-MEMORIA-
Era un chico normal, de unos quince años, llamado Jesús. Medianamente
conocido, amigo de todos y respetado por muchos. Todos los días iba al instituto en
bicicleta, pues era un apasionado del deporte. Siempre iba seguro, ya que creía que
nunca le pasaría nada.
Un día todo cambió. Era el día de su cumpleaños y decidió ir andando a clase
con sus amigos. Pasó una gran mañana, todo el mundo le felicitaba. De vuelta a casa,
que estaba un poco apartada y había un trayecto que tenía que recorrer solo, al cruzar
la calle, un coche lo arroyó, precipitándolo hacia el bordillo de la acera de en frente.
Urgentemente lo llevaron al hospital y rápidamente entró en quirófano.
1.ª Persona
Mi familia entró llorando al hospital, o al menos eso me dijeron los médicos. No
sé si fiarme de ellos, ya que no los conozco mucho y, además, me dicen cada día que la
gente que viene a visitarme son mi familia, pero yo no reconozco a ninguno.
Algunas mañanas me despierto sobresaltado, una mujer me toca la frente y me
dice que descanse. No sé quién es ni qué hace aquí, pero me transmite mucha paz. A
veces también hay un hombre y una niña de unos once años que, cuando me
sorprendo de ellos, comienzan a llorar. Llantos, llantos y más llantos... todo el mundo a
mi alrededor llora, personas que me miran desoladas…
Un día recordé… Recordé cuando mi madre me llevaba al colegio, cuando mi
padre me enseñó a montar en bicicleta, o cuando jugaba al fútbol con él; e incluso
recordé a una pequeña niña con coletas a los lados que quería jugar conmigo, pero era
demasiado pequeña y ajena a los riesgos. Pero... de nuevo dejé de ver con nitidez y mi
cabeza ardía, preferí dormir. Cuando desperté, ya no había nadie. Nadie me esperaba,
nadie me quería… no podía aguantar la idea de que no le importase a nadie, de que no
era aceptado.
De pronto, un hombre entró, era un médico, pero no era el mismo de siempre.
Me comunicó que perdí la memoria temporalmente y cuando empecé a recordar entré
en coma durante siete meses. Era asombroso, no lo podía creer y, si era así, cómo podía
seguir vivo después de todo…
No quería hablar con nadie, ni pensaba, así que me sumergí en un mar de
soledad del que no esperaba salir. Mi dignidad y mi orgullo siempre estuvieron ahí,
pero ya no quería seguir. Desenchufé la máquina que siempre hacía un ruido extraño
cuando me alteraba, y así acabaría mi agonía.
Entonces entró la mujer que siempre me transmitía paz.
Alba Ballesteros Díaz