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Cuentos Clásicos: Blancanieves y Más

El documento presenta una colección de cuentos clásicos, incluyendo 'Blancanieves', 'Caperucita Roja', 'La Bella Durmiente', 'La Cenicienta' y 'La Sirenita'. Cada historia narra las aventuras y desventuras de sus protagonistas, quienes enfrentan a villanos y superan obstáculos para encontrar la felicidad y el amor. A través de magia y valentía, los personajes logran romper maleficios y vivir felices al final.

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Cuentos Clásicos: Blancanieves y Más

El documento presenta una colección de cuentos clásicos, incluyendo 'Blancanieves', 'Caperucita Roja', 'La Bella Durmiente', 'La Cenicienta' y 'La Sirenita'. Cada historia narra las aventuras y desventuras de sus protagonistas, quienes enfrentan a villanos y superan obstáculos para encontrar la felicidad y el amor. A través de magia y valentía, los personajes logran romper maleficios y vivir felices al final.

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BLANCA NIEVES

En un lugar muy lejano vivía una hermosa princesa que se llamaba Blancanieves. Vivía en un castillo con su
madrastra, una mujer muy mala y vanidosa, que lo único que quería era ser la mujer más hermosa del reino.
Todos los días preguntaba a su espejo mágico quién era la más bella del reino, al que el espejo contestaba:
- Tú eres la más hermosa de todas las mujeres, reina mía. El tiempo fue pasando hasta que un día el espejo
mágico contestó que la más bella del reino era Blancanieves. La reina, llena de furia y de rabia, ordenó a un
cazador que llevase a Blancanieves al bosque y que la matara. Y como prueba traería su corazón en un cofre.
El cazador llevó a Blancanieves al bosque, pero cuando allí llegaron él sintió lástima de la joven y le aconsejó
que se marchara para muy lejos del castillo, llevando en el cofre el corazón de un jabalí.
Blancanieves, al verse sola, sintió mucho miedo porque tuvo que pasar la noche andando por la oscuridad del
bosque. Al amanecer, descubrió una preciosa casita. Entró sin pensarlo dos veces. Los muebles y objetos de la
casita eran pequeñísimos. Había siete platitos en la mesa, siete vasitos, y siete camitas en la alcoba, dónde
Blancanieves, después de juntarlas, se acostó quedando profundamente dormida durante todo el día.
Al atardecer, llegaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban en unas minas. Se quedaron
admirados al descubrir a Blancanieves. Ella les contó toda su triste historia y los enanitos la abrazaron y
suplicaron a la niña que se quedase con ellos. Blancanieves aceptó y se quedó a vivir con ellos. Eran felices.
Mientras tanto, en el castillo, la reina se puso otra vez muy furiosa al descubrir, a través de su espejo mágico,
que Blancanieves todavía vivía y que aún era la más bella del reino. Furiosa y vengativa, la cruel madrastra se
disfrazó de una inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque.
Allí, cuando Blancanieves estaba sola, la malvada se acercó y haciéndose pasar por buena ofreció a la niña una
manzana envenenada. Cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada, para felicidad de la reina
mala. Por la tarde, cuando los enanitos volvieron del trabajo, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo,
pálida y quieta, y creyeron que estaba muerta.
Tristes, los enanitos construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudiesen
despedirse de Blancanieves. Unos días después, apareció por allí un príncipe a lomos de un caballo. Y nada
más contemplar a Blancanieves, quedó prendado de ella.
Al despedirse besándola en la mejilla, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el
príncipe rompió el hechizo de la malvada reina. Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel
reina del palacio, y desde entonces todos pudieron vivir felices.
CAPERUCITA ROJA
En un bosque muy lejos de aquí, vivía una alegre y bonita niña a la que todos querían mucho. Para su
cumpleaños, su mamá le preparó una gran fiesta. Con sus amigos, la niña jugó, bailó, sopló las velitas, comió
tarta y caramelos. Recibió un montón de regalos; pero su abuela tenía la sorpresa más especial: le regaló una
capa roja de la que la niña jamás se separó. Todos los días, salía vestida con la caperuza. Y desde entonces,
todos la llamaban de Caperucita Roja. Un día su mamá le llamó y le dijo:
- Caperucita, mañana quiero que vayas a visitar a la abuela porque está enferma. Llévale esta cesta con frutas,
pasteles y una botella de zumo de naranja.
A la mañana siguiente, Caperucita se levantó muy temprano, se puso su capa y se despidió de su mamá que le
dijo:
- Hija, ten mucho cuidado. No cruces el bosque ni hables con desconocidos. Pero Caperucita no hizo caso a su
mamá. Y como creía que no había peligros, decidió cruzar el bosque para llegar más pronto.
La niña siguió feliz por el camino cantando y saludando a todos los animalitos que cruzaban su camino. Pero lo
que ella no sabía es que, escondido detrás de los árboles, se encontraba el lobo que la seguía y observaba. De
repente, el lobo la alcanzó y le dijo:
- ¡Hola, Caperucita!
- ¡Hola, señor lobo!
- ¿A dónde vas así tan guapa y con tanta prisa?
- Voy a visitar a mi abuela, que está enferma, y a la que llevo frutas, pasteles, y una botella de zumo de
naranja.
- ¿Y dónde vive su abuelita?
- Vive del otro lado del bosque. Y ahora tengo que irme sino no llegaré hoy. Adiós, señor lobo.
El lobo salió disparado; corrió todo lo que pudo hasta llegar a la casa de la abuela. Llamó a la puerta.
- ¿Quién es? - preguntó la abuelita.
- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo, imitando la voz de la niña.
La abuela abrió la puerta y no tuvo tiempo de reaccionar. El lobo entró y se la tragó de un solo bocado. Se
puso el gorrito de dormir de la abuela y se metió en la cama para esperar a Caperucita.Después de recoger
algunas flores del campo para la abuela, Caperucita finalmente llegó a la casa. Llamó a la puerta y una voz le
dijo que entrara. Cuando Caperucita Roja entró y se acercó a la cama, notó que la abuela estaba muy
cambiada. Y preguntó:
- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!
Y el lobo, imitando la voz de la abuela, contestó:
- Son para verte mejor.
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor.
- Abuelita, ¡qué nariz más grande tienes!
- Son para olerte mejor.
Y ya asustada, Caperucita siguió preguntando:
- Pero abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!
- ¡Son para comerte mejor!
Y el lobo, saltando sobre Caperucita, se la comió también de un bocado. El lobo, con la tripa totalmente llena,
acabó durmiéndose en la cama de abuela.
Caperucita y su abuelita empezaron a dar gritos de auxilio desde dentro de la barriga del lobo. Los gritos
fueron oídos por un leñador que pasaba por allí y se acercó para ver lo que pasaba.
Cuando entró en la casa y percibió todo lo que había sucedido, abrió la barriga del lobo, salvando la vida de
Caperucita y de la abuela. Después, llenó piedras a la barriga del lobo y la cosió. Cuando el lobo se despertó
sentía mucha sed. Y se fue a un pozo a beber agua. Pero al agacharse la tripa le pesó y el lobo acabó cayendo
dentro del pozo del que jamás consiguió salir.
Y así, todos pudieron vivir libres de preocupaciones en el bosque. Y Caperucita Roja prometió a su mamá que
jamás volvería a desobedecerla.

FIN
LA BELLA DURMIENTE
Hace muchos años, en un reino lejano, una reina dio a luz una hermosa niña. Para la fiesta del bautizo, los
reyes invitaron a todas las hadas del reino, pero, desgraciadamente, se olvidaron de invitar a la más malvada.
Aunque no haya sido invitada, el hada maligna se presentó al castillo y, al pasar delante de la cuna de la
pequeña, le puso un maleficio diciendo: " Al cumplir los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás".
Al oír eso, un hada buena que estaba cerca, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena:
"Al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecerá dormida durante cien años y sólo el beso de un
buen príncipe la despertará."
Pasaron los años y la princesita se convirtió en una muchacha muy hermosa. El rey había ordenado que
fuesen destruidos todos los husos del castillo con el fin de evitar que la princesa pudiera pincharse.
Pero eso de nada sirvió. Al cumplir los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar desconocido del castillo y
allí se encontró con una vieja sorda que estaba hilando.
La princesa le pidió que le dejara probar. Y ocurrió lo que el hada mala había previsto: la princesa se pinchó
con el huso y cayó fulminada al suelo. Después de variadas tentativas nadie consiguió vencer el maleficio y la
princesa fue tendida en una cama llena de flores. Pero el hada buena no se daba por vencida.
Tuvo una brillante idea. Si la princesa iba a dormir durante cien años, todos del reino dormirían con ella. Así,
cuando la princesa despertarse tendría todos a su alrededor. Y así lo hizo. La varita dorada del hada se alzó y
trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron.
En el castillo todo había enmudecido. Nada se movía, ni el fuego ni el aire. Todos dormidos. Alrededor del
castillo, empezó a crecer un extraño y frondoso bosque que fue ocultando totalmente el castillo en el
transcurso del tiempo. Pero, al término del siglo, un príncipe, que estaba de caza por allí, llegó hasta sus
alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de
los zarzales que rodeaban el castillo.
El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la
maraña era muy densa. Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio algo...
Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las
riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó
con horror que estaban muertos.
Luego se tranquilizó al comprobar que sólo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", chilló una y otra
vez, pero fue en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde
dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en
su corazón el amor que siempre había esperado en vano.
Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de
pronto la muchacha se despertó y abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño.
Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: “¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto
tiempo esperado". El encantamiento se había roto.
La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se
levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido.
Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca. Al cabo de unos
días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de música y de alegres risas con motivo de la
boda.
FIN
LA CENICIENTA
Había una vez una bella joven que, después de quedarse huérfana de padre y madre, tuvo que vivir con su
madrastra y las dos hijas que tenía ésta.
Las tres mujeres eran tan malas y tan egoístas que se quedaban cada día más feas. La bella joven era
explotada por ellas. Era ella quien hacía todo el trabajo más duro de la casa. Además de cocinar, fregar, etc.,
ella también tenía que cortar leña y encender la chimenea. Así sus vestidos estaban siempre manchados de
ceniza, por lo que todos la llamaban Cenicienta.
Un día se oía por todas partes de la ciudad que el príncipe de aquel país había regresado. El rey, muy
contento, iba a dar una gran fiesta a la que iba a invitar a todas las jóvenes del reino, con la esperanza de que
el príncipe encontrara en una de ellas, la esposa que deseaba.
En la casa de Cenicienta, sus hermanastras empezaron a prepararse para la gran fiesta. Y decían a Cenicienta:
- Tú, no irás. Te quedarás limpiando la casa y preparando la cena para cuando volvamos.
El día del baile había llegado. Cenicienta vio partir a sus hermanastras al Palacio Real y se puso a llorar porque
se sentía muy triste y sola. Pero, de pronto, se le apareció un Hada que le dijo:
- Querida niña, sécate tus lágrimas porque tú también irás al baile.
Y le dijo Cenicienta:
- Pero, ¿cómo?, si no tengo vestido ni zapatos, ni carruaje para llevarme.
Y el hada, con su varita mágica, transformó una calabaza en carruaje, unos ratoncillos en preciosos caballos, y
a Cenicienta en una maravillosa joven que más se parecía a una princesa.
Y le avisó:
- Tú irás al baile, pero con una condición: cuando el reloj del Palacio dé las doce campanadas, tendrás que
volver enseguida porque el hechizo se acabará.
Hermosa y feliz, Cenicienta llegó al Palacio. Y cuando entró al salón de baile, todos se pararon para mirarla. El
príncipe se quedó enamorado de su belleza y ella de su gentileza y amabilidad. Así que los dos bailaron toda la
noche.
Pero, al cabo de algunas horas, el reloj del Palacio empezó a sonar y Cenicienta tuvo que despedirse del
príncipe rápidamente. Ella cruzó el salón, bajó la escalinata y entró en el carruaje en dirección a su casa.
Con las prisas, ella perdió uno de sus zapatos de cristal que el príncipe recogió sin entender nada.
Al día siguiente, el príncipe ordenó a los guardias que encontraran a la señorita que pudiera calzar el zapato
de cristal. Los guardias recorrieron todo el reino, buscando la dueña del zapato.
Todas las doncellas se probaron el zapato, pero a nadie le sirvió. Al fin llegaron a la casa de Cenicienta. Y
cuando ésta se lo puso todos vieron que le quedaba perfecto.
Y fue así cómo Cenicienta volvió a encontrarse con el príncipe, se enamoraron, se casaron, y vivieron muy
felices.

FIN
LA SIRENITA
En el fondo de los océanos había un precioso palacio en el cual vivía el Rey del Mar junto a sus cinco hijas,
bellísimas sirenas. La más joven, la Sirenita de nombre Ariel, además de ser la más hermosa, poseía una voz
maravillosa. Cuando cantaba, todos los habitantes del fondo del mar acudían para escucharla. Además de
cantar, la Sirenita soñaba con salir a la superficie para ver el cielo y conocer el mundo de los hombres, como lo
relataban sus hermanas.
Pero su padre le decía que solo cuando cumpliera los 15 años tendría su permiso para hacerlo. Pasados los
años, finalmente llegaron el cumpleaños y el regalo tan deseados. Ariel por fin pudo salir a respirar el aire y
ver el cielo, después de oír los consejos de su padre: 'Recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, solo
podemos admirarlo. Somos hijos del mar. Sé prudente y no te acerques a los hombres'.
Y al emerger del agua, la Sirenita se quedó con la boca abierta. Todo era nuevo para ella y todo era hermoso,
¡fascinante! Ariel era feliz. Pasados unos minutos, ella pudo observar, con asombro, que un barco se acercaba
y paraba. Se puso a escuchar distintas voces. Y pensó en cuánto le gustaría hablar con ellos, pero ¿y si se
asustaban?
De pronto, Ariel fue consciente de sí misma: miró su larga cola y comprendió que hablar con los humanos era
imposible. Continuó mirando al barco a lo lejos. A bordo había una gran fiesta de aniversario porque el
capitán del barco cumplía 20 años de edad. Ariel se quedó atónita al ver al joven: era alto, moreno, de porte
real, y sonreía feliz. La Sirenita sintió una extraña sensación de alegría y sufrimiento a la vez.
Ariel no se explicaba esos sentimientos porque era algo que jamás había sentido en su corazón. La fiesta
seguía hasta que repentinamente un viento fuerte agitó las olas, sacudiendo y posteriormente volcando el
barco. La Sirenita vio cómo el joven capitán caía al mar. Nadó lo que pudo para socorrerlo, hasta que le tuvo
en sus brazos. El joven estaba inconsciente, pero ella nadó lo que pudo para llevarlo hasta tierra firme.
Depositó el cuerpo del joven sobre la arena de la playa y estuvo frotando sus manos intentando despertarlo.
Pero un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a refugiarse en el mar. Desde allí, vio como el
joven recobraba el conocimiento y agradecía, equivocadamente, a una joven dama por haberle salvado la
vida. Ariel volvió al fondo del mar y les contó toda su experiencia.
Después pasó días llorando en su habitación. Se había enamorado del joven capitán pero sentía que jamás
podría estar con él. Días después, Ariel acudió desesperada a la casa de la Hechicera de los Abismos. Quería
deshacerse de su cola de pez a cualquier precio. E hicieron un trato: la Sirenita tendría dos piernas a cambio
de regalar su hermosa voz a la hechicera que le advirtió: 'Si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo
desaparecerá en el agua como la espuma de una ola'.
Asintiendo a las condiciones de la hechicera, Ariel bebió la pócima mágica e inmediatamente perdió el
conocimiento. Cuando despertó se encontraba tendida en la arena de la playa, y a su lado estaba el joven
capitán que intentaba ayudarla a levantarse. Y le dijo: 'te llevaré al castillo y te curaré'. Durante los días
siguientes, la Sirenita se vistió como una dama, y acompañaba al príncipe en sus paseos. Era invitada a los
bailes de la corte, pero como no podía hablar, no podía explicar al príncipe lo que había sucedido.
El príncipe no paraba de pensar en la dama que pensaba que le había salvado la vida y Ariel se daba cuenta de
eso. Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, avistaron un gran barco que se acercaba al puerto. El
barco traía una desconocida que enseguida llamó la atención del príncipe. La Sirenita sintió un agudo dolor en
su corazón, y sintió que perdería a su príncipe para siempre.
El príncipe quedó prendado de la joven desconocida, que no era otra que la bruja disfrazada, y al haberle
robado su voz, el príncipe creyó que era su salvadora y se enamoró de ella. Le pidió matrimonio, y para
celebrarlo fueron invitados a hacer un gran viaje por mar al día siguiente, acompañados también por la
Sirenita. Al caer la noche, Ariel, recordando el acuerdo que había hecho con la hechicera, estaba dispuesta a
sacrificar su vida y a desaparecer en el mar, hasta que escuchó la llamada de sus hermanas.
- ¡Ariel! ¡Ariel! ¡Somos nosotras, tus hermanas! Escucha con atención, hay una forma de romper el hechizo y
recuperar la voz que la bruja te ha robado. Si besas al príncipe conseguirás que se enamore de ti y se rompa el
encantamiento.
La Sirenita corrió y corrió hasta el gran salón donde iba a comenzar la ceremonia de la boda. Se lanzó a los
brazos del príncipe y le besó, dejando a todos boquiabiertos. La hechicera recuperó su desagradable voz y
aspecto, y Ariel pudo explicar lo que había ocurrido realmente. La bruja fue encerrada en el calabozo, y el
príncipe se disculpó con la Sirenita. Esa misma tarde se celebró la boda entre Ariel y el príncipe, y todos
cantaron para celebrar su amor.
FIN
LOS TRES CERDITOS
Junto a sus papás, tres cerditos habían crecido alegremente en una cabaña del bosque. Y como ya eran
mayores, sus papás decidieron que era hora de que hicieran, cada uno, su propia casa. Los tres cerditos se
despidieron de sus papás, y fueron a ver cómo era el mundo.
El primer cerdito, el perezoso de la familia, decidió hacer una casa de paja. En un minuto la choza estaba
hecha. Y entonces se echó a dormir.
El segundo cerdito, un glotón, prefirió hacer una cabaña de madera. No tardó mucho en construirla. Y luego
se echó a comer manzanas.
El tercer cerdito, muy trabajador, optó por construirse una casa de ladrillos y cemento. Tardaría más en
construirla, pero se sentiría más protegido.
Después de un día de mucho trabajo, la casa quedó preciosa. Pero ya se empezaba a oír los aullidos del lobo
en el bosque. No tardó mucho para que el lobo se acercara a las casas de los tres cerditos.
Hambriento, el lobo se dirigió a la primera casa y dijo:
- ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!
Como el cerdito no la abrió, el lobo sopló con fuerza, y derrumbó la casa de paja. El cerdito, temblando de
miedo, salió corriendo y entró en la casa de madera de su hermano. El lobo le siguió. Y delante de la segunda
casa, llamó a la puerta, y dijo:
- ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!
Pero el segundo cerdito no la abrió y el lobo sopló y sopló, y la cabaña se fue por los aires. Asustados, los dos
cerditos corrieron y entraron en la casa de ladrillos de su hermano. Pero, como el lobo estaba decidido a
comérselos, llamó a la puerta y gritó:
- ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplaré y tu casa tiraré!
Y el cerdito trabajador le dijo:
- ¡Sopla lo que quieras, pero no la abriré! Entonces el lobo sopló y sopló. Sopló con todas sus fuerzas, pero la
casa no se movió.
La casa era muy fuerte y resistente. El lobo se quedó casi sin aire. Pero, aunque el lobo estaba muy cansado,
no desistía. Trajo una escalera, subió al tejado de la casa y se deslizó por el pasaje de la chimenea.
Estaba empeñado en entrar en la casa y comer a los tres cerditos como fuera. Pero lo que él no sabía es que
los cerditos pusieron al final de la chimenea, un caldero con agua hirviendo.
Y el lobo, al caerse por la chimenea acabó quemándose con el agua caliente. Dio un enorme grito y salió
corriendo para nunca más volver.
Y así, los cerditos pudieron vivir tranquilamente. Y tanto el perezoso como el glotón aprendieron que solo con
el trabajo se consigue las cosas.

FIN
PINOCHO
En una vieja carpintería, Geppetto, un señor amable y simpático, terminaba un día más de trabajo dando los
últimos retoques de pintura a un muñeco de madera que había construido.
Al mirarlo, pensó: '¡Qué bonito me ha quedado!'. Y como el muñeco había sido hecho de madera de pino,
Geppetto decidió llamarlo Pinocho. Aquella noche, Geppetto se fue a dormir, deseando que su muñeco fuese
un niño de verdad.
Siempre había deseado tener un hijo. Y al encontrarse profundamente dormido, llegó un hada buena y viendo
a Pinocho tan bonito, quiso premiar al buen carpintero, dando, con su varita mágica, vida al muñeco.
Al día siguiente, cuando se despertó, Geppetto no daba crédito a sus ojos: Pinocho se movía, caminaba, se
reía y hablaba como un niño de verdad para alegría del viejo carpintero.
Feliz y muy satisfecho, Geppetto mandó a Pinocho a la escuela. Quería que fuese un niño muy listo y que
aprendiera muchas cosas. Le acompañó su amigo Pepito Grillo, el consejero que le había dado el hada buena.
Pero, en el camino del colegio, Pinocho se hizo amigo de dos niños muy malos, siguiendo sus travesuras, e
ignorando los consejos del grillito. En lugar de ir a la escuela, Pinocho decidió seguir a sus nuevos amigos,
buscando aventuras no muy buenas.
Al ver esta situación, el hada buena le hechizó. Por no ir a la escuela, le colocó dos orejas de burro, y por
portarse mal, le dijo que cada vez que dijera una mentira, le crecería la nariz, poniéndosele además colorada.
Pinocho acabó reconociendo que no estaba siendo bueno, y arrepentido decidió buscar a Geppetto. Supo
entonces que Geppeto, al salir en su busca por el mar, había sido tragado por una enorme ballena. Pinocho,
con la ayuda del grillito, se fue a la mar para rescatar al pobre viejecito.
Cuando Pinocho estuvo frente a la ballena le pidió que le devolviese a su papá, pero la ballena abrió su
enorme boca y se lo tragó también a él. Dentro de la tripa de la ballena, Geppetto y Pinocho se
reencontraron. Y se pusieran a pensar cómo salir de allí.
Y gracias a Pepito Grillo encontraron una salida. Hicieron una fogata. El fuego hizo estornudar a la enorme
ballena, y la balsa salió volando con sus tres tripulantes.
Todos se salvaron. Pinocho volvió a casa y al colegio, y a partir de ese día siempre se comportó bien. Y en
recompensa de su bondad, el hada buena lo convirtió en un niño de carne y hueso, y fueron muy felices por
muchos y muchos años.
FIN
PEDRO Y EL LOBO
Érase una vez un pequeño pastor que se pasaba la mayor parte de su tiempo paseando y cuidando de sus
ovejas en el campo de un pueblito. Todas las mañanas, muy tempranito, hacía siempre lo mismo. Salía a la
pradera con su rebaño, y así pasaba su tiempo.
Muchas veces, mientras veía pastar a sus ovejas, él pensaba en las cosas que podía hacer para divertirse.
Como muchas veces se aburría, un día, mientras descansaba debajo de un árbol, tuvo una idea. Decidió que
pasaría un buen rato divirtiéndose a costa de la gente del pueblo que vivía por allí cerca, haciendo burlas. Se
acercó y empezó a gritar:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Qué viene el lobo!
La gente del pueblo cogió lo que tenía a mano, y se fue a auxiliar al pobre pastorcito que pedía auxilio, pero
cuando llegaron allí, descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastor, que se deshacía en risas
por el suelo. Los aldeanos se enfadaron y decidieron volver a sus casas. Cuando se habían ido, al pastor le hizo
tanta gracia la broma que se puso a repetirla. Y cuando vio a la gente suficientemente lejos, volvió a gritar:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo!
La gente, volviendo a oír, empezó a correr a toda prisa, pensando que esta vez sí que se había presentado el
lobo feroz, y que realmente el pastor necesitaba de su ayuda. Pero al llegar donde estaba el pastor, se lo
encontraron por los suelos, riéndose de ver cómo los aldeanos habían vuelto a auxiliarlo. Esta vez los aldeanos
se enfadaron aún más, y se marcharon terriblemente enfadados con la mala actitud del pastor, y se fueron
enojados con aquella situación.
A la mañana siguiente, mientras el pastor pastaba con sus ovejas por el mismo lugar, aún se reía cuando
recordaba lo que había ocurrido el día anterior, y no se sentía arrepentido de ninguna forma. Pero no se dio
cuenta de que, esa misma mañana se le acercaba un lobo. Cuando se dio media vuelta y lo vio, el miedo le
invadió el cuerpo. Al ver que el animal se le acercaba más y más, empezó a gritar desesperadamente:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Qué se va a devorar todas mis ovejas! ¡Auxilio!
Pero sus gritos han sido en vano. Ya era bastante tarde para convencer a los aldeanos de que lo que decía era
verdad. Los aldeanos, habiendo aprendido de las mentiras del pastor, de esta vez hicieron oídos sordos. ¿Y lo
qué ocurrió? Pues que el pastor vio como el lobo se abalanzaba sobre sus ovejas, mientras él intentaba pedir
auxilio, una y otra vez:
- ¡Socorro, el lobo! ¡El lobo!
Pero los aldeanos siguieron sin hacerle caso, mientras el pastor vio como el lobo se comía unas cuantas ovejas
y se llevaba otras tantas para la cena, sin poder hacer nada, absolutamente. Y fue así que el pastor reconoció
que había sido muy injusto con la gente del pueblo, y aunque ya era tarde, se arrepintió profundamente, y
nunca más volvió burlarse ni a mentir a la gente.

FIN
LA BELLA Y LA BESTIA
Hace muchísimo tiempo había una joven buena y hermosa, a quien las gentes del lugar la llamaban Bella.
Llamarla así no era sino una expresión de admiración por la perfección física y espiritual de la muchacha.
El padre de la joven, un acaudalado comerciante, cayó, de la noche a la mañana, en la miseria más triste. Así
que padre e hija, habituados a la comodidad que acarrean las riquezas, vieron cómo sus amigos de los buenos
tiempos ahora se iban alejando.
Un buen día en que el padre decidió hacer un viaje hacia una feria, pero desgraciadamente se perdió en el
bosque. La noche llegó y, con multitud de sombras y ruidos persiguiéndole, encontró un enorme palacio.
Llamó a la puerta y, como nadie contestó, entró en el palacio, recorrió un montón de pasillos lujosos, hasta
llegar a una espléndida mesa que estaba servida y comió cuanto pudo. Cuando sació su hambre, eligió un
amplio y mullido lecho y se echó a dormir.
Al día siguiente, al continuar el recorrido por el palacio, halló en el establo un caballo perfectamente
preparado. Montó en él y, abandonando la señorial mansión, se alejó tranquilamente.
Apenas hubo avanzado un trecho, se encontró con un hermosísimo jardín, poblado de exóticas y aromáticas
flores. No pudiendo resistir la tentación de recoger, se apeó del caballo y arrancó una linda flor para llevársela
a la Bella, su hija. Apenas arrancó la flor, el suelo comenzó a temblar y apareció una bestia horripilante,
diciendo:
- ¡Insensato! ¡Yo te proporciono el deleite de ver y palpar estas flores, y tú me las robas! ¡Morirás!
El hombre repuso:
- Dueño de estos dominios: jamás creí hacer daño al coger una hermosa flor para llevarla a mi desolada hija.
La Bestia contestó enfadada:
- ¡Yo soy la Bestia! Pero ya que tienes una hija, si ella quiere morir en tu lugar, alégrate, estarás sano y salvo.
Bella, advertida por un hada buena, acudió al palacio y, a pesar de las súplicas de su padre, insistió quedarse
en él.
Pero, la Bestia, lejos de hacer pedazos a la joven dama, lo miró con bondad. De modo que todo el palacio lo
dispuso para ella. Sólo la eventual presencia del monstruo turbaba su sosiego. Así, la primera vez que la Bestia
entró a sus habitaciones, creyó morir de terror. Pero, con el tiempo, fue acostumbrándose a su desagradable
compañía.
Bestia, comenzó a sentir algo hacia Bella, pero a ella no le convencía su forma de ser. Con el paso de los días,
Bestia cambió su forma de ser y de actuar. Bella veía cada vez más que tenía una belleza interior insuperable y
que detrás de esa fea apariencia existía un enorme corazón.
Se conocieron más y más, y después de mucho tiempo, comenzaron a quererse. Ambos terminaron
declarándose su amor y, de inmediato, sucedió un milagro: la Bestia se transformó en un apuesto príncipe. Y
éste exclamó completamente feliz:
- ¡Bella, mi hermosa Bella! Yo era un príncipe condenado a vivir bajo la apariencia de un monstruo, hasta que
una joven hermosa consintiese en ser mi esposa. Ahora que esto ha sucedido, pongo a tus pies, a la par de mi
profundo amor, mis riquezas.
En ese momento, la Bella le dio su mano y lo hizo ponerse de pie. Y mirándose cariñosamente, ambos se
estrecharon en un largo y fuerte abrazo. Y, como es de suponer, se casaron y fueron muy felices.
FIN
EL GATO CON BOTAS
Esta antigua historia comienza con la muerte del molinero, un viejo hombre que vivía con sus tres hijos, entre
los cuales repartió su humilde herencia. Para el mayor de los hermanos decidió dejar el molino, al mediano el
burro y para el pequeño el gato que tanta compañía había hecho a la familia.
No es que fuese una gran herencia, pero los hermanos parecían estar de acuerdo, salvo el más joven, que se
sentía tan decepcionado, pues cómo iba él a ganarse la vida con un gato que ni siquiera podía comerse. Pero
ojo, los gatos son animales astutos e inteligentes, y este hasta hablaba, y al ver a su dueño sumido en tal
desgracia se puso manos a la obra.
Lo primero que hizo el gato fue pedir a su amo que confiara en él, y este se dejó guiar por el animal, sin
mucha esperanza, pues no le quedaba otra; Pero, ¿qué podría esperar de un pobre felino como este? - se
preguntaba.
Después, el gato le pidió dinero, y le dio lo poco que le quedaba; y al rato apareció el gato muy bien vestido,
con unas buenas botas e incluso con un gorro a medida, y qué bien se le veía, todo un caballero parecía, pero
su dueño estaba enfadado, ya que todo su dinero se había gastado.
El gato con gran convicción le respondió que no temiera, que sería una buena inversión; el dueño se calló y
asintió con resignación, mientras veía al gato marchar, de caza o a pescar. Y es que buena fama de cazadores
tienen los felinos, o al menos los de antaño, y este gatito no sería menos.
Se presentó a las puertas del palacio, y cada pieza que cazó al rey se la ofreció, dos conejos, tres liebres para
su majestad, en el nombre de 'el Marqués de Carabás', su dueño y amo.
Otro día, el gato muy avispado, a la calle salió con su amo, sabiendo que el rey con su hija iría a pasear, y
aprovechando la ocasión para fingir que su amo se está ahogando y que unos ladrones le habían robado el
traje y también el carruaje.
Rápidamente su majestad manda que le atiendan y le vistan con ricos ropajes, y además se empeña en
llevarlos hasta sus aposentos. El joven ya no sabía qué hacer, pero el gato recordó que no muy lejos se
encontraban las tierras y posesiones de un ogro muy temido en el lugar. Entonces el gato se dirigió hacia el
castillo y consiguió, con astucia e ingenio vencer al fuerte ogro y liberar a la población de su opresión.
Y así fue como se apoderaron del castillo y el hijo del molinero consiguió hacerse con el corazón de la
princesa, con la que se casó. El más pequeño de los hermanos aprendió a no menospreciar las capacidades, y
es que el gato le había enseñado una lección, que era más importante el ingenio y la creatividad que el dinero
y el valor material.

FIN
ARTURO Y EL MAGO MERLÍN
Érase una vez, en un reino llamado Britania, hace varios siglos nació el príncipe Arturo, hijo del rey Uther. Su
madre había muerto poco después del parto, por eso, el rey entregó el bebé al fiel mago Merlín, con el fin que
lo educara. Merlín decidió llevar a Arturo al castillo de un caballero, que tenía un pequeño hijo llamado Kay.
Por la seguridad del príncipe, el mago ocultó la identidad de su protegido. Cada día, el leal Merlín enseñaba al
pequeño Arturo todas las ciencias y, con sus dotes de gran mago, le explicaba los inventos del futuro y
muchas fórmulas mágicas más.
Pasaron los años y el rey Uther murió sin dejar descendencia conocida, así que los caballeros fueron en busca
de Merlín:
- Hemos de elegir al nuevo rey -dijeron. Y el mago, haciendo aparecer una espada clavada a un yunque de
hierro, les dijo:
- Esta es la espada Excalibur. Quien logre sacarla ¡será el rey!
Los caballeros probaron uno a uno, pero, a pesar de todo su empeño, no lograron moverla.
Arturo y Kay, que eran ya dos vigorosos mozos, iban a participar en un torneo de la ciudad. Al acudir al
evento, Arturo reparó que había olvidado la espada de Kay en la posada. Corrió allí pero el local ya estaba
cerrado. Arturo se desesperó. Sin su espada, Kay estaría eliminado del torneo. Descubrió así la espada
Excalibur.
Tiró de ella y un rayo de luz cayó sobre él, extrayéndola con toda facilidad. Kay vio el sello de la Excalibur y se
lo contó a su padre, quien ordenó a Arturo que la devolviera y así volvió a clavarla en el yunque. Los nobles
intentaron sacarla de nuevo, pero fue inútil. Hasta que Arturo de nuevo tomó la empuñadura, volvió a caer un
rayo de luz, y la extrajo sin el menor esfuerzo. Todos admitieron que aquel joven, sin título alguno, debía ser
el rey de Britania; y desfilaron ante él, jurándole fidelidad.
Merlín, feliz y humilde por su accionar, se retiró a su morada. Pero no pasó mucho tiempo cuando un grupo
de traidores se levantaron en armas contra el joven monarca. Merlín intervino, confesando que Arturo era el
único hijo del rey Uther; pero los desleales siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron derrotados, gracias al
valor de Arturo y a la magia de Merlín. Para evitar que la traición se repitiera, Arturo creó la gran mesa
redonda, integrada por los caballeros leales al reino. Se casó con la princesa Ginebra, viviendo años dé dicha y
prosperidad.
- Ya puedes reinar sin mis consejos, - le dijo Merlín en su despedida- y sigue siendo un rey justo, que la
Historia te premiará.
FIN
ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
Aladino es un joven muy humilde que, junto con su inseparable mono Abú, se dedica a robar o engañar a la
gente de Agrabah para poder sobrevivir, soñando con ser algún día alguien importante.
Un día, Aladino se encuentra con Jasmín, la preciosa hija del Sultán, y se enamora perdidamente de ella. El
problema es que las leyes obligan a Jasmín a casarse con un príncipe antes de su próximo cumpleaños.
Inesperadamente, la suerte de Aladino cambia cuando un hechicero llamado Jafar le propone conseguir todas
las riquezas que se pueda imaginar a cambio de que él le consiga una vieja lámpara de las profundidades de la
Cueva de las Maravillas, donde reside un divertido genio.
Cuando Aladino le da la lámpara a Jafar él lo traiciona y hace que se quede atrapado en la cueva, pero Abú le
quita la lámpara a Jafar y consiguen sacar al genio, que les ayuda a escapar de la peligrosa cueva. El genio le
dice que puede pedir 3 deseos por haber frotado la lámpara y Aladino utiliza su primer deseo para convertirse
en príncipe y poder casarse con Jasmín.
Aladino llega al palacio del Sultán con un gran desfile y pide la mano de la princesa Jasmín. El Sultán acepta
encantado, pero esto hace enojar a Jafar, ya que él quería casarse con la princesa para poder convertirse en
un poderoso Sultán.
Entonces Jafar logra quitarle la lámpara a Aladino y utiliza su primer deseo para convertirse en Sultán, pero
como no logra que le obedezca pide al genio un segundo deseo: convertirse en el más poderoso hechicero del
mundo, logrando asó que el Sultán le obedezca y acepte el casamiento entre Jafar y Jasmín.
Aladino no pierde la esperanza y pelea con Jafar para recuperar el amor de la princesa. Pero a Jafar le queda
aún un último deseo y pide al genio que le convierta en el genio más poderoso para poder derrotar a Aladino.
Lo que no sabía es que al convertirse en genio deberá estar encerrado en una lámpara.
De esta forma, Aladino coge la lámpara con Jafar en su interior y la lanza muy lejos para que nadie lo
encuentre jamás. Y así es como Aladino y Jasmín logran casarse y ser muy felices durante el resto de sus vidas.

FIN
PULGARCITO
Una vez hubo un campesino muy pobre que se encontraba frente al fuego mientras su esposa hilaba. Ambos
sentían pena por no haber tenido hijos, ya que el silencio que había a su alrededor los entristecía.
La mujer dijo que se conformaría incluso con un hijo pequeño, que no fuese más grande que un pulgar. Días
después la mujer enfermó, y al cabo de siete meses dio a luz un niño tan pequeño como un pulgar.
El matrimonio, contento, pensó en llamar al niño Pulgarcito. Por mucho que comía y pasaba el tiempo, el niño
no crecía nada, pero por el contrario se trataba de un niño listo y muy hábil que conseguía hacer todo lo que
se proponía.
Un día el padre se fue al bosque a cortar leña, y pensó que necesitaba a alguien que le llevase el carro.
Pulgarcito se ofreció a hacerlo. Al padre le entró la risa debido a que era demasiado pequeño para llevar las
bridas del caballo.
Pulgarcito se acercó a la oreja del caballo y le fue diciendo por dónde tenía que ir. Al rato encontraron a dos
forasteros que se sorprendieron de ver al caballo moverse sin nadie que lo guiase. Decidieron seguir al carro
hasta que llegó al lugar en el que se encontraba el padre.
Cuando vieron a Pulgarcito pensaron que podían conseguir una gran cantidad de dinero por enseñarlo. Se
acercaron al padre le dijeron que se lo compraban. El padre se negó, pero Pulgarcito le dijo que lo vendiese y
que él ya sabría cómo regresar.
Durante el camino, Pulgarcito se escondió en una madriguera de forma que los hombres no pudiesen cogerlo.
Al final se rindieron y se marcharon. En su vuelta a casa encontró una caracola donde decidió quedarse a
dormir. Al rato dos hombres pasaron barajando la posibilidad de robar al cura su oro y su plata. Pulgarcito se
ofreció a ayudarles.
Al llegar, Pulgarcito entró en la casa y comenzó a gritar preguntando que qué querían que les sacase. Al final
la cocinera se despertó y los ladrones huyeron. Pulgarcito se escondió y al final la mujer pensó que lo había
soñado.
Pulgarcito decidió quedarse a dormir sobre la paja, pero al día siguiente, la cocinera fue a dar de comer a las
vacas y Pulgarcito acabó en el estómago de una de ellas. Al verse en esta tesitura, Pulgarcito empezó a pedir
ayuda, y la mujer pensó que la vaca hablaba. El cura acudió y ordenó matar a la vaca porque creía que era
obra del diablo.
Pulgarcito que estaba todavía en el estómago de la vaca fue tragado de nuevo, pero esta vez por un lobo.
Pulgarcito le ofreció al lobo decirle dónde podría encontrar buena comida a cambio de la libertad. El lobo le
escuchó y se pegó un buen festín. Al querer salir había engordado tanto que ya no podía pasar por la puerta.
Entonces Pulgarcito empezó a gritar hasta que despertó a los padres.
Los padres mataron al lobo y sacaron a Pulgarcito, con lo que de nuevo toda la familia volvió a estar junta.

FIN

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