LA FILOSOFÍA AMERICANA
Leopol
LA FILOSOFÍA EN LATINOAMÉRICA COMO PROBLEMA DEL HOMBRE
No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil
millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones
de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los
otros lo tomaban prestado.
JEAN-PAUL SARTRE
Verbo, Logos, Palabra, diversas expresiones de un mismo y grandioso instrumento
mediante el cual el hombre no sólo se sitúa en el Mundo y el Universo, sino que hace de
ellos su hogar.
Mediante el Verbo deja de ser un ente entre entes, para transformarse en su habitante. Esto
es, en el que da sentido a este Mundo y Universo distinguiendo, separando, igualando y
unificando al resto de los entes que carecen de esta cualidad. Los entes dejan de serlo para
transformarse en esto o aquello en relación con el hombre que les da esa especial
existencia al expresarlo, al hablar de ellos. Es por esto por lo que el Verbo posee, desde los
primeros balbuceos del hombre, la mitología, un carácter que podríamos considerar mágico.
La palabra es magia, lo que hace posible la existencia de algo de la nada. Y, más que
magia, el poder creador por excelencia. "En el principio era el Verbo" -reza la Biblia. El
Verbo que crea de la nada. Nada antes del Verbo, todo después de él. Basta que diga
¡Hágase la luz! para que la luz se haga. Y con la luz todo lo que pronuncie el Verbo. Verbo
que al final de esa aventura biblica encarna en el hombre y se transforma en redención,
esto es, en humanización plena. La humanización como un estar por encima de todo o
dentro de todo, como señor. El Logos, otra expresión del Verbo, es para los primeros
mitólogos y sus herederos los filósofos el instrumento que pone orden en un mundo y un
universo caóticos. "En el principio era el Caos" -dice Hesiodo. Después vino el Logos y con
el Logos el Orden. Cada cosa en lo que es, en lo que la define, en lo que la sitúa y distingue
de otros entes. El poseedor de este Verbo, Lagos o Palabra lo es el hombre, insistimos. Y
es, entre los hombres, el filósofo el que hace de este instrumento la virtud de su existencia.
El filósofo es el hombre que quiere saber del ser en la nada, del orden en el caos.
Y quiere saber porque en ello le va su propio ser, su existencia. En ser algo o no ser nada.
De alli ese permanente preguntar que RICANA COMO FILOSOFIA SIN MAS
Leopoldo Zea
empieza como balbuceo en Grecia y continúa hasta nuestros días.
Un preguntar por esto o aquello no sólo por simple curiosidad sino porque en ello va
implicita la respuesta de In que el hombre es en el ser o en la creación.
La historia de la filosofía, que es .at.,er la historia de un
aspecto de la cultura del mundo occidemat
, nos muestra la
aventura del hombre en este permanente preguntar, en este permanente crear y recrear,
ordenar y reordenar, para escapar a la nada y al caos. Sin embargo, en esta historia no se
daba el caso de que alguien inquiriese si tenía o no derecho al Verbo, Lagos o Palabra,
aunque la misma inquisición implicase ya el uso de este derecho. El uso sin más, por el
simple preguntar y por solicitar una respuesta. Tal es el caso de quienes en América Latina,
desde hace algún tiempo, y en otros lugares al margen del mundo llamado occidental, se
preguntan por la posibilidad de una filosofia, o por la existencia de la misma.
Recientemente, el peruano Augusto Salazar Bondy escribió, bajo el título de ¿Existe una
filosofía de nuestra América?, ese aspecto de la historia de la filosofía no contemplado aún
en las clásicas historias de la llamada filosofia. La historia de un preguntar por la posibilidad
de un repreguntar, sobre una realidad que resulta no parecernos, a nosotros los
latinoamericanos, estar de acuerdo con la respuesta que de la misma ha dado la filosofía.
Un repreguntar que lleva aparejada la idea de una diversidad, de una diversidad que no ha
partido de nosotros pero con la cual nos encontramos. Cuando nos preguntamos por la
existencia de una filosofía americana, lo hacemos partiendo del sentimiento de una
diversidad, del hecho de que nos sabemos o sentimos distintos. ¿Distintos del resto de los
hombres? ¿No sería esto una monstruosidad? ¿Un Verbo, un Lagos, una Palabra, distintos
de lo que hasta ahora han sido? ¿De dónde nos viene esta extraña preocupación? ¿Por
que llevamos a la historia de la filosofía una interrogante que nunca antes se habia
planteado y, de hecho, hacemos una extraña filosofia? Esa extraña filosofia que los
supuestos creadores de la filosofía miran con enojo y, si acaso, con ojos de misericordia. A
ningún griego se le ocurrió preguntarse por la existencia de una filosofía griega, asi como a
ningún latino o medieval, ya fuese francés, inglés o alemán, se le ocurrió preguntarse por la
existencia de su filosofia simplemente pensaban, creaban, ordenaban, separaban, situaban,
definían, esto es, pura y simplemente filosofaban. Esa extraña filosotia que a sus propios
creadores y herederos en Latinoamérica llena de complejos. ¡Esto no puede ser filosofar,
esto no puede ser filosofía!, se dicen a sí mismos. ¿Qué clase de hombres somos que no
somos capaces de crear un sistema, que no somos capaces de originar un flósofo que se
asemeje a uno de tantos que han sido y son claves de la histona de la filosofía? ¿Qué clase
de hombres somos? En esta pregunta estará el centro del problema, el porqué de un
preguntar por nuestro supuesto derecho a una especial pregunta. Y esta pregunta alude,
consciente o inconscientemente, a un preguntar que nos fue impuesto en los mismos inicios
de nuestra incorporación a lo que el mundo occidental llama Historia Universal, esto es, la
historia de ese mundo que, al expandirse, ha hecho de los objetos de su expansión parte de
su agresiva historia.
En último término preguntar por la posibilidad de una filosofía es preguntar por el Verbo, el
Lagos o la Palabra que hacen, precisamente, del hombre un Hombre. Y este preguntar,
decia, nos ha sido impuesto, nos fue planteado y los hombres de esta América, porque
también lo son, no hacen sino replantear el problema. Fue la Europa que se inicia en la
historia de la llamada
modernidad
-una modernidad
que implica un nuevo
redescubrimiento del hombre, pero, al mismo tiempo, la aparición de un hombre que hace
de su redescubierta libertad un
instrumento o justificación para imponeria a otros, negándoles este derecho- la que impuso
el problema. La Europa que consideró que su destino, el destino de sus hombres, era hacer
de su humanismo el arquetipo a alcanzar por todo ente que se le pudiese asemejar; esta
Europa, lo mismo la cristiana que la moderna, al trascender los linderos de su geografia y
tropezar con otros entes que parecian ser hombres, exigió a éstos que justificasen su
supuesta humanidad. Esto es, puso en tela de juicio la posibilidad de tal justificación si la
misma no iba acompañada de pruebas de que no sólo eran semejantes sino
reproducciones, calcas, reflejos de lo que el europeo consideraba como lo humano por
excelencia.
Nuestro filosofar en América empieza asi con una polémica sobre la esencia de lo humano y
la relación que pudiera tener esta esencia con los raros habitantes del continente
descubierto, conquistado y colonizado.
En la polémica de Las Casas con Sepúlveda se inicia esa extraña filosofia que en el siglo
XX se preguntará sobre si posee o no una filosofía. En la polémica queda puesto entre
paréntesis no sólo el derecho al Verbo, al Logos o a la Palabra, sino toda la ล
ica
ser
ue
de
›У
es
ué
lal
e,
Je
la
a.
-
S
esencia del hombre de esta América. Las afirmaciones en favor de la naturaleza humana de
los indígenas no bastarán para convencer, no sólo a cristianos sino también a filósofos de la
modernidad, de que estos indigenas son también hombres.
Hombres como todos los hombres, con una determinada personalidad, con una
individualidad, por lo mismo hombres.
Antonello Gervi ha escrito un maravilloso libro sobre este
permanente regateo de humanidad. Sepúlveda niega la esencia humana de los americanos
en nombre de un cristianismo que basa su filosofía en Aristóteles; pero no harán menos los
filósofos que se enfrentan al escolasticismo y hablan del progreso y la ciencia positiva.
Buffon, de Pauw y el mismo Hegel, cumbre de la nueva filosofía, mantienen la cuarentena
sobre los hombres de esta América, extendiéndola a los supuestos hombres de otros
continentes, Asia, Africa, Oceanía, esto es, hacia donde ha llegado el poder del hombre que
se considera el Hombre por excelencia y exige, en nombre de esta creencia, la justificación
de la humanidad de otros hombres. Una justificación a la que tendrán que someterse no
sólo los indígenas sino todos los nacidos posteriormente en esta América. La discriminación
que dentro del orbe cristiano plantea Sepúlveda se transforma en una gigantesca
discriminación planetaria. Por un lado los hombres Hombres, por el otro subnombres,
apenas aspirantes a Hombres.
En América Latina esta discriminación origina respuestas de características muy especiales.
Esas características que culminarán en la pregunta sobre nuestro derecho al Verbo, al
Lagos o a la Palabra, esto es, a la Filosofía. Y es así porque es en esta parte del Nuevo
Continente donde se ha alcanzado un poderoso mestizaje. Independientemente de la
polémica Las Casas-Sepúlveda sobre la humanidad de los indígenas, los descubridores,
conquistadores y colonizadores de estas tierras han mezclado, sin repugnancia, su sangre
con entes cuya humanidad ha sido puesta entre paréntesis por una expresión de la filosofía
cristiana, pero que son capaces no sólo de ayuntarse sino de amar como cualquier otro
hombre. Y al hacerlo, conquistadores y dominadores y, con ellos, sus hijos y los hijos de sus
hijos, serán también objeto del mismo interrogante. Un interrogante no sólo sobre los
indígenas tal y como también se haría ya sobre los originales de Asia y África, sino también
sobre todos los nacidos en estas tierras. La nueva filosofía en nombre del progreso, la
civilización y hasta la Humanidad en abstracto negará si no la plena humanidad de los
latinoamericanos sí su plenitud. En nombre de la civilización se hablará, ahora, de razas
degeneradas, esto es, mezcladas, hibridas. Se hablará, igualmente, de pueblos
oscurantistas, herederos de una cultura que ha pasado a la historia. Pueblos disminuidos en
su humanidad por lo que tenian de indígenas; pero también por haberse degenerado al
mezclarse con entes que no podían justificar su humanidad y, también, por ser los
herederos de una cultura que en la filosofía del progreso no eran ya sino una etapa de la
misma; pero que, una vez alcanzada la nueva etapa, no podrían ya ser sino expresión del
retroceso, lo que ya no debía ser. Por indígenas, mestizos e ibéricos, los hombres de esta
América formaban parte de la subhumanidad y. como expresión de la misma, el
subdesarrollo en el que se encontraban por su incapacidad para el progreso. El progreso de
los hombres Hombres, de los pueblos que conducían los destinos del mundo.
Al regateo, o negación de humanidad, los hombres de esta
América, como ahora los hombres de otros continentes sometidos a la misma negación,
argumentarán, contestarán, tratando de mostrar su propia humanidad. Y son estas
argumentaciones las que inician y continúan lo que hemos llamado nuestro extraño filosofar.
Ya en la Antigüedad un Aristóteles había negado la humanidad de los no griegos, de los
bárbaros, de los que balbuceaban el Logos, justificando de esta forma la esclavitud y el
predominio, sobre cualquier otro pueblo de Grecia, y, con Grecia, del primer imperio de su
discípulo Alejandro y del que sería heredero de este imperio, el romano. Los marginados,
los subhombres, los subdesarrollados de aquella época tardarian algún tiempo para
contestar, con otra filosofía, afirmando su humanidad. Epicureísmo, escepticismo,
estoicismo y plotinismo serán los antecedentes de la respuesta cristiana, la respuesta de
estos pueblos y sus hombres a la discriminación de que habian sido objeto. En nuestra
América la primera respuesta filosófica al escolasticismo inspirado en Aristóteles la dará,
desde el punto de vista cristiano, desde el cristianismo que donó humanidad a los
marginados del Imperio romano del fraile Bartolomé de las Casas y, con Las Casas, los
grandes misioneros que recorrieron nuestra América mostrando, a quienes impugnaban lo
humano de los indígenas, para mejor justificar su utilización, la humanidad de los mismos, la
semejanza que guardaban con el resto de los hombres.
Pero ya en estas primeras réplicas se presenta un fenómeno que, posteriormente, hasta
llegar a nuestros días, se repetira una y otra a
e
S
+3
vez. Y tenía que ser así, porque, después de todo, quienes se encargarían en primer lugar
de mostrar la humanidad de los indigenas serían europeos, esto es, hombres con un
arquetipo de lo que se consideraba lo humano. Nuestros primeros misioneros mostrarán,
ante el tribunal que inquiría sobre la humanidad de los nativos de esta América, la
humanidad de los mismos. ¿Cómo?
Haciendo patente lo que de semejantes tenían con el hombre que se consideraba a sí
mismo como el Hombre por excelencia.
Dibujado el arquetipo, mostrarán como cabían dentro de él. Estos hombres no eran, en todo
caso, sino víctimas de la ignorancia; una ignorancia que, no por esto, les hacía criaturas de
Satanas. Con miradas comprensivas mostraban estos buenos misioneros lo que de
precristiano tenían estos indígenas en sus hábitos y costumbres. Sus leyendas, sus
historias, sus formas de vida y moral mostraban que, si bien no habían oido hablar de
Cristo, eran cristianos, o bien dispuestos a adoptar la doctrina que hace del hombre un
Hombre. Como todos los hombres buscaban a Dios, y como todos los hombres trataban de
salvarse de él. Creían encontrarlo en toscos ídolos, pero detrás de estos ídolos, por toscos
que fueran, no estaba Satanás, sino Dios mismo. El Dios del que, gracias al descubrimiento,
les podían hablar quienes lo representaban. Los indígenas eran hombres, y eran hombres
porque aun sin saberlo se habían comportado como cristianos.
Todo el problema consistía ahora en hacerles conscientes este hecho. De allí su fácil
incorporación a la ecumene, a la Humanidad, el bautizo en masa que les hacía hombres de
inmediato, viniendo después tan sólo un problema de cultivación.
Así, para ser hombres, habrá que encajar en determi ado arquetipo. Y, por supuesto, el
logos de este arquetipo tendrá que ser el modelo de todo posible logos. ¿Cuándo
tendremos filosofia?
Cuando seamos capaces de originar entre nosotros a algún Kant, Hegel, Fichte, Comte, etc.
Los indígenas son hombres, porque independientemente de que lo supieran o no, su
comportamiento era semejante o se acercaban al arquetipo cristiano de lo humano.
Ser como el cristiano, el europeo o el occidental, serán las metas a alcanzar para poner fin
al regateo, al paréntesis. La modernidad, a su vez, planteara nuevos regateos, nuevas
disminuciones, los regateos y disminuciones que justificarán la expansión del hombre
occidental y su predominio. Otra vez hombre y no hombres. o, al menos, simple proyecto de
hombres. Una nueva pauta para calificar. El hombre es sinónimo de inquietud, de cambio,
de progreso; ahora bien, el individuo que no ha sido capaz de esta inquietud, expresada en
el cambio y el progreso, lógicamente no es un hombre, o, en todo caso, sólo podrá algún dia
llegar a ser este hombre. Y mientras no lo sea es simple objeto, cosa, algo por utilizar como
se utiliza cualquier objeto de la naturaleza. Sobre ello habla Arnold Toynbee al decir:
"Cuando nosotros los occidentales llamamos a ciertas gentes- indigenas borramos
implicitamente el color cultural de nuestras percepciones de ellos. Son para nosotros algo
así como árboles que caminarán, o como animales selváticos que Infestarán el pais en el
que nos ha tocado topamos con ellos.
De hecho los vemos como parte de la flora y fauna local, y no como hombres con pasiones
parejas a las nuestras; y viéndolos asi como cosa infrahumana, nos sentimos con título para
tratados como si no poseyeran los derechos humanos usuales," Simples instrumentos,
cosas para usar o destruir, según sirvan o no al hombre que se ve, a sí mismo, como el
Hombre sin más, Tal es la preocupación, la filosotia que anima al hombre occidental en su
movimiento de mezclado, porque ésta es precisamente la razón de su infrahumanidad, de
su rebajamiento. En Asia y Africa este rebajamiento se castiga con el aislamiento,
aislamiento que en Latinoamérica es casi total, pues si el asiático y el africano son menos
hombres por no asemejarse al occidental, el
latinoamericano es algo peor, el que siendo hombre, por su origen europeo u occidental, se
ha rebajado a subhombre.
¿Cuál es la respuesta a esta nueva apreciación de la infrahumanidad latinoamericana? La
respuesta es toda esta filosofía que lo mismo pregunta por la existencia de una cultura, una
filosofía que le sea propia, como por la humanidad del que se hace estas preguntas. Hijos
de Europa, hijos del llamado mundo occidental, pero rebajados por la mestización,
pensarán. de cualquier forma, como occidentales y, al igual que los cristianos misioneros
que incorporaron el mundo indígena a la cristiandad, tratarán también de mostrar que, pese
al supuesto pecado de rebajamiento por mestizaje, son tan hombres como sus inquisidores,
¿En qué consiste este supuesto humanismo? En que caben dentro del arquetipo-dibujado
por el hombre occidental. Por ello el filosofar latinoamericano en el siglo XIX se presenta
como el que más y, por el otro, es una lucha trágica, trágica por lo que de división y
amputación interna tiene, por anular el rebajamiento de que han sido acusados por la
cultura arquetipo de toda Humanidad. Se aspira a la civilización y se niega la barbarie. Pero
¿qué es la una y la otra? Civilización es Europa y su expresión en América, los Estados
Unidos de América, barbarie será lo indigena, 74
4
lo mestizo y el pasado español. Las disyuntivas se expresan de diversas formas:
¿Civilización o barbarie? ¿Republicanismo o catolicismo?
¿Progreso o retroceso?; pero todas ellas aspirando a semejarse al arquetipo del nuevo
hombre que va implicitoen la elección, en la disyuntiva. Negación del pasado y, con el
pasado, negación de la cultura heredada de la Colonia, para ser otro distinto de lo que se ha
sido. A la emancipación política de las metrópolis iberas ha de seguir la emancipación
mental. Esto es, el deshacerse de todo pasado, de los hábitos y costumbres que alejaron a
los latinoamericanos de la verdadera humanidad, de la verdadera cultura, que les hicieron
caer en la infrahumanidad.
Otra vez, como en los inicios de la colonización, ofrecer a la inquisición de la Humanidad
arquetipo, las pruebas de que se es hombre y de que se esta dispuesto y, lo que es más, de
que se está luchando por destruir todo lo que ha implicado, en opinión de este arquetipo, la
caída en lo infrahumano. No importa que esta acción implique una amputación, una
negación de sí mismo, una acción a la que nunca se vio sometido el hombre arquetipo,
aunque la historia de este hombre haya sido el resultado de múltiples encuentros de
culturas y civilizaciones, de innegables mestizajes.
Porque, pura y simplemente, este hombre nunca se hizo cuestión de tales hechos y fue asi
porque nunca fue enjuiciado, nunca hubo otra conciencia que se enfrentase a la suya. Fue,
puramente, conciencia de sí mismo, no conciencia enajenada por otra. La conciencia por
excelencia, la suya y la de quienes pretendan semejarsele. El latinoamericano no, éste,
tratando de justificar su pretensión, la de ser Hombre, no un hombre, se empeñará en
someterse al modelo de esta supuesta única forma de lo humano, recortando, destruyendo,
lo que sobrase en la calca, pegando, parchando aunque nada tuviese que ver con su
personalidad lo que faltase de ella.
Recortando lo propio, añadiendo, pero sin asimilar, lo extraño. Creando, ahora sí, un
humanismo híbrido, lo que era, con lo que era extraño a éste, ser. Arrancando raíces y
levantando utopias. Adoptando instituciones europeas en cuerpos que no ajustaban a ellas,
Bellas y utópicas constituciones republicanas, eh pueblos que aún no asimilaban el duro
despotismo ibero ni las virtudes que necesariamente habian hecho de él una de las más
importantes etapas de la historia universal, la historia del hombre, de todo hombre y no sólo
de un determinado hombre. Ajeno a todo esto, el filosofar de todo el siglo XIX
latinoamericano se empeñó en mostrar a un hombre que para ser semejante al Hombre por
excelencia luchaba contra sí mismo, combatía en una larga lucha fratricida. Guerras
intestinas para destruir lo que se consideraba extraño, o para evitar que nada extraño se
incorporase a una herencia que tenía que parecer eterna e inamovible.
Una porción de esta innegable humanidad latinoamericana empuñando, junto con las
armas, caducas expresiones de una filosofía que ya debería haber sido asimilada; mientras
la otra, igualmente armada. empuñaba concepciones de la filosofía liberal, positivista,
moderna, pero extrañas todavía a una comunidad que lejos de asimilar imponía, parchaba.
Violenta lucha por una doble utopía, la de un conservadurismo que nada quería saber de
una nueva imagen del hombre; y la de un liberalismo que creía no tener nada que ver con
un pasado que, de alguna forma, había originado. Pura y simple amputación del hombre
que creía, de esta forma, alcanzar lo humano por excelencia. Tal es la otra expresión de esa
extraña filosofía latinoamericana, que no por extraña deja por ello de ser filosofía. La
filosofía de hombre en una determinada circunstancia.
Una circunstancia que había sido, antes de ahora, extraña al hombre en otras etapas de su
historia. De aquí, también, otros derivados de la misma que se expresarán, no ya por la
humanidad del hombre en Latinoamérica, sino por su capacidad, o lo que es más, por el
derecho a plantearse una problemática que no ha sido la clásica de la filosofía europea u
occidental.
El romanticismo latinoamericano, nombre con el que se designa a una serie de corrientes, lo
mismo literarias que filosóficas, y que se expresa a mediados del siglo XIX, plantea con toda
energía el problema de una cultura original latinoamericana. Y por original pareciera indicar
independiente de aquella en que había sido formada la América de esta parte del
Continente, la ibérica. Siguiendo al romanticismo europeo, en el que en parte se inspira,
aspira no tanto a la creación o posibilidad de una cultura latinoamericana como a una
cultura nacional. Una cultura argentina, chilena, mexicana tal y como en Europa se habla ya
de una cultura francesa, alemana o inglesa. El común denominador de éstas había sido una
cultura más amplia, la europea, como en América lo sería la latinoamericana. De ella
hablarán, o sobre ella pensarán, entre otros, Sarmiento, Alberdi, Bilbao, Lastarria, Montalvo,
Mora. Pero la condición para que esto sea posible será la que hemos llamado
"emancipación mental"
", esto es, ruptura con 75
5
la cultura colonial en que habia sido formada esta América. El arquetipo a realizar es
Europa, la Europa que ha originado la cultura llamada occidental. Nuestros próceres sueñan
con una América que, como Europa, origine un conjunto de culturas nacionales semejantes
a las que han surgido en el Viejo Continente. El resultado de esta pretensión se hará
expreso en una literatura afrancesada, sajonizada o germanizada y en una filosofía que
hace del positivismo, lo mismo el francés que el inglés, o del pragmatismo estadounidense,
instrumentos del ,nuevo orden mental, la filosofía que ha de sustituir a la escolástica, una
vez alcanzada la emancipación mental. Europa occidental y Estados Unidos serán el
modelo a alcanzar en el campo cultural y filosófico, como será también el ideal del hombre a
alcanzar. La educación, apoyada en esta preocupación y en esta filosofía, tenderá a
formar un nuevo tipo de hombre latinoamericano, un
hombre semejante al que habrá hecho posible una cultura y una civilización como la
europea y la estadounidense.
Junto con la pregunta sobre la posibilidad de una cultura nacional en los pueblos de la
América Latina se empieza a plantear, también, la pregunta sobre una filosofía, tanto
nacional como americana, entendiendo por ello la de esta parte de América.
Juan Bautista Alberdi es quien plantea el problema en los términos más precisos y realistas.
Sin embargo, habrá que esperar un siglo para que el problema vuelva a plantearse en los
mismos términos.
Más adelante expondremos los mismos, basta decir que por vez primera se hablará de una
filosofía americana por el origen, no sólo de quien filosofa, sino de los problemas a resolver
que no tienen por qué ser los mismos problemas de la filosofía europea, sino los problemas
propios de una realidad, de nuestra realidad. Pero, en general no será éste el sentido de la
filosofía que se hace expreso en esta etapa en Latinoamérica, sino una filosofía cuya virtud
pareciera ser la de hacer de los latinoamericanos hombres semejantes al arquetipo
occidental. Tal es la preocupación, anticipábamos, de quienes hacian del positivismo un
instrumento formativo del hombre, una forma de educación, lo mismo en México, con la
reforma educativa planteada por Gabino Barreda, que en Argentina con la creación de la
Escuela Normal de Paraná realizada por Domingo F. Sarmiento cuando llega a la
presidencia de esa nación. Esto es, cuando el progreso se ha impuesto al retroceso, la
civilización a la barbarie. Ahora habrá que esperar a la decepción, la que se produce al
finalizar el siglo XIX. Pese a los esfuerzos realizados, los latinoamericanos no han dejado
de ser latinoamericanos. Todos los intentos de amputación del pasado, de lo que se suponia
impedia hacer del latinoamericano un Hombre, esto es, un ente semejante al gran arquetipo
de humanidad que ha originado la cultura occidental, han resultado inútiles. Es más, esa
amputación ha sido imposible. Los pueblos latinoamericanos siguen gravitando en formas
de vida que en poco o en nada se diferencian de las coloniales. No se ha alcanzado la
"emancipación mental" , pero en
cambio si nuevas formas de subordinación. El eje de la subordinación política, económica y
cultural ha cambiado sólo de centro. Y este centro ya no se encuentra en la Península
Ibérica, sino en Europa occidental y en Estados Unidos. Ni América Latina son los nuevos
Estados Unidos en que soñaba Sarmiento, ni los latinoamericanos, concretamente los
mexicanos, son los yanquis del sur con que soñaba, por su lado, Justo Sierra.
Latinoamérica está aún formada por pueblos cuya mentalidad sigue siendo la que le
impusieran cuatro siglos de coloniaje ibero, pero ahora bajo una nueva dependencia, con
todas las implicaciones de la misma, en el campo económico, social, político y cultural. El
Ariel de José Enrique Rodó será el gran llamado de alerta ante el gran equívoco; un llamado
a la realidad al que medio siglo antes había apuntado Juan Bautista Alberdi. Ser hombre no
es ser yanqui, francés o inglés. Ser hombre
es ser, simplemente, lo que se es,
latinoamericano, como el yanqui es yanqui, el francés, francés y el inglés, inglés. El
positivismo, como instrumento educativo, no ha logrado este milagro, mejor dicho, esta
aberración. Simplemente, tratando de escapar a una enajenación, ha caído en otra. Habrá
que eludirla yendo, como quería el positivismo, a las cosas mismas y no a fantasmas, a
utopías. Se habla de un neopositivismo que vaya a la realidad y no la eluda. Y la realidad no
puede ser otra que esta que nos ha tocado en suerte. Una realidad que no tiene por qué ser
inferior a otra; y el hombre que dentro de ella actúa no tiene, tampoco, por qué ser menos
hombre que otros hombres, por distinta que parezca la realidad de los mismos. En Rodó se
hace consciente la nueva subordinación, pero también la enajenación en que ha caído el
latinoamericano en su empeño por semejarse a un modelo de hombre que no era ni tenía
por qué ser el Hombre por excelencia. En el norte de esta América habla ya surgido un
coloso, Un coloso que no se había planteado el problema de la humanidad de sus hombres,
ni la originalidad de su cultura, ni la posibilidad de una filosofla que le fuese propia,
simplemente habia e
S
S
S
e
S
S
e
e
n
-+6
6
actuado. Había actuado y actuaría en función de sus intereses, los intereses que hacen,
también, del hombre un Hombre. Y actuando había iniciado la creación de un nuevo
imperio, y adquiria una cultura que ya le era propia, esto es, un modo de vida que
consideraba original y, también, la filosofia de este modo de ser.
American way of life, pragmatismo, en fin, todo lo que origina el hombre que trata de ser lo
que es y no pretende semejarse a nadie. Ese modo de ser que en vano habían estado
persiguiendo los latinoamericanos creyendo encontrarlo fuera de si mismos, fuera de su
acción, fuera de lo que eran como hombres concretos.
Y mientras esto sucedía, los poderosos vecinos van haciendo de su ser un nuevo
paradigma, el modelo que habla de servir de justificación de su humanidad a otros hombres,
a otros pueblos. Un nuevo arquetipo que, al igual que el helénico, el cristiano y el europeo,
pretenderá erigirse en juez de lo que es o no humano, de lo que deberá ser el hombre para
que pueda ser considerado un
Hombre.
El siglo XX se inicia y se continúa como una vuelta a las cosas mismas, como una vuelta a
la realidad. Los filósofos encuentran, una vez más, la filosofla que permita descubrir esa
realidad que el positivismo eludia. Bergson, Boutroux, Nietzsche y el propio Rodó inspiran la
nueva filosofía en su búsqueda de una realidad más honda, de lo que hace al hombre un
Hombre. ¿Qué hace del hombre un Hombre? y, por ende, ¿del latinoamericano un hombre
sin más?, la libertad, pero no la libertad del viejo liberalismo, ni la del positivismo, sino la
libertad creadora. Un modo de ser que todos los hombres poseen por el hecho de ser
hombres.
Descubrirlo, hacerlo patente, es lo que se propondrán Antonio Caso, José Vasconcelos,
Alejandro Kom, Carlos Vaz Ferreira, Alejandro O. Deustúa, Enrique Molina y otros. Allado
de esta filosofía que mostraba que el hombre buscado está dentro de cada hombre, que el
paradigma es sólo el hombre mismo, independientemente de que sea latinoamericano,
estadounidense, europeo, asiático o africano, surge, como paralela expresión, el
nacionalismo. Un nacionalismo distinto del que surgiera inspirado en el romanticismo del
siglo XIX. Un nacionalismo que buscará en sus pueblos lo que la nueva filosotia buscará en
los individuos. Un modo de ser propio, un modo de ser que no tiene por qué ser semejante
al de otros pueblos. Un modo de ser que, en la medida en que se afiance, se fortalezca,
escapará a la enajenación, a los nuevos coloniajes, a la situación de subdesarrollo, a la
nfranumanidad como expresión de subordinación. Un nacionalismo que se sabe distinto del
que, tanto en Europa como en América, ha originado imperialismos: imperialismo europeo o
imperialismo estadunidense, no importa cual. Un nacionalismo que trata de afianzar lo
propio, al mismo tiempo que se enfrenta a lo que le es ajeno en el sentido de que lo hace su
instrumento, en el sentido de que lo subordina. Por ello se presentará ante el exterior, ante
los que eran sus paradigmas, sus modelos a realizar, como antiimperialismo. En 1910 la
Revolución mexicana y. con ella, un extraordinario movimiento nacionalista que abarca a la
cultura misma. Después o simultáneamente, movimientos políticos y culturales en cada uno
de los paises latinoamericanos, tratando de frenar la nueva y poderosa expansión del
heredero del mundo occidental, al mismo tiempo que fortalece, o trata de fortalecer, su
economia apoyando a las clases o grupos medios para que hagan por América Latina lo
mismo que sus iguales hicieron por los imperios de Europa occidental y Estados Unidos.
Los filósofos latinoamericanos, como lo señalaba Rodo, se lanzan a la búsqueda de lo
propio, lo original de los pueblos latinoamericanos. Y dentro de esta originalidad la filosofía
misma.
Esto es, el Verbo, el Logos, la Palabra. Un Verbo que no ha de seguir siendo prestado. Pero
será al término de la segunda guerra mundial cuando esta preocupación se acreciente y se
transforme en uno de los temas centrales de varios filósofos latinoamericanos.
Una preocupación que no será, sin embargo, ya propiamente latinoamericana. Al término de
la segunda guerra mundial han surgido otros pueblos, nuevas naciones han realizado
emancipaciones que recuerdan o siguen la secuela iniciada por los latinoamericanos en el
siglo XIX. Y con estas naciones, y el nacionalismo que las anima, surgen también preguntas
sobre la posibilidad de un filosofar propio que les ayude a afirmarse. ¿Qué pasa entonces
con el gran filosofar oriental? ¿Porqué los hindúes, vietnamitas, carean os, malayos o
chinos han de hacerse preguntas sobre la forma de un filosofar que les sea propio? ¿No lo
ha dado ya Confucio, Buda, Los Vedas? No, se trata de un filosofar que, como el
latinoamericano, tenga que enfrentarse o, al menos, situarse dentro de un mundo del que,
quieran o no, son ya parte.
Un mundo al cual pertenecen, pero en el cual no pueden seguir teniendo el papel de
instrumentos, de subordinados. La expansión del mundo occidental ha creado este mundo
haciendo prevalecer su dominio. Se trata de un mundo que ya no puede ser destruido, que
debe prevalecer, pero no el orden en que han sido situados los hombres y los pueblos. Así
lo siente y piensa un Nehru, un Sekov •
Toure, un Mao, un Ho Chi Minh. La misma filosofia occidental
ofrece
los elementos para que los enajenados queden
desenajenados. La posibilidad de una filosofia asiática, africana o latinoamericana está
encaminada a esta desenajenación, Los asiáticos, como los africanos y los
latinoamericanos, quieren saber cuál es su puesto en esa humanidad planetaria que la
expansión occidental, a pesar suyo, ha originado. De aquí las preguntas por una filosofía
latinoamericana, asiática y africana, cada quien por su lado, en principio sin conocimiento
de una tan semejante preocupación. Y de aqui, también, una vez más, la pregunta por el ser
de los hombres que forman estos pueblos, por su lugar en el cosmos creado por la filosofía
occidental. La pregunta por el ser del mexicano, argentino, cubano, chino, hindú, vietnamita,
coreano, senegalés, ghanés, egipcio... ¿Qué soy como hombre y cuál es mi puesto entre
los hombres? Nuevamente al origen de la pregunta filosófica con que se inicia la expansión
europea, occidental, en el mundo. Vuelta a la vieja polémica Las Casas-Sepúlveda, sólo que
ahora uno de los polemistas es el propio enjuiciado, el que ha hecho suyo el Verbo que
antes consideraba prestado.
En Latinoamérica este filosofar, este preguntar sobre las posibilidades de una filosofía que
dé al latinoamericano la respuesta que solicita a otras interrogaciones, como la que se
refiere a su ser como hombre entre hombres, toma diversas expresiones, entre ellas la de
una nueva enajenación. Un filosofar que no puede hacer a un lado la cegadora iluminación
que sobre su pensamiento sigue ejerciendo la filosofía europea u occidental.
Preguntará, pero lo hará en función de los frutos que la misma ha originado. Frutos que en
manera alguna se pueden semejar a los que el pensar sobre su situación como
latinoamericano ha originado. No verá su filosofar como lo que es, como lo que es toda
filosofía, un filosofar a partir de una determinada circunstancia, sino como algo que ha de
semejarse a los grandes modelos de la historia de la filosofía occidental. Nada hay en esta
América que se asemeje a esos modelos, aunque al hablar de modelos escamotee
inconscientemente otras expresiones de la misma filosofia occidental que, siendo expresión
de otras circunstancias, no se asemejen a los grandes sistemas que continúan
encandilando a los latinoamericanos. ¿Filosofía americana? ¿Filosofia de esta
América? ¿Cual filosofía? ¿Dónde están los grandes sistemas?
¿dónde los grandes filósofos? Todo se reduce a un pensar por temas limitados, locales,
especiales, acuciados por problemas que han de ser urgentemente resueltos. No faltan,
desde luego, los que intenten la creación de un determinado sistema filosófico porque asi lo
han hecho los filósofos occidentales. Y, naturalmente, el resultado es, si no sólo absurdo,
cómico, pese a algunas excepciones que, por el genio de quien las produce, se salvan; pero
se salvan como una extraordinaria curiosidad. El absurdo y la comicidad serán un
argumento más que demuestre la incapacidad para el Verbo de los latinoamericanos, su
obligado seguir pensando de prestado. Pensamiento, ideas limitadas, nunca filosofia,
entendiendo por filosofía un gran sistema. Olvidándose que en la historia de la filosofía que
se quiere convertir en modelo están no sólo los sistemas de Platón y Aristóteles, sino
también poemas como el de Parménides, máximas como las de Marco Aurelio,
pensamientos como los de Epicuro, Pascal y otros muchos. En fin, formas de filosofar que
lo mismo se expresan en un sistema ordenado que en una máxima, un poema, un ensayo,
en una pieza teatral o una novela. Una vez más, pensando que sólo una parte de la
Humanidad posee el Verbo, mientras la otra no puede hacer otra cosa que tomario
prestado.