instituto. Una había sido para estudiar
en su casa con un compañero de clase que estaba a punto de suspender
química y había requerido varias nada disimuladas insinuaciones de Delores
convencerlo de que invitase a Hannah a una pizza para agradecerle su
aprobado final. La segunda había sido su cita para el baile de graduación.
Hannah había descubierto más tarde que para que Cliff Schuman se
presentara ante su puerta con un ramillete de flores en la mano habían
tenido que prometerle un trabajo veraniego a tiempo parcial en la tienda de
su padre.
En la universidad había sido distinto. Allí no la habían tratado como a
una paria porque leyera a los clásicos y supiera quiénes eran Wittgenstein y
Sartre. En la facultad, la habilidad para hacer una ecuación algebraica
mentalmente no se consideraba un defecto de personalidad, y nadie pensaba
mal de ella por saberse el número atómico del einstenio. Por descontado,
había un grupo de chicas increíblemente bonitas y cabezas huecas que
atraían la atención de los chicos, pero la mayoría de ellas no terminaban la
carrera, bien porque suspendían, bien porque abandonaban para sacarse el
título de «señora de».
Hannah por fin había empezado a quedar cuando iba a segundo en la
universidad. Primero con un estudiante de historia que ella encontraba
demasiado alto y demasiado delgado, pero aun así duraron varios meses.
Después, había habido un intenso estudiante de arte que le había confesado
que era célibe justo cuando ella había empezado a pensar que había algo
serio entre ellos, y un estudiante de doctorado que había querido que le
ayudara en su tesis. El amor verdadero, o tal vez fuera la verdadera lujuria,
no lo había encontrado hasta noviembre de su segundo año de posgrado.
Fue cuando Hannah conoció al hombre que creyó que sería su media
naranja.
Bradford Ramsey había sido profesor ayudante en el seminario de
poesía de Hannah, y la primera vez que había dado clase, ella se había
sentido hechizada. No fue su estilo de hablar ni la forma en que leía las
estrofas de Byron y Keats. Habían sido aquellos maravillosos ojos azul
oscuro que parecían penetrar hasta el fondo de su alma.
Las reuniones sociales después de clase con el profesor no estaban bien
vistas por la administración académica a no ser que asistieran varios
estudiantes, pero Brad había encontrado formas de saltarse las normas
convocando a Hannah a su despacho para varias charlas sobre la asignatura.
Después de que él le dijera que creía que estaba enamorado de ella, ella
había acabado en su apartamento, entrando a hurtadillas por el vestíbulo a
las once de la noche con la capucha de su parka ocultándole la cara. Esa
noche y las que siguieron habían sido memorables. Hannah había
descubierto que el sexo era mucho más divertido de lo que había
imaginado. Y la última noche que había pasado con su apuesto profesor
también había sido memorable, pero de un modo que ella nunca habría
anticipado. Su prometida se había presentado en una visita sorpresa, a Brad
le había entrado el pánico y Hannah se había visto obligada a abandonar su
cama y, pese al frío inclemente, huir por la escalera de incendios.
Hannah había roto la relación y se había dicho a sí misma que al menos
había aprendido con la experiencia, pero eso no había hecho más fácil la
ruptura. Ver a su antiguo amante recorrer el campus con una pandilla de
jovencitas impresionables detrás le había resultado casi insoportable. Por
eso había sido casi un alivio que Andrea le pidiera que dejara la facultad y
volviera a Lake Eden para ayudarla a resolver la situación familiar. Eso no
significaba que Hannah hubiera renunciado a los hombres. Solo se estaba
dando un respiro, esperando que se presentara uno al que pudiera amar y en
el que pudiera confiar. Mientras tanto, tenía su familia, su trabajo y su leal
gato. Y si su cama estaba solitaria y a veces deseaba tener a alguien sin
garras peludas al que abrazar, lo sobrellevaba.
Sonó el teléfono y Hannah descolgó.
—Hola, Bill. Ya era hora.
—¿Cómo has sabido que era yo?
—¿Quién más podría ser? Mamá nunca llama tan tarde y Andrea me
dijo que se iba a acostar hará una hora. ¿Has averiguado algo nuevo sobre
Ron?
—Nada de nada. —Bill sonó deprimido—. Que se sepa, Ron no tenía
enemigos, no debía grandes sumas de dinero ni tenía depósitos en su cuenta
bancaria que no pudieran explicarse. Ya te digo, no tengo nada de nada.
Hannah se apresuró a compadecerse.
—Pues yo tampoco. Hablé con el administrador del casino y creo que
tenemos que descartar al portero como sospechoso. Se llama Alfred Redbird
y tienes que comprobar un detalle en el hospital. Su mujer dio a luz esa
mañana. Si estuvo con ella todo el tiempo, no pudo haber matado a Ron.
—Vale. —Ron sonó más desanimado si cabe—. Me he quedado sin
pistas, Hannah. Si tuviéramos un móvil, dispondríamos de algo para
avanzar, pero ni siquiera eso tenemos.
La mirada de Hannah se desvió a la pantalla del televisor. Klute seguía
en la tele y eso le dio una idea.
—Quizá sí tengamos un móvil. ¿Y si Ron vio algo esa mañana, algo que
de algún modo podría incriminar a su asesino? A lo mejor lo mataron por
eso.
—¿Y Ron habría sido asesinado antes de que tuviera tiempo de implicar
a su asesino en otro crimen? —Bill se quedó en silencio durante un buen
rato y Hannah supo que lo estaba rumiando—. Podrías tener razón. Pero
¿cómo vamos a saber qué vio Ron?
—Volveré a mi punto de partida, mi fuente, la chica del pintalabios rosa.
Ella podrá decirme si pasó algo inusual esa mañana.
—Muy bien. —Siguió otro largo silencio y entonces Bill suspiró—. Y
más vale que la avises de que se ande con cuidado. Si tienes razón y vio lo
mismo que Ron, el asesino podría ir a por ella.
—No creo. Yo soy la única que sabe quién es y ella está convencida de
que nadie la vio con Ron. Si el asesino quisiera matarla, a estas alturas ya lo
habría hecho.
—Tal vez.
Bill no pareció muy convencido y Hannah frunció el ceño. Por el bien
de Danielle, esperaba tener razón.
—Has sido de mucha ayuda, Hannah. A propósito, ¿sabías que tu madre
vio la camioneta de Ron saliendo de la consulta dental de Norman antes de
entrar para su cita?
—Me lo dijo Norman. Le interrogué, pero dijo que Ron solo estuvo en
su silla veinte minutos. Le puso una inyección de lidocaína para el diente
roto y se suponía que debía volver para que se lo arreglase. Te llamo en
cuanto haya hablado con mi fuente. Estoy segura de que asistirá a la fiesta
de los Woodley. Y, si quieres hablar con Norman, él también asistirá.
—Andrea me ha dicho que ibas a la fiesta con Norman. ¿Vais en serio?
—¿En serio? ¿Con Norman?
—Era broma, Hannah. Nos vemos en la fiesta y seguimos hablando,
¿vale?
Hannah colgó y apagó la televisión. Levantó a Moishe, lo llevó al
dormitorio y lo depositó sobre la almohada que ella le había asignado la
primera noche que el gato había pasado en su apartamento. Luego volvió a
por su copa de vino, apagó las luces y se sentó en la vieja butaca que había
colocado delante de la ventana del dormitorio. Seguía nevando, lo que
creaba unos halos preciosos alrededor de las anticuadas farolas que
flanqueaban las vías peatonales de ladrillo entre las viviendas. Era una
escena invernal perfecta, digna de un grabado de Currier e Ives. Según su
profesor de arte de la facultad, la gente que vivía en climas cálidos amaba
las escenas invernales con sus amplios parajes de nieve intacta salpicados
de hogares acogedores con una cálida luz saliendo de las ventanas. Los
habitantes de Minnesota que se compraban paisajes tendían a evitar las
escenas invernales. A Hannah no la sorprendía. Los inviernos de Minnesota
eran largos. ¿Por qué iban a querer comprarse un cuadro que les recordaría
constantemente el frío que calaba hasta los huesos, la nieve espesa que
había que sacar con palas y las capas y capas de ropa que había que ponerse
para algo tan sencillo como ir a tirar la basura?
Hannah se había acabado el vino y estaba a punto de levantarse para
meterse bajo las mantas cuando se fijó en que uno de los coches del
aparcamiento estaba al ralentí; el tubo de escape lanzaba penachos blancos
que se recortaban contra el cielo de la noche oscura. Tenía los faros
apagados, lo que era extraño, a no ser que una pareja se estuviera tomando
mucho tiempo en despedirse. Pero no, solo veía a un ocupante, una figura
voluminosa detrás del volante que dio por supuesto que era un hombre.
Mientras miraba, vio un reflejo en la cara del conductor. Era más bien
un doble reflejo, como si fueran lentes. ¿Prismáticos o gafas? Desde esa
distancia era imposible determinarlo, pero el hecho de que no hubiera nadie
más en el coche la puso nerviosa.
Hannah miró fijamente el vehículo, memorizando su forma. Era un
pequeño compacto de color oscuro, pero estaba aparcado demasiado lejos
para identificar la marca. El techo parecía de color más claro que el resto
del coche, y Hannah supuso que era porque estaba cubierto de nieve. Ese
coche llevaba aparcado un buen rato y el conductor parecía estar
observando su edificio.
En su edificio solo había cuatro viviendas. Phil y Sue Plotnik vivían
debajo de ella y no se le ocurría ningún motivo por el que alguien vigilaría
su piso desde un coche aparcado. Phil estaba en casa esa noche. Había visto
su coche en el garaje cuando había llegado y había oído a su bebé llorando
bajo mientras subía las escaleras a su piso. Los otros vecinos de Hannah
eran igualmente anodinos. La señora Canfield, una anciana viuda, tenía el
bajo contiguo al de los Plotnik. Vivía del dinero de la jubilación de su
marido y daba clases de piano durante la semana. Encima de ella vivían
Marguerite y Clara Hollenbeck, dos hermanas solteras de mediana edad que
eran muy activas en la Iglesia luterana del Redentor. Por lo que Hannah
sabía, no corría el menor rumor sobre ellas, salvo la vez que habían lavado
el mantel del altar con una blusa roja de Clara y el mantel había quedado
rosa.
Hannah sintió un escalofrío mientras miraba el coche y a su conductor
inmóvil. Solo había una vivienda que aquel hombre podía estar vigilando y
era la suya.
¡El asesino de Ron! La idea sacudió a Hannah como un relámpago de
pavor. Bill le había dicho que tuviese cuidado con las preguntas que hacía, y
pensaba que lo había hecho. Pero ¿y si el asesino tuviera la idea equivocada
de que estaba sobre su pista?
Recordó asustada las palabras de Bill: «Si mató una vez, no vacilará en
matar otra».
La luz exterior de seguridad se había encendido esa mañana. Hannah se
estremeció al recordarlo. Creyó que había sido un pájaro el que la había
activado, pero tal vez estaba equivocada. ¿Había intentado entrar en su
apartamento el asesino de Ron?
Hannah tragó saliva para aclarar el nudo de terror que se le había
formado en la garganta, respiró hondo y se obligó a pensar racionalmente.
No le apetecía nada llamar a Bill y sacarlo a toda prisa de su confortable
cama. Bill vendría corriendo a interrogar al hombre, pero ella se sentiría
como una idiota si el conductor tenía alguna razón perfectamente justificada
para estar ahí. Pero ¿qué razón podía haber para estar sentado en un coche
en plena noche, solo en la nieve?
Lo estuvo pensando varios minutos y solo se le ocurrió una posibilidad.
El conductor no tenía las llaves para entrar en su propio edificio. Pero ¿por
qué aparcar en el aparcamiento de los visitantes si vivía aquí? Se estaba
mucho más caliente en el garaje.
Hannah no creía que corriera ningún peligro real. Bill había instalado
una cerradura de seguridad recomendada por la policía en su puerta cuando
se había mudado aquí y había puesto cerraduras extra en todas las ventanas.
Tenía, incluso, un sistema de alarma, instalado por el anterior propietario,
con una escandalosa sirena que solo se apagaba introduciendo el código en
uno de los dos teclados, instalados uno junto a la puerta principal y el otro
en su dormitorio. Hannah nunca se había molestado en encenderla antes,
pero esta noche lo haría. No había nacido con siete vidas como su
compañero de piso felino.
Estaba a punto de ir hasta el teclado para activar el sistema cuando tuvo
una idea brillante. En cuanto se le ocurrió, se puso en pie de un salto y
rebuscó su cámara en el armario. Le haría una foto al coche. Estaba situado
justo debajo del farol y se vería el número de matrícula. Y le daría la
película a Bill por la mañana.
Hablando de película, la cámara no tenía y tuvo que buscar
frenéticamente hasta dar con un rollo. Hannah apagó el flash, sabedora de
que el destello se reflejaría en el cristal de la ventana, y utilizó la lente de
zoom para hacer varias instantáneas del coche. Luego activó el sistema de
seguridad y se sentó en el sillón. Había hecho todo lo que estaba en su
mano, con la excepción de avisar a Bill, pero sabía que ya no habría forma
de pegar ojo. Más valía que se resignara a una noche entera de vigilancia.
Unos minutos más tarde, equipada con una taza de café recién hecho y
una caja de galletas saladas de queso cheddar blanco, Hannah se sentó de
nuevo en su sillón. Mientras iba mordiendo y sorbiendo alternativamente,
Moishe abrió su ojo bueno para mirarla con curiosidad y al instante volvió a
quedarse dormido.
—¡Menudo gato de defensa estás hecho!, —se quejó Hannah. Y
entonces oyó el ruido de otro coche que se aproximaba al aparcamiento
para los visitantes. Cuando pasó al lado de una de las anticuadas farolas,
Hannah reconoció el Cadillac amarillo de Bernice Maciej.
Bernice, que vivía en el edificio que se levantaba justo enfrente del de
Hannah, giró para aparcar junto al coche cubierto de nieve. Ella se bajó de
su vehículo, el desconocido hizo lo mismo y ambos se abrazaron en el
aparcamiento. Hannah marcó el código para apagar el sistema de seguridad
y abrió la ventana para escuchar su conversación. Oyó que Bernice decía:
«Lo siento, cariño. No creía que iba a estar fuera hasta tan tarde»; y el
hombre replicó: «No pasa nada, mamá. Había poco tráfico y he llegado
antes de lo que pensaba».
Sintiéndose más que tonta, Hannah cerró la ventana, puso el despertador
y se metió bajo las mantas. Moishe le había robado la almohada; lo levantó
de allí y lo dejó caer sobre la que le correspondía a él.
—Debo de estar volviéndome paranoica —murmuró mientras alargaba
la mano para acariciar el suave pelaje de Moishe—. Tendría que haber
hecho como tú: meterme en la cama y dormir a pierna suelta.
CAPÍTULO CATORCE

C uando Hannah se despertó a la mañana siguiente, estaba de mal


humor. Se había acostumbrado a arreglárselas sin las ocho horas de
sueño recomendadas, pero había pasado una noche muy intranquila
y algunos de sus sueños habían sido perturbadores. El asesino de Ron la
había perseguido en un Cadillac amarillo que guardaba un asombroso
parecido con el que conducía Bernice. Su última pesadilla no había sido tan
terrible. Había soñado que la atrapaba un monstruo peludo que le hacía
cosquillas. A esas alturas, Hannah sabía qué significaba ese sueño. Moishe
se había vuelto a acomodar sobre su almohada. Ella se lo había quitado de
encima entre sueño y sueño y el resto de la noche había sido relativamente
apacible.
Había una lista en el cuaderno de notas que guardaba en la mesita de
noche y Hannah encendió la luz para leerla. Las palabras «Sueños
acaramelados» estaban escritas arriba, con su letra. Debía de haber estado
soñando con galletas otra vez.
Oh, sí. Hannah empezó a sonreír. Ahora se acordaba del sueño. Había
estado sirviendo el catering de una recepción en la Casa Blanca y el
presidente, un joven Abraham Lincoln, había elogiado sus galletas. Su
esposa, Barbara Bush, había pedido la receta y ella se la había escrito allí
mismo, en el Despacho Oval.
Hannah se rio ruidosamente. Abraham Lincoln y Barbara Bush,
¡menuda pareja! Aquello no había sido más que un sueño, pero lo cierto es
que sí que había anotado la receta. Tal vez a su inconsciente se le había
ocurrido algo delicioso.
Las palabras estaban escritas con unos garabatos descuidados.
Obviamente, no se había molestado en encender la luz. Hannah distinguió
la palabra «mantequilla» y, un poco más adelante, «azúcar». Entre ambas
había un garabato que parecía decir «malecones»; debía de ser melocotones.
Galletas de melocotón, eso sí que era una idea curiosa. También descifró
«bizco» por malvavisco y «caco», que tanto podía ser cacao como coco. Tal
vez jugaría un poco con esos ingredientes y vería qué podía hacer.
Hannah se llevó el cuaderno a la cocina y se sirvió una aromática taza
de café. Tras varios sorbos vigorizantes, reparó en que había otra línea
garabateada al final de la receta. Decía «D —pregunta si no».
Oyó un maullido quejumbroso procedente del cuenco de comida, y
Hannah se levantó para echar los bocados crujientes para gatos. Mientras
llenaba el cuenco de agua de Moishe, pensó sobre esa última críptica nota.
La «D» era Danielle, de eso Hannah estaba casi segura. Pero ¿qué
significaba «pregunta si no»?
Le vino a la cabeza como un destello refulgente. Su cabeza había estado
trabajando horas extra la noche anterior. Había querido recordarse que
preguntara a Danielle si había habido algún momento, durante la noche y la
madrugada que pasaron juntos, en que Ron hubiera ido a algún sitio sin ella.
Hannah dejó el cuenco de agua de Moishe sobre su estera de goma con
forma de Garfield y volvió a la mesa para acabarse el café. A juzgar por
ayer y anteayer, hoy sería también una jornada frenética. Tomó el cuaderno,
pasó la página y escribió una lista de las cosas que tenía que hacer.
Lo primero que escribió Hannah fue «Sparklettes». Tenía que llamar y
averiguar a qué hora se había repartido el agua de Danielle el miércoles por
la mañana. Si lo que le había contado Danielle era verdad, esta quedaba
libre de sospecha.
Hannah anotó otra cosa: «Herb — Lisa». Quería acorralar a Herb
Beeseman de camino al trabajo y convencerlo de que llamara a Lisa para
invitarla a ir con él a la fiesta de los Woodley. Era una petición de última
hora, pero Hannah estaba casi segura de que Lisa aceptaría. Cuando le
había preguntado la noche anterior, Lisa le había dicho que había recibido
una invitación para la fiesta de los Woodley, pero que no tenía pensado
asistir. No era por su padre —uno de sus vecinos se había ofrecido a hacerle
compañía—, sino porque Lisa no quería ir sola a la mayor fiesta del año.
Tampoco había querido sumarse a Hannah y Norman, y fue entonces
cuando esta decidió convencer a Herb para que se lo pidiera él.
El tercer punto de su lista era «Lisa — vestido». Hannah planeaba llevar
a Lisa a Beau Monde durante la hora de poca actividad en la repostería,
entre las once y las doce. Pondría un rótulo en la puerta y si alguien estaba
desesperado por zamparse una galleta, podía ir a la puerta de al lado a
buscarla.
La siguiente línea en la lista de Hannah decía: «Informar a Claire». Esa
mañana, mientras Lisa horneaba, ella pasaría a decirle a Claire que el
vestido que Lisa eligiera debería estar «en rebajas» por sesenta dólares. Ella
compensaría la diferencia y podían arreglar las cuentas más adelante,
cuando Lisa no estuviera presente.
Moishe emitió otro maullido y Hannah se fijó en que su cuenco de
comida volvía a estar vacío. Su gato comía como si no hubiera un mañana
y, sin embargo, no parecía engordar. Tal vez hacía ejercicios aeróbicos
gatunos cuando ella no estaba en casa.

—Te queda maravillosamente —dijo Claire cuando Lisa salió del vestidor
luciendo un vestido color vino tinto—, ¿qué te parece, Hannah?
Hannah se rio.
—¿Y me preguntas a mí? A estas alturas, Claire… Con la de veces que
me has dicho que solo tengo gusto para las cosas de comer…
—Demasiadas para llevar la cuenta. —Claire se rio alegremente y
entonces se volvió hacia Lisa—. ¿Qué te parece a ti, Lisa?
—No estoy segura. Me gusta de verdad, pero el verde esmeralda es un
color precioso.
—Es una pena que no estén en oferta dos por uno. —Hannah le hizo un
guiño a Claire, esperando que ella captara la insinuación. Era improbable.
Beau Monde era una boutique, y Claire se tenía a sí misma por una asesora
de moda, varios peldaños por encima de una mera dependienta o gerente.
Hannah dudaba que su vecina de alta costura hubiera llegado a plantearse
una oferta de dos por uno.
—Qué curioso que lo menciones, Hannah. —Claire sorprendió a
Hannah captando la insinuación al vuelo—. Resulta que acabo de rebajar
estos dos vestidos en concreto. El vestido de tubo de satín color vino tiene
una leve imperfección en el corpiño, y el botón de la espalda del de seda
verde no va del todo a juego con el color del vestido.
Los ojos de Lisa se abrieron de par en par.
—¡Ni siquiera he reparado en eso!
—Tú tal vez no, pero yo sí. Y me niego a permitir que mis clientas
paguen el precio completo por algo que no sea absolutamente perfecto.
—¿Cuánto valen ahora?, —preguntó Lisa.
Hannah contuvo el aliento. Si Claire mencionaba un precio que fuera
demasiado bajo, Lisa sospecharía que estaban conchabadas.
—Los dos están a la venta por sesenta. Eso es una rebaja del sesenta y
cinco por ciento. Créeme, Lisa, me harías un favor si me los quitas de las
manos. Devolver piezas a mi proveedor es una pesadilla.
—En ese caso, me llevo los dos. —Lisa estaba tan emocionada que casi
chilló.
—Solo te pongo una condición —Claire parecía muy seria—. Tienes
que prometerme que no le contarás a nadie más cuánto te han costado. Si
las demás clientas se enteran de que solo has pagado sesenta dólares por un
vestido de Beau Monde, todas me pedirán precios especiales.
—No se lo diré a nadie. Pero, incluso si lo hiciera, no me creerían.
Gracias, Claire. ¡Hoy es mi día de suerte!
Mientras Lisa se ponía su ropa de trabajo, Hannah se apresuró a volver
a The Cookie Jar. Había estado fuera menos de un cuarto de hora, pero
varios clientes esperaban ya para entrar. Uno de ellos era Bill, y Hannah,
tras servir a los demás, hizo un aparte con él.
—¿Por qué no has venido a la tienda de al lado a buscarme? Solo estaba
ayudando a Lisa a comprarse un vestido.
—No pasa nada. No has descubierto nada nuevo, ¿no?
—No desde que hablé contigo anoche. —Hannah negó con la cabeza.
Había llamado a la oficina de Sparklettes y había confirmado la coartada de
Danielle, pero no había razones para contárselo a Bill—. ¿Corroboraste la
coartada del portero?
—La enfermera del pabellón de maternidad dijo que él estuvo en el
hospital hasta las nueve del miércoles por la mañana. Me he pasado por
aquí para recordarte que mañana es la jornada de puertas abiertas del
departamento del sheriff. Vas a prepararnos unas galletas, ¿no?
—Claro que sí. Estáis en mi calendario. —Hannah se encaminó a la
trastienda y señaló el inmenso calendario que colgaba de la pared.
—¿De qué clase vas a preparar?
—Blancas y negras. De hecho, debería empezar a mezclarlas ahora
mismo.
—¿Blancas y negras?
—Son galletas acarameladas con azúcar glas por encima —explicó
Hannah—. Se me ocurrió la receta la semana pasada y les he puesto el
nombre por vuestros nuevos coches patrulla.
—A los chicos les gustará. ¿Vas a hornearlas ahora?
—No, no hasta mañana por la mañana. La masa tiene que enfriarse
durante la noche. Las llevaré a comisaría antes de mediodía.
—Esa es la otra razón por la que he venido. El sheriff Grant va a llevar
al nuevo a dar una vuelta por la ciudad y me ha dicho que ellos se pasarían
a recogerlas.
—¿El nuevo?
—Llega mañana por la mañana. El sheriff Grant ha contratado a un
inspector muy bueno del Departamento de Policía de Minneapolis, el DPM.
—¿Y por qué querría venir aquí un inspector de Minneapolis? —
Hannah se quedó pasmada—. Seguro que implica un gran recorte salarial.
—Lo sé. Nosotros solo ganamos la mitad que los hombres del DPM, pero
tengo entendido que quería cambiar por razones personales.
—¿Razones personales?
—Sí, quería irse de Minneapolis. Sé que su esposa murió. Imagino que
quiere empezar de nuevo en algún sitio que no se la recuerde.
La explicación tenía sentido, pero Hannah se había preocupado. El
condado de Winnetka era grande, pero ¿el departamento del sheriff
necesitaba de verdad dos nuevos inspectores?
—Puedo aprender muchas cosas de ese hombre, Hannah. Tuve la
ocasión de echar un vistazo a su historial y ha resuelto un montón de casos
difíciles.
Hannah asintió y sacó sus cuencos de mezclar, disponiéndolos en fila.
Lo que Bill acababa de contarle la inquietó profundamente. Si este nuevo
había sido contratado como inspector, eso no auguraba nada bueno para el
ascenso de Bill.
—¿Tienes tiempo para echarle un ojo a la tienda mientras mezclo la
masa? Lisa volverá en cualquier momento y te pagaré en galletas.
—Claro —Bill le dedicó una amplia sonrisa—. Estoy en mi hora de
descanso para comer.
Cuando se fue Bill, Hannah reunió los ingredientes para las galletas que
había llamado blancas y negras. Mientras trabajaba, pensó en el nuevo
inspector. Bill había dicho que acababa de perder a su mujer, y ya sabía el
interés que sentía Delores por todo hombre sin ataduras que llegaba a la
ciudad.
Hannah hizo cuanto pudo para pensar en positivo mientras mezclaba la
masa. La noche anterior había ganado un bote en el casino y, si se mantenía
su racha de buena suerte, el nuevo colega de Bill no sería el tipo de hombre
que su madre consideraría como un yerno potencial. Por desgracia,
cualquier hombre vivito y coleando que no tuviera instintos asesinos era un
candidato viable para Delores.
Blancas y negras

No precaliente el horno todavía, la masa


debe enfriarse antes del horneado.

340 g de pepitas de chocolate


170 g de mantequilla
400 g de azúcar moreno (o de azúcar
blanco mezclado con un poco menos de
dos cucharadas de melaza).
4 huevos
2 cucharaditas de vainilla
2 cucharaditas de levadura en polvo
1 cucharadita de sal
260 g de harina (sin tamizar).
60 g de azúcar glas en un cuenco pequeño

Funda las pepitas con la mantequilla


(caliéntelo todo en el microondas a alta
potencia durante 2 minutos; luego
remuévalo hasta que quede homogéneo).

Incorpore el azúcar y déjelo enfriar.


Añada los huevos, uno por uno, sin dejar
de remover. Agregue la vainilla, la
levadura y la sal. Añada la harina y
remueva bien
Deje enfriar la masa durante al menos 4
horas. (Toda la noche es incluso mejor).

Cuando vaya a hornear las galletas,


precaliente el horno a 175 °C, con la rejilla
en la posición intermedia.

Con las manos, haga bolas de masa del


tamaño de una nuez. (Es pringoso,
póngase guantes de plástico si lo desea).
Eche las bolas de masa en el cuenco con el
azúcar glas y deles vueltas hasta cubrirlas.
(Si la masa se calienta demasiado, póngala
de nuevo en la nevera hasta que pueda
volver a manejarla).

Ponga las bolas en bandejas para galletas


engrasadas; en una de tamaño estándar
caben 12. (Se aplanarán al hornearse).
Hornee a 175 °C entre 12 y 14 minutos.
Déjelas enfriar en las bandejas durante 2
minutos y luego páselas a una rejilla para
que acaben de enfriarse.
Elaboradas para la jornada de puertas
abiertas del departamento del sheriff del
condado de Winnetka, celebrada en honor
de sus cuatro nuevos coches patrulla.

Cantidad: de 70 a 90 galletas, dependiendo


del tamaño de las galletas
CAPÍTULO QUINCE

H annah retrocedió para examinar su reflejo. Su vestido nuevo era


exquisito. Se había recogido el pelo rojizo rizado hacia atrás,
sujetándoselo con la horquilla de ébano que su hermana pequeña
Michelle había comprado en una feria de arte y joyería que se había
celebrado en el campus de Macalester, y que de hecho le quedaba
estupendamente. Y Lisa había tenido razón. Sus zapatos nuevos no podrían
haber sido más perfectos. Hannah ofrecía un aspecto sofisticado por
primera vez en su vida, y resultaba un tanto chocante. También estaba sexy,
lo cual era más chocante si cabe, y esperaba que Norman no creyera que se
había puesto ese vestido solo para él.
Moishe aulló desde su rincón en la cama, a lo que Hannah respondió
volviéndose hacia él y levantando los pulgares.
—Tienes razón. Sé que nunca he estado tan guapa. Es todo un cambio,
¿verdad?
Moishe aulló de nuevo y Hannah supuso que era un cambio que el gato
no sabía apreciar. Además, el animal había adivinado que ella iba a volver a
salir y eso tampoco le hacía gracia. Se echó una pizca de perfume del frasco
de Chanel n.º 5 que su antigua compañera de piso en la facultad le había
regalado hacía años y se encaminó hasta la cocina para apaciguar a la bestia
que vivía bajo su techo.
Varios bocaditos para gatos después, Moishe volvía a estar contento.
Hannah caminaba de un lado a otro de la habitación, esperando a Norman.
No se atrevía a sentarse. Su vestido nuevo era negro y todas las sillas de su
apartamento estaban llenas de pelos anaranjados de gato. Estaba cruzando
el salón por decimosexta vez cuando llamaron al timbre.
—¡Quieto! —Hannah usó la voz de mando que utilizaban los
adiestradores de perros en la televisión y Moishe pareció desconcertado.
Seguramente no funcionaba con los gatos, aunque en realidad no había
ningún peligro de que Moishe se escapara cuando ella abriera la puerta.
Tenía el cuenco de comida lleno y, desde luego, él se quedaría donde más le
interesaba.
—Hola, Hannah. —Norman pareció un poco nervioso al adelantarle una
caja de la floristería—. Eh…, estas son para ti.
Hannah sonrió y le hizo pasar. Para su sorpresa, Norman tenía mucho
mejor aspecto con su atuendo formal de lo que ella había imaginado.
—Gracias, Norman. Déjame ir a por el abrigo y estaré lista para salir.
—Más vale que antes las pongas en agua. —Norman señaló hacia la
caja—. Mi madre quería que te trajese un ramillete, pero le dije que esta no
es la fiesta de graduación.
Hannah se rio y lo condujo a la cocina para buscar un jarrón. Lo llenó
de agua, abrió la caja y sonrió al sacar un gran ramo de margaritas
amarillas, blancas y rosas.
—Gracias, Norman. Son preciosas y me gustan mucho más que un
ramillete.
—No me habías dicho que tuvieses un gato. —Norman miraba
fijamente a Moishe, que había levantado la cabeza de las profundidades de
su plato de comida para examinar al desconocido que había invadido su
cocina.
Hannah colocó rápidamente las flores en el jarrón y se volvió alarmada
hacia Norman.
—Lo siento, no se me ocurrió decírtelo. No serás alérgico, ¿no?
—En absoluto. Los gatos suelen caerme mejor que muchos de mis
congéneres. ¿Cómo se llama?
—Moishe.
—¿Por Moshé Dayán, el ministro israelí?
—Eso es. Es tuerto.
—Un nombre perfecto. —Norman se agachó y alargó la mano—.
Acércate a saludarme, chico.
Hannah observó asombrada cómo Moishe se acercaba lenta y
silenciosamente a Norman y se frotaba contra su mano. Su gato nunca se
había mostrado tan sociable. Norman le rascó bajo la barbilla y ella oyó
ronronear a Moishe desde la otra punta de la cocina.
—¡Le caes bien!
—Eso parece.
Hannah vio que Norman levantaba a Moishe y le hacía cosquillas en el
vientre, algo que el gato normalmente detestaba. Pero ahora se limitó a
repantigarse en los brazos de Norman y parecía estar en el séptimo cielo.
—Muy bien, Moishe. Tenemos que irnos. —Norman lo llevó al salón y
lo depositó en el sofá—. ¿Le dejas la televisión encendida?
Hannah asintió, esperando que Norman no creyera que estaba loca.
—Le hace compañía cuando salgo.
—Tiene sentido. Pues se la enciendo mientras vas a por el abrigo. ¿Qué
canal le gusta?
—Cualquiera menos Animal Planet. Emiten programas de veterinarios y
odia a los veterinarios. —Hannah fue al armario y descolgó el abrigo que
había escogido, uno de cachemira de segunda mano que había encontrado
en Helping Hands. Cuando volvió al salón, Norman fruncía el ceño.
—¿Pasa algo, Norman?
—Estaba flagelándome por olvidarme de decirte lo guapa que estás.
Debería haberlo dicho en cuanto entré. A mi madre le dará un ataque si se
entera.
Hannah se rio.
—Y a mi madre también. Delores me hizo prometerle que te diría lo
apuesto que estás y me he olvidado. Si nos las cruzamos en la fiesta, no les
comentaremos nada, ¿qué te parece?
—Muy bien. —Norman abrió la puerta y esperó a que Hannah pasara
—. Esto… ¿Hannah?
—Dime. —Hannah cerró la puerta con doble vuelta de llave y bajaron
las escaleras hasta la planta baja.
—Sí que vamos a verlas en la fiesta. Es más las veremos antes.
Hannah puso mala cara.
—¡No me digas que vamos a recogerlas!
—No exactamente. Eso ya lo hice, antes de venir a buscarte. Las dos
nos están esperando en la parte de atrás de mi coche.

Hannah se sentía atrapada en un bucle temporal mientras iban en coche a la


mansión de los Woodley. Se parecía mucho a haber vuelto a la infancia,
viéndose arrastrada a una fiesta por su madre. Para empeorar las cosas, la
madre de Norman había traído una cámara y anunció alegremente que tenía
la intención de hacerles fotos. Hannah había temido que esta velada
acabaría convirtiéndose en un calvario, pero iba a ser incluso peor de lo que
había imaginado.
La mansión Woodley era una mole incandescente de luces y, cuando
entraron, un aparcacoches con chaqueta roja se acercó para llevarse el
coche de Norman. Otro asistente del aparcamiento les abrió las puertas y
Hannah y las madres de ambos fueron ayudadas a apearse del vehículo y
acompañadas hasta la entrada principal.
Hannah miró a su alrededor al entrar en el vestíbulo del brazo de
Norman. Se había decorado para la ocasión con incontables hileras de flores
tropicales. Por descontado, eran de importación. Ni las aves del paraíso ni el
framboyán de Madagascar ni la rosa de China crecían en Minnesota, ni
siquiera en verano. Las habían traído de climas más cálidos, y Hannah sabía
que tenían que ser escandalosamente caras.
Había un arpista, sentado en un rincón, tocando música clásica. Todo un
detalle por parte de Judith Woodley, pensó Hannah. Desde luego, nadie
como ella para recibir a sus invitados con tal elegancia.
—¿Me da su abrigo, señora? —Una bonita doncella, vestida con un
uniforme verde oscuro y un delantal blanco con volantes, ayudó a Hannah a
quitarse el abrigo—. ¿Le gustaría retocarse en el tocador de señoras?
—Sí, gracias —respondió Hannah, y entonces se volvió hacia Norman
—. Me paso un momentito la almohaza por el pelo y ya vuelvo.
Norman se rio ante la referencia al instrumento que se utilizaba para
acicalar caballos.
—Me gusta tu pelo, Hannah.
—¿Señora? —La doncella tocó el brazo de Hannah—. Si es tan amable
de seguirme.
Hannah quedó en encontrarse con Norman en el bar y se fue con la
doncella. Era una morena atractiva que Hannah no reconoció, aunque le
pareció haberla visto en la fiesta del año anterior. Los Woodley siempre
contrataban personal externo para sus fiestas. Judith se quejaba de que las
chicas locales eran incapaces de instruirse para un acontecimiento tan
especial. Hannah se volvió a la doncella y dijo:
—No eres de Lake Eden, ¿verdad que no?
—Soy de Minneapolis, señora. Trabajo para Parties Plus, el servicio que
utiliza la señora Woodley.
—Pues es un trayecto muy largo para una sola fiesta —comentó Hannah
esbozando una sonrisa amistosa.
—Oh, eso no supone ningún problema. La señora Woodley organiza
nuestro transporte y, además, no me perdería esta fiesta por nada del
mundo. Este es el tercer año seguido en que sirvo.
—Me pareció reconocerte del año pasado. ¿Qué es lo que hace que esta
fiesta sea mejor que las demás?
—Es un trabajo de cinco días y tenemos derecho a usar la piscina y el
spa interiores. La señora Woodley incluso se encarga de proporcionarnos la
comida. Para nosotras es casi una fiesta.
Hannah estaba sonsacándole información a la chica, aunque nunca sabía
cuándo podría serle de utilidad.
—Supongo que tus trabajos habituales no suelen ser tan agradables,
¿no?
—Ni de lejos. Por lo general entramos y salimos en menos de seis horas
y trabajamos como mulas. La señora Woodley siempre nos concede mucho
tiempo para que nos organicemos.
Hannah sintió curiosidad.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
—Desde el martes por la mañana. Nos pasamos dos días limpiando y
ayer preparamos las mesas y nos cercioramos de que la cristalería y los
platos estuvieran listos. Hoy nos limitamos a ayudar a la encargada del
catering.
—¿Y cuándo os volvéis?
—En cuanto hayamos hecho la limpieza mañana por la mañana. Por lo
general, estamos en marcha antes de mediodía. Llegaré a mi casa a las dos
como muy tarde, pero la señora Woodley nos paga la jornada completa.
Habían llegado al tocador de señoras y Hannah entró a evaluar los
daños. Su pelo tenía buen aspecto y se limitó a arreglarse unos rizos sueltos.
Luego se retocó con el pintalabios que Luanne Hanks había pensado que le
quedaba perfecto y salió para buscar a Norman.
Se encontraba junto al bar, casi perdido en un mar de rostros más altos.
Mientras Hannah se acercaba a él, se alegró de que sus tacones no pasaran
de los ocho centímetros de alto.
—Hola, Norman. Ya estoy aquí.
—Justo a tiempo. —Norman la tomó del brazo y la apartó del grupo—.
Nuestras madres venían hacia aquí. Vayamos a saludar a los Woodley.
La cola de recepción no era larga, y Hannah y Norman se pusieron al
final. Al acercarse a sus anfitriones, Hannah admiró el vestido de Judith
Woodley. Estaba confeccionado con seda lila y el corpiño iba adornado con
diminutas perlas. Su pelo castaño claro estaba recogido en un complejo
moño encima de la cabeza y ella tenía un aspecto encantador, como
siempre. Sonreía y charlaba con sus invitados y parecía muy animada. Del,
por su parte, parecía sorprendentemente taciturno, y Hannah se fijó en las
oscuras ojeras visibles bajo sus ojos.
—Hannah —Judith le tendió la mano—. Es un placer verte.
Hannah sintió el repentino impulso de responder que el placer era suyo
por saberse vista, pero se lo pensó a tiempo. Rebuscó en su mente algo más
apropiado que decir y se le ocurrió un cumplido estándar:
—Esta noche estás espléndida, Judith. No tenía ni idea de que Claire
tuviera vestidos tan maravillosos en su tienda.
—¿Claire? —Judith abrió los ojos verdes de par en par, y Hannah supo
que acababa de meter la pata—. Este vestido no es de Beau Monde,
Hannah. Billy lo diseñó especialmente para mí.
—¿Billy?
—Billy Blass, el diseñador. Es mi íntimo amigo. Y veo que este año
vienes acompañada. Qué encanto.
Hannah se avergonzó y presentó a Norman a los Woodley, con el
cuidado de mencionar que Norman había venido para ocupar la consulta
dental de su padre. Charlaron con los Woodley unos breves instantes y
luego siguieron adelante.
—Billy Blass. —Norman se rio entre dientes al tomar a Hannah del
brazo—. Me pregunto si la llamará Judy.
Hannah se rio con ganas. Esta fiesta podría ser divertida si Norman
seguía contando chistes. Aceptó una copa de champán de un camarero y
vagaron entre los asistentes durante unos minutos, saludando a la gente que
conocían. Luego se acercaron a ver la mesa de los refrigerios.
—Caviar. —Norman señaló la sustancia negra con aspecto de tapioca
que había en un gran cuenco de cristal tallado anidado en un cuenco todavía
mayor con hielo rallado.
—Es beluga —le informó Hannah—. Pregunté el año pasado y el
camarero me dijo que los Woodley no servían otra cosa.
Norman estaba visiblemente impresionado porque aceptó la punta de
una tostada cargada de caviar que le ofreció el camarero y sonrió por
adelantado mientras se la llevaba a la boca. Luego miró a Hannah y se
quedó helado.
—Lo siento, Hannah. Tendría que haberte preguntado. ¿Te apetece un
poco de caviar?
—No, gracias. Sé que no hay nada mejor que el beluga y además es
carísimo, pero me he criado a la orilla de un lago. Para mí no dejan de ser
huevos de pescado.
Mientras Norman se afanaba con el caviar, Hannah fue a examinar el
resto del bufé. Hannah había oído que Judith había contratado el mejor
servicio de catering de Minneapolis y desde luego lo parecía. Ante sus ojos
pasaron rodajas de solomillo de ternera desplegadas en forma de abanico,
bandejas de jamón Smithfield, un salmón entero escalfado sobre un lecho
de eneldo y varias fuentes inmensas de pechugas de pollo y pavo fileteadas.
Había una bandeja de plata con puntas de espárragos verdes, que señalaban
hacia fuera para formar una rueda gigante en torno a una jarra de salsa
holandesa, y un gran cuenco de cristal lleno hasta el borde de zanahorias
confitadas. Hannah dedicó solo una mirada fugaz a las diminutas patatas
rojas hervidas con piel y los huevos de codorniz rellenos. Su zona de interés
era la mesa de los postres.
Eran espléndidos. Había bocaditos de pastel glaseados y decorados con
diminutas flores comestibles, una hilera de trufas en una bandeja sembrada
de pétalos de rosa, fresas cubiertas de chocolate con sus tallos intactos y
una gran cesta plateada llena con galletas de azúcar. Estas despertaron su
interés profesional, así que Hannah escogió una y la probó.
La galleta crujió en su boca, como debería, pero estaba más bien seca.
En sus papilas gustativas no notó una inmediata explosión de sabor a
mantequilla, como debería, ni tampoco el aroma de vainilla. Hannah
empezó a fruncir el ceño. Las galletas tenían buen aspecto, pero la verdad
es que no sabían a nada.
—Discúlpeme. —La encargada del catering, vestida con un traje caro,
se acercó a Hannah con una sonrisa nerviosa—. No he podido dejar de
fijarme en su reacción a las galletas. ¿No le gustan?
Hannah recordó que debía tener tacto. Luego pensó en la posibilidad de
ampliar su cartera de clientes. Ganó esta última opción y decidió que no le
haría ningún favor a la encargada del catering si no le decía la verdad. Se
acercó a ella y bajó la voz para que ninguno de los demás invitados la
oyera.
—La verdad es que no están muy buenas. Espero que no las hiciera
usted.
—No se anda con rodeos, ¿eh? —La encargada del catering pareció
divertida.
—Pues la verdad es que no. ¿Las hizo usted?
—No. Se las compré a unos proveedores.
Hannah se sintió aliviada. Al menos no tendría que decirle a la
encargada del catering que su receta era un fiasco.
—Pues cambie de proveedores. Utilizan materia grasa barata en lugar
de mantequilla y apenas les echan vainilla. También las hornean en exceso.
Seguramente mantienen sus hornos a baja temperatura para evitar que las
galletas se oscurezcan y las tienen dentro demasiado tiempo.
—¿Cómo sabe que usan materia grasa?
—No saben a mantequilla —explicó Hannah—. Una galleta de azúcar
sin mantequilla es como un coche sin gasolina. Puede tener buen aspecto,
pero no funciona.
Le encargada del catering se rio.
—Tiene razón. ¿Y cómo sabe que están demasiado horneadas?
—Eso es fácil. Están tan resecas como el serrín. Pruebe una, ya verá.
—Ya las he probado y está en lo cierto. ¿Se dedica a la restauración?
—Solo de galletas. Soy la dueña de un establecimiento llamado The
Cookie Jar. Si me da su tarjeta, le mandaré una caja con muestras de
galletas de azúcar de calidad.
La encargada del catering rebuscó en su bolsillo y le dio una tarjeta a
Hannah.
—Había estado pensando en cambiar de proveedores. ¿Podría asumir un
pedido fijo?
—Depende del pedido. —Mientras Hannah abría su bolso de vestir y
guardaba la tarjeta, deseó haberse hecho unas. Hasta ese momento no había
creído que fueran importantes—. Llámeme si le gustan las galletas y
hablaremos. Le mandaré mi tarjeta cuando se las envíe.
Cuando la encargada del catering se alejó, Hannah se dio la vuelta para
buscar a Norman. Lo encontró a unos metros detrás de ella, con una sonrisa
de oreja a oreja.
—¿Qué pasa, Norman?
—Pues que eres asombrosa, Hannah. —Norman la tomó del brazo y la
condujo hacia el grupo de mesitas que se habían dispuesto para la cena—.
Si yo buscara nuevos negocios a tu estilo, tendría que ampliar la consulta y
poner una puerta giratoria.
Hannah se rio.
—Supongo que tienes razón. Cuando se trata de mis galletas, sé que son
las mejores y no me asusta contárselo a la gente. Pero he estado a punto de
pifiarla, Norman. Nunca me había planteado hacerme unas tarjetas.
—¿No tienes tarjetas comerciales?
Hannah negó con la cabeza.
—No me pareció que fueran importantes. Le he dicho a la del catering
que le enviaría una con las galletas, así que supongo que tendré que
hacerme unas cuantas.
—Te haré algunas en mi ordenador —se ofreció Norman—. Así
imprimí las mías.
—Gracias, Norman. —Al acercarse a las mesas, Hannah volvió a pensar
en lo amable que era Norman. Entonces alguien se levantó y la saludó con
la mano, y reconoció a Lisa y a Herb.
—Ahí está Lisa. Es mi ayudante en la tienda. Y ya debes de conocer a
Herb Beeseman, nuestro marshall.
—¿Marshall? Creía que estaba a cargo del control de aparcamiento.
—Lo está, pero el trabajo no está muy bien pagado. Herb fue el único
solicitante y le dejaron elegir su propio título. Siempre le ha fascinado el
Viejo Oeste.
—Entiendo. Bueno, acerquémonos a saludarlos.
Lisa y Herb habían pedido una mesa para cuatro, y Hannah y Norman
se les unieron un momento. Los dos hombres empezaron a hablar al instante
sobre el problema del tráfico en Main Street y Hannah se volvió hacia Lisa.
—Estás espléndida, Lisa. ¿Te lo estás pasando bien?
Lisa sonrió y Hannah se fijó en que sus ojos centelleaban de la emoción.
—He visto a tu madre y a la señora Rhodes. Me han preguntado si os
había visto.
—Si te vuelven a preguntar, miente.
Lisa se rio.
—No puedes eludirlas eternamente. La señora Rhodes me ha dicho que
quiere haceros fotos a ti y a Norman como recuerdo.
—Lo sé. Por eso las estoy evitando, entre otras cosas.
—Haz de tripas corazón. —Lisa se inclinó hacia delante y bajó la voz
—. ¿No te parece guapo Herb con su traje?
Hannah miró a Herb. Vestía un traje negro con corte del Oeste y le
recordó al traje que se habría puesto para ir de boda el marshall Dillon de la
antigua serie La ley del revolver. Le quedaba tan perfecto que Herb podría
haber sido uno de los maniquíes del escaparate de una tienda de ropa
masculina anticuada. Era todo un cambio del uniforme marrón arrugado que
solía llevar a diario.
—Sin la menor duda.
En ese momento una figura alta con otro traje impecablemente cortado
llamó su atención y Hannah alzó las cejas.
—¡No doy crédito! ¡Ese es Benton Woodley!
—¿El hijo de los Woodley?
—Sí. Creía que el heredero natural seguía en el Este, intentando
comprarse un título de una universidad de la Ivy League.
Lisa miró a Hannah con curiosidad.
—No parece que te caiga muy bien.
—Pues no, no me cae bien. O, al menos, no me caía. —Hannah suspiró
recordando las abundantes lágrimas que había derramado Andrea cuando
Benton la había dejado—. Andrea salía con él en el instituto. Me pregunto
si sabe que ha vuelto para la fiesta.
—A lo mejor tendrías que avisarla. Ya sé que es una mujer casada, pero
siempre resulta incómodo cruzarse con un exnovio.
—Buena idea. ¿La has visto esta noche?
—Estaba en las mesas del bufé hace un par de minutos.
—Gracias, Lisa. Nos vemos luego. —Hannah se levantó y esperó a que
los dos hombres interrumpieran la conversación. Cuando lo hicieron, le dio
un toquecito en el brazo a Norman—. Tengo que encontrar a Andrea,
¿quieres acompañarme?
—Claro.
Norman se despidió de Herb y Lisa y cruzaron el salón. Estaban en la
zona que más tarde se utilizaría para bailar cuando Hannah oyó que alguien
la llamaba.
Hannah se paró en seco y se volvió hacia aquella voz cálida y amigable.
Era Benton Woodley y le sonreía.
—¿Quién es? —Norman miró a Benton y luego se volvió a mirar a
Hannah con curiosidad—. ¿Un antiguo novio?
—Sí. Pero no mío. Ven, Norman. Te presentaré.
Solo tardó un momento en hacer las presentaciones. Mientras Benton
charlaba con Norman, Hannah se preguntó si habría ido a la misma escuela
de protocolo que su madre. Era educado, parecía interesado en escuchar a
Norman hablar de su consulta y a ella le dijo que estaba arrebatadora. El
niño mimado y sabihondo había crecido hasta convertirse en el anfitrión
perfecto.
—Me alegra saber que has reabierto el consultorio de tu padre, Norman.
Uno nunca sabe cuándo necesitará un dentista. —Benton sonó sincero y a
Hannah le entraron ganas de reírse. Estaba dispuesta a apostar que si
Benton necesitaba alguna vez algún arreglo dental, saldría pitando al
dentista más elegante y caro del país—. ¿Y tú cómo estás, Hannah?
Hannah esbozó la mejor de sus sonrisas festivas.
—Bien, Benton. Hacía años que no te veía. ¿Has venido para la
celebración?
—No, mi padre no está muy fino. —Benton bajó la voz y se acercó un
paso—. He venido a ayudarle con los negocios.
Hannah se acordó entonces de las ojeras de Del. Tal vez Benton contaba
la verdad.
—Espero que no sea nada grave.
—No, lo que pasa es que ha estado trabajando demasiado. Ahora que he
vuelto a casa para echar una mano, debería recuperarse.
—¿Vas a quedarte? —Hannah se sorprendió. Creía recordar que, cuando
Benton vivía en Lake Eden, no le gustaba nada.
—Sí, una temporada. Y es genial estar de vuelta. Siempre me ha
gustado el ambiente que se respira aquí, esa sensación de pueblo acogedor.
Lo que me recuerda que me he topado con Andrea y su marido hace un
momento y me ha comentado que tienes un negocio. Una tiendecita
pintoresca, por lo que han dicho. A ver si me paso un día de estos.
A Hannah le dolió el comentario. Su tienda era un negocio, no una
«tiendecita pintoresca». El tono de Benton sugería que era algo que alguien
de la alta sociedad haría como pasatiempo. Hannah iba a decirle que había
trabajado mucho para que The Cookie Jar fuera rentable, pero se acordó del
tacto justo a tiempo.
—Ha sido muy agradable hablar contigo, Benton, pero tenemos que
encontrar a mi madre.
Norman esperó hasta que se alejaron unos metros.
—¿Quieres encontrar a tu madre?
—Claro que no. Solo quería alejarme de Benton antes de retorcerle el
cuello.
Norman sonrió.
—¿Una «tiendecita pintoresca»?
—Eso es, lo has pillado. —Hannah estaba impresionada: para ser
dentista, Norman las pillaba al vuelo—. Vamos a buscar a Andrea. Con ella
sí que tengo que hablar.
Dieron con Andrea y Bill junto a las mesas de bufé, y por la mirada de
satisfacción en el rostro de Bill, Hannah sospechó que estaba a punto de
llenarse el plato por segunda o tercera vez.
—Hola, Hannah. Me alegro de verte, Norman —les saludó Bill—.
Menudo banquete, ¿eh?
Hannah se volvió hacia Norman.
—¿Le haces compañía a Bill un momento? Tengo que hablar con
Andrea.
Bill le dedicó una sonrisa conspirativa, y confundió por un instante a
Hannah. Entonces se dio cuenta de que Bill pensaba que ella le estaba
dando la ocasión de preguntar a Norman sobre la visita de Ron a la
consulta.
Hannah tomó a su hermana del brazo y la condujo a un aparte hasta un
punto relativamente privado a un lado del salón.
—Lo siento, Andrea. Vine a avisarte en cuanto vi a Benton, pero ya era
demasiado tarde.
—¿A avisarme?
—Sí. —A juzgar por la expresión de perplejidad que asomó en el rostro
de su hermana, Hannah supo que más valía que se explicara—. Me ha
parecido que sería incómodo para ti toparte otra vez con Benton.
Andrea la miró fijamente durante un instante y entonces empezó a
sonreír.
—Ya entiendo. Ha sido un detalle por tu parte, Hannah, pero ver a
Benton no me molesta en absoluto. Hace siglos que superé lo suyo.
—¡Bien! Nunca me gustó su actitud, y sigue sin gustarme. ¿Sabes que
ha llamado a The Cookie Jar «tiendecita pintoresca»?
Andrea suspiró y negó con la cabeza.
—No te preocupes por Benton. Siempre fue un pijo. ¿Te ha contado que
ha vuelto para ayudar a su padre en DelRay?
—Eso fue lo que me dijo.
—A nosotros nos contó lo mismo, pero era una mentira. No paraba de
chasquear la uña del índice con el pulgar cuando lo decía.
—¿Qué?
—Es un tic que tiene Benton cuando miente —explicó Andrea—. Lo
descubrí cuando salíamos y me fue muy útil. Es uno de esos gestos
inconscientes que hace la gente cuando quiere jugártela.
—¿Y te ha contado Benton más mentiras?
—Nos dijo que se alegraba de haber vuelto a casa, a Lake Eden, y que
tenía muchas ganas de empezar a trabajar en DelRay.
—¿Y chasqueaba la uña cuando lo dijo?
—Clic, clic, clic. La única vez que dejó de hacerlo fue cuando dijo que
yo estaba arrebatadora.
—Tú siempre lo estás. —Hannah sonrió a su hermana, pero recordó que
Benton le había dicho exactamente lo mismo a ella. Tal vez era conveniente
que no hubiera sabido nada del detector de mentiras digital hasta ahora—.
¿Y te dijo cuánto tiempo llevaba en la ciudad?
—Eso se lo preguntó Bill. Benton dijo que había venido en avión el
miércoles y que había tomado el autobús desde el aeropuerto.
—¿Se tocaba la uña en ese momento? —Hannah sentía curiosidad.
—No lo vi. Se volvió hacia Bill para responderle. ¿Podemos hablar de
otra cosa, Hannah? Benton Woodley me aburre hasta la saciedad.
—Claro. —Dado que Andrea era tan observadora, Hannah decidió
preguntarle por Danielle Watson—. Hablé con la esposa del entrenador
Watson en el acto de recogida de fondos para el alcalde. ¿Qué opinas de
ella?
—¿De Danielle? —Andrea se lo pensó—. Parece bastante agradable,
pero no puedo evitar que me dé pena.
—¿Por qué?
—Porque Boyd es muy controlador. Los he visto en otras fiestas y a él
no le gusta perderla de vista. Debe de ser un agobio. Apuesto a que Danielle
tiene que pedirle permiso hasta para ir al lavabo.
Hannah recordó cómo Danielle había susurrado a la oreja de su marido
justo antes de dejarle en el acto del alcalde.
—Creo que tienes razón.
—Pues claro que sí. ¡Menos mal que Bill no es así!
—¿Funcionaría vuestro matrimonio si lo fuera?
—¡Ni hablar! —Andrea se rio y seguidamente hizo un gesto hacia un
rincón del inmenso salón de baile—. Allí está Danielle. Supongo que a
Boyd no le importa cuánto se gasta ella en ropa. Lleva el vestido color
melocotón que vi en el centro comercial y sé que cuesta más de quinientos
dólares.
—¿Dónde está? —La mirada de Hannah recorrió a los congregados.
—Al lado de aquel hibisco en flor. Allí la tienes con una sonrisita
perfecta y educada en la cara, esperando a que Boyd acabe de hablar con la
reina Judith.
Hannah sonrió. Su hermana había empezado a llamar a Judith Woodley
con ese apodo en la época en que salía con Benton.
—Ya la veo.
—De verdad que no entiendo a las mujeres como Danielle. Tiene una
figura espléndida y siempre la oculta. O Boyd es un hombre celoso, o a ella
le da vergüenza que la ropa le marque un poco.
Hannah se dio cuenta de que su hermana tenía razón. Nunca había visto
a Danielle llevar ropa insinuante. Esta noche no era ninguna excepción. El
vestido melocotón era de manga larga y tenía un cuello mandarín alto.
—¿Bill y tú podéis entretener a Norman un par de minutos? Tengo que
hablar con Danielle.
—Muy bien. Pero no tardes mucho. Si Norman empieza a contarme que
necesito una limpieza dental, saldré corriendo.
—No lo hará. Norman no es así en absoluto. Tiene un gran sentido del
humor. Cuando lo conozcas, te caerá bien.
—Si tú lo dices…
Andrea se encogió de hombros y volvió a la mesa mientras Hannah se
abría paso entre los presentes hacia Danielle. Al acercarse, vio que el
entrenador Watson estaba sumido en una profunda conversación con Judith
Woodley y, a juzgar por la expresión concentrada de su cara, Hannah
imaginó que el hombre intentaba conseguir una donación para los
uniformes nuevos del equipo.
—Tengo que hablar contigo, Danielle. —Hannah se acercó para impedir
que el entrenador la abordara antes—. Vamos al tocador de señoras.
—Pero estoy esperando a Boyd. Me dijo que me quedara aquí y se
enfadará si me voy sin…
—Es importante, Danielle —la interrumpió Hannah—. Dile que has ido
a retocarte la cara o algo así.
—¿Le pasa algo a mi cara?
—No, está bien. Solo tengo que hablar contigo de un amigo mutuo.
Danielle la miró fijamente durante un instante y entonces cayó en la
cuenta.
—Muy bien, Hannah. Déjame que avise a Boyd y enseguida estaré
contigo.
Instantes después, Hannah guio a Danielle hasta el tocador de señoras.
Tuvo suerte. El inmenso espacio estaba vacío y cerró la puerta con el
pestillo.
—Necesito más información, Danielle.
—Pero ya te he contado todo cuanto sé. No deberías cerrar la puerta,
Hannah. ¿Y si alguien necesita entrar?
—Esperará. Me dijiste que estuviste con Ron desde las once de la noche
hasta las siete y veinte de la mañana siguiente.
—Eso es. Allí estuve. Te conté la verdad.
—No me cabe duda, pero quiero que recuerdes el tiempo que pasaste
con Ron. ¿Viste a alguien más? ¿A quienquiera que fuera?
—No. Todos sus clientes de reparto casero estaban durmiendo todavía y
no nos cruzamos con nadie en el colegio. Por eso acepté acompañarle. Ron
me prometió que nadie me vería.
—¿En algún momento perdiste de vista a Ron?
Danielle frunció el ceño mientras recordaba.
—Solo cuando cargó la furgoneta, pero no había nadie por allí.
—Así que Ron no se encontró con nadie, ¿no?
—No, no lo creo… —Danielle se interrumpió y abrió los ojos de par en
par—. ¡Espera! Después de cargar para su ruta de reparto por las tiendas
volvió a entrar a la lechería a recoger otra caja de bolígrafos con el logo de
Cozy Cow. Iba a dejarlos con cada pedido, era una especie de promoción.
Cuando salió, dijo que más valía que Max se pusiera en marcha o llegaría
tarde a la Convención de Fabricantes de Mantequilla.
—¿Así que Ron vio a Max? —Hannah sitió una punzada de emoción—.
¿A qué hora fue?
—A las seis y cuarto. Ron me preguntó la hora, quería asegurarse de
que iba puntual. Era muy organizado, Hannah. Él… calculaba su jornada al
minuto para no llegar tarde nunca…
La voz de Danielle tembló y Hannah le dio una palmadita en el hombro.
Danielle no podía venirse abajo ahora; no había tiempo.
—Me estás ayudando mucho, Danielle. Ron estaría muy orgulloso de ti.
—Tienes razón. Creo que sí lo estaría. —Danielle respiró hondo y
exhaló con un suspiro trémulo.
—¿Sabes por qué Max estaba tan temprano en la lechería?
—Iba a reunirse con alguien en su despacho.
—¿Una reunión a las seis y cuarto de la mañana?
—Eso fue lo que dijo Ron. No sé con quién sería, Hannah. Ron no lo
dijo.
Ahora fue Hannah la que respiró hondo. Ojalá tuviera tiempo para
pensar cómo encajaba esta nueva información en lo que ya sabía, pero para
eso ya habría tiempo más adelante.
—Intenta recordar qué aspecto tenía todo en la lechería cuando Ron
volvió para recargar la furgoneta. ¿Viste algún coche en el aparcamiento?
—Sé que el coche de Ron estaba allí. Ahí aparcamos cuando llegamos a
las cuatro de la madrugada. No sé más tarde, Hannah. El aparcamiento está
en la parte trasera, detrás del edificio. Cuando Ron volvió para cargar por
segunda vez, utilizó la callejuela lateral para furgonetas. Es donde está el
muelle de carga.
—¿Y cuando os fuisteis? ¿Dio la vuelta al edificio?
Danielle negó con la cabeza.
—Hay una rotonda para cambiar de sentido al lado, y Ron fue por ahí.
No pasamos para nada por el aparcamiento.
—Gracias, Danielle. —Hannah se dirigió a la puerta para abrir el
pestillo—. Has sido de mucha ayuda.
Danielle esbozó una tímida sonrisa.
—Me siento muy mal por no haberle preguntado a Ron quién estaba
con Max en su despacho.
—No pasa nada.
—Pero es importante, ¿no?
—Podría serlo, pero tú no tenías modo de saberlo. Además, siempre
podemos preguntarle a Max.
—Eso es verdad. —Danielle pareció muy aliviada—. Más vale que
vuelva con Boyd. Y supongo que tú tienes que volver con Norman.
Cuando se fue Danielle, Hannah se sentó en el banco acolchado delante
del espejo y pensó sobre lo que había descubierto. Ron había visto a Max a
las seis y cuarto reunido con alguien en su despacho. Podría significar algo
o nada en absoluto. Solo el tiempo lo diría.
CAPÍTULO DIECISÉIS

H annah gruñó al acercarse a la mesa de Andrea y Bill. De algún modo,


Delores y Carrie los habían encontrado, y ambas madres parecían
impacientes. Le entraron ganas de darse la vuelta y regresar al
tocador de señoras, pero su madre levantó la mano y meneó los dedos. Era
demasiado tarde. La habían visto.
—¡Ahí estás, cariño! —Delores esbozó una amplia sonrisa—. Te
estábamos esperando para hacernos las fotos.
—Qué maravilla. —La respuesta de Hannah sonó sarcástica, incluso
para sí misma, y sonrió para que sus palabras sonaran menos cortantes.
Miró a Norman. Él no parecía molesto en absoluto por la inminente sesión
de fotos, pero tal vez era una de esas personas afortunadas que son
fotogénicas. Hannah sabía que ella no lo era. Ningún juego de luces ni
instrucciones del fotógrafo conseguían mejorar su aspecto en papel Kodak.
Las madres encabezaron el recorrido por el salón. Norman dejó a
Hannah para tomar a su madre del brazo, y Bill los siguió con Delores.
Hannah se demoró un poco con Andrea para poder disculparse.
—Lo siento, Andrea. No pretendía estar aparte tanto tiempo.
—No pasa nada. Tenías razón, Hannah. Algunas de las cosas que ha
dicho Norman eran muy graciosas. Nos lo estábamos pasando bien hasta
que nos encontraron nuestras madres. Quieren que posemos nosotros
también.
—Genial. —Hannah se alegraba de tener compañía en su desgracia—.
A lo mejor haces que salga mejor en la foto por ósmosis o algo así.
Andrea se rio.
—Anda ya, Hannah. Bien sabes que esta noche estás espléndida. Ese
vestido te queda tan perfecto que incluso mejora el aspecto de tu pelo.
—Gracias…, supongo. —Hannah sonrió. Entonces se dio cuenta de que
la pareja de madres se dirigía al pasillo que llevaba al tocador de señoras—.
¿Dónde van?
—No estoy segura. La señora Rhodes dijo que había encontrado el lugar
perfecto para hacer las fotografías. Solo espero que no vayamos a colarnos
en algún sitio donde no deberíamos.
El grupo se detuvo al final del pasillo y esperó a que llegaran Hannah y
Andrea. Entonces Carrie abrió una puerta y les hizo pasar a un gran salón
con paredes forradas de estanterías de libros. Era de estilo masculino, con
sofás y sillones de cuero, un inmenso escritorio de madera y grabados de
escenas de caza en las paredes. Había una increíble chimenea con piedras
ornamentales en un rincón, y Hannah se quedó pasmada mirando.
—Este es el estudio de Del Woodley —comentó Carrie.
—¿Podemos estar aquí? —Bill parecía muy inquieto—. Me refiero a
que no está prohibida la entrada a los invitados a la fiesta, ¿no?
Carrie negó con la cabeza.
—Se lo he preguntado a él en persona y ha dicho que por su parte no
había ningún problema.
Hannah intercambió una mirada divertida con Andrea. La madre de
Norman se parecía mucho a Delores. Carrie no solo se había colado tan
campante con su cámara en la única celebración formal de Lake Eden, sino
que incluso le había preguntado a su anfitrión si podía utilizar uno de sus
cuartos privados para hacerse unas fotos.
—Ponte al lado de la chimenea con Bill. —Delores le hizo un gesto a
Andrea—. Primero haremos las vuestras, por si acaso Bill tuviera que irse.
Hannah observó cómo su hermana posaba con Bill. Luego Carrie
decidió que las dos parejas posaran juntas, y Hannah y Norman se les
unieron. Se colocaron obedientemente: Hannah y Andrea delante, Norman y
Bill, detrás, mientras Carrie sacaba una foto tras otra. Seguidamente tomó
otra serie con los cuatro en fila como si fueran soldados, las «chicas» en el
centro, flanqueadas por los dos «chicos».
—Hagamos algunas en el sofá —sugirió Delores—. Esas siempre salen
bien.
Hannah soportó más fotos, preguntándose cuánto tardaría la madre de
Norman en quedarse sin película. En cuanto hubiera acabado esa tortura,
tenía que hacer un aparte con Bill y ponerlo rápidamente al día. Bill estaba
rehaciendo los movimientos de Ron la mañana del asesinato y no sabía que
el joven había ido a la lechería a las seis y cuarto y había visto a Max
Turner en su despacho. Puede que no tuviera nada que ver con el asesinato
de Ron, pero era una nueva información y Bill podría preguntarle a Max
sobre su reunión a una hora tan temprana de la mañana.
—Pareces distraída, cariño. —Delores meneó un dedo hacia ella—.
Concéntrate en salir guapa y en decir «patata».
—Pimiento —murmuró Hannah por lo bajini, y Andrea empezó a reírse
entre dientes.
—Te estás moviendo, Andrea —la avisó Delores—. Carrie no puede
enfocar si no te estás quieta.
Hannah puso los ojos en blanco en el momento en que la madre de
Norman hacía la fotografía. ¿No sabía Delores que muchas de las cámaras
actuales incorporaban enfoque automático? Si tenía que aguantar un minuto
más de flashes y advertencias de su madre para que sonriera, iba a explotar
de pura frustración.
—Más vale que repitamos esa. —Delores se volvió hacia Carrie—. Me
parece que Hannah ha bizqueado un poco.
Justo cuando Hannah estaba a punto de rebelarse, Norman se levantó y
alzó las manos.
—Ya basta, mamá. Siéntate en el sofá con la señora Swensen y yo os
haré un par de fotos a vosotras.
—Un oportuno giro inesperado —le murmuró Hannah a Andrea
mientras se hacían a un lado y observaban a Norman tomando fotografías
de sus madres—. Vamos a decirle a mamá que se le ha corrido el
pintalabios.
Andrea pareció aterrada ante la idea.
—¡Ni se te ocurra! Si lo haces, sacará el espejo para retocarse y esto se
alargará aún más.
Hannah estaba a punto de señalar que ya se habían hecho fotografías
suficientes para empapelar la pared del fondo de su tienda entera, cuando
oyó un pitido. Se volvió a Bill y preguntó:
—¿Es eso tu busca?
Bill se lo sacó del bolsillo. Miró la pequeña pantalla y dijo:
—Tengo que llamar.
—Pero no tienes que irte, ¿verdad? —Andrea le agarró la manga—. Ni
siquiera hemos bailado todavía.
Bill le dio un pequeño abrazo.
—Lo sé, pero la controladora ha marcado el código de emergencia.
¿Dónde está el teléfono más cercano?
—Aquí mismo. —Hannah señaló uno que había junto al sofá—. Llama,
Bill. Queremos saber qué está pasando.
Bill marcó el número y habló con alguien de comisaría. «Muy bien,
ahora mismo» y «Lo haré» no le dijeron gran cosa; para saber qué estaba
pasando, Hannah tendría que haber escuchado las dos partes de la
conversación.
—Ha habido un gran accidente en la interestatal —les informó Bill tras
colgar el teléfono—. Están convocando a todo el mundo.
—¿Te llevo?, —se ofreció Andrea.
—No, quédate. Haré que me acerque alguno de los otros chicos. —Bill
dio unas palmadas en el hombro de Andrea—. Pásatelo bien por los dos,
¿vale?
Interpretando la lúgubre expresión del rostro de Andrea, Hannah dudó
que su hermana fuera a pasárselo bien sin Bill, pero esta asintió.
—Muy bien, cariño. Ten cuidado y nos vemos en casa.
Cuando Bill se fue, todos volvieron en grupo a la fiesta. Hannah había
visto a Norman rebobinando la película y guardándola en el bolsillo, y
sentía curiosidad.
—¿Vas a llevar la película al turno de noche de la tienda de fotos,
Norman?
—No. —Norman negó con la cabeza—. La revelaré yo mismo cuando
llegue a casa. Acabo de instalar mi cuarto oscuro.
—¿Eres fotógrafo?
—Solo aficionado. Me entró el gusanillo cuando estaba en Seattle. Es
un pasatiempo estupendo. Mañana te llevaré las copias a The Cookie Jar
durante mi pausa para comer y así podrás verlas.
Cuando volvieron a entrar en el salón de baile, la orquesta ya estaba
tocando, y Norman le pidió a Hannah que bailara. Ella no podía negarse sin
parecer maleducada y así se encontró padeciendo un angustioso vals lento.
Norman era, en el mejor de los casos, un bailarín mediocre y Hannah quería
guiar el baile. Pero no pretendía herir los sentimientos de Norman y soportó
la situación con una sonrisa en la cara.
Cuando el baile hubo acabado, Norman la acompañó de vuelta con
Andrea y sus madres. Mientras estaban hablando, Hannah atisbó a Betty
Jackson. Quería preguntarle si sabía algo de la temprana reunión de Max
Turner, pero a Bill no le haría gracia que arrastrara a Norman consigo.
—¿Te gustaría bailar otra vez, Hannah?, —se ofreció Norman,
tendiéndole el brazo.
Hannah intentó no estremecerse ante la idea. De ningún modo quería
volver a bailar con Norman. Intentaba pensar en una excusa educada
cuando se le ocurrió una idea brillante.
—¿Por qué no se lo pides a Andrea? La oí decirle a Bill que le apetecía
bailar.
—Buena idea. —Norman se volvió hacia Andrea con una sonrisa—.
¿Qué te parece, Andrea?, ¿te gustaría bailar?
Andrea fulminó a Hannah con una mirada dolida mientras se alejaba
bailando con Norman, y Hannah supo que tendría que darle explicaciones.
Le diría que bailar con Norman, por muy fastidioso que fuera, era mejor
que pasarse la noche pegada a las madres.
Betty estaba cerca de la orquesta, siguiendo el ritmo de la música con el
pie. Daba la impresión de que quería bailar, pero era dudoso que se lo
pidiera ninguno de los hombres del pueblo. Betty era lo que Hannah y sus
amigas del instituto llamaban con malicia una chica «fortachona». Pesaba
cerca de los ciento cuarenta kilos y no era precisamente famosa por ser
grácil sobre la pista de baile. El padre de Hannah había tenido la ocurrencia
de decir que un hombre necesitaba botas con puntera de acero para bailar
con Betty, pues más de un vecino de Lake Eden había acabado con el pie
lesionado después de un turno de baile obligatorio con ella en la pista.
Como siempre, Betty iba vestida con rayas verticales. Alguien debía de
haberle dicho una vez que adelgazaban, y es posible que así fuera, para una
persona menos corpulenta que ella. Esta vez las rayas eran anchas, de un
color verde oscuro y borgoña. Los colores eran bonitos, pero eso no
impedía que Betty pareciera una carpa de circo. Al acercarse, Hannah se
hizo una promesa mental de ponerse a dieta y librarse de los cuatro kilos de
más que llevaba encima desde las últimas Navidades.
—Hola, Betty —la saludó Hannah alegremente. Dado que no había
nadie más cerca, era obvio que los varones locales temían por sus empeines,
y Hannah supo que nunca tendría mejor ocasión para interrogar a Betty
sobre la reunión de Max.
Betty le dio unas palmadas a Hannah en el brazo.
—Esta noche estás preciosa, Hannah.
—Gracias. —Hannah sabía que lo educado era devolver el cumplido,
pero ¿qué podía decir? Entonces vio los zapatos de Hetty y encontró la
respuesta.
—Me encantan tus zapatos. Van a juego con tu vestido a la perfección.
Betty sonrió, aparentemente satisfecha.
—¿Se sabe algo nuevo del pobre Ron?
—Todavía nada. Me alegro de haberte encontrado, Betty. Tengo que
hablar contigo sobre Max.
Betty tragó saliva y empalideció.
—¡Lo sabía! Algo va mal, ¿verdad?
—¿Mal? —Hannah estaba desconcertada—. ¿Por qué crees que algo va
mal?
—Max no ha llamado todavía y eso no es propio de él. Le gusta tenerlo
todo bajo control. El año pasado me llamaba tres veces al día.
—Pues no, no le ha pasado nada, que yo sepa —la tranquilizó Hannah
—. Solo me preguntaba si estaba al corriente de lo de Ron, nada más.
Betty se abanicó la cara con la mano.
—Casi me da un ataque. Seguramente son imaginaciones mías, pero es
muy raro que Max no haya llamado. Shirley, de la lechería Mielke Way
Dairy, dijo que Gary ha llamado todas las mañanas.
—¿Y Gary mencionó haber visto a Max en la convención?
—No. Y Shirley no puede llamarlo para preguntarle porque Gary no
quiere decirle dónde se aloja. —El rostro de Betty se arrugó formando una
inmensa sonrisa y se acercó—. Gary es soltero y esta es una gran ocasión
para disfrutar un poco de la vida, ya me entiendes. Al menos, eso es lo que
cree Shirley.
—Shirley seguramente esté en lo cierto. ¿Y tú crees que Max hace lo
mismo?
—¿Max? —Betty se quedó pasmada—. Si lo conocieras tan bien como
yo, ni siquiera se te pasaría por la cabeza. Max solo tiene dos placeres en la
vida: el dinero y… el dinero.
Hannah emitió una risa de compromiso, aunque había oído ese
comentario concreto sobre Max un millón de veces.
—¿Sabías que Max había tenido una reunión a primera hora de la
mañana del miércoles en su despacho?
—¿Ah, sí? —Betty pareció sinceramente sorprendida—. Pero se
suponía que debía salir a las cinco y media de la mañana para la
convención. ¿Cómo iba a reunirse con alguien antes de esa hora? ¿Estás
segura?
—Eso es lo que me han dicho.
Betty se lo pensó un momento y entonces se encogió de hombros.
—Podría ser, sobre todo si la reunión era por dinero. Sé que Max estuvo
en el despacho temprano. Le habían pedido que diera el discurso de
apertura y yo se lo mecanografié el martes por la noche. Se lo dejé en mi
mesa y cuando me presenté a la mañana siguiente, ya no estaba.
—¿Estás segura de que lo recogió Max?
—Absolutamente. Dejó un pósit amarillo, recordándome que hiciera un
pedido de carpetas archivadoras nuevas.
Hannah decidió no contarle a Betty que Max todavía estaba en la
lechería a las seis y cuarto. Eso solo la preocuparía.
—¿Has intentado llamar a Max a la convención?
—Claro que lo he intentado. Me dijeron que no estaba registrado en el
Holiday Inn, aunque yo tampoco esperaba que se alojara ahí. Max es muy
exigente y no le gustó nada la habitación que le dieron el año pasado.
Estaba justo al lado de la máquina de hielo.
—¿Y has llamado a los demás hoteles de la ciudad?
—Lo hice, y en todos me dijeron que no estaba registrado.
—¿Podría Max compartir la habitación de otro?
—¿Max? —Betty se rio tan fuerte que sus amplios senos se
estremecieron—. Max no es de los que comparten nada. Siempre se aloja
solo.
—¿Y has probado a pedir que lo llamen por los altavoces en los salones
de la convención?
—Por descontado, lo hice antes de venir hacia aquí. Como esta noche
celebran un gran banquete… Pero Max no ha respondido a la llamada.
Hannah empezó a fruncir el ceño a medida que se iba formando una
idea en su cabeza.
—¿Max conducía solo hasta Wisconsin?
—Sí. Gary Mielke le había pedido compartir el vehículo, pero Max no
quería viajar con él. Y si estás pensando que ha sufrido un accidente, ya lo
he comprobado con las dos patrullas de la autopista, y no. De verdad que
esperaba que llamara antes y me tiene preocupada.
Hannah se había empezado a preocupar como Betty, y se preguntaba si
Max habría llegado siquiera a la convención.
—Has dicho que Max no quería viajar con Gary Mielke. ¿Sabes por
qué?
—Sí, pero no debería decírtelo. —Betty empezó a retorcer el asa de su
bolso de mano, señal evidente de que se sentía incómoda—. Es algo…,
esto…, confidencial.
—Si quieres que te ayude a encontrar a Max, necesito saberlo. Te
prometo que no se lo contaré a nadie.
—Muy bien, Hannah. —Betty retorció el asa de su bolso de nuevo, y
Hannah se preguntó si la delgada tira de cuero se rompería.
—La Mielke Way es nuestra mayor competidora y Max está intentando
hacerse con la empresa de Gary. Por eso no quería viajar con él.
—¿Y Gary no conoce los planes de Max?
Betty le clavó una mirada que tenía la palabra «idiota» grabada por
todas partes.
—Max no deja que nadie se entere de lo que está pasando hasta que está
hecho. Así es como trabaja.
—Pero Max sí te lo dijo a ti, ¿no?
—No exactamente. Max estaba hablando con una empresa de préstamos
cuando confundí la extensión telefónica y escuché sin querer parte de la
conversación. Max quería comprar la deuda de uno de los préstamos de
Gary.
Hannah no se creyó que Betty hubiera confundido la extensión del
teléfono. Era una fisgona y por eso resultaba un contactó tan valioso.
—¿Y Max ha hecho alguna vez algo por el estilo antes?
—¿Estás de broma? Uno no se hace rico como Max vendiendo
mantequilla y nata.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Hace veinte años que trabajo para él, y en todo este tiempo he ido
escuchando frases aquí y allá. Max es un tiburón cuando se trata de
acaparar negocios, ejecutar hipotecas de fincas y sacar grandes beneficios
de todo eso.
Hannah estaba a punto de hacer otra pregunta cuando vio que Andrea la
llamaba con la mano. Le dio una palmada a Betty en el brazo y se disculpó.
—Andrea me está esperando y tengo que irme corriendo. Gracias, Betty.
—Pero ¿qué me dices de Max?, ¿crees que está bien?
—Lo averiguaré —le prometió Hannah y rápidamente pasó a asimilar
los nuevos datos que acababa de descubrir. Ron había visto a Max el
miércoles por la mañana y ahora Ron estaba muerto. Y Max tendría que
haber asistido a la Convención de Fabricantes de Mantequilla, pero no lo
había visto nadie y él tampoco había llamado. ¿Había matado Max a Ron y
luego había huido del país? Era desde luego una posibilidad evidente. Del
mismo modo era posible que Max intentara pasar desapercibido en la
convención y que llamara a Betty cuando las cosas se hubieran
tranquilizado. Si Max creía que estaba a salvo, incluso podría volver a la
ciudad abiertamente y comportarse con tristeza y conmocionado por el
horrible crimen que le había costado la vida a Ron.
—¿Qué pasa, Hannah? —Betty parecía angustiada.
—Nada, solo estoy pensando. ¿Cuándo tiene previsto volver Max?
—El martes por la noche.
Si Max optaba por llamar, Betty podría hablarle de las preguntas que
ella le había formulado. Eso le alertaría y huiría en el primer avión que
saliera del país. Hannah no podía permitir que eso pasara. De algún modo,
tenía que conseguir que Betty guardara silencio.
—Acabo de darme cuenta de algo, Betty. Más vale que no menciones
que has hablado conmigo. Si Max descubre que hemos estado hablando de
él a sus espaldas, no va a gustarle en absoluto.
—Eso es verdad —coincidió Betty.
—Si te llama, no le digas que te he contado lo de su reunión del
miércoles pasado. Creerá que estamos fisgoneando en su vida personal. Me
preocupa tu empleo.
—¡Tienes razón, Hannah! —Betty puso los ojos como platos—. Max
me despediría si pensara que he estado cotilleando sobre él, ¡aunque no lo
hubiera hecho!
—Exacto. Si alguien te pregunta de qué hemos estado hablando esta
noche, limítate a decir que estuvimos comentando tonterías sobre el bufé.
Yo diré lo mismo.
—Gracias, Hannah. —Betty pareció sinceramente agradecida—. Desde
luego no me apetece poner en peligro mi empleo. Me encanta la lechería.
Mis labios están sellados, cuenta con ello.
—Los míos, también. —Hannah se alejó, convencida de que Betty no
repetiría su conversación. También había descubierto una magnífica nueva
herramienta para las relaciones sociales. Se trataba de la intimidación, y
funcionaba. Y si la mirada fulminante en la cara de Andrea servía de
indicación, Hannah supo que ella misma estaba a punto de recibir una
buena dosis.
Andrea suspiró mientras recorrían juntas el pasillo. Todavía no se había
recuperado de que la abandonara para bailar con Norman durante tanto
tiempo, pero cuando Hannah le susurró que había estado haciendo trabajo
de campo para Bill, Andrea se tranquilizó un poco.
—Todavía no me creo que dejaras a Norman con las hermanas
Hollenbeck. Sabes que no callarán durante al menos un cuarto de hora.
—Con eso cuento. Norman dijo que quería que le presentara a posibles
pacientes, y Marguerite parecía muy interesada en que le hicieran un
blanqueado de dientes. Si se lo hace, se lo contará a todas sus amigas de la
iglesia y ellas también se lo harán.
—Mira, el tocador de señoras. —Andrea se detuvo ante la puerta.
—Lo sé, pero eso no era más que una excusa. Necesito que hagas una
llamada por mí, Andrea. Con tu labia sabes engatusar a la gente mucho
mejor que yo.
—¡Y que lo digas! —Andrea se echó a reír y Hannah supo que el último
vestigio del mal humor de su hermana había desaparecido—. ¿A quién
llamo?
—Al Holiday Inn de Eau Claire, en Wisconsin. Ahí están celebrando la
Convención Triestatal de Fabricantes de Mantequilla.
—¿Quieres que hable con Max Turner? —Andrea pareció muy reticente
—. No creo que deba hacerlo, Hannah. Bill todavía no ha hablado con él y
además no sabe lo de Ron.
—No quiero que hables con Max. Quiero que se ponga al teléfono Gary
Mielke de la lechería Mielke Way. Necesito que me dé cierta información.
Andrea pareció vacilar.
—¿Lo sabe Bill?
—No. Acabo de enterarme de algo por Betty y tengo que confirmarlo
con Gary.
—Pero ¿se supone que tú…? O sea, ¿no debería de ser Bill el que…?
—Bill no está aquí y yo sí —la interrumpió Hannah—. Podría tratarse
de algo importante, Andrea. No puedo esperar a que Bill vuelva de la
escena del accidente. Utilizaremos el teléfono del estudio de Del Woodley.
Es algo privado, y sabe Dios que los Woodley pueden pagar una llamada a
larga distancia a Wisconsin.
Andrea se lo pensó un momento.
—Muy bien, lo haré. Bill siempre dice que soy capaz de engatusar a
cualquiera para que haga cualquier cosa.
Hannah llevó a Andrea al estudio y la acomodó detrás de la mesa de Del
Woodley. Luego se sentó en el sofá y escuchó asombrada cómo su hermana
convencía al recepcionista para que dejara su puesto y fuera a buscar a Gary
Mielke. Bill tenía razón. Andrea era capaz de engatusar a cualquiera para lo
que fuera y, al darse cuenta, Hannah se sintió muchísimo menos culpable: si
un día Bill le pedía que dejara su empleo, Andrea no tendría ningún
problema en persuadirlo para que la dejara seguir vendiendo inmuebles.
CAPÍTULO DIECISIETE

H annah parecía preocupada mientras se aproximaba al salón de baile


con Andrea. Lo que acababa de saber había confirmado sus
sospechas. Max Turner no estaba en la Convención de Fabricantes
de Mantequilla. Se había programado que diera él el discurso de apertura,
pero no se había presentado y Gary Mielke lo había sustituido. Gary había
llegado al Holiday Inn el martes por la noche para reunirse con unos
amigos. Habían salido a cenar hasta tarde y habían pasado el resto de la
noche con «otras amistades». Hannah no había preguntado si esas «otras
amistades» eran masculinas o femeninas. Tampoco importaba mucho. La
cuestión era que Gary Mielke tenía una coartada y no había podido tener
nada que ver con la desaparición de Max ni el asesinato de Ron.
—Vamos, Hannah. —Andrea la tomó del brazo—. Tenemos que
rescatar a Norman antes de que las hermanas Hollenbeck acaben por
volverle loco.
—Lo sé. Solo que me gustaría volver a casa y pensar sobre todo esto.
Hay algo que se me está pasando por alto.
—Más tarde. Te acompañaré y puedes poner a prueba tus teorías
conmigo. De todos modos, Bill no volverá a casa hasta tarde.
—¿Cómo lo sabes? —Hannah se volvió hacia ella sorprendida.
—Me lo ha dicho el reverendo Knudson.
—Y él ¿cómo lo sabe?
—El sheriff Grant le llamó hará un par de minutos. Le dijo que algunas
de las víctimas del accidente necesitaban consuelo espiritual.
—Ay, no. —Hannah esbozó una expresión de pena—. No avisan al
reverendo a no ser que la situación sea muy grave.
—Es verdad. El sheriff Grant ha avisado a los tres. El reverendo
Knudson ha salido para allí en su coche, y el padre Coultas y el reverendo
Strandberg van con él.
Hannah imaginó que debía de haberse producido una gran colisión
múltiple. Hacía falta un desastre de esa magnitud para conseguir que los
clérigos locales viajaran en el mismo vehículo. El padre Coultas no se
hablaba con el reverendo Knudson desde que los luteranos habían vencido a
los católicos en un partido de softball y el reverendo Strandberg había sido
acusado en privado por los otros dos de proselitista fanático.
Encontraron a Norman hablando todavía con las hermanas Hollenbeck.
Les hizo un gesto para que esperaran un momento y luego se volvió hacia
Marguerite.
—La veré mañana a las diez, señorita Hollenbeck. Sé que le gustará la
nueva técnica. Es completamente indolora y saldrá de la consulta con tan
buen aspecto que ni su hermana la reconocerá.
Hannah esperó a que las mujeres se hubieran ido y entonces se volvió
hacia Norman:
—¿«Que ni su hermana la reconocerá»?
—Vale, vale. Es posible que exagerara un poco, pero sé que saldrá
contenta. A propósito, ¿no te gustaría…?
—Olvídalo, Norman —le interrumpió Hannah—. Sé que estás en plan
de búsqueda de clientes, pero conmigo pierdes el tiempo. ¿Qué te parece si
nos pasamos por las mesas del bufé antes de que se lleven la comida?
Andrea, que captó la tentativa de Hannah de cambiar de tema, de la
odontología a la comida, se mostró de acuerdo.
—Buena idea. Comí un bocado con Bill, pero vuelvo a tener hambre.
Norman tomó a Hannah por el brazo.
—Por mí está bien. A mi madre le ha dado ahora por la vida sana y no
cocina nada más que pollo y pescado. Si no como pronto algo de carne roja,
voy a perder hasta el último gramo de mi fabulosa musculatura.
Andrea se carcajeó con ganas y entonces se agarró al otro brazo de
Norman.
—¿Sabes? Estás empezando a caerme muy bien, Norman.
—Eso es lo que dicen todos. —Norman se hizo el engreído—. Cuanto
más me conocen, mejor les caigo.
—Mientras no les caigas encima… —replicaron al unísono Hannah y
Andrea, y entonces se echaron a reír con Norman.
Hannah llenaba su plato con una selección de comida mientras cavilaba
sobre los nuevos detalles que había descubierto esa noche. Gary Mielke le
había dicho que dar el discurso de apertura era un honor y que de ningún
modo Max se lo habría perdido voluntariamente. Gary también le había
dicho que lo había buscado cuando había visto que su pase de acceso a la
convención seguía en el mostrador de recepción. Dado que era imposible
entrar en ningún acto sin él, había asumido que Max estaba enfermo y no
había podido ir.
Hannah siguió a Norman y Andrea hasta una mesa y empezó a comer.
Mientras, pensó en los hechos que habían sucedido la mañana que habían
asesinado a Ron. Este había visto a Max en una reunión a las seis y cuarto.
Incluso se lo había mencionado a Danielle. Pero esa había sido la última
vez que alguien había visto al dueño de la lechería Cozy Cow. Tenía que
descubrir quién se había reunido con Max, pero eso parecía imposible.
Andrea y Norman conversaban mientras comían, pero Hannah guardaba
silencio. Estaba demasiado abstraída pensando adonde podría haber ido
Max. No conocía gran cosa de su vida privada y ni siquiera sabía si tenía
algún amigo. Tendría que acordarse de preguntarle a Betty sobre el
particular.
Hannah acabó de comer y se dio unos toquecitos en los labios con una
servilleta. Bajó la mirada a su plato y le sorprendió descubrir que se había
comido hasta la última miga.
—Pues sí que te ha gustado el bacalao en gelatina —comentó Andrea al
ver el plato vacío de Hannah.
—¿Eso era bacalao? —Hannah hizo una mueca. Nunca le había gustado
el bacalao y le asqueaba la gelatina de tomate—. ¡Creí que era una simple
gelatina!
Norman pareció inquieto.
—Pareces preocupada, Hannah. ¿Algo va mal?
—No, no. —Hannah sabía que tenía que dar alguna explicación. No
quería que Norman pensase que no estaba disfrutando de su compañía—.
Solo estaba pensando en Max. Tengo que hablar con él.
—¿Con Max Turner? —Norman la miró alarmado—. Hagas lo que
hagas, ¡no te mezcles en asuntos de negocios con ese hombre!
—¿Por qué? —A Hannah la asombró el tono irritado de la voz de
Norman.
—¡Te comerá viva! Podría contarte varias historias sobre… —Norman
se interrumpió y pareció avergonzado—. Lo siento. Aquello es agua pasada,
pero todavía pierdo los papeles cada vez que oigo el nombre de ese
individuo.
Hannah estiró el brazo para tocar la manga de Norman.
—Háblanos de eso, Norman.
—Mi padre le pidió prestado algo de dinero a Max Turner y fue el
mayor error de su vida. Solo llevaba abierto un par de meses y necesitaba
instalar su segunda sala de exploración. El equipo dental es muy caro y él
no contaba con el dinero suficiente.
—¿Por qué no acudió tu padre a un banco para solicitar un crédito para
la empresa?, —preguntó Andrea.
—Lo hizo, pero le dijeron que no llevaba en el negocio el tiempo
suficiente para asentar una base de ingresos. Max Turner se ofreció a
aceptar la casa de mis padres como aval, aunque acababan de comprarla y
aún la estaban pagando. Les dijo que lo único que tenían que hacer era
ampliar la hipoteca a quince años y hacer los pagos correspondientes.
Incluso les ofreció un préstamo en el que solo pagaban intereses por el
dinero para el equipo, con pagos sobre el principal cada vez que tuvieran un
buen mes y les entrara efectivo.
Andrea hizo una mueca.
—Ya veo. Sé algo sobre préstamos y eso es demasiado bueno para ser
verdad.
—Lo era, pero mis padres no lo sabían. Mi padre creyó a Max cuando le
dijo que quería animar a la apertura de nuevos negocios en Lake Eden y que
la ciudad ciertamente necesitaba otro dentista.
—¿Y qué pasó?, —preguntó Hannah, aunque ya suponía que la historia
iba a acabar mal. Betty había dicho que Max era un tiburón.
—Max esperó hasta que a mis padres solo les faltaba un año para acabar
de pagar la casa. En ese momento reclamó la cantidad total del préstamo.
—¿Es eso legal?, —preguntó Hannah.
—Sí. Había una cláusula que daba a Max el derecho a reclamar su
préstamo antes de tiempo. Y, dado que se trataba de un préstamo personal,
la legislación ordinaria no era de aplicación obligatoria.
—Eso es espantoso, Norman. —Andrea pareció muy comprensiva—.
Pero tu madre todavía es la dueña de la casa, ¿no?
—Sí. Papá me llamó presa del pánico y me dijo que podían perder la
casa y el negocio. Por entonces yo trabajaba en una gran clínica dental de
Seattle, y conseguí un préstamo gracias a mi crédito sindical. Les envié el
dinero y saldaron la deuda con Max solo un día antes del plazo límite.
Hannah se sintió asqueada. «Tiburón» era una palabra demasiado suave
para Max Turner. Le hizo preguntarse a cuántos residentes más de Lake
Eden habría estado a punto de arruinar Max. Tenía la sensación de que todo
esto se relacionaba de algún modo con el asesinato de Ron, pero aún no
acababa de ver cómo encajaban las piezas.
—No se lo contaréis a nadie, ¿verdad?, —preguntó Norman—. A mi
madre todavía la avergüenza. Se moriría si alguien se entera de lo ingenuos
que fueron.
—No diremos ni palabra —le prometió Hannah—. Eso ya es agua
pasada. Nadie tiene por qué saberlo.
Norman echó su silla hacia atrás para levantarse y pareció aliviado.
—Si me disculpáis, más vale que baile con mi madre. Me hizo
prometérselo. Y solo porque soy un tipo tan majo, también bailaré con la
vuestra.
—¿Norman? —Hannah se levantó y lo tomó del brazo—. ¿Te fastidiaría
mucho si me voy ahora? Tengo algo que hacer y no puede esperar. Tú
puedes quedarte. Andrea me llevará en coche.
—Muy bien. —Norman no pareció hundido ni decepcionado, lo que
hizo que el ego de Hannah se resintiera un poco—. ¿Tiene que ver con el
asesinato de Ron?, —preguntó.
—Sí. Lo siento, pero no puedo decirte más.
—Anda, vete, Hannah, pero más vale que se nos ocurra una muy buena
excusa para nuestras madres. No sé por qué, pero me parece que un simple
dolor de cabeza no colará.
—¿Y una migraña?, —sugirió Andrea—. A mí la migraña siempre me
ha funcionado.
Hannah negó con la cabeza.
—Yo no tengo migrañas, y mamá lo sabe.
—No, pero yo sí. —Andrea se giró hacia Norman—. Diles a nuestras
madres que me encontraba tan mal que le supliqué a Hannah que me llevara
a casa y se quedara conmigo hasta que Bill volviera.
—Vale, eso debería colar —dijo Norman—. Pero ¿y si le da por
llamarte y no te encuentra?
—No pasa nada. —Andrea pareció triunfante—. Mamá sabe que,
cuando tengo migraña, siempre desconecto el teléfono. Le dije que no podía
soportar los pitidos de las llamadas.
Norman le dio unas palmadas a Andrea en la espalda.
—Muy lista. Ya veo que lo tienes todo pensado. Iré a buscar a nuestras
madres y se lo diré.
—¿Norman? —Hannah recordó sus buenos modales justo a tiempo—.
Gracias por una noche espléndida. Me lo he pasado muy bien.
—Yo también. Más vale que te pongas en marcha, Hannah. Y toma a
Andrea del brazo y simula que la ayudas a caminar. Aquí vienen nuestras
madres, dispuestas al ataque.
Andrea se puso al volante y recorrieron el largo y sinuoso camino de
entrada. Cuando llegaron al final, se volvió hacia Hannah.
—¿Adónde vamos?
—A mi casa. Puedes dejarme allí.
—¿Dejarte? —Andrea pisó los frenos de golpe y se deslizaron hasta
detenerse en la base del camino de entrada—. ¿Qué quieres decir con eso de
«dejarte»?
Hannah suspiró. Era culpa suya. Había sido ella la que había interesado
a Andrea en el caso de Bill y tendría que haber sabido que eso implicaría
problemas.
—Tengo que hacer algo y podría ser peligroso. No quiero meterte en
líos.
—Pero no te importa meterte tú en ellos, ¿no?
—Claro que me importa. Me andaré con mucho cuidado. Pero tú tienes
un marido y una hija. Debes pensar en ellos.
—Es lo que estoy haciendo y voy a ir contigo. —Andrea la fulminó con
la mirada—. Aquí estamos hablando del ascenso de Bill. Si hay algún modo
en que pueda ayudar, lo haré.
—Pero, Andrea…, sabes muy bien que Bill…
—Deja que me ocupe yo de Bill —la interrumpió Andrea—. Así que
¿adónde vamos?
Hannah suspiró y acabó cediendo. Cuando a Andrea se le metía algo en
la cabeza, no había quien le hiciera cambiar de opinión.
—Primero vamos a cambiar de vehículo y tomamos mi Suburban. Llevo
un par de linternas de esas grandes en la parte de atrás. Luego vamos a casa
de Max Turner.
—¿Y por qué vamos allí?
—Porque a la hora en que se supone que tenía que irse a la convención
Max no fue a ninguna parte. Estaba todavía en su despacho a las seis y
cuarto, reunido con alguien. Ron los vio.
—¿Y?
—Que Max no tiene coartada para la hora de la muerte de Ron.
Sabemos que no está en la convención y que nadie lo ha visto desde las seis
y cuarto del miércoles por la mañana.
—Lo entiendo. Crees que Max mató a Ron y luego huyó. Pero ¿por qué
iba Max a matar a Ron?
—Piensa en lo que Norman acaba de contarnos y tendrás un móvil
posible.
Andrea guardó silencio un instante.
—Vale. Crees que Ron oyó sin querer a Max haciendo alguna clase de
negocio turbio. Y Max siguió a Ron en su ruta y lo mató para que no
pudiera contárselo a nadie. Pero ¿cómo sabes que Ron vio a Max?
Hannah frunció el ceño. Tendría que haber sabido que Andrea acabaría
preguntando eso.
—Me lo dijo mi soplona.
—¿Tu qué?, ¿tu soplona?
—En realidad es más bien una testigo. Me lo dijo la mujer del lápiz de
labios rosa. Ella no vio a Max ni a la otra persona, pero cuando Ron volvió
con su furgoneta, le dijo a ella que Max estaba en su despacho, reunido con
alguien.
Andrea se quedó mirando fijamente a través del parabrisas un largo
momento y luego se volvió hacia Hannah con el ceño fruncido.
—Hay algo que no entiendo. Norman dijo que lo que hacía Max era
legal. ¿Por qué iba Max a matar a Ron si sus negocios eran legales?
—No lo sé —reconoció Hannah—. Lo que sí sé es que tengo que
registrar la casa de Max.
Andrea puso el Volvo en marcha.
—Tienes toda la razón. ¿Vamos primero a tu casa?
—Eso es.
Se dirigieron al complejo de apartamentos de Hannah. No llevaban
recorridos ni un par de kilómetros cuando Andrea se echó a reír.
—¿Qué es tan gracioso?
—Tú. Registrar la casa de Max no será peligroso en absoluto. Max no
es tonto. Si mató a Ron no se esconderá ahí, esperando que alguien encaje
todas las piezas y le detenga.
—Eso es verdad.
Andrea apartó los ojos de la carretera para mirar con curiosidad a su
hermana.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que sería peligroso?
—Porque la casa de Max estará cerrada a cal y canto y, como nos
detengan por allanamiento de morada, Bill nos matará a las dos…
CAPÍTULO DIECIOCHO

H Hannah salió de la autopista y entró en la vía de acceso que pasaba


por delante de la lechería Cozy Cow. El enorme edificio de
hormigón estaba vacío a esa hora de la noche y su pintura blanca
centelleaba bajo el resplandor de los mil vatios de las luces de seguridad
que se habían instalado sobre postes alrededor del perímetro. Las luces de
seguridad no eran en realidad necesarias. Ningún ladrón en sus cabales
irrumpiría en una lechería para robar nata o mantequilla, pero Hannah
supuso que Max había conseguido una rebaja en su seguro al iluminar el
recinto de ese modo.
—Este sitio da miedo por la noche. —La voz de Andrea tembló
ligeramente y Hannah sospechó que su hermana se estaba arrepintiendo de
haber querido acompañarla—. ¿Max no tiene un turno de noche?
—No. No hay nada que hacer hasta que llegan los camiones cisterna de
las granjas por la mañana. Salvo los repartidores, nadie viene por aquí hasta
las siete y media.
—Me siento una tonta vestida de este modo. —Andrea bajó la mirada a
la sudadera negra y los tejanos que Hannah había insistido en que se pusiera
—. Tus tejanos me quedan demasiado grandes. He tenido que doblarme tres
veces las perneras y sujetármelos con un alfiler en la cintura. Y esta
sudadera con capucha huele como si la hubieras sacado de un cubo de
basura. Y además, ¿por qué tenemos que ir vestidas como ladronas de
casas? La vivienda de Max está a casi un kilómetro de la carretera. No
puede vernos nadie.
—Lo siento, Andrea. Mi fondo de armario no es tan amplio como el
tuyo. Eso era lo único que tenía que más o menos te va bien, y no me
pareció que quisieras venir con tu vestido de gala.
Andrea dejó escapar un largo suspiro.
—Tienes razón. Es que estoy un poco nerviosa, nada más. No dejo de
pensar en cómo se pondrá Bill si nos pillan.
—No nos van a pillar. Ya te lo he dicho antes, si tenemos que entrar por
la fuerza, me encargo yo. Y si pasara lo peor, puedes decirle que intentaste
impedírmelo, pero no te hice caso.
—Eso sería muy feo. —Andrea volvió a suspirar, y luego hizo una
mueca cuando saltaron sobre un bache de la carretera—. Con todo el dinero
que tiene Max, ¿no te parece que podría aplanar su camino de entrada de
vez en cuando?
Avanzaron en silencio durante poco más de un minuto. Al acercarse a la
casa de Max, Hannah apagó los faros y condujo lo que quedaba de camino
iluminada por la luz de la luna.
—Debe de haberse ido. No se ve ninguna luz —dijo Andrea en voz baja
mientras Hannah se detenía delante del garaje de Max y apagaba el motor
—. Ya te dije que no estaría en casa.
—No esperaba que estuviera, pero voy a llamar al timbre, por si acaso.
—¿Y si alguien responde? —Andrea sonó asustada.
—¿Quién?
Andrea se estremeció.
—No lo sé. Alguien.
—Entonces pensaré en algo que decir. —Hannah se apeó de su
Suburban y se dirigió al timbre, deseando estar tan segura de sí misma
como parecía. Si Max respondía a la llamada, ella tendría que dar muchas
explicaciones. Pero Max no respondió y Hannah volvió al coche con una
sonrisa en la cara.
—Ahí no hay nadie. Vamos, Andrea, revisemos su garaje. Podemos
asomarnos por las ventanas.
—¿Cómo? —Andrea se bajó del Suburban y alzó la mirada hacia las
estrechas ventanas que formaban una franja por encima de la puerta del
garaje—. Están demasiado altas para que podamos asomarnos.
—No pasa nada. —Hannah se subió al capó del Suburban y le hizo un
gesto a Andrea para que le pasara una linterna. Dirigió el poderoso haz
luminoso a través de la estrecha franja de ventanas y lo que vio la hizo
contener la respiración.
—¿Qué pasa?, —susurró Andrea—. ¿Qué hay ahí dentro, Hannah?
Hannah se bajó del capó, intentando no parecer tan conmocionada como
se sentía.
—El coche de Max sigue ahí.
—Si su coche sigue ahí, ¡él tiene que estar en casa! —Andrea estaba tan
perpleja que se olvidó de hablar en voz baja—. ¡Vámonos de aquí, Hannah!
El instinto de huida de Hannah era tan fuerte como el de su hermana,
pero se impuso su sentido del deber.
—No podemos irnos así como así. Si Max está dentro, podría estar
enfermo, o herido, o… incluso algo peor.
Andrea ahogó un grito, y Hannah supo que su hermana había entendido
a qué se refería con «algo peor».
—No hagas tonterías, Hannah. Llamemos a Bill.
—Vete a buscarlo. Las llaves están puestas. Yo voy a ver si está Max.
—Pe… pero… —Andrea empezó a tartamudear, y Hannah supo que
estaba aterrada—. No puedo dejarte aquí sola, Hannah. ¿Y si Max está
muerto y su asesino sigue ahí dentro?
—Si Max está muerto, su asesino hace mucho que se ha ido. Sé
razonable, Andrea. Si asesinaras a alguien, ¿te quedarías en su casa con él
durante dos días enteros?
—No —reconoció Andrea—. Pero no puedo evitar pensar que va a
pasar algo terrible. ¿Te acuerdas de Charlie Manson?
—Eso fue en California. Anda, quédate aquí y hazme de centinela. Si
ves que se acercan unos faros por el camino de entrada, llama al timbre de
Max.
—De ningún modo, Hannah. No pienso quedarme aquí sola.
—En ese caso, ven conmigo. —Hannah sabía que estaban
desperdiciando un tiempo precioso—. Aclárate de una vez, Andrea; yo voy
a entrar.
—Iré contigo. Es mejor que quedarme aquí sola. ¿Y cómo vamos a
entrar?
—Todavía no lo sé. —Hannah retrocedió para examinar la casa. No
había una forma fácil de acceder—. Supongo que tendré que romper una
ventana.
—Ni se te ocurra. Bill dice que mucha gente deja abierta la puerta que
conecta su garaje con su casa y por ahí entran los ladrones. Quizá Max haya
dejado la suya sin cerrar.
—Eso está muy bien, pero ¿cómo vamos a entrar en el garaje de Max
sin un mando a distancia? Tiene un sistema automático para abrir la puerta
del garaje. He visto el equipo eléctrico al asomarme.
—Yo sé cómo. —Andrea sonó muy orgullosa de sí misma—. Vi hacerlo
una vez a Bill, cuando nuestro mando a distancia no funcionó. Tiró con
todas sus fuerzas de la manija de la puerta hacia arriba, y la puerta se abrió
un par de palmos, justo lo necesario para que yo pasara arrastrándome. Creo
que podríamos hacerlo si tiramos las dos a la vez.
—Merece la pena intentarlo. Busquemos algo para apalancar la puerta
cuando la hayamos levantado.
—¿Qué te parecen esas cajas? —Andrea señaló el montón de anticuadas
cajas de madera para leche que se apilaban a un lado del camino de entrada
de Max.
—Nos servirán. —Hannah se acercó para recoger una de las cajas de
leche. La colocó al lado de su pie y entonces agarró la manija de la puerta
del garaje—. Ven aquí y ayúdame a levantarla. Si podemos abrirla,
empujaré la caja de leche con el pie hasta meterla debajo.
Requirió un par de intentos, pero al final consiguieron levantar la puerta
casi treinta centímetros. Hannah la sujetó con la caja de leche y dio un paso
atrás para observar cuidadosamente la abertura.
—Es bastante pequeña; no creo que pueda pasar por ahí.
—Yo sí. —Andrea sonó asustada, pero fue capaz de sonreír a su
hermana—. Calzo solo un treinta y siete. Pásame la linterna cuando haya
entrado.
Hannah observó cómo su hermana se estiraba sobre el camino de
entrada en una de las esquinas, donde la abertura era más amplia, y
empezaba a arrastrarse. Andrea no había querido entrar, pero ahí estaba,
introduciéndose poco a poco en el oscuro garaje.
—Muy bien, estoy dentro. —Andrea sacó la mano a través de la rendija
—. Dame la linterna.
Hannah le pasó la linterna y observó cómo la luz se desvanecía a
medida que su hermana penetraba en las profundidades del garaje. Al cabo
de un momento, la puerta del garaje se abrió deslizándose suavemente y
Hannah se metió dentro.
—¿Hannah? —Andrea le hizo un gesto con el haz de luz de la linterna
para que se acercara al coche de Max—. Creo que deberías echarle un
vistazo a esto.
Por un momento, Hannah no supo a qué se refería su hermana. El
Cadillac nuevo de Max le parecía en perfecto estado. Pero entonces se fijó
en que había un portatrajes transparente colgado de un gancho en el asiento
de atrás. Dos maletas reposaban cerca del maletero, como si alguien hubiera
planeado meterlas dentro más tarde, y había también un maletín abierto en
el asiento del pasajero.
—Max estaba metiendo sus cosas en el coche, pero no acabó. —Andrea
hizo un gesto hacia las maletas.
—Porque algo o alguien se lo impidió. —Hannah expresó la conclusión
obvia. Max había intentado ir a la Convención de Fabricantes de
Mantequilla. Sus trajes colgaban de las fundas portatrajes, sus maletas
estaban listas para meterlas en el maletero y tenía el maletín en el asiento—.
Enciende la luz del garaje, Andrea.
Una vez el garaje estuvo inundado de luz, Hannah dio la vuelta al
Cadillac y abrió la puerta del pasajero. Miró el maletín de Maxy respiró
hondo. La cartera de Max estaba dentro y la cogió.
—¿De verdad crees que debemos fisgonear sus cosas personales?
Hannah se dio la vuelta y se quedó mirando impertérrita a su hermana.
—¿Y por qué no? En la consulta de Norman no parecías tener tantos
escrúpulos.
Las mejillas de Andrea adquirieron un tono rojizo apagado y cerró la
boca. No dijo palabra mientras Hannah abría la cartera y contaba los billetes
que había dentro.
—Mil doscientos en efectivo, su permiso de conducir y varias tarjetas
de crédito —informó Hannah.
—Entonces Max no asesinó a Ron y huyó. —Andrea sonó muy segura
de sí misma—. Podría haber dejado las tarjetas de crédito y el permiso de
conducir para evitar que le siguieran la pista. Pero ¿el dinero en efectivo?
Se lo habría llevado.
—Tienes razón. —Hannah hojeó los documentos del maletín y sacó una
agenda para la Convención Triestatal de Fabricantes de Mantequilla. Tenía
una línea subrayada en amarillo que decía: «Discurso de inauguración a
cargo de Maxwell Turner, 10 de la mañana».
—Mira esto, Andrea.
Andrea se fijó en la línea subrayada.
—El discurso que Max no dio.
—Me pregunto dónde estará el texto. —Hannah empezó a fruncir el
ceño—. Betty dijo que trabajó hasta tarde el martes por la noche, estuvo
mecanografiándolo. Lo dejó encima de su mesa para que lo recogiera Max,
y dijo que ya no estaba cuando ella llegó a trabajar el miércoles por la
mañana.
Andrea pareció desconcertada.
—¿No está en el maletín de Max?
—No. Revisemos la casa.
Andrea puso cara de que lo último que quisiera hacer en esta vida fuera
entrar en casa de Max.
—¿Tenemos que hacerlo?
—Creo que sí. Max puede haberse dejado algo que nos dé una pista de
dónde está.
—Muy bien —convino Andrea a desgana—. ¿No te parece que
deberíamos ir armadas, por si acaso?
—Buena idea. —Hannah agarró un martillo de carpintero de la mesa de
trabajo que había junto a la puerta y a Andrea le pasó un mazo de goma. Un
martillo y un mazo no eran rivales para un asesino con una pistola, pero ella
estaba casi segura de que no había nadie dentro. Si ir armadas con
herramientas de carpintero hacía que Andrea se sintiera más segura, no iba a
llevarle la contraria.
Hannah intentó girar el pomo de la puerta que conectaba ambos
espacios, pero este no cedió.
—¡Oh, genial! Max sí cerró su puerta. Mira si se dejó las llaves en el
Cadillac, ¿quieres? Me pareció verlas en el contacto.
Andrea corrió de vuelta al Cadillac y regresó con las llaves. Se las pasó
a Hannah y observó cómo su hermana abría la puerta.
Hannah entró en la cocina, encendió la luz y se sobresaltó un poco al
ponerse ruidosamente en marcha la nevera.
—Bonita cocina. Supongo que a Max le gustaban las vacas.
Todos los pomos de la hilera de armarios de cocina estaban pintados de
manchas blancas y negras, como una vaca frisona. Había una colección de
vacas de porcelana en poses diversas sobre los estantes de la ventana que
daba al invernadero, encima del fregadero, y una gran bandeja pintada con
vacas retozando alrededor del filo colgada sobre los fogones. Había imanes
con vacas sobre la puerta de la nevera, una jarrita para la leche y una
azucarera con formas de vaca sobre la mesa, y un tarro de galletas con la
misma forma en el mármol. Un perro pastor se habría vuelto loco en la
cocina de Max intentando reunir a todas aquellas vacas.
—Un poco excesivo para mi gusto —reconoció Andrea—, pero
supongo que Max tenía que hacer algo con todos los regalos de cosas de
vacas que le hacía la gente. Ese es el problema de las colecciones. Una vez
la gente se entera de que coleccionas algo, te lo regalan siempre.
En la cocina había un extraño olor a quemado y Hannah se fijó en que la
luz roja de la cafetera estaba encendida. Cuando fue a apagarla se dio
cuenta de que la jarra estaba seca y solo quedaba un poso negro que antes
había sido café.
—Max se dejó la cafetera encendida.
—No le eches agua —le advirtió Andrea—. Yo lo hice una vez y la jarra
se agrietó.
Hannah puso el recipiente de cristal sobre uno de los fogones apagados
de Max para dejarlo enfriar. Entonces se fijó en un termo que había sobre el
mármol, al lado de un paño de cocina con alegres bovinos pastando sobre el
rizo de algodón de color verde.
—Max debía de tener pensado volver aquí. Preparó una jarra de café
para llenar el termo. Seguramente quería llevárselo para el viaje.
Andrea miraba con angustia el termo vacío y Hannah supo que estaba
pensando en lo que le habría pasado a Max. Agarró a su hermana del brazo
y tiró de ella hasta que dejaron atrás los armarios con sus pomos de vacas y
entraron en el salón vacío.
Hannah encendió las luces, pero no había el menor rastro de que nadie
hubiera estado allí desde que Max se había ido el miércoles por la mañana
temprano. Miró a su hermana —cuya expresión angustiada perduraba en su
rostro— y decidió que más valía que hiciera algo, y rápido. La cara de
Andrea había empalidecido, le temblaban las piernas y tenía el aspecto de
estar a punto de desmayarse.
—¿Andrea? Necesito que me eches una mano —le ordenó Hannah en el
mismo tono de voz que Delores utilizaba cuando, de pequeñas, les decía
que ordenasen sus habitaciones—. ¿Habías estado antes en la casa de Max?
Andrea parpadeó una, dos veces y entonces se volvió hacia Hannah.
Parecía desorientada y muy asustada.
—¿Qué has dicho?
—Que si habías estado antes en la casa de Max.
Andrea asintió. Sus mejillas empezaban a recuperar un poco de color
ahora que Hannah le había dado otra cosa en que pensar.
—Al me mandó venir con unos documentos el pasado otoño. Max había
comprado una finca en Browerville y Al se encargaba de su papeleo.
—¿Y te acuerdas del aspecto que tenía la casa por entonces?
—Claro que me acuerdo. Soy agente inmobiliaria. —La voz de Andrea
sonó menos dubitativa—. Max incluso me la enseñó. Fue justo después de
que la hubiera remodelado y yo quería verla. Se me ocurrió que a lo mejor
querría ponerla en venta más adelante y mudarse a una casa más grande en
el centro.
Hannah sonrió y le dio una palmada en el hombro.
—Sabía que podía contar contigo. Manten los ojos abiertos por si ves
algo que te parezca fuera de lugar. ¿Qué me dices de este salón? ¿Tiene el
mismo aspecto que entonces?
Andrea miró a su alrededor.
—Todo es igual, salvo el sofá. Antes tenía uno negro con cojines con
estampados de vacas. ¿Ves el cuadro que hay encima de la chimenea? Me
contó que lo había pintado su madre a partir de una fotografía antigua. Es el
abuelo de Max delante de la lechería original.
—No sabía que la madre de Max fuera una artista. —Hannah examinó
la pintura. No era muy buena.
—Está claro que no lo era. —Andrea se recuperó lo suficiente para
sonreír—. Está hecho con una plantilla de esas de pintar por números. Se
vendían muy bien en los años cincuenta. Ella enviaba la fotografía y le
devolvían el lienzo con numeritos en los espacios de manera que sabía qué
color utilizar en cada uno. Me sentí muy tentada de decirle a Max lo malo
que era, pero no lo hice, claro.
Ahora que Hannah se había acercado, vio algunos de los números que
asomaban a través de la pintura; dudaba que el abuelo de Max llevara
tatuado en la frente el número diecisiete.
—Vayamos a las otras habitaciones. Dime si ves algo que no recuerdes.
Con Andrea detrás, Hannah recorrió el pasillo con premura y fueron por
todas las habitaciones de la casa. Andrea señaló unas cortinas nuevas en el
estudio, una disposición un poco distinta del mobiliario en el despacho de
Max y un papel pintado nuevo en el comedor. El dormitorio de Max había
sido pintado de nuevo desde que ella lo había visto. Había cambiado el
fondo del azul al verde, y el cuarto de invitados tenía una alfombra trenzada
nueva en el suelo. Cada una de las habitaciones tenía al menos la figura de
una vaca en alguna forma.
—¿Cómo puedes acordarte de qué aspecto tenía todo?, —preguntó
Hannah. La asombraba la cantidad de información que Andrea había
recordado a partir de una única visita a la casa de Max.
Andrea se encogió de hombros con modestia.
—Siempre he tenido buen ojo. Por eso sabía cuándo mamá había
entrado en mi habitación. Si había movido algo, por diminuto que fuera, lo
descubría.
—¿Y no hay nada, por diminuto que sea, fuera de lugar en la casa de
Max? —Hannah seguía hablando mientras completaban el círculo y se
acercaban de nuevo a la cocina. No quería que Andrea pensara en lo que
podría haberle sucedido a Max.
—No que yo vea, salvo… —Andrea se detuvo junto a la puerta que
daba al garaje y estiró la mano para tocar un gancho vacío que había a un
lado del marco de la puerta—. Espera un momento, Hannah. Creo que había
una llave aquí.
—¿Qué clase de llave?
Andrea cerró los ojos por un instante y luego los abrió de golpe.
—Una llave metálica azul brillante en un llavero con forma de vaca.
Estaba colgada aquí cuando Max me enseñó la cocina. La vaca era muy
mona, marrón y blanca con un pequeño…
—¿Sabes de qué era la llave?, —exclamó Hannah, interrumpiendo la
descripción de su hermana.
—De la lechería. Max dijo que la utilizaba cuando iba a trabajar y no
quería ir cargando con todas las llaves. Me dijo que cogía esa llave y el
mando para abrir la puerta del garaje y… —Andrea dejó de hablar y se
volvió hacia Hannah—. ¡Eso fue lo que debió de hacer el miércoles por la
mañana! Cuando volví a su coche a coger las llaves, me fijé en que el
mando de la puerta del garaje no estaba en la visera.
—Creo que tienes razón. El miércoles por la mañana Max empezó a
meter todo en su coche para el viaje, pero no tuvo tiempo de acabar antes de
la reunión. Dejó el maletín abierto porque necesitaba recoger el discurso
que había mecanografiado Betty. Cuando acabó la reunión, tenía pensado
volver aquí y salir para la convención. Pero Max no volvió. La última vez
que alguien lo vio fue en su despacho de Cozy Cow. Su rastro se pierde en
la lechería.
Andrea puso mala cara.
—Espero que no digas lo que creo que vas a decir.
—Pues sí. —Hannah cerró el garaje e hizo salir a su hermana por la
puerta principal de la casa de Max—. No nos queda otra. Tenemos que
registrar la lechería.
CAPÍTULO DIECINUEVE

H annah puso en marcha el Suburban, agarró la bolsa de galletas que


siempre llevaba en la parte de atrás y se la lanzó a Andrea.
—Cómete una. Necesitas un poco de chocolate. Hará que te
sientas mejor.
—No necesito chocolate. ¡Lo que necesito es un loquero! Un psiquiatra
me haría falta para saber por qué acepté esta idea tuya, tan descabellada e
idiota… y para… —Andrea dejó de hablar, demasiado nerviosa para seguir.
Entonces metió la mano en la bolsa, sacó una galleta y la mordió con furia.
La masticó, la tragó y luego suspiró—. Qué buenas están, Hannah.
—Se llaman delicias de cereza bañadas en chocolate. Mamá me dio la
idea para la receta cuando me dijo que papá siempre le llevaba cerezas
bañadas en chocolate cuando ella se enfadaba con él.
Andrea sacó otra de la bolsa y le dio un buen mordisco.
—¿Estás absolutamente segura de que tenemos que entrar en la
lechería?
—Lo estoy. —Hannah giró al final de la carretera de acceso a la casa de
Max y entró en el aparcamiento de Cozy Cow.
—¿Y no podríamos intentar llamar a Bill antes?
—Bill está hasta arriba de trabajo —respondió Hannah. Aparcó en el
rincón más oscuro del estacionamiento y se volvió a su hermana. Andrea
tenía mucho mejor aspecto y las manos ya no le temblaban—. Relájate,
Andrea. Max no está dentro. De ninguna manera. A estas alturas, Betty o
alguno de los otros empleados lo habrían encontrado. Lo único que vamos a
hacer es buscar pistas en su despacho.
—Eso es verdad. —Andrea fue capaz de esbozar una sonrisa dubitativa.
—Entonces, ¿qué? ¿Entras conmigo?
—Lo que seguro que no voy a hacer es quedarme sentada sola en el
aparcamiento, ¡no con un asesino suelto! Y no es que estemos cometiendo
un allanamiento de morada o algo así. Tú tienes las llaves de Max.
—Así es. —Hannah sabía que no era el momento para recordarle a
Andrea que, si tenían esas llaves, era porque habían irrumpido ilegalmente
en el garaje de Max—. Llévate las linternas. No quiero encender ninguna
luz dentro. Alguien podría verla desde la carretera.
Andrea buscó las linternas en la parte de atrás.
—Vas a deberme un buen montón de galletas por todo esto, Hannah.
Que sean las delicias de cereza bañadas en chocolate.
—Trato hecho. —Hannah se hizo con la linterna que le tendía Andrea y
se apeó del vehículo. La temperatura había bajado durante la última hora y
se estremeció mientras cruzaban el aparcamiento hasta la puerta trasera.
Miró las llaves iluminadas por las luces de seguridad y bendijo a Max por
haberlas etiquetado.
Seleccionó la que estaba marcada como «Puerta trasera», y estaba a
punto de introducirla en la cerradura cuando Andrea ahogó una
exclamación.
—¿Qué? —Hannah se dio la vuelta para mirar a su hermana.
—Acaba de ocurrírseme: ¿y si la lechería tiene un sistema de seguridad?
Podríamos disparar la alarma.
—¿Bromeas? Un sistema de seguridad para un lugar tan grande como
este costaría una fortuna. ¿De verdad piensas que Max se gastaría ese
dinero?
—No, seguramente no. —Andrea dejó escapar un audible suspiro de
alivio—. Adelante, Hannah. No ha sido más que una ocurrencia.
Hannah no mencionó que ella había pensado lo mismo. Incluso había
buscado la fecha de nacimiento de Max en su permiso de conducir. Si había
un teclado en el interior de la puerta trasera, tenía intención de marcar los
números dos, tres y cuarenta y nueve. Había leído en alguna parte que la
mayoría de la gente utilizaba su fecha de nacimiento como código para sus
sistemas de seguridad. Si empezaban a sonar las alarmas, volverían
corriendo al Suburban y saldrían de allí pitando.
La llave giró, la puerta se abrió y Hannah entró. Ni teclado, ni luces
rojas centelleando, ni zumbidos, ni repiqueteos, ni pitidos. Menos mal. No
habría sido propio de Max aflojar dinero extra en un sistema de alarma,
pero Hannah no había estado segura al cien por cien.
—Vamos, Andrea. —Hannah le hizo un gesto a su hermana—. Su
despacho está al final de este pasillo, a la derecha.
Andrea entró con cautela.
—¿Y cómo sabes tú eso?
—Lo recorrí entero cuando estaba en sexto. Vinimos aquí de excursión
y Max nos enseñó las instalaciones.
—Pues nosotros no vinimos cuando yo estaba en primaria. —Andrea
sonó un poco mosqueada.
—Ya. Acabaron las excursiones justo después de que las hiciera mi
curso. Me parece que tuvo algo que ver con Dale Hoeschen. Se tropezó con
una caja y casi se cayó dentro de una cuba de nata.
Andrea sonrió. Había mejorado claramente de ánimo.
—Ya sabía yo que había algo de Dale que no me gustaba.
Hannah tomó la delantera por el pasillo y entró en la parte central de la
lechería. Era un espacio grande y cavernoso, nada agradable para explorarlo
por la noche. Sus linternas eran potentes, pero los dos haces de luz no
podían disipar las sombras acechantes. Hannah estaba convencida de que el
lugar parecería completamente ordinario si pudieran encender las luces del
techo, pero varias hileras de ventanas de ladrillo de vidrio salpicaban la
fachada del edificio y no quería correr el riesgo de que alguien que pasara
por la autopista se fijara en la luz.
—¿Estás segura de que sabes dónde vas? —La voz de Andrea sonó
extrañamente alta en el silencio.
—Eso creo —respondió Hannah—. Tendría que haber otro pasillo… Sí,
ahí está. —Hannah apuntó el haz de su linterna a la entrada del segundo
pasillo—. El despacho de Max debería ser la segunda puerta a la izquierda.
El de Betty es la primera.
Al entrar en el segundo pasillo, Hannah se fijó en que Betty había
puesto los horarios de reparto en un tablero de corcho justo en su puerta.
Los nombres de los conductores estaban en la lista y sus rutas se marcaban
con las horas de cada entrega. El nombre de Ron todavía aparecía con su
ruta. Betty debía de estar esperando instrucciones de Max antes de cambiar
el nombre del conductor.
El despacho de Max estaba donde Hannah lo recordaba, señalado con
una placa de metal con su nombre en la puerta. Hannah la abrió, entró y
pasó el haz de luz de su linterna por las paredes. No había ventanas
exteriores. Si cerraban la puerta a sus espaldas, podrían encender las luces.
—Entra y cierra la puerta —le dijo Hannah a su hermana.
Andrea entró rápidamente y cerró tras de sí.
—Dios, asusta andar por ahí afuera.
Hannah coincidió con ella. Las rodillas todavía le temblaban
ligeramente, pero optó por no darle importancia para no asustar más a su
hermana.
—Es solo porque es un espacio inmenso y oscuro. Aquí puedes
encender las luces. Seguramente hay un interruptor al lado de la puerta.
—¿Estás segura? —Andrea sonó muy nerviosa.
—Totalmente. Lo he comprobado y no hay ventanas. Nadie verá la luz
si mantenemos la puerta cerrada.
Andrea encontró el interruptor que había en la pared y, al momento, una
luz intensa inundó el despacho desde una lámpara del techo. Ambas
hermanas exhalaron un suspiro de alivio mientras contemplaban el cuarto.
El despacho de Max era enorme y estaba decorado con gusto, con una
moqueta gris de punta a punta y un tejido de ramio amarillo claro en las
paredes. Había varios grabados de flores enmarcados colgados en lugares
estratégicos; y el mobiliario tapizado, confeccionado en un dibujo a franjas
de coral apagado, verde oscuro y dorado, copiaba los colores de los
grabados de flores.
—Es una bonita combinación de colores —comentó Andrea—. Lo
único que no va a juego es la silla del escritorio de Max.
Hannah miró la vieja silla giratoria de cuero marrón que estaba detrás
del escritorio moderno de ejecutivo.
—Supongo que a Max le importaba más la comodidad que el estilo.
Dos sillas más pequeñas estaban delante del escritorio para las visitas y
había una pequeña mesa redonda entre ellas. A un lado del salón había un
espacio para conversar y tres puertas: una que era por la que acababan de
entrar, otra que Hannah supuso que conectaba con el despacho de Betty y la
última, más antigua, tallada con tosquedad, en el centro de la pared del
fondo.
—¿Qué es esa puerta? —Andrea señaló la única puerta que no hacía
juego con el resto de la decoración.
—Esa lleva a la vieja lechería —le dijo Hannah—, la que aparece en el
cuadro que había pintado la madre de Max. Es la puerta original y Max nos
habló de ella durante la excursión. Dijo que la antigua lechería era histórica
y que decidió conservarla, aunque le costara más caro incorporarla a sus
planes de ampliación. La llamó su «contribución a la historia de este
mundillo».
Andrea se rio.
—¿Y tú te lo tragaste?
—¿Que si me tragué qué?
—Max no conservó intacta la antigua lechería por su corazón
bondadoso. Consiguió una enorme exención de impuestos por preservar un
lugar histórico. Lo único que tienes que hacer es conectar una de las
paredes originales a la nueva construcción.
—Supongo que no debería sorprenderme. —Hannah negó con la cabeza
—. Todo el mundo ha dicho siempre que Max es un astuto hombre de
negocios.
Andrea se agachó para tocar la alfombra aterciopelada.
—Max debió de gastarse parte del dinero que se ahorró en impuestos
para comprar esta alfombra. Es la más gruesa que confeccionan y caminar
por ella es como pisar almohadas. Yo la quería para nuestro dormitorio,
pero me pareció que sería muy difícil de mantener en buenas condiciones.
Quedan huellas cada vez que la pisas. Y además es espantosamente cara.
Por el precio que piden, ya podrían confeccionar algo más fácil de cuidar.
Hannah atisbó una agenda encuadernada en cuero en el aparador que
había junto a la puerta y se acercó para hojearla. En el miércoles ponía:
«Convención FM». Reconoció la letra de Betty. Había otra nota en la parte
de arriba, garabateada con lo que supuso era la letra descuidada de Max.
Decía: «Reunión con W».
—Fíjate, Hannah —dijo Andrea con voz apremiante—. ¿Ves todas las
huellas que hay en la alfombra?
Hannah bajó la mirada a la alfombra y vio huellas marcadas en el
grueso pelaje.
—Eres un genio, Andrea. Si no lo hubieses mencionado, las habría
pisoteado. Sígueme y mantente pegada a los lados de la habitación. Veamos
si encontramos algunas huellas delante del escritorio de Max.
Sin apartarse de la pared, Hannah avanzó hasta que quedó a la altura de
la parte de delante del escritorio de Max.
—¡Ahí! Eso prueba que alguien estuvo aquí con Max.
—Y sabemos que Max estuvo aquí. ¿Ves esas marcas de las ruedas de
su silla?
—Las veo —dijo Hannah, y entonces señaló otra serie de huellas—.
Pero me preocupan más esas.
Andrea estudió las hendiduras en el pelo de la alfombra.
—Van directas a esa puerta.
—La lechería original. Max debió de llevar allí a su visitante. Más vale
que lo comprobemos.
—¿Y por qué iba a llevar a alguien ahí?
—Nos dijo que la utilizaba para almacenar papeles antiguos —explicó
Hannah—. Vamos, veamos si está abierto.
Con Andrea pegada a sus talones, Hannah abrió la puerta y encontró el
interruptor de la luz. Hizo un gesto hacia los estantes de archivadores que
forraban las paredes del pequeño edificio de ladrillo.
—Supongo que todavía lo utiliza como almacén.
—¿Es esa la caja de caudales originales? —Andrea señaló la antigua
caja fuerte de un rincón.
—Debe de serlo. Parece antigua. —Hannah se acercó para examinar la
puerta de la caja. Estaba abierta de par en par, pero no parecía dañada—.
Max debió de abrirla por alguna razón.
Mientras Hannah revisaba el contenido, no paraba de hablar para que
Andrea supiese qué estaba haciendo.
—No hay rastro de robo ni nada por el estilo. Aquí hay un fajo de
efectivo y un joyero. —Hannah lo abrió y miró dentro—. Hay un par de
gemelos de oro. Parecen antiguos. Tal vez pertenecían al abuelo de Max. Y
un antiguo reloj de bolsillo y un anillo de diamante masculino. Y un Rolex.
Este debe de ser más reciente. No creo que sea de cuando vivía el padre de
Max. No he visto que hubiera ninguna caja fuerte en casa de Max, así que
supongo que es aquí donde guarda sus objetos de valor personales.
Le llamaron la atención unos cuantos documentos grapados que había
en uno de los estantes, y Hannah los levantó.
—Aquí está el discurso que Betty mecanografió para Max, encima de
estas carpetas. Max debió de recogerlo de la mesa de Betty antes de venir
aquí.
Hannah dejó el discurso a un lado y abrió una de las carpetas. Contenía
documentos legales que parecían contratos de préstamo. Al leer el nombre
se le abrieron los ojos de par en par.
—He encontrado los documentos del préstamo que firmaron los padres
de Norman. Les han puesto el sello de «Saldado» y los han firmado con las
iniciales de Max. Espera un momento y déjame echar un vistazo a algunas
de estas carpetas. Quiero ver si hay alguien más que conozca.
Luego, tras mirar el contenido de otra carpeta, dijo:
—Aquí hay uno de Frank Birchum. Y sus documentos llevan el sello
«Ejecutado». Los Birchum se marcharon de aquí hará unos seis años, ¿no?
Andrea no respondió y Hannah frunció el ceño.
—¿Andrea? Tú conocías a los Birchum, ¿no? Vivían al lado del parque
de bomberos, y Frank era el dueño del almacén de madera, antes de que los
Hedin se lo quedaran. ¿Te acuerdas de cuándo se fueron de la ciudad?
Tampoco hubo respuesta y Hannah se dio la vuelta para ver qué hacía su
hermana. Andrea estaba cerca de la puerta y parecía petrificada. En sus ojos
había aparecido una mirada vidriosa y miraba hacia el rincón más alejado
del cuarto.
—¿Andrea? —Hannah se acercó y agarró a su hermana del brazo. Lo
sacudió suavemente, pero Andrea no pareció percatarse—. Me estás
asustando, Andrea. ¡Háblame!
Pero Andrea no abrió la boca. Se estremeció y siguió mirando al rincón
alejado con una expresión de horror en la cara. Hannah se dio la vuelta y
trató de buscar aquello que estaba asustando tanto a su hermana. No era de
extrañar que Andrea se hubiera quedado sin palabras. ¡Dos pies asomaban
de detrás de uno de los estantes de archivadores!
—No te muevas. —Hannah se dio cuenta de lo innecesario del aviso,
pero no se le ocurrió otra cosa que decir—. Yo voy a ver.
Aunque Hannah ya se esperaba lo peor, lo que vio no dejó de
conmocionarla. Era Max, boca arriba, con un orificio, muy similar al que
había visto en la camisa de la lechería Cozy Cow de Ron, en el centro de su
pecho. Tenía los ojos completamente abiertos, mirando a la nada, igual que
Ron.
Max estaba muerto. A Hannah no le hacía falta un médico que se lo
certificara. La sangre en su camisa se había secado del todo y Hannah
supuso que llevaba muerto cierto tiempo, seguramente desde poco después
de su reunión el miércoles por la mañana.
Hannah volvió junto a su hermana y la agarró del brazo. No había forma
fácil de decírselo.
—Es Max y está muerto. Vamos a buscar a Bill.
—Bill. —Andrea se las apañó a duras penas para pronunciar su nombre.
—Eso es. Venga, Andrea. Vamos al escenario del accidente y allí lo
encontraremos. ¿Y Tracey? ¿Tienes que ir a casa con ella?
Andrea negó con la cabeza. Fue un movimiento espasmódico, casi
mecánico, pero a Hannah la alivió. Al menos estaba reaccionando.
—Con Lucy. Esta noche. En la granja.
—Bien. —Hannah entendió lo que Andrea intentaba decir. Lucy
Dunwright era amiga de Andrea, y su hija, Karen, tenía la edad de Tracey.
Tracey pasaría la noche con Karen en la granja familiar.
Hannah miró hacia la caja fuerte y tomó otra de sus decisiones sobre la
marcha, de esas que con frecuencia la metían en líos. Estaba en la escena de
un crimen y todos los documentos de Max se considerarían pruebas.
Hannah sabía que no debía tocar nada, pero Norman le había dicho lo
mucho que se avergonzaría su madre si alguien descubría los documentos
del préstamo que habían firmado con Max. Ese préstamo había sido saldado
hacía más de cinco años. La fecha constaba en los papeles. No tenía nada
que ver con el crimen y no había ninguna razón por la que alguien más
debiera enterarse.
Hannah solo tardó un segundo en hacerse con la carpeta y meterla en la
delantera de su chaqueta. Entonces recogió su linterna y fue a tomar a
Andrea de la mano.
—Anda, Andrea, nos vamos ya.
Andrea estaba conmocionada y, cuanto antes salieran de allí, mejor.
Hannah tiró de ella hasta el despacho de Max y la condujo alrededor del
perímetro de la alfombra hasta salir por la puerta. Rehicieron el camino por
el que habían venido, cruzando el gran espacio abierto y saliendo por la
puerta trasera. Hannah condujo a su hermana al Suburban y abrió la puerta
del pasajero. Ayudó a Andrea a entrar, dio la vuelta y se sentó al volante.
—Cómete otra galleta, Andrea. —Hannah dejó caer la bolsa sobre el
regazo de su hermana—. Te sentará bien.
Andrea metió la mano en la bolsa y sacó una galleta. La miró fijamente
por un instante y le dio un mordisco. Hannah puso el motor en marcha y
salió del aparcamiento, giró para entrar en la autopista y enfiló hacia la
interestatal. No debería costarle encontrar a Bill. Oía las sirenas a lo lejos y
lo único que tenía que hacer era encaminarse hacia el sonido.
Habían recorrido unos ocho kilómetros cuando Andrea emitió una
extraña risotada. Hannah se volvió para mirarla y estiró la mano para darle
unas palmaditas en el brazo.
—Tranquilízate, Andrea. Ya veo luces centelleando. Estaremos ahí en
un momento.
Andrea asintió, y luego volvió a emitir el mismo sonido. Hannah se dio
cuenta de que era una risa sofocada y, mientras escuchaba, se convirtió en
una risa bastante normal.
—¿Qué pasa, Andrea? No te me estarás poniendo histérica, ¿verdad que
no?
—No. —Andrea volvió a reírse—. Me siento mucho mejor. Detesto
reconocerlo, pero quizá tienes razón. Podría ser por el chocolate.
—El chocolate sienta bien. —Hannah volvió a repetir su teoría de cómo
la cafeína y las endorfinas del chocolate calmaban los nervios,
intensificaban la conciencia y proporcionaban una sensación de bienestar. Y
en ese momento sus pensamientos se volvieron hacia Bill y lo furioso que
se pondría cuando le dijeran que habían irrumpido en casa de Max,
registrado la lechería y hallado su cadáver.
—¿Andrea? —Hannah se volvió hacia su hermana—. Creo que me hace
falta una dosis de mi propia medicina. Pásame una de esas galletas.
Delicias de cereza bañadas en
chocolate
Precaliente el horno a 175 °C con la rejilla
en la posición intermedia.

225 g de mantequilla
400 g de azúcar blanco
2 huevos
1/2 cucharadita de levadura en polvo
1/2 cucharadita de bicarbonato
1/2 cucharadita de sal
2 cucharaditas de vainilla
115 g de cacao en polvo
390 g de harina (sin tamizar)
570 g de cerezas al marrasquino*
170 g de pepitas de chocolate
150 g de leche condensada

Derrita la mantequilla e incorpore el


azúcar. Deje enfriar la mezcla y añada los
huevos. Mézclelo bien y añada la levadura,
el bicarbonato, la sal, la vainilla y el cacao,
removiendo después de agregar cada
ingrediente. Añada la harina y mezcle. (La
masa quedará rígida, con tendencia a
desmenuzarse).
Escurra las cerezas y quite los tallos.
Reserve el jugo.

Con los dedos, forme bolas del tamaño de


una nuez. Colóquelas sobre bandejas para
galletas engrasadas (en una de tamaño
estándar caben 12). Presiónelas en el
centro con el pulgar para formar una
hendidura profunda. (Si los inspectores de
sanidad andan cerca, ¡utilice una
cucharilla!). Coloque una cereza en cada
hendidura.

Ponga las pepitas de chocolate y la leche


condensada en un cuenco al baño maría.
Caliéntelo a fuego lento hasta que las
pepitas se fundan. (Si lo hace en el
microondas, compruébelo a menudo para
evitar que se endurezca).

Añada aprox. 30 ml del jugo de cereza


reservado y remueva bien. Si el glaseado
es demasiado espeso, añada más jugo en
pequeñas cantidades. (Compruébelo con
una cucharilla. Si no gotea, es demasiado
espeso).
Con una cuchara vierta glaseado en el
centro de cada galleta para cubrir la cereza
sin que se derrame por los lados.

Hornee a 175 °C de 10 a 12 minutos.


Déjelas enfriar en las bandejas durante 2
minutos y luego páselas a una rejilla para
que acaben de enfriarse.

* Si no le gustan las cerezas, use trocitos


de piña escurridos, y el zumo para diluir el
glaseado. También puede utilizar mitades
de nueces pecanas o de macadamia y diluir
el glaseado con café o agua fríos. Si no
tiene nada que poner encima, vierta la
mezcla de chocolate en las hendiduras.
Quedará delicioso.

Cantidad: de 80 a 90 galletas, dependiendo


del tamaño de las galletas.

Debería haber una bandeja de estas


galletas en la consulta de todo psiquiatra:
dos delicias de cereza bañadas en
chocolate sacarán a cualquiera de una
depresión.
CAPÍTULO VEINTE

H annah sirvió dos copas de vino frío de la garrafa verde que tenía en
la parte baja de la nevera y las llevó a la sala de estar. Su hermana
estaba sentada en el sofá, todavía inquieta, pero había recuperado el
color en las mejillas. Moishe se había acomodado en sus brazos y Hannah
lo oía ronronear mientras Andrea le acariciaba distraídamente la cabeza. Su
felino era asombroso. Parecía percibir que Andrea necesitaba consuelo y se
esforzaba por imitar a un gato cariñoso. Hannah le dio una copa a Andrea y
dijo:
—Toma. Bébetelo.
—¿Qué es? —Andrea miró con suspicacia la alargada copa—. Vino
blanco. No me preguntes la marca. Estoy segura de que no la conoces.
Andrea asió la copa e hizo girar el líquido con mano experta. —Tiene
cuerpo.
Entonces dio un pequeño sorbo.
—Ligero y un tanto afrutado con un fondo de roble. No es un
Chardonnay auténtico, pero es muy interesante. Me gusta.
Hannah sonrió y se guardó sus comentarios para sí. Si Andrea supiera
que el vino procedía del súper CostMart de Lake Eden y que los casi cuatro
litros apenas suponían una merma en un billete de diez dólares, hubiera
concluido que era puro vinagre.
—Creo que es nacional. —Andrea dio otro sorbo—. ¿Me equivoco?
Hannah pensó que era hora de cambiar de tema.
—Estuviste increíble con Bill. Todavía no me creo que no esté enfadado
conmigo.
—Bill no soporta verme llorar. —Andrea esbozó una sonrisa vanidosa
—. Se viene abajo en cuanto mis labios empiezan a temblar.
—¿Y eres capaz de hacer que tiemblen cuando quieres?
—Por descontado. —Andrea amplió su sonrisa—. Aprendí a temblar
justo después de que mamá me comprara el primer sujetador. Siempre
funciona con los chicos.
—Eres asombrosa —dijo Hannah con auténtica admiración porque,
gracias a este talento, Andrea había conseguido evitar el sermón que ambas
se habían merecido.
Hannah había hecho cuanto había podido para explicarle a Bill lo que
había pasado. Le había contado que estaban tan preocupadas por Max que
por eso fueron a ver. Y entonces, al encontrar el Cadillac de Max a medio
preparar para su viaje a la Convención Triestatal de Fabricantes de
Mantequilla, no les había quedado más remedio que utilizar su llave para
entrar y registrar su despacho en la lechería, el último lugar donde alguien
lo había visto.
Pero la explicación no había colado del todo. Bill había estado molesto
porque Hannah había arrastrado a su mujer a una situación potencialmente
peligrosa. Pero Hannah le había planteado una pregunta: ¿no era una suerte
que hubieran encontrado el cadáver de Max antes de que el rastro se hubiera
perdido?
Bill, a desgana, se había mostrado de acuerdo, pero había impuesto
ciertas reglas. La próxima vez que Hannah decidiera seguir una pista,
primero tenía que contársela a él. Hannah así se lo prometió, con toda
sinceridad. Encontrar dos cadáveres era más que suficiente para una vida
entera. Pero entonces Bill había empezado a hacer preguntas sobre por qué
exactamente no habían ido a la escena del accidente a buscarle antes, y fue
entonces cuando Andrea había puesto sus labios a temblar. Con solo echar
una mirada al semblante casi lloroso de Andrea, Bill se había enternecido.
Había abrazado a Andrea y le había dicho que se pasaría más tarde por el
apartamento de Hannah para llevarla a casa. Y entonces le había asegurado
que no estaba enfadado con ella ni con Hannah.
—Moishe es un amor. —Los dedos de Andrea se desviaron hacia el
punto sensible detrás de la oreja de Moishe y este ronroneó aún más fuerte
—. Es asombroso que se haya domesticado tanto, teniendo en cuenta el tipo
de vida que llevaba antes. Se ha sentado aquí y se ha puesto a ronronear. No
sabía que fuera tan dulce.
Hannah no iba a contarle a Andrea cómo se comportaba Moishe cuando
cazaba. Dudaba que los ratones o los pajarillos compartieran su opinión.
—Tengo que hablar contigo del señor Harris, Andrea. ¿Dijiste que
estaba esperando en la finca de Peterson cuando llegaste allí el miércoles
por la mañana para enseñársela?
—Así es. Quedamos a las nueve y media, pero dijo que había llegado
mucho antes. —Andrea se lo pensó un momento y entonces abrió mucho
los ojos—. ¿Crees que pudo haber visto algo?
Hannah se encogió de hombros.
—Eso depende de la hora a la que llegara. No te dijo que conociera a
Max ni a Ron, ¿no?
—No. Dijo que no conocía a nadie de allí… —Andrea se calló y miró a
Hannah al caer en la cuenta—. ¿Crees que el señor Harris mató a Maxy a
Ron?
—El marco temporal encaja, pero el señor Harris, por lo que sabemos,
no tiene ningún móvil. Desde luego, me gustaría hablar con él. No tendrás
el número de teléfono de su casa, ¿verdad?
—Claro que sí. Como agente inmobiliaria que soy, siempre llevo
encima los números de mis clientes. Acércame el bolso. No quiero molestar
a Moishe.
Hannah fue a recoger el bolso de la silla que había junto a la puerta y se
lo dio a Andrea. Cuando su hermana lo abrió, Hannah admiró cómo estaba
organizado el interior. El maquillaje de Andrea estaba en una bolsa
transparente de manera que podía encontrar fácilmente lo que buscara, las
llaves las llevaba sujetas a una cinta de cuero y el monedero estaba metido
en una funda de cuero a un lado. Incluso había una bolsa interior para las
gafas que Andrea necesitaba para leer, pero se negaba a ponerse.
Andrea metió la mano en otro compartimento y extrajo una pequeña
agenda. La hojeó hasta la página correspondiente y se la pasó a Hannah.
—Aquí lo tienes. No irás a llamarlo ahora, ¿verdad?
—No hay mejor momento que el presente.
—Pero es casi medianoche. ¿Qué le vas a decir?
—Todavía no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. —Hannah descolgó el
teléfono—. Tranquila, no mencionaré tu nombre.
Mientras marcaba el número, Hannah se planteó sus opciones. El señor
Harris sería más propenso a darle información si ella se presentaba con
algún tipo de credencial. Podía decir que era una periodista del Lake Eden
Journal, aunque eso podía resultar contraproducente. Si el señor Harris
tenía algo que ocultar, sencillamente colgaría ante cualquiera que dijera
trabajar para el diario de la ciudad. Al empezar a escuchar los tonos de
llamada, Hannah tomó una decisión sobre la marcha. El señor Harris no se
atrevería a colgar a la policía.
—Diga.
La voz al otro lado de la línea sonó aturdida, como si lo hubiera
despertado. Hannah hizo cuanto pudo para sonar oficial.
—¿Señor Harris? Lamento si lo he despertado, pero soy la señorita
Swensen, de la comisaría del sheriff del condado de Winnetka. Estamos
investigando un crimen que se produjo en la lechería Cozy Cow el
miércoles por la mañana, entre las seis y cuarto y las ocho. Nos gustaría
saber si usted vio algo que pudiera estar relacionado con el crimen. Tengo
entendido que estaba en la zona a esas horas, ¿no es así?
—Sí, así es. ¿Qué sucedió?
Hannah sonrió. El señor Harris parecía dispuesto a colaborar.
—No puedo darle los detalles, pero necesito saber a qué hora llegó a
Lake Eden y qué vio mientras estuvo allí.
—Déjeme pensar. Llegué a Lake Eden a eso de las siete menos cuarto y
fui directo a la granja de Peterson. Sí que vi algo que me pareció raro, pero
no estoy seguro de que les sirva de nada.
—Cuéntemelo en todo caso, señor Harris. —Hannah mantenía su tono
de voz profesional.
—Al acercarme a la lechería, un coche salió del camino de acceso. El
conductor tenía mucha prisa. Patinó sobre la línea central y tuve que dar un
volantazo para esquivarlo.
—Ha dicho «el conductor», señor Harris. ¿Era un hombre?
—No estoy seguro. De hecho, no llegué a verlo. Llevaba la visera para
el sol bajada.
—Muy bien —Hannah tomó el cuaderno y un bolígrafo que había en la
mesita y escribió una nota—. ¿Podría describir el coche?
—Era un pequeño compacto negro con una pegatina de alquiler en la
luna. La pegatina era blanca con letras rojas, pero no vi el nombre de la
empresa. Yo siempre utilizo Hertz. A mi empresa le hacen un precio
especial.
—¿Es que no tiene coche propio, señor Harris? —Hannah le hizo un
guiño a Andrea. Su pregunta no tenía nada que ver con la investigación,
pero quería saber si le había contado la verdad a Andrea.
—Tengo un Jaguar vintage, pero prefiero no conducirlo fuera de la
ciudad. Y, no le quepa duda, ¡me alegro de no haberlo sacado el miércoles!
El otro conductor estuvo a punto de chocar conmigo. Ojalá el marshall
Beeseman hubiera estado allí para ponerle una multa.
Hannah alzó las cejas y tomó otra nota.
—¿Conoce al marshall Beeseman?
—Sí. Vio mi coche aparcado delante de la casa de Peterson y se acercó
a preguntarme qué hacía allí.
Hannah escribió el nombre de Herb.
—¿A qué hora fue eso, señor Harris?
—Un par de minutos pasadas las ocho. Estaba escuchando la radio y
acababan de empezar las noticias de las ocho.
—Nos ha sido de mucha ayuda, señor Harris. —Hannah se volvió para
hacerle otro guiño a Andrea antes de formular la última pregunta—: Tal vez
no tenga nada que ver con nuestro caso, pero ¿podría decirme por qué
decidió no comprar la finca de Peterson?
Por un momento, Hannah pensó que el señor Harris no le respondería,
pero entonces se aclaró la garganta.
—Mi novia dijo que quería vivir en el campo, pero rompió nuestro
compromiso el martes por la noche. Por eso fui a Lake Eden tan temprano.
No podía dormir y decidí que si me ponía a conducir me sentiría mejor.
Supongo que tendría que haberle dicho a la señora Todd la razón por la que
decliné comprar la casa, pero, la verdad, no me apetecía hablar del tema.
—Eso es muy comprensible. —Hannah apuntó una nota en su cuaderno
y se la pasó a Andrea—. Gracias, señor Harris. Le agradecemos su
colaboración.
Andrea esperó a que Hannah hubiera colgado y luego señaló la nota.
—¿El señor Harris iba a comprar la casa de Peterson para su novia?
—Eso es lo que ha dicho. Ella rompió el compromiso el martes por la
noche. La habrías vendido si hubiera mantenido el compromiso solo un día
más.
—Oh, vaya. A veces se gana y otras se pierde. —Andrea se encogió de
hombros y se acabó lo que quedaba del vino—. Después de todo lo que he
pasado esta noche, creo que me merezco otra copa de vino. Es bueno de
verdad, Hannah. Al principio no estaba segura, pero está claro que tiene
sustancia. Te queda más, ¿no?
Hannah fue a buscar otra copa de vino Château con Tapón de Rosca
para su hermana. Si Andrea quería emborracharse un poco, Hannah no iba a
impedírselo. Solo esperaba que cuando Bill llegara, este no tuviera que
echársela al hombro como un saco de patatas para bajarla por las escaleras.

Hannah no pasó una noche tranquila, ni de lejos, y cuando el despertador


sonó a las seis a la mañana siguiente, se sentía como si acabara de cerrar los
ojos. Sus sueños habían estado plagados de orificios de bala, sangre y
piernas rígidas y frías asomando como tablones por detrás de sofás, sillas y
estanterías. Incluso había aparecido una vaca en sus sueños, un ejemplar de
raza Guernsey inmenso, un bicho asesino que la había perseguido saltando
vallas y sorteando burbujeantes cubas de nata.
Hannah gruñó y se incorporó en la cama. El deber la llamaba. Tenía que
hornear las blancas y negras para la jornada de puertas abiertas del
departamento del sheriff.
Mientras entraba silenciosamente en la cocina, tratando de no tropezar
con Moishe, que se había lanzado a sus tobillos para una sesión de roces
matutinos, se preguntó por el nuevo inspector que había llegado desde
Minneapolis. ¿Aprobaría el modo en que Bill llevaba el caso de doble
homicidio? A todas luces, el sheriff Grant se había quedado impresionado
con él. Según Bill, había organizado una entrevista el mismo día que había
llegado su solicitud por correo.
—Aquí tienes el desayuno, Moishe. —Hannah echó bocados crujientes
secos en el cuenco de Moishe y le dio un poco de agua. Luego se acercó
dando tumbos a la cafetera y se sirvió su primera taza. Debía de ser una
adicta a la cafeína. De verdad que no podía funcionar sin una taza que la
despertara, o incluso tres, por la mañana. Solo esperaba que la FDA y el zar
antidroga del presidente no la convirtieran en una delincuente si
clasificaban el café como droga.
Algunos días era más fácil funcionar con el piloto automático. Hannah
no quería espabilarse hasta el punto de que pudiera darse cuenta de lo muy
cansada que estaba. Se tomó de un trago solo una taza del líquido hirviente,
lo bastante para no quedarse dormida y ahogarse en la ducha, y luego
volvió a su dormitorio para prepararse para el trabajo. Cuando se hubo
duchado y vestido, salió y vertió el resto del café en el termo de gran
tamaño que Bill le había regalado para Navidad. Rellenó de nuevo el
cuenco de comida de Moishe, agarró la chaqueta y las llaves y salió al
tiempo gélido que precedía al alba.
La ráfaga de aire frío que recibió a Hannah le hizo abrir los ojos del
todo. Exhalaba el aliento en vaharadas blancas y se estremeció de frío al
bajar por la escalera exterior del garaje. Iba siendo hora de sacar toda su
ropa de invierno.
El garaje estaba vacío, los coches alineados en hileras uniformes contra
las paredes de hormigón pintadas. Hannah corrió a su Suburban y saltó
dentro; tuvo que intentar arrancar más de dos veces antes de que se pusiera
en marcha. También iba siendo hora de empezar a utilizar el calentador
eléctrico de arranque de la camioneta.
La calefacción se encendió casi a la vez que ella giró para entrar en Old
Lake Road. Hannah tendió la mano y movió las pestañas de los dos
conductos de ventilación para dirigir el aire caliente hacia su lado del
vehículo. Mientras bajaba por la oscura carretera, encendió la radio, y las
increíblemente animadas voces de Jake y Kelly, el alocado dúo que
presentaba «Las noticias de la madrugada y cuarto» en la KCOW, asaltaron
sus oídos. Cambió a los compases suaves de la WEZY y pensó en los
peculiares indicativos de las emisoras de Minnesota. Si la emisora estaba al
este del río Mississippi, los indicativos empezaban con una W. Si estaba al
oeste del río, los indicativos empezaban por una K. Era igual para los
canales de televisión. Todo lo controlaba la FCC, la Comisión Federal de
Comunicaciones. Hannah se preguntó qué harían los burócratas si una
emisora construía un puente sobre el Mississippi e instalaba su transmisor
en el medio.
Apartando deliberadamente la mirada de la lechería al pasar por delante,
Hannah se dirigió a la ciudad. De ningún modo quería que le recordaran el
cuerpo sin vida de Max tan temprano por la mañana. Divisó a Herb
Beeseman a una manzana de su tienda y lo detuvo con una seña. Lo
sobornó con el resto de las delicias de cereza bañadas en chocolate a
cambio de información, y así corroboró que había hablado con el señor
Harris en la granja de Peterson a las ocho el miércoles por la mañana.
Hannah se detuvo en su plaza de aparcamiento a las siete menos cuarto.
Después de haber cerrado el vehículo, enchufó el calentador para el
arranque y abrió la puerta trasera de la tienda. El aroma dulzón e intenso del
chocolate la recibió, y Hannah empezó a sonreír. Después del café, el del
chocolate era su segundo aroma favorito.
Tras encender las luces y los hornos, ponerse el gorro y lavarse las
manos en el fregadero, Hannah sacó un cuenco de mezclar. Tenía que
preparar un lote de muestra de galletas dulces a la antigua para la mujer que
se había encargado del catering en la fiesta de los Woodley.
Hannah se sirvió una taza de café del termo que había traído de casa y
releyó la receta mientras ingería más cafeína. Preparar masa de galleta era
algo que nunca hacía con el piloto automático. Lo había intentado una vez y
se le había olvidado un ingrediente que era esencial en toda galleta: el
azúcar.
Cuando la masa estuvo lista, Hannah la cubrió con film de plástico y la
metió en su cámara de frío. La masa para las blancas y negras se había
enfriado del todo, así que tomó un cuenco y lo llevó a la mesa de trabajo.
Acababa de amasar las suficientes bolas de masa para dos bandejas de
galletas cuando Lisa entró por la puerta de atrás.
Hannah miró el reloj. Eran solo las siete y media y Lisa no entraba hasta
las ocho los sábados.
—Hola, Lisa. Te has adelantado media hora.
—Lo sé. Se me ocurrió que podrías necesitar algo de ayuda con los
clientes esta mañana. Estaremos hasta arriba.
—¿Ah, sí?
—No te quepa duda. Vendrán todos a sonsacarte información sobre
Max.
Las cejas de Hannah se alzaron por la sorpresa.
—¿Y tú cómo te has enterado tan pronto?
—Estaba escuchando el programa de Jake y Kelly, y dijeron que Max
había muerto. Esos tipos están locos. Se pusieron a contar unos chistes
pésimos de vacas y decían que eran un homenaje a Max.
—¿Chistes malos de vacas? —Hannah interrumpió el trabajo de pasar
las bolas de masa por azúcar glas y levantó la mirada.
—Sí, ya sabes… —explicó Lisa mientras colgaba su chaqueta en el
gancho que había junto a la puerta—. «¿Por qué el granjero Brown se
compró una vaca negra? Porque quería batidos de chocolate». Ese era el
mejor de los que contaron. Los demás eran tan malos que ni siquiera me
acuerdo de ellos. ¿Quieres que prepare el café y ponga las mesas en la
tienda?
Hannah asintió e introdujo las dos primeras bandejas de galletas en los
hornos. Puso el temporizador para doce minutos y volvió a la mesa de
trabajo para seguir formando bolas. Lisa tenía razón. Si Jake y Kelly habían
hablado de Max Turner en su programa, The Cookie Jar tendría una
avalancha de clientes esta mañana. Y cuando se supiera la noticia de que
había sido ella la que había encontrado el cadáver de Max, no habría sitio ni
de pie. Hannah suspiró mientras seguía pasando bolas de masa por azúcar
glas. Si alguna vez tenía la mala suerte de encontrar un tercer cadáver,
seguramente tendría que comprar el edificio contiguo para ampliar el
negocio.
Galletas dulces a la antigua

No precaliente el horno todavía, la masa


debe enfriarse antes del horneado.

450 g de mantequilla
250 g de azúcar glas (sin tamizar).
200 g de azúcar blanco
2 huevos
2 cucharaditas de vainilla
1 cucharadita de ralladura de limón
(opcional).
1 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de cremor tártaro (¡crucial!).
1 cucharadita de sal
550 g de harina (sin tamizar).
100 g de azúcar blanco en un pequeño
cuenco (para más tarde).

Derrita la mantequilla. Añada los azúcares


y mezcle. Déjelo enfriar a temperatura
ambiente e incorpore los huevos de uno en
uno. Luego añada la vainilla, la ralladura
de limón, el bicarbonato, el cremor tártaro
y la sal. Mézclelo bien. Añada la harina en
pequeñas cantidades, removiendo mientras
va incorporándola.
Enfríe la masa durante al menos 1 hora.
(También puede dejarla enfriar toda la
noche).

Cuando vaya a hornear las galletas,


precaliente el horno a 165 °C, con la rejilla
en la posición intermedia.

Con las manos, haga bolas de masa del


tamaño de una nuez. Páselas por el cuenco
de azúcar blanco. (Mezcle 2 partes de
azúcar blanco por 1 de azúcar de colores
para celebrar días festivos: verde para el
Día de San Patricio, rojo y verde para
Navidades, multicolor para los
cumpleaños…). Colóquelas en bandejas
para galletas engrasadas (en una de tamaño
estándar caben 12). Aplaste las bolas de
masa con una espátula engrasada.

Hornee a 165 °C entre 10 y 15 minutos.


(Deberían adquirir un matiz dorado en la
parte superior). Déjelas enfriar en las
bandejas durante 2 minutos y luego pase
las galletas a una rejilla hasta que se
enfríen del todo.
Pueden comerse tal cual o, en ocasiones
especiales, decoradas con un glaseado
repartido con una manga pastelera.

Las serví en el acto de recaudación de


fondos para la coral, decoradas con un
glaseado de caramelo en forma de notas
musicales (¡las críticas fueron muy
elogiosas!).

Cantidad: de 90 a 120 galletas,


dependiendo del tamaño de las galletas.
CAPÍTULO VEINTIUNO

C uando sonó el teléfono, Hannah acababa de pasarle el testigo a Lisa


con el horneado y se había servido una taza de café.
—Tiene que ser mi madre. Es la única que me llama a estas
horas de la mañana.
—¿Quieres que conteste yo?, —se ofreció servicial Lisa, aunque tenía
las manos cubiertas de azúcar glas.
—No, solo retrasaría lo inevitable. —Hannah levantó el aparato y dio su
respuesta estándar—. The Cookie Jar. Soy Hannah.
—Me alegro tanto de haberte pillado, cariño. Les prometí a las chicas
que probaría. ¿Tienes algún compromiso para el segundo martes de
diciembre?
Hannah estiró el cable telefónico, se acercó a su calendario y pasó las
hojas hasta diciembre. Nadie reservaba tan pronto, y Hannah sabía que su
madre simplemente estaba buscando información sobre Max Turner.
—Estoy libre, mamá.
—Muy bien. Me he hecho miembro de un grupo nuevo.
—Me alegro. —Hannah dio la respuesta esperable. En realidad debería
haberse mostrado más agradecida. Delores se había aficionado a unirse a
grupos desde que había muerto el padre de Hannah, y sus grupos siempre
contrataban a Hannah para que se encargara de los refrigerios.
—¿Cómo se llama este grupo, mamá?
—Sociedad de Confección de Quilts de Lake Eden, cariño. Se reúnen
cada dos martes en la trastienda de Tejidos Trudi.
Hannah anotó obedientemente la información, aunque estaba
desconcertada. Por lo que sabía, su madre nunca había cogido una aguja en
su vida.
—¿Es que ahora te ha dado por coser, mamá?
—¡No lo quiera Dios! Encontré un par de bastidores para confeccionar
quilts en una subasta el mes pasado y me premiaron haciéndome miembro
honoraria. Solo voy para hacer amistades.
—¿En cuántos grupos estás ahora, mamá?
—En doce. Cuando murió tu padre, Ruth Pfeffer me dijo que me
convenía desarrollar intereses fuera de casa. No hago más que seguir su
consejo.
—¿Y te tomas en serio el consejo de Ruth? —Hannah se quedó
pasmada. Ruth Pfeffer, una de las vecinas de su madre, se había ofrecido
voluntaria como asesora de duelo en el centro comunitario después de hacer
un curso de solo dos créditos en la facultad pública—. Ruth no es más que
una tontaina, como tú misma dijiste, y no está preparada para asesorar a
nadie. ¡Si hasta me sorprende que no te sugiriera que te inmolaras como las
viudas indias!
Delores se rio.
—Tienes razón, cariño. Pero eso es ilegal, incluso en India.
—Muy bien, mamá —la halagó Hannah. De vez en cuando aparecía el
sentido del humor de Delores, y eran los momentos en que mejor le caía a
Hannah—. ¿Qué clase de galletas queréis?
—¿Qué te parecen esas delicias de cereza bañadas en chocolate? Andrea
me ha dicho que son fabulosas.
Hannah lo anotó y entonces se percató de lo que acababa de decir su
madre. Andrea había probado esas galletas por primera vez anoche. Si se las
había mencionado a Delores, había tenido que ser esta misma mañana
temprano.
—¿Has llamado a Andrea esta mañana, mamá?
—Sí, cariño. Hemos mantenido una agradable charla. A decir verdad,
acabamos de colgar.
Hannah abrió los ojos de par en par. Su hermana no era muy
madrugadora.
—¿Has llamado a Andrea antes de las ocho?, ¿un sábado?
—Pues claro que sí. Quería asegurarme de que estaba bien. La pobre
sonaba espantosamente. Me ha dicho que la cabeza todavía le daba vueltas
por esa horrenda migraña.
Hannah empezó a sonreír. No era raro que a Andrea le diera vueltas la
cabeza. Se había ventilado cuatro copas de ese «vinito tan rico» antes de
que Bill fuese a recogerla para llevársela a casa.
—Tengo prisa, mamá. Es tarde y debo prepararlo todo para abrir la
tienda.
—Esta mañana no abres hasta las nueve. ¿Has oído lo de Max Turner?
Escuché por la radio que había muerto.
Hannah puso los ojos en blanco y miró a Lisa, que contenía la risa ante
los intentos de su jefa de poner fin a la conversación.
—Eso es verdad, mamá.
—Sé que no está bien hablar mal de los difuntos, pero Max se hizo un
montón de enemigos aquí, en Lake Eden. No creo que nadie vaya a
derramar lágrimas por él.
—¿De verdad? —Hannah creía que sabía a qué se refería exactamente
su madre, pero quería oírselo decir a Delores—. ¿Y por qué?
—No era buena persona, Hannah. No quiero que repitas lo que te voy a
decir, pero me han contado que varias familias perdieron sus hogares por
culpa de Max Turner.
—¿De verdad? —Hannah hizo cuanto pudo para que pareciera la
primera vez que lo había oído.
—Era un… —Delores hizo una pausa y Hannah supo que su madre
buscaba la palabra apropiada—. ¿Cómo se llama esa gente que presta
dinero a un interés altísimo?
—Un usurero.
—Eso es. Tienes un vocabulario espléndido, cariño. Creo que se debe a
lo mucho que leías de niña. Me preguntó qué será ahora de esos préstamos.
—No lo sé —contestó Hannah, tomando nota mental para preguntarle a
Bill si había encontrado algún documento de préstamo actual en la pila de
carpetas que había confiscado de la caja fuerte de Max. Pero esos archivos
solo servirían para eliminar sospechosos. Si Max había sido asesinado por
un préstamo actual, su asesino se habría llevado los documentos.
—Ya he recibido cuatro llamadas esta mañana sobre Max —la informó
Delores—. La ciudad entera no habla de otra cosa, y todo el mundo tiene
algo que contar.
Eso dio a Hannah una idea y empezó a sonreír. Delores pertenecía a una
docena de grupos y se enteraba de todos los cotilleos. ¿Y si su madre oía
algo sobre un préstamo que había hecho Max de un nombre que no salía en
los archivos que Bill había sacado de la caja fuerte? Esa persona bien podría
ser el asesino de Max.
—¿Me harías un favor, mamá?
—Claro, cariño. ¿De qué se trata?
—Mantén las orejas abiertas y llámame si sabes de alguien que hubiera
hablado de negocios con Max. Es importante. Tengo que saberlo.
—Muy bien, cariño. Estoy segura de que habrá habladurías, siempre las
hay. Aunque no veo por qué es tan importante… —Delores se interrumpió y
Hannah la oyó ahogar una exclamación—. En la radio no han dado detalles
sobre la muerte de Max. ¿Es que fue asesinado?
Hannah gruñó. Había veces en que Delores era demasiado perceptiva
para lo que le convenía a su hija.
—Se supone que no puedo decir nada al respecto. Podría costarle el
ascenso a Bill.
—En ese caso, no soltaré palabra. Cuenta conmigo, Hannah. Jamás
haría nada que perjudicara la carrera de Bill. ¡Pero va a matarme no poder
contárselo a Carrie!
—Lo sé, pero la noticia puede hacerse pública en cualquier momento.
Sigue escuchando la radio.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo contó Bill o…? —Delores ahogó otra
exclamación—. ¿No me digas que tú descubriste el cadáver de Max?
—De verdad que no puedo hablar sobre eso, mamá.
Siguió una larga pausa, y entonces Delores suspiró.
—Tienes que dejar de hacer eso, Hannah. Vas a ahuyentar a todos los
solteros si sigues encontrando víctimas de asesinato. El único que te miraría
dos veces sería ¡un inspector de homicidios!
—Supongo que tienes razón. —Hannah empezó a sonreír. Tal vez
encontrar cadáveres no era tan terrible después de todo—. Ahora tengo que
irme corriendo, de verdad, mamá. Acuérdate de llamarme si te enteras de
algo, ¿vale?
Hannah colgó y se volvió hacia Lisa.
—No conozco a nadie que hable tanto sin parar como esta mujer.
—Así son las madres —respondió Lisa, pero lo hizo con una expresión
muy seria—. No he podido evitar oír tus últimas palabras en la
conversación. ¿Asesinaron a Max?
—Me temo que sí.
—Eso no me sorprende. Sí que era un usurero. Uno de nuestros vecinos
estuvo a punto de pedirle un préstamo, pero mi padre revisó los documentos
y le dijo que no firmara nada. En su lugar, acabó consiguiendo un préstamo
bancario.
Hannah estaba a punto de preguntarle el nombre del vecino cuando se
dio cuenta de que no tenía ninguna importancia. Si no había firmado, no
tendría móvil para matar a Max.
—¿Por qué no te sientas, Hannah? Pareces agotada y son solo las ocho
y media. Y plantéate tomarte el día libre. Ya sabes que puedo apañármelas
sola aquí.
—Gracias, Lisa. Es toda una tentación. —Hannah se sentó en el
taburete que había en un extremo de la mesa de trabajo y pensó en lo que
implicaría un día libre. Podía ir a casa, cepillar a Moishe, ver un poco la
televisión… y hacer un millón de llamadas para averiguar qué estaba
pasando en su ausencia. No, era mejor quedarse aquí, en medio de todo el
lío—. Gracias por ofrecerte, pero me temo que tampoco descansaría.
—Vale, pero si cambias de opinión, dímelo. ¿Qué quieres que prepare
cuando acabe las blancas y negras?
—Las galletas dulces a la antigua —respondió Hannah—. Para entonces
la masa ya se habrá enfriado. Solo hay una tanda.
—¿Quieres que las bañe en azúcar blanco o de colores?
—Solo en azúcar blanco. Cuando se hayan enfriado, escoge una docena
de las mejores y empaquétalas para un envío. Prometí mandarle una caja de
muestra a la encargada del catering de la fiesta de los Woodley.
Lisa pareció complacida.
—¿Un nuevo cliente?
—Tal vez. No me has comentado nada de la fiesta. ¿Te lo pasaste bien?
—Fue fantástico, Hannah. Nunca había asistido a una fiesta tan
elegante. Es una pena que tuviéramos que irnos tan pronto.
—¿Llamaron a Herb para que acudiera a la escena del accidente?
—No, pero le pareció que debía ir en cualquier caso. Le pedí que me
dejara en casa antes de que siguiera camino hacia allí. No me apetecía
quedarme sola en la fiesta. Me llamó más tarde y me contó que era un
milagro que nadie hubiera muerto. ¡Diecisiete coches! ¿Te lo imaginas?
—Por desgracia, sí. Más vale que vaya delante, Lisa. Ya es casi hora de
abrir.
Mientras cruzaba la puerta batiente, Hannah pensó sobre la tremenda
colisión múltiple en la que casi se había visto involucrada en la interestatal
el año anterior. No hizo falta más que una placa de hielo, un descuido en la
concentración y varios conductores detrás, todos demasiado cerca. Había
tenido que pegar un volantazo para evitar chocar con el inmenso camión de
alimentos del Red Owl que iba delante y se había considerado afortunada
de acabar en una zanja de nieve blanda.
Era una mañana oscura y Hannah encendió las luces. No tenía ganas de
que llegara la oscura estación invernal, cuando el sol salía a las nueve y se
ponía a las cuatro. Era todavía peor para gente como Phil Plotnik, que
trabajaba en el turno de noche de DelRay Manufacturing. Cuando salía para
el trabajo ya había oscurecido, y a oscuras seguía cuando volvía a casa al
acabar la jornada; así pues, si no salía el sol el fin de semana, no lo veía en
absoluto.
Se detuvo un coche delante de la tienda y Hannah reconoció el viejo
cacharro de Bill. Corrió a abrir la cerradura de la puerta y examinó la cara
de Bill a la luz que salía por el escaparate mientras se acercaba a la puerta.
Sonreía y Hannah se sintió aliviada. Bill no era la clase de persona que
guarda rencor y estaba claro que la había perdonado por implicar a su mujer
en sus indagaciones de la noche anterior.
—Hola, Hannah. —Bill entró y colgó su abrigo en la hilera de perchas
que había junto a la puerta—. Tengo información sobre el coche de alquiler
que vio el cliente de Andrea. La empresa se llama Compacts Unlimited.
Hannah se agachó tras el mostrador para servir una taza de café a Bill.
—Nunca la había oído.
—Es una empresa pequeña. Tiene la sede central en Minneapolis y un
total de catorce sucursales en todo el estado. Hablé con la mujer que se
encarga de las reservas. Me dijo que su oficina no había alquilado a nadie
con una dirección de Lake Eden, pero que me iba a enviar una copia
impresa de todos los que habían alquilado un vehículo suyo durante las dos
semanas anteriores.
—¿Cuándo?
—Lo antes posible. Ella no sabe cómo reunir los datos de las demás
sucursales, pero me dijo que avisaría a su informático.
—Entonces, ¿la tendrás hoy?
—Es dudoso. El informático se ha ido fuera durante el fin de semana,
pero ella va a intentar localizarlo. —La mirada de Bill se desvió hacia las
galletas que había detrás del mostrador—. ¿Son esas crujientes con pepitas
de chocolate?
Hannah asintió y sacó dos galletas para él. No era el momento para
recordarle que seguramente debería vigilar su peso.
—¿Has tenido tiempo de echar un vistazo a los archivos que estaban en
la vieja caja fuerte de Max?
—Ummm. —Bill engulló—. Max hizo un montón de préstamos a un
montón de gente. Algunos eran antiguos, pero encontré unos diez todavía
activos. Eso supone diez sospechosos más que voy a tener que revisar.
Hannah negó con la cabeza.
—Creo que eso es una pérdida de tiempo. Si alguien mató a Max para
deshacerse de sus documentos de préstamo, no los habrá dejado allí.
—Muy bien pensado. ¿Y tú qué opinas que debería hacer con ellos?
—Redacta una lista de los nombres y luego guárdala con el resto de las
pruebas.
Bill pareció confundido.
—¿Y por qué debería redactar una lista de esos nombres cuando
ninguno de ellos es sospechoso?
—Para poder cotejarlos con cualquier rumor que oigamos. Si alguien te
habla de un préstamo activo de Max y no está en tu lista, podría señalar al
asesino.
—Eso es muy inteligente, Hannah. Lo haré en cuanto llegue a
comisaría. ¿Se te ocurre algo más que debería hacer?
—La verdad es que no, pero al menos tenemos una teoría.
—¿La misma de la que me hablaste anoche?
—La misma. Estaba viendo Klute en la tele y fue lo que me dio la idea.
Sabremos si es acertada en cuanto lleguen los informes de balística.
—Eso requerirá un poco de tiempo, pero he hablado con el doctor
Knight esta mañana. Tiene buen ojo y me ha dicho que parecía el mismo
tipo de bala que había matado a Ron.
Hannah se rio.
—¡Eso también podría habérselo dicho yo!
—Y yo. Lake Eden es demasiado pequeño para tener más de un asesino.
Repíteme tu teoría, Hannah. Quiero comprobar si todo encaja.
Hannah se sirvió una taza de café y se sentó en el taburete detrás del
mostrador.
—Ron vio a Max reunido con el asesino a las seis y cuarto del
miércoles por la mañana. Después de que Ron se fuese, el asesino disparó a
Max. El asesino temía que cuando se encontrara el cadáver de Max, Ron
sumara dos y dos y lo identificara. Por eso lo siguió y lo mató.
—Pero ¿no dijo la mujer del lápiz de labios rosa que no los siguieron?
—Sí, pero eso no descarta nada. No olvides que la ruta de Ron estaba en
la pared fuera de la oficina de Betty. El asesino podría haberla comprobado
y más adelante lo habría alcanzado.
—Eso tiene sentido. —Bill le dio otro mordisco a su galleta y la masticó
pensativamente—. Entonces, ¿estás diciendo que Ron fue asesinado porque
se encontraba en el lugar equivocado en el momento inoportuno?
—Eso es. Si Ron no hubiera entrado en la lechería a recoger esa caja de
más de bolígrafos Cozy Cow, hoy estaría vivo.
Bill hizo una mueca.
—¡Menuda mala suerte! ¿Estás segura de que Max fue asesinado por
uno de los préstamos que había hecho?
—No estoy segura de nada, pero tiene mucho sentido. La caja fuerte de
la antigua lechería estaba abierta, pero no tenemos modo de saber si falta
algo. Dudo que ni siquiera Betty supiera qué había dentro.
—No lo sabe. —Bill adoptó un aire orgulloso—. La he llamado esta
mañana para preguntarle. Me dijo que Max era el único que tenía la
combinación y que ella ni siquiera le había visto abrirla nunca. Guardaban
todo el efectivo de la lechería en la nueva caja fuerte que estaba en la
oficina de Betty.
—¿Cómo lo lleva Betty?
—Con tiempo, lo superará. Normalmente libra los fines de semana, pero
dijo que este iría a la oficina, que alguien tiene que estar ahí para responder
las preguntas de los empleados y ocuparse de los teléfonos. Hay que
reconocérselo, Hannah, Betty se alteró mucho cuando le conté lo de Max,
pero va a dejar a un lado su dolor personal y a llevar las cosas del modo que
a Max le hubiera gustado que hiciera, incluso si eso implica hacer horas
extras.
Hannah no pudo ocultar su sonrisa. Betty no iba a perderse este fin de
semana en la lechería por nada del mundo, y no era por razones altruistas.
Betty no podía ser más feliz que cuando se enteraba de todos los cotilleos
de primera mano, y los teléfonos no pararían de sonar.
—¿Y te dijo algo más?
—Me dio el nombre del abogado de Max y comprobé con él quién sería
el heredero. Ese es otro buen móvil, ya sabes.
—Tienes razón, Bill. Ni siquiera lo había pensado. ¿Qué te dijo el
abogado?
—Max se lo dejó todo a un sobrino de Idaho. El abogado va a ponerse
en contacto con él para que le dé instrucciones.
—¿Y qué me dices de las huellas en la alfombra? ¿Has podido averiguar
algo del asesino a partir de las huellas?
—La verdad es que no. Las fotografiaron como parte de la escena del
crimen, pero no dejaron impresiones claras.
—¿Y la W en la agenda de Max?, ¿tienes alguna pista?
Bill negó con la cabeza y tendió la taza para que se la rellenase.
—Revisé los archivos, pero no había ningún nombre con W. Y no
sabemos si esa W es de un apellido, un nombre de pila o un apodo. Una vez
tengamos un sospechoso, podemos utilizarla como parte de una prueba
circunstancial, pero de momento no nos sirve para acotar nada.
Sonó el teléfono y Hannah estiró la mano para contestar.
—The Cookie Jar. Soy Hannah.
—Hannah, me alegro de haberte pillado. Soy Norman.
—Hola, Norman. —Hannah frunció levemente el ceño. No quería
enzarzarse en otra larga conversación telefónica cuando esta podía ser la
única ocasión que tenía de hablar con Bill durante todo el día—. ¿Qué
pasa?
—He revelado la película de la fiesta. Puedo llevarte las copias a
mediodía si vas a estar ahí.
—Trabajo aquí, ¿dónde iba a estar si no? —En cuanto las palabras
salieron de su boca, Hannah se percató de que había sido demasiado brusca.
Norman solo intentaba ser amable. Y si se presentaba a mediodía, podría
darle los documentos del préstamo de su madre—. Lo siento, Norman. Es
que tengo mucho ajetreo por aquí. Te veo a mediodía y te reservaré un par
de mis mejores galletas.
Cuando Hannah colgó, vio que Bill sonreía.
—¿Qué?
—¿Acaba de pedirte Norman otra cita?
—No, solo quiere enseñarme las fotos de la fiesta. —Hannah decidió
cambiar rápido de tema. La expresión de Bill se parecía mucho a la de su
madre cuando jugaba a casamentera—. Norman es solo un amigo, así que
quítate esa idea de la cabeza. Háblame de ese inspector nuevo de
Minneapolis. Ni siquiera sé cómo se llama.
—Mike Kingston. Hablé con su antiguo compañero y dice que Mike es
un policía estupendo, además de un buen tipo.
—¿Aún no os habéis conocido?
Bill sacudió la cabeza.
—No, pero vi su foto en el archivo de personal. Parece un buen tipo. Ya
te he contado lo de su esposa, ¿no?
—Dijiste que había muerto y que esa era la razón por la que quiso
mudarse aquí.
—Bueno, me he enterado de algo más. Era enfermera y le dispararon
cuando volvía a casa del hospital general del condado de Hennepin. Dos
pandillas rivales se liaron a tiros y recibió un impacto en el fuego cruzado.
Pero eso no fue lo peor. Estaba embarazada de cuatro meses de su primer
bebé.
—¡Qué espanto! —Hannah se estremeció—. ¿Atraparon al que disparó?
—Claro. Pusieron a toda la brigada a trabajar en el tiroteo. Pero la
primera vez que lo juzgaron se libró por un tecnicismo legal. Alguien la
pifió con una orden de registro y el juez desestimó el caso en el tribunal.
—¿Y lo juzgaron una segunda vez? —Hannah no acababa de
entenderlo. Creía que una persona no podía ser juzgada dos veces por los
mismos hechos.
—Lo detuvieron por un asesinato diferente. Mike y su compañero
trabajaron en aquel caso en persona. Se aseguraron de que todo se hacía de
acuerdo con el procedimiento y consiguieron una condena. El tipo cumple
cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
—Menos mal. Pero apuesto a que Mike Kingston va a ser un verdadero
maniático con los procedimientos policiales.
—Eso parece. Será mi nuevo supervisor y voy a tener que andarme con
mucho cuidado con él. Andrea va a ayudarme revisando todos mis informes
esta noche para asegurarme de que son perfectos.
—Si me necesitas también te echaré una mano —se ofreció rápidamente
Hannah—. ¿Cuándo empieza a trabajar?
—A primera hora del lunes. Ya ha alquilado un apartamento y esta
mañana temprano ha venido el camión de la mudanza con sus cosas.
Mañana libro, así que le ayudaré a instalarse.
Hannah no pudo resistirse a tomarle el pelo un poco.
—¿Crees que levantar cajas y, de paso, levantaros también algunas
birras juntos ayudará en vuestra relación de trabajo?
—Daño no va a hacer. Cuando hayamos acabado, iremos a mi casa a
cenar.
—No me digas que Andrea va a cocinar. —Hannah levantó las cejas. Su
hermana era la única persona que conocía que ni siquiera sabía preparar un
café instantáneo decente.
—¡Ni hablar! —Bill se rio entre dientes—. Pediremos unas pizzas. ¿Por
qué no te acercas y cenas con nosotros? Mañana por la noche no tienes otra
cosa que hacer, ¿no?
—Bueno, estaba pensando en… —Hannah se puso a pensar
frenéticamente buscando una excusa.
—Vamos, Hannah. Quizá puedas hacerte una idea de su personalidad y
explicármela.
Bill puso la mirada que Hannah nunca había sido capaz de resistir, la
que en privado ella llamaba de perro pachón triste. Dejó escapar un largo
suspiro y luego cedió.
—Muy bien. Llevaré el postre.
—Gracias, Hannah. —Bill pareció debidamente agradecido—. Pero
cuida de no mencionar el caso. No quiero que Mike sepa que he reclutado a
una civil para que me ayude.
—No te preocupes, no diré nada.
Bill se encaminó hacia la puerta. Estaba a punto de abrirla cuando se dio
la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Se me olvidó decirte que Delores también viene mañana por la noche.
Quiere conocer a Mike.
Hannah entornó los ojos cuando la puerta se cerró tras Bill. Las cosas
empezaban a encajar. Estaba el comentario que había hecho Delores sobre
que Hannah, si seguía encontrando cadáveres, sería incapaz de atraer a
ningún hombre que no fuera inspector de homicidios. Estaba la forma en
que Bill le había contado todos los antecedentes de Mike, pintándolo como
un hombre sumido en una pena profunda que sin duda tocaría la fibra de
cualquier mujer. A ello había que sumar la forma en que Bill casi le había
suplicado que fuera a cenar pizza con ellos para que le informara de
cualquier detalle de su personalidad y se lo explicara. Ya, ya. Seguro.
Hannah suspiró profundamente y se dirigió a darle la vuelta al rótulo de
«Cerrado» para que mostrara el lado de «Abierto». Bill le había tendido una
trampa, como un verdadero profesional. Solo podía llegar a una conclusión:
su esposa y su suegra le habían dado un curso intensivo como casamentero.
CAPÍTULO VEINTIDÓS

D os minutos después de que Hannah hubiera dado la vuelta al rótulo


de «Abierto», empezaron a entrar los parroquianos. Charló, sirvió
café y repartió galletas durante dos horas completas, sin descanso.
Había corrido la noticia y todos a los que servía querían enterarse de lo que
ella sabía sobre el asesinato de Max y qué relación tenía con el de Ron.
—¿Crees que es el mismo asesino, Hannah? —Bertie Straub parecía
angustiada mientras mordisqueaba una galleta crujiente de melaza. Había
venido de la peluquería Cut ’n Curl para enterarse de las últimas noticias
para sus clientas canosas, que cotilleaban bajo los secadores de casco de
brillante metal.
—Tiene que serlo. ¿Cómo iba a haber dos asesinos en un pueblo del
tamaño de Lake Eden?
—¿Descubriste tú el cuerpo de Max? —Bertie bajó la voz y miró
alrededor para asegurarse de que nadie las escuchaba—. A mí puedes
decírmelo, Hannah. Te prometo que no se lo diré a nadie.
Hannah hizo cuanto pudo para mantener una expresión solemne.
Contárselo a Bertie sería el equivalente de llamar a la línea abierta de la
KCOW y contarlo en público a través de las ondas.
—No puedo decir ni sí ni no, Bertie. Todos esos detalles forman parte
de una investigación en marcha.
—¡Lo hiciste! ¡Te lo veo en la expresión de la cara! —Bertie se
estremeció teatralmente y Hannah se preguntó si se habría unido al grupo
de actores de Lake Eden—. Supongo que fue horrible, ¿no?
—Siempre es horrible que alguien pierda la vida. —Hannah repitió
como un loro la frase educada, la misma que había utilizado incontables
veces esa mañana.
—Lo atraparán pronto, ¿verdad? Te juro que no he pegado ojo desde
que me enteré de lo de Ron. ¡Y pensar que hay un asesino suelto entre
nosotros!
—Estoy convencida de que sí, Bertie. Bill se encarga del caso y es un
gran detective.
Hannah se libró de más preguntas gracias a la llegada de Lisa, que traía
más galletas en una bandeja. Lisa echó un vistazo a la expresión de
frustración de su jefa y le guiñó un ojo.
—Tienes a tu madre al teléfono, Hannah, y dice que es urgente. ¿Por
qué no coges la llamada en la trastienda? Hay menos ruido que aquí. Y
llévate un poco de café.
—Tengo que irme, Bertie. —Hannah lanzó a Lisa una mirada de
agradecimiento, llenó su taza de café y salió por la puerta batiente. Había
respondido a tantas preguntas que la cabeza le daba vueltas y solo eran las
once de la mañana.
Estaba a punto de sentarse en un taburete en la mesa de trabajo cuando
sonó el teléfono. Hannah contestó sin pensárselo, y oyó la voz emocionada
de su madre.
—¿Hannah?, ¿estás ahí?
—Sí, mamá. —Hannah dio un trago a su café—. Debes de ser vidente.
—¿Qué?
—Nada, da igual. ¿Qué quieres ahora?
—¿Has visto ya las fotografías que hizo Carrie en la fiesta de los
Woodley?
—Todavía no. —Hannah alzó la mirada al reloj—. Norman dijo que me
las traería a mediodía.
—Bueno, pues prepárate para una agradable sorpresa. Hay una tuya en
la que sales muy bien. No te pareces a ti en absoluto. Norman me prometió
hacerme una copia de 20 por 25 para enmarcarla.
Hannah tuvo que hacer todo lo posible para no echarse a reír. ¿Qué salía
bien?, ¿que no parecía ella en absoluto? Nadie como una madre para
destruir la confianza en sí misma.
—Tengo prisa, cariño. Iba a salir, pero quería llamarte antes.
—Gracias, mamá. Hablaremos más tarde. —Hannah gruñó mientras
colgaba. Tal vez tendría que aceptar el consejo de Lisa y tomarse el resto
del día libre. Ya había oído cuanto tenía que oír de sus clientes. Tendría que
esperar para ver esa fotografía en la que «salía bien» y luego se iría a casa y
se concentraría en las cosas importantes. Si trabajaba a fondo, a lo mejor
podría resolver el caso del asesinato de Bill antes de que Mike Kingston
entrase en escena.

—¿Qué te parecen, Hannah? —Norman la observaba mientras ella hojeaba


las copias que le había llevado—. Esa que está encima es la favorita de tu
madre.
Hannah suspiró y bajó la mirada a la imagen. Tenía los ojos medio
cerrados, la sonrisa torcida y un mechón de pelo amontonado sobre su oreja
izquierda.
—No es precisamente la mejor fotografía que me han sacado en mi
vida.
—Lo sé. —Norman se mostró comprensivo—. Hay una mucho mejor,
pero mi madre se las apañó para cortarte el brazo izquierdo.
—Déjame ver. —Andrea estiró la mano para tomar la foto. Había
venido, haría unos cinco minutos, con Tracey.
Hannah miró mientras Andrea examinaba la copia. Se dio cuenta, por la
pequeña arruga de concentración que apareció entre los ojos de su hermana,
de que Andrea se esforzaba por encontrar algo agradable que decir. Debió
de costarle, porque tardó al menos treinta segundos en reaccionar.
—Pareces un poco más delgada de lo habitual. Y tu vestido es
espléndido.
—A mí me parece que la tía Hannah ha salido bonita. —Tracey sonrió a
Hannah—. No tan bonita como ahora, pero bonita.
—Cuerpo diplomático. —Hannah le hizo un guiño a Andrea—. Tracey
es toda una promesa.
Andrea se rio y extendió la mano.
—Veamos las demás.
Hannah bajó la mirada a la siguiente fotografía. Era una de Andrea y
Bill, y ambos estaban fabulosos con sus atuendos formales. Andrea era
asombrosamente fotogénica, mientras que las fotografías de Hannah
siempre le recordaban a las fotos del «antes» en los anuncios de maquillaje.
Repasaron las fotos una por una. Hannah se las iba pasando a Andrea
después de verlas. Afortunadamente, sus clientes estaban acomodados con
sus cafés y sus galletas y nadie se acercó al mostrador para interrumpirlas.
Hannah llegó a la foto que Norman había mencionado y sí que tenía mejor
aspecto. Aparecía sentada en el sofá con Norman de pie, detrás de ella, y era
una pena que el brazo izquierdo hubiera quedado fuera de cuadro. La madre
de Norman había conseguido enfocar el centro de la imagen con tal torpeza
que casi la mitad de la foto la ocupaba la mesita auxiliar que había junto al
sofá.
Hannah estaba a punto de pasársela a Andrea cuando se fijó en una pila
de libros y papeles que había sobre la mesita. Se veía una carpeta blanca
con letras rojas encima de toda la pila. La sostuvo más cerca, entornó los
ojos y leyó las palabras: «Compacts Unlimited». ¡Uno de los Woodley
había alquilado el tipo de coche que el señor Harris había visto saliendo del
camino de entrada a la lechería Cozy Cow la mañana de los asesinatos!
—¿Qué pasa, Hannah? —Andrea había captado la expresión
conmocionada que debió de reflejársele en la cara.
—Nada, pero esta me gusta mucho. —Hannah se volvió hacia Norman
y le preguntó—: ¿Puedo quedármela?
—Claro. Pero ¿por qué quieres precisamente esa?
Hannah pensó deprisa. No podía equivocarse si apelaba a la vanidad de
Norman.
—Has salido muy bien.
—¿No me digas? —Norman se inclinó para examinar la foto—. A mí no
me lo parece.
—Pero a mí sí. De verdad que me gustaría quedármela, Norman.
Norman tomó la foto y la examinó con ojo crítico.
—Déjame que te haga otra copia. Puedo retocar un poco el negativo en
el cuarto oscuro.
—No, así ya está bien. —Hannah le arrebató la foto de las manos—. Me
gusta tal como está.
Andrea la miró fijamente.
—¿Quieres quedarte esa con el brazo amputado?
—Si a Venus le quedaba bien, a mí también, ¿no? —Hannah fulminó a
su hermana con una mirada de advertencia.
—Podría reencuadrarla, eliminar la mesa y ampliarla para obtener un
primer plano de los dos —sugirió Norman—. ¿Quieres que lo intente?
—Por supuesto que sí. Pero de todos modos quiero conservar esta.
Norman se encogió de hombros y se volvió hacia Andrea.
—¿Y tú qué me dices?, ¿quieres una copia de alguna?
—Me encantarían estas. —Andrea le tendió dos fotos.
La campanilla que había sobre la puerta tintineó y entró el sheriff Grant,
seguido del hombretón más intimidante que Hannah había visto en su vida.
Era alto, en torno al metro noventa, y tenía un pelo rubio rojizo, unos
penetrantes ojos azules y bigote. Parecía tan en forma como un atleta y, si
no fuera por las arrugas profundas que surcaban su rostro, habría
respondido a todos los cánones de la belleza clásica. Se produjo un revuelo
en las conversaciones de los clientes en las mesas y a Hannah no le extrañó.
Era el hombre más apuesto que había puesto el pie en Lake Eden desde
hacía siglos.
—¡Es él! —Andrea le dio un codazo—. Es Mike Kingston.
—Lo sé. —Hannah sonrió. Su hermana había constatado lo obvio. Mike
Kingston iba con el sheriff Grant. ¿Quién más podría ser?
—Hannah. —El sheriff Grant se acercó al mostrador—. Este es Mike
Kingston. El lunes se incorporará al departamento.
Hannah tragó saliva. Nunca se había sentido incómoda entre hombres,
pero Mike Kingston fue una excepción. En cuanto lo vio, se le aceleró el
pulso y descubrió que era incapaz de mirarlo directamente a los ojos.
Respiró hondo, deseó que su voz sonara firme y dijo:
—Me alegro de conocerle, ayudante Kingston.
—Llámame Mike.
Tenía una voz profunda y cálida, que no desentonaba con su
corpulencia. Hannah sintió una reacción puramente física que no había
experimentado desde que su adúltero profesor la había invitado a su
apartamento. Se dio la vuelta rápidamente para hacer las presentaciones,
suplicando que nadie adivinara qué efecto provocaba en ella estar en la
misma habitación que Mike Kingston.
—Esta es mi hermana, Andrea Todd, y esta es mi sobrina, Tracey. Y este
es Norman Rhodes. Acaba de hacerse cargo de la consulta dental de su
padre en la ciudad. Sé que tenéis prisa, así que voy un momento a la
trastienda y os traigo las galletas.
Mientras Mike Kingston se daba la vuelta para estrechar las manos a
Andrea y Norman, Hannah se escapó al horno. Una vez estuvo a salvo
detrás de la puerta batiente, se metió en el lavabo y se mojó la cara con
agua. Si conocer a Mike Kingston le causaba tal sobresalto, ¿qué efecto
tendría la cena de pizza mañana por la noche cuando de hecho tuviera que
hablar con él?
Hannah, que nunca rehuía los problemas, decidió que no había mejor
momento que el presente para afrontarlo. Mike Kingston pensaría que
estaba loca si se retiraba a una sala distinta cada vez que él entraba en The
Cookie Jar. Salió del lavabo, recogió la caja de blancas y negras para la
jornada de puertas abiertas y volvió a través de la puerta batiente a la parte
de delante de su local.
Mike Kingston se dio la vuelta para sonreírle y Hannah se quedó sin
aliento. Esperaba no estarle mirando como una fan adolescente que se había
topado cara a cara con su estrella de rock favorita.
—Es todo un detalle por tu parte que hornees estas galletas para
nosotros, Hannah. El sheriff Grant dice que lo haces todos los años.
—Así es. —Hannah se sintió aliviada. No parecía que él se hubiera
dado cuenta de lo ruborizada que estaba, y eso era una buena señal—.
También me ocupo del pícnic estival. Es una barbacoa en la que cada uno se
lleva la carne al lago Eden y yo suministro los refrescos y las galletas.
—Suena muy bien. No hay nada como una barbacoa en el lago.
—Más vale que sigamos camino, Mike.
El sheriff Grant se volvió hacia su nuevo pupilo y Hannah vio la
admiración en sus ojos. Para hablarle, el sheriff tenía que mirar hacia arriba,
puesto que no llegaba al uno setenta. El miembro más nuevo del
departamento del sheriff del condado de Winnetka hizo que Hannah se
sintiera pequeña, y nunca se había sentido así en su vida.
—Nos vemos luego, Hannah.
Mike Kingston se despidió con un gesto de la mano y Hannah con una
sonrisa. Era un hombre muy agradable y no tenía nada contra él
personalmente, pero si Bill no conseguía su ascenso, le guardaría rencor.
—Encantado de conocerte, Norman. —Mike saludó con la cabeza a
Norman y luego se volvió hacia Andrea—. No sabes cuánto deseo trabajar
con tu marido, Andrea.
—Es mi papá —dijo Tracey.
—Lo sé. —Mike Kingston se inclinó y le susurró algo al oído a Tracey.
Mientras Hannah observaba, los ojos de su sobrina se abrieron como
platos y se le escapó una risita divertida.
—¿De verdad?
—Te lo prometo —dijo Mike asintiendo—. Pero es un secreto hasta
mañana por la noche. Entonces lo llevaré.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Andrea se volvió hacia Tracey:
—¿Qué te ha dicho?
—No puedo contártelo. —Tracey era toda sonrisas—. Ya lo has oído, es
un secreto. Pero lo descubrirás mañana por la noche cuando cenemos la
pizza.
Andrea intercambió una mirada con Hannah. Parecía gustarle que su
hija se llevara tan bien con el nuevo supervisor de Bill.
—Tengo prisa, Hannah. Voy a llevarle un montón de cosas a Luanne y
Tracey va a ayudarme. Y luego vamos a ir a la jornada de puertas abiertas
en comisaría.
—Yo también tengo que salir. Tengo cita con un paciente en veinte
minutos. —Norman metió la mano en el bolsillo, sacó una pila de tarjetas
comerciales y se las pasó a Hannah—. Son para ti.
Hannah tomó las tarjetas y empezó a sonreír. Eran perfectas y Norman
incluso había impreso galletitas alrededor del margen.
—Gracias, Norman. Son geniales.
—Puedo imprimir más si las necesitas.
—Esperemos que sí. Espera un momento. —Hannah abrió la caja
registradora y sacó el sobre de manila con los documentos del préstamo de
su madre dentro—. Ten, Norman. Es para ti.
—¿Para mí? —Norman pareció desconcertado cuando se lo pasó.
—Es algo que me encontré la otra noche. Abre el sobre cuando llegues a
la consulta. Hay una nota dentro explicándolo todo.
Hannah dejó escapar un largo suspiro de alivio cuando todos se fueron
juntos. Tenía trabajo que hacer, trabajo que no tenía nada que ver con
hornear, vender ni servir galletas. Agarró la foto que le había pedido a
Norman y se dirigió a la trastienda para decirle a Lisa que iba a tomarle la
palabra en su oferta de quedarse hasta cerrar. Tenía gente que ver, llamadas
que hacer y, con un poco de suerte, podría haber resuelto el caso de doble
homicidio de Bill antes del lunes por la mañana.
CAPÍTULO VEINTITRÉS

H annah abrió la puerta de su apartamento y captó un destello naranja


por el rabillo del ojo. Moishe acababa de saltar de su posición sobre
el televisor y había adoptado un aire tremendamente culpable. Miró
a la pantalla y vio que emitían un programa de naturaleza, uno que
mostraba imágenes de flamencos aleteando sus alas de un rosa asalmonado.
—Esos pájaros te cuadruplican en tamaño, Moishe. —Hannah le rascó
debajo de la barbilla para que supiera que no estaba enfadada. Cuando había
abierto la puerta, su feroz cazador felino estaba descolgado por el televisor
y trataba de dar zarpazos a las aves de la pantalla.
Una vez hubo apagado el televisor con sus tentadores flamencos y
colgado la chaqueta en el perchero, Hannah fue a la cocina para llenar el
cuenco de comida de Moishe. Por descontado, estaba vacío. Siempre lo
estaba. Las actividades favoritas de Moishe cuando ella estaba fuera eran
comer y sestear.
Tenía tres mensajes en el contestador automático. El primero era de su
vecina del piso de abajo, Sue Plotnik, preguntándole si podía servir galletas
en su clase para mamás y bebés de la semana siguiente. Hannah lo apuntó
en el calendario de la cocina; lo pasaría al calendario de The Cookie Jar
cuando fuera al local el lunes. Entonces escuchó el segundo mensaje. Era de
un hombre que se identificó como Robert Collins, de Hideaway Resorts,
que la invitaba a una cena gratuita para potenciales inversores en
multipropiedad en un hotel de Minneapolis. Hannah ni siquiera se molestó
en anotar el número gratuito.
El tercer mensaje hizo aguzar los oídos a Hannah. Era de Bill y le decía
que solo quería mantenerla informada. La administradora de Compacts
Unlimited se había puesto en contacto con él esa mañana. Dado que ella no
tenía el listado, había llamado a todas las demás sucursales y una de ellas
había proporcionado un coche de alquiler para un cliente con una dirección
de Lake Eden. Boyd Watson había alquilado un compacto negro de su sede
de St. Paul el martes.
Naturalmente, Bill lo había comprobado. Había llamado al director del
instituto, el señor Purvis, y había descubierto que el entrenador Watson
había estado asistiendo a un curso estatal de entrenadores en aquel
momento. Dado que Boyd no había regresado a la ciudad hasta el mediodía
del miércoles, eso lo descartaba como posible sospechoso.
Las arrugas surcaron la frente de Hannah mientras se servía un vaso de
cocacola sin azúcar y lo llevaba al salón. Cuando Maryann había dicho que
había ido en coche a Minneapolis para ir de compras con Boyd, Hannah
había dado por supuesto que Maryann lo había recogido y habían ido juntos
al Mall of America. Pero lo que Maryann había dicho en realidad era que se
había encontrado con su hermano en el centro comercial. Boyd debía de
tener su coche de alquiler en ese momento. Pero ¿por qué el entrenador
Watson iba a tomarse la molestia y hacer el gasto de alquilar un coche
durante menos de veinticuatro horas cuando su hermana iba a pasar a
recogerle? No tenía sentido.
Suspiró y estiró la mano para acariciar a Moishe, que había abandonado
su plato de comida por el mullido cojín del sofá y la compañía de su dueña.
¿Había ido el entrenador Watson al volante del compacto negro que el señor
Harris había visto salir zumbando del camino de acceso a la lechería? El
horario era muy justo, pero cabía la posibilidad de que Boyd hubiera salido
antes del amanecer, mientras Maryann y su madre dormían todavía, y
hubiera conducido hasta Lake Eden. Su apellido empezaba por W, así que
cuadraba que fuera él quien había quedado en reunirse con Max. Si
Maryann y su madre habían estado durmiendo hasta las nueve, Boyd habría
tenido tiempo para disparar tanto a Max como a Ron y volver con ellas
antes de que se despertaran. Pero ¿qué móvil podría tener el entrenador
Watson para asesinar a Max?
Hannah repasó todo lo que había averiguado de los Watson. El anillo de
Danielle había costado mil dólares y el vestido que llevaba en la fiesta de
los Woodley se había vendido por más de quinientos. Boyd y Danielle
vivían en una casa muy cara, y Danielle no trabajaba. Boyd conducía un
jeep Grand Cherokee y Danielle tenía un Lincoln, ambos nuevos. ¿Cómo
podía el entrenador Watson mantener ese lujoso ritmo de vida con el salario
de profesor?
—¡Max le había concedido un préstamo personal a Boyd!, —exclamó
Hannah haciendo que Moishe retrocediese y la mirara fijamente—. Lo
siento, Moishe. No pretendía gritar, pero es lo único que tiene sentido. No
había ningún documento de préstamos sobre él, pero la caja fuerte estaba
abierta y se los habría llevado después de disparar a Max. ¡Y luego mató a
Ron porque él lo vio con Max!
Moishe se dio la vuelta para clavarle una larga e impertérrita mirada y
luego se bajó del sofá de un salto y se dirigió sin hacer ruido a la cocina.
Maulló una vez, llamándola para que le llenara el cuenco, y Hannah acudió
servil. Moishe era el gato más inteligente que había visto en su vida:
esperaba que ella le dejara el cuenco relleno porque sabía que tenía que irse
de nuevo.

Danielle abrió la puerta unos centímetros, pero no más.


—Hola, Hannah. Yo…, esto… Ahora estoy ocupada. ¿Puedes volver un
poco más tarde?
—No. —Hannah metió el pie en la abertura—. Es importante, Danielle.
¿Está Boyd en casa?
—No, no está. Tenía… entrenamiento de fútbol… en la escuela.
—Bien. Eso nos dará cierto margen de tiempo solas. Tenemos que
hablar, Danielle.
—Pero yo… tengo que ponerme maquillaje. Estaba…, esto…, echando
una siesta… —La voz de Danielle se fue apagando hasta que se le escapó
un gemido—. Por favor, Hannah. No quiero que me veas así.
Hannah tomó una de sus decisiones sobre la marcha: acertada o no, iba
a entrar. Nunca había sido alguien que dudara una vez tenía las ideas claras,
así que sencillamente empujó a Danielle hacia atrás y entró.
—¡Oh, Hannah! —Danielle se llevó las manos a la cara, pero no antes
de que Hannah hubiera atisbado su ojo a la funerala y los moratones rojizos
que dibujaban la huella de una mano en su mejilla izquierda.
—¡Por Dios santo, Danielle! —Hannah estiró el brazo para cerrar la
puerta—. ¿Qué te ha pasado?
—Yo…, esto…, yo…
—Da igual, déjalo —interrumpió Hannah, sabiendo que Danielle le
saldría con algún cuento chino—. Vamos. Anda, pongamos un poco de hielo
en tu cara.
—No tengo hielo.
—Encontraré algo. —Hannah la tomó del brazo y la llevó a la cocina—.
¿Estás segura de que él no va a volver?
Danielle puso cara de estar más avergonzada, si cabe.
—¿Quién?, ¿el… intruso?
—Tu marido. —Hannah abrió la nevera y buscó algo que pudiera servir
a modo de bolsa de hielo—. No tienes que fingir conmigo, Danielle. Sé que
te ha pegado él.
—¿Y cómo lo sabes?
Uno de los ojos de Danielle se abrió del todo por la sorpresa, pero el
otro siguió cerrado por la hinchazón. Hannah sacó un paquete de guisantes
congelados, le dio unos golpes contra el mármol para soltar el contenido y
se lo pasó, junto con el paño de cocina que colgaba del asa del horno.
—Siéntate, envuelve los guisantes en el paño y póntelo en el ojo. Te
sacaré otro para la mejilla.
—Gracias, Hannah. —Danielle se hundió en una silla—. Es culpa mía.
Se me olvidó llenar las bandejas de cubitos.
Hannah sacó otro paquete de guisantes congelados y lo envolvió en un
paño limpio que encontró en un cajón. Lo acercó a la mejilla de Danielle y
suspiró profundamente.
—No es culpa tuya. Sujétalo con la otra mano y dime dónde guardas el
café.
—No tengo. Me quedé sin y se me olvidó comprar más. Por eso Boyd
se puso como una fiera conmigo.
Hannah se cabreó. Algunas mañanas sería capaz de matar por una taza
de café, pero en su caso solo era una forma de hablar.
—¿Y té?
—Tengo instantáneo. Está en la alacena sobre la cocina. Y el
dispensador de Sparklettes tiene agua caliente.
Hannah encontró dos tazas, echó unas cucharadas de té instantáneo y
una generosa cantidad de azúcar, y las llenó con agua hirviendo del
dispensador. Le llevó una a Danielle y puso la suya al otro lado de la mesa.
A Hannah no le gustaba el té, pero no importaba. Compartir el té establecía
un vínculo entre ambas.
—Déjame verte la mejilla.
—Está mejor. —Danielle se apartó el paño y fue capaz de esbozar una
pequeña sonrisa—. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza utilizar
guisantes congelados hasta ahora. Supongo que eso demuestra que las
verduras son buenas para la salud.
La triste tentativa de comentar algo gracioso hizo que Hannah se
sulfurara. Danielle había dicho que nunca había pensado en utilizar
guisantes congelados «hasta ahora». Obviamente, esta no era la primera vez
que el entrenador Watson había apaleado a su esposa. Hannah pensó en
intentar convencer a Danielle para que lo denunciara o en ofrecerle consejo
sobre cómo podía salir de esta situación de maltrato, pero eso podía esperar
hasta más tarde. Ahora mismo tenía que averiguar si, además de maltratar a
su esposa, Boyd Watson iba por ahí asesinando gente.
—Está mucho mejor —la tranquilizó Hannah—. Toma un poco de té y
mantén los guisantes ahí otro par de minutos.
Danielle asintió y dio un sorbo de té.
—Le has echado mucho azúcar.
—El azúcar va bien para la conmoción. —Hannah sacó la bolsa de
blancas y negras que había traído en el coche—. Y come una galleta. Son de
chocolate.
Danielle alargó la mano para coger una galleta y la mordió.
—Qué buenas, Hannah.
—Gracias. ¿Te duele la cabeza?
—No tengo una conmoción cerebral, Hannah. Conozco los síntomas.
«¡No me cabe duda!», pensó Hannah. Si no se equivocaba, Danielle
había estado varias veces en el hospital en el pasado: una vez por una pierna
rota y otras por heridas menos graves. Siempre había contado que había
sido una torpe y se había caído al resbalar sobre el hielo o se había roto algo
esquiando o había tenido un accidente en el barco mientras pescaba con su
marido. Hannah recordó el comentario de su hermana sobre la ropa de
Danielle y cómo esta la cubría completamente. Eso debería haber disparado
las alarmas en la cabeza de Hannah, sobre todo desde que Luanne ya le
había contado que Danielle utilizaba maquillaje de teatro para tapar las
marcas de acné. ¡Los únicos problemas que había que tapar en la piel de
Danielle Watson eran los que su marido le causaba!
Danielle dio otro sorbo de té y sostuvo la improvisada bolsa de hielo
contra su mejilla.
—No se lo contarás a nadie, ¿verdad que no?
—No tienes que preocuparte por eso —le prometió Hannah, eludiendo
una respuesta directa. Desde luego no iba a cotillear al respecto, y a eso se
había referido en realidad Danielle—. Si alguna vez quieres hablar con
alguien sobre esto, estoy a tu disposición. Lo único que tienes que hacer es
llamarme o subirte al coche y venir a mi casa. Tengo un cuarto de invitados
y puedes utilizarlo siempre que necesites irte de tu casa.
—Gracias, Hannah.
Nunca tendría una oportunidad como esa, y Hannah la aprovechó.
—Hay algo más, Danielle. Si quieres denunciar, te ayudaré.
—No, ¡ni se me ocurriría hacer eso!
Era la respuesta que Hannah había esperado. Sabía que la mayoría de
las mujeres maltratadas protegían equivocadamente a sus maltratadores, al
menos hasta que el problema se agravaba hasta tal punto que algún otro se
diera cuenta. A no ser que Danielle denunciara o alguien viera de hecho al
entrenador Watson pegando a Danielle, las autoridades no podían hacer
nada. Hannah decidió que lo intentaría una vez más y luego pasaría a otra
cosa.
—Si lo denuncias, Boyd recibirá ayuda.
—¿Qué tipo de ayuda?
—Terapia, talleres de control de la ira, esa clase de cosas. —Hannah
esperaba que ni su voz ni su cara delataran el desprecio que en realidad
sentía. A su modo de ver, las sesiones obligatorias con un terapeuta no eran
más que una palmada en la muñeca para los maltratadores crónicos.
Cualquiera que causara el daño físico que había infligido el entrenador
Watson a Danielle tendría que cargar con todo el peso de la ley.
—Boyd ya recibe terapia.
—¿Ah, sí? —A Hannah le entraron ganas de comentar algo ingenioso
sobre lo malo que debía de ser su terapeuta, pero se contuvo.
—Ahora ha mejorado mucho. Boyd solo me ha pegado una vez desde
que empezó la escuela.
—¿Contando hoy? —Hannah no pudo resistirse a preguntarlo.
—No, pero está sometido a mucha presión con el equipo de fútbol. Han
perdido tres partidos seguidos.
«¿Y qué le dice Boyd a su equipo?», se preguntó Hannah. «¿Chicos, si
no anotáis en el partido de hoy, cuando vuelva a casa le voy a dar una paliza
a mi mujer?».
—Después siempre se arrepiente. Lo siente de verdad. Es más, se echó a
llorar cuando vio cómo me había dejado la cara. Y luego fue directo al
teléfono para hacer una llamada a urgencias a su terapeuta. Ahora está con
él. No quería decírtelo, así que me inventé la excusa del entrenamiento de
fútbol. Boyd ha ido en coche hasta St. Paul porque se siente culpable.
Hannah aguzó los oídos. Boyd había alquilado el coche de Compacts
Unlimited en St. Paul.
—¿Boyd visita a un terapeuta en St. Paul?
—Va a The Holland Center. —Danielle pronunció el nombre con
reverencia. Parecía todo lo orgullosa que se puede estar con un ojo a la
funerala tapado por una bolsa de guisantes congelados—. Es el mejor
centro del estado y lo visita el doctor Frederick Holland, el terapeuta en jefe
y fundador. Seguramente habrás visto su nombre en los periódicos. Ha
hecho un gran trabajo con violadores en serie.
Nada de lo que Hannah había querido decir habría parecido oportuno,
pero tampoco importaba. La presa se había resquebrajado y Danielle quería
hablar.
—Estuvimos a punto de divorciarnos la primavera pasada. Boyd parecía
incapaz de controlarse, y el doctor Holland pensó que teníamos que
separarnos. Pero Boyd dijo que pondría más empeño, y funcionó.
Hannah volvió a mirar la cara de Danielle. Si eso era poner más
empeño, se alegró de no haber visto los resultados de los maltratos
anteriores de Boyd. Danielle iba a tener un ojo morado del tamaño del Gran
Cañón.
—¿Y ese tipo de terapia no es muy cara?
—Sí, pero el seguro médico de Boyd cubre el ochenta por ciento. Es el
seguro del sindicato de profesores y en eso son muy buenos. El doctor
Holland lo factura como terapia para el tratamiento del estrés causado por el
trabajo. Para Boyd sería vergonzoso presentarlo de otro modo.
—Supongo que sí. —Hannah hizo lo posible para que el sarcasmo no
trasluciera en su voz. ¡No quiera Dios que un maltratador se avergonzara!
—Cuando llamaste al timbre dijiste que querías hablar conmigo. ¿Es
otra vez por el asesinato de Ron? ¿O por lo que le sucedió a Max Turner?
Hannah supuso que Danielle quería cambiar de tema, y a ella ya le iba
bien. Es más, para ella era perfecto. Tenía que averiguar más cosas sobre el
coche de alquiler de Boyd.
—Solo estoy aclarando algunos cabos sueltos. ¿Boyd ha alquilado un
coche últimamente?
—Sí. —Danielle pareció sorprendida—. ¿Cómo lo sabes?
Hannah pensó deprisa.
—Me dijiste que fuiste al casino en el Jeep Cherokee de Boyd, así que
supuse que había alquilado un coche para el viaje.
—Pero eso no es exactamente lo que sucedió, Hannah. Boyd fue a
Minneapolis con otro entrenador, pero cuando decidió quedarse para visitar
al doctor Holland, alquiló un compacto para ese día. Le dieron cita para el
miércoles por la mañana y no podía pedirle a Maryann que lo llevara. Boyd
no quiere que ella sepa nada de su problema.
—Claro que no. —Hannah dio la respuesta convencional.
—Lo citaron muy temprano, a las siete de la mañana —prosiguió
Danielle—. Esa fue la única hora que pudo darle el doctor Holland en su
agenda. Boyd tuvo que salir de casa de su madre a las seis para llegar a
tiempo.
—¿Y Maryann, al despertarse, no se dio cuenta de que su hermano se
había ido?
—Sí, pero él le había dicho que se levantaría temprano e iría a comprar
rosquillas. A su madre le encantan. Boyd se las llevó después de ver al
doctor Holland.
La reunión de Boyd podría verificarse con una llamada telefónica y
Hannah pensó en hacerla en cuanto llegara a casa.
—¿Boyd le pidió dinero alguna vez a Max Turner?
—¿A Max? —Danielle frunció el ceño—. No lo creo. ¿Por qué?
—Voy a contarte algo, pero tienes que prometerme que no se lo dirás
nadie. Ni siquiera a Boyd.
—Muy bien —convino Danielle, pero parecía un poco inquieta—. ¿De
qué se trata?
—Max le dejó dinero a bastante gente de Lake Eden y uno de esos
préstamos podría tener algo que ver con su muerte. ¿Por qué has dicho que
no creías que Boyd le hubiera pedido prestado dinero a Max?
—Porque Boyd no necesita pedir dinero cuando ya tiene el mío.
Supongo que ya sabes lo que cobran los profesores, Hannah. Nosotros no
podríamos permitirnos vivir solo del salario de Boyd. Compramos los
coches, la casa y prácticamente todo cuanto tenemos con mi dinero.
Las cejas de Hannah se dispararon hacia el techo. Esto sí que era una
información inesperada.
—¿Y qué dinero es ese?
—El que heredé de mi tío. Yo era su favorita y me lo dejó todo. Lo puso
en un fondo fiduciario y recibo un pago todos los años.
—¿Y por eso puedes comprar todos estos lujos?
—Así es. Cuando recibo mi pago en enero, le doy la mitad a Boyd y mi
madre invierte el resto por mí. Nos ha ido muy bien en la bolsa, y el doctor
Holland cree que eso forma parte del problema de Boyd. Es muy difícil
para un hombretón como Boyd estar casado con una mujer que tiene mucho
más dinero que él.
—Supongo que debe de ser así. —Hannah optó por hacer un comentario
neutro.
—Por eso mantengo mi herencia en secreto —le confesó Danielle—. El
doctor Holland dice que el ego de Boyd es demasiado frágil y que se
sentiría tentado a ser aún más violento si sus amigos se enteraran. No lo
contarás, ¿verdad que no?
—De ninguna manera —aceptó Hannah rápidamente. Se imaginaba el
daño que podría infligir Boyd a su esposa si se supiera que era Danielle la
que los mantenía a ambos. Podría incluso hacer como el avaro del cuento y
matar a la gallina de los huevos de oro.
CAPÍTULO VEINTICUATRO


S é que es confuso —Hannah intentaba explicarlo mientras entraba
en su apartamento. Por la expresión de sorpresa de Moishe,
estaba claro que el gato no sabía cómo tomarse sus idas y venidas
de ese día—. He vuelto para hacer unas llamadas telefónicas. ¿Qué me
dices si te tengo ocupado con un plato de helado?
Moishe se le frotó contra los tobillos cuando Hannah sacó un envase de
helado de vainilla francesa del congelador y sirvió una cucharada en un
plato de postre. Lo llevó al salón, lo dejó sobre la mesita y le dio unas
palmadas a la superficie de esta. A Moishe no hizo falta que lo invitaran dos
veces. Se acercó al plato, olisqueó aquella montañita blanca y luego la
probó con la punta de la lengua. El frío debió de sorprenderle porque
retrocedió para mirarlo con atención, pero eso no impidió que volviera a
probar con un segundo lametón.
Mientras Moishe se entretenía explorando este misterioso alimento
nuevo, Hannah se dejó caer en el sofá y alcanzó el teléfono. Tenía que
llamar al doctor Holland para confirmar que Boyd Watson había acudido a
su cita el miércoles por la mañana.
Cinco minutos más tarde, Hannah tenía la respuesta. Había fingido ser
una perito de seguros médicos y había pedido a la recepcionista del doctor
Holland que verificase la hora de la cita. La recepcionista le había dicho
que el señor Watson había visto al doctor Holland a las siete de la mañana y
que su cita había durado los cincuenta minutos habituales.
—No sé si debería sentirme aliviada o decepcionada —le confesó
Hannah a su compañero de piso felino. Boyd Watson no era el asesino, así
que podía seguir dando palizas a Danielle siempre que le apeteciera.
Pero todavía estaba aquella foto de la carpeta del coche de alquiler en la
instantánea que había tomado la madre de Norman. Y Woodley también
empezaba por W. Hannah fue a la cocina para servirse otra cocacola sin
azúcar y pensó en el coche de alquiler que había utilizado alguien de la
familia Woodley. No creía que Judith o Del hubieran alquilado un
impersonal vehículo compacto negro, dado que tenían un garaje atestado de
vehículos de lujo entre los que podían elegir. Pero estaba Benton y su
nombre no habría hecho sonar ninguna señal de alarma a la administradora
de Compacts Unlimited porque su permiso de conducir todavía lo habría
identificado como residente en la Costa Este. Benton podría haber alquilado
un compacto para conducir desde el aeropuerto a Lake Eden. Les había
dicho a Andrea y Bill que había tomado el autobús del aeropuerto, pero eso
no quería decir que fuera verdad.
Hannah descolgó el teléfono y consiguió el número del servicio de
autobuses lanzadera del aeropuerto de Minneapolis. Solo había un autobús
que llegaba a Lake Eden, lo que facilitaba un poco su trabajo. Marcó el
número de la oficina del aeropuerto y ensayó lo que diría para conseguir la
información que necesitaba. Había aprendido una nueva habilidad
escuchando a Andrea hablar por teléfono con la recepcionista del hotel de la
Convención de Fabricantes de Mantequilla. Era posible sonsacar cualquier
tipo de información si la persona en el otro extremo de la línea estaba
dispuesta a colaborar.
—Servicio de Lanzaderas On-Time. Le habla Tammi.
Hannah esbozó una mueca al oír la voz animada e insípida. ¿Por qué las
empresas contrataban siempre a chicas que sonaban como si trabajaran en
Disneylandia?
—Hola, Tammi. Necesito su ayuda. Mi jefe, el señor Woodley, tomó el
autobús lanzadera a Lake Eden el miércoles por la tarde y no encuentra su
maletín. Me ha pedido que intente localizarlo y me preguntaba si su
conductor no lo habría encontrado en el autobús.
—No lo creo. Nuestros conductores comprueban que no haya objetos
olvidados después de cada trayecto y no hay ningún maletín en nuestro
contenedor de objetos perdidos.
—Ah, ya —gruñó Hannah con la esperanza de sonar decepcionada—.
¿Es posible que alguien de su oficina se lo enviara por correo y que no nos
haya llegado todavía?
—No solemos hacerlo, pero un par de nuestros conductores están aquí
ahora y puedo preguntarles. ¿Habría tomado la lanzadera de las dos, de las
cuatro o de las seis?
Eso dejó sin palabras a Hannah, pero se recuperó rápidamente.
—Tendría que habérselo preguntado al señor Woodley, pero cuando
salió se me pasó por alto. ¿Hay alguna forma en que pueda usted
comprobarlo?
—Sin problemas. ¿El apellido del pasajero era Woodley?
—Eso es —dijo Hannah, que se lo deletreó y añadió—: Benton
Woodley.
—Tendré que ponerle en espera. Un momento, por favor. —Siguió un
breve silencio y luego la música empezó a salir por los pequeños agujeros
del aparato. Sonaba como los coros de It’s a Small World, y Hannah iba a
preguntarse si Tammi había elegido la canción a propósito cuando su
animada voz volvió a la línea—: El señor Benton Woodley fue pasajero de
nuestra lanzadera de las dos. Lo he comprobado con el conductor, pero dice
que no encontró nada salvo un bolígrafo y un pañuelo con un monograma.
Tal vez debería preguntar en las líneas aéreas.
—Buena idea. Gracias, Tammi. No sabe cuánto agradezco su ayuda.

Hannah colgó y pensó en lo que acababa de averiguar. Moishe saltó a su


regazo y empezó a lamerle el brazo con su lengua áspera. El animal parecía
percibir que ella estaba alterada y hacía cuanto podía para consolarla.
Hannah lo acarició distraídamente y reflexionó sobre las horas de los
asesinatos. El hecho de que Benton hubiera tomado la lanzadera de las dos
no lo descartaba como asesino. Podía haber volado la noche anterior,
alquilado un vehículo de Compacts Unlimited y hecho un viaje de ida y
vuelta a Lake Eden para matar a Max y a Ron. Si había devuelto el coche a
la sede del aeropuerto, podría haber ido andando hasta la estación de la
lanzadera y haber tomado el autobús de las dos para darse una coartada.
Pero ¿por qué querría Benton matar a Max Turner? Hacía años que no había
ido a Lake Eden y, por lo que Hannah sabía, nunca había intercambiado
más que unas pocas palabras con Max.
Con la cabeza dándole vueltas, Hannah descolgó el teléfono de nuevo
con la intención de llamar a Compacts Unlimited para averiguar si Benton
había alquilado un coche. Pero tal vez eso debería dejárselo a Bill. Conocía
a la administradora y podría conseguir la información mucho más rápido
que ella. Hannah marcó el número de Billy se recordó las cosas que tenía
que decirle. Estaba la foto de la carpeta de alquiler de coches y sus
sospechas sobre Benton. Bill no sabía nada de eso. También estaba Boyd
Watson y tenía que contarle que lo había descartado como sospechoso. No
le desvelaría el doloroso secreto de Danielle por ahora. Sería mejor hacerlo
cuando Bill pudiera dedicarle toda su atención. Tal vez se les ocurriera
algún modo de darle un buen susto al entrenador jefe de los Gulls.
—¿Bill? Tengo alguna información que… —Hannah se paró en seco al
darse cuenta de que estaba hablando a un mensaje grabado. Bill no estaba
en su despacho. Cuando sonó el pitido, estuvo a punto de colgar de pura
frustración, pero se impuso el sentido común—. ¿Bill? Soy Hannah. He
eliminado al entrenador Watson como sospechoso. Pero ¿te acuerdas de las
fotografías que hicimos en el estudio de Del Woodley? Norman me las trajo
durante su hora de la comida y una de ellas mostraba una carpeta de alquiler
de Compacts Unlimited. Supongo que Benton debe de haber alquilado un
vehículo. Judith ni muerta conduciría un compacto y Del tiene su elegante
Mercedes. La W en la agenda de Max podría referirse a Woodley, pero me
falta el móvil. Voy a fisgonear para ver qué más puedo averiguar sobre los
Woodley.
Hannah suspiró y colgó, imaginándose a Bill en el vestíbulo de la
comisaria, comiéndose docenas de galletas que ella había preparado para la
jornada de puertas abiertas y mezclándose con la gente que se había
acercado a ver sus nuevos coches patrulla. Seguramente se lo estaba
pasando en grande mientras ella estaba ahí sentada, angustiada, dándole
vueltas a pistas que no encajaban y a sospechosos que desaparecían como
bolas de nieve al sol. Se suponía que tenía que ayudar a Bill, no hacer todo
el trabajo de campo para él. Al fin y al cabo, ¿quién estaba haciendo méritos
para que lo ascendieran a inspector?
En ese momento sonó el teléfono, despertando a Hannah de su lúgubre
estado de ánimo. Respondió, esperando que fuera Bill, pero era su madre.
—Me alegro tanto de encontrarte, Hannah. Tengo la noticia más
increíble.
—No me digas, mamá. —Hannah sostuvo el teléfono a un par de
centímetros de su oreja. Su madre era capaz de dejar sorda a la persona que
estuviera escuchando al otro extremo de la línea cuando estaba emocionada.
—Estoy en el centro comercial con Carrie. Necesitaba pilas nuevas para
su reloj. ¡Nunca te creerías lo que acabo de ver en la joyería! ¿Qué imaginas
que es?
Hannah le hizo una mueca a Moishe. Tenía casi treinta años y su madre
todavía quería jugar a las adivinanzas con ella.
—Seguro que no lo adivinaría nunca, mamá. Más vale que me lo digas.
—¡El anillo de Del Woodley!
—¿Su anillo? —Hannah no entendió qué tenía eso de asombroso. Todos
sus conocidos llevaban sus anillos al joyero cuando necesitaban repararlos o
cambiarlos de tamaño.
—Estaba en venta, Hannah. El joyero lo tenía en exposición en una
vitrina y pedía veinte mil dólares por él.
—¿Veinte mil dólares? —Hannah se quedó boquiabierta.
—No es un precio irrazonable para una montura de platino y un
diamante de ese tamaño. Pero ¿por qué está en venta el anillo de Del
Woodley?
—No tengo ni la más remota idea. —Hannah se tomó un momento para
sopesar la pregunta, pero no le encontró ningún sentido—. ¿Estás segura de
que era el anillo de Del Woodley?
—Sin la menor duda. Lo estuve admirando en su fiesta del año pasado y
me fijé en un diminuto arañazo en el aro. El anillo que acabo de ver en el
joyero tenía el mismo arañazo. ¿Quieres saber lo que pienso?
—Claro —convino Hannah. De nada serviría decir que no. Delores se lo
diría de todos modos.
—Pues pienso que Del tiene problemas económicos. Esa es la única
razón por la que se desharía de ese anillo. Él mismo me dijo que lo adoraba.
—Tienes razón, mamá. —Hannah esbozó una sonrisa. Esto abría un
montón de intrigantes posibilidades—. ¿Te enteraste de cuánto tiempo
llevaba el anillo en venta?
—Claro que sí. El joyero me dijo que lo tenía desde hacía seis meses.
—¿Y te confirmó que pertenecía a Del?
—No, cariño. Me dijo que siempre que acepta piezas caras en depósito
mantiene en secreto la identidad del propietario original.
Hannah pensó un momento al respecto mientras su madre proseguía
describiendo cada detalle de su conversación con el joyero. Los Woodley no
habían ahorrado gastos en su fiesta, aunque eso no significaba nada. Judith
era orgullosa, el tipo de persona que guardaba las apariencias. Si el negocio
de Del tenía problemas, podía haberle pedido dinero prestado a Max. Y si
Max le había reclamado el préstamo, como había hecho con los padres de
Norman y mucha más gente de la ciudad, Del Woodley habría tenido el
móvil perfecto para asesinarlo.
—Estoy segura de que tengo razón, Hannah —siguió su madre—. Ya
sabes lo buena que soy fijándome en los pequeños detalles. Nos pasamos
también por la tienda de antigüedades. ¿Te acuerdas de aquellos platos de
postre que te regalé?
—Sí, mamá. —Hannah bajó la mirada al plato de postre que había
utilizado para el helado de Moishe.
—Ten cuidado cuando los friegues. Solo pagué veinte dólares por el
conjunto en una subasta, pero tenían dos en el escaparate de la tienda de
antigüedades. Ahora los venden a cincuenta dólares por pieza.
—¿De verdad? —Hannah se estaba divirtiendo. Podía imaginarse la
reacción de su madre si le decía que Moishe acababa de comer de un plato
de postre de cincuenta dólares.
—Te dejo, Hannah. Carrie quiere comprar ropa de hogar y hay gente
haciendo cola en la cabina telefónica.
—Me alegra que hayas llamado, mamá —dijo Hannah. Y esta vez era
sincera.

Hannah bajó apresurada las escaleras que llevaban al apartamento de los


Plotnik y llamó al timbre. Delores no lo sabía, pero había sido de gran
ayuda. Phil Plotnik era supervisor nocturno en DelRay y tal vez supiera si el
negocio de Del tenía problemas.
Se abrió la puerta y allí estaba Sue Plotnik, haciendo malabares con un
paño de cocina y un bebé lloroso. Pareció sorprendida al ver a su vecina de
arriba, pero sonrió.
—Hola, Hannah. Espero que Kevin no te moleste. Tiene otitis y Phil ha
salido a la farmacia.
—Ni siquiera lo he oído —la tranquilizó Hannah—. ¿Me presento en un
mal momento?
Sue se rio.
—Con un recién nacido ningún momento es bueno, pero no importa.
Pasa y tómate un café conmigo. Acabo de prepararlo ahora.
Hannah no quería importunar, sobre todo porque Sue parecía
completamente desbordada, pero tenía que hablar con Phil, sin falta. Al
menos podía echar una mano mientras Sue servía el café.
—Te he traído unas galletas. —Hannah entró y dejó la bolsa sobre la
mesa. Entonces tendió los brazos y sonrió a Sue—. Déjame sostenerte al
bebé. Lo pasearé por la casa mientras sirves el café.
Sue le entregó el fardo envuelto en una manta con visible alivio.
—Gracias, Hannah. Se ha pasado toda la mañana llorando y se me cayó
su frasco de medicina. Por eso Phil ha tenido que ir a la farmacia.
¿Recibiste mi recado para que te encargaras del catering en la clase para
mamás y bebés de la semana que viene?
—Sí. Gracias por pensar en mí, Sue. Ya lo he anotado en mi agenda. —
Hannah acunó suavemente al ruidoso bebé y luego recorrió el salón con la
criatura en brazos. Michelle había sufrido cólicos de bebé y Hannah estaba
acostumbrada a los niños pequeños quejicosos. Siendo la hermana mayor,
que casi había cumplido los once años por entonces, Hannah se había
ocupado de las pequeñas cuando Delores había necesitado un respiro.
El bebé no tardó mucho en calmarse. Hannah caminaba rítmicamente
arriba y abajo con una expresión de satisfacción en el rostro. Estaba claro
que aún tenía buena mano con los pequeños.
Sue entró con dos tazas de café y una bandeja para las galletas. Lo
depositó todo en la mesita y luego miró a Kevin boquiabierta y asombrada.
—¿Cómo lo has hecho?
—Es fácil. Solo tienes que andar despacio, rebotando ligeramente con
cada paso. Yo solía fingir que era un elefante en el desfile de un circo. Voy a
dejarlo acostado, Sue.
Sue observó mientras Hannah se acercaba a la cuna y acomodaba al
bebé dentro. En su rostro asomó una expresión de ansiedad, pero
desapareció tras varios largos segundos de silencio.
—Eres fantástica, Hannah.
—Qué va. Solo que he tenido mucha práctica, nada más. Michelle
sufrió al menos cuatro cólicos antes de su primer cumpleaños.
—Tendrías que ser madre, Hannah. Todo ese talento desperdi… —Se
interrumpió a media frase y pareció muy incómoda—. No tendría que
haberlo dicho.
—No pasa nada. Pero hazme un favor y no se lo menciones a mi madre.
Le serviría de munición.
—¿Todavía sigue intentando emparejarte con todos los hombres de la
ciudad? —Sue hizo un gesto señalando el sofá y ambas se sentaron.
—Podría decirse así. —Hannah dio un sorbo del café y optó por
cambiar de tema—. ¿Cómo le va a DelRay, Sue? Eso es lo que en realidad
os he venido a preguntar.
—Ahora todo va bien. Phil dijo que Del incluso está hablando de
diversificarse al negocio de la venta por correo como hizo Fingerhut en
St. Cloud. Aunque la cosa no parecía ir tan bien en… —La voz de Sue se
fue apagando al oír una llave en la puerta—. Ahí está Phil. Él te lo explicará
mejor.
Phil abrió la puerta, vio a Hannah y le sonrió.
—Hola, Hannah.
—Hola, Phil.
—Hannah ha conseguido que Kevin se durmiera. —Sue señaló la cuna
—. Se puso a andar como un elefante y funcionó.
Phil lanzó una mirada a su mujer que insinuaba que se estaba volviendo
loca, pero luego se encogió de hombros.
—Si funciona, perfecto. ¿Queda un poco de ese café?
—Media cafetera en la cocina —le dijo Sue—. Sírvete una taza y ven a
sentarte con nosotras, cariño. Hannah ha bajado a preguntarnos por DelRay.
Phil se sirvió la taza de café, volvió y se acomodó en el sillón que había
frente al sofá. Probó una galleta, declaró que era la mejor que jamás había
comido y luego preguntó:
—¿Qué quieres saber de DelRay?
—Solo esperaba que no hubiera habido grandes cambios, ahora que
Benton ha regresado. —Así había planeado abrir la conversación mientras
bajaba las escaleras.
—No creo que Benton dure mucho. —Phil cogió otra galleta y se
encogió de hombros—. Por lo que cuentan, se estaba dando la gran vida en
la Costa Este y solo volvió a casa para asegurarse de que el dinero no se
acababa.
—¿Es que iba a acabarse? —Hannah hizo la pregunta pertinente.
—No creo que haya ningún peligro en ese sentido. La hermana de Sue
trabaja en la sección de contabilidad y me contó que Del acababa de firmar
un gran contrato nuevo el jueves.
Hannah asintió, pero en realidad eso no importaba. El jueves fue el día
posterior a que mataran a Max.
—¿Y antes de eso? ¿Tenía problemas DelRay?
—Hubo un problema hará unos cuatro años. Fue justo antes de que Sue
y yo nos casáramos y yo me puse a buscar un nuevo empleo.
—¿Tan mal iban las cosas en DelRay?
Phil alzó las cejas.
—¿Mal? Peor que mal. Perdimos cinco grandes contratos y los
directivos recortaron la plantilla a la mitad. Echaron a los empleados más
antiguos y yo solo llevaba un año en la empresa, así que supongo que tuve
suerte de librarme. El tipo al que contrataron justo después de mí recibió la
carta de despido. Pero entonces Del consiguió nueva financiación y desde
ese momento nos ha ido mejor.
—¿Nueva financiación? —Hannah aguzó los oídos—. ¿Te refieres a
algo así como un préstamo bancario?
Phil negó con la cabeza.
—No sé de dónde procedía el dinero, pero no era el préstamo de un
banco. La hermana de Sue me contó que el banco había rechazado la
petición de Del por un tema de sobreendeudamiento.
—Pero ¿no ha habido problemas desde ese préstamo o lo que fuera?
Hannah dio otro sorbo a su café y esperó la respuesta de Phil.
—La verdad es que las cosas no iban tan bien el miércoles por la
mañana —intervino Sue—. Cuéntaselo, Phil.
—Sue tiene razón. El miércoles por la mañana volví un poco
preocupado del trabajo.
—¿Un poco preocupado? —Sue se rio—. Estabas pensando en empezar
a mandar currículums otra vez.
—Es verdad. Cuando salía de la fábrica, vi al anciano y parecía bastante
amargado.
—¿A qué hora lo viste? —Hannah contuvo el aliento. Las piezas
estaban empezando a encajar.
—A eso de las seis y cuarto, minuto arriba minuto abajo. Yo acababa de
terminar mi turno y me dirigía al aparcamiento cuando lo vi hablando con
los supervisores del turno de noche.
Hannah se quedó desconcertada.
—Creía que tú eras un supervisor del turno de noche.
—Y lo soy, pero esos tipos están un nivel por encima. Por eso pensé que
podía haber problemas. El anciano nunca llega antes de las nueve, a no ser
que haya una crisis grave.
Hannah pasó otro par de minutos conversando y luego dijo que tenía
que irse. Mientras subía las escaleras a su propia casa, intentaba encajar las
nuevas piezas de su rompecabezas. Del Woodley no podía haber asesinado
a Max, dado que Phil lo había visto en la fábrica. Pero sin duda era posible
que Del hubiera recibido un préstamo de Max cuatro años antes. Tendría
que comprobarlo y solo había una persona que podía saberlo.
Cuando abrió la puerta de su casa ninguna bola naranja peluda recorrió
el salón a la carrera para recibirla. Hannah miró a su alrededor angustiada.
¿Dónde estaba Moishe? Entonces lo vio sentado en el respaldo del sofá. La
novedad de que ella entrara y saliera cada dos por tres había acabado por
aburrirle.
—Hola, Moishe. —En cualquier caso, Hannah se acercó a acariciarlo—.
Vuélvete a dormir. Solo he venido a casa a hacer otra llamada.
Moishe bostezó y se acomodó de nuevo mientras Hannah descolgaba el
teléfono. Betty Jackson sabría si Del Woodley había pedido dinero prestado
a Max cuatro años antes.
La extensión de Betty daba señal de comunicar y Hannah tuvo que
pulsar el botón de rellamada una docena de veces antes de que por fin la
respondiera. En cuanto la saludó, Betty se lanzó a contarle qué estaba
pasando.
—¡Esto se ha convertido en un manicomio! —Betty sonaba incluso más
agobiada de lo habitual—. No puedo entrar en el despacho de Max. Hay
una cinta amarilla impidiendo la entrada y Bill me advirtió que no pasara. Y
todo el mundo me ha estado llamando para preguntar qué va a ocurrir con la
lechería.
—¿Y lo sabes ya?
—Sí. Acabo de hablar con el sobrino de Max y tiene pensado instalarse
aquí y hacerse cargo de la empresa. Me pidió que convocara una reunión de
empleados y que les dijera a todos los que están en nómina que no tiene
planeado hacer cambios. ¿No es maravilloso?
—Sí, está claro que sí. —Hannah hizo cuanto pudo para parecer
entusiasmada. Se alegraba de que la lechería siguiese abierta, pero tenía
muchas otras cosas en la cabeza—. Lamento incordiarte, Betty, pero tengo
que hacerte otra pregunta muy importante. ¿Sabes si Max tuvo alguna vez
negocios con Del Woodley?
—Si es tan amable de esperar un momento le encontraré la factura.
Enseguida estoy con usted.
Se oyó un golpe cuando Betty dejó el aparato encima de su mesa, y
Hannah escuchó cómo le pedía a varias personas que salieran de su
despacho porque tenía a un proveedor importante en línea. Al cabo de unos
segundos, se oyó el sonido de una puerta al cerrarse y luego Hannah
reconoció los pasos pesados de Betty volviendo a su mesa.
—Lo siento, Hannah. No quería decir nada mientras había gente en el
despacho, pero Max sí tenía negocios con Del Woodley. Se supone que yo
no debería saber nada al respecto, pero un día confundí la extensión del
teléfono sin querer mientras Max hablaba con Del.
Hannah sonrió. Parecía que Betty se pasaba la mayor parte de su
jornada laboral escuchando conversaciones que supuestamente no debía oír.
—Del llamó hará unos meses —prosiguió Betty—. Era por un préstamo
personal. Se quejaba de los altos tipos de interés y Max no fue muy amable
con él.
—No me digas —Hannah fingió sorprenderse.
—A decir verdad, fue muy desagradable. Max le dijo a Del que si no le
parecían bien los tipos de interés, podía venir con el dinero y saldar el
préstamo.
—¿Y Del lo saldó?
—Eso no lo sé, Hannah. Del no volvió a llamar y esa fue la última vez
que supe nada sobre el asunto.
—Gracias, Betty. —Hannah colgó y hundió la cara entre las manos.
Todo aquello era muy confuso. Tal vez tendría que acercarse a la lechería y
observar de nuevo la escena del crimen. Era posible que a Bill se le hubiera
pasado por alto algo que tuviera que ver con el préstamo que Del había
negociado con Max.
—Salgo otra vez, Moishe —anunció Hannah mientras se levantaba y se
palpaba el bolsillo para asegurarse de que llevaba las llaves. Pero Moishe
no corrió al cuenco de comida como solía hacer. Se limitó a abrir su ojo
bueno e hizo lo que equivaldría a un encogimiento de hombros de un felino
tremendamente aburrido.
CAPÍTULO VEINTICINCO

H annah recorrió la Old Lake Road a ciento diez kilómetros por hora,
casi lo más rápido que su Suburban podía ir. Estaba a punto de llegar
al cruce de Dairy Avenue cuando empezó a replantearse su destino.
Sería una pérdida de tiempo volver a revisar la escena del crimen. El
asesino lo había planeado todo cuidadosamente, convocando una cita
privada con Max y engañándole para que abriera la vieja caja fuerte de la
lechería original. No era posible que un asesino tan organizado hubiera
dejado tras de sí alguna prueba que lo incriminara.
Así pues, ¿ahora qué hacía? Hannah levantó el pie del acelerador y dejó
que el Suburban se ralentizara hasta el límite legal. Tal vez podía ir a la
comisaría a buscar a Bill. Tenía más información para él, una información
que ella misma desconocía cuando había dejado su mensaje de voz. Podía
hacer un aparte con Bill y contarle todo. Entre los dos ya se les ocurriría
qué hacer a continuación.
Hannah miró por el retrovisor y vio que la carretera estaba despejada a
sus espaldas. Bajó la velocidad de su vehículo al mínimo e hizo algo que no
había hecho en toda su vida. Dio un giro de ciento ochenta grados pisando
la doble línea continua y se encaminó hacia la comisaría del condado de
Winnetka.
Mientras volvía a subir el indicador de velocidad a ciento diez, Hannah
pensó en Del Woodley. Él no podía haber matado a Max. Las leyes de la
física eran absolutas y no podía haber estado en dos sitios a la vez. Incluso
si Phil se había equivocado en cinco minutos y el reloj de Danielle se
hubiera desviado ese mismo tiempo, seguía sin ser posible conducir desde
la fábrica de DelRay Manufacturing, en la interestatal, a la lechería Cozy
Cow en ese periodo de tiempo.
Pero Benton sí podría haber matado a Max. Las manos de Hannah
apretaron el volante con fuerza cuando se le ocurrió la idea. Phil había
dicho que había vuelto a casa porque le preocupaba que la familia se
quedara sin dinero. Si Max había reclamado su préstamo y Del se lo había
contado a Benton, este podía haber decidido proteger su herencia matando a
Max y robando los documentos.
Hannah pensó en Benton mientras aceleraba por la autopista. Al chico
siempre le había gustado tener dinero. Desde primaria, Andrea volvía a casa
de la escuela hablando de la nueva mochila de cuero de Benton, o de la
serie completa de películas de Disney que le habían comprado sus padres, o
de los recuerdos que había traído de sus vacaciones estivales. Benton había
sido el chico más popular de su clase porque había invitado a sus
compañeros a los lujos que los padres de los demás no podían permitirse.
«Dales cosas y hazte amigos» había sido su lema.
La riqueza de la familia de Benton había sido más ostentosa si cabe en
el instituto. Entonces Benton había encandilado a las chicas, Andrea
incluida, yendo a recogerlas en su flamante descapotable nuevo y
colmándolas de regalos caros. El enorme frasco de perfume que le había
regalado a Andrea en Navidad no había sido más que un ejemplo. Delores
había buscado el precio y le había dicho a Hannah que había costado más
de doscientos dólares.
Hannah dudaba que las costumbres de Benton hubieran cambiado
durante los años que había estado fuera. Estaba convencida de que seguía
comprando la amistad con el dinero. ¿Y si todo el efectivo que utilizaba
para impresionar a los demás de repente empezaba a agotarse? ¿Era eso un
móvil lo bastante potente para matar a la persona que había amenazado el
estilo de vida de Benton?
Tenía delante un camión lento y Hannah se cambió de carril para
adelantarlo. Sí, Benton podía ser el asesino. Era lo bastante inteligente
como para haberlo organizado todo y había gente que había matado por
mucho menos. Y Benton además no contaba en realidad con una coartada
para las horas de los asesinatos. A no ser que se presentara con un billete de
avión que demostrara que no había aterrizado en el aeropuerto hasta
después de que Max y Ron hubieran sido asesinados, Benton Woodley era
el principal sospechoso en la lista de Hannah.
De hecho, Benton era su único sospechoso. Hannah suspiró
profundamente y pisó todavía más a fondo el acelerador. Tenía que
encontrar a Bill en la jornada de puertas abiertas y contarle su nueva teoría.
Bill no sabía que Del Woodley había puesto su anillo en venta y nunca se le
ocurriría que Del hubiera pedido dinero prestado a Max. Ella no podía
esperar que su cuñado resolviera el caso si no conocía todos los hechos.
Hannah levantó el pie del acelerador de nuevo cuando se le ocurrió otra
idea. ¿Cómo iba a hablar a solas con Bill? Mike Kingston estaría allí y era
el nuevo supervisor de Bill. Y este la había avisado para que no se le
escapara que le estaba ayudando en la investigación. Era verdad que Mike
no empezaba hasta el lunes, pero estaría en la jornada de puertas abiertas.
Sencillamente, no podía irrumpir allí y comunicar a Bill y a Mike que había
resuelto el caso.
El camión se había desviado y ahora no tenía a nadie detrás de ella.
Hannah pisó los frenos y dio otro giro de ciento ochenta grados. Ir a
comisaría no había sido una buena idea. Tendría que esperar hasta que Bill
volviera a casa esta noche para poder contarle que sabía quién era el
asesino. Pero ¿qué hacía ahora? Solo eran las tres y media y el resto de la
tarde se extendía interminable por delante de ella.
En cuanto lo pensó, Hannah esbozó una sonrisa. Iría a DelRay
Manufacturing para hablar con Benton. Entablaría una conversación cordial
y le preguntaría por su vuelo. Siempre podía decir que una amiga suya, una
amiga inventada que vivía en la Costa Este, tenía pensado venir a hacerle
una visita. Sería la excusa perfecta para preguntarle qué líneas aéreas había
utilizado, cuánto tiempo había tardado su vuelo y si había tenido que
esperar mucho a la lanzadera del aeropuerto. Gracias a Andrea, contaba con
la ventaja de saber que Benton siempre chasqueaba la uña del índice con el
pulgar cuando mentía. Así que observaría a Benton con cuidado para
distinguir la verdad de las mentiras…
No, no podía hablar con Benton. No estaría bien que interrogara a un
sospechoso de asesinato sin Bill. Hannah volvió a levantar el pie del
acelerador, disponiéndose a dar otro giro de ciento ochenta grados. Lo
último que le había dictado el instinto era lo correcto. Iría directamente a
comisaría y daría alguna excusa de que necesitaba ver a Bill a solas. Podría
ser una urgencia familiar, algo que tuviera que ver con Delores. Entonces
Mike los dejaría a solas y ella podría…
No hacía más que dar vueltas y eso tenía que parar. Hannah se detuvo
en el arcén de la carretera y apagó el motor. Dos giros de ciento ochenta
grados consecutivos eran más que suficientes y había estado a punto de
hacer un tercero. ¿Qué le pasaba hoy? ¿Por qué era incapaz de pensar con
lógica? Tenía la sensación de haber estado intentando componer un
complicado rompecabezas con una venda en los ojos, y de que alguien se
empeñaba en introducir una pieza de un rompecabezas completamente
distinto para confundirla.
—Piensa —murmuró Hannah para sí misma—. Quédate aquí sentada y
piensa. Eres inteligente. Puedes decidir qué vas a hacer.
Ya había eliminado a un montón de sospechosos hasta que el único que
le quedaba era Benton. Hannah estaba segura de que él era el asesino, pero
¿cómo iba a ayudar a Bill a probarlo? Para empezar tenía que dar un
gigantesco paso atrás y pensar en qué la había llevado a sospechar de
Benton. Y eso la retrotraía a la carpeta de Compacts Unlimited en el estudio
de Del Woodley. Tenía que probar que Benton había alquilado el coche
compacto negro que el señor Harris había visto saliendo a toda prisa del
camino de acceso a la lechería. Hannah supuso que podía esperar a que la
administradora le enviara a Bill la lista de clientes que le había prometido,
pero eso significaba que se desperdiciaría un día entero, o puede que dos.
Había otro modo de averiguarlo, un modo que tendría que habérsele
ocurrido inmediatamente a poco que se hubiera tomado un momento para
pensarlo.
Hannah sonreía mientras encendía el motor y daba marcha atrás para
volver a la carretera. Iba a pasarse a hacer una vista de buena vecina a la
mansión de los Woodley. Le llevaría a Judith Woodley unas galletas como
agradecimiento por la magnífica fiesta y luego le haría algunas preguntas
intrascendentes sobre Benton. Diría que su madre se había dejado un
pañuelo en el estudio cuando lo usaron como escenario para las fotografías
y Judith le daría permiso para buscarlo. Si Hannah pudiera echar un
segundo vistazo a la carpeta de Compacts Unlimited, estaría en condiciones
de confirmar que Benton había alquilado el coche.

—Buenas tardes, Hannah. —Hannah se dio cuenta de que Judith se había


sorprendido al verla, pero la buena educación no le permitía rechazar a un
visitante que le traía un regalo—. Del y Benton todavía están en el trabajo,
pero estaré encantada de recibirte y nos tomamos un té.
—Gracias. Me encantaría tomar un té contigo —se apresuró a decir
Hannah, y esbozó una sonrisa triunfante mientras Judith la conducía por el
vestíbulo. Judith había sonado muy reacia. Una huésped verdaderamente
educada habría dado alguna excusa para declinar la invitación. Pero Hannah
solo estaba fingiendo su papel y supuso que una invitación desganada a
tomar el té era mejor que ninguna invitación.
Al pasar por el estudio, Hannah miró la mesita que había junto al sofá.
La carpeta del coche de alquiler no estaba. Frunció el ceño y decidió
saltarse el fragmento sobre el pañuelo perdido de su madre. Ahora ya no
serviría de nada.
—Esta es mi pequeña sala de estar —anunció Judith mientras se detenía
ante una puerta abierta—. Por favor, entra y ponte cómoda. Tengo que
devolver una llamada telefónica, pero mi ama de llaves traerá la bandeja del
té y yo estaré de vuelta en un momento.
Hannah asintió y mantuvo la sonrisa en la cara hasta que Judith se hubo
ido. No había nada «pequeño» en la pequeña sala de estar de Judith. El piso
entero de Hannah habría cabido en el centro y aún habría sobrado espacio.
Al mirar a su alrededor, Hannah concedió que era un salón elegante.
Estaba decorado con gusto utilizando sedas y satín y ofrecía unas vistas
increíbles del jardín. Mientras que la mayoría de los jardines parecían
marrones y marchitos en esta época del año, el de Judith era exuberante y
verde. Su jardinero había plantado hileras de pequeñas píceas ornamentales
en un intrincado dibujo, y aquí y allá emergían espléndidas estatuas y unos
preciosos bancos de hierro forjado.
—Discúlpeme, señora. —Un ama de llaves con un vestido de seda
negra y un cuello de encaje blanco entró en la sala. Llevaba una bandeja
que contenía un antiguo juego de té por el que Delores habría matado.
Hannah había aprendido un poco sobre porcelana y cerámica en sus
incursiones en las ventas y subastas de casas con su madre y reconoció el
dibujo. Era un juego poco común y hermosamente labrado que Wedgwood
había ofrecido durante un tiempo limitado en el siglo XIX.
El ama de llaves se acercó a la mesita estilo Piecrust que había al fondo
de la sala y dispuso cuidadosamente el juego de té sobre la superficie
pulida. También trajo una fuente de delicados sándwiches.
—La señora Woodley pide que empiece sin ella, señora. ¿Le sirvo?
—Sí, por favor. —Hannah se sentó en uno de los dos sillones que
flanqueaban la mesa. Ambos sillones gozaban de una espléndida vista del
jardín, pero Hannah se mostró mucho más interesada en observar cómo
servía el té el ama de llaves. Lo hacía con eficacia y cuidado, y el té dorado
fluía desde la boquilla de la tetera para llenar la preciosa taza de porcelana
sin salpicar una sola vez. Mientras el ama de llaves secaba el pico con una
servilleta de lino blanco impecablemente limpia, Hannah no pudo evitar
preguntarse si el conocer la etiqueta de servir el té correctamente era una de
las condiciones para que te contrataran en la mansión de los Woodley.
—¿Limón o azúcar, señora?
—Nada, gracias —respondió Hannah con una sonrisa—. Me alegro de
que lo haya servido usted. A mí me habría dado pavor que se me cayera la
tetera.
El ama de llaves sonrió sorprendida, pero inmediatamente recobró la
compostura.
—Sí, señora. ¿Necesita algo más?
—Creo que no. —Hannah sintió el apremio de hacer algo totalmente
fuera de lugar. Tanta formalidad la estaba desquiciando—. A decir verdad,
detesto el té, pero no se lo diga a la reina Judith.
—No, señora, no se lo diré.
El ama de llaves emprendió una rápida retirada, pero Hannah oyó el
sonido de una carcajada apenas contenida cuando la puerta se cerró tras
ella. Eso hizo que se sintiera bien. Dudaba que los empleados domésticos
de Judith se rieran mucho gracias a sus invitados.
Una vez el sonido de los pasos del ama de llaves se hubo desvanecido
por el pasillo, Hannah levantó la otra taza de té y echó un vistazo a la
etiqueta de la parte inferior. Estaba en lo cierto: era de Wedgwood. No veía
el momento de contarle a Delores que había bebido té en una taza tan
excepcional y cara.
No quedaba más que hacer que esperar a Judith y Hannah estudió lo que
la rodeaba. Había un escritorio de origen francés en un rincón.
Posiblemente era de la época de Luis XIV, pero no estaba segura del todo.
Por alguna razón dudaba que Judith comprara jamás imitaciones, por
mucho que fueran copias perfectas.
Las butacas eran antigüedades de mediados del siglo XVIII, sin la menor
duda inglesas y ciertamente caras. Hannah hizo una suma mental de las
piezas de mobiliario que la rodeaban y le salió una cantidad abrumadora.
No era ninguna sorpresa que Del Woodley hubiera tenido que pedir dinero
prestado. Su esposa se había gastado cerca de cien mil dólares decorando su
sala de estar.
Todos aquellos cálculos hicieron que le entrara hambre y Hannah atisbó
la fuente de sándwiches, pequeños rectángulos de pan sin corteza. ¿Por qué
la gente que quería parecer sofisticada quitaba las cortezas de las rebanadas
de pan? A Hannah le parecía que las cortezas eran lo mejor. El relleno de
los sándwiches era de color verde y, dado que no creía que hubiera
mortadela de Bolonia enmohecida en la nevera de los Woodley, Hannah
supuso que sería berro o pepino. Un sándwich vegetal de pan blanco sin
corteza no era precisamente la idea que tenía Hannah de la alta cocina. Se
estaba preguntando si sabrían mejor de lo que aparentaban cuando oyó
pasos que se acercaban. Judith volvía y Hannah dibujó en su rostro una
expresión que imitaba a la perfección una sonrisa educada. Era la hora de
empezar el espectáculo.
CAPÍTULO VEINTISÉIS


H annah, querida. Siento mucho haberte tenido esperando —dijo
Judith al acercarse y acomodarse en el otro sillón—. Veo que la
señora Lawson te ha servido el té. Hannah alzó su taza para dar
un apresurado sorbo. El té estaba tibio porque llevaba un rato sin tocarlo,
pero se las apañó para esbozar una sonrisa.
—Está delicioso.
—Yo prefiero el té azul, pero muchos de mis invitados se inclinan por el
darjeeling.
Hannah no estaba segura de si el té al que acababa de dar un sorbo era
azul o darjeeling, pero no importaba.
—He venido a felicitarte por tu fiesta, Judith. Fue perfecta, como
siempre.
—Gracias, querida.
Judith se sirvió una taza de té y Hannah se fijó en que hervía al salir por
la boquilla de la antigua tetera. La exclusiva pieza de Wedgwood no tenía
grietas, aunque el juego de té debía de haber cumplido los dos siglos.
Delores había mencionado que bastaba una grieta tan fina como un cabello
para que la tetera perdiera calor y el té se enfriara.
Judith mantenía un silencio absoluto mientras bebía su té y Hannah
supo que tenía que decir algo. Su anfitriona no se lo estaba poniendo fácil y
a Hannah nunca se le había dado bien la charla social.
—Fue muy agradable ver a Benton de nuevo —empezó Hannah—. ¿Se
quedará mucho tiempo?
—No estoy segura. Todavía no hemos tenido un momento para hablar
de sus planes.
«Un callejón sin salida», pensó Hannah para sí y decidió intentar un
método más directo.
—Me preguntaba si Benton quedó satisfecho con el coche que alquiló.
Hannah vio recompensados sus esfuerzos con una ceja levantada de
contorno perfecto y un silencio total. Judith era la maestra de la evasión.
—Me refiero al vehículo de Compacts Unlimited —explicó Hannah—.
Me fijé en la carpeta cuando tu marido nos dio permiso para hacernos fotos
en su estudio.
—Oh, ese no era el coche de Benton —la corrigió Judith—. El personal
de la fiesta vino en coches alquilados en Compacts Unlimited.
Hannah se quiso morir por no haber pensado en esa posibilidad. La
doncella de la fiesta le había dicho que Judith había pagado el transporte.
Pero el hecho de que Benton no hubiera alquilado el coche no implicaba
que no lo utilizara mientras el vehículo estaba aquí. Y el miércoles por la
mañana estaba.
—¿Por qué estás tan interesada en los coches de alquiler?
La pregunta de Judith sacó a Hannah de su ensimismamiento con un
sobresalto. Intentando sonsacar información no iba a ninguna parte y Judith
le había dado la oportunidad perfecta. Bien podría haber preguntado
directamente.
—Mira, Judith. —Hannah levantó la mirada para buscar los ojos verdes
y en perfecta calma de Judith—. Posiblemente no debería decir nada, pero
un coche de alquiler negro de Compacts Unlimited fue visto abandonando
la lechería la mañana en que Max Turner fue asesinado. Ciertamente no
creo que Benton tuviera nada que ver con el asesinato de Max, pero mi
cuñado es el encargado de la investigación y probablemente se pase por
aquí para hacer preguntas. Solo quería avisarte.
—¿Avisarme? ¿Y de qué ibas a avisarme?
Hannah suspiró.
—Supongo que «avisar» era la palabra equivocada. Debería haber dicho
que he venido a «alertarte». ¿Tiene Benton una coartada para la hora de la
muerte de Max?
—¡Por descontado que la tiene! —La voz de Judith era gélida—.
Benton ni siquiera estaba en la ciudad en ese momento.
—Eso era lo que pensaba. Si Benton conserva todavía sus billetes de
avión, no dejes que los tire. Podrían demostrar su inocencia.
Judith entrecerró los ojos.
—¿Me estás diciendo que tu cuñado sospecha que Benton asesinó a
Max Turner?
—No. Este es un comentario entre nosotras. Si encuentras los billetes de
avión de Benton y me los enseñas, no tendré por qué mencionárselo a Bill.
Siempre has sido agradable conmigo y, de verdad, me gustaría ahorrar a tu
familia la vergüenza de una visita policial.
—Gracias por tu preocupación, Hannah. —Judith esbozó una breve y
fría sonrisa—. Si me concedes un momento, te buscaré esos billetes.
Probablemente estén en la habitación de Benton. Espera aquí y los
encontraré.
Hannah dejó escapar un gran suspiro de alivio cuando Judith salió del
salón. El comentario que había hecho sobre evitar a la familia la vergüenza
había funcionado. También había librado a Bill de un momento incómodo.
Judith no era el tipo de mujer que se deja intimidar por las autoridades y
podría haber demandado al departamento del sheriff del condado de
Winnetka por acoso si Bill forzaba a Benton a someterse a un
interrogatorio.
Los segundos iban pasando y Hannah alcanzó un sándwich. Se había
saltado la comida y le sonaban las tripas. Los sándwiches no estaban mal,
eran sin duda de berro, pero no lo que ella habría llamado sustanciosos.
Podría zamparse la bandeja entera y ni así darían para una comida decente.
Hannah estaba levantando la parte de arriba de otro —tal vez hubiera
alguno con pollo o atún mezclado— cuando oyó aproximarse los pasos de
Judith por el pasillo. Dejó el pan en su sitio justo a tiempo y esbozó una
falsa sonrisa.
—Aquí están. —Judith llevaba un chal de seda sobre el brazo derecho y
la voz le temblaba levemente. No hacía ningún frío en la sala, pero tal vez
el hecho de saber que Benton era sospechoso de un homicidio le había
producido un escalofrío. Se sentó en su sillón con el chal en el regazo y le
dio los billetes a Hannah con la mano izquierda.
—Si abres la carpeta, verás que el avión de Benton no aterrizó hasta las
doce y diecisiete. Supongo que esto lo descarta como sospechoso, ¿no?
Hannah estudió los billetes.
—Sí, lo descarta. Lamento de verdad haber tenido que sacar el tema y
espero no haberte alterado demasiado. Es que las pruebas circunstanciales
contra Benton parecían abrumadoras.
—¿Abrumadoras? —Judith levantó las cejas—. ¿Cómo es posible? Un
asesino requiere un móvil. ¿Y qué móvil podía tener Benton para matar a
Max Turner?
—De hecho —dijo Hannah vacilando y escogiendo cuidadosamente sus
palabras—, tiene que ver con el préstamo personal que pidió tu marido a
Max Turner.
—¿De qué estás hablando, Hannah?
Judith pareció ruborizarse, perdiendo su habitual aire sereno, y Hannah
se preguntó si le convenía retractarse. Pero Judith se había mostrado muy
comunicativa y se merecía saber la verdad.
—Lamento tener que decírtelo, Judith, pero Del pidió un préstamo
personal a Max Turner. Me he enterado esta tarde. Y sé que Del estaba
teniendo algunos problemas con los pagos. Supongo que entenderás cómo
encaja todo esto, ¿no?
—Sí, lo entiendo. —La voz de Judith adquirió un tono de dureza y
Hannah supuso que la mujer estaba avergonzada—. Pensaste que Benton
mató a Max para que Del no tuviera que saldar el préstamo, ¿es eso?
—Eso es. Lo siento de verdad, Judith, pero tenía sentido. Debes
admitirlo.
Judith bajó la cabeza y asintió.
—Tienes razón, Hannah. Tenía sentido. ¿Sabe tu cuñado lo del
préstamo?
—No. No consta ningún registro del préstamo y no veo ninguna razón
para contárselo ahora que Benton ha quedado descartado. Y Del tiene una
coartada perfecta para la hora del asesinato de Max. Tenía una reunión con
sus supervisores de noche en DelRay y de ningún modo podría estar en dos
sitios a la vez. La única otra persona que podría estar preocupada por el
préstamo eres tú, y…
—Bravo, Hannah. —Judith esbozó una sonrisa gélida y extrajo un arma
de debajo de los pliegues de su chal de seda—. Es una pena que hayas
encajado todas las piezas, pero, ahora que lo has hecho, no puedo permitir
que se lo cuentes a tu cuñado.
—¿Que tú mataste a Max? —Hannah tragó saliva. Nunca había mirado
el cañón de un arma y no era una experiencia que le gustaría repetir. Y a
juzgar por la expresión fría y calculadora que había asomado en el rostro de
Judith, Hannah sospechaba que no tendría ocasión de repetirla de nuevo.
—Estabas haciendo demasiadas preguntas, Hannah. Y te acercabas
demasiado a la verdad. Sabía que era solo cuestión de tiempo que llegaras a
una conclusión acertada y se la transmitieras a tu cuñado. No podía
permitírtelo, ¿verdad que no?
Judith iba a matarla. Hannah lo supo con una desalentadora
certidumbre. También supo que tenía que conseguir que Judith siguiera
hablando, para ganar algo de tiempo hasta que llegaran los refuerzos.
Pero no se esperaba ningún refuerzo, se recordó Hannah. No le había
dicho a Bill que iba a ver a Judith y él no sabía nada sobre el préstamo de
Del con Max. Para empeorar las cosas, Bill ni siquiera era inspector
todavía. ¡Nunca se le ocurriría nada parecido a tiempo!
—¿Nerviosa, querida?
El tono de voz de Judith era burlón y Hannah se estremeció. La educada
miembro de la alta sociedad se había transformado en una asesina a sangre
fría y ella estaba perdida a no ser que lograra mantener a Judith hablando.
—¡Pues claro que estoy nerviosa! ¿De dónde ha salido esa pistola? ¿O
la llevabas encima en cuanto entré por la puerta?
—¿De verdad te crees que iba a llevar un arma en mi propia casa? —
Judith se rio sin ganas.
«Por supuesto que no. Incluso una sencilla funda sobaquera arruinaría
las líneas de tu vestido», pensó Hannah. Y luego se preguntó cómo podían
ocurrírsele esas frivolidades cuando Judith estaba a punto de matarla. O
bien era mucho más valiente de lo que había imaginado jamás, o todavía
esperaba que irrumpiera la caballería en el último momento.
La cabeza de Hannah funcionaba a mil por hora, buscando preguntas
que Judith quisiera responder. A los asesinos de sus películas favoritas
parecía gustarles explicar por qué habían matado a sus víctimas. Lo único
que tenía que hacer ella era conseguir que Judith no pensara en matarla
hasta que se le ocurriera qué hacer.
—¿Cuándo fuiste a buscar la pistola? Siento curiosidad.
—¿Por qué?
—No lo sé. Así es como funciona mi mente. Vas a matarme en cualquier
caso. Ya que estamos, podrías hacerme un favor y satisfacer mi curiosidad
primero.
—¿Y por qué tendría que hacerte ningún favor?
—Porque te he traído galletas —respondió Hannah—. Son de las
mejores que preparo, bocados de nueces pacanas. Te encantarán.
Judith se rio. Parecía creer que el comentario de Hannah era gracioso. A
lo mejor lo era, pero a Hannah, en ese momento, el cañón de pistola que la
apuntaba le impedía verle la gracia.
—Vamos, Judith —insistió Hannah—. ¿Qué daño puede hacer que me
lo cuentes? Fuiste lo bastante inteligente para ir a por la pistola. Solo quiero
saber cuándo te diste cuenta de que la necesitabas.
—Traje el arma cuando volví con los billetes de avión. La llevaba
debajo del chal.
Hannah suspiró. Tendría que haberse percatado de que el chal de seda
de Judith no hacía juego con el vestido que llevaba.
Si lo hubiera pensado dos veces, se habría dado cuenta de que tramaba
algo.
—¿Ya habías pensado en matarme entonces?
—En ese momento, no. Traje el arma como precaución, pero esperaba
no tener que usarla. Por desgracia, me has obligado al mencionar el
préstamo.
—Es que soy una bocazas —soltó Hannah. Entonces suspiró—. Si no
hubiera dicho nada sobre el préstamo, ¿habrías dejado que me fuera?
—Sí. Pero el caso es que lo dijiste y ahora es demasiado tarde.
Hannah pensó en otra pregunta todo lo rápido que pudo.
—Estoy al tanto de algunos otros préstamos de Max y cómo obligó a la
gente a ceder los derechos de sus propiedades como avales. ¿Es eso lo que
os hizo a vosotros?
—Sí. DelRay sufrió un revés y cuando Del necesitó más capital, cedió
mi hogar. Fue un idiota. Le advertí que no lo hiciera, pero no me hizo caso.
Del nunca ha sido muy listo.
El cañón de la pistola se agitó levemente y Hannah se preguntó si
debería intentar agarrarla. En una de las series policíacas que veía, el
protagonista había metido el dedo en alguna parte para impedir que la
pistola disparase. Pero aquella pistola no se parecía a la que sostenía Judith.
Si salía convida de esta, iba a averiguar cuanto pudiera sobre armas y cómo
funcionaban.
—Te has quedado muy callada, Hannah. —Los labios de Judith se
retorcieron en una parodia de sonrisa—. ¿No vas a hacerme más preguntas?
Hannah se quitó de la cabeza todos los pensamientos que no fueran
útiles y se le ocurrió otra pregunta. Le venía bien que Judith quisiera hablar
de Max y de lo que ella le había hecho.
—¿Por qué no pidió Del un préstamo al banco? Habría sido mucho más
seguro que recurrir a Max.
—El banco lo rechazó. Dijeron que era un tema de
sobreendeudamiento, y tenían razón. Yo había aconsejado a Del que cerrara,
pero él no pensaba en otra cosa que en cómo afectaría eso a sus empleados.
Esa gente habría encontrado otros trabajos. E incluso si no los encontraban,
¡a mí me habría dado igual!
Hannah procuró que no la delataran sus emociones. Judith no pensaba
más que en sí misma. Su única preocupación era su casa, no los centenares
de trabajadores de Lake Eden que habrían perdido sus empleos.
—Supongo que Max reclamó la devolución del préstamo a Del y que
por eso creíste que debías… pasar a la acción.
—Así fue justamente. Avisé a Del para que tuviera cuidado con las
cláusulas ocultas cuando firmó los documentos del préstamo, pero nunca ha
sido muy competente leyendo documentos legales. Max se aprovechó de su
ingenuidad.
—¿No tenía un abogado que le revisara los documentos?
—No hubo tiempo de avisarlo. Max le dijo que no habría acuerdo si no
firmaba inmediatamente. Del estaba desesperado y eso lo volvió vulnerable.
Max contaba con eso. ¡Ese hombre no tenía escrúpulos!
Hannah respiró hondo. Por lo que sabía sobre Max, podía estar
completamente de acuerdo con Judith al respecto.
—Tienes razón, Judith. Y tú no eres la primera persona que Max intentó
arruinar. ¿De verdad iba a incautarse de tu casa?
—Sí, y yo no podía permitir que eso sucediera. Del construyó esta casa
para mí. Era una condición para nuestro matrimonio. Hice que el arquitecto
siguiera los planos del proyecto de la casa de mi padre. Es una réplica
exacta y no podría soportar perderla. Seguramente lo entenderás.
—¿Tu casa significa tanto para ti?
—¡Es mi vida! —Judith pareció agresiva y protectora—. ¿Cómo iba a
quedarme esperando sin hacer nada mientras Max Turner amenazaba con
arrebatarme la vida?
Hannah se mordió los labios para contenerse y no recordar a Judith que
ella le había arrebatado la vida a Max de una manera mucho más tangible y
permanente.
—¿Esa es la razón por la que pediste a Benton que volviera a casa?
—Claro. Pero Benton no ama esta casa como la amo yo. Es más, me
dijo que tenía que aceptarlo, que su padre había firmado esos documentos
del préstamo voluntariamente y no había marcha atrás posible.
—¿Así que decidiste matar a Max y recuperar los documentos del
préstamo?
—¿Qué otra opción tenía? ¡No podía quedarme con los brazos cruzados
y dejar que Max Turner me desahuciara de mi maravillosa casa!
—No, supongo que no. —Hannah vio que la mano le temblaba
ligeramente a Judith y le hizo otra pregunta para calmarla—. ¿Y Max no se
mostró suspicaz cuando le llamaste y le dijiste que querías verlo?
Judith dejó escapar una risita fría.
—Max no era lo bastante listo para ser suspicaz. Le dije que había
vendido algunos recuerdos de familia y que estaba dispuesta a saldar la
deuda de Del. Cuando llegué a su despacho, pedí ver los documentos del
préstamo antes de darle el dinero.
—¿Así que te llevó a la antigua lechería y los sacó de la caja fuerte?
—Sí, pero primero tuve que enseñarle el dinero. Tendrías que ver la
avaricia en su cara. ¡Era penoso!
Hannah estaba confusa.
—Entonces, ¿tenías dinero suficiente para saldar el préstamo?
—Por supuesto que no. Le dejé echar un vistazo a un fajo de billetes de
mil dólares. Max era demasiado estúpido para darse cuenta de que solo los
cinco primeros eran auténticos. Y, después de que me pasara los
documentos del préstamo, ¡me di el inmenso placer de librar al mundo de
Maxwell Turner!
Judith endureció la mirada y Hannah supo que tenía que hacer algo para
aplacar su ira.
—Hay mucha gente que te lo agradecería, Judith. Si otros a los que Max
intentó arruinar supiesen lo que yo sé, seguramente te erigirían una estatua
en el parque de Lake Eden.
—Pero no lo saben. —Judith no era fácil de manipular—. Y no lo
sabrán.
—Claro que no. Nadie lo averiguará jamás. Pero ¿por qué mataste a
Ron?
—Me vio con Max. —Judith pareció triste—. No quería hacerlo,
Hannah. No se trató de nada personal y siento muchos remordimientos por
haber acabado con su vida. Es importante que me creas.
—Entonces, ¿el único error de Ron fue estar en el lugar equivocado en
el momento inoportuno?
Judith suspiró.
—Así es. Ojalá no hubiera entrado en la lechería; pero, una vez me vio,
tuve que reaccionar. Cuando se descubriera el cadáver de Max, él habría
mencionado que me había visto allí. No fue agradable, Hannah. Ron me
caía bien. No se merecía morir.
—¿Y yo merezco morir? —Hannah contuvo el aliento, esperando la
respuesta de Judith. Tal vez, si Judith se sentía lo bastante culpable, se lo
replantearía todo.
—No. Tú también me caes bien, Hannah. No hay mucha gente tan
sincera como tú. Y eso es precisamente lo que hace que esta situación me
resulte tan difícil. Al menos, habrá acabado rápidamente. No quisiera que
sufrieras. Lo tengo todo planeado.
—¿De verdad? —Hannah intentó sonar interesada, pero hablar sobre su
muerte inminente daba pavor—. ¿Qué has planeado? No irás a pifiarla
ahora, cuando estás tan cerca de salir bien librada con tus crímenes
perfectos.
—No la pifiaré. —Judith sonó muy segura de sí misma—. Es sencillo,
Hannah. Voy a llevarte fuera, te dispararé detrás de tu camioneta, y luego la
conduciré hasta el lago por la parte de atrás de tu apartamento. Una vez deje
ir el freno y empuje tu vehículo colina abajo, se hundirá sin dejar rastro.
Hannah se estremeció y alcanzó su taza de té para dar otro sorbo.
Escuchar a su posible asesina relatar fríamente cómo pensaba deshacerse de
su cadáver le había secado la boca.
—Eso es muy inteligente. Pero ¿y tu ama de llaves? Sabe que estoy aquí
y oirá el disparo.
—Se ha ido. Le di libre el resto de la jornada. Estamos solas, Hannah, y
Benton y Del tardarán horas en volver a casa. Tienen una reunión en la
fábrica. —Judith hizo un gesto con el cañón de la pistola—. Basta de
charlas. Deja la taza, Hannah. Este juego de té es un recuerdo de familia de
valor inapreciable. Lo ha tenido mi familia desde hace casi doscientos años.
Fue un regalo del rey Jorge III y mi abuela paterna lo trajo desde Inglaterra.
Le tengo un cariño especial.
Hannah pensó rápido, con la taza de té todavía en la mano.
—Mi madre es coleccionista. Esto es un juego de Wedgwood, ¿no?
—Por supuesto. —Judith se rio divertida—. Incluso una coleccionista
aficionada reconocería inmediatamente su valor. ¿Sabes que me han
ofrecido más de cien mil dólares por el juego?
—Deberías haberlos aceptado —le espetó Hannah, mientras una idea
empezaba a formarse en su cabeza—. Porque es falso.
—¿Qué?, —preguntó Judith boquiabierta, mirándola fijamente con
incredulidad.
—Mira, te lo enseñaré. —Hannah dejó la taza en la mesa y levantó la
tapa de la tetera para examinar la marca que había estampada en la parte de
abajo—. Mucha gente no lo sabe, pero hice un estudio sobre Wedgwood
para mi madre. Este juego de té es muy raro y Wedgwood ponía una marca
doble de su artesano justo aquí. Tu juego solo tiene una marca y eso
demuestra que no es un auténtico Wedgwood. ¿Ves a lo que me refiero?
Hannah pasó la tapa a su mano izquierda y el cañón de la pistola bajó
unos tres centímetros para que Judith pudiera inclinarse hacia delante y
mirar la marca en la cerámica. Ese fue el momento. Hannah sabía que
nunca tendría una ocasión mejor. Agarró la tetera con la mano derecha y
lanzó el té hirviendo a la cara de Judith. Esta reaccionó dando un salto hacia
atrás y Hannah se le echó encima antes de que pudiera recuperar el
equilibrio. La pistola salió volando de la mano de Judith y Hannah tiró a la
mujer al suelo con todas sus fuerzas, aplastándola contra la pelusa de la cara
alfombra de Aubusson.
Judith se revolvió con sus largas uñas de cuidadosa manicura, pero no
era rival para la adrenalina de Hannah. También ayudaba que Hannah
pesara una docena más de kilos. En un abrir y cerrar de ojos, puso a Judith
boca abajo, le retorció las manos a la espalda y se las ató con fuerza con el
pañuelo de seda Hermès que Judith llevaba al cuello.
Las manos de Hannah temblaban mientras recogía el arma y la apuntaba
a la nuca de Judith.
—Un solo movimiento y estás muerta. ¿Lo has entendido, Judith?
No hubo respuesta de la temblorosa dama tirada en el suelo, pero
Hannah tampoco había esperado ninguna. Estaba dirigiéndose al teléfono,
con la intención de decirle a la secretaria de la comisaría que la pusiera con
Bill, cuando su propio cuñado irrumpió en la sala.
—Ya me encargo yo, Hannah. —Bill pareció orgulloso de ella, pero
Hannah estaba demasiado alterada para reaccionar—. Puedes darme la
pistola.
Hannah negó con la cabeza. No estaba dispuesta a correr el menor
riesgo con la mujer que había estado a punto de matarla.
—Espósala primero, Bill. Es muy lista y es posible que ese pañuelo de
seda no aguante mucho.
—Muy bien. —Bill empezó a sonreír mientras se acercaba a Judith y
sacaba las esposas—. ¿Mató ella a Max y a Ron?
—Eso es. Léele sus derechos, Bill. No me gustaría que el caso se
desestimara por un tecnicismo legal.
Por un instante, Hannah pensó que se había pasado de lista porque Bill
le clavó una de esas miradas que dicen «pero ¿quién te crees que eres?». Sin
embargo, pareció que él lo pasaba por alto porque se puso a leerle sus
derechos a Judith.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?, —preguntó Hannah a Bill cuando
este hubo acabado con las formalidades.
—Escuché tu mensaje sobre la carpeta del coche de alquiler y conduje
hasta DelRay para hablar con Del. Me dijo que no te había visto y me
imaginé que debías estar aquí. Siento no haber llegado antes, pero parece
que te has apañado bastante bien. Tal vez tendrías que darme algunas
lecciones.
—Como quieras —dijo Hannah con humildad. No iba a admitir ahora
que se había salvado por una combinación de casualidad, potra y buena
suerte.
Los siguientes minutos parecieron pasar volando. Llegaron refuerzos
para llevarse a Judith detenida. Bill tomó declaración a Hannah en la
inmensa cocina de los Woodley, y la sala de estar de Judith fue acordonada
con cinta amarilla policial. Hannah pidió a Bill que avisara a los agentes de
que tuvieran cuidado con el juego de té, que, en realidad, sí era una
antigüedad de valor incalculable. Luego Bill la acompañó fuera, al fresco
aire nocturno que había creído que no volvería a disfrutar.
La noche era increíblemente tranquila. Caían copos de nieve con
suavidad, lo que parecía un final apropiado para un día que había estado
lleno de confusión, frustración, temor y, al final, la sensación de un trabajo
bien hecho. Hannah estaba a punto de subir a su Suburban cuando se acordó
de lo que había visto sobre el mármol de la cocina de los Woodley.
—Se me ha olvidado algo, Bill. Enseguida vuelvo.
Hannah entró corriendo en la casa y se encaminó directamente a la
cocina. Ahí estaba la bolsa blanca de su panadería con las asas de plástico
rojas y «The Cookie Jar» impreso a un lado en letras doradas. La agarró y
volvió a salir corriendo.
—Son para ti. —Hannah se había quedado sin aliento cuando le pasó la
bolsa a Bill—. Son las mejores galletas que hago, los bocados de nueces
pacanas.
Bill pareció a la vez sorprendido y complacido.
—Gracias, Hannah. ¿Por qué las dejaste dentro?
—Las utilicé como excusa para ver a Judith. —Hannah se rio y el eco
de su propia risa sonó encantador a sus oídos—. Se las di como
agradecimiento por la fiesta del otro día, pero no creo que vaya a haber
mucha diversión en el lugar donde va a acabar.
EPÍLOGO

P ara ser una fiesta familiar, esta no estaba mal del todo, se dijo
Hannah gratamente sorprendida. Norman había asistido a la jornada
de puertas abiertas de la comisaría y se había ofrecido a ayudar a
Bill en la mudanza de Mike Kingston a su nuevo apartamento.
Naturalmente, Bill le había pedido que fuera a casa a cenar pizza con ellos y
ahora todos estaban sentados alrededor de la mesa del comedor de Andrea y
Bill dando buena cuenta de la pizza, la ensalada que había llevado Delores y
la contribución de Hannah, dos bandejas de sus barritas de limón. Les había
dicho a todos que le parecía un regalo apropiado, un guiño a los barrotes de
la cárcel que iban a tener encerrada a Judith Woodley durante una buena
temporada.
Había pasado algo más que había convertido esta noche en una
celebración. El sheriff Grant había ascendido a Bill a inspector y había
decidido que fuera el compañero de Mike. Este seguiría siendo el
supervisor de Bill, pero trabajarían juntos en los casos. Por descontado, el
sheriff Grant no sabía nada del papel que había desempeñado Hannah en la
resolución del doble homicidio, ni tampoco sabía nada Mike. Hannah le
había dicho a Bill que ella quería que todo el mérito fuera para él.
Había otra cosa que celebrar y tenía que ver con la carrera de Andrea.
Bill había decidido que, dado que a Tracey le gustaba tanto la guardería,
sería una pena separarla de las amigas que había hecho. Y, como Tracey
pasaría la jornada en Kiddie Romer, Andrea podía seguir como agente
inmobiliaria.
—Hora de acostarse, Tracey. —Andrea sonó relajada y feliz cuando se
dirigió a su hija—. Mañana tienes que ir al colegio.
—Muy bien, mami. ¿Podré llevarme al cole el peluche detective que me
ha regalado Mike?
—Claro que puedes —le respondió Bill.
—Pero si es un peluche coleccionable —se opuso Delores—. ¿Y si se lo
ensucia uno de los amigos de Tracey?
Mike se encogió de hombros.
—Pues si se ensucia, que se ensucie. Déjaselo llevar, Andrea. No sería
un gran regalo para Tracey si no puede jugar con él.
—Tienes razón —Andrea le sonrió y luego se volvió a Tracey—.
Puedes llevarlo al cole, cariño, no pasa nada.
Hannah observó la conversación y la hizo sentirse bien. Tal vez Andrea
se estaba volviendo un poco menos materialista. Sin duda, ahora era más
maternal que antes. Tracey la había llamado «mami» y Andrea no había
rechazado el apelativo.
Después de que Tracey hubiera dado el beso de buenas noches a todos y
se hubiera ido con Andrea al piso de arriba, Delores le hizo un gesto a
Hannah.
—¿Me ayudas a aliñar otra ensalada, cariño? Se nos está acabando.
—Claro. —Hannah siguió a Delores a la cocina, pero en cuanto
quedaron fuera del alcance del oído de los demás, tomó del brazo a su
madre—. Suéltalo, mamá.
—¿Que suelte qué?
—La razón por la que querías hacer un aparte a solas conmigo. No se
está acabando la ensalada. El cuenco está todavía medio lleno.
—Siempre has sido la más lista de todas —dijo Delores riéndose—.
Solo quería saber cómo te sientes con dos hombres compitiendo por ti.
Hannah retrocedió un paso y clavó una mirada a su madre que habría
marchitado un capullo en un rosal.
—¿Estás loca, mamá? Norman no está interesado por mí en ese sentido.
Somos amigos, pero nada más. Y Mike Kingston ciertamente tampoco es un
pretendiente. Solo está siendo amable con la cuñada de su nuevo
compañero.
—Yo no lo creo así. —A Delores no la convenció el argumento—.
Norman le dijo a Carrie que tú eras la primera chica con la que se sentía
cómodo desde hacía años.
—Resulta un comentario agradable, pero no tiene nada que ver con el
amor. Norman se siente igual de cómodo con Andrea. Es más, yo diría que
se siente aún más cómodo con ella. Han estado juntos un buen rato en el
salón, hablando del color que debería elegir Andrea para su nueva alfombra.
—Pero Andrea está casada —señaló Delores—; y tú no.
Hannah no pudo evitar burlarse de su madre.
—Eso es verdad. ¿Crees que Norman se sentiría más cómodo conmigo
si me casara?
—No me refiero a eso ¡y tú lo sabes! —Delores intentó que su voz
sonara lo más irritada posible, teniendo en cuenta que no podía gritar.
—Lo siento, mamá. Lo que pasa es que siempre me estás presionando
para que me case. Ya te lo he dicho antes, soltera soy perfectamente feliz.
—Eso cambiará cuando conozcas al hombre correcto. —Delores
pareció muy segura de sus palabras—. Creo que, de hecho, ya lo has
conocido, pero todavía no te has dado cuenta. En cuestiones de amor,
Norman es como un pez gordo.
—Haces que parezca una trucha.
—Justamente, cariño. —Delores parecía divertirse mucho—. Norman
ha mordido el anzuelo. Ahora lo único que tienes que hacer es recoger el
sedal.
Hannah se rio ante la imagen mental que le vino a la cabeza y Delores
se unió a ella. Cuando dejaron de reírse, Hannah la regañó con amabilidad:
—Si dejas de intentar liarme con todo hombre que se te cruce, nos
llevaremos mucho mejor. Ya tienes una nieta y es perfecta. Y tu yerno acaba
de resolver un doble homicidio y lo han ascendido a inspector. Pasemos un
buen rato esta noche y celebremos todo lo bueno que ha sucedido.
—Tienes razón, Hannah —convino Delores—. Pero sigo creyendo que
esos dos hombres están compitiendo por ti.
No había forma de callar a Delores y Hannah estaba a punto de dar por
perdida la lucha, pero no sin una última réplica final.
—Si están compitiendo por mí, ¿por qué ninguno de los dos me ha
pedido salir hasta ahora?
—Oh, ya lo harán. —Delores sonó muy segura—. Antes de que acabe
esta noche, tendrás dos citas.
—¿Eso crees?
—¿Qué te apuestas?
—No lo sé. ¿Qué me llevaré cuando gane?
—Si es que ganas —la corrigió Delores.
—Vale, si es que gano.
—Te compraré ropa nueva. Claire tiene un maravilloso vestido de seda
verde que te quedará espléndido.
Hannah había visto el vestido de seda verde en el escaparate de Claire y
Delores tenía razón: era maravilloso.
—Nunca ganarás esta apuesta, mamá, pero, aunque solo sea por guardar
las formas, ¿qué quieres si ganas tú?
—Quiero que dejes de llevar esas espantosas zapatillas deportivas. ¡Son
lamentables!
—Pero a mí me encantan. —Hannah bajó la mirada a sus viejas Nike, el
calzado más cómodo que tenía.
—Te han encantado durante los últimos cinco años y ha llegado la hora
de darles un entierro decente. —Delores le dedicó una sonrisa desafiante—.
¿Qué es lo que te preocupa tanto? Acabas de decirme que no hay
posibilidades de que yo gane.
Hannah se lo pensó. La probabilidad de que tanto Norman como Mike
le pidieran salir antes de que acabara la noche era tan remota que para
calcularla tendría que utilizar números con nombres tan extraños como
gúgol o gúgolplex.
—Muy bien, mamá, trato hecho.
—Bien —dijo Delores risueña—. Aliñemos esa ensalada antes de que
venga alguien a preguntar de qué estamos hablando.
Cuando la ensalada estuvo lista, Hannah la llevó a la mesa. Delores
empezó a calentarle la cabeza a Mike con juguetes coleccionables, y
Norman y Andrea se enzarzaron en una discusión sobre paredes con textura
y el método de aplicación de pintura con esponja. Eso dejó solos a Hannah
y a Bill y ella supo que nunca tendría mejor oportunidad para hablar con él
sobre el entrenador Watson.
—¿Me enseñas dónde tenéis el cubo de reciclaje? —Hannah cogió la
lata de cocacola sin azúcar.
—Ya sabes dónde está. Es la caja amarilla de la cocina, debajo del
fregadero.
Hannah miró a su alrededor. Nadie les prestaba atención, así que agarró
a Bill del brazo y se inclinó hacia él.
—Tengo que hablar contigo a solas.
—Oh, perdona —susurró Bill—. Retirémonos al salón.
Cuando ya nadie podía oírles, Hannah se volvió hacia él.
—Necesito que me hagas un favor, pero es complicado.
—Muy bien, ¿de qué se trata?
—Esto no es oficial, Bill. Y no puedes contarle a nadie que yo te lo he
dicho.
—No diré nada.
—Sé que el entrenador Watson le ha estado pegando a Danielle. Hablé
con ella al respecto, pero se niega a denunciarlo.
—Yo no puedo hacer nada si ella no presenta una denuncia. —Bill
suspiró profundamente—. Es terrible, pero yo tengo las manos atadas.
—Lo sé. Boyd acude a terapia, pero yo sigo preocupada. Solo me
preguntaba si podías echarle un ojo extraoficialmente.
—Eso sí puedo hacerlo.
—A él no le digas nada. Si se imagina que Danielle se lo ha contado a
alguien, podría explotar.
—Sí, no sería la primera vez. ¿Puedo pedirle consejo a Mike sobre esto?
—Buena idea. —Hannah sonrió—. Debe de haberse enfrentado a este
tipo de situaciones antes. Pero no menciones a Boyd ni a Danielle por sus
nombres.
—No lo haré. Ha sido una buena idea que me lo contaras ahora, por si
pasa algo.
Hannah se estremeció mientras volvía al comedor con Bill. No conocía
mucho a Danielle hasta que mataron a Ron, pero ahora sí, y le caía muy
bien. Deseaba haber podido hacer más para protegerla, pero Danielle se
negaba a aceptar la realidad de su situación y el sistema no podía hacer
nada si ella no lo permitía.
El estado de ánimo de Hannah mejoró al volver a reunirse con el grupo
alrededor de la mesa. La conversación era animada y se gastaban bromas
bienintencionadas. Era una de las mejores fiestas de los últimos tiempos y
Hannah se dijo que quizá deberían invitar siempre a personas ajenas a la
familia a sus celebraciones.
Varias veces, mientras tomaban el postre y el café, Delores le guiñó un
ojo. Hannah le devolvió los guiños. Sus viejas y queridas Nike no parecían
correr ningún peligro.
Conseguir una cita ni se le pasaba a Hannah por la cabeza cuando fue a
la cocina a por la fuente extra de barritas que había traído y se encontró a
Norman allí, esperándola.
—Hola, Norman. ¿No estarás afanando barritas a nuestras espaldas?
—No. —Norman negó con la cabeza con aire serio—. Estaba esperando
la ocasión de poder hablar contigo a solas, Hannah. Quería darte las gracias
por los documentos del préstamo. Mi madre también te lo agradecería, si lo
supiera.
—No pasa nada, Norman. Simplemente no quería que los viera nadie
más, así que…, eh…
—¿Te apropiaste de ellos? —Norman sonrió al acabar la frase por ella.
Hannah le devolvió la sonrisa.
—Justamente.
—¿Quieres cenar conmigo el próximo viernes? Podríamos acercarnos a
esa brasería que hay junto al lago. Tengo que hablar contigo en privado,
Hannah. Es sobre mi madre.
—Claro —aceptó Hannah sin pensárselo—. Sería muy agradable,
Norman.
Hasta que Hannah no volvió a su silla, no se dio cuenta de que Delores
había ganado el cincuenta por ciento de la apuesta.
Norman le había pedido ir a cenar y eso contaba como una cita. Miró a
Mike. Era imposible que él le pidiera salir. Sus deportivas favoritas no
peligraban.
La fiesta se acabó a eso de las diez. Bill y Mike tenían que presentarse
en comisaría a las ocho y Norman tenía una consulta temprana.
Acompañaron a Delores hasta su coche, y Hannah se entretuvo ayudando a
Andrea a tirar los platos de papel y las cajas de pizza a la basura. Cuando
acabaron de recoger y Bill había colocado los cubos de basura en su sitio
para llevárselos al día siguiente por la mañana, Hannah se calzó las botas,
dio las buenas noches a su hermana y a su cuñado, y caminó sobre la nieve
blanca y blanda hasta su vehículo.
—¿Hannah?
—Mike, ¡hola! —A Hannah la sorprendió ver a Mike Kingston apoyado
en el capó de su coche—. Creía que ya te habías ido.
—Todavía no. Quería hablar contigo.
Su voz sonó tensa y Hannah empezó a fruncir el ceño.
—Claro. ¿De qué se trata?
—Me gustas, Hannah.
Hannah se sintió confusa ante aquellas palabras que le había soltado a
bocajarro.
—Tú también me gustas, Mike.
—Y me gustaría poder conocerte mejor.
Hannah empezó a sospechar que algo que no había pensado que fuera a
pasar estaba pasando.
—A mí también me gustaría conocerte mejor.
Mike sonrió y se le iluminó la cara entera.
—Es un alivio. Acabo de mudarme aquí, así que no sé qué puede
hacerse los fines de semana, pero si encuentro un buen sitio, ¿por qué no
sales conmigo el sábado por la noche?
Hannah estaba tan pasmada que se quedó boquiabierta.
—¿Me estás pidiendo que salgamos este sábado por la noche?
—Eso es. Podemos buscar algo interesante que hacer en Lake Eden,
¿no?
—Claro que podemos. —Una imagen de sábanas de satín y almohadas
de plumas revoloteó por la mente de Hannah durante una fracción de
segundo, pero se la quitó con firmeza de la cabeza. Solo era porque Mike
era muy apuesto y sexy. Y ella se sentía muy… disponible.
Mike volvió a sonreír.
—Supongo que más vale que me vaya. Las seis de la mañana llegan en
nada.
—¿Las seis? —Hannah levantó las cejas—. Creía que no teníais que
estar en comisaría hasta las ocho.
—Yo no, pero mi nuevo apartamento tiene gimnasio y me gusta hacer
algo de deporte por las mañanas. ¿Quieres que te siga hasta casa?
Hannah se quitó otra imagen de la cabeza. No pensaba que Mike se
refiriera, bueno, a eso.
—¿Y por qué ibas a seguirme hasta casa?
—Se me ocurren varias razones, pero más vale que no entremos en ello
ahora. Solo me refería a que estaba preocupado por tu seguridad. Vives sola
y es de noche.
—No te preocupes, Mike. Esto es Lake Eden. Aquí no se cometen
crímenes.
—No, aparte de algún doble homicidio que otro… —Mike se echó a
reír.
Hannah se rio también, aunque el chiste fuera a su costa.
—Tienes toda la razón, pero eso fue la excepción más que la regla. No
te preocupes. Tú vete a casa y duerme un poco.
—Eso haré. —Mike se dio la vuelta y caminó hasta su coche. Se subió,
puso el motor en marcha y entonces bajó la ventanilla—. Mañana te llamaré
al trabajo y fijamos una hora concreta para nuestra cita.
—Me pasaré allí el día entero. —Hannah se despidió con la mano
mientras él se alejaba. Estaba acomodándose detrás del volante de su
Suburban cuando se percató de sus últimas palabras. Acababa de aceptar
una cita con Mike Kingston.
—¡Ay, ay, ay! —Hannah frunció el ceño al alargar la mano y agarrar las
deportivas que había dejado tiradas en el asiento del pasajero. Se bajó del
vehículo, se acercó a uno de los contenedores de basura que Bill había
colocado para la recogida matinal y esperó que Delores supiera valorar lo
que estaba a punto de hacer. Tenía una cita con Norman y otra con Mike.
Los dos le habían pedido salir antes de que la noche llegara a su fin y ella
nunca había dejado de pagar una apuesta perdida en toda su vida.
Dos citas en una sola noche, ¡no estaba nada mal! El ceño fruncido de
Hannah se transformó en una sonrisa cuando levantó la tapa y dejó caer
dentro las Nike que la habían acompañado fielmente desde hacía cinco
años.
Barritas de limón

Precaliente el horno a 175 °C con la rejilla


en la posición intermedia.

225 g de mantequilla fría


260 g de harina (no hace falta tamizar)
60 g de azúcar glas (no hace falta tamizar
a no ser que haya grumos)
4 huevos batidos (sirve con un tenedor)
400 g de azúcar blanco
8 cucharadas de zumo de limón
1 cucharadita aprox. de ralladura de limón
(opcional)
1/2 cucharadita de sal
1 cucharadita de levadura en polvo
4 cucharadas de harina (no hace falta
tamizar)

Corte la mantequilla en dados y mézclelos


con la harina y el azúcar glas en un robot
de cocina hasta que adquiera una textura
desmenuzable (como la de la base de una
tarta). Extiéndalo en un molde engrasado
de 23 × 33 cm (molde de repostería
estándar) y aplánelo con las manos
Hornee a 175 °C entre 15 y 20 minutos o
hasta que se doren los bordes. Saque la
bandeja del horno. (¡No lo apague!).

Mezcle los huevos con el azúcar blanco.


Añada el zumo de limón (y la ralladura, si
la usa). Agregue la sal y la levadura y
mezcle. Luego añada la harina y remueva
bien. (La mezcla debe quedar más bien
líquida).

Vierta esta mezcla sobre la masa que acaba


de hornear y vuelva a introducirla en el
horno. Hornee a 175 °C otros 30 o 35
minutos. Saque la bandeja del horno y
espolvoree con azúcar glas.

Déjelo enfriar del todo y córtelo en trozos


estrechos y alargados, formando barritas.

Las llevé a la cena que siguió a la


mudanza de Mike Kingston, el día después
de que Bill resolviera el caso de homicidio
doble y consiguiera su ascenso. (Soy una
buena cuñada. Le dejé que se llevara todo
el mérito).
TABLA DE EQUIVALENCIAS

PESO

Mantequilla 225 g 1 taza


Azúcar blanco 200 g 1 taza
Azúcar moreno 200 g 1 taza
Harina 130 g 1 taza
Pepitas de chocolate 170 g 1 taza
Azúcar glas 125 g 1 taza
Cacao en polvo 115 g 1 taza
Leche condensada 306 g 1 taza

VOLUMEN

2 ml ½ cucharadita de café
5 ml 1 cucharadita de café
15 ml 1 cucharada sopera
50 ml ¼ de taza
75 ml ⅓ de taza
125 ml ½ taza
175 ml ¾ de taza
250 ml 1 taza

TEMPERATURA DEL HORNO

165 °C 325 grados Fahrenheit


175 °C 350 grados Fahrenheit
190 °C 375 grados Fahrenheit
JOANNE FLUKE es la autora estadounidense superventas del New York
Times creadora de los misterios de Hannah Swensen, serie que incluye
Caramel Pecan Roll Murder, Triple Chocolate Cheesecake Murder,
Coconut Layer Cake Murder y el libro con el que todo empezó, Chocolate
Chip Cookie Murder. Sus historias se han adaptado en la serie de televisión
Murder, She Baked, que se emite en el canal estadounidense Hallmark
Movies & Mysteries. La asociación de escritores Mistery Writers of
America le concedió, junto a Michael Conelly, el premio Grand Master en
la edición de 2023 de los Edgard Awards. Al igual que Hannah Swensen,
Joanne Fluke nació y se crio en un pequeño pueblo de la Minnesota rural,
pero ahora vive en el sur de California.

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