Pobre Corazon - Rosa Regas
Pobre Corazon - Rosa Regas
el amor, o los sucedáneos del amor, con las distintas máscaras de las que se
vale para asomar y permanecer en el corazón de los humanos y las
transacciones y los quebrantos que ocasiona.
Nacemos para amar, dicen los románticos, o amamos para perpetuar la
especie, replican los científicos. En cualquier caso el amor aparece en la vida
de las mujeres y de los hombres iluminándola o ensombreciéndola, dándole a
veces un sentido, obsesionando siempre su conciencia y trastornando su
voluntad: amor conyugal o adúltero, infantil o senil, ocasional o permanente,
real o imaginado, ansiado, desdeñado, gozado, sufrido, pero cada uno de ellos
con vocación de amor verdadero.
Si Azul, Premio Nadal 1994, confirmó a Rosa Regàs como gran novelista,
Pobre corazón habrá de situarla entre los grandes cuentistas de nuestra
literatura.
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Rosa Regàs
Pobre corazón
ePub r1.0
Titivillus 02.12.2024
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Título original: Pobre corazón
Rosa Regàs, 1996
Ilustración de cubierta: Mariona Omedes Regàs
Colección: Áncora & Delfín, n.º 777
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A Leticia y Luis Feduchi,
eternos amantes
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En ocasiones,
el corazón se siente abrumado por la melancolía,
y al pensamiento llegan
viejas palabras leídas en libros olvidados:
felicidad, misterio, alma, infinito
ÁNGEL GONZÁLEZ, Palabra sobre palabra
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La farra
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—No puedo, tengo que ir a casa, compréndalo —respondió cuando su jefe
insistió en que lo acompañara a tomar una cerveza al bar de la esquina—, bien
sabe que no puedo.
Y sin apenas escuchar la reconvención levemente teñida de chanza, quizá
porque llevaba oyéndola desde hacía más de treinta años, se alejó nervioso e
impaciente, torció por la primera bocacalle, caminó unos pasos más y entró en
el portal de su casa.
Estaba seguro de que la encontraría. Por la mañana le había oído contar a
la vecina que había pasado mala noche y que no se sentía bien. Y era cierto.
Había dado tantas vueltas en la cama que no lo había dejado dormir, y cuando
hacia las cuatro de la madrugada había encendido la luz casi no había tenido
tiempo de cerrar los ojos para que, al volcarse ella sobre su rostro como hacía
siempre al despertar, no se percatase de que también él estaba desvelado.
Para cenar le había puesto pimientos rellenos aunque sabía que le daban
acidez, pero esta vez le habían sentado mal a ella; claro que también a él.
Cuando poco rato después estaban viendo la televisión habría querido ir a
tomar bicarbonato porque sentía el estómago pesado, pero no se movió de su
butaca. Desde hacía más de treinta años, treinta y dos años, tres meses y
veinticinco días para ser precisos, era ella la que decidía el momento de ir a
dormir. Se levantaba, apagaba el televisor, lo cubría con un tapete de
ganchillo para protegerlo del polvo, daba la vuelta al interruptor de la lámpara
y dejaba la salita a oscuras, aunque sólo un instante porque él, al iniciar ella el
movimiento, corría al pasillo a encender el aplique de tulipanes y así quedaba
iluminado el tramo que llevaba al dormitorio. Siempre había sido así. Hasta
tal punto que apenas se enteraba del programa, atento como estaba a su
decisión, no fuera que lo cogiera desprevenido y apagara la luz mucho antes
de que él llegara al pasillo, lo cual les habría dejado completamente a oscuras
y luego ella habría insinuado esa media sonrisa de desprecio que tanto lo
inquietaba. No, por nada del mundo quería que esto ocurriera y de hecho no
había ocurrido jamás, podía jurarlo.
Entró en el piso, se quitó el abrigo que colgó junto con la bufanda en el
perchero del recibidor y se pasó la mano por la calva. Le sorprendió el
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silencio y la luz encendida del pasillo cuando no era aún noche cerrada. Pero
como si nada extraño hubiera notado se dirigió al dormitorio a quitarse la
americana y ponerse el jersey, como hacía todos los días. Vio la puerta de la
salita cerrada y pensó que ella ya estaría sentada en la butaca. Así que cuando
entró en el dormitorio y la encontró tumbada en la cama tuvo que reprimir un
movimiento de sobresalto. Como el armario de luna estaba del lado de ella,
casi le rozó los pies que mantenía en el aire para no ensuciar la vánova blanca
aunque ya no llevaba puestos los zapatos que había dejado juntos al pie de la
mesita de noche. Parecía dormida pero él supo enseguida que no lo estaba y
casi podría haber jurado que se había tumbado hacía un instante, tal vez
precipitadamente al oír el llavín en la cerradura, porque le era completamente
imposible creer que se hubiera ido a dormir dejando una lámpara encendida.
Se puso el jersey y fue a sentarse en su sillón de la salita a leer el periódico
que llevaba bajo el brazo, mejor dicho, a hacer como que lo leía, porque tenía
la costumbre de acabarlo antes de salir de la oficina. Sobre el velador, igual
que todos los días, encontró el plato con seis aceitunas y el medio vaso de
cerveza en el que todavía quedaba un dedo de espuma un tanto mustia. Esto lo
afianzó en la convicción de que hacía muy poco que se había tumbado,
porque como hoy precisamente le tocaba la primera mitad de la botella que
ella le abría un día sí y otro no, la cerveza que no se había desbravado estaba
aún fría. Debía de haberlo oído subir la escalera y se había tumbado
haciéndose la dormida, escondiendo quién sabe qué maquinación. Pero a él no
iba a engañarlo. Estaba seguro de que no tardaría en venir a sentarse a su lado
en la otra butaca, la suya, la que él nunca se habría atrevido a utilizar, y
permanecería inmóvil jugando con las bolas chinas hasta que a las nueve
menos cuarto se levantara para preparar la cena. Así sería, porque desde que
su madre, mucho antes de morir, se las había regalado para que hiciera
trabajar los músculos de la mano a fin de prevenir el reuma, ni un solo día
había dejado de jugar con ellas, consciente de que nada en el mundo podía
ponerlo más nervioso. Las haría sonar y ladearía la cabeza para echarle una
mirada sinuosa y ver hasta qué punto lograba irritarlo. La conocía bien. Sin
embargo él, que se sabría observado, se concentraría únicamente en aparentar
tranquilidad y permanecer inmóvil. Eran tantos años de práctica que casi
había conseguido dominar la dentera que le producía ese chirrido y aunque le
costaba grandes esfuerzos mantenía impávida la expresión y el gesto inerte, y
sólo muy de cuando en cuando el chasquido de una página del periódico
dejaba en el aire un leve vestigio de su cólera amordazada. Esto sería todo.
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Miró disimuladamente el reloj no fuera que ella entrara y sorprendiera ese
gesto de impaciencia. Eran las ocho menos cuarto. Los demás días cuando él
abría la puerta ya había dejado a un lado la labor de punto y desde el recibidor
le llegaba el ruido de las bolas. Aguzó el oído y permaneció atento un buen
rato. Sí, no tardaría en oírla arrastrando los pies por el pasillo, y él, lo sabía, se
quedaría petrificado como le ocurría cada vez que se acercaba, desde que,
hacía más de treinta años, sus pasos retumbaron en el hueco dolorido que la
resaca había dejado en su cerebro. Fue el día, el único quizá de su larga vida
en común, que a mediodía seguía en la cama porque la noche anterior había
ido a celebrar el aumento de sueldo con los colegas de la oficina y se había
emborrachado por primera y última vez en su vida, y aún hoy, tantos años
después, no había logrado descifrar cómo había llegado a ocurrir lo que había
ocurrido y, lo que era peor, qué había ocurrido. Nunca antes ni después había
infringido el régimen de la media cerveza diaria y del vermut rojo con
aceitunas que tomaba los domingos al mediodía en el bar de la calle del
Hospital mientras ella bebía una gaseosa en la que el camarero vertía unas
gotas de jarabe de limón o de grosella. Excepto, claro está, el día de su boda,
dos años antes del aumento de sueldo, en que habían tomado varias copas de
champagne cada uno.
Se habían casado en la iglesia del Carmen, a pocos pasos de la casa de ella
y no muy lejos de la calle de la Boquería donde habían alquilado el pisito en
el que vivían aún, y muy cerca también del trabajo que había conseguido
pocos días antes de subir a su casa y comunicar a su madre que tenía
intención de casarse con ella. La madre, después de hacerle saber que ella y
su hija habían sido abandonadas hacía dieciocho años por el marido y padre
que se había fugado con una prima del pueblo que pasaba las vacaciones con
ellos, y de tranquilizarlo respecto a la educación y el equilibrio emocional de
la hija ya que ella misma había asumido también la función del descastado
cónyuge, le preguntó cuáles eran sus intenciones. Él le respondió que estaba
seguro de que, gracias a ella, la tragedia que habían vivido de ningún modo
podía haber hecho mella en el carácter de su hija, y que él por su parte no
tenía otro objetivo en la vida que la plácida felicidad de la que quería
convertir en su mujer. Y era cierto: llevaban dos años saliendo los domingos
por la tarde y algún día entre semana en que él no tenía ensayo en el coro. Se
había enamorado de ella en un baile de la plaza de Sant Agustí al verla tan
rubia, tan delgadita y con la cara tan dulce y sumisa. La había invitado a
bailar y luego le preguntó dónde vivía, y al día siguiente a la hora de salir fue
a esperarla a la academia de corte y confección. Desde el primer momento no
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habían tenido más que miradas tiernas y palabras de cariño y nunca se habían
levantado la voz, y a él que era tímido y callado esa mujer tan silenciosa a su
lado lo tranquilizaba y le daba confianza y sosiego.
Por eso cuando después de la boda, nada más llegar a casa, sin mediar otra
palabra ni una sonrisa y desaparecida la mirada lánguida de sus grandes ojos,
le dijo aquellas extrañas palabras que habrían de gobernar su nueva vida en un
tono autoritario que no había utilizado jamás, no acertó a comprender lo que
ocurría. Habían cenado en un restaurante de la Barceloneta con la madre, los
tíos de ella, su madrina, dos chicas de la academia y tres colegas de la oficina
con sus esposas, y después de varios brindis por la salud de los novios, el jefe
les había dejado en el portal de su nueva casa. Habían subido la escalera,
vacilando ella sobre los zapatos de tacón y él detrás tan nervioso como no
había estado en toda su vida porque se acercaba el momento, vislumbrado y
deseado tantas veces, en que iban a inaugurar la cama de alto cabezal que su
madrina les había regalado. Nervioso también porque apenas sabía qué es lo
que iba a hacer con esa criatura tan delicada, tan pura y endeble a la que ni se
atrevía a coger por la cintura no fuera a quebrársele en los brazos. Se le
nublaba la vista y le temblaban y sudaban las manos de deseo contenido,
agigantado por la acumulación de roces insinuados, apenas consentidos, y por
el sabor que le habían dejado los besos furtivos que todos los domingos ella
recibía turbada en la penumbra de la portería desierta antes de escapar
corriendo escaleras arriba. Sentía la misma desazón que le había embargado
tantas veces en el cine al acercar su mano a la de ella con disimulo, temeroso
de la intolerancia de la madre, desazón que nunca remitía sino que esperaba
agazapada para recordarle hasta qué punto hervía en su alma un apetito
desconocido que sólo habría de calmar esa misma noche, cuyo devenir, sin
embargo, no lograba relacionar con la muchacha virginal que el destino le
había adjudicado. Así que cuando ella, una vez hubieron entrado en la
habitación, se retiró el velo que todavía llevaba puesto, se sentó en el
silloncito del tocador y quitándose los zapatos con una mueca de dolor y de
solaz al mismo tiempo que no había de abandonarle hasta la vejez, cambiada
la mirada y hasta el gesto, con una seguridad que no casaba todavía con su
físico le dijo: «Te lo advierto, en esta casa no entrará nunca nadie, excepto tú
y yo, mi madre y mi madrina», no comprendió de qué lo estaba acusando.
Porque de estar motivadas sus palabras, como él supuso al oírlas, por el temor
a repetir en carne propia la tragedia de su madre, le parecía tan injusto que
tomara represalias por un hecho al que era totalmente ajeno que rechazó la
interpretación. Y sin darle mayor importancia atribuyó el tono cortante e
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incisivo y el mismo contenido a una perturbación provocada por el efecto del
cava al que no estaba acostumbrada, y riendo más por el desconcierto que por
querer quitar hierro a la orden brutal enunciada por ella se acercó por detrás e
intentó besarle la nuca. Ella lo mantuvo a distancia con un gesto brusco:
—He dicho —repitió— que en esta casa, a partir de hoy, no entrará nunca
nadie más que tú y yo, mi madre y mi madrina. No permitiré que la historia se
repita.
—Pero ¿qué dice mi gatita? —deslizó la palabra que le había susurrado
tembloroso al oído una noche al despedirse en la puerta del cine antes de que
ella se colgara del brazo de su madre y desapareciera Rambla abajo—. Claro
que no entrará nadie. Lo que tú digas, claro que no —había en su voz el
consentimiento no razonado de quien está dispuesto a conceder lo que le
exijan con tal de poder avanzar por el camino que acaba de iniciar, y alargó el
brazo para acariciarle el cabello. Pero ella se levantó y, descalza, moviéndose
con dificultad porque apenas podía soportar el dolor acumulado durante el día
en los pies por muy liberados que estuvieran ahora del calzado, lo apartó de
nuevo y salió.
Volvió al poco removiendo un mejunje en el vaso que llevaba en la mano.
—Toma —le dijo—, bebe.
—¿Qué es? —preguntó él mirándola a los ojos.
—Es una yema de huevo con jerez. Dice mi madre que tienes que tomarlo
antes o después.
Él lo bebió de un sorbo, perplejo por una referencia tan directa y
fisiológica, la única que había de hacer en toda la vida, a un acto del que él,
de haber osado, sólo habría mencionado con fondo de música de violines,
dejó el vaso en el plato que ella le tendía y cerró los ojos. Cuando al poco rato
la oyó entrar en el cuartito de baño, se sentó en el sillón que había dejado
libre, aturdido aún.
Volvió a la habitación con el semblante inexpresivo y sin mirarlo una sola
vez. Se había deshecho el moño alrededor del cual esa misma mañana había
sujetado con horquillas la corona y el velo de tul, y había dejado libre sobre
los hombros el largo cabello rubio y rizado. Vestía un camisón abrochado
hasta la barbilla con lazos de raso blanco sobre los pechos y mangas largas
abrochadas con botoncitos que le daba un aire escuálido de convaleciente. Se
metió en la cama en el lado del armario de luna y apagó la luz de la mesita de
noche.
Al principio la habitación había quedado a oscuras, pero casi
inmediatamente se dio cuenta de que ella había dejado prendido el aplique del
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pasillo y por la puerta entornada entraba un exiguo halo de luz que desvelaba
en la penumbra la cara de su mujer inmóvil sobre el embozo. De pronto se
sintió cansado y con sueño. Fue él también al cuarto de baño, se puso el
pijama a rayas grises y granates que le había regalado su suegra, apagó la luz
del pasillo y haciendo memoria para encontrar un camino que todavía no
conocía, entró en el dormitorio y llegó a tientas al otro lado de la cama. Se
metió en ella, se cubrió también el cuerpo con la sábana y esperó.
Estaban ambos tan quietos y ella tenía una respiración tan suave que llegó
a creer que estaba solo en la oscuridad. No sabía qué hacer, porque de golpe
el deseo había desaparecido, y el ardor y la inquietud, y por más que evocaba
el dulce rostro de ella ruborizado y expectante del día que consiguió ponerle
la mano en la nuca y ya iba a besarla cuando desvió casi imperceptiblemente
la cabeza aceptando sólo un roce en la comisura de los labios, el recuerdo
había perdido su significado y el rostro de la muchacha tan deseada se había
escondido ahora tras la máscara agria de la mujer con camisón que acababa de
meterse en la cama y con la que sin saberlo se había casado hacía unas horas.
Le había entrado tal laxitud que al poco rato se durmió profundamente y
no se despertó ninguna de las veces que ella fue al lavabo, ni más tarde a
prepararse una taza de tila como le habría aconsejado probablemente también
su madre, y cuando finalmente se arrimó con timidez a él, ya pasada la
madrugada, no acostumbrado a chocar con elementos extraños en la cama, se
dio la vuelta y siguió durmiendo.
Al día siguiente cuando despertó, ella estaba ya peinada y vestida, y se
había puesto un delantal de volantes para preparar el desayuno. Era domingo
y el sol de invierno entraba por el balcón de la salita. Incomprensiblemente él
se sentía del mejor humor, pero ella en cambio no respondió al beso que él
fue a darle antes de vestirse.
—Te huele el aliento —le dijo y había en su voz resentimiento y
desprecio.
Corrió al cuarto de baño a lavarse los dientes, se frotó la lengua que sentía
espesa y tenía blanca y se enjuagó la boca con agua y el perborato que se
había traído de la pensión con todas sus pertenencias. Luego se vistió muy
lentamente, como hacía todos los domingos, más tal vez ese día porque de
una forma u otra había de salir y encararse a ella otra vez. Pero nada ocurrió,
desayunaron café con leche y pan tostado con mantequilla y azúcar, y luego
salieron a pasear por el barrio igual que habían hecho todos los domingos
desde que se conocían, y comieron en un restaurante como habían decidido
días antes de común acuerdo ya que no habían tenido más remedio que
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renunciar al viaje de novios. Fueron más tarde a visitar a la madre y la
madrina y pasaron la tarde los cuatro jugando al mah-jong. Cenaron croquetas
y tortilla de patatas, pan con tomate y una ensalada, y a las diez y media ella
se levantó y dijo que era hora de regresar a casa porque al día siguiente él
tenía que ir a la oficina a las ocho.
Apenas hablaron en los diez minutos de camino al nuevo piso. Ella subió
la escalera en primer lugar y él la siguió. Como el día anterior se fue al cuarto
de baño a desnudarse y volvió con el mismo camisón, aunque un poco más
arrugado, se metió en la cama y apagó la luz. Él, en cuanto se hizo a la
penumbra que dejaba la luz del pasillo, fue también, salió con el mismo
pijama y se metió en la cama con el embozo hasta la barbilla. A punto estuvo
de tomarle la mano bajo las sábanas, pero se había vuelto hacia el armario, y
creyendo que dormía no osó acercarse.
Aquella noche aún logró conciliar el sueño, pero a partir de entonces en
cuanto se acostaba, exactamente de la misma forma que el primer día y el
segundo, comenzaba a sudar, sentía que la sangre le bullía en la cara y las
sienes le retumbaban en la cabeza como un badajo gigantesco. Ahora, se
decía, ahora, ahora mismo, ahora, pero no se movía. Y comenzaban las horas
agónicas de terror y vacilación y flaqueza y soledad que apenas amainaban al
amanecer cuando el cansancio se confundía con la vigilia y seguía la tortura
en la profundidad del sueño pesado y febril. Y cuando ella a la mañana
siguiente, mientras le servía el café antes de irse a la oficina con una mueca
de desdén que se le iba grabando en el rostro, le preguntaba con insistencia a
qué hora acabaría aunque conocía perfectamente su horario, había en su voz
ese deje que lo paralizaba, ese sarcasmo que la convertía en un enemigo
contra el que él habría de enfrentarse otra vez esa misma noche. Y salía de
casa tan derrotado que de no haber cumplido ya los veinticinco años, se
habría echado a llorar de humillación. Pero a medida que avanzaba el día iba
viendo la situación con más distancia, y pareciéndole una empresa fácil desde
la mesa de su oficina o mientras caminaba bajo los plátanos de la Rambla,
llegaba a casa animado y de buen humor e incluso a veces rompía el habitual
silencio y se permitía algún comentario breve sobre un exabrupto de su jefe o
sobre la crítica de la película que ponían en el cine de la calle del Carmen al
que ella respondía con una mirada de conmiseración que él decidía ignorar.
Sin embargo una vez en la cama, se le agarrotaba el cuerpo, permanecía
inmóvil aterrorizado de nuevo y sudaba de angustia hasta que ella respiraba
acompasadamente. Oírla lo tranquilizaba a veces. Otras, en cambio, generaba
en su alma dolorida un estado de agresividad tan brutal que muy poco le
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habría costado zarandearla y abofetearla como si ella hubiera sido la culpable
de sus tormentos.
Y una noche no era más que la repetición de la noche anterior.
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primer bar bebió uno tras otro los dos martinis que le pusieron delante y del
tercero apenas recordaba dónde lo había tomado. Y cuando por la mañana del
día siguiente, muy tarde debía de ser porque el sol se filtraba por las persianas
entornadas de su dormitorio, ella entró en la habitación removiendo con la
cucharilla el líquido oscuro del vaso que mantenía en la otra con una
expresión de dulzura y comprensión que no le había visto desde los tiempos
de su noviazgo, no le fue posible recomponer la noche que con tanto temor y
agitación había esperado, ni logró desenmarañar el inextricable caos de la
memoria para seguir los ocultos derroteros que lo habían llevado a su propia
cama. No recordaba más que vagamente un lugar ruidoso donde se veía a sí
mismo tumbado sobre almohadones bebiendo champagne en un zapato de
tacón sin atinar a descubrir la mujer a quien pertenecía, pero tenía tal dolor en
la cabeza que abandonó el intento y sorbió obediente lo que ella le acercaba a
la boca sin comprender tampoco a qué se debía ese gesto inusitado ni esa
bebida que sabía igual a la que le había preparado la noche de bodas. Sólo
cuando ella se fue, le pareció que entre las brumas germinaba una turbación,
un conato de sensación, casi de contacto, difícil de descifrar, que pugnaba por
salir y definirse como los sueños al despertar, pero como ellos se esfumaba en
cuanto quería aprisionarlo. Miró a su alrededor y se sorprendió de lo poco
familiar que le resultaba el cuarto, como si en esa noche se hubiera producido
una desviación óptica que le mostrara la habitación y su propia vida desde
otro ángulo. Un nuevo cariz que no acertó tampoco a esclarecer hasta que, por
lo menos una hora más tarde, se dio cuenta de que se encontraba en el lado de
ella junto al armario de luna, no llevaba puesto el pijama y la cama era un
revoltijo del que no se sabía dónde se encontraba el embozo y dónde la manta.
Se levantó desconcertado y atenazado por el golpe de dolor que retumbó en su
cabeza al moverse y con toda la rapidez que le permitía el estado cataléptico
en que se encontraba, se puso el pijama que todavía estaba debajo de la
almohada, volvió a la cama otra vez y cerró los ojos no tanto por conseguir un
poco de calma a su tortura, cuanto por aprisionar aquella sensación que se
escurría y deslizaba como el reflejo de un cristal en movimiento, y hacerla
casar con lo que acababa de descubrir.
Pero ni lo consiguió entonces ni nunca, porque lo único que había de
conocer de aquella noche había de permanecer para siempre en el reino de la
abstracción, sin que pudiera jamás arrancarle un solo jirón a la memoria que
se había cerrado y guardaba para sí el secreto de sus audacias. Habría de
intentar reconstruirlo la imaginación a partir de las risotadas y las bromas de
los colegas, y su mente torturada husmeando en rincones obsoletos de sí
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misma puso en marcha un juego de inducciones y deducciones de los cambios
sorprendentes que se produjeron aquella tarde de resaca internándose a veces
en terrenos vedados por el pudor o mitificados por la pasión contenida.
Recordó que era domingo y como no tenía que levantarse ni por otra parte
le habría sido posible, alentado por el inesperado cariz que había tomado el
humor de su mujer, decidió que estaba enfermo y que iba a permanecer en la
cama. Sonaron las cinco en el reloj de la iglesia del Pino y de haber contado
las campanadas ni siquiera lo habría sorprendido encontrarse acostado a una
hora improbable incluso para la siesta, cuando oyó sobre el terrazo del pasillo
los pasos agigantados por la resonancia al chocar contra su mente en suspenso
y su cuerpo inmóvil. Y supo inmediatamente que algo había ocurrido. La
puerta se abrió como si la embistiera un vendaval y ella apareció en el marco.
Tenía ahora el semblante demudado y si no hablaba no era porque se dejara
llevar de la apatía o el desdén como otras veces, sino porque la cólera la había
dejado sin habla. No hacía más que blandir una pieza de sostén negro con
lacitos rojos como si fuera la prueba concluyente de un ultraje que nunca
había de perdonar. Y cuando al poco rato la conmoción dio paso al alarido,
pudo deducir de sus frases entrecortadas que aquel sostén, ese trofeo de una
venganza que no se haría esperar, lo había encontrado en el bolsillo de su
americana, que la americana yacía tirada en el suelo del recibidor, y que la
puerta del piso había estado abierta toda la noche y toda la mañana del
domingo hasta que, minutos antes, ella lo había descubierto. Y al terminar se
acercó, le lanzó a la cara un escupitajo y dando un portazo se fue.
«Así que he abierto la puerta pero no la he cerrado», logró hilvanar
mientras se limpiaba la mejilla con el revés de la manga del pijama. Pero
seguía ausente y hasta el día siguiente no se dio cuenta cabal de la verdadera
situación en que se encontraba.
El resto de la tarde se le fue sudando de malestar y cada vez que pretendía
hacer cábalas sobre lo ocurrido lo invadía la angustia al no poder hilar los
hechos con las deducciones. De mal talante, ella le trajo una taza de caldo
caliente que bebió con asco aunque le tranquilizó el estómago, pero no le
habló. Y cuando él, con ánimo de tantear si había remitido la borrasca, le
preguntó qué hora era, ella no respondió.
Sin embargo el descalabro de su cuerpo había amainado al caer la noche y
se dejó mecer en el sopor mórbido que lo siguió. Estaba todavía en un estado
de duermevela cuando la oyó ir al cuarto de baño, apagar la luz, meterse en la
cama a su lado y subirse el embozo hasta la barbilla. Y comenzaba a barruntar
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que ya debían de estar los dos en la misma posición, mirando al techo ambos
y a oscuras como siempre, cuando se quedó dormido.
Nada ocurrió en los días siguientes excepto que ella no le dirigía la
palabra. Le preparaba el desayuno, la comida y la cena que le ponía delante
sin abrir la boca, y cuando llegaba de la oficina la encontraba sentada en su
butaca con la labor de punto mientras oía el programa de la radio. La
televisión y las bolas llegaron mucho más tarde. Él se sentaba entonces en su
sitio, bebía a pequeños sorbos la media cerveza que le había dejado sobre el
velador y leía el periódico escrutándola de reojo. Luego, a las nueve menos
cuarto ella iba a preparar la cena, y él, atento a sus idas y venidas en el
pasillo, se levantaba cuando comprendía que ya todo estaba en la mesa.
Volvían a la salita a sentarse cada cual en su butaca hasta que ella daba por
terminada la velada, y apagaba la radio y la luz. Él, como quien hace méritos
y prepara el terreno para que caiga mejor lo que va a decir, corría a encender
el aplique del pasillo. Pero aunque se daba cuenta de que cada vez era más
urgente que hablara, pasaba un día y otro y no le decía nada. Atormentado por
unas memorias que no aparecían y aterrorizado aún por las voces que le había
dado la tarde de la resaca, al llegar a su lado se quedaba mudo e inerte como
cuando quería tocarle la mano bajo la sábana.
Un viernes, algunas semanas más tarde, al ir a ponerse el jersey de vuelta
de la oficina, encontró sobre la mesita de noche el mismo brebaje oscuro que
ella le había preparado el día de la boda y el domingo de la farra, y aunque no
quiso o no tuvo valor para interpretar el propósito del mensaje, lo bebió
obediente, llevó el vaso a la cocina y como si aquél fuera un día igual a los
demás, se sentó en la butaca a su lado y se puso a hojear el periódico como
siempre, aunque más inquieto. Cenaron sin romper el silencio, espiándose con
disimulo sobre el tintineo de los cubiertos contra los platos como cada día,
pero cuando se fueron a dormir, ella antes de apagar la luz se quitó el camisón
de los lacitos, se quedó desnuda frente a él, y con un breve gesto de desafío se
metió en la cama y se cubrió con la sábana. Entonces dio la vuelta al
interruptor y dejó el cuarto a oscuras. Él permaneció inmóvil y comenzó a
sudar.
A los diez minutos estaban ambos con los ojos fijos en el techo y él, sin
atreverse aún a acercarse en busca de un calor que nunca había de encontrar
pero acuciado por la orden recibida, echó mano de la imaginación y dejó que
el pensamiento volara hacia el cuerpo de la mujer que no recordaba pero cuyo
sostén había permanecido en su bolsillo durante horas, y acosado por la
urgencia inició con ella una lúbrica relación clandestina que por tener a su
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propia mujer desnuda a unos centímetros de distancia lo sumergió al instante
en un estado de lascivia tan desmesurado y perentorio que apenas tuvo
conciencia, no de que le había cogido la mano bajo la sábana sino de que
estaba galopando inmisericorde sobre el gendarme de su propia vida.
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constituido al día siguiente un ultraje a su pudor y un desafío a su vergüenza,
se unía a ella con la misma pasión vehemente con que creyó haberla poseído
aquella noche lejana y ciega.
Sólo cuando enmudecía el asombro de su propia fantasía, cuando
descendía del pasmo de pasión y desdoro, voluptuosidad, desvergüenza y
tormento, excitación y desvarío que se iban incrementando y perfeccionando
al ritmo de su propia historia, aparecía la conciencia para echarle en cara una
vez más que no era sino una piltrafa con una gran barriga resoplando sobre la
mujer huesuda, hierática y amortajada en el camisón que apenas había
arremangado hasta los muslos, a la que nunca se había atrevido a odiar.
Eran casi las ocho y media y como ella no había venido aún, no sabía qué
hacer. Cuando terminó la cerveza le entró apetito, sin embargo no se movió
hasta las nueve. Entonces se levantó y de puntillas, no fuera ella a
sorprenderle, se encaminó a la cocina. Sobre la mesa, cubierto con un plato
puesto del revés, le había dejado acelgas, patatas cocidas y dos pescadillas
fritas. No había plato para ella así que supuso que habría cenado ya. Comió
solo, empujado por el hambre pero las pescadillas le sentaron mal porque
estaba inquieto y no lograba comprender lo que ocurría. Luego, sin acercarse
a la salita a ver la televisión, se fue de nuevo al cuarto. El haz de luz que
entraba por la puerta mostraba sus pies al aire, y convencido ahora de que
realmente se había quedado dormida decidió meterse en la cama él también.
Fue al quitarse el reloj y dejarlo en la mesita de noche cuando vio el vaso con
el mejunje. Entonces recordó que era viernes y se estremeció. Lo bebió y se
fue al baño a desnudarse. Cuando volvió, ella seguía dormida, pero estaba tan
acostumbrado a sus mensajes silenciosos que comprendió lo que le exigía
ahora, al cabo de los años. Fue al pasillo, apagó la luz y llegó a su sitio sin
tropezar, se metió en la cama y cerró los ojos.
Y cuando su cabeza bullía en la incandescencia de la mujer del sostén,
cuando con esa expresión sensual que lo seducía desde hacía años, le tendió
los brazos requiriéndolo una vez más, apartó la sábana y se arrodilló junto a
ella. Deslizó la mano bajo la falda de raso y le acarició las piernas enfundadas
en medias de seda negra, avanzó por el muslo hasta encontrar, aprisionando
su carne compacta, esa pieza de puntilla y encaje que tantas veces había
contemplado de reojo en la corsetería de la esquina. Entonces, consciente de
que ya no quedaba más que dar con el sostén negro, se tendió sobre ella. La
mujer no se movió y él, apremiado por el anhelo de hacerla reaccionar, se
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lanzó enloquecido sobre la boca entreabierta. Pero como un latigazo infligido
a su hombría la gélida dureza de los labios le devolvió a las medias de
algodón, al delantal de cretona, a la habitación del piso de la calle de la
Boquería y a la mujer agrietada con la que había compartido la vida y, como
si de repente hubiera percibido en el cuarto la presencia de un extraño, se hizo
a un lado y estremecido se cubrió con la sábana.
Durante toda la noche permaneció inmóvil y espió su respiración para
sorprender un suspiro o un movimiento que no llegó. Y cuando al amanecer,
agotado de expectación, terror y sueño, los primeros ruidos de la calle le
recordaron que se había quedado irremisiblemente solo y que a partir de ahora
tendría que aprender a vivir sin ellas, rompió un silencio de más de tres
décadas y, sin apenas cubrirse la boca para ahogarlos, estalló en sollozos.
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La nevada
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Ni en las crónicas que habían sobrevivido a la guerra civil, ni en la
memoria de los más viejos del pueblo, podía encontrarse un hecho tan
asombroso como la nevada que dos días antes de Navidad había caído sobre
el pueblo y sobre los márgenes de piedra seca poblados de olivares que en
paciente y milenaria labor escalaban desde el mar las últimas estribaciones de
los Pirineos. Ya les había sorprendido a principios de diciembre otra nevada
más benigna que durante unas horas había dejado el pueblo blanco, más
blanco aún que en el verano cuando las paredes encaladas de las casas
reverberaban al sol oponiéndose al esplendor del cielo azul. La humedad y la
lluvia que llegaron después habían convertido las calles bajas en un barrizal y
tras ellas el viento del norte había secado y venteado el lodo cubriendo las
callejas y las playas con el polvo que lo había sustituido. Y cuando ya casi no
era más que parte de la memoria común que heredarían sus hijos, el cielo
tomó de nuevo un tinte blanquecino, se hicieron más acuciantes los fríos
violentos de los últimos días, se espesó el mar y dejaron de piar los pocos
gorriones que ateridos se refugiaron en los aleros o desaparecieron en nidos
escondidos en los mustios olivos de tierra adentro. Hacia las cinco de la tarde
cayeron los primeros copos confundidos con las últimas luces del ocaso, un
ocaso tímido y apenas perceptible que no hizo sino oscurecer la lechosa
penumbra que había envuelto el pueblo desde el alba. Sólo cuando se
encendieron las farolas, y por la lentitud de su caída, pudieron los hombres
que se agolpaban tras los cristales del Café del Pósito estar seguros de que
esas gotas, que traslucían frente al halo tembloroso de luz amarilla no eran de
agua, sino de la materia que reanudaba los mismos etéreos copos que les
habían asombrado hacía un par de semanas. El pueblo entero comprendió
entonces que nada bueno podían traer esos cambios en un clima que conocían
hasta la saciedad, esa insistencia en la helada que por fuerza habría de acabar
con la vida milenaria de los olivos y de las viñas.
Nevó toda la noche aunque a intervalos y no con demasiada intensidad,
pero aun así al día siguiente la nieve impoluta cubría las callejas y los tejados,
y había dejado líneas de blanco en los hilos del telégrafo y de la electricidad
sobre un cielo más blanco aún que había descendido y amparaba bajo su
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escueto manto las ribas, las playas blancas y hasta el mar, tan denso al
amanecer que retenía un instante sobre su tenue movimiento líneas sutiles y
blancas también, como la espuma que mordía la nieve cuajada sobre la arena.
Paramio Pont, con la gorra calada hasta los ojos y dos vueltas de bufanda
en el cuello alzado de su viejo abrigo, ajustó los postigos a la puerta y la
ventana de la tienda, y abrió despacio la puertecilla lateral que daba a la
escalera. Antes de cerrar dio una voz a su mujer y a Camila, que se movían en
la cocina, en el primer piso, y salió a la calle. En aquel momento sonaron
cinco campanadas en el reloj de la iglesia que se alzaba en la cumbre de la
cuesta. Las cinco de la tarde, pensó, y ya casi es de noche.
Descendió renqueando la calle exigua sintiendo en las plantas de los pies,
a través de la nieve húmeda que se apelmazaba bajo su peso, el empedrado
irregular del suelo. Pasó bajo el Portal, tal vez un resto de entrada en las
antiguas murallas, que abría las callejas al paseo de mar, y se dirigió al
tenderete de la playa. Lo había montado la mujer de Gilberto, el transportista,
y lo había llenado de baratijas y de luces como en la época de las verbenas
cuando el pueblo en fiesta hervía de forasteros. Al día siguiente era Navidad y
aunque había en el aire una claridad de reverberación, la plaza, junto a la
playa grande, estaba vacía y el pueblo entero temblaba irisado por el aire
gélido como un lugar irreal, como una feria silenciosa y abandonada. Paramio
caminaba con cuidado porque aunque había dejado de nevar lo asustaba el
leve chasquido de la suela de goma de sus zapatillas de fieltro al aplastar la
masa porosa que el frío iba endureciendo. Se detuvo ante el mostrador. La
mujer de Gilberto, enfundada en una chaqueta de piel de cordero que debía de
haberle cogido a su marido, las manos en guantes sin dedos y envuelta la
cabeza en un pañuelo, lo miró con indiferencia y apenas le hizo un gesto de
saludo entretenida en soplarse las puntas de los dedos. Él respondió con un
murmullo y se puso a contemplar con detenimiento las piedras, las pulseras y
los collares que se exhibían sobre el tablero hasta que encontró la pieza que
había descubierto hacía unos días al pasar frente al tenderete con su mujer.
Era un collar de coral, auténtico le dijo la mujer, y aunque él no lo creyó, se lo
hizo envolver sin acusar su mirada de sorna, se lo metió en el bolsillo del
abrigo y pisando sus propias huellas rehizo en sentido contrario el camino a
casa.
Camila salía en aquel momento abrigada con un chal que le envolvía la
cabeza y le cubría la cara.
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—¿A dónde vas? —preguntó el viejo—. ¿No te he dicho que te quedaras
en casa?
La chica esquivó la mirada, logró soltarse con una pirueta cuando él la
agarró por la manga para retenerla, y dando saltos sobre la nieve se fue calle
abajo gritando:
—Voy un momento a la tienda. A por harina.
Paramio se había asido al pomo de la puerta para contrarrestar la sacudida,
y aún tuvo coraje para gritar a su vez sin convicción: «Vuelve, Camila»,
aunque la voz le salió con menos fuerza de la que habría querido cuando ya la
chica había llegado al final de la calle y se internaba por el Portal hacia el
paseo.
Salió una mujer unas puertas más arriba y al pasar junto a Paramio, le
espetó a la cara: «¡Qué vergüenza!». Paramio ni la vio ni la oyó. Con ojos
vidriosos, húmedos de lágrimas que el frío mantenía en el borde del párpado
inferior, más evidentes por el halo rojo que debían de haber dejado la
inclemencia o tal vez el encono, persiguió la silueta desaparecida de Camila
con la imaginación y el deseo. Pero cuando comprendió que ni así podría
alcanzarla, igual que no había podido las tres veces que la semana anterior se
había escapado hacia el pueblo, abrió la puerta y subió el primer tramo de
peldaños que llevaban a la cocina. Su mujer, desde el rincón donde limpiaba
los nabos lo miró. Él levantó la cara pero no le devolvió la mirada. Preguntó
sin más:
—¿A dónde ha ido Camila?
Ella respondió:
—La mandé a la tienda a por harina.
—¿No hay harina en la casa?
—La había. Pero se ha terminado.
—Nada se acaba sin que uno lo quiera —dijo con voz cansada. Después
se quitó la gorra y la colgó en la percha de la pared. Luego la bufanda y el
abrigo que también colgó y se acercó a la lumbre para secarse el calzado y
calentarse las manos. Se había sentado en una silla baja para quitarse las
zapatillas, pero no estaba en lo que hacía, ni parecía reparar en su mujer que
había dejado el cuchillo y los nabos, se había puesto detrás de él y hacía
pucheros mientras hablaba. Ni siquiera la oía. Un dolor, el mismo que desde
hacía semanas, meses, le paralizaba el habla de día y de noche, le oprimía
ahora el pecho como una cornada. Un dolor que nada tenía que ver con el del
ataque al corazón de cinco años atrás, ni con el del disparo que recibió en el
hombro cuando huía por el monte al acabar la guerra. Un dolor más abismal,
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como una perforación que en lugar de hurgar en el corazón se adentrara
directamente en el alma. Un dolor nunca conocido que había puesto en
movimiento los escondidos resortes de su cuerpo que ya creía marchitos y
olvidados y lo había sumido en un estado de inquietud, apenas mitigado por la
presencia de Camila.
La mujer seguía haciendo pucheros y se secaba los ojos con la punta del
delantal. Pero él no apartó la vista de la lumbre incapaz de atender a otra cosa
que no fuera el calvario de su pobre corazón.
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pasó a las gavetas de la pared donde la puertecilla se abría a la escalera:
herramientas, alambres, bombillas, cintas aislantes, cordeles, y los pequeños
estantes a su derecha donde se alineaban las cajas de hilos de coser, agujas,
cintas de colores, dedales y hasta en un rincón un cojín de encaje de bolillos,
paquetes de pasamanería y un tambor de bordado que debía llevar colgado de
ese clavo desde que se abrió la tienda.
—Las mujeres, ahora, ya no bordan ni hacen puntillas como antes —le
había dicho—. Ahora trabajan, como tú —y la chica había sonreído
mostrando una hilera de dientes tan bien alineados y tan blancos que Paramio
por primera vez se turbó.
En poco tiempo Camila se había mostrado ordenada y atenta y había
aprendido los nombres y los usos de todos los pequeños utensilios que
contenían los cajones y los estantes, y había acabado por conocer los que
colgaban del techo descabalgándolos de sus ganchos con una percha que, le
había contado Paramio, había sido el bichero de su Estrella de mar, la barca
en la que durante años había salido por las noches a echar las redes o pescar el
calamar atrayéndolo con la luz de esa lámpara que yacía olvidada en un
rincón de la escalera.
Desde su vuelta al pueblo a los cincuenta años, tras un exilio sin nombre
ni lugar para huir de los ajustes de cuentas que siguieron a la entrada de las
tropas nacionales, Paramio se había refugiado en la tienda donde pasaba todas
las horas con la única obsesión de mantenerla como una filigrana. Llevaba la
cuenta de las unidades que contenía cada caja, cada cajoncito, de los metros
de las piezas de cinta igual que del alambre y del hilo de electricidad y
conservaba como un tesoro unos pocos metros de manguera que por escasos
ya nadie habría querido pero que sin embargo él espolvoreaba con talco cada
tres o cuatro meses para quitarle la humedad y evitar que perdiera su
primigenia elasticidad. Parecía haber olvidado el objetivo de todo negocio
porque cuando una venta ponía en litigio el orden o el equilibrio del
inventario, sin dudarlo renunciaba a ella.
—No se la venderé —había dicho una vez a una forastera que pretendía
llevarse una pieza entera de cinta azul—. No puedo hacerlo.
—¿Por qué? —preguntó sorprendida la mujer.
—Esta pieza bien administrada —respondió Paramio como si le explicara
el criterio moral que regía su comportamiento—, me puede durar todo el
verano.
Y así procedía con todos los elementos de su pequeño mundo. Nunca dejó
que fuera zarandeado por los grandes vacíos y los pedidos desmesurados.
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Vendía al ritmo de lo que recibía, y recibía mercancías con una periodicidad
meticulosa que se negaba a modificar porque tampoco admitía sorpresas ni
ventas excesivas que no habrían hecho sino desbaratar la armonía de su
entorno y de sus horas. Había sufrido tanto la precariedad de la vida en las
montañas que, cuando se supo fuera de peligro y volvió, edificó su vida sobre
el muelle firme de rutina y orden en el que había venido a recalar para
asegurarse de que no habría más imprevistos en los años que le quedaban de
vida.
Camila había comprendido bien ese criterio y cuando al poco tiempo
Paramio, convencido de que podía dejar la tienda y su funcionamiento en sus
manos, se sentaba en una silla baja de anea junto a una de las dos cristaleras
que daban a la calle y liaba un cigarrillo de picadura, la miraba con
satisfacción al verla poner en práctica las normas que él le había enseñado, no
tanto porque las aplicara al pie de la letra sino porque demostraba haber
comprendido la filosofía de la venta y la necesaria y estricta disposición de
los elementos de su tienda, como gustaba explicar, entre carajillo y carajillo, a
sus compañeros de mus cuando al caer la tarde la dejaba trabajando y se unía
a ellos en el Café del Pósito. Porque hacia diciembre, cuando no llevaba más
que tres meses en la casa, ya se atrevía a dejarla sola para que acabara con el
arqueo de la jornada y guardara cada cosa en su lugar.
Un día, hacia finales de febrero o marzo, cuando ya se había puesto la
gorra, el abrigo y la bufanda y se disponía a abrir la puerta para ir al Café, se
volvió para recordarle que había que preparar el pedido porque al día
siguiente esperaban al viajante de mercería. Camila se había subido a la silla
de anea y de puntillas y con los brazos levantados trataba de alcanzar un cajón
de la hilera más alta. La bata a cuadros se le había subido con el movimiento
de los brazos y había dejado al descubierto, entre el borde de la falda y el
extremo de sus altos calcetines negros, las corvas blancas, desnudas. Paramio
fijó la vista en ellas y permaneció inmóvil, con la mano en la puerta abierta y
la campanilla temblando en el cordel, incapaz de moverse. La chica se volvió
y forzando el gesto sobre el brazo que seguía en alto buscó los ojos de
Paramio que tenía la vista fija en un punto más bajo de su cuerpo, y le sonrió
con un descaro virgen aún. Pero Paramio no lo vio, porque no la miraba a ella
sino a esa parte tan tierna y tan blanca de su piel inocente que por un azar se
le había revelado, y aunque la hubiera mirado no habría podido ver el procaz
movimiento de su boca tras el hombro y habría tenido que adivinar la
intención de la sonrisa por el brillo fulgurante de sus ojos. Sólo vio, y aun de
soslayo, el ostentoso movimiento de la grupa al ponerse más de puntillas aún
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sobre un solo pie para alcanzar el estante más alto. Y el corazón le dio un
vuelco, pero no se movió hasta que Camila bajó los brazos, y entonces,
privado de la visión de las corvas por la falda que había vuelto a su posición
habitual, cerró la puerta haciendo tintinear de nuevo la campanilla, se quitó el
abrigo, la bufanda y la gorra y, tal vez atisbando la cadena de tormentos que
lo aguardaba a partir de ahora, se dejó caer derrotado en la silla con la cabeza
entre las manos.
A aquel primer día siguieron otros muchos. Como si el descubrimiento de
las corvas hubiera coincidido con el de su cuerpo entero, reparó en los brazos
desnudos la tarde en que se arremangó para limpiar los cristales, el
movimiento del codo que se transmitía al pecho al enrollar una pieza de
cordel, el vaivén de las caderas al caminar o el temblor del cuello y del escote
cuando bajaba corriendo las escaleras y parecía faltarle el aliento. Ella, al ver
que el viejo la miraba, se gozaba en el ritmo de sus movimientos hasta que
adquirían un compás y convertían en inacabable la cadencia de su gesto. Y
con la vista fija en la de él lo demoraba aún más, torcía la cabeza, sonreía y lo
miraba mirar sus pechos que se abultaban y palpitaban como si esa meticulosa
observación a que la sometía Paramio hubiera escondido la caricia de un
príncipe que no había aparecido aún. Así, enrollando ella madejas que se
habían desbaratado al caer o sacando brillo al mostrador con la mano derecha
inclinando sobre él el hombro mientras mantenía hacia atrás el izquierdo, o
recogiendo arrodillada un puñado de clavos esparcidos por el suelo con un
movimiento que mostraba un aspecto inusitado e intermitente de aquellas
corvas que creía conocer y cuya arcana contemplación había comenzado a
cegar su entendimiento y la disposición de un orden establecido con rigor de
usurero hacía lustros, Paramio vivía en el dulce reino de los infiernos. A veces
Camila comenzaba a moverse lenta y regularmente cuando él atendía a un
cliente, sólo un instante, como si quisiera comprobar el efecto inmediato de
sus poderes, y sonreía viéndolo enmudecer atraído por el balanceo de su gesto
que detenía con magnanimidad para dejarlo acabar la venta y no ponerlo en
evidencia ante los demás. Pero sólo en muy raras ocasiones. Casi siempre se
reservaba para el tiempo que les pertenecía a los dos, una vez cerrada la
tienda. Entonces, cuando ya Paramio había puesto los postigos, escogía con
dedicación y una maestría de experta el movimiento más voluptuoso, el de
ritmo más pausado, el que escondía mayor tormento, más intenso cuanto más
inocente, más duradero cuanto más parsimonioso, y se demoraba en él
mirándolo a veces y sonriendo para incitarlo vagamente, otras ignorándolo
segura de que más irresistibles serían su placer y su dolor cuando más se
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acercara a un límite inalcanzable donde, ella parecía saberlo mejor que él, el
deseo insondable de Paramio aportaba más carga a su seducción que el aleteo
casi pueril de sus hombros o de su cintura. Hasta que la voz cascada de
Amalia los llamaba a cenar. Recomponía ella el gesto y Paramio volvía al
mundo de su pequeña tienda recogiendo como podía lo que había quedado
desparramado sobre el mostrador, ajeno aún a esa realidad que lo había
redimido de tantas traiciones, de tantos fracasos, y que de un modo seguro
aunque precario había reconstruido el panorama de su vida a una edad en que,
en sus circunstancias, ya poco podía haber esperado más que el desamparo.
Amalia los veía llegar, pálido y silencioso él, sofocada ella y exultante, y
se inquietaba sin saber por qué al principio. Y cuando finalmente comprendió,
lo miraba sobrecogida de horror y de los celos salvajes que poco a poco
fueron anidando en su alma y fraguando en ella un rencor visible en el
desprecio con que echaba la sopa en el plato o se lo retiraba sin casi darle
tiempo a acabar lo que tenía en la boca, que él veía sin ver, ausente, sometido
a la angustia de su impenitente deseo sin dimensión ni esperanza que ya no
había de abandonarle jamás.
Con la bonanza y los calores de la primavera y de aquel verano que
debían de ser presagios del más frío invierno que se recordaba en el pueblo, se
agudizó el tormento en las horas que se alargaban también con la luz de los
atardeceres radiantes, inacabables, se decía Paramio navegando entre el placer
y el desaliento.
Jamás se habían cruzado más palabras que las que les servían para los
menesteres de la tienda, pero la intensidad de sus miradas era tan potente, el
anhelo en una, la incitación en la otra, que las mujeres comenzaron a
murmurar, los hombres a reír y Amalia a llorar. De día porque los tenía a los
dos en la mesa sumidos en un mundo que, bien lo veía, a ella le estaba
vedado; de noche porque Paramio no podía dormir, daba vueltas en la cama y
finalmente se levantaba y casi a tientas, creyéndola dormida, se ponía la
chaqueta sobre los calzoncillos de largas perneras y la camiseta de franela, se
calzaba las zapatillas de fieltro y subía lentamente la escalera hasta el sobrado
donde en la única habitación se había adecentado una cama, una silla y unas
perchas para Camila.
Al principio no se levantaba más que de vez en cuando pero poco a poco
aquella ronda se convirtió en un hábito, incluso para Amalia que cada vez con
mayor frecuencia se daba la vuelta y lloraba pausadamente hasta conciliar el
sueño sin saber a ciencia cierta si su marido había entrado alguna vez en la
habitación. Las veces que había subido la escalera tras él desde el segundo
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piso donde dormían ellos hasta el cuarto de Camila en la azotea, se había
detenido tras el vano de la puerta disuadida por la sombra acurrucada de su
marido en el último descansillo, junto a la puerta de cristales esmerilados tan
someramente entornada que habría sido difícil ver a través de la rendija. El
constante ir y venir de la muchacha a tan altas horas de la noche le hacía
comprender cuánto había de sabiduría en ella, apenas una leve sombra
desplazándose con lentitud de un rincón a otro. Pero por más que forzaba la
vista ni ella ni nadie habría podido saber qué cubría su cuerpo, si es que algo
lo cubría. Amalia, desde el peldaño de arranque del último tramo, veía la
espalda de su marido silueteada por la escasa luz de la bombilla del cuarto de
Camila, tamizada por el esmeril, y el movimiento de su cabeza en pos de la
sombra del cuerpo adolescente. Así permanecían un rato, ella pendiente de él,
él de Camila, hasta que el frío la devolvía a la cama donde se metía
conteniendo unas lágrimas que habrían desembocado en sollozos y la habrían
delatado, aguzaba el oído para adivinar qué ocurría y cuando el silencio
tamborileaba y atronaba su mente de tanto intentar descifrarlo, se dormía
cansada, dolorida y vejada.
Camila volvió a las ocho. Venía jadeando y tenía los zapatos mojados. Se
quitó el chal y lo sacudió para dejarlo seco de nieve, porque desde hacía
media hora había comenzado a nevar de nuevo. El viejo levantó los ojos por
primera vez en toda la tarde. Las mejillas rojas y la mirada brillante de
Camila, porque las conocía bien, lo llenaron de un terror sordo y oscuro que
no atinó a contener. Había en ellas desafío y altanería, respiraba sin aliento y
al desplazar el peso del cuerpo sobre una pierna para apoyarse en la mesa,
apareció potente la cadera ceñida en una falda estrecha que nunca le había
visto y se dio cuenta de que sin la coraza de su bata a cuadros sus pechos
habían encontrado el volumen exacto, modelados ahora por la lana de un
jersey rojo. Además se había pintado los labios.
Amalia se acercó y Camila, cambiando de actitud, le dijo con buenas
palabras que como era Nochebuena quería ir al Café del Pósito a jugar a la
Quina con los chicos y chicas de su edad. La Guardia Civil autorizaba el
juego desde la víspera de Navidad hasta el 6 de enero, y en el Café estaría
todo el pueblo. Luego iría a dormir a su casa con su padre y su hermano que
habían venido para las vacaciones.
—¿Qué Quina? ¿Qué chicos y chicas de tu edad? —preguntó Paramio,
pero no esperó respuesta porque casi al mismo tiempo Amalia respondió a
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Camila mirando a su marido con desafío:
—Está bien, puedes ir, ¿a qué hora volverás?
—Mañana es Navidad. La tienda está cerrada y usted tampoco va a
necesitarme. Quisiera volver pasado mañana. Estaré con mi padre y mi
hermano —insistió.
Camila calló esperando la respuesta de Amalia. No parecía ver a Paramio
y no recabó su permiso, ni siquiera con la mirada. Amalia no respondió. El
silencio se hizo denso y las dos se volvieron hacia el viejo. Seguía con los
ojos fijos en el constante latir del jersey rojo, siguiendo la cadencia de la
inquieta respiración de Camila que se cubrió el pecho con las manos. Pero
consciente de que nada había de resguardarla de las miradas de Paramio, se
dio la vuelta, se sentó en la silla de espaldas a él y gritó:
—Me voy esta noche y no volveré hasta dentro de dos días.
Paramio se levantó a su vez lentamente y como si no quisiera perderse una
última visión de lo que le había tenido obnubilado, se puso frente a ella y
clavó de nuevo los ojos en el jersey. Después se fue hacia la puerta, se volvió
y murmuró sin apenas voz:
—Vete si quieres —y sin esperar bajó las escaleras hacia la tienda.
Camila subió al sobrado, se entretuvo en recoger algunas cosas y a los
cinco minutos bajó las escaleras de dos en dos hasta llegar a la planta baja.
Abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Paramio había quitado un postigo de
la ventana de la tienda y la vio salir, atemorizada por la nevada que ahora caía
copiosamente, ponerse un pañuelo que anudó bajo la barbilla y despacio para
no resbalar con la capa de nieve que cubría la calle, desaparecer fundida con
los copos grandes como puños que caían sin peso ante la bombilla de la
farola, agudizando el silencio. Volvió entonces a ajustar el postigo, salió a la
escalera, cerró la puertecita de la tienda y la de la calle por donde había
desaparecido Camila y arrastrando los pies subió de nuevo a la cocina y se
acercó a la lumbre a esperar la cena.
Cuando se sentaron a la mesa apenas se veía la pared de enfrente, tan
densa era en este momento la nevada y así siguió hasta las diez, cuando
Amalia una vez fregados los platos y recogida la mesa le dijo:
—Vamos a dormir, hace frío aquí.
—Ve tú, mujer —dijo hablando por primera vez en toda la noche—. Ve
tú, yo me quedaré hasta que se apague la lumbre. —Atizó el fuego con el
hurgón y las brasas avivadas iluminaron su rostro un instante antes de que
Amalia apagara la luz y entrara por la ventana la opaca claridad de la farola
de la calle.
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Hacia las once y media Paramio, que no sabía qué hacer consigo mismo ni
se le ocurría cómo paliar la oscuridad y el frío que le pesaban ahora como una
losa de soledad, volvió a ponerse el abrigo, la bufanda y la gorra, bajó las
escaleras, se calzó los gruesos zapatones que guardaba en el hueco del
descansillo junto a la lámpara de pesca, abrió la puerta y apoyándose en un
bastón bajó la callecita dejando tras de sí los profundos hoyos de sus pisadas.
Tocaban las campanas a Misa del Gallo horadando la sordina del
ambiente, y dos mujeres envueltas en mantones negros subían la cuesta hacia
la iglesia agarradas la una a la otra en el difícil equilibrio de encontrar el firme
bajo la inconsistencia de la nieve. Paramio no respondió al saludo, atento a su
propio paso titubeante que no lograba acompasar ni con la ayuda del bastón.
Desde el Portal vio que el asiento de los bancos había desaparecido bajo la
misma capa que cubría el suelo y asomaba únicamente el respaldo. La nieve
le llegaba en este tramo casi a las rodillas pero ni la oscuridad ni el silencio de
las calles, ni la dificultad por avanzar lo arredraron. En la plaza, frente al mar,
no quedaban más que las luces del Café del Pósito y más allá unos hombres
abrían el camino por el que habrían de salir los asistentes a la única fiesta de
aquella noche de Navidad, la Quina. Se detuvo ante la cristalera y con la
mano restregó el cristal hasta que un ojo de buey abierto en el vaho le mostró
un interior caldeado por la salamandra del rincón, el vino y los carajillos. En
el mostrador, Santiso, el dueño, accionaba la manivela del bombo de alambre
dentro del cual las bolas de madera marcadas con su número bailaban al
compás de las vueltas. Y en las mesas los parroquianos aglomerados sobre los
cartones marcaban los números con fichas o judías.
—El 22, los dos patitos —gritaba para hacerse oír, sobre las voces y las
risas—. El 11, las piernas del murciano. El 6, el gancho de la tía Herminia.
El 40, la edad del retiro. El 3, las piernas de Eduardo.
Sentados en las sillas de mimbre del fondo del local, los viejos apoyaban
las manos en el bastón y reían, como habían reído desde su infancia las
ocurrencias heredadas de sus padres y abuelos, incluso las que habían perdido
significado porque habían muerto ya los hombres y mujeres que las habían
inventado o protagonizado y se había perdido la memoria de los hechos que
las provocaron. Y los jóvenes reían también, porque andaban las garrafas de
vino de mano en mano, porque iban a ganar, porque era fiesta, por todo.
Paramio no atendía a los chascarrillos que tan bien conocía, abrió la puerta y
entró pero no se acercó a sus amigos que barajaban naipes en el rincón más
alejado, sino que permaneció apoyado en el poyo junto a la puerta cristalera
escudriñando en el ambiente borroso de humo hasta que finalmente dio con lo
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que buscaba. Camila reía con un muchacho a cada lado, los dos forasteros, tal
vez de la obra del Cap de Creus, que compartían con ella el cartón de la
Quina. Llevaba el jersey rojo y se había soltado la cinta con la que se recogía
el pelo, tenía las mejillas arreboladas y al oír cada número, como si hubiera
sido un nuevo motivo de alegría, echaba la cabeza hacia atrás, abría la boca
de placer y estallaba en carcajadas.
Paramio permaneció unos minutos mirándola, sin atender a las voces que
lo llamaban ni a las miradas que lo censuraban. Le dolía el pecho y se puso la
mano en el corazón, pero no apartó los ojos de ella. La vio reírse más y más,
volverse hacia un muchacho u otro en busca de fichas. Se dio cuenta de hasta
qué punto estaban los dos pendientes de sus movimientos, atraídos por ellos y
atentos a ellos, dispuestos a reír por lo que ella reía, a acercar un poco más sus
piernas a las de ella, a fundirse con ella si así lo hubiera requerido, y sintió
una nueva y terrible punzada de dolor cuando el de su derecha, en un arranque
de risa no contenida, le puso la mano en el pelo suelto y metió los dedos en
esos cabellos alborotados, libres como ella misma ahora, que él nunca había
conocido. Camila dejó de reír un instante, cerró los ojos, respiró más hondo e
inclinó dulcemente sobre el hombro del chico la cabeza que él recogió
cerrando el brazo y dejando que la mano descansara sobre su pecho. Entonces
abrió de nuevo la puerta y sin echar una mirada hacia atrás, se fue por donde
había venido, con más prisa tal vez de la que le permitía la espesa capa de
nieve que se extendía hasta el mar. Había determinación en la forma de
hundir la punta del bastón en la nieve y hasta se diría que la mueca de dolor
había desaparecido de su entrecejo y de las breves y arrugadas comisuras de
sus labios. Seguía nevando con fuerza y su silueta, disminuida por la parte de
las piernas que desaparecía en la nieve, se perdió tras los copos espesos y
silenciosos, camino del Portal y de su casa.
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ojos atenta a la cercanía de las pisadas que no se detuvieron en la cocina del
primer piso ni en el rellano de su propia habitación sino que continuaron
subiendo hacia el sobrado. Se levantó entonces, se echó la manteleta sobre los
hombros y más acuciada por la curiosidad que por la desazón, se asomó por la
puerta a la escalera, y todavía, antes de que Paramio apagara la luz desde
arriba, alcanzó a verlo de espaldas. No podría asegurarlo pero habría jurado
que llevaba el abrigo puesto y la gorra e incluso la bufanda le colgaba por la
espalda, pero, se dijo, estoy dormida y no veo apenas con tan poca luz y a esa
distancia. Y volvió a la cama porque había salido descalza y el frío le había
agarrotado los dedos de los pies. El sueño la venció enseguida y durmió
plácidamente segura como estaba de que Camila no dormía esta noche en
casa. Y tal vez porque era vieja y un poco sorda, no oyó tampoco la puerta del
cuarto de la chica cuando Paramio la abrió y la cerró con cuidado tras de sí.
Ni a las cuatro de la madrugada se despertó para comprobar que su marido
seguía sin acudir a la cama, ni, de haber mirado por la ventana, se habría
percatado, porque estaba empañado el cristal que daba escasa luz a su
dormitorio, de que a esa hora la empinada calle había quedado cubierta hasta
la altura de las ventanas taponando las puertas y desfigurando los balcones. Ni
de que —y esto no habría podido verlo ni con la acerada vista de sus quince
años— en el paseo de mar, cerrado el Café del Pósito cuando el dueño atinó a
comprender por la imperturbabilidad de un cielo a ras de suelo que la nevada
iba para largo y que si no se apuraban apenas podrían llegar a casa, ya no
quedaban pisadas de vecinos ni roderas de carros. No había más luz que las
escuálidas bombillas de las farolas en las esquinas apenas visibles tras la
niebla lechosa que formaban los copos en su interminable caída. Y el mar en
calma se había espesado y ennegrecido como el plomo, acercando el
horizonte y desarmando la tempestad. No había cielo ni tierra, ni profundidad,
sino sólo la densidad del aire que se confundía con ellos.
Cuando el reloj de la iglesia dio las seis había amainado la nevada y poco
antes de las siete había cesado por completo dejando tras de sí un sosiego
espectral. Un frío gélido, rígido, había sustituido la bonanza de la noche
algodonada y el aire inmóvil era un cuchillo de mil filos horadando la
profundidad del firmamento. El pueblo estaba dormido y sólo de vez en
cuando el encendido de una luz tras la ventana rompía la monotonía blanca y
negra del paisaje. El alba sin fuerza para avanzar, y tras un intento que logró
al menos alejar la tiniebla, quedó en suspenso con un hilo de luz mortecina
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que había de ser toda la que recibiera el pueblo durante el día. El mar
comenzó a moverse impulsado por una fuerza que nacía en la sima de las
aguas y se revolvía en sí misma, y un leve rugido como de fragor lejano
rompió como una amenaza la espesa insonoridad de la noche y se manifestó
bajo el cielo encapotado.
Alejo, Matías y Severo, los tres sobrinos del párroco que debían ayudar en
la misa de ocho, habían salido de su casa por la ventana porque la puerta
había quedado atrancada, y riendo se habían hundido en la nieve hasta la
cintura, sin poder moverse. Pero al poco consiguieron avanzar con la ayuda
de unos zancos elementales que su madre, acostumbrada a las nevadas del
Puerto de la Pared, en las estribaciones del Manpodre, de su lejana León,
había improvisado con bastones, maderas y trapos. Vivían al principio de la
calleja que subía a la iglesia y a la luz cenicienta de la mañana comenzaron a
echarse bolas de nieve, persiguiéndose en su lento avance calle arriba. Fue al
llegar a la mitad de la cuesta cuando, dos o tres casas antes de alcanzar la
cumbre, descubrieron el muñeco de nieve, y las bolas que estaban dejando sus
manos rojas y ateridas cambiaron al momento de dirección. Sin extrañarles su
presencia le lanzaron ocho, diez, hasta veinte bolas que rasgaron el aire y
chocaron con él hasta dejar al descubierto partes de un abrigo y una bufanda
sobre un cuerpo que, liberado del peso de la nieve, comenzó a balancearse
colgado el cuello de una soga que pendía de la barandilla del sobrado. El
asombro, la luz tenebrosa, el silencio, convirtieron la calle en un lugar
fantasmagórico tan irreal como si la vida en ella hubiera tomado un derrotero
falso, lúgubre y maléfico y ante el error nada hubiera de ser más fácil que
hacerla volver sobre sí misma. Alejo, el más pequeño, se echó a llorar, perdió
el equilibrio y se hundió en la nieve. Acudió Matías, más por estar cerca de él
que por ayudarlo, y Severo se les unió al poco. Los tres, abrazados por el frío
y el terror, volvieron como pudieron a su casa a la luz macilenta de ese día
maldito sobre unos zancos que ya no sabían manejar y se protegieron bajo el
dintel del exiguo zaguán que su madre acababa de despejar. Porque un
momento antes, el impacto de una última bola, más apretada, mayor y tal vez
lanzada con la rabia del miedo y la incomprensión, había desbaratado el
aspecto ordenado del hombre arrojando la gorra sobre la nieve, y cuando cayó
deshecha al suelo llevándose la que en un equilibrio precario se había
amontonado sobre su rostro durante la noche, aparecieron los ojos vidriosos
de Paramio, que el pavor había mantenido abiertos y acristalados el frío, y una
inmensa boca de la que, como un bicho envenenado y deforme, salía la lengua
negra, larga y apelmazada que le llegaba hasta la bufanda.
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Las campanas se pusieron en aquel momento a dar vueltas anunciando la
Natividad del Señor y mosén Aldero Mesías, que al dejar la rectoría había
encontrado desierta la iglesia, subió los escalones oscuros de la torre y se
asomó al arco del campanario para cerciorarse de que efectivamente la nevada
había sido tan copiosa que había impedido a los monaguillos llegar puntuales
a la primera misa del día que había de celebrar el nacimiento de Jesús.
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Hacia las tres llegaron a la casa arrastrando un cajón de la medida de
Paramio fabricado a toda prisa en el taller de Bruno, el carpintero, y lo
depositaron en la tienda junto al cadáver que yacía en el suelo desde que, tras
el descubrimiento de los niños, lo descolgara Rolando, el maestro de
albañiles, y lo tumbara sobre un catafalco improvisado en la tienda, después
de quitarle los zapatones y el abrigo y cubrirle la boca oscura con su propia
bufanda.
Al atardecer comenzaron a llegar a la casa los hombres y mujeres y cada
cual recibió uno de los cirios y de las antorchas que Paramio había guardado
celosamente en el cajón más grande de la derecha, para que fueran encendidos
y consumidos de una sola vez, ahora que su propietario se había llevado
consigo la devoción organizadora y la prudencia en el dispendio que habían
caracterizado su exigua economía mercantil, tal vez para demostrar una vez
más cuán inútiles acaban siendo los propósitos y las órdenes de los vivos una
vez han cruzado el umbral de la muerte. Se agolparon las mujeres en la cocina
y los hombres en la puerta y hubo que organizar un simulacro de procesión
para que desfilaran uno a uno frente al cadáver. Luego lo metieron en el cajón
y cuatro hombres lo levantaron a hombros abriéndose paso entre la multitud.
Amalia, con el velo negro y la nariz y los ojos rojos de tanto frotárselos con el
pañuelo que apretujaba en la mano, se arrimó a ellos apoyada en dos vecinas,
y tras ellas siguieron las mujeres y los hombres y los niños y los ancianos que
habían ido a despedirle y todos los que se les unieron en el camino.
El sol que durante todo el día no había logrado abrir más que alguna
borrosa brecha en el gris del cielo, con ser tan escuálido había derretido la
nieve de los aleros y de los antepechos de los sobrados y de las ventanas, y el
agua corría por las paredes o goteaba desde los tejados horadando la nieve de
la calle que no habían descompuesto los pasos de la multitud.
El camino hasta el paseo y el mar fue lento y difícil porque cuando no
resbalaba uno era el otro el que hundía el pie en un montón de nieve aún
virgen, acartonada por el tímido sol del día o convertida en hielo por la
sombra, y las más de las veces porque apenas alcanzaban a pasar por el
estrecho sendero que se había abierto durante el día.
Era noche cerrada cuando un río de antorchas se deslizaba por las ribas
como una serpiente de luz que seguía obediente y en orden el féretro llevado
en hombros por los hombres que se iban turnando, y el coche fúnebre con los
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caballos enjaezados, vacío pero rindiendo homenaje al finado, como el
caballo sin arneses sigue el ataúd de un emperador.
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perdición de ese pueblo que se había opuesto por su propia e ingrata voluntad
a los designios del Señor. El fuego del infierno, bramaba, os está esperando
por ensalzar la memoria de quien más ha ofendido a Dios, del que lleváis
como un héroe y ha tomado con sus propias manos lo que tan sólo a Dios
pertenece, la vida. Vosotros, pueblo blasfemo e impío, descreídos habitantes
de ese lugar de perdición, sólo la penitencia y la contrición de vuestros
pecados podrán salvaros, pérfidos pecadores…
Ronronearon nerviosas y se agitaron las mujeres sin saber qué hacer ni
qué canto convenía a la ocasión para apagar una amonestación que, cierta o
no, no querían oír ahora, y una de ellas intentó iniciar una vieja melodía
aprendida de su madre pero murió en sí misma porque nadie la siguió. Fue
más atrás, del grupo de jóvenes, de donde partieron las primeras palmas
jaleando entre risas las amenazas y maldiciones del presbítero que, desde las
alturas, pálido y desencajado a la luz de las antorchas, seguía bramando su
santa indignación con espasmos de divinidad ultrajada. Las muchachas, para
no ser menos, iniciaron con voz de falsete estribillos de costurera y de mes de
María, y algunos hombres se unieron al griterío contagiados de la fiebre
general tarareando y coreando las viejas baladas de marineros de las noches
de verano. Y hasta los últimos de la comitiva, los que desde su vuelta al
pueblo veinticinco años atrás, apenas habían hablado, se atrevieron
tímidamente al principio y luego tranquilizados por el barullo, a desenterrar
aquellas canciones casi olvidadas del frente que habían incrementado su
esperanza y distraído su derrota. E incluso uno de ellos amparándose en el
griterío cada vez mayor entonó a gritos la primera estrofa del himno de los
desheredados de la tierra, lo único que le llegaba ahora de una memoria tan
exultante y tan antigua que apenas pudo continuarla solo, perdidas las
palabras y la melodía en el tiempo y en la larga y amarga proscripción de la
posguerra. Un alarde que fue seguido por algunos hombres y se impuso a las
demás voces y que, sin embargo, no provocó más que indiferencia en los
demás, tal vez porque muchos de ellos no la habían oído nunca y el resto, si
alguna vez la oyeron, la habían olvidado. Sólo debió reconocerla el viejo cura
que sin poder dar crédito a sus oídos inútilmente buscaba el apoyo de la
autoridad, incondicional hasta esa misma noche. Pero los próceres del pueblo
permanecían en sus casas sin querer tomar partido en una situación que tenía
como única salida el fin de fiesta en paz porque, se decían, en algún lugar
habrá que enterrar al difunto. Y en cuanto a los dos números de la Guardia
Civil que vigilaban el orden del entierro eran ellos también demasiado
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jóvenes para reconocer un himno que había sido entonado en España por
última vez cuando aún no habían nacido.
Una beata que le había seguido rezando tuvo que auxiliar al párroco, y la
comitiva, ebria de su propio descontrol, lo olvidó como había olvidado en
aras de esa improvisada fiesta el motivo por el que seguían caminando unos
tras otros con la antorcha en la mano. Aquella intención primera parecía haber
quedado reducida al gozoso enfrentamiento con la autoridad, por eclesiástica
que fuera, y al canto de las voces anónimas y antiguas que sólo había
reconocido el cura, que seguían exhaltando a los pobres de la tierra tal vez en
nombre de todos, como si al cabo de los años, en este acto no deliberado de
libertad, el himno hubiera reencontrado parte de su voz para acallar a quienes
desde púlpitos y promontorios, esgrimen contra los hombres de buena
voluntad la amenaza del fuego eterno.
Los guardias civiles, vestidos con capa de gala y tricornio de charol por la
solemnidad de la fiesta de Navidad, asistían impávidos desde la playa al paso
de la procesión vigilando que ese obligado entierro, el primero laico en los
veinticinco años de paz, se hiciera en orden, porque no habían recibido más
instrucciones que evitar los disturbios. Desde donde estaban apenas podían
ver al cura, e interpretaron los gritos y admoniciones que les llegaban a golpes
de aire como un acceso más exaltado aún que de costumbre del visionario
reverendo. A punto estuvieron de intervenir cuando las palmas del principio
fueron convirtiéndose en las coplas procaces de las canciones que los chicos
habían aprendido en los clandestinos prostíbulos de la ciudad o en las
parrandas de hombres solos del servicio militar. Pero no hizo falta porque los
más exaltados se escabulleron por una calle lateral o escaparon hacia los
olivares con una pareja conseguida al azar.
Dos horas duró el recorrido siguiendo el perfil del agua por las ribas y el
paseo, pero el aire de fiesta ya se había extinguido antes de que la procesión
hubiera dejado el mar para adentrarse, tras el último recodo de la riba, en el
camino que subía al cementerio. El coche de caballos se retiró entonces y
siguieron los más allegados hasta el terreno, junto a la tapia del cementerio,
adquirido aquella misma tarde y pagado entre todos a Romeu de Casas Altas,
que les esperaba con el hoyo abierto en la tierra para colaborar con su trabajo
a la aportación general.
El cielo se había serenado y en la gélida atmósfera de aquella noche
estrellada, Paramio fue enterrado sin preces ni bendiciones, cubierto el féretro
de unas ramas de romero escuálido por el frío y la humedad, que las mujeres
habían rescatado de la nieve, antes de echar la primera paletada de tierra.
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Heridos por la emoción y la contundencia del ruido del ataúd al chocar contra
el fondo del foso y por la lluvia de tierra húmeda que acabó cubriendo la caja,
los presentes olvidaron la fiesta improvisada, apagaron velas y antorchas y
descendieron en silencio hacia sus casas con más cuidado que durante el día
porque la noche había helado la nieve que el calor del sol había convertido en
agua.
A las dos horas la normalidad había vuelto al pueblo, a los dos días se
había reducido el grueso de la nieve y a las pocas semanas habían
desaparecido de los rincones los sucios ventisqueros, y la tramontana había
secado los barrizales y convertido en polvo el lodo que había enfangado las
aceras y los poyos. Tras la normalidad perecieron por las heladas centenares
de olivos que en márgenes de piedra seca cubrían los montes que rodeaban el
pueblo por todos sus flancos excepto por el mar, sembrando el desconcierto
entre la población y ocasionando la pérdida de una industria que ya no
volvería a renacer. Se incorporaron de nuevo los hombres al trabajo y las
mujeres al confesionario a calmar con su arrepentimiento la irritación del
mosén, que en aquella hora memorable se había repuesto del ataque
provocado por la iniquidad de sus feligreses con la tisana de la beata. Pero
nada impidió que desde la misma noche del entierro hasta el día de Reyes, el
Café del Pósito se llenara de parroquianos ávidos de jugarse unas monedas a
la Quina. El número 24 se inauguró con una nueva apostilla que había de
incorporarse a las modalidades del juego y formar parte de ellas durante
generaciones: «el 24, la noche de Paramio Pont». La cantaba Santiso, el
dueño del café, sin temblarle la voz ni buscar complicidad, cada vez que salía
la bola, como habrían de cantarla años después su hijo y su nieto, aun sin
recordar la historia que le había dado su significado inicial. Al propio Santiso
se le había ocurrido la misma noche del entierro, apenas una hora después de
que Camila, oculta entre las sombras que habían dejado las antorchas
apagadas, se escurriera arrimada al muro del cementerio hasta arrodillarse
sobre la gran piedra gris que cubría la tumba de Paramio, se santiguara varias
veces y vertiera unas lágrimas contritas y precipitadas antes de atender a la
voz que la llamaba desde la moto en marcha, a la vuelta del camino, y
montada en el asiento trasero desapareciera para siempre del pueblo blanco
junto al mar sin llevarse ni la bolsa de sus pertenencias, ni la conciencia
exacta y clara de lo que había ocurrido, ni aquel collar de coral que le había
sido destinado y que permanecería inalterable en el bolsillo de Paramio
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mucho tiempo después de que su cuerpo se hubiera fundido con el polvo y se
perdieran en el torbellino de olvidos los hechos que lo habían forzado a
abandonar antes de tiempo el pueblo donde había nacido y vivido, el lugar
más hermoso de la tierra.
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El guerrillero
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Ni al final de su larga vida pudo recordar cuándo ni cómo había
comenzado ese sueño, porque la primera memoria que de él tenía arrastraba
consigo otras más antiguas que se diluían en los años de la infancia donde la
reminiscencia y el hambre, la percepción y el pánico, se mezclaban en un
magma imposible de desenmarañar y de recuperar.
De aquella primera vez recordaba la voz de su abuela —levanta, levanta
ya—, y a la altura de los ojos el estampado de su falda que se fundía aún con
el grosero capote de los soldados del sueño. Había sido ella la que al
zarandearlo había interrumpido su calvario: avanzaban los tres por el largo
pasillo flanqueado de celdas tras cuyos ventanucos de barrotes, lo sabía sin
necesidad de volver la vista, palpitaban inmóviles los ojos de otros
condenados que encadenaban sus miradas en los límites de la angosta visión
de la mirilla para escoltar su espanto al ritmo impávido de las botas de los dos
soldados. Un paso, otro paso, otro paso, cada vez estaba más cerca la puerta
de hierro tras la cual, bien lo sabía también sin haberla franqueado jamás, el
patio defendido por altos muros de alambrada escondía en la tiniebla el
pelotón de ejecución. Había sido condenado a muerte, y en ese patio sin garita
ni reflector había de cumplirse la sentencia.
Nunca supo si en el sueño él era un niño o un adulto. No había logrado
descubrirlo entonces ni ahora al cabo de los años, ni ninguna de las veces que
a lo largo de su vida, tras despertarlo no la voz de la abuela, sino un portazo,
un trueno, la sacudida de su mujer, el llanto de un niño, un bocinazo o su eco
convertido en golpe de silencio en la quietud de la noche, buscaba el
interruptor desplazando al extremo de la mano el valor que le quedaba para
que la luz detuviera el temblor y el sudor, y la aparición de su dormitorio
desbaratara la angustia que había dejado en su cuerpo el camino hacia la
muerte, más lacerante aún que el inexorable final que lo esperaba al extremo
del pasillo.
Pero niño, adulto o anciano, nada había alterado el color de las paredes o
el grosor de las rejas. Ni jamás, en los ochenta años de su vida, se había
oscurecido o aclarado la penumbra, ni acelerado la cadencia de los pasos, ni
modificado las sombras oxidadas del portalón. Nada había cambiado como no
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fueran tal vez las botas, las gorras y los tricornios de su escolta. Un día
aparecieron sin capote, otro cambiaron la casaca por la chaqueta, y más tarde
la pelliza por la camisa azul, la guerrera verde, la cazadora. Pero siempre la
bayoneta calada y el abultado correaje habían adornado a esa pareja de la
muerte.
Igualmente premiosa que la primera vez era la marcha, prolongada por un
pánico suspendido en su propio límite, donde la esperanza se desmoronaba
paso a paso frente a la persistencia del terror y ante la evidencia de que esta
vez, contrariamente a las anteriores, nada aparecía en el horizonte de sus
sentidos capaz de despertarlo, más que, quizá, los latidos de su propio corazón
horadándole las entrañas del cerebro.
Incorporado en la cama una vez más, sudoroso, sacudido por un temblor
inmitigable, contaba como podía los pormenores de la pesadilla a su mujer
porque no conocía otro método de ahuyentar la tenebrosa excitación que se
pegaba a su alma como una telaraña viva, ni podía de otro modo afianzarse en
la seguridad del despertar. Igual que antes lo había contado a la abuela, a su
madre, a su padre, igual que más tarde lo contaría a los hijos y a los nietos, y
más tarde aún cuando ya no le quedara sino sentarse en un sillón a leer el
periódico o ver las noticias, a esa anciana —su hija ¿era su hija esa mujer de
pelo blanco?— que le había cubierto con una manta las piernas doloridas e
inertes.
¿Por qué me acosan esas imágenes?, gemía. ¿Por qué a mí, cuyo único
anhelo ha sido y es vivir en paz, y morir en la cama rodeado de mis
descendientes hasta la tercera generación?
Calma, calma, repetía la mujer, calma, calma, habría de repetir su hija, o
su nuera, y más tarde sus nietos, o cualquiera que estuviera con él en ese
despertar que arrastraba el llanto y el miedo a la muerte a plazo fijo de su
sueño.
Era un sueño recurrente, meditaba ahora con la cabeza doblada sobre el
pecho y el periódico caído. Un sueño que nunca lo había dejado en paz más
allá de unas semanas, tal vez unos meses: él, los dos soldados uno a cada
lado, las celdas silenciosas, los pasos resonando en la enrarecida humedad del
pasillo, el portalón a lo lejos, la seguridad cada vez más firme a medida que
avanzaba de que ahora no se trataba de un sueño, de que nada habría de
despertarle, el corazón precipitándose, la angustia, el terror, esta vez sí, esta
vez es cierto… y de nuevo sentado en la cama buscando el interruptor.
No eres un guerrillero condenado a muerte, deja de pensar en eso, le había
dicho mil veces su mujer al verlo tan pálido y oírlo jadear con las lágrimas
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aflorándole a los ojos. No eres un guerrillero ni luchaste contra los franceses,
no le hagas caso a ese hombre.
Si lo sabía, sabía que no era un guerrillero, aunque se lo hubiera
diagnosticado hacía años aquel fanático de la transmigración de las almas. No
podía ser cierto que hubiera sido detenido por los franceses en una emboscada
ni que con los ojos vendados hubiera sido fusilado al amanecer contra una
roca desnuda en las estribaciones de una sierra que siglo y medio más tarde
volvería a ser tierra de maquis. El sueño, le había dicho el doctrinario, era una
prueba, una repetición del inalterable pasmo, dolor y angustia de estar frente a
la muerte, una angustia que desprendida de su alma tal vez por el estruendo de
la descarga, vagaba rondándolo una y otra vez para encontrar su lugar
definitivo en el ser y en la historia que lo habían hecho posible. Y había
añadido, nuestros sueños no son sino reflejos de vidas anteriores, avisos que
apenas sabemos leer.
Pero ¿de qué me avisan? ¿Cómo voy a ser un guerrillero, cómo puedo
haberlo sido alguna vez si no hay en el mundo hombre más pacífico que yo, si
vivo al margen de la vida pública y no tengo más realidad que la de mi trabajo
y mi familia, si ni siquiera pude discernir durante la guerra civil cuál de las
dos facciones había enviado a aquellos zarrapastrosos a fusilarme en el mismo
patio de siempre?
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El soldado de su derecha abrió el portalón. Chirriaron los goznes y a la
primera luz del alba se destacó en las sombras del patio el pelotón de
fusilamiento que le había sido destinado desde siempre. Traspasó el umbral y
lo sacudió aún un bandazo de terror que se agolpó en su pecho y le llenó la
boca. En aquel momento el otro soldado le vendó los ojos con un pañuelo
negro que lo sumió en la tiniebla y le impidió ver a sus hijos, nietos y
biznietos que agrupados alrededor de la cama asistían expectantes a su
agonía.
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Introbio at altare Dei…
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A Uffe Harder
Desgranaban entre todas los salmos que habían ensayado para este
momento, tantas veces como yo lo había imaginado, antes de dormir, al
despertarme y en la etérea realidad del estado de fervor y exaltación que
durante las semanas de preparación a mi primera comunión me había tenido
flotando en una nube de apetencias y reminiscencias espirituales, ajena a los
libros, los deberes y los juegos.
La bóveda de la capilla parecía aquella mañana más alta, más estilizada,
como si quisiera ella también elevarse hacia el Altísimo. Los vitrales tenían
una claridad diáfana de luz matutina de la que carecían los demás días cuando
entrábamos a rezar las oraciones de la mañana casi al amanecer, y el rosetón
de la fachada había transformado la luz cenicienta de los días laborables en el
esplendor iridiscente de una fiesta. El aire olía a incienso y al aroma de los
nardos y la flor de azahar, y yo avanzaba por la nave principal vestida de
blanco, con un cirio en la mano y una corona de flores en la cabeza, segura de
que, como me había dicho sor Alba mil veces, me encaminaba al altar del
Señor donde me sería dado vivir el día más feliz de mi vida.
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Acababa de cumplir los trece años y hasta cuatro meses antes no sabía de
religión y creencias más que lo que había leído en un libro de texto que mis
hermanos y yo estudiábamos con la precisión de una fórmula geométrica o de
la lista de los reyes de Francia. Mis padres rodaban de ciudad en ciudad y
nosotros tras ellos con una institutriz alemana rígida como un huso, de
métodos escolásticos y polifacética como un renacentista que tenía por misión
y por vocación convertirnos en pequeños seres perfectos capaces el día de
mañana de ser lo que nos propusiéramos gracias al sentido común y a la
sabiduría y disciplina que ella nos habría inculcado desde niños. Pero frau
Astrid murió repentinamente un mediodía de septiembre cuando la
esperábamos para iniciar la lectura de alemán, y nuestros padres, que en aquel
momento tenían que salir en misión a una ciudad lejana y peligrosa y residir
en ella durante casi un año, decidieron internarnos en un colegio de
Barcelona, de donde era mi padre, de monjas a mí y de frailes a mis
hermanos, porque aunque ni ellos ni la familia fueran practicantes en aquellos
tiempos de posguerra no había más colegios en España que los que regentaba
la Santa Madre Iglesia. Un año sólo, ni siquiera un año, decía mi madre
llorando, y luego volveremos a encontrar otra frau Astrid y podremos recorrer
el mundo juntos como hasta ahora. Además, la abuela irá a veros todas las
semanas.
Yo apenas conocía a mi abuela pero al menos, pensaba, era de mi familia,
no como ese ejército de cien internas que jamás había conocido y
probablemente nunca más volvería a ver cuando todo terminara. Durante años
no quise recordar aquellos primeros días en el internado. Las paredes me
parecían lóbregas, la disciplina absurda, las oraciones en común ridículas y
cualquier olor, cualquier recuerdo de mi vida pasada hacía asomar a mis ojos
unas lágrimas que me provocaban dolores insoportables. Pero no habían
pasado tres semanas cuando se suavizó la añoranza de mi madre, de mi padre
y de mis hermanos porque me quedé prendada del canto gregoriano que
ensayábamos todos los días y que comprendía gracias al latín que nos había
enseñado frau Astrid desde niños con eficiencia germánica, y comencé a
dejarme vencer por la estética profunda y misteriosa de unos ritos que yo no
había conocido jamás y que en el nuevo colegio se seguían con fervor y
atención. Todos los días, tras la misa celebrada con el esplendor sencillo pero
solemne de un acto único e irrepetible y un desayuno en el que no se nos
permitía hablar para mantener el recogimiento, mayores y pequeñas
entrábamos en la sala de conferencias donde durante una hora se nos ilustraba
sobre la función de los mitos y los ritos en las distintas religiones, su conexión
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con los procesos de la naturaleza, con las actividades humanas como la
agricultura, la ganadería, la higiene o el ocio, su transformación y asimilación
por la Iglesia católica que los aclaraba, les daba sentido y los relacionaba no
sólo entre sí, sino con otros mitos de otras religiones paralelas en el tiempo.
Esa antropología práctica que vivíamos día a día me subyugó, sobre todo por
su relación con la vida terrenal y por su variedad y riqueza, igual que a las
niñas más pequeñas y a las mayores que por años que hubieran estado en el
internado, decían, nunca se les había repetido un ciclo. Aprendí en clases
especiales y a toda prisa para llegar al nivel de mis condiscípulas, los
acontecimientos que les ocurrieron a los descendientes de nuestros primeros
padres, Adán y Eva, desde el principio de los siglos en una Historia Sagrada
sobriamente ilustrada, que todavía conservo y que tanto me ayudó después a
comprender la pintura iconográfica de toda la historia de Europa donde leí
embelesada una y otra vez las parábolas de los evangelios que configuraron
buena parte de mi esqueleto moral. Por las tardes, en cuanto habían terminado
las clases, volvíamos a la sala de conferencias donde, con nuestro cantoral en
mano, ensayábamos los cantos de las partes variables e invariables de la misa
del domingo siguiente. Aprendí a controlar la voz y a ceñirla a esas notas
cuadradas de igual duración que apenas se atrevían a alejarse de las cuatro
líneas en que se había convertido el pentagrama de cinco donde yo había
aprendido música, a adecuarla al timbre y la intensidad de las demás y a
alargar las sílabas finales con tal precisión que podía disminuir el tono de la
voz hasta convertirlo en silencio. No contábamos el paso del tiempo por las
fechas del calendario habitual como los demás mortales, sino por las del año
litúrgico, y con él evolucionaba nuestra devoción, alegrándonos cuando la
liturgia permitía ornamentos azules o rosas en medio de una serie de
penitencia como cuaresma o adviento, entristeciéndonos en las semanas de
dolor, cuando el altar comenzaba por vestirse de morado, desaparecían las
flores y finalmente se cubrían las imágenes con lienzos morados. Los cantos
seguían esa liturgia y acabó pareciéndome lo más natural que el día de la
celebración de un santo mártir se cantara la misa de los mártires y se pusieran
ornamentos rojos, y un confesor tuviera su misa de confesores y sus
ornamentos blancos, y los domingos por las tardes, cuando cansadas de un día
entero de juegos y lecturas, íbamos a la capilla a la hora de las vísperas,
recitaba los salmos con la misma atención y arrobamiento con que debió de
cantarlos el rey David. Con los mismos que detrás de nosotras cantaban las
novicias, muy jóvenes aún y sin embargo, me decía yo, tan devotas, tan
dedicadas, tan conscientes, tan entregadas a la vida litúrgica que predominaba
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en ese centro y que, todo parecía indicar, había venido a sustituir la
gazmoñería moral al uso en aquellos años, de la que nosotras apenas teníamos
noticia.
Tal vez por eso no me extrañó que me prepararan para recibir la primera
comunión ya que a la edad que tenía no podía permanecer un minuto más
alejada de un sacramento que mis condiscípulas habían recibido cinco o seis
años antes. Mi abuela asintió complacida a los preparativos y a la ceremonia y
tras tres meses de intenso estudio y meditación, se fijó el sábado, día 2 de
febrero de aquel año de gracia de 1952, en que se celebraba la Purificación de
la Bienaventurada Virgen María, es decir, la Presentación del Niño Jesús en el
Templo. A sor Alba le pareció una fiesta muy adecuada, aunque yo no veía
qué relación tenía mi primera comunión con la presentación de Jesús que no
era por aquella época más que un niño, un bebé casi, pero no hubo forma de
cambiarlo porque precisamente el día 6 era miércoles de Ceniza y el 10 la
Dominica de Septuagésima con la que se iniciaba la Cuaresma durante la cual
no habría sido adecuada ninguna celebración. Por otra parte, aunque yo
insistía en que me habría gustado la fiesta de una santa para poder cantar
aquellas hermosas palabras del Gradual de la misa de vírgenes no mártires:
Specie tua et pulchritudine tua intende, prospere procede, et regna… «Con tu
esplendor y gentileza, camina, avanza triunfante y reina…».
Pero a sor Alba no debió parecerle lo más adecuado para la humildad que
se reclamaba de mí y por otra parte aquellos días no había más vírgenes que
las mártires, santa Inés, santa Martina, santa Águeda, santa Dorotea y por lo
tanto los ornamentos del sacerdote y del altar tendrían que ser de color rojo, lo
cual no parecía ser tampoco lo más apropiado para mi primera comunión. El
resto de los santos de aquella semana eran papas, confesores y mártires, san
Juan Crisóstomo, san Juan Damasceno, san Pedro Nolasco, san Francisco de
Sales, san Juan Bosco, san Blas y san Tito, todos hombres y casi todos
obispos, así que me quedé con la Purificación.
Introibo at altare Dei. At Deum qui laetificat juventutem meam. Adjutorum nostrum
in nomine Domine. Qui fecit coelun et terram. «Entraré en el altar de Dios, al Dios
que alegra mi juventud. Nuestra salvación está en el nombre del Señor. Que hizo el
cielo y la tierra».
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que hoy me correspondía ocupar. Los ornamentos del altar eran, como
correspondía, blancos, como blanca era la cortina tras el altar, blanco el velo
que cubría el sagrario, blancas también las flores que se intercalaban con los
tres candelabros de cada lado de la cruz.
El sacerdote vestía también casulla blanca y capa pluvial blanca con
bordados en oro, que se abrochaba sobre el pecho. A su lado, dos monaguillos
vestidos con albas blancas sostenían uno el incensario y el otro la cruz que
había abierto su camino de entrada al atrio.
Cesaron los cantos y yo levanté la cabeza. Sobre mí la cúpula del
presbiterio estaba iluminada por dos grandes lámparas de cobre y al frente, en
lo alto, una Virgen con el Niño en brazos, policromada, presidía la ceremonia.
Sólo se oía el ruido del incensario al chocar contra la cadenilla que
balanceaba el monaguillo, y el aire estaba saturado del denso aroma del
incienso; el silencio súbito me elevó a un estado de beatitud superior aún al
que había conseguido con los cánticos y el olor de los nardos, y creció en mí
el sentimiento de ser el centro absoluto de aquella magna fiesta celestial, sin
lograr desprenderme de la sensación lujuriante que me envolvía, y que
efectivamente me llevaba camino de que aquél fuera el día más feliz de mi
vida.
El sacerdote se despojó de la capa pluvial y se dispuso a comenzar la
misa.
Seguí con la máxima atención el rezo del
Confiteor Deo Omnipotenti. «Yo pecador me confieso a Dios Todopoderoso, a la
bienaventurada Virgen María, al bienaventurado san Miguel Arcángel…».
Ante mí desfilaban ahora todos los santos cuya historia tan bien conocía, y
me invadía de nuevo un profundo sentimiento de contrición no por los
pecados que no había cometido sino por no haberlos conocido antes, por no
saber de ellos, por haber crecido al margen de sus méritos que habían llenado
ahora el ámbito de toda mi vida. Pasé luego, con el sacerdote al Introito:
Suscepimus Deus misericordiam tuam in medio templi tui… «Hemos recibido, Oh
Dios, tu misericordia en el interior de tu templo…»
para dejarme llevar por la majestad del Kirie en aquella versión de la misa
Fons Bonitatis que se había elegido para la ocasión.
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Vino después el canto del
Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis. Laudamos te.
Benedicimus te. Adoramus te. Glorificamus te. «Gloria a Dios en las alturas. Y en la
tierra paz a los hombres de buena voluntad. Te alabamos. Te bendecimos. Te
adoramos. Te glorificamos…»
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La mirada más lacerante, la última antes de la Comunión, me la dirigió
desde el punto en que se situó para echar incienso a los fieles y dar la entrada
al Sanctus, Sanctus, Sanctus. Cantaba el coro:
… Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni
militia caelestis exercitus, hymnum gloriae tuae canimus sine fine dicentes. «Y por
esto con los Ángeles y los Arcángeles y los Tronos y las Dominaciones y con toda la
milicia del ejército celestial cantemos el himno de tu gloria, diciendo sin fin: … ».
Estaba apenas a dos metros de mí, dos escalones más arriba, y de cara a
todos los asistentes. Aun así, no movió los ojos de los míos mientras el coro
estallaba en una alabanza al Señor:
Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt coeli et terra gloria
tua. Hosanna in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini. Hosanna in
excelsis. «Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos. Llenos están los cielos y
la tierra de tu gloria. Hosana en las alturas. Bendito sea el que viene en el nombre del
Señor. Hosana en las alturas».
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Y me encontré de pronto con el sacerdote ante mí, flanqueado por los dos
monaguillos, el mío sosteniendo en la mano la patena, acercándola a mi
barbilla sin dejar de mirarme. Creí desfallecer.
Junté las manos, cerré los ojos y abrí la boca porque sabía que esto es lo
que había que hacer, pero no me habría parecido más escabroso ni más
voluptuoso ni me habría sonrojado más de haberme obligado alguien a
desnudarme por completo en el atrio de la capilla, ahora que por primera vez
tenía conciencia de mi cuerpo.
Me abandoné a aquel instante echando hacia atrás la cabeza y sacando la
lengua sin saber a quién la ofrecía o me ofrecía y sin querer saberlo tampoco.
El coro comenzó a entonar el Pangue Lingua y me pareció que ahora, con los
ojos cerrados, el aroma de los nardos era más intenso aún. El sacerdote
comenzó a recitar las palabras mágicas tras las cuales llegaría la hostia a mí,
el momento que tantas veces me habían descrito y por el que yo tanto había
suspirado:
Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam. Amén.
«El cuerpo de nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna. Amén».
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Ite, Missa est Id, la Misa ha terminado
Deo gratias Demos gracias a Dios
Benedicamus Domino Bendigamos al Señor
Deo gratias Demos gracias a Dios
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comida y de la cena, y llegara de una vez el sueño y tras él de nuevo la misa.
Así, sin que yo me diera cuenta, acabó el invierno y llegó la primavera. Los
días eran más largos y por las noches, después de cenar, salíamos al recreo al
jardín aprovechando las últimas luces pálidas del día que daban a nuestras
voces una sonoridad distinta, menos estridente tal vez, de la que tenían bajo el
sol de mediodía. Una noche se me rompió la suela del zapato mientras jugaba
en el patio y sor Águeda, que nos vigilaba, me dio permiso para ir a
cambiármelos. Ya volvía por el ancho pasillo en forma de codo que unía la
capilla con los comedores, más directo hasta el jardín que el habitual, cuando
oí voces de hombres. Me arrimé al rincón más oscuro porque no nos estaba
permitido circular por aquella parte y dejé que pasaran el sacerdote con sus
cuatro monaguillos charlando y caminando tan deprisa que ni siquiera
encendieron la luz. Pero él me vio, no sé cómo, pero me vio, y cuando
hubieron pasado los demás cerró la puerta del pasillo y se acercó a mí.
Había muy poca luz, sólo la que llegaba en algunas zonas a través de los
cristales esmerilados de la otra puerta, aquélla por la que yo debía salir.
Era la primera vez que estábamos el uno frente al otro, solos como en
nuestros sueños y no sabíamos hacer otra cosa que mirarnos como en la
capilla. Al cabo de un momento él levantó la mano y la puso sobre mi pelo y
poco a poco fue acercando mi cabeza a su boca hasta que sus labios se
posaron sobre los míos y allí los dejó, quietos, ardientes, sin saber él tampoco
qué más había que hacer. Luego se separó de nuevo y volvimos a mirarnos,
pero apenas hubo tiempo de dejar que la vista hiciera, como en la capilla, su
propia labor. Volvió a acercarse y sus labios se pasearon entonces por mi
boca entreabierta al ritmo de mi respiración entrecortada en un recorrido que
no dejamos que se eternizara porque otras voces y otros ámbitos nos
requerían. Nos abrazamos, nos acariciamos con torpeza, con ferocidad,
investigamos con tesón en los rincones más recónditos, sin tiento, llevados
por una impaciencia que había sustituido a la emoción. Nos desabrochamos el
uno al otro, él a mí el delantal, yo a él la camisa, que nos impedían encontrar
ese cuerpo que llevábamos meses enteros deseando sin saberlo, imaginándolo,
sorbiéndolo y tocándolo en las duermevelas de todas las noches y los
amaneceres de aquel invierno y de la primavera que lo siguió, en los que
conocimos el más súbito e intenso despertar de los sentidos.
De pie, medio desnudos en el rincón más alejado del pasillo, nos
internábamos por el camino que nos había abierto ese encuentro, que ni
habíamos preparado ni previsto, pero obsesionados el uno por el otro apenas
sabíamos cómo avanzar. Un ruido lejano vino a alertarnos y recordarnos el
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peligro que corríamos. El terror se apoderó de nosotros. Nos abrochamos
como pudimos mientras nuestras bocas seguían unidas y nuestras lenguas se
enroscaban enloquecidas buscando sin saber cómo, lo que ya no era posible y
todo quedó en un último abrazo, en más besos, en un recorrido final de los
dedos sobre la ropa mientras las voces se acercaban, en las manos juntas una
vez más, la última, y en la puerta que yo cerré tras de mí sollozando y
jadeando aún, exactamente en el momento en que alguien abría la del fondo.
Al día siguiente una externa que apenas conocía se acercó a mí con una
sonrisa de sorna y me entregó un sobre cerrado. Era blanco y muy pequeño, y
contenía un papel doblado varias veces sobre sí mismo. Con una letra tan
desmadejada como debían de ser todavía nuestros cuerpos escribía: «No
pienso más que en ti. No sé lo que me ocurre. No puedo hacer otra cosa que
acordarme de ayer. Te quiero todo lo que se puede querer. Quiero volver a
verte. Dime qué tengo que hacer. Adrián».
Por mucho que yo me emocionara, por más que quisiera abrir una brecha
en el futuro, ya no hubo más tiempo para nosotros. Aquél fue el último día
que lo vi. Mis padres, como si el destino hubiera sabido que se había cerrado
el ciclo de la búsqueda del placer y que a partir de ahora sólo podía existir la
confusión, el miedo, la frustración y el remordimiento, vinieron el domingo
por la tarde a buscarme porque habían sido destinados a otra ciudad de otro
país más septentrional y habían encontrado la sustituta de frau Astrid. Aun
tuve tiempo de escribir un papel como el suyo, doblarlo inútilmente varias
veces y meterlo en un sobre en que le decía a través de la misma externa:
«Han venido a buscarme y me voy a África. Yo también pienso en ti y te
quiero. No te olvidaré. Te encontraré cuando vuelva». Poco más podía añadir
porque sabía que no volvería a España en mucho tiempo, un pensamiento que
me hizo llorar las lágrimas más imparables y amargas de mi adolescencia, que
desconcertaron tanto a las monjas como a mi madre, incapaz de comprender a
qué se debían y descubrir cómo podía consolarme.
En el Camerún entré en la Escuela Americana cerca de la casa donde
vivían mis padres, con una escueta oración por la mañana, de pie en el aula y
con la mano en el corazón, que poco tenía que ver con la misa y sus ritos,
plegarias y ornamentos, donde para retenerla congelé esa dimensión erótica
que para siempre yo había de unir a la espiritualidad, los cantos, los dioses del
mundo y la trascendencia. A partir de entonces y durante mucho tiempo mi
deseo tan concreto se redujo al ámbito de mis duermevelas y de mis
despertares, real y cierto, sin embargo, como había sido el de aquel año de
gracia de 1952, como una bola de fuego que yo sentía en lo más profundo de
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mis entrañas sólo con recordar una mirada, un cambio de miradas, el roce de
la patena bajo la barbilla, tanto o más que sus manos horadando mis pechos a
medio hacer o las mías buscando enloquecidas entre sus piernas para saber
dónde radicaba y en qué consistía realmente, de qué materia estaba hecha, la
diferencia que nos había volcado a uno en la mente obsesionada del otro.
Durante años no pude apartar de mi mente ni de mis sentidos lo que había
sido la fantasía erótica de mi infancia y de mi adolescencia. Y sólo tras varios
intentos frustrados de reconvertir el deseo y situarlo en otro rostro y en otro
cuerpo, a la edad en que muchas mujeres ya han alcanzado la madurez de la
vida sexual, me fue dado un día descubrir que aquella mirada de arcángel de
mi fantasía infantil se iba fundiendo y confundiendo con los ojos, la sonrisa y
el cuerpo del hombre que se inclinaba sobre mí para besarme, y el día que ya
no volvió a aparecer, ni siquiera en el ámbito inconsciente de mis sueños,
acepté compartir con ese hombre el resto de mi vida.
Habían pasado treinta años desde que había dejado el colegio de vida
litúrgica. Yo no había vuelto a Barcelona más que en visitas esporádicas a la
familia porque me había quedado a vivir con mis padres en París, donde había
estudiado y donde más tarde, tras dos matrimonios que acabaron en divorcio,
me instalé con mi nuevo y definitivo amante en un viejo piso del barrio de
l’Etoile, el mismo en el que seguimos viviendo ahora. Pero como no era ajena
a la vida literaria del país que por parte de padre era también la mía, al cabo
de un tiempo tuve noticia de la carrera de Adrián Ravel Pi e incluso me
compré alguna de sus novelas en la Librería Española de París que leí con
cierta emoción a pesar del tiempo transcurrido. Por uno de estos azares a los
que nos somete el destino, también yo me había convertido en novelista, en
francés, aunque mi obra era mucho más limitada y no había conseguido el
éxito de público de la suya ni había sido traducida a tantos idiomas.
Un día, en mayo de 1982, fui invitada a Luxemburgo a una reunión de
escritores de distintos países de Europa. Yo venía de Suecia y en Bruselas
tomé uno de esos pequeños aviones con los asientos de cuero que todavía
hacen el trayecto Bruselas-Luxemburgo o Zurich-Luxemburgo, y me dediqué
a leer el programa del encuentro que había recibido el mismo día de mi
partida de París. Y fue entonces cuando vi su nombre. También él iba a
intervenir representando a España.
Mi primera reacción fue de inquietud. Pero enseguida me tranquilicé y
pensé cuánta ternura habría en nuestro encuentro, cuántas cosas que decirse y
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que contarse, cuánta complicidad a pesar de que ninguno de los dos había
podido conocer jamás el timbre de voz del otro y, sobre todo, a pesar del
tiempo y la distancia que nos habían separado.
Llegué al hotel de Mondorf, a unos kilómetros de Luxemburgo, muy tarde
ya, cuando los escritores congregados debían estar durmiendo. Pero al día
siguiente a primera hora me situé en el fondo de una gran sala de amplios
ventanales donde debía tener lugar la inauguración para poder ver a mi
monaguillo cuando entrara, cómo era ahora, en qué se había convertido, antes
de enfrentarme a él.
Apareció enseguida. Tenía la misma cara celestial aunque había
engordado un poco, no mucho, tal vez era más corpulento y había perdido
aquella esbeltez de sus catorce años, o no había crecido tanto como yo, lo que
le daba un aire más chaparro sin serlo, más fuerte quizá. Tenía los mismos
ojos oscuros, pero llevaba gafas, pequeñas gafas redondas de montura
endeble. Vestía una americana de pana con un cinturón cosido a la espalda,
una camisa de cuadros claros y una corbata de color canela. Y tenía en lugar
de pelo esa especie de pelusilla casi transparente que se les pone en la parte
alta del cráneo a muchos hombres de cuarenta o cuarenta y cinco años. A su
lado, una mujer muy alta, a la que él dedicaba toda su atención, parecía
caminar abriéndose camino entre multitudes entusiastas, aunque nadie le
privaba el paso. Tenía el pelo muy largo pero no lacio, sino que en las puntas
se había tomado la molestia de rizarlo, como las barbies, y llevaba
displicentemente sobre el hombro un chal que le colgaba por delante y por
detrás casi hasta el suelo. Una inutilidad, me dije. No quise reconocer que era
guapa, no lo era, pero tampoco era el horror que yo me empeñaba en ver.
Tenía el cutis blanquecino y tal vez por eso se le notaba mucho el maquillaje
oscuro, pero lo más discordante de su figura eran esas muecas que querían ser
sonrisas y que dedicaba a todos los famosos que se le acercaban. ¿Sería su
mujer? Miré en la lista de invitados a aquel acto, y, efectivamente, Adrián
figuraba con su esposa.
Estaban en la mitad de la sala y al parecer no había asiento libre para los
dos, así que él se dispuso a ir al fondo de la sala a buscar una silla para su
dama. Y allí estaba yo, de pie, viéndolo llegar, con el corazón agitado y
esperando tenerlo cerca para que me viera. Sí, se puso delante de mí y me vio,
estoy segura, y estoy segura de que me reconoció pero pasó por mi lado sin
mantener la mirada, atravesándome como si realmente yo no estuviera allí.
No quise darle importancia y lo achaqué a que efectivamente no me
hubiera visto aunque por otra parte me negaba a creerlo. Me senté unas filas
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detrás de ellos para contemplarlos a mi aire y esperé.
Al poco rato él se levantó y salió de la sala. Lo interpreté como una
invitación a que yo hiciera lo mismo, quién sabe si porque tenía una mujer
celosa o porque por alguna razón relacionada con su capacidad emotiva no
quería saludarme en público. Y aunque se me hacía difícil comprender que
pudieran tenerse celos de lo que había ocurrido a los catorce años o que se
tuviera la cabeza tan fría para ser capaz de no sucumbir a la sorpresa y al
entusiasmo, lo acepté y salí al poco tras él. Seguí el pasillo, llegué al vestíbulo
y descendí las gradas que llevaban a los jardines. El hombre que había
monopolizado mis delirios eróticos durante años estaba en una cabina, junto a
la recepción del hotel, gesticulando, y desde allí, era evidente, había de
verme. Esperé, esperé con pocas ganas, bien es cierto, porque ya comenzaba a
tener la impresión de que me encontraba ante un ser que por mucho que
hubiera deseado no dejaba de ser un cretino, o un miedoso y un amilanado.
Esperé otro poco, me senté en el borde de piedra de un parterre desde
donde de nuevo no tenía más remedio que verme. Al cabo de un buen rato me
levanté porque él seguía hablando y accionando con violencia el otro brazo
sin que ni una sola vez se cruzaran nuestras miradas ni me hiciera el más leve
gesto. Al poco rato colgó, muy irritado, cerró la puerta y se dirigió cabizbajo a
la sala de actos.
No lo podía creer. ¿Qué le ocurre? ¿No tiene siquiera curiosidad? Qué
pretende, ¿que nada ocurrió? ¿No lo recuerda? ¿Cómo no va a recordarlo si la
intensa historia de nuestros amores duró más de cinco meses, día a día, si no
falló ni una sola vez a misa e incluso, lo recuerdo bien, sustituyó a otros
monaguillos durante semanas enteras? ¿Cómo no va a recordarlo? Tenía
catorce años, y los sucesos que se han vivido a esa edad no se olvidan ni en la
vejez, cuando ya la mente es incapaz de retener lo que ha ocurrido unos meses
antes. ¿Cómo puede abjurar así de la propia vida? ¿Tanto miedo le tiene a esa
mujer? O tal vez quiere decirme que es feliz con ella y no quiere
complicaciones. ¿Qué complicaciones? ¿Es que acaso cree que pretendo
hundir su matrimonio? También yo soy feliz, qué tendrá que ver una cosa con
otra. O quizá se avergüenza de mí, una oscura novelista francesa que nadie
conoce en su país. Tal vez no me ha reconocido. No, no puede ser, no he
cambiado tanto, mi cabello sigue siendo del mismo color y sigo peinándome
con la raya en medio y el pelo largo caído a ambos lados, como entonces,
como el día de mi primera comunión. Además, mi nombre viene en el
programa. Si yo lo he visto, si sé que él está aquí, él también tiene que
haberme visto y saber que estoy aquí.
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A la hora de comer esperé a ver si venía a la mesa donde yo estaba, pero
fue en vano. Se puso con su mujer en otra más alejada y se retiraron pronto.
Por la tarde, en el salón de honor, había un acto en el que leía un párrafo
de una de sus novelas históricas, Volver, y haciendo un esfuerzo para no
dejarme llevar del rencor, fui. Cuando acabó, me acerqué a la mesa junto a
otras muchas personas porque era un escritor de éxito y todos querían un
autógrafo o una dedicatoria. Nos miraba por encima del hombro sin dignarse
hablar con nadie, y cuando me tocó el turno apenas pude balbucear el inicio
de las palabras que había preparado porque él, sin darme tiempo a continuar,
sin mirarme siquiera, cogió el programa que yo tenía en la mano, le echó una
firma displicente y se dirigió al que venía detrás de mí.
No volví a los actos del congreso ni aquella noche ni al día siguiente por
la mañana. Me encerré en mi cuarto y preparé el texto que había de leer en la
sesión de tarde del último día. Nunca supe si él había estado entre el público,
porque al acabar salí disparada hacia mi habitación sin ver a nadie, y en
cuanto me desperté a la mañana siguiente me fui al aeropuerto a una hora en
que los famosos escritores debían descansar todavía del acoso a que les
sometían sus admiradores.
Durante semanas enteras no hice otra cosa que pensar en una venganza.
Escribirle para insultarle. O tal vez escribir en forma de novela la historia de
lo que había ocurrido, nuestra historia que yo le dedicaba y que, en mis
megalomaníacas ensoñaciones, cobraba visos de tal extraordinaria calidad que
se vendía por centenares de miles, se traducía a todos los idiomas y caía
finalmente en sus manos y en las de esa mujer que, según mis sospechas, era
la culpable de nuestro desencuentro. De nuevo me calmaba y dejaba en paz a
la mujer que nada tenía que ver con nosotros, e intentaba descubrir qué le
sucede a veces al alma humana para que se comporte tan vilmente. Volvía a
las venganzas sin encontrar ninguna que le doliese como yo quería, como
nada en el mundo le había dolido antes ni le volvería a doler. Muchos días
estuve así, y por más que pensara en ello no lograba comprender cómo había
podido ser tan ruin aquel dulce, romántico, tierno arcángel, portador de la
magia que me había abierto las puertas del placer. Aún ahora, cuando
recuerdo aquellos dos días de Mondorf y se me aparece la imagen de sus
cuarenta y cinco años superpuesta a la de los catorce que llevé incrustada en
el sexo y en el corazón durante tantas horas y que aún permanece viva en mi
memoria, la incomprensión y el desconcierto me impiden fraguar esa
venganza. Me refugio entonces en el pasado y quiero creer que si no soy
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capaz de encontrarla por mí misma, tendrá que ser el Altísimo el que empuñe
una vez más su espada flamígera para castigar al injusto.
Persecuar inimicos meos et comprehendam illos. Confringam illos, nec poterunt
stare: cadent subtus pedes meos… «Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré. Los
venceré y ya no podrán levantarse; bajo mis pies caerán…».
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Preludio
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Juana esperaba impaciente a su marido que había de llegar en coche desde
Barcelona. Habría querido adelantar el momento puesto que de todos modos
nada podía evitarlo. La espera era más desconcertante aún que la presencia
misma.
Se había sentado en una butaca de mimbre ante el ventanal del salón del
hotel y estaba fumando el segundo cigarrillo.
A los pocos minutos un taxi del pueblo se detuvo en la puerta y Andrés
descendió dejando la puerta abierta. Iba ya a entrar al hotel cuando retrocedió
para recoger precipitadamente la bolsa que había olvidado en el asiento. Tenía
la cara ceñuda de siempre, que ella sabía inofensiva.
Le llamó la atención que estuviera más aseado, sin la corbata apretada
como un cinturón o suelta como casi siempre. Acercó la mejilla para que le
diera un beso y lo oyó decir casi excusándose:
—He venido en el tren y he tomado un taxi en la estación.
Ella se levantó y entraron en el comedor del hotel donde los niños
acababan de cenar.
Después, mientras los acostaba y los oía gritar y alborotarse jugando con
su padre, se sintió nerviosa y ausente. Toda aquella paz y alegría y
optimismo, la misma forma serena de contemplar y juzgar su propia vida que
le parecía haber conseguido durante la semana, se habían esfumado, como
cada viernes. Y cuando, uno delante del otro, se sentaron a cenar, la sensación
de soledad y aburrimiento eran tan acuciantes que no podía disimular su
malhumor.
Él comenzó por hablar de lo fastidioso que le había resultado venir en el
tren porque el viaje había durado más de tres horas cuando en realidad en el
coche no habría estado más de una y media.
—Pero en Barcelona la niebla era tan densa que he supuesto que la
carretera estaría intransitable. Mira que venir a este pueblo del interior en
pleno invierno. Sólo se te ocurre a ti.
Ella levantó la vista y lo miró, pero no dijo nada.
—La verdad —añadió él— es que he tenido miedo a un accidente.
Lo miró más fijamente aún y dijo:
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—Sí, ha sido una lástima, porque aquí está haciendo unos días preciosos y
habríamos podido ir de excursión. El sol pica como si fuera el mes de junio.
En fin, ya lo sabes, otra semana…
—Sí, pero… mira, incluso quería llamarte para saber qué tiempo teníais y
luego se me pasó. ¡Qué tonto he sido! El lunes tendré que volver en el tren,
que me aburre a morir. Hay tanto ruido y la gente habla tan alto que ni
siquiera puedo leer.
—Bueno, ya está bien, no lo pienses más.
—Es que he sido tan tonto, y pensar que a quince kilómetros de Barcelona
ya no había niebla. Con lo bien que lo habría pasado en el coche, con la
música, me he comprado varias casetes. Además, te detienes donde quieres,
tomas un café… Es muy distinto. Bueno, ¿me escuchas?
—Sí, sí, es que estaba buscando el pan.
—Como no me mirabas…
—No puedo estar mirándote continuamente.
—No, pero me parecía que no me prestabas atención.
—Sí, continúa, ¿decías?
—Lo del coche, que era una lástima.
—¿No te parece que esto ya está hablado? Podríamos cambiar de tema.
—No sé por qué. Me parece tan natural que un marido le cuente a su
mujer esa clase de cosas… En fin, como quieras. Te contaré lo que hice
durante la semana. He salido cada día…
Y se puso a contarle la película que había visto el lunes.
—Luego estuve cenando en casa de los Cardona. Lo paso tan bien con
ellos, discutimos, hablamos de problemas que nos preocupan a todos, que son
interesantes. Me siento compenetrado con Ricardo. Cuando no estás tú hablo
más desahogadamente. Me he dado cuenta de que me coartas y de que quizá
por esto, muchas veces, cuando estamos los dos entre otras personas apenas
hablo.
—¿Y no te avergüenza dejarte coartar por una mujer diez años más joven
que tú?
—Bueno, no he querido decir coartar.
—Pero lo has dicho.
—Quise decir que si muchas veces no doy mi opinión es porque cada vez
piensas de forma más distinta a la mía y callo para evitar una pelea. En
cambio estoy seguro de que tú lo pasarías bien discutiendo con nosotros. ¿No
te parece? Contesta. No te distraigas cuando te hablo.
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—Pues… no, no creo que pueda divertirme. Tú y Ricardo sólo miráis las
cosas desde vuestro… ¿cómo lo diría?, desde vuestro pedestal de personas
honorables.
Él se sintió molesto.
—¡Ah, sí!, desde la frontera del pueblo elegido. Hoy aún no lo habías
dicho.
—Bueno, no vayamos a reñir. Lo he dicho para poner un ejemplo. Quiero
decir que vosotros habláis de todas las cosas sólo desde vuestro punto de vista
y no tenéis en cuenta el de los demás, no sólo porque no os enteráis, sino
porque ni siquiera imagináis que pueda existir. Os creéis conocer la vida y
ponéis ejemplos que os parecen incontrovertibles para explicar situaciones
que en realidad no son más que lugares comunes.
Andrés se pasó los dedos por el interior del cuello de la camisa.
—No sé por qué siempre tienes que acabar insultando.
—Si no insulto. Tú me preguntas y yo contesto.
—Y tú, que tanto hablas de la vida, ¿qué conoces de ella?, ¿cuándo la has
conocido?
No se lo iba a decir.
—Yo no conozco más que vosotros, pero sé y acepto que existe mucho
más y por este solo hecho mi visión es más amplia. Creéis que todo se reduce
a vuestra forma de pensar, como los caballos que no pueden mirar más que al
frente. Y perdona. Además, yo no he vivido en vuestro mundo lleno de
buenas personas y de buenas intenciones, vengo casi del arroyo, como sabes,
y he visto de cerca más vidas distintas y he aceptado como normales lo que
para vosotros no es sino una excepción. Sí, sí, no me mires así, es la verdad.
Podía hablar mucho más, lo deseaba incluso, pero se dio cuenta de que
estaba hablando sola:
—Di algo, por favor —pidió ahora ella.
—No se me ocurre nada —respondió compungido él—. Me cortas y no sé
qué decir.
—¿Así es como lo pasas en grande discutiendo con Ricardo?
—Aquello es distinto porque siempre estamos de acuerdo.
Se dio cuenta de que acababa de decir una tontería, pero ya era tarde.
—¡Pues sí que tiene interés! Claro, los dos diciendo lo mismo, sacándoos
las palabras de la boca. No me extraña que estéis compenetrados. Y
seguramente hablaríais de temas de la «vida». Una vida que no conocéis más
que por el forro, de siete a nueve. Y si por lo menos aprovecharais esas dos
horas. Si ni siquiera sabéis leer lo que tenéis delante, ¿cómo queréis conocer
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lo que os es ajeno? Tú, por ejemplo: si en estos cinco años he tenido
angustias, dudas, he pasado épocas de depresión, de desconcierto o de lo que
sea, ni siquiera te has dado cuenta. Ha sido necesario que alguien o yo misma
te lo contara. Si vives a mi lado sin verme, ¿quieres hacerme creer que puedes
entender a los demás, mucho más lejanos que yo?
No podía parar. Era consciente de que mezclaba ideas absurdas, serias,
infantiles, y aunque las exponía y encadenaba con habilidad y orden carecían
de consistencia.
Él se había acostumbrado a los discursos de su mujer y cada vez le
interesaba menos descifrarlos y ver lo que detrás de ellos se escondía. Estaba
seguro de que no eran sino la demostración de una irritabilidad que no podía
comprender de donde procedía. Y ella continuaba con seguridad porque sabía
que, dijera lo que dijera su marido, sería ella la que dijera la última palabra.
Cuando estaba así, podía torcer la conversación por donde le interesara y era
capaz de defender o atacar un mismo argumento si esto le convenía. Sin
embargo, cuando le pareció haberlo dicho todo, estaba nerviosa y excitada.
—Bien, ¿ya has terminado? Te pones como una fiera por cualquier
insignificancia. No sé cómo estás. Deberías cuidarte, el médico ya te lo ha
dicho mil veces.
Fue a defenderse, a decir que nada tiene que ver una cosa con otra, pero se
dio cuenta de que no le habían dado motivos para ponerse de aquella forma. Y
se calló. Si sabía que no cambiaría a su marido, que tal vez ni siquiera tenía
interés en ello, ¿por qué se pasaba la cena en acaloradas y ridículas
disertaciones?
Para él aquello había pasado y seguía contando lo que hizo durante la
semana.
—Por cierto, el lunes vinieron a cobrar una factura de un crédito de libros.
Creí que ya lo habías arreglado.
—No pude. Ya te he contado mil veces que cuando me dijiste que me
diera de baja, ya estaban los libros entregados y dos cuotas pagadas. Entonces
no pude volverme atrás y lo continuó pagando mi hermano. Ahora que él se
ha ido, han vuelto a cobrármelo a mí.
—Y los libros, ¿dónde están?
—Ya te dije la semana pasada cuáles eran.
—Deberías tener más cuidado. Me paso la vida pagando facturas, ahora
son los libros, después otra cosa, después otra. Muchas veces procuro ahorrar
no yendo al cine, y luego, con cualquier cosa tuya, se marcha tontamente el
dinero.
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Cuando vio que su marido se sacaba las espinas de pescado de la boca con
los dos dedos grasientos y una uña sucia, olvidó que un minuto antes se había
dicho que callaría.
—Decir que no vas al cine cuando me acabas de contar que esta semana
has salido cada noche y que te has comprado no sé cuántas cintas para el
coche. Y que pagas facturas, pues ¿qué creías? ¿Que viviríamos del aire del
cielo? Si no tuvieras dinero aún, pero por tacañería… ¿Qué es lo que yo
gasto? No te pido nada para no oírte gruñir. Es posible que yo tenga la
obligación de mirar por tu cuenta bancaria, pero tú tienes la de traer a casa el
dinero suficiente.
Estaba agobiada, se sabía ridícula, pero no podía detener sus palabras y
mostrar todo el coraje que le producían las de su marido. No obstante, a nada
le conduciría portarse de este modo y sólo conseguiría malestar.
—Siento haber dicho todo esto en la forma en que lo he dicho.
Subieron silenciosos a la habitación y se echó en la cama. Esta noche
Andrés dormiría en la habitación contigua y al día siguiente se cambiarían los
dos a la doble que había del otro lado de la de los niños.
Él se sentó a los pies de la cama sin saber qué decir. Buscaba un tema de
conversación.
—Estoy inquieto por el niño. Lo he oído toser un par de veces.
—Está un poco acatarrado, pero no tiene mayor importancia. Simple
carraspera.
—¿Estás segura? ¿De verdad no tiene nada?
—No, ya te lo he dicho.
—¿No ha tosido en todo el día?
—¿No te digo que no?
—Podrías decírmelo para tranquilizarme.
—¿Cómo puede ocurrírsete tal cosa? Si tosiera, te lo habría dicho la
primera vez. Pero no tose, ¿te enteras?
—¿Seguro?
—Claro que seguro. ¿O es que me lo vas a preguntar una docena de
veces? Que si tose, que si no tose, de verdad, de mentira. Me pones nerviosa.
—Ya lo estabas.
—Es posible, pero en todo caso me has puesto tú.
—Estás insoportable. No puedo decirte nada que no te ponga fuera de
quicio, contestas mal, pierdes la paciencia.
—Puedes no decirme las cosas tantas veces. Todo lo repites hasta lograr
que me enfade. Cada viernes nos pasa igual. No digo que la culpa sea tuya.
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Pero a mí no me pasa con nadie más.
Hablaron, discutieron. Él daba la culpa al mal carácter de ella y ella decía
que le irritaba tanta repetición. Se iba acalorando. Comenzó a llorar.
—Vete, vete, por favor.
Él se fue cerrando la puerta con cuidado y sin decir una palabra.
Ella se levantó y llorando todavía comenzó a desnudarse. Seguía llorando
cuando se lavó los dientes y la cara. Y luego lloró más y más sin contenerse,
forzándose incluso, como si quisiera echar de una vez todas aquellas lágrimas
que, sin saber por qué, había acumulado.
Sí, sí, lo sé, soy una llorona, pero lo odio, lo detesto, no puedo soportarlo,
me molesta tenerlo delante. Y no sé qué hacer, a dónde ir, cómo acabar esta
historia.
Se lo repetía casi con placer, el placer de llorar con más ganas.
Se metió en la cama.
No puedo estar llorando de esta forma, no soluciono nada y mañana
tendré los ojos irritados.
Al poco llamaron a la puerta. Era él.
—Ya sé que esto no responde a una buena táctica pero no puedo dejarte
así. Sé que debería ser más fuerte, hacerme valer más…
Procuró ser amable.
—Ya pasó, no pensemos más en ello.
—No quería venir. Si tuviera más voluntad…
—Por favor, déjalo ya.
—Si yo fuera más fuerte a lo mejor serías tú la que vinieras a mí. O quizás
no. Eres tan extraña que igual reaccionas de otra forma a la que es habitual y
te quedas tan fresca. El caso es que sé ser fuerte algunas veces. Entonces, ¿por
qué habré venido? ¿Tú por qué crees?
Fuerte, fuerte, fuerte. Comenzaba a perder la paciencia otra vez. Pero
ahora no iba a enfadarse.
—¿No dices que tú sí me quieres?
—Yo ya no sé si te quiero o no.
—Entonces yo tampoco sé por qué has venido. Pero da igual. Es ya muy
tarde, los niños se despertarán pronto, y tú tendrás sueño.
—No, no, si no es más que la una y ayer me acosté temprano. Pero oye, si
yo fuera más displicente contigo, si te demostrara más indiferencia, en fin, si
fuera más fuerte…
Ella escondió la cara en la almohada.
—Buenas noches, que descanses.
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Él no comprendía.
—¿Qué te ha dado así de repente?… Si no quieres contestarme… Hasta
mañana.
Y salió.
No lloró más. Apagó la luz y cerró los ojos. A los pocos minutos dormía.
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Los funerales de la esperanza
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Dicen que he perdido la memoria. Dicen que siempre fui una mujer
trastornada y melancólica y que ahora, además, me estoy convirtiendo en una
vieja chiflada. Es posible que así sea, no lo sé, pero no es cierto que haya
perdido la memoria. También dicen que los viejos sólo recordamos lo que
ocurrió hace muchos años, cuando éramos jóvenes o niños, y olvidamos lo
que ocurrió la semana pasada o hace un mes. Eso creen y yo dejo que lo
crean, pero me acuerdo muy bien del día del mes de febrero de este mismo
año, no hace ni tres meses, cuando Marisol y su marido vinieron a buscarnos
a casa y nos trajeron a este sanatorio. Nos dijeron que no era un sanatorio sino
una casa de reposo donde nos atenderían y nos cuidarían porque estábamos
enfermos. Él sí estaba enfermo, muy enfermo, llevaba tantos meses en cama
que tenía el cuerpo lleno de llagas y había perdido la voz de tanto gritar. ¡Dios
mío, qué gritos daba! Si lo habré oído yo gritar toda la vida, pero en estos
últimos tiempos se desgañitaba tanto que perdía la voz. Ahora ya casi ni se lo
oye porque está perdiendo fuerzas, eso al menos me parece cuando me llevan
a verlo los domingos a la enfermería de los hombres, del otro lado del
edificio. Todavía intenta hablar pero cada vez menos, quizá porque ya va
entrando en la agonía, no sé. Creo que morirá, esta vez sí morirá, está tan
delgado que apenas abulta bajo las sábanas, tiene la cara como una calavera
cubierta de pellejo y ya no le queda carne en los brazos. Pero yo no, yo no
estoy enferma. Que yo recuerde nunca he tenido una gripe, ni me he sentido
sin fuerzas, y eso que sigo tan menuda y tan delgada como cuando me casé
hace ya cincuenta y seis años, cincuenta y seis, claro que me acuerdo. Lo que
ocurrió, aunque no querían que lo supiéramos, es que el administrador de la
casa decidió prescindir de la portería, y ellos, Marisol y su marido, no tenían
más remedio que buscarnos algún lugar donde vivir. Por eso dijeron que
estábamos enfermos los dos y nos trajeron aquí. Y por eso cuando hablan
delante de mí, hablan como si fuera sorda, más aún, como si hubiera perdido
la memoria y también el entendimiento, igual que las personas que están en
esta especie de manicomio. Pero son ellos los que no tienen memoria porque
dicen que no hablo y en realidad yo nunca he hablado, nunca, desde que me
casé. Respondía cuando me preguntaban, eso sí, con gestos e incluso a veces
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con palabras, pero ahora ni eso. ¿Para qué? ¿De qué sirve hablar? Hacen lo
que quieren de todos modos. Cuando era pequeña y hablaba más de la cuenta,
o gritaba, mi padre me hacía callar con una bofetada. Eran tiempos difíciles,
ya lo sé, bombardeos y hambre, miedo y más hambre, siempre hambre. El día
que lo despidieron de la fábrica me dio tan fuerte que comenzó a salirme
sangre a chorros de la nariz. Mi madre estaba más asustada que yo, pero no le
dijo nada, y yo desde entonces comencé a callar porque me entró el miedo. El
mismo miedo que tuve después, el día que apareció el legionario que se había
instalado en la pensión del primer piso de la casa del Portal del Ángel donde
mi madre era la portera. Lo habíamos visto por primera vez cuando los
nacionales entraron en Barcelona, un día de enero recuerdo que era, de 1939,
sí, un día de mucho frío, y ya no se había movido de allí. Entraba y salía
vestido de uniforme sin que nadie supiera lo que hacía ni a dónde iba. Mi
padre nos había prohibido ir a la calle hasta que las cosas se calmaran, pero
era por miedo, el que tenía miedo entonces era él. Y mi madre también. No
había más que verlos. Mi madre lloraba junto a la puertecita cristalera que
daba a la entrada desde donde podía verse la calle llena de gente, sobre todo
de militares, pero no eran como los de antes, los que hacía apenas una semana
se habían ido. Mi padre tenía miedo porque pertenecía al sindicato y todos sus
compañeros habían huido. Y él sin saber qué hacer decidió quedarse en
Barcelona donde, dijo, tal vez no encuentre trabajo pero nadie nos va a quitar
la portería.
—¿Y si te llevan preso? —preguntó mi madre sin dejar de llorar.
—No pueden llevarnos a todos presos.
Pero a los pocos días fueron a buscarlo, aunque no supimos que estaba
preso hasta al cabo de dos meses, cuando le comunicaron a mi madre que lo
habían condenado a veinte años de trabajos forzados en el penal de Ocaña por
actividades subversivas contra la patria, creo que dijeron, de esto la verdad no
me acuerdo demasiado.
Yo era muy joven entonces, tenía solamente dieciséis años, diecisiete
cumplí en agosto de aquel año, y cuando vino el legionario, bueno, no era
legionario, pero así lo llamaban en el barrio porque tenía los andares de un
legionario, decían, y caminaba como si la calle fuera tierra conquistada, pues
cuando vino, mi madre me dijo que me fuera a la cocina, que quería hablar a
solas con ese señor en el comedor. Desde que mi padre se había ido mi madre
siempre tenía en la mano un pañuelo hecho una bola con el que se estrujaba
los ojos, pero ese día no lloraba sino que se le había puesto la cara triste y
asustada como yo nunca no le había visto antes.
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—Ve, hija, ya te llamaremos.
La cocina era un cuchitril con una ventana al patio oscuro, un fogón y una
pila para fregar los platos, una alacena vacía y una pequeña mesa de madera
desgastada que mi madre fregaba con estropajo y arena. No podía sentarme
porque no había silla, ni irme a mi cuarto porque tenía que pasar por el
comedor.
Al cabo de una hora o quizá más, mi madre abrió la puerta y frotándose
los ojos con la bola blanca del pañuelo que tenía en la mano, dijo:
—Ven, Julita. —Nunca antes me había llamado Julita—. Ven, Julita. Este
señor tan amable nos invita a dar un paseo el domingo por la tarde.
—Adiós, señora —alzó la voz tras ella el legionario—. Lo dicho, las
recogeré a las cuatro de la tarde. —Dio un golpe en el suelo con el tacón y se
fue sin esperar a que le abriéramos la puerta. Tras el portazo, mi madre se
sentó en la silla del comedor y comenzó a llorar.
—Se llama Claudino López del Moral y es teniente o algo así —dijo entre
hipos y sollozos.
Yo no entendí por qué lloraba hasta que por la noche en su cama, donde
yo dormía con ella desde que se habían llevado preso a mi padre, me enteré
de que el legionario había dicho a mi madre que a toda costa quería casarse
conmigo, aunque nunca supe de qué otras cosas habían hablado durante
aquella hora tan larga, y mi madre sin dejarme preguntar ni darme más
explicaciones añadió, sorbiéndose los mocos y las lágrimas, que el legionario,
que no era un legionario sino un teniente, le había prometido a cambio, bien,
no a cambio pero dijo que siempre sería una seguridad para nosotras, a
cambio pues, que haría todo lo posible para que se redujera la condena de mi
padre. Además, prosiguió mi madre, con él no habría de faltarnos de nada
porque tenía un amigo en Abastos y nos conseguiría las cartillas de
racionamiento que nos habían negado hasta la fecha. No lo dijo, pero yo leí en
su mirada suplicante que se habrían acabado para nosotras el hambre y la
miseria.
Me casé con el legionario el 29 de junio, el día de San Pedro, de aquel
mismo año. Se empeñó en que fuera ese día porque era el santo patrón de su
padre que había muerto en la Cruzada y por lo tanto no podría asistir. Su
madre vino del pueblo, en la provincia de Burgos, y se puso peineta y
mantilla para la ceremonia que se celebró en Santa Ana, la parroquia que nos
habían adjudicado. Éramos muy pocos porque mi madre no quiso decírselo a
nadie, ni siquiera a la familia y a los vecinos, aunque ya lo sabían. Yo llevaba
un traje de seda de color rosa de mi madre, que ella misma me había
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arreglado porque yo estaba muy delgadita, y una mantilla blanca que también
había sido suya porque así lo quería el legionario.
—Deja de llamarlo el legionario —decía mi madre cuando estábamos
solas—. Vas a casarte con él, es un hombre bueno que nos trae pan blanco y
azúcar y garbanzos y hasta de vez en cuando un pedazo de carne.
Pero para mí fue siempre el legionario aunque nunca me habría atrevido a
llamarlo así. De hecho, si lo pienso bien, no creo que lo haya llamado nunca
de ninguna manera desde que lo conozco.
El día de la boda apenas nos habíamos visto más que los dos o tres
domingos en que vino a buscarnos para dar un paseo por las Ramblas, otro día
que nos invitó a las golondrinas del puerto con un pase que le había dado un
amigo, y cuando por las tardes venía a tomar el café que mi madre preparaba
con aquella especie de malta que él nos había traído. Pero nunca me hablaba a
mí, sólo a mi madre, como si yo no estuviera. A mí me inspiraba respeto el
legionario, porque era un señor de treinta años, y un poco de miedo también
cuando se quitaba las gafas de sol, entornaba los párpados, me miraba y hacía
una mueca, como una media sonrisa que le quedaba fija en la cara. Luego se
ponía a hablar sin quitarme los ojos de encima y a repasarme de arriba abajo,
lo que me ponía nerviosa a mí y también a mi madre que siempre buscaba
algo que hacer para olvidarse de él y de su mirada. Tenía una voz un poco
chillona, era alto y rollizo, y con el tiempo engordó de forma desmesurada.
Lo que son las cosas, Dios santo, para acabar como ahora convertido en un
pellejo. Pero entonces estaba tan orondo que los botones de la guerrera
siempre parecía que iban a estallarle, llevaba un bigotito largo y fino como
una línea negra sobre el labio superior y casi siempre calzaba botas negras.
Mi madre nos cedió su habitación y ella se trasladó a la más pequeña que
había sido la mía porque él le había comunicado que se quedaría a vivir con
nosotras. El día antes de la boda trasladó sus ropas desde el primer piso de la
pensión hasta nuestro semisótano y mi madre sacó del armario ropero el traje
de mi padre y otras ropas suyas, que puso llorando en un baúl debajo de su
cama como si ya se hubiera muerto.
En la boda éramos sólo siete. Mi madre había preparado un arroz con
lentejas y sardinas que comimos en casa y él trajo cuatro botellas de vino que
se bebió con otros tres tenientes que había invitado porque nosotras, las tres
mujeres, teníamos refresco de limonada. Habíamos comenzado a comer muy
tarde y la comida se prolongó hasta las seis casi. Es la sobremesa, decía él, un
día es un día.
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Aunque desde el comedor mi madre podía vigilar quién entraba y salía de
la casa, se retiró a la garita de la portería cuando la madre de él dijo que
volvía a la pensión, y yo me quedé sola con los cuatro tenientes sin saber qué
hacer. Acabaron el vino pero sacaron de no sé donde dos botellas de coñac
Veterano y una baraja y se pusieron a jugar a las cartas. Yo quería irme a la
habitación, pero él me cogió por la manga y ya no me dejó escapar. Me
manoseaba y se reía y me pellizcaba las nalgas, pero yo no podía hacer otra
cosa que estar allí, quieta, porque me tenía sujeta. Cuando a las nueve mi
madre cerró el portal y entró en el comedor ya se habían quitado todos las
guerreras y se habían quedado en mangas de camisa, reían y gritaban y
cantaban y el ambiente en el comedor era irrespirable por el calor de julio y el
humo, aunque ellos no parecían darse cuenta. Mi madre saludó y asustada se
metió en el cuartito, y cuando los tenientes decidieron irse porque no quedaba
ni vino ni coñac se levantaron los cuatro tambaleándose, se despidieron
dándose golpes en la espalda y con grandes risas los otros tres se fueron. Él, el
legionario, que los había acompañado hasta el portal, volvió con una colilla
de puro en la boca mirándome de aquella forma que me llenaba de terror y
que tanto inquietaba a mi madre, y yo comprendí enseguida que había llegado
mi hora.
Sólo unos años más tarde supe que muchos hombres han aprendido a
acostarse con mujeres en los burdeles y que lo que más les gusta es insultarlas
y maltratarlas porque, según me dijo mi amiga Laura, la única persona a la
que me he atrevido a contar estas cosas en toda mi vida, esto es lo que más los
excita. Pero yo no lo sabía entonces. A decir verdad no sabía nada. De haber
sabido lo que me esperaba aquella noche —y todas, todas las noches que
siguieron a esa primera, todas las que transcurrieron en los cuarenta años
siguientes y aún más, con excepción de dos o tres semanas cuando nació mi
hija Marisol, todas digo y no me falla la memoria porque cada una de ellas la
tengo grabada en el alma, en el corazón, en mi carne y en mi mente y puedo
rememorar sin esfuerzo alguno las palabrotas, las procacidades y las
risotadas, los golpes de aquella primera vez cuando traté de huir, los gritos y
hasta los azotes con que al cabo de los años esperaba recuperar la potencia y
la hombría de que había hecho gala durante toda su vida ante cualquiera, ante
mí sobre todo, riéndose de mi alma de mosca muerta, de mi incapacidad de
sacarle placer a la vida, del aspecto de monja estéril con alma de pelandusca
que no había sido capaz de quedarme embarazada hasta diez años después, oh
Dios mío—, de haber podido tener una visión de lo que me esperaba aquella
noche, digo, tal vez habría tenido ante la imaginación el coraje que no tuve
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ante la presencia militar de aquella bestia con la que me había casado. Ahora
que soy vieja ya lo puedo decir, era una bestia y nunca ha dejado de serlo,
aunque entonces no me habría atrevido ni a pensarlo porque siempre había
oído decir a mi madre que habíamos venido al mundo a sufrir y estaba
convencida de que así eran todos los hombres con todas las mujeres. Y
cuando comprendí que estaba equivocada y que a mí me había tocado la peor
parte, ya era demasiado tarde.
Pero aun así, aquella primera noche, cuando asomaba el amanecer por el
triste ventanuco que daba al patio, brotó por primera vez de mi alma, dando
vida a su rostro tal como lo había visto unos minutos antes, babeante, con los
ojos en blanco y convulsionado por espasmos y lamentos agónicos, brotó,
digo, un anhelo profundo, un deseo insondable que ya no había de
abandonarme jamás, de que lo mataran esos mismos estertores que lo habían
tumbado al otro lado de la cama liberándome de su cuerpo sudoroso. Un ansia
feroz de que, para que el mundo siguiera siendo mundo, su muerte fuera tan
necesaria que de haberme atrevido yo a matarlo, ni un atisbo de compasión,
ningún escrúpulo hubiera hecho temblar mi mano. Este pensamiento me
alivió un poco y por un instante recobré el sosiego y se tranquilizaron mi alma
dolorida y mi cuerpo descoyuntado y maltrecho. Pero volvió la desolación y
con ella la convicción de que tendría que ser la vida la que decidiera el día y
la hora, o Dios o el azar quienes lo apartaran de mí, porque por intenso que
fuera el anhelo de verlo desaparecer no bastaba para liberarme del miedo que
me envolvía como una telaraña y que a partir de ahora y para siempre habría
de paralizar mi palabra y mi voluntad.
Al día siguiente mi madre, que debía de haber oído las voces y los
rugidos, apenas se atrevió a mirarme para no verme la cara magullada. El
legionario salió por la mañana muy temprano, dijo que no vendría a comer y
que para el día siguiente le tuviéramos planchada y limpia la camisa que se
había puesto para la boda. Y no volvió hasta la hora de la cena. Habló poco
porque estaba pendiente de la radio y después de fumarse el último cigarrillo,
me agarró del brazo con la misma furia que la noche anterior y sin decirme
una palabra me llevó de nuevo a la habitación. Y así fue durante todos los
días de aquel año y de todos los años que siguieron.
Sí, habíamos conseguido cartillas de racionamiento y teníamos a menudo
pan blanco y hasta chocolate. Pero mi padre seguía en el penal y ni mi madre
ni por supuesto yo, teníamos dinero para ir a verlo. El viaje era largo y caro,
se necesitaba un salvoconducto y él nos había dicho que de momento no
solicitáramos ningún documento oficial, no fuera que estropeáramos todo lo
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que hacía por nosotras. Ya llevábamos dos años de casados y todavía no nos
había dado un céntimo. Dinero, lo que se dice dinero, ni nos daba ni nos dio
hasta que nació la niña y ni madre ni yo nos atrevíamos a pedírselo.
Recibíamos todas las semanas grandes lotes de comida, pan y leche que nos
traía un soldado y más adelante, cuando fue cediendo la escasez, cestas,
cupones, entradas para el cine y hasta ropa de cama. Seguíamos viviendo en
la portería y él seguía yéndose temprano y volviendo a la hora de cenar. Los
domingos salíamos los tres a pasear por la mañana, él de uniforme y con las
botas recién lustradas, yo cogida de su brazo y mi madre caminando junto a
nosotros a su aire. Comíamos después en casa y por la tarde él desaparecía
para volver a altas horas de la noche, casi siempre borracho. Pero ni siquiera
las veces que tuvimos que arrastrarlo a la cama y dejarlo en ella como un
saco, me libré de su incontinencia, enconada por el malestar en el estómago y
por los eructos, y multiplicada por el alcohol que no se había desprendido aún
de su mente cuando su propia tos o sus pesadillas lo despertaban de
madrugada.
Un día, estábamos tan apuradas de dinero que mi madre se decidió a
preguntarle dónde trabajaba, cuánto ganaba. Se acercó a él mientras
desayunaba y repitió las palabras que había estado ensayando la tarde
anterior. Él levantó la cabeza y la miró sorprendido y ofendido, y replicó con
altanería dando voces:
—Que ¿cuánto gano?, que ¿dónde trabajo? Y a usted ¿qué le importa?
—la miró de arriba abajo y continuó con sorna—: ¿Me meto yo acaso con sus
bragas? —y se fue dando un portazo. Mi madre se sentó en la silla que había
dejado vacía y se puso a llorar.
Lo trajeron aquella misma tarde herido, en una riña con otro teniente,
dijeron los soldados que lo dejaron en casa, pero él se negó a ir al hospital
militar, así que lo tuvimos entre la vida y la muerte durante tres semanas.
Encendí una vela y la puse sobre la cómoda de nuestra habitación, debajo de
un cuadro tan oscuro que no se veía qué santo era, pero a mí me daba igual,
yo se la ponía a Dios o a quienquiera que pudiera oírme porque, aunque nunca
he sido muy religiosa, deseaba con tal fuerza que muriera que necesitaba creer
en un ser superior a nosotros, alguien sabio, bueno y poderoso, que desde
algún lugar del universo vendría a hacerme justicia y a ayudarme si se lo
pedía. Durante horas estuve sentada en el cuarto escrutando sus quejidos y su
respiración, ávida de ser testigo del desenlace que, según decía el médico, no
se haría esperar. Entonces, en aquellas largas horas de tedio y aburrimiento
oyendo cómo se quejaba y daba vueltas sobre sí mismo resbalando en su
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propio sudor, resoplando, rugiendo y con la mente dando tumbos entre la
razón y la inconsciencia, comencé a considerar qué potente rayo de luz sería
su muerte para mi vida. Y lo imaginé cadáver, arreglado y vestido como había
visto a mi abuelo, la cara blanca y fría, reordenado el aspecto que tenía en este
momento, con las manos juntas sobre el pecho, con el uniforme y el bigote
recién recortado, habría que llamar al barbero de la esquina para que lo
afeitara también, veía el ataúd demasiado pequeño para él, tan gordo y tan
grande que apenas cabía en él, oía el ruido de la tapa al cerrarse y
contemplaba las maniobras de los empleados de pompas fúnebres para sacarlo
a la calle por la estrecha puerta cristalera. ¿Vendrían aquellos tenientes del día
de la boda y lo cargarían a hombros? No, un coche de caballos lo llevaría a la
iglesia y después al cementerio. Yo lo seguiría vestida de viuda junto a mi
madre. Tendría que teñir el vestido rosa de la boda con esos sobres de tinte
que según decían dejaban el tejido mejor que nuevo. No tenía zapatos negros
pero tal vez mi madre me dejara comprar los de suela de corcho que habían
puesto en el escaparate de la zapatería, y me pondría una peineta y una
mantilla como la de mi suegra. No, una peineta no quedaría bien, una
mantilla, una mantilla negra sobre el flequillo que, eso sí, rizaría como los
dibujos de chicas modernas que había visto en los figurines. Era primavera, y
aunque los días habían comenzado a ser claros y calurosos no podría ir sólo
con el vestido, tal vez mi madre me prestara su abrigo negro que me echaría
sobre los hombros, como una capa. Entraría en la iglesia tras el féretro
cubierto con un paño negro y en el altar nos esperarían los curas con sus capas
bordadas y una cruz en la mano. Una viuda tan joven, diría la gente, tan niña,
pobre criatura, y yo bajaría la vista en señal de recogimiento, y al volver del
cementerio iría a casa y…
Pero una mañana despertó sin fiebre y en dos días se puso bien. Y yo, que
ya me había acostumbrado a las ensoñaciones, mientras él dormía a mi lado,
inquieto, porque siempre durmió inquieto, acosado por los silbidos de su
respiración y de sus continuas toses, resoplando y tirando de la sábana hasta
dejarme con el borde sobre el hombro y la espalda al aire, me envolvía en mí
misma hasta que tocaba la barbilla con las rodillas y esperaba el sueño
pensando en las variaciones que podría hacerle a mi traje de novia cuando ese
hombre que dormía a mi lado muriera de una vez.
Durante el día, al no estar él, todo parecía más alegre. Por la mañana,
mientras mi madre fregaba la escalera y la entrada, iba al mercado de Santa
Catalina, que poco a poco comenzaba a llenarse de verduras y de pescados, o
hacía cola en la panadería cuando no nos habían traído pan blanco. Después
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limpiaba la casa y me entretenía con el canto del jilguero de los del quinto que
no callaba en toda la mañana, y a mediodía escuchaba la música de las
campanas de San Jaime, Santa María del Mar, Santa Ana, el Pino, la
parroquia del Carmen, la Catedral…, había acabado por conocer el tañido de
cada una de ellas y seguía el orden en que se encadenaban mientras imaginaba
los campanarios sobre la ciudad brumosa, que a veces veía desde la azotea
cuando subía a tender la ropa. Y por la tarde me sentaba en un rincón del
comedor a escuchar la radio y hacer bolillos, como cuando era niña en la
escuela del barrio, y me dejaba adormilar por el temblor y la musiquilla de la
madera sobre el que me llegaban lejanos los ruidos de la calle, un perro que
ladraba, la puerta de un taxi que se cerraba de golpe, el grito ronco del trapero
o el silbido del afilador, que yo tomaba por señales misteriosas de que algo
iba a ocurrir, de que algo iba a cambiar. Pero sólo había cambio en las largas
tiras de puntilla y entredós con que pensaba adornar las ropas que le pondría a
mi niño, cuando naciera. El cajón de la cómoda estaba lleno y yo ya no sabía
dónde ponerlas porque pasaban los años y no me quedaba embarazada.
Una tarde, llegó él con muchas prisas, se puso el uniforme de gala y me
dijo, vámonos, y yo lo seguí por la calle llena de gente hasta una gran tarima
que se había levantado cerca de Colón, donde había muchos tenientes como
él, y al cabo de un rato vimos pasar a Eva Perón y me gustó tanto su figura de
dama delgada y rubia que por la noche, cuando él ya roncaba a mi lado, me
puse a imaginar que yo también me dejaba el pelo largo y me hacía un moño
como el suyo, tan elegante y tan adecuado para una viuda, y de paso se me
ocurrió que no sería tan difícil hacerme un traje de chaqueta como el que
llevaba en una foto que se veía en las revistas del quiosco, aunque no de
cuadritos, porque para un funeral no había más remedio que ir de negro, pero
le pondría también el cuello de terciopelo y seguiría con la misma mantilla
aunque esta vez echada para atrás. Tendría que comprar zapatos y medias de
seda porque, como decía mi madre, una pierna con una buena media y un
zapato de tacón es una pierna mucho más bonita. Yo no era muy alta, pero si
lograba ponerme esos zapatos y peinarme con el tupé y el pelo recogido en
aquel moño que le llegaba hasta la espalda, tal vez lograría parecerme a esa
deliciosa mujer que había conquistado la ciudad.
De todos modos, a fuerza de pensar en el mismo traje noche tras noche,
acabé cansándome de él. Así que fui cambiando el modelo igual que
cambiaba la actitud que tendría en el funeral. Cuando mi Marisol tenía pocos
años, me complacía en la imagen que formábamos, madre e hija vestidas de
negro, entrando en la iglesia, aunque recuerdo que tardé mucho tiempo en
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solucionar el asunto de los calcetines. ¿Tendrían que ser negros, o siendo tan
pequeña podría ponérselos blancos?, porque no me gustaba una niña con
calcetines negros. Para mí había previsto un traje de falda acampanada muy
ancha y bastante larga, una chaqueta corta, casi una torera, y en el pelo estaba
decidida a cambiar la mantilla por un sombrero. Sí, sabía que no era lo que
me correspondía, pero pensaba que si fuera un sombrero pequeño, una especie
de casquete como el que había visto en un desfile de modelos del NO+DO y
le añadía un velo corto que me tapara la cara, podría quedar bien y no llamar
demasiado la atención. Entonces se llevaban zapatos de salón muy
puntiagudos, con los tacones tan altos y estrechos que no sabía si sería capaz
de caminar con ellos. Y al cabo de un tiempo encontré la solución porque
decidí hacerme un vestido como Audrey Hepburn, tan delgada como yo
aunque mucho más alta, un traje liso, sin cuello, ceñido y con manga larga y
como ella unos zapatos completamente planos, gafas de sol y un pañuelo
negro anudado bajo el cuello. Éste fue tal vez el conjunto que más me gustó
de todos los de aquella época y me parecía imposible que el legionario no
muriera ahora que de verdad había encontrado el traje adecuado.
No murió ni entonces ni más adelante. No se moría aunque yo me hubiera
aferrado a la idea de la viudez como la única solución a mis tormentos. Fue
por esa época cuando conocí a Laura, mi única confidente, y ella en cambio
decía que esperar la muerte no tenía sentido, que para mí lo más seguro sería
que se armara otra guerra civil. De momento se lo llevarían al frente y allí lo
más probable es que lo mataran.
—Mujer, no seas así, la guerra es terrible, ¿te acuerdas?
—¿Y no es terrible…?
—Sí, pero además de él morirían otros muchos.
—Ya ves, otros muchos como él —repuso Laura, que también tenía lo
suyo.
Todo seguía igual, se diría que el tiempo que tanto había cambiado las
modas y las personas y hasta el aspecto de las calles y de la ciudad, se había
olvidado de mí y de mi vida. Y aunque yo entonces no quería ni pensarlo, así
había de ser un año más, y diez años, veinte, como de hecho ha sido hasta
ahora.
En el año 1950 cuando el hambre y la miseria comenzaban a remitir,
había nacido mi hija Marisol, que fue una luz en mi vida, sobre todo los
primeros años. Pero el tiempo pasa rápido y enseguida dejó de ser mi niña a
todas horas porque iba a las monjas de la calle del Carmen, y luego pasó a la
Universidad y antes de que pudiéramos darnos cuenta había decidido irse a
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Inglaterra en verano, para lo que no consiguió el permiso de su padre, con el
que nunca se llevó bien, aunque se fue de todos modos en septiembre de
1967, no sé cómo, y no volvió hasta muchos, muchos años después, casada
con el inglés con el que vive ahora, ese señor delgado y silencioso que la
acompaña cuando me visita.
Mi madre había muerto para entonces al poco tiempo de morir mi padre
en el penal, un año antes de cumplir la condena, y nos quedamos él, el
legionario y yo, en la casa más vacía y yo sintiéndome más desamparada, más
desgraciada y más inerte cada día. Él ya no vestía de uniforme sino de civil
porque había conseguido un empleo en Correos, no sé muy bien de qué, pero
andábamos cada vez peor porque apenas había más dinero en casa que el que
yo sacaba de la portería que había heredado de mi madre. Nunca supe qué
hacía con el sueldo, ni jamás se lo pregunté.
Ahora me doy cuenta de que a partir de que mi madre murió y Marisol se
fue, apenas recuerdo qué hacía sola durante todo el día. Debía fregar la
escalera y atender la portería y limpiar la casa, y quizá seguía escuchando el
canto de un jilguero o de un canario, si los tenía por entonces algún vecino, o
hacía bolillos, pero no lo sé. En esto tienen razón, no logro recordar cómo se
sucedieron los días de estos últimos veinticinco años, sólo tengo presentes las
noches, cada noche minuto a minuto. Y también todos los trajes, con sus
cambios y adornos, los zapatos, las medias y los guantes, todo lo que me
ponía para asistir al funeral, para caminar sola por el pasillo central y ocupar
el primer lugar del primer banco de la iglesia. Veo aún los rayos de luces de
colores que salen del rosetón en la fachada de Santa Ana y puedo seguir con
mis pasos sus dibujos en el suelo. Oigo la campanilla de los monaguillos y
aspiro el aroma del incienso que el cura echa a los asistentes exactamente
igual que lo vi y lo viví en las largas noches de vela hasta la madrugada.
Hubo un tiempo en que creí que no podría ir a la iglesia, fue al final de los
años sesenta, porque había decidido ponerme pantalones para ir al funeral.
¿Qué podían decirme? Al fin y al cabo el único que lo habría podido impedir
era él, y él estaría muerto. Así que renuncié a los trajes de los años anteriores,
incluso a la copia exacta del que llevaba Jackie Kennedy en el entierro de su
marido, con el velo, la falda corta, la chaqueta corta también, que había sido
mi preferido después del de Audrey Hepburn, y lo cambié por unos
pantalones de pata ancha, negros, con un jersey negro de cuello alto y la
melena suelta sin mantilla como había visto que llevaban algunas chicas en la
misa de tarde de los domingos. Pero al cabo de unas semanas volví a cambiar,
me di cuenta de que iba a tener problemas con el cura y no sabría qué hacer si
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nadie lo quería enterrar en el cementerio, así que me convencí de que no hacía
falta insistir en lo de los pantalones y en cambio podía ponerme uno de esos
trajes rectos y un poco acampanados, sin cuello ni cintura, con la falda por
encima de la rodilla y unas botas negras de charol muy, muy altas, que se
llevaban entonces. Con mantilla o con velo, o sin nada, eso ya era lo de
menos.
Puedo recordar también los trajes de los últimos tiempos, los tengo bien
presentes, y eso que cada vez me costaba más decidir lo que iba a ponerme
porque me daba cuenta de que se me echaban los años encima y ya no me
veía yo como antes. Y ahora soy tan vieja que yo misma me asusto cuando
me miro en el espejo y me encuentro con una persona tan distinta de la chica
a la que estaba acostumbrada. Se me hacía difícil, y se me hace aún, escoger
el vestido porque no me gusta ni me ha gustado nunca llamar la atención y si
exceptuamos los pantalones de pata ancha que me dio por querer llevar en
aquellos años en que la gente se atrevía a cualquier cosa, todos mis vestidos
han sido discretos. Hace un tiempo, poco antes de venir aquí, tenía pensado
uno muy bonito, era un traje sastre con la falda a media pierna y la chaqueta
larga y recta casi, de corte muy sencillo que podría quedarme bien. Pero con
la edad cada vez duelen más los zapatos, así que tuve que renunciar a esas
faldas largas y rectas que si no las llevas con unos buenos tacones te ves muy
patosa.
Cuando llegué al sanatorio, como no podría salir a comprarme un traje y
tampoco tenía dinero, se me ocurrió aprovechar el vestido de lanilla que tengo
en el armario, esto sí, arreglándolo, que eso ya lo sé hacer, porque aunque no
he engordado tengo las caderas mucho más anchas, parece mentira cómo
cambia el tipo con la edad. Le cerraría el escote y como ya tengo setenta y
tres años, setenta y cuatro voy a cumplir en agosto, le pondría un cuello alto
de puntilla blanca fruncida como los que llevan las ancianas de los cuentos.
Pero al cabo de unos días, no sé por qué, me cansé del cuellecito y me dio por
un escote en pico no muy pronunciado y una cinta negra ceñida al cuello,
como una gargantilla, que también es muy distinguido para una persona
mayor, sobre todo si lleva moño como yo y se tiene el pelo tan blanco como
yo lo tengo. Pero después de todo me he decidido por el cuello de encaje, que
al fin y al cabo es lo que he hecho durante toda la vida. Cuando me trajeron
aquí me llevé de casa una caja con unos cuantos metros de una puntilla que
con el tiempo se ha ido poniendo dorada y me vendrá muy bien. No tengo
más que fruncirla, adaptarla a mi medida y coserla a una pieza de tela al bies.
El vestido ya tiene muchos años, pero todavía está en buen estado y quedará
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mejor aún con los cambios que quiero hacerle. Así que en ello estoy desde
hace unos días.
Sólo le pido a Dios, o a quien pueda oírme, que prolongue un poco más la
agonía del legionario para que me dé tiempo a terminar el cuello de puntilla y
el arreglo del vestido que pienso ponerme el día del funeral.
¿Qué otra cosa puedo hacer?
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La inspiración y el estilo
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A C. C.,
en la etérea fantasía de la inspiración.
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Debió de quedarse adormilada porque sin que se diera cuenta de que en el
paisaje se había producido un cambio, el autocar se detuvo en una calle poco
transitada y el conductor a voz en grito anunció que habían llegado al final del
trayecto.
No le costó encontrar los locales de la Caja de Ahorros ni dar con los
encargados de preparar el acto. La recibieron con mucha cordialidad aunque
enseguida le dijeron, con un deje de excusa en la voz, que por desgracia aquél
era día de fútbol en la televisión y esperaban muy poco público.
Eran las ocho menos cuarto, tenía el tiempo justo de lavarse las manos y
la cara, y de ir aún al bar a tomarse otras dos pastillas de Ipradón porque
volvía a necesitar con urgencia una caja de pañuelos, y aprovechó para pedir
un whisky doble con agua y hielo para que se le fuera la modorra que se le
había pegado a la piel en el autobús. Así que tampoco podría revisar las
cuartillas. Ante tantos impedimentos decidió dejarse llevar de la
improvisación en la que casi nunca confiaba pero que alguna vez la había
salvado de un buen apuro.
Subió al escenario del salón de actos y se sentó en una de las sillas tras la
mesa cubierta con un lienzo rojo. A su lado el director del Centro Cultural de
la Caja inició la presentación. Y ella escuchó con paciencia la voz sosegada
que leía unas notas tal vez extraídas de los archivos del periódico local, tal
vez dictadas por algún colega de la capital sin demasiado conocimiento ni de
su vida ni mucho menos de su historial profesional. Pero ya sabía lo que
ocurría en estos casos y nunca se tomaba la molestia de rectificar, ni por
supuesto en público, ni más tarde, convencida de que era inútil, de que si hoy
corregía un dato, al día siguiente en otra parte aparecería otro error sin pies ni
cabeza que de todos modos se reproduciría y se multiplicaría hasta la
saciedad. Y en el fondo le daba lo mismo. Porque a fin de cuentas ¿qué
importaba que estuviera casada, fuera viuda, divorciada o monja? ¿Para quién
podía tener interés que hubiera ganado las oposiciones y fuera profesora en el
Instituto de Baeza o en el de Palafrugell? Se sabía dónde habían aparecido sus
artículos y sus críticas y esto era lo único que contaba. Nadie iba a investigar
jamás ni por tanto a descubrir los errores biográficos que ella tácitamente
aceptaba, porque el tipo de actividad que había elegido no le reportaría más
éxito del que había conseguido hasta ahora. Se limitaba a desear y esperar que
conservara la energía necesaria para mantenerse en este mismo nivel.
No es un salón muy grande, pensó, dejándose llevar del rumbo oscilante
de su pensamiento. Calculó que cabrían casi doscientas personas, unos quince
asientos por fila y quince filas, ¿cuánto sería? Había poca gente, tres o cuatro
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filas del centro estaban ocupadas pero en el resto no había más que unas
pocas personas aquí y allá, y casi ninguna en las últimas. En total no pasarían
de cuarenta o cincuenta, «algo más de media entrada escasa», y sonrió a una
vieja anécdota de su padre que no logró recordar, mientras a su lado la voz
seguía ronroneando los avatares de su vida de conferenciante, autora de
artículos y libros de crítica literaria, conocida en los medios profesionales por
su capacidad de… Tal vez sesenta, porque no alcanzaba a ver con claridad las
últimas filas sumidas por completo en las tinieblas. Y ahí delante, en la
primera, tumbado más que sentado, un muchacho de pelo negro, rizado y
expresión adusta, escuchaba sin demasiado interés las palabras del director.
Está ahí esperando a que yo meta la pata, decidió.
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No entendía nada, no sabía lo que estaba diciendo, pero tenía una pereza
infinita y se dejaba llevar de su propia voz: …el etéreo contenido de algo que
desconocemos, de igual naturaleza a lo que en la soledad de su alma impulsa
a cada uno a pensar o tal vez a escribir, a explicar por medio de metáforas,
conceptos e ideas ocultos hasta este momento gracias a la chispa de
genialidad que pone en marcha nuestra imaginación y nos adentra en
firmamentos ignotos que, pronto lo descubrimos, están dentro de nosotros
mismos esperando a que el conocimiento los descubra, los recree la fantasía,
y la voluntad los comparta: ésta es la fuerza de la inspiración que redime la
obra de arte…
Sí, tuvo que reconocer más tarde, tal vez fuera esa desconocida y tantas
veces negada inspiración la que disfrazada de sí misma y tomando al vuelo el
protagonismo, la había dejado a ella y a sus utilitarias y prosaicas
convicciones literarias en un rincón, callada y cada vez más alejada de aquella
mágica comunicación que se iba creando en la sala medio vacía, quizá por lo
inesperado del discurso, un sortilegio que podía palparse y que sin quererlo la
obligaba a mantener los ojos fijos en los de un ser borroso que apenas podía
ubicar en el límite de la penumbra que, como si concitara los de todo el
auditorio, se dejaba llevar también por esa inspiración que fluía y fluía sin que
ella, Aurelia, pudiera hacer otra cosa que dedicarse a escuchar sin oír del todo
igual que media hora antes había escuchado la voz del director contando al
público los pormenores de su obra y de su vida. No era exactamente su vida,
porque en el fondo ¿quién era ella? Creía haber alcanzado la meta que se
había propuesto. Es decir, no todo. No había logrado hablar el inglés como el
español ni había conseguido saber esquiar por más que lo había intentado,
porque eran aptitudes que se desarrollaban en la infancia y ella, en la infancia,
bastante tenía con caminar todos los días los tres kilómetros que la separaban
de la escuela del pueblo. Pero en lo demás sí había conseguido lo que se había
propuesto desde niña, seguridad y prestigio. No el gran prestigio de pasar a la
historia, ni el del éxito escandaloso, sino el prestigio entre colegas y dentro de
un círculo no tan reducido de profesionales que le permitía ser solicitada en
todas las ciudades de la geografía nacional, engrosar con ello sus ingresos de
profesora de instituto y llevar una vida cómoda, agradable, libre y sin
preocupaciones económicas. No estaba interesada en el amor ni en la
reproducción así que no se había casado y defendía a ultranza que el
enamoramiento era una enfermedad que distorsionaba los sentidos,
exacerbaba las apetencias e impedía el normal desarrollo del ser humano
hacia un estado superior. Sí, había tenido experiencias sentimentales y
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sexuales y las seguía teniendo. Bien era cierto que jamás en su casa, aunque le
fascinara el nuevo amante, que con muchos así había ocurrido, porque no
toleraba la idea de compartir con un hombre su baño matinal y su desayuno.
Pero le costaba comprender en qué consistía la pasión y la dependencia que
subyacía a los actos más elementales de placer corporal que veía manifestarse
en los personajes de las novelas o de las grandes tragedias de la literatura e
incluso en personas de su entorno. Esto no quería decir que no fuera capaz de
analizarlas con precisión y agudeza, de ahí su prestigio en el terreno de la
crítica literaria pero tenía la convicción, que defendía en su fuero interno y a
toda costa ante los demás, que una cosa era la literatura y otra muy distinta la
vida. Por esto, creía, aun sin haber llegado a los cuarenta años, ya se sentía
dueña de su destino, sabía que el resto de su vida no sería otra cosa que lo que
era hoy ni quería que otra cosa fuera, y no tenía la menor curiosidad por lo
que podría haber sido de no haber llevado las riendas de su propio desarrollo
con la mano férrea con que se preciaba de haberlo hecho.
Alguien le tocó la pierna por debajo de la mesa y se dio cuenta entonces
de que seguía hablando al público aunque no habría sabido muy bien decir de
qué. Sentía la mente confusa, dividida, y ahora que alguien le había llamado
la atención, la veía vacilar por un vasto firmamento de ideas que no acababan
de concretarse. Se detuvo un instante para tomar aliento y ver cómo
continuaba o acababa un discurso que había desaparecido en las sombras de
ese firmamento. El público, sin embargo, no pareció percibir la confusión.
—Aurelia —susurró un señor a su lado con la mano delante de la boca
para disimular la interrupción—, son las diez.
Las palabras la apremiaban. Cerró los ojos, puso las manos sobre la mesa
y volviendo a mirar al público exclamó: éste es el final, a partir de ahí que sea
la conciencia y la voluntad las que hablen.
¿Por qué habré dicho esto? No veía de qué modo podía retomar sus
propias palabras ni arrinconar esa inspiración que parecía haberla suplantado
durante una hora, ¿una hora?, dos horas, tres horas tal vez, en contradicción
con las palabras con que Juan Benet comenzaba la segunda parte del libro,
«La mercancía que suministra la inspiración acostumbra a ser breve,
circunstancial y en muchos casos incompleta, su extensión se limita a unas
pocas palabras y, a lo sumo, a ciertas insinuaciones que en cuanto materia
prima…». No, otra vez no, dijo para sí y, en un esfuerzo ingente por contener
la imparable verborrea de su imaginación, se excusó en voz alta por haberse
extendido más de la cuenta, se despidió de sus oyentes y pasó la palabra al
director que cerró el acto.
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El público aplaudió con entusiasmo y Aurelia sonrió mientras daba las
gracias. Y una vez libre de la tensión de enfrentarse al público, se dio cuenta
de que había perdido conciencia del lugar donde se encontraba y se aterró
ante la imposibilidad de recordar el nombre de la ciudad a la que había
llegado y de reconocer el rostro del amable señor que la había presentado y le
había llamado la atención sobre la hora. La gente se agolpó ante la mesa
haciendo preguntas que respondía sin dejar de indagar: dónde estoy, qué hago
aquí, cómo he llegado. Vio ante sí al chico de pelo negro que recogía los
libros de la butaca contigua y sin acercarse al estrado le echaba una mirada
vaga y difícil de interpretar y salía de la sala sin volverse una sola vez. La
acosó entonces el desamparo, como si con él desapareciera el último bastión
que mantenía su entendimiento prendido del mundo real. ¿Dónde estoy?,
¿cómo he llegado hasta aquí?, se repetía mientras el amable señor la
acompañaba a la salida donde otros desconocidos se les unían y juntos
emprendían un paseo por las calles empedradas de la ciudad desierta en busca
de un restaurante que tardó horas en aparecer. No sólo tenía la mente confusa
sino que en ella vagaba inquieta su propia imagen sin lograr posarse en
ningún lugar que le resultara familiar. Tal vez, se dijo en lo que consideró un
atisbo de suprema introspección y valentía, tal vez éste sea el primer síntoma
de que mi inteligencia está enferma y se niega a reconocer su medio, tal vez
estoy loca, o tengo una enfermedad que no ha hecho sino manifestarse para ir
apoderándose de mí poco a poco hasta que me convierta en un vegetal. La
invadió una profunda tristeza, como si asistiera por última vez al espectáculo
de la vida y del mundo que apenas reconocía ya, aunque intentaba mantener
como podía una conversación coherente con los que se sentaban a su
alrededor. Tendré que tomar una decisión, se dijo ante la insistencia del
entorno en no desvelarse, tendré que decidir qué hago con mi vida antes de
que ya no sea capaz de tomar las riendas de mi futuro, de mi muerte. ¿De mi
muerte? «¿Habré de morir yo como murieron las rosas y Aristóteles?». Oh
Dios, ¿por qué? Sin poder evitarlo fluyeron lágrimas de sus ojos enrojecidos
por el catarro y buscó en el bolso para hacerse con un paquete de pañuelos.
Entre un conglomerado de agendas, billeteros, cuartillas innecesarias y llaves,
el frasco de Ipradón, desfigurado por la lente de las lágrimas, brillaba con una
luz más intensa que el azul turquesa del envoltorio, pero tan real como la
repentina reminiscencia del whisky que había tomado con ellas y el
relámpago de lucidez que iluminó la mente descoyuntada que había creído
para siempre sumida en las tinieblas.
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Un globo, tengo un globo tremendo, eso es lo que tengo. Y siguieron
fluyendo lágrimas, imparables lágrimas de felicidad, no estoy loca, no seré un
vegetal, no tendré que morir aún. Y, disimulando los sollozos que habían
originado ese imprevisto renacimiento tras estornudos forzados y toses
provocadas, se levantó para ir al lavabo, donde dio rienda suelta al goce de
volver a vivir que le devolvía al ciento por uno aquella mezcla de alcohol y de
Ipradón, quizá para compensar el pozo de confusión y tiniebla donde la había
sumido en la última hora, y la eufórica y ciega perorata que se había
prolongado al margen de sí misma y de su voluntad.
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vagamente recordaba en este momento, y sin reconocer como suyas las que
ahora repetía el muchacho.
—No quiero molestarla.
—No me molestas. Pero quedan —y miró el reloj sobre el mostrador—
apenas diez minutos para que salga el tren. No creo que podamos hablar
mucho rato.
—No es tanto hablar lo que quiero, como… Si no fuera mucho pedir,
¿podría darle un cuento que escribí y que ganó un concurso en Valladolid?
Nunca se lo he pedido a nadie, pero me pareció que con usted sería distinto.
Aunque ya sé que no es nada del otro mundo me gustaría saber su opinión.
—Claro que puedes. Te lo agradezco —dijo Aurelia más por paliar la
violencia que parecía tener que salvar el muchacho que por el placer de leer
cuentos y dar después su opinión. Nunca aceptaba originales de los que luego
tenía que hacer una crítica y a veces, obligada a decir la verdad por un prurito
del que nunca se había apeado, pasaba tan mal rato que en ocasiones incluso
se había arrepentido de su sinceridad. Pero esta vez accedió y tomó la
separata que el muchacho le tendía.
Lo volvió a mirar y de nuevo le pareció distinto del de ayer, menos alto
ahora del que vio alejarse hacia la puerta, pero sobre todo tenía una actitud de
confianza ilimitada en ella que Aurelia recibió con una mezcla de vanidad y
de sorpresa. ¿Qué habría podido decir? ¿En qué habría consistido ese discurso
que había logrado sacar a ese chico de su apatía, hacerlo venir a la estación a
primera hora de la mañana para no perder la ocasión de hablarle? ¿Qué
habrían despertado en su alma sus palabras para que entregara a una
desconocida un cuento suyo y se atreviera a pedirle una opinión? No estaba
acostumbrada a despertar estas pasiones. Se ceñía al tema de la conferencia y
sus afirmaciones tan racionales, tan poco poéticas, provocaban en los alumnos
el deseo de tomar apuntes, pero jamás les abrían, que ella supiera, las puertas
de ese mundo que, al parecer ella había afirmado, cada cual tiene oculto en lo
más profundo de sí mismo.
—Bien, lo leeré y te daré mi opinión, aunque no te fíes mucho. Suelo
equivocarme a menudo.
¿Por qué había dicho esta tontería? Si de algo estaba segura era de no
equivocarse cuando emitía un juicio literario. ¿A qué venía pues esta falsa
humildad con un muchacho que podría ser su hijo? Bueno, tal vez no tanto,
pensó mientras lo miraba, este chico debe de tener por lo menos veinticinco
años. No es tan adolescente como parece.
—¿Cuántos años tienes?
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—Treinta y dos, voy a cumplir treinta y tres en noviembre.
—Entonces podemos tutearnos, yo todavía no he cumplido los cuarenta.
Otra tontería.
Él sonrió:
—Está bien —dijo—, como quieras. —Y luego, volviendo los ojos a la
separata, como si le doliera desprenderse de ella añadió—: He puesto la
dirección en la última página. Es una dirección provisional pero creo que
estaré todavía ahí durante unos meses, tal vez un año.
—No te preocupes, lo leeré y te escribiré antes de que te mudes.
—Gracias. Ahora no quiero molestarla, no quiero molestarte más. —Se
levantó y le tendió la mano—: De verdad que fue un placer oírla ayer en la
conferencia, no sabes lo mucho que me has ayudado.
—Adiós —y Aurelia miró con disimulo la cubierta de la separata—,
adiós, Manuel. Que te vaya bien.
Lo vio alejarse hacia la puerta principal de la estación y comprendió que
así, de espaldas, caminando con ese ritmo pausado que parecía arrastrar sobre
los hombros el cansancio de toda su vida y sin verle esa cara de muchacho
que la miraba con timidez, habría podido muy bien tener no sólo los treinta y
dos años que había confesado sino treinta y cinco, incluso treinta y siete.
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hecho siempre. Porque era consciente de que el muchacho no esperaba de ella
este tipo de comentario, ni bastaría con decirle si el cuento era bueno o malo,
si su opinión era positiva o negativa, porque estaba claro que lo que él quería
saber era si se avenía o no al ideario que ella había expuesto el día anterior.
Pero ¿cuál era ese ideario? Es cierto que no recordaba la mayoría de palabras
que había dicho, pero sí el sentimiento que las animaban, un entusiasmo por
la creación, por el arte, más aún, por el ansia de escribir y crear, que poco o
nada tenía que ver con sus criterios profesionales sobre una actividad, la
creación, que según había defendido muchas veces, no era más que el grado
de virtuosismo de una artesanía alcanzable, como todo, a partir del
conocimiento, la voluntad, la experiencia.
Podría no contestarle. De hecho no le había pedido que le diera el cuento.
Pero ella le había dicho que le escribiría. Y quería hacerlo. Es más, no le
habría importado que al bajar del tren, la sorprendiera con su presencia como
la había sorprendido en el bar de la estación y poder decírselo de palabra.
Al llegar a casa se metió en la cama y no se levantó en todo el día y lo
mismo hizo al día siguiente, domingo, pero no por curarse el catarro que
apenas la molestaba ya, sino porque no tenía el menor deseo de hacer otra
cosa que no fuera dar vueltas a lo mismo. Algo imprevisto y misterioso,
pensó, se había deslizado subrepticiamente en su alma cambiando los
esquemas por los que se había regido hasta entonces. Llevaba horas dando
vueltas a una historia que nunca le habría hecho perder más de unos minutos.
Y sin embargo, nada le gustaba más que dejarse envolver sin prisas por el
recuerdo, cálido como las sábanas, de aquellos minutos en el bar de la
estación, y por esa vaga e inexplicable sensación que comenzaba a inquietar
los pliegues de su entendimiento.
Le sería difícil encontrar el tono porque en realidad no conocía a la mujer
a la que él había entregado su separata y sin embargo, se decía, esa mujer soy
yo. Y lo peor, o lo mejor, más incomprensible aún, es que por nada del mundo
habría renunciado a saber en qué oculta parte de su cuerpo anidaba el alma de
esa mujer. No, no, no era esto, no tenía que engañarse, no era esto. Era
simplemente que no quería decepcionar a ese muchacho al que además sólo
había visto dos veces. Qué me ocurre, no es éste mi estilo ni tengo ya el
pretexto de la mezcla explosiva que tomé, qué es lo que me está ocurriendo,
de dónde procede esa confusión que atribuyo al tono de una carta cuando sé o
intuyo que nace tan dentro de mí que por bien que escribiera lo que quiero
decir, por preciso y concordante que fuera el tono empleado con el de la
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mujer que él creyó oír, con la mujer que oyó, no lograría acallar ese
desasosiego al que hoy por hoy no soy capaz de encontrar justificación.
Cuando al cabo de dos años y medio de cruzarse una serie de cartas que se
sucedieron sin interrupción con intervalos nunca superiores a las tres
semanas, Aurelia volvió a tomar con su propio coche la misma carretera que
ascendía a las cumbres rosadas, estaba segura de correr hacia una cita que su
espíritu había preparado con esmero en cada una de las palabras escritas, en
cada uno de los pensamientos que las habían inspirado, y por qué no decirlo,
en cada una de las horas inacabables en que no había logrado que nada, ni el
trabajo, ni el cine, ni la lectura, detuvieran el vuelo de su imaginación y
apartaran de la memoria aquella distante figura saliendo de la sala de
conferencias o la inocente escena de la estación. Porque si bien eran las
únicas imágenes de que disponía, no habían podido anquilosarse ni
desgastarse por el uso, gracias al movimiento y la zozobra de que las habían
impregnado las múltiples cartas del muchacho, que había leído y releído
tantas veces como las suyas antes de enviarlas. Y su propia forma de verlas,
las imágenes, o su insistencia en emplazarlas a todas horas llevada por aquella
emoción, aquella inspiración inicial de la que apenas si tenía memoria, en un
intento de repetirla y revivirla, hasta que la descubrió y la retuvo y con el
tiempo fue haciéndose a ella y dejó que moldeara su espíritu elevándolo a un
estado de exaltación del que, no tenía más remedio que reconocer, ni podía ni
quería apartarse.
Una cortina de lluvia espesa que caía con fuerza hasta un horizonte que se
había acercado demasiado, había devorado el perfil de los montes y la línea
de la carretera. El trayecto de subida fue largo y laborioso, y Aurelia, que no
alcanzaba a ver apenas el camino entre el vaivén del limpiaparabrisas y la
cortina de agua que intentaban despejar, se encontró, como entonces, en la
calle principal donde gracias a que la lluvia había reducido la densidad y la
fuerza, pudo ver el cartel del hotel donde los organizadores del Congreso le
habían reservado la habitación. Manuel la había invitado a comer y le había
dicho en su última carta que allí la esperaría.
Entró en el hotel y se dirigió al mostrador. Y efectivamente el conserje le
indicó que en el salón encontraría a un caballero que había preguntado por
ella. Dejó el documento de identidad sobre el mostrador y la llave que le
tendían, y se acercó a la puerta. El salón estaba casi vacío, un par de señoras
ocupaban el sofá junto a la ventana y alguien leía el periódico sentado en un
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sillón que le daba la espalda. Será él, pensó y caminó despacio en aquella
dirección. Sí, era Manuel, no había duda, era él, pero no tenía el pelo tan
negro como recordaba, o tal vez no tan oscuro. Ni cuando se levantó le
pareció tan alto como la imagen que había visto salir de la sala de
conferencias. Se dieron la mano con cautela, pero no había timidez en su
expresión, ni apocamiento. Al revés, vio tanta decisión en sus gestos que se
sintió ingenua y un poco advenediza también. Él la tomó del brazo y con
autoridad y casi con prisa la llevó fuera del hotel sin dejar de hablar de lo feliz
que se sentía al verla, y de lo emocionado que estaba al pensar que finalmente
podrían hablar aunque sólo fuera durante un día, mejor dicho, un almuerzo.
¿No podría arreglarlo para que se vieran a la hora de la cena? ¿No? ¡Qué
pena! y le movió los cabellos riendo con picardía. ¿Tienes coche o cogemos
el mío? He pensado que podríamos ir a un restaúrate en las afueras, no
importa que llueva, es mejor incluso, las nubes y el agua no me deprimen, por
el contrario, dijo, para mí, y sonrió buscando la complicidad de ella, suponen
un motivo de inspiración. Tenía la expresión risueña y una luz fugaz le
parpadeaba de vez en cuando en la mirada, pero tal vez la mayor diferencia
con Manuel, el suyo, el de entonces, estribaba en el ritmo, la velocidad de los
movimientos, de las frases que, aunque perfectamente hilvanadas, ni por un
momento se detenían para marcar los cambios que se producían. Sí, reconocía
aquella expresión como suya pero era ahora más acelerada y, como ocurre
con las viejas películas de cine mudo, adquiría a ratos el aspecto entrecortado
de los gestos de las marionetas. Estás cambiada, le dijo frunciendo los
párpados para enfocarla mejor, ¿has cambiado de peinado? y de nuevo
aquella sonrisa del encuentro para, sin pausa alguna ni esperar respuesta,
seguir hablando de literatura. Aurelia, frente a él, seguía deslumbrada el hilo
de una imparable y fascinante reflexión que oscilaba entre las citas de los
textos más elocuentes y los proyectos literarios que ambos conocían bien. Era
la continuación de sus cartas, no podía negarlo, incluso con los mismos
deslizamientos ocasionales en breves y escuetas confidencias como las que
habían ido conformando en aquellos dos años el aura vacilante de su
intimidad.
Estuvieron sentados a la mesa hablando sin parar, él o tal vez ella
también, sí, los dos, hasta que a las seis de la tarde se levantaron y fueron al
hotel donde los miembros de la comisión esperaban a Aurelia. Y en la puerta
se despidieron a toda prisa porque hasta entonces no habían reparado en la
hora, no sin antes haberse jurado que volverían a verse, muy pronto, dijo él,
para que no tengamos que escribir tanto, bromeó, cuando acabe este curso y
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vuelva a Madrid. Y aún quiso retenerla y la abrazó con ternura y ella se dejó
hacer cerrando los ojos, consciente del temblor o de los latidos de su corazón,
pero sin lograr que coincidiera del todo el rostro que se inclinaba sobre ella y
su querencia, con los del otro muchacho, el que había dejado en la estación de
esta misma ciudad dos años antes. La retuvo con suavidad un instante y le
recordó al oído que le correspondía escribir a él, soy yo el que debo carta, yo
te escribiré, te hablaré de hoy y de muchas cosas que todavía han quedado
pendientes. La apartó un poco para verla mejor, sin desprenderse de ella, y la
miró con curiosidad, ¿de veras no has cambiado de peinado?, y otra vez al
oído, te daré mi nueva dirección que ya tendré para entonces, voy a mudarme
por fin, voy a dejar esta ciudad. Y esa sonrisa pícara tan tierna y tan reciente,
fue lo último que vio antes de que la puerta de cristales la separara de la calle.
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e inconfesable. Porque todo había ocurrido en un espacio que correspondía
únicamente a la literatura, un espacio voluntariamente confuso donde cabe el
misterio y la invención, tambaleantes y oscuros dominios donde no toleraría
que anidaran sus sentimientos. La literatura había sido siempre para ella un
mundo de creación ajena cuyo análisis y estudios le permitían ser una buena
profesional y ganarse la vida, pero hasta ahora no se había mezclado con las
emociones y los delirios de sus sueños. No renegaba de nada, quería que lo
supiera, lo recordaría toda la vida con la misma emoción con que había
esperado y recibido sus cartas durante dos años, aunque no estaba muy segura
de cuál de los dos rostros le devolvería la memoria, esto, el tiempo se cuidaría
de resolverlo. Por el momento no tenía otra opción, si quería ser honesta
consigo misma y sobre todo con él, que dar por finalizada una historia que ya
lo estaba mucho antes de que se volvieran a ver, que de hecho jamás había
existido más que en la vaguedad de un tiempo y un modo narrativo aptos para
la invención y la ficción. Y la prueba de lo que estaba diciendo era que tras
tantos cambios de impresiones y de confidencias, tras compartir devoción o
rechazo por autores y obras y comentar hasta el delirio los textos que él le
enviaba, no lo había reconocido, no lo había reconocido del todo por lo
menos, porque no era a él a quien había ido a ver y estaba claro que de ningún
modo era a él a quien se había dirigido. Sí, conocía su respuesta, pero le
rogaba que tratara de comprender…
Perdió muchas horas y muchos días en la redacción de la carta, de un
borrador pasó a otro sustituyendo párrafos que le parecieron demasiado
extensos por breves y concisas precisiones. Cambió varias veces la forma de
exponer su razonamiento y desestimó por superfluas dos o tres metáforas que
a primera vista le habían parecido muy aclaratorias, hasta que estuvo segura
de que había conseguido una última redacción en la que, más por redondear el
estilo que por precisar el contenido, todavía introdujo alguna breve
corrección. Dos días antes de que se cumplieran las tres semanas desde su
último encuentro, había pasado en limpio la versión definitiva y la había
metido en un sobre con el nombre y apellido de Manuel a la espera de recibir
la dirección para completarlo.
Un largo y decisivo mensaje que, sin embargo, nunca llegó a su
destinatario, porque tras esas tres semanas y aún durante muchos meses
después, Aurelia esperó en vano el correo con la carta que él le debía en la
que, según le había anunciado al despedirse, habría de comunicarle, entre
muchas otras cosas, su nuevo domicilio.
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Más allá del límite
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A J. D.,
homenaje póstumo de admiración y cariño.
1
Nunca tuve la menor noticia de su vida sentimental. Bien es verdad que
sólo nos conocíamos desde hacía cinco meses. Lo recuerdo con tanta
precisión porque precisamente el mismo día que murió me había invitado a
cenar y yo, en mi inocencia, lo había tomado como una tímida alusión al
modesto aniversario de nuestro encuentro. Se me dirá que no tengo ojos en la
cara, lo sé, y ahora que rememoro todas las veces que estuve con él, veo en
sus gestos, en sus intenciones e incluso en sus miradas, una forma de hacer y
de decir con las que tal vez pretendía sustituir las palabras que yo tanto
echaba de menos y a las que él era tan poco aficionado.
Yo soy script, mejor dicho, quiero ser script, pero hasta ahora no he
conseguido más que pequeños trabajos de ayudante sin título alguno, las más
de las veces sin apenas remuneración. Él en cambio era un hombre bien
conocido en el mundo del cine en el que llevaba muchos más años que yo y
donde tenía prestigio porque, entre otras cosas, había conseguido que dos de
las películas para las que había escrito el guión fueran un éxito de taquilla y
de crítica. Nos habíamos conocido en una de estas fiestas multitudinarias y
enloquecidas que se organizan tras un estreno. Él estaba junto a la barra
rodeado de amigos, bebía tónica con hielo y se le veía un poco distraído, casi
distante. Tenía los ojos tristes o melancólicos o simplemente idos, quizá por
los tranquilizantes que según supe más tarde se tomaba a todas horas, y al
acercarme descubrí que debajo de los puños de la americana asomaban los
bordes de las vendas que le envolvían las muñecas. Tal vez por todo ello, y
sin darme apenas cuenta, quedé subyugada por los efluvios de ese atractivo
que emana de los hombres con una tragedia a cuestas de la que nunca hablan
y a la que tan sensibles somos ciertas mujeres porque despierta en nosotras un
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mecanismo que nos impulsa a sentirnos portadoras de una misión inapelable y
superior, y acabamos convenciéndonos de que nuestro amor y nuestra ayuda
lo redimirán del mal que lo aqueja y encontrará con nosotras la felicidad.
Algo así debió de ocurrirme, aunque no lo recuerdo con demasiado detalle.
No tengo más memoria que el mágico encuentro con un héroe romántico, de
los que había tenido noticia en la literatura del bachillerato o en alguna
película de Jeremy Irons. No puedo decir cómo comenzamos a hablar tras mi
insistente mirada que él pareció no descubrir, aun cruzándose con ella en
varias ocasiones. Debió de ser muy tarde en la noche, cuando llevábamos
horas bebiendo y fumando y habíamos olvidado dónde estábamos y por qué
habíamos venido. Tienes los ojos bonitos, dijo en un momento determinado,
eso sí lo recuerdo, y yo, espoleada por sus palabras y probablemente por las
copas, los dejé evolucionar en una serie de caídas y parpadeos que él recibió
con una media sonrisa indulgente. Me sentí como una niña y dejé de mover
los ojos, eso también lo recuerdo, y sé que a partir de aquel momento
hablamos sin parar pero no podría decir de qué ni de quién. Después salimos
del local y él, que había recogido su abrigo del guardarropa y se lo había
echado a la espalda, me pasó un brazo por los hombros y juntos caminamos
hacia la salida abriéndonos paso entre la multitud. Yo creía que íbamos a su
casa y me apretujé contra él, sin hablar porque al levantarme la cabeza había
comenzado a darme vueltas y preferí dejarme llevar. Pero una vez en la calle,
detuvo un taxi con la mano y me preguntó:
—¿Puedo llevarte a casa?
Apenas tuve tiempo de reaccionar y balbucear que no, gracias, que tenía
el coche muy cerca de allí, que no hacía falta.
—¿Seguro que no quieres que te lleve? ¿Seguro que estás bien?
—Sí, estoy bien, de veras.
Me besó en la punta de la nariz, sonrió por primera vez y me dijo:
—Sé buena —y añadió con ironía mientras se metía en el taxi—: Te
quiero mucho y te llamaré.
¿Cómo que me llamará? ¿A dónde? ¿Cómo sabe dónde vivo y cuál es mi
número de teléfono? Abrí el bolso y saqué el bolígrafo y, antes de que se
metiera en el taxi, le cogí la mano y escribí en la palma el número de mi casa.
Él sonrió, me besó otra vez parcamente y se fue.
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Se atribuyen a menudo a los muertos cualidades que no tenían cuando
estaban vivos. Pero en este caso no es así. Raúl era un hombre adorable. Lo
era por la forma de andar y de moverse, pero también por la mirada y la voz,
y por la tímida ternura con que trataba a los demás, por el fondo de tristeza
que emanaba de su persona y que no lograba esconder ni disimular que a mí,
cuando lo oía poner en duda con cierta melancolía no exenta de resentimiento
las realidades más palpables del universo, me dejaba anonadada,
ensimismada, a medio camino entre el asombro y la emoción. Pero sobre
todo, y tal vez éste fuera su encanto mayor, era un hombre reservado,
misterioso.
En esos cinco meses nos habíamos visto todos los días, habíamos ido al
cine, a conciertos, habíamos paseado por la ciudad y nos habíamos contado
nuestros secretos y esa parte de la vida que reservamos para las confidencias,
es decir, la infancia. Bien, para ser sincera creo que la que contaba secretos y
hacía confidencias era yo. Él se limitaba a hablar de la futilidad de todas las
cosas de este mundo, del dolor que arrastraban todos los hombres desde que
la humanidad era humanidad, de lo inútil que resultaba buscar una salida a los
conflictos del alma, pero nunca de su propio dolor, de sus propios conflictos.
Sólo se refirió una vez al intento de suicidio, pero sin decirme si había sido el
primero o el último y dando por supuesto que yo conocía los detalles. Sin
embargo los únicos datos que yo tenía eran aquellas vendas blancas que
asomaban bajo la americana la noche que lo conocí y que a los dos días,
cuando me llamó para decirme que sin darse cuenta se había llevado mis
gafas de sol y fui a buscarlas, había sustituido por los puños apretados de su
camisa de franela que sólo en un momento de descuido dejaron al descubierto
el extremo de unas cicatrices todavía tiernas y sonrosadas. A pesar de nuestra
creciente amistad, mantenía siempre la distancia, una barrera contra la
intimidad que yo achacaba a su impenitente horror al compromiso. Y es que,
ahora lo veo, no tenía por qué suponer otra cosa que lo que su
comportamiento me indicaba. La confianza que me tenía, las horas que
pasábamos juntos, lo mucho que me enseñó de mi trabajo, la música que
oíamos durante horas, la llave de su piso que yo tenía en el bolsillo, eran para
mí anticipos del amor que yo no me atrevía a mendigar, ni a exigir, ni a
precipitar, ni siquiera a nombrar, temerosa de que él, en su encastillada
posición de soltero y hombre mayor que yo, reaccionara a la contra y todo se
viniera abajo. Y aunque comencé, sobre todo en las últimas semanas, a
besarlo en los labios al llegar y al irme, me daba cuenta, por la naturalidad
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con que lo aceptaba y lo devolvía, que no tenía el menor interés en
considerarlo una puerta que yo abría a mi rendición.
En realidad no tuve tiempo de cambiar de parecer. El día que salió de
viaje, a París dijo, para tratar con ciertos productores franceses que nunca
había nombrado antes, de la posibilidad de que compraran un guión que les
había enviado hacía meses y cuya aceptación parecía tenerlo atemorizado,
estaba demasiado nervioso para que no me sorprendiera ese comportamiento
tan poco habitual en él. Lo ayudé a hacer la maleta para tres o cuatro días y lo
acompañé al aeropuerto sin lograr que despegara los labios ni que me diera
las últimas instrucciones para su madre como había hecho otras veces.
Desapareció por el control de pasajeros y ni se volvió a decirme adiós. Era
evidente que tenía entre manos un juego distinto del que quería hacerme
creer, pero yo, una vez más, desvié la interpretación y atribuí su inquietud a
problemas profesionales de prestigio o de dinero. Sin embargo volví a casa
con la mente sombría, no por él, sino por mí que no lograba de ningún modo
seducirlo como me había propuesto.
Fue la última vez que lo vi. Su imagen en el aeropuerto ha suplantado a
muchas otras más intensas o más tiernas y me será difícil pensar en él sin ver
el hombro que cedía bajo el peso de la bolsa, el cuello de la gabardina
levantado cubriéndole la nuca y el caminar cansino con que había
desaparecido de mi vista. Todavía hoy, un mes después de aquella despedida
de la que no me fue concedido enterarme más que cuando ya no podía
compartirla, me atormenta pensar en lo que se llevaba consigo que, si bien he
podido descubrir en parte, nada o casi nada me dice de lo que desencadenó y
apuró la tragedia de una vida que pasó rozando la mía.
Me había dicho que volvería el lunes siguiente, pero ni el lunes, ni el
martes, ni el miércoles, ni el jueves tuve noticias suyas. El viernes fui a su
casa, no sé muy bien por qué, tal vez con el pretexto de ver si había llegado y
partido de nuevo sin avisarme. Sentía unos celos inciertos y no definidos y
comencé a fabular historias de mujeres parisinas que lo retenían sin que él
pudiera o quisiera escapar a su seducción.
El apartamento en la penumbra no me devolvió la tranquilidad. A simple
vista ninguna de las estatuillas, de los libros, discos y vídeos que cubrían las
paredes, ni la foto de sus hermanas, ambas de perfil en unas dimensiones
exageradas, había variado desde el día que él se había ido, ni señal alguna
indicaba que hubiera vuelto: la maleta que se había llevado no estaba,
tampoco había ropa sucia en la canasta, ni en la cocina una taza o un vaso en
la pila delataban su paso por ella. Lo único curioso era que, después de una
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semana de ausencia, no hubiera mensajes en el contestador automático que
tenía la cinta completamente rebobinada y virgen. Pero tal vez por la fuerza
inquisidora de mi propio escudriñar, la habitación adquirió poco a poco un
aire extraño y extranjero que me inquietaba.
Me tumbé en el sofá un poco desconcertada y aunque intenté por todos los
medios convencerme de que se había retrasado sin más, y de que no tenía por
qué comunicarme los cambios que introdujera en su itinerario, no logré
apartar de mi mente los malos presagios que como espectros tenebrosos se
desplazaban por mi pensamiento.
De pronto, en la penumbra del atardecer, una sombra negra rasgó la
habitación y fue a caer a mi lado. Me levanté de un salto y encendí la luz: Ían,
el gato, se había lanzado desde algún estante y permanecía inmóvil sobre el
sofá mirándome con sus ojos dorados. Hasta que me tranquilicé no caí en la
cuenta de que yo misma había llevado a Ían a casa de su madre pocas horas
después de que él se fuera a París. Tal vez, pensé, ella lo ha devuelto porque
Raúl la ha llamado y le ha dicho que llegaría hoy o mañana.
Sin saber por qué esta idea alivió la tensión que sentía desde que había
entrado en el apartamento y marqué enseguida el número de su madre
convencida de que ella me daría cuenta del inesperado retraso. Pero a la
primera llamada, con esa seguridad con que sin motivo conocemos que el
teléfono suena en el vacío, supe que allí no había nadie, y efectivamente, por
más que lo dejé sonar no obtuve respuesta. Tampoco respondió nadie cuando
por la noche insistí desde mi casa, ni siquiera a una hora en que yo sabía que
estaría acostada, porque era mayor y de salud delicada, y desde la muerte de
la segunda hija, hacía poco más de un año, apenas salía como no fuera con
Raúl y nunca de noche.
Estaba confundida y no sabía a quién pedir ayuda. No conocía a sus
amigos más que de haberlos encontrado en algún restaurante o en un pase de
película y me era imposible recordar sus nombres. No entendía lo que podía
haber ocurrido porque habíamos quedado precisamente este sábado a cenar.
Había sido él el que lo había dicho un día antes de irse y había añadido: no te
comprometas con nadie, guárdame este sábado, ¿de acuerdo? Además, el
mismo sábado por la mañana tenía una cita con un músico, lo supe porque
estaba anotado en el bloc junto al teléfono, y el domingo lo esperaban unos
amigos para comer. Pero no era el temor de que faltara a las citas lo que me
preocupaba, ni tampoco la cena conmigo, sino algo que flotaba en el aire,
algo que casi se podía palpar, una inquietud confusa y vaga como una escueta
premonición que se originaba en esos pequeños atisbos de misterio cada vez
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más evidentes. No había duda alguna de que había vuelto de París porque
alguien tenía que haber llevado el gato a su casa, a no ser que hubiera sido su
madre, pero en este caso ¿dónde estaba la madre? ¿Se habría ido de viaje
dejando el animal en casa de su hijo sin comida? ¿Quería decir esto que hoy,
como muy tarde, llegaría Raúl de París?
Esperé, pero nada ocurrió ni nadie me llamó en las horas siguientes.
No dejaba de pensar en él y la insistencia llegó a convertirse en obsesión.
Recordé la estrecha pero tensa relación que tenía con su madre, es decir, la
que yo creía que tenía y que por lo poco que sabía de ellos, me parecía un
constante y recurrente anhelo de dar y recibir protección, pero también un
implacable vínculo de dependencia. Iba a verla muy a menudo y desde que
nos conocíamos, por lo menos cuatro o cinco veces se habían ido los dos a
pasar el fin de semana a un hostal del Pla de l’Estany, Hostal del Manso creo
que se llamaba, cerca de la Mare de Déu del Mon, el santuario situado en la
cumbre de una montaña desde donde habían venteado sobre el abismo las
cenizas de una hermana y al cabo de unos meses de la otra. Eso fue lo que me
contó escuetamente un día, mientras cenábamos y añadió, de sida, las dos
murieron de sida. Y yo, sin saber qué responder a esa inusual confidencia, me
quedé pensando en lo que harían en ese monte, tal vez recordar o intentar
olvidar los meses de agonía, o la ausencia, él procurando ayudar a su madre a
que volviera a encontrar un sentido a su pobre vida y haciéndose los dos una
compañía que difícilmente podría paliar su soledad. Tal vez a él lo redimía de
la mala conciencia de dejar a su madre tan sola, tal vez era él el que sentía una
desesperada añoranza de las hermanas, no lo sé, nunca volvió a hablarme de
ellas.
El sábado después de comer se me ocurrió ir al garaje de su casa a ver si
estaba el coche, y el coche no estaba. Así que era eso, se habían ido a las
montañas. Podría haberme dicho algo, habría sido lo más sensato y lo más
justo, y la irritación silenció por un momento la inquietud. Pero volvió al poco
rato, porque ninguna explicación ni siquiera la de que ambos habían vuelto al
lugar de sus tristes citas, lograba atemperar mi desasosiego.
Pasé la tarde del sábado en su apartamento buscando indicios que
pudieran aclarar la situación, pero al mismo tiempo sin que se tambaleara la
convicción de que algo inusual, algo irreparable había sucedido. Serían las
ocho cuando sonó el teléfono, a punto estuve de cogerlo pero pensándolo
mejor dejé que hablara el contestador. El mensaje era en francés y parecía ser
la continuación de otros que se habían sucedido ayer y hoy, tal vez ésos que
alguien había rebobinado antes de que yo llegara la primera vez. La voz era
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de un hombre lloroso, el contenido palabras pidiendo perdón por no haber
correspondido, por no saber hacerlo, quizá por amar a otro, no lo entendí bien.
Y añadía, dime algo, no me hagas sufrir, intenta perdonarme.
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con el dibujo en pluma de una casa de labor: «Hostal del Manso, Cabanelles
(entre Besalú y Figueres), al pie del santuario de la Mare de Déu del Mon», y
sin que la orden pasara por el cerebro, me encontré llamando al hostal:
—Diga.
Me eché a temblar.
—¿Está el señor Raúl Subías?
—No, no ha venido. Es decir —rectificó la voz—, los he visto pasar esta
mañana camino del santuario, pero no se han detenido como otras veces a
reservar habitación, y a la hora que es ya deben haber pasado de vuelta a
Barcelona. ¿Quién habla?
—Soy una amiga y había quedado con él para cenar —no sabía qué decir.
—Ah, pues tal vez por eso no se hayan quedado como otras veces, ya
supusimos que tendrían qué hacer en Barcelona.
—Si volvieran o pasaran por aquí, ¿podría decirle que me llamaran?
—Pierda cuidado, ¿a quién digo que llamen?
—A Teresa, por favor.
—¿Tiene el teléfono?
—Sí, dígale que estaré en casa.
—Se lo diré. Adiós.
—Gracias, adiós.
Salí corriendo hacia mi casa como si fuera a llamarme enseguida. Mi casa
estaba también vacía, mi madre se había ido de viaje hacía varios días y no la
esperábamos hasta principios de mes y la abuela había ido a pasar el fin de
semana con su hermana, que vivía en Sant Cugat. Todo adquirió en la agónica
espera el tinte reposado y trágico de lo irremediable. Varias veces llamé a
casa de la madre y varias a su casa, colgando en cuando se disparaba el
contestador, no fuera que en aquel momento llamara él y mi número
comunicara. Me movía en un mar de hipótesis contradictorias. Por una parte
la esperanza, pero por la otra la inquebrantable certeza de que, fuera lo que
fuera lo que hubiera ocurrido, ya era irreparable.
Fue una noche eterna. Intenté leer, oír música, ver la televisión, incluso
me tomé un par de copas que no hicieron sino desvelarme más y dar a mi
pensamiento una lucidez metálica que aceraba el solapado espanto que lo
envolvía. A las dos de la madrugada, sin siquiera desvestirme, tumbada en el
sofá, logré echar una cabezada de la que desperté a las tres con la sensación
de que había dormido todo el sueño que podía albergar mi cuerpo. Ni siquiera
clareaba. Tenía ante mí varias horas de un tormento que se había recrudecido
con el despertar. Ya casi no podía pensar, mi mente se debatía en el fragor de
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la misma sorda premonición que el paso del tiempo no hacía sino afianzar.
¿Dónde estaban? Tal vez habrían decidido cambiar de posada y olvidarse de
la que tantas veces los había acogido. ¿Por qué? O habían decidido continuar
viaje hacia algún lugar desconocido. ¿Y si habían tenido un accidente?
No logré volver a dormirme pero sí perder de vez en cuando la noción del
tiempo y de la espera. En algún momento sentí frío y me abrigué con una
manta. Por la ventana empezaba a clarear y la luz vaga de un día de invierno
me llegaba como un pálido pentagrama a través de la persiana a medio bajar.
En cuanto me pareció una hora razonable repetí todas las llamadas con el
mismo resultado.
Eran las diez cuando sonó el teléfono. Me precipité al aparato
trastabillando entre la mesa y un sillón, tropecé con el cordón y un jarro cayó
al suelo haciendo un ruido de mil demonios.
—Diga, ¿quién es?
—¿Eres Teresa?
Era una voz de mujer, una voz que contenía ansia, o expectación, no sé
exactamente qué, pero no era una voz tranquila, o tal vez a mí todo me
parecía imbuido de la desazón de aquella mañana.
—Soy Laura. No creo que me recuerdes. Nos presentó Raúl el día del
estreno de Maldito martes, ¿te acuerdas? Yo hice el sonido y Tristán, mi
colega, se ocupaba del casting. ¿Te dice algo?
—No —murmuré sin demasiada convicción porque la memoria me trajo
una serie de rostros pero no fui capaz de adjudicar ninguno a la voz que
hablaba del otro lado del teléfono—. No —repetí—, lo siento, no me acuerdo.
—Da igual, yo sí te recuerdo. Te llamo para saber si sabes algo de Raúl,
lo estamos esperando desde las nueve, teníamos que hacer unas pruebas de
sonido…
—No, no sé nada —y en un instante la angustia acumulada durante las
últimas horas se concentró en una descarga nerviosa que me hizo estallar en
sollozos.
—¿Por qué lloras? ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?
Quería contener las lágrimas y apenas me quedaba fuerza para responder:
—No sé, no sé lo que ocurre. Tenía que haber vuelto el lunes y no he
sabido nada de él desde entonces. El viernes por la noche vi que su coche no
estaba en el garaje.
—Esto quiere decir que ha vuelto, mujer.
—Es lo que yo creí. Pero como en su casa no estaba ni había dejado la
maleta, llamé a su madre pensando que tal vez se había ido con ella a
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Cabanelles. —No puedo explicar qué es lo que me hizo omitir la aparición del
gato, pero no fue olvido.
—¿Por qué? ¿Te había dicho que quería irse con ella?
—No, habíamos quedado en cenar ayer, sábado, pero como últimamente
se sentía mal por dejarla sola tan a menudo…
—Sí, es cierto, cada vez se torturaba más.
—… pues yo creí que se habría ido con ella a Cabanelles, ya sabes…
—Ya sé ¿qué?
—Bueno, allí —respondí un poco avergonzada por ventilar ante una
desconocida los secretos de Raúl, los únicos que yo conocía—, es donde
esparcieron las cenizas de Celia y Susana.
—Claro que lo sé, lo sabíamos todos —dijo y había en su voz un deje de
recriminación, como si quisiera darme a entender que ella no era una
desconocida, ella pertenecía a los viejos amigos, a los de siempre, si acaso la
advenediza era yo. Y añadió más dulcemente—: Nunca lo escondieron.
—El caso es que llamé al Hostal del Manso y la mujer que contestó al
teléfono me dijo que efectivamente los había visto pasar, pero no se habían
detenido a reservar habitación como otras veces, y como eran las siete de la
tarde y ya había oscurecido suponía que habrían vuelto a Barcelona, aunque
ella no los había visto volver.
—¿No habrían vuelto después de las siete?
—Dejé el mensaje de que me llamaran pero aquí no ha sonado el teléfono
en toda la noche, y hace poco acabo de llamar al hostal y me han vuelto a
decir que no habían ido. También he probado en su casa y en casa de su
madre, pero no contesta nadie.
Y aliviada por tener a alguien con quien compartir mi angustia, esperé a
que hablara ella. Pero sólo me respondió un ruido seco, una especie de
estruendo al otro lado del hilo que me sobresaltó.
—¿Laura? ¿Estás ahí?
—Perdona, se me había caído el teléfono. Oye ¿estás segura de que no
hay nadie ni en su casa ni en casa de su madre?
—Bueno, ya te lo he dicho, nadie respondió hace media hora, cuando
llamé por última vez.
Y tras una pausa:
—¿Tienes coche?
—Sí.
—¿Tienes algo que hacer hoy?
—Como no sea esperar, además es domingo.
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—¿Por qué no vamos al hostal o al santuario y vemos qué pasa?, a lo
mejor han tenido una avería y no pueden ni pedir ayuda y han tenido que
volver caminando, o quizá él no lleva consigo tu número de teléfono. ¡Qué
estúpida soy, no digo más que tonterías! —añadió para sí—. O quién sabe si
han preferido no llamar a nadie. Ya sabes, a veces Raúl es un poco raro. —Y
luego cambiando de nuevo el tono—: ¿Sabes tú a cuánto está Cabanelles de
Besalú, y el hostal de Cabanelles, y el santuario del hostal?
—Yo, ni idea, pero tengo la tarjeta que lleva detrás un plano.
—Bueno, ¿qué? ¿Te animas?
—Sí —dije sin pensarlo y me sumergí en el alivio que supone tener algo
que hacer, un lugar a donde ir, una persona con quien hablar.
4
Laura resultó ser una mujer de unos treinta y cinco años, quince por lo
menos más que yo. Era despierta, tenía los ojillos movedizos y escrutadores y
hablaba con tal rapidez que las palabras se precipitaban unas sobre otras como
un torrente. La encontré esperando en la puerta de su casa y excepto la
primera media hora en que no calló, el resto del viaje, de Barcelona a Girona
y de allí por la carretera de Banyoles hasta Besalú, apenas hablamos.
Cuando al cabo de dos días volví a pensar en este viaje, comprendí que de
algún modo habíamos estado compitiendo no por un hombre sino por el lugar
que las dos creíamos ocupar en la escala de sus afectos. Ella, la mujer que lo
conocía mucho más que yo y desde hacía mucho más tiempo, y yo, la
chiquilla, una advenediza, que con tan poco en su haber disponía de los
mismos recursos en esta historia que ella.
Las dos nos debatíamos entre la confusión y la timidez, como si no
estuviéramos demasiado seguras de lo que estábamos haciendo, o como si
tuviéramos el presentimiento de que, frente a lo que podíamos encontrarnos,
no habíamos elegido la compañía adecuada. Además ella dijo que no le
gustaba ir de paquete seguramente porque no se fiaba de mi forma de
conducir o para que le dejara el volante, pero yo no me di por aludida y seguí
conduciendo, y ella se consoló encendiendo un cigarrillo con la colilla del
otro.
Ya casi al final del viaje nos encrespamos en una discusión sin sentido
porque ella me acusaba de haber exagerado la situación y yo a ella de haber
Página 114
venido a echar leña al fuego. Por desgracia las dos teníamos razón. Cuando
dos horas más tarde llegamos al Hostal del Manso, en Cabanelles, el
pueblecito al pie de las montañas en la comarca de Pla de l’Estany, acababan
de conocer la noticia: habían encontrado el coche de Raúl en el fondo de un
barranco y todo parecía indicar que se había despeñado desde el punto más
alto de la carretera, poco antes de llegar al santuario. Dijeron que el barranco
debía de tener unos setecientos metros de profundidad, y que aunque el coche
no se había incendiado, los dos, él y su madre, habían muerto.
Nos lo dijo la posadera en cuanto pasamos el portalón abierto y antes aún
de darnos tiempo a preguntarle si los habían visto. El zaguán de la posada era
amplio, oscuro y frío y un grupo de personas envolviéndose en sus propios
abrigos escuchaban consternados los comentarios y los lamentos con que la
mujer, sorbiéndose las lágrimas, repetía los detalles que conocía del accidente
y los aderezaba con comentarios de su propia cosecha. A su lado, el marido,
con aire meditabundo pasaba una gamuza por el mostrador de madera tras el
cual se había parapetado.
—No era posible. Venían con su dolor a cuestas y subían al santuario, a
pie muchas veces y eso que son más de doce kilómetros de subida. Dos hijas.
Dos hijas había perdido esta mujer. Cuánto dolor, Dios Santo, cuánto dolor
para la madre —y sollozaba más aún—, cuánto dolor para el hijo… ciegos de
dolor habían de estar, no había consuelo para ellos, llevaban viniendo desde
hacía dos años, cuando murió la primera…
—¿Cómo lo han sabido? —preguntó Laura a una pareja de jóvenes que
debía de pasar en el hostal el fin de semana, con un tono incrédulo, agresivo
casi, como si se enfrentara a desaprensivos que habían inventado la historia
con el único fin de hacerle daño.
—No lo creerán —respondió la posadera que la había oído—, venía la
noticia en el periódico de hoy, el de la comarca, lo acaban de traer hará una
media hora. Lo supieron antes que nosotros. La Guardia Civil descubrió el
coche en el fondo del barranco, ayer a media mañana. Y pensar que yo los vi
pasar, incluso hablé con el chico, que se detuvo un minuto a saludar…
Tras tantas horas de incertidumbre, se hizo el vacío dentro de mí como si
el cumplimiento de la premonición que me había atormentado aportara la tan
anhelada paz. Sólo al cabo de unos minutos pude darme cuenta cabal de la
realidad y aún, entre el sueño por la noche mal dormida y los acontecimientos
del día, la noticia algodonada en sordina quedó suspendida en mi conciencia
sin que me fuera posible reaccionar. Permanecí con los pies clavados en el
suelo, temblando pero sin moverme, como si el tiempo se hubiera detenido.
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Laura, en cambio, estaba poseída por una especie de frenesí que no la
dejaba quieta. Iba de un lugar a otro sin saber qué hacer, sin escuchar las
lacrimosas explicaciones que la posadera daba a quien le pedía la versión de
los hechos, buscando agua que beber para dejar el vaso intacto sobre el
mostrador, entrando y saliendo del hostal, encendiendo cigarrillos que a las
dos chupadas aplastaba con furia en el cenicero. De pronto se acercó a mí,
que seguía en el mismo sitio, y me dijo:
—¡Vamos!
—¿A dónde?
—Vamos, luego te lo digo, vamos, corre.
Me levanté sin atreverme a desobedecer pensando que volvíamos a casa,
que por algún motivo que a mí se me escapaba no debíamos vernos mezcladas
en todo esto, y sólo cuando me metí en el coche y ella entró por la otra puerta,
me dijo lo que quería.
—¡Sube! —dijo—, ¡al santuario!, ¡al santuario!
—¿Para qué?, si ya han retirado el coche.
—Sube, te digo.
Hice la maniobra y enfilé por la carretera de tierra. El día era de una
claridad profunda y el sol mortecino de otoño teñía de ocres y dorados los
campos recién arados y las últimas hojas de los tilos y de las moreras. Durante
cinco o seis kilómetros pasamos entre maizales y bosques de encinas y pinos
que se espesaban conforme íbamos subiendo. Luego desaparecieron los
campos y la carretera quedó reducida a un camino. Poco a poco la pendiente
fue haciéndose más acusada y las curvas se sucedían con mayor frecuencia
marcando el declive del monte. Y en cada una de ellas yo miraba de reojo el
precipicio que se abría a nuestros pies y se abría sobre el paisaje, ensanchando
el horizonte y el mundo. El vértigo, el dolor, la angustia de no saber qué
sentido tenía lo que estábamos haciendo, debieron apremiarme a reducir aún
más la velocidad, y sobre todo ese terror sordo a caer yo también por el
precipicio. Pero no me atrevía a despegar las manos del volante y en cada
curva el motor sin fuerza temblaba y yo no podía hacer otra cosa para
dominarlo que agarrarme con más tenacidad. En una curva más cerrada y con
más pendiente aún, tuve un conato de audacia, puse el coche en primera y de
ella no me moví. Debían de faltar unos dos kilómetros cuando se encendió la
luz roja del circuito de refrigeración, y al pánico se añadió entonces la
incertidumbre porque, aunque sabía que tenía que detenerme, la pendiente era
tan pronunciada que estaba convencida de que si lo hacía el freno no podría
aguantar el coche y caeríamos por el barranco, y si no lo hacía el coche iba a
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reventar. Mirara donde mirara veía el precipicio y las piernas comenzaron a
temblarme y a dolerme del mismo modo que cuando me asomaba a la ventana
de un décimo piso, o cuando miraba la ciudad desde la azotea de un
rascacielos.
Laura a mi lado no decía nada. Me volví un instante en busca de ayuda y
la encontré con la mirada fija y los ojos cubiertos de lágrimas, cegándola. El
agua del depósito o el líquido del circuito de refrigeración debía hervir porque
salía humo por las rendijas del capó y ya iba a arrimarme a la cuneta y parar
el coche, cuando apareció la curva siguiente y vi que se ensanchaba en un
pequeño terraplén del que partía un caminito de tierra entre la espesura. Dejé
el coche contra la barrera de monte bajo y encinas y a Laura en su estática
inmovilidad, y salí. El aire me tranquilizó y me puse a caminar por el sendero
que se abría paso en la vegetación. Si hay un camino habrá una casa, pensé
con alivio, y por lo menos ya no estaré sola en el mundo. Efectivamente, al
cabo de unos cien metros se levantaba una masía con una gran solana al
frente. Dos viejecitas tomaban el sol tras los cristales del portalón y detrás de
la casa un hombre limpiaba una camioneta. Me acerqué a pedir agua y
mientras él iba a buscar una botella vacía caminé en dirección a la barandilla
que cerraba la solana y me asomé al abismo.
Estábamos a una altura impresionante, setecientos metros habían dicho, y
el paisaje era sobrecogedor. La amplitud del cielo sobre los montes y los
riscos tenía un aire estático, de eternidad. Las copas de las encinas apretujadas
unas contra otras forraban la pared aterciopelada y tupida del precipicio bajo
mis pies, no había aire y las hojas estaban quietas sumándose a un silencio
cósmico que me taponaba los oídos. En el fondo del valle la carretera del
color de la mostaza, como los agostados campos recién sembrados, corría
paralela al río, las columnas de humo de las casas de labor ascendían sin
titubeos hasta deshacerse y fundirse con el azul y las escasas nubes que se
esparcían en líneas de blanco sobre el cielo no eran más que tenues muescas
que revelaban la infinita magnitud del universo.
Ayer a esta misma hora, tal vez un poco antes, con el mismo tiempo y la
misma luz, Raúl y su madre habían subido por la misma carretera que
nosotras, igual que tantas otras veces desde aquella excursión inicial en que
habían esparcido las cenizas, primero de Celia, después de Susana. Y desde
un lugar parecido a éste… No quise continuar, porque por premioso, por
detallado que fuera el pensamiento, no lograba convencerme de que todo lo
que ocurría, ocurría de verdad.
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Detrás de mí el hombre venía con una botella en la mano. Le di las gracias
y ya había iniciado la vuelta al coche cuando me detuve y le pregunté:
—¿Sabe algo del accidente de ayer?
—Unos que se cayeron —respondió hurgándose los dientes con un palito.
—¿Muy lejos de aquí?
—Dos curvas más arriba, donde comienza el camino cortado a pico en la
montaña.
—¿Cómo ocurrió?
—Debieron resbalar o tomar la curva demasiado abierta, ¿quién puede
saberlo?, la carretera es estrecha y muy empinada a partir de aquí. —Y añadió
con escepticismo—: ¿Qué más da? Cayeron —se encogió de hombros—.
¡Desgracias que ocurren! —Y dándome la espalda, volvió a su camioneta.
Me fui al coche decidida a no seguir hasta el santuario. No podría soportar
el vértigo si además del abismo no tenía siquiera la incierta protección de la
vegetación. ¡Cortado el monte a pico!
Así se lo dije a Laura, que seguía inmóvil sentada en su sitio, pero no me
contestó. Puse en marcha el motor, levanté el capó y ya estaba vertiendo agua
en el depósito cuando a través del cristal vi que Laura tenía un ataque de tos.
Abrió la puerta y se puso a vomitar con la cabeza casi tocando al suelo. Yo
dejé la botella y fui hacia ella. Intenté sostenerle la frente, pero estaba tan
convulsionada que apenas podía estarse quieta. Fui al coche en busca de
pañuelos y esperé a que cesaran los hipos y las arcadas. Entonces volví al
depósito. Cuando al cabo de un momento se incorporó, tenía la cara blanca y
húmeda y los ojos vidriosos.
—¿Estás mareada?
—Estoy cabreada, estoy furiosa, estoy rabiosa. —Y estalló en un llanto
que le salía del pecho y del estómago, un llanto profundo que sólo detenía
para gritar de nuevo contra el cielo y, a falta de otra cosa, maldecir a un Dios
en el que no creía y a sus ángeles, y arcángeles.
—Estoy cabreada —gritaba levantando los brazos—. Estoy cabreada
contra todo y contra todos, contra todos —repetía como un eco de su propia
voz que el aire irisado de las alturas esparcía por los riscos.
Yo la escuchaba en silencio incapaz de salir de mi tristeza para intentar
paliar la suya. De pronto, bajó la voz, dejó caer los brazos y murmuró con
súbita dulzura: «Contra ti no, contra ti no». Luego se acercó con los ojos muy
abiertos fijos en los míos, como si me viera por primera vez, cogió la botella
que yo tenía aún en la mano, la dejó con calma en el suelo, me envolvió en
sus brazos, y escondió la cabeza en mi hombro.
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Y así permaneció, tranquilizada por las lágrimas la histérica actividad con
que había recibido el accidente. Y en la placidez del paisaje, en la dulzura de
compartir el mismo dolor, nos fue dado encontrar al fin la vaga e incierta
complicidad que la búsqueda y el viaje, e incluso el súbito y brutal
conocimiento de aquellas muertes, nos habían negado. Ninguna de las dos
habría imaginado en aquel momento que el largo camino de sufrimiento que
habíamos emprendido por la mañana, no había hecho más que empezar.
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ayudado en los trabajos de rescate, había ocurrido con los cuerpos y con el
cráneo de Raúl. Un lienzo le cubría la frente y las orejas como si fuera el
sudario de un faraón y por él podía deducirse hasta qué punto se había dañado
el cráneo porque parecía que la cara se apoyaba directamente sobre el paño
blanco, como una máscara que alguien hubiera dejado sobre la camilla.
Ambos tenían rasguños en la frente, alguna contusión en los labios y en los
pómulos, y la madre una parte de la mejilla completamente negra, pero nada
había podido borrar la expresión de asombro que la boca y los ojos abiertos
habían mantenido incólume desde el instante en que debieron darse cuenta de
que iban a morir.
Llevábamos unos minutos frente a los cadáveres cuando entró el novio de
Laura y al cabo de una media hora, unos parientes de Raúl, un hombre y una
mujer habladora, malhumorada y esquinada. Dijeron ser primos del padre o
de la madre, no recuerdo, con quien compartían una herencia que les había
llevado, ya se sabe las herencias, decía ella a cada rato, a no tratarse durante
años. Tras los reconocimientos y los lamentos de la mujer, no por una muerte
sólo sino porque de tales formas de vivir, según dijo, no podían esperarse más
que desgracias como aquélla, fueron retirados los cadáveres, de nuevo cada
uno a su nicho de frío en espera de la autopsia. Luego pasamos a la habitación
contigua, de la que Laura y Tristán se negaron a salir hasta que los parientes
autorizaran el traslado de los cadáveres a Barcelona, donde los amigos de
Raúl eran numerosos y querrían hacerle una ceremonia de despedida. Pero los
parientes sostenían que ya bastante engorro era un accidente, una tragedia
como aquélla, para que encima tuvieran que cargar con los gastos del
traslado.
Mientras el guardia civil o el forense les hacían rellenar unos impresos y
Laura y Tristán los vigilaban sin el menor recato, yo me dediqué a mirar los
objetos que se habían encontrado en los bolsillos de los cadáveres o en el
coche, alineados sobre una mesilla del rincón que alguien había ordenado
meticulosamente, dos manojos de llaves, una agenda, carteras, un zapato, una
cadena con una medalla, un reloj escacharrado, todo sin etiquetas ni letreros,
y más allá una carpeta casi intacta con los documentos del coche donde para
mi asombro descubrí un papel doblado en cuatro con el nombre de Laura.
Sin pensarlo dos veces me lo puse en el bolsillo, es decir, lo robé, debo
reconocer que lo robé sin miramientos, sin temor alguno de que me vieran.
Debe de ser la forma más segura de robar, la que no va acompañada de
miradas furtivas, ni de movimientos irresolutos, ni acaloramientos o latidos
del corazón. Mi espíritu estaba tranquilo, mucho más de lo que había estado
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en los últimos días y con la carta en el bolsillo me sentía segura y sin el menor
asomo de remordimiento. Lo único que quería era salir de allí, quedarme a
solas con Laura y darle lo que había encontrado. Pero Laura me rechazó un
par de veces ocupada en discutir no sé qué cosa con los parientes. Así que,
impulsada por una impaciencia que no podía explicarme pero tampoco podía
dominar, pregunté dónde estaba el lavabo, y una vez dentro cometí un nuevo
y más grave delito: abrí la cuartilla y la leí. La letra era de Raúl, la conocía
bien, y decía así: «No puedo soportarlo más. Me voy con mis hermanas y mi
madre ha decidido venir conmigo». Y firmaba, Raúl.
Volví a la habitación sin oír ni importarme lo que hablaban. Consideré
muy en serio la posibilidad de tragarme el papel y no dárselo ni a Laura ni a
nadie, pero finalmente me pareció una deshonestidad para con ella y sobre
todo con Raúl y decidí devolverle lo que era suyo. Pasaron varias horas antes
de que pudiera hacerlo porque estuvieron aún hablando mucho rato. Yo no era
capaz ni de violentarme, como ellos, en defensa del traslado porque no
pensaba más que en huir, ni siquiera el hecho de que la carta estuviera
dirigida a Laura y no a mí me producía celos, como me ocurrió más tarde
cuando conducía de vuelta a Barcelona. Desolada y desplomada como me
sentía en aquel momento por este nuevo aspecto de la tragedia con el que no
había contado, no habría podido intervenir ni de haberlo hecho habría servido
de nada. La imaginación se me había disparado y por encima de sus voces,
que no hacían otra cosa que ralentizar el tiempo, veía el coche de ambos
volando desde lo alto del cerro como había visto el de Thelma y Louise
saltando por los aires para huir de los policías, de las falsas promesas de los
hombres, de un mundo que lo único que les había dado era al fin y al cabo el
cariño que las unía. Los veía darse una última mirada antes de caer al vacío,
cogerse tal vez la mano y abrir los ojos para ir en busca de lo inevitable, y me
desgarraba un sentimiento que iba mucho más allá del dolor, de la emoción:
el asombro que sentimos ante el inusitado valor de escoger la propia muerte y
su momento, más aún, el estupor de contemplar a dos seres que se han
encontrado en el hartazgo de vivir y en el anhelo supremo de compartir el fin
para alcanzar juntos la mayor complicidad.
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Volvimos a Barcelona cuando el sol se había puesto tras las montañas que
dejábamos atrás y la tierra se cubría con el frío y la desolación de una noche
que había traído consigo nubes y lluvia, tan desapacible como el estado en
que nos encontrábamos. Nos debatíamos entre la aceptación de su voluntad y
el pensamiento de que, de haber sabido lo que ocurría, habríamos podido
remediarlo, pero sobre todo no podíamos apagar ese rencor sofocado ante la
persona amada que ha decidido irse sin tenernos en cuenta, sin contar con el
sufrimiento de los que quedamos, sin tomarse siquiera la molestia de probar si
nuestra presencia y nuestro apoyo podrían haber cambiado las cosas.
—No se lo perdonaré mientras viva, lo juro —decía Laura de pronto—,
¡nunca!, ¡jamás! —y al comprender la futilidad de la amenaza escondía la
cara entre las manos e intentaba contener los sollozos de impotencia, de rabia
y de dolor que iban dejando líneas violeta bajo sus hermosos ojos negros.
—Me cuesta comprender —añadía Tristán desde el asiento de atrás
asomando la cabeza entre nosotras dos— la posición de Leonora, la madre.
Entiendo que llevara mucho tiempo sometida al sufrimiento por la muerte de
las dos hijas, pero me es difícil aceptar que no se resistiera al suicidio, no al
suyo, que suponía para ella el fin del sufrimiento, sino al del hijo. Las madres,
por su naturaleza misma, tienen sin proponérselo la función de asegurar la
vida de sus hijos, es una ley natural.
Y tras un momento de silencio en que los tres permanecíamos
hipnotizados por el resplandor de los faros abriéndose camino entre la lluvia:
—¿Qué se dirían en esas excursiones al santuario? ¿Qué consuelo podía
representar hablar una y otra vez de lo mismo, revolcarse en la añoranza, en la
convicción de lo irreparable, revivir los mismos lugares, como no fuera el
deseo de mantener el dolor como la única muestra de fidelidad a las hermanas
que habían muerto?
—Yo no lo veo así —decía Laura—. Tal vez Raúl la acompañaba porque
ella tenía necesidad de volver al lugar donde habían echado las cenizas, igual
que la gente va al cementerio.
—Sí, claro, pero algo profundo debía de haber dejado en los dos ese
paraje, porque al fin y al cabo es el que han escogido para morir. ¿Creerían de
verdad que iban a encontrarse con ellas? —preguntaba Tristán.
Yo los oía sin entender demasiado qué pretendían con tanta pregunta. En
el sopor de la calefacción del coche, en el vaivén de los limpiaparabrisas, en
el runrún de la conversación, en el apaciguamiento de tantas horas de
sentimientos encontrados y angustiosos, una realidad se hizo patente: yo no
había sido nadie para Raúl, ni la chica de veinte años que quería seducirlo, ni
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la amiga que realmente fui, ni el amor que pretendía ser con tiempo y
paciencia, nada, nada en absoluto. Apenas había reparado en mí, no me había
dejado ni un triste papel, ni una nota como a Laura, ni había acudido a mí en
busca de consuelo, ni me había hecho partícipe de sus anhelos, de sus
problemas. Yo había estado con él sin conocerlo, y él conmigo sin ni siquiera
verme, ninguno de los dos habíamos sabido quiénes éramos, qué le pedíamos
a la vida. Tampoco se había dado cuenta por quién palpitaba mi corazón y yo
no había sabido por quién agonizaba el suyo, ni habría podido imaginar que
fuera capaz de amar o de sufrir hasta el extremo de querer morir, de morir
como había muerto. Ni siquiera sabía que llevaba años yendo al psiquiatra,
como me había dicho Laura. Veía ahora sus ojos claros en la oscuridad de la
noche, podía oír el suave timbre de su voz, era capaz de reproducir el gesto
dulce e irónico de sus labios cuando me escuchaba o la forma en que jugaba
con la tira que envolvía el paquete de cigarrillos, y sin embargo no sabía
quién era, no lo reconocía. Había quedado aprisionado, no en la foto fija del
último instante, ni en el rostro de mascarilla que acababa de dejar, ni en el
hombre que me había fascinado, sino en un ser distinto, ajeno a nosotros,
desmembrado de mi entorno y de mí, un extranjero, una quimera.
—¡Teresa! ¿Me oyes? Despierta.
—No estaba dormida.
—Escucha, yo sé quién tiene las llaves de la casa de Leonora. ¿Por qué no
vamos antes de que aquella bruja se apodere de todo? Tal vez podamos saber
algo más.
—¿Qué más quieres saber? —dije yo, que ya había perdido todo interés
en lo que no fuera la muerte y el dolor. ¿Qué me importaban a mí las
pequeñas variaciones que pudiéramos descubrir husmeando en los papeles de
su madre? Lo esencial es que había muerto, por su voluntad, y que no se había
acordado de mí. Y me refugié en esa compasión por mí misma, mezclada con
la mala conciencia y la vergüenza de dejar que los sentimientos se
precipitaran a un nivel tan elemental.
Pero fuimos. Laura no se apeaba de una idea que hubiera tenido ni
renunciaba fácilmente a lo que se había propuesto. Y una vez supo que Raúl
llevaba todas las llaves, las de la casa de su madre incluidas, en el manojo que
había quedado en el depósito, al llegar a Barcelona nos hizo ir en busca de
una tía suya que tenía la misma mujer de la limpieza que Leonora.
—¿Para qué la quieres? —oí que le preguntaba mientras yo miraba
ostentosamente los cuadros de la pared para disimular mi malestar. Tenía la
impresión de que íbamos a asaltar una casa y por mucho que me decía que la
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propietaria había muerto y que nada hacíamos contra ella, un terror sordo me
hacía castañetear los dientes.
—Es que necesitamos un aparato que Raúl tiene en casa de su madre, tía,
y él y su madre están de viaje. No te preocupes. No pasa nada.
Encontramos a Águeda, la mujer de hacer faenas, en el otro extremo de la
ciudad, y al saber que veníamos de parte de la tía de Laura nos dio la llave sin
pedir explicaciones:
—¿Voy mañana? —añadió cansinamente quitándose una greña de la
frente.
—No, no hace falta, me dijo Leonora que ya la avisaría —respondió
tranquilamente Laura.
—¡Pero qué rostro tienes! —bramó Tristán bajando las escaleras de la
casa—. ¿Sabes que lo que estamos haciendo debe ser delito? Pedimos la llave
de un apartamento después de haber estado en el depósito reconociendo a la
muerta, y luego nos vamos a su casa como si fuéramos atracadores.
—¿Bueno y qué? —dijo ella—. ¿Qué nos puede pasar? ¿Que nos acusen
de allanamiento de morada y robo? Pues ya nos defenderemos. De momento
vamos a ver lo que encontramos. —Pero estábamos los tres como tres chicos
que han decidido atracar un banco y no saben muy bien cómo se hace.
Eran las doce de la noche cuando aparcamos el coche frente a la casita
que Leonora tenía en Gavà, un pueblo de pinos y parcelas cerca del mar, al
sur de Barcelona. La lámpara del porche estaba prendida aún, como si alguien
nos esperara, pero no había luz alguna en el interior de la casa. El llavín dio la
vuelta y entramos, y recorrimos a oscuras buena parte de la pequeña planta.
Hablábamos en susurros y no hacíamos más que dar vueltas a la vaga luz de
la farola exterior. De pronto se encendieron las lámparas y nos cegó la luz. La
voz de Tristán era una agresión:
—Bueno, si no nos importa, no nos importa, pero encendamos las luces
porque no tiene sentido andar a oscuras en busca de no sabemos ni siquiera
qué.
Yo me había caído en un sofá con el corazón súbitamente acelerado y
Laura reaccionó chillando como una posesa:
—Animal, podrías haber avisado. ¡Vaya un susto que nos hemos llevado!
La casa estaba vacía, completamente vacía, ahora se veía bien, no había
más que los muebles, con todos los cajones, los estantes, las alacenas
completamente vacíos. Lo mismo ocurría en la pequeña habitación que debió
servir de sala de televisión porque en la pared había quedado el cuadro
levemente más blanco del lugar que había ocupado y en los cuartos del primer
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piso que debieron ocupar la madre, las hijas y Raúl cuando vivía allí: todo
había sido evacuado, no había nada en los armarios ni en los cajones, las
paredes estaban desnudas. No quedaba un cenicero, un libro en las estanterías,
un cepillo en el cuarto de baño, un pedazo de jabón, o una chaqueta olvidada
en una silla. No era obra de ladrones, ni de compradores, o si habían venido,
alguien había limpiado tras ellos meticulosamente y no había dejado en la
casa un solo papel ni un resto de polvo o suciedad.
—Vamos a ver la basura —dijo Laura, acometida por la fiebre de la
investigación.
Bajamos los tres corriendo la minúscula escalera. Nos fue difícil dar con
la luz de la cocina y cuando la descubrimos oculta tras la parte trasera de un
mueble, nos encontramos con el mismo vacío metálico, casi clínico,
incrementado por el acero del fregadero, los fogones, los escurreplatos, la
grifería, los armarios y las alacenas. Desde la puerta, los tres, sobrecogidos,
no teníamos nada que decir.
—Vámonos de aquí —dijo Tristán, aliviado de todos modos porque ya no
tenía sentido el registro que tanto lo agobiaba.
—¡Espera! —respondió Laura, se puso en marcha y avanzó despacio por
el centro de la pieza, dio la vuelta a la mesa y fue directamente a la pila. Y allí
permaneció inmóvil, con la cabeza baja y los ojos fijos en algo que había
descubierto en su interior. Desde la puerta, Tristán y yo no alcanzábamos a
ver lo que era y nos fuimos acercando poco a poco, atemorizados, reclamados
por su cara inerte, hasta dar con lo que ella veía: una jeringuilla usada, una
taza con restos de pastillas machacadas y disueltas en agua, una cuchara sucia
y una caja vacía de Roibnol. Recordé que Raúl lo tomaba con frecuencia y lo
tenía con otras medicinas en la cocina de su casa, pero estos cuatro elementos
olvidados dentro de la pila, en la casa vaciada, tenían el aspecto de
instrumentos inactivos que por un extraño poder podían ponerse en marcha en
cuanto se propusieran cumplir de nuevo su siniestro cometido.
—¡Dios Santo! —susurró Laura, reprimiendo un escalofrío, y se quedó
con la boca a medio cerrar y los ojos fijos aún en aquel fatal descubrimiento.
Unos instantes nada más, el tiempo necesario para reaccionar porque, tal vez
como conclusión de una cadena imparable de suposiciones que había
disparado y entretejido su mente mientras mantenía el cuerpo y el alma en
suspenso, se pusieron en marcha sus manos, caídas sin fuerza hasta ahora, y
con una rapidez de ratero, agarró todo lo que había en la pila y se lo puso en
los bolsillos del pantalón.
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—No hay más que ver ni que saber —dijo, y añadió anticipándose a
cualquiera de nuestras reflexiones y conclusiones—: No se podrá saber la
verdad de lo que ha ocurrido, ni quién ha inyectado a quién, hasta que se
conozcan los resultados de la autopsia, y a nosotros que no somos ni
familiares ni parientes, nadie nos los va a dar. —Y con aquella voz mandona
con que quería disimular o quizá atenuar la zozobra que la invadía a ella, que
nos invadía a los tres, añadió—: ¡Vámonos!
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suerte. Cerré la puerta tras de mí y lo tomé en brazos:
—Ían, Ían, ¿cómo no lo he comprendido antes?, ¿cómo puedo ser tan
estúpida?, ¿qué tengo en la cabeza que no logro entender un lenguaje que sólo
a mí va dirigido? Me he entretenido tanto en lo que me parecía querer que no
alcancé a recibir lo que se me daba. Ían, Ían.
Ían ronroneaba feliz en mis brazos y me pareció que de su calor emanaba
un consuelo tímido también como sus maullidos, pero igualmente real.
Antes de irme, di aún un vistazo a todo el apartamento. El olor peculiar, el
que se forma en los lugares donde vivimos, esa mezcla de aliento, ropas
impregnadas de nuestra piel, del tabaco que fumamos o del agua de colonia
que usamos, me recordó al hombre que tanto amaba, que tanto había amado,
no sólo el olor, sino sus libros y sus discos y sus ceniceros y sus fotografías de
exageradas dimensiones. Pero todo esto iba a desaparecer, había desaparecido
ya, no me pertenecía, mañana daría la llave a Laura y ella se ocuparía de
hacerla llegar a quien correspondiera, a los herederos que Raúl hubiera
nombrado en su testamento si lo había hecho, o a sus amigos. Qué más daba
ya.
Salí de la casa con Ían en los brazos llevándome el más bello de sus
legados que se me había anunciado con el lenguaje críptico que, ahora lo
comprendía, había utilizado conmigo y tal vez consigo también, y que me
llegaba saltando las infranqueables barreras de no existencia. ¿Cuántas cosas
me habría dicho sin que yo reparara en ellas? ¿Había sido consciente de que
yo no me enteraba de nada o de todos modos había conservado hasta el final
la imperturbable seguridad de que de un modo u otro, un día u otro, yo habría
de comprenderlo? Ahora era tarde para pensar en ello. Yo crecería y me
convertiría finalmente en una mujer adulta. Tal vez entonces fuera capaz de
ordenar las reflexiones y los descubrimientos de este día aciago, de reconocer
y comprender las raíces de un dolor que había trascendido el límite de lo
soportable, y de vislumbrar el alcance real de nuestra breve historia.
7
Me metí en la cama. Ningún dolor, ningún desconsuelo lograron
amortiguar el solaz que las sábanas aportaron a mis piernas y a mi espíritu
derrengados, lacerados. Por más que quisiera no podía echar de menos el
calor de un cuerpo que no había conocido, ni había lugar ya para la esperanza
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así que con su media sonrisa multiplicándose en mi mente y en mi corazón
como en un juego de espejos que se reproducían sin fin, caí en un sueño
profundo y ciego. Sólo al amanecer tuve un instante la impresión de que algo
bullía a los pies de la cama. Era Ían, que había encontrado su nuevo
asentamiento en el solitario hueco de mis rodillas.
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El sombrero veneciano
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Se llamaba Tom. Eso me dijo al menos al poco de entrar en el
compartimiento preguntando si había alguna litera libre.
Yo me disponía a hacerme la cama y a cargarme de paciencia para pasar
la noche en el tren que va de Ginebra a Portbou. La luz del atardecer de
verano entraba aún por la ventana. Levanté la vista.
Llevaba puesto un sombrero veneciano de paja blanca con la cinta negra,
bermudas de hilo, una camisa blanca de manga corta y en la mano una bolsa
de lona sin estrellas ni etiquetas ni tiras fosforescentes. Una aparición en
aquel tren atiborrado de seres sudorosos disfrazados de turista.
—¿Hay alguna litera libre? —repitió sonriente. Hablaba en inglés, muy
despacio.
—No sé —dije—, tendrás que esperar al revisor.
Se abrió la puerta corredera en el mismo momento en que el tren se ponía
en marcha, mostramos nuestros billetes y el revisor cerró de nuevo al tiempo
que prometía volver cuando supiera lo que quedaba libre.
Tom se sentó en la litera frente a la mía.
—¿Vas de vacaciones? —preguntó.
—No, hago este trayecto cada fin de semana, trabajo en Ginebra pero vivo
en Barcelona.
—Es una mezcla un poco esquizofrénica, ¿no?
—Quizá. Pero no puedo escoger. Y ¿tú?, ¿vas de vacaciones?
—Más o menos. Tengo cuatro días libres y luego vuelvo a París. Soy
americano. —Sacó una botella plana del bolsillo—. ¿Quieres un trago?
—Bueno —dije y le miré a los ojos por primera vez, eran verdes y
sostuvieron la mirada. Yo volví de nuevo a las sábanas.
Dijo de pronto:
—Me gustaría pasar la noche contigo. ¿Quieres?
—Eso depende del revisor —respondí poniendo más cuidado aún en las
sábanas, y añadí—: ¿No puedes soportar una noche solo?
—Me gustaría, he dicho, nada más, ¿no me crees? —Calló un instante y
dijo con voz quejosa—: A los chicos como yo se nos hace difícil a veces
hacernos creer.
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Me acerqué a la ventana. Él también se había levantado pero no me moví.
Se sucedían los árboles confundidos con los postes del teléfono. Su hombro
rozó mi espalda. Sentí fuego en las mejillas y pensé: Debe de ser el único
color de ese crepúsculo que va acercándose a la noche.
El tiempo por donde se deslizaba raudo el paisaje, sin que yo apenas
reparara en él, parecía infinito. Menos la velocidad, todo había adquirido de
pronto un ritmo de marcha lenta. Noté en el hombro el peso de su mano
derecha y me pareció que había inclinado la cabeza porque el ala del
sombrero me rozó la nuca. Seguí mirando sin ver el cielo que iba
sumergiéndose en la tiniebla mientras me dejaba mecer por el traqueteo y por
su cuerpo que se había pegado a mi espalda, al compás ruidoso de las ruedas
que colmaban el silencio.
No oí abrirse la puerta, pero la luz me cegó y dejó completamente a
oscuras el paisaje.
—Puede usted quedarse, señor. Su litera es ésta —y señaló la de arriba—.
Las otras dos están ocupadas por dos personas que subirán ahora —añadió al
tiempo que los chirridos de las ruedas contra los raíles anunciaban una parada.
Entraron entonces dos hombres gordos que saludaron brevemente y se
acomodaron en las dos literas libres. El revisor recogió sus billetes, cerró la
puerta y se fue. Yo me tumbé en la mía. Tom se quitó el sombrero y lo dejó
en la suya, me miró un instante, quizá para mostrarme su rostro desnudo, y
luego apagó la luz y se sentó a mi lado. La oscuridad invitaba a la confidencia
y al descubrimiento. Acercó la boca a mi oído y susurró algo tan tenue que no
comprendí. Sisearon los dos hombres al unísono. «… Mañana», repitió, y ante
un nuevo siseo me besó parcamente en los labios y subió a su litera.
Había amanecido ya, podía verlo por la luz que se filtraba en los costados
de la cortina que alguien había echado por la noche. Me puse en pie, a la
altura de mis ojos Tom dormía con el sombrero veneciano sobre la cara y el
cuerpo contoneándose bajo la sábana como una mano muerta, sin sentido,
igual que los de los dos tipos que nos habían hecho callar, cuyos rostros a la
luz del día se habían ensuciado y entumecido.
Miré tras la cortina y me hirió la luz, me asustó el día: mis manos habían
perdido la palidez mate del crepúsculo y el cristal me devolvió un rostro
cansado y ojeroso.
Recogí los zapatos y con la otra mano cogí mi bolso y salí. El ruido de la
puerta se confundió con el del tren. Recorrí los pasillos de cuatro o cinco
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vagones dormidos aún y me detuve en la última plataforma. Apoyé la frente
en el cristal tibio: las viñas se sucedían verdes hasta el mar abrumado por el
sol naciente.
En Portbou fui la primera en bajar y en mostrar el pasaporte, y me metí en
un tren que salía a los cinco minutos hacia Barcelona.
La puerta de la aduana arrojaba al andén turistas soñolientos a
cuentagotas. Apareció el sombrero veneciano cuando nos poníamos en
marcha, y bajo él los ojos verdes mirando en todas direcciones, asombrados.
No sabría decir si en un último instante, antes de que el tren iniciara una
curva, se cruzaron aún nuestras miradas porque un rayo de sol refractado en el
cristal nos hirió los ojos, primero a él, luego a mí, deslumbrándonos.
Madrid, 1996
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ROSA REGÀS PAGÉS (Barcelona, España, 1933 - Llofriu, Girona, España,
2024). Toda su infancia quedó marcada por la Guerra Civil, fue enviada en
esta etapa a Francia y al término de esta entró en un internado. Su familia
quedó desintegrada tras la guerra.
La futura escritora se casó a los diecisiete años y tuvo cinco hijos.
Estudió Filosofía y Letras en Universidad de Barcelona, donde conoció a los
poetas de la generación del 50: Barral, Gil de Biedma y Ferrater. Trabajó en
la editorial Seix Barral de 1964 a 1970. Fundó la editorial La Gaya Ciencia, y
las revistas Arquitecturas Bis y Cuadernos de la Gaya Ciencia. Empezó a
escribir tardíamente, cuando sus hijos ya eran mayores y decidió dejar la
edición para ejercer de traductora independiente en las Naciones Unidas, por
lo que residió en Ginebra, Nueva York, Nairobi, Washington y París.
Su primera obra publicada, Ginebra (1987), versaba sobre esta ciudad. En
1991 publicó Memoria de Almator, su primera novela, pero fue el Premio
Nadal con la novela Azul (1994), el que le abrió las puertas al gran público.
En 1994 fue nombrada Directora del Ateneo Americano de la Casa de
América de Madrid, cargo del que dimitió en mayo de 1998. Por Luna Lunera
(1999) le fue otorgado el Premio Ciudad de Barcelona de Narrativa.
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Su consagración le llegó en 2001 con la concesión del Premio Planeta por la
novela La canción de Dorotea.
El 14 de mayo de 2004 fue nombrada Directora General de la Biblioteca
Nacional de España, cargo que ocupó hasta 2007.
El día 18 de noviembre de 2005 recibió la Orden de Chevalier de la Legión de
Honor de la República Francesa. El 30 de noviembre de 2005 la Generalitat
de Catalunya le concedió la Cruz de San Jordi.
Murió el 17 de julio de 2024 a los 90 años de edad, en su residencia de
Llofriu.
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