CUIDA TU CORONA
He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome
tu corona. Apocalipsis 3:11
A continuación haremos referencia a un tema de especial importancia
dentro de las filas cristianas con respecto a la salvación. ¿podrá
perderse, es posible recuperarla, cuál es nuestro deber?
Esperamos sea de edificación y bendición para su vida.
¿Cuidarla? ¿Perderla? o Recuperarla…
Caso 1
Tienes un único billete en tu bolsillo y estás consciente de que es el
gasto destinado ese día para la manutención de tu familia y al querer
hacer tu primera compra te das cuenta que por descuido o por alguna
otra causa, lo has perdido.
La pregunta es: ¿Podrás recuperar el billete?
Respuesta: Eso depende.
Depende porque si eres una persona adinerada, no importará tanto
como para aquella persona que valora mucho ese billete porque es lo
único que tiene disponible para ese día.
Caso 2
Portas en tu dedo anular el recuerdo de haberle dicho ‘‘Sí’’ a tu esposa.
De pronto por alguna causa extravías aquel objeto que sabes que
representa mucho para [Link] pregunta es ¿Podrás recuperar el
anillo que extraviaste?
Respuesta: Eso [Link] de cuán comprensiva sea tu esposa.
Si ella es así, entonces te dirá que los recuerdos del matrimonio están
en su corazón y sabe que en un futuro aniversario le regalarás un anillo
mucho mejor. Pero si sabes que ella valora en extremo los detalles,
estás perdido .
La salvación por la cual fuimos rescatados por Dios tiene un
incalculable valor y una enorme representatividad. No se compara con
nada. Perder o extraviar nuestra salvación implica una gran tristeza y
aflicción que conlleva a consecuencias negativas para el alma y que van
de la mano de un dolor espiritual que se concentra con punzones
en nuestro corazón, como si una gran relación de amistad con alguien
muy importante hubiera terminado.
La conservación cuidadosa de nuestra salvación y todas nuestras
acciones para mantener en buen estado nuestra relación con Dios,
deben ser nuestro primer pensamiento al despertar.
Pecar, transgredir, contristar al Espíritu Santo, sentir que nos falta la
fe, no orar y no leer nuestra Biblia (sabiendo que la fe viene por la
Palabra) son los descuidos más comunes que hacen que un cristiano
pierda su salvación.
Hay una pregunta que debemos hacernos:
¿Será que un cristiano puede perder la Salvación?
Eso depende.
Y si pierde su Salvación, ¿será que podrá recuperarla?
Eso también depende.
¿Y de qué depende?
Depende de cuánto un cristiano valora el enorme sacrificio hecho por
Jesucristo en la Cruz del Calvario, el cual nos salvó y nos perdonó para
que vivamos por él y para él, sirviéndole con amor y acción de gracias.
Gálatas 2:20
Por ejemplo, un cristiano que ya no se congrega en la iglesia por ‘‘x’’
motivos, nos indica que éste ya no valora la comunión con otros
creyentes dentro del templo y tampoco valora pertenecer al Cuerpo de
Cristo, ya que olvida las promesas que le hizo a Dios cuando fue
bautizado en agua en el Nombre de Jesucristo y fue sellado con el
Espíritu Santo.
Cada día que un cristiano deja de estar en oración, meditación de la
Palabra y aplicación de ésta en su vida, [Link] se asemeja al
hombre que por capricho, dejadez o descuido no consume ningún
alimento aun sintiendo la dolorosa y urgente necesidad de tener que
saciar su hambre.
Los momentos de estar en la Presencia del Señor Jesucristo en la
Iglesia junto a nuestros hermanos en la fe, alegrándonos con sus
buenas actitudes y sobrellevando aquellas que nos disgustan – como
sucede en cualquier familia – fortalecen a cada miembro del Cuerpo de
Cristo, nos enseñan a ser más familia, a conseguir la armonía pese a
nuestras diferencias, tal como indica la Palabra de Dios:
‘‘…soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguno
tuviere queja contra otro, de la manera que Cristo os perdonó, así
también hacedlo vosotros’’. Colosenses 3:13
La unidad es muy importante. La naturaleza nos la demuestra con
varios ejemplos de manadas de animales de diferentes especies, que
por instinto saben que si están cerca el uno del otro, el astuto y
perverso enemigo tendrá que pensarlo dos veces para atacar.
En nuestro caso, el Señor Jesús comparó la Iglesia con las ovejas y el
pastor.
La oveja número cien ya no quería estar dentro del rebaño, así que
tomó la decisión de apartarse y apartarse hasta que se encontró tan
alejada del rebaño que debido a la oscuridad ya no encontró el camino
de regreso, exponiéndose al peligro de ser atacada por feroces lobos.
Estas fueron las razones por las que el pastor fue a buscarla y cuando la
encontró la cargó sobre sus brazos y se devolvió con ella al redil,
tranquilo y regocijado de haber salvado a su oveja.
El cristiano que deja de congregarse en el templo, simplemente se aleja
del redil, valora menos el cuidado de su pastor y el efugio
donde disfrutaba de su salvación junto a otros cristianos y al final
pierde el objetivo para el cual fue llamado a ser salvo: Servir a Dios.
La salvación debe representar para tu vida un enorme galardón, una
corona que debes cuidar, un tesoro que por su incalculable valor debe
ser conservado cuidadosamente. Por ello la Biblia nos insta a no dejar
de congregarnos:
‘‘…no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre,
sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que [la venida del Señor]
se acerca’’. Hebreos 10:25
Si tienes presente cada día el significado y el valor de ser salvo de los
peligros de un mundo muy hostil, oscuro y lleno de confusión, será
difícil para ti aceptar esos pensamientos que de un momento a otro
llegan a nuestra mente con la idea de alejarnos de la Iglesia de Cristo.
El hijo que se fue a gastar la herencia con amigos, fiestas y mucho
alarde de riqueza interminable, al principio estaba cansado de su rutina
diaria en la casa de un padre muy amoroso que le proveía todo. Nuestro
Dios representa ese Padre de grande misericordia y bondad.
Simplemente éste hijo tomó la decisión de alejarse, el padre lo dejó,
porque estaba muy seguro de que él volvería a casa.
Una de las virtudes que poseen los padres en edad adulta, es que saben
cómo empiezan las cosas y también cómo terminan. Por ello debemos
respetar la opinión de nuestros ancianos ya que una vida de largos años
no ha sido en vano y cada consejo es una señal de advertencia o
precaución en la carretera de la vida, por la cual ellos ya transitaron.
Aquel padre, después de sucumbir a la presión dejó ir a su joven
muchacho pero con la esperanza de que un día el retornara al hogar.
Por eso la parábola del Hijo Pródigo describe un padre que está sentado
a la puerta de su casa, esperando.
Aquello me hace recordar mis años en la universidad donde por uno u
otro motivo – cosas de joven – llegaba a la casa de mis padres muy
tarde y con pasos bien sigilosos entraba primero por el living pero en
uno de los sillones, mi padre estaba orando de rodillas por mí.
En alguna ocasión me sorprendió porque lo vi encender la luz del patio
de la casa para hacerme saber que estaba esperado mi llegada.
¿Será que Dios será un padre relajado, tranquilo y desinteresado
de lo que le suceda a su hijo mientras éste se encuentra lejos de
casa?
¿No será que nuestro Padre Celestial espera en la puerta del
templo para tener un encuentro con aquel hijo que se apartó?
Es un deber para mi hacer un llamado con el amor de aquel pastor que
cuida sus ovejas y le pide a cada una que no se alejen del rebaño y que
si por uno momento les viene la idea, que puedan reconsiderarla, que
no es buena y que no tienen buen fin, porque ‘‘hay camino que al
hombre le parece derecho pero su fin es camino de muerte’’. Proverbios
14:12
El satán tiene la misión de hacerte creer que congregarte no tiene ya
ningún valor porque puede que alguien dentro la familia te ha
lastimado, o de pronto no te dieron el saludo o quizá te ignoraron, pero
ten en cuenta que ‘‘ellos’’ al igual que tú y yo, son personas que tienen
un largo camino por recorrer y una vida espiritual en la cual crecer.
Perder o ganar la salvación depende.
Depende de cuánto la valoramos y cuán cuidadosamente la
conservamos, como también depende de quién quiere volver a casa
sabiendo que no hay otro refugio, buscando humildemente
arrepentirse, descansar en los brazos del Padre y vivir nuevamente en
comunión con los miembros del Cuerpo de Cristo.